Note 543 — VII
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Es el germen más remoto de la tradición que, pasando por el poema de Southey, llega hasta El Puñal del Godo. El falso conde don Julián saca su propia espada y se la entrega al Rey para que por su mano tome venganza de su traición. «E el falso conde, como llegó a él, fizo su reverencia, y el Rey como lo vido fue muy espantado, ca lo conocio bien: empero estuvo quedo. Y el falso conde se llegó a él; e provole de le besar la mano, y el Rey no se la quiso dar, ni se levantó de su oratorio, y el falso conde, las rodillas fincadas en el suelo ante el Rey, dixole: «Señor, como yo sea aquel que te haya errado de aquella manera que hombre traydor a su señor erró... e como nuestro Señor Dios es poderoso ovo piedad de la mi ánima e no quiso que yo me perdiesse, ni que España fuesse destruyda: ni tú, Señor, abaxado de la tu grand honra y estado ni del tu gran señorio que en España tienes, hame mostrado por revelacion cómo estavas aqui en esta hermita faziendo tan gran penitencia de tus pecados. Porque te digo que fagas justicia de mí, e tomes de mí venganza a tu voluntad como de aquel que te lo merece, ca yo te conozco que eres mi Señor»... E sacó entonces el conde don Julian su espada e davala al Rey, e dixole: «Señor, toma esta mi espada, e con tu mano misma faz de mí justicia, e toma de mí la tu venganza qual quisieres: ca yo la sufrire con mucha paciencia pues que te erré». Y el Rey fue muy turbado de la su vista, e assimismo de las sus palabras... Y el falso conde don Julian le dixo: «Señor, ¿no tornas sobre la sancta fe de Jesu-Christo, que del todo se va a perder? levantate y defiendela: que muy gran poder te traygo, y servirás a Dios e cobrarás la honra que tenias perdida: levantate e anda acá, e da duelo de la mezquina de España que se va a perder, e adolecete de tantas gentes como perescen por mengua de no tener señor que las defienda». Y el conde don Julian le dezia todas estas palabras por lo engañar: el diablo que avia tomado la su forma era, que no el conde. Mas el Rey no se pudo detener que le non dixesse: «Conde, id vos y defender la tierra con essa gente que tenedes, assi como lo fuistes a perder por la vuestra tan grandissima traycion que a Dios et a mí fezistes. E assi como traxistes los moros enemigos de Dios e de su sancta fe, e los metistes por España, assi los lanzad fuera della y la defended: que yo no vos mataré ni vos ayudaré a ello, y dexadme a mí ca yo no soy para el mundo; que aqui quiero facer penitencia de mis pecados: e no me movades más con estas razones». Y el falso del conde don Julian se levantó y se fue a la gran compaña que avia traydo; e traxolos todos antel Rey. Y el Rey como vido aquella gran compaña de cavalleros vido entrellos algunos que él bien pensava que eran muertos en la batalla. E dixeronle todos a muy altas vozes: «Señor, ¿a quien nos mandas que tomemos por Rey nuestro señor e por señor que nos ampare y nos defienda, pues que tú no quieres defender la tierra ni yrte con nosotros?... Cata, señor, que no es servicio de Dios que dexes perecer tanta christiandad como de cada dia se pierde por tú estar aqui solo y apartado como estás»... Y el Rey cuando oyo estas palabras, fue movido a piedad, e vinieronle las lagrimas a los ojos, que las non podia tener: y estava de tal manera tornado, que el seso se le avia fallecido, et callava, et non respondia cosa ninguna que le dixessen. E todas estas compañas que lo veyan quexavanse muy mucho, e da van muy grandes vozes, e fazian muy grandes ruydos e clamores... Y el Rey en todo esto no fazia sino llorar, e nunca les fabló cosa ninguna». (Cap. CCL de la segunda parte).