← Table of contents
Orígenes de la novela, Tomo I

V

Reading edition

Aparición de los libros de caballerías indígenas.—«El Caballero Cifar».—Orígenes del «Amadís de Gaula».—Libros catalanes de caballerías: «Curial y Güelfa», «Tirante el Blanco».—Continuaciones del «Amadís de Gaula».—Ciclo de los Palmerines.—Novelas caballerescas sueltas.—Libros de caballerías á lo divino.—Libros de caballerías en verso.—Decadencia y ruina del género á fines del siglo XVI.

Aunque la opinión común, expresada ya por Cervantes en el donoso escrutinio de la librería de D. Quijote, da por supuesto que fué el Amadís de Gaula el primer libro de caballerías que se escribió en España[302], afirmación que puede ser verdadera si se refiere á los orígenes remotos de la célebre novela, hay que considerar que la época de la composición del Amadís es muy incierta y que hasta ahora el más antiguo libro de caballerías con fecha conocida es El Caballero Cifar, que pertenece sin disputa á la primera mitad del siglo XIV. En un largo prólogo que falta en la edición sevillana de 1512[303], pero que se halla en los dos códices de París y Madrid, únicos que se conocen de obra tan rara[304], comienza el autor hablando del jubileo de 1300 y de la ida á Roma del arcediano Ferrand Martínez, que trasladó á Toledo el cuerpo del cardenal D. Gonzalo García Gudiel, fallecido en 4 de julio de 1299, Por tratarse del primer cardenal que recibía sepultura en España, y por las dificultades que hubo que vencer en Roma para lograr la entrega del cadáver, se dió mucha importancia á este, suceso, y el autor refiere muy prolijamente cómo salieron á recibirle en Burgos el rey D. Fernando IV y su madre Doña María, y en Toledo el arzobispo D. Gonzalo Díaz Palomeque, sobrino del difunto; Entre otros personajes que va citando como asistentes á la traslación figura uno, el obispo de Calahorra D. Fernando González, que murió antes de 1305. Con esto tenemos la fecha aproximada del fúnebre viaje, y también la de El Caballero Cifar, cuyo autor, que bien pudiera ser el mismo Ferrand Martínez, arcediano de Madrid en la iglesia de Toledo, tuvo el raro capricho de anteponer esta relación á la historia de aquel caballero, la cual suponía trasladada de caldeo en latín y de latín en romance. El impresor de Sevilla suprimió el prólogo, sin duda por considerarle impertinente al propósito de la fábula; pero recalca mucho la antigüedad de la obra, que con efecto se manifiesta en el lenguaje, contemporáneo del de D. Juan Manuel, aunque mucho más rudo y pobre de artificio: «Puesto que el stilo della sea antigo, empero no en menos deue ser tenida: que avnque tengan el gusto dulce con el estilo de los modernos, no de vna cosa sola gozan los que leen los libros é historias...

«Por donde las tales obras son traydas en vilipendio de los grosseros. Assi que si de estilo moderno esta obra carece, aprouechar se han della de las cosas hazañosas e aguadas que en ella hallarán, y de buenos enxemplos: e supla la buena criança de los discretos... las faltas della e rancioso estilo, considerando que la intención suple la falta de la obra».

El título verdadero, y completo de tan peregrino libro es: Historia del Cavallero de Dios que avia por nombre Cifar, el qual por sus virtuosas obras et hazañosas cosas fue rey de Mentón. Pero no sólo se cuentan sus hechos, sino también los de sus hijos Garfín y Roboán, el segundo de los cuales «vino á ser emperador de Tigrida». El título de Caballero de Dios parece que anuncia un libro de caballerías á lo divino, género que abundó tanto en la literatura del siglo XVI, pero no lo es enteramente el Cifar, aunque encierra «muchas e catholicas doctrinas e buenos enxemplos, assi para cavalleros como para las otras personas de cualquier estado». Contiene además elementos de procedencia hagiográfica y el hecho mismo de hacer á Cifar natural de la India revela la influencia del Barlaam y Josafat, que veremos confirmada luego en las parábolas. Pero en conjunto el Cifar no es libro de caballerías espirituales, sino mundanas, si bien recargado en extremo de máximas, sentencias y documentos morales y políticos, que le dan una marcada tendencia pedagógica y le afilian hasta cierto punto en el género que Amador de los Ríos llamaba didáctico-simbólico.

La composición, de esta novela es extrañísima, y son tantos y tan heterogéneos los materiales que en ella entraron, no fundidos, sino yuxtapuestos, que puede considerarse como un spécimen de todos los géneros de ficción y aun de literatura doctrinal que hasta entonces se habían ensayado en Europa. Tiene, por tanto, capital importancia el estudio de sus fuentes, como acaba de mostrarlo en una excelente y erudita memoria el joven profesor norteamericano Carlos Felipe Wagner[305].

Para orientarse en el enmarañado laberinto del Cifar, hay que distinguir tres cosas; la acción principal de la novela, la parte didáctica y paremiológica y los cuentos, apólogos y anécdotas que por todo el libro van interpolados.

La fábula principal, que es muy desordenada é incoherente, reproduce, aunque con notables variantes, una de las leyendas piadosas más populares en la Edad Media, la de San Eustaquio ó Plácido, narración de origen griego, que, popularizada en Occidente por el Speculum Historiale de Vicente de Beauvais, por la Legenda Aurea y por el Gesta Romanorum, fué vertida desde el siglo XIII en todas las lenguas principales de Europa. Ya hemos tenido ocasión de mencionar la traducción castellana publicada por Knust, que probablemente es anterior á El Caballero Cifar[306].

La historia de Plácido, aunque escrita con intento piadoso, pertenece al género de las novelas de aventuras y reconocimientos, cuyo más antiguo tipo cristiano son las Clementinas. Fácil era, por consiguiente, secularizarla cambiando los nombres de los personajes y algunas peripecias de la fábula, y esto fué lo que hizo el autor del Cifar, convirtiendo al Santo en caballero andante, pero sin borrar las huellas de la obra primitiva, que está recordada expresamente en el capítulo 42. Cuando el caballero Cifar se ve separado de su mujer y de sus hijos hace una fervorosa oración, rogando á Dios que torne á reunirle con su familia, así como había reunido «á Eustachion é Teospita, su muger, e sus fijos Agapito é Teospito». Expondremos rápidamente la marcha de los acontecimientos:

Aunque el caballero Cifar era muy valeroso y de buen consejo, hubo de incurrir en la indignación del rey de la India por malas artes de los envidiosos y por cierta mala estrella suya que hacía muy costosos sus servicios militares, pues tenía la rara desventura de no haber caballo ni bestia alguna que no se le muriese ó desgraciase al cabo de diez días. Por tal razón, él, la buena dueña Grima, su mujer, y sus dos hijos vivían en gran pobreza y alejamiento de la corte, en la cual prevalecían tanto los malsines, que el rey dejó de llamarle para las guerras, á pesar de su grande esfuerzo y reconocida pericia. Cifar se afligía mucho con esto, y su mujer procuraba consolarle. En recompensa de tal solicitud, se decide el caballero á confiarla un secreto que había recibido de su abuelo á la hora de la muerte; es á saber, que descendía de linaje de reyes, el cual había perdido su estado por la maldad de uno de ellos, y no le recobraría hasta que de su propia sangre naciese otro caballero tan bueno y virtuoso como perverso había sido el rey destronado. Parte por confiar en el cumplimiento de esta profecía, parte por la esperanza de que su abatida fortuna podría mejorarse en tierra extraña, determinan ambos cónyuges abandonar su país. Venden cuanto poseían, convierten sus casas en hospital y emprenden su peregrinación sin más compañía que la de sus dos hijos, de corta edad. Á los diez días, precisamente cuando acababa de sucumbir, como era de rigor, el palafrén que Cifar montaba, llegan á la ciudad de Galapia, que estaba cercada á la sazón por el ejército del conde Roboán, señor de las Torres de Fesán, el cual, empeñado en hacer casar á un su sobrino con la señora de Galapia, la hacía guerra cruda por no querer consentir ella en tal matrimonio. El caballero Cifar se pone al frente de los sitiados, mata al sobrino del conde, hace levantar el cerco de la ciudad, derrota en batalla campal al ejército enemigo, deja mal ferido «al señor de la hueste» y hace prisionero á un hijo suyo que, como era «mancebo muy apuesto, e muy bien rrasonado e de buen lugar», cae en gracia á la señora de Galapia, y acaba por casarse con ella, trayéndola en dote la herencia de los estados de su padre. En los tratos y ajustes de la paz y de la boda interviene mucho con su prudente consejo el caballero Cifar, á quien todos colman de honores y agasajos, invitándole para que se quede á morar en aquella tierra. Pero él resueltamente se niega á permanecer más de un mes, y aun en tan breve tiempo todas las alegrías se le acibaran con la inevitable muerte de sus caballos dentro del plazo fatal de los diez días. Peores aventuras le aguardaban en la prosecución de su jornada. Una leona le arrebata á su hijo mayor Garfín. El otro se le pierde en la ciudad de Falac. Unos marineros, con quienes había concertado el pasaje al reino de Orbin, roban á su mujer y se van mar adentro, dejándole abandonado en la ribera. En tan amargo trance le consuela una voz del cielo: «Caballero bueno, non desesperes, ca tu verás de aqui adelante que por cuantos pesares e cuytas te vinieron, que te vernan muchos plaseres e muchas alegrias e muchas onrras; ca non tengas que has perdido la mujer e los hijos, ca todo lo cobrarás a toda tu voluntad». Confortado con estas palabras y encomendándose á Dios, el devoto caballero se aleja de la ciudad, precisamente cuando entraba en ella para buscarle con inútil empeño durante ocho días un burgués de los más ricos y poderosos, que yendo de caza había rescatado al niño robado por la leona, y después había recogido y prohijado también al otro niño perdido en las calles de Falac. Entretanto Grima, invocando el nombre de la Virgen Santísima, se libraba de la brutalidad de los marineros, que, entregados á un diabólico furor, acabaron por matarse unos á otros en fiera contienda sobre su posesión. Entonces la buena dueña «alçó los ojos arriba e vido la vela tendida e yva la nave con un viento el mas sabroso que podiese ser, e non yba ninguno en la nave que la guiase, salvo ende vn niño que vido estar encima de la vela muy blanco e muy fermoso, e maravillose como se podia tener atan pequeño niño encima de aquella vela; e este niño era Jhesu Christo que le viniera a guiar la nave por ruego de su madre Santa Maria, ca asy lo avia visto la dueña esa noche en vision. E este niño non se quitaba de la vela de dia nin de noche, fasta que la pusso en el puerto do avia de arribar... la nave catando todas las cosas que eran en ella, e falló alli cosas muy nobles e de grand precio e mucho oro e mucha plata e mucho aljofar e muchas piedras preciosas e otras mercaderias de muchas maneras, assy que un reyno muy pequeño se ternie por abondado de tal riquesa, entre las quales falló muchos paños tajados e guarnidos de muchas guisas e muchas tocas de dueñas, segund las maneras de la tierra, e bien le semejó que avie paños e guarnimentos para dosientas dueñas, e maravilló que podrie esto ser, e por tan buena andança como esta alçó las manos al Nuestro Señor Dios gradesciendole quanta merced la fisiera, e tomó de aquella ropa que estava en la nave, e fizo su estrado muy bueno en que se posase, e vistiose un par de paños los mas onrrados que alli falló e asentose en su estrado e alli rogaba a Dios de noche e de dia que oviesse merced della, e le diese buena cima a todo lo que avia començado». Dos meses anduvo sobre la mar, hasta que aportó á la ciudad de Galapia, cuyos reyes la hicieron el más honroso acogimiento, viéndola tan maravillosamente protegida por el auxilio celestial. Allí fundó un monasterio, donde permaneció nueve años, cumplidos los cuales pidió por merced al rey y á la reina que la dejasen tornar á su tierra. El niño Jesús volvió á guiar su nave, y la condujo prósperamente primero á la tierra del rey Ester y luego al reino de Menton. De este reino era señor entonces el caballero Cifar, después de muchas y muy raras aventuras en que le había acompañado su fiel y sentencioso escudero Ribaldo, figura la más original del libro, en la cual insistiremos después. El rey de Menton, cercado por el de Ester, había prometido la mano de su hija y la herencia de sus estados á quien hiciese levantar el cerco y le librase de su poderoso enemigo. Cifar lo consigue; parte por la fortaleza de su brazo, parte por las astucias del Ribaldo, mata en sendas lides á dos hijos y á un sobrino del rey de Ester, entra en la ciudad fingiéndose loco, conquista el afecto del rey y de la infanta, se pone al frente de los sitiados y alcanza la más espléndida victoria. Todos le aclaman y comienzan á llamarle «el caballero de Dios», título con que se le designa en todo lo restante de la novela. El rey le otorga la mano de su hija; pero como era «pequeña de días, la ovo él de atender dos años». Antes de cumplirse, muere el rey su suegro, y el caballero de Dios le sucede en el trono; pero acordándose muy á tiempo de su primera mujer y de sus hijos, hace creer á la Infanta que tenía hecho voto de castidad por dos años para expiar un gran pecado, que había cometido. Fácil es adivinar cómo la anagnorisis de los dos esposos por tan largo tiempo separados viene á resolver tan difícil situación. Grima llega al reino de Menton con propósito de fundar un hospital para «fijosdalgo viandantes». Cifar la reconoció en seguida «e demudosele toda la color, pensando que ella dirie cómo ella era su mujer», lo cual no es indicio de gran ternura conyugal en el «Caballero de Dios». Á ella le costó más trabajo reconocer á su marido «porque avie mudado la palabra e non fablava el lenguage que solia, e le avia crescido mucho la barva»; pero cuando llegó á convencerse de que le tenía delante «non se osó descubrir, porque el rrey non perdiese la honra en que estava». La buena dueña funda su hospital, protegida por la reina, que desde su primera entrevista en la iglesia la cobra entrañable afecto. «E la buena dueña estava todo lo mas del dia con la rreyna, que non quería oyr misa nin comer fasta que ella viniese; e en la noche yvase para su ospital e todo lo mas de la noche estava en oracion en una capilla que alli avie, e rogava a Dios que antes que muriese le dexasse ver alguno de sus hijos, e señaladamente el que perdiera en la cibdad ribera de la mar; ca el otro que le levara la leona, non avie fiucia ninguna de lo cobrar, ca bien creye que se lo avrie comido».

La Providencia había dispuesto las cosas de otro modo, y el deseo de Grima iba á verse cumplido muy pronto, pero no sin exponerla á un nuevo y gravísimo peligro. Sus hijos, educados por el buen burgués que los prohijó, aventajaban á todos los de su edad en los ejercicios caballerescos, en el bofordar, en el tiro de la lanza, en la cetrería, en los juegos de tablas y ajedrez; eran de mucho esfuerzo y gran corazón, corteses y mesurados en sus palabras, y ardían en deseos de ser armados caballeros por el rey de Mentón, monarca tan famoso por sus triunfos bélicos como por su santa vida. Se dirigen, pues, á su corte, y son acogidos en el hospital de «fijosdalgo» que dirigía su madre, la cual los reconoce por ciertas palabras y señales, y queda casi amortecida con el gozo de verlos. Cuando torna en sí, comienza á referirse sus aventuras, y la sabrosa plática se alarga tanto que los tres quedan dormidos en la misma cámara hasta la hora de tercia. Así los sorprende el portero que viene de parte de la reina á llamar á Grima para que la acompañe á misa. Lleno de asombro, vuelve á contar á su señora lo que había visto. El rey sorprende á los dormidos, y con gran saña, como hombre fuera de seso, condena á los tres á la hoguera. Pero antes que la bárbara sentencia se cumpla quiere hablar con los dos mancebos, y por las explicaciones que le dan reconoce que son sus hijos. Él, por su parte, no les revela el secreto, pero los arma caballeros y les da tierras y vasallos. Su pobre mujer continúa al cuidado del hospital y no sabemos si alguna vez la hubiera reconocido, á no morirse muy oportunamente la reina pocos días antes de cumplirse el plazo del supuesto voto de castidad por dos años. Con esto se allana todo de la mejor manera posible; el caballero de Dios convoca á sus vasallos y les cuenta sus aventuras: todos aclaman á su mujer por reina y á su hijo mayor por heredero del trono.

Tal es, muy en esqueleto, la materia del primer libro de El Caballero Cifar, descontadas las aventuras personales de Garfín y Roboán y del Ribaldo, que deben ser consideradas aparte. El fondo principal de este relato tiene carácter marcadísimo de novela bizantina, que saltaría á los ojos aunque no conociésemos sus precedentes. Las principales aventuras se reducen á viajes, naufragios, piraterías, pérdidas de niños y reconocimiento de padres, hijos y esposos. Salvo las escenas, harto insignificantes, de los dos sitios de Galapia y de Mentón, poco hay en esta parte del Cifar que anuncie la intemperancia belicosa de los libros de caballerías posteriores. Las empresas atribuidas al héroe no traspasan cierto límite que relativamente puede llamarse razonable. Las descripciones de batallas son muy pálidas, y se ve que el autor, que debía de ser hombre de iglesia, da más importancia á las virtudes pacíficas y á la piadosa aunque algo egoísta resignación del caballero de Dios que á los tajos y mandobles de su espada. Además, la novela es de una castidad perfecta, sólo comparable con la de El conde Lucanor.

En todos los puntos capitales (peregrinación de un caballero con su mujer é hijos, pérdida y encuentro de la una y de los otros, aventuras paralelas del marido y de la mujer) conviene el Cifar con la leyenda de San Eustaquio; pero no sólo difiere en el desenlace, que en la vida del santo es su martirio y el de su familia, y en la crónica del caballero su mayor ensalzamiento y prosperidad mundana, sino que mezcla, como ha mostrado Wagner, episodios y circunstancias de pura invención ó tomados de otras fuentes novelescas. La mala estrella que persigue á los caballos de Cifar puede ser amplificación original del novelista sobre el sencillo dato de haber perdido San Eustaquio todos sus caballos en una pestilencia; pero la milagrosa intervención de la Virgen para libertar á Grima de los marineros parece imitada de la Historia de una Santa Emperatriz que ovo en Roma (Crescencia) ó de una cantiga de Alfonso el Sabio. La situación de Cifar, marido de dos mujeres, pertenece á una leyenda muy conocida, cuya más bella expresión es el Lai de Eliduc de María de Francia[307], La promesa que un rey hace de la mano de su hija al vencedor en la guerra ó en un torneo es lugar común que se repite en el Fermoso cuento del Emperador Don Ottas, y que por raro caso se halla también en la versión inglesa del Gesta Romanorum[308], donde Averroes, emperador de Roma, pregona las justas en que sale vencedor el caballero Plácido (otra variante de San Eustaquio). Son innumerables las versiones del tema de la inocente mujer perseguida y condenada á la hoguera por falsos indicios; pero el cuento que tiene verdadera analogía ó más bien identidad con el de Grima y sus hijos es el 36 de El conde Lucanor «de lo que contesció á un mercadero, cuando falló a su muger e a su fijo durmiendo en uno».

Con la historia de los hijos de Cifar, Garfín y Roboán, que comienza en el capítulo XCVII del primer libro, penetramos en un mundo enteramente distinto, en el mundo encantado, fantástico y lleno de prestigios, en que se mueven los héroes del ciclo bretón. El contraste no puede ser más grande ni menos hábil la fusión de elementos tan discordes como el bizantino y el céltico. Sublévase el conde Nasón contra su señor el rey; van á combatirle los dos príncipes acompañados del Ribaldo, le vencen y llevan preso á la corte, donde es condenado por traidor, quemado y hecho polvos, los cuales son lanzados en un lago muy hondo. «E quando alli los lançaron, todos los que estavan alli oyeron las mayores boses del mundo que davan so el agua; mas non podien entender lo que se desie. E assy como començo a bullir el agua, levantose della un viento muy grande a maravilla; de guisa que todos quantos alli estavan cuydaron peligrar e que los derribarie dentro, e fuyeron todos e vinieronse para el rreal, e contaronlo al rey e a todos los otros que maravillaronse mucho dello. E sy grandes maravillas parecieron alli aquel dia, muchas mas parescen y agora, segund cuentan aquellos que las vieron, e disen que oy dia van muchos a ver aquellas maravillas, ca veen alli cavalleros armados lidiando derredor del lago, e veen cibdades e castillos muy fuertes, combatiendo los unos a los otros, e dando fuego a los castillos e las cibdades. E quando se fasen aquellas visiones e van al lago, fallan que está el agua bulliendo tan fuerte que la non osan catar; e al derredor del lago, bien dos migeros (millas), es todo ceniza. E a las vegadas, parase alli una dueña muy fermosa en medio del lago, e faselo amansar, e llama a los que estan de fuera por los engañar, assi como acontesció a un cavallero que fue a ver estas maravillas, que fue engañado desta guisa».

Y aquí comienza la peregrina y sabrosa historia de la Dama del Lago, de la cual, por ser la más antigua de su género escrita en nuestra lengua, daremos un extracto:

«Dise el cuento que un cavallero del rreyno de Panfilia oyó desir destas maravillas que parescien en aquel lago e fuelas a ver; e el cavallero era muy syn miedo e muy atrevido, ca non dubdara de provar las maravillas e aventuras del mundo e por esto avie nonbre el Cavallero atrevido, e mandó fincar una su tienda cerca de aquel lago e alli se estava de dia e de noche, veyendo aquellas maravillas... Assi que un dia paresció en aquel lago una dueña muy fermosa, e llamó al cavallero, e el cavallero se fue para ella... E ella le dixo que el omen del mundo que ella mas querie e mas amava que era a él, por el grand esfuerço que en él avie, e que non sabie en el mundo cavallero tan esforçado como él. E el cavallero, quando estas palabras oyó, semejole que mostrarie covardia sy non fisiese lo que ella queria; e dixole assi: «Señora, sy esta agua non fuese mucho mas fonda, llegaria a vos.—Non está fonda, dixo ella, ca por el suelo ando, e non me da el agua synon fasta el tovillo». E ella alçó el pie del agua e mostró gelo; e al cavallero semejole que nunca tan blanco nin tan fermoso ni tan bien fecho pie viera como aquel, e cuydando que todo lo al se siguie asy segund aquello que parescie, llegose a la orilla del lago, e ella lo fue tomar por la mano, e dio con él dentro en aquel lago, e fuelo a levar por el agua, fasta que lo abaxó ayuso, e metiolo en una tierra muy estraña. E segund que a él le semejava, era muy fermosa e muy viciosa, e vido alli muy gran gente de cavalleros e de otros muchos omes que andavan por toda aquella tierra muy estraña; pero que no le fablaba ninguno dellos, nin le desia ninguna cosa, por la qual razon él estaba muy maravillado (cap. CX).

«Antes que llegasen a la cibdad, salieron a ellos muchos cavalleros e otra gente a los recibir con muy grandes maravillas e alegrias, e dieronles sendos palafrenes ensellados e enfrenados muy noblemente, en que fuesen; e entraron en la cibdad e fueronse a los palacios do morava aquella dueña, que eran muy grandes e muy fermosos; ca asy le parescieron aquel cavallero tan noblemente obrados, que bien le semejava que en todo el mundo non podrien ser mejores palacios nin más nobles, nin mejormente obrados que aquellos; ca encima de las coberturas de las casas parescie que avie rrubies e esmeraldas e çafires, todos fechos a un talle o tan grandes como la cabeça de un ome; en manera que de noche asy alumbravan todas las cosas, que non avie camara nin logar por apartado que fuese que tan lumbroso non fuese como sy estuviese lleno de candelas. E fueronse a posar el cavallero e la dueña en un estrado muy alto que les avien fecho de paños de seda e de oro muy nobles; e alli vinieron delante dellos muchos condes e muchos duques... e otra mucha gente, e fueron besar la mano al cavallero por mandamiento de la dueña; e rescibieronlo por señor. E de sy fueron puestas tablas por todo el palacio, e delante dellos fue puesta una mesa la mas noble que omen podie ver, ca los pies della eran todos de esmeraldas e de çafires e de rrubies; e eran tan altos como un cobdo o mas, e toda la tabla era de un rrubi, e tan claro era que non parescia synon una brasa. E en otra mesa apartada avie y muchas copas e muchos vasos de oro, muy noblemente obrados e con muchas piedras preciosas, asy que el menor dellos non lo podrien comprar los mas ricos tres reyes que oviese en aquella comarca; e atanta era la baxilla que alli era, que todos quantos cavalleros comien en aquel palacio, que era muy grande, comien en ella. E los cavalleros que alli comien eran dies mil; e bien semejó al cavallero que sy él tantos cavalleros toviese en su tierra e tan bien guisados como a él parescien, que non avrie rey, por poderoso que fuese, que lo podiese sofrir, e que podrie ser señor de todo el mundo. E alli les truxieron manjares de muchas maneras adobados, e trayanlos unas doncellas las mas fermosas del mundo e muy noblemente vestidas... pero que non fablavan nin desien ninguna cosa. E el cavallero se tovo por muy rico e por muy bien andante con tales cavalleros e con tanta rriquesa que vido ante sy, pero tenia por muy estraña cosa non fablar ninguno, ca tan callando estavan, que non semejava que en todos los palacios ome oviese; e por ende non lo pudo sofrir e dixo: «Señora, ¿qué es esto? ¿por qué non fabla esta gente?—Non vos maravilledes, dixo la dueña, ca costumbre es desta tierra, ca quando alguno rresciben por señor, fasta siete semanas non han de fablar, e non tan solamente al señor mas uno a otro; mas deven andar muy omildosos delante de su señor, e serle mandados en todas las cosas del mundo quales les él mandare. E non vos quexedes, ca quando el plaso llegare, vos veredes que ellos fablarán mas de quanto vos querredes; pero quando les mandaredes callar, callarán, e quando les mandaredes fablar, fablarán, e asy en todas las otras cosas que quisieredes». E de que ovieron comido, levantaron las mesas muy toste, e alli fueron llegados muy grand gente de juglares; e unos tocavan estrumentos e los otros saltavan; e los otros subian por el rrayo del sol a las finiestras de los palacios que eran muy altos, e descendien por él, asy como sy descendiesen por cuerda, non se fasien ningún mal. «Sennora, dixo el cavallero, ¿qué es esto que aquellos omes suben tan ligeramente por el rrayo de aquel sol e descienden?» Dixo ella: «Ellos saben todos los encantamentos para faser todas estas cosas e mas. E non seades tan quexoso para saber todas las cosas en una ora, mas ved e callad; asy podredes aprender mejor las cosas; ca las cosas que fueron fechas en muy grand tiempo e con muy grand estudio, non se pueden aprender en un dia (cap. CXII).

«De que fue ya anochecido, fueronse todos aquellos cavalleros de alli e todas las donsellas que alli servien, salvo dos; e tomaron por las manos la una al cavallero, e la otra a la señora, e levaranlos a una camara que estava tan clara como si fuese de día por los rrubies que estaban alli engastonados encima de la camara e echaronlos en una cama tan noble que en el mundo non podie ser mejor, e ssalieronse luego de la camara, e cerraron las puertas, asy que esa noche fue la dueña en cinta. E otro dia, en la mañana fueron alli las donsellas, e dieronles de bestir, e luego en pos desto agua a las manos en sendos bacines amos a dos de finas esmeraldas e los aguamaniles de sendos rrubies; e de sy vinieronse para el palacio mayor, e asentaronse en rico estrado, e venien delante dellos muchos trasechadores que plantavan arboles en medio del palacio, e luego nacien e florecien e crecien e levaban fruta; del qual fruto cogian las donsellas, e trayan en sendos bacines dello al cavallero e a la dueña. E creye el cavallero que aquella fruta era la mas fermosa e la mas sabrosa del mundo. «¡Valme Nuestro Señor, qué extrañas cosas ay en esta tierra! dixo el cavallero.—Cierto sed, dixo la dueña, que mas extrañas las veredes, ca todos los arboles de aquesta tierra e las yervas nacen e florecen e dan fruto nuevo de cada dia; e las otras reses paren á siete dias.—¿Cómo? dixo el cavallero, señora, puesto que vos soes en cinta, ¿a siete dias avredes fruto?—Verdad es, dixo ella.—Bendita sea la tierra, dixo el cavallero, que tan ayna lieva fruto e tan abondada es de todas las cosas». E asy pasaron su tiempo muy viciosamente, fasta los syete dias que parió la dueña un fijo, e dende a otros syete dias fue tan grande como su padre. «Agora veo, dixo el cavallero, que todas las cosas crecen aqui a desora; mas maravillome por qué lo fase Dios más en esta tierra que en otra». E pensó en su coraçon de yr a andar por la cibdat por preguntar a otros qué podrie ser esto, e dixo: «Señora, sy lo por bien tovieredes, cavalgariamos yo e este mi fijo comigo, e yriamos andar por esta tan noble cibdat por la mirar que tan noble es.—Mucho me place que vayades, dixo la dueña» (cap. CXIII).

En este paseo por la ciudad, el Caballero atrevido no sólo quebranta el juramento que había hecho á la dama del lago de no dirigir la palabra á ninguna dueña, sino que comienza á requerir de amores á una que le parece más hermosa que su señora. Al enterarse ésta de tal perfidia, «fue la mas sañosa cosa e la mas ayrada del mundo contra él; e asentose a un estrado e tenie el un braço sobre el conde Nason, al qual dio por traydor el rey de Menton, e el otro sobre su bisauuelo que fuera dado otrosy por traydor... E quando entraron el cavallero e su hijo por la puerta, en sus palafrenes, vieron estar en el estrado un diablo muy feo e muy espantable, que tenie los braços sobre los condes, e parescia que les sacava los coraçones e los comie. E dio un grito muy fuerte é dixo: «Vete, cavallero loco e atrevido, con tu fijo e sal de la mi tierra, ca yo soy la señora de la traycion». E fue luego fecho un gran terremoto que le semejó que todos los palacios e la cibdad se venien a la tierra; e tomó un viento torbellino al cavallero e a su fijo, que bien por alli por do descendio el cavallero por alli los subio muy de rresio, e dio con ellos fuera del lago, cerca de la su tienda. E este terremoto syntieron bien á dos jornadas del lago, de guisa que cayeron muchas torres e muchas casas en las cibdades e en villas e en los castillos» (cap. CXVI).

El maltrecho caballero y su diabólico hijo fueron recogidos por sus escuderos en la tienda que habían plantado cerca del lago, pero los dos palafrenes en que venían montados se sumergieron en las pestilentes aguas de aquel mar muerto: «el uno en semejança de puerco, e el otro en semejança de cabra, dando las mayores bozes del mundo». Al niño, que ya era mayor que su padre, «acordaron de lo bautisar, e pusieronle nombre Alberte diablo, e este fue muy buen cavallero de armas, e muy atrevido e muy syn miedo en todas las cosas, ca non avie en el mundo en que dubdase e que non acometiese. E deste linaje hay hoy dia cavalleros en aquel reyno de Panfilia mucho endiablados e muy atrevidos en sus fechos» (cap. CXVII).

Alguna reminiscencia de la leyenda de Roberto el diablo puede reconocerse en este final. En cuanto á la tradición de la Dama del Lago pertenece al fondo común de la mitología céltica, y está emparentada con otras creencias supersticiosas que á cada paso se encuentran en el folk-lore de toda Europa, sin excluir el de España (las [:x]anas de Asturias, las moras encantadas, etc.). Las maravillas del sulfúreo lago recuerdan, por otra parte, el cuento del joven sultán de las Islas Negras en Las Mil y una noches, donde se habla de una ciudad sumergida, cuyos habitantes se habían convertido en pescados; y una leyenda de Frisia, en que se supone que la ciudad de Staverne padeció el mismo castigo por su soberbia, y que cuando la mar está tranquila, se oye todavía el son de sus campanas tocadas por los peces. Pero el pasaje más curioso, porque en España fué escrito seguramente y á España se refiere, es el del capítulo III del pseudo Turpin, que contiene una especie de geografía de la Península, enumerando las villas y lugares que según el fabuloso cronista conquistó Carlo-Magno. Entre ellas se cita una llamada Lucerna, situada in valle viridi (Valverde), la cual por mucho tiempo se resistió á las armas del Emperador, hasta que, invocando éste la protección de Dios y del Apóstol Santiago, cayeron los muros por tierra y la ciudad quedó desolada hasta el día de hoy, ocupando su centro una gran laguna de pestíferas aguas, llena de peces negros[309].

Pero si en los pormenores de esta leyenda puede encontrarse algo que no corresponde peculiarmente al ciclo bretón, el colorido general de la historia del Caballero Atrevido es el de los cuentos de la Tabla Redonda, y no hay duda posible respecto á la historia de Roboam, hijo menor de Cifar, que forma por sí sola el libro tercero de tan voluminosa novela. Sería fatigoso detallar las proezas que lleva á cabo en el reino de Pandulfa, en el condado de Turbia, y finalmente en el imperio de Tigrida, cuyo dominio obtiene con la mano de la emperatriz. Pasaremos por alto sus victorias sobre el rey de Grimalet y el de Bres en defensa de la infanta Seringa; la pasión, mal correspondida al principio, que por él siente esta dama, y las pláticas de honesta tercería en que interviene la discreta viuda Gallarda. Pero no podemos menos de mencionar el extraño episodio del emperador de Tigrida, que no se reía nunca, y á quien le preguntaba la causa de no reírse mandaba cortar la cabeza, si bien con Roboam mostró más clemencia, por el mucho amor que le tenía, contentándose con desterrarle. Baist ha conjeturado que este episodio, que se encuentra también en cuentos populares de varias naciones, puede proceder de un lai francés de Tristan qui onques ne risi, del cual sólo se conserva el título. Todo el fantástico relato de ínsulas dotadas (es decir, afortunadas) entra de lleno en la materia de Bretaña, y el autor no disimula su origen. La emperatriz Nobleza, señora de aquellas ínsulas, había tenido por madre á «la Señora del Parescer, que fue a salvar e guardar del peligro muy grande a Don Juan, fijo del rrey Orian, segund se cuenta en la su estoria, quando Don Juan dixo a la reyna Ginebra que él avie por señora una dueña mas fermosa que ella, e ovose de parar a la pena que el fuero de nuestra tierra manda, sy no lo provase, segund era costumbre del reino. ¿E quien fue su padre? dixo el Infante.—Señor, Don Juan fue casado con ella, según podredes saber por el libro de la su estoria, sy quisierdes leer por él... E la doncella lleuaba el libro de la estoria de Don Juan, e començo a leer en él; e la donzella leye muy bien e muy apuestamente e muy ordenadamente de guissa que entendie el infante muy bien todo lo que ella leye, e tomaua en ello muy grande placer e grand solaz; ca çierta mente, non ha omen que oye la estoria de Don Juan que non rresciba ende muy grand plazer por las palabras muy buenas que en él dise, e todo omen que quisiere aver solaz e plazer, e aver buenas costunbres, deue leer el libro de la estoria de Don Juan».

¿Cuál sería esta ponderada historia de Don Juan? Aunque este nombre parece corresponder al Ivain de la Tabla Redonda, la aventura que el autor del Cifar le atribuye no pertenece á él, sino á otro paladín bretón, Lanval (héroe de uno de los lais de María de Francia), según observan Baist y Wagner. Hay aquí, por tanto, una confusión, derivada quizá de que el autor citaba de memoria su fuente. Otra mención expresa de las novelas de este ciclo hace el Ribaldo en el capítulo CV del primer libro: «ca non se vido el rrey Artur en mayor priesa con el gato Paus que nos vimos nosotros con aquellos malditos». El combate entre Artur y el monstruoso gato del Lago de Ginebra (cath Palug) está contado en una de las variantes del Merlín. Otro libro que no ha podido identificarse hasta ahora cita nuestro autor, y la cita no parece imaginaria: «De tal natura era aquel cauallo que non comie nin beuie; ca este era el cauallo que gané Belmonte, fijo del rrey Trequinaldus, a Vedora quando se partio de su padre, segund se cuenta en la estoria de Belmonte: e tenielo esta Emperatriz en su poder e a su mandar por encantamiento» (cap. XXXVI del libro III).

Todo el cuento de las ínsulas dotadas, que es una de las mejores partes del libro, está tejido con reminiscencias de los poemas de la materia de Bretaña. El batel sin remos en que se aventura Roboam y que le conduce al país encantado donde le brinda con su amor la emperatriz Nobleza, tiene similares en el lai de María de Francia Guigemer, y en una novela que, sin pertenecer estrictamente á este ciclo, puede considerarse afín á él: el Partinuplés de Blois. El diablo que se presenta á Roboam en una cacería disfrazado de mujer «la mas fermosa del mundo», y para derribarle del feliz estado en que le veía le induce á pedir sucesivamente á la emperatriz su alano, su azor y su caballo, dones funestos que ella no podía negarle, pero que habían de traer la separación de los dos amantes, es un trasunto de las maléficas hadas ó encantadoras de la leyenda céltica. En las quejas de la abandonada señora parece que hay un eco de las de Dido, pero, más afortunada que la mísera reina de Cartago, no la faltó un parvus Æneas con quien consolarse. Llamáronle el caballero Afortunado, y sin duda el autor del Cifar pensó en escribir su historia, puesto que nos dice que hay un libro en caldeo, donde se cuentan «los buenos fechos que fiso, despues que fue de edad, e anduvo en demanda de su padre».

Hemos indicado que la parte didáctica ocupa largo espacio en El caballero Cifar. Todo el libro segundo, en que la narración se interrumpe por completo, está dedicado á los castigos y documentos morales que el rey de Mentón daba á sus hijos Garfín y Roboam. La mayor parte de estos castigos están tomados literalmente de las Flores de Filosofía, como ya demostró Knust, pero el autor parece haber aprovechado también, aunque de un moda menos servil, la Segunda Partida, y es evidente que manejó mucho el libro compuesto por D. Sancho el Bravo para la educación de su hijo.

Según costumbre general en esta clase de catecismos ético-políticos, tan del gusto de la Edad Media, la enseñanza está corroborada con una serie de apólogos, cuentos y anécdotas, casi todos de fuente muy conocida. Unas son fábulas esópicas, como la del asno que quiso remedar los juegos y travesuras de un perrillo faldero, y la del lobo y las sanguijuelas; otras proceden de la novelística oriental, como el lindísimo apólogo del cazador y la calandria, más conocido por el de los tres consejos; en que el autor del Cifar parece haber seguido la versión del Barlaam y Josafat, con preferencia á la de la Disciplina Clericalis, aunque probablemente conocía las dos[310]. La alegoría del Agua, del Viento y de la Verdad no tiene fuente literaria señalada hasta ahora, pero ha dejado rastros en el folk-lore peninsular, y también en las Noches de Straparola (XI, 3). El cuento de la prueba de los amigos ha salido del fondo eternamente explotado de Pedro Alfonso, y ya sabemos que se encuentra también en el libro del Rey D. Sancho, en El conde Lucanor y en el Espejo de Legos, para no hablar de las innumerables versiones forasteras. Á esta historia sirve de complemento en la Disciplina, y también en el Cifar y en el Libro de los Enxemplos, otra todavía más célebre, la de los dos constantes amigos, que pasó al Decamerone (novela de Tito y Gesipo), aunque notablemente ampliada en los pormenores. El cuento del alquimista es una variante muy curiosa del que traen D. Juan Manuel en el Libro de Patronio y R. Lull en el Felix. Hay también algunas leyendas piadosas de las más conocidas, como la del niño salvado del horno. Fácil sería proseguir en el cotejo de otras leyendas, pero es trabajo que ya ha realizado Wagner satisfactoriamente.

El autor del Cifar cuenta bien todos estos ejemplos, con bastante riqueza de detalles, y aunque está á mucha distancia de D. Juan Manuel, todavía lo está más de la seca y esquemática manera de la Disciplina Clericalis y del Libro de los Enxemplos. Para mí es evidente que merece el segundo lugar entre los cuentistas del siglo XIV.

Pero su mérito mayor no consiste en esto, ni tampoco en haber incorporado en nuestra literatura gran número de elementos extraños, sino en la creación de un tipo muy original, cuya filosofía práctica, expresada en continuas sentencias, no es la de los libros, sino la proverbial ó paremiológica de nuestro pueblo. El Ribaldo, personaje enteramente ajeno á la literatura caballeresca anterior, representa la invasión del realismo español en el género de ficciones que parecía más contrario á su índole, y la importancia de tal creación no es pequeña, si se reflexiona que el Ribaldo es hasta ahora el único antecesor conocido de Sancho Panza. Cervantes, que tan empapado estaba en la literatura caballeresca y tantos libros de ella cita, no menciona El caballero Cifar; acaso le había leído en su juventud y no recordaría ni aun el título, pero no puede negarse que hay parentesco entre el rudo esbozo del antiguo narrador y la soberana concepción del escudero de D. Quijote. La semejanza se hace más sensible por el gran número de refranes que el Ribaldo usa á cada momento en la conversación. Hasta 61 ha recogido y comentado Wagner, sin contar con los proverbios de origen erudito. Quizás no se hallen tantos en ningún texto de aquella centuria, y hay que llegar al Arcipreste de Talavera y á la Celestina para ver abrirse de nuevo esta caudalosa fuente del saber popular y del pintoresco decir. Pero el Ribaldo no sólo parece un embrión de Sancho en su lenguaje sabroso y popular, sino también en algunos rasgos de su carácter. Desde el momento en que, saliendo de la choza del pescador, interviene en la acción de la novela, procede como un rústico malicioso y avisado, socarrón y ladino, cuyo buen sentido contrasta las fantasías de su señor «el caballero Viandante», á quien, en medio de la cariñosa lealtad que le profesa, tiene por «desventurado e de poco recabdo», sin perjuicio de acompañarle en sus empresas y de sacarle de muy apurados trances, sugiriéndole, por ejemplo, la idea de entrar en la ciudad de Menton con viles vestiduras y ademanes de loco. Él, por su parte, se ve expuesto á peligros no menores, aunque de índole menos heroica. En una ocasión le liberta el caballero Cifar al pie de la horca donde iban á colgarle, confundiéndole con el ladrón de una bolsa. No había cometido ciertamente tan feo delito, pero en cosas de menor cuantía pecaba sin gran escrúpulo y salía del paso con cierta candidez humorística. Dígalo el singular capítulo LXII (trasunto acaso de una facecia oriental), en que se refiere cómo entró en una huerta á coger nabos y los metió en el saco:

«Ellos andudieron ese dia atanto fasta que llegaron a una villeta pequeña que estava a media legua del real de la puente; e el cavallero, ante que entrasen en aquella villeta, vido una huerta en un valle muy fermosa; e avia allí un nabar muy grande, e dixo al Ribaldo: «Ay, amigo, qué de buen grado comería de aquellos nabos, si oviese quien me los adobar bien!—Sseñor, dixo el Rribaldo, yo vos los adobaré, ca lo sé faser muy bien». E llegó con él a una alvergueria, e dexólo alli, e fuese para aquella huerta con un saco a cuestas; e falló la puerta cerrada, e subio sobre las paredes, e saltó dentro, e començó de arrancar de aquellos, e los mejores metiolos en el saco. E él estando arrancando los nabos, entró el señor de aquella huerta, e quando lo vido, fuese para él e dixole: «Don ladron, malo falso, vos yredes agora comigo preso delante de la justicia, e dar vos han la pena que merescedes, porque entraste por las paredes a furtar los nabos.—Ay, sseñor, dixo el Rribaldo, sy Dios vos dé buena ventura que lo non fagades, ca forçadamente entré aqui.—¿E cómo forçadamente? dixo el sseñor de la huerta, ca non veo en ti cosa porque ninguno te deviese faser fuerça, si vuestra maldad non vos la fisiese faser.—Sseñor, dixo el Rribaldo, yo pasando por aquel camino, fizo un viento atan fuerte que me fizo levantar por fuerça de tierra, e lançóme en esta huerta.—E pues ¿quién arrancó estos nabos? dixo el señor de la huerta.—Sseñor, dixo el Ribaldo, el viento era tan rresio e atan fuerte que me levantaba de tierra, e con miedo del viento que me non lançase en algund mal logar, traveme a las fojas de los nabos e arancavanse.—¿Pues quién metió estos nabos en este saco? dixo el hortelano.—Sseñor, dixo el Rribaldo, deso me fago yo muy maravillado.—Pues que tú te maravillas, dixo el señor de la huerta, bien das a entender que non has culpa en ello, e perdonotelo esta vegada.—Ay sseñor, dixo el Rribaldo, ¿e qué perdón ha menester el que está sin culpa? Mejor fariedes de me dexar levar estos nabos por el laserio que llevé en los arrancar; pero que lo fise contra mi voluntad, forçándome el grand viento.—Plaseme, dixo el señor de la huerta, porque tan bien te defiendes con mentiras tan fermosas, e toma los nabos, e vete tu carrera, e guárdate de aqui adelante, que non te contesca otra vegada, si non tú lo pagarás». E fuese el Rribaldo con sus nabos muy alegre, porque tan bien escapara; e adobolo muy bien con buena cecina que falló a comprar, e dio a comer al cavallero, e comió él».

Aunque en ésta y en alguna otra aventura el Ribaldo parece precursor de los héroes de la novela picaresca todavía más que del honrado escudero de D. Quijote, difiere del uno y de los otros en que mezcla el valor guerrero con la astucia. Gracias á esto su condición social va elevándose y depurándose: hasta el nombre de Ribaldo pierde en la segunda mitad del libro: «Probó muy bien en armas e fizo muchas cavallerias e buenas, porque el rrey tovo por guisado de lo faser cavallero, e lo fizo e lo heredó e lo casó muy bien; e desianle ya el Cavallero Amigo».

Nos hemos dilatado tanto en el estudio del Caballero Cifar, no sólo por el interés que despiertan su remota antigüedad y lo abigarrado y curioso de su contenido, sino por ser obra casi enteramente ignorada en España, aunque muy estudiada fuera de aquí. Los historiadores de nuestra literatura han prescindido de ella casi por completo. Amador de los Ríos y Ticknor dan indicios de no conocer más que su título, y el mismo Gayangos parece considerarla como una de las imitaciones del Amadís, al cual puede ser anterior, á lo menos como ficción en prosa, y con el cual no tiene el menor punto de analogía. Creemos, por el contrario, que Baist[311] está en lo firme cuando califica el Cifar de la más antigua novela original castellana (die älteste selbständige kastilische fiktion). No es libro de caballerías puro, sino un libro de transición en que se combinan lo caballeresco, lo didáctico y lo hagiográfico. Esta rara combinación daña al efecto artístico, pero agrada al investigador curioso y hace menos fatigosa su lectura que la de otras obras de su género. Hasta la ranciedad y llaneza de su estilo le pone á salvo de la retórica amanerada y enfática que corrompió estos libros desde la cuna. Suponemos que la influencia del Cifar hubo de ser pequeña, puesto que una vez sola fué impreso, pero basta el que pueda contársele entre los precedentes remotos del Quijote para que ofrezca atractivo y novedad su estudio.

Mucho más importa, sin embargo, el Amadís de Gaula, obra capital en los anales de la ficción humana, y una de las que por más tiempo y más hondamente imprimieron su sello, no sólo en el dominio de la fantasía, sino en el de los hábitos sociales. Larga y enojosa disputa que ya debiera estar resuelta en cuanto á la sustancia, si no se hubiesen mezclado apasionamientos y prevenciones nacionales en el ánimo de los contendientes, apartándolos de la serena y justa estimación de los hechos, ha dividido á los eruditos portugueses, castellanos y franceses, que por distintos motivos reclaman para sus respectivas literaturas el honor de tan famosa composición. Otros literatos menos interesados en la querella, especialmente alemanes é ingleses, han terciado en favor de una ú otra de las partes litigantes, y aunque el fallo ha quedado en suspenso, existe ya entre los jueces imparciales una poderosa corriente de opinión, que acaso se convertirá pronto en sentencia definitiva. Pero entiéndase que esta sentencia no podrá disipar todas las tinieblas que cercan la cuna del Amadís. Sólo el hallazgo de nuevos documentos, y sobre todo el de alguna de las redacciones primitivas de la novela, podría aclarar el misterioso problema de sus orígenes.

El texto actual de los cuatro libros del «esforzado et virtuoso caballero Amadis, hijo del rey Perion de Gaula y de la reina Elisena», está en lengua castellana, y su primera edición conocida es la de Zaragoza, por Jorge Coci, 1508[312], descubierta en estos últimos años, no la de Roma de 1519, por Antonio de Salamanca, que hasta ahora ha venido pasando por tal en las bibliografías. Según se expresa en el encabezamiento del primer libro, «fue corregido y emendado por el honrado e virtuoso caballero Garci Rodriguez de Montalbo (en las ediciones posteriores Garci-Ordóñez), regidor de la noble villa de Medina del Campo, e corrigiole de los antiguos originales, que estaban corruptos e compuestos en antiguo estilo, por falta de los diferentes escriptores; quitando muchas palabras superfluas, e poniendo otras de más polido y elegante estilo, tocantes a la caballería e actos della; animando los corazones gentiles de mancebos belicosos, que con grandísimo afecto abrazan el arte de la milicia corporal, avivando la inmortal memoria del arte de caballería no menos honestísimo y glorioso».

Á primera vista pudiera creerse que esta declaración alcanza á los cuatro libros, y que la tarea de Montalvo fué meramente la de un corrector ó á lo sumo la de un refundidor; pero basta leer con atención el prólogo para comprender que su parte fué mucho mayor, á lo menos respecto del libro cuarto, tan diverso en estilo y carácter de los tres primeros, al cual añadió después el libro quinto, ó sean las Sergas de Esplandián, que son enteramente de su cosecha: «Corrigiendo estos tres libros de Amadis, que por falta de los malos escriptores o componedores muy corruptos o viciosos se leian, y trasladando y emendando el libro quarto con las Sergas de Esplandian, su hijo, que hasta aqui no es memoria de ninguno ser visto; que por gran dicha parescio en una tumba de piedra que debajo de la tierra de una ermita cerca de Constantinopla fue hallado y traido por un hungaro mercader a estas partes de España, en la letra y pergamino tan antiguo, que con mucho trabajo se pudo leer por aquellos que la lengua sabian. Los cuales cinco libros, como quiera que hasta aqui más por patrañas que por coronicas eran tenidos, son, con las tales enmiendas, acompañados de tales ejemplos y doctrinas, que con justa causa se podran comparar a los livianos y febles saleros de corcho, que con tiras de oro y de plata son encarcelados y guarnecidos».

Prescindiendo de la tumba de piedra y del mercader húngaro, que es una de las ficciones habituales en los proemios de este género de libros, cuyos autores pretenden siempre haberlos traducido de lenguas más ó menos exóticas y remotas, y también de la manifiesta contradicción que las últimas palabras envuelven, puesto que si no había memoria de hombre que hubiese visto el libro cuarto, ni las Sergas[313], no era fácil que fuesen calificados de patrañas ni de crónicas; lo que resulta claro es que el regidor de Medina establece una distinción entre los tres primeros libros, conocidos ya, y el cuarto con su secuela de las Sergas ó sea «el ramo que de los cuatro libros de Amadís de Gaula sale».

Y en efecto, desde fines del siglo XIV era conocido y aun popular en España un Amadís de Gaula en tres libros. Cítale el llamado Pero Ferrús, cuyo verdadero nombre parece haber sido Pero Ferrandes, según recientes investigaciones del Sr. Rodríguez Marín. Ferrús ó Ferrandes, que es uno de los más antiguos poetas del Cancionero de Baena, puesto que compuso versos á la muerte de D. Enrique II, acaecida en 1379[314], escribe en un dezyr al canciller Ayala, ponderando la vida de la sierra:

Amadys, el muy fermoso, Las lluvias y las ventiscas Nunca las falló ariscas Por leal ser e famoso: Sus proezas fallaredes En tres libros, e diredes Que le dé Dios santo poso. (Núm. 305).

El texto es terminante en cuanto al número de los libros, pero hay otra mención del Amadís, probablemente anterior: la del mismo Canciller Ayala en su Rimado de Palacio. Sea cualquiera la opinión que se adopte acerca de la fecha de la composición de este libro (rechazando por supuesto el falso epígrafe de uno de los códices que le supone escrito durante la breve prisión de Ayala después de la batalla de Nájera (1367) y en Inglaterra á donde no llegó á ir nunca), no hay duda que una parte considerable del poema fuéta en el castillo de Oviedes, donde por quince meses le tuvieron en duro cautiverio los portugueses después de la batalla de Aljubarrota (1385), y que las 704 estrofas primeras, en que no hay alusión alguna á su prisión, deben ser anteriores, puesto que la última fecha que en ellas se cita es la de 1380. El Rimado empieza, como es sabido, con la confesión de Ayala, que entre sus pecados incluye la lectura de libros profanos:

Plógome otrossi oyr muchas vegadas Libros de deuaneos e mentiras probadas, Amadis, Lanzalote e burlas asacadas En que perdi mi tiempo a muy malas jornadas. (Copia 162).

Ayala había nacido en 1332; no sabemos á qué época de su vida se refiere esta parte de la Confesión, pero tales lecturas parecen más propias de la mocedad alegre y frívola que de la edad madura de un tan grave hombre político, historiador y moralista como era el Canciller, aunque pagase no ligero tributo á las flaquezas de la carne, según insinúa su biógrafo Fernán Pérez de Guzmán.

Es digno de repararse que la mención del Amadís en nuestros poetas de los primeros reinados de la casa de Trastamara va unida casi siempre con la de los héroes más populares del ciclo carolingio y bretón. Pero Ferrandes le cita al lado de Roldán, del rey Artús, de don Galaz, de Lanzarote y de Tristán. Con el mismo Lanzarote le equipara el canciller Ayala. En 1405 escribía Micer Francisco Imperial, celebrando el nacimiento del príncipe don Juan II en la ciudad de Toro:

Todos los amores que ouieron Archiles, Paris e Troylos de las sus señores, Tristán, Lançarote de las muy gentiles Sus enamoradas, e muy de valores; Èl e su muger ayan mayores Que los de Paris e los de Vyana, E de Amadis e los de Oriana E que los de Blancaflor e Flores. (Núm. 226).

Un año después (1406) el monje Jerónimo Fr. Miguel, capellán del obispo de Segovia D. Juan de Tordesillas, en un dezir compuesto con ocasión de la muerte de don Enrique III, decía, enumerando varios personajes históricos y fabulosos:

........ Amadís apres, Tristán e Galás, Lançarote del Lago, E otros aquestos decitme: quál drago Tragó todos estos, e d'ellos qué es? (Núm. 38).

Citado siempre el Amadís en compañía de las novelas más célebres del ciclo de la Tabla Redonda, no cabe duda que era tan popular como ellas. Su contenido debía de ser sustancialmente el mismo que el de los tres primeros libros actuales; la heroína se llamaba Oriana, y entre los personajes secundarios figuraba Macandón, paje del rey Lisuarte, que á los sesenta años solicitó y logró ser armado caballero, con gran risa y algazara de damas y doncellas. Á él aluden estos versos de un dexir de Alfonso Álvarez de Villasandino, dirigido al condestable Ruy López Dávalos:

E pues non tengo otra rrenta, Quise ser con gran rrazon El segundo Macandon, Que despues de los sesenta Comenco a correr tormenta, E fue cavallero armado; Mi cuerpo viejo cansado Dios sabe sy se contenta. (Núm. 72).

El episodio á que se alude está en el libro II, cap. XIV del Amadís que hoy leemos, y al recordar Villasandino tan insignificante pasaje estaba seguro de ser entendido por toda la sociedad cortesana de su tiempo. Toda ella se deleitaba con aquellas escripturas provadas, á que se refiere Fernán Pérez de Guzmán en un decir á la muerte, inserto en el mismo Cancionero de Baena:

Ginebra e Oriana, E la noble rreyna Iseo, Minerva e Adriana, Dueña de gentil asseo, Segunt que yo estudio é leo, En escripturas provadas Non pudieron ser libradas Deste mal escuro y feo. (Núm. 572).

Comprobada de este modo la existencia y celebridad del libro á principios del siglo XV y aun antes, sería inútil allegar textos de poetas más modernos, como el Cartagena del Cancionero General, que llamó Oriana á su dama. Por otra parte, esta cita nada probaría, puesto que hoy está plenamente demostrado que el Cartagena trovador no fué ni pudo ser el celebérrimo Obispo de Burgos D. Alonso de Santa María, sino un caballero de su mismo apellido y familia, que floreció en tiempo de la Reina Católica y cantó en elegantes metros sus virtudes[315].

Aparte de la tradición literaria[316], el Amadís dejó otros vestigios en la sociedad castellana del siglo XV. En el monumento sepulcral del Maestre de Santiago, D. Lorenzo Suárez de Figueroa, muerto en 1409, que estaba antes en la iglesia de su orden y hoy está en la de la Universidad de Sevilla, á los pies de la estatua yacente del caballero se encuentra un perro que en el collar lleva escrito dos veces en letras góticas el nombre de Amadís[317]. Popular debía de ser en tiempo de D. Juan II el héroe caballeresco, cuando su nombre se aplicaba hasta á los perros.

No es menos curiosa, sino acaso más, porque prueba que el tema de Amadís había pasado de la literatura al arte pictórica cuando el arte español estaba en la cuna, la noticia que nos proporciona el sabio humanista, pintor y poeta Pablo de Céspedes en el Discurso de la comparación de la antigua y moderna pintura y escultura que en 1604 escribió á instancias de Pedro de Valencia: «Acuérdome haber visto en Nápoles unas sargas ya viejas en la guarda-ropa de un caballero, que las estimaba harto, hechas en España. La manera de pintar era gentilísima de algún buen oficial antes que se inventase la pintura al olio, y todas las figuras (era la historia de Amadís de Gaula) con sus nombres apuestos en español, que también esto se usó cuando después de perdida la pintura comenzaba á levantarse de sueño tan largo»[318]. La fecha más moderna que se asigna á la invención de la pintura al óleo por los flamencos es 1410. Júzguese por este dato de la antigüedad de las sargas.

Pero ese libro tan traído y llevado durante el siglo XV, ¿en qué lengua se leía? ¿en castellano, en portugués, en francés? Los textos no nos autorizan para afirmar nada, y sólo podemos proceder por conjetura razonable.

La tradición portuguesa sobre el origen del Amadís es antigua y tiene en su abono poderosas razones, aunque con ellas se hayan mezclado otras vanas y sofísticas, que tampoco faltan en los abogados de la parte castellana. No hay en los poetas portugueses del siglo XV alusiones al Amadís tan antiguas como en los poetas castellanos, lo cual se explica bien considerando que casi todo el caudal poético de la primera mitad del siglo XV ha desaparecido, quedando una gran laguna entre los cancioneros de la escuela galaica que propiamente terminan en el reinado de Alfonso IV y el Cancionero de Resende compilado en los primeros años del siglo XVI con obras líricas de autores que florecieron los más después de 1450 y aparecen enteramente dominados por la influencia de Castilla. Pero tenemos en cambio un libro en prosa, la Crónica del Conde don Pedro de Meneses, escrita en 1454 por Gomes Eannes de Azurara, donde terminantemente se dice que «el Libro de Amadis fué compuesto á placer de un hombre, que se llamaba Vasco de Lobeira, en tiempo del rey D. Fernando, siendo todas las cosas del dicho libro fingidas por el autor»[319]. En vano el Dr. Braunfels, que es acaso el más ingenioso y hábil defensor de la originalidad castellana del Amadís[320], quiere desvirtuar la autoridad de este pasaje, suponiéndole apócrifo ó interpolado. Las razones que da no convencen, y el procedimiento crítico es de los más aventurados y peligrosos que pueden emplearse. Lo que importa es graduar el crédito que puede darse á la noticia de Azurara.

Desde luego causa extrañeza que un libro compuesto por capricho individual en tiempo del Rey de Portugal D. Fernando (1367-1383), cuando la literatura portuguesa apenas había producido obras en prosa y no influía en la España central más que por el elemento lírico, se popularizase tan rápidamente que pudiera arrepentirse de su lectura el Canciller Ayala en versos que seguramente son anteriores á 1385. La inverosimilitud sube de punto si se atiende á los únicos datos positivos que tenemos de Vasco de Lobeira. Consta, en efecto, que este hidalgo, natural de Oporto, fué armado caballero por D. Juan I el día de la batalla de Aljubarrota, y figura en la lista que trae Duarte Núñez de León en su Crónica. Según el rigor de las costumbres y prácticas caballerescas, la orden de caballería no se daba antes de los veintiún años; pero estas prácticas estaban harto relajadas en las postrimerías del siglo XIV, y más en trances tan solemnes y críticos como el de aquel día, en que el Maestre de Avís debía esforzarse á toda costa en honrar y alentar á todos sus partidarios. Admitiendo, no obstante, que Vasco de Lobeira hubiese cumplido la edad legal ó pasase algo de ella, siempre resultaría que aquel escudero ó doncel era un mozalbete, comparado con el Canciller Mayor de Castilla, que tenía cincuenta y tres años cuando cayó prisionero en aquella misma jornada. ¿Cómo es posible que la lectura del libro que acababa de componer aquel oscuro joven figurara ya en la lista de los pecados del viejo? Porque suponer que le leyó durante su cautiverio sería forzar demasiado los límites de la paradoja. Durante los quince meses que los portugueses le tuvieron en «jaula de hierro» hasta que pagó su rescate, no debía de estar templado el ánimo de Ayala para lecturas de pasatiempo; más graves pensamientos embargaban su espíritu, pensamientos de sátira social generosa y elevada, ardientes efusiones de devoción á la Virgen, lamentaciones sobre el estado de la Iglesia y los progresos del cisma, la poesía viril y austera que en el Rimado de Palacio se contiene y que es antítesis viva de los devaneos caballerescos. El imitador y traductor de los Morales de Job y de la Consolación de Boecio, estos libros y otros tales debió de tener por compañeros de su prisión, y por único solaz y refugio de su ánimo afligido y conturbado á un tiempo por el desastre nacional, por los recios huracanes que combatían la nave de San Pedro y por el duelo de la muerte de su padre.

Algunos eruditos portugueses no han dejado de advertir la dificultad cronológica de que Ayala pudiera conocer la obra de Lobeira, y han procurado eludirla con el peregrino recurso de suponerle muy viejo en 1385, tan viejo que pudo alcanzar la corte de Alfonso IV cuando todavía era infante, es decir, antes de 1325, y componer entonces el Amadís y hacer á instancias del príncipe la enmienda del episodio de Briolanja. ¡Buena edad tendría cuando fué armado caballero: ni el Macandón de la novela esperó tanto! Pero, además, el texto de Azurara es terminante y hay que tomarle como suena. Vasco de Lobeira, si escribió en todo ó en parte el Amadís, lo escribió en tiempo del rey D. Fernando.

Azurara fué el primero que consignó esta tradición, pero seguramente no la había inventado, porque otros la repiten en el siglo XVI, sin tomarla de su crónica, que estuvo inédita hasta 1792 y sepultada en un solo códice. En 1549 componía el gran historiador Juan de Barros su Libro das antiguidades e cousas notaveis de antre Douro e Minho, que todavía permanece inédito, según creo. Entre los varones ilustres de Oporto hace esta conmemoración de Lobeira: «E d'aqui foi natural Vasco Lobeira, que fez os primeiros 4 libros de Amadis, obra certo mui subtil e graciosa e aprovada de todos os gallantes; mas como estas cousas se secam en nossas māos, os castelhanos lhe mudaran a linguagem, e atribuiram a obra a si»[321].

Azurara no había dicho en qué lengua escribió Lobeira; Juan de Barros da un paso más, y considera el texto castellano como traducción del portugués: «y como estas cosas se secan en nuestras manos, los castellanos le mudaron el lenguaje, y se atribuyeron la obra».

Vienen luego los dos sonetos que con afectación de lenguaje arcaico compuso el célebre poeta quinhentista Antonio Ferreira[322]. El primero puesto en boca del infante D. Alfonso, exigiendo la famosa corrección del episodio de Briolanja (que trataremos aparte), empieza con estos versos:

Bom Vasco de Lobeira, e de grā sen De prāo que vos avedes bem contado O feito d'Amadis o namorado Sem quedar ende por contar hi ren...

El segundo soneto es una imitación del Petrarca, que nada tiene que ver con el Amadís, salvo el nombre de Briolanja. Es de suponer que Ferreira, como todos sus contemporáneos, leía el Amadís en castellano. De todos modos, no es él quien afirma la existencia del manuscrito original en el archivo de la casa de Aveiro. Esta problemática noticia la dió su hijo Miguel Leite Ferreira en una nota curiosísima[323] que puso en la edición póstuma de los Poemas Lusitanos de su padre (Lisboa, 1598, por Pedro Cressbeck); nota que, por estar algo escondida debajo de la fe de erratas, se ocultó á la erudición de D. Pascual Gayangos, llevándole á negar su existencia. Es, por consiguiente, Miguel Leite Ferreira quien afirma, en 1598, que «el original del Amadis (no dice en qué lengua, pero es de suponer que en portugués) andaba en la casa de Aveiro».

Nada se sabe del paradero de tal manuscrito. Consta, sí, que entre los libros raros de la biblioteca del conde de Vimeiro existía en 1686 un Amadis de Gaula em portuguez. Pero este libro invisible había desaparecido ya en 1726, puesto que el conde da Ericeyra, al dar cuenta á la Academia de Historia Portuguesa de los restos de aquella insigne librería, formada en gran parte con los impresos y manuscritos que habían pertenecido al erudito chantre de Coimbra Manuel Severim de Faria, no cita el Amadís más que con referencia al catálogo alfabético, del cual faltaban ya muchos artículos, ni da la menor indicación acerca de él. Después se pierde todo rastro de esta ave fénix de la bibliografía. «El terremoto de 1755 (dice algo candorosamente T. Braga), en que ardieron las más ricas bibliotecas portuguesas, vino á poner un límite á las esperanzas de encontrar el original del Amadís, ignorado desde 1686»[324]. ¿Un límite? ¿Por qué? En estos casos no debe desesperarse nunca. Pero la verdad es que toda esta vaga historia de un códice perdido, sin que en tanto tiempo se le ocurriera á nadie leerle ni describirle siquiera, trae á la memoria aquella redondilla de D. Antonio Solís:

Amor es duende importuno Que revuelto al mundo tray. Todos dicen que le hay, Mas no le ha visto ninguno.

Además, cabe en lo posible que ese Amadís portugués fuese una traducción más ó menos antigua del castellano. La vaguedad con que se habla de él abre la puerta á cualquier conjetura. El hijo de Ferreira le califica de original, pero no sabemos con qué fundamento; ni siquiera dice haberle visto, sino sólo que «andaba en casa de Aveiro».

Lo único digno de tenerse en cuenta que hemos encontrado hasta ahora es la antigua y persistente tradición acerca de Vasco de Lobeira, recogida aisladamente por Azurara, Juan de Barros y Antonio Ferreira. Los Poemas de éste, por la estimación en que fueron tenidos, contribuyeron á difundirla, pero ya antes de escribirse, ó á lo menos antes de publicarse el nombre de Vasco de Lobeira, había traspasado los límites de Portugal, y había tenido el honor de figurar en los Diálogos de Medallas[325], del grande Arzobispo de Tarragona Antonio Agustín, el cual no dice, como Teófilo Braga le achaca, que Vasco de Lobeira fué el primer autor del Amadís, sino que los portugueses se jactaban de que había sido el primer autor de este género de fábulas, lo cual es bastante diverso: «quarum fabularum primum fuisse auctorem Vascum Lobeiram Lusitani iactant».

Pero aunque esta tradición fuese la dominante, distaba mucho de ser única. Aun en Portugal se atribuía el libro á otras personas. Según D. Luis Zapata, en su Miscelánea, «era fama en aquel reino que el infante D. Fernando, segundo duque de Braganza, había compuesto el libro de Amadís[326]. Nació este infante por los años de 1430, y con esto sólo basta para probar lo absurdo de tal especie, aunque Zapata la oyera de labios de la infanta doña Catalina, biznieta de D. Fernando. Lope de Vega, al principio de su novela Las Fortunas de Diana, dice que «una dama portuguesa compuso el celebrado Amadis, padre de toda esta maquina» (de libros de caballerías)[327]. Obsérvese que el nombre de Portugal va mezclado siempre en este negocio, al paso que nunca fué atribuido el Amadís á autor castellano determinado.

Muy divergente de todos los textos citados hasta ahora es el de Jorge Cardoso en su Agiologio Lusitano (Lisboa, 1652), porque no sólo cambia el nombre á Lobeira, sino que le rebaja á la condición de escribano de Elvas, y dice que tradujo del francés su libro por mandado del infante D. Pedro, el famoso viajero de quien dice nuestro vulgo que anduvo las siete partidas del mundo[328].

Si la tradición portuguesa no tuviera mejores apoyos que estos vagos rumores, no se la podría conceder críticamente gran valor. Pero tiene en su abono razones mucho más fuertes, que si no llevan la convicción al ánimo despreocupado, encierran, no obstante, una gran dosis de probabilidad.

Comencemos por el episodio de Briolanja, en que se fijó por primera vez Walter-Scott[329], y que luego ha tenido la rara fortuna de ser alegado, ya en pro del origen portugués, ya del origen castellano del libro. Á nuestro entender no prueba ni una cosa ni otra, pero sí otras tres muy importantes: 1.º, que en Portugal era conocido el Amadís de Gaula á principios del siglo XIV, lo cual nos hace adelantar casi una centuria en el proceso histórico de la famosa novela; 2.º, que ya entonces fué refundida en un punto muy esencial, lo cual arguye la existencia de un texto anterior, y 3.º, que los antiguos originales de que se valió Garci Ordóñez de Montalvo eran tres por lo menos, confirmándose así lo que él dice de los diferentes escriptores.

Todo el que haya leído el Amadís recordará el episodio en cuestión. Nuestro cortés é invencible caballero toma sobre sí la empresa de restituir á la «fermosa niña Briolanja» el reino de Sobradisa, del cual había sido despojada por su tío Abiseos, el mismo que había dado muerte á su padre. Briolanja se enamora locamente de él y quiere rendírsele á todo su talante y discreción, como suelen las andariegas y desvalidas princesas de estos libros. «Briolanja a Amadis miraba e parecíale el más fermoso caballero que nunca viera; e por cierto tal era en aquel tiempo, que no pasaba de veinte años, e tenia el rostro manchado de las armas; mas considerando cuán bien empleadas en él aquellas mancillas eran, e cómo con ellas tan limpia e clara la su fama e honra hacía, mucho en su apostura y hermosura acrecentaba, y en tal punto aquesta vista se causó, que de aquella muy fermosa doncella, que con tanta aficion le miraba, tan amado fue, que por muy largos e grandes tiempos nunca de su corazon la su membranza apartar pudo; donde por muy gran fuerza de amor constreñida, no lo pudiendo su ánimo sofrir ni resistir, habiendo cobrado su reino, como adelante se dira, fue por parte della requerido que del y de su persona sin ningun entrevalo señor podia ser; mas esto sabido por Amadis, dio enteramente a conocer que las angustias e dolores, con las muchas lagrimas derramadas por su señora Oriana, no sin gran lealtad las pasaba, aunque el señor infante don Alfonso de Portugal, habiendo piedad desta fermosa doncella, de otra guisa lo mandase poner. En esto hizo lo que su merced fue, mas no aquello que en efecto de sus amores se escribia.

«De otra guisa se cuentan estos amores, que con más razon a ello dar fe se debe: que seyendo Briolanja en su reino restituida, folgando en él con Amadis e Agrajes, que llegados estaban, permaneciendo ella en sus amores, fablando aparte en gran secreto con la doncella... demandóle con muchas lagrimas remedio para aquella su tan crecida pasion; y la doncella doliendose de aquella su señora, demandó a Amadis, para cumplimiento de su promesa, que de una torre no saliese hasta haber un hijo o hija en Briolanja... e que Amadis, por no faltar su palabra, en la torre se pusiera, como le fue demandado, donde no queriendo haber juntamiento con Briolanja, perdiendo el comer e dormir, en gran peligro de su vida fue puesto. Lo cual sabido en la corte del rey Lisuarte cómo en tal estrecho estaba, su señora Oriana, porque no perdiese le envió mandar que hiciese lo que la doncella le demandaba, e que Amadis con esta licencia, considerando no poder por otra guisa de alli salir ni ser su palabra verdadera, tomando por su amiga aquella fermosa reina hobo en ella un fijo e una fija de un vientre. Pero ni lo uno ni lo otro no fue asi, sino que Briolanja veyendo cómo Amadis de todo en todo se iba a la muerte en la torre donde estaba, que mandó a la doncella que el don le quitase (es decir, que le levantase el juramento o promesa que la habia hecho, y en virtud del cual le habia encarcelado) so pleito que de alli no se fuese fasta ser tornado don Galaor, queriendo que sus ojos gozasen de aquello que lo no viendo en gran tiniebla y escuridad quedaban, que era tener ante sí aquel tan fermoso e famoso caballero. Esto lleva más razon de ser creido, porque esta fermosa reina casada fue con don Galaor, como el cuarto libro lo cuenta» (cap. XL del libro I).

Un poco más adelante, después de referir la descomunal batalla en que Amadís y Agrajes triunfaron de Abiseos y sus dos valientes hijos, y la restauración de Briolanja en el reino de Sobradisa, añade Montalvo: «Todo lo que más desto en este libro primero se dice de los amores de Amadis e desta fermosa reina fue acrecentado, como ya se os dijo; e por eso, como superfluo e vano se dejará de recontar, pues que no hace al caso, antes esto no verdadero contradiría lo que con más razon esta grande historia adelante os contará» (cap. XLII).

Montalvo, como todos los compiladores de la Edad Media, se mueve con cierta torpeza entre las versiones contrarias, pero su pensamiento se ve bastante claro. Conocía tres variantes del episodio de Briolanja. En la primera, que era de seguro la más antigua, la genuina, la que él prefiere, Amadís se resistía á los halagos y solicitudes de la enamorada y desaforada doncella y conservaba íntegra su fidelidad á la señora Oriana. En la segunda, ó sea en la brutal corrección impuesta por el infante don Alfonso, Amadís sucumbía á la tentación y al fastidio del encierro y tomaba por amiga á Briolanja, en la cual «tuvo un fijo e una fija de un vientre». Había, finalmente, una variante atenuada de la segunda versión, en que la caída y flaqueza de Amadís se disculpaba con un mandamiento expreso de su señora Oriana.

Suponer que la extraña enmienda del infante don Alfonso fué impuesta al primitivo autor de la novela es inadmisible, porque hubiera sido lo mismo que anular la concepción fundamental de la obra. Amadís es el prototipo de los leales amadores: Oriana es la única señora de sus pensamientos; si falta en lo más mínimo á la fe jurada no podrá pasar el arco de los leales amadores que el sabio Apolidón dispuso en la Ínsula Firme. Sobre el arco había una estatua de cobre en actitud de tocar una trompa, y no lejos una inscripción que decía: «De aqui adelante no pasará ningun hombre ni mujer si hobieren errado a aquellos que primero comenzaron a amar, porque la imagen que vedes tañerá aquella trompa, con son tan espantoso e fumo e llamas de fuego, que los fará ser tollidos, e asi como muertos seran de este sitio lanzados; pero si tal caballero o dueña o doncella aqui vinieren que sean dignos de acabar esta aventura, por la gran lealtad suya, entrarán sin ningun entrevalo, e la imagen hará tan dulce son que muy sabroso será de oir a los que le oyeren».

Esta aventura es tan esencial que sin ella no tendría sentido el Amadís. El que fué capaz de imaginar este dechado de idealismo caballeresco, esta imagen de perfección ideal, ¿iba á destruir groseramente su propia obra por el ridículo capricho de un principe? Y dado que se resignase á tal sacrificio, habría tenido que retocar, no solamente el episodio de Briolanja, sino otros muchos capítulos; hacer, en suma, una novela nueva con distinto plan y distintas aventuras, con un Amadís y una Oriana diversos de los que conocemos.

La consecuencia racional que de todo esto se saca es que la orden del infante don Alfonso fué dada á un mero traductor ó refundidor, que interpoló toscamente el cuento de los amoríos de Briolanja, sin cuidarse de salvar la contradicción que envuelve con todo lo demás de la fábula.

Ahora conviene averiguar quién fué el infante D. Alfonso que por tan rara manera se apiadó de Briolanja, porque esto importa mucho para la cronología de la novela. Sólo dos príncipes de este nombre hallamos en Portugal durante el siglo XIV y principios del XV. El segundo fué un hijo bastardo del Maestre de Avís (D. Juan I), pero no sabemos que se le titulase infante, y además, habiendo nacido su padre en 1357, no es verosímil que le engendrase antes de los quince años, que sería bastante madrugar aun para aquellos tiempos. Admitido que naciera en 1372, sólo en los últimos años del siglo, es decir, cuando hay testimonios fehacientes de la popularidad del Amadís en Castilla, pudo enterarse y compadecerse del infortunio de la reina de Sobradisa.

El infante de quien se trata no puede ser otro (y en esto conviene todo el mundo) que don Alfonso IV, hijo primogénito del rey D. Dionis á quien sucedió en el trono en 1325, y que desde 1297 tuvo casa y corte separada de la de su padre. Entre estas dos fechas hay que colocar la enmienda del episodio de Briolanja, y por consiguiente una versión del Amadís, que acaso estaría en lengua portuguesa, puesto que todavía no era moda en los naturales de aquel reino el escribir en castellano.

¿Pero quién sería este incógnito autor, traductor ó refundidor? No puede pensarse en Vasco de Lobeira, ni tampoco en el Pedro Lobeira citado por Cardoso, puesto que el caballero de Aljubarrota vivió á fines del siglo XIV, y el escribano de Elvas debe de ser todavía posterior, puesto que se dice que fué protegido por el infante D. Pedro, el cual nació en 1392.

Pero pudo ser, y probablemente fué, otro de su apellido, Juan Lobeira, trovador de la corte del rey D. Dionis, y del cual se hallan en el Cancionero Colocci Brancuti (números 230 y 232) dos fragmentos de una canción portuguesa, cuyo estribillo es exactamente el mismo de otra canción inserta en el libro II, cap. XI, del Amadís castellano. La comparación es muy fácil. Empezaremos por transcribir el texto de Juan Lobeira, tal como lo ha restaurado Braga:

Senhor, genta mi tormenta Voss' amor em guisa tal, Que tormenta que eu senta Outra non m' e ben nen mal, Mays la vossa m' e mortal. Leonoreta sin rosetta, Bella sobre toda fror, Sin roseta non me metta En tal coita vosso amor. Das que vejo non desejo Outra senhor, se vos non; E desejo tan sobejo Mataria hum leom, Senhor do meu coraçon. Leonoreta sin roseta, etc. Mha ventura em loucura Me metteu de vos amar, É loucura que me dura Que me non posso en quitar, Ay fremosura sem par. Leonoreta sin roseta, etc.

La canción castellana no sólo reproduce el estribillo, sino el tipo de la estrofa, aunque escrito de diversa manera, y conserva con leve diferencia los principales pensamientos y expresiones:

Leonoreta sin roseta, Blanca sobre toda flor. Sin roseta no me meta En tal cuita vuestro amor. Sin ventura yo en locura Me meti; El vos amar es locura Que me dura, Sin me poder apartar, ¡Oh fermosura sin par, Que me da pena e dulzor, Sin roseta no me meta En tal cuita vuestro amor! De todas las que yo veo No deseo Servir otra sino a vos; Bien veo que mi deseo Es devaneo, Do no me puedo partir, Pues que no puedo huir De ser vuestro servidor, No me meta sin roseta En tal cuita vuestro amor.

Esta canción ó villancico, como la llama Montalvo, no constituye por sí sola un argumento decisivo é irrefutable en pro del origen portugués del Amadís, pero es indicio de mucha fuerza. Los versos son probablemente de fines del siglo XIII, á lo sumo de principios del XIV; ninguna poesía del Cancionero alcanza menos antigüedad. El nombre del autor Juan Lobeira nos pone sobre la pista de las confusas atribuciones que más adelante se hicieron del Amadís á personas del mismo apellido. No puede sospecharse interpolación, tanto porque los versos vienen traídos por la acción de la novela, cuanto por el olvido profundo en que yacía en tiempo de Montalvo la vetusta escuela de los trovadores gallegos y portugueses. La canción, por otra parte, tiene estrecha semejanza y parentesco métrico con los cinco lays de materia bretona que se hallan en el mismo Cancionero Colocci, y que hemos examinado en el capítulo anterior. La consecuencia más obvia que de todo esto parece deducirse es que en tiempo del rey D. Dionis existía ya un Amadís portugués en prosa con algún trozo lírico intercalado, según se acostumbraba en las novelas del ciclo bretón, y aun en obras de otro linaje, como alguna de las versiones de la Crónica Troyana.

Por documentos dignos de toda fe, consta que Juan Lobeira, á quien se califica de miles, es decir, de simple caballero, en oposición á rico-hombre de pendón y caldera, figuró en la corte portuguesa desde 1258 hasta 1285 por lo menos. Su apellido es gallego, de la provincia de Orense, pero no sabemos por qué razón lo llevaba, puesto que él era hijo de Pero Soares de Alvim.

Según toda verosimilitud, este Juan Lobeira fué el refundidor del Amadís á quien el infante D. Alfonso impuso la corrección del episodio de Briolanja; pero autor original no creemos que lo fuese, por las razones ya apuntadas y que sería inútil repetir. El Amadís debía de existir antes. ¿En qué lengua? Dios lo sabe. La prosa gallega ó portuguesa se había cultivado muy poco, y vivía principalmente de traducciones del castellano, como la Crónica General, las Partidas y la Crónica Troyana. La historiografía portuguesa propiamente dicha no nace hasta el siglo XV con Fernán López, evidente imitador de las crónicas de Ayala. Pero aunque la influencia castellana, como más vecina, fuese la predominante, no puede admitirse respecto de los libros de caballerías, que eran aquí muy poco populares en los siglos XIII y XIV, al paso que en Portugal (y probablemente también en Galicia) arraigó mucho más aquella planta exótica, por las razones que en el capítulo anterior hemos indicado, y principalmente porque faltaba allí el contrapeso de una tradición poética indígena, á la vez que existía en plena eflorescencia una escuela lírica que fué terreno adecuado para la trasplantación de los lays bretones. Estos vinieron seguramente de Francia, y con ellos ó poco después las novelas en prosa, donde figuran á modo de intermezzos líricos.

En su profundo y penetrante estudio sobre los Lays de Bretaña se inclina Carolina Michaëlis á colocar el primer Tristán peninsular en el reinado de Alfonso III de Portugal y Alfonso X de Castilla, y añade las siguientes eruditísimas conjeturas:

«Como las redacciones francesas del Tristán datan la primera de 1210 á 1220 y la segunda de 1230, no sería de modo alguno imposible que el Boloñés (es decir, Alfonso III, llamado así por haber sido conde de Boulogne) y los que con él anduvieron en Francia (á más tardar de 1238 á 1245) se aficionasen no sólo al género de las pastorelas y canciones de baile, sino también á las últimas novedades en prosa sobre matière de Bretagne, predilección que, propagándose, debía más tarde ó más pronto, creo que en la mocedad de D. Dionis, conducir á la nacionalización de los textos franceses.

«¿Por quién? ¿En la corte del Rey Sabio? ¿Por el portugués D. Gonzalo Eannes do Vinhal, el de los Cantares de Cornoalha, ó por el clérigo Ayres Nunes de Santiago, que poetizaba en lengua provenzal y cuyo nombre aparece en el Cancionero de Santa María? ¿En la corte portuguesa, donde la influencia francesa fué superior á la de Provenza? ¿Por D. Pedro, el cantador de lays, que había venido de Aragón? ¿Por D. Juan de Aboim, el introductor de la pastorela artística? ¿Por Fernán García Sousa, el único rico hombre á quien oimos citar versos franceses? ¿Por D. Alfonso Lopes de Bayam, que da muestras de haber conocido los cantares de gesta de Roland? ¿Por Mem García de Eixo, que también se sirvió de la lengua provenzal? ¿Por Juan Lobeira, hijo y sobrino de privados del Boloñés y supuesto autor del primer Amadís? ¿O por algún obscuro escribano de las cancillerías regias? No lo sé ni nadie lo sabe»[330].

Imitando la sabia parsimonia de tan docta maestra, sólo podemos afirmar que ya en tiempo de Alfonso el Sabio se imitaban en su corte los sones de los cantares de Cornoalha, como lo prueba el ejemplo de Gonzalo Eannes do Vinhal, portugués de origen y de lengua, pero vasallo del rey de Castilla, como tantos otros trovadores del Cancionero nacidos en diversas partes de la península. De la imitación de los sones, es decir, de la música, se pasó naturalmente á la de los lays, y no debió de retardarse mucho la traducción de las novelas en prosa.

El insigne profesor de Freiburg, G. Baist, en su corto pero sustancioso resumen de la primitiva literatura castellana[331], niega en absoluto á los portugueses prioridad alguna en este género, y aun toda clase de originalidad en el cultivo de la prosa, tanto histórica y didáctica como novelesca. Cuanto poseen en este género es traducción textual y tardía de redacciones castellanas. En el primer tercio del siglo XIV, según conjetura muy verosímil, se tradujo el Tristán; pero esta traducción, de la cual todavía existe un fragmento, estaba en prosa castellana. El traductor, siguiendo la moda lírica de su tiempo, usaría para los trozos líricos la lengua de los trovadores peninsulares, la lengua galaico-portuguesa, y éstos son los lays del Cancionero Colocci. Lo mismo haría el autor del Amadís, obra que debió de ser castellana desde su principio, y así se explica la canción de Leonoreta, que también puede ser una interpolación tardía en el texto de Montalvo.

No son débiles estos argumentos, pero en algunos se afirma demasiado ó se procede por mera conjetura. La fecha asignada al Tristán del Vaticano es caprichosa; el primero que cita esta novela en Castilla es el arcipreste de Hita en 1343, y pudo haberla leído en francés. No hay ejemplo de intercalación de poesías portuguesas en textos castellanos en prosa; las que hay en una de las versiones de la Crónica Troyana están en castellano, aunque muy agallegadas, lo cual se explica suficientemente por el influjo de la tradición lírica.

Lo que alguna vez se encuentra son códices bilingües, en que alternan fraternalmente la prosa gallega y la castellana: así es el de la Estoria de Troya, que yo poseo, y así uno de los de la Crónica General. La promiscuidad en que entonces vivían ambas lenguas es un hecho indudable, y no lo es menos la inferioridad de la prosa portuguesa en cantidad y calidad, que es el más sólido apoyo en que Baist funda sus razonamientos.

Sin decidir este punto lingüístico, que en el actual estado de los estudios no puede resolverse por falta de datos, lo único que podemos tener por averiguado es la existencia de un Amadís peninsular á fines del siglo XIII.

Y dejando aquí este curioso pleito entre Portugal y Castilla (no entre España y Portugal, como anacrónicamente dicen algunos, porque no había en los siglos XIV y XV reino de España, sino varios reinos españoles, uno de los cuales era Portugal), entremos en otra cuestión mucho más grave y todavía más oscura que la precedente. ¿El Amadís es original en todo ó en parte? ¿Tiene fuentes conocidas en la literatura general de la Edad Media y particularmente en la francesa? Si pudiéramos contestar categóricamente á estas palabras; si conociésemos las fuentes del libro, tendríamos la clave para penetrar en el misterio de su concepción y apreciar su peculiar carácter. Pero á pesar de ensayos prematuros y temerarios, es muy poco lo que puede decirse con certeza.

Lo primero que llama la atención en el Amadís, sea cualquiera la opinión que se tenga sobre el punto de la Península en que apareció, es (como ya advirtió sagazmente Fernando Wolf) la ausencia de toda base nacional y legendaria, de «todo fundamento vivo é histórico que se refleje en la concepción»[332]. El Amadís, bajo este respecto, no es ni castellano ni portugués, ni de ninguna otra parte de España: es una creación enteramente artificial, que pudo aparecer en cualquier país y que se desarrolla en un mundo enteramente fantástico. No es obra nacional, es obra humana, y en esto consiste el principal secreto de su popularidad sin ejemplo.

Pero salta á la vista que su autor estaba muy versado en la literatura caballeresca de la materia de Bretaña, y que le eran familiares todas las narraciones que los cantores gaélicos habían enseñado á los troveros anglo-normandos. Todos los nombres de lugares y personas tienen este sello exótico. Perion, rey de Gaula (esto es del país de Gales); Garinter, rey de la pequeña Bretaña, y su hija Elisena; Languines, rey de Escocia; Gandales y Gandalín, Urganda la Desconocida, el clérigo Ugán el Picardo, Lisuarte[333], rey de la Gran Bretaña y padre de Oriana; D. Galaor, hermano de Amadís; el encantador Arcalaus, Agrajes, Grimanesa y otros muchos serán acaso nombres de pura invención, pero inventados á imagen y semejanza de los nombres que suenan en el Lanzarote ó en la Demanda del Santo Grial. En otros la derivación francesa se ve patente; comenzando por el mismo nombre de Amadís (Amadas, como veremos luego), y lo mismo Brian de Mongaste, Bruneo de Bonamar, Androian de Serolís (Charolais), el encantador Arcalaus (¿Arc-à-l'eau?), Briolanja (Brion l'ange), Angriote de Estravaus (Andrieux des Travaux), Guilan (Guillaume), Mabilia (Mabille). La manera de hacer los diminutivos, por ejemplo Leonoreta y Darioleta, revela el mismo origen. La geografía es también inglesa ó francesa: Norgales (North Wales), Vindilisora (Windsor), Gravisanda (Gravesend), Mostrol (Montreuil sur Mer), etc.

Si de los nombres pasamos á la fábula, la imitación de los poemas del ciclo de Artús («el muy virtuoso rey Artur, que fué el mejor rey de los que en Bretaña reinaron») es patente desde los primeros capítulos, aun sin tener en cuenta las alusiones directas al Tristán, al Lanzarote y al Santo Grial que hay en el libro cuarto, porque nos inclinamos á creer que este libro, de todos modos muy posterior á los tres primeros, es original de Montalvo. Ya Baret, Amador de los Ríos y otros críticos notaron las semejanzas entre el encantador Arcalaus y el Tablante de Ricamonte del Román de Jaufre; entre el episodio de Briolanja y el de la reina Corduiramor del Perceval, poema que también parece imitado en la escena del reconocimiento de Amadís y Galaor.

Notes in this chapter

Note 1 · Propiamente lo que dice Cervantes es que fué el primero que se imprimió, y esto todavía parece más dudoso, porque del Amadís no se conoce edNote 2 · Cronica del muy esforçado y esclarescido cavallero Cifar nuevamente impresa. En la qual se cuentan sus famosos fechos de caualleria. Por losNote 3 · Véase la descripción del primero en el Catalogue des Manuscrits espagnols de la Bibliothèque Nationale de Paris de A. Morel-Fatio (n.º 615).Note 4 · The Sources of el Cavallero Cifar (Revue Hispanique, tomo X, 1903).Note 5 · Á las obras allí citadas sobre este argumento debe añadirse un curioso poema del siglo XVIII: «El Eustaquio ó la Religión Laureada. Poema ÉpNote 6 · En su precioso estudio sobre la leyenda del marido de dos mujeres no menciona Gastón París (La Poésie du Moyen Age, 2.ª ser., 1885, pp. 109 Note 7 · Vid. Knust, Dos obras didácticas y dos leyendas, p. 109.Note 8 · Omnes praefatas urbes, quaedam scilicet sine pugna, quasdam vero cum magno bello et maxima arte, Karolus tunc acquisivit, praeter praefatam Note 9 · Sobre las diferencias entre ambas versiones vide G. París, Le Lai de l'Oiselet (Légendes du Moyen-Âge, p. 225).Note 10 · En su reseña de la literatura española, publicada en la colección de Gröber (Grundriss der romanischen Philologie, II, pp. 416 y 439, StrasbNote 11 · Los quatro libros del virtuoso cauallero Amadis de Gaula: Complidos. Colofón: «Acabanse los quatro libros... Fueron emprimidos en la muy nobNote 12 · Los que niegan á Montalvo la paternidad del libro cuarto entienden que esta declaración se refiere sólo al Espandián; pero la gramática no lNote 13 · Basta leer estos versos (Cancionero de Baena, edición de Leipzig, t. II, p. 320) para convencerse de que se refieren á Enrique II y no á EnrNote 14 · En la novela catalana de Curial y Güelfa,que pertenece probablemente á la segunda mitad del siglo XV, se cita (pág. 498) á Amadís y Oriana eNote 15 · En la Crónica del rey Don Rodrigo, que Pedro del Corral compuso por los años de 1443, hay evidentes imitaciones del Amadís.Note 16 · Amador de los Ríos, Sevilla Pintoresca, 1844, p. 236.Note 17 · Diccionario histórico de los profesores de las Bellas Artes en España, por D. Juan Agustín Cean Bermúdez, Madrid, 1800, t. V, p. 299. El misNote 18 · «Estas cousas diz o Commentador, que primeiramente esta Istoria ajunton e escreveo, vāo assy escriptas pela mais chā maneira... jaa seja queNote 19 · Kritischer Versuch über den Roman Amadis von Gallien, von Dr. Ludwig Braunfels, Leipzig, 1876. Sobre esta obra publicó un elegante artículo Note 20 · Ms. A-6-2 de la Biblioteca Pública de Lisboa, citado por Teófilo Braga, Amadis de Gaula, página 203.Note 21 · El diplomático brasileño F. A. de Varnhagen, en su insustancial ensayo Da litteratura dos livros de cavallarias, estudo breve e conscienciosNote 22 · «Os dous sonetos que vāo no fol. 24 fez meu pay na linguagem que se costumava neste Reyno en tempo del Rey Don Dinis, que he a mesma em que Note 23 · Historia das Novellas Portuguesas de Cavalleria, por Theophilo Braga. Formaçāo do Amadis de Gaula. Porto, 1873, p. 227. Hay del mismo autorNote 24 · La traducción latina de los Diálogos de Medallas es de Andrés Scotto. En el original castellano dice Antonio Agustín: «A los quales doy yo eNote 25 · «Y Don Hernando, segundo duque de Berganza (nieto del rey D. Alonso de Portugal, de donde aquella Real Casa salió, y rebisabuelo del gran PrNote 26 · Acaso Lope recordaba confusamente que el Palmerín de Oliva y el Primaleón habían sido escritos por una dama, aunque no era portuguesa, sino Note 27 · «E por seu mandado trasladou de francés em a nossa lingua Pero Lobeiro (sic), Tabaliáo d'Elvas, o livro de Amadis que (a parecer de varōes dNote 28 · En un artículo de la Quarterly Review citado por Baret, De l'Amadis, p. 35, y por Gayangos en su Discurso preliminar sobre los libros de CabNote 29 · Lais de Bretanha, p. 27.Note 30 · Grundriss, de Gröber, II b, pp. 416-438-441.Note 31 · Studien zur Geschichte der Spanischen und Portugiesischen Nationalliteratur, Berlín, 1859, p. 174 y ss. En la traducción castellana de UnamuNote 32 · Baret quiere derivar este nombre del bretón Lych-warch.
Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings