COMEDIA INTITVLADA DOLERIA D'EL SUEÑO D'EL MUNDO (continued 3)
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Her.—Señor sí, como si dixiessemos aora, vn hermitaño de vn pagode allá en la India no tomará vn quarto, mas otras charidades que valgan mil, dando en prendas d'ello la posada y sus ayunos.
Aso.—Aueriguado. Rehusan diez ducados por una cadena ó sortija que valga treinta. Sed libera nos a malo, que el oro es ya carisimo, y murieronse los Alexandres y Pompeos.
Her.—Leydo es este gentilhombre.
Log.—O es mucha marca.
Aso.—Si le conosciessedes, señores, ternan que platicar, ny yo tampoco quiero ser huesped enojoso. Accuerdense deste perigrino, que es de las obras encomendadas; y si lo fueren, algun dia les será pago.
Log.—Antes nos hazia merced muy señalada, mas si assi quiere como mandare.
Her.—Como natural será seruido, acceptando las casas y personas.
Aso.—Ya esso queda contado por merced recibida, porque no se escusen.
Log.—Señor mio, aqui todo responde a esta prenda.
Aso.—Beso las manos de Vs. mercedes.
Her.—Y nos los pies de V. merced.
Log.—No veys qué bien assienta sus razones?
Her.—De los nuestros es; no seria malo conuersalle y hazelle algun seruicio.
Log.—Mas quiero conbidalle para mañana y negociar oy damas y musica.
Her.—Passarás en esso al Cid Ruy Diaz. Acá viene la nao por que speramos.
Log.—No trae mucha carga segun paresce.
Her.—De mala gracia viene.
Log.—Pues, hermano, traes recaudo conforme a essa cara?
Hon.—Mala cara y mal recaudo venga por ellas y por ellos y por los gatos.
Her.—No lo digo yo? algo ay.
Log.—Si ay.
Hon.—Algo ni alga; bien puede tu merced passarse a otra calle, que aqui no le conoscen y hace frio demasiado.
Log.—Diste tú la carta?
Hon.—Di la carta, y leyóse la carta, y anduuo la carta pagando portazgos y haziendo más caminos que el Troyano de que leya tu merced el otro dia.
Log.—Quiere dezir Vlises; Griego diras.
Her.—En summa?
Hon.—En summa, señor, gente ruyn.
Log.—A quién la diste?
Hon.—A la Patrona.
Log.—Qué semblante hizo?
Hon.—De perro.
Log.—Qué te dixo?
Hon.—Spera. Pensé que yua scriuir y dixome la moça que no auia tiempo.
Her.—Viste más que a ella?
Hon.—Otras ellas vy, y todas ya lo son, que paresce se burlauan.
Her.—Quererias (sic) motejar.
Hon.—Para esso estaba Honorio; biuas las comiera, assi me despidieron y de tibio no podia llegar.
Her.—Impleta est iniquitas Saul; a otro Rey auremos de seruir.
Log.—Entremos y auremos nuestro consejo.
Her.—Ya no hay para qué.
Log.—Sí ay, y sigueme.
SCENA 1. DEL QUARTO ACTO
Amertia va a casa de Mania por saber del cortesano: ella la despide[728] porque le speraua.
Amertia, Mania, Asosio.
[Amer.].—Aquel gentilhombre se detuuo ayer a la puerta de Mania; holgaria de saber lo que passó con ella. Quiça donayres como por acá. Por mi vida que es auisado y tiene buena gracia y en su vestir paresce rico, que es lo que importa. Puesto caso que estos cortesanos son como el conejo, y toda su hazienda traen a cuestas, no auiendo en casa estacas ni tocinos: mas por sustentar la vanidad se deguellan[729] algunos dellos. Otros ay tan redoblados que por engañar a quantas ay no se les da vna blanca. Guay de quien les cae entre las manos, que le hazen ver las estrellas a medio dia.
Man.—Allá viene mi prima, qué dirá de bueno? No la queria aora aqui, porque viendra aquel galan, que importa más si trae la cadena. O, si llegasse! bien, hermana, a dónde bueno qué me traes?
Amer.—No basta esta gentileza?
Man.—Sí, mas es acostumbrada. No sabes que no se para en dessear?
Amer.—Es assi; pero vn rato de buena conuersacion no tiene precio, mayormente quando ay algun villancico que glosar.
Man.—Esse es el parayso. Pues tienes alguno que sea nueuo?
Amer.—Nunca falta. Viste aquel nueuo seruidor que ayer nos vino?
Man.—Qual? un gentilhombre de vnas piernas y cabeça, que anda haziendo paradillas a las puertas y todo son milagros lo que dize?
Amer.—Esse, prima, por tu vida.
Man.—Dónde nos vino el axuar, que paresce grulla de Alemaña?
Amer.—No sé; aqui lo vy ya otra vez; dizen que es persona principal.
Man.—Pocos moços lleua para principal.
Amer.—No va en esso, prima; precianse aora los caualleros de andar assi y dissimular su estado, y los que no lo son ni tienen sangre para hazer morcillas, hinchinlas de mulas viejas o de moços alquilados.
Man.—Tanto menos estimará la de quarenta assi, prima? qué poco sé yo del mundo!
Amer.—Mejor te açoten, traydora.
Man.—Qué dizes?
Amer.—Que es traydora la orden de biuir aora.
Man.—Bien entona sus canciones.
Amer.—Es auisado.
Man.—Qué te dixo?
Amer.—Muchos requiebros.
Man.—Qué respondiste?
Amer.—Al mesmo tono.
Man.—Y yo muy fuera dél.
Amer.—Por qué eres assi? No serias más humana?
Man.—No es tiempo ya de cortesias. Todo nos merecen mientras no abren la bolsa y cierran la boca, entiendes?
Amer.—Qué desuergonçada.
Man.—Más qué niña tú: bien te conosco, mejor darias vn salto que el ladron Caco. El natural de la raposa es fingirse muerta para caçar; yo soy mas a la clara, doy el desengaño luego sin perder tiempo, y desta suerte venci muchos desafios. Pues vno tengo aplazado[730] aora que puede ser me valga tres.
Amer.—Con quién, prima, assi Dios te dé salud.
Man.—Despues te lo diré, y perdoname que se llega la ora.
Amer.—Norabuena vayas; si bien te fuere, dame parte.
Man.—Todo está a tu seruicio.
Amer.—Si no la bolsa.
Man.—No seas incredula, que no me burlo.
Amer.—Ya lo sé, prima; a Dios te encomiendo.
Man.—Tus manos beso, nunca faltan diablos; si veniera el conde todo se gastaua; mande Dios no hallase estropieço alguno, a mengua de regalos no se boluera. La mesa puesta, la casa perfumada, dos pares de pañezuelos muy galanes y vn par de guantes adobados que traya por mi amor. Podria ser que este anzuelo pescasse más vna lamprea. Suspiros y ojos quebrados, que son los alguaciles de prender libres, de casa los tenemos; mientras aya que dar todo andará a punto. Allá assoma una cabeça, la suya deue ser. Quiero boluer la mia a su lugar, haziendo ademanes de soledad y cantando la cantiga de vn ora m'era mil años (y quando esté acá) mas aora mil años me es vn ora. Graue, tristoña, con mis descansos de pecho a ratos, que son los escaueches que aprendi de niña.
Aso.—Iusto es, señora, buelua por sí quien se dexó.
Man.—Por tan poco?
Aso.—Si el comer no fuesse tan ordinario, la hambre no mataria. Para poder biuir sin ti, es menester verte de quando en quando, mi señora.
Man.—Mira lo que dize su merced.
Aso.—Aqui traygo el rescate de mi palabra.
Man.—Esso buscamos. Cómo, señor, prometióme algo tu merced?
Aso.—O qué pieça, ya se te oluida, amores mios? no te dixe que queria adornar tu hermoso cuello con vna prenda mia?
Man.—Ya ya, señor, pensé que burlaua tu merced.
Aso.—No biuas más.
Man.—Yo no pretendo [más] que tu amistad y seruirte con la pobreza desta posada.
Aso.—Esso me obliga a darte lo que queda y a prenderte assi.
Man.—Guardeme Dios, y qué verguença; no señor, no la tomaré por todo el mundo.
Aso.—Será luego por amor de mí, que soy parte dél.
Man.—No, no señor, que no soy dessas. Si mi madre la viesse, matarme ia.
Aso.—No hará, que yo te defendere.
Man.—Assi, señor, con qué gracia lo dize su merced; entre, señor, que haze calor aqui y refrescarse a con algo.
Aso.—Dispuesto vengo a obedescerte en todo.
NOTAS:
SCENA 2. DEL QUARTO ACTO
Melania buelue a casa muy vfana de su buena ventura y habla con su ama y con Idona.
Melania, Idona, Astasia.
[Mel.].—O dulce sueño (que no es menos tan breue gozo) por qué te acabaste? cómo no detuuo el sol su curso y me ayudó a celebrar mis bodas? no fuera mejor quedarme allá en braços de Apollo como Daphne hecha Laurel? qué gracias, qué lindeza, qué buena conuersacion! Otra fuera que no se fiara tan ayna, pero yo fiara más si más tuuiera de aquel angel y de aquella palomita de Doleria. A la puerta está mi ama; no sé si reñiremos, pero yo no he tardado tanto; haré del graue, que es el defensiuo destos peligros y arguye consciencia sin manzilla.
Ast.—De dónde bueno, Melania? pues sin licencia?
Mel.—Dias ha la tengo de tu merced para mis visitas, que bien sabes quáles son.
Ast.—Es verdad, y esta ha sido tal?
Mel.—Y cómo, señora, a vn doliente que estaua en pensamiento.
Ast.—Quién es?
Mel.—No lo conosces? ha dias que está malo.
Ast.—No me lo dixieras; fuera yo tambien allá.
Mel.—No medres más de lo que yo le queria en tu poder.
Ast.—Qué dizes, hija?
Mel.—Que podria ser viniesse a tu poder si el mal se le arreziasse.
Ast.—Es mancebo?
Mel.—Y hermoso, que es vna lastima dexalle solo.
Ast.—Viste por allá nuestros amigos?
Ido.—Venistes ya, señora?
Mel.—A su seruicio. No vi a nadie; de quáles dizes?
Ast.—De los más familiares, que los otros deuen estar aora midiendo el cielo y contando las estrellas. Y essos passando la calor debaxo de algun ramo.
Ido.—De más si está quexoso Heraclio.
Ast.—No sé, presumolo.
Mel.—Desso me daria a mi bien poco; vistes qué gente?
Ast.—Con todo no ay para qué escandalizalle, que el buen hombre quierenos bien y es buena persona. No será malo saber dél, emendando lo passado y lo presente, con palabras y alhagos, conforme al tiempo; ternemos a lo menos quien nos entretenga.
Ido.—Nunca le respondiste a ninguna de sus cartas, y pensará que nasce de tenelle en poco.
Mel.—Y en qué más le han de tener? no veys qué principe?
Ido.—Qué sabes tú? quando no lo sea, las obras hazen la nobleza, que esto es tambien en fauor nuestro.
Mel.—Tienes razon, pero hombres tan pesados no nos arman. La conuersacion ha de ser alegre; biuan nuestros amigos Apio y Metio.
Ast.—Estoy contigo, que son llanos essos y de buena ventura.
Ido.—El Heraclio, a la verdad, todo queria fuesse suyo.
Ast.—Dios nos guarde. A mi padre ternia odio sólo por esso. Ya se lo dixe algunas vezes, pero el natural no se pierde assi liuianamente. Embia tú, hija, de mi parte a rogalle con el moço nos venga a ver mañana.
Ido.—Assi lo haré.
Mel.—No pudieras tener más cuenta con el Duque de Saxonia; nunca yo lo hiziera.
Ast.—Eres aun moça; el tiempo te enseñará. Está assi bien, entendamos aora en lo de casa.
Mel.—Bien sera, señora.
SCENA 3. DEL QUARTO ACTO
Heraclio llamado de parte de Astasia, Logistico le aconseja cómo se ha de auer con ella y va asechalles detras la huerta y oye sus razones.
Logistico, Heraclio, Astasia, Morio.
[Log.].—Mira si soy Propheta yo? quántas vezes te he dicho que es lo mejor hazer muy poco caso destas y dexallas para quien son.
Her.—Aun yo no sé a qué fin me llama.
Log.—Porfias? no es otro; mugeres nunca salen de vno de dos extremos, demasiada desconfiança o soberbia del diablo; si les huyes muerense por alcançar la causa, y si te mueres por ellas y las sigues, persuadense que todo es por su beldad y gracias, poniendose en los cuernos de la luna. Ya prouaste lo vno, aora prouarás lo otro. Bien puedes yr, oyr y ver, y si mi opinion es verdadera, habla como hombre libre de amor. Y viniendo a proposito las quexas o desengaños, asientale la capilla para confirmalla en su sospecha.
Her.—Dexa a mí el cargo.
Log.—Ha de faltarte el ánimo; que ata este traydor manos y lengua, y quedarás más embarbascado que si ouieras visto el lobo.
Her.—Para saber cómo te engañas, haré una cosa.
Log.—Qué tal?
Her.—Vete detras la huerta asecharnos, que allá prometo de lleuartela.
Log.—Si esso hazes, empieças a ser hombre y no podrias darme mejor fiesta por discantar a mi plazer los ademanes de Zirfea, Reina de Cartas, esclaua de Argenes. Mas haze tú otro por amor de mí, que si quisiere tratar de treguas, con alguna colacion de ensalada y carne fria, digas que ayunas.
Her.—Con quién se toma? no embargante que puedes estar seguro desso, porque cumplimientos que cuesten algo no los ay alli, sino con quien les cuesta mucho y vale poco.
Log.—Que tú por Philosopho y hombre de bien eres más pesado que la campana mayor.
Her.—No ay duda en ello. Ora, hermano, por allá te cuela, que en ella ha de estar en vela, como otras vezes, que en esto paga todo y no queria[731] nos viesse juntos.
Log.—Eya, pues, yo estoy en poluorosa. Acuerdese de sí, señor, y haga por salir del estacado con la victoria.
Her.—Scripto está, tomá si se detuiera más vn poco, allá la veo, y se me riye: maldita seas con tus engaños, qué palabras tiene y dissimulada es.
Ast.—Para bien aparesca su merced, pues, señor Heraclio, qué oluido es este de tantos dias?
Her.—Bien dizes que los dias de mí se oluidan, pero son accidentos d'este tiempo, y ver o no ser visto d'ellos viene, que yo por cierto no me escondo ni huyo a nadie.
Ast.—No, no, mal hombre, otro queda allá.
Her.—Todo es acá, sin auer allá ninguno.
Ast.—Ora entremos, que yo bien sé que durará vn rato esta disputa.
Her.—Disputa, señora? Dios nos libre; todo será a tu modo, y si te plaze, allá en la huerta deue estar más fresco por no auer sol.
Ast.—Dizes bien.
Log.—Aqui do vienen Orlando enamorado con doña Vrraca. Bien cumple su palabra; veremos lo demas. Qué risueña y amadiosa es. Pluton la bendiga.
Ast.—Sentemonos aqui, es más escuso.
Log.—Señora sopa, cayste en la miel.
Her.—Está lindo esto; nunca d'aqui saldria si fuesse myo.
Ast.—Pues cómo, y aora lo tienes por ageno?
Log.—O qué principio!
Her.—Cómo puede ser mio lo ageno? Si lo mio no lo es, y si dello me priuaste y me lo tienes, cómo creere lo que me dizes?
Log.—O pese a tal, que ya se le cae el albarda al asno!
Ast.—Hombre de poca fe, ya te arrepentiste?
Her.—De qué?
Ast.—De creer, siendo la principal estrada de la fe y de justicia.
Her.—En Dios solamente, que en los hombres ya está dicho ser maldicion.
Log.—Veamos qué responde Celestina.
Ast.—Bien te entiendo, y esso de que quieres preualerte haze más a mi proposito.
Her.—No me marauillo, porque las leys tuercen con las varas de los Corrigidores, que de blandas y delgadas inclinan a la parte que ellos quieren.
Ast.—No assi, no assi; mas si tú faltas en la constancia prometida y te buelues como la hoja a qualquiera viento de tu opinion, haziendo della juez, paresce que deuo de ti quexarme como de hombre.
Log.—No veys el entablar de juego de la señora Claudia?
Her.—Yo de ty como de muger.
Log.—Andar, en las cejas le dio con la mostaza.
Ast.—No podras passar de ay, que es la plaga o injuria general.
Her.—Quando a las palabras las obras no responden, y se prueua cosa no sperada, la disculpa más ordinaria es dezir: O, son mugeres; mas no lo es, porque entonces quedan más condenadas por muchas vias.
Ast.—Queria saber de qué te quexas y en qué te offendi?
Log.—Sancta Cecilia, y qué deuota está!
Her.—A, mi señora! Solo en no mandarme, que en lo demas passan las mercedes de cada dia por mi merecimiento.
Ast.—Ya en esso te apartas de la justicia, diziendo otro de lo que tienes en tu pecho, que no es officio de amistad desengañada.
Her.—Bien dizes, y a do la ay?
Ast.—En algunas partes.
Her.—Cómo lo sabes?
Ast.—Por experiencia.
Her.—Experiencia? ah, ah, ah!
Log.—Bien a proposito.
Ast.—De qué te ries?
Her.—De lo que dizes. Cómo conosces lo que nunca viste? Si en ti han faltado y faltan todos los terminos y condiciones que en ella se requirian, qué experiencia tienes, sino de lo falso de que vsas con quien nunca te engañó?
Log.—O hideputa[732], bien tornó mi hombre.
Her.—Qué verdad, qué fe, qué amor, qué obra o effecto de amistad ay en ti, ni en tu casa? qué as dexado de ver en mí, o qué viste para mudarte? esto era lo que me dizias y prometian tus palabras falsas, fingidos affectos? por quién me dexaste? a quién boluiste tus engañosos ojos? Do está la razon de que tanto te preciauas, llamandola señora de tu casa?
Log.—Oxe a coces ha de venir el juego, assi, noramala, assi, qué contrita está la nouia.
Her.—El amor de Dios, el temor, la charidad del proximo, la cortesia, la gratitud que affirmauas ser en tus donzellas familiares? la templança, desprecio del mundo, encarescer la soledad y aborrescer la compañia, auiendo de huyr y dexar los hombres por los brutos, y d'el oloroso y deleytoso campo de nuestras platicas, si auias de entrar en tan ahumado y escuro laberinto?
Ast.—Mal me tratas, señor Heraclio; muy encendido vienes; rompe la neblina de tu pensamiento con el sol de la razon, y verás quán sin ella me condenas y injurias.
Her.—Injuriar? Dios me guarde, no traygo esse proposito, ni me tengas por tan mal mirado que no aya estado lo que aora digo en mi pecho escondido ha mucho tiempo. Pero quise hazer experiencias y guardar las circunstancias todas antes de llegar donde aora estoy. Paresce que el que te di de penitencia ha seruido sólo de más endurescerte y doblar mi mal. Fuego del cielo te consuma, hembra maluada; las infernales furias te atormenten; manjar de fieras sean tus carnes. No se te acuerda que me engañaste ya otra vez? y que tu descortes desden y crueldad me hechó en destierro, negando a quien te adoraua por otro que tu adorauas, guyada de tu juyzio enfermo?
Ast.—Mesurate, señor Heraclio; si no daremos fin a esta cuenta.
Her.—Doyte menos de lo que meresces y aun te quexas? Yo cuento todo por acabado, ni imagines que torne al juego en que perdi y me ganaste con dados falsos. Esto es lo que speraua. No pienses que me viste, ni seas tan atreuida que bueluas la cara por me ver; contenta tus ojos, tu lengua y tus orejas tan sin respecto como hazes, y sigan tus pies y manos al coraçon y él a tus sentidos. Prueua lo que el mundo da de sí sin anteponer nada a tus deleytes mentirosos, que en la fin de la jornada hallarás mis consejos y reprehensiones vestidos de los habitos que les rompiste y estragaste por despecho.
Log.—Gran Philosopho está mi hombre; más vale colerico que otros mil sin colera. Y qué afilada trae la lengua!
Ast.—Por tu vida que me digas sin passion la culpa que me das.
Her.—No deuias preguntar mentira tan manifiesta, que es indicio de pertinacia y no de arrepintirte[733]. Quántas vezes te dixe lo que te complia que agradesciendomelo falsamente heziste por el contrario? Quántas vezes no quesiste admitirme a tu conuersacion, teniendola guardada para otros, y dandoles las obras que me deuias, a mí las palabras con que les pagaras? Quántas vezes te escondiste o escusaste con honestas ocupaciones, siendo el effecto tan differente, y murmuraste en mi absentia con tus presentes apetitos o demonios? Quándo me diste lo que otros rehusan, o yo te pedí lo que no podias dar? Quándo me visitaste estando enfermo, o yo no te visité y obedescí? Quándo me diste parte de tus plazeres, o yo no la tomé de los pesares? En qué te offendí para me offenderes? en qué te burlé para me burlares? en qué no viste en mí amor sincero, o tú me lo mostraste verdadero? Qué bien empleé mis ojos, mi pensamiento y todas mis potencias y sentidos! Mas que merecido viene lo que tengo, auiendo hecho de Egipto Dios, spirito de sus cauallos y no carne.
Log.—Nunca hombre tan bien a cantado. O qué diestro, o qué lindo, o qué concertado! que tal está la conuertida.
Ast.—Ora no más, señor Heraclio, no aya más; perdoname, por tu fe, que yo conffiesso auer peccado; engañome la vanidad y esta peruersa de Iesabel; todo emendaré si Dios me da la gracia, y spero no me falten para ello tus oraciones.
Her.—No, pues se a mandado, pero en lo demas no ay que dizir está sellado en mi alma este proposito. Si yo dexare el mundo y sus engaños, gózate tu dellos y queda en paz.
Ast.—No consiento en tal partida; yo quiero estar en tu gracia y que quedes sin scrupulos.
Her.—Si haré, no me detengas.
Ast.—Pues y assi quieres dexarme? No sabes ser contra natura faltar perdon donde sobra penitencia y deseo de complacerte? yo profiero lo biuo y lo pintado, las obras y pensamientos para seruirte.
Log.—O gran passo, qué tal soy yo para alchimista; en dos dias hallará su Lexir o piedra philosophal, no ay secreto que se me esconda. Moderate, hermano, aora, que esso basta.
Her.—Pues que assi te justificas, qué menos puedo hazer? Aqui me tienen, corta a tu modo y despedaça.
Mor.—Muger.
Ast.—El diablo lo trae aora. Qué ay, marido?
Log.—O maduro; algo deue traer de bueno.
Mor.—O, señor, aqui estaua tu merced? Beso las manos de tu merced; cómo le va a tu merced; mucho ha que no he visto a tu merced; ha estado malo tu merced? Dios dé salud a tu merced.
Log.—Ahogado le ha con las mercedes.
Ast.—Qué pesadumbre!
Her.—Seruidor de tu merced.
Ast.—Pues, Morio, ay algo?
Mor.—Vino el grangero con la paja.
Her.—Tal mereciste tú.
Ast.—Qué dices, señor Heraclio?
Her.—Que no lo mereciste tú, mas que el mundo lo da, y voyme; vea tu merced qué manda.
Ast.—Que me mandes, y seamos muy amigos; será assi?
Her.—Como quisieres.
Ast.—Dios te acompañe.
Her.—Y a ti dé gracia.
Mor.—Beso las manos de tu merced; deme la mano tu merced.
Ast.—Basta, Morio.
Her.—Vela aquí.
Mor.—Rebezbeso otras millenta vezes las manos de tu merced.
Log.—Desollado le ha las manos. Acabose la comedia. Valete et plaudite los comedores.
NOTAS:
SCENA 4. DEL QUARTO ACTO
Asosio buelue a su figura y busca sus amigos para contalles sus auenturas.
Asosio, Doleria, Logistico, Heraclio.
[Aso.].—Mal año para don Galaor o qualquiera de los doze Pares que más auenturas acabasse o venciesse más batallas. Qué de padrones he passado esta jornada; será bueno aora buscar Vrganda y agradecelle de su socorro, para que otra vez lo dé de buena gana y boluerme al viejo pelo, que no embargante que el officio me agradaua y determinasse vsallo algunos dias, seria todauia mucho cauallo y a pocos trechos podria cantar el De profundis. Reposemonos aora, que más fiestas ha en el año, hará hombre lo que dixiere el reportorio. Estays aca, señora Doleria mis amores?
Dol.—Quién llama? o qué noraenella vengays.
Aso.—O qué norauellaca esteys; qué ay por acá, hermana?
Dol.—Los huessos de la carne que comiste.
Aso.—Por tu vida, hermana, que quiero empezar a entrar en quaresma y comer pescado, o hazer dieta para conseruar el apetito, porque estas aguas son muy hondas y podria yr la soga tras el caldero.
Dol.—Dessos soys? nunca medre si no os acertasse la vena.
Aso.—Nunca medre si no lo creo con tus magicas.
Dol.—Mas hazes bien en guardar para la vejez.
Aso.—Esso digo yo, hermana, y que es necedad matarse hombre por quien se lo agradesce tan poco tiempo. Más conquistado he de lo que piensas.
Dol.—La de marras?
Aso.—Marras y marranas, a la fe; la torre Mania y el castillo Amertio, y ganara la ciudad si siguiera la victoria; pero es valentia huyr y retirarse quando es tiempo.
Dol.—Tienes razon, y dessa manera más alquiler deues.
Aso.—Confiesolo; toma la mascara y pagate en los vestidos, si no basta, por el cuerpo que es todo tuyo.
Dol.—Los vestidos serviran en su officio; mas tú pagarás con otros que me armen.
Aso.—Por vida de Asosio que assi sea. Dissimula con la señora mi mujer; y dile recibi cartas que Alfama era tomada, y soy ydo buscar otro aposento para los dos. Que le ruego no se oluide de la fiesta.
Dol.—O, vellaco, qué tal queda, y cómo heziste la tuya!
Aso.—Descuente.
Dol.—Ven acá, toma esta agua y lauate.
Aso.—Para boluerme a Asosio.
Dol.—Si quieres.
Aso.—Toma si quiero; hablas como Reyna, no hay tal saber en Babilonia. Dame el vestido.
Dol.—Ay lo tienes.
Aso. Bueluete a tu majada, pastor, toma tu çurron, que no ay más dongolondron.
Dol.—Qué concertado glosador!
Aso.—No lo sabes bien; vn dia haré algo en tu loor.
Dol.—Yo se lo agradesco; mas por cortesia, mi señor, que me lo dé antes en alfileres.
Aso.—Vete de ay, no seas tan amiga de tu prouecho, que no es auiso.
Dol.—Muchas mercedes por el consejo, mas yo no se lo pido, señor Doctor.
Aso.—Callate, que Venecia te daré.
Dol.—Bastará Padua, que ay en ella studios y studiantes.
Aso.—Como quisieres.
Dol.—Veremos, y vete, que tengo que hacer.
Aso.—Hablar con tus vasallos?
Dol.—Podria ser.
Aso.—Tus pies, las ochauas de la fiesta seria ahora topar con los amigos; tengo de yr a ver si estan en el templo de Lamia, que es lugar de homiziados.
Log.—Este es Asosio, si no me engaño.
Her.—No es otro.
Log.—Harto se detuuo.
Aso.—Yo soy menos supersticioso; mas qué embidia me ternan los vellacos quando sepan de mis tropheos?
Log.—No ves qué borracho viene del juego; que no nos vee estando cabe nos, y de vellacos nos haze fiesta?
Her.—Donoso está.
Aso.—Ya podria partir con ellos si se contentassen, pues voto a mí que ay carnero de cinco quartos en el rebaño.
Log.—Ah, ah, ah, noramala lo acertastes para vos.
Aso.—Más noramala le asecheys; con sus mercedes era la brega, y dexays me loquear?
Her.—Si tú vienes soñando en tus glorias, quién quieres te quite dellas?
Aso.—Or, andar, hermanos; el mundo es grande y vos no sabeys dél la mitad.
Log.—Basta que lo traygas por scripto, pues qué dizes? pario Doleria lo de que andaua preñada?
Aso.—Si pario preguntas? tres de un vientre.
Her.—Cómo assi?
Aso.—Es menester tomallo más de spacio y el prohemio sea besar las manos de sus mercedes de parte del cortesano de oy.
Log.—Dónde le dexas?
Aso.—En brazos de Doleria.
Her.—Al diaño, ay pararon los passos y contemplaciones?
Aso.—Cómo eres necio! Los vestidos quedan con ella en prendas del almuerzo, que el cortesano aqui está. De manera que me seruistes oy de media farsa, hablandoos y no me conosciendo.
Log.—Qué dizes? burlas?
Aso.—No me podia tener de risa, de veros tan innocentes y a Heraclio tan entonado por sustentar la honrra de la patria, que ayna me hablara latin y griego si yo diera lugar a ello, y contara algo de Sparta y Thebas, que su merced es todo heroico.
Her.—Pudiera ser, pero tú eres vn burlon y mientes.
Log.—Por vida de Logistico, que lo creo; este es vn caso estraño, tanto sabe esse diablo?
Aso.—Hará verguença a la infanta Melia; es vna alchimia lo que he hallado; no lo podia creer hasta que hize cien experiencias.
Log.—Valga la el diablo, metiote en agua fuerte o qué hizo?
Aso.—Más trabajas tú en lauarte las manos. Vamonos a mi posada y sabreys de spacio como Proteo se transformó y con qué peces lo vuo, y tambien veremos si hay en qué morder, porque el camino ha sido largo.
Her.—Desse modo no vienes medio.
Log.—No es tan necio.
Aso.—Assi lo jura tú.
SCENA 5. DEL QUARTO ACTO
Astasia sperando sus nueuos seruidores, llega Heraclio y sin ser visto vee lo que entre ellos passa.
Astasia, Idona, Apio, Metio, Heraclio.
[Ast.].—Mal viene nuestra gente, Idona.
Ido.—No tardan aun.
Ast.—Qué ora es?
Ido.—Las tres.
Ast.—No más? luego temprano es.
Ido.—Estás en aquel propósito, señora?
Ast.—No aurá tormenta que me quite dél; cansada estoy de tan pesada carga.
Ido.—No miras, señora, que es ofender a Dios?
Ast.—Mas lo offendo en las tentaciones de cada dia; buscaremos tierra conforme a mi disseño, sacando de casa lo que bastare para passar la vida.
Ido.—Sin despedirte de Heraclio?
Ast.—Ah, ah, ah, qué lindo!
Ido.—De qué te ryes, señora?
Ast.—De tu inocencia.
Ido.—Y la amistad reconciliada? faltarás de tu palabra?
Ast.—Fue por complir, porque no enloqueciese o hiziesse desatino alguno.
Ido.—Mayor lo hará despues.
Ast.—Qué se me da a mí? cumpla yo my voluntad, venga despues lo que viniere.
Ido.—Haré la buelta por acá por ver si veo mi desseo; allá está, paresce lo adeuinaua el coraçon. Creo me spera, porque la paz quedó más firme que vna peña y el amor con la yra reintegrado como el Comico lo dize.
Ast.—Acá vienen, no se les ha oluidado.
Ido.—Oluidado? no duermen con otros ojos que con los nuestros.
Her.—Engañado andays conmigo, mi buen amigo; éstos son Tito y Vespasiano, destruycion de Ierusalem; d'acuerdo estauan. Aora daré fin a este cuydado o principio más verdadero, como el gallo lo cantare. Qué dicha fue la mia, caerme en suerte este lugar, do no podré ser visto, para desengañarme de la postrera contricion!
Apio.—Ya tardauamos, señora, no haziamos.
Ast.—No tardan los que llegan.
Ido.—Yo bien os desculpaua, si me lo agradesceys.
Ido.—Quién podra agradescer tal sancto?
Her.—Gentil respuesta.
Apio.—No bastan nuestras fuerças para pagar lo que deuemos.
Ast.—Todo está pagado con vuestras gracias y buenos coraçones.
Her.—No les engañays, por cierto, ni son las complexiones differentes.
Apio.—Pues, señora ama, qué nos mandas que hagamos por tu servicio?
Ast.—Lo que desseo tanto tiempo ha y sé hareys de buena gana. Ya os dixe que vence la pena al sufrimiento; llegó la ora en que estoy deliberada, si estays en la promesa y os atreueys, esta noche se porna por obra.
Her.—Qué más ay que oyr? todo queda dicho. O mundo!
Ast.—Sacaremos prouision que baste para biuir contentos, tú conmigo, Apio, Metio con Idona; por eso, resolueos.
Apio.—Señora, sí; pues Metio?
Met.—Pues Apio?
Apio.—Qué te paresce?
Met.—Qué te paresce?
Apio.—Qué dizes?
Met.—Qué dizes tú?
Her.—Que os ahorquen a todos assi como estays.
Apio.—No sé si se sabria.
Met.—Sabria.
Apio.—Pues?
Met.—Auria peligro.
Ast.—No ay de qué recelaros; yo lo remediaré.
Apio.—Yo bien holgaria.
Met.—Yo tambien, mas...
Apio.—Es verdad.
Her.—O cielos que lo veys, o tierra que tragaste a Dathan y Abiron!
Ast.—No temays, amores.
Apio.—Sí, pero señora...
Ido.—De qué aueys miedo? qué verguença!
Met.—Sí, señora, mas...
Her.—El mas es el paradero.
Apio.—Qué te paresce, hermano?
Met.—Qué te paresce a ti?
Apio.—Buen corage. Hagamos plazer a las señoras, y más ternemos muy buena vida. No es assi, señora?
Ast.—Buena y rebuena.
Ido.—No podra faltarnos passatiempo.
Apio.—Pues, señora, saca buena summa.
Ast.—Yo me tengo el cargo. Ora mañana a la noche os speramos entre las dos y la vna; proueyos de posada para algun dia hasta buscar otra tierra.
Met.—Yo sé vna poco más o menos.
Her.—Y yo vn fuego en que me queme y vna mar en que me heche. O justicia del cielo!
Ido.—Mirad que no falteys.
Apio.—No haremos.
Ast.—Traed armas para si fuere menester.
Met.—Guay de vos.
Apio.—Noramala essa sería, sí, señora, aunque venga Golias el gigante.
Her.—Los huessos de vn camello como tú bastarian para mataros; buen recaudo lleuan.
Ast.—A Dios, hermano, pues hasta la buelta.
Met.—Aya flasquillo.
Apio.—Bien dizes, y algo sobre qué para esforçar.
Her.—Essa es la guya y el piloto.
Ast.—De todo aurá, porque no desmayeys.
Apio.—Me recomendo. Guay de nos, y todauia quieren éstas esto? no sea el diablo para nos.
Met.—No seria mucho, pero dizen que no temamos.
Apio.—Basta; auran proueydo los caminos, que son sesudas.
Met.—Y auisadas.
Her.—Si la presa fuera otra, no dexará de hazeros compañia para seruiros. Pero no vale sino oluidalla, y con ella al mundo, boluiendo la cara y el pensamiento al soberano bien, que hará justicia deste mal y de otros. Mas sepalo primero el leal amigo, porque no se quexe. Quién me lo hallasse en este punto!
SCENA 6. DEL QUARTO ACTO
Logistico topa con Heraclio, que desesperado se parte dél, sin querer tomar otro consejo.
Logistico, Heraclio.
[Log.].—En qué clima estarán nuestros amores? porque en éste, de verano se haze inuierno, y de dia noche en vn momento. Quán misera es la suerte de los nauegantes desta mar, a do por vn ora de bonança ay ciento de tormenta, sin que valga el menor mal todos sus bienes. Los temores, las sospechas, los cuydados, las tristezas, desconfianças y engaños, con qué se pagan? con vna risa, vn mirar de traues o vna palabrilla, si se les antoja. Sol de inuierno finalmente, y nublado todo lo demas; lluuia, granizo con que se ahoga el triste sin tener lugar de respirar, y maldita la verguença que hay en ellas ni differencia; tanto me da Penelopes como diablos. Allá assoma, si os plaze, nuestro mareante; no trae muy buen gesto; consigo habla; oygamos si llora o canta.
Her.—La seueridad será el testigo de mi consciencia. Solo y apartado de pensamientos irracionales.
Log.—No os desuiays de la strada.
Her.—Que en tan pequeño término de tiempo aya tantos en la miseria humana!
Log.—Nueua cancion es ésta.
Her.—Quán confiado quedé yo y cómo creo lo que paresce justo, y mostróme la fortuna que en vn momento solo está la felicidad o su contrario. O mentirosos bienes, quebrantada fe, o falsa hembra; mas bien pagada está, consumidos que sean los vapores del appetito.
Log.—Essa es la vengança y tu remedio si te contentas.
Her.—O, hermano, aquí estauas tan callado?
Log.—Por oyr si la razon a solas te acompaña.
Her.—No falta conoscimiento si ouiesse obediencia, pero la fuerça de la carne es muy antigua.
Log.—Mas antiguo es el spirito.
Her.—Yo hize mi poder, y rendido aora a mi flaquesa, busco el vltimo remedio, renunciando la mentira por la verdad.
Log.—Esse seria el mejor fruto que esta planta nunca dio, aunque sea accidental.
Her.—Siempre lo bueno tiene vigor.
Log.—Pues qué ay? no sabremos desta tragedia?
Her.—Bien viste el desafio y la paz.
Log.—Señor, sí.
Her.—Oy se tornó todo vinagre. Ido al solito a passear, vi el más extraño flete que nunca hizo patron de nao.
Log.—De qué manera? abreuia, por tu vida.
Her.—De las Driadas con los Faunos, mañana a la noche para otros bosques y otras fuentes con lo portable y lo potable.
Log.—Qé me dizes?
Her.—Passada media noche lo puedes ver si quieres.
Log.—Búrlaste?
Her.—Es realmente como te digo, en lo que verás los disbarates desta vida y quál sea mi paciencia.
Log.—No estoy en my de tal pensar, ni menos procedia tan adelante, aunque tenga visto algo y sepa lo poco que de mugeres fiar se deue; acuerdese con que afficion le declaraua la verdad.
Her.—Yo dare de mi descargo con que quedemos pagados todos, que bien veo el daño que me hizo no obedescer a tus consejos.
Log.—Pues qué? en vez de mostrarte alegre del desengaño y procurar vengança? Vamonos a Asosio y todos a Doleria, para tender alguna red.
Her.—Esso no; yo no quiero ser juez y parte; cada vno será remunerado de sus obras, y vale más assi y es más loor poner los ojos a do la virtud visiua se fortifique y el alma se desempeñe.
Log.—Bien me está esso, no siendo loca la occasion, ni por honrra de los dos lo quiero consentir.
Her.—Está scripto stilo ferreo et vnge adamantino.
Log.—Su peccado della para tu bien, pero tu mal para más mal, no me contenta, y si no ay más amistad, voyme y no te hablo más.
Her.—Antes yo lo haré por no darte enojo. Pidote que no se sepa la causa desta absencia, que el tiempo hará su officio, ni oluides a tu Heraclio, que hasta la muerte lo será.
Log.—Y todauia va de verdad? o hombre perdido, que de mugeres haze cuenta y les paga tan al reues, viniendole aora tan a proposito vengar a sí y a otros. Deliberado va, no parará hasta hermitaño; tiempo es de aueriguar el amistad y remitir las palabras a las obras. Voyme a Asosio, y los dos con su amiga buscaremos inuencion alguna de remediar estas locuras.
SCENA 7. DEL QUARTO ACTO
Heraclio trueca los vestidos con su criado Honorio y despedido d'el se encuentra con Asosio, que despues de dissimular con él se los pone de hurto.
Heraclio, Honorio, Asosio.
[Her.].—Honorio!
Hon.—Señor.
Her.—Bien sabes el amor que te tengo.
Hon.—Ya sé, señor, que siempre tu merced me daua de sus jubones y calças viejas con que yo me paraua muy galan y me tenian en la ciudad por gentilhombre.
Her.—Esso es lo menos, hermano mío; no digo sino quererte bien, dessear verte en estado.
Hon.—Pues, señor, y no andaua yo en estado, pecador de mí?
Her.—No me entiendes; quiero dezir rico y honrrado.
Hon.—Ya, ya, señor; tambien yo siempre lo deseé, por sauer que tu merced lo desseaua.
Her.—Pero dexemos aora esso.
Hon.—Dexemos, señor.
Her.—Ya sabes...
Hon.—Ya sé, señor.
Her.—Dexame hablar.
Hon.—Habla, señor.
Her.—Quánto tiempo serni a estas señoras y cómo me lo an pagado.
Hon.—Ya lo sé, señor, que nunca te dieron nada.
Her.—Ni yo lo pretendi, que amor con amor se paga.
Hon.—Amor, señor? es muy vieja essa moneda, cómo la podia conoscer gente tan moça?
Her.—Harto bien dizes.
Hon.—Mas con todo, bueno fuera dar de la nueua y no mentir; que prometia aquella morcielaga, acá vernemos, allá yremos, señor Heraclio, esto haré, estotro lo dare, y maldita la cosa que cumplio la mentona.
Her.—Es oluidadiza y tenia otro en que entender.
Hon.—Y el papel de tus cartas no lo pagará, señor? que nunca te dio siquiera vn medio pliego.
Her.—Empleaualo mejor.
Hon.—En quién, señor? en aquellos Apios y Menchiones? o qué buenas espaldas!
Her.—Para lleuar los cargos, assi es bueno, y buena prol les hago[734] a todos.
Hon.—Diria yo una soga.
Her.—Arrepentido aora, aunque tarde, del engaño y mal gastado tiempo, estoy deliberado dexar el mundo como él hizo a mí y hazer penitencia de mis peccados.
Hon.—O cuytado, para qué tierra, señor? no es mundo por allá tambien? pues quedaré yo solo?
Her.—No te congoxes, que esta es la verdadera vida y burla todo lo demás. Queria mandar hazer vn habito de hermitaño de sayal, y porque no sé cómo hazer sin que me entiendan, tengo pensado trocar contigo los vestidos y buscar sastre que no pueda conoscerme ni dar señas de mí; los mios te quedarán, y todo lo que en esa bolsa hallares. Perdoname que por ser tan lexos de mi tierra no puedo darte más, y no tomes pasion.
Hon.—O señor, y assi me dexas? malditas sean las vellacas. O mundo perro, o traydoras, o señor, y cómo podra biuir sin ti Honorio?
Her.—Dexate desso y dame tus vestidos.
Hon.—Aqui estan, señor; tengo con todo yo de ser tú y tú yo?
Her.—Quiso assi la suerte.
Hon.—Qué muger es essa suerte? dónde mora, señor? los ojos le sacaria.
Her.—No los tiene.
Hon.—Las narizes. Ay, Honorio, dónde te lleuan; tratale bien, señor.
Her.—Tú a Heraclio como quissieres.
Hon.—Voto a tal, que estoy hecho un alguazil. Ciñire la espada tambien, señor?
Her.—Por qué no? esso es lo principal.
Hon.—Ah, ah, ah, quál está mi amo! bueluase tu merced, oh, oh, oh, desotra parte; natural yo; camine tu merced.
Her.—Quieres más? ora passeate tú tambien y veremos.
Hon.—Yo, señor? hijo de hombre no me terna por otro.
Her.—Si no fuere en el cuerpo, que todo lo demás es mio. Ora, hermano, quiero abraçarte antes de partirme. Dios te haga conforme a los vestidos.
Hon.—Cuytado, a dó me lleuan? Peccador de ti, señor, dónde te quedas?
Her.—No más, hermano, no te fatigues y a Dios quedes.
Hon.—Señor, señor.
Her.—Qué dizes? no miras que no me has de llamar señor aora. Si te oye alguno, qué pensará?
Hon.—Perdone tu merced, que se me oluidaua. Honorio, Honorio, si me demanda nadie por tí.
Her.—Lo mejor es que no te vea nadie, porque luego serias conoscido.
Hon.—Pues desse modo tambien yo quedo fuera del mundo.
Her.—No, que te yrás para tu tierra, y allá es otra cosa.
Hon.—Pues sea assi. Mas primero yo dare vna vista por aca, y haré del gentilhombre, pues la bolsa queda.
Her.—Qué dizes?
Hon.—Que me ternan todos allá por gentilhombre.
Her.—Tanto mejor, que se andarán tras ti las moças.
Hon.—Esso está en la mano, cómo me huelgo.
Her.—A Dios, hermano.
Hon.—O, o, o, mi señor y mi amo tan querido; ya se es ydo. Dios le perdone, qué buen hombre era mi amo. Ora yo estoy brauo; vestido como vn palmito, ceñida vna espada que vale más que yo, y con vna bolsa llena de ducados; no falta más que vna buena moça. Dare la buelta por la otra calle, para ver si hallo en qué emplear, y auiendo un rato braueado, porne los pies en villa diego, y podria ser llegase a la corte a hazer vn ademan.
Aso.—Qué diablos veo yo? o estoy borracho? a Honorio con los vestidos de su amo. Matenme si no se los lleua hurtados y va huyendo; quiero fingir lo tengo por él y solazarme vn poco. No veys la postura del ladron asno? A, señor Heraclio, mi señor.
Hon.—Guay de mí, este es Asosio; perdido va lo que mi amo me encomendó si me conosce. Señor?
Aso.—Qué mortal se ha parado! qué priessa es essa, a donde bueno?
Hon.—Bueno va, no me conosce aun, haré del graue. Por aqui voy passeando.
Aso.—Buscar alguna moça?
Hon.—No quiero moças yo, pues las viejas me engañaron.
Aso.—Aun atinays, muy feo vienes, dónde has estado? no te conosciera si no fuera por el vestido.
Hon.—Doliame la cabeça y çahumaronme.
Aso.—Que diablo de çahumerio! Tomaste todo el ayre de tu moço Honorio.
Hon.—Pegase el ayre de la conuersacion.
Aso.—Y de mí se os pegue este coscorron, traydor villano, que mataste a vuestro señor y lleuays hurtado sus vestidos; a la ora hago que os ahorquen.
Hon.—Misericordia, señor Asosio; yo contaré la verdad a tu merced, porque no es assi.
Aso.—Entendamos, pues.
Hon.—As de saber que es ydo mi amo fuera del mundo.
Aso.—Y aun por esso lo digo yo d'vn traydor.
Hon.—Oyga tu merced.
Aso.—Y los vestidos!
Hon.—Tomó los mios por no ser conoscido allá, hasta hazer vn hábito de frayle, que assi dize que se vsa.
Aso.—Ah, ah, ah, mira la necedad en que dio nuestro philosopho. Villano, no mintays.
Hon.—Ve aqui la bolsa con los dineros por testigos.
Aso.—Aun me suenas a ladron.
Hon.—O peccador, no sabe tu merced quién es Honorio?
Aso.—Dixote algo?
Hon.—Toma si dixo, y lloramos juntos; yua muy lastimado de las borrachas.
Aso.—Esse es el punto; hombre perdido, quién me lo hallasse! Ora, amigo, yo lo entiendo ya: venios conmigo a mi posada y direys el resto de spacio allá; y consultaron los medicos sobre alguna medicina para esta enfermedad?
Hon.—Por tu vida, señor.
Aso.—Doleria aurá de ser la boticaria.
NOTAS:
SCENA 8. DEL QUARTO ACTO
Logistico halla a Asosio con Doleria y deliberan entre sí lo que harán sobre la cura del amigo Heraclio.
Logistico, Asosio, Doleria.
[Log.].—Qué se hizo d'este? que no ha quedado juego de pelota ni de pelar, rio o fuente, ramo de Laurel o sombra de yedra do no le buscasse. Argel es como cauallo que falta en lo mejor. Yo veo todo desaliñado si por acá no lo remediamos.
Aso.—Es a punto como te digo, Doleria hermana, y si tus artes obran lo que saben, podria siguirsenos de aqui fama inmortal.
Dol.—Yo porne todo mi caudal por te seruir y ayudar a esse enfermo, pero bien sabes que...
Aso.—Ya te entiendo; fiate de mí como si fuesse el mesmo Rey Saul, vencedor y no vencido, y repartidor de los despojos.
Log.—Quién habla aqui? o qué lindo, de vn tiro he matado dos, de rienda la trae el cauallero, alquilada deue venir.
Dol.—Assi lo creo que no me engañes, ni menos esse gentilhombre de que oygo dezir mil bienes.
Log.—A nos me huele esta comida, no es tiempo de aguardar más. Para bien le hallemos, mi señor, que no quedó escuela de esgrima, latin y griego donde no embiasse mis escuchas; tengo de dar a Venus vna quexa destos amores, que nos han de lleuar un dia a su merced, como Iupiter el pescador a Europa la holgazana, y diran entonces que vas en los cuernos del toro.
Aso.—Por cortesía, señor mio, que aguarde tajo para mis besamanos y despues diga; y quanto a Iupiter el rufian y Venus la ramera, y a essa gente amores, sepa que estoy más percatado que Diana la caçadora para el bobo de Acteon y la fuente para Narciso y otros majaderos como nuestro primo Heraclio por Dianira, que nos mete en trabajo aora de buscar Astolpho de Inglatierra con su hypogrifo, que le vaya por el meollo al cielo como hizo al de Orlando.
Log.—Ya me paresce luego sabes la glosa de mi cancion. No viste qué trastornar de medidas hizo este necio? y qué preciosa es la mercaderia? no podra dezir que no se lo prophetizé.
Aso.—Domine, ello es hecho ya y bien sabe tu latinidad que es doctor de lo por hazer lo hecho. Aora es menester prouar las fuerças y dar señal de que no somos endemoniados.
Log.—A punto, porque amistad perfecta no cabe sino en animos altiuos. Pero cómo?
Aso.—Quiça no sabes tú del negocio tanto como yo.
Log.—Creo lo; di, por tu fe.
Aso.—Es vna salsa para comereste los dedos de sabrosa. Auiendo oy topado con Honorio nuestro amigo, hecho su amo, y dando tras él (despacio lo reyremos y de la treta que me declaró temblando)...
Log.—No passes adelante; en tu posada me lo contó aora.
Aso.—Assi, pues, basta. Pero qué supito accidente le mouio? que el moço no lo sabe.
Log.—Yo te lo dire: vn concierto para esta noche de las lobas y los perros, con los más gordos carneros del rebaño a las montañas, sin otro testamento.
Aso.—Si me lo asseguras, toma mi capa y todo el resto hasta la camisa.
Log.—Cómo assi? qué determinas?
Aso.—Respondele tú, Doleria.
Dol.—Qué quieres que responda? ordildo vos, que yo lo texere.
Log.—Tú, señora, has de hazer lo vno y lo otro, y con ello de nuestros bienes tuyos y de nos esclauos, no embargante de ser heroica la obra, y porque ternás vna corona.
Dol.—Será verguença mia no ser primero vuestro parescer.
Aso.—Por vida deste cuerpo y destotro y del cuerpo del ciuil derecho, que el tuyo sea el primero y el postrero, y que nos has de seruir aora de Iuno, Venus y Palas, hiriendo a diestro y a siniestro con oro y plomo y todo otro metal.
Dol.—Tú sabes quán falta estoy de todos ellos; mandad hazer vosotros las saetas, que yo porne de casa el arco.
Log.—Esse es el blanco, donde tirays negro.
Aso.—Bien te entiendo. Quieres a Logistico por fiador, no es assi?
Log.—Si no está en más, señora, palabra y prenda te daremos.
Dol.—No creas nada a este trugeman, señor Logistico, que es demasiadamente malicioso; mas pues quereys por mí guiaros, la historia ha llegado a los terminos que pudieramos pedir y tengo ya imaginado cómo pongamos cada cosa en su lugar y le demos mejor fin de lo que tuuo comienço, sin pretender otras ganancias que ser el titulo de mi nombre. Quanto a lo primero. Asosio y yo, hechos peregrinos, nos haremos con Heraclio encontradizos, y yo me prouere de salsa que le haga otro apetito; dél mesmo entenderas el resto, señor Logistico, y vete a casa, que allá te yrá buscar, y en ello sabras quién soy.
Aso.—A Aeneas no siguiera de mejor gana a los Campos Heliseos.
Log.—In manus tuas, señora.
Dol.—No son muy delicadas; mas saben adereçar muchos guisados.
Aso.—Que tales los a prouado Asosio.
Dol.—No perdamos tiempo.
Aso.—Correre si mandas.
SCENA 9. DEL QUARTO ACTO
Andronio, cortesano requebrado de Melania, se lamenta della y ella dél estando ambos engañados.
Andronio, Melania, Mania.
[And.].—O anima peccadora, quándo saldras del purgatorio? El rio Meandro no da más bueltas que yo por estas calles. Sospechaua que me queria esta traydora, y veo que todos son engaños.
Mel.—Allá paresce solo mi Andronio; por algo viene; ya no soy más mia; cumple obedescer. Quién viesse ya el dia de estar en libertad! Bien, amor mio, qué hazes por aqui? cómo no passas adelante?
And.—Esta es, ay!
Mel.—Por qué suspiras, mi señor? ay alguna nouedad?
And.—Viejo es tu descuydo de mi pena y el matarme cada ora.
Mel.—Dios nos guarde, cómo lo finge mi señor!
And.—Mas cómo lo burla mi señora. Di, leona hambrienta de mi sangre, quándo estaras harta d'él?
Mel.—Por tu vida, amores, que esso venia desseando.
And.—Assi lo creo yo.
Mel.—No me entiendes.
And.—Pues qué?
Mel.—Libertad para gozar de tu dulce compañia, la qual me es más que la propria ánima chara.
And.—No dexas de burlar.
Mel.—Más tú.
And.—En qué moneda me pagas lo que te quiero, o qué obras salen de tus palabras?
Mel.—Donoso estás. Qué más podia darte, o qué más me queda?
And.—Segun esso, no eres más que palabras o más ayna burlas, ni lo serás.
Mel.—Palabras llamas al cuerpo y ánima y a la fe que te di y me diste? y demás si estoy preñada?
And.—Aora pienso hazes de mí loco, o tú lo estás, pues hablas tan de seso y con tan poco, o lo perdiste todo.
Mel.—No será mucho que te lo aya dado con la prenda que te di para no quedarme nada y estar mi seso y mi locura de tu mano como está. Burlareste de mí y hazeresme morir con tus descuydos?
And.—Antes yo. Nunca tan de veras te vi matarme, o cruel!
Mel.—Ora no más, amores, basta lo soñado; recuerde tu merced y hablemos a proposito; yo temo con todo lo que digo y no sé cómo hagamos, si el plazo que tomaste no fuesse ya complido.
And.—De qué temes?
Mel.—Otra suya, de la preñez, que no me trataste de manera que quedasse sin sospecha dello.
And.—No sé por qué me hazes rebentar. Qué preñez? qué diablos del infierno? quándo lo soñaste?
Mel.—Dizes de verdad?
And.—Si no que biua de mentira.
Mel.—Basta, basta; confirmada es la malicia; o traydor maluado, qué determinas? no, no, no soy quien piensas; con mil vidas no pagarás mi honra.
And.—Qué loca está!
Mel.—Loca, mal hombre, y tú, herege, no me importunaste para casar conmigo? y por el grande amor que publicauas, y los ruegos de Doleria, en su casa me tomaste por tu sposa y ay fueron las bodas; con ella lo as de uer; veremos si te atreues a negarselo.
And.—No es tiempo de sperarte más, perdida y loca confirmada, o beuiste demasiado?
Mel.—Nunca beuiera de tan villano vino y desabrido, triste de mi; allá me voy con esto; disbarates.
And.—Della serás mejor desengañada. O esto sin duda es sueño, o ésta ha perdido el seso, y para que mi ventura haga su deuer assi conuiene. Bien le dara Doleria algo con que le saque el mal de la cabeça, que para todo es. Mas qué diablos sé yo si dormiendo hize lo que ella dize que despierto, o si mi spirito anda de noche por do de dia el pensamiento, que todo ay en amores y en diablos. Libreme Dios de tal encuentro, estoy borracho dél; bueno será tambien encaminar hazia Doleria para que juntamente nos desencante.
Man.—A, gentilhombre.
And.—Solia yo de serlo, quién será la dama? qué manda mi señora?
Man.—Que desempeñe su cadena y prenda con ella otras captiuas.
And.—Con otro piensa auello; captiuo queria yo ser de tales ojos, si los braços fuessen la cadena.
Man.—Qué bueno! Ora, señor, pag[u]e el escote, pues ha merendado, y no se persuada que sus criadas biuen del ayre como camaleones.
And.—No es gran marauilla, pues esse basta para sustentarme, y la gracia con que lo dize.
Man.—Yo digo, su merced haze; pero no curemos de requiebros sin proposito, passen las burlas adelante; porque, sin los seruidores, tengo hermanos y parientes, que desharán estos agrauios, y no me ensañe yo.
And.—Tambien yo ajudaré por la parte que me cabe. Mas su merced está engañada, que no soy quien piensa, ni es mi costumbre de mojar, sino seruir las tales.
Man.—Qué bien lo propone, si no me cortara ya la bolsa. No vengo ahumada, ni haze neblina, mi señor; mande deshazer el yerro y guarde la joya para otra nouia; aqui do está, todo va perdido, ya no ay que fiar.
And.—Y porfiays? esta es otro como la de ogaño; holgara de venir de otro temple, pero trayo dolor de baço.
Man.—No ay que pensar en ello más, ni murmurar entre dientes o desculpa que le salue de burlarse de quien le quiere bien.
And.—Por mi fe, señora, que está en error.
Man.—Assi me lo paresce, si su merced perdio el seso o ha beuido.
And.—Gran caso es este: o los diablos andan sueltos, o yo estoy dormiendo; tornese, señora, que yo le affirmo no ser quien busca.
Man.—Pues quién seria luego su merced?
And.—Andronio hasta la muerte, y aun despues.
Man.—Andronio o andrajo, yo le conosco rasonablemente, y aun me duelen los mordicones que me dio en este braço.
And.—Quándo?
Man.—Quando en los suyos me tenia, y me vendia por miel vinagre, haciendole tantos regalos en mi casa. Mal ayan tales obras. Por vida de Mania y de su madre, que no lo comays sin escaueche por más peynado que seays.
And.—Estoy fuera de mi, qué ha de ser esto? perdido soy, y de mas si Doleria se me buelue vna d'estas, y todos son dolores.
SCENA 10. DEL QUARTO ACTO
Heraclio en habitos de hermitaño reposandose en vn prado dan con el Asosio y Doleria hechos peregrinos, a saber Doleria es Dicheo, Asosio es Synesio.
Heraclio, Doleria Di[cheo], Asosio Syne[sio].
[Her.].—Soberanos cielos, virtudes superiores, regidas por aquel summo principio, ajudadme a celebrar mi nueua proffession y terminar la vanidad passada en el perfecto número; las potencias dementadas con su concordancia natural me fauorescan; las aues del ayre, los animales de la tierra, la mar con sus pescados, den señal de mi alegria. Porque aora que el viejo hombre es muerto y las speranças vanas se acabaron, descansará el triste coraçon, dando comienço a otros pensamientos, y los sentidos de su alto objecto ternan el verdadero refrigerio, con el blando ayre, dulce harmonia de las corrientes aguas y suauidad de tan diversas flores, hechado sobre estas yernas olorosas. Y vos, ojos, occasion de tantos daños, reposareys en este prado deleytoso.
Dich.—Hijo Synesio.
Syn.—Padre señor.
Dich.—Qué hermoso está el campo esta mañana y quán agradable es de oyr la melodia de los paxarillos; peccado es no gozar d'esto de contino.
Her.—Aun aqui el mundo no me dexa; qué gente será esta?
Syn.—Es vn consuelo para enamorados coraçones.
Her.—Pues y aqui llega este nombre?
Dich.—Cómo lo saues? prouaste ya essa passion?
Syn.—No, pero oy hablarte algunas vezes della.
Dich.—Es assí, y harto mal me hizo esse mal.
Her.—Compañia tengo.
Syn.—Mal llamas, padre, a lo que otros llaman bien? siendo amor vn medio sin el qual no obra la natura, y vna cierta colligantia desde el cielo hasta la tierra, a la qual el ciego sabio dio nombre de cadena de oro.
Her.—Mucho te deue luego el niño ciego por esse titulo que le das.
Dich.—Verdad es, hijo, que todo se rige por amor, pero va en los hombres por vias differentes la orden prevertida, improprio el nombre a los effectos. Con este peliscon recordará, aunque no duerma; oyes, Asosio?
Aso.—Al cabo estoy, Doleria; prosigue, pues, y philosophemos a su modo y al nuestro, sin que parescan nuestros nombres.
Dol.—Qué necio eres, los ojos y los oydos le tengo en la mano. Buelue a tus coles.
Aso.—No sé cómo es improprio, padre, pero quando la yra d'amor incitada sale de curso, adquiere el nombre de valentia, de templança el sufrimiento, y de todos sus contrarios las otras virtudes compañeras.
Her.—No estays bien en la cuenta, porque esta mia es o paresce mentirosa por la occasion.
Dich.—Pusilanimidad no es templança, ni Dios lo quiera; temeridad no es fortaleza, ni lo fue nunca; obediencia vil o subjetion no es justicia, ni lo será; acertar acaso no es prudencia.
Her.—No lo aueys mal estudiado.
Dich.—Si el amor es de virtud diuino o fundado en la razon, podran caber en él essas condiciones todas, y no hablo sin experiencia.
Syn.—Ha sido tu merced enamorado?
Dich.—Mas que vna vez, y muchas engañado.
Syn.—Cómo, padre, no hallaste fe?
Dich.—Fe en mujeres, monstro sería.
Her.—Este es mi hombre.
Dich.—No ay en ellas cosa buena, sino el callar si callan, aunque pocas veces acontesce, si no es por deffecto de natura o accidente de enfermedad. El amor dellas es apetito solamente, sus cortesias son engaños, es negar su prometer, y el negar darse del todo. Mira, por tu fe, qué sciencia ésta para entenderse, a do los que más saben menos aciertan y más los que menos saben.
Her.—Es oraculo este hombre.
Dich.—Quise tanto a vna, que passara el arco de los leales amadores, pensando ser no menos querido della; mas a la postre, porque no me reyesse de los otros, vue de descendir al infierno de Anastarax; que por vn antojo solo perdi en vn dia todos mis trabajos de muchos años.
Syn.—Seria alguna necia.
Dich.—Passaua de prudencia a Sapho al parescer, de constancia a Portia, de fuerças a Camila; ésta me llegó al punto de la muerte o de dexar el mundo y biuir entre las fieras, si la razon no lo estoruara. Al cabo de muchas experiencias y de tentar si mi estado misero, seruicios, obediencia y promptitud la podian ablandar, viendo quán poco aprouechaua todo, arrebatado de encendida ira, supitamente se conuirtio el amor en odio y en ardentissimo desseo de vengança. Por esta causa sola, dandome al estudio de la Magica, en breue tiempo sali maestro y restauré con ella, assi lo passado como por venir: dexando al mundo vn gran exemplo, con vna burla que le hize, poco menor que la de Vergilio. Estás en esta cuenta, hijo?
Her.—Como que estoy en ella, padre, y quasi arrepentido de mi locura; pero andar.
Dich.—Qué es esto, quien duerme aqui?
Syn.—Si a la fe, padre, no lo veya.
Dich.—Hermitaño es.
Her.—Visto me han; todauia haré que duermo.
Syn.—Quién puede ser en lugar tan solo?
Dich.—El libro me lo dira. O qué gentil donayre, de los nuestros es.
Syn.—Qué nuestros?
Dich.—Desesperados de amor; despertalle quiero para saber de su fortuna.
Her.—No duermo, padre onrrado, antes he oydo tus razones todas, que no han hecho en mí pequeño mouimiento.
Dich.—Tanto mejor, mas por tu fe que me cuentes, si te plaze, la causa deste apartamiento y soledad,
Her.—Para qué? a quien ya dijo lo principal.
Dich.—Leamos, pues, un poco más. Basta, hallada es la mula; madre y hija son entrambas, y esta noche se nos vone: palabras que yban diziendo monedas de oro sone, que se mataron por dos, que no valen medio none[735].
Her.—Qué es esto? yo sueño, este es un gran saber. Ora, padre mio, socorreme por tu fe, que de creer es puedes, pues tanto sabes.
Dich.—Soy contento, con que tú lo seas de lo que hiziere.
Her.—Más que contento.
Dich.—Pues a la mesma ora te buelue por do veniste, y vete a tu fiel amigo, que tanta ansia tiene por ti; Logistico se llama.
Her.—Y esto más? o gran misterio!
Dich.—Y dexados estos habitos yreys los dos a la ora limitada oxear aquellos cueruos para que nos quede la carne desembargada y te la entreguemos tomando sus figuras, y tú puedas guisalla a tu plazer.
Syn.—No será malo, esfuerce tú merced.
Her.—Dios te ha embiado por mi bien aqui. Voy sin tardar poner en obra lo que mandas, padre.
Dich.—No te descuydes, pues.
Her.—No ayas dello miedo.
NOTAS:
SCENA 1. DEL QUINTO ACTO
Logistico halla a Heraclio ya con sus vestidos, y muy alegres ambos van acabar su auentura de Apio y Metio.
Logistico, Heraclio, Apio, Metio.
[Log.].—Quien viesse ya esta nao en el puerto! por diligencia de Pyloto y marineros no quedará, y spero nos fauorescan todos los spiritos enamorados. Qué se hizo deste hombre? a qué parte de la tierra será hechado? hazia nuestro Polo, que le es aficionado.
Her.—Dicha fue hallar a Honorio para tomar otro vestido. El amigo falta aora, estara quexoso, pero el supito accidente causó el desuario.
Log.—Si yo no duermo, allá veo a Heraclio; paresce obran ya las medicinas de Doleria. Gran cosa es; a, señor, señor, no se alexe tanto, si no lo dura aun la colera.
Her.—Este es, o quán a propósito. No, señor, que ay otros humores que la contrapesan, y es de nosotros sabios mudar consejo.
Log.—Por esso solamente no puse luto, y assi speraua a su merced como si lo viera. Pues en qué paró el viaje y el nauio?
Her.—Aun no puedo respirar. Mouidos a compasion los cielos, me embiaron a Mercurio en forma humana que me alumbrasse en tan escura noche.
Log.—Cómo assi?
Her.—Despedido ya del mundo y de todos sus engaños, en despoblado, hallé dos hombres, que a cabo de otros chistes que despues sabras, en cierto librillo que tenia el vno dellos, gran nigromante, leieron mis desgracias y me prometieron reduzillas a otros terminos: mandandome luego te buscasse, que es lo que más atonito me hizo, para que fuesemos entrambos hazer boluer los Satyros a los montes. Yo desesperado de poder hallarte, acercandose la ora, acometia solo el auentura.
Log.—Mucho me cuentas, y ay verás que no se oluida de ti la prouidencia. Quiero abraçarte como a hombre resuscitado, y hagote saber que lleuaua esse proposito tambien, pero mejor lo reyremos en compañia, y no podran tardar, porque es ya dada la vna.
Her.—Por lo más cierto, nos lleguemos a este canton.
Log.—Bien dizes.
Her.—Aqui son; oygamos lo que hablan.
Apio.—Metio?
Met.—Apio?
Apio.—Qué hazemos?
Met.—Vna gran locura: si nos toman con el hurto, adios amores.
Log.—Bien oyes.
Her.—Toma si oygo.
Log.—Mira qué lanças.
Her.—Nunca las tuue por mejores.
Apio.—Qué escurana haze, las carnes me tiemblan; no seria mucho auer por aqui capeadores.
Met.—Comigo no aurá lid, luego doy la mia.
Apio.—No vale más assi? otras nos tenemos, quién lo aurá de saber?
Log.—Bien se emplearon.
Her.—No merescen más.
Apio.—Todauia, ya que se lo prometimos, es menester complir con ellas.
Met.—Doylas al diablo, que mejor se estauan. Qué harémos dellas? dónde diablos las lleuaremos?
Apio.—No faltará; ellas traen prouision.
Her.—Bien remediadas van.
Log.—No es tiempo de más palacio. A, traydores, vellacos, dexad las capas y las vidas.
Met.—Apio.
Apio.—Metio. Guay de vos. O, señores, por amor de Dios, aqui quedan y las espadas.
Her.—Qué priesa lleuan!
Log.—Eran buenos para liebres. Vamonos aora y demos lugar a nuestros medicos para que ordenen sus receptas con las señoras boticarias.
Her.—Lleuaremos el despojo?
Log.—Sí, para seruir de testimonio.
SCENA 2. DEL QUINTO ACTO
Astasia y Idona se salen a la huerta a sperar sus seruidores, y vienen Dicheo y Synesio, con quien se van, pensando eran ellos.
Astasia, Idona, Synesio, Dicheo.
[Ast.].—Es ora de speralles allá en la huerta?
Ido.—Cerca de la vna.
Ast.—Oyste algun ruido?
Ido.—Sí, señora.
Ast.—Qué seria?
Ido.—Gente que passaua.
Ast.—Paresceme que entreconosci la voz de Apio.
Ido.—Podria ser que speren y ayan querido burlar de alguno, que son mancebos y hierueles la sangre.
Syn.—Hermana, esto es para nos carnestollendas.
Dich.—Queria ya la olla entre las manos.
Syn.—Al fuego está.
Dich.—Pues yo te vntaré las barbas.
Syn.—Bueno es que aya de todo, pero yo estimo más la burla que ser Emperador de Trapizonda. Sentiste bolar a nuestros paxaros?
Dich.—De la buena suerte bien guardadas yuan; harto nos quedan a deuer por les quitar tal embaraço, y hablemos paso, que ya las veo, y ellas a nos.
Ido.—Aqui viene, señora, nuestra guarda.
Ast.—No podia faltar.
Ido.—En punto vienen como si ouiessen de combatir.
Dich.—Pues qué piensas, mi señora? esto y más es menester a quien thesoro tan preciado se encomienda.
Syn.—Tambien quiero mi parte; ha mucho que sperays?
Ast.—Media ora, y con recelo de aueros algo acaescido, porque oymos cierto rumor.
Syn.—Es posible, y aca llegó?
Ido.—Qué cosa fue?
Dich.—No nada.
Ast.—Mas por mi vida.
Syn.—Dos vellacos que querian conoscernos, y vuo de costalles capas y espadas; pero de piedad se las boluimos.
Dich.—Doyte al diablo que assi lo vendes.
Syn.—Señoras, no es tiempo de detenernos más, traen todo su recaudo?
Ast.—Todo.
Dich.—Pues vamos.
Syn.—Dad acá.
Dich.—Que priesa tiene este gloton; no aun, hermano, que no es cordura si acontesce algo yr cargados; allá fuera de bancos se lo tomaremos.
Ido.—Mejor será.
Ast.—Caminemos pues.
Syn.—La que más quiere cada vno; yo con esta moça lo auré.
Dich.—Yo con esta señora de mis entrañas.
Ast.—Ya soy vieja para regalos.
Dich.—No es de vieja esta hazaña; mas eres vieja en darme la vida y en el matarme.
Ast.—No veys? bueno viene el señor Apio esta mañana.
Ido.—Estan más promptos los spiritos a esta ora.
Syn.—Los tuyos a lo menos, mi señora, con el vnico resplandor dessos ojos matadores, que hazen clara la noche, escuro el dia.
Ido.—Qué tocar de teclas, madre mia!
Dich.—Callando por aquí.
Syn.—Cómo callará el que arde?
Ido.—No parescia tal el señor Metio.
Dich.—Las tinieblas descubren muchas tachas que alguna vez la luz esconde.
Ast.—Quién lo diria?
Syn.—Quien lo vee y palpa.
Dich.—Ya estamos buen trecho de la ciudad; bueno sera que nos entremos en el bosque y os dexemos allá cabe la fuente, donde de ventura aporta nadie, mientras ymos proueernos de posada.
Syn.—Señor, sí.
Ido.—Y quedaremos solas?
Dich.—Conuiene assi y de parescer los dos allá; escondamos aqui detras estos dineros, para quitar las occasiones, y si viniesse alguno, que no fuesse tentado de cobdicia.
Ast.—Pecadora de mí, y es lexos?
Dich.—No, ánima mia, sino muy cerca.
Ast.—No haze pues al caso, norabuena vays.
Syn.—A Dios, vida, mas no a los aquillos[736]; passito no seas sentida.
Dich.—No sabes que soy Angelica?
Syn.—Diabolica te llamaria yo.
Dich.—Algo te va en que lo sea.
Syn.—Me recomendo, ya estamos en otra tierra, ay os guardareys, mi bien, aora en los campos verdes sola.
Dich.—Aun bolueremos a visitallas, y verás que no pudiera Arachne la sotil, ni Palas la embidiosa, ordir o texer tela más fina.
Syn.—Si traes contigo a Proserpina y todas sus donzellas, qué menos puede ser.
Dich.—Entremos por acá y haremos otra colacion.
Syn.—Desta vez quedo maestro.
NOTAS:
SCENA 3. DEL QUINTO ACTO
Morio sale en busca de su muger y halla Melania que venia de buscar a su marido, y conciertanse los dos, casandose ambos por despecho.
Morio, Melania.
[Mor.].—Qué es d'ella, muger, muger, amores, vida, riñones, coraçon, qué viento os ha lleuado? O mal viage haga la nao: Idona, hija, palomina, golondrina, ansaron, ternera, que es de ti? Si son ydas al villar a pie por penitencia? que mi muger queria hazer quaresma, mas los lobos en el camino las tragarian, que era de noche y no las conoscian, o, o, o, ya lloro.
Desdichadas, cómo les dolian los dentazos de aquellas malas bestias, Dios les perdone; pero quién sabe si saldrian por no ser de buena digestion, a lo menos mi muger, que era un poco añeja, y mi hija por causa de las llaues y alfileres (que lobatos no comen hierro como auestruezes). Boto a mí que he apuntado como un Doctor; qué será d'ellas, pues? apostaré que almuerzan del pernil que se quedó alla anteayer: dexad para mí algo, amores, que tengo sed, y comeré para beuer, no beueré para comer como dizia el otro asno. O amiga tan querida, cómo me dexaste assi huerfano? Boto a tal que yo lo soñaua ha media ora. Quiero ver si me recuerdo. Qué soñauas, Morio? ya, ya, que se yuan con dos galanes las galanas y me casaua yo con Melania. Iuro a mí que es buena moça y no le falta nada, aunque sea algo morena; ella sabe amassar, fregar, lauar, labrar, coser, baylar, cantar, hablar, andar, trotar, comer, dormir, besar, soñar y es muy buena cozinera. Qué bueno estaba el puerco de ha seys años, qué linda la tortada de ayer, qué sabrosas las coles y el tocino del entruejo; pues vna ensaladica de nabos y lechugas y dos dozenas de ajos y cebollas, mal año para el Xarife. Mas guay de Astasia, que ya se me oluidaua la pecadora: oh, oh, oh, qué buena muger era; si ella no buelue, tengo de quexarme al alguazil. Por todo la he buscado y no la hallo; en la cozina, en la cámara, en el patio, en la sala y en la saleta, en la otra camara y en la otra, y en la camarilla, por los graneros, porque solia la pecadora hazer subir allá los gatos a visitar a los ratones; en la cantina, que pense quiça auria sed, y se le oluidó de cerrar la boca al torno y se ahogaria la mesquina. Por esso es bueno beuer por cangirones.
Mel.—Algun diablo de los suyos la ha lleuado. No estar de dia en casa con sus ocupaciones no era milagro, mas aora no puede menos ser que ellos andan de noche segun dizen.
Mor.—Gana me toma de almorzar, aunque es temprano, hablando en ello, mas estoy tan alterado con esta yda de mi muger, que beueria por otros quatro.
Mel.—Quién habla aqui? y de mas si es aquel traydor de Andronio, que no le dio reposo la consciencia, despues de auerse burlado assi comigo, y torna a emendallo.
Mor.—Esta deue ser, boto a tal; en el tocado la conosco, porque veo de noche mejor que un gato. Cómo me huelgo! a, muger, adonde diaño fuyste, amores?
Mel.—O desdichada, Morio es este; perdida soy, que me han sentido; qué dire? Ya, ya, que estaua mi prima en passamiento y me embiaron a llamar: Melania diras, amo. Pues amo, qué te hazes por aqui a esta ora?
Mor.—A do las dexas? ellas pense que eran.
Mel.—Quién?
Mor.—Tus amas la grande y la pequeña.
Mel.—Cómo assi?
Mor.—No las hallo, ni sé quál diablo las lleuó.
Mel.—Búrlaste?
Mor.—Para burlar es el negocio: estoy ya medio casado.
Mel.—No lo digo yo?
Mor.—Oh, oh, oh! Menester es llorar.
Mel.—De veras va, a la fe; entrarme quiero a saber deste mysterio.
Mor.—Llegó muy aproposito Melania, porque casados que seamos nos podremos yr acostar y dormir hasta la mañana, y si buelue Astasia, que se tome otro marido, pues se ha ydo sin despedirse.
Mel.—Más mal ay de lo que yo pensaua, qué sera esto! matenme si no son ydas con Apio y Metio, que yo lo olia ya. Qué dirán las gentes? no ternee cara con que parescer. Peccador de Morio, no soy yo sola el agrauiada.
Mor.—Pues qué te paresce?
Mel.—Assi no fuera.
Mor.—O, o, o, qué será dellas? si entraron los ladrones y las hurtaron?
Mel.—No hurtan ladrones hurtos que coman.
Mor.—Si son ydas al villar?
Mel.—A estas oras? donoso estás.
Mor.—Si se ahogaron las desdichadas?
Mel.—En qué mar?
Mor.—En el pozo, que aun no he ydo á ver.
Mel.—Ni vayas.
Mor.—Si son ydas a conffesarse con los frayles, para ajunar oy, que es dia de pescado?
Mel.—Podria ser, mas es temprano. O si estan en la huerta plantando ajos??
Mor.—Allá he estado. Si son ydas a Santiago que eran deuotas dél?
Mel.—Esso deue ser.
Mor.—Dessa manera no bueluen más, que es lexos. Oh, oh, oh, Astasia, mi salsa, mi culantro y mi yerua buena, adonde te fuyste?
Mel.—Consuelate, Morio, por tu vida, que muchos desgraciados ay por el mundo, y yo soy vna dellos.
Mor.—Eres, amiga, cuytadilla? pues yo no veo mejor remedio que casarse el desgraciado con la desgraciada, y no curar de los graciosos.
Mel.—Assi andaria todo derecho.
Mor.—D'aca la mano, amores.
Mel.—No, no, Morio, no tan ayna.
Mor.—Ayna dizes? y ha dos horas que se partieron.
Mel.—Y si boluiesen?
Mor.—Que se busquen otros.
Mel.—Si ya no los tienen.
Mor.—Tanto que mejor; dormiremos más a plazer lo que se queda por dormir. Eya, mis entrañas, que ya te quiero bien.
Mel.—En buena fe que me viene Dios a ver y dexar los diablos para quien son. Búrlaste, Morio?
Mor.—Entremonos, vida, y verás si burlo; qué le falta? pesa más sola que quatro Astasias.
SCENA 4. DEL QUINTO ACTO
Andronio busca Melania, y halla Aplotis que llora por su tia y prima, y que va buscar Logistico su seruidor, y despues de trauar amores se conciertan.
Andronio, Aplotis.
[And.].—Doleria afirma que está loca, y no puede ser menos, segun sus disbarates: yo no sabía qué dezirme, y ayna me tornara como ella. Esto me faltaua para prouar de todo: adonde yre que no me acompañe la desgracia? Quiso mi ventura sacarme de la mar, para hecharme en este fuego, si me auia resfriado. Desterrado de mi tierra por amores, y aqui medio perdido por la perdida, y loco por la loca, con dolores. Qué remedio, que está ya crescida la rayz: yo no lo siento, si Doleria no lo halla[737] como promete. Lo que más me lastima y haze que la ame, hasta tambien enloquecerme, es que por mí se enloquecio, tanto me queria la pecadora. Bien se paresce en sus palabras; porque aquel hablar de casamiento, de preñez, de soñar y de velar, y otros requiebros, no es otra cosa que publicar aora la causa de su locura, y hechar fuera de rondon lo que tenia guardado y escondido el pensamiento como agua represada. Pero la otra labrandera que despues me salio al camino con otra tal, me hace estar en duda y confuso de qué parte esté la locura; porque tengo dos testigos contra mí; y yo soy solo, si no hay otro que me paresca y aya hurtado o comido lo que éstas quieren que pague. O en sueños me lleuó el enemigo como estriega, aunque las estriegas sueñan lo que dicen, y yo seria assi Stryon Doctor haziendo lo que estas mis amigas sueñan. Pero Doleria dize que la labrandera es muy refalsada, y oyendo la question de Melania sin ser vista, quiso despues burlar de mí para hazerme perder de todo el seso. Yo quiero todauia yr por allá[738]. Si la veo y habla más a proposito es buen señal; si no, puedo proueerme de vn hospital para los dos.
Apl.—Mesquina, qué haré? a dó me yre con tamaño desaliño?
And.—Demas si es ésta? No lo paresce; Aplotis es, qué desaliño trae.
Apl.—Mi tia Astasia y mi prima Idona se son ydas.
And.—Ydas? qué quiere dezir ésta?
Apl.—Con aquellos recueros, dias ha que lo recelo.
And.—Estás aqui, Andronio? atiento.
Apl.—Mal año para ellas y para ellos.
And.—Y para Melania y para mí si les hizo compañia.
Apl.—Mirá por vida vuestra, qué gentileza y discrecion, que más parecen mulos, aunque recueros.
And.—No acabará ésta de dormir y de soñar yo? qué mulas o qué mulos quiere alquilar?
Apl.—Igual era la de Heraclio y su intencion que a ambas seruia y veneraua y defendiera el passo de Tintoil por amor dellas. Vendianle higos maduros, danle aora por ellos higas verdes, y por melones a la prueua calabaças.
And.—Luego todos somos sanos.
Apl.—Lo más salado de todo está el casamiento de la mula con el asno; el aurá de parir, que ellas no paren.
And.—Qué mula es esta, pese al diablo, o qué parir de asno?
Apl.—Melania con Morio? Ah, ah, ah, reyré aora, que ya he llorado un rato.
And.—No es este muy buen verso; menester es salir de duda. Qué lluuia o sol es éste, señora Aplotis? o qué desaliño por allá!
Apl.—Andronio es, su parte le cabrá.
And.—No me respondes?
Apl.—Dios te guarde, señor Andronio; estaua vn poco enuelesada, perdonáme.
And.—Qué ay por allá, señora Aplotis? dizenme que está mala Melania.
Apl.—Harto mala.
And.—No me engañó luego Doleria.
Apl.—Qué te dixo?
And.—Que estaua loca, porque yo se lo fuy a preguntar por ciertas locuras que le oy.
Apl.—Ah, ah, ah, despues lloraremos tú y yo, señor Andronio.
And.—No te entiendo.
Apl.—Si la mujer es hija del marido, como dizen, ella está loca siendo casada con el loco.
And.—Cómo casada? con qué loco?
Apl.—Yo te lo dire, para que de oy más busques mujer: son ydas mi tia y prima con Apio y Metio, y con los dineros de la casa, para no boluer. Morio y ella guardan el resto, y son casados, y aun más que quedan en la cama, por no poder arrepintirse.
And.—Es possible esso?
Apl.—Como ser de dia aora. Escoziole y está medio pasmado; maldita sea ella que tal trueque ha hecho. Estas y las otras hazen perder el crédito a las buenas. Daria esta sortija por hallar en casa a Logistico y darle parte desta caualgada, aunque le duela por el amigo; de vna vez o dos que le he hablado le quiero como a mí, y segun se me trasluze no me engaño.
And.—Ay, ay, ay, que muero; socorreme, Aplotis, mi señora.
Apl.—Pues, señor Andronio, qué cosa es esta? qué animo es este de gentilhombre?
And.—Ay, ay, ay, o falsada fe, falso amor, hembra falsissima!
Apl.—Triste de mí, si se me muere entre las manos. Marauillome de ti, señor Andronio, morir por quien no meresce tu çapato? Lastima tengo, hermoso y dispuesto mas que vn aleman. Maldita sea la vellaca.
And.—Qué dizes, señora Aplotis? o qué me aconsejas?
Apl.—Que la des al diablo y tomes otra que te meresca; que no aurá ninguna que no se tenga por dichosa; y más es poquedad no holgarte de ser quito della.
And.—Bien me aconsejas, pero recelo ya que otra qualquiera se me torne Melania.
Apl.—No hará, y assi no ouiera hecho voto yo de ser monja.
And.—Monja, señora?
Apl.—Sí.
And.—Pues y no lo mudarás? yo te auré licencia.
Apl.—No sé.
And.—Si harás, señora, por quien comiença ya a arder por ti.
Apl.—Tan ayna?
And.—Quiere mi suerte satisfacerme, vista mi fe y lealtad mal empleada; por esso acceptame por tuyo y toma estos ojos, este coraçon y a esta mano en prendas d'ello.
Apl.—Qué auisadamente lo dize su merced! Auré mi consejo.
And.—Si quieres verme muerto sea assi.
Apl.—No, no, no, señor Andronio, he aqui la mano.
And.—Quede, pues, en ella el anillo de la fe hasta su dia.
Apl.—Soy contenta.
And.—Y yo bienauenturado.
NOTAS:
SCENA 5. DEL QUINTO ACTO
Asosio y Doleria transfigurados en Astasia y Idona, bueluen a Apio y Metio.
Asosio, Doleria, Apio, Metio.
[Aso.].—Pues, Doleria, qué determinas? tenemos tú y yo de ser Deucalion y Pyrra y entrambos representar el mundo?
Dol.—Calla, que presto se acabará el diluuio y saldremos a tierra. Mas aora es menester que con sus vestidos dellas vamos a ellos y les demos otro asalto.
Aso.—En qué en los cabellos?
Dol.—En las capas y en las espadas, como hizieron nuestros hombres, porque nos lleuen menos ventaja.
Aso.—Y dónde los hallaremos?
Dol.—Aora, aora te porne con ellos.
Aso.—Cómo sabes que tienen ya otros vestidos?
Dol.—Sin más astrologia es de pensar se ayan ydo armar de nueuo para boluer a sus amores.
Aso.—Doy al diablo tal saber; si es assi, y no escapan, luego nos casamos.
Dol.—La mitad está hecho, y para el resto te pornas de lodo, vellaco, mesonero del consejo, o qué niño!
Aso.—No, que todos los huespedes conoscidos te seruirian y con los otros dissimulariamos por los despojos.
Dol.—Aun te quedó sed? no ves que estamos ya proueydos para algunos dias?
Aso.—Cómo eres necia! Dure el officio, que quanto más moros más ganancia.
Dol.—O Moras. Guay de Agar si le dexaste Ismael en el regaço.
Aso.—Algun angel la socorrera, y ella es para todo; mas por tu vida dime, qué será della en estos trances? marauillome de cómo tan bien no se embarcó esta marea.
Dol.—Para andar seruiendo por suertes la peccadora, ay le queda Morio o Morrion; podria ser se concertassen, y tanto más ayna, si trae carga, haziendole creer que se parescen como la cebolla con el hueuo.
Aso.—Y otra que alli ay por nombre Aplotis, linda y honesta como vna sancta?
Dol.—Sé por quien dizes: quedará por heredera de su prima, y assi estará todo acomodado; y si hombre fuera, nunca a otra me pegara.
Aso.—Marido le hallaremos tiempo andando.
Dol.—Qué buena pieça; tú querias hazer parentesco con todo el mundo y auer más hijos que Gedeon.
Aso.—No faltaria vno que los degollasse.
Dol.—Assi acaesce. Calla aora, que entramos en el puerto y vienen nuestros marineros; oygamos con todo lo que dizen.
Met.—Doy al diablo estas andadas; mejor fuera no las conocer.
Aso.—Assi lo digo yo.
Apio.—También yo tuerço las orejas; de tales caldos, hermano, tales pallos.
Dol.—Tarde caystes en la cuenta.
Met.—Ayna nos mataran los ladrones, si no les dieramos lo que pedian.
Aso.—Más teneys que andar.
Apio.—Auemos sido cuerdos; pero qué te paresce, es tiempo aun o auran salido solas?
Dol.—Aora lo sabreys.
Met.—Boluamos hazia allá.
Apio.—Los cabellos se me herizan.
Dol.—Aparescamosles como ánimas destotra parte.
Aso.—Bueno será.
Met.—Acá vienen dos mujeres.
Apio.—Ellas son.
Dol.—Pues, señores, qué demora ha sido ésta? ayna nos perdierades.
Aso.—Por cierto sí, qué buenos enamorados!
Apio.—Si supiessen, señoras, lo que passa.
Dol.—Cómo? tuuistes algun encuentro?
Apio.—Encuentro, señora? vn ora andamos a las cuchilladas con seys vellacos que querian nuestras capas.
Aso.—Ay, triste, y cómo os sucedió?
Apio.—Metio lo dirá.
Met.—Digalo Apio.
Apio.—Pienso quedan los dos muertos, y los otros huyeron mal heridos.
Aso.—Bien oyes?
Dol.—Calla, o mesquina, y vosotros venis heridos?
Apio.—No, mas cansadissimos; caminemos presto y reposaremos.
Dol.—Mas antes os yd luego para el bosque a sperarnos, porque nos tenemos de boluer a casa por lo mejor que se nos ha oluidado.
Apio.—Todos yremos.
Dol.—Yo no quiero, que essos heridos bueluan por los muertos con otra compañía y os hallen.
Aso.—Es assi, madre, porque podrian aun entrar en colera y reñir de nueuo.
Met.—Pues solas?
Dol.—No importa, lleuaremos vuestras capas y espadas para parescer hombres, que a mujeres quienquiera se les atreue, y presto somos con vos.
Apio.—Toma, pues, mi reyna de las Almazonas[739].
Met.—Toma tú, mi alma, y no me oluides.
Dol.—Oluidar? No son para oluidar tales amigos. Qué te paresce, Asosio? la vitoria para buena ha de ser sin sangre, y dan entonces más gusto los despojos.
Aso.—No lo supiera tramar mejor la hada Manto; tórnome loco en pensallo.
Dol.—No hagas, que tengo aun de ti necessidad para otras fiestas.
Aso.—Al infierno yre contigo, que allá as de yr.
Dol.—Será malo do tengo tanta amistad? Quanto más que es andar haziendo justicia esto como corrigidor de la comarca, y viene dispensado de la corte, y mas yo sé el Miserere y el De profundis.
Aso.—El De profundis creo yo, duerme descansada; pero boluiendo a nuestras cabras, qué queda aora por hazer?
Dol.—Dar auiso a los griegos de los troyanos y ordenar ciertas Nimphas y saluages que den fin a la comedia, como exemplo de gloria y pena segun las obras; tú lo verás y me alabarás por muger de prol, y despues dello reposaremos.
Aso.—Assi? Camina, pues.
NOTAS:
SCENA 6. DEL QUINTO ACTO
Astasia y Idona se encuentran con Apio y Metio en el bosque y ay entr'ellos grandes altercaciones.
Astasia, Idona, Apio, Metio.
[Ast.].—Qué espanto haze, hija, esta soledad!
Ido.—Yo estoy temblando y elada de puro miedo.
Ast.—Ya se acerca la mañana, que es gran consuelo.
Ido.—Mucho tardan nuestros hombres; no les aya acaescido desastre alguno.
Ast.—Mal consejo fue no quedarse vno.
Ido.—Triste de mí.
Ast.—Qué has?
Ido.—No sé qué me adeuina el coraçon.
Ast.—Qué loca está? no sabes que no deue creerse en sueños?
Ido.—Bueno fuera, señora, no auer dormido por no soñar.
Ast.—Qué poca fe. Ayna se acabará este trabajo.
Ido.—Plega a Dios.
Ast.—Gente ay aqui cerca, que oygo hablar.
Ido.—Será el echo de nuestra boz.
Ast.—Bien dizes, nuestros Echos son.
Apio.—Metio, ves algo?
Met.—A nuestras Nimphas.
Apio.—Tan ayna, cómo es possible?
Met.—Auran hallado alguna senda.
Ast.—Si más tardarades nos escondiamos y os dauamos por penitencia correr el bosque.
Apio.—Quién auia de pensar que erades aues, para boluer a casa como dixistes y que bolariedes!
Ido.—Quién lo dixo?
Apio.—Su merced y tu merced.
Ast.—Soñastelo? Pues adonde quedan las espadas y las capas? en prendas de la palabra?
Met.—O qué bueno, mas do las escondiste?
Ido.—Aun duerme Metio, madre.
Ast.—Ya lo veo: quieren burlarse los chocarreros. Caminemos, hijos; dexays allá[740] recaudo? que sperando nos moriamos de miedo, y es razon yr descansar.
Met.—Nos somos los burlados o encantados, que nos dexastes venir solos, diziendo que se os oluidaua lo mejor, y nos hurtastes la buelta ansina.
Ido.—No lo digo, madre, que aun duerme? o quiza han beuido demasiado.
Apio.—Antes pienso yo que el sereno de la noche os ha penetrado las cabeças.
Ast.—No salimos de la huerta todos? no llegamos aqui todos? no os partistes de nos los dos para yr buscar albergue?
Apio.—Dios del cielo?
Met.—Sanctos del parayso!
Apio.—No, señora, si porfias, no te hallamos ya de casa un trecho? y nos dixiste que se os oluidaua lo principal? y queriamos acompañaros, mas no quesistes, con recelo que boluiessen los heridos por los muertos? y por no ser conoscidas por mujeres lleuastes nuestras capas y espadas, embiandonos al bosque do os hallamos con este disbarate?
Ast.—Y nos con otro muy mayor venir os vemos; esta deue ser alguna de las milagrosas fuentes de Merlin.
Ido.—Ellos la traen en las cabeças; no seria malo templarla con ésta.
Met.—Cortesmente, señora.
Ast.—Calla, sandia.
Apio.—Esta es la pena del peccado.
Ast.—Yo lo confiesso, pues assi desatinamos todos. No escondistes alli cerca los saquillos? qué más testigo es menester?
Apio.—Saquillos nos? qué tales?
Ido.—No más, no más, confirmada está la burla. Traydores, assi quereys tentarnos?
Met.—Tentar? vosotras lo hazeys en buena fe.
Ast.—Saquemoslos, Idona, y hablen ellos. Do los pusieron, hija?
Ido.—Ay do estás.
Ast.—Aqui no ay nada.
Ido.—Burlas?
Ast.—No por cierto; busca tú más allá.
Ido.—Ni aqui tampoco.
Ast.—Ni por acá menos.
Apio.—No ves?
Met.—Toma si veo; mas qué trato es este?
Ast.—Ah, ah, ah, y esto más aun, que escondistes los dineros?
Met.—Nos?
Apio.—Nos?
Met.—Nunca Dios lo quiera.
Ido.—Ni lo quiere, basta lo burlado; no se burle más, hermanos.
Met.—Nunca yo burlé de nadie.
Apio.—Ni yo tampoco.
Ast.—Ni yo menos.
Ido.—Ora estemonos assi hasta ser de día claro.
Ast.—Do posistes los dineros, hermanos, por mi vida?
Apio.—En tu cabeça; no veys qué donosa está nuestra ama?
Ido.—Mas no vistes qué gentil donayre?
Ast.—Mas, de verdad, do los escondistes?
Apio.—Otra suya; de verdad que ni tan solamente los tocamos.
Ido.—Esto es perder el seso.
Met.—El afrenta a nos se haze.
Apio.—Pues no?
Ast.—En qué? entremonos más en el bosque y allá disputaremos para ver si vos encanta este lugar, o podra ser que hallemos otra fuente y otros nos.
Apio.—Sea assi, que ni vos tampoco soys las vos si porfiays.
Ido.—Podria ser que nos hallassemos todos duplicados, sin los saquillos, que algunos de nos deuen ser éstos.
Ast.—Tiene razon.
Apio.—No veys qué dize?
Met.—A esto fue nuestra salida?
Ast.—No sea ésta la de Ferraguto viuo, que llevaua a Ferraguto muerto.
NOTAS:
SCENA 7. DEL QUINTO ACTO
Heraclio, Logistico, Asosio y Doleria se van al bosque transfigurados en Astasia, Idona, Apio y Metio, y les hazen creer que son sus sombras y ser aquella la propriedad del bosque.
Heraclio, Apio, Doleria, Astasia, Logistico, Metio, Idona, Asosio.
[Her.].—Guia tú, señora Doleria, pues tan diestramente danças.
Log.—Nunca tal creyera.
Her.—Traya el saber dissimulado.
Aso.—Esso es lo bueno para entrar y salir, como hazia Malgessi ayudando sus doze pares.
Dol.—Affeytadme vos aora a vuestro modo; pero sabed que lo principal teneys por ver; cerca estamos: quando paresca que nos oyen, yo lo tramaré; no aya hombre que se ria ó se acuerde de su nombre.
Ast.—Gente ay aqui.
Apio.—Cuytado.
Ido.—No temas.
Met.—Por las espadas solo.
Ast.—Estemonos queditos, que no podran vernos.
Ido.—Oygamos, pues.
Dol.—No es gran marauilla la de este bosque?
Aso.—Grande.
Her.—Qué tal, señora?
Dol.—Que las sombras aqui se hazen cuerpos.
Aso.—De los hombres solamente; no otros animales.
Dol.—Lo de que más es de espantar que todos los metales se derriten.
Ast.—Qué oygo?
Ido.—Qué veo?
Apio.—No estoy en mí.
Met.—No sé qué me diga; éstas son luego nuestras sombras, o nos las suyas? yo veo allá a ti, señora Astasia.
Ast.—Y yo a ti.
Ido.—Y yo a todos.
Apio.—Y nos a ti. Sancta Maria, qué cosa es esta?
Aso.—No vistes los saquillos que traximos, que tú Apio y Metio alli escondistes?
Her.—Estoy frio, Metio.
Log.—Y yo ardo, Apio.
Dol.—No te lo dizia yo, Idona?
Aso.—Señora, sí.
Ast.—De manera que nos somos los duplicados y los saquillos no parescen.
Ido.—Gran cosa es ésta.
Apio.—Y que tambien los busquen nuestras sombras.
Met.—Yo duermo, no es possible menos.
Apio.—Fregate los ojos; guay de tal sueño.
Ast.—Gran desuentura es ésta, que de nos mesmos estemos escondidos, sin saber aun lo que somos, cuerpos o sombras.
Ido.—O Dios, alumbra estas tinieblas.
Her.—Do piensas, señora, anden aora nuestras sombras?
Dol.—Por el bosque libres y sueltas de los cuerpos.
Log.—Podria ser hallarlas?
Dol.—Por qué no?
Her.—Y hablarán?
Dol.—Toma si hablarán, y aun te digo porfiarán que son los cuerpos.
Apio.—Oye, oye, señora.
Ast.—Estoy loca.
Ido.—No es para estar?
Aso.—No hará la mia esso.
Log.—Por qué, señora Idona?
Aso.—Terná verguença.
Her.—Iuro a mí que auemos de luchar si viene a esso.
Met.—Apio, aparejate.
Apio.—Tú tambien, Metio; mas sabes que veo que las sombras de nuestras amas traen cubiertas nuestras capas.
Met.—Tienes razon por cierto; desse modo sombras somos, pecador, porque las capas no se pueden duplicar sigun paresce.
Dol.—Quién habla aqui?
Her.—Seran nuestras sombras.
Aso.—Las mesmas son; voyme para la mia. Dónde andays, sombra? cómo os partis assi de vuestro cuerpo?
Ido.—Y vos quién soys?
Aso.—Idona.
Ido.—Quién seria luego yo?
Aso.—Mi sombra.
Dol.—Y tú la mia.
Ast.—Sea assí.
Dol.—Pues abracemonos por la bien venida.
Ast.—Ay, sombra, cómo aprietas.
Dol.—Cuerpo diras de amores; ha rato que no nos vimos.
Ast.—Esta es vna gran fuerça, que ayamos de ser sombras de nuestros cuerpos mal que nos pese, y que sombras nos maltraten.
Dol.—Callaos, sombra.
Aso.—Yo con mi sombra me estoy: no es assi, señora sombra?
Ido.—Tú eres sombra, que yo soy Idona; pero hagasse la voluntad del bosque.
Her.—Y tú, Metio?
Log.—Y tú, Apio?
Her.—Lleguemonos a nuestras sombras; llegaos, sombras.
Apio.—Qué os plaze, cuerpo?
Met.—Qué quieres, yo?
Log.—Llegaos.
Apio.—Aqui estamos.
Her.—Abracemonos tambien.
Met.—Ay, cuerpo!
Apio.—Que no soy sombra yo, pese al diablo, que assi me aprietas.
Log.—O vellaca sombra, toma.
Apio.—Ay qué gran bofeton me dió tu cuerpo, Metio!
Her.—Tenelde compañia vos.
Met.—Ay, cuerpo de Apio!
Dol.—No más, sombras, que es gran verguença; no veys nuestra paz?
Log.—Sí, pero sombras de mugeres no lo son de hombres.
Ast.—Ora no más, cuerpos de nuestras sombras.
Her.—Por seruirte, sombra de mi señora Astasia.
Ido.—O Dios, qué cosa es esta?
Aso.—De qué te congoxas, sombra vida mia?
Her.—No te fatigues, sombra de mi señora Idona. Idona, señora mia, vete para mi sombra y dexame con la tuya.
Aso.—Que me plaze. Apio hermano, sombra de Apio?
Apio.—Yo soy, señora Idona.
Aso.—Pues abraçame.
Apio.—Quién rehusaria tal merced, por más sombra que fuesse? Ay, ay, señora, bien paresce que no eres sombra.
Aso.—Cómo assi?
Apio.—Aprietas como cuerpo.
Her.—Ora bien, sombra de mi señora Idona, de qué te quexas?
Ido.—De auer perdido el cuerpo y el alma.
Her.—No te congoxes, vida mia, que yo te doy el mio si lo quieres.
Ido.—Y qué hará tu sombra, Apio hermano?
Log.—Luego le buscariamos otro cuerpo.
Ido.—Las sombras no tienen poder en sí.
Aso.—Señora sombra de mi señora, cómo estays?
Ast.—Como sombra, Idona.
Met.—Como estás, Apio?
Apio.—Que no soy Apio mas sombra di.
Dol.—Sombra.
Ast.—Cuerpo.
Dol.—Viste nuestros saquillos?
Ast.—Ni las sombras dellos, y estoy marauillada de cómo tambien no tengan sombras, ni sé qué se ha hecho de los cuerpos.
Dol.—La propriedad del bosque es derretirse todo metal. Apio.
Her.—Señora?
Dol.—En qué parte los posiste?
Her.—Alli, Metio y yo.
Log.—Es verdad, y demas si los tienen nuestras sombras.
Apio.—Ni las sombras vimos, que como sombras, sombras buscauamos.
Dol.—Era por demas.
Ast.—Cuerpo, no auria remedio?
Dol.—Preguntaremos de que seamos en poblado.
Aso.—No es para oluidar.
Met.—Yo antes quisiera perder mi cuerpo.
Log.—Perdido seas.
Apio.—Y yo el mio.
Her.—Y tú tambien.
Ido.—No yo por cierto.
Dol.—Ora todauia ello es gran marauilla o confusion; será bueno buscar vn nigromante que la deshaga.
Her.—Yo soy de la mesma opinion, señora Astasia.
Log.—No me paresce mal.
Aso.—A do lo hallariamos?
Log.—Yo sé vno.
Dol.—Sombra, quedate aqui con las demas sombras.
Ast.—Assi nos dexas, cuerpo?
Aso.—Mientras boluemos.
Ido.—Yo speraré.
Her.—Sombra, no te mueuas.
Apio.—Y cómo es possible si se va mi cuerpo?
Log.—Cómo eres necia, sombra de Apio; es la virtud del bosque.
Met.—Es verdad, cuerpo; a Dios vays.
Dol.—Todauia os queden las espadas y capas, porque si vienen otras sombras ayan miedo de llegarse.
Apio.—Bien dices; damela acá, señora Astasia.
Aso.—Toma tú, sombra de Metio.
Met.—O señora Idona, con ellas guardaremos vuestras sombras.
Dol.—Por esso es, a Dios quedays.
Ast.—A Dios vaiays.
Ido.—Más al diablo, malditos sean tales cuerpos.
Met.—Yo no quiero, señora sombra de Idona.
Ast.—No sé qué me diga.
Ido.—Que estamos ya en el infierno cogiendo el fruto de nuestras obras, porque siendo sombras tenemos hambre y sed, frio y calor, ira, temor, y las otras passiones de los cuerpos.
Apio.—Yo no lo puedo creer.
Met.—No lo viste?
Apio.—Deben ser diablos.
Ast.—Tanto peor, que quedamos siendo sombras de diablos; pues qué haremos?
Ido.—Que nos boluamos a los cuerpos si ellos no bueluen, y tengamos más cuenta con las ánimas de aqui en adelante.
Ast.—Bueno seria.
Met.—Y los saquillos?
Apio.—Qué preguntas tú por los saquillos, siendo sombra? allá se auengan con los cuerpos.
Ast.—Qué marauilla esta!
Ido.—No se ha visto otra tal; boluamonos a casa, no faltará vna disculpa.
Ast.—Donosa estás; y si hallamos allá los cuerpos que nos hechen con la maldicion?
Ido.—No miras que solamente es en el bosque la diuision?
Ast.—Tengo miedo lo sea para nos por todo el mundo; veamos en qué para, y si bueluen estos negros cuerpos.
Apio.—A la fe que no lo son sino muy blancos, y que no sabria yo atinar de sombra a cuerpo.
Ast.—Metamonos más allá dentro del bosque.
Ido.—Sea assi, veremos si nos hallan todavia.
Apio.—Podra ser que topemos con los cuerpos de los talegones.
Met.—Qué necio, siendo sombra?
Apio.—Ya se me oluidaua.
Ast.—Silencio.
SCENA 8. DEL QUINTO ACTO
Aglaia y Thalia, Gracias del cielo, se quexan de la ingratitud de los hombres, sobreuienen dos Musas, Caliope y Melpomene, como Nimphas del bosque que fingen ser ellas.
Aglaia, Thalia, Astasia, Apio, Metio, Caliope, Melpomene[741].
[Agl.].—Hermana Thalia, podemos boluernos de oy más al cielo.
Tha.—Por qué lo dizes?
Agl.—Mas por qué lo preguntas?
Ast.—Qué es esto que vemos?
Apio.—Angeles sin alas. Metio, qué dizes?
Met.—Que me toma dentera.
Ido.—Qué desuergonçado!
Agl.—Qué ves acá en los hombres para no huyr dellos como del proprio mal?
Ido.—Sí aosadas.
Ast.—Calla y oygamos este sermon.
Agl.—Muerta la fe y el amor desterrado, qué verdad ay entre ellos? no es todo mentira? mira los ricos y todos los grandes, que deuian ser spejos de otros, de qué manera gratifican al cielo aquella preeminencia y estado?
Tha.—De spacio lo tomas, si por ay andas.
Agl.—La carne es la guya de todas sus obras; a quién viste valer que meresca en sus casas?
Tha.—A los que más saben del mal y menos del bien.
Agl.—Quatro maneras de hombres, a saber: los mas principales, que en vez de persuadilles a la justicia y otras virtudes, les hablan a su apetito, inclinando la lengua y ademanes alli do ven que ellos se inclinan.
Tha.—Tanto más pena merescen los tales, quanto estan más entre el cielo y la tierra y entienden lo de arriba, veen lo de abaxo y son los ojos del rico.
Agl.—Bien dizes, pues dan con los miseros en el precipicio; mas esso no los desculpa, porque el que ha de dar cuenta de sí y de otros es menester que conosca a sí y a los otros.
Tha.—Si no preguntenlo al griego de antaño.
Agl.—Si a la fe. Los grandes, para merescer este nombre, deuian hazerse primero pastores y guardar ganado.
Tha.—Buen cargo les das; desuarias?
Agl.—Desuaria quien otro siente.
Tha.—Esso queria yo entender.
Agl.—No sabes que el que es pastor a derechas no recela, por mejorar su ganado, frio o calor, lluuia, viento o granizo, y que no deue dormir ni comer sino a hurtadillas?
Tha.—No tanto, no tanto; por qué?
Agl.—Por qué? ternias por bueno dormir el pastor quando duerme el ganado?
Tha.—Esso no.
Agl.—Pues menos si vela, si ha de guyalle de valle en valle y de collado en collado, y buscar los pastos mejores y aguas. Y aun le conuiene que los conosca de antes, y sepa do ay yeruas malas y por qué parte pueden entrar los lobos que siempre andan rastreando tras él y otras fieras, si quiere conseruar lo presente y adquirir lo futuro.
Tha.—Pues todo ha de ser trabajo sin otro prouecho?
Agl.—Tampoco; bien puede seruirse de la leche, carne y lana, por la medida de lo que puede el vno ha menester el otro, sin dejar las ouejas desnudas y sin sangre, y dar todo a los perros de que se fia y sobre que descarga su cargo, los quales seruiendose del sueño del amo, muchas vezes se hacen de acuerdo con los lobos.