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Orígenes de la novela, Tomo I

Note 517 — VI (continued 2)

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«La cual vida, como yo viese y considerase cuan buena y verdadera era, con razon comencé a decir: «¡Oh bienaventurados y venturosos pastores, a los cuales cupo por suerte tan venturosa y sosegada vida; y cómo no una vez, pero ciento os podeis llamar dichosos y bienaventurados, pues tan dulce y sosegadamente en estos valles vivis, ajenos y apartados de todas las cosas que tan gran pesar y trabajo a todos los que las buscan dan! ¡Oh cuán dulces y más sabrosas os son aqui a vosotros las claras y naturales aguas de lo que son los artificiales y escogidos vinos a los principes y grandes señores! ¡Oh cuán de mejor sabor es aqui la fresca y blanca leche de lo que por las ciudades son los pavos, perdices y faisanes! ¡Oh y cuán más suave olor es este que destas flores nace, que no aquel que el ambar de Oriente, ni almizquer de Levante causar suele! ¡Oh y cuán más dulce y alegremente canta aqui un pajaro de su natural, que no aquel que con grande trabajo en las cortes y grandes ciudades es enseñado! ¡Oh cuán mayor contento recebis aqui vosotros, metidos en la pastoril cabaña, de lo que reciben aquellos cuyas moradas estan fabricadas sobre altas columnas, cubiertas todas de oro y entretalladas de blanco marfil y de diversas historias todas acompañadas! ¡Oh y cuán más contenta vive aqui una serrana o pastora vestida descuidadamente con paños de gruesa lana o de lino hilados con sus propias manos, y con sus cabellos revueltos, y su blanco pie descalzo, y el grosero huso en la mano, cantando por estos campos, de lo que vive la honesta y recogida doncella, a la cual sobran los paños de seda y las joyas de oro, las piedras y perlas que no tienen precio, pero falta el contento, que de todo es lo mejor y más principal y de mayor estima».

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