VII
Reading edition
Novela histórica: «Crónica del rey don Rodrigo», de Pedro del Corral.—Libros de caballerías con fondo histórico.—Novela histórico-política: El «Marco Aurelio», de Fr. Antonio de Guevara.—Novela histórica de asunto morisco: «El Abencerraje», de Antonio de Villegas.—«Las Guerras Civiles de Granada», de Ginés Pérez de Hita—Libros de Geografía fabulosa.—Viaje del Infante don Pedro.
La primitiva novela histórica española es una rama desgajada de las crónicas nacionales, é injerta en el tronco de la literatura caballeresca. Quien escudriñe sus orígenes no los encontrará anteriores á las prosificaciones que la Crónica general nos ofrece de las leyendas de Bernardo, de Fernán González y sus sucesores los Condes de Castilla, de los Infantes de Lara y del Cid, sin contar con la de Mainete, que es de asunto forastero. Pero todas estas narraciones, que primitivamente fueron cantadas y que conservan todavía rastros de versificación, pertenecen á la poesía épica en cuanto á su fondo y son una mera versión de ella. Su estudio debe reservarse, pues, para el tratado de los cantares de gesta en que se apoyaron, y de los romances viejos que de la prosa histórica, más que de los cantares mismos, nacieron. Esta materia, que en otro libro procuramos ilustrar, sale de los límites del tratado de la novela, la cual sólo empieza cuando un elemento puramente fabuloso y de invención personal se incorpora en la antigua tradición épico-histórica.
Tal género de transformación de la poesía heroica en prosa novelesca sólo se verificó en uno de nuestros ciclos épicos, el que nuestros mayores llamaban de la pérdida de España. Por los años de 1403[525], «un liviano y presuncioso hombre llamado Pedro del Corral hizo una que llamó Crónica Sarracena, que más propiamente se puede llamar trufa o mentira paladina». Son palabras de Fernán Pérez de Guzmán en el prólogo de sus Generaciones y Semblanzas, y es el único que nos revela el nombre del autor, no consignado en ninguno de los códices ni ediciones de su obra[526]. Es, en efecto, la llamada Crónica del Rey Don Rodrigo con la destruycion de España, no un libro de historia verídica, sino un libro de caballerías, de especie nueva, y no de los menos agradables é ingeniosos, á la vez que la más antigua novela histórica de argumento nacional que posee nuestra literatura. Pedro del Corral, siguiendo la costumbre de los autores de libros de este jaez, atribuyó su relato á los fabulosos historiadores Eleastras, Alanzuri y Carestes, á quienes hace intervenir en la acción; pero ocultó su verdadera fuente, que era un libro realmente histórico, si bien muy corrompido é interpolado. La existencia de este original, que sigue hasta con servilismo, determina ya una profunda y radical diferencia entre la Crónica de Don Rodrigo y todos los demás libros de caballerías, que son parto caprichoso de la fantasía de sus autores, sin ningún respeto a la geografía ni á la historia.
Sabido es que de los tres puntos capitales que abarca la leyenda de Don Rodrigo, uno sólo, el de su penitencia, es seguramente de origen cristiano. Los otros dos (casa ó cueva encantada de Toledo, amores de la Cava) pasaron de las crónicas árabes á las nuestras; lo cual no quiere decir que careciesen de todo fundamento histórico, pues aquí se trata sólo de la forma escrita ó literaria, ni nos autoriza para negar ó afirmar que semejantes tradiciones ú otras análogas fuesen conocidas en los reinos de Asturias y León, aunque á la verdad ninguno de los cronicones de la Reconquista antes del siglo XII da indicio de ello.
En cambio todas las crónicas árabes que en número bastante considerable han sido traducidas ó extractadas hasta ahora, ya sean de origen oriental, ya español, lo mismo las que se escribían en el Cairo, en Damasco y en Persia que las que se recopilaban en Córdoba ó en África, consignan con pormenores más ó menos verosímiles, más ó menos novelescos, las tradiciones relativas á la conquista de España, que ya en el siglo IX, época en que las recogieron el cordobés Aben-Habib y el egipcio Aben-Abdelháquem, estaban mezcladas con elementos fantásticos y maravillosos, los cuales varían según el grado de credulidad de los distintos narradores, pero incluyendo siempre los dos temas capitales ya indicados: casa prodigiosa de Toledo y violación de la hija de Julián. Hasta en el Ajbar-Machmuâ, compilación anónima del siglo XI, hecha con bastante crítica y muy limpia de circunstancias fabulosas, se admite la segunda de estas tradiciones, aunque no la primera.
No es el caso de analizar ni discutir estos textos, tarea que rápidamente intentamos en otra parte[527] y en que se han ocupado más de propósito y con más caudal de doctrina otros autores, desembrollando la oscura personalidad del llamado conde D. Julián, y restituyéndole, al parecer, su verdadera patria y nombre[528]. Fábula ó historia, la de la violencia hecha á su hija (ó á su mujer, según otros textos) tiene en su apoyo la constante tradición de los árabes, y ninguna inverosimilitud encierra, aunque recuerde demasiado otros temas épicos y pueda estimarse como un lugar común del género. Pero si la historia se repite, no es maravilla que se repita la epopeya, que es su imagen idealizada.
Sólo muy tardíamente llegaron estas especies á noticia de los cronistas cristianos, y acaso por la tradición oral más que por los libros. El Albeldense y Alfonso III el Magno ni siquiera nombran á Julián, cuanto menos á su hija. El primero que los cita es el Monje de Silos, que escribía en tiempo de Alfonso VI y á quien siguió literalmente D. Lucas de Tuy. Pero la primera narración formal es la del Arzobispo de Toledo don Rodrigo Ximénez de Rada, que tuvo directo acceso á las fuentes arábigas y las siguió con una puntualidad que hoy es fácil comprobar. Su relato de la pérdida de España (lib. III De Rebus Hispaniæ, cap. XVIII y ss.), que conviene bastante con el del Ajbar Machmuâ, es el mismo que traducido al castellano pasó á la Crónica General en todas sus varias redacciones.
Un resumen tan sobrio y sucinto como el que en esta parte ofrecen el Toledano y la General no podía engendrar, y no engendró en efecto, ningún género de poesía. Pero ¿no habría en los siglos XII y XIII otra manifestación de esta leyenda que los concisos y severos epítomes de los analistas eclesiásticos y oficiales? ¿Fué posible que de ellos se pasase sin transición alguna á la monstruosa efluescencia poética que logran los lances de amor y fortuna de D. Rodrigo en la Crónica de Pedro del Corral y en los romances derivados de ella? En otra parte he expuesto las razones que tengo para admitir como muy verosímil, ya que no como enteramente probada, la existencia, no sólo de uno, sino de varios cantares de gesta concernientes á D. Rodrigo, cuya antigüedad y carácter puede rastrearse por varios indicios. Uno de ellos, aunque acaso no el principal, es la aparición en el siglo XIII de un poema francés titulado Anseis de Cartago, que en su primera parte no es más que una versión de la historia de D. Rodrigo y la Cava, pero con variantes muy sustanciales que no se hallan en los libros de historia, ni parecen tampoco invención del juglar francés, que seguramente recogió la leyenda en España, no sabemos si de la tradición oral ó de la escrita.
Pero tiene mucha más importancia la llamada Crónica del moro Rasis, ya como fuente de nueva materia que utilizaron la poesía y la novela, ya por contener acaso interpolaciones de origen épico. El llamado vulgarmente moro Rasis no es otro que Ahmed-Ar-Rasi, que, si no es, ni con mucho, el más antiguo de los historiadores árabes españoles, como á veces se ha afirmado por confundirle con otros miembros de su familia, oriunda de Persia, fué, por lo menos, el historiador más notable del siglo X, denominado por los suyos el Atariji, lo cual dicen que vale tanto como el cronista por excelencia. Del texto original de su obra sólo se hallan referencias en otros historiadores más modernos, y la traducción castellana del siglo XIV, fundada en otra portuguesa hecha por el maestro Mahomad y el clérigo Gil Pérez, cuya autenticidad en todo lo substancial ha sido puesta fuera de litigio por Gayangos[529] y Saavedra, no sólo ha llegado á nosotros en códices estragadísimos, después de pasar por dos intérpretes diversos, sino que es sospechosa de adulteración ó intercalación en algunas partes secundarias. Pero esto mismo acrecienta su interés. No hay texto de la historiografía arábiga que tanto importe como éste para el estudio de la leyenda de D. Rodrigo, ni que se enlace de un modo tan inmediato con las versiones castellanas, sobre todo con la Crónica de Pedro del Corral, que no es más que una amplificación monstruosa y dilatadísima del libro de Rasis, el cual tampoco pecaba de conciso en la narración de los casos de D. Rodrigo. Tan fabuloso pareció este cuento á algunos copistas de la Crónica del moro Rasis, que por mal entendido escrúpulo de conciencia histórica dejaron de transcribirle, resultando en los códices más célebres, como el de Santa Catalina de Toledo y el que perteneció á Ambrosio de Morales, una considerable laguna, precisamente en el sitio que debía contener la aventura de la hija de D. Julián. El descubrimiento de esta preciosa narración no es el menor de los servicios que deben las letras españolas al Sr. D. Ramón Menéndez Pidal, que la halló intercalada en uno de los códices de la Segunda crónica general, es decir, de la de 1344[530].
No es posible apuntar aquí todos los pormenores de tan prolijo é interesante relato, pero importa saber que contiene ya todo lo que puede estimarse como tradicional en la Crónica de D. Rodrigo, limitándose con esto mucho la parte de invención hasta ahora atribuida á Pedro del Corral, que en muchos trozos copia casi literalmente á su predecesor. No es, pues, Corral, sino Rasis, el primero que llamó Casa de Hércules á la de Toledo, y amplificó prolijamente el cuadro con una galana descripción del encantado palacio y de las maravillas que en él había puesto su fundador[531]. Rasis es también el primer cronista en quien se halla el nombre de la Cava, que probablemente no es más que la alteración de un nombre propio (Alatsaba) y no tiene el sentido de mala mujer ó ramera que impropiamente se le ha dado por una supuesta etimología árabe[532]. Creemos que también Rasis ó su traductor es el primero que llamó conde á D. Julián, cuya fisonomía histórica altera bastante, inventando quizá el vínculo de clientela ó vasallaje feudal que le enlazaba con D. Rodrigo, aunque no fuese súbdito suyo[533].
Á Rasis pertenecen también, aunque nada más que en germen, las escenas de la seducción de la Cava, que luego desarrolló novelescamente Pedro del Corral; el nombre de la confidenta Alquifa; el primitivo texto de la carta que la desflorada doncella escribió á su padre[534]; el viaje de éste á Toledo; los preparativos de su venganza y la intervención de su mujer en ella.
La parte historial de la conquista en Rasis era ya conocida desde antiguo, aunque generalmente poco apreciada hasta que Saavedra mostró cuánto partido podía sacarse de ella para ilustrar las postrimerías del reino visigótico. En la descripción de la batalla presenta nuevos pormenores, que luego se incorporaron en la tradición poética: una descripción muy larga y pomposa del carro de D. Rodrigo[535], las lamentaciones del rey derrotado[536] y ciertas dudas acerca de su paradero después del vencimiento.
«Et nunca tanto pudieron catar que catasen parte del rey D. Rodrigo... e diz que fue señor despues de villas y castillos, et otros dicen que moriera en la mar, et otros dixeron que moriera fuyendo a las montañas y que lo comieron bestias fieras, y más desto no sabemos, et despues a cabo de gran tiempo fallaron una sepultura en Viseo en que están escritas letras que decian ansi: «Aqui yace el rey D. Rodrigo rey de Godos, que se perdio en la batalla de Saguyue»[537].
Esta noticia del hallazgo del sepulcro consta desde el siglo IX en el Cronicón de Alfonso el Magno, y no es verosímil que de allí la tomase Rasis. Tal especie debe de ser añadida por los traductores cristianos, y sospecho que no fué ésta la principal ni la más grave de sus intercalaciones. Me rindo ante la opinión de los arabistas, que en otras partes geográficas é históricas de este libro han visto una fiel traducción de las obras perdidas del historiador Ahmed-Arrazi. El estilo mismo parece que lo comprueba. La narración de la conquista, la historia del palacio encantado de Toledo, tienen un sello oriental innegable, aun en la sintaxis. Además, los nombres propios latinos y visigodos están transcritos del modo que de un árabe pudiera esperarse: Wamba se convierte en Benete, Ervigio en Erant, Egica en Abarca, Witiza en Acosta. El autor, según costumbre de los historiadores de su raza, gusta de apoyarse en testimonios tradicionales. «E dixo Brafomen, el fijo de Mudir, que fue siempre en esta guerra»... y aun llega á invocar el dicho de un espía de D. Julián: «E dixo Afia, el fijo de Josefee, que andaba en la compaña del rey Rodrigo en talle de cristiano»...
Pero hay una parte considerable del fragmento de Rasis en que no se encuentran tales referencias, en que los nombres están transcritos con entera fidelidad, y son de lo menos árabe que puede imaginarse: D. Ximon, Ricoldo ó Ricardo, Enrique, y en que la sintaxis, á lo menos para nuestros oídos y corta pericia lingüística, nada tiene de semítico. Me refiero especialmente al consejo y deliberación que D. Julián, después de su vuelta á África, celebra con sus parciales. Todo lo que el conde y su mujer y sus amigos dicen en este consejo tiene un sabor muy pronunciado de cantar de gesta, y aun me parece notar en algunos puntos rastros de versificación asonantada. Pero como tengo experiencia de cuán falibles son estas conjeturas, no doy á esta observación más valor del que pueda tener, fijándome sólo en la impresión general que deja este trozo. Compárese con todos los textos árabes que en tan gran número conocemos relativos á la conquista, y creo que se palpará la diferencia. Téngase en cuenta, por otra parte, que este episodio falta en la mayor parte de los manuscritos de Rasis, y faltaba de seguro en el códice que tuvo Pedro del Corral, pues de otro modo le hubiera reproducido como reprodujo todo lo demás. Aumenta las sospechas de interpolación el ver de cuán rara manera viene á cortar é interrumpir este episodio el cuento ya comenzado de la casa de Toledo. Esta falta de orden y preparación no debió de ocultársele al mismo compaginador del Rasis, puesto que candorosamente exclama al reanudar el roto hilo de su exposición: «E quantos hy avia todos eran maravillados qué le podría acontecer al rrei don rrodrigo que ansi se le escaesció el fecho de la casa que le dixeron los de Toledo».
Hubo otras consejas relativas al postrero de los reyes godos que no constan en la Crónica de Rasis. Así el biógrafo de D. Pedro Niño (Gutierre Díaz de Gámez), apoyándose en un autor innominado, que pudo muy bien ser un texto poético, cuenta que don Rodrigo halló dentro del arca famosa, no las consabidas figuras de alárabes, sino tres redomas, y que en la una estaba una «cabeza de un moro, y en la otra una culebra, y en la otra una langosta». También parece anterior á Pedro del Corral la hermosa leyenda del incendio del encantado palacio, puesto que la refirió casi simultáneamente con él el arcipreste Alfonso Martínez en su Atalaya de Crónicas[538].
Todo lo demás que contiene el enorme libro de la Crónica del rey D. Rodrigo es parto de la fantasía del autor, ó más bien de su rica memoria, puesto que compaginó su novela con todos los lugares comunes del género caballeresco, llenándola de torneos, justas, desafíos y combates singulares, jardines suntuosos, pompas y cabalgatas; convirtiendo á D. Rodrigo en un paladín andante que ampara á la duquesa de Lorena (como en la crónica de Desclot lo hace el conde de Barcelona con la emperatriz de Alemania), celebra Cortes en Toledo, se casa con Eliaca, hija del rey de África, y ve concurrida su Corte por los más bizarros aventureros de Inglaterra, Francia y Polonia.
Abundan en la novela los nombres menos visigodos que pueden imaginarse: Sacarus, Acrasus, Arditus, Arcanus, Tibres, Lembrot, Agresses, Beliarte, Lucena, Medea, Tarsides, Polus, Abistalus, tomados algunos de ellos de la Crónica Troyana, que fué evidente prototipo de este libro español en la parte novelesca. Las fábulas ya conocidas logran exuberante desarrollo bajo la pluma de Pedro del Corral, pero en realidad inventa muy poco. Hasta en el nombre de la mujer de D. Julián coincide con el canciller Ayala[539], coincidencia que en autores de tan diversos estudios y carácter como el severo analista de D. Pedro y el liviano fabulador de la Destruycion de España sólo puede explicarse por la presencia de un texto común que desconocemos.
Lo que hizo Corral, que era hombre de ingenio y de cierta amenidad de estilo, fué aderezar el cuento de los amores de la Cava con todo género de atavíos novelescos: coloquios, razonamientos, mensajes, cartas y papeles, que fueron después brava mina para los autores de romances y aun para los historiadores graves. No es posible extractar tan larga narración, pero no queremos omitir la primera escena del enamoramiento:
«E un dia el rey se fue a los palacios del mirador que avia fecho, e anduvo por la sala solo sobre las puertas e vio a la Cava, fija del conde D. Julian, que estava en las puertas bailando con algunas doncellas; y ellas no sabian parte del rey ca bien se cuidavan que dormia, e como la Cava era la más fermosa doncella de su casa, e la más amorosa de todos sus fechos, y el rey le avia buena voluntad, ansi como la vio echó los ojos en ella, e como otras doncellas jugaban, alzo las faldas, pensando que no la veya ninguno... E como la puerta era muy guardosa e cerrada de grandes tapias, e alli do ellas andaban no las podian ver sino de la camara del rey, no se guardaban, mas facian lo que en placer les venia ansi como si fuesen en sus camaras. E crecio porfia entrellas desque una vez gran pieza ovieron jugado, de quien tenia más gentil cuerpo, e dieronse a desnudar e quedar en pellotes apretados que tenian de fina escarlata, e paresciansele los pechos y lo más de las tetillas, e como el rey la miraba, cada vegada le parescia mejor e decia que no habia en todo el mundo doncella ninguna ni dueña que ygualar se pudiese a la su fermosura ni su gracia; el enemigo no asperaba otra cosa sino esto, e vio que el rey era encendido en su amor; andábale todavia al oreja que una vegada cumpliese su voluntad con ella»[540].
Viene á continuación una escena de galantería harto extraña, que pasó íntegra á los romances: «E asi como o vieron comido, el rey se levantó y assentose a una ventana. Y antes que se levantase de taula, comenzó de meter a la reyna e a las doncellas en juego. Y como las vio que jugaban, llamó a la Cava, e dixole que sacase aradores de las sus manos. E la Cava fue luego a la ventana do el rey estaba e hincó las rodillas en el suelo, y catavale las manos; y él como estaba ya enamorado y en ardor, como le fallaba las manos blandas y blancas, y tales que él nunca viera a mujer, encendiose cada hora más en su amor»[541].
La Cava no opone gran resistencia al rey; pero después de violada y escarnecida, se aflige y avergüenza mucho, y comienza á perder su hermosura, con gran pasmo de todos, especialmente de su doncella Alquifa, á quien finalmente confía su secreto y por consejo de la cual escribe á su padre. El conde jura vengarse y urde su traición de concierto con el obispo D. Opas, hermano de su mujer doña Frandina y señor de Consuegra. La parte que pudiéramos llamar histórica de la conquista prosigue bastante ceñida al moro Rasis, si bien con grandes amplificaciones. Lo más original que la Crónica de D. Rodrigo contiene es todo lo que se refiere á la muerte del rey después de la batalla, de la cual sale «bien tinto de sangre y las armas todas abolladas de los grandes agolpes que habia recebido»; sus lamentaciones confusas y pedantescas, que no tienen la vivacidad que luego cobraron en el romance[542]; su romántico encuentro con un ermitaño y la áspera penitencia que hizo de sus pecados, conforme á la regla que aquel santo varón le dejó escrita al morir tres días después de recibirle en su ermita, y cómo resistió á las repetidas tentaciones del diablo, que en varias figuras se le aparecía, tomando en una de estas apariciones el semblante de la Cava y en otra el del conde don Julián[543] rodeado de gran compañía de muertos en batalla (¿la hueste de las supersticiones asturianas?), y cómo finalmente rescata todas sus culpas con el horrible martirio de ser enterrado vivo en un lucillo ó sepultura en compañía de una culebra de dos cabezas, que le va comiendo por el corazón e por la natura. Cuando al tercer día sucumbe, las campanas del lugar inmediato suenan por sí mismas anunciando la salvación de su alma.
Divídese la llamada Crónica de D. Rodrigo en dos partes: la primera consta de doscientos sesenta y dos capítulos; la segunda, de doscientos sesenta y seis; interminable difusión que es el mayor pecado del libro. En rigor, sólo la primera parte y los últimos capítulos de la segunda tienen relación con aquel monarca. El protagonista de la segunda es el infante D. Pelayo. En esta Crónica es donde se encuentra por primera vez, y muy prolijamente narrada, la fabulosa historia de su infancia, los amores de su padre, el duque Favila, con la princesa doña Luz; el secreto nacimiento del futuro restaurador de España, expuesto á la corriente del Tajo, como nuevo Moisés, nuevo Rómulo ó nuevo Amadís; el juicio de Dios, en que el encubierto esposo de doña Luz defiende su inocencia, y todo lo demás de esta sabrosa, aunque nada popular y nada original leyenda, á la cual dió nuevo realce en las postrimerías del siglo XVII la pintoresca pluma del Dr. Lozano, en su libro vulgarísimo de los Reyes Nuevos de Toledo, del cual tomaron este argumento, Zorrilla para la leyenda de La Princesa doña Luz, que es de las mejores suyas, y Hartzenbusch para aquella transformación castellana del asunto trágico de Mérope, que llamó La Madre de Pelayo, drama menos conocido y celebrado de lo que merece.
Tiene el libro de Pedro del Corral larga é ilustre descendencia en la historia literaria; pero no es menor la que obtuvo, sin merecerla, un retoño suyo, harto degenerado. De la primitiva Crónica proceden todos los romances calificados de viejos entre los de D. Rodrigo; vejez muy relativa, puesto que ninguno de ellos parece anterior al siglo XVI. No puede llamarse vulgar el libro que inspiró algunos de estos bellos fragmentos. Todavía hoy el tema épico de la penitencia de D. Rodrigo continúa vivo en la tradición popular, como lo prueban los romances que se han recogido en Asturias. Aquella trufa ó mentira paladina, no sólo penetró en la imaginación del vulgo, sino que arrastró á egregios historiadores, en quienes pudo más el amor á lo maravilloso que la severidad crítica. El P. Mariana, que escribía la historia como artista y cuidaba más del gran estilo que de la puntualidad histórica, manifestó ciertas dudas sobre el palacio encantado de Toledo («algunos tienen todo esto por fábula, por invención y patraña; nos ni la aprobamos por verdadera ni la desechamos como falsa»); pero no tuvo reparo en valerse, para su elegantísima narración de los amores de la Cava, del libro apócrifo de Pedro del Corral, dándonos, como él, aunque en locución muy diversa, el texto de la carta en que la triste heroína notició á su padre la deshonra[544].
Pero antes de expirar la misma centuria décimasexta, la Crónica de D. Rodrigo, que comenzaba á parecer arcaica en el lenguaje y participaba tanto del género ya desprestigiado de los libros de caballerías, fué indignamente suplantada por un inepto falsificador que trató de sustituir aquella leyenda con otra de más pretensiones históricas y más acomodada al gusto de la época. Esta nueva ficción tuvo un carácter de mala fe y de impudencia que no había tenido la primera. Un morisco de Granada, llamado Miguel de Luna, intérprete oficial de lengua arábiga (lo cual agrava su culpa, á la vez que da indicio de la postración en que habían caído los estudios orientales en España), hombre avezado á este género de fraudes, y de quien se sospecha por vehementes indicios que tuvo parte en la invención de los libros plúmbeos del Sacro Monte[545], fingió haber descubierto en la biblioteca del Escorial una que llamó Historia verdadera del rey D. Rodrigo y de la pérdida de España... «compuesta por el sabio alcayde Abulcacim Tarif Abentarique, natural de la ciudad de Almedina en la Arabia Petrea»[546], y publicó esta supuesta traducción, haciendo alarde de sacar al margen algunos vocablos arábigos para mayor testimonio de su fidelidad. Este libro, disparatado é insulso, que como novela está á cien leguas de la Crónica Sarracina, cuanto más de las deliciosas Guerras de Granada, que quizá el autor se propuso remedar, logró, sin embargo, una celebridad escandalosa, teniéndole muchos por verdadera historia y utilizándole otros como fuente poética. De Luna procede el nombre de Florinda, no oído hasta entonces en España, y nada gótico ni musulmán tampoco, sino aprendido en algún poema italiano. De Luna, la carta alegórica y poco limpia en que Florinda da á entender á su padre la desgracia que la había acontecido con el Rey; carta que versificó Lope de Vega en su comedia El Último Godo, basada enteramente en este libro apócrifo. Luna estropea todas las invenciones de Pedro del Corral: convierte, por ejemplo, al ermitaño en un simple pastor ó villano, cuyo encuentro con D. Rodrigo conduce sólo á un cambio de trajes. En lo único que lleva ventaja poética á su modelo es en el género de muerte que da á la Cava: Pedro del Corral la hacía morir prosaicamente de la gangrena producida por una espina de pescado que se la clavó en la mano derecha, estando en Ceuta. Miguel de Luna, aprovechando cierta tradición malagueña, indicada ya por Ambrosio de Morales, hace que Florinda ponga fin á sus días arrojándose de una torre de aquella ciudad.
Ambas novelas, la de Corral y la de Luna, han servido de guía á insignes autores modernos. Walter Scott, para su poemita The Vision of Don Roderik (1811), consultó al supuesto Abentarique. Á éste también, y á Pedro del Corral, á quien equivocadamente llama Rasis, sigue Washington Irving en sus Legends of the conquest of Spain (1826); pero á todos superó Roberto Southey, autor de Roderick the last of the Goths, poema en verso suelto y en veinticinco cantos, publicado en 1815. Era Southey persona doctísima en nuestra literatura é historia, como lo acreditan varias obras suyas, entre ellas sus Cartas sobre España (1797), sus refundiciones del Amadís de Gaula y del Palmerín de Inglaterra, su Crónica del Cid (1808) y su Historia de la guerra de la Península (1823). Se preparó, pues, concienzudamente para su tarea del modo que lo indican las notas de su poema, donde están apuntadas casi todas las fuentes, aun las menos vulgares, así históricas como fabulosas. Poseedor de una colección de libros españoles que debía de ser muy rica, á juzgar por las muestras, procuró aprovecharlos para dar color á su obra y llenarla de mil curiosidades históricas y geográficas. Pero el principal fundamento de su poema fué, sin duda, la Crónica del Rey D. Rodrigo, que mejoró y embelleció en gran manera con invenciones poéticas dignas de la mayor alabanza. En vez de la desatinada y grosera penitencia que Pedro del Corral y los romances atribuyen á don Rodrigo, el héroe de Southey, después de cerrar los ojos al monje Romano que le había acogido en su ermita, y vivir en soledad un año entero, macerando su cuerpo y purificando su espíritu, toma sobre sí la grande y desinteresada empresa de contribuir á la restauración de la monarquía visigótica en provecho ajeno; busca y encuentra en Pelayo al héroe providencial que había de dar cima á la empresa, hace á su lado prodigios de valor en la batalla de Covadonga y desaparece después del triunfo, reconociéndole tardíamente los cristianos por sus armas y caballo. En esta obra de cristiana y generosa poesía, la regeneración moral no alcanza solamente á D. Rodrigo, sino al mismo conde D. Julián y á su hija, que mueren en una iglesia de Cangas, perdonando á D. Rodrigo y recibiendo su perdón[547]. El poema de Southey es seguramente el mejor de los que se han dedicado á este argumento de nuestra historia[548].
El camino abierto de tan notable manera á los ingenios españoles por Pedro del Corral no tuvo por de pronto quien le siguiese. La Crónica de D. Rodrigo es la única novela histórica de la Península en el siglo XV. Hubo, no obstante, algunos libros de caballerías, traducidos del francés, donde predomina en gran manera el elemento histórico sobre el novelesco[549]. Tal sucede con la Hystoria de la doncella de Francia y de sus grandes hechos: sacados de la chronica Real por un cavallero discreto embiado por embaxador de Castilla en Francia por los reyes Fernando e Isabel a quien la presente se dirige[550], que es una crónica anovelada de Juana de Arco; y tal con la Cronica llamada el triunpho de los nueve preciados de la fama, en la qual se contienen las vidas de cada uno, y los excelentes hechos en armas y proezas que cada uno hizo en su vida grandes, con la vida del muy famoso cavallero Beltrán de Guesclin, condestable que fue de Francia y duque de Molina; nuevamente trasladada de lenguaje frances en nuestro vulgar castellano, por el honorable varon Antonio Rodriguez Portugal, principal rey de armas del rey nuestro señor. El traductor, que era portugués, publicó su obra en Lisboa, 1530, siendo retocado el estilo en posteriores ediciones por el humanista maestro de Cervantes Juan López de Hoyos «ajustando los vocablos de ella al uso presente y policia cortesana», porque tenía «la lengua barbarica y sin stylo y en algunas impropiedades muy licenciosa». Los nueve de la Fama son Josué, David, Judas Macabeo, Alejandro, Héctor, Julio César, el rey Artús, Cario Magno y Godofredo de Bullón, á cuyas biografías se añade la de Duguesclin por complemento; extraño consorcio de historia sagrada y profana, mitología y caballería andantesca. Es traducción de una obra francesa anónima dedicada al rey Carlos VIII é impresa en 1487[551].
Pocas, pero muy notables, manifestaciones tiene la novela histórica en el gran cuadro literario del siglo XVI. Apenas me atrevo á contar entre ellas el Marco Aurelio de Fr. Antonio de Guevara, porque aun siendo fabulosa la mayor parte de su contenido, carece de verdadera acción novelesca. Predomina en este famoso libro la intención didáctica, y la forma no es narrativa, sino completamente oratoria, tanto en los razonamientos como en las cartas. En ser un doctrinal de príncipes con estilo retórico y ameno se parece á la Cyropedia de Xenofonte, que seguramente había leído Guevara en la traducción latina de Francisco Philelpho, impresa ya en 1474[552].
Aunque la singular fisonomía de Xenofonte, á un tiempo filósofo socrático y jefe de bandas mercenarias, no se haya reproducido totalmente en ningún escritor de los que han florecido fuera de las extrañas condiciones históricas en que tal tipo fué posible, todavía es de los autores clásicos que parcialmente han influido más en la cultura de los pueblos modernos. Á ello han contribuido la forma popular y accesible de sus obras, lo interesante, simpático y á veces familiar de sus asuntos, la candorosa nobleza de su estilo, aquella templada y suave armonía de cualidades que hacen de él uno de los dechados más perfectos de la urbanidad ática en su mejor tiempo, por lo mismo que en ciertas condiciones superiores, todavía más humanas que griegas, cede á Platón y á tantos otros. La mediana elevación de su pensamiento, el buen sentido constante, la honradez benévola pero no exenta de cálculo, unidas á cierto grado de elevación moral y de sinceridad religiosa, hacen sobremanera deleitables sus enseñanzas, vertidas en una forma que es un prodigio de naturalidad elegante y graciosa.
No tiene la Cyropedia la deliciosa sencillez de la Anabasis (dechado de narraciones militares), cuyo estilo fluye con la limpieza de un arroyo transparente. Es obra mucho más retórica, y pertenece á un género híbrido de historia y de novela. Los antiguos la consideraron siempre como historia ficticia[553], y sólo en tiempos sin crítica se la pudo estimar como documento fehaciente. Entre las novelas es la más antigua de las pedagógico-políticas, y aunque escrita por un ciudadano ateniense, rebosa de espíritu monárquico. Enfrente del ideal de perfecta república comunista soñado por Platón y de sus poéticos ensueños sobre las tierras atlánticas, el espíritu aristocrático de Xenofonte se complace en trazar el ideal del príncipe perfecto, mezclando reminiscencias de Persia y de Lacedemonia. Algunos admirables trozos, como la dulcísima historia de Abradato y Panthea, ó el testamento de Cyro, apenas bastan para compensar la fatiga con que se leen los innumerables razonamientos é instrucciones políticas y morales que llenan lo restante del libro. Tal como es, en él comienza un género muy cultivado en las literaturas modernas, y cuyo más antiguo ejemplar pertenece á la nuestra del Renacimiento.
El Libro llamado Relox de Principes, más generalmente conocido por Libro Aureo del emperador Marco Aurelio, aunque no fué impreso con anuencia de su autor hasta 1529[554], era muy conocido antes en copias manuscritas, y había tenido varias ediciones fraudulentas, siendo además usurpados por impudentes plagiarios algunos de sus mejores fragmentos, de todo lo cual se queja amargamente en su prólogo el ingeniosísimo cronista y predicador de Carlos V, que era entonces obispo electo de Guadix y luego lo fué de Mondoñedo[555]. La aparición de éste su primer libro fué uno de los grandes acontecimientos literarios de aquella corte y de aquel siglo, tanto en España como en toda Europa. Fué tan leído como el Amadís de Gaula y la Celestina, y es cuanto puede encarecerse. Se multiplicaron sus ediciones en latín, en italiano, en francés, en inglés, en alemán, en holandés, en danés, en húngaro, en casi todas las lenguas vulgares de Europa, y todavía en el siglo XVIII hubo quien le tradujese al armenio. Tuvo panegiristas excelsos y encarnizados detractores. Fué la biblia y el oráculo de los cortesanos, y el escándalo de los eruditos. Hoy yace en el olvido más profundo. En realidad, ni una cosa ni otra merecía. El Marco Aurelio no es la mejor obra de Guevara: vale mucho menos que sus epístolas tan graciosas y tan embusteras, según frase del P. Isla; vale menos que sus tratados cortos de moral mundana, como el Menosprecio de la corte y el Aviso de privados. Pero Guevara es un escritor de primer orden, uno de los grandes prosistas anteriores á Cervantes, y no hay rasgo de su pluma que no merezca atención, cuanto más este libro que era el predilecto suyo, el que trabajó con más esmero y el que más ruido hizo entre sus contemporáneos.
¿Influyó algo en esto el que se le tuviese por historia verdadera del emperador Marco Aurelio y por epístolas auténticas de aquel emperador las que contiene? Creemos que no. La ficción era demasiado transparente para que nadie de mediano juicio cayese en engaño. Ya antes de imprimirse el Relox de príncipes, negaban muchos la autenticidad de tales cartas; y la parte del prefacio en que Guevara les contesta, alegando el testimonio del códice que le habían traído de Florencia, está escrita en tono de burlas, y sirve para confirmar lo mismo que niega: «Muchos se espantan en oir dotrina de Marco Aurelio, diziendo que cómo ha estado oculta hasta este tiempo, y que yo de mi cabeza la he inventado... Los que dizen que yo solo compuse esta dotrina, por cierto yo les agradezco lo que dizen, aunque no la intención con que lo dizen, porque a ser verdad que tantas y tan graves sentencias haya yo puesto de mi cabeza, una famosa estatua me pusieran los antiguos en Roma. Vemos en nuestros tiempos lo que nunca vimos, oimos lo que nunca oimos, experimentamos un nuevo mundo, y por otra parte maravillámonos que de nuevo se halle ahora un libro». Y como si no bastase el hallazgo del códice Florentino, nos anuncia á continuación otro no menos prodigioso que le habían enviado de Colonia: el de los diez libros de Bello Cantabrico, escritos nada menos que por el emperador Augusto; y añade con sorna: «Si por caso tomasse trabajo de traducir aquel libro, como son pocos los que le han visto, también dirian dél lo que dizen de Marco Aurelio».
Todos los libros profanos de Fr. Antonio de Guevara, sin excepción alguna, están llenos de citas falsas, de autores imaginarios, de personajes fabulosos, de leyes apócrifas, de anécdotas de pura invención, y de embrollos cronológicos y geográficos que pasman y confunden. Aun la poca verdad que contienen está entretejida de tal modo con la mentira que cuesta trabajo discernirla. Tenía, sin duda, el ingeniosísimo fraile una vasta y confusa lectura de todos los autores latinos y de los griegos que hasta entonces se habían traducido, y todo ello lo baraja con las invenciones de su propia fantasía, que era tan viva, ardiente y amena. Lo que no sabe, lo inventa; lo que encuentra incompleto, lo suple, y es capaz de relatarnos las conversaciones de las tres famosas cortesanas griegas Lamia, Laida y Flora, como si las hubiese conocido.
Todo esto en un historiador formal sería intolerable, pero ¿por ventura lo era fray de Guevara? No creemos que nadie le tuviese por tal, á pesar de su título de cronista del César. Él no se recataba de profesar el más absoluto pirronismo histórico, y cuando uno de los mejores humanistas de su tiempo, el Bachiller Pedro de Rhua, profesor de letras humanas en la ciudad de Soria, emprendió, quizá con más gravedad y magisterio de lo que el caso requería, pero con selecta erudición, con crítica acendrada y á veces con fina y penetrante ironía, poner de manifiesto algunos de los infinitos yerros y falsedades históricas que las obras de Guevara contienen, el buen Obispo le contestó con el mayor desenfado que no hacía hincapié en historias gentiles y profanas, salvo para tomar en ellas un rato de pasatiempo, y que fuera de las divinas letras no afirmaba ni negaba cosa alguna. La réplica del Bachiller Rhua es una elocuente y admirable lección de crítica histórica, pero Guevara no estaba en disposición de recibirla. Le faltaba el respeto á la santa verdad de las cosas pasadas y á los oráculos de la venerable antigüedad. Pero tampoco era un falsario de profesión como los Higueras y Lupianes del siglo XVII, sino un moralista agridulce que buscaba en la historia real ó inventada adorno ó pretexto para sus disertaciones, donde lo de menos era la erudición y lo principal la experiencia del mundo; un satírico, entre mordaz y benévolo, de las flaquezas cortesanas; y sobre todo un original artífice de estilo, creador de una forma brillante y lozana, culta y espléndida, cuyo agrado no podemos menos de sentir aun teniendo que declararla muchas veces viciosa y amanerada.
Claro es que la profesión religiosa y la dignidad episcopal del agudo autor montañés[556] no se compadecían muy bien con tan desenvuelta y extravagante manera de atropellar la certidumbre histórica, y sin duda por eso le censuraron con tanta acrimonia varones doctísimos como Antonio Agustín y Melchor Cano. Pedro Bayle, que en su famoso Diccionario histórico le dedica dos páginas llenas de vituperios, se arrebata hasta llamarle «envenenador público, y seductor que en el tribunal de la república de las letras merecería el castigo de los profanos y de los sacrílegos»; pero se me antoja que el maligno y eruditísimo crítico de Amsterdam no llegó á comprender, á pesar de toda su perspicacia, el verdadero carácter é intención de los escritos de Guevara, cuya seudohistoria es una broma literaria.
Del verdadero Marco Aurelio, del admirable filósofo estoico, cuyo examen de conciencia, el más sublime que pudo hacer un gentil, leemos con pasmo y reverencia en los Soliloquios, apenas hay rastro alguno en el libro de Guevara, en lo cual no se le puede culpar mucho, puesto que los doce libros [Greek: eis ekyton] no fueron impresos hasta 1559 ni en griego ni en latín, siendo su primer intérprete Guillermo Xylandro[557]. Tenía Guevara una muy vaga idea de que existían escritos de Marco Aurelio, y de aquí tomó pie para su invención: «Todo lo más que él escribió fué en Griego, y tambien algunas cosas en Latin; saqué, pues, del Griego con favor de mis amigos, de Latin en romance con mis sudores propios». Para la vida del Emperador se valió de Herodiano y de los escritores de la Historia Augusta, Lampridio y Julio Capitolino, á los cuales añadió muchas circunstancias de propia minerva, invocando para ello el testimonio de tres biógrafos imaginarios, Junio Rústico, Cina Catulo y Sexto Cheronense, de quienes dice: «Estos tres fueron los que principalmente como testigos de vista escrivieron todo lo más de su vida y doctrina».
En Realidad, el Marco Aurelio y el Relox de Príncipes son dos libros distintos y que pudieron correr independientes. El primero está incorporado en el segundo, según frase de su mismo autor, pero se infiere de sus declaraciones que fué compuesto antes. El Marco Aurelio, único que se da como traducción, es libro de falsa historia; el Relox de Príncipes es obra didáctica y de plan mucho más vasto. «No fue mi principal intento de traduzir a Marco Aurelio, sino hazer un Relox de Principes, por el qual se guiasse todo el pueblo Christiano. Como la dotrina avia de ser para muchos, quiseme aprovechar de lo que escrivieron y dixeron muchos sabios, y desta manera procede la obra en que pongo uno o dos capitulos mios, y luego pongo alguna epistola de Marco Aurelio, ó otra dotrina de algún antiguo... Este Relox de Principes se divide en tres libros. En el primero se trata que el Principe sea buen Cristiano, En el segundo, cómo el Principe se ha de aver con su mujer y hijos. En el tercero, cómo ha de gobernar su persona y republica».
Expuesto ya, por boca del autor, el plan del libro, en cuya doctrina moral y política no nos detendremos, por ser materia ajena de este lugar, sólo nos cumple advertir que las supuestas cartas de Marco Aurelio son más bien largos discursos en forma epistolar, donde se desarrollan, con elocuencia á veces, otras con verbosidad empalagosa, todos los lugares comunes que vienen atestando desde tiempo inmemorial los libros destinados para la educación de los príncipes, sin que los príncipes aprendan gran cosa en ellos. Es el defecto del género, y no se libraron de él ni Xenofonte en su tiempo ni el autor del Telémaco en el suyo. Hay en Guevara elegantes amplificaciones sobre la paz y la guerra, sobre la fortuna y la gloria, sobre la ambición y la justicia; invectivas muy valientes contra la tiranía y todo género de iniquidades; sanos consejos pedagógicos; advertencias, máximas y documentos de buen gobierno, que no por ser vulgares, dejan de ser eternamente verdaderos, y que cobran nuevo realce por la alusión no muy velada á las cosas del momento. Hay trozos escritos con gran propiedad, nervio y eficacia, muestras de la más culta y más limada prosa del tiempo de Carlos V; por ejemplo, la invectiva contra la corrupción romana, que se lee en la carta de Marco Aurelio á su amigo Cornelio sobre los trabajos de la guerra y la vanidad del triunfo. Aunque el estilo de Fr. Antonio de Guevara sea por lo común más deleitoso que enérgico, y abuse en extremo de todos los artificios retóricos, que le enervan, recargan y debilitan, alguna vez se levanta con ímpetu desusado y descubre una genialidad oratoria poderosa, pero intemperante. Puede decirse que ninguna condición de buen escritor le faltó, salvo la moderación, el tino para saber escoger, el buen gusto para saber borrar. Es un autor terriblemente tautológico, y Cicerón mismo puede pasar por un portento de sobriedad á su lado. Anega las ideas en un mar de palabras, y siempre hay algo que se desearía cercenar, aun en sus mejores páginas. Pero ¡qué variedad de tonos y recursos de estilo, desde las cartas graves y doctrinales de los primeros libros, hasta aquel singular epistolario galante que puso por apéndice, en que nos da las cartas de Marco Aurelio á sus amigas y enamoradas de Roma! ¡Qué correspondencia para atribuida al cándido y ejemplar marido de Faustina![558].
Incansable cultivador de la literatura apócrifa, va entretejiendo Guevara en los interminables capítulos del Relox de Principes otra porción de piezas tan legítimas como las de Marco Aurelio: un razonamiento que el filósofo Bruxilo (?) hizo sobre la idolatría, al tiempo de morir (tomado, nos dice con mucha seriedad, de «Pharamasco, lib. XX De libertate Deorum»; autor nunca visto por nadie); sentenciosas cartas de Cornelia, la madre de los Gracos; supuestas leyes de los Perinenses, de los Rodios, de los Garamantas, y lo que es más grave, un concilio apócrifo de Hipona; cuanto la fantasía más novelera y desenfrenada puede zurcir y barajar. Pero si se examina despacio cada capítulo, se ve que no todo está inventado ni con mucho. La trágica historia de Camma y Sinoris, por ejemplo, está tomada de Plutarco (de mulierum virtutibus), cuyos apotegmas y tratados morales parecen haber sido la principal fuente de la doctrina de Guevara. Para las anécdotas de los filósofos se valió de Diógenes Laercio, y quizá todavía más de la vieja compilación de Gualtero Burley De vita et moribus philosophorum, traducida antiguamente al castellano con el título de Crónica de las fazañas de los filósofos. Conocía también las cartas apócrifas de Pitágoras, de Anacarsis, del tirano Falaris y otras tales, que pasaron por auténticas hasta los días de Ricardo Bentley, y realmente el libro de Guevara recuerda algo las biografías fabulosas que componían los sofistas griegos de la decadencia, por ejemplo, la que Filostrato hizo de Apolonio de Tiana.
El parentesco del Marco Aurelio con la Cyropedia está en la concepción general más que en los pormenores. No se percibe imitación directa fuera de los capítulos L á LVII del libro III, donde se contienen las pláticas que Marco Aurelio poco antes de morir hizo á su secretario Panucio y á su hijo Commodo, y los consejos que dió á este último para la gobernación de su reino. La obra de Guevara, como la de Xenofonte, vale principalmente por los episodios: allí el de Pantea y Abradato; aquí el famoso de El villano del Danubio (cap. III, IV y X del libro III), que dió asunto á una comedia de nuestro antiguo teatro[559] y á una de las más bellas fábulas de Lafontaine. No hay razón alguna para negar á nuestro Fr. Antonio la total invención de este episodio, que Carlos Nodier, con alguna hipérbole, declara «perfectamente antiguo y del estilo más admirable[560]». El estilo es el del obispo de Mondoñedo, con sus buenas cualidades y sus defectos, tan pomposo y exuberante como siempre, pero con mucho calor y valentía en algunos trozos, con cierta especie de elocuencia tribunicia, revolucionaria y tempestuosa. El discurso que se supone pronunciado por el rústico de Germania ante el Senado romano es una ardiente declamación contra la esclavitud y una reivindicación enérgica de los derechos naturales de la humanidad hollados por el despotismo de la conquista. El sentido político y social de este trozo prueba la franca libertad con que se escribía en tiempos de Carlos V. La indignación del autor contra la tiranía y los malos jueces parece sincera, á pesar del énfasis retórico y nada rústico con que el villano expresa sus audaces pensamientos.
Tiene el obispo Guevara dos estilos, ambos muy distantes de la elegancia ática y de la perfecta transparencia del estilo de Xenofonte. Uno el que podemos llamar triunfal y de aparato, y es el que suele reservar para los discursos. Otro es la prosa de las cartas (sin excluir algunas de las que atribuyó á Marco Aurelio), aguda y sabrosísima, pero cargada de picantes especias, de antítesis, paronomasias, retruécanos y palabras rimadas, que indican un gustó poco seguro y algo pueril, un clasicismo á medias[561]. Con todo eso, hay mucho que aprender en sus obras, si se leen con cautela y discernimiento, y el mismo Cervantes, que parece burlarse de él en el prólogo del Quijote, las tenía muy estudiadas, y no se desdeñaba de imitarlas en sus digresiones morales, como lo indica, entre otros ejemplos, el razonamiento sobre la edad de oro, que está enteramente en la manera retórica de fray Antonio, y recuerda otro análogo del libro I, capítulo XXXI, del Marco Aurelio. Curioso motivo de comparación con el Emilio de Rousseau ofrecen también los capítulos XVIII y XIX del libro II, «que las princesas y grandes señoras, pues Dios les dio hijos, no deben desdeñarse criarlos á sus pechos». El mismo Rousseau, declamando sobre las excelencias de la vida salvaje y contra la desigualdad de las condiciones humanas, era una especie de villano del Danubio redivivo y acomodado al gusto del siglo XVIII.
Según el hijo de Casaubon afirmaba, ningún libro fuera de la Biblia tuvo en su tiempo tanta difusión como el Marco Aurelio[562]. El marqués de Pescara galardonó al autor con una pluma de oro. Ya sabemos que fué hurtado de la misma cámara del emperador y corrió de mano en mano, con universal admiración, mucho antes de imprimirse. «En lo que decis de Marco Aurelio (escribía el chistoso fraile al condestable D. Íñigo de Velasco), lo que pasa es que yo le traduje y le di al César, aun no acabado, y al emperador le hurtó Laxao, y a Laxao la reina, y a la reina Tumbas, y a Tumbas doña Aldonza, y a doña Aldonza vuestra señoria, por manera que mis sudores pararon en vuestros hurtos» (Ep. 38). Las mismas burlas del truhán Don Francesillo de Zúñiga, que á fray Antonio «predicador parlerista» y «gran decidor de todo lo que le parecía», «llamado por otro nombre Marco Aurelio», y le hace preguntar con sorna «si han de creer todo lo que yo digo», prueban lo asentado de su crédito entre los cortesanos, á la vez que el poco caso que se hacía de su veracidad histórica.
En Francia, donde el Marco Aurelio de la primitiva forma fué reimpreso el mismo año en que apareció en Valladolid el Relox de Príncipes[563], no fué menos estrepitoso el éxito de Guevara, que tuvo, entre otros traductores, uno muy hábil en Herberay des Essars, el mismo que trasladó al francés el Amadís de Gaula y otros libros de caballearías. Montaigne, que admiraba poco las Epístolas doradas, dice que el Marco Aurelio español era una de las lecturas favoritas de su padre (Essais, lib. II, cap. II). Brantôme, en las Damas galantes, repite los cuentos de Lamia y Flora, con gran indignación de Bayle, que escribe largas notas para refutar á Guevara y sus copistas, ó más bien para despacharse á su gusto en materia tan de su agrado. En las Historias prodigiosas de Bouistan, Tesserant y Belleforest (1560), ocupa muchas páginas la historia del villano del Danubio, que antes de ser inmortalizada por Lafontaine ejercitó el ingenio de cuatro poetas distintos[564]. Todavía las cartas y los tratados del primer Balzac, que pasa por reformador de la prosa francesa en los primeros años del siglo XVII y por el primero que puso número en ella, me parecen un producto de la escuela retórica de Guevara, salvo el mejor parecer de los críticos franceses.
Pero todavía fué más honda y persistente la influencia de nuestro autor en la literatura inglesa del tiempo de la reina Isabel, como recientes investigaciones han venido á demostrar. La imitación de las obras de Guevara, traducidas por cinco ó seis intérpretes diferentes, fué uno de los principales factores que determinaron la aparición del nuevo estilo llamado euphuismo. El doctor Landmann sostuvo en un excelente trabajo sobre Shakespeare y el euphuismo, publicado por la Sociedad Shakespiriana en 1884, que todos los elementos del estilo de Lily (uso inmoderado y monstruoso de la antítesis, paralelismo entre los miembros de la frase, balanceo rítmico del período y de la cláusula), proceden de Guevara, aunque algunos están modificados conforme al genio de las lenguas del Norte; Guevara, por ejemplo, abusa de las palabras consonantes al fin de los períodos, y sus imitadores ingleses emplean con el mismo fin la aliteración. Añade Landmann que muchas de las ideas y aun largos pasajes de la célebre novela Euphues, the anatomy of wit, que dió nombre al género, están tomados de las obras del obispo de Mondoñedo, á quien también sigue Lily en el empleo de una historia antigua imaginaria[565]. «El Marco Aurelio sobre todo (dice J. Jusserand), traducido por Lord Berners en 1532 y por Sir Thomas North en 1537, gozó de extrema popularidad. Las disertaciones morales de que el libro estaba lleno encantaron á los espíritus serios; el lenguaje insólito del autor español encantó á los espíritus frívolos. Antes de Lily, ya varios autores ingleses habían imitado á Guevara; cuando Lily apareció, embelleciendo todavía más aquel estilo, el entusiasmo fué tan grande, que se olvidó el modelo extranjero, y aquel estilo exótico fué rebautizado en signo de adopción y de naturalización inglesa»[566]. Gran parte de las dos novelas de Lily están compuestas de epístolas morales imitadas de las de Guevara.
Á algunos críticos ha parecido demasiado radical la tesis del doctor Landmann. El joven erudito norteamericano Garrett Underhill, á quien debemos un libro muy interesante sobre la influencia española en la literatura inglesa del siglo XVI, se inclina á no admitir conexión directa entre Lily y Guevara, si bien reconoce semejanzas ocasionales entre el Euphues y el Libro Aureo, además de las que son debidas á la imitación que Lily hizo del estilo de Pettie, que era un guevarista. Los hubo muy anteriores á él, como Sir Thomas Elyot, embajador en la corte de Carlos V, autor de una Image of gouernance compiled of the acts and sentences of the most noble emperour Alexander Seuerus (1540), que es una imitación manifiesta del Libro Aureo y se finge como él traducida del griego. El crítico á quien nos referimos dedica un capítulo entero á lo que llama el grupo de Guevara en la corte de Enrique VIII[567]. Con este grupo comenzó el estudio de la literatura española en Inglaterra. Las obras del obispo de Mondoñedo fueron las primeras que se tradujeron é imitaron, sin que haya antes otra cosa que una adaptación de los cuatro primeros actos de la Celestina, atribuida á John Rastell. Al frente de los admiradores cortesanos de Guevara figuran el segundo Lord Berners (John Bourchier), á quien llaman algunos «padre putativo del eufuismo», que fué el primer traductor del Marco Aurelio, y su sobrino Sir Francis Bryan, que trasladó al inglés el Menosprecio de la corte y alabanza de la aldea. Uno y otro se valieron de las traducciones francesas, aunque Berners había estado de embajador en España. Las de Sir Thomas North (Relox de Principes, Aviso de Privados), que pertenecen al tiempo de la reina María, y las de Eduardo Hellowes, que son del reinado de Isabel, están sacadas del original, á lo menos en parte. Es muy interesante saber que la influencia de Guevara empezó á declinar en los últimos años del siglo XVI, sucediendo á sus obras en la estimación del público inglés las de fray Luis de Granada, que fué más leído y traducido que ningún otro autor español, salvo el nuestro.
El triunfo de la espontánea y arrebatadora grandilocuencia del venerable dominico sobre el artificio del predicador cortesano fué completo después de 1582, en que apareció la primera traducción de las Meditaciones. Pero Guevara se sobrevivió en sus imitadores, no sólo en Lily y en su precursor Pettie, sino en Jerónimo Painter, que insertó en su colección novelística Palace of pleasure cinco de las supuestas cartas de Plutarco y Trajano inventadas por nuestro obispo, y en los dos principales eufuistas Tomás Lodge y Roberto Greene. La sugestión ejercida por las obras y por el inmenso prestigio de Guevara, á quien Thomas North ponía por encima de todos los escritores modernos, opinión que fué la dominante en Inglaterra durante poco menos de una centuria, no debe tenerse por causa única de la aparición de esta escuela, pero se combinó con ciertas tendencias extravagantes del humanismo inglés, para favorecer el desarrollo del nuevo estilo, cuya analogía de procedimientos con el del obispo de Mondoñedo es obvia.
Abundan en la literatura alemana las traducciones de Guevara por Egidio Albertino y otros intérpretes, siendo memorable también la espléndida edición latina del Relox de Príncipes, acrecentada con innumerables aforismos y notas que mandó hacer en 1611 el duque de Sajonia Federico Guillermo. Pero no sabemos que lograse allí tan notables imitadores, como los tuvieron Quevedo y Gracián en Moscherosch y otros satíricos y moralistas del siglo XVII. Durante aquella centuria fué declinando en toda Europa el astro de Marco Aurelio, hasta quedar definitivamente eclipsado cuando apareció otra invención pedagógico-política, en que las reminiscencias de la Cyropedia se combinaban con las de la Odisea. El filósofo emperador sucumbió á manos del joven Telémaco, pero después de haber tenido una dominación de las más dilatadas que recuerda la historia literaria, y que seguramente estaban lejos de adivinar el bachiller Rhua cuando descargaba sobre el obispo de Mondoñedo la formidable maza de su crítica y D. Diego de Mendoza cuando escribía la chistosa carta de Marco Aurelio á Feliciano de Silva, burlándose del estilo de uno y otro y confundiéndolos con notoria injusticia[568]. Con lo cual se comprueba una vez más que nadie es profeta en su patria.
Á muy diverso campo que el de la historia seudoclásica nos trasladan las preciosas narraciones de asunto granadino que en el siglo XVI nacieron al calor de los romances fronterizos, última y espléndida corona de nuestra musa popular, que en ellos se mostró á un tiempo espontánea y artística, enriquecida con los progresos de la poesía culta y libre de sus amaneramientos, clásica, en fin, si se la compara con la de los rudos é inexpertos cantores de otros tiempos. En estas bellas rapsodias épicas están inspiradas las dos casi únicas[569], pero muy notables tentativas de novela morisca que debemos á nuestros ingenios del siglo XVI: la Historia de Abindarráez y Jarifa y las Guerras civiles de Granada, cuyos autores hicieron con la poesía narrativa más próxima á su tiempo una transformación análoga á la que había intentado Pedro del Corral respecto de la epopeya más antigua.
La anécdota del Abencerraje pasa generalmente por auténtica, y nada tiene de inverosímil ni de extraordinaria en sí misma, aunque el primer historiador propiamente tal que la menciona es Gonzalo Argote de Molina[570], á quien su romántica fantasía hacía demasiado crédulo para todo género de leyendas caballerescas. De todos modos, el principal personaje, Rodrigo de Narváez, es enteramente histórico, y Hernando del Pulgar le dedica honrosa conmemoración en el título XVII de sus Claros varones de Castilla: «¿Quién fue visto ser más industrioso ni más acepto en los actos de la guerra que Rodrigo de Narvaez, caballero fijodalgo, a quien por notables hazañas que contra los moros hizo le fue cometida la cibdad de Antequera, en la guarda de la qual, y en los vencimientos que hizo a los Moros, ganó tanta fama y estimacion de buen caballero, que ninguno en sus tiempos la ovo mayor en aquellas fronteras?» Pero ni el cronista de la Reina Católica ni Ferrant Mexía, el autor del Nobiliario Vero (1492), que se gloriaba de contar entre sus parientes á Narváez, á quien llama «caballero de los bienaventurados que ovo en nuestros tiempos, desde el Cid acá, batalloso e victorioso» (lib. II, cap. XV), se dan por enterados de su célebre acto de cortesía con el prisionero abencerraje. Es cierto que al fin de la Historia de los Árabes de D. José Antonio Conde se estampa, con el título de Anécdota curiosa[571], este mismo cuento, y aun se añade que «la generosidad del alcaide Narváez fue muy celebrada de los buenos caballeros de Granada y cantada en los versos de los ingenios de entonces». Pero semejante noticia tiene trazas de ser una de las muchas invenciones y fábulas de que está plagado el libro de Conde, y por otra parte, basta leer su breve relato de la aventura para comprender que no está traducido de ningún texto arábigo, sino extractado de cualquiera de las novelas castellanas que voy á citar inmediatamente. Arrastrado quizá por la autoridad que en su tiempo se concedía á la obra de Conde, y más aún por el justo crédito del genealogista Argote, todavía D. Miguel Lafuente Alcántara, en su elegante Historia de Granada[572], dió cabida á la anécdota del moro. Y sin embargo, bien puede sospecharse que Argote no conocía la historia de los amores de Abindarráez más que por el Inventario de Villegas, á quien cita, ni Conde más que por ese mismo libro, ó más probablemente por la Diana de Montemayor.
Pasando, pues, del dominio de la historia al de la amena literatura, nos encontramos con dos narraciones novelescas, casi idénticas en lo sustancial, y que á primera vista pueden parecer copia la una de la otra. La más breve, la más sencilla, la que con toda justicia puede considerarse como un dechado de afectuosa naturalidad, de delicadeza, de buen gusto, de nobles y tiernos afectos, en tal grado que apenas hay en nuestra lengua escritura corta de su género que la supere, es la que fué impresa por dos veces en la miscelánea de verso y prosa que, con el título de Inventario, publicó un tal Antonio de Villegas en Medina del Campo. La primera edición de este raro libro es de 1565, la segunda de 1577; pero consta en ambas que la licencia estaba concedida desde 1551, circunstancia muy digna de tenerse en cuenta por lo que diremos después[573].
Algo amplificada esta historia, escrita con más retórica y afeada con unas sextinas de pésimo gusto, sé encuentra inoportunamente intercalada en el libro IV de la Diana de Jorge de Montemayor; pero entiéndase bien: no en las primeras ediciones, sino en las posteriores al mes de febrero de 1561, en que Montemayor fué muerto violentamente en el Piamonte. El plagio ó superchería se cometió poco después de su muerte por impresores codiciosos de engrosar el volumen del libro con éstas y otras impertinentes adiciones, que ya figuran en una edición de Valladolid, comenzada en el mismo año de 1561 y terminada en 7 de enero de 1562. De allí pasaron á todas las posteriores, que son innumerables[574].
Basta comparar el texto malamente atribuido á Jorge de Montemayor con el de Villegas para ver que el primero está calcado de una manera servil sobre el segundo. Poco importa saber quién hizo tal operación, ni es grave dificultad que la Diana de Valladolid estuviese ya impresa en 1561 y el Inventario no lo fuese hasta 1565, pues sabemos que estaba aprobado desde 1551. El autor, por motivos que se ignoran, dejó pasar quince años sin hacer uso de la cédula regia, con lo cual vino á caducar ésta y tuvo que solicitar otra. Pudo llegar el manuscrito á manos de muchos, y pudo el impresor Francisco Fernández de Córdoba, ó cualquier otro, copiar de él la historia del Abencerraje para embutirla en la Diana; pero si tal cosa sucedió, ¿no parece extraño que Antonio de Villegas, vecino de Medina del Campo, y que debía de estar muy enterado de lo que pasaba en la vecina Valladolid, no hubiese reivindicado de algún modo la paternidad de obra tan linda? El silencio que guarda es muy sospechoso, y unido á otros indicios que casi constituyen prueba plena, me obligan á afirmar que tampoco él es autor original del Abencerraje.
Ante todo, le creo incapaz de escribirle. Hay en el Inventario algunos versos cortos agradables, en la antigua manera de coplas castellanas; pero la prosa de una novelita pastoril que allí mismo se lee, con el título de Ausencia y soledad de amor, forma perfecto contraste, por lo alambicada, conceptuosa y declamatoria, con el terso y llano decir, con la sencillez casi sublime de la historia de los amores de Jarifa. Es humanamente imposible que el que escribió la primera pueda ser autor de la segunda. Villegas es tan plagiario como el refundidor de la versión impresa con la Diana.
Existe, en efecto, un rarísimo opúsculo gótico sin año ni lugar (probablemente Zaragoza), cuyo título dice así: Parte de la Cronica del inclito infante D. Fernando que ganó a Antequera: en la qual trata cómo se casaron a hurto el Aberdarraxe (sic) Abindarraez con la linda Xarifa, hija del Alcayde de Coin, y de la gentileza y liberalidad que con ellos usó el noble Caballero Rodrigo de Narbaez, Alcaide de Antequera y Alora, y ellos con él. Es anónimo este librillo, y va encabezado con la siguiente dedicatoria:
«Al muy noble y muy magnifico señor el Sr. Hieronymo Ximenez Dembun, señor de Bárboles y Huytea, mi señor.
«Como yo sea tan aficionado servidor de vuestra merced, muy noble y muy magnifico señor, como de quien tantas mercedes tengo recebidas, y a quien tanto debo; deaseando que se ofresciese alguna cosa en que me pudiese emplear para demostrar y dar señal desta mi aficion; habiendo estos dias pasados llegado a mis manos esta obra o parte de cronica que andaba oculta y estaba inculta, por falta de los escriptores, procuré, con fin de dirigirla a vuestra merced, lo menos mal que pude sacarla a luz, enmendando algunos defectos della. Porque en partes estaba confusa y no se podia leer, y en otras estaba defectiva, y las oraciones cortadas, y sin dar conclusion a lo que trataba, de tal manera que aunque el suceso era apacible y gracioso, por algunas impertinencias que tenia, la hacian aspera y desabrida. Y hecha mi diligencia, como supe, comuniquéla a algunos mis amigos, y pareciome que les agradaba: y asi me aconsejaron y animaron a que la hiziese imprimir, mayormente por ser obra acaescida en nuestra España...».
Esta crónica, aunque ha llegado á nosotros incompleta en el único ejemplar que de ella existe, ó existía en tiempos de Gallardo, concuerda, según declaración del mismo erudito, con el texto de Antonio de Villegas, que no hizo más que retocar y modernizar algo el lenguaje. Y realmente, en las primeras líneas, qué Gallardo transcribe como muestra, no se advierte ningún variante de importancia[575].
Consta, por tanto, que antes de 1551, en que Villegas tenía dispuesto para salir de molde su Inventario, corría por España una novela del moro Abindarráez igual á la que él dió por suya, y que tampoco aquélla era original, sino refundición de un pedazo de Crónica que andaba oculta, inculta y defectiva, y que muy bien podía remontarse al siglo XV, aunque no la creemos anterior al tiempo de los Reyes Católicos, por el anacronismo de suponer á Rodrigo de Narváez alcaide de Álora, que no fué conquistada hasta la última guerra contra los moros granadinos.
Muy natural parece que la hazaña de Rodrigo de Narváez, antes de ser contada en prosa, diera tema á algunos romances fronterizos, y quizás pueda tenerse por rastro de ellos el cantarcillo no asonantado que Villegas pone en boca del moro antes de su encuentro con Narváez:
Nascido en Granada, Criado en Cartama, Enamorado en Coín, Frontero de Alora.
Pero los romances que hoy tenemos sobre este argumento, todos, sin excepción, son artísticos, y han salido del Inventario ó de la Diana, principalmente de esta última. Abre la marcha el librero valenciano Juan de Timoneda con el interminable y prosaico Romance de la hermosa Jarifa, inserto en su Rosa de amores (1573); siguióle, aunque con menos pedestre numen, el escriptor ó escribiente de la Universidad de Alcalá de Henares Lucas Rodríguez, que en su Romancero Historiado (1579) tiene dos composiciones sobre el asunto: le trató luego con gran prolijidad Pedro de Padilla, versificando en cinco romances el texto atribuido á Montemayor, trabajo tan excusado como baladí (1583); Jerónimo de Covarrubias Herrera, vecino de Rioseco, se limitó á un solo romance de Rodrigo de Narváez, que insertó en su novela pastoril La Enamorada Elisea (1594). Todo esto apenas pertenece á la poesía; pero no sucede lo mismo con un romance anónimo, de poeta culto, que comienza así:
Ya llegaba Abindarráez—á vista de la muralla...
y con otro que puso Lope de Vega en la Dorotea:
Cautivo el Abindarráez—del alcaide de Antequera...[576]
Todas estas variaciones sobre un mismo tema poético prueban su inmensa popularidad, á la cuál puso el sello Cervantes, haciendo recordar á D. Quijote, entre los desvaríos de su imaginación, después de la aventura de los mercaderes toledanos (Parte primera, cap. V), «las mismas palabras y razones que el cautivo Abencerraje respondía á Rodrigo de Narvaez, del mismo modo que él habia leido la historia en la Diana de Jorge de Montemayor, donde se escribe». Después de tan alta cita, huelga cualquiera otra; pero no quiero omitir la indicación de un poema en octavas reales y en diez cantos, tan tosco é infeliz como raro, que compuso en nuestra lengua un soldado italiano, Francisco Balbi de Correggio (1593), con el título de Historia de los amores del valeroso moro Abinde-Arraez y de la hermosa Xarifa[577].
Ninguna de estas versificaciones, ni siquiera la linda comedia de Lope de Vega El remedio en la desdicha[578], que por el mérito constante de su estilo, por la nobleza de los caracteres, por la suavidad y gentileza en la expresión de afectos, por el interés de la fábula, y aun por cierta regularidad y buen gusto, tiene entre las comedias de moros y cristianos de nuestro antiguo repertorio indisputable primacía, puede disputar la palma á la afectuosa y sencilla narración del autor primitivo. El verdadero lenguaje del amor que, con tan inútil empeño las más de las veces, buscaron los autores de novelas sentimentales y pastoriles, extraviados por la retórica de Boccaccio y de Sannazaro, suena como deliciosa música en los coloquios de Jarifa y Abindarráez. ¡Y qué bizarro alarde y competencia de hidalguía y generosidad entre el moro y el cristiano! La historia de Abindarráez fué el tipo más puro, así como fué el primero, de la novela granadina, cuya descendencia llega hasta el Último Abencerraje, de Chateaubriand. Con candoroso, pero no irracional entusiasmo, pudo escribir D. Bartolomé Gallardo en su ejemplar del Inventario, al fin de las páginas que contienen el cuento de Jarifa: «Esto parece que está escrito con pluma del ala de algun angel».
Lo que había hecho en lindísima miniatura el autor, quien quiera que fuese, del Abencerraje, lo ejecutó en un cuadro mucho más vasto el murciano Ginés Pérez de Hita en su célebre libro de las Guerras civiles de Granada, cuya primera parte, que es la que aquí mayormente nos interesa, fué impresa en Zaragoza, en 1595, con el título de Historia de los bandos de los Zegríes y Abencerrajes... agora nuevamente sacada de un libro arabigo, cuyo autor de vista fue un moro llamado Aben Hamin, natural de Granada. La segunda parte, concerniente á la rebelión de los moriscos en tiempo de Felipe II, es historia anovelada y en parte, memorias de las campañas de su autor, obra verídica en el fondo, como se reconoce por la comparación con las legítimas fuentes históricas, con Mármol y Mendoza. Pero la primera parte, única que hizo fortuna en el mundo (aunque la segunda, por méritos distintos, también lo mereciese), es obra de otro carácter: es una novela histórica, y seguramente la primera de su género que fué leída y admirada en toda Europa, abriendo á la imaginación un nuevo mundo de ficciones.
Nadie puede tomar por lo serio el cuento del original arábigo de su obra, que Ginés Pérez de Hita inventó[579] á estilo de lo que practicaban los autores de libros de caballerías; su misma novela indica que no estaba muy versado en la lengua ni en las costumbres de los mahometanos, puesto que acepta etimologías ridículas, comete estupendos anacronismos y llega á atribuir á sus héroes el culto de los ídolos («un Mahoma de oro») y á poner en su boca reminiscencias de la mitología clásica. Pero sería temerario dar todo el libro por una pura ficción. Otras muchas novelas se han engalanado con el calificativo de históricas sin merecerlo tanto como ésta. Histórico es el hecho de las discordias civiles que enflaquecieron el reino de Granada y allanaron el camino á la conquista cristiana. Histórica la existencia de la tribu de los Abencerrajes y el carácter privilegiado de esta milicia. Histórico, aunque no con las circunstancias que se supone, ni por orden del monarca á quien Hita le atribuye, el degüello de sus principales jefes. Aun el peligro en que se ve la Sultana parece nacido de alguna vaga reminiscencia de las rivalidades de harem entre las dos mujeres de Abul-Hassán (el Muley Hazén de nuestros cronistas): Zoraya (D.ª Isabel de Solís) y Aixa, la madre de Boabdil. La acusación de adulterio, la defensa de la Reina por cuatro caballeros cristianos, es claro que pertenece al fondo común de la poesía caballeresca; y sin salir de nuestra casa, le encontramos en la defensa de la Emperatriz de Alemania por el conde de Barcelona Ramón Berenguer (véase la crónica de Desclot), en la de la Reina de Navarra por su entenado D. Ramiro (véase la Crónica general), en la de la duquesa de Lorena por el rey D. Rodrigo, según se relata en la Crónica de Pedro del Corral. Pero aun siendo falso el hecho, y contradictorio con las costumbres musulmanas, todavía la circunstancia de intervenir D. Alonso de Aguilar es como un rayo de luz que nos hace entrever la vaga memoria que á fines del siglo XVI se conservaba del reto que á aquel magnate cordobés, de triste y heroica memoria, dirigió su primo el Conde de Cabra, dándoles campo franco el rey de Granada Muley Hazén, según consta en documentos que son hoy del dominio de los eruditos[580]. Aun por lo que toca á los juegos de toros, cañas y sortijas, al empleo de blasones, divisas y motes, y al ambiente de galantería que en el libro se respira, y que parece extraño á las ideas y hábitos de los sarracenos, ha de tenerse en cuenta que el reino granadino, en sus postrimerías y aun mucho antes, estaba penetrado por la cultura castellana, puesto que ya en el siglo XIV podía decir Aben-Jaldún que «los moros andaluces se asemejaban á los gallegos (es decir, á los cristianos del Norte) en trajes y atavíos, usos y costumbres, llegando al extremo de poner imágenes y simulacros en el exterior de los muros, dentro de los edificios y en los aposentos más retirados»[581].
La elaboración de la Historia de los Bandos fácilmente se explica sin salir del libro mismo, ni conceder crédito alguno á la invención del original arábigo de Aben-Hamin, no menos fantástico que el de Cide Hamete Benengeli[582]. Á cada momento cita é intercala Ginés Pérez, en apoyo de su relación, romances fronterizos del siglo XV, históricos á veces y coetáneos de los mismos hechos que narran. Y con frecuencia también resume ó amplifica en prosa el contenido de otros romances mucho más modernos y de diverso carácter: los llamados moriscos, que á fines del siglo XVI se componían en gran número; género convencional y artificioso, cuanto animado y brillante, que Pérez de Hita no inventó, pero á cuya popularidad contribuyó más que nadie con su libro. Con este material poético mezcló algo de lo que cuentan los historiadores castellanos, Pulgar y Garibay especialmente, que son casi los únicos á quienes menciona. Y sin duda se aprovecharía también del conocimiento geográfico que adquirió del país cuando anduvo por él como soldado contra los moriscos[583], y quizá de tradiciones orales, y por tanto algo confusas, que corrían en boca del vulgo, en los reinos de Granada y Murcia. Á esta especie de tradición familiar puede reducirse el personaje de aquella Esperanza de Hita, que había sido esclava en Granada y cuyo testimonio invoca á veces nuestro apócrifo é ingenioso cronista, á menos que no sea pura invención suya para enaltecer su apellido[584].
Compuesta de tan varios y aun heterogéneos elementos, la novela de Ginés Pérez no podía tener gran unidad de plan, y realmente hay en ella bastantes capítulos episódicos y desligados, que se refieren por lo común á lances, bizarrías y combates singulares de moros y cristianos en la vega de Granada. Son los principales héroes de estas aventuras el valiente Muza, el Maestre de Calatrava D. Rodrigo Téllez Girón, Malique Alabéz, D. Manuel Ponce de León y el áspero y recio Albayaldos. El estrépito de los combates se interrumpe á cada momento con el de las fiestas. Pero la acción principal es sin dudad la catástrofe de los abencerrajes, leyenda famosa, cuyos datos conviene aquilatar.
La voz Abencerraje es de indudable origen arábigo: Aben-as-Serrach, el hijo del Sillero[585]. Esta poderosa milicia, de procedencia africana, interviene á cada momento en la historia granadina del siglo XV, ya imponiéndose á los emires de Granada, como una especie de guardia pretoriana, ya sosteniendo á diversos usurpadores y pretendientes del solio. Los reyes, á su vez, se vengaban y deshacían de ellos cuando podían. Los historiadores más próximos á la conquista y mejor enterados de lo que en Granada pasaba atribuyen á Abul-Hassán, no uno, sino varios degüellos de abencerrajes y de otros caballeros principales, hasta un número muy superior al de treinta y seis que da Pérez de Hita, quien, por lo demás, yerra únicamente en atribuir la matanza á Boabdil y no á su padre. Hernando de Baeza, intérprete que fué del Rey Chico, narra el caso en estos términos:
«Estando, pues, este rrey (Abul-Hassán) metido en sus vicios, visto el desconcierto de su persoua, levantaronse ciertos caballeros en el rreyno... y alzaron la obediencia del rrey, y hicieronle cruda guerra: entre los cuales fueron ciertos que decían Abencerrajes, que quiere decir los hijos del Sillero, los quales eran naturales de allende, y habian pasado en esta tierra con deseo de morir peleando con los christianos. Y en verdad ellos eran los mejores caballeros de la gineta y de lanza que se cree que ovo jamas en el rreyno de Granada: y aunque fueron casi los mayores señores del Reyno, no por eso mudaron el apellido de sus padres, que eran Silleros: porque entre los moros no suelen despreciarse los buenos y nobles por venir de padres officiales. El rey, pues, siguio la guerra contra ellos, y prendio y degollo muchos de los caballeros, entre los quales degollo siete de los abencerrajes; y degollados, los mandó poner en el suelo, uno junto con otro, y mandó dar lugar a que todos los que quisiesen los entrasen a ver. Con esto puso tanto espanto en la tierra, que los que quedaban de los Abencerrajes, muchos de ellos se pasaron en Castilla, y unos fueron a la casa del duque de Medina Sidonia, y otros a la casa de Aguilar, y ahi estuvieron haciendoles mucha honrra a ellos y a los suyos, hasta que el rrey chiquito, en cuyo tiempo se ganó Granada, rreynó en ella, que se volvieron a sus casas y haciendas: los otros que quedaron en el Reyno, poco a poco los prendio el rrey, y dizen que de solo los abencerrajes degollo catorze, y de otros caballeros y hombres esforzados y nombrados por sus personas fueron, según dizen, ciento veinte y ocho, entre los quales mató uno del Albaicin, hombre muy esforzado...»[586].
Pero no eran estas inauditas crueldades las primeras del emir Abul-Hassán. Otras había perpetrado antes, conforme refiere Hernando de Baeza; y por ellas se explica una creencia tradicional todavía en la Alhambra, y enlazada en la fantasía del pueblo con la matanza de los abencerrajes. Siendo todavía príncipe, prendió al rey Muley Zad, competidor de su padre, «y lo truxo al Alhambra, y el padre le mandó degollar, y ahogar con una tovaja a dos hijos suyos de harto pequeña edad; y porque al tiempo que lo degollaron, que fue en una sala que está a la mano derecha del quarto de los Leones, cayó un poco de sangre en una pila de piedra blanca, y estuvo alli mucho tiempo la señal de la sangre, hasta hoy los moros y los cristianos le dixen a aquella pila la pila en que degollaban a los reyes»[587].
Ginés Pérez de Hita, aunque no habla de la mancha de sangre, dice que los treinta y seis abencerrajes fueron degollados en la cuadra de los Leones, en una taza de alabastro muy grande (Cap. XIII). En esto pudo engañarle su fantasía, porque es difícil admitir que los abencerrajes penetrasen hasta el cuarto de los Leones, que pertenece á la parte más reservada del palacio árabe, es decir, al harem[588].
En la novelita de Abindarraez y Jarifa, muy anterior á las Guerras Civiles de Granada (pues aun la refundición de Antonio de Villegas estaba hecha en 1551), se cuenta la matanza de los abencerrajes de un modo bastante próximo á la historia, sin hacer intervenir al rey Boabdil ni mentar para nada los amores de la Sultana ni el patio de los Leones. Verdad es que, en cambio, se hace remontar el suceso á la época de D. Fernando el de Antequera. Pero ya en este relato se ve á los abencerrajes presentados con la misma idealización caballeresca que en las novelas y en los romances posteriores[589].
Falta averiguar cómo pudo mezclarse el nombre de una reina de Granada en tal asunto, ajeno al parecer á toda influencia femenina. Pero creo que todo se aclara con este pasaje del juicioso y fidedigno historiador granadino Luis del Mármol Carvajal[590], que, aunque escribía á fines del siglo XVI, trabajaba con excelentes materiales: «Era Abil Hascén hombre viejo y enfermo, y tan sujeto a los amores de una renegada que tenia por mujer, llamada la Zoraya (no porque fuese este su nombre propio, sino por ser muy hermosa[591], la comparaban á la estrella del alba, que llamaron Zoraya), que por amor della había repudiado a la Ayxa, su mujer principal, que era su prima hermana, y con grandisima crueldad hecho degollar algunos de sus hijos sobre una pila de alabastro que se ve hoy dia en los alcazares de la Alhambra en una sala del cuarto de los Leones, y esto a fin de que quedase el reino a los hijos de la Zoraya. Mas la Ayxa, temiendo que no le matase el hijo mayor, llamado Abi Abdilehi o Abi Abdalá (que todo es uno), se lo habia quitado de delante, descolgandole secretamente de parte de noche por una ventana de la torre de Comares con una soga hecha de los alamaizares y tocas de sus mujeres; y unos caballeros llamados los Abencerrajes habían llevadole a la ciudad de Guadix, queriendo favorecerle, porque estaban mal con el Rey a causa de haberles muerto ciertos hermanos y parientes, so color de que uno dellos habia habido una hermana suya doncella dentro de su palacio; mas lo cierto era que los queria mal porque eran de parte de la Ayxa, y por esto se temia dellos. Estas cosas fueron causa de que toda la gente principal del reino aborreciesen a Abil Hacén y contra su voluntad trajeron de Guadix a Abi Abdilehi su hijo, y estando un dia en los Alixares le metieron en la Alhambra, y le saludaron por rey; y cuando el viejo vino del campo no le quisieron acoger dentro, llamandole cruel, que habia muerto sus hijos y la nobleza de los caballeros de Granada».
El testimonio de Mármol, que siempre merece consideración aun tratándose de cosas algo lejanas de su tiempo, aparece confirmado en lo sustancial por el del famoso compilador árabe Almacari[592] y por el de Hernando de Baeza, que habla largamente de la rivalidad entre las dos reinas, y como cliente que era de Boabdil, trata muy mal á la Romía (Zoraya), á la cual, por el contrario, tanto quiso idealizar Martínez de la Rosa en la erudita y soporífera novela que compuso con el título de Doña Isabel de Solís (1837-1846).
Lo que sólo aparece en Mármol, y casi seguramente procedo de una tradición oral, verdadera ó fabulosa, es la intervención de los abencerrajes en favor de la sultana Aixa, y el pretexto que se dió para su matanza, es decir, los amores de uno de ellos con una hermana del Rey. De aquí al cuento de Pérez de Hita no hay más que un paso; dos actos feroces de Abul-Hassán, confundidos en uno solo y transportados al reinado de su hijo: los abencerrajes, partidarios de una sultana perseguida; una aventura amorosa atribuida primero á la hermana de Abul-Hassán, después á su mujer y por último á su nuera. Ginés Pérez no pudo aprovechar el libro de Mármol, que no se imprimió hasta el año 1600, pero pudo oir contar cosas parecidas á algún morisco viejo, y sobre ellas levantó la máquina caballeresca de la acusación y del desafío, que pudo tomar de cualquiera parte, pero á la cual logró dar cierta apariencia histórica, mezclando nombres de los más famosos en Murcia y Andalucía, y especialmente los del mariscal D. Diego de Córdoba y D. Alonso de Aguilar, de quienes vagamente se recordaba que el Rey de Granada les había otorgado campo para algún desafío.
De este modo se explican para mí lisa y llanamente los orígenes de esta famosa narración. Otras muchas cosas de las Guerras Civiles de Granada proceden de fuentes poéticas; ésta no. Entre los romances fronterizos, uno sólo hay, el de «¡Ay de mi Alhama!» (de origen árabe, si hubiéramos de dar crédito á la declaración de Pérez de Hita), que alude rápidamente á la muerte de los abencerrajes, sin especificar la causa:
Mataste los Bencerrajes | que eran la flor de Granada.
Otros dos romances que trae el mismo Hita:
En las torres del Alhambra | sonaba gran vocerío... Caballeros granadinos, | aunque moros hijosdalgo...
son composiciones modernas, y probablemente suyas, hechas para dar autoridad á su prosa[593].
La mayor originalidad del libro de Pérez de Hita consiste en ser una crónica novelesca de la conquista de Granada, tomándola, no desde el real de los cristianos, sino desde el campo musulmán y la ciudad cercada. La discordia interior; está pintada con energía, y en el color local hay de todo: verdadero y falso. Los moros de Ginés Pérez de Hita, galantes, románticos y caballerescos, alanceadores de toros, jugadores de sortija, «blasonados de divisas como un libro de Saavedra»[594], según la chistosa expresión del Conde de Circourt, son convencionales en gran parte y no dejan de prestarse á la parodia y á la caricatura con sus zambras y saraos, sus marlotas y alquiceles, que allá se van con los cándidos pellicos y zampoñas de los pastores de las églogas. Pero en la novedad de su primera aparición resultaban muy bizarros y galanes; respondían á una generosa idealización que el pueblo vencedor hacía de sus antiguos dominadores, precisamente cuando iban á desaparecer del suelo español las últimas reliquias de aquella raza. Moros más próximos á la verdad hubieran agradado menos, y el éxito coronó de tal modo el tipo creado por Ginés Pérez de Hita y por los autores de romances moriscos, que se impuso á la fantasía universal, y hoy mismo, á pesar de todos los trabajos de los arabistas, es todavía el único que conocen y aceptan las gentes de mundo y de cultura media en España y en Europa. Esos moros son los del Romancero General, los de las comedias de Lope de Vega y sus discípulos, los de la fiesta de toros de Moratín el padre[595], los de las novelas sentimentales de Mademoiselle de Scudéry (Amahide) y de Madame de Lafayette (Zaïde)[596], los del caballero Florián en su empalagoso y ridículo Gonzalo de Córdoba, los de Chateaubriand en el Último Abencerraje[597], los de Washington Irving en su crónica anovelada de la conquista de Granada[598], los de Martínez de la Rosa en Doña Isabel de Solís y en Moraima[599]; son los moros de toda la literatura granadina anterior al poema de Zorrilla, donde la fantasía oriental toma otro rumbo, poco seguido después. Una obra como la de Hita, que con tal fuerza ha hablado á la imaginación de los hombres por más de tres centurias y ha trazado tal surco en la literatura universal, por fuerza ha de tener condiciones de primer orden. La vitalidad épica, que en muchas partes conserva; la hábil é ingeniosa mezcla de la poesía y de la prosa, que en otras novelas es tan violenta y aquí parece naturalísima; el prestigio de los nombres y de los recuerdos tradicionales, vivos aún en el corazón de nuestro pueblo; la creación de caracteres, si no muy variados, interesantes siempre y simpáticos; la animación, viveza y gracia de las descripciones, aunque no libres de cierta monotonía, así en lo bélico como en lo galante; la hidalguía y nobleza de los afectos; el espíritu de tolerancia y humanidad con los enemigos; la discreta cortesía de los razonamientos; lo abundante y pintoresco del estilo, hacen de las Guerras Civiles de Granada una de las lecturas más sabrosas que en nuestra literatura novelesca pueden encontrarse.
Pero sobre las excelencias de su dicción, más expresiva que correcta y limada (porque al fin Ginés Pérez no era un retórico, sino un pobre soldado de mucha fantasía y mucho sentido poético), conviene rectificar una creencia admitida muy de ligero y fundada en un error ó más bien en una honesta superchería: «Una de las singularidades que más admiramos en Ginés Pérez de Hita (dice Aribau y han repetido otros) es que si se toma cualquier pasaje de su obra, nos parecerá escrito modernamente por una diestra pluma, después que el lenguaje ha participado del progreso de los conocimientos en materias ideológicas. Parece que adivinó el modo con que habían de hablar los españoles más de dos siglos después que él: rara palabra de las que usa se ha anticuado».
Hay una equivocación profunda en estas palabras del distinguido colector de los novelistas anteriores á Cervantes. Sin duda por no haber manejado ninguna edición antigua de las Guerras Civiles cayó Aribau cándidamente en el lazo tendido por la experta mano del que cuidó de la reimpresión hecha por Amarita en 1833, y fué según mis noticias D. Serafín Estebánez Calderón. Es un texto el suyo completamente refundido y modernizado, sobre todo en la segunda parte, como ha advertido recientemente D. Rufino J. Cuervo[600]. Á esta versión así retocada, que es también la de la Biblioteca de Autores Españoles, le cuadran las palabras de Aribau; á la primitiva y auténtica no, porque Ginés Pérez peca muchas veces de desaliñado, y su estilo no es ni más ni menos moderno que el de cualquier contemporáneo suyo. Escribe en la excelente lengua de su tiempo, sin género de adivinación alguna.
La segunda parte carece del interés novelesco de la primera, y sin duda por eso fué reimpresa muy pocas veces y llegó á ser libro rarísimo[601]. Las poéticas tradiciones de los últimos tiempos del reino de Granada tenían que interesar más que las atrocidades de una rebelión de salteadores, en que las represalias de los cristianos estuvieron á la altura de la ferocidad de los moriscos. Con ser tan grandes las cualidades de narrador en Ginés Pérez de Hita, tenía que perjudicarle la inferioridad de la materia. Además, los romances que esta segunda parte contiene, escritos casi todos por él mismo, son meras gacetas rimadas, que repiten sin ventaja alguna lo que está dicho mucho mejor en la prosa[602]. Aun en ésta abusa demasiado de las arengas militares, y no faltan imitaciones, traídas con poco tino, de los poemas épicos de Virgilio y Ercilla (el combate de Dares y Entelo, la prueba del tronco); pero hay trozos bellísimos, como la patética historia del Tuzani de la Alpujarra, donde encontró Calderón el argumento de su drama Amar después de la muerte. Por lo ameno y florido, el primer libro de las Guerras Civiles se llevará siempre la palma, pero nada hay en él que iguale á la arrogante semblanza del hercúleo marqués de los Vélez D. Luis Fajardo, que se lee en el capítulo IV de la Segunda parte. Bastaría esta página estupenda, que oscurece á las mejores de Guzmán y Pulgar, para poner á Ginés Pérez de Hita en primera línea entre los escritores españoles que han poseído en más alto grado el don de pintar con palabras y de dar vida perenne á las criaturas humanas cuyos hechos escriben[603].
Una idealización algo semejante á la que Ginés Pérez de Hita hizo de la historia granadina, imponiéndosela al mundo entero, tenemos respecto de la primitiva historia del Perú en los Comentarios Reales del Inca Garcilaso de la Vega[604], obra que participa tanto del carácter de la novela como del de la historia, y que no sólo por lo pintoresco y raro de su contenido, sino por las singulares circunstancias de la persona de su autor, excitó en alto grado la curiosidad de sus contemporáneos y ha seguido embelesando á la posteridad. Garcilaso era el primer escritor americano de raza indígena que hacía su aparición en la literatura española. Nacido en el Cuzco en 1540, no era criollo, sino mestizo, hijo de un conquistador y de una india principal descendiente de Huayna Capac, y no estaba menos ufano de su ascendencia materna que de la paterna, gustando de anteponer el regio título de Inca á su muy castizo apellido[605]. Su educación había sido enteramente española y muy esmerada: desde los veinte años residió en la Península, pasando en Córdoba la mayor parte de su vida; pero por la ingenuidad del sentimiento y la extraordinaria credulidad, conservaba mucho de indio. Algo tardíamente se manifestó su vocación literaria, acaso porque en su juventud gustaba más, como él dice, «de arcabuces y de criar y hacer caballos que de escribir libros»; pero sus dotes de excelente prosista campean ya en la valiente versión que en 1590 publicó de los célebres Diálogos de Amor de León Hebreo, mejorando en gran manera la forma desaliñada del texto italiano, que es traducción, al parecer, de un original español perdido. Pero la celebridad de Garcilaso, como uno de los más amenos y floridos narradores que en nuestra lengua pueden encontrarse, se funda en sus obras historiales, que mejor calificadas estarían (sobre todo la segunda) de historias anoveladas, por la gran mezcla de ficción que contienen: «La Florida del Inca o Historia del Adelantado Hernando de Soto»; los «Comentarios Reales que tratan del origen de los Incas, reyes que fueron del Perú; de su idolatría, leyes y gobierno en paz y en guerra, de sus vidas y conquistas, y de todo lo que fue aquel Imperio y su República antes que los españoles pasaran á él»; la «Historia general del Perú, que trata el descubrimiento de él y cómo lo ganaron los españoles; las guerras civiles que hubo entre Pizarros y Almagros sobre la partija de la tierra; castigo y levantamiento de los tyranos, y otros sucesos particulares».