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Parnaso Filipino

Jacinto (Emilio)

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Jacinto (Emilio)

Revolucionario ardiente en el movimiento secesionista de Filipinas. Organizó el Katipunan. Con Andrés Bonifacio dió el grito de independencia en Balintauac, Agosto de 1896. Generalísimo del ejército del Norte, combatiendo contra los españoles, fué herido y hecho pri- sionero (1898), muriendo al año siguiente. Sus conterráneos veneran su memoria. Escribió poesías, principalmente en su lengua vernácula y pocas en castellano. La inserta recuerda Ultimo adiós, de Rizal.

A LA PATRIA

¡Salve, oh patria, que adoro, amor de mis amores, que Natura de tantos tesoros prodigó; vergel do son más suaves y gentiles las flores, donde el alba se asoma con más bellos colores, donde el poeta contempla delicias que soñó! ¡Salve, oh reina de encantos, Filipinas querida, resplandeciente Venus, tierra amada y sin par: región de luz, colores, poesía, fragancias, vida, región de ricos frutos y de armonías, mecida por la brisa y los dulces murmullos de la mar! Preciosísima y blanca perla del mar de Oriente, edén esplendoroso de refulgente sol: yo te saludo ansioso, y adoración ardiente te rinde el alma mía, que es su deseo vehemente verte sin amarguras, sin el yugo español. En medio de tus galas, gimes entre cadenas; la libertad lo es todo y estás sin libertad; para aliviar, oh patria, tu padecer, tus penas, gustoso diera toda la sangre de mis venas, durmiera como duermen tantos la eternidad. El justo inalienable derecho que te asiste palabra vana es sólo, sarcasmo, burla cruel; la justicia es quimera para tu suerte triste; esclava, y sin embargo ser reina mereciste; goces das al verdugo que en cambio te dá hiel. ¿Y de qué sirve ¡ay, patria! triste, desventurada, que sea límpido y puro tu cielo de zafir, que tu luna se ostente con luz más argentada, de que sirve, si en tanto lloras esclavizada, si cuatro siglos hace que llevas de sufrir? ¿De que sirve que cubran tus campos tantas flores, que en tus selvas se oiga al pájaro trinar, si el aire que trasporta sus cantos, sus olores, en alas también lleva quejidos y clamores que el alma sobrecogen y al hombre hacen pensar? ¿De qué sirve que, perla de virginal pureza, luzcas en tu blancura la riqueza oriental, si toda tu hermosura, si toda tu belleza, en mortíferos hierros de sin igual dureza engastan los tiranos, gozándose en tu mal? ¿De qué sirve que asombre tu exuberante suelo, produciendo sabrosos frutos y frutos mil, si al fin cuanto cobija tu esplendoroso cielo el hispano declara que es suyo y sin recelo su derecho proclama con insolencia vil? Mas el silencio acaba y la senil paciencia, que la hora ya ha sonada de combatir por ti. Para aplastar sin miedo, de frente, sin clemencia, la sierpe que envenena tu mísera existencia, arrastrando la muerte, nos tienes, patria, aquí. La madre idolatrada, la esposa que adoramos, el hijo que es pedazo de nuestro corazón, por defender tu causa todo lo abandonamos: esperanzas y amores, la dicha que anhelamos, todos nuestros ensueños, toda nuestra ilusión Surgen de todas partes los héroes por encanto, en sacro amor ardiendo, radiantes de virtud; hasta morir no cejan, y espiran. Entre tanto que fervientes pronuncian, patria, tu nombre santo; su último aliento exhalan deseándote salud. Y así, cual las estrellas del cielo numerosas, por tí se sacrifican mil vidas sin dolor: y al oir de los combates las cargas horrorosas rogando porque vuelvan tus huestes victoriosas oran niños, mujeres y ancianos con fervor. Con saña que horroriza, indecibles torturas,-- porque tanto te amaron y desearon tu bien,-- cuantos mártires sufren; más en sus almas puras te bendicen en medio de angustias y amarguras y, si les dan la muerte, bendicente también. No importa que sucumban a cientos, a millones, tus hijos en lucha tremenda y desigual y su preciosa sangre se vierta y forme mares: no importa, si defienden a tí y a sus hogares, si por luchar perecen, su destino fatal. No importa que suframos destierros y prisiones, tormentos infernales con salvaje furor; ante el altar sagrado que en nuestras corazones juntos te hemos alzado, sin mancha de pasiones, juramentos te hicieron el alma y el honor. Si al terminar la lucha con laureles de gloria nuestra obra y sacrificios corona el triunfo al fin, las edades futuras harán de tí memoria; y reina de esplendores, sin manchas ya ni escoria, te admirarán los pueblos del mundo en el confín. Ya en tu cielo brillando el claro y nuevo día, respirando venturas, amor y libertad, de los que caído hubieren en la noche sombría no te olvides, que aun bajo la humilde tumba fría se sentirán felices por tu felicidad. Pero si la victoria favorece al hispano y adversa te es la suerte en la actual ocasión, no importa: seguiremos llamándonos «hermano», que habrá libertadores mientras haya tirano, la fé vivirá mientras palpite el corazón. Y la labor penosa en la calma aparente que al huracán precede y volverá a bramar, con la tarea siguiendo más firme, más prudente, provocará otra lucha aun más tenaz y ardiente hasta que consigamos tus lágrimas secar. ¡Oh patria idolatrada, cuanto más afligida y angustiada te vemos te amamos más y más: no pierdas la esperanza; de la profunda herida siempre brotará sangre, mientras tengamos vida, nunca te olvidaremos: ¡jamás, jamás, jamás!

Octubre, 1897

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