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Parnaso Filipino

Hernández Gavira (José)

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Hernández Gavira (José)

en Ilo-Ilo el 20 de Octubre de 1893. Bachiller en 1912 y abogado en 1916, paró en militar, siendo ahora teniente del tercer regimiento de infantería de la división filipina al servicio de Norte América. En Ilo-Ilo dirigió «El Adalid». Fué luego redactor del «The Philippines National Weekly». Ha publicado en Manila, 1921, un volumen de versos: De mi jardín sinfónico.

NO ES MI MUSA...

No es mi musa la sílfide aturdida que corre tras azules mariposas, ni tampoco es Ofelia dolorida que pasa desbordando tuberosas. Es Astarté mi musa preferida, la que inspira pasiones clamorosas. Es voluptuosa y es gentil panida la diosa de mis vidas primorosas. Es mónada que ríe, canta y llora con locura de pájaro divino, de ritmos y de vida sembradora. Baco la ofrenda cántaros de vino, e implora Pan, cabe sus pies de Flora, loco de amor celeste y peregrino.

1921.

PARA TI

Para tí son todas mis ternezas cálidas, y mis rosas pálidas, y mis reales odas. Para tí mi aliento y también mis rezos, la miel de mis besos y mi pensamiento. Para tí mis cantos que humedecen llantos de acerbo dolor. Para tí la esencia de esta mi existencia que atrista el amor.

1921.

LA ESPERANZA

Nácar de luna que en los cielos, riela, oriflama brillante sobre el mar, nieve en la cima que el calor deshiela, pebetero encendido ante el altar, presto a los caminantes mi consuelo, acompañando a Fé y a Caridad; las tres llevamos por camino el cielo, formando una gloriosa trinidad. Soy la princesa del ropaje verde que renueva en el hombre la confianza, cuando el naufragio del vivir le pierde; le hago entrever la mística bonanza, mientras la sierpe del dolor le muerde; soy la última en morir: soy la Esperanza,

1921.

EN LA HORA DEL CREPUSCULO

Se oye un lamento de agoreras aves bajo el palio del cielo tropical, y se aspira un olor de brisas suaves que estremece el silencio sepulcral. Sobre el lejano mar las negras naves sombras son en la calma vesperal; en la fronda un rumor de notas graves, que deslíe un liróforo oriental. Es la hora del crepúsculo. Silente gime el aura rindiendo vasallaje a Febo que desciende al Occidente. Eternamente fúlgida y doliente, es la tarde del trópico salvaje que muere lenta, lenta, lentamente...

CUANDO YO MUERA...

Cuando yo muera llevad mis restos allá a la cumbre de una montaña que sea digna de mis arrestos de indio poeta, nieto de España. Egregia lira mi tumba exorne, para que preste vida a mis huesos, y allí una virgen y Pan bicorne derramen ritmos, flores y besos. Grabad entonces sobre mi fosa con letras de oro esta inscripción: «Yace aquí un bardo que a toda cosa grande o hermosa dio el corazón».

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