VII (continued 2)
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La autoridad histórica del Inca Garcilaso ha decaído mucho entre los críticos modernos, y son muy pocos los americanistas que se atreven á hacer caudal de ella. Aun en las cosas de la conquista y de las guerras civiles es cronista poco abonado, porque salió muy joven de su tierra, y escribió, no á raíz de los sucesos, sino entrado ya el siglo XVII, dejándose guiar de vagos recuerdos, de relaciones interesadas, de anécdotas soldadescas y de un desenfrenado amor á todo lo extraordinario y maravilloso. Pero donde suelta las riendas á su exuberante fantasía es en los Comentarios Reales, libro el más genuinamente americano que en tiempo alguno se ha escrito, y quizá el único en que verdaderamente ha quedado un reflejo del alma de las razas vencidas. Prescott ha dicho con razón que los escritos de Garcilaso son una emanación del espíritu indio: «an emanation from the indian mind». Pero esto ha de entenderse con su cuenta y razón, ó más bien ha de completarse advirtiendo que aunque la sangre de su madre, que era prima de Atahualpa, hirviese tan alborotadamente en sus venas, él al fin no era indio de raza pura, y era además neófito cristiano y hombre de cultura clásica, por lo cual las tradiciones indígenas y los cuentos de su madre tenían que experimentar una rara transformación al pasar por su mente semibárbara, semieducada. Así se formó en el espíritu de Garcilaso lo que pudiéramos llamar la novela peruana ó la leyenda incásica, que ciertamente otros habían comenzado á inventar, pero que sólo de sus manos recibió forma definitiva, logrando engañar á la posteridad, por lo mismo que había empezado engañándose á sí mismo, poniendo en el libro toda su alma crédula y supersticiosa. Los Comentarios Reales no son texto histórico: son una novela tan utópica como la de Tomás Moro, como la Ciudad del Sol de Campanella, como la Oceana de Harrington; pero no nacida de una abstracción filosófica, sino de tradiciones oscuras, que indeleblemente se grabaron en una imaginación rica, pero siempre infantil. Allí germinó él sueño de un imperio patriarcal y regido con riendas de seda, de un siglo de oro gobernado por una especie de teocracia filosófica. Garcilaso hizo aceptar estos sueños por el mismo tono de candor con que los narraba, y la sinceridad, á lo menos relativa, con que los creía, y á él somos deudores de aquella ilusión filantrópica que en el siglo XVIII dictaba á Voltaire su Alzira y á Marmontel su fastidiosísima novela de Los Incas, y que en el canto triunfal de Olmedo en honra de Bolívar evocaba tan inoportunamente, en medio del campo de Junín, la sombra de Huayna Capac, para felicitar á los descendientes de los que ahorcaron á Atahualpa. Para lograr tan persistente efecto se necesita una fuerza de imaginación muy superior á la vulgar, y es cierto que el Inca Garcilaso la tenía tan poderosa cuanto deficiente era su sentido crítico. Como prosista es el mayor nombre de la literatura americana colonial; él y Alarcón, los dos verdaderos clásicos nuestros nacidos en América.
Trabajo cuesta descender de la apacible lección de tales maestros de nuestra prosa narrativa como fueron Ginés Pérez de Hita y el Inca Garcilaso al torpe y grosero matorral de fábulas con que escritores sin ciencia ni conciencia, sin arte ni estilo, de los cuales ya hemos visto un specimen en Miguel de Luna, afearon los anales eclesiásticos y civiles de España abriendo tristísimo paréntesis entre la era clásica de los Zuritas y Morales y la era crítica de los Mondéjares y Antonios, que tantos monstruos tuvieron que exterminar en el campo de nuestra historia, dejando aun así reservado para el P. Flórez el lauro mayor y lo más arduo y peligroso de la empresa. La literatura seudo-histórica del siglo XVII, que por otra parte ha tenido ya magistral y ameno cronista[606], no nos incumbe en su mayor parte, tanto porque traspasa el límite cronológico que en este trabajo nos hemos impuesto, cuanto por la falta de imaginación y de sentido literario que sus autores mostraron, y aun por la lengua en que comúnmente escribían. Ni los plomos granadinos, ni los falsos cronicones de Dextro, Marco Máximo, Luitprando y Julián Pérez, abortos del cerebro delirante del P. Román de la Higuera; ni los de Hauberto Hispalense y Walabonso Merio, compilaciones todavía más degeneradas de Lupián Zapata; ni el cronicón gallego de D. Servando, supuesto confesor de los reyes D. Rodrigo y D. Pelayo; ni otros escritos apócrifos menos divulgados, tienen nada que ver con la historia de la novela, aunque sea ficción casi todo lo que en ellos se contiene. Pero son ficciones descaradas é impudentes, nacidas al calor de un falso celo religioso, de un extraviado sentimiento de patriotismo local, de una estúpida vanidad genealógica ó de torpes móviles de lucro y codicia, no de un propósito de amenidad y recreación sin pecado, como el que había dado vida á las lozanísimas páginas del moro Aben Hamin, historiador no menos fidedigno que el propio Cide Hamete Benengeli. Estos inocentes juegos de la fantasía poética son cosa bien diversa de aquella aberración mental y moral que llenó de santos falsos ó trasladados caprichosamente de Grecia y Asia los fastos de nuestras iglesias, corrompió nuestros episcopologios, profanó con insulsas fábulas los libros de rezo y llevó su audacia hasta adulterar feamente antiguos códices é inscripciones venerables.
Pero existen otras ficciones, un poco más antiguas, en que es menor la dosis de malicia y mucho mayor la intervención del elemento novelesco. Dos obras hay, por lo menos, anteriores á la publicación de la primera parte del Quijote, que es imposible omitir en una historia de la novela, á pesar de las pretensiones históricas que afectan. Una de ellas es la Centuria ó Historia de los famosos hechos del Gran Conde de Barcelona Don Bernardo Barcino, y de Don Zinofre su hijo y otros caballeros de la Provincia de Cataluña (Barcelona, 1600); obra disparatadísima del franciscano Fr. Esteban Barellas, el cual tuvo la avilantez de dedicarla como verdadera historia nada menos que á la Diputación General del Principado. En el prólogo invoca, según costumbre de todos los falsarios, el testimonio de un autor inédito, que aquí por caso singular es un judío: «Vino a mis manos, Illustrissimos señores, el año de mil y quinientos setenta y seys, harto estragado y rompido, lo que trabajó el Rabino Capdevila, hijo de padres nativos christianos naturales del lugar Duas ayguas, morador en la villa de Momblanc. Prohijó al dicho Capdevila el Rabino Ruben Hiscar, christiano falto de padres, y por la comun calamidad mora, le llevó consigo en la retirada a los montes, como los demas christianos, donde fue enseñado por el Hiscar en las letras divinas y humanas. Assistió el Capdevila, a lo que se vee, en las mayores jornadas, sin las que le vinieron a noticia, escriviendo en varias letras y lenguas». Refiere luego que en la Academia Complutense, ó sea en la Universidad de Alcalá, donde acabó sus estudios, le había servido de intérprete para el Capdevila el Dr. Hernando Diaz, Catedrático de Lengua Hebrea y Profesor de Medicina. Preceden al libro unas tablas cronológicas en toda forma y varios apuntamientos de simulada erudición geográfica é histórica para deslumbrar á los incautos[607].
El libro es tal que quizá no se encuentre otro más absurdo en toda la dilatada serie de los libros de caballerías, á cuyo género pertenece indisputablemente. No sin razón le comparó el Marqués de Mondéjar con El Caballero del Febo ó con las obras de Feliciano de Silva. Si se exceptúan los nombres topográficos y los apellidos, derramados como á granel, todo es pura patraña en la Centuria de Barellas, comenzando por los dos imaginarios héroes D. Barcino y D. Zinofre. Ni siquiera acertó el mísero autor á incorporar en su obra los episodios y rasgos poéticos y tradicionales con que le brindaban las antiguas crónicas catalanas, y que aun no teniendo certidumbre histórica habían podido arraigar ya en la mente popular. Pero algo aprovechó de ellas, aunque con torpeza. En las Historias y Conquistas de Mosén Pere Tomich, crédulo compilador del siglo XV, encontró el germen de la fábula heroica de Otger Cathalon y los nueve Barones de la fama, supuestos héroes de la restauración pirenaica, y la historia no menos apócrifa del monasterio de Grassa, atribuida á Filomena, secretario de Carlomagno. Las juveniles aventuras de Vifredo el Velloso (á quien Barellas da el extravagante dictado de D. Zinofre 2.º Peloso ó Astrodoro), su estancia en la corte del Conde de Flandes y la venganza que tomó del usurpador Salomón eran invenciones añejas, que ya en el siglo XIII fueron escritas en el Gesta Comitum, y á las cuales el Dr. Pujades había dado en su Crónica de Cataluña más amplio desarrollo. Finalmente, la historia del dragón vencido por D. Zinofre Barcino, que tanta parte ocupa en la Centuria, además de ser un lugar común del género caballeresco (la sierpe de Baldovín en la Gran Conquista de Ultramar, el endriago de Amadís), es tradición antiquísima localizada en varios puntos del Principado Catalán, y que ha dejado rastros en representaciones artísticas, en fiestas populares y en la leyenda muy interesante de la espada de Vilardell[608].
Por desgracia es muy poco lo que hay de tradicional en el libro del P. Barellas, y aun esto se halla torpemente desfigurado y revuelto con mil invenciones ineptas; la reina Delphina y sus amazonas, la fuente del Salvaje, la pesadísima descripción del templo de Venus y de las artes mágicas que en él se practicaban; todo ello en un castellano poco menos que bárbaro, y con tal carencia de sentido poético é histórico, que apenas se hallará libro más fastidioso ni peor escrito en toda la enorme biblioteca caballeresca.
Así como los Condes soberanos de Barcelona tuvieron en Barellas indigno y fabuloso cronista, así le tuvo la antigua y nobilísima ciudad de Ávila en el P. Luis Ariz, de la Orden de San Benito, que en 1607 imprimió la que llamaba Historia de sus Grandezas[609], obra monstruosa, que en sus dos primeras partes puede competir con el más estupendo de los libros de caballerías. Desde la portada ofrece poner en claro «qual de los quarenta y tres Hercules fue el Mayor, y como siendo Rey de España tuvo amores con una Africana, en quien tuvo un hijo que fundó a Avila». No hay que decir que sale triunfante de su empeño, pero no por el trillado camino del Beroso y Anio Viterbiense, que siguen otros historiadores de pueblos, sino exhibiendo entera y verdadera una crónica novelesca de Ávila que alcanza desde los tiempos de Hércules hasta los del Emperador Alfonso VII, escrita en una fabla que quiere ser antigua. Este raro documento, que contiene pormenores interesantes y tradiciones que alguna vez parecen de origen épico, lleva por título Leyenda de la muy noble, leal e antigua Ciudad de Avila, pendolada por Hernan de Illanes, fijo de Millan de Illanes, uno de los primeros pobladores de Avila, en la ultima recuperacion por el señor Rey don Alfonso sexto, año 1073. La qual se sacó del original por mandado del Alcalde Fernan Blazquez, año 1315. Pero como sin duda Hernán de Illanes pareció personaje demasiado oscuro para autorizar tal leyenda, diose por primer autor de ella al obispo de Oviedo D. Pelayo, á quien su bien ganada fama de escritor fabuloso é interpolador de antiguos cronicones hacía digno patrono de tal engendro, donde se contienen, por cierto, cosas muy posteriores al año 1153, en que aquel prelado pasó de esta vida. En su boca se pone la narración como dirigida en Arévalo á los primeros pobladores de Ávila el año 1087. No falta, por supuesto, la cita de un fantástico historiador griego en apoyo de los delirios sobre Hércules y la africana, y su hijo el barragán Alcideo, que mamantó siete años, y á quien se atribuye la fundación de las murallas de Ávila: «Todo lo que vos he fablado, mis buenos amigos e parientes, del noble Hercules, pendola Nestorino Griego en su leyenda». Este ridículo verbo pendolar, juntamente con el de otear, torcido de su verdadera significación, reaparece fastidiosamente en cada párrafo de esta rapsodia, probando los menguados recursos de su inventor y lo poco que se le alcanzaba de lenguaje antiguo. «Dice más el obispo de Oviedo, que estando ellos en Arévalo con los pobladores que venian a Avila a su segunda poblacion, e aviendo oteado bien esta leyenda de Nestorino que la pendola, e es bien antigua, me dio codicia (aquí no se sabe si habla el Obispo ó Hernán de Illanes) de otear si otro pendolador oviese que lo tal pendolase, e fallé en la leyenda que pendoló Guido Turonense de Urbibus, ca este tal pendoló bien cien años antes yo Pelayo obispo de Oviedo naciese, e asi pendoló...».
Esto baste en cuanto al estilo de la leyenda atribuida á D. Pelayo, que no puede ser más anacrónico y ridículo. Pero el contenido no es tan necio como el estilo ni con mucho. Un buen ingenio podría sacar partido de los informes materiales que esta ruda patraña ofrece, y que acaso tienen origen más noble y antiguo de lo que suponemos. Todo lo que se refiere á las hazañas de Ximén Blázquez, Sancho Zurraquines y demás pobladores de Ávila; el fabuloso cerco puesto á la ciudad por D. Alfonso el Batallador y el hecho bárbaro que se le atribuye de haber mandado freír en calderas á los avileses que tenía en rehenes; el reto de Blasco Ximeno al rey de Aragón, que recuerda el de D. Diego Ordóñez á los zamoranos; la muerte alevosa dada al campeón del concejo; el arbitraje de Burdeos, que pone fin á la discordia entre castellanos y aragoneses; la defensa de Toledo por los adalides de Ávila contra el rey moro Jazimin; los amores de la infanta Aja Galiana con el gobernador de Ávila, Nalvillos Blázquez; la animada descripción de los desposorios de Sancho de Estrada y Urraca Flores, conservan bastante carácter de poesía heroico-popular, y algunos de ellos parecen superiores á lo que podía dar de sí el pobre y malaventurado falsificador que redactó esta escritura en la forma en que hoy la leemos. Lo que parece increíble es que un libro semejante haya podido extraviar el juicio de historiadores serios, aunque algo crédulos, como Sandoval y Colmenares, repitiéndose hasta nuestros días el absurdo y calumnioso cuento de las fervencias, que todavía tuvo que impugnar en una larga memoria D. Vicente de la Fuente. Y todavía causa mayor sorpresa que el erudito y severo autor de las memorias de los arquitectos españoles, D. Eugenio Llaguno, diese entrada en el catálogo de nuestros primitivos artífices (si bien con algún recelo) á los fabulosos maestros Casandro Romano y Florín de Pituenga, cuya existencia no tiene más apoyo que el dicho de esta falsa crónica abulense. ¡Tal es la virtud prolífica y funesta que tienen el error y la mentira; por donde incurren en no leve responsabilidad los que á sabiendas, y aunque sólo fuere por alarde de ingenio, siembran tan pestífera cizaña en el campo de la historia![610].
La de Ávila venía falsificándose desde muy antiguo. El P. Ariz no fué autor, sino editor, y á veces interpolador de la extraña y curiosa novela, escudada con el nombre del obispo D. Pelayo. En sendos manuscritos de la Biblioteca Nacional y de la Academia de la Historia, que pertenecieron á cierto regidor de Ávila llamado D. Luis Pacheco, se halla un texto de esta leyenda, más completo que el publicado por Ariz. Su encabezamiento es como sigue: «Aqui se face rrevelacion de la primera fundacion de la ciudad de Avila e de los nobles varones que la vinieron a poblar, e cómo vino a ella el santo ome Segundo».
No es posible todavía designar el autor material de esta falsa crónica (acaso el mismo regidor Pacheco, que vivía á mediados del siglo XVI), pero es cierto que está ligada con un grupo entero de invenciones abulenses, las cuales se remontan por lo menos al año 1517, en que «siendo Corregidor el noble caballero Bernal de Mata, entre otras cosas buenas de hedifficios e noblecimiento de dicha ciudad, assi en reparo de muros e puertas de ella como en hacer plantar pinares e saucedas por las riberas de Adaja e Grajal, e en otros hedifficios de puentes e passos, tuvo especial cuidado de inquirir e buscar el fundamento de la dicha ciudad de dónde avia avido origen e cómo se habian ganado las armas reales que tienen, e sus privillegios, sobre lo mal halló en un libro antiguo que tenia Nuño Gonzalez del Aguila un cuaderno de escriptvras». Este cuaderno, cuya narración alcanza hasta los tiempos de Alfonso el Sabio, se conserva también en las dos bibliotecas citadas, y por su estilo poca antigüedad revela, á pesar del afectado uso de ciertas palabras arcaicas. Puede ser contemporáneo del mismo corregidor Bernal de la Mata, que le hizo trasladar en pergamino y poner en el arca del Concejo. Pero no hay duda que su autor, quien quiera que fuese, tenía noticia de nuestros antiguos cantares de gesta, y no sería temeraria la sospecha de que pudo basar su ficción en alguno que se ha perdido. Un autor original del siglo XVI no se hubiera mostrado tan profundamente imbuido en la superstición de los agüeros, como lo muestra esta primera cláusula de la leyenda, que nos recuerda análogos pasajes del Poema del Cid y de la feroz historia de los Infantes de Lara: «Quando el conde don Remond, por mandado del Rey don Alonso, que ganó a Toledo, que era su suegro, ovo de poblar a Avila, en la primera puebla vinieron gran compaña de buenos omes de cinco villas e de Lara, e algunos de Coualeda e de Lara venien delante e ovieron sus aves a entrante de la villa, e aquellos que solian catar de agueros entendieron que eran buenos para poblar alli e fueron poblar en la villa lo más cerca del agua, e los de cinco villas en pos dellos ovieron esas aves mesmas, e Muño Enavemudo que venia con ellos era más agorador e dixo por los que primero llegaron que ouvieron buenas aves, mas que erraron en possar en lo baxo cabe el agua».
No sabemos si valiéndose del manuscrito de Bernal de la Mata, pero coincidiendo en gran parte con sus noticias, escribió el famoso comunero Gonzalo de Ayora su Epílogo de algunas cosas dignas de memoria pertenecientes a la illustre e muy magnifica e muy leal ciudad de Avila, obrilla casi inasequible en su primitiva edición de 1519[611]. Toda la historia fabulosa de Ávila estaba, por consiguiente, inventada y aun en parte divulgada antes del P. Ariz; pero él fué quien la dió los últimos toques, y la presentó con más aparato de erudición, confusa y amañada[612].
Otras historias de reinos y ciudades pudiéramos citar en que entra por mucho el elemento novelesco, pero bastan los dos casos típicos de Barellas y Ariz para dar idea de esta derivación tardía de los libros caballerescos; de este género híbrido y contrahecho, que todavía á fines del siglo XVII cultivaba con ciertas dotes de imaginación y estilo el popularísimo Dr. Lozano en sus Reyes Nuevos de Toledo y otros libros análogos, tan menospreciados por los doctos como amados por el vulgo, y que tantos argumentos suministraron á Zorrilla y otros poetas románticos para sus mejores leyendas.
Verdaderas leyendas ó novelas en verso se componían ya en el siglo XVI sobre episodios históricos nacionales, ora de tradición piadosa, como El Monserrate del capitán Virués, ora de antigüedades romanas, como El León de España de Pedro de la Vecilla Castellanos. Pero la forma y entonación de estos poemas, escritos al modo clásico é italiano, nos retraen ahora de su estudio, que más bien pertenece al tratado de la poesía épica. Sólo una excepción hemos de hacer en favor de Las Havidas del poeta tudelano Jerónimo de Arbolanche ó Arbolanches[613], porque lo raro de su asunto, lo libre y holgado de su ejecución, la variedad de metros en que está escrito, la mezcla de elementos caballerescos y pastoriles que en él caprichosamente se combinan, han hecho que la mayor parte de los eruditos le clasifiquen entre las novelas más bien que entre los poemas con pretensión de heroicos. Es ciertamente un parto de la fantasía novelesca, á la vez que uno de los más curiosos ensayos que se han hecho para poetizar las oscuras tradiciones de la España prehistórica. El asunto está perfectamente elegido, porque es el único mito turdetano que se conserva íntegro en sus rasgos esenciales á través de la narración de Trogo Pompeyo abreviada por Justino (lib. XLIV, cap. IV) y nada impide suponer que pueda ser un vestigio de aquellas antiquísimas epopeyas de que nos habla Strabón. Es fábula muy conocida, porque la mayor parte de nuestros historiadores la reproducen; para traerla á la memoria basta copiar el argumento del libro de Arbolanches: «Gargoris, a quien por fallar el uso de las abejas llamaron Melicola, tuvo un hijo llamado Abido, y hubolo, segun algunos cuentan, en su misma hija, por lo cual el padre, deseoso de que no se sintiese su pecado, echó el niño a las fieras para que se lo comiesen. Como aquéllas no le hiciesen daño señalóle en el brazo y echóle en la mar, imaginando que con el fin del niño no quedaria memoria de su culpa; pero por permision divina, segun Justino cuenta, le echaron las ondas vivo a las riberas. Finalmente, dando en manos de un pastor, fue tanta su prudencia, que, fuera de las ficciones que lleva la poesia, saliendo de pastor tuvo oficio en la casa real de su padre, donde por las señales del brazo fue de su madre conocido, y reinó despues de muerto su padre, siendo el postrero rey antes de la venida de diversas naciones en España, y antes de la seca que cuentan los cronistas».
De este Abidis, pues, rey del Saltus Tartessiorum y uno de los civilizadores de la Bética (puesto que, según Justino, dió leyes á su pueblo y enseñó á uncir los bueyes al arado y á lanzar al surco la semilla de trigo, con lo cual el pueblo de los Cynetas abandonó el agreste alimento que hasta entonces le había nutrido), emprendió Arbolanches contar las aventuras en un poema que dividió en nueve libros. Para dar á su narración cierto color de antigüedad majestuosa y venerable, tuvo el buen instinto de tomar por principal modelo la Odisea, que es sin duda el poema que mejor nos transporta á la vida familiar de las primeras edades humanas. Por desgracia no la leía en su original, sino en la versión del secretario Gonzalo Pérez, estimable para su tiempo por la fidelidad, pero muy tosca y desaliñada en la versificación, si bien su mismo desaliño tiene algunos dejos de rusticidad patriarcal que no desdicen del argumento del poema. Los versos sueltos en que Arbolanches compuso gran parte del suyo no valen más que los de Gonzalo Pérez; pero los versos cortos, que abundan mucho, especialmente en el episodio pastoril de los amores de Abidis (ó Abido) con una zagala, son fáciles, melodiosos y de apacible sencillez, como puede juzgarse por esta canción:
Cantaban las aves Con el buen pastor Herido de amor. Si en la primavera Canta el ruiseñor, Tambien el pastor Que está en la ribera, Con herida fiera, Con grande dolor, Herido de amor. Los peces gemidos Dan allá en la hondura, El viento murmura En robres crecidos, Los cuales movidos Siguen al pastor Herido de amor. Las claras corrientes, Montes y collados, Praderas y prados, Cristalinas fuentes, Estaban pendientes Oyendo al pastor Herido de amor.
El tono satírico y desenfadado con que Jerónimo de Arbolanches pasa revista á la literatura de su tiempo y aun más antigua, en una epístola que dirige á D. Melchor Enrico, su maestro en artes (compuesta, por cierto, en pésimas octavas reales), no debió de ganarle muchas simpatías entre la grey literaria; pero como en dicha epístola no está ni podía estar incluido Cervantes (las Habidas son de 1566 y la Galatea de 1585), no me explico la desusada indignación con que aquel grande ingenio, que tanto solía pecar por exceso de benevolencia en su crítica, habló del poeta navarro en su Viaje del Parnaso (cap. VII), en que son tan pocos los ingenios nominalmente reprobados:
En esto, del tamaño de un breviario Volando uu libro por el aire vino, De prosa y verso que arrojó el contrario; De verso y prosa el puro desatino. Nos dio á entender que de Arbolanches eran Las Abidas pesadas de contino.
Ni Las Avidas tienen el tamaño de un breviario, pues son un librito en octavo de poco más de veinte pliegos, ni están escritos en verso y prosa, á no ser que Cervantes entendiera por prosa los versos sueltos de Arbolanches, que, en efecto, suelen confundirse con ella.
No sería difícil extender á Portugal esta ligera indagación sobre la novela histórica, pues aunque ninguna propiamente tal se escribiese allí durante el siglo XVI, la historia de aquel reino sufrió la misma transformación novelesca que la de los demás de la Península, bajo la pluma ya de interesados falsarios, ya de cándidos compiladores, cuyas invenciones van acumulándose desde el gran fabulador Fr. Bernardo de Brito hasta el enfático y pomposo Manuel de Faria y Sousa. De una sola de estas leyendas queremos hacernos cargo aquí, porque está fundada nada menos que en un antiguo cantar de gesta, del cual conocemos todavía una redacción prosaica.
De origen castellano parece, á pesar de los nombres geográficos de Aljubarrota y Alcobaza con que fué exornada, la gesta del abad Juan de Montemayor, que ya se cantaba antes de mediar el siglo XIV, según testimonio de Alfonso Giraldes en un fragmento de su poema sobre la batalla del Salado:
Outros falan da gran rason De Bistoris gram sabedor, E do Abbade Don Joon Que venceo Rei Almançor...[614]
Ignoramos quién fuese el gran sabidor Bistoris, pero el cantar del abad Juan ha llegado á nosotros en dos distintas redacciones prosaicas, ambas de fines del siglo XV, independientes entre sí, aunque derivadas de un mismo texto poético, á través quizá de otra prosificación perdida. Una de estas refundiciones está en el Compendio Historial de Diego Rodríguez de Almela, inédito todavía, que su autor presentó á los Reyes Católicos en 1491[615]. La otra es un libro de cordel, que corría de molde desde 1506, que fué reimpreso en Valladolid en 1562 y que todavía se estampó en Córdoba en 1693[616]. Ambas versiones acaban de ser publicadas con todo rigor crítico por don Ramón Menéndez Pidal, é ilustradas con el admirable caudal de doctrina que él posee en estas materias[617]. Á su libro nos remitimos para todo, limitándonos á dar breve idea de la leyenda y del enlace que con alguna otra tiene.
El abad Juan de Montemayor, gran hidalgo, señor de todos los abades que había en Portugal, recogió una noche de Navidad, á la puerta de la iglesia, á un niño expósito, nacido del incesto de dos hermanos. Le bautizó, llamándole D. García; le crió con mucho amor, y cuando llegó á edad adulta, le hizo armar caballero por el rey D. Ramiro de León, sobrino del abad, y le nombró capitán de toda su hueste. Pero como «toda criatura revierte á su natura», el D. García salió malo, ingrato y traidor, y concertó pasarse á los moros y venderse á su rey Almanzor. Así lo ejecutó en Córdoba, renegando públicamente de la fe cristiana, prometiendo hacer todo daño á los cristianos, y sometiéndose, además de la circuncisión, al extraño rito de beber de su propia sangre. Almanzor y el renegado, que tomó el nombre de D. Zulema, entraron con formidable ejército por tierras de cristianos, llegando hasta Santiago de Galicia, cuya iglesia profanó D. Zulema, quemando las reliquias. Á la vuelta destruyeron á Coimbra y pusieron apretado cerco á Montemayor, que el abad defendió valerosamente por espacio de dos años y siete meses, rechazando con indignación las proposiciones de su criado, que le ofrecía, de parte de Almanzor, hacerle pontífice de todos los almuedanos y alfaquíes de su ley si consentía en renegar. En una de las salidas que hizo el valeroso abad llegó á arrojar su lanza dentro de la tienda del rey y á hincarla en el tablero de ajedrez sobre el cual jugaban Almanzor y D. Zulema. Crecían las angustias del sitio al acercarse la festividad del Bautista, y entonces el abad tomó una resolución bárbaramente heroica y desesperada. Reunió en la iglesia á todos los defensores del castillo, les cantó misa, les predicó fervorosamente, y terminó su plática con este fuerte consejo:
«Amigos, bien veis la lazeria y el mal y la cuita en que estamos... Por ende os digo que yo he pensado una cosa; como quier que será peligrosa de los cuerpos, será muy gran salvacion de las animas, y será muy gran servicio de Dios nuestro señor, y acrecentamiento de nuestras honras. La qual es que matemos los hombres viejos y las mujeres y los niños, y todos aquellos que no fueren para pelear ni para hecho de armas, y despues quememos todas las cosas del castillo y todo el oro y la plata y las alhajas que en él son, y despues que esto huvieremos hecho, todos salgamos a los moros nuestros enemigos, y matemonos con ellos. Y nuestro señor Dios avrá merced de nos; y estos nuestros parientes que ahora mataremos iran a tomar posada para sí y para nos al sancto paraiso; y assi no avremos cuita de lo que aqui quedare. Y esto es lo que yo pienso que será mejor que no que los moros lleven vuestras mugeres y vuestros hijos y vuestros parientes, para que les hagan tantas deshonrras y tantos males, quales nunca fueron hechos á hombres en este mundo que fuessen nascidos». Y entonces todos ellos dixeron llorando de los ojos: «Señor abbad don Juan, pues vos sois placentero y quereis que assi sea, placenos de coraçon, y no saldremos de vuestro mandado».
Y aquí el libro de cordel, cuyo relato es mucho más extenso que el de Almela y parece seguir con más fidelidad la tradición poética, coloca una escena asombrosa que el cronista suprime, y que sólo cede en afectuosa ternura al hermosísimo romance del Conde Alarcos.
«Entonces el abbad don Juan mandó que, despues de missa dicha, que todos fuessen ayuntados en el corral grande, que era un lugar donde se ayuntavan a hazer su consejo... Y quando el abbad don Juan huvo dicho la missa, fuese para doña Urraca su hermana; y doña Urraca quando lo vio, levantóse en pie a él, y dixole: «Hermano y señor, bien seais venido y en buen dia vos vengais... que otro bien en el mundo no tengo sino a vos». Y el abbad don Juan le dixo: «Señora hermana doña Urraca, plázeme de todo esto que me dezis; mas esto durará poco». Y doña Urraca le dixo: «Señor hermano, ¿por qué?» Y el abbad don Juan le dixo: «Porque sabed que aveis de morir». Y ella le dixo: «¿Por qué es, mi buen señor?» Y el abbad don Juan le dixo: «Porque todos havemos concertado oy en este dia que matemos los hombres viejos y las mugeres y los niños y todos los que no fueren para tomar armas». Y ella dixo: «Señor hermano, ¿mis hijos moriran?» Y él dixo que sí, y mandóle que tomasse sus hijos y que se fuesse para el corral grande. Y entonces apartose el abbad don Juan de su hermana doña Urraca, mucho llorando de los sus ojos; mas sabed que no podia al hazer. Y doña Urraca sentose, dando tan grandes gritos y tan grandes voces que semejava que el cielo queria horadar; y hazia un duelo tan grande que era maravilla, ca no havia muger en todo el mundo que la oyesse que no la quebrasse el coraçon y no llorasse y tomasse gran cuita y gran pesar. Y entonces doña Urraca tomó cinco hijos que tenia, y pusolos en el corral, uno cerca de otro, y miravalos cómo eran niños y pequeños y hermosos y apuestos y sin entendimiento, y dezia que esperança tenia en Dios y en ellos que serian buenos cavalleros, porque eran hijos de un escudero muy honrado y de muy buena sangre, y de una muy noble dueña; y que esperava en Dios y en su hermano que tuviera mucha honra por ellos. Y abraçavalos mucho a menudo y miravalos y besavalos con gran pesar y amargura que tenia, y caiase en tierra amortecida; y quando acordava, dava tan grandes gritos que era muy grande maravilla, con el duelo que ella hazía. Y dixo: «Ahora vos haced de mí y dellos lo que quisieredes y tuvieredes por bien». E quando esto oyó el abbad don Juan, hincharonsele los ojos de agua; y sabed que estuvo una gran pieza llorando de los sus ojos, hasta que a malavés la pudo hablar, diziendo: «Hermana señora doña Urraca, venid vos y vuestros hijos, y tomad la muerte por aquel que la tomó por los peccadores salvar». E todos los hombres y mugeres que ai estaban, llorando de los sus ojos, havian muy gran duelo de doña Urraca y de sus hijos. Y entonces el abbad don Juan tomó la espada en la mano y fuesse para la hermana y para sus sobrinos; y dixo doña Urraca: «Ay señor hermano! Por Dios vos ruego que mateis a mí primero que no a mis hijos, porque yo no vea tan grande manzilla ni tan gran pesar, ni vea la muerte de mis hijos». Y en esto tomó doña Urraca un velo y posóle ante los ojos, y hincó los inojos ante el abbad don Juan su hermano; y alçó el abbad don Juan la espada y cortóle la cabeça a doña Urraca su hermana; y tomó a sus sobrinos cinco y degollólos y echólos sobre la madre encima de los pechos. Y todos los hombres, cuando vieron que el abbad don Juan esto hazia a doña Urraca su hermana y a sus sobrinos, hizieron ellos todos assi a cada uno de sus parientes...
«Y despues que la mortandad fue hecha, como oydo aveis, el abbad don Juan y todos los otros hombres que fueron vivos dieron tan grandes gritos contra Dios y tan grandes voces llorando de los sus ojos y haciendo tan gran duelo en tal manera que no havia hombre, en el mundo que lo viesse que no se le quebrantasse el coraçon da pesar... Y esto assi hecho, allegaron quanto aver fallaron en el castillo, assi de oro como de plata y dineros y ropas y alhajas, y pusieronlo todo en un lugar, y quemaronlo todo, que no quedó nada; y alli vierades arder tan buena ropa de seda y de otras muchas cosas, que no avia hombre en el mundo que no tomasse en ello pesar y muy gran dolor. Y luego el abbad don Juan fue al castillo, por ver si hallaria aí algunas cosas que quemassen, y no halló nada; y tornóse luego para el corral y dixoles: «Amigos, pues que aqui en el castillo no hay alguno de que nos dolamos; que los parientes que haviamos todos son muertos y son idos a la gloria del paraiso a tomar posadas para ellos y para nosotros y son martires en el cielo, ningun pensar tengamos assi mesmo del aver del castillo, porque cuando aquellos traidores acá entraren, no hallarán qué tomar ni llevar»... Y entonces dieronse paz los unos a los otros, y comulgaron y perdonaronse los unos a los otros, porque Dios perdonasse a ellos, y fueronse a armar los cavalleros muy bien; y cavalgaron todos en sus cavallos, y los otros armaronse lo mejor que pudieron y salieron todos a una puerta que dezian Puerta del Sol, y fueron a herir en los moros muy reciamente... Y alli vierades cómo herian muy de rezio y sin ninguna piedad, con golpes de espadas y a muy grandes lanzadas y grandes porradas, y tan grande era la pelea y tan fuerte que no podia en el mundo mayor ser... Y el abbad don Juan era muy cavallero en armas y muy ardid y muy rezio en su coraçon que no parescia cuando entrava entre los moros sino como el lobo quando degüella las ovejas; y él y su gente hicieron tamaña mortandad en los moros, que no havia por do andar».
Los infieles son completamente desbaratados; el abad D. Juan corta la cabeza al traidor D. Zulema, y al volver al castillo encuentra resucitados á todos los muertos de la noche anterior.
¿Cómo llegó a localizarse en Portugal esta leyenda, diciendo ya Almela con evidente anacronismo, que el abad D. Juan con el quinto del botín edificó la iglesia y monasterio de Alcobaza, donde acabó santamente sus días? Cualquiera persona versada en las tradiciones castellanas habrá reconocido desde luego la patente analogía entre la feroz hazaña que se atribuye al abad Juan y la del alcaide de Madrid Gracián Ramírez degollando á sus hijas, que fueron resucitadas por Nuestra Señora de Atocha. Otros paradigmas pueden buscarse más lejanos ó menos completos, pero éste conviene en todas las esenciales circunstancias. Otro caso de niños resucitados se encuentra en el antiguo poema francés de Amico y Amelio, de donde pasó al libro de caballerías de Oliveros de Castilla y Artus de Algarve. Hay además en la leyenda del abad Juan reminiscencias de algunos pasos de nuestros cantares de gesta (Mudarra y Zulema, encuentro del Cid con el rey Búcar, remedado en el del abad Juan con el rey Almanzor, etc.); imitaciones de las fórmulas y frases hechas de la poesía épica y aun del mester de clerecía de Fernán González, y finalmente, muchos rastros de asonantes y aun algún verso entero de diez y seis sílabas. De todo esto infiere con recta crítica el señor Menéndez Pidal que el primitivo poema del abad Juan era un cantar de gesta, compuesto en el metro propio de la épica castellana, y que no hay motivo para suponerle de origen portugués, puesto que la acción se coloca en tiempo del rey Ramiro de León, mucho antes de la formación del Condado. La mención de Alcobaza, lejos de ser prueba de tal origen, es indicio de lo contrario, pues ningún portugués podía ignorar que Alfonso Henríquez, su primer rey, era el verdadero fundador de aquel famosísimo monasterio. Otros indicios que aquí sería prolijo exponer conducen al Sr. Menéndez Pidal á sospechar que el juglar que compuso la gesta era leonés, y probablemente del Vierzo, y tenía muy superficial conocimiento de Portugal, aunque localizase allí su historia por mero capricho poético, por deseo de novedad ó por cualquier otro motivo imposible de averiguar ahora.
Pero si no nació en Portugal esta leyenda, fué pronto aclimatada por vía erudita y localizada en el pueblo de Montemayor (Monte mor o velho). Su ilustre hijo, el autor de la primera Diana, recordaba á mediados del siglo XVI aquella tradición en términos que convienen con los del cuaderno impreso, salvo en haber añadido el nombre del rey Marsilio:
Miraba a aquella cerca antigua y alta Que por tropheo quedó de las hazañas Del sancto abad don Juan, en quien se esmalta La honra, el lustre y prez de las Españas; Alli la fuerza de Hector no hizo falta, Pues destruyó su brazo las compañas Del sarracino Rey que le seguia, Y a su traidor sobrino don Garcia. Miraba aquel castillo inexpugnable, Por tantas partes siempre combatido, De aquel falso Marsilio y detestable, Y del traidor Zulema en él nascido... (Historia de Alcida y Silvano.)
Á principios del siglo XVII el crédulo analista cisterciense Fr. Bernardo de Brito, primero en la Crónica de su Orden (parte 1.ª, 1602) y luego en la Monarchia Lusitana (1609), no sólo incorporó esta leyenda como historia verdadera, sino que la exornó con nuevos y descabellados pormenores, que parecen tomados de una redacción distinta del libro de cordel, y con dos escrituras apócrifas, forjadas probablemente en el monasterio de Lorván. En una de ellas, el rey Ramiro I hace donación de la villa de Montemayor á Juan, supuesto abad de dicho monasterio, en 848. La otra es una carta del abad Juan, dando cuenta de su maravillosa victoria y del milagro que la siguió, y haciendo renuncia de la abadía en favor de Teodomiro, prior de Lorván. No faltaron en la familia benedictina otros historiadores que de buena fe copiasen estas patrañas, sin que se salven de tal nota el diligentísimo Fr. Prudencio de Sandoval ni el elegante Fr. Angel Manrique. Y á la verdad que no tenían disculpa, pues apenas había comenzado Brito á divulgar estas fábulas, le había atajado los pasos muy discreta pero muy enérgicamente el grave y sesudo analista de la Orden de San Benito Fr. Antonio de Yepes (tomo I, 1609, fol. 99). «Acá en Castilla (dice Yepes) la historia del abad D. Juan está tan mal recebida, que se tiene por más fabulosa que la del conde Roldan y Paladines y por tan verdadera como la que escribio el arzobispo Turpin; pero tambien entiendo que, como de Roldan y de Bernardo del Carpio, cuyas hazañas fueron grandes, por haberlas querido engrandecer y dilatar, se han mezclado muchas burlas entre pocas verdades y han ahogado la historia de aquellos caballeros, de manera que ya se tiene por fabulosa; asi tengo por cierto que hubo un abad de Lorván muy valeroso y que sería santo, y algunas veces haria oficio de gran capitan contra los moros; pero estan tan perdidas y estragadas estas verdades con patrañas e imaginaciones y sueños, que tengo por muy dificultosa esta empresa».
Pero ni siquiera su ciega credulidad en los apócrifos de Lorván disculpa á Brito, que inventó por su parte la genealogía del abad Juan, haciéndole medio hermano del rey Bermudo el Diácono, é hijo bastardo de D. Fruela, hermano de Alfonso el Católico.
Siguiendo en todo las pisadas de Brito repitieron el famoso cuento otros historiadores portugueses, aun de los más estimados, como Fr. Antonio Brandam; y por supuesto, el infatigable Manuel de Faria y Sousa no dejó de celebrar en su crespa y enmarañada prosa «aquella resolucion dignamente portuguesa, en mitad del peligro de reputarse por bruta».
Triunfante de este modo la leyenda en la historiografía erudita, adquirió una especie de segunda vida en la popular. El libro castellano de cordel fué traducido y aderezado con retazos históricos de Brito por el capitán Antonio Correa de Fonseca y Andrada, que por los años de 1713 á 1715 compaginó una llamada Historia Manlianense (de Manliana, supuesto nombre antiguo de Montemayor, que dicen reedificada por el procónsul Manlio). Y no quedó la tradición en los libros, puesto que pasó al teatro popular, y todavía se celebra, ó se celebraba hace pocos años, en Montemayor el 10 de agosto una fiesta ó representación, hoy ya enteramente pantomímica, en que un ejército de moros embiste el castillo defendido por el abad Juan y sus compañeros[618].
Antes de abandonar el campo de la novela histórica debemos hacer alguna mención de los libros de geografía fabulosa y viajes imaginarios, que en tantas formas conoció la antigüedad griega, y de los cuales es la Historia Verdadera de Luciano chistosa parodia. Este género renació en los dos últimos siglos de la Edad Media, no por imitación ni remedo de los Iámbulos y Antonios Diógenes, que yacían en el más completo olvido, sino por un movimiento de curiosidad científica mezclada de profunda credulidad, enteramente análogo al que había engendrado estas ficciones entre los antiguos. Á medida que se ensanchaba el conocimiento del mundo, la imaginación, siempre insaciable en pueblos jóvenes y ávidos de lo maravilloso, completaba y refundía á su modo las nociones geográficas vagamente aprendidas, y poblaba de vestigios y de monstruos las regiones nuevamente descubiertas. Las Cruzadas primero, y después los viajes de misioneros y mercaderes al centro del Asia, habían producido en la fantasía europea una fermentación grande y tumultuosa, que era como el preludio de la era de los descubrimientos. Los pueblos de nuestra Península, destinados por decreto providencial á encarnar en sí la mayor gloria de aquel momento sin par en la evolución histórica, no fueron los primeros en sentir la pasión de los viajes; y era natural que así sucediese, dada su posición en el extremo de Europa más remoto del continente asiático, y su doméstica y peculiar historia, que hasta cierto punto los aislaba de los intereses generales del Occidente cristiano; pero desde el siglo XIV, en que fué más íntimo su trato con Francia, Inglaterra é Italia, empezaron á prestar atento oído á las maravillosas relaciones de los reinos de Tartaria, del Cathay y de la corte del Preste Juan. Ya en el Caballero Cifar, que es novela de las más antiguas, se concede buen espacio á la cosmografía, y al siglo XIV pertenece también el notable manual que lleva por título Libro del conocimiento de todos los reinos, tierras y señoríos que son por el mundo, obra anónima de un franciscano español, interesante sobremanera en la parte africana[619]. Á fines del mismo siglo, el Maestre de San Juan, Fernández de Heredia, incluía en una de sus grandes, compilaciones históricas, redactadas en dialecto aragonés (Flor de las historias de Oriente), el Libro de Marco Polo, ciudadano de Venecia[620], que en tiempo de los Reyes Católicos lograba nuevo intérprete en el arcediano Rodrigo Fernández de Santaella, principal fundador del estudio universitario de Sevilla[621]. Inútil es encarecer la importancia de tal texto y la acción eficaz que su lectura ejerció en la mente de los grandes descubridores y navegantes de aquella edad heroica.
Con los viajes traducidos ó compilados de fuente extranjera alternaban ya relaciones originales de no poco precio. España, que en el siglo XII había tenido un viajero de primer orden en la persona de Benjamín de Tudela, enriquecía su literatura del siglo XV con dos itinerarios admirables: la embajada de Ruy González de Clavijo en demanda del Gran Tamorlán, y las Andanzas y viajes del caballero andaluz Pero Tafur, brillante y pintoresco narrador de sus correrías por gran parte de Europa, Egipto y Siria.
Á la sombra de los viajes verdaderos comenzaban á pulular los fabulosos, sin que el vulgo hiciera gran distinción entre unos y otros. Ninguno igualó en popularidad al del inglés Sir John de Maundeville, obra de fines del siglo XIV, de la cual se conocen tres textos, al parecer originales: uno en la propia lengua del autor, otro en francés y otro en latín, encaminados sin duda á diversas clases de lectores. La traducción castellana es algo tardía, pero en breve tiempo tuvo tres ediciones góticas[622], exornadas con muchos y estupendos grabados en madera, que reproducen al vivo las principales monstruosidades y patrañas del texto: unicornios y centauros, cinocéfalos, hombres con los dos sexos, otros con los ojos y la boca en el pecho ó como dos astas en la cabeza, etcétera. En la portada campea en rojas letras el nombre de Juan de Mandavila, el cual dice de sí propio al fin de la obra: «Has de saber que yo Johan de Mandevilla, caballero susodicho me parti de mi tierra e passé la mar en el Año de la gracia y salud de la natura humana de Mill y ccc y xxii Años, y despues acá he andado muchos pasos e tierras y he estado en compañias buenas y en muchos y diversos fechos bellos y en grandes empresas: agora soy venido a reposar en edad de viejo antiguo, y acordandome de las cosas passadas he escripto como mejor pude aquellas cosas que vi y oi por las tierras donde anduve: tornado a mi tierra en el Año del nascimiento de Mill y CCC y LVI y quando yo parti de mi tierra avia xxiiii».
No es del caso, ni para ello tengo competencia, determinar lo que puede haber de fidedigno en los recuerdos de viajes que consignó Juan de Mandeville siendo viejo antiguo. Su descripción de Tierra Santa es detallada y merece crédito. Parece confirmado que estuvo algunos años al servicio del Soldán de Egipto, y que conocía bien la Siria y la Palestina. Pero de la autenticidad de sus peregrinaciones por la Armenia, el Turquestán, la Mongolia y la China septentrional puede dudarse sin grave cargo de conciencia, no sólo por las increíbles fábulas que refiere (puesto que no las hay menores en los viajeros de la Edad Media tenidos por más verídicos), sino por lo confuso del itinerario, por la escasez de circunstancias personales en la narración, por el calco evidente de otros viajes anteriores, especialmente del de Marco Polo, y por el aspecto de compilación que toda la obra tiene. En ella entran todas las fábulas transmitidas por los naturalistas de la antigüedad á los de la Edad Media, y entraron también cuentos orientales muy parecidos á los de Las Mil y una Noches. Parece haber conocido los Viajes de Simbad el marino, puesto que en uno y otro se hallan el pájaro Rock (que en Mandeville es un grifo), las montañas de piedra imán que atraen los navíos, los negros pigmeos, los gigantes antropófagos y la isla en que se enterraba á los maridos vivos con sus mujeres muertas. Y así como del rey de Ceylán cuenta Simbad que llevaba delante dos heraldos, uno que ensalzaba en altas voces su poderío y otro que le recordaba la inevitable necesidad de la muerte, así del Preste Juan refiere Mandeville que sus servidores conducían delante de él un vaso de plata lleno de piedras preciosas, como símbolo de su poder y de su riqueza, y un vaso de oro lleno de tierra, para recordarle que todo había de convertirse en polvo[623]. Es la misma alegoría, aunque expresada con figuras distintas.
Hay en Mandeville bellísimas historias, como la del castillo del Halcón, guardado por una dama en las montañas de Armenia, ó la de la hija de Hipócrates, convertida en dragón en la isla de Cos; leyenda que pasó, como sabemos, á nuestro Tirante el Blanco. La isla encantada de La Tempestad de Shakespeare, poblada de espíritus aéreos, henchida unas veces de mágica armonía y otras de espantables ruidos, se parece mucho á cierto valle descrito por Mandeville. Y sin paradoja ha podido sostenerse que todavía el autor de los Viajes de Gulliver y el de Robinson Crusöe son tributarios de este libro de viajes fantásticos, el más antiguo acaso de toda la literatura europea.
En España suscitó una imitación, que hasta nuestros días continúa siendo popular, y que se enlazó con el nombre de un personaje histórico del siglo XV, célebre por su noble vida y trágica muerte, el infante D. Pedro de Portugal, duque de Coimbra, regente del reino durante la menor edad de Alfonso V y víctima de los consejeros de su pupilo en la celada de Alfarrobeira. D. Pedro, digno hermano de D. Enrique el navegante, del tan preclaro moralista como desventurado monarca D. Duarte, de D. Fernando, el príncipe constante mártir en Tánger, dejó entre sus contemporáneos reputación de gran viajero, aunque sus viajes no fuesen, ni con mucho, los que la leyenda supone.
Nunca fue, despues ni antes, Quien viese los atavios E secretos de Levante, Sus montes, islas e rios, Sus calores e sus frios, Como vos, señor Infante,
le decía Juan de Mena en unos versos á él dedicados[624]. Es cosa de todo punto averiguada que desde 1425 á 1428 visitó casi todas las cortes de Europa, pudiendo seguirse con documentos fehacientes sus pasos en Inglaterra, Francia, Flandes, Alemania, Hungría, Venecia, Roma, Aragón y Castilla, por donde hizo el viaje de vuelta; siendo en todas partes agasajado por príncipes y soberanos, asistiendo á torneos y paseos de armas, tomando parte en la guerra que el Emperador Segismundo hacía á los turcos y recibiendo valiosos presentes, entre los cuales no debió de ser el menos estimado por él, dadas sus aficiones geográficas, un ejemplar de Marco Polo y una colección de cartas geográficas con que le obsequió el Dux de Venecia. Éste y no otro fué el curso de sus peregrinaciones, y no habla de otras quien debía de conocerlas mejor que nadie: su hijo el Condestable D. Pedro, tan semejante á él en desdichas y en méritos. Dice así en su Tragedia de la Reina Doña Isabel, al conmemorar los méritos del padre de ambos: «Aquel que pasando la grande Bretaña y las gálicas y germánicas regiones a las de Ungria e de Boemia e de Rosia pervino, guerreando contra los exerçitos del grand Turco por tiempos estovo; e retornando por la maravillosa çibdad de Veneçia, venido a las ytalicas o esperias provincias escodriñó e vido las insignes e magnificas cosas, e llegando a la cibdad de Querino tanyó las sacras reliquias, reportando honor e grandissima gloria de todos los principes e reynos que vido».
Pero tales andanzas, aunque para el siglo XV fuesen notables, no podían satisfacer en el XVI á los que estaban familiarizados con las navegaciones y descubrimientos más portentosos. Así es que la tradición de los viajes del Infante fué ampliándose desmesuradamente, y no sólo se dijo de él que había visitado la Casa Santa de Jerusalén, lo cual acaso tuvo propósito de hacer, pero seguramente no hizo, sino que había estado en la corte del Gran Turco y del Soldán de Babilonia; especies que patrocinó, como patrocinaba todo género de patrañas, el docto y estrafalario Manuel de Faria y Sousa en su Europa Portuguesa: «Corrio todas las provincias del mundo que entonces eran descubiertas, no tratando con Circs, Polifemos y monstruos de bien soñadas fabulas, mas con principes y Cortes y gentes de varias policias»[625].
La desaforada hipérbole de Faria y Sousa no era más que un eco de cierta ficción popular debida á un autor castellano seguramente anterior á la mitad del siglo XVI, que lleva por título Libro del infante don Pedro de Portugal, el qual anduvo las cuatro partidas del mundo, y se dice compuesto por «Gomes de Sant Esteban, uno de los doze que anduvieron con el dicho infante a la vez», sin duda en remembranza de los doce apóstoles. Este tratadillo, cuya primera edición conocida es de Salamanca, 1547, fué reimpreso muchas veces, ya en tipo gótico, ya en letra redonda, y hoy mismo se reimprime y se vende por las esquinas, muy adulterado y modernizado en el estilo, como todos los libros de la llamada gráficamente literatura de cordel. En Portugal existe en la misma forma, pero es traducido del castellano, y no se cita edición anterior á 1644[626].
El gran artista histórico que la península produjo en el siglo XIX, mi inolvidable amigo Oliveira Martins, en aquel libro, el más excelente de los suyos, que tituló Os filhos de D. Joaõ I[627], quiso dar cierto valor documental á esta relación de viajes, rechazando la parte, evidentemente fabulosa, que se refiere al Preste Juan, pero admitiendo la peregrinación á Tierra Santa y las jornadas del príncipe por Turquía, Egipto y Arabia. Mediante hábiles correcciones y supresiones, que dejan el texto como nuevo, y suponiendo interpolado todo lo que estorba, llegó á reconstruir un itinerario que fascina y deslumbra por la hábil agrupación de los datos y la brillantez de las descripciones. Pero toda esta fábrica, por primorosa que sea bajo el aspecto estético, no resiste al análisis. Es una restauración quimérica, sin más apoyo que el frágil y deleznable de un libro apócrifo, cuya insensatez es palpable, á menos que le supongamos monstruosamente corrompido en los nombres, en las distancias, en todo; y en este caso, ¿dónde encontrar el texto genuino que repare tales faltas?
Si el admirable narrador portugués extremó en este punto los derechos de la fantasía, hasta un punto incompatible con la severidad histórica, al alto y penetrante espíritu crítico de Carolina Michaëlis[628] estaba reservado poner las cosas en su punto y enterrar definitivamente la leyenda de los viajes orientales de D. Pedro, que es no sólo apócrifa sino incompatible con la cronología de su vida y con las declaraciones de sus contemporáneos. El auto atribuido á Gómez de San Esteban es una novela geográfica del mismo género que Simbad el marino, y muy análoga al Libro de las maravillas del mundo de Juan de Mandeville, del cual en cierto modo puede estimarse como un epítome. Hasta la frase disparatada de las cuatro partidas del mundo (convertidas luego en siete) se tomó de una de las ediciones del Mandeville castellano, en que también son siete las partidas, por grotesca confusión con las del Código de Alfonso el Sabio. Quien haya leído á Mandeville nada encontrará de original en nuestro libro de cordel, salvo ser mucho más confuso y disparatado el itinerario. El infante D. Pedro, recibida la bendición paterna, sale de su villa de Barcellos con doce compañeros y veinte mil doblas de oro; pasa por Valladolid, donde le obsequia D. Juan II con cien mil escudos y un intérprete llamado García Ramírez; se embarca en Venecia para la isla de Chipre; de Chipre salta á Damasco, capital del Gran Turco; visita las ruinas de Troya, y de allí se encamina á Grecia por un desierto asperísimo. Nada más fácil que pasar desde Grecia á Noruega, donde los días son de seis horas, peregrinación que realizan en ocho días D. Pedro y sus compañeros montados en dromedarios. Pero encuentran aquella tierra muy fría, y determinan ir á Babilonia (nombre que en la Edad Media se daba al Cairo) y hacer una visita de cortesía al hijo del Soldán de Egipto, anunciándole su propósito de visitar las tierras del Preste Juan. En el camino tropiezan con el país de los centauros, gente soez, indómita y sin religión. Continúan sus jornadas por la Arabia Feliz y Palestina; descríbese minuciosamente la Tierra Santa, repitiendo las mismas tradiciones que se hallan en Mandeville y en Bernardo de Breidembrach, deán de Maguncia, cuyo viaje corría traducido al castellano desde 1483[629]. En las sierras de Armenia alcanzan á distinguir, aunque de lejos, el arca de Noé, que tenía los costados llenos de plantas marinas y de musgo. Finalmente, llegan al Cairo, y se encuentran con la agradable sorpresa de que el Soldán era medio paisano suyo, un renegado extremeño de Villanueva de la Serena, á quien habían cautivado en su infancia los moros granadinos. Disfrutan algún tiempo de su franca hospitalidad, y cargados de joyas y piedras preciosas continúan su caminata por regiones tan peregrinas, que ni aun los nombres es posible identificar muchas veces. En Nínive (la versión portuguesa dice en Samasa, y parece reminiscencia de Samarcanda) visitan la corte del gran Tamerlán, cuyo aparato y suntuosidad se relatan con rasgos que parecen tomados de Ruy González de Clavijo, aunque su viaje no estaba impreso todavía cuando salió á pública luz el librejo del infante D. Pedro. En las cercanías del Mar Muerto contemplan la estatua de sal de la mujer de Lot, que cuando crece la luna se hincha más de un palmo y se disminuye cuando mengua. Permanecen dos meses en el convento de franciscanos del monte Sinaí, donde veneran el cuerpo de santa Catalina y la fuente que Moisés hizo brotar de la piedra hiriéndola con su vara.
En la Meca penetran por gracia especial en la Caaba, donde ven el zancarrón de Mahoma suspendido entre ocho imanes.
Aquí empieza la parte puramente fantástica del viaje, que está calcada, todavía más que lo restante, en la obra de Mandeville: los pigmeos, el reino de las Amazonas, los gigantes antropófagos, los idiotas con ladrido de perros, que se comen á sus padres cuando llegan á la vejez; los cíclopes ó gomeos que viven en un valle hondísimo, de donde no saldrán hasta la venida del Antecristo; los centauros, diestros saeteros; otras gentes muy pacíficas que tienen el pie redondo y de él se valen para cultivar la tierra, los dragones de siete cabezas y otros varios monstruos espantables de generación humana ó bestial. Muchos de ellos eran vasallos del Preste Juan, príncipe cristiano y piadoso, conforme al rito de santo Tomás, apóstol de las Indias. Si el libro del infante D. Pedro, en vez de ser un miserable extracto de una compilación fabulosa de la Edad Media, hubiese sido una emanación genuina del alma peninsular del siglo XVI, ¡qué partido hubiera podido sacarse de este gran mito geográfico que inspiró tan prodigiosas aventuras, y del admirable y auténtico viaje de Alfonso de Paiva y Pero da Covilham en demanda de aquel príncipe fantástico, buscado en la India primero y en Etiopía después! Pero el ignorante falsario se limitó á repetir de mala manera lo que desde el siglo XIV estaba en la imaginación popular. Su viaje termina á las puertas del Paraíso Terrenal, pero incluye, á modo de apéndice, una carta del Preste Juan al rey de Castilla, D. Juan II, dándole razón de los ritos y ceremonias de su país y de la variedad de gentes que le pueblan.
La novela geográfica, que de tan pobre modo comenzaba con esta rapsodia callejera, tuvo en el siglo XVII cultivadores mucho más brillantes, entre los cuales merece preeminente lugar el clérigo agradecido Diego Ordóñez de Ceballos, cuyo Viaje del Mundo, impreso en 1614, traspasa ya el límite cronológico de nuestra actual investigación.
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