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Parnaso Filipino

Martínez (Fray Graciano)

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Martínez (Fray Graciano)

Fraile agustino, muchos años residente en Filipinas, donde estuvo prisionero cuando la revolución de 1896, concluída en 1898 con la emancipación de las islas. Es asturiano, de Pola de Labiana. Dirige ahora en Madrid la revista «España y América». Editó en Manila, 1901, el libro de versos Flores de un día, en el cual se han espigado los insertos a continuación.

FILIPINAS

¡Cantara yo la espléndida techumbre que tu suelo cobija y hermosea como un manto tejido de alma lumbre; ese sol que en tus cimas centellea y en los torrentes vívidos te inunda que su carro de luz relampaguea! Cantara yo tu tierra floribunda, donde en raudales inexhaustos mana. Primavera su plétora fecunda; esa vegetación rica y lozana que te baña en color y poesía como en rayos el sol a la mañana! ¡Cantara yo tu mar, tu mar bravía que, al romper en tus plantas sus cristales te arrulla con su bárbara armonía; Cantara, en fin, tus brisas matinales tus crepúsculos plácidos y hermosos, tus magníficas noches tropicales...! ¡Cuál entonces mis versos sonorosos como el limpio cristal de una cascada fluyesen inspirados y armoniosos! Como entonces mi musa arrebatada, hasta donde tu cielo reverbera, desde allí como alondra enamorada, en divinas estrofas prorrumpiera cantando de tus dones el tesoro con ritmos de perenne primavera! Pero los días son más bien de lloro, no de adularte ¡oh pueblo filipino! a los ecos de cántico sonoro. Mientras, tal desatado torbellino surque tu faz, el rayo de la guerra alfombrando de escombros su camino; mientras del llano a la escarpada sierra, el acero traidor rompa tu entraña y en sangre inunde tu bendita tierra: mientras no enfrenes esa impía saña que hoy ceba sus instintos destructores en tantos hijos de la madre España; mientras al Dios del Sinaí no implores que tienda un velo a tu reciente historia, nunca esperes ni aplausos ni loores. ¿Porqué engreirte con la vana gloria de ver a tu Metrópoli vencida ciñéndote el laurel de la victoria? Aquí España cayó como el suicida a quien del goce lúbrico el veneno poco a poco arrancando fué la vida. No surgió un sólo ánimo sereno, que al presentir tu arrollador embate se lanzase a morir honrado y bueno. ¡Sí; bien lo sabes tú! No hubo combate en que el león ibero haya lucido el bélico furor que en su alma late. Por viles redes de traición perdido, en tus manos cayó, como el cordero en los mercados públicos vendido. No fué el atleta histórico, el guerrero que cae en medio de la lid sangrienta herido al golpe de mortal acero. ¡Me estremece de horror la vil afrenta! Espurios hijos para quienes nada es todo el odio que en el mundo alienta, traición hicieron a mi patria amada, mancillando su honor, que aun esplendía con vivos resplandores de alborada. ¡Ah! si pudiese con la sangre mía borrar ese baldón de tu memoria... ¡Hasta la última gota vertería! ¡No! No brotó en los campos de la gloria el árbol de tu triste independencia: nació como un aborto de la historia, surgió como un hedor de pestilencia, como el miasma mefítico de un lago, como el mal de una pútrida conciencia. No espere nunca el lisonjero halago de inmarchito laurel tu saña impía, nacida para el luto y el estrago. Ni sueñes que la gloria te sonría; que la revolución es el castigo que Dios a un pueblo delincuente envía.

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La fiebre de odios que tu pecho agita ya es más que fiebre vértigo iracundo, cráter que horrores sin cesar vomita. ¿Porqué, porqué, escandalizando al mundo, se ensaña hasta en el mismo sacerdote tu rencor despiadado y furibundo? ¿No temes, dí, que el exterminio brote del seno impuro de nequicia tanta y con sus alas de huracán te azote?

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No seas, no, como la débil hoja que arranca a su merced el cierzo frío que en Otoño los árboles despoja. Sé cual la narra43 de tu bosque umbrío que, al ascender por el azul sereno, lanza al baguio valiente desafío. No desarraigues nunca de tu seno el árbol santo que hoy tu furia ataca, ni en tu ser inocules más veneno.

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El pájaro que vuela de su nido, cuando aun el vuelo remontar no sabe, cae por sus propias alas oprimido. No sea símil de tu historia el ave. No, al sacudir tu cuello una coyunda, otra más dura y más senil lo grave.

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Truene a lucir el templo sacrosanto, vuelve a adorar su redentor emblema ¡o reinen por doquier luto y espanto y flagele tu rostro al anatema!

Notes in this chapter

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