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Orígenes de la novela, Tomo I

VI

Reading edition

Novela sentimental; sus orígenes; influencia de Boccaccio y Eneas Silvio.—Juan Rodríguez del Padrón («El siervo libre de amor»).—Diego de San Pedro («Cárcel de amor». «Tratado de Arnalte y Lucenda»).—«Cuestión de amor», de autor anónimo.—Juan de Flores («Grisel y Mirabella». «Grimalte y Gradissa»).—Otras novelas del mismo estilo.—Juan de Segura («Proceso de cartas de amores»).—Hernando Díaz («Historia de los amores de Peregrino y Ginebra»).—Novela bizantina de aventuras.—Influencia de Heliodoro y Aquiles Tacio.—Alonso Núñez dé Reinoso («Clareo y Florisea»).—Jerónimo de Contreras («Selva de aventuras»).

Simultáneamente con los libros de caballerías floreció, desde mediados del siglo XV, otro género de novelas, que en parte se deriva de él y conserva muchos de sus rasgos característicos, pero en parte acaso mayor fué inspirado por otros modelos y responde á un concepto de la vida muy diverso. Tal es la novela erótico-sentimental, en que se da mucha más importancia al amor que al esfuerzo, sin que por eso falten en ella lances de armas, bizarrías y gentilezas caballerescas, subordinadas á aquella pasión que es alma y vida de la obra, complaciéndose los autores en seguir su desarrollo ideal y hacer descripción y anatomía de los afectos de sus personajes. Es, pues, una tentativa de novela íntima y no meramente exterior como casi todas las que hasta entonces se habían compuesto, y aunque no produjo, ni podía producir, obras maestras, porque no habían llegado todavía los tiempos del análisis psicológico, dejó algunas curiosas muestras de retórica apasionada y trajo á nuestra prosa un nuevo é importante elemento.

Ya algunas novelas cortas venidas del francés ó del provenzal, como Flores y Blancaflor, Paris y Viana, Pierres y Magalona, preparan y anuncian la aparición de este género; pero son todavía novelas de aventuras, aunque sencillas y tiernas, no son novelas propiamente afectivas. Los verdaderos ó inmediatos modelos de la novela erótica hay que buscarlos en Italia. Ignorado como lo estuvo siempre de los cristianos el precioso tratado de los amores del cordobés Aben-Hazam, no hay duda que el primer libro subjetivo ó íntimo de las literaturas modernas, el primer análisis detallado y profundo de la pasión amorosa es la Vita Nuova del gran Alighieri, donde la autobiografía sentimental del sumo poeta está mezclada con el comentario de algunos de sus sonetos, baladas y canciones. Pero no obstante lo muy admirado é imitado que fué Dante en la literatura española del siglo XV, no parece que este librito suyo fuese tan familiar á nuestros ingenios como la Divina Comedia. No le encuentro citado en parte alguna, aunque el Marqués de Santillana poseyó un códice, y sólo en la novela catalana de Curial y Guelfa (lib. I, p. 64) se encuentra una imitación de la maravigliosa visione del corazón comido, que está en él capítulo III de la Vita Nuova.

En cambio fué extraordinariamente leída la Fiammetta de Juan Boccaccio, curiosísimo ensayo de psicología femenina, larga elegía de amor puesta en boca de la protagonista, que es, con transparente disfraz, la hija natural del rey Roberto de Nápoles, María de Aquino, de cuyos amores con el poeta de Certaldo queda tanta memoria en otras obras suyas, tales como el Filostrato y la Amorosa Visione. Los defectos que la Fiammetta tiene para el gusto de ahora; su estilo redundante y ampuloso lleno de rodeos y circunloquios; su afectación retórica y ciceroniana, que desde las primeras páginas empalaga; el pedantesco abuso de citas y reminiscencias clásicas, no lo eran para los contemporáneos y parecían otros tantos primores. Nuestros prosistas del siglo XV la tuvieron en gran estima, procuraron imitarla, y no sólo en la Cárcel de Amor y en los libros de Juan de Flores, sino en la parte seria y trágica de la Celestina se ven las huellas de este modelo de tan dudosa belleza. Las pedanterías que dice Melibea al encerrarse en la torre y resuelta ya á despeñarse; las lamentaciones de sus padres Pleberio y Alisa, parecen trozos de la Fiammetta. Pero si influyó por sus defectos, influyó también por sus cualidades, que son admirables, especialmente por la penetración psicológica, que Boccaccio tuvo en alto grado, y aplicó antes que ningún moderno al estudio del alma de la mujer, llegando en algunos momentos de expresión apasionada á emular Fiammeta, despechada por el abandono de su amador Pamphilo, las inmortales quejas de la Dido virgiliana y de la Ariadna de Catulo. Los lunares que esta obra tiene, como todas las demás latinas é italianas de Boccaccio (exceptuado sólo, y no totalmente, el Decameron), son propios de la cultura todavía imperfecta del primer Renacimiento, que conservaba muchos restos de barbarie; pero lo que tiene de genio novelístico, de impulso juvenil, de potencia gráfica, de opulenta ejecución y sobre todo de pintura de afectos y situaciones patéticas, le pertenece á él solo; apareció en sus libros por primera vez y le pone, en el orden de los tiempos, á la cabeza de los novelistas modernos.

Nada más fácil que encontrar citas de la Fiammetta en los autores españoles del siglo XV; basten por todas una castellana de D. Iñigo López de Mendoza, y otra catalana del comendador Rocaberti. Sabido es que en la Comedieta de Ponza del Marqués de Santillana es Boccaccio uno de los interlocutores, y á él se dirige la reina viuda de Aragón doña Leonor, aludiendo al capítulo III de su novela con estas palabras:

E como Fiameta con la triste nueva Que del peregrino le fue reportada, Segunt la tu mano registra e aprueva, La mas fiel d'aquellas no poco turbada...

Entre la procesión de célebres enamorados que desfila por los tercetos del poema alegórico de Rocaberti intitulado Comedia de la gloria de amor, figuran Pánfilo y Fiammetta:

O nobla Fiameta Lo teu gran dol a planyer m'a vençut, Sobres dolor la pensa m'a costreta.

En ambas lenguas fué traducida la Fiammetta dentro del siglo XV. De la versión catalana[445] existe en el Archivo de la Corona de Aragón un códice procedente del monasterio de San Cucufate del Vallés, escrito con tinta tan corrosiva que le va destruyendo á toda prisa, por lo cual urge su publicación. La traducción castellana, de la cual se conserva un códice en el Escorial, fué impresa tres veces, por lo menos, en 1497, 1523 y 1541, ediciones todas de gran rareza por haberlas prohibido el Santo Oficio[446].

Notable influencia ejerció en el desarrollo de nuestra novela amatoria otro libro ó más bien fragmento de libro de Boccaccio, es á saber, las trece cuestiones de la cuarta parte del Filocolo, traducidas y publicadas con el impropio título de Laberinto de Amor, que sólo conviene á otra obra del mismo autor llamada más frecuentemente el Corvacho. Cuando por primera vez se imprimió anónima esta traducción en Sevilla (1546), el intérprete declaró de esta manera el origen del libro: «Leyendo por mi pasatiempo el verano pasado un libro en lengua toscana, que se llama Filoculo, que quiere decir tanto como Fatiga de Amor, el cual compuso el famoso Juan Bocacio a instancia de Madama Maria, hija del rey Ruberto de Napoles, entre muchas materias subtiles de Amor que la Historia trata, hallé trece cuestiones que se propusieron delante della en una fiesta, seyendo elegida de todos los que la celebraban Reina para que las determinase. Y paresciendome bien, acordé de traducirlas en nuestro romance castellano...»[447].

Aquel mismo año, y en Toledo, se hizo nueva y más correcta edición de las Trece questiones, suprimido ya el impropio título de Laberinto, y declarando el nombre del traductor, que fué el canónigo D. Diego López de Ayala, asistido en pequeña parte por el capitán Diego de Salazar. Todo ello consta en una advertencia de Blasco de Garay al lector: «Entrando cierto dia... a visitar y besar las manos al muy Reverendo y Magnifico señor don Diego López de Ayala, vicario y canónigo de la Santa Iglesia de Toledo, y Obrero della, sucedio que como me metiese (segun su costumbre de rescebir sabrosamente a los estudiosos de las letras) en su libreria y encomenzase a comunicar algunas obras raras que habia en ella, topé acaso con un libro de mano que contenia Trece Cuestiones muy graciosas, sacadas y vueltas en nuestro romance de cierta obra toscana llamada El Filoculo... De las cuales haciendo yo la cata por diversas partes, encomenzaronseme a encender las orejas de calor con la pureza de su estilo: tanto que no pude dexar luego de preguntar quién habia sido el autor de tan suave clareza. El cual, dubdoso entre conceder y negar, trahiame suspenso con respuestas que me obligaban a ser adivino. Una cosa se me declaró luego por cierta, los sumarios de las preguntas que iban en metro o copulas (sic) por hablar más castellano, haberlas compuesto Diego de Salazar que primero fue capitan, y al fin Hermitaño, varon en verdad el más suficiente en aquella arte, asi de improviso como de pensado, que jamas tuvo nuestra España... Pero como los tales sumarios en el dicho libro fuesen lo accesorio y de menos importancia (aunque en sí muy buenos), no cesé de querer saber adelante quién habia compuesto tan elegante y polida castellana prosa. Y por la negativa que se me hizo de muchos que yo reputaba haberla compuesto (aunque siempre me parecía exceder la obra á la opinion mia), conosci en fin la afirmativa, que era ser el verdadero interprete del tal libro el dueño en cuyo poder estaba. Del cual, porque no caresciese nuestra lengua moderna de semejantes riquezas, no con poca instancia trabajé que consintiese sacarle a luz, pues tan digno era de ella, puesto que ya a hurtadas se le habia otro antes divulgado. Y como a la sazon no le hallase título, pusole el que a él mejor le parescio, llamandole Laberinto de Amor de Juan Bocacio; como el Laberinto sea libro distinto del Filocolo, aunque todos de un mismo autor. Asimismo sacóle muy vicioso, como cosa de rebato hurtada. Agora, pues, amigo lector, os le damos correctisimo y con la ultima lima de su autor afinado»[448].

Los dos escritores mencionados en esta advertencia son bastante conocidos: el canónigo Ayala como traductor de la Arcadia de Sannazaro, y el capitán Salazar, como traductor de Apiano y otros historiadores clásicos, y traductor también, ó por mejor decir plagiario, del Arte de la Guerra de Maquiavelo, que se apropió con pocos cambios en su diálogo De Re Militari, disimulando el nombre del autor original.

Alfonso de Ulloa, infatigable editor de libros españoles en Venecia, puso las Trece Cuestiones del Filocolo al fin de la Cuestión de Amor, que estudiaré después; y en efecto, el parentesco de ambos libros salta á la vista, aunque la Cuestión española tiene un desarrollo novelesco mucho más amplio y un carácter histórico muy original. Pero el problema de casuística amatoria es del mismo género que los que se debaten en el Filocolo. Ambas obras tienen por teatro la corte de Nápoles, y reflejan las costumbres aristocráticas de sus saraos, que en esta parte continuaban la tradición de las tensones y jocs partits de Provenza y Francia. Tienen mucha importancia en el arte novelesco de Boccaccio estas Cuestiones, porque el episodio en que están introducidas se parece mucho al cuadro general del Decameron[449] y dos de ellas son verdaderas novelas que reaparecen luego en esta colección (la cuarta y la quinta de la décima jornada, es á saber la del jardín mágico y la de la dama enterrada en vida).

Además de las obras de Boccaccio creemos que influyó en nuestros novelistas sentimentales, y especialmente en Diego de San Pedro, una singular narración latina de autor italiano, que tanto por su mérito intrínseco como por la calidad de la persona del autor, tuvo en el siglo XV una celebridad extraordinaria. Me refiero á la Historia de duobus amanibus Eurialo et Lucretia, que el egregio humanista de Siena, Eneas Silvio Piccolomini, futuro Papa con el nombre de Pío II, compuso en 1444, cuando no había pasado de las órdenes menores; obra que fué para él (lo mismo que su comedia Chrysis y otros ensayos juveniles suyos) motivo de grave remordimiento cuando llegó á ocupar la cátedra de San Pedro, moviéndole á exclamar con honda compunción Æneam rejicite, Pium suscipite. La recomendación no fué oída: al contrario, el nombre del autor acrecentó lo picante del libro; la Historia de Eurialo y Lucrecia fué impresa en latín más de veinte veces antes de acabar el siglo XV, y traducida á las principales lenguas vulgares, entre ellas al castellano[450].

Era Eneas Silvio gran admirador de Boccaccio, á quien se parece algo como geógrafo, historiador y polígrafo. En la novela de Eurialo y Lucrecia le imita manifiestamente, y aunque tiene pasajes tan lúbricos como cualquiera de los relatos más inhonestos del Decameron, predomina el tono sentimental y romántico, lo cual aproxima más esta obrita al tipo de la Fiammetta. El estilo es muy otro: retórico también y lleno de exclamaciones, pero vivo, rápido, animadísimo, como cuadra á los movimientos desordenados y febriles de la pasión; es, en suma, obra maestra de una latinidad refinada y voluptuosa. Á los recursos artísticos empleados por Boccaccio agrega Eneas Silvio el empleo de la forma epistolar: parte de la novela está en cartas entre los dos amantes; nuevo y poderoso medio de análisis afectivo, mucho más natural que el de los soliloquios empleado por Boccaccio. Ya veremos que el autor castellano de Arnalte y Lucenda y de Leriano y Laureola fué de los primeros que adoptaron esta feliz innovación. Ojalá hubiese imitado también al futuro Pontífice en el interés profundamente histórico y humano que éste había dado á su narración, fundada en un suceso realmente acaecido en Siena cuando entró en ella el emperador Segismundo. Un alemán y una italiana son los héroes de este sencillísimo cuento de amores, el cual en todos sus detalles revela aquella fina observación que da tanto precio á muchos pasajes de las epístolas y de las historias de Eneas Silvio, escritor enteramente moderno cuando describe países ó costumbres.

Entre los primeros maestros de la psicología erótica que fueron aquí leídos é imitados, creo que debe incluirse también al florentino León Bautista Alberti, uno de aquellos genios universales y enciclopédicos que el Renacimiento produjo, una especie de prefiguración de Leonardo de Vinci. Pequeña cosa parecen en el cuadro de su portentosa actividad estética y científica los dos diálogos Ecatonfila y Deifira, el primero. de los cuales enseña el ingenioso arte de amar y el segundo exhorta á huir del amor mal comenzado[451]. Pero aquí debe hacerse mención de ellos, porque fueron traducidos al catalán en el siglo XV[452] y porque alguna relación tienen con la Fiammetta, aunque más bien pertenecen á aquel género de platonismo erótico que tiene en el libro del hebreo español Judas Abarbanel su más curioso monumento. Pero de esa philographia ó doctrina del amor y la hermosura he discurrido largamente en otra parte[453]. bastando recordar aquí el lazo que une estos conceptos alejandrinos renovados en Florencia con la literatura cortesana del siglo XVI, con la poesía lírica y con las novelas sentimentales y pastoriles que fueron su reflejo.

Pero no adelantemos especies que luego se verán confirmadas. Los libros españoles de que voy á tratar se escribieron durante un período de dos siglos, y no todos obedecen á las mismas influencias, aunque en todos ellos persiste el tipo esencial y orgánico, mezcla de caballeresco y erótico, combinación del Amadís y de la Fiammetta. Por lo demás, estas producciones tienen mucho de original é interesante, y su corto volumen y la variedad de los motivos poéticos que tratan las hacen más amenas y de más fácil digestión que los libros de caballerías.

La más antigua, y una de las más interesantes, es la de Juan Rodríguez del Padrón, último trovador de la escuela gallega, paisano y amigo de Macías, á quien parece que se propuso imitar en los amores, ya que no en la muerte:

Si te place que mis dias Yo fenezca mal logrado Tan en breve, Plegate que con Macias Ser meresca sepultado; Y decir debe Do la sepultura sea: Una tierra los crió, Una muerte los levó, Una gloria los possea.

Su reputación poética, cifrada hasta ahora en pocos y medianos versos, aunque sencillos y á veces tiernos, habría de subir al más alto punto si realmente fuese autor de los bellísimos romances del Conde Arnaldos, de la Infantina y de Rosa Florida, que un manuscrito del Museo Británico le atribuye[454]; pero aun concediendo (lo que para nosotros no es dudoso) que un poeta cortesano del tiempo de D. Juan II pudiera alcanzar en algún momento feliz esa plenitud de inspiración, las lecciones que el manuscrito de Londres da son de tal modo inferiores á los textos impresos, que si Juan Rodríguez las compuso realmente, no puede ser tenido por autor original de estos romances, sino por refundidor bastante torpe.

Su prosa vale más que sus versos, y su biografía y su leyenda, todavía muy oscuras, interesan más que sus versos y su prosa. La novela que vamos á examinar encierra sin duda una parte de las confesiones del propio poeta. Titúlase este libro, inédito hasta nuestros días[455], El siervo libre de amor, y está dedicado á Gonzalo de Medina, juez de Mondoñedo. Divídese alegóricamente en tres partes, cuyo sentido declara el autor en el proemio: «El siguiente tratado es departido en tres partes principales, según tres diversos tiempos que en sy contiene, figurados por tres caminos y tres arbores consagrados, que se refieren a tres partes del alma, es a saber, al corazon y al libre albedrio y al entendimiento, e a tres varios pensamientos de aquellos. La primera parte prosigue el tiempo que bien amó y fue amado: figurado por el verde arrayan, plantado en la espaciosa via que dicen de bien amar, por do siguio el corazon en el tiempo que bien amaba. La segunda refiere el tiempo que bien amó y fue desamado: figurado por el arbor del paraiso, plantado en la desciente via que es la desesperacion, por do quisiera seguir el desesperante libre albedrio. La tercera y final trata el tiempo que no amó ni fue amado: figurado por la verde oliva, plantada en la muy agra y angosta senda, que el siervo entendimiento bien quisiera seguir...».

En esta obra, de composición algo confusa y abigarrada, hay que distinguir dos partes: una novela íntima, cuyo protagonista es el autor mismo, y otra novela, entre caballeresca y sentimental, que es la Estoria de los dos amadores Ardanlier é Liessa, en la cual no negamos que pueda haber alguna alusión á sucesos del poeta, pero que en todo lo demás parece un cuento de pura invención, exornado con circunstancias locales y con reminiscencias de algún hecho histórico bastante cercano á los tiempos y patria del autor.

Á diferencia de los demás libros de su clase, que se desenvuelven en una atmósfera fantástica, la novela de Juan Rodríguez está llena de recuerdos de su tierra natal, notados con toda precisión topográfica. Las principales escenas pasan en las cercanías de la villa del Padrón, probablemente en la Rocha. Se menciona la puerta de Morgadan que «muestra la via por la ribera verde a la muy clara fuente de la selva, y el nuevo templo de la diosa Vesta, en que reinaba la deesa de amores contraria de aquélla», ó sea la iglesia de Santa María de Iria, edificada sobre las ruinas de la que en tiempo de los romanos fué templo de Vesta. No se contenta el novelista con las grandes hazañas que su héroe consuma en la corte del Emperador, en Hungría, Polonia y Bohemia, sino que le trae para mayores aventuras «a las partes de Iria, riberas del mar Oceano, a las faldas de una montaña desesperada, que llamaban los navegantes la alta Crystalina, donde es la vena del albo crystal, señorio del muy alto principe glorioso, excelente y magnifico rey de España». Allí escoge un paraje en la mayor soledad, y haciendo venir «muy sotiles geometricos», les manda romper por maravilloso arte «una esquiva roca, dentro de la cual obraron un secreto palacio rico, fuerte, bien labrado, y a la entrada un verde, fresco jardin, de muy olorosas yervas, lindos, fructiferos arboles, donde solitario vivia», entregado á los deportes de la caza. Este secreto palacio, donde se desata la principal acción de la novela con el trágico fin de los dos leales amadores Ardanlier y Liessa, es «el que hoy dia llaman la Roca del Padron, por sola causa del padron encantado, principal guarda de las dos sepulturas que hoy dia perpetuamente el templo de aquella antigua cibdad, poblada de los caballeros andantes en peligrosa demanda del palacio encantado, ennoblecen; los quales, no pudiendo entrar por el encantamiento que vedaba la entrada, armaban sus tiendas en torno de la esquiva Rocha, donde se encierran las dos ricas tumbas, y se abren por maravilla al primero de Mayo, e a XXIV y XXV de Junio y Julio, a las grandes compañas de los amadores que vienen de todas naciones a la grand perdonanza que en los tales dias los otorga el alto Cupido, en visitacion y memoria de aquellos. E por semblante via fue continuado el sytio de aquellos cavalleros, principes y gentiles omes e fue poblado un gracioso villaje, que vino despues a ser gran cibdad, segund que demuestran los sus hedificios... A la parte siniestra miraba aquella nombrada fuente de los Azores, donde las lindas aves de rapiña, gavilanes, azores, melyones, falcones del generoso Ardanlier, acompañados de aquellas solitarias aves que en son de planto cantan los sensibles lays, despues de vesitadas dos veces al dia las dos memoradas sepulturas, descendian tomar el agua, segun fazer solian en vida del grand cazador que las tanto amaba: e cebandose en la escura selva, guardaban las aves domesticas del secreto palacio, que despues tornaron esquivas, silvestres, en guisa que de la Naya, y de las arboledas de Miraflores salen hoy dia esparveres, azores gentiles y pelegrynos, falcones que se cevan en todas raleas, salvo en gallinas y gallos monteses, que algunos dizen faysanes, conociendolas venir de aquellas que fueron criadas en el palacio encantado, en cuyas faldas, no tocando al jardin o vergel, pacian los coseres, portantes de Ardanlier, despues de su fallecimiento, e las lindas hacaneas, palafrenes de las fallecidas Liessa e Irena y sus dueñas e donzellas; que vinieron despues en tanta esquividad y braveza, que ninguno, por muy esforzado, solo, syn armas, osaba passar a los altos bosques donde andaban. En testimonio de lo qual hoy dia se fallan caballos salvajes de aquella raza en los montes de Teayo, de Miranda y de Bujan, donde es la flor de los monteros, ventores, sabuesos de la pequeña Francia (Galicia), los quales afirman venir de los tres canes que quedaron de Ardanlier».

Bien se perdonará lo extenso de la cita, si se considera lo raro que es encontrar en toda la literatura caballeresca, un paisaje que no sea enteramente quimérico, y tenga algunas circunstancias tomadas del natural. Juan Rodríguez del Padrón es el primero de nuestros escritores en quien, aunque vagamente, comienza á despuntar el sentimiento poético de la naturaleza, y no es ésta la menor singularidad de sus obras.

Pero aun lo es más la nota personal é íntima que hay en ellos. Su novela contiene, en cifra que para los contemporáneos debió de ser clara, la historia de unos desventurados amores suyos. Teatro de estos amores fué la corte de Castilla, que Juan Rodríguez frecuentó, después de haber vivido en la domesticidad del Cardenal D. Juan de Cervantes, á quien probablemente acompañó en su viaje al Concilio de Basilea. Corre en muchos libros la especie, no documentada, pero sí muy probable, de que fué paje de don Juan II. Sólo este cargo ú otro análogo pudo darle entrada en la corte, puesto que á pesar de su hidalguía y de sus pretensiones heráldicas era persona bastante oscura. Entonces puso los ojos en él una grand señora, de tan alta guisa y de condición y estado tan superiores al suyo, que sólo con términos misteriosos se atreve á dar indicio de quién fuese y de los palacios y altas torres en que moraba. El analista de la Orden de San Francisco, Wadingo, dijo ya que Juan Rodríguez había sido engañado artificiosamente por una dama de palacio (artificiosè a regia pedisequa delusus). Mil referencias hay en El siervo libre de amor á esta misteriosa historia, aunque se ve en el autor la firme resolución de no decirlo todo, por pavor y vergüenza. «Esfuerzate en pensar, (dice á su amigo el juez de Mondoñedo), lo que creo pensarás: yo aver sido bien afortunado, aunque agora me ves en contrallo; e por amor alcanzar lo que mayores de mi deseaban... desde la hora que vi la gran señora (de cuyo nombre te dirá la su epístola) quiso enderezar su primera vista contra mí, que en sólo pensar ella me fue mirar, por symple me condenaba, e cuanto más me miraba, mi simpleza más y más confirmaba; si algun pensamiento a creer me lo inducia, yo de mí me corria, y menos sabio me juzgaba... ca de mí ál non sentia, salvo que la grand hermosura e desigualdad de estado la fazia uenir en acatamiento de mí, porque el más digno de los dos contrarios más claro luciese en vista del otro, e por consiguiente la dignidad suya en grand desprecio menoscabo de mí, que quanto más della me veia acatado, tanto más me tenia por despreciado, e quanto más me tenia por menospreciado, más me daba a la gran soledad, maginando con tristeza...».

Á través de este revesado estilo, bien se deja entender que la iniciativa partió de la señora, avezada sin duda á tales ardimientos, y que Juan Rodríguez, haciendo el papel del Vergonzoso en palacio, incierto y dudoso al principio de que fuese verdad tanta dicha, acabó por dejarse querer como vulgarmente se dice, y «la prendió por señora, y juró su servidumbre». La muy generosa señora cada día le mostraba más ledo semblante. «E quanto más mis servicios la cautivaban, mas contenta de mí se mostraba, y a todas las señales, mesuras y actos que pasaba en el logar de la fabla, el Amor le mandaba que me respondiesse... E yo era a la sazon quien de placer entendia de los amadores ser más alegre, y bien afortunado amador, y de los menores siervos de amor más bien galardonado servidor». Cuando en tal punto andaban las cosas, y creía que se le iban abrir las puertas de aquel encantado paraíso (si es que ya para aquel tiempo no le habían sido franqueadas de par en par, como sin gran malicia puede sospecharse), perdióle al poeta el ser muy suelto de lengua y hacer confianza de un amigo suyo, que al principio no quiso creer palabra de lo que le contaba y luego acabó por darle un mal consejo. «El qual, syn venir en cierta sabiduria, denegóme la creencia, e desque prometida, vino en grandes loores de mí, por saber yo amar y sentir yo ser amado de tan alta señora, amonestandome por la ley de amistad consagrada, no tardar instante ni hora enviarle una de mis epistolas en son de comedia, de oracion, peticion o suplicacion, aclaradora de mi voluntad... Por cuya amonestacion yo me di luego a la contemplacion, e sin tardanza al dia siguiente, primero de año, le envié ofrecer por estrenas la presente, en romance vulgar firmada:

Recebid alegremente, Mi señora, por estrenas La presente. La presente cancion mia Vos envía, En vuestro logar de España, A vos y a vuestra compaña Alegria. E por más ser obediente, Mi corazon en cadenas Por presente...».

En respuesta á estas estrenas ó aguinaldo recibió un ledo mensaje, por el cual le fué prometido logar a la fabla y merced al servicio. Es tan malo y estragado el único texto que poseemos de la novela, que apenas se puede adivinar cómo acabó la aventura, ni en qué consistió la deslealtad de que acusa al amigo. Lo que resulta claro es que la muy excelente señora llegó á entender que su galán había quebrado el secreto de sus amores, y se indignó mucho contra Juan Rodríguez, arrojándole de su presencia. Entonces él, lleno de temor y de vergüenza, se retrajo al templo de la gran soledat, en compañia de la triste amargura, sacerdotisa de aquélla, y desahogó sus tristezas en la prosa y versos de este libro, haciendo al mismo tiempo tan duras penitencias como Beltenebros en la Peña Pobre ó D. Quijote en Sierra Morena. «Enderezando la furia de amor a las cosas mudas, preguntaba a los montaneros, e burlaban de mí; a los fieros salvajes, y no me respondian; a los auseles que dulcemente cantaban, e luego entraban en silencio, e quanto más los aquexaba, más se esquivaban de mí». Algunas de estas canciones pone en El siervo, entre ellas una escrita en variedad de metros, como lo exigía la locura de amor del poeta y lo romántico de sus afectos.

Así anduvo «errando por las malezas, hasta que se falló ribera del grand mar, en vista de una grand urca de armada, obrada en guisa de la alta Alemaña, cuyas velas... escalas e cuerdas eran escuras de esquivo negror». Allí venía por mestresa una dueña anciana, vestida de negro, acompañada de siete doncellas, en quienes fácilmente se reconoce á las siete virtudes. Una de ellas, la muy avisada Synderesis, recoge al poeta en su esquife, y es de suponer que le devolviera el juicio perdido, porque aquí acaba la novela, en la cual indudablemente falta algo.

Si levantamos el velo alegórico y prescindimos de oscuridades calculadas, que se acrecientan por el mal estado de la copia, apenas se puede dudar de que el fondo de la narración sea rigurosamente autobiográfico. De lo que no es fácil convencerse, á pesar de las protestas del poeta, es de lo platónico de tales amores. El temor de la muerte pavorosa, que amaga al poeta con el trágico fin de Macías; el misterio en que procura envolver todos los accidentes del drama, y la antigua tradición consignada al fin de la Cadira del honor, que le supone desnaturado del reyno á consecuencia de estos devaneos, son indicios de una pasión ilícita y probablemente adúltera, como solían serlo los amoríos trovadorescos. Así se creía en el siglo XVI, cuando un autor ingenioso, y que seguramente había leído El siervo libre de amor, forjó sobre los amores de Juan Rodríguez una deleitable y sabrosa, aunque algo liviana, novela, del corte de los mejores cuentos italianos, en la cual se supone que la incógnita querida de Juan Rodríguez del Padrón era nada menos que la reina de Castilla doña Juana, mujer de Enrique IV y madre de la Beltraneja[456]. El nombre de esta señora anda tan infamado en nuestras historias, que poco tiene que perder por que se le atribuya una aventura más ó menos; pero basta fijarse en los anacronismos y errores del relato, que le quitan todo carácter histórico. Ni Juan Rodríguez era aragonés, como allí se dice, sino gallego; ni sus aventuras pudieron ser en la corte de Enrique IV, puesto que El siervo libre de amor, principal documento que tenemos sobre ellos, no contiene ninguna alusión á fecha posterior á 1439, ni puede sacarse del tiempo en que Gonzalo de Medina era juez de Mondoñedo, es decir, por los años inmediatos á 1430. Y sabido es que el primer matrimonio del príncipe D. Enrique, no con doña Juana de Portugal, sino con doña Blanca de Navarra, no se efectuó hasta 1440. Verdad es que el autor de la novela anónima no se para en barras, y no contento con hacer á Juan Rodríguez amante de la reina de Castilla, le lleva luego, no al claustro, sino á la corte de Francia, donde «la Reina, que muy moza y hermosa era, comenzó a poner los ojos en él, y aficionándose favorecello, de manera que los amores vinieron a ser entendidos, pasando en ellos cosas notables, de manera que vino a estar preñada... y a él le fue forzoso irse para Inglaterra, donde, antes de llegar a Cales para embarcarse... fue muerto por unos caballeros franceses».

El hecho de inventarse tan absurdos cuentos sobre su persona, prueba que el trovador gallego quedó viviendo como tipo poético en la imaginación popular y en la tradición literaria. Fué el segundo Macías, único superior á él entre los llagados de la flecha de amor, que penaban en el simbólico infierno de Guevara y Garci Sánchez de Badajoz. Su trágica muerte pudo ser inventada también para asimilar más y más su leyenda á la de Macías, el cual, más que su amigo, fué su ídolo poético, el único de sus días á quien creía merescedor de las frondas de Dafne. Pero si no muerte sangrienta, destierro y extrañamiento largo parecen haber sido la pena de los amores de Juan Rodríguez, hasta que en el claustro de Herbón, que contribuyó á edificar con sus bienes patrimoniales, encontró refugio contra las tempestades del mundo y de su alma. Es cierto que no hay datos seguros acerca de la fecha de su profesión, y aun algunos dudan de ella; pero algo vale la constante creencia de la orden franciscana, consignada por el erudito Wadingo[457] y robustecida por la tradición local.

Ya hemos dicho que además de la novela íntima contiene El siervo libre de amor una pequeña narración caballeresca. Esta historia de Ardanlier y Liessa ha sido escrita, por quien conocía no sólo las ficciones bretonas, sino el Amadís de Gaula, puesto que la prueba de la roca encantada recuerda la de la ínsula Firme y el arco de los leales amadores; pero con esta derivación literaria se juntan recuerdos de los aventureros españoles que fueron con empresas de armas á la dolce Francia, como don Pero Niño; á Hungría, Polonia y Alemania, como Mosén Diego de Valera. Ardanlier sostiene un paso honroso cerca de Iria, como Suero de Quiñones en la puente de Órbigo; hay también un candado en señal de esclavitud amorosa, salvo que no le lleva el héroe, sino la infanta Irene, que le entrega la llave en señal de servidumbre. Y para que la ficción tenga todavía raíces más hondas en la realidad, la trágica historia de los amores de Ardanlier, hijo de Creos, rey de Mondoya, y de Liessa, hija del señor de Lira, reproduce en sus rasgos principales la catástrofe de doña Inés de Castro, si bien el novelista, buscando un fin todavía más romántico, hace al desesperado príncipe traspasarse con su propia espada después del asesinato de su dama, fieramente ordenado por el rey su padre.

Es, pues, El siervo libre de amor, como otras novelas del siglo XV, una obra de estilo compuesto, en que se confunden de un modo caprichoso elementos muy diversos, alegóricos, históricos, doctrinales y caballerescos, sin que pueda llamarse en rigor libro de caballerías, puesto que en él se da más importancia al amor que al esfuerzo, y es pequeña, por otra parte, la intervención del elemento fantástico, y sobrenatural de magia y encantamientos. De las novelas sentimentales que en adelante, se escribieron, quizá la que tiene más directo parentesco con ella es la dulce y melancólica Menina e Moça de Bernardim Ribeiro.

Ya hemos indicado cuánto realzan la novela de Juan Rodríguez ciertos accidentes de color local gallego, y hasta puede verse una extraña é irreverente transformación de la sepultura del Apóstol en aquel otro padrón encantado, donde perseveran en dos ricas tumbas, «los cuerpos enteros de Ardanlier y Liessa, fallecidos por bien amar, fasta el pavoroso dia que los grandes bramidos de los quatro animales despierten del grand sueño, e sus muy purificas animas posean perdurable folganza». Aquel recinto era encantado y tenía tres cámaras ó alojes de fino oro y azul, para probar sucesivamente á los leales amadores que quisiesen arrojarse á aquella, temerosa aventura. «Grandes principes africanos, de Asia y Europa, reyes, duques, condes, caballeros, marqueses y gentiles hombres, lindas damas de Levante y Poniente, Meridion y Setentrion, con salvoconducto del gran rey de España venian a la prueba: los caballeros a haber gloria de gentileza, fortaleza y de lealtad; las damas de fe, lealtad, gentileza y gran fermosura... Pero sólo tristeza, peligro y afán, por más que pugnaban, avian por gloria, fasta grand cuento de años quel buen Macias... nacido en las faldas de esa agra montaña, viniendo en conquista del primer aloje, dio franco paso al segundo albergue... y entrando en la carcel, cesó el encanto, y la secreta camara fue conquistada»[458].

No son novelas, pero corresponden más bien al género recreativo que al didáctico, y tienen algo de alegoría, otros dos libros de Juan Rodríguez del Padrón: el Triunfo de las donas y la Cadira del honor[459], obras enlazadas entre sí de tal modo que la una puede considerarse como introducción de la otra, pero tratan muy diversa materia: la primera el elogio de las mujeres, la segunda el panegírico de la nobleza hereditaria. En el primero de estos tratados, que, por lo demás, es una refutación en forma escolástica del Corbaccio italiano, se encuentra la graciosa fábula, de gusto ovidiano, de las transformaciones de la ninfa Cardiana en fuente y del gentil Aliso en arbusto, cuyos pies bañaba ella con sus aguas.

Juan Rodríguez, no ajeno á las enseñanzas del humanismo que pudo recibir en la misma Italia cuando servía al Cardenal Cervantes, parece haber frecuentado, además de la lectura de Boccaccio, la de Ovidio. Se le atribuye, y á mi ver con fundamento, una traducción (muy incorrecta y poco exacta, pero de expresión apasionada en ciertos pasajes) de las Heroidas con el extraño título de Bursario[460], que el traductor explica de este modo: «porque asy como en la bolsa hay muchos pliegues, asy en este tratado hay muchos obscuros vocablos y dubdosas sentencias, y puede ser llamado bursario, porque es tan breve compendio que en la bolsa lo puede hombre llevar; o es dicho bursario porque en la bolsa, conviene a saber, en las células de la memoria, debe ser refirmado con gran diligencia, por ser más copioso tratado que otros». El carácter de estas epístolas eróticas del más ingenioso de los poetas de la decadencia romana, lo alambicado y falso muchas veces de los sentimientos que expresan, recuerdan más bien la moderna novela galante que la elegía antigua, y no juzgo inútil aquí su indicación, porque á mi juicio influyeron en las prosas poéticas de Boccaccio y sus imitadores. El nuestro añadió á las cartas del vate sulmonense otras más modernas, y de color todavía más novelesco, como la de Madreselva á Mauseol y las de Troylo y Briseyda, cuya sustancia procede de la Crónica Troyana[461]. En todas ellas se ve la misma pluma devaneadora y sentimental que trazó los razonamientos de El siervo libre de amor.

Á pesar del olvido en que andando el tiempo hubo de caer esta novela, de la cual queda un solo códice, en su tiempo debió de ser bastante leída, especialmente en Galicia y Portugal. Unos versos de Duarte Brito, insertos en el Cancionero de Resende, prueban que esta popularidad continuaba á principios del siglo XVI, puesto que la enamorada pareja de Ardanlier y Liessa está allí recordada al lado de Pánfilo y Fiameta, y de Grimalte y Gradissa, héroes de una novelita de Juan de Flores.

Pero más importante todavía que esta referencia es una nota de la Sátyra de felice e infelice vida del Condestable de Portugal D. Pedro, que resume todo el argumento de la novela del trovador iriense, de cuyo estilo revesado é hiperbólico es manifiesta imitación la Sátyra misma, tanto en la prosa como en los versos. Por lo demás, el libro de Juan Rodríguez, en medio de sus rarezas, tiene valor autobiográfico y un cierto género de inspiración romántica y caballeresca, de que la Sátyra de felice e infelice vida enteramente carece; reduciéndose á una serie de insulsas lamentaciones atestadas de todos los lugares comunes de la poesía erótica de entonces, sin que tal monotonía se interrumpa, antes bien se refuerza, con el obligado cortejo de figuras alegóricas tan pálidas como la Discreción, la Piedad y la Prudencia.

El simpático y desventurado príncipe que con este fruto algo acedo de su ingenio se mezclaba al coro literario del siglo XVI, es una noble y trágica figura histórica, cuya vida corta y azarosa (1429-1466) se desenvolvió casi siempre fuera de Portugal, lo cual explica que no dejase ningún escrito en su nativa lengua. La catástrofe de su padre, el infante don Pedro, en Alfarrobeira; la persecución de su familia y la confiscación de sus bienes, le obligaron á buscar asilo en Castilla desde 1449 á 1457. Entonces fué cuando dió la última forma á su extraño libro, del cual hizo presente á su hermana la reina de Portugal doña Isabel, no menos desdichada que él, puesto que murió en edad muy temprana, no sin sospechas de envenenamiento. De la dedicatoria se infiere que había comenzado á escribir en portugués, pero que «traido el texto a la deseada fin, e parte de las glosas en lengua portuguesa acabadas», determinó traducirlo todo «e lo que restaba acabar en este castellano idioma; porque segund antiguamente es dicho, e la experiencia lo demuestra, todas las cosas nuevas aplazen». Haciendo alarde de su infantil erudición, y para que su obra no pareciese desnuda y sola, llenó las márgenes de copiosas é impertinentísimas glosas, que con muy buen acuerdo ha suprimido en gran parte el editor moderno[462]; porque no contienen más que triviales especies de mitología é historia antigua, salvo algunas de excepcional valor por referirse á personajes españoles, como la interesante y larga nota en que se describen las virtudes de Santa Isabel de Portugal, y el curiosísimo pasaje relativo al enamorado Macías, «grande e virtuoso martir de Cupido», cuya pasión y trágico fin están contados de un modo mucho más romántico que en las versiones ordinarias, si bien el Condestable no le concede más que la segunda silla ó cadira en la corte de Cupido, reservándose para sí propio la primera, como prototipo de leales amadores.

Nada menos satírico que esta llamada Sátira, como nada menos dramático que la Comedieta de Ponza. Estos caprichosos títulos corresponden á una preceptiva infantil, en que los géneros literarios tenían distintos nombres que ahora. El Condestable dice que llamó á su obra «Sátira, que quiere decir reprehension con ánimo amigable de corregir; e aun este nombre Sátira viene de satura, que es loor» (sic). Y como en la obra se loa el femíneo linaje, y el autor se reprende á sí mismo, va mezclada de alabanza y de corrección, entendiéndose por vida infeliz la del poeta y por feliz la de su dama. Esto en cuanto al título, pues en cuanto á la materia, este fastidiosísimo libro, que su autor tuvo más de una vez propósito de sacrificar al Dios Vulcano, con lo cual ciertamente no se hubiera perdido mucho, es una especie de novela alegórica del género sentimental, aunque de pobre y trivialísimo argumento.

Expresamente declaró el Condestable que era este el primer fruto de sus estudios, á la par que la historia de sus primeros amores, entre los catorce y los diez y ocho años. Tal circunstancia desarma mucho la severidad del lector, á la vez que explica la confusa mezcla de imitaciones sagradas[463] y profanas, la fácil erudición traída por los cabellos y el continuo recuerdo de otros libros contemporáneos, como el De las claras y virtuosas mujeres, de D. Álvaro de Luna, que explotó mucho para las glosas. Creemos que fué el Condestable el primer portugués que escribió en prosa castellana, y no se puede decir que fuesen infructuosos sus esfuerzos. Siguió la corriente latinista, abusando del hipérbaton, á veces en términos ridículos[464], que sólo admiten comparación con el hórrido galimatías de D. Enrique de Villena; pero otras veces, como por instinto ó imitando la Vita Nuova, que seguramente conocía, acertó á dar á la frase un grado notable de viveza y elegancia, mostrando ciertas condiciones pintorescas y algún sentido de la armonía del período[465]. Su manera, en los buenos trozos, parece ya muy próxima al tipo que habían de fijar en Castilla el autor de la Cárcel de Amor y en Portugal el de Menina e Moça.

No es fácil conjeturar quién fuese la hermosa Princesa (así la nombra) que inspiró al Condestable esta juvenil pasión, puesto que, á despecho de las afectaciones del estilo, creemos que se trata de amores verdaderos. En las ponderaciones de su belleza, discreción y honestidad no pone tasa, llegando á aplicarla aquel mismo encarecimiento poco ortodoxo que Cartagena hizo de nuestra Reina Católica. Salvo la Madre de Dios, «no nascio, desde aquella que fue formada de la costilla... quien a sus pies por meritos de gloriosa virtud asentarse debiese». Y en verso todavía pasa más la raya, según necio estilo de trovadores:

Oid tan gran culpa vos, Cumbre de la gentileza, Mi gozo, mi solo Dios, Mi placer e mi tristeza De mi vida.

Las poesías con que la Sátyra del Condestable acaba son en extremo conceptuosas y alambicadas, pero están escritas con soltura muy digna de notarse en un poeta que no tenía el castellano por lengua nativa.

La fecha de la Satira de felice é infelice vida no puede traerse más acá de 1455, puesto que aquel año pasó de esta vida la reina doña Isabel de Portugal á quien está dedicada. Precisamente este doloroso suceso prestó argumento á otra obra del Condestable mucho más importante y digna de elogio que la Sátira, aunque aquí no haremos más que mencionarla, porque pertenece á los dominios de la filosofía moral, no á los de la ficción amena, y es en fondo y forma una elocuente imitación del tratado De Consolatione de Boecio, intercalando, á imitación suya, la prosa con los metros, á los cuales procuró dar toda la variedad que estaba á su alcance, puesto que además de las octavas de arte mayor usó los versos de siete y de seis sílabas combinados de varias maneras. Tal es la Tragedia de la insigne Reina Doña Isabel, de la cual dió la primera noticia en 1840 Federico Bellermann[466], sin que los eruditos peninsulares se hiciesen cargo de ella, hasta que en fecha muy reciente, y en ocasión para mí memorable, la publicó íntegra, acompañada de un estudio tan sabio y profundo como todos los suyos, la ilustre romanista doña Carolina Michaelis de Vasconcellos[467]. Tanto la prosa como los versos de la Tragedia son muy superiores á todo lo que conocíamos del Condestable. Hasta los lugares, comunes de la ética consolatoria, que no podían menos de ser el fondo de la composición, están como rejuvenecidos por el sentimiento personal del poeta, que recorre todos los grados del dolor hasta conquistar la resignación sumisa. Es, como ha dicho, su editora, un Recuerde el alma adormida, escrito en prosa poética y puesto en boca del viejo Cronos, único personaje alegórico que en la obra interviene.

El género de las prosas poéticas, á estilo de Boccaccio, está representado en la literatura catalana por el fecundo y clásico escritor Mosén Juan Roiz de Corella, tan penetrado de la influencia italiana que sus endecasílabos, aunque sujetos todavía á la cesura obligada de la cuarta sílaba, se mueven con una gentileza muy apartada de la monotonía del tipo provenzal. Su prosa es muy elegante y estudiada, tanto en las obras profanas como en las sagradas, y la aplicó á muy diversos géneros de narraciones, especialmente á las mitológicas, tomando de Ovidio la mayor parte de sus argumentos: «razonamiento de Telamón y Ulises sobre las armas de Aquiles»; «llanto de la Reina Hécuba sobre la muerte de Príamo» «historia de Leandro y Ero»; «lamentaciones de Mirra, Narciso y Tisbe»; «fábulas de Orfeo, Scyla y Nyso, Pasifae y Minos, Progne y Filomena, Biblis y Cauno»; «juicio de Paris»; «carta que Aquiles escribió á Policena en el sitio de Troya», y aun no sé si las he mencionado todas[468]. Ovidio y Boccaccio juntos explican la elaboración de estas piezas. Pero hay entre ellas una microscópica novelita amatoria, en prosa y verso, la Tragedia de Caldesa[469], que parece referirse á un hecho real de la vida del autor, puesto que á una dama de ese nombre están dedicadas varias composiciones suyas y además la acción se supone en Valencia. El fragmento de la llamada Tragedia, aunque no limpio de afectaciones retóricas, tiene pasión y brío. El poeta sorprende á su amada en flagrante delito de infidelidad, se querella desesperadamente y lanza contra sí mismo atroces maldiciones si vuelve á acordarse de tal amor. Ella, con muchas lágrimas, suspiros y sollozos, pide perdón por su culpa en versos amorosísimos:

Si us par que y bast | per vostres mans espire, O si voleu | cuberta de salici Iré pel mon | peregrinant romera.

Muy lentos habían sido, como se ve, los pasos de la ficción sentimental en España durante la mayor parte del siglo XV: Sólo al fin de aquella centuria, y en la corte de los Reyes Católicos, apareció el notable ingenio, que, dando forma definitiva á esta clase de libros, acertó á escribir uno que conquistó inmediatamente el aplauso de sus contemporáneos y corrió triunfante por Europa, leído y admirado donde quiera. Tal suerte cupo á la Cárcel de Amor, obra del bachiller Diego de San Pedro, de cuya persona poco sabemos, salvo que anduvo al servicio del Maestre de Calatrava D. Pedro Girón y del Alcaide de los Donceles[470], y que tuvo en nombre del primero la tenencia de la fortaleza de Peñafiel y otros lugares[471].

No fué la Cárcel de Amor su primer ensayo novelesco. Un año antes, en 1491, había publicado otra novela del mismo carácter, el Tratado de amores de Arnalte y Lucenda, endereszado a las damas de la reina doña Isabel; en el qual hallarán cartas y razonamientos de amores de mucho primor y gentileza. Este librito es de tan extraordinaria rareza[472] que nunca he podido leerle en castellano, á pesar de existir cuatro ediciones por lo menos, teniendo que valerme para el extracto que voy á dar de las dos traducciones, francesa de Herberay des Essarts é italiana de Bartolomé Maraffi, que varias veces se imprimieron juntas[473]. Fué además traducida dos veces al inglés en prosa y en verso[474].

La fábula de esta novelita, que Diego de San Pedro fingió haber traducido del griego[475], es muy semejante á la de la Cárcel de Amor, y puede considerarse como su primer esbozo. El autor, extraviado por una selva[476], llega á un castillo, que desde los cimientos hasta la cumbre estaba pintado de negro. Tropieza con unos hombres de aspecto muy melancólico. El que parecía señor de los otros lanzaba dolorosos suspiros. Recibe cortésmente al caballero y le conduce á su morada, en que todas las cosas representaban gran dolor. Le agasaja, no obstante, con una delicada cena, y le conduce á la cámara donde había de pasar la noche. Oye durante ella músicas tristes, lamentos y suspiros angustiosos del atribulado señor del castillo. Á la mañana vuelve éste para conducirle á la iglesia, donde descollaba un túmulo enlutado, que era el que el castellano tenía reservado para sí. Á la hora del desayuno platican de diversas materias, y finalmente el afligido caballero le refiere su historia. Se llamaba Arnalte, y era natural de Tebas. Enamoróse de Lucenda, viendo el gran duelo que hacía en los funerales de su padre. La enviaba por medio de un servidor cartas y mensajes que se transcriben á la letra. La dama hace pedazos la primera carta. Sabedor Arnalte de que Lucenda va á maitines en la vigilia de Navidad, determina disfrazarse de mujer para poder hablar con ella, y así lo ejecuta. Ella le contesta con una voce tremolante, quitándole toda esperanza. Intercálase una canción que entonó una noche el amador delante de las ventanas de su dama, traducida en un soneto italiano y en tres cuartetas francesas. Nuevas y fastidiosas lamentaciones de Arnalte. El rey le manda concurrir á unas justas que los caballeros de la corte habían ordenado. Son invitadas las damas á la mascarada de la noche y al torneo del día. Descripción de la divisa del caballero. Durante las máscaras Arnalte logra introducir una carta nella tasca della veste de Lucenda, que por estar presente la reina se ve obligada á disimular, pero luego nada responde. Belisa, hermana de Arnalte, viéndole tan afligido, le pregunta la causa de su mal, y él se niega á manifestársela. Confíase al fin á su amigo Gerso, que vivía cerca de Lucenda, pero no consigue verla en ninguna de las varias ocasiones en que va á su casa. Belisa, informada secretamente del motivo de las tristezas de su hermano, comienza á frecuentar asiduamente á Lucenda, de quien era amiga. Razonamiento de Belisa á Lucenda. Réplica de Lucenda negándose á admitir los obsequios amorosos de Arnalte. Nueva embajada de Belisa, que quiere picar á Lucenda, diciéndola que su hermano renuncia á su loco amor y va á ausentarse. Lucenda consiente en escribir por una vez sola á Arnalte, á condición de que desista de su amor. Extremos que hizo Arnalte al recibir de manos de su hermana la carta de Lucenda. Vuelve á escribir, suplicando que le permita verla antes de partir, y no á solas, sino en presencia de Belisa, lo cual consigue después de largas instancias.

«Entonces (prosigue) todas mis penas se trocaron en alegria por haber conseguido tal victoria. De tal modo aquellas benditas nuevas festejaron mi ánimo y mi corazon; de tal modo me acariciaba el amor, que no deseaba ya cosa alguna, aunque en realidad nada tenia. Y cuando llegó la hora que teniamos aplazada para ir al sitio señalado, mi hermana y yo nos dirigimos, al salir el sol, a una iglesia de religiosos, y alli me retiré a una pequeña estancia, donde ella solia confesarse y donde no tardó en aparecer». En la entrevista obtiene Arnalte hasta el singular favor de besarla la mano, pero á condición de que en adelante no sea tan importuno. «¡Oh Dios (exclama), si alguien me hubiese dado a escoger entre el imperio del mundo y perder el bien que habia conseguido, llamo por testigos a los que perfectamente aman, de que hubiera preciado mucho más mi contentamiento que la monarquía universal!».

Algo fortalecido con aquella muestra de cortesía y piedad, que él tomó por signo de amor, consiente en acompañar á su hermana á un lugar que tenía cerca de la ciudad de Tebas, para distraerse con la caza de cetrería. Pero un día le asaltan tristes agüeros al montar á caballo. «De subito, el tiempo, que era claro y sereno, apareció nebuloso y lleno de tempestad. Un lebrel que yo mucho amaba, empezó a dar saltos entre mis piernas, y temblando sin cesar, lanzaba espantosos aullidos. Pero yo, que entonces me cuidaba poco de presagios y de casos semejantes, por ninguna de estas cosas quise abandonar mi empresa, antes con un halcon en el puño sali a correr el campo. Pero apenas habia comenzado a caminar, me acordé que hacia mucho tiempo no habia visto al caballero Gerso, de quien antes te he hablado, y empecé a considerar que nunca despues que le hube manifestado el afecto que por Lucenda sentia me habia mostrado el buen semblante que antes solia, sino que poco a poco se habia ido alejando de mí, no visitandome ya ni cuidándose de saber nuevas mias. Y como la mayor parte de los hombres son variables en sus amistades, pensé que esta habria sido la causa de su ausencia. Y por otro lado pareciame cosa imposible en él verme padecer cuando me podia prestar algun alivio. Mientras yo revolvía estos pensamientos, el halcon que llevaba en el puño cayó por tierra muerto, lo que me confirmó en la sospecha que habia empezado a tener de mi compañero Gierso, y me acordé tambien de aquel perro que a la madrugada habia aullado tan dolorosamente; y perdido el gusto con esto, determiné volverme a casa. Pero antes quise subir a una colina desde donde se parecia el castillo de Lucenda, y senti un rumor de musicales instrumentos que resonaban entre las montañas; lo cual me pareció extraño porque la estacion no era conveniente para tales solaces, y me puso más pensativo que antes, entrando en gran sospecha de mi futuro daño. No acertaba a mover los pies de alli, y sólo cuando la noche sobrevino comencé a retirarme a casa de mi hermana, la cual tenia costumbre de salir a esperarme a la puerta, y entonces no vino, acrecentándose con esto los temores y angustias de mi ánimo. Y lo que fue todavía peor: cuando llegué donde ella estaba no me dijo palabra, pero tenia la cara tan triste que era muy de maravillar».

Al fin, entre sollozos y lágrimas su hermana le declara que Lucenda se había casado con su falso y pérfido amigo Gierso. Arnalte cae desmayado, y cuando vuelve en sí hace pedazos las cartas de Lucenda, se arranca la barba y los cabellos, y viste á todos sus servidores de duelo. Una criada y confidenta de Lucenda viene á hacerle saber de parte de su señora que se ha casado, no por su voluntad, sino por importunidad de sus parientes. Con esto toda la indignación de Arnalte recae sobre Gierso, á quien envía un cartel de desafío, retándole para delante del rey como traidor y felón. Gierso acepta el reto, pero alegando que uno de los motivos que había tenido para casarse con Lucenda era curar á su amigo de su insensata pasión, haciéndole perder toda esperanza. El rey les concede campo para el desafío, y Arnalte vence y mata á Gierso. Pero Lucenda, justamente ofendida, no quiere que su mano sea galardón del matador, y entra de monja profesa en un convento, rechazando las solicitudes de Belisa en favor de su hermano. Arnalte determina retirarse á la soledad, á pesar de los consuelos de Belisa, edifica el lúgubre castillo y se sepulta en él de por vida.

El interés romántico de esta sencilla y patética historia, que resultará más agradable de seguro en el estilo ingenuamente retórico de Diego de San Pedro, explica el éxito que tuvo, no sólo en España[477], sino en Italia, en Francia y en Inglaterra. No eran frecuentes todavía narraciones tan tiernas y humanas, conducidas y desenlazadas por medios tan sencillos, y en que una pasión verdadera y finamente observada es el alma de todo. Bajo este aspecto quizá Arnalte y Lucenda aventaja á la Cárcel de Amor, que es más larga, más complicada, más novela en fin, pero que adolece por lo mismo de graves defectos de composición, inevitables acaso en un arte tan primitivo.

Es la Cárcel de Amor libro más célebre hoy que leído, aunque merece serlo, siquiera por la gentileza de su prosa en los trechos en que no es demasiadamente retórica. Fúndense en esta singular composición elementos de muy varia procedencia, predominando entre ellos el de la novela íntima y psicológica, tipo de la Fiammetta de Boccaccio. Pero á semejanza de Juan Rodríguez del Padrón, ingiere Diego de San Pedro en el cuento de los amores de su protagonista Leriano (que quizá sean, aunque algo velados, los suyos propios), episodios de carácter enteramente caballeresco, guerras y desafíos, y durísimas prisiones en castillos encantados; diserta prolijamente sobre las excelencias del sexo femenino, tema tan vulgar en la literatura cortesana del siglo XV, y lo envuelve todo en una visión alegórica, dando así nuevo testimonio de la influencia dantesca, que trascendía aún á todas las ramas del árbol poético cuando se escribió la Cárcel. En la cual no es menos digno de repararse, y puede atribuirse, según ya apuntó, á la influencia del cuento latino de Eneas Silvio, el empleo de la forma epistolar, con tanta frecuencia que una gran parte de la novela está compuesta en cartas; lo cual, unido á las tintas lúgubres del cuadro y á lo frenético y desgraciado de la pasión del héroe, y aun al suicidio (si bien lento y por hambre) con que la narración acaba, hace pensar involuntariamente en el Werther y en sus imitadores, que fueron legión en las postrimerías del siglo XVIII y en los albores del XIX. Observación es ésta que no se ocultó á la erudición y perspicacia de D. Luis Usoz, el cual dice en su prólogo al Cancionero de Burlas: «La Cárcel de Amor es el Werther's Leiden de aquellos tiempos».

Aunque erróneamente suele incluirse la Cárcel de Amor entre las producciones del reinado de don Juan II, basta leerla para convencerse de que no pudo ser escrita antes de 1465, en que empezó á ser Maestre de Calatrava D. Rodrigo Téllez Girón, y además la dedicatoria á Diego Hernández, alcaide de los Donceles, retrasa todavía más la fecha del libro, que no puede ser anterior al tiempo de los Reyes Católicos.

Finge el autor que yendo perdido por unos valles hondos y oscuros de Sierra Morena, ve salir á su encuentro «un caballero, assi feroz de presencia como espantoso de vista, cubierto todo de cabello á manera de salvaje», el cual llevaba en la mano izquierda un escudo de acero muy fuerte y en la derecha «una imagen femenil entallada en una piedra muy clara. El tal caballero, que no era otro que el Deseo», principal oficial en la casa del Amor, llevaba encadenado detrás de sí á un cuitado amador, el cual suplica al caminante que se apiade de él. Hácelo así Diego de San Pedro, no sin algún sobresalto; y vencida una agria sierra llega, al despuntar la mañana, á una fortaleza de extraña arquitectura, que es la durísima cárcel de amor, simbolizada en el título del libro. Traspasada la puerta de hierro, y penetrando en los más recónditos aposentos de la casa, ve allí sentado en silla de fuego á un infeliz cautivo, que era atormentado de muy recias y exquisitas maneras. «Vi que las tres cadenas de las ymagenes que estaban en lo alto de la torre, tenian atado aquel triste, que siempre se quemaba y nunca se acababa de quemar. Noté más, que dos dueñas lastimeras, con rostros llorosos y tristes le servian y adornaban, poniendole en la cabeza una corona de unas puntas de hierro sin ninguna piedad, que le traspasaban todo el celebro. Vi más, que cuando le truxeron de comer, le pusieron una mesa negra, y tres servidores mucho diligentes, los quales le daban con grave sentimiento de comer... Y ninguna destas cosas pudiera ver segun la escuridad de la torre, si no fuera por un claro resplandor que le salia al preso del corazon, que le esclarescia todo».

Aquí la imitación del Santo Grial y de la penitencia del rey Amfortas es evidente, aunque transportada de la materia sagrada á la profana. El prisionero, mezclando las discretas razones con las lágrimas, declara llamarse Leriano, hijo de un duque de Macedonia y amante desdichado de Laureola, hija del rey Gaulo. Y tras esto explica el simbolismo de aquel encantado castillo, terminando por pedir al visitante que lleve de su parte un recado á Laureola, diciéndola en qué tormentos le ha visto. Promete el autor cumplirlo, no sin proponer antes algunas dificultades fundadas en ser persona de diferente lengua y nación, y muy distante del alto estado de la señora Laureola. Pero al fin emprende el camino de la ciudad de Suria, donde estaba el rey de Macedonia, y entrando en relaciones de amistad con varios mancebos cortesanos, de los principales de aquella nación, logra llegar á la presencia de la infanta Laureola y darle la embajada de su amante. «Si como eres de España fueras de Macedonia (contesta la doncella), tu razonamiento y tu vida acabaran a un tiempo». Tal aspereza va amansándose en sucesivas entrevistas, aunque el cambio se manifiesta menos por palabras que por otros indicios y señales que curiosa y sagazmente nota el autor. «Si Leriano se encontraba en su presencia, desatinaba de lo que decia, volviase subito colorada y despues amarilla; tornabase ronca su voz, secabasele la boca». Establécese, al fin, proceso de cartas entre ambos amantes, siendo el poeta medianero en estos tratos. Así prosigue esta correspondencia llena de tiquismiquis amorosos y sutiles requiebros, entreverados con algunos rasgos de pasión sincera, viniendo á formar todo ello una especie de anatomía del amor, nueva ciertamente en la literatura castellana. Al fin Leriano determina irse á la corte, donde logra honestos favores de su amada. Pero allí le acechaba la envidia de Persio, hijo del señor de Gaula, quien delata al rey sus amores, de resultas de lo cual Laureola es encerrada en un castillo, y Persio, por mandato del rey, reta á Leriano á campal batalla, enviándole su cartel de desafío, «segun las ordenanzas de Macedonia». Los dos adversarios se baten en campo cerrado: Leriano vence á Persio, le corta la mano derecha y le pone en trance de muerte, que el rey evita arrojando el bastón entre los dos contendientes. Pero las astucias y falsedades de Persio prosiguen después de su vencimiento. Soborna testigos falsos que juren haber visto hablar á Leriano y Laureola «en lugares sospechosos y en tiempos deshonestos». El rey condena á muerte á su hija; por la cual interceden en vano el cardenal de Gaula y la reina. Leriano, resuelto á salvar á su amada, penetra en la ciudad de Suria con quinientos hombres de armas, asalta la posada de Persio y le mata. Saca de la torre á la princesa, la deja bajo la custodia de su tío Galio y corre á refugiarse en la fortaleza de Susa, donde se defiende valerosamente contra el ejército del rey, que le pone estrechísimo cerco. Pero muy oportunamente viene á atajar sus propósitos de venganza la confesión de uno de los falsos testigos por cuyo juramento había sido condenada Laureola. De él y de sus compañeros se hace presta justicia, y el rey deja libres á Leriano y á Laureola.

Aquí parece que la novela iba á terminar en boda, pero el autor toma otro rumbo y se decide á darla no feliz, sino trágico remate. Laureola, enojada con Leriano por el peligro en que había puesto su honra y su vida con sus amorosos requerimientos, le intima en una carta que no vuelva á comparecer delante de sus ojos. Con esto el infeliz amante pierde el seso y determina dejarse morir de hambre. «Y desconfiando ya de ningun bien ni esperanza, aquejado de mortales males, no pudiendo sostenerse ni sufrirse, hubo de venir a la cama; donde ni quiso comer ni beber, ni ayudarse de cosa de las que sustentan la vida, llamandose siempre bienaventurado, porque era venido a sazon de hacer servicio a Laureola, quitandola de enojos». Sus amigos y parientes hacen los mayores esfuerzos para disuadirle de tan desesperada resolución, y uno de ellos, llamado Teseo, pronuncia una invectiva contra las mujeres, á la cual Leriano, no obstante la debilidad en que se halla, contesta con un formidable y metódico alegato en favor de ellas, dividido en quince causas y veinte razones, por las cuales los hombres son obligados á estimarlas; trozo que recuerda el Triunfo de las donas de Juan Rodríguez del Padrón más que ninguna otra de las apología del sexo femenino que en tanta copia se escribieron durante el siglo XV, contestando á las detracciones de los imitadores del Corbacho. En este razonamiento (que fué sin duda la principal causa de la prohibición del libro) se sustenta, entre otros disparates teológicos, que las mujeres «no menos nos dotan de las virtudes teologales que de las cardinales», y que todo el que está puesto en algún pensamiento enamorado cree en Dios con más firmeza porque pudo hacer aquélla que de tanta excelencia y fermosura les paresce», por donde viene á ser tan devoto católico «que ningun Apóstol le hace ventaja»[478]. El enamorado Leriano desarrolla esta nueva philograhia, que en la mezcla de lo humano y lo divino anuncia ya los diálogos platónicos de la escuela de León Hebreo.

La novela termina con el lento suicidio del desesperado Leriano (que acaba bebiendo en una copa los pedazos de las cartas de su amada), y con el llanto de su madre, que es uno de los trozos más patéticos del libro, y que manifiestamente fué imitado por el autor de la Celestina en el que puso en boca de los padres de Melibea. El efecto trágico de este pasaje de Diego de San Pedro, en que es menos lo declamatorio que lo bien sentido, estriba principalmente en la intervención del elemento fatídico de los agüeros y presagios. «Acaeciame muchas veces, quando más la fuerza del sueño me vencia, recordar con un temblor subito que hasta la mañana me duraba. Otras vezes, quando en mi oratorio me hallaba rezando por su salud, desfallecido el corazon, me cubria de un sudor frio, en manera que dende a gran pieza tornaba en acuerdo. Hasta los animales me certificaban tu mal. Saliendo un dia de mi camara, vinose un can para mí, y dio tan grandes aullidos, que asi me cortó el cuerpo y la habla, que de aquel lugar no podia moverme. Y con estas cosas daba más credito a mi sospecha que a tus mensajeros; y por satisfacerme, acordé de venir a verte, donde hallo cierta la fe que di a los agüeros».

Aunque la Cárcel de Amor (escrita por su autor en Peñafiel, según al fin de ella se declara) quedaba en realidad terminada con la muerte y las exequias de Leriano, no faltó quien encontrase el final demasiado triste, y demasiado áspera y empedernida á Laureola, que ningún sentimiento mostraba de la muerte de su amador. Sin duda por esto, un cierto Nicolás Núñez, de quien hay también en el Cancionero General versos no vulgares, añadió una continuación ó cumplimiento de pocas hojas, en que mezcla con la prosa algunas canciones y villancicos, y describe la aflicción de Laureola y una aparición en sueños del muerto Leriano, que viene á consolar á su amiga. Pero aunque este suplemento fué incluido en casi todas las ediciones de la Cárcel de Amor, nunca tuvo gran crédito, ni en realidad lo merecía, siendo cosa de todo punto pegadiza é inútil para la acción de la novela.

Tal es, reducida á breve compendio, la segunda narración amorosa de Diego de San Pedro, interesante en sí misma, y de mucha cuenta en la historia del género por la influencia que tuvo en otras ficciones posteriores. Es cierto que la trama está tejida con muy poco arte, y los elementos que entran en la fábula aparecen confusamente hacinados ó yuxtapuestos, contrastando los lugares comunes de la poesía caballeresca, tales como la falsa acusación de la princesa (que parece arrancada de la Historia de la Reina Sevilla ó de cualquier libro análogo) con las reminiscencias de la novela sentimental italiana. El mérito principal de la Cárcel de Amor se cifra en el estilo, que es casi siempre elegante, sentencioso y expresivo, y en ocasiones apasionado y elocuente. Hay en toda la obra, singularmente en las arengas y en las epístolas, mucha retórica y no de la mejor clase; muchas antítesis, conceptos falsos, hipérboles desaforadas y sutilezas frías; pero en medio de su inexperiencia no se puede negar á Diego de San Pedro el mérito de haber buscado con tenacidad, y encontrado algunas veces, la expresión patética, creando un tipo de prosa novelesca, en que lo declamatorio anda extrañamente mezclado con lo natural y afectuoso. Este tipo persistió aun en los maestros. Hemos visto que el autor de la Tragicomedia de Calixto y Melibea se acordó de la Cárcel de Amor en la escena final de su drama; y aun puede sospecharse que el mismo Cervantes debe al alcaide de Peñafiel algo de lo bueno y de lo malo que en esta retórica de las cuitas amorosas contienen los pulidos y espaciosos razonamientos de algunas de las Novelas Ejemplares ó los episodios sentimentales del Quijote (Marcela y Crisóstomo, Luscinda y Cardenio, Dorotea...).

No es maravilla, pues, que la novela de Diego de San Pedro, que tenía además el mérito de ser corta y la novedad de contener una ingeniosa aunque elemental psicología de las pasiones, se convirtiese en el breviario de amor de los cortesanos de su tiempo y fuese reimpresa (sin contar con las dos ediciones incunables de 1492 y 1496 y con la traducción catalana de 1493) más de veinticinco veces en su lengua nativa y más de veinte en las extrañas, siendo vertida al italiano, al francés, al inglés y al alemán, durando esta celebridad hasta fines del siglo XVII, puesto que todavía hay ediciones de Hamburgo de 1660 y 1675[479]. En 1514 la cultísima princesa Isabel de Este hacía revolver todas las librerías de Milán para encontrar una Cárcel de Amor y volver á solazarse con su lectura.

Además de la Cárcel de Amor y del Arnalde y Lucenda, compuso Diego de San Pedro otras varias obras profanas en verso y prosa, que le dieron entre los donceles enamorados grande autoridad y magisterio, aunque fuesen miradas con ceño por las personas graves y timoratas, que muy justamente se escandalizaban de oirle llamar continuamente Dios á su dama y comparar su gracia con la divina, y aplicar profanamente á los lances y vicisitudes de su amor la conmemoración de las principales festividades de la Iglesia, llegando una vez, en el colmo de la exaltación, á comparar lo que llamaba su pasión con la del Redentor del mundo. Á este período de frenesí erótico, probablemente menos sentido que afectado, pertenece cierto Sermón que compuso en prosa, «porque dijeron unas señoras que le deseaban oir predicar». Este Sermón, que se imprimió en un pliego gótico y se halla también al final de algunas ediciones de la Cárcel de Amor, apenas tiene otro interés literario que el haber servido de modelo á otro mucho más discreto y picante que puso Cristóbal de Castillejo en su farsa Constanza, y que como pieza aparte se ha impreso muchas veces, ya en las obras de su autor (aunque en éstas con el nombre de Capítulo y no poco mutilado), ya en ediciones populares en que el autor usó los seudónimos de El Menor de Aunes y de Fray Nidel de la Orden de Tristel. El Sermón en verso de Castillejo enterró completamente al de Diego de San Pedro, que es obra desmayada y sin el menor gracejo, como dice con razón Gallardo. Todo se reduce á parodiar pobre ó ineptamente la traza y disposición de los sermones, comenzando por una salutación al Amor, explanando luego el texto In patientia vestra sustinete dolores vestros, y contando, á modo de ejemplo moral, los amores de Píramo y Tisbe[480].

Tales profanidades y devaneos hubieron de ser grave cargo para la conciencia de su autor, cuando Dios tocó en su alma y le llamó á penitencia. Fruto de esta conversión fué el Desprecio de la fortuna (núm. 263 del Cancionero General), poema sentencioso y de notable mérito, al principio del cual reprueba y detesta sus obras anteriores:

Mi seso lleno de canas, De mi consejo engañado, Hast' aquí con obras vanas Y en escripturas livianas Siempre anduvo desterrado. ................................... Aquella Carcel d'amor Que assi me plugo ordenar, ¡Qué propia para amador! ¡Qué dulce para sabor! ¡Qué salsa para pecar! Y como la obra tal No tuvo en leerse calma, He sentido, por mi mal, Cuán enemiga mortal Fue la lengua para el alma. Y los yerros que ponia En un Sermon que escrebi, Como fue el Amor la guia, La ceguedad que tenia Me hiso que no los vi. Y aquellas Cartas de amores Escritas de dos en dos, ¿Qué seran, decí, señores, Sino mis acusadores Para delante de Dios?

Pero ni los arrepentimientos del autor, ni los anatemas del Santo Oficio, que puso la Cárcel en sus índices (sin duda por las herejías que contiene el razonamiento en loor de las mujeres), ni los rigores de Luis Vives y otros moralistas que no cesan de denunciarle como libro pernicioso á las costumbres, y uno de los que con mayor cautela deben ser alejados de las manos de toda doncella cristiana, pudieron sobreponerse á la corriente del gusto mundano, y el librillo de la Cárcel de Amor, fácil de ocultar por su exiguo volumen, no sólo continuó siendo leído y andando en el cestillo de labor de dueñas y doncellas, sino que dió vida á una serie de producciones novelescas, que difundieron un idealismo algo distinto del de los libros de caballerías, aunque conserve con él bastantes relaciones.

Á esta familia pertenece, aunque con notables caracteres de originalidad, la Cuestión de Amor, obra anónima, mixta de prosa y verso, cuya primera edición parece ser de 1513 y que, como libro de circunstancias, obtuvo tal boga que fué reimpresa diez ó doce veces antes de 1589, ya suelta, ya unida á la Cárcel, que es como más fácilmente suele encontrarse[481]. Ticknor y Amador de los Ríos hablaron de ella, pero con mucha brevedad, y sin determinar su verdadero carácter, ni entrar en los pormenores de su composición, ni levantar el transparente velo que encubre sus numerosas alusiones históricas, y que en parte ha sido descorrido por el erudito napolitano Benedetto Croce en un estudio reciente[482].

El título de la Cuestión, aunque largo, debe transcribirse á la letra, porque indica ya la mayor parte de los elementos que entraron en la confección de este peregrino libro: Question de amor de dos enamorados: al uno era muerta su amiga; el otro sirve sin esperanza de galardon. Disputan quál de los dos sufre mayor pena. Entretexense en esta controversia muchas cartas y enamorados razonamientos. Introducense más una caza, un juego de cañas, una egloga, ciertas justas, e muchos caballeros et damas, con diversos et muy ricos atavios, con letras et invenciones. Concluye con la salida del señor Visorrey de Napoles: donde los dos enamorados al presente se hallaron, para socorrer al sancto padre: donde se cuenta el numero de aquel lucido exercito, et la contraria fortuna de Ravena. La mayor parte de la obra es historia verdadera; compuso esta obra un gentilhombre que se halló presente a todo ello.

Basta pasar los ojos por este rótulo para comprender que no se trata de una novela puramente sentimental y psicológica á su modo, como lo es la Cárcel de Amor, sino de una tentativa de novela histórica, en el sentido lato de la palabra, ó más bien de una novela de clave, de una pintura de la vida cortesana en Nápoles, de una especie de crónica de salones y de galanterías, en que los nombres propios están levemente disfrazados con pseudónimos y anagramas. La segunda parte, es decir, todo lo que se refiere á los preparativos de la batalla de Rávena, es un trozo estrictamente histórico, que puede consultarse con fruto aun después de la publicación de los Diarios de Marino Sanudo. Poseer, para época tan lejana, un libro de esta índole modernísima, y poder con su ayuda reconstruir un medio de vida social tan brillante y pintoresco como el de la Italia española en los días más espléndidos del Renacimiento, no es pequeña fortuna para el historiador, y apenas se explica que hasta estos últimos años nadie intentara sacarle el jugo ni descifrar sus enigmas.

El primero es el nombre de su autor, esto es, del gentilhombre que se halló presente á todo y escribió la historia, y éste permanece todavía incógnito, aunque puedan hacerse sobre su persona algunas razonables conjeturas. Lo que con toda certeza puedo asegurarse es que el libro fué compuesto entre los años de 1508 á 1512, en forma fragmentaria, á medida que se iban sucediendo las fiestas y demás acontecimientos que allí se relatan de un modo bastante descosido, pero con picante sabor de crónica mundana.

La cuestión de casuística amorosa que da título á la novela está imitada de las del Filocolo de Boccaccio, y tiene la curiosidad de contener en germen los dos temas poéticos que admirablemente desarrollan los pastores Salicio y Nemoroso, en la égloga primera de Garcilaso. Esta cuestión se debate, ya por diálogo, ya por cartas (transmitidas por el paje Florisel) entre dos caballeros españoles: Vasquirán, natural de Todomir (¿Toledo?), y Flamiano, de Valdeana (¿Valencia?), residente en la ciudad de Noplesano, que seguramente es Nápoles. Vasquirano ha perdido á su dama Violina, con quien se había refugiado en Sicilia después de haberla sacado de casa de sus padres en la ciudad de Circunda (¿Zaragoza?) y Flamiano es el que sirve sin esperanza de galardón á la doncella napolitana Belisena. Esta acción, sencillísima y trabada con muy poco arte, tiene por desenlace la muerte de Flamiano en la batalla de Rávena, cuyas tristes nuevas recibe Vasquirán, en Sicilia, por medio del paje Florisel, que le trae la última carta de su amigo; carta que, por mayor alarde de fidelidad histórica, está fechada el 17 de abril de 1512 en Ferrara.

El cuadro general de la novela vale poco, como se ve; lo importante, lo curioso y ameno, lo que puede servir de documento al historiador y aun excitar agradablemente la fantasía del artista, son las escenas episódicas, la pintura de los deportes y gentilezas de la culta sociedad de Nápoles, la justa real, el juego de cañas, la cacería, la égloga (que tiene todas las trazas de haber sido representada con las circunstancias que allí se dicen[483], y que si bien escasa de acción y movimiento, compite en la expresión de afectos y en la limpia y tersa versificación con lo mejor que en los orígenes de nuestra escena puede encontrarse); el inventario menudísimo de los trajes y colores de las damas, de las galas y los arreos militares de los capitanes y gentes de armas que salieron para Rávena con el virrey D. Raimundo de Cardona; todo aquel tumulto de fiestas, de armas y de amores que la dura mano de la fatalidad conduce á tan sangriento desenlace.

Bellamente define el Sr. Croce el peculiar interés y el atractivo estético que produce la lectura de una novela por otra parte tan mal compuesta, zurcida como de retazos, á guisa de centón ó de libro de memorias. «Aquella elegante sociedad de caballeros, dada á los amores, á los juegos, á las fiestas, recuerda un fresco famoso del Camposanto de Pisa; aquella alegre compañía que, solazándose en el deleitoso vergel, no siente que se aproxima con su guadaña inexorable la Muerte. En medio de las diversiones llega la noticia de la guerra: el virrey recoge aquellos elegantes caballeros y forma con ellos un ejército que parte, pomposamente adornado, lleno de esperanzas, entre los aplausos de las damas que asisten á la partida. Algunos meses después, aquella sociedad, aquel ejército, yacía en gran parte solo, sanguinoso, perdido entre el fango de los pantanos de Rávena».

¿Hasta qué punto puede ser utilizada la Cuestión de Amor como fuente histórica? ó en otros términos, ¿hasta dónde llega en ella la parte de ficción? El autor dice que «la mayor parte de la obra es historia verdadera», pero en otro lugar advierte que «por mejor guardar el estilo de su invención, y acompañar y dar más gracia a la obra, mezcla a lo que fué algo de lo que no fué». En cuanto á los personajes, no cabe duda que en su mayor parte son históricos; y el autor mismo nos convida á «especular por los nombres verdaderos, los que en lugar d' aquellos se han fengidos ó transfigurados».

Á nuestro entender, B. Croce ha descubierto la clave. Ante todo, hay que advertir que, según el sistema adoptado por el novelista, la primera letra del nombre fingido corresponde siempre á la inicial del verdadero nombre. Pero como diversos nombres pueden tener las mismas iniciales, este procedimiento no es tan seguro como otro que constantemente sigue el anónimo narrador, es á saber: la confrontación de los colores en los vestidos de los caballeros y de las damas, puesto que todo caballero lleva los colores de la dama á quien sirve. Y como en la segunda parte de la obra, al tratar de los preparativos de la expedición á Rávena, los gentiles hombres están designados con sus nombres verdaderos, bien puede decirse que la solución del enigma de la Cuestión de Amor está en la Cuestión misma, por más que nadie, que sepamos, hubiera caído en ella hasta que la docta y paciente sagacidad del Sr. Croce lo ha puesto en claro, no sólo presentando la lista casi completa de los personajes disfrazados en la novela, sino aclarando el argumento principal de la obra, que parece tan histórico como todo lo restante de ella, salvo circunstancias de poca monta puestas para descaminar, ó más bien para aguzar, la maligna curiosidad de los contemporáneos. Es cierto que todavía no se ha podido quitar la máscara á Vasquirán, á Flamiano ni á la andante y maltrecha Violina; pero lo que sí resulta más claro que la luz del día es que la Belisena á quien servía el valenciano Flamiano (¿D. Jerónimo Fenollet?) con amor caballeresco y platónico, sin esperanza de galardón, era nada menos que la futura reina de Polonia, Bona Sforza, hija de Isabel de Aragón, duquesa de Milán, á quien en la novela se designa con el título ligeramente alterado de duquesa de Meliano, que era una muy noble señora viuda y residía con sus dos hijas, ya en Nápoles, ya en Bari. Esta pobre reina Bona, cuyas aventuras, andando el tiempo, dieron bastante pasto á la crónica escandalosa, no parece haber escapado siempre de ellas tan ilesa como de manos del comedido hidalgo Flamiano, ni haberse mostrado con todos sus galanes tan dura, esquiva y desdeñosa como con aquel pobre y transido amador, al cual no sólo llega á decirle que recibe de su pasión mucho enojo, sino que añade con ásperas palabras: «y aunque tú mil vidas, como dices, perdieses, yo dellas no he de hazer ni cuenta ni memoria». Á lo cual el impertérrito Flamiano responde: «Señora, si quereys que de quereros me aparte, mandad sacar mis huessos, y raer de alli vuestro nombre, y de mis entrañas quitar vuestra figura».

Los demás personajes de la novela han sido identificados casi todos por Croce con ayuda de los diarios de Passaro. El Conde Davertino es el conde de Avellino; el Prior de Mariana es el prior de Messina; el Duque de Belisa es el duque de Bisceglie; el Conde de Porcia es el conde de Potenza; el Marqués de Persiana es el marqués de Pescara; el Señor Fabricano es Fabricio Colonna; Attineo de Levesin es Antonio de Leyva; el Cardenal de Brujas, el cardenal de Borja; Alarcos de Reyner, el capitán Alarcón; Pomarín, el capitán Pomar, Alvalader de Caronis, Juan de Alvarado; la Duquesa de Francoviso, la duquesa de Francavilla; la Princesa de Saladino, la princesa de Salerno; la Condesa de Traviso, la de Trivento; la Princesa de Salusana, la princesa Sanseverino de Bisignano. Y luego, por el procedimiento de parear los colores, puede cualquier aficionado á saber intrigas ajenas penetrar en las intimidades de aquella sociedad como si hubiese vivido años en ella.

Esta sociedad bien puede ser calificada de italohispana, y aun de bilingüe. Menos de medio siglo bastó en Nápoles para extinguir los odios engendrados por la conquista aragonesa. «Todos estos caballeros, mancebos y damas, y muchos otros principes y señores (dice el autor de la Question) se hallaron en tanta suma y manera de contentamiento y fraternidad los unos con los otros, assi los españoles unos con otros como los mismos naturales de la tierra con ellos, que dudo en diversas tierras ni reynos ni largos tiempos passados ni presentes tanta conformidad ni amor en tan esforzados y bien criados caballeros ni tan galanes se hayan hallado». Las fiestas que en la novela se describen, las justas de ocho carreras, la tela de justa real ó carrera de la lanza, y sobre todo el juego de cañas y quebrar las alcancías, son estrictamente españolas, y no lo es menos el tinte general del lenguaje de la galantería en toda la novela, que, con parecer tan frívola, no deja de revelar en algunos rasgos la noble y delicada índole del caballero que la compuso. Es muy significativo, en esta parte el discurso de Vasquirán á su amigo al partir para la guerra, enumerando las justas causas que debían moverle á tomar parte en tal empresa: «La una yr en servicio de la Iglesia, como todos is: la otra en el de tu rey, como todos deben, la otra porque vas a usar de aquello para que Dios te hizo, que es el hábito militar, donde los que tales son como tú ganan lo que tú mereces y ganarás: la otra y principal que llevas en tu pensamiento a la señora Belisena, y dexas tu corazon en su poder».

La Cuestión de Amor encontró gracia ante la crítica de Juan de Valdés, aunque prefería el estilo de la Cárcel: «Del libro de Question de Amor ¿qué os parece?—Muy bien la invencion y muy galanos los primores que hay en él, y lo que toca a la question no está mal tratado por la una parte y por la otra. El estilo en quanto toca a la prosa, no es malo, pudiera bien ser mejor; en quanto toca al metro, no me contenta.—Y de Cárcel de Amor ¿qué me dezis?—El estilo desse me parece mejor...».

Lo es, en efecto, y no hay duda que al anónimo autor de la Cuestión se le pegaron demasiados italianismos. Pero tal como está, su obra resulta interesante, como pintura de una corte que, distando mucho de ser un modelo de austeridad, era por lo menos muy elegante, bizarra, caballeresca y animada. Otro, documento tenemos en el Cancionero General de Hernando del Castillo para restaurarla mentalmente, y es una larga poesía con éste encabezamiento: Dechado de amor, hecho por Vazquez a peticion del Cardenal de Valencia, enderezado a la Reina de Nápoles[484]. Esta poesía se compuso probablemente en 1510. No puede ser posterior á 1511, porque en ella aparecen todavía como vivos el cardenal de Borja, la princesa de Salerno, la condesa de Avellino y la princesa de Bisignano, todos los cuales fallecieron en aquel año. No puede ser anterior á 1509, porque en este año se celebraron en Ischia las bodas de Victoria Colonna, que ya aparece citada como Marquesa de Pescara en este Dechado. El Vázquez que le compuso parece hasta ahora persona ignota; ¿será el mismo Vázquez ó Velázquez de Ávila, á quien por diversos indicios atribuyó D. Agustín Durán un rarísimo cancionerillo ó colección de trovas, existente en el precioso volumen de pliegos sueltos góticos que perteneció á la biblioteca de Campo-Alanje? ¿Será, como. B. Croce insinúa, el mismo Vasquirán que interviene en la Cuestión de Amor, y que es quizá el autor de la novela? Lo cierto es que entre el Dechado y ella hay parentesco estrechísimo, y que cada una de estas piezas puede servir de ilustración á la otra.

Rápidamente trataremos de las novelas sentimentales posteriores á la Cuestión de Amor, porque casi todas tienen más interés bibliográfico que literario; se buscan por raras, no por amenas. Rarísima es sobre todo encarecimiento la Repetición de amores de Lucena, famoso tratadista del arte de ajedrez, hijo del protonotario Juan de Lucena, tan conocido por su diálogo de vita beata, Compuso Lucena el mozo su obrilla «en servicio de la linda dama su amiga, estudiando en el preclarísimo estudio de Salamanca»; y bien se conoce que es ensayo poco maduro de escolar, en la profusión de textos que alega de Hipócrates, Platón, Aristóteles, David, Tulio, Séneca y otros autores sagrados y profanos, y en la extraña forma de conclusiones escolásticas que adopta, tomando por tesis de su Repetitio de amoribus unos versos de la famosa sátira del poeta catalán Torrellas contra las mujeres. Con esta cuestión tan debatida en el siglo XV, y con la otra no menos manoseada de armas y letras, intercala el breve y sencillo cuento de sus propios amores, con una carta suya y otra de su dama. No tiene fecha la edición gótica de este libro, pero seguramente es anterior á 1497, porque la Arte breve é introducción muy necesaria para saber jugar al ajedrez, que forma parte integrante del mismo libro, está dedicada al príncipe D. Juan, hijo de los Reyes Católicos, que falleció en dicho año, como es sabido[485].

En el Cancionero General de Hernando del Castillo, pero no en su primera edición valenciana de 1511, sino en la de 1514 y en las posteriores, apareció una corta novela alegórico-sentimental del Comendador Escrivá, con el título de Queja que da á su amiga ante el dios de Amor, por modo de diálogo en prosa y verso. Los versos no carecen de mérito, dentro de su género conceptuoso, y también en la prosa se nota cierto aliño y esfuerzo para buscar el número y armonía que en ella caben[486]. Era Escrivá valenciano, y en este género de prosas poéticas parece haber seguido las huellas de Mossén Ruiz de Corella, cuyos versos alternan con los suyos y con los de Bernardo Fenollar en el pequeño pero curiosísimo cancionero barcelonés que lleva el extraño título de Jardinet d' orats (huertecillo de los locos).

Distinta persona de este comendador Juan Escrivá (que fué Maestre Racional del Rey Católico y su Embajador en 1497 ante la Santa Sede) es Ludorico Scrivá, caballero valenciano, que en 1537 dedicó al Duque de Urbino, Francisco María Feltrio, el Veneris Tribunal, rarísima novela que no tiene en latín más que el título, estando todo lo restante en lengua castellana, con hartas afectaciones y pedanterías de estilo, que hacen de ella una de las peores de su género[487]. Es libro sin interés alguno; todo se reduce á la pomposa descripción de la corte de Venus y á la controversia que ante su tribunal se debate sobre el siguiente tema: «cual sea mayor deleyte al amante, o ver la cosa amada, o sin verla pensar en ella». La discusión es ingeniosa y sutil á veces, pero todo lo estropea el abuso inmoderado del hipérbaton y la amanerada construcción de los períodos.

Mucho más conocido que estos autores, á lo menos por una de sus obras, es Juan de Flores, autor del Breve Tractado de Grimalte y Gradissa y de la Historia de Grisel y Mirabella. Bien se ve que Flores se había propuesto por modelo á Boccaccio. Grimalte y Gradissa es no sólo una imitación, sino una continuación de la Fiammetta, como su mismo encabezamiento declara: «Comiença un breve tractado compuesto por Johan de Flores, el qual por la siguiente obra mudó su nombre en Grimalte. La inuencion del qual es sobre la Fiometa (sic), y porque algunos de los que esto leyeren, por ventura no habrán visto tan famosa scriptura, me parecerá bien declararla en suma». Lo que Juan de Flores añadió se reduce á lo siguiente: Grimalte, enamorado de Gradissa, recibe de ella el encargo de peregrinar por el mundo en busca de la desventurada Fiameta. La encuentra por fin y la acompaña á Florencia, donde moraba su antiguo y ahora desdeñoso amante Pánfilo. Vanamente intenta la infeliz señora, ya por cartas, ya por una entrevista que prepara Grimalte, renovar la pasión dormida en el corazón del mancebo, y al verse con ásperas palabras rechazada y abandonada para siempre, cae en la más furiosa desesperación y muere impenitente. Grimalte la da sepultura, describe largamente su túmulo, y cumplidos estos fúnebres honores, desafía á campal batalla al ingrato Pánfilo, que arrepentido de la fealdad de su conducta y pesaroso de la catástrofe de que ha sido causa, niégase á aceptar el reto, se da por vencido y desaparece de su casa con intento de hacer asperísima penitencia en lugar apartado de todo comercio humano. Grimalte vuelve con estas nuevas á Gradissa, que en vez de concederle su amor se muestra cada vez más esquiva, y le ordena buscar de nuevo á Pánfilo, cuya resolución atribuye á cobardía. Más de veintisiete años empleó en este segundo viaje, hasta que en las partidas de Asia, y en lo más espeso de «una muy desesperada montaña», encontró á Pánfilo haciendo vida salvaje, y en talle y figura que recuerda la aparición de Cardenio en Sierra Morena. Al principio guarda obstinado silencio, que era una de las condiciones de su penitencia, pero Grimalte no sólo consigue hacerle hablar, sino que se le ofrece por compañero en su soledad y espantosa vida. Por las noches son perturbados con infernales visiones en que ven pasar la sombra de la enamorada Fiameta, condenada á las llamas eternas por su desesperación final. Y aquí termina bruscamente la novela, quedando juntos en aquel horrible desierto el amante ingrato y el desdeñado. No está mal imitada en los razonamientos de esta novela la prosa de Boccaccio: hay calor de pasión en algunos trozos. Los versos que con frecuencia aparecen intercalados valen poco, y no son de Juan de Flores, sino de otro autor igualmente desconocido, cuyo nombre se expresa al final: «La sepultura de Fiometa con las coplas y canciones quantas son en este tractado hizo Alonso de Cordova». Este libro, cuyo original castellano es tan raro que sólo se conoce un ejemplar[488], fué traducido al francés por Mauricio Sceva, é impreso dos veces en Lyon y París, 1535 y 1536[489].

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Note 1 · En el libro ya citado, del Dr. Sanvisenti, I primi influssi di Dante, del Petrarca e del Boccaccio sulla Letteratura spagnola (pág. 395 y ssNote 2 · La Fiameta de Juan Vocacio (frontis grabado, al reverso del cual está la tabla de los nueve capítulos ó partes de la obra). Al fin: «Fue impNote 3 · Laberinto de amor: que hizo ē toscano el famoso Juā bocacio: agora nueuamēte traduzido en nuestra lengua castellana. Año de M.D.XLVI. (ColofNote 4 · Trece questiones muy graciosas sacadas del Philoculo del famoso Juan Bocacio, traducidas de lēgua Toscana en nuestro Romance Castellano con Note 5 · Véase en el volumen XXXI de la Romania el interesante estudio de Rajna, L'episodio delle questioni d'amore nel «Filocolo» del Boccaccio.Note 6 · Historia muy verdadera de dos amātes Eurialo Franco y Lucrecia Senesa que acaecio enl año de mil y quatrocientos y treynta y qtro años en prNote 7 · Ambos trataditos están reimpresos en un tomo de la Biblioteca rara del editor Daelli (Mezcolanze d'amore, Milán, 1863).Note 8 · Cita de pasada esta versión el prologuista de Curial y Güelfa, pág. X.Note 9 · Historia de las ideas estéticas en España, t. III, segunda edición.Note 10 · Vid. Lieder des Juan Rodriguez del Padron... von Dr. Hugo A. Rennert... Halle, 1893 (extracto del tomo XVII del Zeitschrift für Romanische PNote 11 · Es lástima que libro tan peregrino haya llegado á nuestros días en una sola é incorrectísima copia, la contenida en el códice Q-224 de la BiNote 12 · Esta entretenida narración, que se halla en un códice de la Biblioteca Nacional, y que á juzgar por su principio debió de formar parte de unNote 13 · Minorum subiit institutum in patria, ubi, concessis facultatibus cœnobio construendo, vitam duxit religiosissimam. Floruit sub annum 1450 (SNote 14 · El P. Fidel Fita, S. J., discurre docta é ingeniosamente sobre la topografía y alusiones históricas de la novela de Juan Rodríguez del PadróNote 15 · Del Triunfo de las donas no se conocen más que dos códices: uno de la biblioteca del Duque de Frías y otro de la Nacional. Las copias de la Note 16 · Publicada por el Sr. Paz y Meliá en los apéndices de su colección.Note 17 · En una de estas epístolas apócrifas, la de Troylo á Briseyda, se lee el siguiente pasaje, en verdad muy poético, y que á su discreto editor Note 18 · D. Antonio Paz y Meliá, en el tomo de Opúsculos literarios de los siglos XIV á XVI, dado á luz por la Sociedad de Bibliófilos Españoles en 1Note 19 · Para encarecer su desesperación amatoria se vale de palabras del Libro de Job. «¡Maldito sea el dia en que primero amé, la noche que velandoNote 20 · Véase, por ejemplo, la jerigonza con que acaba el libro: «Fenescida (la Sátira) quando Delfico declinaba del cerco meridiano a la cauda del Note 21 · Trozo agradable, por ejemplo, es el siguiente: «Assi caminava, semblando a aquellos que pasando los Alpes, el terrible frio de la nieve e agNote 22 · Die alten Liederbücher der Portugiesen oder Beiträge zur geschichte der portugiesischen Poesie vom dreizenhnten bis zum Aufang des sechzehntNote 23 · Homenaje á Menéndez y Pelayo en el año vigésimo de su profesorado. Estudios de erudición española... Madrid, 1899, pp. 637-732.Note 24 · Varias de ellas existen en un códice de la biblioteca de la Universidad de Valencia, procedente de la Mayansiana, y cuyo índice publicó ya XNote 25 · Jardinet d' Orats, manuscrit del segle XV (fragment) publicat per Francesch Pelay Briz (Barcelona, 1869), pp. 117-120.Note 26 · Pudiera sospecharse que fué de origen judío, si es que á él se refieren estas anécdotas que trae D. Luis Zapata en su Miscelánea (pág. 395):Note 27 · Así resulta de las siguientes noticias, que debo á la buena amistad de los doctos investigadores D. Francisco Rodríguez Marín y D. Manuel SeNote 28 · Cítanse de él las dos siguientes ediciones castellanas: Tractado de amores de Arnalte e Lucenda. (Al fin): «Acabase este tractado llamando SNote 29 · Petit Traité de Arnalte et Lucenda, Picciol trattato D'Arnalte et di Lucenda intitolato L'Amante mal trattato dalla sua amorosa, nouamente pNote 30 · The pretie and wittie historie of Arnalte and Lucenda, with certain rules and dialogues set forth for the learner of th' Italian tong. LondrNote 31 · «Avertisca vostra prudenza, nobili lettori, che l'Authore della presente lamentevole storia, fù un nobilissimo Greco che per alcune faccendeNote 32 · La imitación dantesca parece visible en este principio: «Sendomi io questa state passata, messo à far un viaggio più per la necessità d'altrNote 33 · De su popularidad da testimonio Fr. Antonio de Guevara en el primer prólogo de su Relox de Principes (Valladolid, 1529): «Compassion es de vNote 34 · «La octava razon es porque nos hazen contemplativos, que tanto nos damos a la contemplacion de la hermosura y gracias de quien amamos, y tanNote 35 · La edición más antigua de la Cárcel de Amor es la de Sevilla, 1492, que existe en la Biblioteca Nacional, y es la que hemos seguido en esta Note 36 · El Sermón de Diego de San Pedro está en un pliego suelto de la preciosa colección de Campo-Alanje (hoy en la Biblioteca Nacional), y tambiénNote 37 · La más antigua edición que conozco de la Question de amor es la de Valencia, por Diego de Gumiel: Acabose a dos de Julio año de mil e quinieNote 38 · Di un antico romanzo spagnuolo relativo alla storia di Napoli, La Question de Amor (en el Archivio Storico per le Provincie Napolitane, y luNote 39 · Era ya frecuente en Italia la representación de piezas españolas. Consta que en 6 de enero de 1513 fué recitada en Roma una égloga de Juan dNote 40 · Vid. B. Croce, La corte delle Tristi Regine a Napoli (en el Archivio storico per le Previncie Napolitane, 1894).Note 41 · Vid. Gallardo, Ensayo, tomo III, columnas 546-550.Note 42 · Véase, por ejemplo, este pasaje bastante agradable, á pesar de ciertas afectaciones retóricas: «Esperaba con estremo deseo la venida del dicNote 43 · Sólo dos ejemplares, además del que poseo, he alcanzado á ver de este rarísimo libro, que lleva en el frontispicio grabado, en que aparecen Note 44 · El que perteneció á D. Serafín Estébanez Calderón, y se halla hoy en la Biblioteca Nacional. 4.º let. gót., sin año, lugar ni foliatura. SigNote 45 · La deplourable fin de flamete, elegante invention de Johan de flores espaignol traduicte en langue françoyse, 1535. On les vend a Lyon, chez
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