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Parnaso Filipino

Seva (Agustín)

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Seva (Agustín)

Bisayo, nacido en Molo (Ilo-Ilo). Bachiller por los jesuitas del Ateneo y abogado por los dominicos de la Universidad de Santo Tomás, de Manila. Escribió versos desde muy joven, casi siempre ofrendados a la dama con quien luego casó. Hace años vive en la isla de Negros, consagrado al ejercicio de su carrera y a los negocios agrícolas, sin trato con las musas.

EL GIGANTE DE LOS MARES

Y, libre como el águila del cielo, Podré cruzar los mares, cual me ordenas. ROSELLÓ.

Dame, ¡oh! musa, tu voz, dame tu acento para cantar al héroe sin segundo, cuyo nombre feliz susurra el viento de la apartada Iberia al Nuevo Mundo... De tu gloria en el piélago infinito se pierde el alma mía; y aunque mis alas débiles agito por abarcar tu colosal recuerdo, cuanto más lo investigo, más me pierdo. Figura sin igual, genio glorioso, gigante de los mares, gloria nuestra: tú un diamante engarzaste esplendoroso en la diadema hispana con tu diestra; tú el valladar del Ponto embravecido sin temor traspasaste; y a tu sublime genio enardecido sólo prestaba campo dilatado un mundo de grandezas ignorado. Ese mundo es tu gloria y tu corona, el que con lauros, mil tu sien circunda el que del polo a la abrasada zona con tu nombre sin par la tierra inunda. Cuba, Lucayas, Háiti, Dominica, Boriquén y Jamaica, Trinidad, Guadalupe y Martinica son de tu honor los timbres sacrosantos y el sublime ideal de nuestros cantos. Tal puñado de perlas en tu mano a tu patria sin fé ¡triste! brindaste, y después al monarca lusitano; y en cambio de tu oferta ¿qué encontraste? desprecio a tu saber, bajo y mezquino. Tu corazón tan sólo, tu corazón de temple diamantino que del genio la voz potente escucha, supo salir triunfante de la lucha. Y tras fatigas y hórridos azares, cruzando montes, traspasando llanos, salvando la distancia de los mares, la intrépida nación de los hispanos te presentó su mano salvadora, y tu frente abatida, al levantar de España la señera con una cruz volaste y una espada a una playa de todos ignorada. Y fuerte el corazón, firme el semblante, su tesoro a las olas disputabas, y a lejanas regiones anhelante de tu bajel la prora enderezabas, ignota mar con la ferrada quilla cortabas sin recelos; por las olas lamida, hermosa orilla dibujóse después a tus miradas, en su verdor lozano extasiadas. Fértil región, alhaja desprendida de las ondas de un mar que no te arredra, entre árboles gigantes escondida y entre murallas de granito y piedra. Mas tú, Cristóbal, por el ancho espacio lanzando tu mirada, de ricas esmeraldas y topacio labrada viste la inmortal aureola, que la sien del hispano tornasola. Y en esa tierra, do Favonio y Flora juntos muestran sus galas y hermosura, fijaste tú la enseña salvadora que el progreso en los pueblos asegura: Dios y mi rey: idea portentosa, digno sólo del alma generosa, emblema sacrosanto, digno solo del alma generosa, que uniendo con la fé su patriotismo se aventura a cruzar el hondo abismo. Mas ¡ay! que siempre al genio venerando guarda el hado fatal triste destino, y de abrojos punzantes vá sembrando con torva faz el árido camino Y sólo, en un rincón de nuestra España, el término encontraste, que marcaba el Señor a tanta hazaña. Escucha, escucha al menos nuestro canto, porque es del corazón tributo santo. Gloria a tí, gran Colón, eterna gloria, que un nuevo mundo al piélago infinito arrancaste. Perenne tu memoria en bronce esculpiráse y en granito España, sobre el carro poderoso, que al rodar otro tiempo, dos mundos arrastraba vigoroso, al atronar el orbe con tu fama Gigante de los mares te proclama.

¡VEN!

Lo admira todo, pero... no le llena; la nostalgia le apena. El Marino Español.--P. PI. ¡Cuan hermoso es el Sol cuando la frente de entre nubes alzando esplendorosa baña la tierra con su luz fulgente, perfume embriagador presta a la rosa, dá murmurios al mar, perlas al río, al pájaro cantares de alegría, los colores del iris al rocío, rumor a la cascada y armonía! Cuando la luz sus hojas abrillanta refractándose en rayos de colores, ¡cuán hermosa en la flor que se levanta esparciendo balsámicos olores! Tranquilo duerme el mar: la tenue brisa riza apenas su líquida planicie, y jugando en las ondas indecisa resbala por la inmensa superficie; copia a lo lejos el cristal tembloso, como entre guijas de oro, la luz pura con que el sidéreo coro esplendoroso brilla en otra región. ¡Cuánta hermosura! Quién sabe si en las ondas que desata, resbalando entre juncos y maleza, fugaz arroyo tímido retrata de alguna ondina la gentil cabeza! Quién sabe si, entre flores escondida, en su cristal colúmpiase graciosa náyade bella que al placer convida meciéndose en las limfas voluptuosa! Acaso alzando la nevada frente, límpida y tersa como manso lago, la mirada fugaz por la corriente tiende en redor con incitante halago! ¡Todo es hermoso, todo! El sol, las flores, el cristalino mar, la fresca brisa, de la estrella los vívidos fulgores, de la náyade bella la sonrisa. Todo lo admiro, pero... no me llena y, al recordar que estás tan apartada, triste nostalgia el corazón me apena y fuera de tu amor no quiero nada. No sé por qué mis lágrimas contengo cercándome tan negra desventura; dentro del pecho fluctuando tengo el corazón en olas de amargura. ¡Vuelve a mi lado, que me causa enojos cuanto en redor acongojado miro! ¡vuelve, que sólo por mirar tus ojos desque partiste sin cesar suspiro! Son tan hermosos, ¡ay! tus ojos bellos, tan dulce su mirar, paloma mía, que diera yo para mirarme en ellos lo que nunca jamás otro daría. Si al menos este afán que me devora alejarlo del alma consiguiera...! Más, ¡ay! que esta ilusión engañadora hasta en el sueño me persigue fiera. Yo te veo en el rayo delicado con que flota la luna en el vacío, y en las hojas del lirio perfumado cuando esconde una gota de rocío. Yo escucho de tu voz el blando arrullo en la brisa que juega con la rosa, yo percibo tu acento en el murmullo de cristalina fuente temblorosa. Yo soy la nube que perdida flota en la extensión azul, tú eres el viento; yo soy del arpa la dormida nota que trocará tu mano en dulce acento. ¡Ven ya, mi dulce amor! ¡Vén, que entre tanto lo admiro todo, pero... no me llena! ¡Vén a enjugar por fin mi acerbo llanto! Vén ¡la nostalgia el corazón me apena!

1895.

TUS LAGRIMAS

--Yo soy un sueño, un imposible, vano fantasma de niebla y luz; soy incorpórea, soy intangible; no puedo amarte.--¡Oh, ven, ven tú! BECQUER. ¿Por qué tan lejos, mi bien, y de tí tan apartado, continuamente suspiros por tí de mi pecho arranco? ¿No me has dicho una y mil veces que todo mi esfuerzo es vano, que no habría entre los dos más que el cariño de hermanos? ¿No me dijiste cien veces que tanto afán y amor tanto eran quimérico sueño? ¿que nunca en tus ojos claros la mirada de los míos clavara yo enamorado, porque tú solo podías darme un triste desengaño? ¿Por qué, sin buscar alivio a mi dolor y a mi llanto, fijo en tí mi pensamiento, de tí no quiero apartarlo? ¿No hay, acaso, otras mujeres ni otros amores, acaso, ni otras beldades que amantes me reciban en sus brazos? ¿Acaso en tí solamente Natura ha depositado la esbeltez y la hermosura y los mayores encantos? ¿Eres tú, acaso, la sola en cuyos ojos rasgados hay miradas que fascinan cuando miran con agrado? Acaso, dí, vida mía, otras no habrá que, escuchando mis tiernísimos requiebros o mis amorosos cánticos, con sonrisas y miradas me den de mi amor el pago...? ¡Muchas habrá! ¿quién lo duda? Habrá dos, y tres, y cuatro que a mis ayes y lamentos respondan con dulce halago; pero ninguna, ninguna, viéndome sufrir callando, llorará como tú lloras, con un lloro tan amargo. Tú, en cambio, mi bien, lloraste y lloraste tanto y tanto, que nunca será posible que yo consiga olvidarlo. Por eso, luz de mis ojos, sólo a tí te adoro y amo; por eso los ayes míos a tí sola los consagro; y aunque solamente quieras darme un triste desengaño, tus lágrimas lo han querido: ¡yo siempre seré tu esclavo!

A SALVADOR RUEDA

Mientras ruge el fragor de los cañones y retiembla la tierra con pavura, y encaramado en la nubosa altura escudriña el avión los batallones; mientras de Marte bélicas canciones el pecho llenan de feroz bravura, tornando en lobo al hombre en la espesura y en rayo el galopar de los bridones, sobre el lomo rizado de las olas que hendieron las valientes carabelas venidas de las playas españolas, llegas, del Arte envuelto entre las galas, tendiendo al aire tus gallardas velas, como un cisne cantor de blancas alas.

Octubre, 1915.

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