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Parnaso Filipino

Victoriano (Pacífico)

Reading edition

Victoriano (Pacífico)

Caviteño. Médico de nota en Manila. Ejerce el profesorado.

EN LA BRECHA

El turbión, formidable ya no ruge; ya amainaron las hórridas ventascas; y en la manigua trágica y bravía ya no vibra el tronido de las balas... Ha pasado la noche dolorosa, nuestra noche fatídica y amarga... Auras de paz retozan en la tierra y platean el cielo nuevas albas... En las yermas campiñas y en las selvas con la sangre del pueblo bautizadas, lanza el toque de diana la corneta y resucita la moderna Esparta... Sobre el montón de ruinas y cadáveres que queda del naufragio de la patria; del sepulcro en que duermen tantos mártires ¡emerge, oh juventud! írguete y anda... ¡Emerge, oh juventud! ya entre el celaje ríe la nueva aurora sospirada, que ayer empurpuraron con su sangre los genios salvadores de tu raza... En la cumbre gloriosa del Calvario, como un astro radiante, aún fulge el ara, no logró el huracán con sus embates derribar de ella a la deidad preclara... Baja sin miedo con la frente erguida a la candente arena, en que se entablan las luchas de la heróica inteligencia, y ante el bravo adversario avanza, avanza... ¡Oh, no temas caer ante el coloso con el pecho horadado con las balas! Tiene tu alma la fuerza de esos árboles que, al caer, estremecen las montañas... Compra tu libertad y tus derechos con los propios esfuerzos de tu alma, que la presente edad sólo nos lega una herencia de penas y desgracias... ¡Triunfarás, juventud! con tu heroísmo que no teme el peligro ni las balas... Tú eres como el limbás40 de nuestros montes que al estallar el rayo, ¡vuela y canta!

Tú eres como esas águilas altivas, que más se elevan en las nubes altas cuando roza sus plumas el relámpago y estallan en su frente las borrascas. El choque engendra luz; por eso libras contiendas con la pluma o con la espada; brota el rayo del choque de dos nubes y al golpe del martillo el fuego salta... Cuando rodeada de banderas rojas sucumbas en tu propia barricada, nuestro ideal no morirá contigo; ¡el cuerpo se desploma, nunca el alma! ¡Venga el golpe hacia ti! Espera firme y sitúate siempre a la vanguardia... Procura no caer en la refriega sin coronar la cumbre suspirada. Si otra víctima exige el holocausto escala con la cruz la sima sàcra, que imitando a Isaac y a Jesucristo salvarás en tu Gólgota a la patria. Te miro triunfadora como Marte hundir al despotismo con la espada, galopar sobre un rayo de la aurora, y ascender hasta el cielo de la Fama; y, mientras sueña el alma con victorias, predica el evangelio de tu raza que nos enseña a estrangular tiranos y a retar al Destino cara a cara... ¡Tú vencerás! Tú no eres carne fofa, carne que se aniquila en las borrascas... Tú no llevas encima de la frente el Inri denigrante de los parias... Adora ese evangelio que te obliga a defender tus fueros con la espada, como te obliga a levantar un trono el inri denigrante de los parias... Templa tu alma en el yunque del martirio; en el martirio se sublima el alma que batalla en el campo del trabajo y trabaja en el campo de batalla... ¡Trabaja!--nuestra época es de luchas-- y cumple la misión a tí confiada, de edificar sobre el montón de escombros el majestuosa trono de la patria...! ¡Que te quepa la gloria inmarcesible de coronar su frente inmaculada...! Así, al brillar el sol del nuevo día, y al ondear la enseña soberana, podrás cantar ante la tumba ignota de los caídos en la noche aciaga: «--¡Dormid en paz, oh mártires anónimos, inolvidables hijos de mi raza! Yo coroné vuestra obra con el éxito». Y después exclamar ante la patria: «--¡Salve a ti, encantadora Filipinas, yo te saludo, madre idolatrada! ¡Ya eres feliz, gloriosa y redimida! ¡Reina sobre la tierra libertada...!»

ALTIVEZ TAGALA

Lucho, aunque el fardo del pesar me abrume, y bajo a la palestra sin recelos... ¡Triunfaré al fin! No soy cual ave implume incapaz de elevarse hasta los cielos... Me denuesta la envidia... ¡No me importa! Yo prosigo impasible la jornada, ¡el vuelo del condor jamás se acorta al silbo del reptil de la hondonada! No mendigo un aplauso lisonjero, ni algún laurel para calmar mi angustia. El aplauso es un ruido pasajero, y el laurel, verde rama que se mustia. Para alegrarme en la hórrida cruzada que libro, redimiendo mi inocencia, me basta con mirar la cumbre ansiada y contemplar sin manchas mi conciencia. Sin armas entró en lid mi adversario, y afrontó con valor el rudo embate. La pluma puede el púgil literario convertirla en espacia de combate... ¡Nunca fuí estoico!--El gladio yo he blandido, siendo infante en el trágico espoliario. La fuerza me arrolló, sentíme herido, pero seguí a la patria hasta el Calvario. En pró del bien no rehuyó el holocausto, ni desertó del culto al patriotismo. Yo amo tanto a mi patria--pueblo infausto-- que la erijo en altar mi pecho mismo. ¡No soy vil...! Yo odio la careta fea con que oculta su crimen el malvado. Que me diseque el corazón y vea si lo tengo corrupto o inmaculado. Mi alma, que el duelo despreciarlo sabe, no teme de la sátira las balas. ¡Bajo lluvia de plomo se irgue el ave porque cree en la fuerza de sus alas!

A EMILIO JACINTO

¡Héroe preclaro de la patria mía... resurge del abismo del olvido...! Ya te llama el clarín del nuevo día, pregonando tu nombre esclarecido... En la epopeya de la patria esclava, fuíste fuerza motriz, luz refulgente, formidable turbión, tempestad brava, que hízonos respirar el libre ambiente. Cuando pedía sangre nuestra aurora, y ayes de muerte hendían el espacio, armaste con tu idea salvadora el brazo vengador de Bonifacio... Cayó lluvia de sangre en nuestra tierra, flameó la sandata41 en el boscaje, y arrojaste a la hoguera de la guerra el inicuo pendón del coloniaje...

Tú enseñaste a jurar al insurgente, las banderas del bien y del decoro, y a odiar con el encono más ardiente la cadena del siervo, aunque de oro. Nos enseñabas a atajar las balas, y a conseguir el triunfo en las derrotas, al corazón cobarde diste alas, llenando las trincheras de patriotas. Luchando te mató bala asesina, y, al caer, no lograron los tiranos, arrancarte la enseña filipina de las sangrientas y crispadas manos.

Bajo tu dirección, la masa estoica se redimió con el esfuerzo suyo; si Bonifacio y su legión heroica triunfo obtuvieron, ¡fué ese triunfo tuyo! La grana de tu sangre redentora, en que la fuerza y el valor se adunan, cual rubí del volcán, tiñó la aurora del gran Pentecostés del Katipunan. Si te hirió un proyectil, a tu caída, rayó el alba entre negras tempestades; ¡cada gota de sangre de tu herida fué semilla de nuestras libertades! Con tus lanzas tomaste nuestras villas, venciste al César con su plan de engaños; hizo tu talibóng42 su trono, astillas, ¡Rompió su cetro de trescientos años!

Nos salvó tu estrategia. ¡Cuántas muertes evitaron por tí nuestras legiones! Débiles fuímos, nos hiciste fuertes, y combatimos como bravos leones... ¿Como olvidarte en el camino incierto si tu ejemplo fulgura en la conciencia? ¿Si en batalla campal caíste muerto por conquistar la patria independencia? ¡Surge triunfal! No son tus glorias pocas: que el pueblo audaz que estranguló tiranos, ¡te ensalzará con su millón de bocas! ¡te aplaudirá con su millón de manos!

Para alcanzar el pueblo el triunfo suyo, le hace falta un espíritu indomable, ¡un corazón entero como el tuyo, y una fé, cual la tuya, inquebrantable! En el libro del mérito no has muerto. Tu timbre ostenta victoriosa palma. ¡Quién muere por la patria en campo abierto tiene un altar de gloria en nuestra alma!

EXCELSIOR

A CERVANTES

(PREMIADA CON LA FLOR NATURAL EN LOS JUEGOS FLORALES ESPAÑOLES DE MANILA, MAYO, 1905, CONMEMORATIVOS DEL III CENTENARIO DE LA PUBLICACIÓN DEL «QUIJOTE»). ¡Pasmo de todos es la obra gigante que perpetúa tu fulgente gloria! ¡Me parece gran mole de diamante alzada en monumento a tu memoria! Goza vida inmortal en las edades el libro bello que tu fama afianza. En todas las humanas sociedades sueña Quijote y ríe Sancho Panza... En tu pluma de oro educadora resplandece, con gracia y galanura, el rico idioma hispano, que atesora iras, amores, música y ternura. Prodigio de tu ínclito talento fué el libro que logró inmortalizarte; con él alzas a España un monumento y un monumento a España erige el Arte... Tu proeza ilumina ¡oh Sol preclaro! el siglo que tu mérito abrillanta. Eres genio del mundo, eterno faro; y encarnación de Dios es tu obra santa. Tu sátira donosa fué la fusta con que abatiste el vil positivismo. Retrata enteramente tu obra augusta a esa edad de prosáico realismo. Desde tu huesa, que el ciprés corona, oye la sinfonía de mi lira; es la canción que a tu memoria entona el bardo filipino que te admira... Para esculpir tu nombre giganteo, para encumbrar tu gloria soberana, arrancaré la lira de Tirteo y el estro portentoso de Quintana. Al mundo literario que te aclama le enalteces ¡oh clásico ironista! y a España le has legado con tu fama tu corona de insigne novelista. Mientras se nutra el pecho de ilusiones, de esperanzas y fé que el alma anhela, y elaboren amor los corazones, triunfará el ideal de tu novela. Vive aún Sancho con vida depravada y el pundonor con su ambición se junta; ¡no está la sociedad regenerada, y la aurora social aún no despunta! ¿Quien no se dignifica en ser Quijote ante la corrupción y la innobleza, para vivir sin denigrante mote coronado con nimbo de grandeza? ¡Buen Quijote, salud! No eres vencido; írguete hasta las nubes arrogante! Vas como el Nazareno escarnecido, ¡pero serás después un dios triunfante! Tu apostolado, en méritos fecundo, conquistará la admiración humana. Más que buscar, como Colón, un mundo. ¡Tú formarás el mundo de mañana! El bien social, tu sueño soberano, no impera aún sobre la tierra mía. ¡No siempre el Sol amaneció temprano, pero siempre fulgura el nuevo día! La crítica social tu libro entraña, ideal de sociólogos profundos. ¡Cervantes, loor a ti, gloria a España, la que fué soberana de dos mundos...! Santa es tu obra y exije sacrificios, padeciste por ella mil dolores; ¡salvar a las naciones de sus vicios es misión de los grandes redentores! ¡Grande es Moisés, guiando al patrio suelo al pueblo de Israel que se redime! ¡Más grande emerges tú, en el noble anhelo de crear humildad justa y sublime! ¡No! No esa humanidad tan corrompida que pisotea la honra y el decoro; ¡e hipoteca el amor y hasta la vida por la ruindad, el cálculo y el oro! ¡Loor al que salva al pueblo corrompido del mal que le esclaviza y le pervierte! Por rescatar al mundo envilecido Cristo aceptó la cruz hasta la muerte. Los Sanchos se aniquilan con presteza; muere esa raza mísera y raquítica; ¡Ya expira la maldad con la innobleza ensartada en el hierro de tu crítica...!

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Los fervientes apóstoles del día sobrellevan aún tu cruz sagrada! ¡Aún van cruzando la siniestra vía; aún distan de la meta suspirada!

Al llegar al pináculo glorioso,

tras las pendientes trágicas y abruptas,

comulgarán, ante el altar del gozo,

la hostia de amor las almas incorruptas.

¡Oh la Pascua social! ¡Día de encanto;

la fé redimirás, hoy naufragada.

Tú, sí, realizarás el sueño santo

de ver la humanidad regenerada!

¡Llegarás! No eres, no, delirio vano.

¡Trae el ciclón, después, días de calma!

¡Y ha de emerger, en tiempo no lejano,

la gran patria inmortal con nueva alma...!

A SALVADOR RUEDA

Heraldo de la raza. En turquesa latina ha modelado España el alma filipina con rosas de su carne y oro de su pendón. Por eso, aunque nos vieres malayos por la cara y morena la frente que el indio sol tostara somos siempre españoles en alma y corazón. El pacto hispano-indígena de tres siglos de amores no fué vana quimera de los conquistadores, ¡con sangre rubricáronle Legazpi y Solimán! Subsistirá ese pacto, que alientan ideales de secular cariño y lazos fraternales, porque lo anhela el pueblo con perdurable afán. De España es el espíritu de mi nación querida, es rosa de su carne, pedazo de su vida, y es de ella el mismo rayo de nuestro ardiente sol. Corren por nuestra sangre glóbulos españoles y hasta el sagrado loto nimbado de arreboles se fecundó en las islas con polen español. Dí a la matrona ibérica, a la gloriosa anciana, la que empuñó el gran cetro del mundo, soberana, que la ama Filipinas con hondo amor filial; y al cobijarla un tiempo bajo su enseña de oro, legándole su ciencia y su idioma sonoro, cumplió ella su sagrada misión providencial. La cruz del misionero salvó el malayo suelo, y señaló la ruta que nos conduce al cielo sembrando en nuestras almas cien rosas de virtud, y el hierro de Legazpi defendió nuestras tierras de las piraguas moras en fratricidas guerras librando nuestra estirpe de horrible esclavitud. Tú traes, sacerdote ungido por la Fama, el copón milagroso que guarda sacra llama a este florón de Iberia del oriental vergel. Comulgue nuestra alma, hincada la rodilla, ante el altar del Arte, la hostia de Castilla, jurando amor a España, ser a ella siempre fiel. Somos floridas ramas del roble milenario: conserve nuestra raza el poder legendario, que trasmitióle España, de su progenie audaz. Los lazos que nos unen a ella en la ventura, de religión, de sangre, de idéntica cultura, son vínculos eternos ¡no se rompen jamás! No morirá en mi tierra su lengua encantadora y tras la niebla plúmbea que oculta roja aurora teñida en sangre y lágrimas, en fiera tempestad, la patria independiente, ciñendo hermosa aureola, en español sonoro como bramido de ola entonará su himno a nuestra libertad.

Octubre, 1915.

Notes in this chapter

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