VIII (continued 3)
Reading edition
Dios no fué servido de que la tercera parte saliera á luz, y nada perdieron las letras castellanas con ello. Si Jorge de Montemayor era un ingenio ameno y delicado, aunque desprovisto de cultura clásica, única que entonces se estimaba, su continuador era un pedante que quiso verter en su novela toda la indigesta erudición que en sus lecturas había granjeado. De ello hace alarde en el prólogo: «De una cosa quiero que vayas advertido, que casi en toda esta obra no hay narracion ni platica, no sólo en verso, mas aun en prosa, que a pedaços de la flor de Latinos y Italianos hurtado y imitado no sea, y pienso por ello no ser digno de reprehension, pues ellos lo mesmo de los Griegos hicieron».
Basta, con efecto, la más somera inspección del libro, porque leerle entero es casi imposible, para ver que Sannazaro en la Arcadia y Ovidio en las Metamorfoses y aun en los Fastos han sido los autores principalmente saqueados. Del segundo proceden la fábula en verso de Apolo y Dafne (libro segundo), las noticias sobre el culto de Pan y la figura del gigante Gorforostro, enamorado de Stela, que es un trasunto del cíclope Polifemo, enamorado de Galatea. Su canto en octavas reales (libro quinto), imitado de Ovidio y no de Teócrito, es lo más tolerable que se encuentra en la parte poética de esta segunda Diana. En toda ella se nota la misma intemperancia seudoerudita. La descripción del cayado del pastor Delicio es un curso entero de mitología. El interés de la fábula se pierde enteramente en estos ocho farraginosos libros, donde apenas intervienen Diana ni Sireno ni la mayor parte de los personajes que hemos conocido en la primera parte y que han llegado á interesarnos con sus aventuras. Otros de ningún interés y de revesados nombres ocupan la escena con sus prolijas y disparatadas aventuras. Parisiles (que acaso sugirió á Cervantes el nombre de Persiles), Gorforostro, Sagastes y su hermana Dardanea, Martandro, Placindo, Disteo, descendiente del dios Eolo, Partenio y Delicio, que andan por el mundo buscando á sus padres, nos abruman con sus interminables narraciones, escritas en una prosa mazorral y pedestre, y con sus versos casi siempre duros, cuando no inarmónicos y bárbaros, tela vil en que están groseramente zurcidos los retazos de púrpura que el autor roba á sus modelos latinos é italianos. Por supuesto no faltan los encantos de la sabia Felicia, mejorados en tercio y quinto; pero á pesar de ellos nada se desenlaza, casi todas las historias quedan interrumpidas y sueltos todos los cabos para la tercera parte. Razón de sobra tuvo el cura del Quijote cuando ordenó que la Diana del Salmantino fuese á acompañar y acrecentar el número de los libros condenados al corral. La novela de Alonso Pérez fué un caso de industria literaria, que prueba el prestigio de un título célebre. Á la sombra de la Diana de Montemayor fué impresa una porción de veces, y traducida al francés, al inglés y al alemán: tal era el empeño con que entonces se recogían hasta las migajas de nuestra literatura[729].
Ya en su prólogo indicaba Alonso Pérez que había acelerado la terminación de su libro por temor de que saliera otra segunda parte primero que la suya. Esta segunda parte no era otra que la pura, la exquisita obra de arte que lleva el título de Diana Enamorada y cuyo autor fué el poeta valenciano Gaspar Gil Polo.
Muy escasas son las noticias que tenemos de este preclaro ingenio. Los primeros bibliógrafos valencianos Rodríguez y Ximeno, y aun el mismo Cerdá y Rico en el prólogo de su edición, aunque luego lo enmendó en un apéndice, le confundieron con un jurisconsulto del mismo nombre y apellido, autor de varios libros de su profesión, como los titulados Schola juris (1592), Recitaciones Scholasticæ, De Studio Juris (1610), De origine et progressu Juris Romani (1615). Pero el erudito D. Francisco Xavier Burrull[730], y después de él Fuster[731], probaron de un modo convincente que este Micer Gaspar Gil Polo, doctor en ambos derechos, sustituto de una cátedra de Leyes en la Universidad de Valencia, familiar del Santo Oficio de aquella ciudad en 4 de mayo de 1601, abogado del Brazo Real en las cortes de Monzón en 1626, era hijo del autor de la Diana, de quien sabemos que ejerció la profesión de notario desde 1571 á 1573, llegando más adelante á ocupar los importantes puestos de asesor de la Baylía General y lugarteniente del Maestre Racional de la ciudad de Valencia y su reino, en el cual le sucedió un hijo suyo llamado Julián.
Distinguidos ambos homónimos, padre é hijo, resta todavía por averiguar si el primero es el mismo Gil Polo que figura como catedrático de Griego en la Universidad de Valencia desde 1566 hasta 28 de mayo de 1573. Muy verosímil parece á primera vista que lo fuese, porque las fechas coinciden, y el poeta era sin duda excelente humanista, pero la ausencia del primer nombre Gaspar hace algo incierta la conjetura, y por otra parte sabemos que precisamente en esos años estaba empleado en arduas tareas bien ajenas de la enseñanza, como que anduvo asistiendo á los comisarios de Felipe II en la visita general del reino. Tanta pericia y actividad mostró en este servicio, que el rey hizo muy honrosa conmemoración de sus méritos al conferirle, en 28 de agosto de 1572, el ya citado empleo de primer coadjutor del Maestre Racional ó contador mayor de la Regia Curia[732]. En 11 de diciembre de 1579 le concedió la especial gracia de que pudiera renunciar dicho empleo en uno de sus hijos, con la condición de seguir desempeñándole mientras viviera. En 1580 le mandó pasar á Barcelona para el arreglo del Patrimonio Real, y en aquella ciudad le sorprendió la muerte en 1591.
En vida entregada á tan útiles pero prosaicas ocupaciones no hubieron de ser muchos los ocios literarios del poeta. Así es que, fuera de la Diana, fruto juvenil de su ingenio, no se citan de él más que dos sonetos en principios de libros: uno elogiando la Carolea de Jerónimo Sempere (1560); otro La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, trovada por D. Alonso Girón de Rebolledo (1563), y una canción con glosa, que publica Fuster, tomada de un manuscrito de la Biblioteca Mayansiana[733]. Otros versos hay, latinos y castellanos, de un Gil Polo, en las Fiestas de Valencia á la beatificación de San Luis Beltrán (1608) y en la canonización de San Raymundo de Peñafort (1602), pero es claro que tales poesías de circunstancias y de certamen no pueden pertenecer á nuestro autor, que ya había muerto, y serán acaso del catedrático de Griego. Hasta son raras las alusiones á Gil Polo como poeta en las obras de sus contemporáneos. Timoneda es casi el único que le cita, sin ningún calificativo, en un romance del Sarao de Amor (1561), donde hace una especie de reseña de los poetas valencianos.
Cervantes, jugando con el apellido del autor, dijo que su Diana se guardase «como si fuera del mismo Apolo». La posteridad ha confirmado el fallo, y no sólo conserva la Diana Enamorada su prestigio tradicional, sino que es todavía una de las pocas novelas pastoriles que pueden leerse íntegras, no sólo sin fatiga, sino con verdadero deleite. No consiste su atractivo en los lances de la fábula: en este punto ni siquiera iguala á Montemayor, que no sólo tiene el mérito de inventor primero, sino el de haber conservado cierta unidad de acción en medio de los múltiples episodios, conduciéndolos á un común desenlace fácil é ingenioso. En Gil Polo se presentan muy desligados, y además son poco interesantes en sí mismos; ninguno de ellos vale lo que el de D. Félix y Felixmena. El de Marcelio, Alcida y Clenarda, que es el más extenso, recuerda las historias de naufragios y piratas, separaciones y reconocimientos, tan gratas á los novelistas bizantinos. La astucia del falso piloto Bartofano para robar á la hermosa Clenarda es puntualmente la misma que la del corsario Cherea en Leucipe y Clitofonte[734]. En cuanto al embrollo trágico de Ismenia, Fileno, Montano y Felisarda, ya advirtió el traductor latino Gaspar Barth que estaba tomado de Heliodoro. Es, en efecto, un episodio del libro I de la Historia Etiópica: Cnemon, hijo de Aristipo, se ve expuesto á cometer un parricidio involuntario, á causa de haber sido engañado por las malas artes de su vengativa y perversa madrastra Demeneta, cuyo incestuoso amor había rechazado. En toda esta narración Gil Polo no ha hecho más que cambiar los nombres.
Aparte de estos nuevos episodios, Gil Polo continúa la materia novelesca de Montemayor, valiéndose de un artificio ingenioso, pero que altera la concepción primitiva y el carácter de la protagonista. Gil Polo nos pinta á Diana enamorada de Sireno, como ya lo indica el título de su obra, y para que tal pasión no parezca ilícita, queda á poco tiempo libre de la celosa tiranía y áspera condición de su marido Delio, que muere súbitamente persiguiendo á la pastora Alcida. El agua de la sabia Felicia completa el remedio, no sólo de Diana y Sireno, sino de todos los demás personajes de Montemayor y de los que nuevamente se introducen en la fábula. Aquella portentosa panacea trueca las voluntades, disipa los errores y sospechas, aclara el misterio de todas las aventuras, proporciona los más felices reconocimientos, y la novela termina con el regocijo de las bodas de Sireno y Delia, de Silvano y Selvagia, de Montano ó Ismenia, de Arsileo y Belisa, si bien el autor promete todavía una tercera parte, donde, entre otras cosas, había de ponerse la historia de los portugueses Danteo y Duardo, «que aquí por algunos respetos no se escribe».
Tal es el pobrísimo cuadro novelesco de la Diana enamorada, que para Gil Polo no fué de seguro más que un pretexto que le permitió intercalar, entre elegantes y clásicas prosas, la colección de los versos líricos más selectos que hasta entonces hubiese compuesto. La excelencia de algunos de estos versos es tal, que han sobrevivido á la ruina completa del género bucólico; son páginas imperecederas en la historia de la lírica española, y no solamente los doctos, sino aun las personas de mediana cultura, los niños mismos, que sólo han manejado las colecciones de Trozos escogidos, saben de memoria aquella gentilísima Canción de Nerea, que es acaso la más linda de todas las églogas piscatorias[735] que se han compuesto en el mundo desde que Teócrito inventó el género. Era Gil Polo poeta de exquisita cultura clásica; su libro abunda en felices imitaciones de los poetas antiguos, especialmente de Virgilio[736]; aun en la misma Canción de Nerea parece que hay reminiscencias de la égloga IX:
«Huc ades, o Galatea; quis est nam ludus in undis? Hic ver purpureum; varios hic flumina circum Fundit humus flores... Huc ades: insani feriant sine litora fluctus...»
Ninfa hermosa, no te vea Jugar con el mar horrendo... Huye del mar, Galatea, Como estás de Licio huyendo. Ven conmigo al bosque ameno Y al apacible sombrío De olorosas flores lleno, Do en el día más sereno No es enojoso el estío... Huye los soberbios mares, Ven, verás cómo cantamos Tan deleitosos cantares, Que los más duros pesares Suspendemos y engañamos...
Y, sin embargo, ésta no es poesía artificial ni de escuela. El sentimiento de la antigüedad la penetra hondamente, la diáfana serenidad del paisaje es clásica de todo punto; pero ese paisaje es el de la costa de Valencia, que el poeta comprende y siente con filial cariño; y el mar, la atmósfera, el suelo de aquella deleitosa ribera parece que le arrullan de consuno, dando á su estilo una transparencia dorada y luminosa, una gracia muelle y ondulante, un ritmo tan ágil y al mismo tiempo tan espontáneo y dulce, una tan suave visión de los aspectos más risueños de la naturaleza levantina, que verdaderamente se sumerge el ánimo en una especie de éxtasis al manso y regalado son de aquellas quintillas, entre las cuales algunas llegan á la perfección de lo sencillo:
¡Qué pasatiempo mayor Orilla el mar puede hallarse Que escuchar el ruiseñor, Coger la olorosa flor Y en pura fuente bañarse!
Una combinación métrica de las más nacionales, pero que por su misma facilidad y soltura se presta al desaliño y á la insulsa verbosidad, quedó ennoblecida en estas quintillas de Gil Polo, que trabajó aquella materia blanda y esponjosa como trabajaban el barro los maestros de la cerámica antigua.
Tanto por las cualidades nativas de su ingenio tan fácil, ameno y gracioso, como por el amor á la tierra natal, Gil Polo es uno de los poetas más valencianos que han existido. No se harta de encarecer «la fertilidad del abundoso suelo, la amenidad de la siempre florida campaña, la belleza de los más encumbrados montes, los sombríos de las verdes sylvas, la suavidad de las claras fuentes, la melodía de las cantadoras aves, la frescura de los suaves vientos, la riqueza de los provechosos ganados, la hermosura de los poblados lugares, la blandura de las amigables gentes, la extrañeza de los sumptuosos templos y otras muchas cosas con que es aquella tierra celebrada». En este amor regional, que es el alma escondida del libro de Gil Polo, está inspirado el siguiente soneto, menos conocido de lo que merece:
Recoge á los que aflige el mar airado, ¡Oh, Valentino! ¡oh, venturoso suelo! Donde jamás se cuaja el duro hielo Ni da Febo el trabajo acostumbrado. Dichoso el que seguro y sin recelo De ser en fieras ondas anegado, Goza de la belleza de tu prado Y del favor de tu benigno cielo. Con más fatiga el mar sulca la nave Que el labrador cansado tus barbechos: ¡Oh, tierra! antes que el mar se ensoberbezca, Recoge á los perdidos y deshechos, Para que cuando en Turia yo me lave, Estas malditas aguas aborrezca.
En este carácter local, en este valencianismo de Gil Polo, encuentro la mayor originalidad de su obra, que tiene algo de poema panegírico en que van entalladas las glorias de la que él llama «la más deleitosa tierra y la más abundante de todas maneras de placer de cuantas el sol con sus rayos escalienta». El río mismo, personificado al modo mitológico, el viejo Turia, que celebró Claudiano en el epitalamio de Serena: («Floribus et roseis formosus Turia ripis»), toma parte en esta apoteosis, tan propia del gusto del Renacimiento: «No mucho después vimos al viejo Turia salir de una profundísima cueva, en su mano una urna ó vaso muy grande y bien labrado, su cabeza coronada con hojas de roble y de laurel, los brazos vellosos, la barba limosa y encanescida[737], y sentándose en el suelo, reclinado sobre la urna, y derramando della abundancia de clarísimas aguas, levantando la ronca y congojada voz, cantó desta manera:
Regad el venturoso y fértil suelo, Corrientes aguas, puras y abundosas, Dad á las hierbas y árboles consuelo Y frescas sostened flores y rosas; Y ansí, con el favor del alto cielo, Tendré yo mis riberas tan hermosas, Que grande envidia habrán de mi corona El Pado, el Mincio, el Ródano y Garona...»
El Canto de Turia (no del Turia), compuesto en octavas reales, no todas buenas, es un vaticinio de «los varones célebres y extraños», que en tiempos venideros habían de ilustrar sus márgenes: pontífices como Calixto y Alejandro, hombres de guerra como los Borjas y Moncadas, filósofos y humanistas como Vives, Honorato Juan y Núñez; poetas en gran número, comenzando por Ausias March, el más grande de todos. Hasta 54 son, salvo error, los nombres que conmemora Gil Polo, ilustres algunos, oscurísimos otros, siendo para todos uniforme y monótona la alabanza, principal escollo de este género de catálogos rimados. Ya D. Luis Zapata en su Carlo Famoso (canto XXXVIII) y Nicolás de Espinosa en su Segunda Parte de Orlando (canto XV) habían introducido los loores de algunos ingenios contemporáneos suyos, siguiendo en esto, como en lo demás, las huellas del Ariosto; pero pienso que la Canción de Orfeo de Montemayor fué la que verdaderamente sugirió á Gil Polo la idea del Canto de Turia, aunque el poeta portugués celebre á las damas y el valenciano á los escritores y poetas principalmente. Su poema sirvió desde luego de modelo al Canto de Caliope de Cervantes, que tanto admiraba á Gil Polo, y andando los tiempos tuvo la suerte de ser ilustrado con selecta y recóndita erudición por uno de los varones más doctos y beneméritos del siglo XVIII, D. Francisco Cerdá y Rico, de quien son las notas insertas en la edición de Sancha de 1778, aunque á ellas contribuyeron en gran manera los hermanos Mayans, D. Gregorio y D. Juan Antonio, especialmente el segundo. Estas notas fueron un complemento utilísimo á las dos Bibliotecas Valencianas de Rodríguez y Ximeno, preparando el terreno para la de Fuster, y en un concepto todavía más general puede decirse que fueron el primer ensayo histórico sobre una parte de la poesía catalana, llamada entonces impropiamente lemosina. Todavía los catalanistas y valencianistas de nuestro tiempo han encontrado mucho que espigar en estas notas, y nunca se recurre á ellas sin provecho. Para la historia del humanismo español del siglo XVI encierran también curiosos documentos.
Pero no conviene dejar enterrada la Diana bajo el imponente aparato de su comentador, que casi triplicó su volumen. Por sí sola merece tener lectores, y los ha logrado siempre, no sólo en la tierra donde nació, sino entre todos los finos estimadores de la poesía castellana. Sólo en las pastorales de Lope de Vega y del obispo Valbuena se encontrarán versos que igualen ó superen á los de la Diana Enamorada; pero el gusto de Gil Polo es más seguro, menos empañado por las sombras de la afectación ó del desaliño. De todos nuestros poetas bucólicos es el más parecido á Garcilaso, en cuya lectura estaba tan empapado que le acontece copiar de él versos enteros, maquinalmente sin duda. La elegancia y cultura inafectada de Garcilaso, su delicadeza en la expresión de afectos, la limpieza y tersura de su dicción, la melodía pura y fácil de sus versos, han pasado felizmente al imitador, que á veces se confunde con él. Los ecos de la zampona de Sireno y de Arsileo no sonarían mal mezclados con los de Salicio y Nemoroso, con los de Tirreno y Alcino. Véanse algunas muestras:
Las mansas ovejuelas van huyendo Los carniceros lobos, que pretenden Sus carnes engordar con pasto ajeno. Las benignas palomas se defienden Y se recogen todas en oyendo El bravo son del espantoso trueno... ...................................................... ¿Viste jamás un rayo poderoso, Cuyo furor el roble antiguo hiende? Tan fuerte, tan terrible y riguroso Es el ardor que l'alma triste enciende. ¿Viste el poder de un río poderoso Que de un peñasco altísimo desciende? Tan brava, tan soberbia y alterada Diana me parece estando airada. ...................................................... ¿Viste la nieve en haldas de una sierra Con los solares rayos derretida? Ansi deshecha y puesta por la tierra Al rayo de mi estrella está mi vida. ¿Viste en alguna fiera y cruda guerra Algún simple pastor puesto en huída? Con no menos temor vivo cuitado De mis ovejas propias olvidado... ......................................................
Tauriso.
Juntó á la clara fuente Sentada con su esposo La pérfida Dïana estaba un día, Y yo á mi mal presente Tras un jaral umbroso, Muriendo de dolor de lo que vía. Él nada le decía, Mas con mano grosera Trabó la delicada Á torno fabricada Y estuvo un rato así que no debiera. Y yo tal cosa viendo, De ira mortal y fiera envidia ardiendo.
Berardo.
Un día al campo vino, Aserenando el cielo, La luz de perfectísimas mujeres, Las hebras de oro fino Cubiertas con un velo, Prendido de dorados alfileres; Mil juegos y placeres Pasaba con su esposo, Yo tras un mirto estaba, Y vi que él alargaba La mano al blanco velo, y el hermoso Cabello quedó suelto, Y yo de vello en triste miedo envuelto.
No se limitó Gil Polo á cultivar magistralmente casi todos los metros largos y cortos usados en su tiempo, casi todas las combinaciones sin excluir la rima percossa[738] y los tercetos esdrújulos acreditados por el ejemplo de Sannazaro[739], sino que fué un verdadero innovador métrico, que continuando la obra de Boscán y Garcilaso, intentó añadir nuevas cuerdas á la lira castellana. Dos tipos de estrofas líricas introdujo en nuestro Parnaso, dignas entrambas de haberle sobrevivido, aunque apenas han tenido imitadores. Una y otra son curiosas además porque prueban trato íntimo con literaturas poco conocidas ó ya olvidadas en España. Á la una llamó rimas provenzales, á la otra versos franceses. Es de presumir que por poetas provenzales entendiese los catalanes del último tiempo, únicos que es verosímil que hubiese leído; no creo, sin embargo, que abunde en ellos el tipo estrófico usado por dos veces en la Diana. Yo sólo recuerdo uno, no igual en el número de los versos, sí análogo por la combinación de endecasílabos y pentasílabos, en unos versos del notario barcelonés Antonio de Vallmanya, que obtuvo la joya en un certamen de 1457[740]. Los de Gil Polo son encantadores, y parecen nacidos para puestos en música:
Cuando con mil colores devisado Viene el verano en el ameno suelo, El campo hermoso está, sereno el cielo, Rico el pastor y próspero el ganado, Filomena por árboles floridos Da sus gemidos, Hay fuentes bellas, Y en torno dellas Cantos suaves De Ninfas y aves; Mas si Elvinia de allí sus ojos parte, Habrá continuo hibierno en toda parte. Cuando el helado cierzo de hermosura Despoja hierbas, árboles y flores, El canto dejan ya los ruiseñores, Y queda el yermo campo sin verdura, Mil horas son más largas que los días Las noches frías, Espesa niebla Con la tiniebla Escura y triste El aire viste; Mas salga Elvinia al campo y por doquiera Renovará la alegre primavera. ........................................................................ Si Delia en perseguir silvestres fieras, Con muy castos cuidados ocupada Va de su hermosa escuadra acompañada Buscando sotos, campos y riberas; Napeas y Hamadryadas hermosas, Con frescas rosas Le van delante, Está triunfante Con lo que tiene; Pero si viene Al bosque donde caza Elvinia mía, Parecerá mejor su lozanía. Y cuando aquellos miembros delicados Se lavan en la fuente esclarescida, Si allí Cintia estuviera, de corrida Los ojos abajara avergozados, Por que en la agua de aquella trasparente Y clara fuente El mármol fino y peregrino Con beldad rara Se figurara, Y al atrevido Actéon, si la viera, No en ciervo, pero en mármol convirtiera![741]
Los que Gil Polo llama versos franceses son, como puede suponerse, alejandrinos, quizá los únicos que en todo el siglo XVI se compusieron en España, pero no dispuestos en la horrible forma de pareados, ni en el tetrástrofo monorrimo que nuestros poetas de clerecía usaban en los siglos medios, sino combinados con su hemistiquio, formando una estrofa de mucha amplitud y pompa lírica, que parece forjada sobre el modelo de alguna de las de Ronsard. En este metro compuso Gil Polo el epitalamio de Diana y Sireno, uno de los mejores trozos que hay en la Diana:
De flores matizadas se vista el verde prado, Retumbe el hueco bosque de voces deleitosas, Olor tengan más fino las coloradas rosas, Floridos ramos mueva el viento sosegado. El río apresurado Sus aguas acreciente, Y pues tan libre queda la fatigada gente Del congojoso llanto, Moved, hermosas Ninfas, regocijado canto... ........................................................... Casados venturosos, el poderoso cielo Derrame en vuestros campos influjo favorable, Y con dobladas crías en número admirable Vuestros ganados crezcan cubriendo el ancho suelo. No os dañe el crudo hielo Los tiernos chivaticos, Y tal cantidad de oro os haga á entrambos ricos, Que no sepáis el cuánto. Moved, hermosas Ninfas, regocijado canto... ........................................................... Remeden vuestras voces las aves amorosas, Los ventecicos suaves os hagan dulce fiesta, Alégrese con veros el campo y la floresta, Y os vengan á las manos las flores olorosas: Los lirios y las rosas, Jazmín y flor de Gnido, La madreselva hermosa y el arrayán florido, Narciso y amaranto. Moved, hermosas Ninfas, regocijado canto...
El primor y lindeza de la mayor parte de las poesías contenidas en la Diana de Gil Polo han hecho que queden algo en la sombra los indisputables méritos de su prosa, muy culta, amena y limada, si bien no dejan de notarse en ella, lo mismo que en los versos, algunos giros y frases propios de la nativa lengua del autor y tal cual italianismo, que desdicen de la pureza con que generalmente escribió el castellano. Tales son las voces tempesta por tempestad y superbos por soberbios, alguna rima falsa por efecto de pronunciación valenciana:
Medres y crescas En yerbas frescas,
y el extraño modismo tan mala vez por inmediatamente después dos veces repetido; pequeños lunares que sólo por curiosidad advertimos.
Á la circunstancia fortuita de haber salido á luz primero y de ir unida á la obra de Montemayor debió la detestable Diana del salmantino Pérez el honor inmerecido de tener en lo antiguo muchas más ediciones que la de Gil Polo. Llegan á nueve, sin embargo, las que de ésta registran los bibliógrafos, comenzando por la rarísima de Valencia, 1564[742]. Pero trocándose la fortuna en el siglo XVIII, la Diana del poeta valenciano fué mucho más leída, encomiada y reimpresa que la de Montemayor. Aun antes que Cerdá y Rico renovara espléndidamente en la memoria de los doctos el nombre de su conterráneo, corría en Inglaterra una elegante reimpresión de 1739, dedicada á una señora estudiosa de nuestra lengua[743]. Posteriormente, el texto de Cerdá ha sido reimpreso cuatro veces por lo menos[744], lo cual prueba la popularidad persistente del libro y el recreo que todavía proporciona su lectura. No como obra acéfala, sino formando cuerpo con las otras dos Dianas, fué traducida al francés por Gabriel Chappuis y Antonio de Vitray, al inglés por Bartolomé Yong, al alemán por Kuffstein y Harsdöfer. Todas estas versiones quedan indicadas al hablar de Montemayor.
Pero hay una especial de la Diana de Gil Polo, que tanto por la lengua en que fué escrita como por su rareza y particulares circunstancias, reclama más individual mención. Me refiero á la latina que publicó en Hannover, 1625, el docto y extravagante humanista alemán Gaspar Barth, en quien algunos han creído sin fundamento ver el prototipo del Licenciado Vidriera. Era Barth sumamente versado en nuestra literatura y fino estimador de ella, como lo mostró traduciendo y comentando prolijamente la Celestina con el título de Pornoboscodidascalus (1624). Á la traducción de la Diana de Gil Polo puso el rótulo de Erotodidascalus sive Nemoralium libri V[745], y en el prólogo hizo de ella el más caluroso elogio. «Es composición egregia (dice), y que si hubiese sido escrita en lengua latina ó griega hace muchos siglos, estaría hoy contada entre los poemas clásicos del amor. Hay en ella admirables sentencias, tomadas de la experiencia de la vida, y en esta parte juzgo que el autor arrebata la palma á todos los demás que han tratado de análoga materia. El argumento del libro nada tiene de torpe ó deshonesto: achaque de que suelen adolecer no pocos monumentos de los antiguos escritores. Las historias están limpiamente narradas, sin obscenidad alguna, y entretejidas con mucha gracia artificiosa y suave. No hay que buscar aquí alusiones y dichos picantes, ó más bien procaces y lascivos. Los versos parecen nacidos bajo el más favorable influjo de las Musas y de las Gracias, de tal modo que sin escrúpulo podemos oponer las invenciones de este autor á las de los más felices poetas»[746].
El filólogo de Brandeburgo traduce con suma puntualidad el texto de Gil Polo, suprimiendo sólo el Canto de Turia, sobre el cual pone en castellano esta curiosa acotación: «El siguiente canto para [por] ser hecho á las alabanças de Varones muy señalados del Reyno de Valencia, cuyos nombres y virtuosas ationes no son conoscidas en otras tierras, no es traducido para [en] Latin, como los otros hasta á esse, tratantes cosas de Amores pastoriles y plazeres de Nymfas enamoradas, donde las ficiones tocan á todos los hombres sujetos al poder del valoroso Cupido y su madre la más renombrada Diosa de los Poetas».
Todo lo demás está vertido á la letra, la prosa en prosa, los versos en verso, procurando remedar la variedad métrica del original. Para que se juzgue de tan singular ensayo, copio en nota una parte de la Canción de Nerea, que, por ser tan conocido el texto español, se presta fácilmente al cotejo[747].
La moda de escribir continuaciones de la Diana no terminó con Alonso Pérez y Gil Polo. Hubo dos terceras Dianas, y una de ellas llegó á imprimirse. Fue su autor, ó más bien compilador desvergonzado, un tal Jerónimo de Tejeda, intérprete de lengua castellana en París. No he visto la edición de 1587, citada por los traductoreFuée Ticknor, pero sí otra de 1627, que existe en la Biblioteca Nacional entre los libros que fueron de Gayangos[748]. Á otro ejemplar de la misma se refiere el Dr. Hugo Rennert en su precioso opúsculo sobre la novela pastoril, donde ha desmenuzado el libro de Tejeda, mostrando que es un puro plagio[749]. Todas las poesías están tomadas de Gil Polo, á excepción de dos ó tres composiciones cortas. La prosa de los cuatro primeros libros tiene el mismo origen, con algunos cambios infelices y disparatados. En el quinto libro zurce Tejeda la historia de Amaranto y Dorotea, imitada de la Diana de Alonso Pérez. En el sexto, Parisiles, personaje de la misma Diana, refiere la historia del Cid. Completan esta fastidiosísima rapsodia otros episodios de la leyenda nacional, tales como la historia de los Abencerrajes y el tributo de las cien doncellas. Tejeda manifiesta la ignorancia más supina hasta en el modo de copiar los versos ajenos. Era sin duda un aventurero famélico, que procuró remediar su laceria con el producto de esta piratería literaria.
Antes de él, un cierto Gabriel Hernández, vecino de Granada, había obtenido en 28 de enero de 1582 privilegio por diez años para imprimir una tercera parte de la Diana, fruto de su ingenio; pero tal impresión no llegó á verificarse, si bien consta que Hernández traspasó en quinientos reales su privilegio al librero Blas de Robles en 8 de agosto del mismo año. Debo esta noticia, hasta ahora enteramente desconocida, al docto investigador D. Cristóbal Pérez Pastor, que con tan peregrinos datos ha enriquecido nuestros anales literarios de los siglos XVI y XVII[750].
Ya hemos tenido ocasión de mencionar el rarísimo libro de la Clara Diana á lo divino, publicado en 1582 por el cisterciense Fr. Bartolomé Ponce, á quien debemos la noticia más positiva de la muerte de Montemayor. Las Dianas, que á los lectores de hoy parecen tan insulsas y candorosas, no satisfacían ni mucho menos los escrúpulos de los moralistas del siglo XVI. Malón de Chaide, por ejemplo, las incluía en la misma condenación que á los libros de caballerías: «¿Qué ha de hacer la doncellica que apenas sabe andar, y ya trae una Diana en la faldriquera? Si (como dijo el otro poeta) el vaso nuevo se empapa y conserva mucho tiempo el sabor del primer licor que en él se echase, siendo un niño y una niña vasos nuevos, y echando en ellos vino venenoso, ¿no es cosa clara que guardarán aquel sabor largo tiempo? Y ¿cómo cabrán allí el vino del Espíritu Santo y el de las viñas de Sodoma (que dijo allá Moisés)? ¿Cómo dirá Pater noster en las Horas la que acaba de sepultar á Piramo y Tisbe en Diana? ¿Cómo se recogerá á pensar en Dios un rato la que ha gastado muchos en Garcilaso? ¿Cómo? Y ¿honesto se llama el libro que enseña á decir una razón y responder á otra, y á saber por qué término se han de tratar los amores? Allí se aprenden las desenvolturas y las solturas y las bachillerías, y náceles un deseo de ser servidas y recuestadas, como lo fueron aquellas que han leído en estos sus Flos Sanctorum; y de ahí vienen á ruines y torpes imaginaciones, y destas á los conciertos ó desconciertos, con que se pierden á sí y afrentan las casas de sus padres y les dan desventurada vejez; y la merecen los malos padres y las infames madres que no supieron criar sus hijas, ni fueron para quemalles estos libros en las manos. Los Cantares que hizo Salomón más honestos son que sus Dianas: el Espíritu Santo los amparó; el más sabio de los hombres los escribió; entre esposo y esposa son las razones; todo lo que hay alli es casto, limpio, santo, divino y celestial y lleno de misterios; y con todo eso, no daban licencia los hebreos á los mozos para que los leyesen hasta que fuesen de más madura edad. Pues ¿qué hicieran de los que son faltos de tantas circunstancias de abonos como tienen los Cantares en su favor? Esto es para desengañar á los que se toman licencia de leer en tales libros con decir que son honestos»[751].
El P. Ponce, que sin duda pensaba lo mismo que el elocuente y pintoresco autor de La Conversión de la Magdalena, pero al propio tiempo admiraba sobremanera el talento poético de Jorge de Montemayor, quiso buscar antídoto al veneno de la amorosa pasión, valiéndose del medio de parodiar en sentido místico la obra de su adversario y aplicar á los loores de la Santísima Virgen los encarecimientos que hace aquél de la belleza profana. Siguió, pues, el mismo rumbo que los autores de libros de Caballería celestial, el mismo que Sebastián de Córdoba en su Boscán y Garcilaso á lo divino (1575) ó D. Juan de Andosilla Larramendi en el extraño centón á que dió el título de Cristo Nuestro Señor en la Cruz hallado en los versos de Garcilaso (1628). Pero no empeñándose como éstos en la tarea absurda de seguir paso á paso y verso por verso la obra que parodiaba, hizo de la Clara Diana un libro no enteramente despreciable, á lo menos por la pureza y abundancia de su prosa. Los versos valen poco[752].
De las novelas pastoriles posteriores á Montemayor y Gil Polo, la primera en orden cronológico es la del soldado sardo Antonio de Lofrasso, que lleva por título Los diez libros de la fortuna de amor, obra de las más raras y de las más absurdas de nuestra literatura que salió de las prensas de Barcelona en 1573[753]. Su principal celebridad la debe á estas palabras del cura en el donoso escrutinio de los libros de Don Quijote:
«Por las órdenes que recebí... que desde que Apolo fué Apolo, y las Musas Musas, y los poetas poetas, tan gracioso ni tan disparatado libro como ese no se ha compuesto, y que por su camino es el mejor y el más único de cuantos deste género han salido á la luz del mundo, y el que no le ha leído puede hacer cuenta que no ha leído jamás cosa de gusto; dádmele acá, compadre, que precio más haberle hallado que si me diesen una sotana de raja de Florencia; púsole aparte con grandíssimo gusto»[754].
Buen chasco se llevaría el que fiándose de esta burlesca recomendación se enfrascase en la lectura del libro de Lofrasso, donde si bien aparece lo disparatado por cualquier parte que se le abra, es imposible tropezar con lo gracioso por ninguna. Se conoce que Cervantes, con el alma cándida y buena que suelen tener los hombres verdaderamente grandes, sentía cierto infantil regocijo con la lectura de disparates que á un lector vulgar hubieran infundido tedio. Porque Lofrasso merece con toda justicia los calificativos de «poeta inculto y memo» que le da Pellicer, no sólo por lo rudo de su invención y la rusticidad de sus versos, sino por infringir á cada momento en ellos las reglas más elementales de la prosodia, de tal modo que apenas hay ninguno que lo sea, ó por sobra ó por falta de sílabas, ó por no tener la acentuación debida[755]. Además, el lenguaje está plagado de solecismos, que delatan el origen extranjero y la corta educación del autor. La prosa puede presentarse como un dechado de pesadez, siendo Lofrasso tan inhábil en la construcción de los períodos que más de una vez le acontece escribir de seguido cinco ó seis páginas sin un solo punto final[756]. Del argumento de la obra no se hable, porque realmente no existe.
Increíble parece que obra tan necia é impertinente obtuviera en Inglaterra, á mediados del siglo XVIII, los honores de una edición ilustrada y lujosa[757]. Tuvo la extravagancia de hacerla un judío de origen español, Pedro de Pineda, intérprete ó maestro de lengua castellana, conocido por su diccionario inglés-español y por haber corregido con bastante esmero el texto de la famosa edición del Quijote hecha en Londres en 1738 bajo los auspicios de lord Carteret. Pineda, tomando al parecer por lo serio las palabras del cura, buscó afanoso el libro de Lofrasso, tan raro ya en aquella fecha, que compara su hallazgo con el de la piedra filosofal, y ora fuese por ignorancia y falta de gusto, ora por explotar la codicia bibliománica, no dudó en estamparle de nuevo, con láminas bastante bien grabadas, aunque de tan ridícula composición como el texto. Á sus ojos no podía menos de ser producción muy apreciable por su «bondad, elegancia y agudeza», la que había encomiado el «águila de la lengua española Miguel de Cervantes». Sin duda no había tropezado nunca Pineda con el Viaje del Parnaso, en que Cervantes, tan indulgente de continuo, se encarniza más que con ningún otro poeta con el desventurado Lofrasso:
Miren si puede en la galera hallarse Algún poeta desdichado, acaso, Que á las fieras gargantas puede darse. Buscáronle, y hallaron á Lofraso, Poeta militar, sardo, que estaba Desmayado á un rincón, marchito y laso. Que á sus diez libros de fortuna andaba Añadiendo otros diez, y el tiempo escoge Que más desocupado se mostraba. Gritó la chusma toda:—«Al mar se arroje. Vaya Lofraso al mar sin resistencia». —«Par Dios, dijo Mercurio, que me enoje. «¿Cómo, y no será cargo de conciencia Y grande echar al mar tanta poesía, Puesto que aquí nos hunda su inclemencia? «Viva Lofraso, en tanto que dé al día Apolo luz, y en tanto que los hombres Tengan discreta, alegre fantasía. «Tocante á ti (oh, Lofraso) los renombres Y epítetos de agudo y de sincero, Y gusto que mi cómitre te nombres». Esto dijo Mercurio al caballero, El cual en la crujía en pie se puso, Con un rebenque despiadado y fiero. Creo que de sus versos le compuso, Y no sé cómo fué, que en un momento (O ya el cielo ó Lofraso lo dispuso) Salimos del estrecho á salvamento, Sin arrojar al mar poeta alguno (Tanto del sardo fue el merecimiento).
Así en el capítulo III, y luego en el VII, vuelve á la carga contra Lofrasso, contándole en el número de los que desertaron de las banderas del divino Apolo para unirse al ejército enemigo:
Tú, sardo militar Lofraso, fuiste Uno de aquellos bárbaros corrientes Que del contrario el número creciste.
Pero como no hay libro tan malo que no contenga alguna cosa útil, hay en el de este bárbaro grafómano algunas curiosidades filológicas é históricas que el erudito no debe desdeñar. Curiosa es la persona misma del autor, español á medias, nacido en una isla italiana, donde la soberanía de nuestra lengua, aun en el uso oficial, llegó á arraigarse de tal suerte, que sobrevivió á nuestra dominación política, y todavía se conservaba muy entrado el siglo XVIII[758]. Lofrasso escribió en castellano como otros muchos compatriotas suyos, por ejemplo, el poeta Litala y Castelví y el Marqués de San Felipe, historiador de la guerra de Sucesión. Pero su lengua nativa no era ésta, ni tampoco el dialecto de la isla, sino el catalán, que entonces como ahora se hablaba en la ciudad de Alguer, de donde era hijo. Su libro contiene dos poesías en dialecto sardo[759] y una sola en catalán[760]; pero en la misma lengua está también el acróstico que forman las iniciales de los cincuenta y seis tercetos del Testamento de amor, en esta forma: «Antony de Lofraso sart de Lalguer me feyct estant en Barselona en lany myl y sincasents setanta y dos per dar fy al present libre de Fortuna de Amor compost per servycy del ylustre y my señor Conte de Quirra».
Á semejanza de los demás autores de novelas pastorales que gustaron de dejar en ellas algún recuerdo de su tierra natal ó de las extrañas en que habían amado y cantado, Lofrasso encabeza su libro con una curiosa descripción de la isla de Cerdeña, extendiéndose en la ponderación de sus minas y de sus pesquerías de coral[761], y dedica mucho más espacio, á la relación de su viaje á Barcelona, á donde llegó como náufrago y donde vivió como poeta mendicante, fatigando con dedicatorias á todos los magnates catalanes. Esta parte del libro vale la pena de leerse despacio, y es una fuente que me atrevo á indicar á los eruditos del Principado. Allí encontrarán un catálogo encomiástico de cincuenta damas de Barcelona, con sus nombres y apellidos; descripciones minuciosas de la Aduana, de la Lonja y del palacio del comendador mayor de Castilla D. Luis de Zúñiga y Requesens; interesantes noticias de su hija doña Mencía, y el proceso sumamente detallado de unas justas reales, en que tomaron parte cincuenta caballeros barceloneses, para no ser menos en número que las damas. El estilo de Lofrasso, que nunca es bueno, parece más tolerable en esta prosa de gaceta, y como no puede dudarse que todas estas páginas son historia pura, tienen un interés retrospectivo muy grande. Quien busque estos trozos hará bien en pasar de largo por «los honestos y apacibles amores del pastor Frexano y de la hermosa pastora Fortuna» y por «la sabrosa historia de D. Floricio y de la pastora Argentina».
De muy diverso temple es la novela pastoril que siguió á ésta: El pastor de Fílida de Luis Gálvez de Montalvo (1582), una de las pastorales mejor escritas, aunque por ventura la menos bucólica de todas. «No es este pastor sino muy discreto cortesano; guárdese como joya preciosa». En estas palabras de Cervantes va implícita la principal censura, así como el mayor elogio del libro. El mismo Gálvez Montalvo se había adelantado á ella en uno de sus proemios: «Posible cosa será que mientras yo canto las amorosas églogas que sobre las aguas del Tajo resonaron, algún curioso me pregunte: Entre estos amores y desdenes, lágrimas y canciones, ¿cómo por montes y prados tan poco balan cabras, ladran perros, aullan lobos? ¿Dónde pacen las ovejas? ¿Á qué hora se ordeñan? ¿Quién les mata la roña? ¿Cómo se regalan las paridas? Y finalmente, todas las demás importancias del ganado. Á esso digo, que aunque todos se incluyen en el nombre pastoral, los rabadanes tenían mayorales, los mayorales pastores y los pastores zagales, que bastantemente los descuidaban»[762].
Nada menos pastoril, en efecto, que la vida y ejercicios del pastor de Fílida y de sus amigos, que son con ligero disfraz Gálvez Montalvo y los suyos. Nació este buen ingenio en la ciudad de Guadalajara, aunque su familia procedía de las riberas del Adaja, probablemente de la villa de Arévalo, donde es antiguo y noble su apellido, cuyas armas son puntualmente las mismas que él describe por boca del pastor Siralvo: «Tú sabes, que yo no soy natural desta ribera (la del Tajo). Mis bisabuelos en la de Adaxa apacentaron, y allí hallaron y dejaron claras y antiquísimas insignias de su nombre, só las alas de una águila de plata, sobre color de cielo, que es de inmemorial blasón suyo. Mis abuelos y padres, trasladados al Henares, me criaron en su ribera». Acaso se refiere á él la partida bautismal de un Luis, hijo de Marcos de Montalvo y de su mujer Francisca, nacido en febrero de 1549, según consta en los libros parroquiales de Santa María de Guadalajara[763]. El padre de Siralvo, que en la novela está designado con el nombre de Montano, era «mayoral del generoso rabadán Coriano», es decir, administrador ó cosa tal del Marqués de Coria. Su hijo Luis, cuya educación debió de ser esmeradísima, á juzgar por la refinada cultura y cortesanía que sus escritos revelan, vivió también en la casa y servicio de un magnate alcarreño, D. Enrique de Mendoza y Aragón, con título de su gentilhombre. Este es el Mendino de la novela, «quinto nieto del gran pastor de Santillana» (es decir, de D. Iñigo López de Mendoza), como en ella misma se expresa, nieto del cuarto Duque del Infantado, llamado también don Iñigo, é hijo de D. Diego Hurtado de Mendoza, Conde de Saldaña, casado con doña Isabel de Aragón, hija del Duque de Segorbe D. Enrique, á quien llamaron el infante Fortuna. Era tradición no interrumpida en la casa de Mendoza honrar á las letras y á sus cultivadores, y acaso por méritos literarios logró Montalvo su puesto de honrosa domesticidad, que era bastante distinguido según las ideas de aquel tiempo, y además sumamente descansado, á lo que se infiere de su carta dedicatoria: «Entre los venturosos que á V. S. conocen y tratan, he sido yo uno, y estimo que de los más, porque deseando servir á V. S. se cumplió mi deseo, y así dejé mi casa y otras muy señaladas dó fui rogado que viviese, y vine á ésta, donde holgaré de morir, y donde mi mayor trabajo es estar ocioso, contento y honrado, como criado de V. S. Y así, á ratos entretenido en mi antiguo ejercicio de la divina alteza de la poesía, donde son tantos los llamados y tan pocos los escogidos, he compuesto El Pastor de Fílida, libro humilde y pequeño»[764].
Este libro contiene, á vueltas de otros muchos episodios, la historia anovelada de los amores del autor con la pastora Fílida y de los de su Mecenas con Elisa. El nombre pastoril adoptado por Luis Gálvez fué Siralvo, el cual habla de sí mismo con más satisfacción que modestia por boca de la pastora Finea: «Yo te diré lo que hace Siralvo, forastero pastor que aquí habita. Yo compré ovejas y cabras, conforme á mi poco caudal, y con pocos zagales las apaciento. Siralvo, aunque pudo hacer otro tanto, gustó de entrar á soldada con el rabadán Mendino, por poder mudar lugar, cuando gusto ó comodidad le viniese, sin tener cosa que se lo estorbase.—¿Quién es ese Siralvo? dijo Alfeo.—Es un noble pastor (dijo Finea) de tu misma edad, honesto y de llanísimo trato; amado generalmente de los pastores y pastoras de más y menos suerte, aunque hasta agora no se sabe de la suya más de lo que muestran sus respetos, que son buenos, y sus ejercicios de mucha virtud.—¿Cómo vería yo á Siralvo? dijo Alfeo.—Bien fácilmente, porque las cabañas de Mendino están muy cerca de aquí, y Siralvo por maravilla sale dellas, y más agora que está su rabadán ausente y él no podrá apartarse del ganado».
La acción de la novela no pasa en las orillas del Henares, sino en las del Tajo, y probablemente en la imperial ciudad de Toledo, donde fijó por algún tiempo su residencia D. Enrique de Mendoza. Así lo dan á entender estas palabras de enfática y lujosa retórica, con que la primera parte comienza: «Cuando de más apuestos y lucidos pastores florecía el Tajo, morada antigua de las sagradas Musas, vino á su celebrada ribera el caudaloso Mendino, nieto del gran rabadán Mendiano, con cuya llegada el claro río ensoberbeció sus corrientes; los altos montes de luz y gloria se vistieron; el fértil campo renovó su casi perdida hermosura, pues los pastores dél, incitados de aquella sobrenatural virtud, de manera siguieron sus pisadas, que envidioso Ebro, confuso Tormes, Pisuerga y Gualdaquivir admirados, inclinaron sus cabezas, y las hinchadas urnas manaron con un silencio admirable. Solo el felice Tajo resonaba, y lo mejor de su son era Mendino, cuya ausencia sintió de suerte Henares, su nativo río, que con sus ojos acrecentó tributo á las arenas de oro. Bien le fué menester al gallardo pastor, para no sentir la ausencia de su carísimo hermano, hallar en esta ribera al gentil Castalio su primo, al caudaloso Cardenio, al galán Coridón, con otros muchos valerosos pastores y rabadanes, deudos y amigos de los suyos, con quien pasaba dulce y agradable vida Mendino, en quien todos hallaban tan cumplida satisfacción, que como olvidados de sus propias cabañas, sitios y albergues, los de Mendino estaban siempre acompañados de la mayor nobleza de la pastoría; de allí salían á los continuos juegos, y allí volvían por los debidos premios; allí se componían las perdidas amistades, y por allí pasaban los bienes y males de amor, cuales pesada, cuales ligeramente».
Allí comenzaron los amores de Siralvo con la que llama Fílida. No era aquella su primera pasión: ya en las riberas del Henares había puesto los ojos en una principal señora, á quien llama Albana, y que por ventura tendría algún parentesco con la casa de Alba: «Sólo esto me descontenta de Siralvo (dice la pastora), ser tan demasiado altanero: en el Henares á Albana, en el Tajo á Fílida; á otra vez que se enamore será de Juno ó Venus.—Amigo es de mejorarse (dijo Dinarda), que aunque Albana no es de menos suerte, y de más hacienda, Fílida es muy aventajada en hermosura y discreción» (pág. 153).
¿Sería esta Albana por ventura la «hermosa y discreta Albanisa, viuda del próspero Mendineo, hija del rabadán Coriano, que en la ribera del Henares vivía, y allí, desde las antiguas cabañas de su padre, apacentaba, en la fértil ribera, mil vacas, diez mil ovejas criaderas y otras tantas cabras en el monte?» (pág. 24). Con esta señora vino á casar en segundas nupcias, si no interpreto mal el texto de El Pastor, un caballero toledano del apellido Padilla, «el sospechoso Padileo», competidor de Mendino en los amores de Elisa: y quizá fué ésta la ocasión de que Siralvo dirigiese á otra parte sus altivos pensamientos, que no eran de humilde pastor, sino de muy alentado caballero.
Era Fílida doncella de nobilísimo linaje, parienta de un gran señor andaluz (el rabadán Vandalio), del cual y de sus pastores andaba recatándose Siralvo, sin duda porque se oponían á tan desiguales amores. No sabemos cuánto duró este honesto galanteo, ó más bien pasión platónica, cuya pureza tanto se encarece en el libro: «¡Quién viera á Siralvo ardiendo en su castísimo amor, donde jamás sintió brizna de humano deseo!» (pág. 228). Ni siquiera llegaba su presunción hasta el punto de creerse favorecido (pág. 136):—«Y dime (dijo Alfeo), ¿estima tu voluntad?—No soy (dijo Siralvo) tan desvanecido, que quiera tanto como eso; basta que no se ofenda de que la ame, para morir contento por su amor... Yo la amo sobre todas las riquezas que Dios ha criado, y ella sabe dónde llega mi amor, y no fuera Fílida quien es si despreciara esta obra fabricada de su mismo poder... Digo que no le pido á Fílida que me ame, pero que vivo contentísimo con que no se disguste de mi amor».
Era Fílida de tanta discreción como hermosura, y de mucha entereza y constancia en sus afectos; recibió con buen talante las poéticas ofrendas del humilde amador, y por no acceder á un matrimonio que los de su casa le proponían, acomodado á su condición, pero no á su gusto, «dejó los bienes, negó los deudos y despreció la libertad; consagróse á la casta Diana, y llevóse tras sí á los montes la riqueza y hermosura de los campos» (pág. 218); lo cual, traducido del estilo bucólico al corriente, quiere decir, si no me engaño, que se encerró por más ó menos tiempo en un monasterio. Á esta voluntaria reclusión, que no creemos que llegase á ser profesión religiosa, aluden estos tercetos de una elegía de Montalvo (pág. 273):
Dejando aparte agora el ser nacida Sobre las ilustrísimas llamada Y entre las más honestas escogida, Y con ser de fortuna acompañada, Porque Himeneo al gusto te ofendía, Quisistes ser á Delia dedicada...
Y, en efecto, en el libro ó parte sexta del Pastor encontramos á Fílida en el templo de Diana, si bien el aparato mitológico impide hacerse cargo de la verdadera situación de la heroína, que allí aparece recibiendo visitas de los zagales, entre ellos el mismo Siralvo, y tañendo la lira y cantando coplas de su propia invención y raro ingenio. Todo esto indica que los obstáculos que se presentaban al amador no eran insuperables, y lo confirman estos versos de la ya citada elegía:
Mil continuos estorbos ya los veo, Y otros más de creer dificultosos, Por mi corta ventura más los creo: Ojos abiertos, pechos enconosos, Tu gran beldad, mis ricas intenciones. Cercadas de legiones de envidiosos. Bien imagino yo que si te pones A querer tropellar dificultades, Irás segura en carros de leones... ............................................................ Y bien sé yo que en mi rudeza hallas Ingenio soberano para amarte, Y sabes que te escucho aun cuando callas...
Todo el libro de Montalvo está lleno de encarecimientos de las raras prendas de Fílida, y no sólo de su hermosura, sino de su carácter, que era al parecer resuelto y varonil. «Tiene una falta (dijo Florela): que no es discreta, á lo menos como las otras mujeres, porque su entendimiento es de varón muy maduro y muy probado; aquella profundidad en las virtudes y en las artes; aquella constancia de pecho á las dos caras de la fortuna... Ámala, Siralvo, y ámela el mundo, que no hay en él cosa tan puesta en razón» (pág. 121).
El lusitano Coelio (que será sin duda Alonso Sánchez Coello, tenido aun en su tiempo por portugués, aunque lo era sólo de origen) había hecho el retrato de Fílida, que guardaba Siralvo en una cajuela de marfil. Para competir con él hizo otro en octavas reales, de elegante y gracioso amaneramiento, como puede juzgarse por estos rasgos, que sin duda recordaba Cervantes cuando llamó á Montalvo «único pintor de un retrato»:
Sale la esposa de Titón bordando De leche y sangre el ancho y limpio cielo, Van por monte y por sierra matizando Oro y aljófar, rosa y lirio el suelo, Vuestra labor, mejillas imitando, Que llenas de beldad y de consuelo, Dicen las Gracias puestas á la mira: «Dichosa el alma que por vos sospira». ............................................................ Jardín nevado, cuyo tierno fruto Dos pomas son de plata no tocada, Do las almas golosas á pie enjuto Para nunca salir hallan entrada: Que el crudo Amor, como hortelano astuto, Allí se acoge y prende allí en celada... (Pág. 125).
De estas y otras varias composiciones de Montalvo se infieren, como señas más personales de la dama, que tenía la cabellera negra y verdes los ojos:
Ricas madejas de inmortal tesoro, Cadenas vivas, cuyos lazos bellos No se preciaron de imitar al oro, Porque apenas el oro es sombra dellos, Luz y alegría que en tinieblas lloro, Ebano fino, tales sois, cabellos... Las finas perlas, el coral ardiente, Con las dos celestiales esmeraldas... (Pág. 272).
Ser verde el rayo de la lumbre vuestra... (Pág. 123).
De estos ojos verdes[765] estaba locamente enamorado Siralvo. Los ha cantado en todos metros, de tal modo que bien se le puede llamar el poeta de los ojos. Lope de Vega, al elogiarle en el Laurel de Apolo, recuerda el principio de una de estas composiciones:
Ojos á gloria de mis ojos hechos, Beldad inmensa en ojos abreviada... (Pág. 99).
Pero más que estas octavas crespas y conceptuosas, me agradan dos fáciles y lindas canciones en el metro favorito de Gálvez Montalvo, en las viejas redondillas castellanas, que manejaba con tanto primor como Castillejo ó Gregorio Silvestre. Véase íntegra la primera, que es una graciosísima anacreóntica (pág. 285):
Filida, tus ojos bellos El que se atreve á mirallos, Muy más fácil que alaballos, Le será morir por ellos. Ante ellos calla el primor, Ríndese la fortaleza, Porque mata su belleza Y ciega su resplandor. Son ojos verdes rasgados, En el revolver suaves, Apacibles sobre graves, Mañosos y descuidados. Con ira ó con mansedumbre, De suerte alegran el suelo, Que fijados en el cielo No diera el sol tanta lumbre. Amor que suele ocupar Todo cuanto el mundo encierra, Señoreando la tierra, Tiranizando la mar, Para llevar más despojos, Sin tener contradicción, Hizo su casa y prisión En esos hermosos ojos. Allí canta, y dice: «Yo Ciego fui, que no lo niego, Pero venturoso ciego Que tales ojos halló; Que aunque es vuestra la vitoria, En dárosla fui tan diestro, Que siendo cautivo vuestro, Sois mis ojos y mi gloria. El tiempo que me juzgaban Por ciego, quíselo ser, Porque no era razón ver, Si estos ojos me faltaban. Será ahora con hallaros Esta ley establecida: Que lo pague con la vida Quien se atreviere á miraros». Y con esto, placentero, Dice á su madre mil chistes: «El arquillo que me distes, Tomadle, que no le quiero, Pues triunfo, siendo rendido, De aquestas dos cejas bellas, Haré yo dos arcos dellas, Que al vuestro dejen corrido. «Estas saetas que veis, La de plomo y la dorada, Como herencia renunciada, Buscad á quien se las deis, Porque yo de aquí adelante Podré con estas pestañas Atravesar las entrañas Á mil pechos de diamante. «Hielo que deja temblando, Fuego que la nieve enciende, Gracia que cautiva y prende, Ira que mata rabiando, Con otros mil señoríos Y poderes que alcanzáis, Vosotros me los prestáis, Dulcísimos ojos míos». Cuando de aquestos blasones El niño Amor presumía, Cielo y tierra parecía Que aprobaban sus razones, Y él, dos mil juegos haciendo, Entre las luces serenas, De su pecho á manos llenas, Amores iba lloviendo. Yo, que supe aventurarme Á vellos y á conocer No todo su merecer, Mas lo que basta á matarme, Tengo por muy llano agora Lo que en la tierra se suena, Que no hay amor ni hay cadena, Mas hay tus ojos, señora.
El Pastor de Fílida, como la mayor parte de las novelas de su género, quedó incompleta, defraudando nuestra curiosidad en cuanto al término de estos amores, si bien el canónigo Mayans, que con tan raras noticias y curiosa sagacidad ilustró esta pastoral, creyó encontrarle en una epístola que López Maldonado, cuyo Cancionero fué impreso en 1586, dirigió á su amigo Montalvo[766], «con quien se quería casar una dama, á quien había servido muchos años»:
Pastor dichoso, cuyo llanto tierno Ha tanto que se vierte en dura tierra, Sin medida, sin tasa y sin gobierno, Pues ya en tranquila paz vuelta la guerra Miras que te robó tantos despojos, Y en verde llano la fragosa sierra; Reduce los cansados tristes ojos Á mejor uso, pon silencio al llanto, Pues que le ha puesto amor á tus enojos. Ya aquel divino rostro, donde tanto Rigor hallaste, y el airado pecho Que en el tuyo causó dolor y espanto. Atienden, con clemencia, á tu provecho, Ya gozarás la bella y blanca mano En ñudo conyugal de amor estrecho... ............................................................ Ya te dio del descanso alegre llave Fílida, que entregada está y piadosa, Que es cuanto bien Amor dar puede ó sabe... ............................................................ Y cantaré la gloria tan crecida Con que Amor á sus gozos te levanta. Por fe y por voluntad tan merecida... ............................................................ Goza, Pastor, el bien que te ha ofrecido Aquella que tu mal ha restaurado, Rico de amor y deleitoso nido.
Pero este matrimonio ¿llegó á efectuarse? El mismo López Maldonado tenía recelo de que su amigo no supiera aprovecharse de la ocasión feliz con que le brindaba la fortuna:
¡Oh mil y otras mil veces venturoso Tú, que con esperanza alegre y cierta, Verás en dulce puerto tu reposo!... ............................................................. Mas mira que si acaso te detienes, Quizás, á la inconstante y varia diosa No la ternás propicia cual la tienes[767].
Acaso el enigma que envuelve la historia del Pastor de Fílida quedará descifrado antes de mucho. Un eminente literato andaluz, en quien corren parejas la erudición, el sentimiento poético y la viva y despierta agudeza, cree con buenos fundamentos haber averiguado el nombre de la incógnita dama, y en un trabajo reciente nos adelanta la peregrina noticia de que por influjo de su deudo el rabadán Vandalio, que no es otro que el Uranio que sale á correr la sortija, vestida la piel entera de un oso (pág. 372), contrajo matrimonio en 1569 con aquel otro pastor muy flaco, que en la misma fiesta comparece «vestido de un largo sayo de buriel, en un rocín que casi se le veían los huesos», y en su compañía se ausentó de España[768]. Aunque esta fecha resulta muy anterior á la impresión del Pastor de Fílida, en el libro mismo hay indicios de que estaba escrito mucho antes, como lo estaría también la epístola de López Maldonado, si tal interpretación se comprueba, como deseamos y esperamos.
Cinco ediciones tuvo en pocos años El Pastor de Fílida, rivalizando con el éxito de la Galatea de Cervantes. Para los contemporáneos tenía el interés de una novela de clave. Aunque hoy no podamos identificar á muchos de los disfrazados pastores, la forma misma de sus nombres indica que se trata de personas reales. Además de Mendino, Siralvo y Coelio, no hay duda en cuanto al «celebrado Arciolo (D. Alonso de Ercilla), que con tan heroica vena canta del Arauco los famosos hechos y Vitorias», ni parece que pueda haberla respecto del «culto Tirsi, que de engaños y desengaños de amor va alumbrando nuestra nación española, como singular maestro dellos». Tirsi es el nombre poético que en sus obras usó el complutense Francisco de Figueroa, y con el cual está claramente designado en la Galatea[769]. No puede ser de ningún modo el mismo Cervantes, como creyó el canónigo Mayans. Más feliz anduvo en otras conjeturas. El pastor Campiano, «doctísimo maestro del ganado», que sobresalía también en «la divina alteza de la poesía», puede muy bien ser el poeta y médico de Alcalá doctor Campuzano, elogiado por Cervantes en el Canto de Caliope y por Lope de Vega en la Dorotea, citándole nada menos que en compañía del divino Herrera y de otros dos ingenios tan celebrados entonces como Figueroa y Pedro de Padilla. Campiano escribió un soneto en alabanza del Pastor de Fílida; era también amigo de López Maldonado y otros poetas de este grupo. Los músicos Sasio y Matunto parecen estar designados con sus verdaderos apellidos en una elegía del mismo López Maldonado á doña Agustina de Torres:
Pues los caros y amados compañeros, El gran Matute, el celebrado Sasa, Del dios de Delo justos herederos.
También Cervantes, en el libro cuarto de la Galatea, habla de «los dos Matuntos, padre é hijo, uno en la lira y otro en la poesía, sobre todo extremo extremados». Silvano, el defensor de las antiguas coplas castellanas, no puede ser otro que Gregorio Silvestre. Belisa, cuya pericia en el canto y en la música se encarece tanto, era hija del lusitano Coelio; hemos de creer, por lo tanto, que se trata de doña Isabel Sánchez Coello, hija del pintor Alonso. No estoy tan seguro de que Pradelio, el mísero amador que desdeñado por Filena «dejó los campos del Tajo, con intención de pasar á las islas de Occidente, donde tarde ó nunca se pudiese saber de sus sucesos», sea el conde de Prades, D. Luis Ramón Folch de Cardona, como quiere Mayans, porque dudo que de tal magnate como el heredero de la casa de Cardona pudiera decirse que era «pastor de más bondad que hacienda», palabras que indican, á mi parecer, que se trata de más humilde sujeto. Haré mérito, finalmente, de la brillantísima y deslumbradora conjetura, expuesta hace poco por el Sr. Rodríguez Marín, el cual ve en el episodio del pastor Livio «cortesano mancebo de cabellos más rubios que el fino ámbar», que persiguiendo á la ninfa Arsia, «con rabia y dolor se había despeñado», una alusión á la caída del príncipe don Carlos en Alcalá (el 19 de abril de 1562) corriendo tras de doña Mariana de Garcetas, á lo cual alude aquel villancico que glosó Eugenio de Salazar:
Bajóse el sacre real A la garza, por asilla, Y hirióse sin herilla[770].
Otras muchas alusiones nos oculta el tiempo, otros nombres de grandes señores y de poetas deben de estar escondidos bajo el cándido pellico. Vivió Gálvez Montalvo en la mejor sociedad de su tiempo; fué lo que hoy llamaríamos un poeta de salón y entonces hubiera podido llamarse de estrado ó de sarao. El retrato suyo, que se halla en algunas ediciones del Pastor de Fílida, presenta un tipo muy aristocrático, algo parecido al de D. Alonso de Ercilla. Aun en el aspecto de su persona debía de ser cortesano y gentilhombre. No lo era menos por las cualidades de su espíritu. Ajeno á toda contienda y rivalidad literaria, gozó de la estimación de los mejores poetas de su tiempo y gustó de honrarlos en verso y en prosa. Cuando Cervantes, que no era todavía el autor del Quijote ni el de la Galatea siquiera, volvió á entrar en su patria después del cautiverio, Gálvez Montalvo fué el primero en saludar su gloria con este hermoso soneto, que tiene algo de profecía:
Mientras del yugo sarracino anduvo Tu cuello preso y tu cerviz domada, Y allí tu alma al de la Fe amarrada A más rigor mayor firmeza tuvo, Gozóse el cielo; mas la tierra estuvo Casi viuda sin ti, y desamparada De nuestras musas la real morada, Tristeza, llanto, soledad mantuvo. Pero después que diste al patrio suelo Tu alma sana y tu garganta suelta, De entre las fuerzas bárbaras confusas, Descubre claro tu valor el cielo, Gózase el mundo en tu felice vuelta Y cobra España las perdidas musas[771].
Por dos pasajes de Lope de Vega, que siempre habló de Montalvo en términos del mayor encarecimiento, sabemos que este florido ingenio murió en Italia antes de 1599. En este año imprimió Lope su Isidro, con un prólogo en defensa del antiguo metro castellano, donde leemos estas palabras: «¿Qué cosa iguala á una redondilla de Garci Sánchez ó de D. Diego de Mendoza? Perdone el divino Garcilasso, que tanta ocasión dio para que se lamentase Castillejo, festivo é ingenioso poeta castellano, á quien parecía mucho Luis Gálvez Montalvo, con cuya muerte súbita se perdieron muchas floridas coplas de este género, particularmente la traducción de la Jerusalem de Torcuato Tasso, que parece que se había ido á Italia á escribirlas para meterles las higas en los ojos»[772].
Muchos años después, en El Laurel de Apolo (1630), hacía esta conmemoración de nuestro poeta:
Y que viva en el templo de la Fama, Aunque muerto en la puente de Sicilia, Aquel Pastor de Fílida famoso, Gálvez Montalvo, á quien la envidia aclama Por uno de la délfica familia, Dignísimo del árbol victorioso, Mayormente cantando, En lágrimas deshechos «Ojos á gloria de mis ojos hechos».
Clemencín conjetura muy plausiblemente[773] que la muerte súbita de Gálvez Montalvo en el puente de Sicilia acaeció en una catástrofe del año 1591, de que nos da razón Fray Diego de Haedo en la dedicatoria de su Topografía de Argel: «Era virrey de Sicilia el señor don Diego Enríquez de Guzmán, conde de Alba de Liste, el cual, habiendo salido de Palermo á visitar aquel reino, á la vuelta, como venía en galeras, hizo la ciudad un puente desde tierra que se alargaba á la mar más de cien pies, para que allí abordase la popa de la galera donde venía el señor Virrey, y desembarcase; y como Palermo es la corte del Reino, acudió lo más granado á este recibimiento... y con la mucha gente que cargó, antes que abordase la galera dio el puente á la banda, de manera que cayeron en el mar más de quinientas personas... donde se anegaron más de treinta hombres». Uno de ellos pudo ser el poeta alcarreño.
De su ensayo de traducción de la Jerusalem del Tasso no queda otra memoria. Desacertada era la elección del metro, y sólo hubiera conducido á una especie de parodia, como la que hizo luego el Conde de la Roca en su Fernando ó Sevilla Restaurada. El amor á los octosílabos nacionales cegó en esta ocasión á Gálvez Montalvo, pero no creo que le sucediese lo mismo al transformar las conceptuosas estancias de las Lágrimas de San Pedro del Tansillo en quintillas dobles castellanas, dándoles una ingenuidad de sentimiento que en su original no tienen, como probará este ejemplo:
Madres, que los muy queridos Hijos os vistes quitar, De vuestros pechos asidos. Como se suelen robar Los pájaros de los nidos, Y de la mano homicida Su pura sangre quedó Por los miembros esparcida, No lloréis su muerte, no, Dejadme llorar mi vida...[774]
Compuso también un Libro de la Pasión, del cual sólo tenemos noticia por este soneto de López Maldonado, inserto en su Cancionero (pág. 188):
Si como la largueza, sin medida, Te ha bañado la lengua en fuego ardiente Con su licor, para que tiernamente Puedas cantar su muerte y nuestra vida, Ansí tu alma, de su amor herida, Sabe buscar la saludable fuente, Que trayendo del cielo su cerriente, Vuelve al lugar de donde fue salida, Y siguiendo tras ellas su camino Que guía á las regiones soberanas, Haces iguales una y otra suerte; Ansí como tu cántico divino No tiene que temer lenguas humanas, Tampoco el alma temerá la muerte.
Estas obras piadosas debieron de ser trabajo de sus últimos años, y acaso saludable consuelo en los desengaños de la señora Fílida.
Por los trozos que van citados, habrá podido formarse idea de la culta y excelente prosa y de los fáciles y regalados versos de El Pastor de Fílida, libro muy bien escrito no sólo en el vulgar sentido de la abundancia y pureza de lengua, que conviene á todos los del siglo XVI, sino en el de cierta refinada cultura y propósito artístico, que ni entonces ni en tiempo alguno han sido patrimonio de todo el mundo. Como los demás autores de pastorales, Gálvez Montalvo aparece dominado por el prestigio de Sannazaro, á quien imita muy de cerca en los trozos descriptivos y de aparato, como la visita al mágico Erión, los juegos funerales en el aniversario de Elisa, las pinturas del templo de Pan y del templo de Diana, exornado el primero con la representación de los trabajos de Hércules y el segundo con la de las siete maravillas del mundo. Esta prosa es artificial, pero con artificio discreto, más sobria que la prosa de la Galatea, pero no menos compuesta y aliñada. El paisaje es convencional como en todos estos libros, y las riberas del Tajo pueden ser las de cualquier río, pero hay tal cual descripción que parece tomada del natural. Veamos una, que tiene la ventaja de presentar reunidos en pocas líneas los principales procedimientos del estilo de Montalvo, cuando quiere hacer más periódicas sus frases: «Yendo por el cerrado valle de los fresnos, hacia las fuentes del Obrego, como dos millas de allí, acabado el valle, entre dos antiguos allozares, mana una fuente abundantísima, y á poco trecho se deja bajar por la aspereza de unos riscos, de caída extraña, donde, por tortuosas sendas, fácilmente puede irse tras el agua, la cual en el camino va cogiendo otras cuarenta fuentes perenales, que juntas, con extraño ruido, van por entre aquellas peñas quebrantándose, y llegando á topar el otro risco soberbias le pretenden contrastar, mas viéndose detenidas, llenas de blanca espuma, tuercen por aquella hondura cavernosa, como á buscar el centro de la tierra. Á pocos pasos, en lo más estrecho, está una puente natural, por donde las aguas pasando, casi corridas de verse así oprimir, hacen doblado estruendo, y al fin de la puente hay una angosta senda, que dando vuelta á la parte del risco, en aquella soledad, descubre al mediodía un verde pradecillo, de muchas fuentes, pero de pocas plantas, y entre ellas, de viva piedra cavada, está la cueva del mago Erión, albergue ancho y obrado con suma curiosidad» (pág. 296).
Gálvez Montalvo no abusa del estilo periódico, que á la larga hubiera sido intolerable. Le alterna con cláusulas de moderada extensión, tan limpia y gallardamente construídas como ésta: «Traía (el pastor Livio) un sayo de diferentes colores gironado, mas todo era de pieles finísimas de bestias y reses, unas de menuda lana y otras de delicado pelo, por cuyas mangas abiertas y golpeadas salían los brazos cubiertos de blanco cendal, con zarafuelles del mismo lienzo, que hasta la rodilla le llegaban, donde se prendía la calza, de sutil estambre» (pág. 316). Y acierta á veces á cerrar sus frases de un modo feliz por lo inesperado: «Es Andria de clara generación y caudalosos pastores, de hermosura sin igual, de habilidad rarísima, moza de diez y ocho años y de más ligero corazón que la hoja al viento» (pág. 130).
Entre otras curiosidades de vario género contiene El Pastor de Fílida un Canto de Erión en octavas reales, donde están nominalmente celebradas todas las damas de la corte (comenzando por las princesas), á imitación de lo que había hecho Montemayor en el Canto de Orfeo; y una larga égloga representable, en cuyos primeros tercetos se describe la vida rústica con ciertos rasgos de poesía realista, bastante alejados de la manera cortesana que en el libro predomina. Pero generalmente en los versos endecasílabos Gálvez Montalvo es desigual, áspero á veces y premioso[775], y no porque dejase de estar curtido en la técnica, puesto que ensayó todos los artificios rítmicos, sin olvidar por supuesto los consonantes interiores[776] y los esdrújulos[777], que parecían ya cosa obligada en toda imitación de Sannazaro.
Su verdadera superioridad está en las versos cortos, en las redondillas y en las glosas, en que aventajó á Montemayor y rivalizó con Gregorio Silvestre. La Canción de Nerea no entra en cuenta, como cosa divina. Y hay que dejar también aparte las obras de Castillejo, el primero de los poetas de esta escuela, no sólo por el donaire y la lozanía, sino por el jugo clásico de sus versos. Nunca los hizo mejores Gálvez Montalvo que cuando siguió más de cerca las huellas de tal maestro, á quien mucho se parecía, en opinión de Lope de Vega. Los cantares de Siralvo y Alfeo, al fin de la tercera parte del Pastor de Fílida, parecen y son un eco del canto ovidiano de Polifemo, traído á nuestra lengua con tan ameno raudal de locución pintoresca por Cristóbal de Castillejo[778]:
Siralvo
¡Oh! más hermosa á mis ojos Que el florido mes de abril; Más agradable y gentil Que la rosa en los abrojos; Más lozana Que parra fértil temprana; Más clara y resplandeciente Que al parecer del Oriente La mañana.
Alfeo
¡Oh! más contraria á mi vida Que el pedrisco á las espigas; Más que las viejas ortigas Intratable y desabrida; Más pujante Que herida penetrante; Más soberbia que el pavón; Más dura de corazón Que el diamante.
Siralvo
Más dulce y apetitosa Que la manzana primera; Más graciosa y placentera Que la fuente bulliciosa; Más serena Que la luna clara y llena; Más blanca y más colorada Que clavellina esmaltada De azucena.
Alfeo
Más fuerte que envejecida Montaña al mar contrapuesta; Más fiera que en la floresta La brava osa herida; Más exenta Que fortuna; más violenta Que rayo del cielo airado; Más sorda que el mar turbado Con tormenta.
Siralvo
Más alegre sobre grave Que sol tras la tempestad, Y de mayor suavidad Que el viento fresco y suave; Más que goma, Tierna y blanca, cuando asoma; Más vigilante y artera Que la grulla, y más sincera Que paloma.
Alfeo
Más fugaz que la corriente Entre la menuda hierba; Y más veloz que la cierva Que los cazadores siente; Más helada Que la nieve soterrada En los senos de la tierra; Más áspera que la sierra No labrada.
Siralvo
Fílida, tu gran beldad, Porque agraviada no quede, Ser comparada no puede, Sino sola á tu beldad; Ser tan buena, Por ley y razón se ordena,
La contraposición viene después, pero aplicada también á Galatea:
Tú, la misma Galatea, Más feroz que los novillos No domados y bravillos, Que nunca vieron aldea Par á par; Muy más dura de domar Que la encina envejecida; Más falaz y retorcida Que las ondas de la mar... Desmedida; Más áspera y desabrida Que los abrojos do quiera; Más cruel que la muy fiera Osa terrible parida; Más callada Y sorda siendo llamada, Que este mar de soledad; Muy más falta de piedad Que la serpiente picada De accidente...
Gálvez Montalvo desdobló el canto del cíclope, para repartirle entre los dos pastores de su égloga amebea.
Y en razón y ley no siento Quien tenga merecimiento De tu pena.
Alfeo
Andria, contra mí se esmalta Cuanta virtud hay en ti, Donde sólo para mí lo que sobra es lo que falta, Y porfías: Si te sigo, te desvías; Persíguesme, si me guardo, Y cuando yo más me ardo, Más te enfrías.
¡Lástima que esta dicción poética tan deliciosa y llana no sea la habitual en Montalvo! Casi todas sus coplas, excelentes por la factura, pecan más ó menos de conceptismo. Su ingenio era naturalmente conceptuoso, si vale la expresión; es decir, refinado y sutil, galante y amanerado. La vida de palacio acabaría de desarrollar en él esta propensión, no contrariada por severos estudios clásicos, pues no parece haberlos tenido. Á lo menos, son raras en él las imitaciones de los poetas antiguos, excepto algunas de Virgilio, que he notado principalmente en la égloga de Silvano y Batto[779]. No quiso agradar á los doctos, sino á las damas, que no podían menos de mostrarse agradecidas á tan gentiles requiebros:
Vuestras mejillas sembradas De las insignias del día, Florestas son de alegría De la eterna trasladadas, Donde no por las heladas, No por las muchas calores, Faltan de contino flores Divinamente mezcladas... .............................................. En mi pensamiento crecen Mis esperanzas y viven, En el alma se conciben Y en ella misma fenecen... En noble parte nacidas, En noble parte criadas, Nobles van, aunque perdidas, Noblemente comenzadas Y en nobleza concluídas; Al pensamiento obedecen, Y en su prisión resplandecen, Y su natural guardaron, Que en el alma comenzaron Y en ella misma fenecen... ............................................... Sólo aquel proverbio quiero Por consuelo en mi quebranto, Pues en tan contino llanto Le hallo tan verdadero: Las abejuelas, de flor Jamás tuvieron hartura, Ni el ganado de verdura, Ni de lágrimas amor...
No es Gálvez Montalvo poeta natural, sino candorosamente afectado, pero aun en la afectación misma conserva un buen gusto, ó si se quiere un buen tono, digno de la grande época en que floreció, y que llegó á ser muy raro en los conceptistas del siglo XVII, á medida que la decadencia literaria avanzaba. Hay exceso de agudeza en los versos del Pastor de Fílida, pero gracias á ella se realza el argumento, tan insípido de suyo.
Por su primorosa habilidad en los versos de arte menor fué principalmente celebrado Gálvez Montalvo en su tiempo. Por ellos principalmente le alaba Lope de Vega en el Laurel de Apolo:
Las coplas castellanas... Son de naturaleza tan süave, Que exceden en dulzura al verso grave; En quien, con descansado entendimiento, Se goza el pensamiento, Y llegan al oído Juntos los consonantes y el sentido, Haciendo en su elección claros efetos, Sin que se dificulten los concetos: Así Montemayor las escribía, Así Galvez Montalvo dulcemente, Así Liñán...
No era Gálvez Montalvo exclusivo en sus preferencias como Castillejo. Promiscuaba como Gregorio Silvestre, y hemos visto que compuso muchos versos al modo italiano. Pero en la teoría era más resuelto que en la práctica, según parece por las digresiones críticas sembradas en el Pastor de Fílida: «¿qué poesía ó ficción puede llegar á una copla de la Propaladia, de Alecio y Fileno, de las Audiencias de Amor, del brevecillo Inventario, que todos son verdaderamente ingenios de mucha estima y los demás, ni ellos se entienden ni quién se la da»? (p. 154).
Además de estos elogios á Torres Naharro, á Castillejo, á Silvestre y á Antonio de Villegas, seguidos de una honorífica alusión al cordobés Juan Rufo y al jurado de Toledo Juan de Quirós[780], se introduce en el sexto libro ó parte de la novela una discusión en verso y prosa entre dos poetas representantes de las dos escuelas. Silvano, es decir, Gregorio Silvestre, el organista de Granada, «el que tuvo en Hiberia el imperio del apacible verso castellano», como dice Luis Barahona de Soto, es el que hace la apología del metro popular, y nadie más abonado para tal defensa. Su antagonista es un pedante llamado Batto, que entre otros cargos, dice á Silvestre:
Y no hurtáis, Silvano, del Latino, Del Griego, del Francés ó del Romano.
No me atrevo á determinar quién sea este poeta italianizado: acaso Jerónimo de Lomas Cantoral, el que con más desdén habló de todos los versos que antes de él se habían compuesto en España, excepto los de Garcilaso[781]. La sentencia arbitral de Siralvo deja iguales á los dos contendientes, sin duda por cortesía; pero no era éste el final pensamiento del autor, puesto que la disputa prosigue, aunque menos encarnizada, «recitando versos propios y agenos, Batto loando el italiano, Silvano el español, y cuando Batto decía un soneto lleno de Musas, Silvano una glosa llena de amores; y no quitándole su virtud al endecasílabo, todos allí se inclinaron al castellano, porque puesto caso que la autoridad de un soneto es grande y digna de toda la estimación que le puede dar el más apasionado, el artificio y gracia de una copla, hecha de igual ingenio, los mismos toscanos la alaban sumamente, y no se entienda que les falta gravedad á nuestras rimas, si la tiene el que las hace, porque siempre, ó por la mayor parte, las coplas se parecen á su dueño. Y allí dijo Mendino algunas de su quinto abuelo, el gran pastor de Santillana, que pudieran frisar con las de Titiro y Sincero. ¿Y quién duda (dijo Siralvo) que lo uno ó lo otro pueda ser malo ó bueno? Yo sé decir que igualmente me tienen inclinado; pero conozco que á nuestra lengua le está mejor el propio, allende de que las leyes del ageno las veo muy mal guardadas: cuando suena el agudo, que atormenta como instrumento destemplado; cuando se reiteran los consonantes, que es como dar otavas en las músicas; la ortografía, el remate de las canciones, pocos son los que lo guardan. ¿Pues un soneto, que entra en mil epítetos, y sale sin conceto ninguno; y tiénese por esencia que sea escuro, y toque fábula, y andarse ha un poeta desvanecido para hurtar un amanecimiento ó traspuesta del sol del latino ó del griego; que aunque el imitar es bueno, el hurtar nadie lo apruebe; que en fin cuesta poco? ¿Pues qué, tras un vocablo exquisito ó nuevo? Al gusto de decirle, le encajarán donde nunca venga, y de aquí viene que muchos buenos modos de decir, por tiempo se dejan de los discretos, estragados de los necios, hasta desterrallos, con enfado de su prolija repetición. Hora yo quiero deciros un soneto mio, á propósito de que he de seguir siempre la llaneza, que aunque alguna vez me salgo della, por cumplir con todos, no me descuido mucho fuera de mi estilo».
El soneto vale poco; sólo merecen citarse los tercetos:
Si Domenga me miente ó me desmiente, ¿Qué me harán los faunos y silvanos, O el curso del arroyo cristalino? Todos son nombres flacos y livianos; Que á juïcio de sabia y cuerda gente, Lo fino es «pan por pan, vino por vino».
«Á todos agradó el soneto de Siralvo, pero Batto, que era de contraria opinión, dijo otros suyos, haciéndose en alguno Roca contrapuesta al mar, y en alguno Nave combatida de sus bravas ondas, y aun en alguno vencedor de leones y pastor de innumerables ganados. En estas impertinencias se pasó la mayor parte de la noche, y cayendo el sueño, Batto y Siralvo cortésmente se despidieron».
Esta curiosa página de crítica literaria acrecienta el interés del Pastor de Fílida, en el cual me he detenido tanto porque creo que su mérito excede á la reputación que tiene. Un hombre de ingenio saca partido hasta del género más falso, y éste fué el caso de Gil Polo, de Gálvez Montalvo, de Bernardo de Balbuena, cuyos libros merecen vivir, no por ser de pastores, sino á pesar de serlo.
No fueron éstas todas las novelas bucólicas publicadas antes de la aparición del Quijote, pero sí todas las que precedieron á la Galatea, límite que debemos poner en el presente estudio, reservando para la continuación de él las que con estéril abundancia siguieron escribiéndose durante más de un tercio de siglo, no sin que tuvieran en tiempos muy posteriores alguna imitación rezagada. Tal persistencia en el cultivo de una forma novelística que es la insulsez misma no debe admirarnos, porque la mayor parte de esas llamadas novelas son realmente centones de versos líricos, buenos ó malos, y bajo tal aspecto deben ser juzgadas. La fábula era lo de menos, tanto para el autor como para los lectores, á no ser que encerrasen alusiones contemporáneas ó confesiones autobiográficas, caso también frecuente en esta clase de obras, que apenas podían tener otro interés, fuera de las galas del lenguaje.
Cervantes, que con la cándida modestia propia del genio siguió todos los rumbos de la literatura de su tiempo, antes y después de haber encontrado el suyo sin buscarle, cultivó la novela pastoril, como cultivó la novela sentimental, y la novela bizantina de peregrinaciones, naufragios y reconocimientos. Obras de buena fe todas, en que su ingénito realismo lucha con el prestigio de la tradición literaria, sin conseguir romper el círculo de hierro que le aprisiona. No sólo compuso la Galatea en sus años juveniles, sino que toda la vida estuvo prometiendo su continuación y todavía se acordaba de ella en su lecho de muerte. Aun en el mismo Quijote hay episodios enteramente bucólicos, como el de Marcela y Crisóstomo. No era todo tributo pagado al gusto reinante. La psicología del artista es muy compleja, y no hay fórmula que nos dé íntegro su secreto. Yo creo que algo faltaría en la apreciación de la obra de Cervantes si no reconociésemos que en su espíritu alentaba una aspiración romántica nunca satisfecha, que después de haberse derramado con heroico empuje por el campo de la acción, se convirtió en actividad estética, en energía creadora, y buscó en el mundo de los idilios y de los viajes fantásticos lo que no encontraba en la realidad, escudriñada por él con tan penetrantes ojos. Tal sentido tiene á mi ver el bucolismo suyo, como el de otros grandes ingenios del Renacimiento.
La posición de Cervantes respecto de la novela pastoril es punto por punto la misma en que aparece respecto de los libros de caballerías. En el fondo los ama, aunque le parezcan inferiores al ideal que los engendró, y por lo mismo tampoco le satisfacen las pastorales, comenzando por la de Montemayor y terminando por la suya. Si salva á Gil Polo y á Gálvez Montalvo es sin duda por méritos poéticos. Nadie ha visto con tan serena crítica como Cervantes los vicios radicales de estas églogas, nadie los satirizó con tan picante donaire. Juntos estaban los libros de caballerías y los pastoriles en la biblioteca de D. Quijote, y cuando se inclina el cura á mayor indulgencia con ellos por ser «libros de entretenimiento sin perjuicio de tercero», replica agudamente la sobrina: «Ay señor, bien los puede vuestra merced mandar quemar como á los demás; porque no sería mucho que habiendo sanado mi señor tio de la enfermedad caballeresca, leyendo éstos se le antojase de hacerse pastor y andarse por bosques y prados cantando y tañendo, y lo que sería peor, hacerse poeta, que según dicen es enfermedad incurable y pegadiza».
Esta profecía se cumple puntualmente en la segunda parte, y la evolución de la locura del héroe comienza á prepararse desde su encuentro con las hermosas doncellas y nobles mancebos que habían formado una nueva y contrahecha Arcadia vistiéndose de zagalas y pastores para representar una égloga de Garcilaso y otra de Camoens en su propia lengua portuguesa (cap. 58). Aquel germen, depositado en la mente del caballero y avivado por el recuerdo de sus lecturas antiguas, fructifica después de su vencimiento en la playa de Barcelona, y le inspira la resolución de hacerse pastor y seguir la vida del campo durante el año en que había prometido tener ociosas las armas. Las elegantísimas razones con que anuncia á Sancho su resolución son ya una donosa parodia del estilo cadencioso y redundante de estos libros. «Yo compraré algunas ovejas, y todas las demás cosas que al pastoral ejercicio son necesarias, y llamándome yo el pastor Quijotiz y tú el pastor Pancino, nos andaremos por los montes, por las selvas y por los prados, cantando aquí, endechando allí, bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes, ó ya de los limpios arroyuelos ó de los caudalosos rios. Daránnos con abundantísima mano de su dulcísimo fruto las encinas, asiento los troncos de los durísimos alcornoques, sombra los sauces, olor las rosas, alfombras de mil colores matizadas los extendidos prados, aliento el aire claro y puro, luz la luna y las estrellas, á pesar de la escuridad de la noche; Apolo versos, el amor conceptos, con que podremos hacernos eternos y famosos, no sólo en los presentes sino en los venideros siglos».
Todo el mundo recuerda lo que de esta poética ocurrencia de D. Quijote dijeron Sancho y el cura y Sansón Carrasco, última nota irónica que suena en el gran libro antes de la nota trágica y sublime de la muerte del héroe. Pero no puedo omitir, como obligado remate de este capítulo, la crítica mucho más punzante y desapiadada que de aquel falso ideal poético hizo Cervantes por boca de Berganza, uno de los dos sabios canes del hospital de la Resurrección de Valladolid, el cual, conociendo por propia y dura experiencia la vida de perro de pastor, hallaba gran distancia de la realidad á la ficción: «Entre otras cosas, consideraba que no debía de ser verdad lo que había oído contar de la vida de los pastores, á lo menos de aquellos que la dama de mi amo leía en unos libros, cuando yo iba á su casa, que todos trataban de pastores y pastoras, diciendo que se les pasaba toda la vida cantando y tañendo con gaitas, zampoñas, rabeles y chirumbelas y con otros instrumentos extraordinarios. Deteníame á oirla leer, y leía cómo el pastor de Anfriso[782] cantaba extremada y divinamente, alabando á la sin par Belisarda, sin haber en todos los montes de Arcadia árbol en cuyo tronco no se hubiese sentado á cantar, desde que salía el sol en los brazos del Aurora hasta que se ponía en los de Tetis, y aun después de haber tendido la negra noche por la faz de la tierra sus negras y escuras alas, él no cesaba de sus bien cantadas y mejor lloradas quejas. No se le quedaba entre renglones el pastor Elicio[783], más enamorado que atrevido, de quien decía que, sin atender á sus amores ni á su ganado, se entraba en los cuidados agenos. Decía también que el gran pastor de Fílida, único pintor de un retrato[784], había sido más confiado que dichoso. De los desmayos de Sireno y arrepentimientos de Diana decía que daba gracias á Dios y á la sabia Felicia, que con su agua encantada deshizo aquella máquina de enredos y aclaró aquel laberinto de dificultades[785]. Acordábame de otros muchos libros que de este jaez le había oído leer, pero no eran dignos de traerlos á la memoria... Digo que todos los pensamientos que he dicho, y muchos más, me causaron ver los diferentes tratos y ejercicios que mis pastores y todos los demás de aquella marina tenían de aquellos que había oído leer que tenían los pastores de los libros, porque si los míos cantaban, no eran canciones acordadas y bien compuestas, sino un «Cata el lobo do va Juanica» y otras cosas semejantes, y esto no al son de chirumbelas, rabeles ó gaitas, sino al que hacía el dar un cayado con otro, ó al de algunas tejuelas puestas entre los dedos, y no con voces delicadas, sonoras y admirables, sino con voces roncas, que solas ó juntas parecía, no que cantaban, sino que gritaban ó gruñían. Lo más del día se les pasaba espulgándose ó remendando sus abarcas, ni entre ellos se nombraban Amarilis, Fílidas, Galateas y Dianas, ni había Lisardos, Lauros, Jacintos ni Riselos; todos eran Antones, Domingos, Pablos ó Llorentes, por donde vine á entender lo que pienso que deben de creer todos, que todos aquellos libros son cosas soñadas y bien escritas, para entretenimiento de los ociosos, y no verdad alguna; que á serlo, entre mis pastores hubiera alguna reliquia de aquella felicísima vida, y de aquellos amenos prados, espaciosas selvas, sagrados montes, hermosos jardines, arroyos claros y cristalinas fuentes; y de aquellos tan honestos cuanto bien declarados requiebros, y de aquel desmayarse aquí el pastor, allí la pastora; acullá resonar la zampoña del uno, acá el caramillo del otro».
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