Cámara (Felipe A. de la)
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Cámara (Felipe A. de la)
Granadino. Comenzó a escribir en «Madrid Cómico». Residió en Filipinas (donde casó), más de veinte años, publicando allí sus libros Bajo el cielo de Manila (1908), Palomicas de mi palomar (1915) y Cadena de amor (1918). Ultimamente residía en su ciudad natal.
LA SAMPAGUITA
Pendiente sobre un seno que palpita callada exhalas de tu olor la huella. No hay otra flor que te aventaje a bella ¡Por algo te pusieron sampaguita! Igual que una esperanza de bonita, eres flor y pareces una estrella; y no hay mejor adorno de doncella, ni perfume más fino necesita. Bella mujer, que la belleza igualas del «rosario» que lleno de ufanía luce en sus cuentos tan fragantes galas: Un rosario de flores bien querría. Si el que llevas al cuello me regalas ¡te prometo rezarlo cada día!
LA MESTIZA ESPAÑOLA
Cuando llegue la noche del olvido nadie tendrá noción de lo pasado, y al encontrarlo todo transformado alguien creerá que nada se ha perdido. De Urdaneta y Legazpi el apellido será, acaso, de todos olvidado, y de mi patria el nombre venerado ni evocado será, ni enaltecido. Acaso alguien recuerde, como en sueños, un pasado de encantos más risueños, que en su eterna canción digan las olas; pero aun cuando en placer se trueque el llanto ¡No tendrán ya estas islas el encanto de las dulces mestizas españolas! ¡La mestiza española...! La que auna la sangre de dos razas, la admiraba de Norte a Sur; la ninfa elaborada por los rayos de plata de la luna; la mujer amorosa cual ninguna, del malayo pensil flor delicada, no volverá a lucir, ni la templada brisa de Oriente arrullará su cuna. No más la languidez de su semblante, ni su busto arrogante, en sus espejos copiarán los ríos; Ni la verán ciñendo su alba frente de sampagas, al brillo refulgente de sus ojos obscuros y sombríos. Bella mujer, que en los felices días, como la flor que aroma los vergeles, endulzaras la vida con las mieles de tus eternas y mansas alegrías; Dieron solaz las dulces melodías de tu garganta a los proscriptos fieles, y gozó la fragancia de claveles que de tu dulce cuerpo despedías. Acaso tu recuerdo pronto muera; pero tu tumba de mi patria amada seguirá cobijando la bandera, mientras luzca en lugar tranquilo y quieto, a merced de los vientos desplegada, la leyenda triunfal de mi soneto.