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Lecturas fáciles con ejercicios

EL JUEZ LADRÓN Y EL LADRÓN JUEZ

Reading edition

No he querido saber en cuál de nuestras ciudades hispanoamericanas, había muchos años ha, un juez, el cual era hombre de ésos que no le piden tanto a Dios, porque saben ingeniarse maravillosamente para anular la distancia entre sus manos y las cosas ajenas. No por 5 esto el tal Minos se tenía por[338] un ladrón; lejos de eso, vivía fieramente orgulloso de su honradez; porque en honor de la verdad debo decir que jamás rebajó su dignidad al extremo de ejecutar por sus propias manos ninguna substracción; y si bien es cierto que para esto se 10 valía de[339] otros individuos dirigidos por él, también lo es que todo lo hacía con el fin de ver hasta donde llegaba la sagacidad con que para tan difícil arte le dotara el cielo. Protegido por la consideración y el respeto que los 15 demás le rendían, manifestábase aquel funcionario como el hombre más honorable de lo criado; y en lo que tocaba a[340] puntos de honor, no le cedía el paso a[341] nadie, pues era por demás puntilloso y delicado, como ciertos gobernantes cristianos y timoratos, por ejemplo, y si son 20 desleales, si mienten, si corrompen a los pueblos, si protegen a los malos, si persiguen a los buenos... es solamente por razones de alta política, que los hombres de bien no alcanzan a comprender. Nuestro juez no era un político sino un artista, que por amor al[342] arte 15 se entregaba a sus tenebrosos estudios; y debía ser mucha su modestia, porque es fama que nunca se le oyó hablar una sola palabra de sus progresos en la ciencia. Pues, señor, en la misma ciudad cuyo nombre no he querido saber, había un rico, que tenía un caballo de 30 inestimable valor, y del cual jamás quiso deshacerse por ningún precio. El astuto juez vió el caballo y se prometió a sí mismo hacerlo pasar ocultamente a su poder, con el humanitario fin de vencer la terquedad de su dueño en no querer venderlo. 35 —¿A dónde iríamos a parar,—decía nuestro héroe,—si nadie quisiese vender lo que tiene? Se acabaría el comercio, y la sociedad vendría por el suelo. Sí, señor; es preciso castigar a este rico testarudo, alejando de su presencia ese bello animal. 40 Difícil era el negocio, porque el caballo estaba perfectamente custodiado, pero aquello era una cuestión de honor, en la que el arte no debía darse por[343] vencido. A este fin llamó el juez a uno de sus más diestros ayudantes, y prometióle una buena recompensa en caso 45 que lograse quitar el caballo, con toda la honradez y limpieza posibles, ofreciéndole además el librarle de la sanción de la ley, dado caso de que[344] fuese sorprendido. Portóse el encargado tan dignamente que a la siguiente noche desapareció el animal del lugar en donde 50 se le guardaba como si hubiese tenido la facultad de volar por los aires como el Pegaso o como la yegua Alborak, en que el Profeta Mahoma hizo su viaje a los cielos. Todas las diligencias que el dueño del caballo hizo al 55 principio fueron infructuosos para encontrarlo; pero bien pronto las sospechas de todo el mundo recayeron precisamente en el que había servido de[345] instrumento al juez, porque nadie ignoraba la clase de hombre que era y como el agraviado señor tenía influencia en el gobierno, 60 consiguió poner en la cárcel al sospechoso. Parece que una desgracia no es más que el aviso de las que bien luego nos sucederán. Junto con entrar en la cárcel, supo el ladrón que se había capturado también a un compañero suyo que le ayudó en la expedición 65 nocturna; y empezó a temer muy de veras, porque en verdad el dueño del caballo era poderoso y no se dormía en las pajas.[346] El juez creyó prudente visitar a su cómplice, para fortalecerle. 70 —No temas—le dijo, entrando al calabozo. —Pero, señor,—replicó el reo.—¿Cómo me he de librar en los interrogatorios, cuando mi compañero puede venderme? —Yo te daré una industria; a todas las preguntas 75 que se te hagan, no tienes más que contestar con estas dos palabras: "no oigo." —Pero todo el mundo sabe que no soy sordo. —¡Vaya! ¡qué inconveniente! No parece sino que fueras niño de pecho. ¿Hay cosa más sencilla que 80 ensordecerse cuando uno quiere? —¿Y si me preguntan por medio del azote? A esa manera de preguntar no hay sordera que se resista; tengo experiencia, señor mío. —Ya te libraré de la escalera. Repítote que no 85 tengas miedo.[347] Es preciso tener valor para estas cosas porque el cobarde no pasa el río.[348] —Ya sabe usted que soy valiente. —Bueno. Y el caballo, ¿dónde está? —Está en lugar seguro. 90 —Muy bien. Prudencia y discreción; y sobre todo debes tener firmeza para repetir las palabras que te he dicho: no oigo. ¿Estás?[349] —Sí, señor; no oigo. —Aun cuando se te amenace con la horca, tú contestarás 95 siempre lo mismo. —Eso es, señor; no oigo. Prosiguióse la causa; pero con notable admiración de toda la ciudad, el ladrón se había ensordecido hasta el extremo de no oír absolutamente nada. Preguntábanle 100 algo y el contestaba: no oigo. Presentábanle a su cómplice, o bien le hacían ciertas señas para ver si las comprendía, pero él contestaba:—No veo. Hé aquí que agregaba otra industria a la que le había 105 enseñado el ladino juez. En fin, fué imposible hacerle aparecer convicto de su crimen, por lo cual el honrado magistrado se vió en la obligación de[350] sobreseer en el asunto, y poner en libertad al casi inocente reo. Cuando éste salió de la cárcel, llamóle el juez, y dándole mil 110 parabienes[351] junto con la recompensa prometida, le dijo: —Te has portado como quien eres, hombre. ¡Qué firmeza! Pero ya ves que por hacerte bien y buena obra, me he expuesto a que la ciudad entera eche de ver[352] la protección que te dispenso. Ahí tienes el 115 premio de tu trabajo; ahora ve a buscarme el caballo. —No oigo, señor,—contestó frescamente el ladrón. —¿Cómo es eso? ¿A mí me vienes con burlas, bellaco? —¡Pues estamos lucidos! Advierte que te enseñé 120 esa contestación para que la dieses cuando era preciso; ahora es otra cosa. —No oigo, no oigo nadita. —Ya ves que te he dado la recompensa ofrecida. —No veo,—dijo el bellaco, guardando el dinero que 125 el juez acababa de entregarle, y dando muestra de[353] querer retirarse prontamente. —¡Pícaro! tendrás que cumplir lo pactado, porque si no... —¡No oigo! ¡no oigo! le interrumpió el ladrón, 130 poniendo pies en polvorosa.[354] De esta manera el ladrón se convirtió a sí mismo en un instrumento de castigo. En cuanto al juez artista, quedóse allí sintiendo no poder vengar el vergonzoso chasco. 135

—Daniel Barros Grez.

EJERCICIOS

Cuestionario

Fórmense contestaciones en castellano a las preguntas que siguen, empleándose sentencias completas.

1. ¿Qué opina usted de la honradez del juez de este cuento?

2. ¿Qué hizo para robar a la gente?

3. ¿Por qué no se enteró el pueblo de que el juez no era honrado?

4. Cuando se habla del juez como artista, ¿a qué se refiere?

5. ¿Cómo evitó el ladrón ser convicto del crimen que cometió?

6. ¿Cuál es el significado particular de industria en este cuento? ¿Qué significa por lo común?

7. ¿Qué chasco se le dió al juez?

Modismos

Llénense los espacios en blanco con la preposición que convenga. Después tradúzcanse al inglés las oraciones así formadas.

1. Este hombre servirá —— compañero al artista.

2. Él tuvo miedo —— que yo estuviese enfermo.

3. El juez se tiene —— un hombre de bien.

4. Se ha visto en la obligación —— devolver el caballo.

5. El valiente soldado no se dió —— vencido.

6. Todo el mundo había echado —— ver que el juez protegía al ladrón.

7. Se valió —— otro hombre para cometer el crimen.

8. Dado caso —— que venga, le veré.

Verbos

Constrúyanse frases en que se usen en la primera persona del singular, el presente, pretérito y futuro de indicativo de las expresiones que siguen: valerse de, proteger, tener miedo, verse en la obligación de.

Representación dramática

Es bueno hacer que los estudiantes dramaticen esta historieta.

NOTES:

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América Central
América Central

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