Paterno (Pedro A.)
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Paterno (Pedro A.)
Aunque flojo poeta, es uno de los precursores entre los filipinos. Nació en Manila, de familia acomodada, el 27 de Febrero de 1858. En el Ateneo de la Compañía se graduó de bachiller el 71. Vino a España luego, haciendo aquí larga estada y doctorándose en Derecho y Cánones en la Universidad salmantina. Convivió en Madrid con políticos influyentes, literatos y todo linaje de artistas. Tuvo una mesa hospitalaria. En el Ateneo, leyó el crítico y académico Cañete versos de Paterno. Escribió novelas y sobre historia y folk-lore filipinos. Contribuyó a organizar la Exposición filipina de Madrid (1888). Intervino en la paz de Biacnabató. Murió, gran cruz de Isabel la Católica, en 1911.
SAMPAGUITAS
A los mortales ofrece el sacrosanto madero nueva escala de Jacob para remontarse al cielo: «con su frente abre la gloria con su pie cierra el infierno, y sus brazos amorosos abrazan al mundo entero».
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Al rebramar la tormenta, por la playa me paseo, y en ver las agitaciones del vasto mar, me embeleso. En su inmensidad descubro, de mi amor el viejo espejo. ¡Cuántas olas luchan fuera! ¡Cuántas perlas duermen dentro!
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Subiendo una alta montaña vi a la Fama encantadora. --Para ser grande--le dije-- ¿qué debo hacer, bella diosa? --No sigas ningún ejemplo, si quieres hallar la gloria: sé Platón o sé Alejandro, que hallaron sendas ignotas. No en copia servil te arrojes por la senda que otro explora: con la pluma de tus hechos escribe una nueva historia.
Madrid, 1880.
LA CRUZ
I
Nació Alejandro; su potente lanza, al ronco grito de incesante guerra, cubrió de luto y ruinas y matanza cuanto entre el Ister y entre el Sindh se encierra. Murió Alejandro; y a su gran pujanza estrecha fosa concedió la tierra, y él y su lanza y su poder temido se hundieron en la sima del olvido.
II
Cruzaron el espacio en raudo vuelo las águilas que Roma ostentó un día; cuanto cobija el anchuroso cielo sintió de su poder la tiranía. Hundióse Roma; retembló su suelo; se escuchó el estertor de su agonía, y esparcieron sus restos funerales del Septentrión los recios vendavales.
III
¿Qué se hicieron los ínclitos varones que legaron sus nombres a la historia? ¿Dónde encontrar los regios panteones que guardan sus cenizas y memoria? ¿Dónde está, con harapos y girones, cual leve resto de su antigua gloria, la clámide a sus hombros suspendida, más en sangre que en púrpura teñida?
IV
Todo despareció; tan sólo un trono, de cien edades sobre el polvo inerte resiste inmoble al infernal encono, y a los rudos embates de la suerte. Crece su gloria al par que su abandono, más es que el mundo y que sus furias fuerte, a sus pies veinte siglos han pasado, y sigue el rey, y sigue su reinado.
V
¿Sabéis dónde se vió por vez primera? Del sacrosanto Gólgota en la cumbre ¿Queréis saber las leyes con que impera? son de amor, de humildad, de mansedumbre Por él doce hombres alzan la bandera, retando a la enemiga muchedumbre. ¿Sabéis que quieren en su ardor profundo? cambiar la faz del universo mundo.
VI
Ellos son. Allá van, sin más arreos que el calzado y bordón del peregrino; ellos son, allá van, arde en deseos su pecho, hoguera del amor divino; ellos, los pescadores galileos, allá van, cada cual por su camino; hombres son de entre el pueblo despreciado y apóstoles de un Dios crucificado.
VII
Ante su vista, en el espacio inmenso que descubre su ardiente fantasía, ven, entre nubes de aromado incienso, los dioses que abortó la idolatría; de esclavos viles el rebaño denso sujetos a nefanda tiranía, y entre bosques de picas apiñados, los monarcas del mundo y potentados.
VIII
Y cien cadalsos ven en el vacío levantando sus moles altaneras, y ven el hacha y el ecúleo impío, y los potros, los hierros, las hogueras, y escuchan de los circos el gentío, mezclando su rugir al de las fieras; más al ver los aprestos del combate su noble corazón con fuego late.
IX
Aunque siembren de espinas su camino y a palmos se disputen el terreno, cumplirán como bravos su destino, predicando la ley del Nazareno. ¿Quién se opondrá al espíritu divino de que su corazón se siente lleno? Y a la Cruz santa que en sus diestras brilla ¿quién habrá que no doble la rodilla?
X
¡La Cruz! Esa es la luz que los encanta por los tristes desiertos de la tierra. ¡La Cruz! Esa es el alma sacrosanta; que les hace invencibles en la guerra. Cuando, erguida en sus manos, se levanta, los más alzados ídolos aterra. Idolos fuertes que a los ciegos doman tiemblan ante la cruz y se desploman.
XI
Con ella cada paso es un prodigio; tras cada lucha un triunfo; a cada hora cede el de Tracia al celestial prestigio, y el de Etiopía con pasión la adora, y el ateniense sabio, el muelle frigio, el que de Libia en los desiertos mora, el que se apoya en pérsicos divanes, y el que enfrena soberbios alazanes.
XII
Y llevan sus influjos salvadores a los centros del lujo y monopolio a las chozas de humildes labradores, de los romanos Césares al solio; y hacen brillar sus célicos fulgores sobre el negro frontón del Capitolio, enclavando la Cruz con heroísmo en medio el corazón del paganismo.
XIII
Y triunfarán de los verdugos fieros de cien persecuciones al estrago, de las garras de tigres carniceros, de falaces serpientes al halago; y aunque derramen, embotando aceros, para ahogar la verdad, de sangre un lago, que si la Cruz al lago es arrojada, sobre el lago de sangre sobrenada.
XIV
Y vencieron. Y el Lábaro divino, presagio de una gloria verdadera, hizo triunfar, al par que a Constantino la causa santa del que en él muriera. Y tuvo desde allí mejor destino el que un suplicio vil tan sólo fuera, brillando con fulgores celestiales en las mismas coronas imperiales.
XV
Arbol de vida, místico Madero donde reina el Señor de los señores, al pie de cuyas ramas el viajero mitiga del camino los ardores; lecho de las esposas del Cordero, centro de sus purísimos amores: ¡Oh dulce Cruz donde Jesús espira! ¿Quién no te adora, si una vez te mira?
XVI
¿Quién se arrojó a tus pies, que no sintiera la pasión sosegarse que le agita? ¿Quién no halló en ti la calma verdadera que anhela el pecho que de amor palpita? ¿Quién no querrá abrazarte, oh Cruz bendita? ¿Quién morirá, si en tu virtud espera, hacecillo de mirra regalado, que nos dejó en recuerdo nuestro amado?
XVII
¡Feliz el alma que la Cruz adora, siguiendo, amante, de Jesús la huella! ¡Feliz el que la mira cuando llora! ¡Aparece, entre lágrimas, tan bella! ¡Feliz quién llega a su postrera hora de pies y manos enclavado en ella, y espira donde Dios espirar quiso, y pasa de la Cruz al Paraíso...!