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Parnaso Filipino

Torres (Ramón J.)

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Torres (Ramón J.)

Bisayo. Fundador y codirector, ahora, con Francisco Varona, del diario «El Debate». Destaca como soberano prosista y escritor político. Ha escrito algo para el teatro.

ALMA MATER

(CON OCASIÓN DEL TRICENTENARIO DE LA PONTIFICIA UNIVERSIDAD DE MANILA)

«Si después de tres siglos y medio el escultor no ha podido sacar más que una caricatura, ¡bien torpe debe de ser!... O bien, mala la masa de que se sirve...» RIZAL.

I

Generación que naces poseída de nuevos entusiasmos y virtudes, y en el contacto de la nueva vida tus energías vírgenes sacudes; Viril generación, tú, que te empinas sobre el nivel de las doradas cuestas, y abriendo en cruz los redentores brazos, en un raudal de luces iluminas el éxito de tus pasadas gestas y el porvenir de los presentes lazos; depón el ceño, olvida los prejuicios de los antiguos días en que vives, ¡oh, tú, generación que te apercibes, una salmodia fraternal levanta, para más generosos sacrificios! y en medio de esta fatigosa fiebre un tierno epitalamio, que celebre la institución real y pontificia de esta Universidad tres veces santa, tres veces secular. Alzarlo en coro vosotros primogénitos benditos de la progénie patria, ilustres sabios, honor y prez del nacional decoro, que recibísteis con los mismos ritos la sal de la sapiencia en vuestros labios, y en comunión los unos con los otros brote del seno del filial linaje el cántico, que en labios de vosotros sea como un legítimo homenaje a la madre común. Matrona egregia, gloria viviente del amor hispano, que ciñe al par una corona regia y una señal del símbolo cristiano; Madre de razas parias, que dió el pecho a un pobre niño, abandonado y magro, y le infundió en un soplo de milagro la vida de los pueblos: el Derecho. ¡Almas tenaces, respetad siquiera el noble gozo de esta madre anciana cuya misión de paz la venidera posteridad vendrá a juzgar mañana! En la tardía anunciación del verbo, que gestó en sus entrañas redentoras, sintió la madre aquel afán acerbo, que, sin que ya su corazón taladre, fué sólo las angustias precursoras de la mujer que pronto iba a ser madre! y madre fué; y el hijo que nacía, como bautismo recibió en la frente el ósculo de luz del nuevo día, que ya apuntaba en el extremo Oriente. Pero la humanidad no sólo tiene la vida material; tiene en el pecho arraigada la cepa más perenne de otra vida; la vida del Derecho. De ahí esa benemérita milicia de paladines que en tranquila guerra luchan para afirmar sobre la tierra el reinado final de la Justicia! Discípulos de Hipócrates, juristas, ministros del altar, notables hombres legaron de la patria las conquistas de su saber y sus preclaros nombres.

II

Madre y maestra de las almas, digna del nombre singular de Benavides39, en cuyas nobles y proficuas lides fué siempre la verdad una consigna, en nombre de sus cánones severos, luchó con entereza por los fueros de la verdad.

¡Y la verdad, lo mismo que Dios, que impone su invariable ruta, tendió al justificado despotismo de ser verdad, que es una y absoluta! Verdad sencilla y múltiple: compendio de las eternas ánsias de las gentes: universal y silencioso incendio, que baja sobre todas las conciencias para encender en las insignes frentes la llama inextinguible de las ciencias! La llama ardió. Su luz, que fué de aurora, que se abriese en el cielo de verano, llenó el hogar, como una salvadora consagración del pensamiento humano; Y aparecieron hombres celebrados de ciencia y de virtud, sobresalientes en todos los eternos postulados de la moderna ciencia. Almas creyentes que se iniciaron en los santos ritos y con la fé que la visión expande, supieron los arcanos infinitos de la divinidad tres veces grande! ¡Oh virtud de la fé! La ciencia incrédula también tiene su fé, la fé potente del microscopio. Insignes compatriotas violaron los secretos de la célula por el milagro insigne de la lente; e hicieron con los mudos caracteres de la materia, en concentradas gotas, la esencia de la vida de los seres. Otros buscaron en el cuerpo inerte la causa eterna del dolor humano, y con el bisturí sobre la herida arrebatar supieron de la muerte, vibrándolas en triunfo entre la mano, las palmas victoriosas de la Vida...!

III

Pronto anidaron en aquellas almas, presas bajo inquietas pesadumbres, anhelos como antojos iniciales; pronto gimieron las nativas palmas al soplo que traía de las cumbres el polen de fecundos ideales. Pronto la hoz del nuevo pensamiento, a golpes de cerebro hacía mella en la raíz de instituciones rancias; y pronto sucedió el derrumbamiento al tajo vengador de la centella, que incubaron las mismas circunstancias. En medio de los rudos episodios del despertar de aquellas multitudes vieron pasar las familiares glebas, sobre el torrente de encontrados odios, la racha formidable de virtudes, la tempestad de las ideas nuevas. Y sobre el mar del popular tumulto, en la corriente de furor insano, como reliquia de inviolable culto, flotaba el arca del saber humano. Fué menester el trasponer la orilla de aquella charca de corrupto lodo, aniquilar y abandonarlo todo, tener las manos limpias de mancilla y no lavarse nada en la conciencia sino el tesoro santo de la ciencia. Tres siglos han pasado. ¡Tres centurias que desataron las tremendas furias de condensadas iras en sufragio del alma popular! Viejos prestigios cayeron con los últimos vestigios después de aquel providencial naufragio. Y dijo entonces Dios: «Pondré en la altura mi arco en señal de la perpetua alianza entre vosotros». Y brilló en los cielos el signo de los tiempos que inaugura la era anunciada de la nueva gracia; arco de triunfo bajo el cual avanza la humanidad con todos sus anhelos; el gran iris social: la democracia! Iris de nuestras épocas triunfales, nuncio de un bello porvenir, que arranca de su fecundo seno hecho de amores la plenitud de todos los ideales, como se funde en una luz--la blanca-- la hermosa variedad de los colores. Tres siglos han pasado. Espesa hiedra veo cubrir el cúmulo de escombros que han apilado los pasados años; y veo levantar la enorme piedra del porvenir los esforzados hombros llenos de fé, de propios y de extraños. Hacínense a la luz de los crepúsculos y excítelos el nervio de mis versos, como en un haz de contraídos músculos, esos sumandos de vigor dispersos: que antes que nuestra fuerza, que hoy se agosta, en mútuas desconfianzas se consuma, la patria necesita, a toda costa, fundar el porvenir sobre la suma de todos los esfuerzos. Escarbemos la tierra inculta como unidos potros, y bienvenidos sean los supremos y francos sacrificios de los otros: porque en el campo inmenso de la Historia y en la vasta expansión de sus periodos hay tiempo y hay lugar para la gloria, para la gloria, por igual, de todos.

IV

Y tú, hijo y sucesor de Benavides, llegado en pleno siglo iconoclasta, que participas como el viejo Alcides de la verdad de tu divina casta: Sigue esparciendo con la ungida diestra las luminosas gracias de tus cruces, y en el único ideal que el pueblo abraza por obra y gracia de la ciencia vuestra, se hará, al amor de redentoras luces, la transfiguración de nuestra raza. Entonces, de la cúspide mas alta de los grandes ensueños que acaricia la juventud, que tu labor exalta, habrá de bendecirte... Y si hace falta la misma humanidad te hará justicia.

Diciembre, 1911.

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