← Table of contents
Parnaso Filipino

Pellicena y Camacho (Joaquín)

Reading edition

Pellicena y Camacho (Joaquín)

Hijo de catalanes, nació en Valladolid (1879), y muy niño le llevaron sus padres a Filipinas, donde ha morado alrededor de treinta años. Cursó el bachillerato en el Ateneo municipal de Manila. Allí nació su afición al arte literario, componiendo versos desde la adolescencia. Antes de cumplir los veinte años, fundó y dirigió en Manila «El soldado español», luego «La Unión Ibérica» y más tarde el diario «El Noticiero de Manila». Fundó después la revista «Cultura Filipina», y fué redactor jefe de «El Mercantil». Volviendo a España hace pocos años, se estableció en Barcelona, donde dirige ahora «La Veu de Catalunya».

ASPIRACION

En esas horas de inefable calma, cuando las nubes, al morir, colora el rojo sol, y estremecida el alma inquiere, meditando, soñadora, ese tenaz misterio de la vida que engendra de la duda roedora la imagen maldecida... ¡cuántas veces, del mar en la presencia, y escuchando su música salvaje, creía, entre el rumor del oleaje, los gritos percibir de la conciencia! Cuando vencido el pensamiento gime y la razón ya vacilante calla; con ímpetu sublime, que no sé si condena o si redime, la idea en luces de color estalla. Con suave arrullo o con feroz empuje, como la lira acaso del poeta, el mar, o canta o ruje, y en su canción o en su rugido inquieta finge la mente del absorto vate recuerdos de un ayer que va pasando, de su lira en las cuerdas evocando los «gritos del combate». Casi olvidado de la humana escoria, de amor henchido el corazón ardiente y mintiendo los nimbos de la gloria en la marchita frente, del bardo las hermosas ilusiones inventan, en el mundo, el paraíso... ¡Fantásticas ficciones! Piadoso Dios, para humillarle, quiso que el mar, con estridente carcajada, hiciera resurgir en su memoria todo el recuerdo de la duda odiada, trasunto de su historia. Y después, con desprecio, en la augusta agonía de la tarde, se ríe el hombre de su orgullo necio que quiso hacer de indiferencia alarde, pues mientras vive, lucha, y es al cabo, César potente o miserable esclavo, lidiador en la vida, aun el cobarde. Siempre el mortal, en su inquietud batalla; y mártir o verdugo, vencido o vencedor, en la lid halla lauro esplendente o vergonzoso yugo. Mas no calma el infinito anhelo de la idea rebelde o redentora; si se apagan los astros en el cielo, la luz presiente de la nueva aurora. Por eso, el alma mía, para llenar ese vacío horrible, a otras regiones ascender ansía... mas ¡ay! ¿será posible?

EVOCACION

¿Porqué, cuando la noche perezosa envuelve la ciudad en el misterio, así me atrae la olvidada fosa, perdida en un rincón del cementerio? ¿Porqué voy a rezar sobre esa tumba donde duerme el pasado, si me deja hasta el insecto que en los aires zumba en el alma la cifra de una queja? Fué ayer cuando murió la pobre Rosa. ¡Fué ayer cuando murió! ¡la amaba tanto que busco siempre su olvidada fosa, perdida en un rincón del camposanto! Con rudo golpe mi contraria suerte me hirió, cuando en el cielo me creía; el dulce idilio interrumpió la muerte... ¡y nadie compartió la pena mía! Por su belleza y su bondad vencido, aún vive su recuerdo en mi memoria, mas mi ventura para siempre ha huído desde que el ángel retornó a la gloria. No lo puedo olvidar; amanecía y el sol, de luz en lágrimas deshecho, hasta la alcoba penetrar quería y besar su cadáver en el lecho. ¡Pasó como las nubes del estío! después ¡la realidad...! una mortaja... un cuerpo inerte, inanimado, frío, que encierran sin piedad en una caja... Como valor fingía, de mis ojos el llanto contener pude un instante; para no ver sus míseros despojos oculté entre mis manos mi semblante. Alcé luego la frente, mas no estaba su cadáver allí. ¡Vana porfía! ¡Ya su cuerpo en la tierra descansaba! ¡Ya en una tumba su beldad yacía! No para hacer de mi pasión alarde, para hallar fuerzas en la lucha acaso, al templo de la muerte por la tarde del triste día dirigí mi paso. Lloré sobre su abierta sepultura aquel perdido bien que tanto amara... ¡Nunca pude pensar que mi ternura tanto placer en el dolor hallara! Y desde entonces, de la noche umbrosa, envuelta la ciudad en el misterio, así me atrae la olvidada fosa perdida en un rincón del cementerio.

(CANCIONERO DE MANILA)

LAS CALLES DE INTRAMUROS

Cuando paso por las calles de Manila, me parece que resurgen intramuros los recuerdos del ayer; en la vaga somnolencia de la tarde que anochece, evocando voy memorias de heroismo y de poder. Veo lanzas y arcabuces, veo picas y banderas; oigo vítores y pasos en ruidosa confusión, desfilando por mi mente las legiones altaneras de Legazpi y de Salcedo, Lavezares y Chacón. A mis ojos con visiones de centurias idas brindo y me abstraigo de las gentes y costumbres de mi edad, sorprendiendo a don Alonso cuando, al pié del tamarindo, de su esposa Catalina castigó la liviandad. Las aceras animadas van poblándose de seres que en las místicas edades esculpieron su vivir; a la luz de la leyenda pasan hombres y mujeres, con sus gozos y sus duelos, su llorar y su reir. Una dama que en el manto se arrebuja el lindo talle se ve entrar en una iglesia; y, al oirse la oración, un hidalgo que se para en la esquina de una calle y el chambergo se destoca con cristiana devoción. Por los claustros vagan sombras pensativas de doctores que escribieron en las celdas o incensaron el altar; y del Sol a los postreros moribundos resplandores a un alféizar asomado se ve a un fraile meditar. El espacio hienden torres de la iglesia redentora que la cúpula cobija con los brazos de la cruz y del fondo de los siglos va la chispa inspiradora encendiendo en las conciencias los destellos de su luz. Con monjiles atavíos, tras las tapias del convento, se presiente que va pronto María Clara a parecer, evocando soñadora, ya dormido el pensamiento, la azotea do hizo Ibarra sus mejillas florecer. Allá enfrente se divisa de la Fuerza de Santiago el histórico recinto, de almenaje señorial, que con fúnebres tapices enlútose el día aciago que vió arder entre sus muros la capilla de Rizal. ¡Ah! ¡Que apague la Discordia de su tea fratricida los impúdicos fulgores, el maldito resplandor! ¡Que la Muerte no separe lo que júntase en la Vida! ¡Que los hombres no desunan lo que uniera el Creador! Ni separa ni desune. Su cristiano testamento fué la síntesis suprema de la unión espiritual de dos pueblos que son uno, por la Fé y el Pensamiento; que son uno en los amores y en el verbo de Rizal. Y asi fué. Cuando caía de los mástiles gloriosos la bandera que la cuna de Rizal empavesó, el espíritu hermanado de dos pueblos generosos en la mente libertaria de Rizal nidificó.

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings