V (continued 3)
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Tampoco ha logrado los honores de la impresión, y probablemente no los merece, otra novela que forma parte de la colección de Salazar (biblioteca de nuestra Academia de la Historia): «el libro del virtuoso y esforzado cavallero Marsindo, hijo de Serpio Lucelio, principe de Constantinopla». Tiene trazas de ser fragmento de otra composición más larga, que comprendía las aventuras de Serpio, con las cuales se enlaza al principio, así como anuncia al final las del príncipe Paunicio, hijo de Marsindo, del cual al parecer había historia aparte: «e fizo tan extrañas cosas en armas, que ygualó a la bondad de su padre, y aqui non vos lo contamos como él las passó, porque en la su grande ystoria lo cuenta muy complidamente». Amador de los Ríos[370] da bastante razón de esta novela, cuyo asunto son las proezas que Marsindo (llamado así por haber nacido en el mar) ejecuta en África y en Constantinopla, venciendo todo lo que se le pone por delante. Al parecer hay en este libro imitaciones del Amadís, pero pueden proceder del texto impreso, porque no es muy seguro que el Marsindo ni el Adramón sean anteriores á los primeros años del siglo XVI, á juzgar por la letra de los códices en que han llegado á nosotros, y que quizá serían los únicos que de estas anónimas y oscuras historias se escribiesen.
Mucha más importancia tienen dos libros de caballerías catalanes, que indisputablemente son del siglo XV: famoso el uno en la literatura novelesca, Tirant lo Blanch; casi ignorado el otro, Curial y Güelfa, hasta que recientemente le ha dado á luz en primorosa edición la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona con eruditas y oportunas observaciones de mi fraternal amigo y condiscípulo el profesor D. Antonio Rubió y Lluch[371].
Más que libro de caballerías propiamente dicho, el Curial es una novela erótico-sentimental, influida por modelos italianos, y especialmente por la Fiammeta de Boccaccio, de cuyas imitaciones españolas se tratará en el capítulo siguiente. La colocamos, sin embargo, en este lugar porque conserva en mayor grado que las otras el espíritu caballeresco, principalmente en el libro segundo, que está lleno de descripciones de combates. Sobre la plena originalidad de esta obra pueden caber algunas dudas. Luis Vives, en un importante pasaje que ya hemos citado, enumera entre los libros de entretenimiento que corrían en Flandes, y cuya lectura reprueba, uno que llama Curias et Floreta. ¿Tendría que ver con el nuestro? Si hubiese sido español, estaría citado por Vives con los demás de nuestra literatura que menciona; es á saber, el Amadís, el Florisando, el Tirante, la Celestina y la Cárcel de Amor. Parece, pues, que se trataba de un texto francés. En el Curial ha notado su diligente editor inscripciones y divisas en lengua francesa, alusiones continuas á los libros de Tristán y Lanzarote, algunos que parecen galicismos, como armurers, mestre dostal, renarts burells y otros, y sobre todo un gran número de nombres y apellidos (históricos algunos) que son enteramente franceses.
Pero la influencia italiana es la que en el libro predomina, y se manifiesta de mil modos, ya en las frecuentes citas de Dante, de quien manejaba no sólo la Commedia, sino Il Convito y la Vita nuova, ya en el conocimiento que manifiesta de otras obras de aquella literatura, tan familiar entonces á los catalanes, dominadores de Sicilia y de Nápoles y émulos de las repúblicas marítimas en el comercio de Levante. Así recuerda, como cosa que debía estar presente en la memoria de todos sus lectores, la trágica historia de Guiscardo y Guismunda, que es la novela primera de la jornada IV del Decameron. El fondo mismo del Curial, la sencilla historia de amor que le sirve de principal argumento, tiene su origen directo en una colección de cuentos italianos, Il Novellino ó las Cento Novelle Antiche (núm. 61), «d' una novelle ch' avenne in Provenza alla corte del Po». Esta narración, como tantas otras, había pasado de Provenza á Italia, y de Italia volvió á Cataluña, rota ya la hermandad entre provenzales y catalanes, y olvidada la antigua literatura occitánica que había sido común á ambos pueblos. Aun los rasgos que más localizan el cuento y dan testimonio de su origen, la mención del Puig de Nostra Dona, y el primer verso de la canción del trovador Barbassieu, «Atressi cum l'olifans» (que quizá fué el fundamento de toda la leyenda), están tomados del texto italiano. La anécdota es ingeniosa y del género de otras que se leen en las biografías de los trovadores. Una dama, gravemente ofendida por la indiscreción de su caballero, le previene que no volverá á admitirle en su gracia hasta que cien varones, cien caballeros, cien damas y cien doncellas griten todos á una voz perdón, sin saber á quién se lo piden. El ladino caballero, que era de gran saber en el arte de trovar, inventa las palabras y la melodía de una canción alegórica, y va á cantarla en el gran concurso poético del Puis de Nostradame. Apenas había terminado su canción, en que empezaba por compararse con el elefante caído, que no se puede levantar si no se le anima con gritos y voces, todos los circunstantes pidieron perdón por él, y la altanera dama consintió en perdonarle[372].
El teatro de los amores de Curial y Güelfa es la corte de Monferrato (otro indicio de italianismo), pero se da á entender, aunque no está claro del todo[373], que el padre del héroe era catalán, y en los episodios de la novela intervienen, llevándose la prez en justas y torneos de Francia é Italia, varios caballeros catalanes y aragoneses de apellidos muy ilustres: Dalmau de Oluge, Pons d'Orcan, Aznar de Atrosillo, Galcerán de Mediona, Pere de Moncada, Ramón Folch de Cardona. El autor ha querido, con justo entusiasmo, que la acción de su novela coincidiese con el momento más glorioso y solemne de la historia de la corona de Aragón, es decir, con el reinado de don Pedro III el Grande, que es su héroe predilecto, á quien llama «lo millor cavallero del mon sens tota falla», aludiendo repetidas veces á su bizarra aventura del palenque de Burdeos y comentando aquel célebre verso que le dedicó Dante en el cap. VII del Purgatorio:
D'ogni valor portò cinta la corda.
Aun en esta glorificación del gran rey vencedor de los franceses se revela también el asiduo lector de los autores italianos, y no de Dante sólo, sino de Boccaccio, que hizo á don Pedro héroe de una de sus más delicadas y gentiles narraciones.
Hay, pues, un elemento histórico ó indígena en el Curial, pero el caso no es único en las novelas españolas del siglo XV. Aparte de El Siervo Libre de Amor, de Juan Rodríguez del Padrón, donde hay tantas reminiscencias geográficas é históricas de Galicia, ahí está la Crónica Sarracina de Pedro del Corral, escrita antes de 1450, la cual, más que libro de caballerías, es una verdadera novela histórica, en que se amplifican y desarrollan todas las tradiciones y consejas relativas á la pérdida de España y á los reyes don Rodrigo y don Pelayo.
La impresión que el Curial deja es la de una obra forastera, refundida por un catalán, más bien que concebida originalmente en Cataluña. Acaso fuese en su origen una breve historia de amor, escrita en italiano, que al pasar á nuestra Península se enriqueció no solamente con las alusiones históricas, con los apellidos ya citados y con algunos nombres geográficos como Barcelona, La Roca, Solsona, sino con gran número de aventuras y razonamientos intercalados con poco arte de composición. Todo lo que se refiere á las andanzas de Curial en Grecia y África tiene este carácter, y lo tiene muy especialmente el curiosísimo intermedio clásico del sueño de Curial en el Monte Parnaso, donde Apolo y las Musas le eligen por juez para sentenciar sobre la veracidad de Homero en cuanto á la guerra de Troya. Curial no desprecia al poeta griego, pero como era de suponer da la palma á Dictis y Dares: «Homero ha escrit libre que entre los homens de sciencia man que sia tengut en gran estima: Ditis e Dares scriuiren la veritat e axi ho pronuncie». Toda esta disputa es un pedantesco alarde del autor para mostrarse muy leído en la Crónica de Guido de Columna, á quien alega varias veces, como también la compilación llamada Fiorita, que Armannino, juez de Bolonia, compuso en 1325: una especie de Eneida anovelada al gusto de la Edad Media. Parece haber manejado también las Metamorfoses de Ovidio, que cita al principio del libro tercero.
Milá y Fontanals, primer crítico que se fijó en el Curial, aunque muy de paso, reconoció en él aquella singular mezcla de gótico y renacimiento que se encuentra en muchas obras artísticas y literarias del siglo XV y principios del XVI[374]. Tanto por esta mezcla, que para el gusto ecléctico y curioso de ahora no es desagradable, como por el interés que ofrece cualquier texto de lengua catalana, ya que son relativamente pocos los que han logrado salvarse del naufragio, merece el Curial, á pesar de la afectación y mal gusto de muchos trozos y del poco interés de la narración, la solicitud con que ha sido impreso y las investigaciones que se hagan sobre sus fuentes.
Pero no puede establecerse paridad alguna entre esta composición retórica y amanerada y la muy sabrosa, aunque demasiado larga y demasiado libre, historia valenciana de Tirant lo Blanch, que es uno de los mejores libros de caballerías que se han escrito en el mundo, para mí el primero de todos después del Amadís, aunque en género muy diverso.
El elogio que hace de él Cervantes en el escrutinio de la librería de D. Quijote nunca me ha parecido irónico, sino sincero, aunque expresado en forma humorística: «¡Valame Dios, dijo el cura dando una gran voz; que aqui está Tirante el Blanco! Dadmele aca, compadre, que hago cuenta que he hallado en él un tesoro de contento y una mina de pasatiempos. Aqui está D. Quirieleisón de Montalban, valeroso caballero, y su hermano Tomas de Montalban y el caballero Fonseca[375], con la batalla que el valiente de Tirante[376] hizo con el alano, y las agudezas de la doncella Placerdemivida y con los amores y embustes de la viuda Reposada, y la señora Emperatriz enamorada de Hipolito su escudero. Digovos verdad, señor compadre, que por su estilo es éste el mejor libro del mundo: aqui comen los caballeros y duermen, y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con otras cosas de que todos los demas libros deste genero carecen. Con todo eso os digo que merecia el que lo compuso, pues no hizo tantas necedades de industria, que le echaran a galeras por todos los dias de su vida».
Cervantes señaló, entre burlas y veras, el carácter realista del Tirante, fijándose en detalles tales como la lucha del héroe con un perro, que es, en efecto, de lo menos caballeresco que puede imaginarse, aunque tiene precedente en la del rey Artús con un monstruoso gato; no olvidó la sensual pintura de los amores de la vieja emperatriz y del escudero Hipólito, ni las intrigas por todo extremo livianas y celestinescas en que intervienen la doncella Placer-de-mi-vida y la viuda Reposada: felicísimos nombres uno y otro, que acreditan la inventiva y buen humor de quien los discurrió. No se le pasó por alto el grotesco nombre de D. Quirieleisón de Montalbán, digno del repertorio de Rabelais, y tan empapado se muestra en el libro de Martorell, que ni siquiera omite la insignificante mención del caballero Fonseca, á quien se nombra una sola vez en toda la novela.
No puede negarse que el final del pasaje sea oscuro, y confieso que no me satisface ninguna de las explicaciones que de él se han dado. Si hay errata, como se sospecha, podrá consistir en la adición del no, pues suprimiéndole, la frase hace sentido y puede interpretarse de esta suerte: «merecia el autor las galeras porque siendo hombre de buen ingenio le dio mal empleo, poniéndose de industria, es decir, de caso pensado, a escribir necedades». Por necedades entiende Cervantes las extravagancias caballerescas y eróticas del Tirante; que también hay necedad en los discretos. Muy duro parece el castigo de las galeras para tales pecados, pero la frase es humorística á todas luces. Y es lo cierto que las lozanías del Tirante pasan á veces de la raya, y explican la chistosa frase de Cervantes, la cual es á un tiempo elogio del ingenioso autor del libro y vituperio de las escenas lúbricas en que solía complacerse[377].
El «Libre del valeros e strenu caualler Tirant lo Blanch», impreso por primera vez en Valencia, 1490[378], tiene, á diferencia de otros muchos libros de caballerías, especialmente de los más antiguos, autor, ó por mejor decir autores conocidos, puesto que en el mismo consta que las tres primeras partes fueron escritas por el magnífico y virtuoso caballero Mossen Johanot Martorell, y que después de la muerte de éste, fué acabada la cuarta parte, á ruegos de la señora doña Isabel de Loris, por Mossen Marti Johan de Galba, que acaso fuera un notario, á juzgar por la forma curialesca en que redactó los testamentos de Tirante y la princesa Carmesina, á que alude Cervantes.
Sabemos además la fecha en que Martorell comenzó á escribir su libro: 2 de enero de 1460. Esta importante noticia consta al fin de la dedicatoria al infante D. Hernando de Portugal, la misma persona á quien hemos mencionado ya como una de las varias á quien se atribuyó sin fundamento el Amadís de Gaula. En su carta dice Martorell que «la historia y actos de Tirante estaban escritos en lengua inglesa, y que el infante le habia rogado que los trasladase al portugues, entendiendo que por haber residido Martorell algun tiempo en la isla de Inglaterra habia de serle más familiar aquella lengua que a otros. Por lo cual él, obedeciendo a este ruego o más bien mandato del señor a cuyo servicio estaba, se habia atrevido a traducir la obra no solamente de lengua inglesa en portuguesa sino de portuguesa en vulgar valenciana, para que la nacion de donde él era natural disfrutase de aquel beneficio». Y finalmente disculpa los defectos que puedan hallarse, con la oscuridad de la lengua inglesa, cuyos vocablos es difícil entender bien algunas veces.
Generalmente se ha hecho poco aprecio de estas declaraciones de Martorell, y como ni en inglés ni en portugués se encuentra rastro de tal libro, se ha creído que todo el prólogo era ficción pura, según la costumbre de los autores de libros de caballerías, que procuraban darles autoridad y crédito suponiéndolos traducidos de otras lenguas. Pero obsérvese que los que tal hacían afectaban, por lo común, trasladar sus libros de lenguas sabias ó muy remotas y peregrinas, como el griego, el hebreo, el caldeo y el húngaro, más bien que de las vulgares, y no recuerdo que ninguno de ellos quisiese autorizar su obra suponiéndola traída de una lengua tan de casa y tan familiar á los nuestros como era el portugués. Además, ¿qué objeto había de tener esta superchería, si el mismo Martorell es quien se reconoce autor de la versión portuguesa y de la valenciana, y así lo declara en un prólogo dirigido al infante de Portugal, en cuyo servicio estaba y que le había encargado la traducción? Si todo esto es invención, ¿qué podía ganar el libro con ello?
Para mí está fuera de duda que Juan Martorell, valenciano de nacimiento, pero residente en la corte de Portugal por los años de 1460, escribió primero en portugués y luego en su nativa lengua (que tratándose de aquel tiempo debe llamarse sin ambages catalana) el libro de Tirante el Blanco, y que Micer Juan de Galba tradujo del portugués la cuarta parte, que en tono y estilo no difiere de las demás ni es adición pegadiza, sino desenlace natural y complemento necesario de la fábula, por lo cual hay que desechar el pensamiento de que sea labor suya y no del mismo Martorell[379].
¿Pero será verdad lo que éste dice de un original inglés? Aquí la cuestión es mucho más problemática. No hay razón para negar el viaje de Martorell á Inglaterra, y leyendo atentamente su libro se notan indicios que nos persuaden que estuvo allí. En Inglaterra empieza la acción: las justas reales de aquel país y sus fiestas caballerescas están descritas con la minuciosidad de un testigo de vista; se cuenta muy á la larga el origen y estatutos de la Orden de la Jarretiera. Y prescindiendo, porque nada probarían, de las frecuentes imitaciones del ciclo bretón, y de la familiaridad que el autor muestra con los personajes más conocidos y vulgarizados de aquel ciclo, como el rey Artús, á quien hace intervenir en una aventura de que hablaré después, se encuentran en el Tirante otras narraciones que parecen tomadas de libros ingleses. La misma leyenda del dragón de Cos, más que aprendida en las playas del Mediterráneo, parece trasladada del libro fantástico de viajes de John de Mandeville[380]. La historia del conde Guillem de Varoychi, con que la obra comienza, es ni más ni menos que el antiguo poema de Guy de Warwycke, escrito al parecer por un trovero anglonormando en el siglo XII y traducido en verso inglés á principios del XIV. En él se narra cómo el conde, recién casado, se separó de su mujer para ir en peregrinación á Tierra Santa; cómo volvió, después de muchas aventuras, para arrojar de Inglaterra á los daneses, y cómo, finalmente, se hizo ermitaño[381].
Pero al lado de estas reminiscencias, cuyo número es ciertamente muy escaso, hay en el Tirante innumerables cosas que denuncian el origen catalán de su autor y que no han podido ser escritas más que por algún súbdito de la corona de Aragón. Gran parte del primer libro, es decir, el encuentro del joven Tirante con el caballero ermitaño, y las instrucciones que éste le da sobre el oficio y deberes de la caballería, está calcada, puede decirse que servilmente, sobre un tratado de Ramón Lull que conocemos ya, el Libre del orde de Cavaleyria. El tema principal de la novela, las empresas de Tirante en Grecia y Asia, sus triunfos sobre el Gran Turco y el Soldán de Egipto, su entrada triunfal en Constantinopla, sus amores y desposorio con la hija del Emperador griego, su elevación á la dignidad de César y heredero del Imperio, y hasta la muerte que le sorprende en medio de la alegría de sus bodas, si bien traída por causa natural y no por el hierro de la traición, dan al Tirante cierto sello de novela histórica, donde se reconoce, no muy desfigurada (dentro de los límites que separan siempre la verdad de la ficción), la heroica expedición de catalanes y aragoneses á Levante y el trágico destino de Roger de Flor. Ninguno de los personajes de la novela es español: á Tirante se le supone francés, ó por mejor decir bretón, pero antes de terminarse el libro primero abandona por completo las regiones del centro y norte de Europa y se pone al servicio del rey de Sicilia, es decir, de un príncipe de la dinastía catalana. Los intereses políticos que le preocupan son los que en nuestro litoral mediterráneo tenían que ser primordiales: el socorro de Rodas, heroicamente defendida por los caballeros de San Juan, la competencia mercantil con los genoveses, la aspiración al dominio de la vecina costa africana, el peligro de Constantinopla, el creciente poderío de los turcos.
La materia episódica del Tirante puede estar y en efecto está tomada de fuentes muy diversas. Ya hemos mencionado la bellísima fábula de la doncella convertida en serpiente, que no sabemos si es bizantina ó bretona de origen, puesto que se la encuentra lo mismo en el poema francés de Guinglain y en el italiano de Carduino que en la tradición oral de las islas del Archipiélago griego. Tal como la cuentan Martorell y Juan de Mandeville, en quien probablemente se inspiró nuestro autor, tiene todos los caracteres de un mito grecooriental. El dragón de la isla de Cos (Lango) era la hija del sabio Hipócrates, encantada en aquella forma y que no podía recobrar la suya propia hasta que un joven se dejase besar por ella. Espercio, uno de los personajes secundarios del Tirante, es el que lleva á cabo la aventura, haciéndose con ella dueño de la hermosura de la doncella y de los tesoros de la isla. Se ha conjeturado que en la aplicación de esta leyenda al famoso médico griego hay una reminiscencia del papel que representaba la serpiente en el culto de Esculapio.
Otras anécdotas hay en el Tirante, cuyo origen es fácil señalar: por ejemplo, la estratagema de Zopiro, tomada, no de Herodoto, desconocido en la Edad Media, sino de cualquier compilador. Las fabulosas biografías do Virgilio y de Esopo le han prestado los dichos que pone en boca del filósofo á quien la princesa de Sicilia llama á su corte. Y aunque no se me alcanza de dónde pudo tomar el chistoso cuento del príncipe tonto D. Felipe de Francia, cuyos desaciertos y necedades va remediando con tanta habilidad Tirante, para hacerle grato á los ojos de su prometida, bien se ve que esta historia de burlas es una intercalación y que antes hubo de existir aislada. El que se fiara de la vieja traducción castellana ó de la francesa del Conde de Caylus podría creer que Martorell, además de los libros bretones, conocía el Amadís de Gaula, puesto que en aquellos dos textos se encuentra el nombre de Urganda la Desconocida, aplicado á una hermana del rey Artús. Pero en el texto catalán no hay semejante cosa: la hermana de Artús, que va en demanda suya á Constantinopla y le desencanta por medio de un rubí de mágica virtud, no es Urganda, sino el hada Morgana. La pasión de la Emperatriz por el escudero Hipólito tiene mucha semejanza con la de la Emperatriz Athenais y el joven Párides en un poema francés de la segunda mitad del siglo XII, el Éracles de Gautier de Arras[382], aunque el trovero francés es mucho más casto que nuestro novelista, que agotó en esta ocasión todos los recursos de su pincel voluptuoso.
Leído el Tirante con la atención que merece, salta á la vista que Juan Martorell conocía muchos libros de pasatiempo, de los cuales se valió para enriquecer y amenizar el suyo, pero que la concepción general le pertenece, tanto ó más que al autor del Amadís. Pudo encontrar en Inglaterra uno ó varios poemas que le diesen la primera idea del suyo, y quizá el nombre del héroe; acaso al principio se limitó á traducir ó arreglar, y por eso el primer libro tiene un carácter más caballeresco, sin mezcla de pormenores vulgares ni escenas deshonestas; es también el único en que intervienen gigantes ó á lo menos personajes muy agigantados, como D. Kirieleisón de Montalbán y su hermano: el único en que las aventuras de Tirante se parecen algo á las de cualquier otro paladín. Pero en seguida cambió de rumbo, acaso por haberse trasladado desde las brumas de Inglaterra á las risueñas costas de Portugal: la musa del realismo peninsular le dominó por completo, y los ejemplos venidos de Italia, especialmente el de Boccaccio, cuyos libros estaban entonces en su mayor auge, hicieron que este realismo no fuese siempre tan sano y comedido como debiera. De todos modos, el Tirant lo Blanch, escrito en una lengua mucho más próxima á la popular que el Curial y Güelfa, resultó uno de los libros más catalanes que existen, con cierta indefinible nota de gracia y ligereza valenciana que le da un puesto aparte entre los prosistas de aquella literatura, como á Jaime Roig entre los poetas.
No ha faltado algún excelente critico[383] que considerase el Tirante como una parodia deliberada de los libros de caballerías, que en todo caso sería más parecida á la de Merlín Cocaio ó á la de Rabelais, que á la fina ironía del Ariosto ó á la grande y humana sátira de Cervantes. No faltan en aquella novela episodios que superficialmente considerados pudieran hacer verosímil esta opinión: desafíos tan ridículos como el de Tirante con el caballero francés Villermes, batiéndose los dos adversarios en paños menores con escudos de papel y guirnaldas de flores en la cabeza; bufonadas en que sacrílegamente se mezcla lo humano con lo divino (por ejemplo, el rezo de la Emperatriz en el capítulo CCXLV): un regocijo sensual bastante grosero y lo más contrario que puede haber al ideal caballeresco. Todo esto es verdad, y no obstante, considerado el Tirante en su integridad, no puede dudarse que fué escrito en serio, y que las empresas guerreras del héroe son las más serias que en ningún libro de esta clase pueden encontrarse. Lo son por su finalidad alta é histórica, y lo son por los medios muy racionales que el héroe emplea para llevar á cabo sus victorias y conquistas. No es un aventurero andante que consume su actividad en delirios y vanas quimeras, como la mayor parte de los paladines de Bretaña y sus imitadores, sino un hábil capitán, un príncipe prudente que pone su espada y su consejo al servicio de la cristiandad amenazada por los turcos. Las artes con que triunfa de ellos no deben nada al sobrenatural auxilio de magas y encantadores; vence, sí, y desbarata con fuerzas pequeñas innumerables ejércitos; pero esta hipérbole ha sido permitida siempre á los narradores épicos, y no podía menos de serlo cuando no se abstenían de ella los más graves historiadores.
No es el Tirante una parodia, sino un libro de caballerías de especie nueva, escrito por un hombre sensato, pero de espíritu burgués y algo prosaico, que no huye sistemáticamente del ideal, pero lo comprende á su manera. No sólo modifica el sentido del heroísmo, y en esto merece alabanza, sino que cambia radicalmente el concepto del amor, y aquí resbala de lleno en la más baja especie de sensualismo. También él ha querido hacer de Tirante y Carmesina una pareja modelo de leales enamorados, pero las situaciones en que los coloca no son más que un pretexto para cuadros lascivos. Mucho más honesta es Oriana, rindiéndose la primera vez que se encuentra á merced de su amador en el bosque, que la refinada princesa de Constantinopla, que se complace en excitar brutalmente sus sentidos en repetidas entrevistas, y no cede del todo hasta la última parte del libro. Hay en todo esto una especie de molinosismo erótico sobremanera repugnante. Nada diremos de la senil pasión de la Emperatriz, que tan caro paga al joven Hipólito su complacencia amorosa, ni de la consumada maestría que en las artes del lenocinio muestran las doncellas Estefanía y Placerdemivida, que más bien que en palacios imperiales parecen educadas en la zahúrda de la madre Celestina. Adviértase que Martorell describe todas estas escenas sin correctivo alguno, antes bien con especial fruición, y las corona escandalosamente con el triunfo de Hipólito, elevado nada menos que al trono imperial de Constantinopla por el desaforado capricho de una vieja loca.
Si todo esto indica la depravación de la fantasía del autor (la cual contrasta por otra parte con el tono grave y doctrinal de los razonamientos de que su libro está plagado), otras cosas de distinto género prueban en él la obsesión de la vida común, el amor al detalle concreto y preciso, el instinto que le llevaba á copiar la realidad, fuese ó no poética. Tirante saltando por una ventana de la habitación de Carmesina se rompe una pierna; accidente muy natural, pero que ningún otro autor de este género de historias hubiese atribuido á un héroe suyo, ni menos hubiese insistido tanto en los detalles de la curación. La enfermedad de que muere es una prosaica pulmonía, y como ya notó Cervantes, hace en toda regla su testamento. Por lo demás, el final de la historia es tierno y patético. Tirante, cayendo herido por la muerte cuando se ve á las puertas de la dicha mundana, y Carmesina expirando de dolor, abrazada al cadáver de su esposo, pertenecen á la esfera ideal del arte y recuerdan el sublime desenlace de los amores de Tristán é Iseo.
El Tirante, aunque tan ingenioso y tan cargado de picantes especias, no parece haber tenido muchos lectores en España. Casi nadie le cita, fuera de Cervantes, cuyo voto vale por todos. En su lengua original tuvo dos ediciones, ambas dentro del siglo XV; en castellano una sola, la de Valladolid de 1511. Las tres se cuentan entre los libros más raros del mundo. De la versión castellana proceden la italiana de Lelio di Manfredi, hecha por los años de 1514 á 1519, aunque no salió de las prensas de Venecia hasta 1538, y el galante rifacimento francés del Conde de Caylus (1737?), que vale un poco más que el compendio del Amadís hecho por el Conde de Tressan[384].
Pero el original catalán del Tirante había penetrado en Italia antes que estuviese traducido en ninguna lengua. Ya en 1500 lo leía Isabel de Este, marquesa de Mantua, y un año después comenzaba á traducirlo, á instancia suya, Niccolo da Correggio[385]. Extraño libro parece el desvergonzadísimo Tirante para entretener los ocios de una princesa honesta y sabia; pero las costumbres de las cortes italianas lo autorizaban todo, y después de Boccaccio, á quien todo el mundo respetaba como un clásico, no había que escandalizarse de nada. La novela valenciana fué conocida y utilizada también por los dos grandes poetas de la escuela de Ferrara. Mateo Boyardo parece haber tomado de allí la leyenda del dragón de Cos, atribuyéndola al paladín Brandimarte en los cantos 25 y 26 del Orlando Innamorato (refundición del Berni). En cuanto al Ariosto, ya apuntó Dunlop, y ha confirmado Rajna[386], que el núcleo del episodio de Ariodante y Ginebra (canto V del Orlando Furioso), tan importante en sí mismo, y además por haber sido el germen de una novela de Bandello, de la cual tomó Shakespeare el argumento de su comedia Much ado about nothing, está en los embustes de la viuda Reposada, que ardiendo en liviano amor por Tirante y deseando alejarle de los brazos de la princesa Carmesina, urde contra ésta una monstruosa intriga, haciendo creer al caballero que su dama le era infiel con un negro feísimo, hortelano de palacio, con cuyas vestiduras y máscara hace disfrazar á una de las doncellas de la princesa. La mayor alteración que el Ariosto introdujo en el relato, sin duda por el espíritu de galantería, que rara vez le abandona, consistió en hacer recaer la parte odiosa de la estratagema, no en una mujer, sino en un hombre, Polinesso, el rival de Ariodante. Conjetura también Rajna que la industria de que se vale un marinero, en el Tirante, para abrasar la nave capitana de los genoveses, que sitiaban á Rodas como auxiliares de los sarracenos, dió al poeta la idea del artificio de que Orlando se vale para arrastrar á la playa por medio de una gruesa cuerda el monstruoso cetáceo que guardaba á Olimpia (canto XI).
Á pesar de haber tenido tales imitadores, Tirante el Blanco quedó sporádico y cayó muy pronto en olvido. Quizá su realismo demasiado prematuro para un libro de caballerías, aunque ya hubiese penetrado en otros géneros, le hizo poco grato á los lectores habituales de esta clase de obras. Acaso también su desenfrenada licencia en las pinturas eróticas fué obstáculo para que siguiera circulando, aunque la Inquisición no le puso nunca en sus índices. Pero antes de la mitad del siglo XVI ya la imprenta española había ido moderando mucho el verdor y lozanía de sus abriles y habían desaparecido del comercio vulgar las Tebaidas, las Serafinas y los Cancioneros de burlas. Aun la misma traducción de las Cien novelas de Boccaccio no se reimprimió después de 1543.
En cambio el Amadís proseguía su carrera triunfal en España y en Europa, y á su buena sombra comenzaban á medrar una porción de descendientes suyos, que tenían más de bastardos que de legítimos. Así nació el ciclo de Amadís, ciclo enteramente artificial, sin lazo íntimo ni principio orgánico; sarta de continuaciones inútiles y fastidiosas, cada vez más extravagantes en nombres, personajes y acontecimientos, pero con una extravagancia fría y sin arte, que ni siquiera arguye riqueza de invención, puesto que todos estos libros se parecen mortalmente unos á otros. Nacieron de un capricho de la moda, alimentaron una curiosidad frívola, que pedía sin cesar aventuras más imposibles y descomunales, y se convirtieron en una industria y granjería literaria. Fueron acaso los primeros libros que dieron de comer y aun de cenar á sus autores. Su éxito puede compararse con el de las novelas de folletín á mediados del siglo XIX.
La mejor ó la menos mala de estas secuelas del Amadís es la primera, compuesta por Garci Ordóñez de Montalvo con el título de las Sergas dé Esplandián (del griego [Greek: ernk], hechos). Fingió el regidor de Medina que este libro (el cual en la serie de los Amadises es el quinto) había sido compuesto en lengua griega por el maestro Elisabad, que en esta historia aparece con el triple carácter de clérigo de misa, cirujano y cronista; aquel bellacón del maestro Elisabad, sobre cuyo supuesto amancebamiento con la reina Madasima armaron tan brava pendencia en Sierra Morena Cardenio y Don Quijote. El cura del escrutinio de Cervantes no anduvo muy blando con el Esplandián, puesto que es el primero que condena á las llamas, sin que le valiera al hijo la bondad del padre. Rigor acaso excesivo si se compara no sólo con el hiperbólico elogio que allí mismo se hace del Palmerín de Inglaterra (obra de algún mérito al cabo), sino con la relativa misericordia que se otorga al disparatadísimo Don Belianis de Grecia.
Al cabo el Esplandián salió de la misma cantera que el cuarto libro de Amadís, y no podía menos de conservar algún rastro de tan buen origen. En el estilo no me parece tan inferior, como en el plan, que es desordenado, incoherente y confuso. Hay mucha riqueza de aventuras; pero denotan la imaginación ya cansada de un viejo, que se plagia á sí mismo y continúa explotando el fondo poético que acumuló en mejores días. El mayor defecto del Esplandián es venir después del Amadís, y suscitar á cada momento el recuerdo de la obra primitiva. Fué una idea infeliz presentar al hijo como vencedor del padre. Siendo Amadís el tipo del perfecto é invencible caballero no podía tener rivales, cuanto menos vencedores, aun dentro de su propia familia. Todo lo que hemos visto en la primera obra se reproduce en la segunda, siempre con menos brillo. Las apariciones de Urganda la Desconocida en la fusta de la Gran Serpiente se repiten hasta la saciedad, y ninguna hace el efecto que la primera. La mayor parte de las aventuras tienen por teatro Grecia y Asia. Se conoce que Montalvo había leído el Tirante, y hasta cierto punto le imita, huyendo de sus deshonestidades. Los amores del héroe con la princesa Leonorina, hija del Emperador de Constantinopla, no trasponen los límites del recato, y la intervención de la doncella Carmelia en nada participa del carácter rufianesco que tiene la desenvuelta y libidinosa Placerdemivida. Hay algunos episodios ingeniosos, como el del ejército de grifos, que combate por los aires en ayuda de Calafia, reina de las Amazonas; fábula de origen clásico. En resumen, el Esplandián debe ser tenido por una novela mediana, pero no de las peores y más monstruosas en su género, y es sin duda de las mejor escritas. Fué también de las más leídas. La primera edición de que se tiene noticia cierta es la de Sevilla, 1510, dos años después de la que pasa por primera del Amadís. Nueve veces, por lo menos, fué reimpresa en aquel siglo, y modernamente la ha reproducido el Sr. Gayangos á continuación del Amadís. Con él figura en todas las antiguas traducciones hechas en francés, italiano y alemán, y en el compendio de mademoiselle de Lubert[387].
Sin duda Montalvo pensaba continuar indefinidamente su historia, puesto que no se decide á matar á Amadís, ni á Galaor, ni á Esplandián, ni á ninguno de sus héroes predilectos, sino que los deja encantados en la Tumba Firme y envueltos en una especie de sueño letárgico, hasta que un caballero de su progenie venga á libertarlos. Al mismo tiempo anunció cierto «libro muy gracioso y muy alto en toda orden de caballeria, que escribió un muy sabio en todos los paises del mundo», donde había de tratarse de las proezas de Talanque, Maneli el Mesurado, Garinter y otros caballeros de poco nombre.
Pero Montalvo no llegó á escribir, ó por lo menos á imprimir nada de esto, acaso porque se le adelantó un autor andaluz, de quien sólo sabemos que se llamaba Páez de Ribera, publicando en Salamanca el año de 1510 (lo cual prueba que tiene que ser anterior á aquel año la primera edición del Esplandián) un Sexto libro de Amadís de Gaula, «en que se recuentan los grandes e hazañosos fechos del muy valiente e esforçado cauallero Florisando, principe de Cantaria, su sobrino, fijo del rey Don Florestan». El nuevo cronista tiraba nada menos que á desacreditar el Esplandián, como libro vano y mentiroso, «reprobando el antiguo e falso decir que por las encantaciones e arte de Urganda fuessen encantados el rey Amadis, e sus hermanos, e su fijo el emperador Esplandián, e sus mujeres». Quizá por esta impertinencia, que venía á introducir confusión en tan verídica historia, el Don Florisando, especie de aventurero introducido de contrabando en la familia de los Amadises, no gustó; sólo fué impreso dos veces, y no alcanzó los honores de ser citado en el Quijote. Al francés no se tradujo, pero sí al toscano, de donde nuestro autor decía haberle tomado[388].
El que en la colección de Herberay des Essarts hace veces de libro sexto es el que en España llamamos séptimo, ó sea el Lisuarte de Grecia (Sevilla, 1514), que además de los hechos de este hijo de Esplandián y nieto de Amadís, contiene también los de su tío Perión de Gaula y sus amores con la infanta Gricileria, hija del emperador de Trapisonda. Este libro se enlaza directamente con el Esplandián, prescindiendo del intruso Don Florisando. Lisuarte es quien realiza el desencanto de Amadís y todos los personajes de su familia, los cuales vuelven á correr nuevas y cada vez más desatinadas aventuras. Pero, en cambio, Lisuarte y Perión quedan encantados al fin del libro, y sin desenlazarse ninguna de las historias pendientes, empieza á fraguarse otra, la del niño Amadís de Grecia, hijo de Lisuarte, á quien roban unos corsarios negros.
No se sabe á ciencia cierta el nombre del autor de esta rapsodia, que tuvo la osadía de dedicarla al insigne arzobispo de Sevilla Fr. Diego de Deza, para «pasar algun tiempo y trabajo de su mucho estudio»; lo cual indica que todavía los varones más respetables no miraban con ceño esta clase de libros, que tanto reprobaron más adelante. Algunos le han atribuido á Feliciano de Silva, pero en 1514 no debía de tener edad para escribir tales historias, pues la más antigua de las que se conocen suyas es de 1532. Las palabras del corrector del libro noveno de Amadís, afirmando que había salido de la misma pluma que el séptimo, deben entenderse no de Feliciano de Silva, que se daba por mero traductor, sino del fabuloso autor griego, que en ambos se suponía ser «el gran sabio de las Mágicas, Alquife», marido de Urganda la Desconocida, que moraba en la ínsula de los Gimios.
Como la manía de proseguir y amplificar sin término cualquier novela era todavía más desenfrenada en Francia y en Italia que en España, Herberay des Essarts no se contentó con traducir este primer Lisuarte, sino que le añadió una continuación con las hazañas de otro hijo de Esplandián, D. Flores de Grecia, llamado el Caballero de los Cisnes.
Dejó en cambio sin traducir un segundo Lisuarte castellano, ó sea el octavo libro de Amadís, que trata de las extrañas aventuras y grandes proezas de su hijo Lisuarte y de la muerte del ínclito Amadís (Sevilla, 1526); obra del bachiller en Cánones Juan Díaz, que fingió haberla traducido del griego y toscano, y se la dedicó al Duque de Coimbra, D. Jorge, hijo del rey D. Juan II de Portugal, para que siempre anden envueltos los portugueses en este laberinto de los libros de caballerías. El segundo Lisuarte, que tuvo una sola edición, ni merecía más por su pesadísimo estilo, es un nuevo intruso en la serie de los Amadises, y realmente no debía llamarse octavo, sino séptimo, puesto que es continuación del Don Florisando. Sospechamos que el bachiller Díaz perdió todo crédito con sus lectores por la mala ocurrencia que tuvo de matar á Amadís de pura vejez, refiriendo prolijamente sus exequias y dándonos hasta el texto del sermón que se predicó en sus honras. Á D. Galaor y á Agrajes los hizo frailes, y á la viuda Oriana abadesa en el monasterio de Miraflores.
Tan pacífico y ejemplar desenlace no satisfizo á nadie. Amadís tenía que continuar viviendo y asistir á las proezas de sus nietos hasta la sexta generación por lo menos, y el bachiller Díaz fué reprobado como un historiador falsario. Su libro se tuvo en cuenta para la numeración de los tomos, pero nadie hizo caso de él.
Entonces apareció el gran industrial literario, que por primera vez puso en España, y quizá en Europa, taller de novelas, publicando por sí solo tres desaforados Amadises, divididos en varias partes, que el público de aquel tiempo aguardaba y devoraba con tanta avidez como los innumerables lectores de Alejandro Dumas seguían el hilo de las continuaciones de Los Tres Mosqueteros ó de cualquiera otra de sus más famosas novelas.
Era el sujeto á quien nos referimos un caballero de Ciudad Rodrigo, patria fecunda de novelistas de este jaez, pues también parece que se escribieron allí el Palmerín de Oliva y el Primaleón. Llamábase Feliciano de Silva y era antiguo servidor de la casa de Niebla, en cuyas crónicas se hace mención de él por haber salvado la vida á la Duquesa de Medinasidonia, doña Ana de Aragón, en cierto hundimiento de la puente de Triana en que se ahogaron catorce doncellas y dueñas suyas. Hombre de fácil pluma, de mediano ingenio, de fantasía superficial y desordenada, y de mucha aunque mala invención, diose á imitar las producciones más en boga, siquiera fuesen entre sí tan desemejantes como la Celestina y el Amadís. En el remedo de la primera anduvo más afortunado, quizá porque la índole de su talento le llevaba más á lo picaresco que á lo heroico. Su Segunda comedia de Celestina está á muchas leguas del inaccesible modelo, pero así y todo es la única obra de Silva que hoy puede leerse sin mucha fatiga por los que no hacen profesión de estas erudiciones. Pero entre sus contemporáneos le dieron más reputación y dineros sus libros de caballerías, predilecta lectura de los ociosos. En cambio le asaetearon con donosas ó imperecederas burlas nuestros mayores ingenios. En la Carta del Bachiller de Arcadia, que desde antiguo, y creo que con fundamento, se atribuye á D. Diego Hurtado do Mendoza, encárase el maleante censor con el capitán Pedro de Salazar, autor de cierta crónica de la campaña de Carlos V en Alemania, y le consuela irónicamente de no haber tenido tanta fortuna literaria como Feliciano de Silva y Fr. Antonio de Guevara, á quien con mucha injusticia equipara con el otro: «¿Paréceos, amigo, que sabría yo hacer, si quisiese, un medio libro de D. Florisel de Niquea, y que sabria ir por aquel estilo de alforjas, que parece el juego de «este es el gato que mató el rato», etc., y que sabria yo decir «la razon de la razon que tan sin razon por razon de ser vuestro tengo para alabar vuestro libro». Mi fe, hermano Salazar, todo está en ventura... Veis ahi al Obispo do Mondoñedo que hizo, que no debiera, aquel libro de Menosprecio de corte y alabanza de aldea, que no hay perro que llegue a olerle. Veis ahi a Feliciano de Silva, que en toda su vida salio más lejos que de Ciudad Rodrigo a Valladolid, criado siempre entre Nereydas y Daraydas, metido en la torre del Universo, a donde estuvo encantado, segun dice en su libro, diez y ocho años; con todo eso tuvieron de comer y aun de cenar; y vos que habeis andado, visto, hecho y peleado, servido, escrito y hablado más que todo el ejercito junto que envió la Santidad de nuestro Señor el Papa a esa guerra, no tenéis ni aun de almorzar, y es menester que os andeis a inmortalizar a los hombres con vuestros escritos para que os maten la hambre»[389].
Y quién no recuerda que á D. Quijote ningunos libros «le parecian tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entrincadas razones suyas le parecian de perlas; y más cuando llegaba á leer aquellos requiebros y cartas de desafios, donde en muchas partes hallaba escrito: «la razon de la sinrazon que a mi razon se hace, de tal manera mi razon enflaquece, que con razon me quejo de la vuestra fermosura». Y también cuando leía: «los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza». Con estas razones perdia el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarlas el sentido que no se lo sacara ni lo entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para solo ello».
Son además numerosos los pasajes del Quijote en qué se parodian aventuras ó se recuerdan lances de las obras de Feliciano de Silva, como puede verse en los comentarios de Bowle y Clemencín.
Lo primero que hizo Feliciano de Silva (suponiendo que su trabajo comience en el Amadís de Grecia) fué resucitar á Amadís de Gaula, alevosamente muerto por el bachiller Díaz, y volver á tomar el hilo de la historia en el punto en que la dejó el incógnito autor del primer Lisuarte, manifestando alto desprecio para el segundo: «y fuera mejor aquel octavo (libro) fenesciese en las manos de su autor y fuera abortivo, que no que saliera a luz a ser juzgado e a dañar lo que en esta grande genealogía escripto está; pues dañó asi poniendo confusion en la decendida e continuación de las hystorias».
Algún escrúpulo me queda en cuanto a la paternidad de El noveno libro de Amadis de Gaula, que es la crónica del muy valiente y esforçado Principe y cauallero de la Ardiente Espada Amadis de Grecia, hijo de Lisuarte de Grecia, emperador de Constantinopla y de Trapisonda, y rey de Rodas, que tracta de los sus grandes hechos en armas y de los sus altos y extraños amores, del cual se cita vagamente una primera edición de 1530. Don Pascual Gayangos, cuya pericia bibliográfica, y más en este género de libros, no hay para qué encarecer, afirmaba que en algún ejemplar visto por él estaba el nombre de Feliciano de Silva. Por mi parte no he podido encontrar otro que el del sabio Alquife, fabuloso autor de tal historia. Tampoco el estilo se parece mucho al de D. Florisel; es mejor y sobre todo más llano, y recuerda algo el del primer Lisuarte, no siendo imposible que ambas obras hayan salido de la misma mano. Pero si cierto Sueño de amor[390], compuesto por Feliciano de Silva en prosa y puesto en verso por un apasionado suyo (rarísima pieza gótica que vió Gayangos en Inglaterra), coincide con otro Sueño sobre el mismo tema que se encuentra al fin de la primera parte de Amadís de Grecia, la opinión de nuestro doctísimo bibliógrafo podrá adquirir caracteres de evidencia. Hasta entonces procede suspender el juicio y considerar el Amadís de Grecia como anónimo.
La historia de Amadís de Grecia, biznieto del de Gaula é hijo de Lisuarte y Onoloria, llamado también el caballero de la Ardiente Espada, «por haber nacido con una figura de espada bermeja, que le cogia desde la rodilla izquierda hasta ir a darle en derecho del corazon la punta, y en ella se parescian unas letras blancas muy bien talladas», contiene algunos episodios interesantes que prueban cierto grado de imaginación poética, como los amores de la princesa de Tebas, Niquea, con el caballero de la Ardiente Espada, y el encantamiento de esta princesa y de su hermano Anastarax en una cámara de cristal llamada la Gloria de Niquea. Pero lo más curioso que ofrece, bajo el aspecto literario, es la introducción de un nuevo elemento, el pastoril, con anterioridad á todas las novelas de este género publicadas en España, sin excluir Menina é Moça, que no es bucólica más que en parte, y que de todas suertes no se imprimió hasta 1544. Tuvo, pues, Feliciano de Silva, ó quien quiera que fuese el autor del Amadís de Grecia, la prioridad cronológica, sin que se le puedan señalar otros modelos que la Arcadia de Sannazaro y las églogas que á imitación de ella y de los bucólicos antiguos empezaban á componerse en Italia y en España[391]. Verdad es que la tentativa del cronista caballeresco fué infelicísima. Las cuitas amorosas de los pastores alejandrinos Darinel y Silvia, y la transformación en pastor también del infante D. Florisel, hijo de Amadís de Grecia y de Niquea, constituye uno de los más fastidiosos episodios del libro y justifica la indignación de Cervantes.
En 1532, y ya declarando el nombre de Feliciano, apareció en Valladolid La coronica de los muy valientes y esforçados e invencibles cavalleros don Florisel de Niquea y el fuerte Anaxartes, hijos del muy excelente Principe Amadis de Grecia; enmendada del estilo antiguo segun que la escriuio Cirfea, reyna de Argines... traduzida de griego en latin y de latin en romance castellano por el muy noble cauallero Feliciano de Silva. Inútil es advertir que la reina Zirfea pertenece á la misma bibliografía fantástica que el Maestro Elisabad y el mago Alquife. Este libro, que en la serie de los Amadises es el décimo, abre al mismo tiempo una nueva serie, la de las aventuras de D. Florisel y su familia, que se dilataron hasta cuatro partes, de las cuales este volumen contiene sólo las dos primeras. ¡Qué abundancia tan ridícula y tan estéril! Aquí es donde se encuentra la aventura del Palacio del Universo, á que alude D. Diego de Mendoza. D. Florisel vence aquel temeroso encantamiento en que yacían su tercer abuelo el sempiterno Amadís de Gaula y diez príncipes ó reyes de su familia. El episodio pastoril continúa, y hay en la segunda parte una disparatada historia de «la segunda Elena» y de las grandes guerras que por ella hubo en torno de Constantinopla, donde se trasluce el empeño de imitar á los autores de las crónicas troyanas.
Se cuenta como libro onceno de Amadís la Parte tercera de la Crónica de D. Florisel de Niquea, que más bien debiera llamarse Don Rogel de Grecia, puesto que de sus espantables hazañas trata principalmente, y también de las de otro caballero llamado Agesilao, hijo de D. Falanges de Astra.
Pero todavía con este formidable volumen, impreso en Medina del Campo en 1535, no se agotó la vena de Feliciano de Silva, puesto que, viendo cada vez más celebrados sus disparates, vació el saco de ellos en una Cuarta parte de D. Florisel (Salamanca, 1551), donde principalmente trata de los amores del príncipe D. Roger y de la muy hermosa Archisidea. Tanto en este libro como en el anterior prescinde ya de las crónicas de la reina Zirfea y alega otros dos historiadores no menos auténticos, Filastes Campaneo y el sabio Galersis. El tono de este libro, dedicado á la reina de Hungría Doña María, hija de Carlos V, es más grave y sentencioso que en los anteriores, porque, según dice el autor, así lo demandaba su edad; y aun da á entender en el prólogo que quiso aludir á las hazañas del emperador: «quiero en esta soberana imagen de la fortaleza cesarea tractar un poco de su dibujo, con los colores, oscuridades, claros y lexos que yo supiere, para dezir con lo menos algo de lo más».
Como ya la novela pastoril había aparecido con todos sus caracteres, entre ellos el de intercalar gran número de poesías en la prosa, Feliciano de Silva dió gran desarrollo al intermedio pastoril tímidamente ensayado en el Amadís de Grecia, y quiso presentarse bajo un nuevo aspecto, el de poeta, tanto en los antiguos metros castellanos como en los italianos, y tan mal en los unos como en los otros, dicho sea de pasada. Éstas son las églogas de que tanto se burla Cervantes: «Y quisiera yo (dice Don Quijote á Cardenio) que vuestra merced le hubiera enviado, junto con Amadis de Gaula, al bueno de Don Rogel de Grecia; que yo sé que gustara la señora Luscinda mucho de Daraida y Garaya, y de las discreciones del pastor Darinel, y de aquellos admirables versos de sus bucólicas, cantadas y representadas por él con todo donaire, discreción y desenvoltura».
Adviértese que Feliciano de Silva estaba muy atento á todas las modas literarias y cambios de gusto, como quien había convertido en oficio el arte de novelar. Era imposible que el público no comenzara á hartarse de un género que, en medio de su aparente complicación, era la monotonía misma. En la segunda mitad del siglo XVI el cansancio se acentúa hasta el punto de que nadie se atrevió á continuar la fábula de Amadís después del doceno libro, «que trata de los grandes hechos en armas del esforzado caballero Don Silves de la Selva... junto con el nascimiento de los principes Espheramundi y Amadis de Astra, y assimismo de los dos esforzados principes Fortunian y Astrapolo», obra que salió anónima de las prensas de Sevilla en 1546, pero de la cual se declara autor Pedro de Luján en la segunda parte del Lepolemo. Era Luján hombre de cultura clásica, secuaz de las doctrinas de Erasmo y mucho mejor prosista que Feliciano de Silva, como lo acreditan sus elegantes y sesudos Colloquios Matrimoniales. Pero Don Silves de la Selva, por bien escrito que estuviera, llegaba tarde; no fué reimpreso más que una vez, y ni siquiera el anuncio del nacimiento de Esferamundi y de los otros príncipes fué parte á excitar la curiosidad de nadie, por lo cual sus hechos hubieron de quedarse sin cronista español, aunque no italiano, puesto que Mambrino Rosseo los refirió, muy á la larga, en seis volúmenes ó partes, que supuso traducidas de nuestro idioma y publicó en Venecia, desde 1558 á 1565.
Á todo esto, Amadís de Gaula debía de tener más de doscientos años, aunque aparentaba muchos menos gracias á una confección que le había propinado la sabia Urganda. Por fin el continuador italiano se decidió á librarnos de él, haciéndole morir á manos de dos gigantes en una batalla en que perecen también tres emperadores, varios reyes y hasta cincuenta y cinco mil caballeros cristianos: que no se requería menor hecatombe para los funerales de Amadís. Nicolás Antonio consigna también la noticia de un libro de caballerías portugués, Penalva[392], en que Amadís moría á manos de un caballero de aquella nación, por lo cual decían burlescamente los castellanos que sólo un portugués podía haber acabado con Amadís; pero nadie ha visto el tal Penalva, que parece invención chistosa, nacida de la antigua malquerencia entre ambos pueblos y de las pullas que en sus cuentos vulgares suelen lanzarse el uno al otro.
Sobre esta bastarda progenie de Amadís hay que estar al fallo inapelable del licenciado Pero Pérez, hombre docto, graduado en Sigüenza. «Este que viene (dijo el barbero) es Amadis de Grecia, y aun todos los deste lado, a lo que creo, son del mismo linaje de Amadis. Pues vayan todos al corral (dijo el Cura), que a trueco de quemar a la Reina Pintiquiniestra y al pastor Darinel, y a sus églogas y a las endiabladas y revueltas razones de su autor, quemara con ellos al padre que me engendró, si anduviera en figura de caballero andante».
Aquel auto de fe imaginario, seguido por ventura de otros más reales, cuando estos infolios cayeron en absoluto desdén y vilipendio, fué causa remota de que andando el tiempo lograsen el único género de perpetuidad que merecían, renaciendo, como el fénix, de sus cenizas, á impulsos de la curiosidad bibliográfica avivada por el cervantismo. Pero en el limbo bibliográfico se quedaron, y no hay fuerza humana que los resucite. ¡Triste y memorable ejemplo de lo efímeras que son las modas literarias, y más si se trata de obras de entretenimiento, destinadas á un pasatiempo fugaz, y no concebidas en las regiones superiores del arte! Porque se ha de tener en cuenta que el éxito de estos libros no fué exclusiva ni principalmente español, sino que la sociedad más culta y privilegiada de Europa se recreó por más de un siglo con las grotescas invenciones de Feliciano y con las bizarrías de D. Silves, que no sólo fueron traducidas y adaptadas al italiano, al francés, al alemán y á otras lenguas, sino que suscitaron nuevas é inacabables continuaciones, todavía peores que sus originales, y llegó á duplicarse la serie de los Amadises; resultando una maraña tan inextricable de personajes y aventuras, que un señor Du Verdier tuvo que emplear siete grandes volúmenes, publicados desde 1626 á 1629, con el título de Le Roman des Romans, en la absurda tarea de recoger todos los cabos sueltos de estas historias y dar á cada una de ellas el debido complemento y desenlace, lo que ejecutó también con El Caballero del Sol y con Don Belianis de Grecia; que á tanto llegaba su furor de continuarlo y acabarlo todo. Obsérvese que esto pasaba en Francia nueve años después de la muerte de Cervantes, y más de veinte después de publicada la primera parte del Quijote, que si en España consumó la ruina del género, ya muy decaído y postrado entonces, no tuvo por de pronto el mismo benéfico influjo en la novela de otros países, donde las corrientes realistas eran menos enérgicas.
Tales como son, los libros de Feliciano de Silva tuvieron, aun en el teatro y en la poesía lírica, menos ilustre descendencia en España que fuera de ella. Aquí sólo podemos citar alguna comedia mediana cuyo argumento esté tomado de esos libros, como La Gloria de Niquea, del conde de Villamediana, representada en el Palacio de Aranjuez á 8 de Abril de 1622 con las novelescas circunstancias que son notorias; ó el Don Florisel de Niquea, del doctor Juan Pérez de Montalbán; ó el Amadís y Niquea, del poeta malagueño D. Francisco de Leyva. En cambio Roberto Southey afirma que hay imitaciones del Amadís de Grecia en la Arcadia de Sidney, en la Reina de las Hadas (Faery Queene) de Spenser (episodio de la máscara de Cupido) y finalmente en el don Florisel que Shakespeare introduce en su comedia Cuento de Invierno (Winter's Tale). Si todo esto es verdad, y debe serlo, puesto que lo afirma un inglés tan profundamente versado en ambas literaturas, ¡qué honor para el pobre caballero de Ciudad Rodrigo! No he estudiado bastante á Sidney y á Spenser para hacer la comparación; pero siendo el primero traductor é imitador de la Diana y de otros libros españoles, el caso es muy verosímil. En lo tocante al Cuento de Verano, cuyo argumento principal se deriva, como es notorio, de la novela de Roberto Greene Pandosto ó el Triunfo del Tiempo (1588), creo que tiene razón Southey, y que el personaje episódico de D. Florisel, hijo de rey y enamorado de una pastora, es el mismo D. Florisel del libro nono de Amadís, enamorado de la pastora Silvia.
Simultáneamente con la estirpe de los Amadises floreció en España otra familia caballeresca menos dilatada, que tiene con ella muy próximo parentesco: la de los Palmerines, que sólo ceden en antigüedad á las dos obras de Montalvo, puesto que la primera edición del Palmerín de Oliva es de 1511[393], posterior sólo en tres años á la que pasa por primera del Amadís de Gaula, y en uno á la más antigua del Esplandián. ¡Bien madrugaba entonces la imitación literaria, aunque tengamos por muy verosímil que ambos libros corrían ya de molde desde el siglo anterior! Porque no hay duda que el Palmerín de Oliva carece de originalidad, y no es más que un calco servil de las principales aventuras de Amadís y de su hijo. El nacimiento secreto de Palmerín de Oliva, que se llamó así por haber sido expuesto entre palmas y olivos cerca de Constantinopla, tiene las mismas circunstancias que el de Amadís y el de Esplandián, salvo que éste fué recogido por un ermitaño y Palmerín por un colmenero. La historia amorosa de Palmerín y Polinarda reproduce punto por punto la de Amadís y Oriana. Si Amadís triunfa del endriago, Palmerín mata á la gran sierpe que guardaba la maravillosa fuente Artifaria. Si Amadís se resiste á los halagos de la reina Briolanja, Palmerín, no menos constante en amores, rechaza á Archidiana, hija del Soldán de Babilonia, y á la infanta Ardemia. Finalmente, Palmerín, lo mismo que Esplandián, llega á ser emperador de Constantinopla. En suma, el primer Palmerín es un calco mal hecho de un excelente original. Si alguna aventura añade, es del género más extravagante, como la lucha de Palmerín con tres leones, á quienes rinde y mata sin la menor dificultad (germen de un episodio de la segunda parte del Quijote). En cambio le faltan todas las bellezas del Amadís: el estilo es pobre, el sentimiento ninguno. En las descripciones de batallas y desafíos es pesadísimo; en las escenas amorosas, lúbrico por extremo[394], aunque no iguala al Tirante. Este libro no tiene orígenes antiguos ni puede ser muy anterior á la fecha de su impresión. Se compuso seguramente poco después de la guerra de Granada, de la cual parece que conserva algunas reminiscencias. Gayangos hizo notar el gran número de personajes con nombres moros que andan en el libro, y apuntó la sospecha muy fundada de que la batalla en que Palmerín y Trineo hacen prisionero al Soldán de Babilonia (cap. CLXII) sea trasunto anovelado de la prisión del rey Boabdil por el conde de Cabra y el Alcaide de los Donceles. De este modo se confirma lo que dió á entender Francisco Delicado en el prólogo á la edición de Venecia de 1534[395].
El Palmerín de Oliva, á pesar de su nulidad, gustó tanto, que tuvo inmediatamente un libro segundo (Salamanca, 1516), salido al parecer de la misma fábrica, pero algo mejor escrito. Uno y otro están dedicados á don Luis de Córdoba, hijo del conde de Cabra don Diego, y en ambos (si hemos de creer al cordobés Delicado) se ensalza bajo nombres supuestos á los caballeros de este linaje, y al Gran Capitán entre ellos, aunque por mi parte no he llegado á percibir las alusiones históricas. El Primaleón, fábula más complicada que el Palmerín, tiene en realidad tres protagonistas: Primaleón mismo, su hermano Polendos (hijos uno y otro del de Oliva) y el príncipe de Inglaterra don Duardos, que es realmente el que interesa más por sus amores con la infanta Flérida, hija del emperador de Constantinopla. De este romántico episodio, en que el príncipe se disfraza de hortelano, sacó el gran poeta portugués Gil Vicente su tragicomedia castellana de Don Duardos, escrita en pulidas y gentiles coplas de pie quebrado. Toda la pieza es un delicioso idilio; pero como si al fin de ella hubiese querido Gil Vicente dar una muestra de lo más exquisito de su poesía lírica, hizo cantar al coro un romance incomparable, como, apenas se hallará otro compuesto por trovador ó poeta de cancioneros: tan próximo está á la inspiración popular, y de tal modo la remeda, que casi se confunde con ella. No podemos menos de copiarlo íntegro, porque él basta para justificar y dar por bien empleada la existencia del Primaleón, del cual se deriva:
En el mes era de Abril, De Mayo antes un dia, Cuando los lirios y rosas Muestran más su alegria, En la noche más serena Que el cielo hacer podia, Cuando la hermosa Infanta Flérida ya se partia. En la huerta de su padre A los arboles decia: —«Quedaos a Dios, mis flores, Mi gloria que ser solia, Voyme a tierras extranjeras Pues ventura allá me guia. Si mi padre me buscare, Que grande bien me queria, Digan que el Amor me lleva, Que no fue la culpa mia; Tal tema tomó conmigo, Que me venció su porfia. Triste, no se a donde vo Ni nadie me lo decia». Alli hablara don Duardos: «No lloreis, mi alegria; Que en los reinos de Inglaterra Más claras aguas habia, Y más hermosos jardines, Y vuestros, señora mia. Terneis trescientas doncellas De alta genealogia; De plata son los palacios Para vuestra señoría, De esmeraldas y jacintos, De oro fino de Turquia, Con letreros esmaltados Que cuentan la vida mia; Cuentan los vivos dolores Que me distes aquel dia Cuando con Primaleon Fuertemente combatia. Señora, vos me mataste, Que yo a él no lo temia». Sus lagrimas consolaba Flérida, que aquesto oia. Fueronse a las galeras Que don Duardos tenia. Cincuenta eran por cuenta. Todas van en compañia; Al son de sus dulces remos La princesa se adormia En brazos de don Duardos, Que bien le pertenecia. Sepan cuantos son nacidos Aquesta sentencia mia: «Que contra muerte y amor Nadie no tiene valia»[396].
Sin fundamento alguno, y generalizando malamente lo que sólo es verdad respecto del Palmerín de Inglaterra, se ha supuesto que también el de Oliva y el Primaleón eran de origen portugués. Uno y otro nacieron en Castilla, aunque muy cerca de la raya, y uno y otro son de autor femenino, cuyo nombre no ha podido descubrirse hasta ahora. En la primera edición del Palmerín, hecha en Salamanca en 1511, se leen después del colofón unos versos latinos, sumamente bárbaros, de un Juan Augur de Trasmiera, que con su verdadero apellido Agüero (tan frecuente en aquella parte de las montañas de Santander) publicó algunos opúsculos de gran rareza. El tal Augur dice repetidas veces que la obra que recomienda ha sido escrita por una mujer:
.....Collige flores Quos sevit, quos dat femina corde tibi. .................................................... Hunc lege quo tractat femina multa sua. Quanto sol lunam superat, Nebrissaque doctos, Tanto ista hispanos femina docta viros ....................................................
Pero hace la oportuna insinuación de que en la parte militar del libro, que en efecto está recargadísima, fue asistida la autora por un hijo suyo:
Femina composuit: generosos atque labores Füius altisonans scripsit et arma libro.
En varias ediciones del Primaleón, tales como la de Medina del Campo, 1563; la de Lisboa, 1566, se hallan seis coplas de arte mayor en elogio de la obra. La última, cuyo verso final solía cambiarse según el punto de impresión, dice de esta manera:
En este esmaltado e muy rico dechado Van esculpidas muy bellas labores, De paz y de guerra y de castos amores, Por mano de dueña prudente labrado; Es por exemplo de todos notado Que lo verisimil veamos en flor; Es de Augustobriga aquesta labor, Que en Medina se ha agora estampado.
Augustobriga no es Burgos, como creyó Wolf, ni mucho menos ninguna población portuguesa[397], sino el nombre que en la imperfecta geografía histórica del siglo XVI solía darse á Ciudad Rodrigo, que el P. Flórez y la mayor parte de los modernos reducen á Mirobriga.
Pero es el caso que en la edición sevillana del Primaleón (1524), y es de presumir que también en la primera de Salamanca, que no hemos visto, se dice que tanto este libro como el Palmerín fueron «trasladados de griego en nuestro lenguaje castellano, corregidos y emendados en la muy noble cibdad de Ciudarrodrigo (sic) por Francisco Vazquez, vecino de la dicha ciudad». Dejando aparte la ficción del origen griego, ¿este Francisco Vázquez sería sólo un corrector ó tuvo alguna parte en la composición de ambas novelas? ¿Sería, por ventura, aquel hijo altisonante que colaboró con su madre en las escenas belicosas del Palmerín, según indica Juan Agüero? No nos atrevemos á afirmarlo, pero lo que parece fuera de duda es el origen femenino de la obra. Francisco Delicado, corrector de la edición veneciana de 1534, insiste en él varias veces, aunque confiesa que no sabía el nombre de la autora: «Avisandoos que cuanto más adelante va es más sabroso, porque como la que lo compuso era mujer, y filando al torno se pensaba cosas fermosas, que dezia a la postre, fue más encimada al amor que a las batallas, a las quales da corto fin». Y en la introducción al libro tercero de la obra: «Digo que es sabroso; mas no sé quién lo hizo, porque calló su nombre al principio y al fin... Y es opinion de personas que fue muger la que lo compuso, fija de un carpintero...» y defendiendo luego el libro de los defectos que se le achacaban: «Mas el defeto está en los impresores y en los mercaderes que han desdorado la obra de la señora Augustobrica con el ansia de ganar».
El autor del Diálogo de la lengua, que juzga con mucha severidad toda la literatura caballeresca, parece indulgente con el Palmerín y el Primaleón, aunque no da los motivos de su juicio, limitándose á decir que por ciertos respetos habían ganado crédito con él. En cambio Cervantes ni siquiera menciona el Primaleón, y manda que la oliva de Palmerín se haga «luego rajas y se queme, que aun no queden della las cenizas». Nadie dirá que la sentencia sea injusta, pero contrasta con tan fiero y ejecutivo rigor el exorbitante panegírico que á renglón seguido hace del Palmerín de Inglaterra: «Esa palma de Inglaterra se guarde y se conserve como a cosa unica, y se haga para ella otra caja como la que halló Alejandro en los despojos de Dario, que la diputó para guardar en ella las obras del poeta Homero. Este libro, señor compadre, tiene autoridad por dos cosas: la una porque él por sí es muy bueno, y la otra porque es fama que le compuso un discreto rey de Portugal. Todas las aventuras del castillo de Miraguarda son bonisimas y de grande artificio; las razones cortesanas y claras, que guardan y miran el decoro del que habla con mucha propiedad y entendimiento».
Á estas palabras debe su fortuna póstuma el Palmerín de Inglaterra, que en su tiempo no la tuvo muy grande, puesto que una sola vez fué impreso en lengua castellana. Aquí también nos encontramos con un problema de historia literaria, pero nos detendrá poco, porque á mi juicio está definitivamente resuelto en favor de los portugueses, y nada tengo que añadir á los argumentos que expusieron, en dos curiosas monografías el brasileño Manuel Odorico Mendes[398] y el agudo, aunque descarriado comentador del Quijote, D. Nicolás Díaz de Benjumea[399]. Claro es que si á las pruebas extensas y bibliográficas se atendiera únicamente, tendrían razón Salvá y Gayangos, y el Palmerín castellano impreso en Toledo durante los años 1547 y 1548[400], atribuido primero á Miguel Ferrer y luego á Luis Hurtado, sería el original, y el texto portugués de Francisco de Moroes, del cual no se conoce ejemplar anterior al de Évora de 1567, una mera traducción posterior á la francesa de Jacobo Vincent y á la italiana de Mambriano Roseo, que aparecieron en 1553.
Pero las pruebas intrínsecas que el mismo libro de Toledo, cotejado con el de Évora, suministra, nos llevan forzosamente á la conclusión contraria. Es traducción del portugués y traducción muy desaliñada, en que no han desaparecido los rastros de su origen, hasta el punto de llamarse Tejo al Tajo, forma inverosímil en un toledano. Por ningún concepto puede atribuirse la prosa del Palmerín al elegante escritor Luis Hurtado, que terminó la Comedia Tibalda del comendador Perálvarez de Ayllón, las Cortes de la Muerte de Miguel de Carvajal, y compuso con fecundo estro la Égloga Silviana, el Teatro pastoril, el Hospital de necios, el Espejo de gentileza, el Hospital de galanes enamorados, el Hospital de damas heridas de amor, los Esponsales de amor y sabiduría y otras ingeniosas obrillas; amén del inestimable Memorial de las cosas de Toledo, escrito en 1576 para contestar al célebre interrogatorio de Felipe II. En 1547, el futuro rector de la parroquia de San Vicente, que en su poema de las Trecientas, acabado en 1582, declaró haber cumplido cincuenta años, no podía tener más que diez y ocho, edad muy tierna para producir una obra que revela tanta madurez, cultura mundana y experiencia de la vida, como el Palmerín de Inglaterra. En las octavas acrósticas que van al fin de la dedicatoria de la primera parte, y juntando las letras iniciales, dicen: Lvys Hurtado Avtor al lector da salud, dice bien claramente que la obra era ajena, y ni siquiera insinúa que la traducción fuese suya:
Leyendo esta obra, discreto lector, Vi ser espejo de hechos famosos, Y viendo aprovecha á los amorosos, Se puso la mano en esta labor. Hallé que es muy digno de todo loor Un libro tan alto, en todo facundo; ....................................................
Lo de autor (que se repite en el epígrafe de las octavas) ha de entenderse, para que no resulte contradicción, ó en el sentido de autor de la composición poética laudatoria, ó en la acepción vaga y general de escritor. No creo que quisiera apropiarse el Palmerín de un modo vergonzante, ni tampoco la Tragedia Policiana, impresa aquel mismo año, y en la misma oficina, con tres octavas del mismo corte, que bien leídas sólo indican que Hurtado fué el corrector de la edición y que pide perdón por las erratas que puedan encontrarse:
Y si algún error hallases mirando, Supla mi falta tu gran discrecion, Pues yerra la mano y no el corazon, Que aqueste lo bueno va siempre buscando.
El que, al parecer, quiso adjudicarse la paternidad del Palmerín, llamándole fruto, trabajo y atrevimiento suyo, fué el mercader de libros Miguel Ferrer, que en un enfático prólogo dirigido á su Mecenas, Galasso Rótulo, después de haber enumerado los grandes capitanes y excelentes artífices «que han sido aficionados a escrebir y en tiempos hurtados de sus trabajos han sacado maravillosas historias recreando sus ánimos en cosas delicadas, dando a los que después dellos venimos doctrina y dechado», se pone modestamente en el número: «Todo esto he dicho a vuestra magnificencia para excusarme que siendo hombre que deprendi arte para sustentar la vida, ocupe mi tiempo en escrebir hystorias».
Si Miguel Ferrer no hubiera tenido otra intervención en el libro que la de pagar los gastos de la edición para especular con ella, habría razón para calificarle de imprudente plagiario, pero todo puede conciliarse suponiéndole traductor. Al cabo, la traducción era fruto, trabajo y atrevimiento suyo, y había empleado su tiempo en escribir con palabras castellanas aquella historia. Las expresiones son vagas de intento, y hay sin duda un conato vergonzante de apropiarse el libro; pero si omitió el nombre del autor original, fué acaso porque no le conocía. El Palmerín portugués que llegó á sus manos, impreso ó manuscrito, y que tradujo con la rudeza y desmaño propios de un hombre inculto, estaba anónimo probablemente.
Pero en la misma obra revelaba el autor no solamente su patria portuguesa, sino hasta su historia personal é íntima. «Quien estudia el Palmerín (dice Odorico Mendes) reconoce á cada paso la complacencia con que se extiende en los loores de aquella tierra y la preferencia en que la tiene sobre todas las de España; reconoce que Moraes, tan abundante en las descripciones, se esmeró más en las de Portugal, y no perdió ocasión de exaltar á sus naturales, tal vez con quiebra de los demás españoles». Miraguarda, una de las principales heroínas del libro, es portuguesa, y la predilección con que el autor la trata á pesar de su carácter soberbio, altivo, áspero y cruel, contrasta con las liviandades que atribuye á una pobre reina Arnalta de Navarra y á las hijas del duque Calistrano de Aragón. No tienen término los elogios de la belicosa Lusitania, «provincia entonces poblada de muchos y muy esforzados caballeros, donde, por virtud del planeta que la rige, los hubo siempre muy famosos». Hay menudos detalles de topografía local muy significativos. El castillo de Miraguarda existe hoy mismo, con el nombre de castillo de Almourol, donde el autor le puso, cerca de Tancos y de Thomar. La leyenda que en el Palmerín se refiere acerca de este castillo y el de Cárdiga es de seguro un cuento popular.
Pero lo que pone el sello á la demostración son los capítulos CXXXVII á CXLVIII, en que se refiere cierta aventura de cuatro damas francesas, apellidadas Mansi, Telensi, Latranja y Torsi, siendo castigada la soberbia y coquetería de esta última por el príncipe Floriano del Desierto, hermano de Palmerín, que emplea un procedimiento análogo al de El desdén con el desdén. Pues bien, la señora Torsi es personaje real, y si no la misma aventura, otras muy semejantes acontecieron con ella al hidalgo portugués Francisco de Moraes, que fué víctima de los desdenes de aquella presuntuosa doncella, por la cual había concebido una vehemente pasión cuando estuvo en París desde 1541 á 1543, como secretario del embajador D. Francisco de Noronha, segundo conde de Linhares. Francisco de Moraes, en el discurso que tituló Desculpa de uns amores[401], hace en forma directa una confesión, que nos da la clave de este episodio del Palmerín. Y como este episodio se halla, no sólo en la edición portuguesa de 1567, en que Moraes descubrió su nombre, sino en el texto castellano de 1547, donde también ocupa once capítulos, no es posible admitir que Ferrer ni nadie escribieran antes que él cosas tan íntimas suyas y que á él sólo interesaban. La presencia de este elemento personalísimo en la novela quita toda duda sobre su autor, aunque no lo persuadiese el estilo, que en la versión castellana es muy flojo y en portugués de calidad superior, quizá la mejor prenda del libro.
Que apareciese la traducción antes que el original es caso raro, pero no único en los anales de la bibliografía; sin salir de estos pleitos entre castellanos y portugueses, le tenemos también en la Nise lastimosa de Fr. Jerónimo Bermúdez (1577), impresa antes que la Castro de Ferreira (1598). Nadie puede negar la posibilidad de que el manuscrito de Moraes llegase á Toledo, pero todo induce á creer que la edición de 1567 no es la primera del Palmerín portugués. El que reimprimió esta novela en 1786 dice en su prefacio: «En la copiosa librería del convento de San Francisco de esta ciudad (Lisboa) se conserva, aunque muy estragada y falta, una edición de esta obra en carácter entre gótico y redondo, que da algunas muestras de ser impresa fuera del Reino». Esta edición, que sin fundamento alguno da el prologuista por segunda, ¿no podría ser la primera, hecha en París muy probablemente? No puede decirse con certeza, porque, al parecer, ese ejemplar ha perecido.
Pero el punto principal está fuera de litigio. De la vida de Francisco de Moraes se sabe muy poco, pues hasta se disputan el lugar de su nacimiento Lisboa, Braganza y otros pueblos. Dicen que murió asesinado en 1572 en la puerta del Rocío de la ciudad de Évora.
Pero si hay algo relativamente claro en su biografía, es el tiempo y circunstancias de su viaje á París, que es precisamente la época de la composición del Palmerín de Inglaterra, del cual es único ó incontrastable autor, aunque, siguiendo la costumbre de sus colegas en este género de literatura, le supusiese traducido de antiguas crónicas. Dice así en el prólogo, dirigido á la infanta doña María, hija del rey D. Manuel: «Yo me hallé en Francia los dias pasados, en servicio de D. Francisco de Noronha, embajador del rey nuestro señor y vuestro hermano (D. Juan III), donde vi algunas cronicas francesas e inglesas: entre ellas vi que las princesas y damas loaban por extremo la de D. Duardos, que en esas partes (es decir en España) anda trasladada en castellano y estimada de muchos. Esto me movio a ver si hallaria otra antigualla que pudiese trasladar, para lo cual conversé en Paris con Alberto de Renes, famoso cronista de este tiempo, en cuyo poder hallé algunas memorias de naciones estrañas, y entre ellas la cronica de Palmerin de Inglaterra, hijo de D. Duardos, tan gastada por la antigüedad de su nacimiento que con asaz trabajo la pude leer».
Desmintiendo una vez más el vulgar proverbio que afirma la inferioridad de las segundas partes, escribió Moraes un libro que deja á larga distancia al Palmerín de Oliva, al Primaleón y á todos los de la misma familia: libro que para los portugueses es un texto de lengua de los mejores que tienen en prosa, aunque no deja de fatigarles á ellos mismos la cadencia algo monótona y acompasada de los períodos y la afectación retórica, que poco ó nada se disimula, especialmente en las descripciones. De todos modos sería gran temeridad decir como Clemencín que «allá se van ambos Palmerines». El de Inglaterra tiene estilo, y de calidad no vulgar; el de Oliva, si no tan detestable como Cervantes da á entender, es por lo menos adocenado y pedestre, sin ningún género de estudio ni artificio de dicción. Y si el estilo no es la única prenda en una novela, nadie puede negar que sea parte muy principal, y que sirve de piedra de toque para distinguir las obras verdaderamente literarias de las que no lo son. Dentro de su elegancia un poco amanerada, Francisco de Moraes tiene trozos que pueden servir de modelo: en vano se buscarían en el Palmerín de Oliva descripciones tan pulidas y galanas como la del jardín de la Ínsula Encubierta; cuadros de tan brillante color como el incendio de la flota musulmana y los combates que se riñeron en el cerco de Constantinopla; invenciones fantásticas tan felices como el desencanto de Leonarda por el caballero del Dragón, ó la aventura de la copa mágica donde estaban congeladas las lágrimas de Brandisia, esperando que viniese á liquidarlas la mano del caballero que más fiel y profundamente amase á su dama.
Pero si de los episodios interesantes, aunque no todos nuevos; de los rasgos de ingenio, que no son escasos; de las páginas bien escritas, que son muchas, se pasa á la fábula misma, es imposible para un lector moderno suscribir al juicio encomiástico de Cervantes, cuya crítica, como genial é intuitiva que era, no podía menos de tener los caprichos propios de la crítica de los grandes artistas. Ni acierto á comprender cómo el brasileño Odorico Mendes, humanista de fino gusto y hábil intérprete de Virgilio, pudo hacer tan desaforada apoteosis del Palmerín de Inglaterra, que á sus ojos era un poema épico en prosa como el Telémaco y los Mártires, atreviéndose á comparar á Moraes nada menos que con el divino Ariosto. Ni en el plan, ni en los caracteres, ni en los afectos, ni en la máquina sobrenatural, ni en la mayor parte de los lances y aventuras tiene el segundo Palmerín cosa alguna que no se encuentre hasta la saciedad en todos los libros de su clase. Si alguna originalidad se le concede, sólo puede consistir en los recuerdos personales y en cierto espíritu cáustico y desengañado respecto de las mujeres, nacido quizá de los desvíos y burlas de la señora Torsi. La relativa perfección y tendencia clásica del estilo no trascienden á la composición, que es tan floja y descosida como en cualquier obra de Feliciano de Silva. El interés se divide entre una porción de caballeros, á cual más incoloros. En el protagonista se repite el eterno tipo de Amadís, como el de su hermano Galaor en Floriano del Desierto, enamoradizo perpetuo é inconstante; como el de Florisel, disfrazado de pastor en Florimán. El encantador Arcalaus tiene nueva encarnación en Dramusiando, aunque por fin se convierte y hace cristiano. Urganda la Desconocida reaparece con todos sus prestigios. Florendos, el caballero de las Armas Negras, resiste á los halagos de la reina Arnalta por amor de Miraguarda, como Amadís á los de la reina Briolanja por amor de Oriana. En suma, el Palmerín de Inglaterra yacería confundido entre el fárrago de libros de su género si no le salvase el estilo y no le hubiese hecho famoso la recomendación de Cervantes. Así y todo, cuesta verdadero esfuerzo terminar la lectura de los tres gruesos volúmenes de que consta en la edición portuguesa más estimada[402].
Como este segundo Palmerín se enlaza directamente con el Primaleón por medio del personaje de D. Duardos, no he hecho mérito de las peregrinas historias de Don Polindo (1526) y del caballero Platir (1533), que algunos cuentan como libro tercero y cuarto de esta serie, aunque en rigor son novelas independientes. En lengua portuguesa continuaron el Palmerín de Inglaterra con poca fortuna Diego Fernandes, que escribió la tercera y cuarta parte (1587), y Baltasar Gonzales Lobato, á quien se deben la quinta y sexta (1604). En estos libros fastidiosísimos puede enterarse quien tenga valor para ello de las empresas de un segundo D. Duardos, hijo de Palmerín, y de D. Clarisel de Bretaña, su nieto.
Estas últimas partes portuguesas apenas circularon fuera de la Península, pero todas las demás crónicas de esta familia fueron puestas en italiano por el infatigable Mambrino Roseo (1544-1553), añadiendo todavía la historia del caballero Flotir, hijo de Platir, que dice traducida del castellano, pero que hasta ahora no se conoce en nuestra lengua. Al francés tradujo Juan Maugin, en 1546, el Palmerín de Oliva[403]; Francisco Vernassol y Gabriel Chapuis el Primaleón (1550-1597), y Jacobo Vincent, en 1553, el Palmerín de Inglaterra. Sobre las traducciones francesas é italianas se hizo la inglesa que lleva el nombre de Antonio Munday[404], aunque, según Southey, sólo en parte le pertenece (1581-1588-1589); siendo de notar que el traductor inglés alteró el orden de la serie, poniendo primero el Palmerín de Inglaterra. Si bien las novelas de este ciclo han sido menos leídas en todo tiempo que los Amadises, todavía prestaron inspiración á algunas obras literarias. El fecundísimo poeta veneciano Ludovico Dolce, siguiendo el ejemplo de Bernardo Tasso en su Amadigi, versificó enteros el Palmerín de Oliva y el Primaleón en dos poemas en octavas reales, el primero de treinta y dos cantos y el segundo de treinta y nueve, que trabajó con celeridad increíble en el corto plazo de dos años (1561-62) y yacen hoy en el olvido más profundo[405]. Finalmente, el erudito poeta inglés Roberto Southey, que con tanto arte y buen gusto había compendiado el Amadís de Gaula, llevó á cabo la misma tarea con la obra de Moraes, tomando por base el texto portugués, cuya originalidad adivinó y defendió antes que nadie[406].
No se agotó en los Amadises y Palmerines la fecundidad estéril de los forjadores de narraciones caballerescas. Más de cien cuerpos de libros grandes de este género tenía D. Quijote, aunque en el escrutinio de su librería no se citan nominalmente más que quince, condenándose los demás en masa al brazo seglar del ama y de la sobrina. Seguramente no eran todos los que existían, y en el curso mismo de la inmortal novela están citados ó aludidos algunos más, con los cuales debe contar el que aspire á reunir (empeño casi temerario) lo que suele llamarse la biblioteca de D. Quijote. Pero los hay más peregrinos é inaccesibles todavía entre los omitidos por Cervantes, si bien la mayor parte de ellos no merecen salir de los limbos más oscuros de la bibliografía, á cuyo dominio pertenecen más que al de la historia literaria. Nada podré decir, puesto que nunca he tenido ocasión de leerlas, de las rarísimas historias del caballero Arderique (1517); de D. Clarián de Landanis (1518), que acaso tenga algún interés para la historia de las leyendas nacionales, puesto que una de las aventuras del héroe es (según se encarece en la portada) «la muy espantosa entrada en la gruta de Hercules (¿la de Toledo?), que fué un hecho maravilloso que parece exceder a todas las fuerzas humanas»; de sus continuaciones Floramante de Colonia y Lidamán de Ganayl (1528); de D. Floriseo, llamado por otro nombre el Caballero del Desierto, «el qual por su gran esfuerzo y mucho saber alcanzó a ser rey de Bohemia» (1517), obra del bachiller Fernando Bernal, que no debe de ser de los peores, á juzgar por el romance juglaresco que sobre él compuso Andrés Ortiz (núm. 287 de Durán); de D. Reymundo de Grecia (1524), que es del mismo autor de D. Floriseo y no menos inaccesible que él; de Don Valerián de Hungría, obra del notario valenciano Dionisio Clemente (1540), que, según se dice, contiene alusiones á los hechos de D. Rodrigo de Mendoza, marqués del Zenete, durante la guerra de las Germanías; de D. Florando de Inglaterra y sus amores con la princesa Roselinda (1545). Con algún más fundamento podría hablar del D. Florambel de Lucea, puesto que poseo un ejemplar algo incompleto de sus tres primeras partes (Sevilla, 1548), pero confieso que todavía no he tenido valor para enfrascarme en su lectura[407].
Dos grandes y famosos historiadores, uno de las Indias Orientales y otro de las Occidentales, honran con sus nombres la bibliografía caballeresca, y prueban que no siempre eran ingenios baladíes los que en estas composiciones se ejercitaban. Gonzalo Fernández de Oviedo, que con el tiempo había de tronar contra la vana lección de los Amadises[408], había dado principio á su carrera literaria publicando El libro del muy esforzado et invencible caballero de la Fortuna propiamente llamado «Don Claribalte» (1519), y Juan de Barros, antes de convertirse en el Tito Livio de las hazañas lusitanas en Oriente, imprimía en su lengua nativa la Crónica do emperador Clarimundo (1522), fabuloso antepasado de los Reyes de Portugal, la cual suponía haber traducido del húngaro. Pero contra lo que pudiera esperarse del nombre del autor, y aun del propósito declarado en el título, son muy raras en este libro las alusiones históricas y geográficas[409].
Más notable es bajo este aspecto el «Don Florindo, hijo del buen Duque Floriseo de la Extraña Aventura, que con grandes trabajos ganó el castillo encantado de las Siete Venturas, en el qual se contienen differenciados riebtos de carteles y desafios, juyzios de batallas, experiencias de guerras, fuerzas de amores, dichos de reyes, assi en prosa como en metro, y escaramuzas de juego e otras cosas de mucha utilidad para el bien de los lectores y plazer de los oyentes» (1530), obra del aragonés Fernando Basurto, de la cual hizo Gayangos un análisis extenso y suficiente. Hay en ella episodios de las campañas de Italia, minuciosas descripciones de fiestas, torneos y pasos de armas, saraos y diversiones populares; reminiscencias de la Crónica General, como la noticia de los castillos levantados por los fabulosos reyes Ispan y Pirrus, y lo que es más de notar, aventuras enteramente realistas, del género de Tirante el Blanco. El personaje mismo de D. Florindo dista mucho de realizar con pureza el ideal caballeresco, y sobre todo se deja arrastrar y vencer constantemente por la pasión del juego. Es, en suma, un héroe degenerado, un aventurero bastante vulgar y más bien un espadachín que un caballero andante.
Mención particular y muy honrosa debe hacerse de la extensa novela que otro aragonés mucho más célebre, el capitán Jerónimo de Urrea, infeliz traductor del Orlando Furioso, pero autor del precioso Diálogo de la honra militar[410], compuso con el título de D. Clarisel de las Flores, obra todavía inédita en su mayor parte[411], pero ya estudiada con toda minuciosidad y conciencia por el difunto catedrático de la Universidad de Zaragoza D. Jerónimo Borao en una apreciable memoria[412]. Si se atiende á los méritos del estilo puro, abundante y lozano, y á veces muy expresivo y pintoresco, á la prodigiosa riqueza y variedad de incidentes y aventuras, y al interés y amenidad de algunas de ellas, D. Clarisel es uno de los mejores libros de caballerías y de los que pueden leerse con menos trabajo: vale bastante más que el ponderado Palmerín de Inglaterra, y si no puede hombrearse con el Amadís y el Tirante, porque le falta la originalidad creadora de aquéllos y es fruto tardío de una moda literaria que comenzaba á decaer, debe ser citado inmediatamente después de ellos, á pesar de la falta de consistencia de los caracteres y del embrollo desmesurado de la fábula, que llega á convertirse en un laberinto. Pero si se considera aisladamente cada relato de los que en esta maraña se cruzan, hay muchos que agradan y entretienen. Como podía esperarse de un traductor del Ariosto, se inspira Urrea en su poema tanto ó más que en los libros de caballerías indígenas, aunque también reproduce las principales situaciones del Amadís. El episodio de Astrafélix, por ejemplo, corresponde al de Briolanja, si bien la infidelidad de D. Clarisel (llamado entonces el Caballero del Rayo), á su amada Felisalva, resulta involuntaria por haber sido maleficiado el caballero con una yerba mágica que le propinó, á instancias de la apasionada princesa, la anciana Sofronisa. Las reminiscencias del Orlando son tan continuas que imprimen carácter al libro[413] y explican la liviandad de algunos trozos. Á veces se inspira también en la comedia latina ó italiana: la estratagema de que se vale Belamir para engañar á Lirope, transformándose por arte de nigromancia en la figura de su esposo el duque de Silesia, es la misma en que está fundado el Amphitrion de Plauto, con todas sus imitaciones, haciendo aquí el mayordomo Rustán el papel de Sosia.
Además de estos elementos, ó nuevos ó poco usados en esta clase de libros, Urrea introdujo, en mayor escala que sus predecesores (exceptuando á Feliciano de Silva), la forma poética que en el Amadís se inicia tímidamente con dos canciones. Todos los versos intercalados en Don Clarisel son de arte menor, versos de Cancionero, en los cuales era Urrea tan aventajado como torpe en los endecasílabos. De Juan del Enzina parecen, por ejemplo, estas coplas pastoriles:
¿Qué haces aquí en el prado, Ciego Amor? Anda, vete a lo poblado, A dar dolor. Deja libres nuestras flores, Y claras las fuentes frias; Tus fuerzas y tus porfias Muestra a los grandes señores. Deja los simples pastores, Ciego amor; Que es vileza a los cuitados Dar dolor.
El lindo romance que canta en Nápoles la artificiosa Faustina para atraer á Belamir al estanque, donde le deja burlado, está ya en la manera lírica que prevaleció á principios del siglo XVII, aunque todavía no impera sola la asonancia:
Decidme, oh vos, blancos cisnes, Los que gozais de las aguas, ¿Cómo podreis defenderos De las amorosas llamas? Plegue al amor que vos junte En sombras de verdes ramas, Donde goceis para siempre Una vida dulce y blanda, Sin temer que se os enturbien Esas vuestras olas mansas. Salid, oh cisnes, de entre ellas Que las vereis alteradas, Y de un gran fuego amoroso Encendidas y abrasadas. Dejad que se apague en ellas Ansia tan desordenada.
Después del D. Clarisel de las Flores apenas se encuentra ningún libro de caballerías que traspase la raya de lo vulgar y adocenado. El apogeo de esta literatura corresponde á la primera mitad del siglo XVI, es decir, al reinado del emperador Carlos V. Todavía dentro de él hay que mencionar el Lepolemo ó Caballero de la Cruz (1521), del cual dijo donosamente Cervantes: «Por nombre tan santo como este libro tiene, se podia perdonar su ignorancia; mas tambien se suele decir tras la cruz está el diablo: vaya al fuego». No es de los más disparatados de su clase, y las aventuras tienen cierta sensatez relativa, pero es sin duda de los más insulsos. Su autor, que se llamaba al parecer Alfonso de Salazar[414], le supuso traducido de original arábigo compuesto por el cronista Xarton, lo cual acaso dio á Cervantes la idea de su Cide Hamete Benengelí. El sevillano Pedro de Luxán, á quien ya conocemos como autor de D. Silves de la Selva, añadió al Lepolemo una segunda parte, en que se trata de los hechos de su hijo Leandro el Bel «según lo compuso el sabio rey Artidoro en lengua griega». aunque ambos libros están regularmente escritos, se perdieron muy pronto entre el fárrago de libros caballerescos.