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Orígenes de la novela, Tomo I

VI (continued 2)

Reading edition

Más importancia tiene y más éxito logró la Historia de Grisel y Mirabella con la disputa de Torrellas y Braçayda, la qual compuso Juan de Flores a su amiga[490]; libro que tiene muy curiosa historia literaria, pues no sólo fué leído en las principales lenguas de Europa, sino que dejó algún rastro en las creaciones de muy preclaros ingenios. Una cuestión de amor, á la manera de las del Filocolo, constituye el fondo de este libro; pero está envuelto en una ficción sencillísima que ofrece por sí misma algún interés, y en la cual interviene un personaje español histórico.

«En el reyno de Escocia ovo un excelente rey de todas virtudes amigo, e principalmente en ser justiciero... Y este en su postrimera hedad ovo una hija que despues de sus dias sucedia en el reyno y a ésta llamaron Mirabella, y fue de tanta perfecion de gracias acabada, que ninguno tanto loarla pudo que el cabo de su merecer contar pudiesse. Y como ella fuesse heredera de su señorio del padre, no avia ningun emperador ni poderoso principe que en casamiento no la demandasse... Y el rey su padre, por no tener hijos y por el grande merecimiento que ella tenia, era dél tanto amada que a ninguno de los ya dichos la queria dar, y assimismo en su tierra no avia tan gran señor a quien la diesse, salvo a gran mengua suya. De manera que el grande amor suyo era a ella mucho enemigo, y como ya muchas vezes acaece quando hay dilacion en el casamiento de las mujeres ser causa de caer en verguença y yerros, assi a ésta despues acaescio. Pues en aquellos comedios, assi como su hedad crescia, crescian y doblaban las gracias de su beldad en tanto grado que qualquier hombre dispuesto a amar, assi como la mirasse le era forçado de ser preso de su amor, e tan en estremo la amavan que por su causa venian a perder las vidas, tanto que la flor de casa del rey su padre fenecio sus dias en esta tal guerra. De manera que sabido por el rey la hizo meter en un lugar muy secreto que ningún varón verla pudiesse, por ser su vista muy peligrosa».

Al fin un caballero llamado Grisel logra por ocultos modos penetrar en la torre donde estaba encerrada Mirabella, la cual se rinde á su amor con la indecorosa presteza que era tradicional en las heroínas caballerescas: «E despues que algunos dias muy ocultos en grandes plazeres conservaron sus amores, ella no pudo encobrirlo a una grande y antigua sierva suya, porque en su camara más comunicara, y esta camarera suya amava mucho a un maestresala del rey, y como supo el secreto de su señora, no pudo su lealtad tanto sufrir que no lo descubriese al su amante lo que Mirabella y Grisel passavan, y él veyendo tan grande error, doliéndose mucho de la honra de su señor o por ventura de envidia movida, no pudo callarlo que al rey no publicasse la maldad que en su casa Grisel cometia. El qual como oyó tan feo caso, con gran discrecion buscó manera cómo ambos los tomassen en uno, y una noche estando Grisel en la cama con Mirabella el rey mandó cercar la casa, y aunque gran rato se defendio, pero a la fin tomados, en estrechas carceles por fuerça fueron puestos, y como el rey fuesse el más justificado principe que a la sazon se fallase en el mundo, aun en aquel caso no quisso usar de rigor ni de enojo acidental, mas como si fuessen sus yguales, con ellos se puso a justicia. E las leyes de su reino mandavan que qualquier que en tal yerro cayesse, el que más causa fuesse al otro de aver amado que padesciesse muerte, y el otro destierro por toda su vida, y como acaesce quando dos personas se aman el uno tener más culpa que el otro en la requesta, por esto las leyes no disponian que las penas fuessen yguales. Y luego por el rey expresamente fue mandado la pesquisa se hiziesse porque la verdad fuesse sabida quál de aquellos dos fuesse más digno de culpa... Pero tan secreto fue el trato de sus amores, que no podían saber quién avia más trabajado en la requesta y seguimiento del otro, salvo quanto la camarera dezia no averlo ella sabido hasta que ya entre ellos concertado estava. Y como por la pesquisa no oviesse lugar en condenar a uno más que a otro, fueron los juezes por mandado del rey donde Mirabella y Grisel estavan, a los quales tomaron juntamente y les demandaron que dixessen quién fue más causa al otro de tal error».

Como era natural, se establece entre los dos amantes una generosa competencia; quieren sacrificar recíprocamente sus vidas, y se echan á porfía todas las culpas. El enigma continúa insoluble y los letrados y oidores del Consejo Real se recusan por incompetentes. «Entonces dixo el rey que determinasen ellos en su consejo, a lo qual ellos respondieron que como fuessen personas más dadas al estudio de las leyes que de los amores, que no sabian en aquella causa determinar la verdad, pero que se buscasse por todo el mundo una dama y un caballero, los quales más pudiessen saber en amores, y más esperimentados fuessen en tales cosas. E que ella tomasse la voz de las mujeres, y él de los varones, e quien mejor causa y razon mostrasse en defension de su derecho, que aquel venciesse aqueste pleyto comenzado».

Tratábase, pues, de discutir y averiguar en tesis general, la cual había de tener sangrienta aplicación en aquel caso concreto, quién da mayor ocasión de amor, los hombres á las mujeres ó las mujeres á los hombres. Para llevar la voz del sexo femenino en este litigio fué elegida «una dama de las más prudentes del mundo en saber y en desenvoltura y en las otras cosas a graciosidad conformes, la cual por su gran merescer se habia visto en muchas batallas de amor y en casos dignos de gran memoria que le avian acaescido con grandes personas que la amaban y pensaban vencer... y esta señora avia nombre Braçayda».

El nombre de Brasaida parece reminiscencia del de Briseida, heroína de la Crónica Troyana; pero el abogado de los hombres y detractor de las mujeres es un caballero español muy conocido en nuestros cancioneros del siglo XV. «E assi mesmo fue buscado en los reynos de España un cavallero qual para tal pleyto pertenecia: al qual llamavan Torrellas, un especial hombre en el conocimiento de las mujeres y muy osado en los tratos de amor y mucho gracioso, como por sus obras bien se prueba».

Trátase, en efecto, de Mosén Pere Torrellas ó Torroella, mayordomo del príncipe de Viana y uno de los más antiguos poetas catalanes que alternaron el cultivo de su lengua nativa con el de la castellana. Muchas fueron, y por lo general picantes y de burlas, las poesías de Torrellas, pero ninguna le dió tanta notoriedad, haciéndole pasar por un nuevo Boccaccio, infamador sistemático de las mujeres, como sus Coplas de las calidades de las damas, insertas en el Cancionero de Stúñiga, en el General, y en otros varios, impugnadas por diversos trovadores, entre ellos Suero de Rivera y Juan del Enzina, glosadas y recordadas á cada momento por todos los maldicientes del sexo femenino, y sobre las cuales hasta llegó á inventarse la extraña leyenda de que las mujeres, irritadas con los vituperios de Torrellas, le habían dado por sus manos cruelísima muerte. Tal fué, sin duda, el germen de esta segunda parte de la novela de Juan de Flores. Torrellas está representado allí, no como un misógino intratable, sino como un burlador empedernido, como una especie de D. Juan Tenorio, que afrenta á las mujeres después de seducirlas[491].

No entraremos en los detalles del pleito entre Bresayda y Torrellas, cuyos repetidos alegatos son una serie de sutilezas bastante enfadosas. Triunfa el maligno catalán, y la infeliz Mirabella es condenada á la hoguera, á pesar de los llantos y súplicas de su madre. «Y después que el dia fue llegado que Mirabella muriese, ¿quien podria escrevir las cosas de gran magnificencia que para su muerte estaban ordenadas, y todas muy conformes a tristeza segun que el caso lo requeria?... Entre las cosas de piedad que alli fueron juntadas, eran quince mil doncellas vestidas de luto, las quales con llantos diversos y mucha tristeza ayudavan a las tristes lagrimas de la madre y desconsolada reyna... e despues desto trayan un carro, en el qual yva Mirabella con quatro obispos, que el cargo de su ánima tomavan, y luego alli Grisel, que por más crecer y doblar en su pena mandaron que viesse la muerte de Mirabella, y el rey con infinitas gentes cubiertas de luto y va al fin de todos, segun costumbre de aquel reyno, e salieron fuera de la ciudad donde Mirabella avia de morir quemada, porque las leyes de la tierra eran quien por fuego de amor se vence en fuego muera».

La despedida de Grisel y Mirabella está escrita con ternura. El desventurado amante se precipita en las llamas para no presenciar el suplicio de su amada, y el clamor popular salva á Mirabella. Pero no pudiendo sobrevivir á la pérdida de su amante, determina poner desesperado fin á sus días, y por una ventana de palacio se arroja «al corral donde el rey tenia sus leones», y es inmediatamente devorada por ellos.

Á Torrellas, principal causante de estos desastres, le perdió su vanidad y petulancia, porque «esforçandose en su mucho saber, presumia que él desamando alcanzaria mujeres más que otro sirviendo». Tuvo, pues, la extraña ocurrencia de ponerse á galantear á Brasayda, tan ofendida con él por su derrota, y atraído por ella con el señuelo de una falsa cita, cayó en poder de la reina y de sus damas, que para vengar á la cuitada Mirabella asieron de él, le ataron de pies y manos y le atormentaron con todo género de espantables suplicios, dejando, como se verá, poco que hacer á los catalanistas fervientes que ahora quisieran ejecutar sus iras en el triste de Torrellas, por haber coqueteado un tanto cuanto con la lengua castellana: «E fue luego despojado de sus vestidos, e ataparonle la boca porque quexar no se pudiesse, e desnudo fue a un pilar bien atado, e alli cada una traia nueva invencion para le dar tormento; y tales ovo, que con tenazas ardientes et otras con uñas y dientes raviosamente le despedazaron. Estando assi medio muerto, por crecer más pena en su pena, no lo quisieron de una vez matar, porque las crudas e fieras llagas se le resfriassen e otras de nuevo viniessen; e despues que fueron assi cansadas de atormentarle, de gran reparo la reina e sus damas se fueron alli cerca dél porque las viesse, e alli platicando las maldades dél, e trayendo a la memoria sus maliciosas obras... dezian mil maneras de tormentos, cada qual como les agradaba... E assi vino a sofrir tanta pena de las palabras como de las obras, e despues que fueron alzadas las mesas fueron juntas a dar amarga cena a Torrellas... E despues que no dexaron ninguna carne en los huesos, fueron quemados, de su ceniza guardando cada qual una buxeta por reliquias de su enemigo. E algunas ovo que por joyel en el cuello la traian, porque trayendo más a la memoria su venganza, mayor placer oviesen». Esta escena trágico-grotesca vale bastante más que las coplas satíricas de Torrellas, á las cuales confieso que nunca he podido encontrar gracia, ni menos malignidad, que mereciera tan cruento y espeluznante castigo. Verdad es que en su tiempo se le atribuían todos los libelos antifeministas, de lo que él mismo se queja en su primera carta á Brasayda: «E quando alguno quiere contra las damas maldezir, con malicias del perverso Torrellas se favorece, y aunque diga lo que yo por ventura no dixe, mi fama me haze digno que se atribuyan a mí todas palabras contra mujeres dañosas, y esto porque de los yerros agenos y mios faga agora penitencia».

Tal es la curiosa, aunque absurda, novela de Juan de Flores, cuyo éxito en el siglo XVI fué tan grande como es inexplicable hoy, considerando su flojo y desmazalado estilo. En su patria no tuvo más que cinco ediciones que sepamos, la última en 1533[492], pero traducida al italiano por Lelio Aletiphilo (que parece ser la misma persona que el Lelio Manfredi, traductor de la Cárcel de Amor y del Tirante), salió remozada de las prensas de Milán en 1521 con el nuevo y flamante título de Historia de Aurelio é Isabella, nombres que al intérprete parecieron más elegantes y sencillos que los de Grisel y Mirabella. Sustituyó además el clásico nombre de Afranio al catalán de Torrellas, y el de Hortensia al de Brasaida. Esta versión fué reimpresa seis veces[493] y sirvió de texto á la francesa de Gil Corrozet[494] y á la inglesa de autor anónimo[495]. Utilizado el libro de Aurelio é Isabela como texto para la enseñanza de idiomas, sufrió en su mismo original castellano una especie de refundición en lenguaje más moderno, adoptando el cambio de nombres introducido por el traductor italiano, y desde 1556 por lo menos hubo ediciones bilingües francoespañolas, y más adelante ediciones políglotas en español, italiano, francés é inglés[496]. Al alemán fué traducido más tardíamente, y del francés, por Christiano Pharemundo, que la imprimió en Nuremberg, en 1630[497].

Libro tan leído no podía menos de ser imitado. Y lo fué primero nada menos que por el Ariosto, que en el episodio de Ginebra complicó las reminiscencias del Amadís y del Tirante con algunas circunstancias derivadas de la novela de Juan de Flores, fundada, como hemos visto, en l'aspra legge de Scozia. El lugar de la escena, la circunstancia que sólo en Ginebra y en Mirabella, y no en las demás heroínas similares, concurre, de ser hijas de un rey de Escocia; la intervención de la camarera que revela el secreto de los amores de su ama, y hasta las reflexiones de Reinaldo contra la injusta y tiránica ley, son indicios evidentes de esta imitación, á los ojos del sagacísimo Rajna[498].

Lope de Vega, que tantos temas novelescos aprovechó en sus comedias, tomó de la de Aurelio é Isabela el argumento de los dos primeros actos de La ley ejecutada. Antiguos comentadores ingleses de Shakespeare, entre ellos Malone, afirmaron sin fundamento alguno que Shakespeare, en La Tempestad, se había valido de la novela de Juan de Flores; no hay ni la más remota analogía entre ambas obras. Todavía hay quien habla vagamente de una novela española utilizada en esta ocasión por el gran dramaturgo inglés; pero esa novela, si existe, no es seguramente Aurelio é Isabela. En cambio, otro poeta contemporáneo de Shakespeare, Fletcher, tomó del libro de Juan de Flores una parte del argumento de su comedia Women pleased[499], y lo mismo hizo el francés Scudéry en su drama Le Prince déguisé (1636).

Ningún dato biográfico tenemos de Juan de Flores; ninguno tampoco de Juan de Segura, á quien pertenecen dos novelitas que imprimió anónimas en Venecia Alfonso de Ulloa en 1553[500], pero que llevan el nombre de su verdadero autor en las ediciones de Toledo, 1548; Alcalá, 1553, y Estella, 1564[501]. El primero de estas ensayos es un epistolario erótico: Processo de cartas de amores que entre dos amantes pasaron. Dícese traducido «del estilo griego», pero ninguna relación tiene con las colecciones de epístolas amatorias de los sofistas Alcifron y Aristeneto. Tampoco procede de las Lettere amorose del veneciano Alvise Pasqualigo, que no se imprimieron hasta 1569 y cuyo asunto es enteramente distinto. Creemos que Juan de Segura fué el primero entre los modernos que escribió una novela entera en cartas, generalizando el procedimiento que habían empleado ocasionalmente Eneas Silvio, Diego de San Pedro y aun otros autores más antiguos, como el poeta provenzal autor de Frondino y Brissona. Tiene la novela epistolar grandes ventajas para el análisis psicológico, como en el siglo XVIII lo mostró Richardson, y después de él los autores de La Nueva Heloisa, de Weríher y de Jacopo Ortis, por lo cual conviene notar aquí esta tan temprana aparición del género. Por lo demás, la acción en el librito de Juan de Segura es sencillísima, reduciéndose á los contrariados amores del protagonista con una dama á quien sus hermanos encierran en un convento para impedirla contraer el matrimonio que desea. Las cartas están bien escritas, en estilo agradablemente conceptuoso, muy urbano, elegante y pulido, en el tono de la mejor sociedad del siglo XVI.

Acompaña al Proceso otra obrita de Juan de Segura (que también se finge traducida del griego), Quexa y aviso contra Amor, la cual por los nombres de sus personajes podemos titular Lucindaro y Medusina. Es una extraña mezcla de discursos sentimentales, alegorías confusas y gran copia de aventuras fantásticas; en lo cual se distingue de todos los demás libros de su género, asimilándose mucho más á los de caballerías y aun á las novelas orientales. Todo el cuento está fundado en los prestigios de la magia. Un rey de Grecia muy versado en las artes de astrología encierra en un castillo á una hija suya para librarla de cierto horóscopo; pero la gran sabia Acthelasia desbarata sus planes haciendo que Lucindaro, hijo del rey de Etiopía, cuyos oráculos, signos y planetas le predestinaban para tal empresa, se enamore de la infanta por haberla visto en sueños, y penetre en la torre, merced á un anillo encantado que á ratos le hacía invisible. No entraremos á detallar las demás peripecias de tan complicada fábula: amor desdeñado al principio y favorecido después; tormentas y naufragios; un delfín que arrastra al sin ventura amador á los palacios submarinos de su protectora, la cual con sus artes mágicas le restituye á Medusina, cuyo bizarro atavío se describe en una página que es de las mejores del libro; sus desposorios y corto período de felicidad en el castillo del Deleite; la muerte de la princesa, contada con sencillez y ternura y acompañada de presagios que contribuyen al efecto trágico, y finalmente, la desesperada resolución de Lucindaro, que, imitando al Leriano de la Cárcel de Amor, se deja morir de hambre, después de haber devorado las cenizas del cuerpo de su amada.

No creo que puedan añadirse muchas novelas de este género á las que ya quedan mencionadas. En la Biblioteca Nacional existe una inédita, «Tratado llamado Notable de amor, compuesto por D. Juan de Cardona, á pedimento de la señora doña Potenciana de Moncada, que trata de los amores de un caballero llamado Cristerno y de una señora llamada Diana, y de las guerras que en su tiempo acaecían». Propónese el autor demostrar, mediante una narración que dice ser verdadera, «que en estos tiempos de agora ha tenido lugar el amor en los hombres acerca de las mujeres con tanta pasion y verdad y perseverancia como se cree haber habido en los tiempos pasados». Todos los nombres de los personajes de la novela encubren los de sujetos reales, y el autor nos da la clave al principio, aunque poco adelantamos con ella tratándose de personas desconocidas. La misma sustitución hay en los nombres de lugares: Medina del Campo está encubierto con el nombre de isla de Mitilene, y el riachuelo Zapardiel se transforma nada menos que en el mar Egeo.

Prescindiremos del primoroso Diálogo de amor de Dorida y Dameo, «en que se trata de las causas por donde puede justamente un amante, sin ser notado de inconstante, retirarse de su amor»; porque esta obra de autor anónimo, que imprimió corregida y enmendada Juan de Enzinas, vecino de Burgos, en 1593[502], no es novela, sino un tratado de psicología amatoria, que oscila entre la literatura galante y la filosófica, y puede considerarse como una imitación ó complemento de los Diálogos de Amor de León Hebreo, aunque carece de su profundidad metafísica.

Hay que eliminar, finalmente, del catálogo de nuestras novelas eróticas, la Historea de los honestos amores de Peregrino y Ginebra (que ya corría de molde antes de 1527), porque el «Hernando Diaz, residente en la universidad de Salamanca», que dedicó esta obra á D. Lorenzo Suárez de Figueroa, conde de Feria[503], no hizo más que traducir el libro italiano de Il Peregrino, compuesto por Jacopo Caviceo y dedicado por él en 1508 á la duquesa de Ferrara Lucrecia Borja[504]. El Peregrino no es sólo novela de amores, sino también de aventuras y de viajes; abunda en episodios ingeniosos, aunque no siempre honestos, y á pesar de la afectación del estilo, que es archilatinizado, se comprende que en su tiempo gustase. En castellano tuvo seis ediciones, por lo menos, y aunque el Santo Oficio la puso con razón en sus Indices desde 1559, creemos que sirvió de modelo á Jerónimo de Contreras para su Selva de aventuras, y que del título por lo menos se acordó Lope de Vega al escribir El peregrino en su patria.

Tanto el libro de Peregrino y Ginebra como el de Lucindaro y Medusina marcan un intento de renovación en el contenido y forma de la novela sentimental, que reducida á sus propios y escasos recursos no podía menos de caer en gran monotonía. Faltaba en ella lo que el vulgo de los lectores de este género de libros busca con preferencia: el interés de la acción exterior, los lances complicados y de difícil solución, que sin llegar á la maquinaria extravagante de los libros de caballerías, pudieran mantener gustosamente entretenida la curiosidad del lector, llevándole por peregrinos rodeos al desenlace. Satisfacían en parte esta necesidad las novelas bizantinas, cuyo carácter procuramos determinar al comienzo de este tratado. La erudición del Renacimiento las había desenterrado, y ya las principales corrían en lengua vulgar á mediados del siglo XVI. Heliodoro y Aquiles Tacio suscitaron muy pronto imitaciones, y en España se escribió la más memorable de ellas, los Trabajos de Persiles y Sigismunda, precedida por alguna otra no indigna de recuerdo. Pero antes de tratar de ella, diremos dos palabras sobre los intérpretes castellanos de uno y otro novelista griego.

La más antigua traducción del Teágenes y Clariclea, que sería probablemente la mejor, no ha sido descubierta hasta ahora. Consta que la hizo el docto helenista Francisco de Vergara, catedrático en la Universidad de Alcalá, discípulo de Demetrio el cretense y autor de la primera Gramática griega de autor español que se usó en nuestras aulas. Andrés Scotto y Nicolás Antonio[505] se refieren vagamente á un códice de su versión del Teágenes que se conservaba en la librería del Duque del Infantado, pero no existe ya entre los restos de aquella famosa biblioteca, incorporada después á la de Osuna y últimamente á la Nacional de Madrid.

Francisco de Vergara falleció en 1545, dejando inédito el Teágenes, y fué gran lástima que en vez de su trabajo se imprimiese otra versión ni buena ni directa, sino sacada servilmente de la francesa de Jacobo Amyot por un secreto amigo de su patria (¿acaso un protestante refugiado?) que lo entregó á las prensas de Amberes en 1554. En la portada confiesa lisa y llanamente el origen del libro: Historia Ethiopica, trasladada de frances en vulgar castellano... y corregida segun el Griego; pero de tal corrección dudamos mucho, porque si el traductor era capaz de leer el texto griego, para nada necesitaba recurrir al francés, ni menos emplear el original como supletorio, y además el prólogo mismo en que se habla de correcciones y de cotejo de varios ejemplares está traducido de Amyot, como todo lo restante[506].

Las traducciones de Amyot, especialmente su Plutarco, hacen época en la historia de la prosa francesa; pero el calco del anónimo de Amberes, en estilo incorrecto y galicano, no podía contribuir mucho á la popularidad del Teágenes en España, así es que en esta forma sólo fué reimpreso una vez, en Salamanca, 1581[507]. Pocos años después cayó en manos de un nuevo traductor, que tampoco sabía griego, pero que tuvo el buen acuerdo de guiarse por la interpretación latina literal del polaco Esteban Warschewiczk, y encontró además un helenista de mérito que le hiciese el cotejo con el original. Tal fué la labor no despreciable del toledano Fernando de Mena, asistido por el Padre Andrés Schoto, flamenco de nación y profesor de Lengua Griega en la Universidad de Toledo. En esta forma apareció nuevamente la Historia de los leales amantes Teagenes y Cariclea, en Alcalá de Henares, 1587, y obtuvo hasta cinco reimpresiones, una de ellas la de París, 1615, algo retocada por el famoso intérprete y gramático César Oudín[508]. En esta versión de Mena, pura y castiza aunque algo lánguida, se leía aún el Teágenes á fines del siglo XVIII, como lo comprueba una edición de 1787, sin que prevaleciese contra ella la redundante y culterana paráfrasis que en 1722 había publicado D. Fernando Manuel de Castillejo con el título de La Nueva Cariclea[509]. Nada puedo decir de la traducción ó imitación en quintillas del médico de Granada D. Agustín Collado del Hierro, pues sólo la conozco por una referencia del Fénix de Pellicer[510] y por la noticia de Nicolás Antonio. Pero de la influencia persistente de Heliodoro en nuestra literatura da testimonio no sólo el Persiles, donde la imitación del Teágenes es menor de lo que generalmente se cree y de lo que da á entender el mismo Cervantes, sino la comedia de Calderón Los hijos de la fortuna y otra más antigua del doctor Montalbán Teágenes y Clariquea.

Afortunado hubiera sido Aquiles Tacio Alejandrino en encontrar por intérprete á D. Francisco de Quevedo, si la versión que éste hizo de la Historia de los amores de Leucipe y Clitophonte conforme á la letra griega no hubiese padecido el mismo naufragio que otras obras suyas, quedándonos sólo su memoria en las notas del Anacreonte Castellano del mismo Quevedo[511]. Y habiéndose perdido también, lo cual es menos de sentir, el Poema Jónico ó Épica Griega, extraño título que dió á su traducción derivada del latín, aunque «enmendada», según dice, «por el original griego» el inagotable grafómano D. José Pellicer de Ossau Salas y Tovar[512], sólo corrió de molde una paráfrasis harto infiel que D. Diego de Agreda y Vargas, novelista mediano y poco original, publicó en 1617, valiéndose de la traducción toscana de Francesco Angiolo Coccio[513].

(El Fenix y su historia natural, escrita en 22 ejercitaciones, diatribes o capitulos... por Don Josef Pellicer de Salas y Tobar... Madrid, 1603, fol. 107).

Pero ya en 1552 gran parte de los episodios de esta novela habían venido, á través de otra traducción italiana menos completa, á incorporarse en un libro español por varias razones notable que publicó en Venecia el poeta alcarreño Alonso Núñez de Reinoso con el título de Historia de los amores de Clareo y Florisea y las tristezas y trabajos de la sin ventura Isea, natural de la ciudad de Éfeso[514]. Ya Liebrecht indicó, aunque sin pararse á puntualizarlo, que esta obra era imitación de Leucipe y Clitofonte. Lo es, en efecto, pero sólo de los cuatro últimos libros, únicos que Reinoso conocía, según confiesa en su prólogo: «Habiendo en casa de un librero visto entre algunos libros uno que Razonamiento de amor se llama, me tomó deseo, viendo tan buen nombre, de leer algo en él; y leyendo una carta que al principio estaba, vi que aquel libro habia sido escrito primero en lengua griega y despues en latina, y ultimamente en toscana; y pasando adelante hallé que comenzaba en el quinto libro. El haber sido escrito en tantas lenguas, el faltarle los cuatro primeros libros fué causa que más curiosamente desease entender de qué trataba, y á lo que pude juzgar, me pareció cosa de gran ingenio y de viva y agraciada invencion. Por lo cual acordé de, imitando y no romanzando, escribir esta mi obra, que Los amores de Clareo y de Florisea y trabajos de la sin ventura Isea llamo; en la cual no uso más que de la invencion, y algunas palabras de aquellos razonamientos».

Alonso Núñez omite el nombre del autor griego á quien verdaderamente imita, porque de seguro la obra era anónima para él. Los Ragionamenti Amorosi, de que él se valía, eran los de Ludovico Dolce, impresos en 1546, y en ellos la novela se da como fragmento de un antiguo escritor griego[515]. Anónima estaba también en la versión latina que siguió Dolce, que es la primera de Aníbal Cruceio milanés, impresa en 1544 y dedicada á D. Diego Hurtado de Mendoza[516]. Tal omisión se explica teniendo en cuenta que Cruceio tradujo de un manuscrito griego imperfecto, donde faltaban los cuatro primeros libros, y con ellos el nombre del autor, y sólo diez años después llegó á descubrir la obra entera con la noticia de su legítimo dueño.

Disipada, pues, la oscuridad que hasta ahora envolvía los orígenes de Clareo y Florisea, á pesar de la honrada y leal confesión de su autor, conviene estudiar en la novela misma los cambios, adiciones y supresiones que en ella hizo el imitador. Consta Clareo y Florisea de treinta y dos capítulos, pero la imitación de Leucipe y Clitofonte termina en el diez y nueve. Aun en estos primeros capítulos hay algunos enteramente ajenos á la fábula griega, que por lo demás sigue con bastante fidelidad, traduciendo pasajes nada cortos. Pero suele abreviar con buen gusto las interminables descripciones en que se complace el gusto sofístico de Aquiles Tacio, y prescinde casi siempre de sus digresiones geográficas y mitológicas, tan curiosas algunas. Reducida la acción á sus elementos novelescos, todavía hizo en ella algunas alteraciones más ó menos felices. Como no conocía los cuatro primeros libros de la novela griega, ni el motivo del viaje de Leucipe y Clitofonte (nombres que cambió por los menos exóticos de Clareo y Florisea), tuvo que inventarle, é imaginó una combinación que luego reprodujo Cervantes en el Persiles. Clareo y Florisea son prometidos esposos; pero el primero, á causa de un voto ó promesa, había dado palabra de no casarse con Florisea en un año, «sino tenella como su propia hermana». Con la llegada á Alejandría de ambos amantes comienza la imitación de Aquiles Tacio, conservando algunos nombres del original y cambiando otros. Menelao, por ejemplo, es en el texto griego un amigo fiel de Clitofonte; en el español desempeña el mismo papel que el corsario Cherea de la primitiva novela. Roba á Florisea con engaño, y viéndose perseguido en la mar, finge descabezarla y echar su cuerpo á las olas, inmolando en lugar suyo á una infeliz esclava. Clareo queda solo é inconsolable en Alejandría, donde se enamora de él una dama rica y hermosa, que en nuestro libro se llama Isea y en el de Aquiles Tacio Melita, la cual se creía viuda por tener falsas nuevas de haber naufragado su marido. Clareo resiste por largo tiempo al amoroso asedio de la apasionada Isea, pero vencido por lo precario de su situación y por los consejos é instancias de su amigo Rosiano acaba por consentir en el matrimonio, si bien poniendo por condición que no se consumará hasta que lleguen á Éfeso, patria de la supuesta viuda. Hacen, en efecto, el viaje, pasando el suplicio de Tántalo la pobre Isea; pero Clareo, siempre fiel á la memoria de Florisea, inventa nuevos pretextos para dilatar la unión conyugal, y entre tanto encuentra á su amada entre las esclavas de su nueva mujer. Para complicar la situación, sobreviene en mal hora Tesiandro (Tersandro en Aquiles Tacio), el marido de Isea, que pasaba por muerto; arma tremendo escándalo en su casa, insulta y golpea furiosamente al que tiene por adúltero, y acaba por hacerle encerrar en una prisión y someterle á un proceso. Un confidente de Tesiandro le habla de su esclava Florisea, ponderándole su hermosura; la ve, queda prendado de ella; intenta vencer brutalmente su resistencia, y no lográndolo, la secuestra en escondido lugar y hace correr voz de que había sido asesinada. Llega la falsa noticia al preso Clareo: cae en la más negra desesperación, y para salir pronto de esta vida y vengarse al mismo tiempo de Isea, á quien tiene por autora ó instigadora del crimen, se declara culpable de él y la delata como cómplice. Es sentenciado á muerte, pero le salva la oportuna aparición de Florisea, que ha logrado escapar de su encerramiento y viene á poner en claro la verdad de todo. Los dos amantes vuelven á su patria Bizancio, donde celebran sus bodas, y la infortunada Isea, en cuya boca pone el autor castellano la narración de todos estos trabajos, que en la novela griega cuenta el mismo Clitofonte, vuelve á peregrinar por tierras y mares, pero ya como mera espectadora de muy diversas aventuras.

Comparado este relato con el de Aquiles Tacio, se observan algunas modificaciones muy felices. Reinoso ha ennoblecido el carácter de Clareo; le ha hecho menos pasivo, menos quejumbroso, menos apocado y cobarde que en la novela original, donde todo el mundo aporrea impunemente al triste Clitofonte, sobre todo el brutal marido de Isea. Ha presentado con más tino, y delicadeza la pasión de la viuda, que llega á interesar en algunos momentos por lo patético y bien sentido de sus quejas. Otro rasgo notable de depuración moral y estética á un tiempo se debe al imitador español. Tanto Clareo como Isea quedan libres de toda mancha y sospecha de adulterio, ni involuntario siquiera, si vale la expresión. Por el contrario, Aquiles Tacio hace que Melita, aun después de la vuelta de su marido, insista en su furiosa pasión y logre triunfar por una vez sola de la resistencia de Clitofonte; con lo cual destruye todo el pensamiento de su obra, fundada en la mutua fidelidad de Leucipe y su amante. Esta distracción del novelista griego tiene consecuencias análogas á las que trajo en el Amadís la famosa enmienda de Briolanja. Leucipe, que había guardado incólume su castidad, puede arrostrar impávida la prueba de la gruta de la siringa, que sonaba melodiosamente cuando entraba una virgen (aventura tan parecida á la del arco de los leales amadores)] pero Melita no puede salir airosa de la prueba del agua Stygia, sino merced á una restricción mental que dista poco de un falso juramento. Alonso Núñez suprimió estas pruebas, en lo cual no hizo bien, porque son interesantes y poéticas, y abrevió además secamente el final, suprimiendo todas las escenas del templo de Diana y la oportuna llegada de Sostrato, padre de Leucipe, que tanto contribuye al desenlace. Pero en general la novela bizantina no salió empeorada de sus manos, y aunque la prosa de Aquiles Tacio es más trabajada, su elegancia sofistica agrada menos que la candorosa y apacible sencillez del estilo de Reinoso. La imitación clásica no se limita en éste á un solo modelo. El mismo dice en su segunda dedicatoria que quiso remedar también á Ovidio en los libros de Tristibus, á Séneca en las tragedias y á otros autores latinos. Con efecto, son visibles estas imitaciones, especialmente las de Séneca el Trágico. Gran parte del capítulo IX, que contiene las quejas y lamentaciones de Isea desdeñada por Clareo, está tejida con palabras y conceptos que pronuncia Fedra en el Hipólito, y la confidenta Ibrina representa el mismo papel que la Nutrix en la tragedia del poeta cordobés. Hay una bajada al infierno llena de reminiscencias del libro sexto de la Eneida, y un lindo elogio de la vida pastoril taraceado del «O fortunatos nimium» de las Geórgicas y del «Beatus ille» de Horacio[517]. Trozo es éste que no me parece muy inferior al celebrado discurso de Don Quijote sobre la edad de oro, con el cual tiene mucha analogía de factura. Y es cierto que Cervantes había leído con mucha atención el libro de los Amores de Clareo, del cual hay algunas reminiscencias en el Persiles[518].

Aunque la fábula general, en la primera parte del libro de Reinoso, sea la de Aquiles Tacio, hay varios episodios que parecen originales del poeta de Guadalajara, y nada tienen que ver con la antigüedad griega y latina. Tales son las maravillas de la Ínsula Deleitosa y la historia de la infanta Narcisiana, la cual era tan hermosa y tenía tanta fuerza en el mirar, que con su vista mataba; por lo cual sus padres la habían confinado en aquella isla donde ningún hombre verla pudiese, y aun allí, «tenia delante de su rostro una forma de velo o antifaces, porque ansi pudiera ver, y siendo por ventura vista no matar». Otra novela hay (cap. X) cuya acción pasa en Valencia, y que pertenece al género trágico de Mateo Bandello, recordando algo su principio y su fin la de Diego de Centellas, que tiene el número 42 en la colección del ingenioso dominico lombardo. La descripción de la ínsula de la Vida y de los huertos, ejercicios y recreaciones de sus moradores (caps. XI y XII) es una curiosa pintura de la vida cortesana en Italia, enteramente anacrónica con el resto del libro. No lo es menos el reto y batalla campal de Clareo y el corsario Menelao. Y aunque Reinoso insiste mucho en que su obra no se confunda con «las vanidades de que tratan los libros de caballerias», y aguza su ingenio para explicar alegóricamente todas las acciones de sus personajes, es lo cierto que en cuanto abandona las pisadas de Aquiles Tacio, y aparece en escena el andante paladín Felesindos, su libro se convierte en uno más de caballerías, tan absurdo y desconcertado como cualquier otro, aunque mejor escrito que la mayor parte de ellos. No nos perderemos en el laberinto de esta última parte, que ningún interés ofrece, siendo conocidas tantas muestras de su género. Lo más curioso é inesperado es el final, que contiene una sátira nada benévola contra los conventos de monjas[519]. Viéndose rechazada Isea de uno de ellos por su pobreza y oscuro linaje, determina recogerse en la ínsula Pastoril, donde escribe sus memorias, de las cuales promete una segunda parte.

Pocas noticias quedan del autor de este ingenioso libro, fuera de las que él mismo da en las poesías líricas que acompañan á su novela. Era natural de Guadalajara, como queda dicho, y parece haber pasado algunos años de su juventud en Ciudad Rodrigo, donde frecuentó el trato y amistad de Feliciano de Silva, á quien admiraba demasiado, pero cuyo estilo no imitó por fortuna suya. En una de las composiciones que escribió en Italia deplora en términos muy sentidos la ausencia de su amigo:

Y si con estos enojos Soledad[520] de España siento, Luego revientan los ojos Con las lágrimas, despojos Del cansado pensamiento. .......................................... Que estoy en Ciudad Rodrigo Muchas veces finjo acá, Y conmigo mismo digo: «Este camino que sigo A los Alamos irá». Y digo: «contento, ufano Y alegre podré llegar A casa de Feliciano, A donde continuo gano Por tal ingenio tratar»...

De otros amigos y amigas suyas de aquella ciudad y de Guadalajara trata en los versos que siguen, acordándose especialmente de doña Ana de Carvajal, de una doña Juana Ramírez y de su propia hermana doña Isabel de Reinoso. En una de sus dedicatorias habla de «cierta comedia» que había dirigido al duque del Infantado, y que había sido corregida y enmendada por el señor de Frexno de Torote, D. Juan Hurtado de Mendoza, buen caballero, buen regidor y procurador á Cortes, pero poeta infeliz, autor de El buen placer trobado en trece discantes de cuarta rima castellana (1550); libro que, como tantos otros, tiene su mayor mérito en la rareza. Reinoso se muestra agradecido á sus buenos oficios, no menos que á los del caballero italiano Juan Micas, á quien dedicó la historia de Clareo. Su vida parece haber sido aventurera y azarosa. De una epístola suya á Feliciano se infiere que comenzó la carrera de Leyes, probablemente en la Universidad de Salamanca, lo cual puede explicar sus estancias en la vecina Ciudad Rodrigo. Como tantos otros españoles pasó á Italia, pero su viaje debió de tener más de forzado que de voluntario, á juzgar por los versos en que habla de su destierro, que no parece metafórico:

Ha consentido mi hado Y mi suerte me condena A que viva desterrado Y que muera sepultado Sin placer en tierra ajena; A donde todo me daña, Donde mi muerte se ve, Pues morando en tierra extraña, Con la memoria d' España Como viva yo no sé.

En Italia obtuvo fama de poeta, y uno de sus encomiadores fué el mismo Ludovico Dolce, de cuyos Ragionamenti tomó la idea de su novela, que el mismo Dolce celebró en un soneto inserto en los preliminares del libro. Los endecasílabos de Reinoso valen poco, y él mismo confiesa que muchas veces no tienen la acentuación debida, sino la que cuadraría al verso de doce sílabas ó de arte mayor. En las coplas castellanas es fácil, tierno y afectuoso, pero su prosa es infinitamente mejor y más limada que sus versos. La Historia de Clareo y Florisea fué traducida inmediatamente al francés[521] y tiene el mérito de ser, si no nos equivocamos, la más antigua imitación de las novelas griegas publicada en Europa, puesto que la del seudo Atenágoras, que pasa por la más antigua, no apareció hasta 1599.

Más independiente de los modelos bizantinos, y más enlazada con la vida actual, se presenta la Selva de aventuras que el cronista Jerónimo de Contreras publicó antes de 1565, puesto que la edición de Barcelona de dicho año no parece ser la primera. Hay, por lo menos, seis posteriores á esa fecha[522] y una traducción francesa de Gabriel Chapuys (1580), que fué reimpresa varias veces[523]. Todo esto prueba que la Selva se leyó bastante, y hoy mismo es de fácil y no desapacible lectura. El argumento es sencillo y bien combinado, en medio de la extremada pero no confusa variedad de episodios.

Un caballero sevillano llamado Luzmán, enamorado de la doncella Arbolea, á quien había conocido desde la infancia, la pretende en matrimonio; pero ella, resuelta á abrazar la vida monástica, le quita toda esperanza con muy corteses razones: «Nunca yo pudiera creer, Luzmán, que aquel verdadero amor trabado y encendido desde nuestra juventud, pudiera ser por ti en ningun tiempo manchado, ni derribado de la cumbre donde yo por más contentamiento suyo y mio le habia puesto. Pesame que de casto y puro amor le has vuelto comun deseo y apetito sensual, siendo primero contemplacion y recreación del ánima... No dejo de conocer que lo que pides, y como hombre deseas, que es bueno; mas si hay otro mejor, no se debe de dejar lo más por lo menos.

Quiero decir que yo te he amado por pensamiento, que en mí no se efectuase otro amor más que aquel que sola nuestra amistad pedia; porque yo siempre estuve determinada de nunca me casar, y asi he dado mi limpieza a Dios y toda mi voluntad, poniendo aqui el verdadero amor, que jamas cansa ni tiene fin».

El desconsolado amante busca alivio en la ausencia, y parte para Italia en hábito de peregrino. La narración de este viaje y de las extrañas cosas que en él vió Luzmán es el principal asunto de los siete libros cortos en que la Selva se divide. Siguiendo el holgado modo de novelar que ya vimos indicado en el Libro Félix de Raimundo Lulio y que adoptaron los autores de novelas picarescas, cada uno de los personajes que el protagonista va encontrando le refiere su historia y le pide ó le da consejo. Entre estas historias hay algunas muy interesantes y románticas, como la del caballero aragonés Erediano (¿Heredia?) y Porcia, sobrina del duque de Ferrara: dos amantes que hicieron vida solitaria y murieron en el desierto; la del penado Salucio, que parece prototipo de Cardenio; la del marqués Octavio de Mantua. Hay tipos ingeniosamente trazados, como el pobre Oristes, el rico y avaro Argestes, el espléndido y hospitalitario Virtelio; episodios de novela pastoril, disputas de casuística amorosa, tres églogas representables, una de las cuales, la de Ardenio y Floreo, el pastor amoroso y el desamorado, recuerda la disputa de Lenio y Tirsi en la Galatea de Cervantes; una representación escénica del Amor Humano y el Amor Divino, y otra que se supone hecha en la plaza de San Marcos de Venecia, y gran cantidad de versos líricos de todas medidas, escritos con elegancia y rica vena. En el curso de su peregrinación, el héroe visita la cueva y oráculo de la Sibila Cumea (la sabia Cuma), y encuentra reinando en Nápoles al magnánimo Alfonso V de Aragón. Volviendo á España, cae en poder de unos corsarios que le llevan cautivo á Argel (lugar común de tantas novelas y comedias posteriores); logra rescatarse, y al llegar á Sevilla encuentra que su amada Arbolea había tomado el velo. Hay rasgos muy delicados en la última entrevista de los dos amantes.

«Y luego esa tarde se fue Luzmán al monasterio donde estaba su señora, y preguntó por ella: a Arbolea le fue dicho cómo un pelegrino la buscaba; ella, no sabiendo quién fuese, se paró a una reja, y aunque vio a Luzmán, no le conocio; mas él, cuando vido a ella, conocióla muy bien; y sin poder detener las lagrimas, comenzo a llorar con gran angustia. Arbolea, muy maravillada, no pudiendo pensar qué fuese la causa porque aquel pobre asi llorase ante ella, le preguntó diciendo: «¿Qué sientes, hermano mio, o qué has menester desta casa? ¿Adónde me conoces, que has llamado a mí más que a otras destas religiosas?» Luzmán, esforzando su corazón, y volviendo más sobre sí, respondió a Arbolea, diciendo: «No me maravillo yo, señora Arbolea, que al presente tú no me conozcas, viéndome tan mudado del que solia ser con los grandes trabajos que por tu causa he pasado: ves aqui, señora, el tu Luzmán, a quien despreciaste y tuviste en poco sus servicios, no conociendo ni queriendo conocer el verdadero amor que te tuvo, a cuya causa ha llegado al punto de la muerte, la cual de más cortés que piadosa ha usado con él de piedad; y esto ha sido porque volviese a tu presencia; pues agora venga la muerte, que contenta partirá esta afligida ánima, guardando el cuerpo en su propia naturaleza»; y diciendo esto, calló vertiendo muchas lagrimas.

«Arbolea, que entendio las palabras de Luzmán y le conocio, que hasta entonces no habia podido conocerlo, porque vio sus barbas muy largas, sus cabellos muy cumplidos y ropas muy pobres, aquel que era la gentileza y hermosura que en su tiempo habia en aquella ciudad, lleno de gracias, vistiendose tan costosamente que ningún caballero le igualaba; pues, vuelta en sí, aunque con gran turbacion, alegrose en ver aquel a quien tanto habia amado, que por muerto tenia, y respondiole diciendo asi: «No puedo negar ni encubrir, mi verdadero hermano y señor, la gran tristeza que siento en verte de la manera que te veo; mas por otra parte, muy alegre doy gracias a Dios que con mis ojos te tornase a ver, porque cierto muchas veces he llorado tu muerte, creyendo que ya muerto eras; y pues eres discreto y de tan principal sangre, yo te ruego me perdones, si de mí alguna saña tienes, y te conformes con la voluntad de aquel por quien todas las cosas son ordenadas; que yo te juro por la fe que a Dios debo, que no fue más en mi mano, ni pude dejar el camino que tomé, que ya sabes que no se menea la hoja en el árbol sin Dios, cuanto más el hombre con quien él tanta cuenta tiene. To te ruego, desechada tu tristeza, alegres a tus padres y tomes mujer, pues por tu valor la hallarás como la quisieres, y de mí haz cuenta que fui tu hermana, como lo soy y seré mientras viviere». Decia estas palabras la hermosa Arbolea con piadosas lagrimas, a las cuales respondio Luzmán: «Al tiempo que tú, señora, me despediste cuando más confiado estaba, entonces desterré todo el contentamiento, y propuse en mí de no parecer más ante tus ojos, y nunca ante ellos volviera, sino que entendi que estabas casada, lo cual jamas pude creer, mas por certificarme, quise venir ante tu presencia; y pues ya no tienen remedio mis lagrimas ni mis suspiros, ni mis vanos deseos, quierome conformar con tu voluntad, pues nunca della me aparté; y en lo que me mandas que yo me case, no me tengas por tal que aquel verdadero amor que te tuve y tengo pueda yo ponerlo en otra parte: tuyo he sido y tuyo soy, y así quiero seguir lo que tú escogiste, casandome con la contemplación de mi cuidado, que no plega a Dios que otra ninguna sea señora de mi corazón sino tú que lo fuiste desde mi juventud».

Para cumplir su propósito, Luzmán se despide de sus padres, construye una ermita cerca del monasterio de Arbolea y hace allí vida penitente el resto de sus días. Bello y romántico final, que recuerda la balada de Schiller El caballero de Togenburgo ó la imitación que de ella hizo nuestro Piferrer en su Ermitaño de Monserrat.

La originalidad de la Selva de aventuras parece incontestable. De las novelas anteriores, sólo la de Peregrino y Ginebra tiene alguna remota analogía de plan, pero hay mucha distancia del espíritu liviano de aquella narración á la intachable pureza moral de ésta. Todo en ella respira gravedad y decoro, y á la verdad, no se explica que el Santo Oficio, tan indulgente ó indiferente con este género de literatura, hiciese la rara excepción de llevar Luzmán y Arbolea al Índice expurgatorio.

Poco sabemos de la vida de Jerónimo de Contreras, que se titula capitán en el frontispicio de alguno de sus libros. Consta por declaración propia que en 1560 obtuvo de Felipe II la merced de un entretenimiento en el reino de Nápoles, y que todavía permanecía allí diez años después cuando puso término á su Vergel de varios triunfos, que luego se imprimió con el título de Dechado de varios subjectos (1572), especie de alegoría moral en forma de sueño, entremezclada con elogios en prosa y verso de reyes y varones ilustres españoles antiguos y modernos[524]. «Contreras es escritor fácil, rico y castizo (dice Gallardo hablando de esta obrita); sus versos parece que se le caían de la pluma, especialmente el que llamamos por excelencia verso castellano, las redondillas». Á pesar de su título de cronista, no conocemos obras históricas de él, y no son flojos, aunque sin duda voluntarios, los anacronismos en que incurre en su novela, bien que en su tiempo nadie reparaba en esto.

Así como el Clareo y Florisea es el germen del Persiles, así la Selva de aventuras, con sus cuadros de viajes, con sus intermedios dramáticos y líricos, nos parece el antecedente más inmediato de El Peregrino en su patria de Lope de Vega y de otras misceláneas novelescas semejantes á ésta.

NOTAS:

Notes in this chapter

Note 1 · Nos valemos de la reproducción fotolitográfica que D. José Sancho Rayón hizo de la edición de Sevilla, por Juan Cromberger, 1529.Note 2 · Además de sus famosas coplas, llamadas por el Cancionero general «de maldecir de mujeres», hay en el mismo Cancionero otras tres composicionNote 3 · Tractado compuesto por Johan de flores a su amiga. (Colofón): Acaba el tractado compuesto por Joan de flores: donde se contiene el triste fiNote 4 · Historia in lingua castigliana composta et da M. Lelio Aletiphilo in parlare italico tradutta... Después de la dedicatoria se encuentra esteNote 5 · Le juguement damour auquel est racomptee l'hystoire de Isabel fille du roy Descoce, translatee de Espaignol en Francoys (de Jean de Flores),Note 6 · History of Aurelio and of Isabell. En la edición cuatrilingüe de Amberes, 1556. Reimpresa sin el texto español en Londres, 1586.Note 7 · Historia de Aurelio y Isabela hija del Rey de Escocia mejor corregida que antes, puesta en Español y Frances para los que quisieren deprendeNote 8 · Vid. Schneider, pp. 249-256.Note 9 · Le Fonti dell' Orlando Furioso, p. 156.Note 10 · Vid. E. Köppel: Quellen-Studien zu den Dramen Ben Jonsons, John Marstons und Beaumont and Fletcher (en los Münchener Beiträge zur romanischeNote 11 · Processo de cartas de amores que entre dos amantes passaron y una quexa y aviso contra Amor, traducido del estilo griego en nuestro pulido cNote 12 · Vid. Gallardo, Ensayo, t. II, cols. 220-221.Note 13 · Dialogo de Amor intitulado Dorida. En que se trata de las causas por donde puede justamente un amante (sin ser notado de inconstante) retiraNote 14 · En el catálogo de D. Fernando Colón se cita ya una edición de la Historia de Peregrino en español por Fernando Diaz, sin lugar ni año, pero Note 15 · Vid. un estudio sobre esta novela en el libro de Adolfo Albertazzi Romanzieri e Romanzi del Cinquecento e del Seicento (Bolonia, 1891), pp. Note 16 · Heliodori denique Æthiopicam historiam lepidissimam in gratiam civium, quod male conversa vulgo legeretur, sua lingua de Gracis loquentem feNote 17 · Historia Ethiopica, Trasladada de frances en vulgar castellano, por un secreto amigo de su patria y corrigida segun el griego por el mismo, Note 18 · De esta edición de Salamanca, en casa de Pedro Lasso, 1581, sólo he visto un ejemplar falto de los primeros folios en la Biblioteca NacionalNote 19 · La historia de los leales amantes Teagenes y Chariclea. Trasladada agora de nueuo de Latin en Romance por Fernādo de Mena, vezino de Toledo.Note 20 · La Nueva Cariclea, o Nueva Traduccion de la novela de Theagenes y Cariclea, que con titulo de Historia de Etiopia escrivio el antiguo HeliodNote 21 · «Imita también á Claudiano en la traduccion docta de Heliodoro D. Agustín Collado, comparando á Cariclea al fénix».Note 22 · De esta versión, que desgraciadamente ha perecido como tantas otras cosas de su autor inmortal, nos da razón el mismo Quevedo en los comentaNote 23 · En el catálogo de los Libros de D. Joseph Pellicer, que se perdieron llevados de su Estudio, figura con el núm. 2 el siguiente artículo: —HiNote 24 · Los amores de Leucipe y Clitofonte... En Madrid por Iuan de la Cuesta. Año M.DC.XVII (1617), 8.º. La traducción de Coccio, que sirvió de texNote 25 · Historia de los amores de Clareo y Florisea, y de los Trabajos de Isea, con otras obras en verso, parte al estilo español y parte al italianNote 26 · Amorosi Ragionamenti. Dialogo nel quale si racconta un compassionevole amore di due amanti, tradotto per M. Ludovico Dolce, dal fragmento d'Note 27 · Narrationis amatoriæ fragmentum e græco in latinum conversum, Annibale Cruceio interprete. Lugduni, apud S. Gryphium, 1544, 8.º.Note 28 · «La cual vida, como yo viese y considerase cuan buena y verdadera era, con razon comencé a decir: «¡Oh bienaventurados y venturosos pastoresNote 29 · Persiles y Sigismunda fingen ser hermanos en cumplimiento de un voto, y en esta ficción está basada la novela. Clareo promete no casarse conNote 30 · «Y entrando, hallé a la abadesa muy bien adrezada y cercada de muchas monjas, muy bien vestidas, que todas estaban labrando con sus almohadiNote 31 · Uno de los muchos pasajes en que Soledad está usada en el mismo sentido que la decantada. Saudade portuguesa.Note 32 · De esta traducción de Jacques Vincent hemos hablado ya. En O Panorama, periódico literario de Lisboa, 1837, tomo I, pág. 164, se dió noticiaNote 33 · Selva de Aventuras, compuesta por Hieronimo de Contreras, coronista de S. M. Va repartida en siete libros, los cuales tratan de unos extremaNote 34 · Etranges aventures contenant l'histoire d'un chevalier de Seville dit Luzmán a l'endroit d'une belle demoiselle appelée Arbolea, trad. de l'Note 35 · Dechado de varios subjectos, compuesto por el Capitan Hieronimo de Contreras, Cronista de S. M... En Zaragoza, en casa de la viuda de Bartol
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