Note 519 — VI (continued 2)
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«Y entrando, hallé a la abadesa muy bien adrezada y cercada de muchas monjas, muy bien vestidas, que todas estaban labrando con sus almohadillas de raso y sus guantes cortados; y esto con tanta reputacion que las damas en los saraos no tienen más. Yo, viéndola asi, hice mi cortesia, y en pocas palabras dije mi intencion, y la abadesa me respondio que yo fuese bien venida; pero que cuanto a entrar en aquella casa, que era menester traer mil ducados de dote y ser de don y de buen linaje; porque todas aquellas señoras lo eran: que una se llamaba doña Elvira de Guzman, y otra doña Juana de Mompalau, y otra doña Teresa de Ayala, y otra doña Maria Manrique, y otra doña Marina Imperial, y otra doña Ambrosia de Chaves, y otra doña Isabel de Silva, y otra doña Antonia del Águila, y otra doña Ana de Carvajal, linaje de mucho precio y valor. Y diciendo esto la abadesa, respondio una monja, y dijo: «Otras habra de tanto», y sobre esto repitio otra y otra; y vinieron cuasi a darse unas a otras de chapinazos; y yo viendo aquella quistion, y que no tenia dineros para entrar alli, ni menos se podia saber quién era, acordé de dejar a las monjas en sus quistiones y de partirme».
La sátira parece escrita contra un determinado convento, y los nombres de las monjas pueden ser reales. De una doña Ana Carvajal habla el mismo Reinoso en sus versos como de amiga suya:
Y despues con gloria igual, Con temor que llevo, digo: Ana de Caravajal, Mi enemiga capital Veré que riñe conmigo.