IV (continued 2)
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El resto de la historia narra largamente las proezas del Caballero del Cisne, especialmente el desafío que tuvo en Maguncia con el duque de Sajonia Rainer, sosteniendo el reto de la duquesa de Bullón y de Lorena (asunto que Pedro del Corral transportó á Toledo en su fabulosa Crónica de Don Rodrigo), y el matrimonio que contrajo con Beatriz, hija de esta duquesa, «con tal condición que nunca le preguntase cómo había nombre ni de cuál tierra era». El interés romántico mengua mucho en esta última parte de la novela, que es algo cansada y prolija; pero se reanima con la indiscreta curiosidad de la condesa, que cual otra Psiquis quiere averiguar el nombre de su incógnito esposo y se ve castigada de igual manera, y lo que es peor, sin esperanza de redención, pues aun el hechizado cuerno de marfil que su esposo le había entregado como prenda de cariño al abandonarla, «en que había tres cercos de oro con muchas piedras preciosas é de gran virtud», tuvo el desconsuelo de vérsele arrebatar por el cisne, en pena de no haberle guardado tan limpiamente como debiera del contacto de manos profanas, «poniéndolo con los otros que estaban allí para cuando fuesen sus hombres á caza». Enciéndese á deshora un gran fuego en su palacio: los burgueses y la gente de la villa corren en tumulto á apagarle, y «cuando ellos estaban así mirando, vieron venir un cisne muy grande á maravilla volando por el aire, tan albo como una nieve. E cuando llegó al lugar del fuego voló tres veces derredor, é dió una muy gran voz, é cogió las alas, é dejóse meter por medio de la puerta del palacio, por do salía la llama mayor, é entró así, que sola una péñola no se le quemó, ni le embargó el fuego, ni le fizo ningún pesar en cosa; é tomó el cuerno de marfil con el pico por los colgaderos, e salió con él por medio de la puerta muy desembargadamente é sin ningún peligro, é comenzóse á alzar é ir volando así con él hasta que le perdieron de vista». También de este pasaje hubo de acordarse Pedro del Corral para contar la destrucción de la Casa encantada de Toledo y la aparición del ave fatídica entre sus cenizas. No puede dudarse que la Gran Conquista dejó huella en nuestros libros indígenas de caballerías: Gayangos ha señalado frases idénticas en la historia del Caballero del Cisne y en el Amadís de Gaula, y Puymaigre sospechó que el episodio de Amadís y Briolanja pudo tener su tipo en el gran ofrecimiento que de su persona hizo al joven Gudufre de Bullón la doncella cuyas tierras había rescatado de la tiranía de Guión de Montefalcone: «Cuando la doncella vio que por Gudufre de Bullón había la tierra cobrado, cayó á los pies é pidióle merced que della é de cuanto había feciese á su voluntad; é él respondió que gelo grádescía mucho, mas que aquella lid no tomara él por amor de mujer ni por cobdicia de haber nin de tierra, salvo tan solamente por Dios é por el derecho que él creía firmemente que ella tenía. Mas pues que ella había cobrado su tierra no demandaba él más, é con aquello era él pagado». (Lib. I, cap. CLI).
No es el poema del Caballero del Cisne el único del ciclo de las Cruzadas que entró en el vasto cuadro de la Crónica de Ultramar. Al mismo género pertenecen la historia de Corbalán (Kerbogan, sultán de Mossul) y de su madre la profetisa Halabra; la de Baldovin y la sierpe; la del conde Harpin de Bourges y su combate con unos ladrones, etc. Pero ninguna está contada tan extensamente ni con tanta independencia del asunto principal de la Gran Conquista como la del Caballero del Cisne, á la cual tampoco iguala ninguna en valor legendario ni en atractivo estético. Aunque localizada por los troveros en el ducado de Cleves, la tradición mitológica en que se funda es mucho más antigua, y se la encuentra en otras partes: en una saga islandesa se supone que el Caballero del Cisne era hijo de Julio César. En Alemania hizo su triunfante aparición en 1200 con el nombre de Lohengrin, y ha sido renovado con inmensa gloria por el genio ardiente y profundo de Ricardo Wagner.
Siguen en antigüedad á las novelas contenidas en la Gran Conquista de Ultramar las que halló Amador de los Ríos en un códice de la Biblioteca del Escorial, ya citado al hablar del Noble Cuento del emperador Carlos Maynes. Los restantes son (prescindiendo de cuatro vidas de santos) la Estoria del rey Guillerme de Inglaterra, el Cuento muy fermoso del emperador Ottas et de la infanta Florencia su fija et del buen caballero Esmere, el Fermoso cuento de una sancta emperatriz que ovo en Roma et de su castidat y la Estoria del cavallero Plácidas, que fué después cristiano é ovo nombre Eustacio.
La primera y la última han sido publicadas con excelentes ilustraciones por el malogrado filólogo alemán Herman Knust, que ha dicho sobre sus orígenes cuanto puede decirse y averiguarse[257]. La Estoria del rey Guillerme no está traducida del poema francés de Cristián ¿de Troyes? (siglo XII), sino de otro texto (probablemente en prosa) que se apartaba de él en algunos detalles. Versión distinta y muy amplificada es la que en el siglo XVI se imprimió con el título de Chronica del rey don Guillermo rey de Inglaterra e duque de Angeos: e de la reina doña Berta su muger: e de como por revelación de un angel le fue mandado que dexasse el reyno e ducado e anduviesse desterrado por el mundo: e de las extrañas aventuras que andando por el mundo le avino[258]. Por el título puede colegirse ya que se trata de un libro de caballerías á lo divino, tanto que podría, si tuviera algún fundamento histórico, figurar entre las leyendas hagiográficas. Está escrita con talento y apacible sencillez, pero es mucho menos fantástica y atrevida que la de Roberto el Diablo, y el narrador abusa en demasía de las monótonas peripecias por separación y reconocimiento, de tal modo que su libro pudiera llevar, como las Clementinas, el subtítulo de Recognitiones. Aunque puesta en Inglaterra la acción de este piadoso libro, ninguna semejanza tiene con los del ciclo bretón, y parece producto de la caprichosa fantasía de algún clérigo ó poeta culto.
Todavía más profundamente hagiográfica es la Estoria del caballero Plácidas, puesto que se reduce á una traducción de la famosa leyenda de San Eustaquio, mencionada ya por San Juan Damasceno en el siglo VIII, inserta en el Menologio Griego del emperador Basilio en el X, y divulgada en Occidente por el Speculum Historiale de Vicente de Beauvais, por la Legenda Aurea de Jacobo de Voragine y por el Gesta Romanorum[259].
Adolfo Mussafia, editor del Fermoso cuento de una santa emperatriz que ovo en Roma[260], ha probado que se deriva del poema francés de Gautier de Coincy (1177-1236) sobre la emperatriz Crescentia.
De carácter mucho más profano que las historias anteriores es el cuento del emperador don Ottas, de la infanta Florencia y del caballero Esmere[261], enmarañada selva de aventuras en que fácilmente se pierde la atención y el hilo. Su fuente es una narración poética francesa, Florence de Rome[262], de la cual existen varias redacciones, aunque se haya perdido la primitiva, que es acaso la que mediata ó inmediatamente sirvió de guía á nuestro traductor, puesto que su relato difiere bastante del de los poemas franceses del siglo XIV. Algún episodio de este cuento se halla en otras colecciones novelísticas. La Patraña 21.ª de Juan de Timoneda reproduce varias de sus peripecias, pero no están sacadas del viejo cuento, sino del Pecorone de Ser Giovanni Fiorentino (novela 1.ª de la 10.ª jornada).
Traducidas ó imitadas entre nosotros las ficciones del ciclo carolingio y las que podemos llamar novelas sporádicas ó independientes, no podía dilatarse mucho la invasión de los poemas del ciclo bretón, de los cuales ya en el siglo XIII pueden encontrarse en España bastantes indicios, aunque la época de su relativo apogeo fué el siglo XIV. Aquella nueva y misteriosa literatura que de tan extraña manera había venido á renovar la imaginación occidental, revelándola el mundo de la pasión fatal, ilícita ó quimérica, del amoroso devaneo y del ensueño místico; el mundo tentador y enervante de las alucinaciones psicológicas y del sensualismo musical y etéreo, de la vaga contemplación y del deseo insaciable; el mundo de los mágicos filtros que adormecen la conciencia y sumergen el espíritu en una atmósfera perturbadora, no tenía sus raíces ni en el mundo clásico, aunque á veces presente extraña analogía con algunos de sus mitos, ni en el mundo germánico, que engendró la epopeya heroica de las gestas carolingias. Otra raza fué la que puso el primer germen de esta poesía fantástica, ajena en sus orígenes al cristianismo, ajena á las tradiciones de la Edad Media, poesía de una raza antiquísima y algún tiempo dominante en gran parte de Europa, pero á quien una fatalidad histórica llevó á ser constantemente vencida y á mezclarse con sus vencedores, siendo muy pocos los puntos en que conservó su nativa pureza, su lengua y el confuso tesoro de las leyendas y supersticiones de su infancia. Los celtas de las Galias y de España fueron asimilados por la conquista romana, pero no aconteció lo mismo en la Gran Bretaña, donde tal conquista fué muy incompleta, y hasta se abandonó del todo en los últimos días del Imperio, recobrando su independencia el elemento indígena y afirmándola en terribles luchas con los invasores sajones, que sólo al cabo de sesenta años (450-510) llegaron á prevalecer en la antigua provincia romana, obligando á emigrar á una parte de los bretones insulares, los cuales, atravesando el canal de la Mancha, fueron á establecerse en la parte occidental de la península de Armórica, que tomó desde entonces el nombre de Bretaña, y rechazando el resto de la población céltica á las comarcas de Oeste y Sudoeste de la isla (país de Gales y de Cornwal). Á este período belicoso y heroico, en que se afirmó el sentimiento de la nacionalidad céltica, por lo mismo que estaba próxima á sucumbir para siempre, se atribuye la primera explosión del genio épico de los bretones, prescindiendo de más oscuros y remotos orígenes, en que han fantaseado grandemente los celtistas, así galeses é irlandeses como franceses[263]. Á esta primitiva epopeya, que hubo de apropiarse la poesía mitológica que antes existiera y transformarla en histórica según el natural proceso del género, se remonta el nombre del rey Artús ó Arturo, vencedor de los sajones en doce batallas, mencionado ya en un libro latino del siglo X, la Historia Britonum, que lleva el nombre de Nennio.
La conquista de Inglaterra por los normandos vino á vengar á los bretones de sus antiguos opresores y á ponerlos en contacto con un nuevo pueblo, brillante é inteligente, amigo de cuentos y canciones y que poseía ya una epopeya nacional en plena eflorescencia. La rota ó arpa pequeña de los cantores irlandeses resonó muy pronto en los festines de los barones venidos de Francia, y como acontece siempre, la música sirvió de vehículo á la poesía, despertando en los oyentes el deseo de conocer el sentido de las palabras. Establecida cierta especie de fraternidad entre bretones y normandos, gracias al odio común contra los sajones, quisieron los segundos conocer las tradiciones de los primeros, y muy pronto aparecieron en lengua latina obras de supuesto carácter histórico, pero llenas en realidad de ficciones poéticas, las cuales se suponían traducidas de antiquísimos libros gaélicos, y en mucha parte por lo menos debían de fundarse en cantos populares y en tradiciones no cantadas. Jofre de Monmouth, obispo de San Asaph (☨1154), fué el principal creador de esta pseudohistoria, y por decirlo así el Turpin de esta nueva epopeya.
Suya parece haber sido la invención del personaje de Merlín y de sus profecías, amplificando las predicciones de un cierto Ambrosio, citadas por el supuesto Nennio, y aprovechando el nombre mitológico de un antiguo poeta y encantador, llamado por los celtas Myrdhin. Pero el héroe principal de su Historia regum Britanniæ es el rey Artús, hijo de Uterpendragón, cuyas hazañas habían venido acrecentándose monstruosamente de boca en boca, y que aquí aparece ya, no sólo como vencedor de los sajones y dominador de toda Inglaterra, sino también de Escocia, Irlanda, Noruega y otros muchos países combatidos y allanados por sus invencibles caballeros, que hasta de la misma Roma se hubieran hecho dueños á no ser por la traición de Morderete, sobrino de Artús, que se rebeló contra él durante su ausencia y quiso usurparle su corona. Trábase sangrienta lid entre Morderete y Arturo, y sucumbe el primero; pero el segundo, mortalmente herido también, es trasladado por las hadas á la isla de Avalón, donde permanece oculto hasta el día en que volverá á rescatar su pueblo y á llenarle de gloria. Extraño mesianismo céltico, que en nuestra Península vemos reproducido en la creencia popular portuguesa relativa al rey don Sebastián.
Considerada la Crónica de Jofre de Monmouth como un libro histórico, y tenidas por auténticas las profecías de Merlín que su inventor hizo llegar hasta 1135, continuaron haciéndose de ellas aplicaciones á los sucesos contemporáneos, y los oscuros vaticinios del profeta cámbrico fueron consultados por muchas almas crédulas y supersticiosas con la misma fe que los oráculos de las Sibilas. El trabajo del obispo de San Asaph no es la fuente inmediata de los poemas franceses del ciclo bretón, que en su mayor parte se derivan de la tradición popular y no de la erudita; pero de ésta procede otro género de narraciones métricas, como el Bruto de Roberto Wace (1155), que no son sino la propia Historia regum Britanniæ puesta en verso francés. El número y variedad de estas traducciones indica la celebridad del libro, siendo de notar además que la leyenda bretona se va enriqueciendo con nuevos elementos poéticos al pasar por estos intérpretes y refundidores. Así, la Tabla Redonda, de que Monmouth no habla todavía, está ya en el Bruto de Wace.
Pero el verdadero camino por donde penetraron en el arte vulgar las fábulas de los bretones fué aquel género de poesía lírica, conocida con el nombre de lays de Bretaña, que conservaban no sólo las melodías, sino los temas de las antiguas canciones célticas, aunque estuviesen ya redactados en lengua francesa, que era la lengua oficial y cortesana de Inglaterra después de la conquista normanda. Sobre ellos dejaremos hablar al crítico más profundo y mejor informado de la literatura de Francia en la Edad Media, porque su hábil resumen caracteriza con pocos rasgos estos interesantes poemas[264].
«Tenemos unos veinte lays en versos de ocho sílabas (para nosotros de nueve), de los cuales quince por lo menos fueron compuestos por una mujer, María de Francia, que habiéndose establecido en Inglaterra, donde aprendió el bretón ó por lo menos el inglés (puesto que estos lays de Bretaña parecen haber sido adoptados ya por los sajones), puso en versos amables y sencillos algunos de estos dulces relatos durante el reinado de Enrique II (Plantagenet). Son fábulas de aventuras y de amor, en que intervienen con frecuencia hadas, maravillas, transformaciones; se habla más de una vez del país de la inmortalidad, á donde las hadas conducen y retienen cautivos á los héroes; se menciona á Artús, en cuya corte suele ponerse la escena, y también á Tristán. Pueden descubrirse allí vestigios de una antigua mitología, por lo común mal comprendida y casi imposible de reconocer; reina en general un tono tierno y melancólico, al mismo tiempo que una pasión desconocida en las canciones de gesta; por otra parte, los personajes de los cuentos célticos aparecen transformados en caballeros y damas. Los más célebres ó los más bellos de los lays de María son los de Lanval (un caballero amado por una hada, que acaba por llevarle á sus misteriosos dominios), de Iwenec (que viene á ser el cuento de El Pájaro Azul), del Fresno (emparentado con la historia de Griselidis), de Bisclavret (que es una historia de licantropía), de Tidorel (amores de una reina con un misterioso caballero del lago), de Éliduc (doble amor de un caballero, resurrección de una de sus dos amigas y resignación de la otra), de Guingamor (estancia de un caballero en el país de las hadas, donde trescientos años se le pasan como tres días), de Tiolet (historia del matador de un monstruo, á quien un rival quiere arrebatar por fraude el premio de su victoria; relato ya conocido en la epopeya griega), de Milón (combate de un padre contra su hijo), etc. Entre los lays que no son de María (algunos más antiguos que los suyos) citaremos Graelent (el mismo asunto que Lanval), Melion (asunto semejante al de Bisclavret), Guiron é Ignaura (que desarrollan el tema del marido celoso que hace comer á su esposa el corazón de su amante), el Cuerno en que no podían beber más que los maridos de las mujeres fieles (encantador poemita, en la forma rara de versos de seis sílabas (siete), compuesto en el siglo XII por el anglonormando Roberto Biket; el cuento del manto corto es una variante del mismo tema, rimada más tarde en Francia), etc.».
Aunque en tesis general no puede dudarse que los lays de Bretaña son la célula lírica de los poemas del ciclo de la Tabla Redonda, es cierto que con los lays existentes ahora no se explica ninguno de los grandes ciclos: hay que suponer otros muchos cantos que se perdieron. Ya en 1150 estaba formada y al parecer completa la leyenda de Tristán, sobre la cual se compuso en Inglaterra el poema de Béroul, del cual se conservan fragmentos, que en muchas cosas difieren de la versión alemana hecha en 1175 por Eilhart de Oberg, lo cual demuestra que éste se valió de un original distinto. Como otros muchos héroes de la epopeya céltica, Tristán de Leonís tiene orígenes mitológicos, y es patente la semejanza de algunas de sus aventuras con las que atribuyeron los griegos á Teseo. Así como éste triunfó del Minotauro que infestaba el Ática exigiendo tributo de mancebos y doncellas, así Tristán combate al monstruo irlandés (el Morhout) que exigía igual tributo del país de Cornualles. Por una funesta equivocación del piloto de la nave de Teseo, que trocó la vela blanca por la negra, se precipita su padre Egeo en las ondas del mar á que dió su nombre; por una equivocación semejante de Tristán, engañado por su celosa mujer, se extingue en él el aliento vital que á duras penas conservaba, y expira antes que Iseo llegue al puerto. Ni son estas solas las semejanzas clásicas: el rey Marco tiene orejas de caballo, como Midas orejas de asno, y el secreto del primero es revelado por su enano, como el del segundo por su barbero. El arco de Tristán es infalible y no yerra nunca el blanco, como el de Céfalo. Y hasta la muerte de Iseo sobre el cadáver de Tristán recuerda la de Enone sobre el cadáver de Paris en circunstancias muy análogas. Tan extraordinarias analogías no pueden explicarse de ninguna manera por una comunicación literaria que sería enteramente inverosímil, ni acaso tampoco por la simple transmisión oral, que tantos casos de folk-lore resuelve, sino que es preciso recurrir á la antigua pero todavía no arruinada hipótesis que reconoce un fondo común de mitos y tradiciones en la raza indo-europea antes de la separación de helenos y celtas.
Pero muchos de estos elementos son adventicios y ninguno es esencial en la leyenda. Sea ó no Tristán un dios solar; sean ó no las dos Iseos representación simbólica del día y de la noche, ó del verano y del invierno (según la cómoda y pueril teoría que por tanto tiempo sedujo y extravió á los cultivadores de la mitología comparada), lo que importa en él es la parte humana de la leyenda: su amor y sus desdichas; el filtro mágico que bebió juntamente con la rubia Iseo y que determinó la perpetua é irresistible pasión de ambos, mezcla de suprema voluptuosidad y de tormento infinito; la vida solitaria que llevan en el bosque; la herida envenenada que sólo Iseo podría curar; la apoteosis final del amor triunfante sobre los cuerpos exánimes de los dos amantes enlazados en el postrer abrazo y no separados ni aun por la muerte, puesto que se abrazan también las plantas que crecen sobre sus sepulturas.
«En el concierto de mil voces de la poesía de las razas humanas (ha dicho admirablemente Gastón París), el arpa bretona es la que da la nota apasionada del amor ilegítimo y fatal, y esta nota se propaga de siglo en siglo, encantando y perturbando los corazones de los hombres con su vibración profunda y melancólica... Una concepción del amor, tal como no se encuentra antes en ningún pueblo, en ningún poema; del amor ilícito, del amor soberano, del amor más fuerte que el honor, más fuerte que la sangre, más poderoso que la muerte; del amor que enlaza dos seres con una cadena que todos los demás y ellos mismos no pueden romper; del amor que los sorprende á pesar suyo, que los arrastra al crimen, que los conduce á la desdicha, que los lleva juntos á la muerte, que les causa dolores y angustias, pero también goces y delicias incomparables y casi sobrehumanas; esta concepción dolorosa y fascinadora nació y se realizó entre los celtas en el poema de Tristán é Iseo»[265].
Hemos dicho que nada subsiste de los textos primitivos de esta leyenda; pero la rudeza de algunos detalles y la ausencia de todo rasgo de cristianismo permiten atribuirla remota antigüedad, inclinándose el mismo G. París á creer que recibió su última forma céltica en el siglo X. Los poetas franceses del siglo XII no le prestaron más que la lengua, y hasta parece seguro que se inspiraron en poemas ingleses intermedios; el nombre mismo de Lovedranc, dado á la fatal bebida, indica este origen, confesado además por el traductor anglo-normando del poema Waldef. Aunque nada quede de los lais de Tristán, consta no sólo que existieron y que eran tenidos por los mejores, sino que se atribuían al mismo Tristán, á quien la tradición proclamaba el más diestro tañedor de arpa y de rota, al mismo tiempo que el primer corredor y luchador, el primer esgrimidor de espada y tirador de arco, el más diestro de los cazadores y el más hábil en cortar y preparar la carne de las bestias muertas en la caza. En inglés estaba el lai del gotelef que recogió María de Francia, y en que el mismo Tristán compara su amor y el de Iseo con el indestructible entrelazamiento de la madreselva y el avellano, comparación poética que acaso explica uno de los episodios más bellos entre los que fueron sobreponiéndose al núcleo de la leyenda. Otros dos lais, al parecer posteriores, contienen en germen el episodio de la locura de Tristán. Fuese únicamente por Inglaterra, fuese también por la Bretaña francesa y por medio de los cantores de la península armoricana (lo cual es verosímil, pero no se ha probado hasta ahora), al siglo XII hay que referir la plena eflorescencia de esta historia de amor y su difusión universal, atestiguada no sólo por los poemas franceses, sino por las referencias de los trovadores provenzales y por las traducciones en alemán y noruego. Hemos mencionado ya los fragmentos del poema de Béroul y la imitación alemana de su texto perdido; tampoco se conserva el poema de Cristián de Troyes, que fué el más fecundo de los autores de este período. Pero existe, y es la obra más bella de este ciclo y una de las más bellas de la poesía de la Edad Media, el poema del anglo-normando Tomás, que dice fundarse en el relato de un bretón, llamado Breri. El poema de Tomás, aunque escrito en francés (como era de rigor entonces) representa lo que G. París llama la versión inglesa en oposición á la francesa, á la cual pertenecen no sólo los textos citados hasta ahora, sino la prolija novela en prosa, amplificada y refundida varias veces durante el siglo XIII, y hasta las representaciones frecuentes de episodios de este ciclo en obras de la escultura y de las artes decorativas, especialmente en cofres y espejos. Pero el poema de Tomás, aunque menos divulgado, tiene un valor estético muy superior por el profundo sentimiento que en él rebosa, y ha logrado una fortuna, si menos popular, no menos envidiable. Ninguno de los cinco manuscritos que se conservan de él ofrece un texto completo; pero conocemos íntegra su materia poética por la traducción en prosa noruega que hizo en 1226 el monje Roberto para uso del rey Hakon; por otra en verso inglés del siglo XIV, y sobre todo por el poema alemán de Gotfrido ó Gotofredo de Strasburgo, en el cual se inspiró el genio sombrío y tempestuoso de Ricardo Wagner para la obra inmortal que con más fascinador y penetrante hechizo consagra las nupcias del amor y la muerte. En el enorme libro de caballerías francés (al cual sirvió de base el poema perdido de Cristián), la historia de Tristán es una anécdota galante y liviana, propia para entretener los ocios de una sociedad culta y mal avenida con la rigidez de los deberes conyugales; la melancólica leyenda céltica se reduce casi á un fabliau, más tierno y menos picante que otros, envuelto en ciertas nubes de galantería equívoca, esbozándose ya los convencionales tipos del perfecto amador y de la perfecta dama. En Tomás y sus imitadores la parte trágica de la leyenda recobra su dolorosa eficacia, que en el arte místico-sensual de Wagner llega hasta los linderos de la conmoción patológica: escollo inevitable en la profunda inmoralidad del asunto, que es, dicho sin ambages, no sólo la glorificación del amor adúltero y de la pasión rebelde á toda ley divina y humana, sino la aniquilación de la voluntad y de la vida en el más torpe y funesto letargo, tanto más enervador cuanto más ideal se presenta.
Además de esta febril poesía del delirio amoroso trajeron á la literatura moderna los cuentos de la materia de Bretaña un nuevo ideal de la vida que se expresa bien con el dictado de Caballería andante. Los motivos que impulsaban á los héroes de la epopeya germánica, francesa ó castellana, eran motivos racionales y sólidos, dadas las ideas, costumbres y creencias de su tiempo; eran perfectamente lógicos y humanos, dentro del estado social de las edades heroicas. Los motivos que guían á los caballeros de la Tabla Redonda son, por lo general, arbitrarios y fútiles; su actividad se ejercita ó más bien se consume y disipa entre las quimeras de un sueño; el instinto de la vida aventurera, de la aventura por sí misma, los atrae con irresistible señuelo; se baten por el placer de batirse; cruzan tierras y mares, descabezan monstruos y endriagos, libertan princesas cautivas, dan y quitan coronas, por el placer de la acción misma, por darse el espectáculo de su propia pujanza y altivez. Ningún propósito serio de patria ó religión les guía; la misma demanda del Santo Grial dista mucho de tener en los poemas bretones el profundo sentido místico que adquirió en Wolfram de Eschembach. La acción de los héroes de la Tabla Redonda es individualista, egoísta, anárquica. Aunque la corte del rey Arturo sirva materialmente de centro, esta agrupación es exterior y ficticia; al principio cada uno de estos lais gozaba de vida independiente. El caballero de los leones, el de las dos espadas, Erec, Fergus, Ider, Guinglain, hijo de Gauvain, y tantos otros tenían cada uno su biografía aparte, pero no todas llegaron al punto de desarrollo que la de Tristán, la de Perceval y la de Lanzarote[266]. En todas ellas se describe un mundo caballeresco y galante, que no es ciertamente el de las rudas y bárbaras tribus célticas á quienes se debió el germen de esta poesía, pero que corresponde al ideal del siglo XII, en que se escribieron los poemas franceses, y al del XIII, en que se tradujeron en prosa; mundo ideal, creado en gran parte por los troveros del Norte de Francia, no sin influjo de las cortes poéticas del Mediodía, donde floreció antes que en ninguna parte la casuística amatoria y extendió su vicioso follaje la planta de la galantería adulterina. Pero si era cosa corriente entre los trovadores y las grandes damas de Provenza la teoría del amor cortés y su incompatibilidad con el matrimonio, y es cierto que esta liviana tendencia se asoció de buen grado á las narraciones bretonas, en que casi siempre ardía la llama del amor culpable, nunca esos frívolos devaneos pueden confundirse con la intensa y desgarradora pasión que sólo el alma céltica parece haber poseído en el crepúsculo de las nacionalidades modernas. Lo accesorio, lo decorativo, el refinamiento de las buenas maneras, las descripciones de palacios, festines y pasos de armas, la representación de la corte del rey Artús, donde toda elegancia y bizarría tiene su asiento, es lo que pusieron de su cuenta los imitadores, y lo que por ellos transcendió á la vida de las clases altas, puliéndola, atildándola y afeminándola del modo que la vemos en los siglos XIV y XV. Los nuevos héroes diferían tanto de los héroes épicos como en la historia difieren el Cid y Suero de Quiñones. Y aun vinieron á resultar más desatinados en la vida que en los libros, porque los paladines de la postrera Edad Media no tenían ni la exaltación imaginativa y nebulosa, ni la pasión indómita y fatal, ni el misterioso destino que las leyendas bretonas prestaban á los suyos, y de que nunca, aun en las versiones más degeneradas, dejan de encontrarse vestigios.
El más fecundo de los poetas que en Francia explotaron durante el siglo XII la materia de Bretaña fué Cristián de Troyes, que además de su Tristán, ya citado, y de otros poemas como Erec, Cliges, Ivain ó El caballero del León, compuso por los años de 1170 el Cuento de la carreta ó de Lancelot (Lanzarote), cuyo asunto le había comunicado la condesa María de Champagne, hija del rey de Francia Luis VII y de la reina Leonor de Poitiers, y en 1175, Perseval ó el Cuento del Graal, valiéndose de un libro anglonormando que le había prestado Felipe de Alsacia, conde de Flandes. Ambas ficciones se cuentan entre las más célebres y capitales de este ciclo, y no contribuyó poco á vulgarizarlas el talento de estilo con que las refirió Cristián, que pasa por el mejor poeta francés de su tiempo.
Perceval, así en los cuentos bretones y anglo-normandos como en el poema de Cristián de Troyes, que terminó después de él Godofredo de Lagni, distaba mucho de tener el sentido religioso y la transcendencia que luego alcanzó, especialmente en el gran poema que los alemanes se atreven á colocar muy cerca de la Divina Comedia. En uno de los mabinogion gaélicos, el de Peredur, hay ciertamente una lanza misteriosa, de la cual manan tres gotas de sangre, y una vasija ó plato grande en que nada la cabeza ensangrentada de un hombre; pero estos fúnebres objetos, cuya declaración se hace sólo al final de la leyenda, no envuelven ningún enigma religioso; con la lanza fué herido un tío de Peredur, y la cabeza era la de uno de sus primos, inmolado por las hechiceras de Kerlow. En un poema inglés del siglo XIV, Sir Percivall, derivado probablemente de otro anglo-normando mucho más antiguo, no hay el menor rastro del plato ni de la lanza y la historia es mucho más sencilla. Perceval, educado por su madre lejos del mundo y en la ignorancia de la vida caballeresca, para librarle de la triste suerte de su padre, muerto en un torneo por su émulo el caballero Rojo, monta un día en pelo una yegua salvaje, y armado de una azagaya ó dardo escocés de los más rudos se dirige á la corte del rey Artús, toma venganza del matador de su padre, y después de extraordinarias aventuras se casa con una princesa á quien había libertado de sus enemigos, y rescata á su madre aprisionada por las artes de un maligno encantador. El Perceval inglés es un poema biográfico, y todo el interés consiste en la pintura del campeón salvaje y su repentina aparición en la corte de Artús, con circunstancias que recuerdan algo las mocedades de Roldán en leyendas carolingias muy tardías.
Cristián de Troyes siguió una versión mucho más parecida al mabinogion céltico, pero no sabemos lo que pensaba hacer con el plato y la lanza que Perceval encontró en el castillo del rey Pescador, el cual no podía ser curado de su dolencia mientras un novel caballero no le interrogase sobre el sentido de aquellos objetos. Perceval, que debía de ser muy poco curioso, no le preguntó nada, y como Cristián de Troyes no acabó su poema, dejó abierto el campo á todas las continuaciones posibles. Hubo una de autor anónimo, que más que historia de Perceval es historia de Gauvain (Galván), sobrino del rey Artús. Otra, de Gaucher de Dourdan, quedó incompleta también y recibió nada menos que tres finales diferentes, entre los que obtuvo la preferencia de los lectores el de un poeta llamado Mennesier, que por los años de 1220 dedicó su trabajo á la condesa Juana de Flandes. Unidas estas continuaciones á otra de Gerberto de Montreuil, llegan en algunos manuscritos al enorme número de 63.000 versos. En estos rapsodas que prosiguieron la obra de Cristián de Troyes se presenta, aunque no enteramente desarrollada, la interpretación religiosa del santo Graal. Perceval encuentra en Viernes Santo una compañía de piadosos varones, que le exhortan á hacer penitencia de sus pecados y vida mundana; se confiesa con un ermitaño, que resulta ser su tío materno, y siguiendo sus instrucciones vuelve al castillo del rey Pescador, que, contestando á sus preguntas, le declara todas las maravillas de la lanza sangrienta y del plato misterioso. Muere á poco tiempo, y Perceval hereda tan prodigiosos objetos, con los cuales, se retira á una ermita, donde hace austera penitencia, hasta que el día mismo de su muerte son arrebatados milagrosamente á los cielos la lanza y el Graal, sin que después se los haya vuelto á ver en la tierra. La leyenda dió un paso más cuando uno de los autores ó interpoladores de la primera continuación identificó la lanza con la de Longinos, y afirmó que el Graal era el vaso en que José de Arimatea había recogido la sangre del Crucificado. De aquí procedían todas sus virtudes milagrosas: tenía el don de curar las heridas, de llenarse de los manjares más exquisitos á voluntad de su dueño, y finalmente, procuraba todos los bienes de la tierra y del cielo; pero para acercarse á él era menester estar en gracia, y sólo un sacerdote podía declarar sus maravillas. En el pensamiento de los troveros el Graal parece haber sido un símbolo eucarístico. La caldera mágica de los bretones nada tiene que ver con ella, ni es posible admitir la hipótesis de Villemarqué, repetida por Renán, según los cuales el Graal primitivo era una supervivencia de la antigua mitología, una especie de símbolo francmasónico, que se conservó en el país de Gales mucho tiempo después de la predicación del Evangelio y que luego se fué cristianizando lentamente dentro de la misma raza kímrica. Porque la verdad es que ni los mabinogion bretones ni los más antiguos poemas franceses presentan indicios de semejante transformación, ni encierran nada que no sea esencialmente profano. La metamorfosis de Perceval en caballero espiritual no se cumplió hasta principios del siglo XIII, y no puede contarse entre las creaciones originales del genio céltico, mientras no se pruebe mejor que lo ha sido hasta ahora la existencia de una visión sobre José de Arimatea y el plato de la Cena, escrita en el siglo VIII por un ermitaño bretón.
El desarrollo completo de la leyenda del Santo Graal se encuentra en una especie de trilogía compuesta por Roberto de Boron, poeta del siglo XIII, nacido en el Franco-Condado. En la primera parte (José de Arimatea) narra el origen, consagración y prodigiosas virtudes de la santa reliquia; en la segunda (Merlín) convierte en verídico profeta á este hijo del diablo y le hace anunciar las maravillas futuras; en la tercera refiere cómo Perceval hizo la demanda y conquista del plato sagrado, y cómo éste fué transportado al cielo después de su muerte. Se ha perdido el tercero de estos poemas y gran parte del segundo, pero queda de todos ellos una redacción en prosa. Lo mismo sucede con otra Demanda del Santo Graal, de autor anónimo, en que intervienen, además de Perceval, Gauvain y Lanzarote, sin que ninguno de ellos, por sus aventuras mundanas, pueda alcanzar la posesión de la sagrada reliquia, reservada sólo para la pureza de Perceval. Pero no faltó quien le despojase de esta palma en favor de Galaad, hijo de Lanzarote, y hubo una nueva Demanda del Santo Graal, falsamente atribuida á Roberto de Boron, y de la cual tendremos que volver á hablar, porque fué traducida al portugués y se incorporó también con el Lanzarote castellano, y uno y otro con el Merlín.
De intento hemos prescindido del poema de Wolfram de Eschenbach, porque fué enteramente desconocido fuera de los países germánicos y por ser obra de altísima y soberana originalidad en todo lo que no es imitado ó traducido de Cristián de Troyes, único modelo francés que parece haber tenido presente, puesto que el provenzal Kyot, á quien cita, puede ser un personaje imaginario. Wolfram se apoderó del cuento céltico para transformarlo, creando una epopeya mística, que es, sin duda, una de las más poderosas inspiraciones de la poesía cristiana, y sea cual fuere la rudeza de la forma, una de las pocas obras de la Edad Media que tienen valor perenne y universal. Parece indudable que en la milicia que custodiaba el Santo Graal en el castillo de Montsalvatge, quiso representar el poeta alemán la Orden de los Templarios; pero el simbolismo de la obra es mucho más transcendental y solemne, puesto que abarca la totalidad del destino humano, con los misterios del pecado original, de la Redención y de la presencia real de Cristo en la Eucaristía. El poeta, lleno á la vez de pavor y reverencia, no toca directamente tan altas materias; huye de exponer el dogma teológico; sus representaciones, figuras y alegorías pertenecen al mundo corpóreo, pero aparecen bañadas por un reflejo de aquella luz sobrenatural que Parcival vió en el castillo del rey Amfortas salir de un disco formado de una sola piedra preciosa, más rutilante que el sol. Sólo en las profundidades del alma germánica, sedienta siempre de lo infinito, pudo renovarse así y florecer con tan espléndida primavera poética lo que en su origen había sido poco más que un cuento de hechicerías. La influencia grave y religiosa del poema de Wolfram de Eschembach, que fué muy leído y admirado por los románticos alemanes, no fué indiferente en la reacción religiosa del primer tercio del siglo XIX; penetró en sus imitadores, hasta en los menos ortodoxos, y puso su sello en la última de las obras de Wagner, que es, sin duda, la menos pesimista y la más luminosa y serena de todas las suyas: el drama de Parsifal, expresión artística de su doctrina de la regeneración.
El tercero de los grandes temas de la epopeya bretona fué el de Lanzarote y Ginebra. Las raíces de esta leyenda se ocultan en el subsuelo de la mitología céltica como las del Tristán. Lanzarote del Lago (Lancelot), libertando á la reina Ginebra, robada por «el rey del país de donde nadie vuelve», es decir, por el rey de los muertos, y teniendo que atravesar para ello un río de fuego, sobre un puente tan estrecho como el filo de una espada, recuerda en seguida el rapto de Proserpina por Plutón, el descenso de Teseo y Piritoo á los infiernos. Pero ese sentido se borró muy pronto, y Lanzarote quedó convertido en un personaje enteramente humano, uno de tantos héroes de la Tabla Redonda, criado por una hada ó dona del lago, de quien tomó el nombre. Un poema anglo-normando, del cual sólo se conoce una traducción alemana hecha á fines del siglo XII por Ulrico de Zatzikhoven, contó sus aventuras en las ciudades de Limors y Chadilimort y sus amores con las bellas princesas Ada é Iblis, sin mentar para nada á la reina Ginebra. Esta debió su celebridad á Cristián de Troyes, que en su Roman de la Charrette, comenzado en 1190, y que terminó Godofredo de Lagni, concedió largo espacio á la relación de aquellos adúlteros amores. El título del poema se funda en el célebre episodio de haber subido Lanzarote á una carreta para ir en seguimiento de la reina, siendo tal género de vehículo deshonroso desde el punto de vista caballeresco. La novela de Lanzarote en prosa francesa, compuesta á principios del siglo XIII, tiene por base el poema de Cristián de Troyes, pero muy amplificado con ayuda de la crónica latina de Monmouth y con otros libros, hasta formar una historia seguida de la Tabla Redonda, que termina con la última batalla en que desapareció el rey Artús y con el hundimiento de su reino y corte poética. En 1220 este Lanzarote prosaico fué refundido é incorporado con el Merlín y con una de las Demandas del Santo Grial, aquella en que el protagonista es Galaad, hijo de Lanzarote, soldándose así, de un modo artificial, ambos temas, que eran de todo punto independientes al principio. Esta redacción es la que en algunos manuscritos lleva el nombre del célebre arcediano de Oxford Gualtero Map, á quien también se han atribuido, con más ó menos fundamento, gran número de poesías latinas rítmicas, del género satírico y goliárdico. Pero en cuanto á los libros de caballerías citados, todo induce á creer que fueron escritos en Francia y no en Inglaterra, y en fecha muy posterior á Gualtero Map, que murió á fines del siglo XII.
Mencionaremos, finalmente, por la rara circunstancia de haberse perdido el texto francés y conservarse sólo una versión española, que citaremos luego, el Baladro del sabio Merlín (conte du brait), atribuido á un tal Elías de Boron. Toma su nombre este libro del baladro ó grito espantoso que dió Merlín al encontrarse encantado y encerrado en un espino por las malas artes de su amada Viviana.
Puede decirse que toda esta enorme literatura estaba completa á mediados del siglo XIII y empezaba á ser organizada en vastas compilaciones. Por los años de 1270, el italiano Rusticiano, de Pisa (de quien es una de las redacciones del viaje de Marco Polo), hizo en prosa francesa un extracto de todos los poemas de este ciclo, la cual fué muy pronto traducida al italiano. El entusiasmo con que fueron recibidos allí igualó al que antes habían despertado la epopeya del Norte de Francia y la poesía lírica de Provenza:
Versi d'amore e prose di romanzi...
Dante (De vulgari eloquentia) alega como privilegio de la «fácil, deleitable y vulgar lengua de oil», el cultivo de la prosa y lo mucho que en ella se había traducido, así las gestas de Romanos y Troyanos como las bellísimas aventuras (ambages pulcherrimæ) del rey Artús[267]. Su maestro Bruneto Latini tomaba del Tristán ejemplos de estilo. Finalmente, el efecto trastornador de la muelle y lánguida poesía de dichos libros, no en vano mirados con recelo por los antiguos moralistas, quedó consignado para la inmortalidad con rasgos de fuego en el episodio de Francisca de Rímini:
Noi leggevamo un giorno per diletto di Lancilotto come amor lo strinse... Per più fiate gli ochi ci sospinse quella lettura e scolorocci 'l viso... Quando leggemmo il disiato riso Esser baciato da cotanto amante... Galeotto fu il libro e chi lo scrisse: quel giorno più non vi leggemmo avante.
Menos rápida que en Italia, y mucho menos, por supuesto, que en el centro de Europa, fué la introducción de estas ficciones en España. Oponíanse á ello, tanto las buenas cualidades como los defectos y limitaciones de nuestro carácter y de la imaginación nacional. El temple grave y heroico de nuestra primitiva poesía; su plena objetividad histórica; su ruda y viril sencillez, sin rastro de galantería ni afeminación; su fe ardiente y sincera, sin mezcla de ensueños ideales ni resabios de mitologías muertas (salvo la creencia, no muy poética, en los agüeros), eran lo más contrario que imaginarse puede á esa otra poesía, unas veces ingeniosa y liviana, otras refinadamente psicológica ó peligrosamente mística, impregnada de supersticiones ajenas al cristianismo, la cual tenía por teatro regiones lejanas y casi incógnitas para los nuestros; por héroes, extrañas criaturas sometidas á misterioso poder; por agentes sobrenaturales, hadas, encantadores, gigantes y enanos, monstruos y vestiglos, nacidos de un concepto naturalista del mundo que nunca existió entre las tribus ibéricas ó que había desaparecido del todo; por fin y blanco de sus empresas, el delirio amoroso, la exaltación idealista, la conquista de fantásticos reinos, ó á lo sumo la posesión de un talismán equívoco, que lo mismo podía ser instrumento de hechicería que símbolo del mayor misterio teológico. Añádase á esto la novedad y extrañeza de las costumbres, la aparición del tipo exótico para nosotros del caballero cortesano; el concepto muchas veces falso y sofístico del honor, y sobre todo esto el nuevo ideal femenino: la intervención continua de la mujer, no ya como sumisa esposa ni como reina del hogar, sino como criatura entre divina y diabólica, á la cual se tributaba un culto idolátrico, inmolando á sus pasiones ó caprichos la austera realidad de la vida; con el perpetuo sofisma de erigir el orden sentimental en disciplina ética y confundir el sueño del arte y del amor con la acción viril.
Las precedentes observaciones se aplican, no solamente á Castilla, sino á Cataluña, donde tampoco arraigó esta alambicada y galante caballería, á pesar de ser conocidos allí desde antiguo los asuntos del ciclo bretón, gracias á la poesía de los trovadores provenzales, algunos de los cuales tuvieron á Cataluña por patria. Basta recordar la célebre poesía de Giraldo de Cabrera, dirigida al juglar Cabra por los años de 1170 (reinado de Alfonso II de Aragón), en la cual se enumeran las narraciones poéticas más en boga, para encontrar, á la vez que alusiones á la música de los Bretones:
Non sabz finir Al mieu albir, A tempradura de Breton,
expresamente designados, varios temas de este ciclo: el de Erec, que conquistó el gavilán:
Ni sabs d'Erec Con conquistec L'espervier for de sa rejon...
el de Tristán é Iseo:
Ni de Tristan C'amava Iceut a lairon...
el de Gauvain:
Ni de Guavaing Qui ses conpaing Fazia tanta venaison...
y probablemente el de Lanzarote, aunque está menos claro:
Ni d'Arselot la contençon...[268]
Pero á pesar de estas y otras varias referencias, tanto en la poesía provenzal como en la catalana propiamente dicha, y á pesar de la frecuencia con que los libros franceses de la materia de Bretaña se encuentran registrados en los inventarios de las bibliotecas de los príncipes, pues vemos que el rey Don Martín poseía las Profacies de Merlin en francés (núm. 71 de su catálogo) y el Príncipe de Viana un Sangreal y un Tristán de Leonís (núms. 36 y 38) en la misma lengua, apenas se conoce traducción catalana de ninguno de ellos, aunque consta que las hubo por este pasaje terminante de la novela de Curial y Güelfa, escrita en el siglo XV: «En aquest libre se fa mencio de cavallers errants, jatsia que es mal dit errants, car deu hom dir caminants. Empero yo vull la manera de aquells cathalans qui trasladaren los libres de Tristan e de Lançarote e tornaren los de la lengua francesa en lengua cathalana, e tots temps digueren cavallers errants»[269].
Había, no obstante, una región de la Península donde, ya por oculta afinidad de orígenes étnicos, ya por antigua comunicación con los países celtas, ya por la ausencia de una poesía épica nacional que pudiera contrarrestar el impulso de las narraciones venidas de fuera, encontraron los cuentos bretones segunda patria, y favorecidos por el prestigio de la poesía lírica, por la moda cortesana, por el influjo de las costumbres caballerescas, despertaron el germen de la inspiración indígena, que sobre aquel tronco, que parecía ya carcomido y seco, hizo brotar la prolífica vegetación del Amadís de Gaula, primer tipo de la novela idealista española. Fácilmente se comprenderá que aludo á los reinos de Galicia y Portugal, de cuyo primitivo celticismo (á lo menos como elemento muy poderoso de su población, y también de la de Asturias y Cantabria) sería demasiado escepticismo dudar, aunque de ningún modo apadrinemos los sueños y fantasías que sobre este tópico ha forjado la imaginación de los arqueólogos locales. Si no se admite la persistencia de este primitivo fondo, no sólo quedan sin explicación notables costumbres, creencias y supersticiones vivas aún, y casos de atavismo tan singulares como el renacimiento del mesianismo de Artús en el rey Don Sebastián, sino que resulta enigmático el proceso de la literatura caballeresca, que tan profundamente arraigó allí, que conquistó sin esfuerzo las imaginaciones como si estuviesen preparadas para recibirla y que fué imitada con tanta originalidad á la vuelta de algunas generaciones.
También fué allí la poesía lírica el vehículo de las tradiciones galesas y armoricanas. Existía en la región galaicoportuguesa una escuela lírica que por cerca de dos siglos impuso sus formas y hasta su lengua, no sólo á los trovadores del Noroeste, sino á los del centro de la Península. Son raras en estos poetas las alusiones literarias, pero hay algunas al ciclo bretón y han sido recogidas ya varias veces. Nuestro rey Alfonso el Sabio citaba á Tristán al lado de Paris para ponderar el exceso de su pasión:
Ca ja Paris D'amor non foi tan coitado, Nen Tristan Nunca soffren tal afan, Nen soffren quantos son nen seerán.
Su nieto D. Diniz comparaba uno de sus innumerables amores con el de Tristán é Iseo, á la vez que con el de Flores y Blanca Flor:
...e o mui namorado Tristan sei ben que non amou Iseu Quant'eu vos amo, esto certo sei eu.
Su escribano, ó secretario de la poridad, Esteban de la Guarda, hablaba de la muerte de Merlín y de las grandes voces que dió al sentirse encantado:
A tal morte de qual morreu Merlin, O dara voces fazendo sa fin...
Gonzalo Eannes de Vinhal habla de los cantares de Cornoalha.
Pero nada de esto importa tanto como la existencia de cinco composiciones líricas, de cinco Lays de Bretanha, con los cuales se abre uno de los dos grandes cancioneros galaico-portugueses de Roma: el apellidado Colocci-Brancuti, por los nombres de sus poseedores, antiguo y moderno[270]. Tres de estos lays son traducciones libres del francés, como ha probado con admirable pericia crítica y filológica Carolina Michaëlis de Vasconcellos[271]; en los otros dos puede afirmarse igual origen, aunque la imitación no sea tan directa. Trátase de dos sencillas baladas (canciones de baile), que, á no ser por las rúbricas que las acompañan, no se distinguirían mucho de otras poesías semipopulares del mismo género que en gran número figuran en los cancioneros gallegos. Pero la primera, puesta en boca de cuatro doncellas que la cantaban para burlarse de Marot de Irlanda (el raptor Morhout, vencido por Tristán), se dice expresamente que fué «tornada em lenguagem (esto es, en portugués) palavra por palavra:
O Marot aja mal grado, Porque nos aqui cantando Andamos tan segurando A tan gran sabor andando! Mal grado aja! que cantamos E que tan en paz dançamos...
La antigüedad de este lai debe de ser grande, puesto que el compilador del cancionero portugués dice: «esta cantiga é a primeira que achamos que foi feita. La otra balada, que comienza:
Ledas sejamos ogemais! E dancemos! Pois nos chegou E o Deos con nosco jontou, Cantemos-lhe aqueste lais!
y tiene por estribillo:
«Ca este escudo é do melhor Omen que fez Nostro Senhor»,
se refiere á la historia de Lanzarote y Ginebra: «Este lai hicieron las doncellas á don Ansaroth (sic) cuando estaba en la isla de la Alegría; cuando la reina Ginebra le halló con la hija del rey Peles y le prohibió que volviese á comparecer delante de ella».
De los otros tres lais existen los originales franceses en varios manuscritos del Tristán, pero se ve que en todos ellos el traductor procedió con gran libertad, amplificando unas veces, abreviando otras, cambiando los versos de nueve sílabas en versos de ocho y amoldando las estrofas al tipo lírico de los trovadores peninsulares. Estos lais se ponen en boca del mismo Tristán: «Don Tristan o Namorado fez esta cantiga:»—Este lais fez Elis o Baço, que foi duc de Sansonha, quando passou aa Gran Bretanha, que ora chaman Inglaterra. E passou la no tempo de rei Artur, pera se combater con Tristan, porque lhe matara o padre en ūa batalha. E andando un día en su busca, foi pela Joyosa-Guarda u era a Rainha Iseu de Cornoalha. E viu a tan fremosa que adur lhe poderia omen no mundo achar par. Enamorouse enton d'ela e fez por ela este lais».
El haber sido traducidos dentro del siglo XIII[272] estos poemitas líricos, que apenas podían ser comprendidos sin la lectura de las novelas en prosa, donde fueron primitivamente intercalados, prueba hasta qué punto era familiar á los trovadores gallegos y portugueses la materia de Bretaña. Por otro camino lo comprueban las tradiciones que el conde D. Pedro de Barcelos, hijo bastardo del rey D. Dionis, de Portugal, recogió á mediados del siglo XIV en su famoso Nobiliario, que pasa comúnmente por el más antiguo de la Península, si bien fué precedido por otros dos más breves, y también portugueses: el llamado Libro Velho y el fragmento que anda unido al Cancioneiro de Ajuda[273].
El libro de D. Pedro, como todos los nobiliarios, ha llegado á nosotros estragadísimo; aun en el famoso códice de la Torre do Tombo, que no es más que de principios del siglo XVI. Herculano llega á decir que el Libro de Linajes, en su estado actual, tiene tanto del conde D. Pedro como de diez ó veinte sujetos diversos, de cuyos nombres se duda, y que en varias épocas le enmendaron, acrecentando y disminuyendo, para servir intereses y vanidades de las familias[274]. Pero esta falsificación interesada de nombres y apellidos no es verosímil que trascendiese ni á las importantes y características anécdotas históricas que el Nobiliario contiene, y que arrojan inesperada y siniestra luz sobre la vida doméstica de los tiempos medios, ni á las consejas fabulosas que son harto poéticas para haber nacido de la pedestre y mercenaria musa heráldica. Hay algunas leyendas que parecen indígenas, y son acaso páginas preciosas del folk-lore peninsular. Dos de ellas, la de la dama pie de cabra y la de la mujer marina, localizadas una y otra en el Norte de España, son de carácter fantástico y guardan acaso vestigios de supersticiones antiquísimas. Trae la primera el conde D. Pedro, al tratar del origen de los señores de Vizcaya; la segunda en la genealogía de los caballeros Mariños de Galicia.
Todo el mundo conoce la primera en la forma elegante y romántica que la dió Alejandro Herculano. Los elementos de esta fábula son simplicísimos, y no es difícil encontrarle paradigmas en otras historias de demonios íncubos y de caballos alados. Si la fantasía popular localizó tales prodigios en Vasconia, es porque se la consideraba como tierra clásica de brujerías, y lo era aún á principios del siglo XVII, aunque más bien allende que aquende los puertos. Muy semejante á esta leyenda, pero menos desarrollada y sin intervención diabólica, es la de la sirena ó doncella marina. Otras narraciones del Libro de Linajes tienen carácter marcadamente épico. Anterior al libro del Conde, puesto que se halla contenida ya, aunque más sucintamente, en el segundo de los fragmentos de nobiliarios primitivos, que publicó Herculano[275], es la leyenda del rey D. Ramiro II y de la infanta mora, que se enlaza con la topografía y los orígenes de la ciudad de Oporto, aunque la acción se suponga en tiempos muy anteriores á la separación del Condado portugués. Esta sabrosa historia conserva todavía rastros de forma poética, y pudo muy bien servir de argumento á un cantar de gesta.
El conde D. Pedro, cuya expresiva y pintoresca prosa parece una feliz imitación del estilo de las obras históricas de D. Alfonso el Sabio, imitó también sus procedimientos de compilación, transcribiendo íntegros los relatos que tenía á la vista. Sus noticias sobre el ciclo bretón (en el título II del Nobiliario) están tomadas de la Historia Britonum, de Monmouth. Traza la genealogía del rey Artús; hace mención de Lanzarote del Lago, de Galván, de Merlín y de la isla de Avalón, y cuenta rápidamente la historia del rey Lear; todo según la misma fuente erudita:
«Cuando hubo muerto el rey Balduc el Volador, reinó su hijo, que tenía por nombre Leyr. Y este rey Leyr nunca tuvo hijo, pero sí tres hijas hermosas á maravilla, y las amaba mucho. Y un día tuvo sus razones con ellas y las mandó que dijesen con verdad cuál de ellas le amaba más. Dijo la mayor, que no había cosa en el mundo que tanto amase como á él, y dijo la otra, que le amaba tanto como á sí misma, y dijo la menor, que le amaba tanto como debe amar hija á su padre. Y él quísola mal por esto y determinó no darla parte en el reino. Y casó la hija mayor con el duque de Cornualla, y casó la otra con el rey de Tortia, y no se curó de la menor. Mas ella, por su ventura, casóse mejor que ninguna de las otras, porque se prendó de ella el rey de Francia y la tomó por mujer. Y cuando su padre llegó á la vejez, tomáronle los otros yernos su tierra y hallóse malandante, y hubo de ponerse á merced del rey de Francia y de su hija la menor, á la cual no había querido dar parte en el reino. Y ellos recibiéronle muy bien y diéronle todas las cosas que le fueron menester, y le honraron mientras vivió, y murió en su casa. Y después combatió el rey de Francia con ambos cuñados de su mujer y quitóles la tierra. Y murió el rey de Francia sin dejar hijo vivo, y los otros dos á quien quitara la tierra hubieron sendos hijos y apoderáronse de la tierra toda, y prendieron á la tía, mujer que fuera del rey de Francia, y metiéronla en una cárcel y allí la hicieron morir»[276].
De este modo se contaba en Portugal á mediados del siglo XIV uno de los futuros argumentos de Shakespeare. Tal interés alcanza en la historia literaria el Libro de Linajes, del conde Barcellos, por lo mismo que con tanta cautela debe ser manejado en la parte genealógica, á pesar del respeto que por su antigüedad infunde á muchos. Tan lleno está de patrañas y tan falto de cronología y discernimiento como casi todos los de su clase; pero estas patrañas tienen aquí un sello poético, una rudeza primitiva, un bárbaro candor que es indicio de muy nobles orígenes, y que no puede confundirse con las estúpidas fábulas forjadas para solaz de los necios por la raquítica fantasía de Gracia Dei y otros reyes de armas. Al recoger como verdadera historia tantas reliquias novelísticas, cediendo sin duda á su propensión á lo maravilloso, prestó el bastardo de don Diniz mayor servicio á la Península que con sus interminables, fatigosas y poco seguras listas de apellidos. Él pensaba, sin duda, haber hecho una obra histórica, según el tono solemne que emplea en el proemio: «Por ende, yo D. Pedro, hijo del muy noble rey D. Diniz, busqué con gran trabajo por muchas tierras escrituras que hablasen de los linajes; y leyéndolas con grande estudio, compuse este libro para poner amor y amistad entre los nobles fidalgos de España».
Á fines del siglo XIV y principios del XV acrecentóse en Portugal el entusiasmo por la caballería de la Tabla Redonda, especialmente en la corte de don Juan I, á causa de la estrecha alianza de aquel monarca con los ingleses y su casamiento con doña Felipa de Lancaster. Fué moda cortesana el tomar por dechados á los paladines del rey Ártús y hasta el adoptar sus nombres. El mismo condestable Nuño Álvarez Pereira, cuya pureza moral igualaba á su heroica resolución, había elegido por modelo al inmaculado Galaaz, conquistador del Santo Grial. El Ala de los Enamorados, que combatió en la batalla de Aljubarrota; la orden de los caballeros de la Madreselva, reminiscencia de uno de los lays de María de Francia; la aventura caballeresca de Magricio y los doce de Inglaterra, que inmortalizó Camoens en uno de los más bellos episodios de su poema; y hasta los elementos del Tristán que pasaron á la leyenda histórica de doña Inés de Castro, son pruebas convincentes de esta influencia social. Todavía lo es más la abundancia de nombres de este ciclo entre los hidalgos portugueses, especialmente después de 1385. Se encuentran una doña Iseo Perestrello, otra doña Iseo Pacheco de Lima. No faltan los nombres de Ginebra y Viviana, y hay, sobre todo, gran cosecha de Tristanes y Lanzarotes: Tristán Teixeira, Tristán Fogaça, Tristán de Silva, Lanzarote Teixeira, Lanzarote de Mello, Lanzarote de Seixas, Lanzarote Fuas, sin que falte un Percival Machado y varios Arturos, de Brito, de Acuña, etc.[277]. Por supuesto que en las bibliotecas de los príncipes nunca faltaban ejemplares de las codiciadas novelas. El rey don Duarte poseía un Tristán, un Merlín y el Libro de Galaaz (núms. 29, 30 y 36 de su inventario).
Nada diré de la hipótesis probable, pero no comprobada hasta ahora, de un Tristán portugués del siglo XIII, en el cual estuviesen intercalados los lays que ahora vemos sueltos en el Cancionero. Pero del siglo XIV poseemos, aunque incompleta, una Historia dos caballeiros da mesa redonda e da demanda do Santo Graal, que según Gastón París corresponde á la Quête du Saint Graal, cuyo protagonista es Galaaz, y que se ha atribuido sin fundamento á Roberto de Boron. Habiéndose perdido el texto original francés de este libro en prosa, tiene más valor la traducción portuguesa, que Varnhagen encontró en la Biblioteca de Viena y ha sido impresa después[278]. Es, según la descripción de aquel benemérito aunque ligero aficionado, un voluminoso códice de 199 folios en pergamino, escritos á dos columnas, y parece haber figurado como tercer tomo en una vasta compilación cíclica que abrazaría otros poemas análogos. Los caballeros de cuyos nombres se trata en la parte conservada son: Galaaz, Tristán, Erec, Perceval, Palamedes y Lanzarote.
Ignórase el paradero actual de otro manuscrito de este género que vió Varnhagen en Lisboa por los años de 1846[279]. Era copia hecha en el siglo XV de un códice datado de 1307 á 1313: Libro de Josep ab Arimatia intitulado a primera parte da Demāda do Sāto Grial ata a presēte idade nunca vista treladado do proprio original por ho Doutor Manuel Avēz, corregedor da Ilha de Sā Miguel. Al fin del códice original escrito en pergamino é iluminado constaba que le había mandado escribir Juan Sánchez, maestrescuela de Astorga, en el quinto año de la erección del estudio de Coimbra.
Mencionaremos finalmente la Estoria do muy nobre Vespasiano, emperador de Roma (Lisboa, por Valentino de Moravia, 1496), que no sabemos si es original ó traducción del libro castellano del mismo título, reduciéndose uno y otro á combinar los datos del Josep de Arimatea (primera parte del Graal) con el Evangelio apócrifo de Nicodemus[280]. Ni siquiera el Renacimiento clásico del siglo XVI bastó á borrar la devoción de los portugueses á este ciclo, como lo prueban las dos novelas de Jorge Ferreira de Vasconcellos, Triunfos de Sagramor y Memorial das proezas da segunda Tavola Redonda, impresas respectivamente en 1554 y 1569. En una y otra se intercalan muchos versos, entre ellos un romance de la batalha que el Rei Artur teve con Morderet seu filho[281]. ¿Y qué son las mismas trovas del zapatero Bandarra, extraño apocalipsis de los sebastianistas, sino una supervivencia de las de Merlín?
Hemos indicado que eran rarísimas antes del siglo XIV las alusiones á este ciclo en la literatura castellana. La más antigua que hasta ahora se ha señalado es esta de los Anales Toledanos primeros, que llegan hasta el año 1217: «Lidió el rey Citús (Artús) con Mordret en Camlec (Camlan) era 1080»[282]. Estas ficciones eran conocidas entre los eruditos por la crónica latina de Monmouth, de la cual tomó el Rey Sabio la leyenda de Bruto para su Grande et General Estoria[283]. En la Gran Conquista de Ultramar se cita de pasada La Tabla Redonda, que fué en tiempo del rey Artús, y algunos de los cuentos allí incluíidos tienen mucha analogía con los de este ciclo, especialmente el del Caballero del Cisne, que en el Lohengrin alemán vino á enlazarse con el Perceval.
Sabida es la reminiscencia del Arcipreste de Hita en la Cantiga de los clérigos de Talavera, escrita en 1343:
Ca nunca fue tan leal Blancaflor á Flores, Nin es agora Tristan con todos sus amores.
Don Juan Manuel, en el Libro de la Caza (escrito antes de 1325), menciona un falcón célebre que llamaban Lanzarote[284], y otro que decían Galrán, y había pertenecido al infante D. Enrique (el famoso aventurero, conocido por el Senador de Roma, hermano de Alfonso X). En el Poema de Alfonso XI, de Rodrigo Yáñez, cuya primitiva redacción parece haber sido gallega, se nombra entre los instrumentos que tañían los juglares en la coronación del Rey en Burgos la farpa de don Tristán (copla 405), y en dos ocasiones distintas se hace aplicación de las profecías de Merlín á los acontecimientos de Castilla. La primera vez al contar el suplicio de D. Juan el Tuerto (coplas 242-246):
En Toro conplio ssu fin E derramó la ssu gente; Aquesto dixo Melrrin, El profeta de Oriente. Dixo: «el leon de Espanna De ssangre fará camino, Matará el lobo de la montanna Dentro en la fuente del uino». Non lo quiso más declarar Melrrin el de gran ssaber, Yo lo quiero apaladinar, Commo lo puedan entender. El leon de la Espanna Fue el buen rey ciertamente, El lobo de la montanna Fue don Johan el ssu pariente. E el rey quando era ninno Mató á don Johan el tuerto, Toro es la fuente del vino A do don Johan fue muerto.
La otra profecía, que alude á la invasión de los Benimerines y á la victoria de los reyes de Castilla y Portugal en el Salado, es mucho más larga (coplas 1808-1841), y el poeta dice haberla traducido, pero no de qué lengua; probablemente es invención suya, á imitación de las que se leen en el libro 7.º de la historia de Jofre de Monmouth.
Merlin fabló d'Espanna E dixo esta profecía, Estando en la Bretanna A un maestro que y avia. Don Anton era llamado Este maestro que vos digo, Sabidor y letrado, De don Merlín mucho amigo... La profecía conté E torné en desir llano, Yo Ruy Yannes la noté En lenguaje castellano...
Hasta en los moros de Granada habríamos de suponer conocimiento de los vaticinios del adivino céltico, si hubiéramos de tener por auténtica la «carta que el moro de Granada sabidor que decían Benahatin (¿Ben Aljatib?) envió al rey D. Pedro» y que leemos en la Crónica de Ayala (año 1369, cap. III). ¡Cuánto crece en la fantasía el prestigio pavoroso de la catástrofe de Montiel, con aquella especie de fatalidad trágica que se cierne sobre la cabeza de D. Pedro hasta mostrar cumplida en su persona la terrible profecía «que fue fallada entre los libros é profecías que dicen que fizo Merlin» y sometida por el Rey á la interpretación del sabio moro! «En las partidas de occidente, entre los montes é la mar, nascerá un ave negra, comedora é robadora, é tal que todos los panares del mundo querrá acoger en sí, é todo el oro del mundo querrá poner en su estómago. E caérsele han las alas, é secársele han las plumas, é andará de puerta en puerta, é ninguno le querrá acoger, é encerrar ha en selva, é morirá y dos veces, una al mundo é otra ante Dios».
El mismo canciller Ayala, que probablemente forjó, para insinuar su propio pensamiento político, esta sentenciosa carta, así como la otra de muchos exemplos é castigos, que atribuye al mismo Benahatín, se duele en su confesión, inserta en el Rimado de Palacio, de haber perdido mucho tiempo en la lectura de libros profanos, contando entre ellos el Amadís y el Lanzarote:
Plogóme otrosi oyr muchas vegadas Libros de deuaneos é mentiras probadas, Amadis, Lanzalote é burlas assacadas, En que perdí mi tiempo á muy malas jornadas. (Copla 162)
Citan de continuo este género de libros los poetas del Cancionero de Baena, comenzando por Pero Ferrús, que es de los más antiguos:
Nunca fue Rrey Lysuarte De rriquesas tan bastado Como yo, nin tan pagado Fué Rroldan con Durandarte... .......................................... E qual quier que á mi dixiere Que Ginebra nin Isseo Fueron tales é quisyere. Presto sso para el torneo (Núm. 301).
decía ponderando la belleza de su amiga. Y contestando á Ayala que se mostraba descontento de la vida de la sierra:
Rey Artur é don Galás, Don Lançarote é Tristán, Carrlos Magno, don Rroldan, Otros muy nobles asaz, Por las tales asperezas Non menguaron sus proezas, Según en los libros yas. (Núm. 305).
Fray Migir, de la orden de San Jerónimo, capellán del obispo de Segovia D. Juan de Tordesillas, llorando la muerte del rey D. Enrique III, hacía pedantesca enumeración de personajes históricos y fabulosos, entre ellos
Eneas é Apolo, Amadys aprés, Tristán é Galás, Lançarote de Lago, E otros aquestos, dezit me qual drago Tragó todos estos ó dellos qué es? (Núm. 38).
Micer Francisco Imperial, el introductor de la alegoría dantesca en nuestro Parnaso, cantaba en 1405 el nacimiento de D. Juan II en un largo y artificioso decir, deseando al infante, entre otras venturas,
Todos los amores que ovieron Archiles, París é Troylos de los sus señores, Tristán, Lançarote, de las muy gentiles Sus enamoradas é muy de valores; El é su muger ayan mayores Que los de París é los de Vyana, E de Amadis é los de Oryana, E que los de Blancaflor é Flores. E más que Tristán sea sabidor De farpa, é cante más amoroso Que la Serena... (Núm. 226)
Un decir del comendador Ferrant Sánchez Talavera contra el Amor recuerda, después de los sabidos ejemplos de Virgilio y Sansón, el de Merlín y los caballeros del Santo Grial:
Onde se cuenta qu'el sabio Merlyn Mostró á una dueña atanto saber, Fasta que en la tumba le fyzo aver fyn Que quanto había nol'pudo valer... En la demanda de Santo Greal Se lee de muchos que anduvieron Grant cuyta sufriendo, asás mucho mal, E nunca de ty jamás al ovieron. Muchos cavalleros e dueñas murieron, Tan bien esso mesmo fermosas donzellas; Non digo quien eran ellos nin ellas, Que por sus estorias sabrás quales fueron. (Núm. 533).
No haremos especial mención de las compilaciones traducidas del francés, como el Mar de historias, que lleva el nombre de Fernán Pérez de Guzmán; pero es imposible omitir el delicioso Victorial de Gutierre Díez de Gámez, que Llaguno mutiló impíamente al publicarle con el impropio título de Crónica de don Pero Niño. En la parte que conservó están, sin embargo, los consejos que daba á don Pero Niño su ayo, y en ellos un pasaje curiosísimo sobre Merlín: «Guardadvos non creades falsas profecías, nin ayades fiucia en ellas, así como son las de Merlin, é otras; que verdad vos digo, que estas cosas fueron engeniadas é sacadas por sotiles omes é cavilosos para privar é alcanzar con los Reyes é grandes señores... É si bien paras mientes, como viene Rey nuevo, luego facen Merlin nuevo: dicen que aquel Rey ha de pasar la mar, é destroir toda la morisma, é ganar la Casa Sancta, é ser Emperador; é despues vemos que se face como á Dios place... Merlin fue un buen ome, é muy sabio. Non fue fijo del diablo, como algunos dicen; ca el diablo, que es esprito, non puede engendrar; provocar puede cosas que sean de pecado, ca esse es su oficio. Él es sustancia incorporea; non puede engendrar corporea. Mas Merlin, con la grand sabiduría que aprendió, quiso saber más de lo que le cumplia, é fue engañado por el diablo, é mostrole muchas cosas que dixesse; é algunas dellas salieron verdad: ca esta es manera del diablo, é aun de cualquier que sabe engañar, lanzar delante alguna verdad, porque sea creido... Asi en aquella parte de Inglaterra dixo algunas cosas que fallaron en ellas algo que fue verdad; mas en otras muchas fallesció; é algunos que agora algunas cosas quieren decir, componenlas é dicen que las falló Merlín»[285].
Arrastrado el grave Llaguno por su odio á las ficciones caballerescas (muy natural en un golilla del tiempo de Carlos III), arrancó de cuajo nada menos que ocho enormes capítulos del Victorial (desde el XVIII al XXV), donde, con ocasión de explicar «cómo son los ingleses diversos é contrarios de todas las otras naciones de christianos», cuenta, refiriéndose á una Crónica de los Reyes de Inglaterra, que seguramente no es la Historia Britonum de Monmouth, y de una Conquista de Troya, que tampoco es la Crónica Troyana, puesto que se aparta en muchos puntos de una y otra, la fabulosa historia de Bruto, hijo de Silvio y nieto de Eneas, supuesto progenitor de los reyes de Inglaterra, é intercala personajes y episodios enteramente nuevos, á lo menos para nuestra escasa erudición, relatando «cómo Néstor, fijo del rey Menelao, se alzó con el reino de Grecia contra su padre»; cómo hizo la guerra Bruto á Dorotea, tetrarca de Armenia, hija de Menelao; las cartas y mensajes que entre ellos mediaron; los razonamientos del obispo Pantheo, del conde Pirro y de Porfirio, que habla en roz de la república, aconsejando á la reina el casamiento con Bruto para evitar mayores daños: y cómo, después de hechas las bodas, «Bruto armó gran hueste de navíos é ayuntó muchas gentes de armas, é se fue por la mar, buscando ventura, quedando Dorotea muy cuitada y triste»; cómo aportó Bruto á Galicia, cuyo señor era del linaje de los troyanos, y le llevó consigo á la conquista de Inglaterra, habitada entonces por furibundos jayanes, que no tenían armas de hierro, sino de cuero ó de cuerno; la lucha personal en que el agigantado caballero gallego, enteramente desnudo y sin más armas que sus puños, triunfó del rey de Inglaterra y decidió del éxito de la contienda en favor de Bruto. Mientras estas cosas sucedían en las islas Británicas, la reina Dorotea, que «por la vida limpia que vivía fue tenida por deesa en aquel tiempo y fue una de las sebilas que fablaron ante de la venida de Jesu Christo», había triunfado en campal batalla de su hermano Menelao, y armando una gran flota con naves de Tarso y de Constantinopla, se había hecho á la mar en demanda de su marido, había vencido en el estrecho de Gibraltar á una escuadra africana, valiéndose de su arte matemática y nigromántica, y finalmente, llegaba á reunirse con su esposo, que la recibió con gran triunfo. Quede para más desocupado y sagaz investigador el deslindar y poner en su punto los elementos españoles que al parecer contiene esta leyenda, en cuyos pormenores curiosísimos no puedo detenerme ahora[286].
En pocos, pero bellísimos romances, más artísticos que populares y más líricos que narrativos, dejó su huella el ciclo de la Tabla Redonda. Sólo tres admitió Wolf en la Primavera y escasamente puede añadirse algún otro. Uno de estos romances, el primero de Lanzarote «Tres hijuelos había el rey» era ya calificado de antiguo, en tiempo de los Reyes Católicos, por el Maestro Antonio de Nebrija; los otros dos son del mismo estilo y deben de ser del mismo tiempo (principios del siglo XV ó fines del XIV á lo sumo); pero aunque tienen algo de peregrino y exótico en su factura, y domina en ellos un melancólico y vago lirismo, no hay razón para suponerlos derivados directamente de ningún lay bretón ó francés. Lo natural es que hayan salido de los libros de caballerías en prosa. El que comienza «Ferido está don Tristan—de una muy mala lanzada» se conforma con la versión del Tristán castellano en prosa, y omite, como él, el episodio de la vela negra. El final de este romance, perdiendo con el tiempo su carácter legendario, ha persistido en la tradición popular hasta nuestros días. Los romances de Doña Ausenda, tan divulgados en Asturias y Portugal, atribuyen á cierta planta la misma virtud generadora que el antiguo poeta asignaba á la azucena que creció regada con las lágrimas de Tristán ó Iseo:
Júntanse boca con boca—cuanto una misa rezada; Llora el uno, llora el otro—la cama bañan en agua; Allí nace vn arboledo—que azucena se llamaba, Cualquier mujer que la come—luego se siente preñada.
El segundo romance de Lanzarote «Nunca fuera caballero—de damas tan bien servido», célebre por la cita de Cervantes, parece una imitación libre y general de las aventuras de este ciclo; pero el que comienza Tres hijuelos había el rey, cuyo origen no pudo descubrir Milá en los poemas que en su tiempo se conocían, tiene el mismo argumento que el poema neerlandés (flamenco ú holandés) de Lanzarote y el ciervo del pie blanco, que procede, sin duda alguna, de un texto francés perdido, y sólo en francés pudo ser accesible á nuestro juglar[287].
Al primer tercio del siglo XIV pertenece, en la opinión de buenos jueces, un fragmento del Tristán castellano en prosa contenido en un códice de la Biblioteca Vaticana, del cual ha publicado un facsímile Ernesto Monaci. Y la misma antigüedad alcanza otro pequeño fragmento que acaba de hallar en las guardas de un manuscrito de nuestra Biblioteca Nacional el Sr. D. Adolfo Bonilla, que ha de publicarle muy pronto.
En los inventarios de las bibliotecas del siglo XV es corriente la mención de estos libros, bastando citar uno solo, porque es acaso donde menos se esperaría encontrarla. La Reina Católica poseía, entre los libros de su uso que estaban en el alcázar de Segovia, á cargo de Rodrigo de Tordesillas, en 1503, los tres volúmenes siguientes:
Núm. 142. «Otro libro de pliego entero de mano escripto en romance, que se dice de Merlin, con coberturas de papel de cuero blancas, é habla de Jusepe ab Arimathia.
Núm. 143. Otro libro de pliego entero de mano en romance, que es la tercera parte de la demanda del Santo Greal; las cubiertas de cuero blanco.
Núm. 144. Otro libro de pliego entero de mano en papel de romance, que es la historia de Lanzarote, con unas coberturas de cuero blanco»[288].
La imprenta madrugó mucho para difundir este género de libros. Ya en 1498 había salido de las prensas de Burgos El Baladro del sabio Merlín con sus profecías[289], según resulta de las investigaciones de Gastón París (que no son definitivas, sin embargo, puesto que sólo conoció de este libro algunos extractos y la tabla de los capítulos). El Baladro contiene no sólo el Merlín de Roberto de Boron y parte de la continuación de autor anónimo, sino que los dos últimos capítulos parecen ser traducción del episodio capital del Conte du Brait, de Elías, cuyo original francés se ha perdido[290].
Hay otro Baladro distinto de éste, á lo menos en parte, y adicionado con una serie de profecías, el cual se imprimió varias veces juntamente con la Demanda del Santo Grial[291].
Y hubo finalmente un Tristán de Leonís, ya impreso en Valladolid en 1501[292], que seguramente es traducción de una de las últimas novelas francesas en prosa. Al señor Bonilla, que muy pronto nos dará reimpresos estos rarísimos libros, toca apurar las semejanzas y diferencias que ofrecen con sus prototipos, y lo hará sin duda como de su mucha erudición y recto juicio se espera.
Á pesar del gran interés novelesco y sentimental de estas peregrinas historias, fueron muy pronto arrolladas por la furiosa avenida de los libros indígenas de caballerías que aparecieron después del Amadís de Gaula. Ninguno de los del ciclo arturiano parece haber sido reimpreso después de la mitad del siglo XVI. Ninguno de ellos estaba en la librería de D. Quijote, el cual, sin embargo, hizo donosa conmemoración de este ciclo en el capítulo XIII de la Primera Parte: «¿No han vuestras mercedes leído los anales é historias de Inglaterra donde se tratan las famosas hazañas del Rey Arturo, que comúnmente en nuestro romance castellano llamamos el Rey Artús, de quien es tradición antigua y común en todo aquel reino de la Gran Bretaña que este Rey no murió, sino que por arte de encantamiento se convirtió en cuervo, y que andando los tiempos ha de volver á reinar y á cobrar su reino y cetro, á cuya causa no se probará que desde aquel tiempo á éste haya ningún inglés muerto cuervo alguno? Pues en tiempo de este buen Rey fue instituida aquella famosa orden de caballería de los Caballeros de la Tabla Redonda, y pasaron sin faltar un punto los amores que allí se cuentan de don Lanzarote del Lago con la reina Ginebra, siendo medianera dellos y sabidora aquella tan honrada dueña Quintañona, de donde nació aquel tan sabido romance y tan decantado en nuestra España de:
Nunca fuera caballero De damas tan bien servido, Como fuera Lanzarote Cuando de Bretaña vino;
con aquel progreso tan dulce y tan suave de sus amorosos y fuertes fechos».
Un solo libro de esta familia caballeresca citó nominalmente Cervantes, y es también el único que muy abreviado forma todavía parte de la biblioteca de cordel. Es la Crónica de los nobles caballeros Tablante de Ricamonte y Jofre, hijo de D. Asson, é de las grandes aventuras y hechos de armas que uvo yendo á libertar al conde don Milian, que estaba presso, la cual fué sacada de las crónicas é grandes hazañas de los caballeros de la Tabla Redonda[293]. «¡Bien haya mil veces el autor de Tablante de Ricamonte (exclamó Cervantes)... y con qué puntualidad lo describe todo!» (Parte 1.ª, capítulo XVI). Pero el elogio debe de ser tan irónico como el que allí mismo hace del autor que escribió Los hechos del Conde Tomillas (el Enrique Fi de Oliva), pues el Tablante es muy corto y muy seco en la narración, á pesar de las aventuras que en él se acumulan, y cuyo verdadero héroe es Jofre, hijo del conde D. Asón. Él es quien vence á un enano, hijo del Diablo; él quien allana la torre encantada de Montesinos; él quien mata al Malato, poniendo en libertad á una doncella y trescientos niños que tenía encarcelados para degollarlos; él quien obliga á todos los caballeros andantes que va venciendo á ir á la corte de Camelot á prestar homenaje á la reina Ginebra; él, finalmente, quien triunfa en singular batalla del feroz Tablante, y pone en libertad al conde D. Milián, á quien aquél se complacía en azotar públicamente dos veces al día para afrentar á su rey Artús y á la reina Ginebra.
El original remoto de esta novela es un poema provenzal del siglo XIII, Jaufre e Brunesentz, publicado por Raynouard[294]. Brunesentz (Brunessen en el texto castellano) es el nombre de la sobrina del conde D. Milián, con quien se casa Jofre después de su victoria. Taulat de Rugimon es el nombre que Tablante tiene en este poema, dedicado á un rey de Aragón, que no puede ser D. Pedro II, como creyó Fauriel[295], sino D. Jaime el Conquistador, como han probado Bartsch y Gastón París[296]. Pero el libro de caballerías español no procede inmediatamente de este poema, sino de una redacción en prosa francesa, atribuida, según era costumbre en esta clase de libros, al honrado varón Felipe Camus, cuyo nombre debía de ser muy popular en España, puesto que tantas novelas se le adjudicaron además del Oliveros de Castilla (que realmente tradujo) y hasta se puso su nombre en una edición del Tristán de Leonís.
Independientes de la Tabla Redonda, pero enlazadas con otro género de leyendas bretonas, aparecen las fabulosas narraciones relativas al Purgatorio de San Patricio, que tienen en nuestra literatura tan varia y rica representación, comenzando por el apócrifo viaje del caballero Ramón de Perellós en 1398, cuyo original catalán se ha perdido, pero del cual restan una traducción provenzal del siglo XV, recientemente impresa[297], y una latina del XVII. El autor de esta relación, fuese Perellós ú otro que tomó su nombre, no hizo más que apropiarse el viaje al otro mundo que se suponía hecho en 1153 por el caballero irlandés Owenn (el Ludovico Enio de Calderón). La Visio Tungdali, otra forma más conocida de dicha leyenda, fué puesta dos veces en catalán, llamando Tutglat al protagonista[298]; otras dos veces se tradujo al portugués con el nombre de Tungulu[299], y en castellano fué impresa con el rótulo de Historia del virtuoso caballero don Tungano, y de las grandes cosas y espantosas que vido en el infierno y en el purgatorio y el parayso[300]. Pero ni de estos libros ni de la nueva forma que dió á la leyenda el doctor Juan Pérez de Montalbán en su Vida y purgatorio de San Patricio (1627), fuente única de la comedia de Lope de Vega El mayor prodigio, y de la famosa de Calderón El Purgatorio de San Patricio, nos incumbe tratar aquí, porque este género de temas no pertenecen en rigor á la historia de la novela, sino á la de las leyendas hagiográficas, campo vastísimo que reclama para sí solo la labor de muchos investigadores. Por igual motivo prescindo de las leyendas, también de origen céltico, relativas á los viajes de San Brandán, de las cuales queda un reflejo en nuestra Vida de San Amaro[301], y de los mitos geográficos que con ellas se enlazan, y que no estaban olvidados por cierto en la grande época de las navegaciones y los descubrimientos de portugueses y castellanos.