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Los monfíes de las Alpujarras

TERCERA PARTE. LA REBELION. (continued 8)

Reading edition

—Eran piratas berberiscos, dijo Harum.

—Corsarios berberiscos eran, repitió Calpuc.

—Si, si, unos horribles berberiscos, con bonetes encarnados, añadió don César de Arévalo.

—¿Pero no sabeis que los monfíes que han ido á Granada con Farax-Aben-Farax, llevaban muchos vestidos berberiscos y bonetes colorados para hacer creer á los de Granada que habian venido á ayudarnos los africanos?

—¡Ah! exclamó como quien encuentra una difícil solucion Harum. Ya decia yo. Farax-Aben-Farax debia ya de estar en marcha para Granada cuando sucedió la desgracia.

—¿Y qué importa? ¿No pudiste conocer á ninguno de los robadores?

—No señor.

—¿Y por qué no los perseguísteis?

—Nos lo impidió la tempestad, nos vimos encerrados entre de tres torrentes, dijo Harum.

—Y tan verdad es esto, dijo entristecido don César, que mi sobrino, que se arrojó á la corriente para perseguir á los infames, fue arrastrado por las aguas sin que se sepa qué ha sido de él. Es necesario que averigueis lo que ha sido de mi sobrino, poderoso emir.

—¿Qué me hablais de vuestro sobrino, cuándo he perdido á mi hija? exclamó Yaye; y luego volviéndose á Harum dijo: es necesario batir en derredor la montaña: los ladrones no deben estar lejos: deben haberles cortado el paso otros barrancos. Conmigo, caballeros, conmigo, y que nos proteja Dios.

En vano el emir registró por aquella parte todos los barrancos, quebraduras y escondrijos de la montaña: nada se encontró.

Yaye se volvió desesperado.

No le quedaba otro recurso que ir á encontrar frente á frente á Aben-Aboo.

Cuando volvió á Cádiar encontró á los monfíes al mando del Ferih enteramente apoderados de la villa.

Su pronostico al marqués de la Guardia se habia cumplido.

Cercada por todas partes y abrumada por el número la valiente compañía de arcabuceros, habia sucumbido toda, á excepcion del marqués de la Guardia de quien estaba apoderado Yaye, y del soldado que el marqués habia enviado al capitan general de Granada.

La poblacion presentaba un aspecto horrible.

No se veia en las calles mas que sangre y cadáveres; en la plaza estaba amontonado un botin sangriento, y algunas casas que habian sido incendiadas ardian aun.

La atalaya y la huerta que habian servido de habitacion á Aben-Aboo, estaban desiertas: doña Isabel de Válor y Angiolina Visconti habian desaparecido.

Cuando Yaye hizo buscar á doña Elvira de Céspedes no pudo darse con ella, y solo quedaban en la villa algunos moriscos aterrados y los monfíes triunfantes.

Cuando Yaye preguntó por Aben-Aboo y por Aben-Jahuar el Zaquer, le dijeron que habian marchado á la taha de Jubiles.

Aben-Humeya habia marchado tambien á la taa de Válor.

Yaye envió dos de sus walíes con órden terminante de que se presentaran Aben-Humeya y Aben-Aboo.

Pero Aben-Humeya contestó con altivez que era rey de Granada y que no obedecia á nadie, y Aben-Aboo no pudo ser encontrado.

Yaye conoció que era llegada para él la hora de la expiacion.

Entre tanto don César de Arévalo esperó en vano á que pareciese su sobrino, y cuando, no teniendo que hacer en las Alpujarras, se despidió del emir y se fué con Peralvillo á Granada, supo con horror que el capitan general habia recibido una carta del marqués de la Guardia, fechada en la madrugada del primer dia de Pascua, en que le participaba que con su compañia habia batído los monfíes y ocupado la villa de Cádiar.

Todo el mundo, incluso don César de Arévalo, dió por cosa cierta, cuando se supo el degüello de la compañía por los monfíes, que el marqués de la Guardia habia perecido víctima de su lealtad al rey.

Entonces, y no teniendo ya cosa que le detuviese en España, se fué con Peralvillo al Perú donde le llamaba su oficio de oidor de aquella real audiencia.

Desde este momento don César y Peralvillo se nos pierden: no se sabe si se ahogaron en la travesía, ó si don César se murió de viejo haciendo injusticias á los peruanos.

CAPITULO XXXII.

En que se ve que se estrechan las distancias entre nuestros personajes.

¿Qué habia sido de Angiolina Visconti y de doña Elvira de Céspedes?

Vamos á decirlo sin rodeos á nuestros lectores.

Aben-Aboo habia llevado á Angiolina á un caserío de sus parientes en la montaña donde no podia correr el menor peligro.

Doña Elvira habia sido conducida por Laurenti, medio robada, engañada, al subterráneo de la Princesa encantada.

Es tal la multitud de sucesos que se agolpan en esta parte, que se embrollan, en las viejas memorias que nos sirven de guia, que nos vemos obligados á desenredarlos y darles claridad, á dejar en suspenso la explicacion de la causa de algunos; de este número, es la razon que tuvo Laurenti para apoderarse de doña Elvira, y el por qué del consentimiento de doña Elvira á seguirle.

En cuanto á doña Isabel de Córdoba y de Válor ya hemos apuntado anteriormente que Yaye la habia puesto en seguridad en la montaña.

El marqués de la Guardia habia sido conducido por Suleiman, de órden de Yaye, al alcázar subterráneo de los emires de los monfíes.

En cuanto á Amina y su hija nada podemos decir por ahora á nuestros lectores.

Digamos algo á cerca de la rebelion, puesto que su historia nos llevará como por la mano al desenlace de los sucesos complicadísimos que vamos relatando.

Lo que habia acontecido en la villa de Cádiar la noche del 24 de diciembre de 1568 habia acontecido en todas las villas de las Alpujarras.

Los moriscos se habian rebelado enteramente apoyados en los monfíes, habian acometido á los cristianos, matado á los que no pudieron escapar, cautivando á las mujeres jóvenes, incendiando, robando, martirizando con una crueldad infinita: tan cierto es que cuanto mas dura y ferozmente ha sido tiranizado un pueblo, mas terrible, mas cruel, mas abominable es su venganza.

Ni es nuestro objeto entrar en los detalles de aquellas inhumanas carnicerías, ni nuestro carácter se presta á ello: en el relato de los acontecimientos de Cádiar de que no hemos podido dispensarnos, no hemos tenido afortunadamente necesidad de presentar niños crucificados, y acañavereados, sacerdotes á quienes se arrancaba vivos el corazon; hombres quemados á fuego lento; horrores inauditos, venganzas monstruosas, que se llevaron á cabo en casi todos los lugares de la Alpujarra, y que empañaron la causa defendida por los monfíes, haciendo de ellos innobles ladrones y repugnantes asesinos.

Yaye veia desvanecerse sus sueños: comprendia al fin que solo habia sido rey de una numerosa banda de malhechores, contenida por su espada, mientras no se habia llegado á un rompimiento decisivo, pero desbordada y alentada y puesta en insubordinacion por fatales elementos el dia del rompimiento. Alrededor de Yaye habia muchos caballeros entre ellos Harum, que conservaban la tradicional y generosa hidalguía de los antiguos árabes, pero que eran impotentes para contener el mal.

Yaye conoció que en todo se habia engañado: pero cada uno de sus engaños habia sido para él de una trascendencia terrible.

Yaye estaba desesperado.

A mas de sus desgracias domésticas, que eran bastantes para desgarrarle el corazon, veia con espanto que la guerra se habia empezado con los peores auspicios posibles.

La justicia, la opinion pública, la conciencia debian protestar y protestaban contra aquellas gentes que no cesaban de incendiar, de violar, de matar, de robar.

Los horrores se sucedian sin intermision[27].

Inmediatamente despues del alzamiento de Cádiar se alzó la taa de Poqueira; á continuacion los quince lugares ó alquerias de la taa de Orgiva; los once lugares de la de Ferreria; los veinte de la de Jubiles; los veinte de las taas de los dos Cebeles; los diez y nueve de la de Ujijar, todas estas villas y lugares, los primeros del alzamiento, lo verificaron, como Cádiar, el dia 24 de diciembre; despues y hasta el 1.º de enero del siguiente año de 1569, esto es: en el espacio de seis días se rebelaron los lugares de la tierra de Adra, las taas de Veria, Andarax, Dalias, Lucha, Marchena, Rio Boluduy, las tierras de Salobrena y Almería y el marquesado del Zenete: es decir: todas las Alpujarras y parte de la Axarquía de Málaga y de la provincia de Almería.

Un número considerable de cristianos asesinados, cuyo número no seria exagerado determinándolo en diez mil, habian sido el terrible reto, lanzado por los moriscos al rostro de Felipe II; una oleada de sangre que estremeció á España, y que hizo se fijasen en ella las miradas de Europa; sombrío relámpago de una insurreccion comprimida hacia mucho tiempo, y que al fin estallaba salvaje en todo el esplendor de su horrorosa venganza.

Encontró esta rebelion al marqués de Mondéjar sin gente y sin pertrechos: afortunadamente la tentativa de los monfíes sobre Granada habia fracasado: si por un acaso, por una combinacion mejor meditada, el estandarte de Mahoma llega á tremolar sobre las torres de la Alhambra, España se hubiera encontrado de repente acometida por un enemigo formidable: Africa entera se hubiera lanzado á los puertos españoles ocupados por los turcos y el ambicioso sultan de Constantinopla, el guerreador y terrible Selín II hubiera encontrado en España su campo de batalla contra la cristiandad.

¿Quién sabe lo que pudo haber sido de Europa, por la imprevision de Felipe II, por lo antipolítico de su opresor fanatismo, por su ciega confianza en las fuerzas del clero y de las gentes de justicia? En el reino de Granada, como en todo país recien conquistado, se necesitaba un gobierno justo y benévolo para atraer, un ejército respetable para reprimir. Nada de esto habia; se azotaba al vencido, se le provocaba, se le excitaba á la rebelion, y no se tenia ningun medio represivo.

Asi es que el marqués de Mondéjar no supo que hacer en los primeros momentos; urgia ir á apagar el terrible incendio de las Alpujarras y no contaba con fuerzas para ello: temia una acometida sobre la ciudad y no encontraba los medios de defensa: tenia los enemigos dentro de la casa, esto es: los moriscos del Albaicin, porque, aunque reprimidos y al parecer leales, porque no veian aun en los monfíes bastante apoyo para rebelarse, se rebelarian en el momento en que supiesen que un ejército turco venia en su ayuda; todo esto era inminente: urgia guarnecer la ciudad, y atravesando á todo trance por medio de las rebeladas Alpujarras, cubrir las costas.

En este conflicto el marqués de Mondéjar apeló á la antigua usanza de Castilla, apellidó guerra: hizo llamamiento de gente á las ciudades y señores de Andalucia, con arreglo á la antigua obligacion de los concejos: puso banderas para el enganche de soldados aventureros, buscó cuantas armas, pertrechos y provisiones pudo, gran parte con su propio caudal y parte con la ayuda de los mas principales señores del reino de Granada, y como todos estos esfuerzos no bastasen para tanta empresa, escribió á Felipe II, manifestándole lo grave del suceso, y pidiéndole con urgencia capitanes, hombres y dinero.

Entre tanto la ciudad estaba profundamente desasosegada: las noticias que se sabian cada dia de las Alpujarras, y los que venian de ellas aterrados y acaso maltratados y heridos, exagerando aun lo terrible de la rebelion, eran una continua ocasion de alarmas falsas: veíanse de repente correr los vecinos sin saber á donde con los arcabuces afianzados y las espadas desnudas; y volver á su casa despavoridos, solo por el pensamiento del peligro que no existia: todo era turbacion y miedo: desconfiaban los unos de los otros: las mujeres corrian á los templos á rogar á Dios, y las principales señoras se acogieron á la Alhambra, como lugar mas fuerte, siendo infinito el número de las familias que abandonaron á Granada: no se veian por todas partes mas que casas vacias y tiendas cerradas: los clérigos y los frailes en rogativas, y todos ansiosos por la venida de gentes de guerra.

Las primeras que llegaron fueron las de Alcalá y Loja: una compañía fué por órden del marqués á Restabal, pueblo inmediato á las Alpujarras, para poner en salvo á los cristianos viejos, sus familias y haciendas; otras dos compañías se estacionaron en Durcal para impedir á los enemigos el paso á la ciudad, y el capitan don Diego de Quesada con una bandera de infantería y una corneta de caballos fué á ponerse sobre el puente de Tablate, lugar estrecho á la entrada de las Alpujarras.

El presidente Deza por su parte, queriendo emular con el marqués de Mondéjar, escribió á don Luis Fajardo, marqués de los Velez, adelantado en el reino de Murcia y capitan general de la provincia de Cartagena, excitándole á que con sus gentes, y las de sus parientes y amigos, acometiese á los rebelados de las Alpujarras por la parte del rio de Almería: á lo que se prestó hidalgamente el marqués de los Velez, levantando banderas y empezando á reunir gente.

La misma incertidumbre, la misma perplejidad de que estaban poseidos el capitan general, el presidente de la Chancillería y el corregidor de Granada, se habia apoderado de las cabezas de la rebelion.

Yaye estaba aturdido; Aben-Aboo, oculto; Aben-Jahuar, receloso; Aben-Humeya, desalentado; al ver el poco efecto que habia hecho en los moriscos de la ciudad y de la Vega el alzamiento, no sabia qué partido tomar: y entre tanto la turba multa, esto es: los monfíes, los moros gandules (entre monfí y morisco) y los moriscos rebelados, se entregaban á la matanza, al saqueo, al incendio y á toda clase de licencias, haciendo de la guerra una empresa de bandidos, desprestigiándola, haciéndola odiosa. El mismo aspecto repugnante y brutal que habia tomado la rebelion, la reconcentró en la montaña, sin poder pasar mas adelante; hizo que Selin II mirase con poco calor la ayuda de aquella empresa, que el dey de Argel, Aluch-Ali, mas ocupado de presas y piraterías que de este asunto, y mas siendo tan dudoso el de los moriscos, contestase á sus peticiones de socorro de una manera vaga, y que solo el rey de Fez, descendiente de los Xerifes, que por su religiosidad veia en la sublevacion de las Alpujarras una guerra santa, fuese con ellos mas esplícito.

Pero lo que sobraba al Xerife de buenos deseos, le faltaba de fuerzas: temia exponer sus naves en el mar contra las galeras de España, y aplazó su socorro; limitóse solo, á formar una alianza con el dey de Argel, y á ayudar indirectamente á los moriscos, distrayendo las fuerzas marítimas de España en una empresa contra Túnez y Biserta.

Si estaban divididos y empeñados en una vieja rivalidad, el presidente don Pedro de Deza y el capitan general don Iñigo Lopez de Mendoza, no estaban menos divididos los gefes de los moriscos.

Aben-Humeya desalentado andaba errante de villa en villa; el emir de los monfíes se ocupaba mas de sus asuntos particulares que de la guerra; Aben-Aboo, conspiraba contra el emir, y contra Aben-Humeya, y Aben-Jahuar le alentaba, previendo el dia en que, quedándose solo Aben-Aboo pudiese vencerle haciéndole á su vez traicion y apoderándose de todo.

De parte de los cristianos faltaban fuerzas: de parte de los moriscos conciencia: la lucha se habia reducido desde el principio empequeñeciéndose á una guerra de montaña que podia durar mas ó menos, pero sin otro horizonte por el momento, sin otros augurios que los de una sucesion de sangrientas escaramuzas sin resultado de una parte ni de la otra.

España tenia su poder y sus ejércitos: los moriscos sus breñas inaccesibles, y su brabío y feroz espíritu su independencia; pero España podia, como lo hizo mas adelante, aislar el incendio é impedir que por la agregacion de nuevos elementos se extendiese.

La balanza, pues, estaba igual al empezarse la guerra: entrambas partes se temian: entrambas estaban recelosas: entrambas contaban con temor las fuerzas probables que podria poner en accion la parte contraria.

Porque ni los moriscos apreciaban bien las dificultades casi insuperables que tenia que vencer España, distraida en otras empresas para levantar enormes ejércitos, ni los cristianos sabian las tambien insuperables dificultades con que contaban los moriscos para procurarse una eficaz ayuda de sus correligionarios de Africa.

Desalentado Aben-Humeya, se salió un dia solo de Lanjaron, resuelto á pasar á Africa abandonando la empresa, y no atreviéndose ya en razon al estado de las cosas á demandar perdon del rey de España.

Encontráronle unos monfíes atravesando un barranco, á pié triste, cabizbajo, llevando el caballo del diestro.

Aquel encuentro fue para él decisivo; fue, puede decirse, una prision: desde entonces Aben-Humeya, á pretexto de lealtad estuvo vigilado, pusiéronle casa real á usanza de los antiguos reyes de Granada: le casaron con tres moriscas principales, una del Albaicin, otra del rio Almanzora, y otra de Tabernas: procuráronle un pequeño harem con las mas bellas de las cristianas que habian robado en las villas y lugares entrados á sangre y fuego, y le obligaron á desnudar la espada y á dirigir la guerra.

Dividió los moriscos y los monfíes en dos ejércitos: el uno ocupó el camino de Orgiva, entre Granada y la entrada de las Alpujarras al Levante de Almería, al Poniente de Salobreña y Almuñecar, y al Norte de Granada. El otro ejército adelantó sobre Granada, poniéndose sobre Durcal, pero habiendo sido rechazado despues de una noche de combate dudoso (4 de enero de 1569) por las gentes de las compañías de Lorenzo de Avila y de Gonzalo de Alcántara, que fueron socorridas por el marqués de Mondéjar, que con dos mil infantes y cuatrocientos caballos se habia puesto sobre la villa del Padul, se retiraron del centro de las Alpujarras al Laujar, barrio inmediato á Válor el Alto, y allí se hicieron fuertes y sentaron sus reales.

En tal estado se encontraba la guerra de Granada al empezar el año de 1569.

CAPITULO XXXIII.

En que el autor deja la historia para tomar otra vez la novela.

Aben-Jahuar y Aben-Aboo, habian abandonado, no sin razon la escena pública, por decirlo asi.

La noche del 24 de diciembre del año anterior, esto es, aquella terrible noche en que la esterminadora venganza de los monfíes habia caido sobre Cádiar: en el momento en que el marqués de la Guardia al frente de sus soldados, cargaba sobre los enemigos y llamaba á Aben-Aboo ansioso de matarle: cuando el emir al ver en peligro al marido de su hija mandó retirar á los monfíes, Aben-Jahuar al parar junto á la embocadura de una oscura calleja habia asido á su sobrino de un brazo y le habia arrastrado consigo.

—¿A dónde me lleváis? dijo el jóven.

—Sigue, sigue aprisa, dijo Aben-Jahuar: es preciso huir del peligro.

—¿Pero qué peligro nos amenaza? esta es una retirada falsa, sin duda, para sacar á esos perros de la plaza.

—Los cristianos no son en estos momentos nuestro peligro. El peligro está entre nosotros. Nuestro peligro es el emir de los monfíes.

—¿Nos hará acaso traicion?

—No me entiendes. El emir no puede hacer traicion á los moros. El emir matará hasta el último de esos cristianos, pero será cuando no esté entre ellos su hijo, el duque de la Jarilla.

—¡Ah!

—El emir llamará al duque, le robará, si es necesario, para salvarle, y cuando el duque de la Jarilla, esto es, el esposo de Amina hable con el emir, eres hombre perdido.

—¡Ah!

—Fuiste muy imprudente cuando nos apoderamos de Amina, te olvidaste de ponerte el antifaz. El resplandor aunque momentáneo de los disparos de las escopetas de nuestros hombres, bastó para que el marqués, que estaba cerca de ti en el barranco, te reconociera.

—Acaso os equivoqueis: con la turbacion del lance, con una noche tan oscura...

—El duque...

—Me martirizais con llamar duque á ese hombre.

—Pues bien: el marqués de la Guardia, es valiente y sereno, y no hay en él, por grande que sea el peligro, turbacion que le impida ver pronto, y bien; tú eras el que estabas turbado...

—Yo no soy cobarde.

—Pero tenias ansiedad por apoderarte de Amina: por lo mismo no pudiste oir lo que yo oi; el marqués te llamó por tu nombre y te apellidó infame, ladron y asesino. Poco despues la avenida del barranco le arrastró; yo di la cosa por concluida... porque ¿quién habia de pensar que el marqués se salvase? Sin embargo, se ha salvado: el emir le ha visto entre los soldados que combatian en Cádiar, y no ha mandado retirar al verle sino para salvarle. Le salvará, lo sabrá todo. ¿Qué piensas tú responder al emir cuando te pregunte por Amina? ¿puedes entregarle su hija?

—¡Ah! exclamó Aben-Aboo.

—Anda, pues, mas de prisa, sobrino; es necesario que nos perdamos: que no puedan dar con nosotros.

—¿Pero no considerais que perdernos ahora, es perdernos para siempre?

—Es que estaremos poco tiempo perdidos.

—No os entiendo; ¿creeis que mañana no me preguntará Yaye por su hija?

—Dentro de algun tiempo no podrás temerle.

—Explicaos, explicaos, tio, porque no os entiendo.

—Hablemos, pues, sin rodeos. Es necesario que muera el emir.

—¡Que muera! pero no es tan fácil matarle.

—Tú le matarás.

—¡Ah! sois mas sanguinario y mas cruel que yo.

—Conozco la necesidad. Y entre matar y morir, prefiero matar.

—Pero mi pobre madre... mi pobre madre que le ama.

—Tu madre le amaba antes de casarse con tu padre.

—¡Tio! ¡tio! ved lo que decís.

—Yaye debió casarse con tu madre; el casarse con ella costó la vida á tu padre.

—Harto lo sé, dijo roncamente Aben-Aboo: me lo ha dicho Angiolina, que no sé por qué, aborrece al emir.

—Le aborrece porque el emir es padre de Amina, y Amina ha robado á Angiolina Visconti, que este es su verdadero nombre, el hombre á quien amaba, porque la princesa ama con toda su alma al marqués de la Guardia.

—Parece que Satanás habla por vuestra boca. ¿No sabeis que estoy enamorado de esa mujer?

—Por lo mismo mata al emir, para poder matar despues al marqués de la Guardia.

—¿Olvidais que el emir me ha proclamado su sucesor, y su compañero en el mando? ¿que los monfíes me miran ya como su señor?

—Pues mejor, mucho mejor; los monfíes no tienen necesidad ninguna de saber que tú has matado al emir, y cuando él haya muerto, tú serás el rey único y absoluto de esos valientes. Con ellos, y alguna habilidad, puedes dar de través con Aben-Humeya, y quedar único rey de Granada.

—Me aconsejais que atraviese un lago de sangre.

—Cuando se buscan coronas, los cadáveres se pisan.

—Si al menos el emir hubiera tenido una parte directa en el asesinato de mi padre... pero quien le mató fue vuestro difunto hermano... por mas que ha hecho Angiolina no ha podido hacerme ver claro que el emir tomase parte alguna en aquel crímen. Vos, que en aquella ocasion acompañábais al verdadero asesino...

—¿Quién te ha dicho que mi hermano fue el autor de esa muerto? Monfíes fueron los que la mataron.

—Probadme que asesinó á mi padre...

—¡Le matarás, sobrino, le matarás!... y para ello te ayudará tu madre.

—¡Mi madre! ¡mi madre que tanto le ama!

—Te ayudará sin saberlo: pero adelante sobrino, adelante, que ya viene el dia.

—¿Pero dónde nos ocultaremos?

—¿Dónde? en el lugar donde murió tu padre.

—¡Ah! exclamó Aben-Aboo.

En efecto, el dia se entraba por el Oriente á buen andar, y á buen andar tambien Aben-Jahuar y Aben-Aboo, se perdieron entre las quebraduras de la montaña.

CAPITULO XXXIV.

De cómo puede parecer feliz y aun serlo á medias un desgraciado.

En vano, como sabemos, habia pretendido Yaye apoderarse de Aben-Aboo.

Aben-Aboo no parecia.

Del mismo modo Angiolina Visconti, doña Elvira de Céspedes y Aben-Jahuar habian desaparecido.

En vano Yaye apuró cuantos recursos tenia en su mano para descubrir su paradero.

Los monfíes no pudieron dar con ellos.

Entonces Yaye desesperado se volvió á buscar consuelo á la única persona que podia dárselo: á doña Isabel de Córdoba y de Válor.

Pero para que esta pudiera darle aquel consuelo, era preciso que fuese feliz.

Para esto era preciso engañarla hasta cierto punto.

Y decimos hasta cierto punto, porque una de las cosas que Yaye necesitaba hacer para que la felicidad de doña Isabel fuese una verdad, era bautizarse y casarse legitimamente ante la Iglesia Católica con ella.

Y la conversion de Yaye no era una mentira.

Fuese que la desgracia continuada y terrible hubiese creado en su corazon una ardiente necesidad de consuelo; que hubiese llegado á ese caso extremo en que el corazon humano se levanta al cielo, buscando en Dios la resignacion y la fuerza, y que el Dios del islamismo no pareciese á Yaye tan grande, tan misericordioso, tan inagotable de consuelos, como el Dios que, todo caridad, se humanizó, y lavó con su sangre las culpas de los hombres; fuese que su amor hácia doña Isabel influyese en él bajo el punto de vista religioso, Yaye se habia convertido; Yaye habia dejado hacia mucho tiempo de rogar al dios de Mahoma, para levantar su espíritu á Jesús crucificado: Yaye era cristiano de corazon.

Acaso tambien consistió en que del islamismo al cristianismo no hay mas que un solo paso; creer en un misterio altamente poético: en la maternidad de una vírgen.

Acaso tambien, perdida la ambicion y el odio que ciegan, habia comprendido Yaye lo que antes habia comprendido Amina: que la religion cristiana es una religion eminentemente grande, racional, conveniente, como por su esencia divina lo es, y no puede dejar de serlo: acaso influyó en él el pensamiento de que habia atribuido injustamente á la religion mas dulce, mas caritativa, mas pacífica, las crueldades, la intolerancia y el fanatismo que solo pertenecian á los vicios y á los errores de los hombres.

Yaye, como todo hombre dotado de un gran espíritu y de una alta inteligencia, habia discutido y combatido mucho en su pensamiento, y no se convirtió al cristianismo, sino cuando su razon le dijo que debia convertirse.

Si Yaye hubiese pensado del mismo modo veintidos años antes, acaso hubiese sido feliz; y lo que es indudable, no hubiera llenado su conciencia de remordimientos.

Perdido todo, familia, patria, porque Yaye desde el momento en que empezó la guerra, la vió vencida; desesperado hasta el último punto, buscó su consuelo en la embriaguez: porque lo único que podia ya embriagarle era el amor de doña Isabel.

Yaye la habia llevado la misma noche de la sangrienta catástrofe de Cádiar á su heredad de Yátor.

Un respetable número de monfíes aseguraba de todo peligro al último tesoro de Yaye.

El emir no habia dejado de verla un solo dia, ni de tranquilizarla acerca de su hijo: Yaye habia guardado un profundísimo secreto acerca de la terrible posicion en que se encontraba colocado respecto á Aben-Aboo.

Porque si Yaye hubiera revelado á doña Isabel que su hijo se habia apoderado de su hermana; que probablemente habria cometido, sin saberlo, uno de estos dos horribles crímenes: el fratricidio ó el incesto, hubiese desgarrado el corazon de aquella pobre mujer que tanto habia sufrido, que habia olvidado todas sus penas desde el momento en que habia visto á Yaye en la senda de la salvacion y del honor, profesando el cristianismo y desenvainando su espada en defensa de un pueblo oprimido, y que se habia quitado su luto, llevado veintidos años, cuando habia desaparecido el luto de su corazon.

Yaye, pues, guardó un profundo secreto acerca de aquellas horribles desgracias: del mismo modo doña Isabel, sacada á tiempo de Cádiar, no habia podido ser testigo de la ferocidad con que habian manchado la justicia de su causa los monfíes: doña Isabel creía que se habia empezado una guerra justa, noble y leal: la guerra entre el oprimido que rompe sus cadenas y el tirano que lucha por ponérselas de nuevo: doña Isabel, creyente de corazon, confiaba en que Dios, que es misericordioso y ayuda al débil y al desventurado, sea cualquiera su religion, ayudaria á los moriscos, y completando el milagro, los convertiria despues: doña Isabel lo veia todo de color de rosa, y era porque todo lo veia á través de su virtud, de su caridad y de su amor.

Una noche entró Yaye en su heredad de Yátor.

Doña Isabel estaba impaciente porque tardaba mas que otras noches: al sentirle cerca doña Isabel, se levantó de junto á la chimenea donde estaba sentada, se arrojó en sus brazos, le estrechó palpitante de pasion entre ellos, y le besó en la boca.

No extrañen esto nuestros lectores, porque Yaye y doña Isabel eran esposos.

El dia anterior un sacerdote, salvado por Yaye del furor de los monfíes, habia venido con él á la heredad.

El buen anciano, porque anciano era, demostraba ardientemente su gratitud á Yaye. Cuando Yaye le dijo que queria bautizarse, lloró de alegría: sin embargo, se informó minuciosamente de si Yaye conocia el espíritu del Evangelio, si era cristiano por su voluntad; y cuando estuvo seguro de ello, le bautizó: despues, cuando pidió que le casase con doña Isabel, se informó asimismo de la cristiandad de ella, y al fin, de una manera misteriosa, sin testigos, arrodillados á los piés del anciano sacerdote, Yaye y doña Isabel recibieron la bendicion de Dios, y se levantaron asidos de las manos, convertidos en uno por su sagrada alianza.

Inútil es creer que Yaye cuidó de que el anciano sacerdote fuese puesto fuera de peligro en Granada por los mas leales de sus monfíes.

Pero ninguno de estos supo, incluso Harum-el-Geniz, que Yaye se habia bautizado, ni mucho menos casado con doña Isabel.

Sabian si que al hacer su compañero en el mando á Aben-Aboo, debia casarse con su madre en un breve plazo.

La noche en que dijimos que Yaye habia entrado en la habitacion donde se encontraba doña Isabel, y se habia arrojado entre sus brazos, iba deslumbrantemente vestido.

Doña Isabel por el momento no reparó en ello, pero cuando se separó de él y le miró, lanzó un grito de niña, un grito de alegría y exclamó:

—¡Oh! ¡y qué hermoso y qué resplandeciente estás, rey mio!

—¡Oh! ¡no estás tú menos hermosa y resplandeciente mi sultana! contestó sonriendo de una manera melancólica Yaye.

En efecto, Yaye y doña Isabel estaban vestidos de una manera maravillosa por lo bello y al mismo tiempo por lo sencillo de sus vestiduras.

Doña Isabel llevaba por la primera vez de su vida un traje árabe: aquel traje se lo habia enviado aquel mismo dia Yaye en una caja de sándalo, y dentro de aquella caja, sobre aquel traje, habia encontrado doña Isabel un cofrecillo de ágata, y dentro de este cofrecillo una riquísima diadema de oro, perlas, rubíes, amatistas y diamantes y un collar de gruesas perlas, todas iguales, como vaciadas en un mismo molde, con un broche en que campeaba un gruesísimo brillante, rodeado de rubíes: aquellas perlas se parecian de tal modo á las que Calpuc habia vendido en otro tiempo al aleman Franz, que era de sospechar que hubiesen provenído del Nuevo Mundo: era tan rico este collar, que podia dar tres vueltas al magnífico cuello de doña Isabel, lo que significa que el collar valia un tesoro: habia asimismo en el cofrecillo dos arracadas tan grandes, que podian descansar sobre los hombros y tan cuajadas de pedrería que relumbraban como soles; últimamente, dos ajorcas ó brazaletes formados por tres filas de perlas compañeras de las del collar, y con enormes y bellos broches de pedrería; una flor de gran tamaño de diamantes, perlas y esmeraldas, destinada á servir de herrete sobre el pecho, á la túnica interior de brocado blanco y encajes que venia entre las ropas, y un ceñidor maravilloso, en el que formando arabescos, se veian todas las piedras preciosas conocidas formaban el riquísimo aderezo destinado por Yaye á su esposa.

Las ropas eran una túnica de brocado de seda y plata, formando arabescos, delicada, feble, como la tela mas sutil, ancha, flotante, que la caia hasta los piés, determinando por detrás una pequeña cola redonda: y esta túnica cerrada en la parte superior sobre el pecho por el herrete de que hemos hablado, dejando ver en su abertura, hasta el ceñidor, riquísimos encajes de Flandes; sobre esta túnica un caftan de brocado verde mar con grandes arabescos negros de terciopelo sobrepuesto; con anchas mangas perdidas; con falda hasta la rodilla, y sobre este caftan, descendiendo de la diadema, un largo veto de gasa de plata salpicada de pequeñísimas violetas de oro.

No podia ser esta traje mas sencillo á pesar de su riqueza, ni una mujer cuya hermosura, cuya expresion, cuya poesia pudiesen estar mas en relacion con la hermosura y con la riqueza del traje.

Doña Isabel, durante su juventud, es decir, antes de su desastrado casamiento con Miguel Lopez, habia sido la doncella, que por su hermosura y por la riqueza de sus trajes y joyas, se habia hecho mas reparable en el Albaicin. Su hermano don Diego la habia amado con delirio, acaso porque era la única mujer de la familia, acaso porque doña Isabel se hacia amar de todo el mundo: á pesar de sus ruinosos dispendios, don Diego, no solo no habia tocado á las ricas joyas de familia que habia heredado de su madre, como su madre de la suya, y asi sucesivamente desde la primera abuela de su raza la sultana Howara, esposa de Abd-el-Rahman-Aben-Moavia, primer califa onmiade de Occidente, sino que habia aumentado cuanto habia podido el número de aquellas joyas puramente árabes, con otras puramente del renacimiento, y sostenido una magnífica coleccion de costosísimos trajes á su hermana. Doña Isabel estaba, pues, acostumbrada á las galas y á las joyas; es mas, la agradaba porque la agradaba todo lo bello, pero habia usado de unos y otras sin afectacion y sin orgullo, y habia dejado de usarlas sin pena, desde el momento en que por sus desgraciados amores con Yaye, por su casamiento con Miguel Lopez, y por la extraña fatalidad que la habia arrojado casada y vírgen entre los brazos del hombre de su amor, habia perdido la alegría de su alma: desde entonces, y durante veinte y dos años, solo habia vestido un sencillo traje negro de lana, y una toca blanca, y lo que es mas, por amor á su hijo, y para que nada le faltase, habia vendido una á una y sin pena las admirables joyas de las sultanas y damas sus abuelas, como las que debia á su hermano, y los ricos trajes con que se habia engalanado en su tranquila juventud: doña Isabel habia vivido apartada del mundo, replegada en si misma, viviendo solo para su hijo y para su amor, que era el recuerdo de Yaye; llorando á solas con su lecho; inflamando su corazon en el candente recuerdo de la terrible felicidad que habia producido como una consecuencia maldita á Aben-Aboo, rogando á Dios con toda la pasion de su alma, porque reducido Yaye al cristianismo, pudiera abrirle sus brazos.

Aquel dia habia llegado: Yaye era cristiano: Yaye era su esposo: doña Isabel habia arrojado lejos de sí con su traje de luto el luto de su alma: como su alma se habia engalanado con todas las flores, con todos los perfumes de la felicidad, cuando recibió el rico canastillo de bodas de Yaye, al que acompañaban dos esclavas para servirla de doncellas, Doña Isabel, que habia vuelto á ser la niña, habia visto aquellas joyas y aquel traje con placer, se habia perfumado, se habia puesto aquellas galas, y se habia contemplado al espejo: entonces su alma habia sonreido, y su conciencia íntima la habia dicho:

—Eres mas hermosa que hace veinte y dos años: eres la alegría y la vida de Yaye.

Y doña Isabel habia llorado de felicidad, y habia esperado impaciente á su esposo, con lo mas hermoso que la naturaleza produce, sobre su hermosura, con la magnífica y pura frente ceñida por la diadema de las sultanas.

Si no alcanzais á soñar en cuerpo y en alma, una mujer tal como la que el autor ve en su pensamiento, viva, palpitante, irresistíble, al describiros á doña Isabel, debeis sentirlo porque perdeis un bellísimo sueño: y como la vida es sueño....

Pero esto es muy vulgar. Os describiremos á Yaye.

Su traje era mas sencillo que el de doña Isabel, y pertenecia á la moda de los tiempos medios de la dominacion árabe en España: una pequeña corona de oro macizo de puntas, lisa y sencilla: alrededor de la corona, una toca blanca, cuyo extremo, cayendo del lado ízquierdo de la cabeza, ondulaba sobre el pecho y venia á caer á su espalda pasando sobre el hombro derecho: una túnica ceñida de brocado verde con arabescos negros, grandes y sobrepuestos, larga hasta las rodillas, cerrada en el cuello sobre una camisa blanca y plegada, y abrochada por delante con una sola fila de botones de piedras preciosas: una faja de seda y oro ceñida á la cintura: una espada árabe con empuñadura de oro cincelada en arabescos con inscripciones cúficas esmaltadas, y un grueso brillante en el pomo: unas calzas de seda ceñidas, á grandes listas rojas y negras: unos borceguíes de tafilete verde bordados con hilo de plata, y sobre este traje una especie de toga talar negra, abierta por delante, con mangas perdidas y forrada de armiños.

Doña Isabel llevaba asido de la mano á Yaye hácia la chimenea.

—¡Oh! ¡y como tiemblas! le dijo: hace mucho frio, ¿no es verdad?

Yaye no temblaba por el frio, sino por la poderosa conmocion que le dominaba, cuando quería, acobardado por su destino, olvidarlo todo y embriagarse con el amor, con la hermosura, con el irresistible encanto de doña Isabel.

—Sí, sí, el invierno es crudo, dijo Yaye asiendo por la redonda cintura á doña Isabel, que llena de solicitud, con todas sus galas, se habia inclinado sobre la chimenea para avivar su fuego.

—Siéntate, luz de mi vida, la dijo Yaye; tengo que hablarte.

—Me dices eso de una manera demasiado séria, dijo palideciendo doña Isabel.

—Nada temas, la dijo sonriendo melancólicamente Yaye.

Y asiendo un sillon, le unió al de doña Isabel; se sentó en él y asió las manos de su esposa que le miraba con ansiedad.

—¿Por qué esa palidez, Isabel? la dijo Yaye que empezaba á embriagarse y á olvidarlo todo delante de ella. ¿Acaso no tienes una gran confianza en mí?

—Despues de Dios en nadie confio tanto como en tí, Yaye: pero desde que puedo llamarme legítimamente tuya: desde que puedo levantar mi frente tranquila y feliz, porque mi felicidad no puede avergonzarme... ¡oh! un vago cuidado se ha apoderado de mí: un recelo misterioso, que me he apresurado á arrojar de mi alma: si, si, yo te amo; no sé cómo hacerte comprender cuánto te amo: mira: lo que voy á decirte, es terrible, no debiera ser.... pero.... te amo mas... infinitamente mas, sin comparacion, ya lo creo.... te amo mas... ¡que á mi hijo! ¡que al hijo de mis entrañas!... es mas: cuando al fin Dios ha tenido compasion de mí, y te me ha dado, he comprendido que amaba á mi hijo, porque era hijo tuyo... he comprendido y me he sonrojado al comprenderlo.... que cuando durante mi viudez y mi luto, pasaba no sé cuánto tiempo bebiendo la mirada de nuestro hijo, fijos mis ojos en los suyos... era porque en la mirada de nuestro hijo hay algo de la tuya... ¡oh! no sabes cuánto me he desesperado, cuánto he vacilado cuando he recibido tus cartas; cuánto he deseado llorando estrecharte contra mi corazon: ¡oh! yo te he amado siempre asi; desde el dia en que te ví... desde el tiempo en que pasábamos tan dulces mañanas cada cual en su mirador no he olvidado nada... nada... y cuando veia que el tiempo no me hacia vieja; que á pesar de los años, porque ya estamos cerca de las puertas de la vejez, mi corazon era siempre el corazon de una niña: cuando por un privilegio sin duda, veia,—yo puedo y debo decírtelo todo, todo lo que pienso, todo lo que siento,—veia, que mis ojos eran cada vez mas brillantes, y que me hacia mas hermosa... ¡oh! ¡y cómo la modesta viuda, la que siempre tenia fijos los ojos en el suelo delante de las gentes, la que siempre estaba pálida, oh y cómo se contemplaba al espejo! ¡y cómo se coloraban sus mejillas, y cómo decia su corazon: gracias Dios mio, porque me conservas hermosa para mi Yaye! ¡haz Dios mio, que crea en tí para que yo pueda unirme á él! ¡para que pueda mirarme en sus ojos como me miro en este espejo!

Y al decir estas palabras doña Isabel, atrajo á sus labios las manos de Yaye y las besó suspirando.

Yaye estaba al fin embriagado: lo habia olvidado todo: no veia mas que á doña Isabel, y no la veia en la tierra, se creia con ella en el cielo.

Y esta embriaguez de Yaye, que era hermoso, daba tal expresion á su semblante, tal lucidez á sus ojos, que doña Isabel abria toda su alma para que la fecundase aquel amor.

—Y mira, añadió doña Isabel: si nos hubiéramos casado entonces, yo nunca te hubiera dicho esto, aunque pensaba del mismo modo; y no hubiera sido tan feliz, porque no hubiera conocido la desgracia.

Estaba tan dominado Yaye, que no contestó.

—Escucha, dijo doña Isabel inclinándose sobre su semblante, colorada de un leve rubor y con el acento ligeramente trémulo: anoche, ya tarde, dormias: yo no: la felicidad, lo inmenso de mi felicidad, no me dejaba dormir: la lámpara iluminaba blandamente tu semblante: tu sueño parecia fatigoso, tu aliento ronco: yo velé tu sueño; yo hubiera querido leer á través de tu hermosa frente tus pensamientos: yo te contemplaba enamorada y cuidadosa, me parecia que el ensueño que se habia apoderado de tí te hacia sufrir; de repente tu entrecejo se plegó de una manera terrible, tu semblante todo tomó un aspecto de amenaza, tu boca una expresion cruel, feroz, y con una voz ronca, con palabras apenas articuladas, murmuraste: ¡Amina! ¡Aben-Aboo! yo me incliné sobre tí, uní casi mis oidos á tus labios, y sentí tu aliento que abrasaba, pero no oi ni una palabra mas.

—¡Oh! dijo Yaye sonriendo, acabo de separarme de mi hija; mi hijo vela en la montaña frente al cristiano, ¡mientras yo duermo entre los brazos de su madre!

—Porque yo lo soy todo para tí, como tú lo eres para mí, exclamó con acento opaco y ardiente doña Isabel: porque olvidas entre mis brazos como yo olvido entre los tuyos... pero esos son breves momentos: algunas horas robadas á la realidad; despues nuestro mismo amor vuelve sobre nuestros hijos: ¿no es verdad?... ¿no es verdad que nos engañamos cuando creemos que los amamos menos que á nosotros mismos?... ¿cómo hemos de amarlos menos? ¿acaso no son ellos tu sangre? ¿acaso mi hijo no es un pedazo de mis entrañas? ¡Yaye! ¡Yaye de mi alma! tú, y tus hijos y yo... no somos mas que un solo corazon...! ¡no los olvidamos anegándonos en nuestro amor, porque ellos son hijos de nuestro amor!

—Es necesario romper á todo trance la situacion en que nos encontramos: yo era valiente cuando era desgraciado, cuando nada tenia que perder... ahora que te tengo á tí, me encuentro cobarde: el combate me estremece: se me figura que el primer arcabuz disparado por el enemigo ha de matarme: ¡Isabel! añadió gravemente Yaye: es necesario que sepas lo que eres para mí: desde anoche, luz de mis ojos, desde que he empezado á satisfacer la sed de mi corazon, nada hay ya en el mundo para mí mas que tú: he vivido soñando: he buscado lejos de tí la vida, y solo he encontrado la muerte: y cuando al fin vuelvo á vivir, la inflexible fatalidad me cierra el camino. Pues bien, estoy resuelto á todo: nada puedo hacer por mi patria, porque la patria ha muerto: la ha borrado del libro de los pueblos y de las generaciones la mano de Dios. He resuelto revelarlo todo á nuestro hijo...

—¡Ah! dijo doña Isabel cubriéndose el rostro con las manos.

—Es preciso, preciso de todo punto, dijo Yaye: y quiera Dios que mi revelacion no llegue tarde, nuestro hijo está enamorado de su hermana.

Dona Isabel se puso de pié pálida como un difunto.

—¿Y acaso tu hija le ama tambien?

—No, es peor que eso: le aborrece.

—Estamos malditos de Dios Yaye, exclamó anonadada doña Isabel.

—No, no; nuestro hijo, cuando sepa que Amina es su hermana, se horrorizará de su amor y le olvidará, le sustituirá con otro... ademas, yo no estoy seguro... necesito averiguar... probar... en esto pasará algun tiempo... y en ese tiempo te obligo á hacer un pequeño sacrificio.

—Ante todo júrame que estás seguro de que podemos salvar á nuestros hijos.

—Lo estoy, contestó Yaye.

—Pues bien, sepa Diego en buen hora que soy su madre.

—El sacrificio que acabo de indicarte, es mas sencillo. Se trataba de mi casamiento ante mi pueblo, de un casamiento aparente...

—¿Con quién?...

—Con la sultana Howara, dijo Yaye sonriendo.

—¡Casarte tú!... segun las costumbres de los moros, ese matrimonio debe consumarse, debe presentarse un testimonio á la córte... y yo... yo no puedo permitir eso... tú me has engañado de una manera infame.

Y doña Isabel se levantó con la cólera de una leona.

—Es que ese matrimonio está consumado, dijo Yaye sonriendo.

Los hermosos ojos de doña Isabel irradiaron en una expresion de agonía, de tal modo, que Yaye asustado se apresuró á decir:

—¡Isabel! ¡Isabel de mi alma! ¡la sultana Howara eres tú!

—¡Dios mio! y ¡que horrible juego! exclamó doña Isabel dejándose caer sobre el sillon.

—Toca la corona que rodea tu frente; mira la corona que ciño: ¿á qué habia yo de ceñírmela sino porque el momento de mi union contigo delante de los mios se aproxima?

—¡Pero yo no comprendo esto! ese nombre árabe...

—Es el de tu ilustre Abuela la sultana de Córdoba, la esposa del califa Abd-el-Rahman, el de la gran mujer á quien debió Abd-el-Rahman el trono que le hizo grande.

—Pero yo no quiero dejar de llamarme Isabel ni renegar de Dios.

—Ya te he dicho que es solo un casamiento aparente.

—¿Me obligaran á confesar el islamismo?

—Todos te creen morisca.

—¿No tendré que pronunciar una palabra sola contra Dios?

—No: es muy sencillo... se supone que ya está todo hecho: entregadas las arras concluido el contrato... todo se reducirá á tu presentacion; y á una fiesta de bodas.

—¡Ah! ¿es decir que solo engañamos á los hombres?

—Y los engañamos por necesidad: Dios lo sabe. Si yo no tuviese que esperar por nuestro hijo...

—¡Por nuestro hijo!...

—Si... necesito reducirle... convencerle á que nos siga. Los moriscos y los monfíes han empezado la guerra de una manera infame: como verdaderos bandidos.

—¡Oh! ¡Dios mio!

—Han incendiado, robado, degollado, exterminado: un caballero no puede desnudar con honra su espada al frente de ellos... he vivido soñando; pero no he despertado tarde... durante algunos dias los engañaremos: después nosotros, con nuestro hijo, nos acercaremos á la costa, embarcaremos nuestros tesoros y nos trasladaremos á Francia ó á Venecia, para vivir solo por nosotros mismos.

—¿Y tu ambicion?

—Mi ambicion ha sido anegada por un torrente de sangre.

—¡Oh! ¡Dios mio!

—Te juro que antes de un mes habremos arrojado esta corona que abrasa la frente, y estas vestiduras reales que oprimen el pecho. Pero es necesario dar el último paso hácia nuestra libertad.

Y Yaye se levantó y asió á doña Isabel de la mano.

—¿Es decir que es esta noche?

—Si, dijo Yaye.

—¡Que nos esperan!

—Si.

—Yo me habia puesto estas joyas y estas vestiduras por darte gusto; pero no creia...

—Si, ha llegado la hora de que los moros vean por un momento levantarse ante ellos una sultana tan hermosa y tan llena de magestad como la esposa de Abd-el-Rahman: es necesario que te aclamen, que los fascines y que contribuyas á que no desconfien de nosotros.

—Pero este terrible convenio durará poco.

—¡Oh! te juro que antes de que pase un mes habremos fijado nuestro destino.

Yaye llamó á las esclavas, y las mandó que trajesen un haike. Envolvióse en él doña Isabel á la usanza mora, y enteramente encubierta, sin que se la viesen mas que sus magníficos ojos negros, y sin mostrar de su hermosura mas que la gallardia de su cuerpo y lo magestuoso de su paso, salió de la cámara.

Aquella cámara estuvo desierta durante cuatro horas: al cabo de ellas oyóse en el exterior ruido de caballos y de gente armada, y los alegres acordes de la zambra.

Poco despues se oyeron abrir puertas en el interior, y al fin aparecieron Yaye y doña Isabel de vuelta, como á su salida, en el haike, que arrojó de sí doña Isabel.

—¡Oh! ¡cuanta magnificencia y cuanta grandeza! dijo: no sabia yo que eras tan poderoso, Yaye mio.

—Si, pero tras esa grandeza hay sangre y lágrimas dijo Yaye. Feliz aquel que en vez de nacer sobre un trono nace en una cabaña.

—Ha habido un momento, dijo doña Isabel quitándose por sí misma su diadema y sus ropas, en que aquellos ancianos de barbas blancas que llegaban uno tras otro á inclinarse delante de mi; en que aquellos fuertes soldados que de igual modo me saludaban; en que aquella música heredada de nuestros abuelos; aquellas lámparas que brillaban tan numerosas como estrellas sobre aquellas paredes de oro; aquellas esclavas que bailaban al compás de la zambra; aquel trono que tenia bajo mis piés, me fascinaron, me lucieron sentir no se qué vanidad, no sé qué sentimiento de que aquello fuera un sueño. Porque eso ha sido un sueño, ¿no es verdad? Ya no volveré á ponerme mas esa diadema: la venderé y daré su precio á los pobres: ya no volveré á ponerme mas esta túnica dorada y negra, emblema de la dignidad real: ¿no es verdad Yaye? ¿No es verdad que tu me amas del mismo modo con estas sencillas ropas castellanas?

Doña Isabel se habia puesto un trage de terciopelo negro, y se habia colocado de una manera hechicera sus trenzas; pero como era excesivamente blanca, como habia conservado las arracadas, el collar de perlas y los brazaletes, con el ancho y largo vestido negro de terciopelo, indolentemente reclinada en el divan, asomando un precioso pié calzado aun con el borceguí morisco recamado de perlas, sobre el dintel de la chimenea; apoyando en el sillon un magnífico brazo desnudo, la cabeza en la mano, y fijando en Yaye una mirada intensa y enamorada, estaba infinitamente mas hermosa que con el deslumbrante trage, con el trage de relumbron de que se habia despojado.

Yaye se levantó, se quitó la corona, la arrojó con desden sobre un sillon, se desciñó la espada, arrojó el ropon negro, se puso una loba de terciopelo que cruzó sobre su pecho, y se acercó á doña Isabel.

—¡Oh! ¡vida de mi vida! la dijo: ¡tú eres toda la felicidad que existe para mí!

CAPITULO XXXV.

El reverso de la medalla.

Era verdaderamente lástima que la fortuna no ayudase á Yaye.

Mientras él se embriagaba al lado de doña Isabel, el destino implacable, seguia su terrible camino y le preparaba nuevas desgracias.

Yaye se habia arrepentido tarde.

Las pasiones, los odios, los intereses que se habian cruzado en su camino habian llegado á tal extremo que solo un milagro de Dios podia deshacer sus fatales consecuencias.

Como si la justicia divina le castigase, no habia llegado á la posesion completa del amor de doña Isabel, de su eterno sueño, de su pasion viva, sino cuando otras terribles desgracias amargaban su felicidad y la ennegrecian.

Y deciamos mal cuando llamamos felicidad al estado en que se encontraba Yaye; es verdad que habia momentos en que la hermosura, la magia y el amor de doña Isabel le hacian olvidarse de todo y no vivir mas que para ella: pero ya lo hemos dicho: aquellos solo eran momentos que pasaban con una rapidez fatal para traerle de nuevo á la memoria á su hijo, apoderado de su hermana en una situacion misteriosa, tras cuyas tinieblas podia suponerse todo lo mas horrible: veia á su pueblo ensangrentado de una manera criminal, horrorosa en una guerra feroz: lo veia todo perdido, sin esperanza de recobro, desde la felicidad de su hija hasta la libertad de su patria.

Porque dado caso que Amina le fuese devuelta, ¿en qué estado se la devolverian? Suponiendo lo que no era probable que Aben-Aboo la hubiese respetado, ¿cómo hacer creer al marqués de la Guardia en aquel respeto? ¿Cómo arrancar de en medio de los dos esposos el terrible espectro de la desconfianza, y la amargura de la suposicion, matando sus placeres, su paz, su felicidad? ¿Cómo evitar que el marqués vertiese ó procurase verter la sangre de Aben-Aboo ni cómo podía su mismo padre dispensarse de castigarle?

Y viniendo á los moriscos ¿cómo volver atrás despues de las horrorosas desvastaciones, de los asesinatos, de los horribles crímenes cometidos en las Alpujarras? ¿Cómo seguir adelante, solos, abandonados de todos, encerrados en las breñas de las Alpujarras, rodeados por los ejércitos de España, y combatidos por los grandes capitanes de Felipe II?

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Venis pocos, y venis tarde.

Desesperado, loco y calenturiento, pero con la locura del leon, Yaye, habia corrido al remedio de aquellos males con una energía imponderable: habia aterrado á los monfíes, ahorcando á algunos de aquellos que se habian mostrado mas infames en el degüello de las Alpujarras: se puso á su frente, los reorganizó, se dejó ver de todos ellos indómito, soberano, prepotente, con la espada desnuda y la cólera y la amenaza en los ojos. Les afeó sus excesos, y promulgó una ley por la cual se prohibia terminantemente so pena de muerte, asesinar á los niños menores de siete años, á las mujeres fuese cualquiera su edad, y aun á los hombres que no hubiesen tomado las armas ó que tomándolas no hubiesen hecho resistencia, ó que después de hecha se hubieren entregado: en una palabra, regularizó la guerra; la matanza y el incendio cesaron, pero cuando ya habian sucumbido doce mil víctimas; cuando el horror de aquella catástrofe zumbaba por España, pidiendo venganza, y por Europa, llamando gravemente la atencion de las córtes extranjeras: en cuanto á sus asuntos de familia nada habia conseguido: parecia que la tierra se habia tragado á Amina, á su hija y á Aben-Aboo: solo se habian encontrado en unos barrancos cercanos al lugar del robo, los monfíes que conducían las literas y los que las precedian, muertos á hierro, y las dos doncellas que acompañaban á Amina en aquella ocasion, degolladas: vestigios que no eran los mas á propósito para tranquilizar á Yaye acerca de las intenciones de Aben-Aboo; respecto á su hijo, Aben-Jahuar, Angiolina Visconti y doña Elvira de Céspedes habian asimismo desaparecido, y solo quedaba delante de Yaye, con la corona en la cabeza y la espada desnuda, avanzado á las posiciones del ejército de España, Aben-Humeya, pero triste, desalentado, sombrío, y receloso.

Harum-el-Geniz, Suleiman y algunos de los mas leales walíes de Yaye, acompañados de cuadrillas compuestas de los monfíes mas astutos y mas prácticos y conocedores de los escondrijos y senos de la montaña, buscaban por todas partes á los que se habian perdido, pero de una manera inútil.

Todos los dias recibia Yaye un desesperante aviso de que nada se habia descubierto, y mas desesperado cada dia después de este aviso, iba á buscar consuelo en el frenesí de su amor por doña Isabel: de aquel amor que le embriagaba.

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Rogad á Dios que os ampare, porque podreis morir aqui sepultada.

Antes de presentarse á ella, Yaye hacia una violenta reaccion sobre sí mismo, concentraba en su corazon todos sus dolores, y entraba sonriendo, como el hombre mas feliz del mundo, y se arrojaba en los brazos de su esposa.

Doña Isabel le preguntaba por su hijo.

Yaye le contestaba que Aben-Aboo estaba al frente del ejército, que se obtenian triunfos y que pronto podría, sin manchar su honra, dejando encomendada la prosecucion de la guerra á buenos caudillos, abandonar á España é ir á gozar de su felicidad al extranjero.

Doña Isabel creia á Yaye, era feliz, le inundaba con todo el poderío de su magnifica hermosura, con toda la poesía de su alma, con toda su pureza de niña, con todo su ardiente amor, y le fascinaba, le hacia soñar y le daba algunas horas de olvido de todo lo que no era ella; algunas horas de felicidad suprema.

Pero cuando la fascinacion pasaba, cuando Yaye se separaba de doña Isabel, caia de repente de aquel cielo soñado, al infierno de la terrible verdad: en vano hacia esfuerzos desesperados: el terrible circulo que le rodeaba se estrechaba cada vez mas, amenazando ahogarle. Los sucesos ayudaban á la venganza de sus enemigos.

Venganzas algunas de ellas injustificadas, absurdas, pero ciertas, porque en el corazon humano dominan, por desgracia, la injusticia y el absurdo.

A tal especie pertenecia el odio que profesaban á Yaye Laurenti y Angiolina, porque este odio se fundaba en que Yaye era padre de una mujer cuya hermosura, cuyos amores con el marqués de la Guardia, habian herido el corazon y exasperado las pasiones de aquellos dos funestos personajes.

Pero este odio era resultado de la ambicion de Yaye: si Yaye no hubiera llevado á la córte con una intencion terrible á Amina, Amina no hubiera excitado las pasiones de nadie.

Es cierto que sin la venganza de Laurenti y de Angiolina, Yaye se hubiera encontrado combatido por la ambicion de Aben-Jahuar, por las rivalidades de sus hijos, por el amor desesperado de doña Elvira: Yaye meditaba todo esto, y veia con dolor que su culpa estaba en su nacimiento, primero, y despues en la educacion que se le habia dado; por último en la ignorancia en que habia vivido durante su primera juventud acerca de su orígen, de su posicion y de los proyectos de su padre.

Ninguna historia como la de Yaye tan á propósito para probar la influencia de la fatalidad en la existencia de los seres. Todo lo que Yaye habia hecho, era lógico, necesario, y sin embargo todo lo que Yaye habia hecho se habia vuelto contra él amenazador y terrible.

Jóven aun, como que solo contaba cuarenta y cinco años, no se atrevia á volver la vista atrás, porque el pasado le obligaba á cerrar los ojos, pretendia huir de su presente, y no se atrevia á mirar al porvenir.

Ni aun podia salvarse, huyendo con doña Isabel, la única felicidad de su vida, á continuar aquella felicidad en medio de una vida oscura: la situacion en que se encontraban sus hijos, le detenia en el peligro.

¿Y qué peligro podia ser este?

Yaye no le veia claro y distinto, pero lo temia todo: temia horribles desgracias; conocia que aquellas desgracias eran fatales, precisas; la expiacion necesaria de sus errores, y aun lo diremos: de sus crímenes.

La desaparicion de tantas personas de quien con fundado motivo desconfiaba, era ya una terrible amenaza.

¿Por qué se ocultaban Aben-Jahuar y Aben-Aboo? ¿Por qué Aben-Humeya se mostraba con él taciturno, reservado, sombrío?

Yaye veia agolparse sobre su frente la tempestad, y habia perdido el valor que tan necesario le era para conjurarla: mejor dicho: Yaye no podia conjurar aquella tempestad y se aterraba.

Por eso iba á buscar la felicidad del olvido y de la embriaguez, todas las noches, al lado de su esposa.

Por eso doña Isabel habia sorprendido alguna vez su sueño fatigoso, su suerte horrible.

Yaye no podia expiar de una manera mas horrorosa sus errores, ó sus crímenes.

CAPITULO XXXVI.

En que el autor descubre donde estaban los que se habian perdido.

Necesitamos dividir nuestra atencion entre tres lugares distintos.

Dos de ellos los conocemos.

El otro nos es enteramente desconocido.

Si penetramos en el uno, en el subterráneo donde vivió en otro tiempo Calpuc, á donde este tuvo herido á Miguel Lopez, y donde Miguel Lopez murió por último de hambre, encontraremos á uno de nuestros perdidos personajes.

A Amina.

La veremos sentada sobre un lecho, inmóvil, teniendo sobre su regazo á su pequeña hija, á quien amamanta; y para besar la cual de una manera delirante, sale de tiempo en tiempo de su inaccion.

Nada falta en el subterráneo que pueda hacer soportar la permanencia en él de una persona: nada mas que aire y dìa.

Por lo demás se ha procurado embellecer y hacer habitable, cuanto ha sido posible, aquel antro.

¿Quién habia revelado á Aben-Aboo la existencia de aquel antro?

Nuestros lectores adivinan su nombre sin duda. Habia sido Laurenti.

Nuestros lectores saben que Laurenti habia encontrado en un proceso en la Chancillería de Granada, la historia entera en que se contenia la muerte de Miguel Lopez, la del capitan Sedeño, el orígen de dona Estrella de Cárdenas, y demás sucesos que dejamos relatados en la primera parte.

La justicia habia bajado al subterráneo, guiada por el mismo Calpuc; pero despues aquel subterráneo habia quedado abandonado.

Un dia en que Aben-Aboo vagaba fugitivo por la montaña, y se habia entrado á dormir en una cueva, encontró junto á sí, al despertar, una carta.

Aquella carta contenia las siguientes palabras:

«Hace ya muchos dias que vagais á pié, acompañado de algunos hombres de vuestra confianza, llevando con vos una dama y una niña, y evitando, siempre con peligro, el encuentro de los monfíes que os buscan. Esa señora, demasiado delicada para andar con lluvia y con nïeve por breñas y vericuetos, será causa de que una vez deis en las manos del emir, que no seria en tal caso muy humano con vos. Yo, como vos, soy enemigo del emir, y quiero ayudaros, indicándoos un lugar muy escondido, donde podreis guardar á vuestra prisionera y quedar libre para vuestros negocios y para evitar la persecucion de que sois objeto. (A seguida el autor del anónimo daba á Aben-Aboo las señas indudables, por las cuales podia dar con el subterráneo). No desconfieis de quien os escribe, concluia, porque si fuese vuestro enemigo, podria haberos muerto ó preso mientras dormiais, en vez de haber dejado junto á vos y sobre vuestra ballesta, esta carta.»

Temeroso Aben-Aboo de que embarazado por Amina y por su hija, diesen con él los monfíes que le buscaban, como ya habia estado á punto de suceder alguna vez, buscó el subterráneo por las señas que tan misteriosamente le habian dado, y encerró en él á Amina y á su hija.

Aben-Aboo se encontraba, como Yaye, sin poder ir ni atrás ni adelante. Su tio Aben-Jahuar le habia metido de una manera insidiosa en aquel laberinto, del cual el jóven no encontraba la salida.

Sabia, á no dudarlo, que el emir no tenia duda alguna de que él habia sido el raptor de Amina: sabia que del mismo modo que Yaye le habia colmado de beneficios, se ensangrentaria con él, si le habia á las manos, porque sabia demasiado hasta donde llegaba la tremenda justicia del emir. Habia conocido al fin claramente, que su tio Aben-Jahuar le habia envuelto con una intencion refinadamente traidora en aquel compromiso, y en vez de presentarse lealmente á Yaye, para manifestarle la verdad de los hechos é implorar su perdon, le aconsejó su miedo deshacerse á todo trance y cuando pudiese del hombre que se lo inspiraba.

La muerte del emir estaba decretada en el pensamiento de Aben-Aboo como un medio de seguridad; la de Aben-Jahuar como la satisfaccion de la venganza de una parte, y por otra como una medida prudente que debia librarle de un rival peligroso, porque Aben-Aboo habia comprendido de una manera clara que el objeto de Aben-Jahuar era destruir cuantos obstáculos se oponian á su ambicion, y quedar solo, como señor soberano, al frente de la rebelion de los moriscos.

Para esto necesitaba Aben-Aboo una alianza, y la buseó, ó mejor dicho, aplazó el buscarla en Aben-Humeya.

Aben-Aboo entraba de lleno impulsado por su ambicion y por su miedo en la senda del crimen.

Sin embargo, y como á mujer, habia tratado y trataba con un profundo respeto á Amina.

Consistía esto, primero: en que Aben-Aboo no amaba á Amina, porque estaba enamorado de la princesa: segundo, en que habiendo resuelto deshacerse por medio del asesinato de Yaye, el resto de conciencia que le quedaba le separaba de la jóven: y tercero, en que, prescindiendo de estos dos antecedentes, sabia que Amina jamás podria ser para él mas que una esclava violentada.

Aben-Aboo tenia en Amina una carga que conservaba por temor, y que en todo caso podia servirle para dictar condiciones al emir.

Asi es que cuando Aben-Aboo bajaba todos los dias al subterráneo á cuidar de Amina, no la hablaba una sola palabra.

Unicamente un dia la dijo:

—Parto para una empresa aventurada, en la cual podré perecer: os dejo provisiones para muchos dias. Si falto tres, rogad á Dios que os ampare, porque podreis morir aquí sepultada.

Amina lanzó un grito de terror, estrechando contra su corazon á su hija.

¿Cuál podria ser la empresa aventurada que acometia Aben-Aboo?

Antes necesitamos revelar á nuestros lectores los otros dos lugares donde encontraremos el resto de nuestros perdidos personajes.

El segundo lugar que hemos dicho que conocemos, era el subterráneo de la princesa encantada.

Si entramos en él una noche, encontraremos á dos personas muy conocidas nuestras: á doña Elvira de Céspedes, viuda de don Diego de Córdoba y de Válor y á Aben-Jahuar, su cuñado.

El lugar en que se encontraban no era aquel salon árabe en que ya hemos entrado una vez con Laurenti y Cisneros, sino un pequeño retrete, á que se entraba por una de las puertas que, como dijimos, daban al corredor por donde era necesario pasar para llegar á la gran cámara.

Doña Elvira estaba recostada en un colchon doblado que la servia de divan: Aben-Jahuar estaba sentado junto á ella en un escabel ó banquillo de pino; una candileja clavada en la pared, alumbraba aquel espacio de una manera siniestra, y por último, algunas astillas de madera en el centro del pavimento roto, servian de calorífero.

Doña Elvira se conservaba sumamente hermosa; pero su hermosura habia tomado un aspecto terrible: conocíase que el disgusto contínuo, la ira reprimida, el deseo contrariado, el orgullo ofendido, habian ido fijando lentamente su marca en aquel semblante, hasta darle el aspecto del de un hermosísimo demonio; su sencillo y severo traje estaba en armonía con la terrible expresion de su semblante, y sin embargo, sonreia á su cuñado, y le sonreia con tal intencion, de una manera tal, que Aben-Jahuar estaba fascinado: porque en la mirada de doña Elvira hácia él habia amor, mas que amor, pasion: Aben-Jahuar se creia soñando.

—¿Sabes Elvira, la dijo, que apenas puedo creer á lo que mis oidos han escuchado, á lo que ven mis ojos? ¿Que tú me amas y que me amas hace mucho tiempo?

—Si, dijo doña Elvira, te amo, te amo porque lentamente tu amor y tus sacrificios me han obligado. ¿Y sabes por qué te he ocultado mi amor?

—Yo creia que era imposible que me amases, dijo con recelo Aben-Jahuar.

—¡Imposible! ¿y por qué?

—Porque... creia que amabas á otro.

—¿A Yaye? dijo con la mayor naturalidad doña Elvira.

—Si, á Yaye, contestó con acento reconcentrado Aben-Jahuar.

—¡Qué poco conoces el corazon de las mujeres!

—Sin embargo, has rechazado constantemente mis deseos.

—Porque no queria comprometerte... porque esperaba á concluir para siempre de una manera desembarazada.

—¿Concluir, qué?

—Concluir mi venganza.

—¿Contra Yaye?

—Contra Yaye.

—¿Venganza de amor?

—Venganza de odio.

—¡Tú has amado á Yaye!

—Yo no podia amar al asesino de mi marido.

—¡Ah!

—Yo no podia ni puedo amar al que es un obstáculo para el engrandecimiento de mi hijo.

—¿Consistirá tu odio en que Yaye se haya casado con Isabel?

—No, de ningun modo: ¡Isabel y Yaye! ¡digno consorcio! la mujer adúltera unida al asesino de su marido!

—Dame una prueba indudable de que me amas.

—¿Y qué prueba? dijo doña Elvira infiltrando una candente mirada en los ojos de Aben-Jahuar.

—Sé mi esposa.

—Juro serlo en el momento en que me vengue de Yaye.

—¿Y cómo piensas vengarte? preguntó Aben-Jahuar.

—No lo sé: hace mucho tiempo que Dios ó el diablo protegen á ese hombre: he gastado á manos llenas el oro para lograr que se apoderan de él, y no he podido conseguirlo.

—En otro tiempo le tuviste en tu poder.

—¡Enfermo! ¡hé ahi como me muestra su agradecimiento Yaye! casa á su hija con ese marqués de la Guardia, hace su compañero en el gobierno de los monfíes al hijo de su amante, y todo viene á asegurarme su intencion de que piensa robar á mi hijo la corona de Granada.

—Una sola palabra, Elvira.

—¿Cuál?

—¿No has sido tu tambien adúltera?

—¡Yo!

—¿No has sido amante de Yaye?

—¡Yo amante de ese miserable!

—Pronto me darás una prueba de si le amas ó le aborreces.

—¡Una prueba!

—Si, porque si es cierta tu sed de venganza muy pronto vas á ser vengada.

—¡Vengada! exclamó doña Elvira, y palideció y se extremeció.

—¡Paréceme que te espanta mi venganza, Elvira! dijo con acento terrible Aben-Jahuar.

—¡Porque tiemblo! tiemblo de impaciencia.

—Pues creo que esta noche quedarás vengada.

—¡Esta noche! ¿pero cómo?

—¿Qué te importa como sea, si esta noche ves ante tus plantas al emir?

—¡Pero explícame!...

—¡Oh! ¡oh! cualquiera diria Elvira que le amas y que temes por su vida.

—¡Su vida! exclamó doña Elvira no pudiendo contenerse en el fingimiento que se habia propuesto: ¿pues qué le vais á matar?

—Verdaderamente Elvira, dijo Aben-Jahuar con acento siniestro, ¿qué estás muy ansiosa de su sangre?

—¡Si! ¡pero!... ¡pero quién le va á matar! exclamó doña Elvira descubriendo cada vez mas su amor hácia Yaye.

—No ha faltado quien diga á tu hijo, quien se lo pruebe, que Yaye fue la causa de la prision y de la muerte de mi hermano.

—¿Y mi hijo lo ha creido?...

—Acaso en estos momentos, tu hijo se encamina al lugar donde sabe que debe encontrar al emir solo y desarmado.

—¡Para matarle!

—Cree que el emir ha sido la causa de la muerte de su padre.

—Pero eso no es verdad: Yaye no ha tenido culpa alguna...

—¿Pues no le acusabas poco hace tú misma?...

—¡Mentira! ¡mentira! y escucha hermano: yo te creo violento, zeloso, irritado, pero no miserable: escúchame por Dios hermano... porque es necesario evitar un horrible crímen.

—¿Es decir, que amas á Yaye?

—¡Oh! ¡Dios mio! ¡si! exclamó doña Elvira cubriéndose el rostro con las manos: le amo desesperadamente hace veintidos años.

—¿Y por qué me engañabas? dijo Aben-Jahuar, dominando su odio y dando á sus palabras un acento tristemente melancólico: ¿por qué me decias que querias vengarte de Yaye?

—¡Oh! ¡yo no sé! ¡yo no sé! ¡yo estoy loca! Yaye me ha despreciado: le he escrito arrojando en mis cartas todo mi corazon, y no ha contestado á mis cartas: he querido apoderarme de él, y no he podido: ¡al fin se ha casado!... ¡se ha casado con Isabel! yo queria vengarme... quiero vengarme... pero ya te lo he dicho: no sé como: porque yo no quiero matarle...

—Le matará tu hijo.

Doña Elvira al escuchar esta terrible profecía lanzó un grito de horror.

—¡Mi hijo! exclamó: ¡mi hijo! ¡un parricidio!

—¡Un parricidio! exclamó Aben-Jahuar levantándose: ¡un parricidio has dicho!

—Si, si: ¡porque... mi hijo es hijo de Yaye!

Destelló de los ojos de Aben-Jahuar una mirada salvaje indescribible.

—¡Oh! exclamó: ¡oh! pues entonces es necesario... necesario de todo punto evitar... yo no sabia... yo estaba engañado... y ese hombre... ese hombre extraño que nos ha procurado este asilo... ese hombre á quien yo esperaba...

—Pero yo quiero ir, volar junto á mi hijo: decirle: el hombre que quieres asesinar es tu padre... es necesario salir al momento de aquí... ¡Dios mio! ¡ Dios mio! ¿no oyes que es necesario que salgamos de aquí?...

—Pero yo no sé las salidas, dijo afectando desesperación Aben-Jahuar.

—¡Llévame, llévame á detener á mi hijo! exclamó doña Elvira arrojándose á sus piés: logre yo impedir ese horroroso crímen... y te amaré, Fernando, te amaré con toda mi alma... y seré tuya, y seré tu esclava. ¿No oyes que mi hijo es hijo de Yaye?

—Alzate, y silencio; suenan pasos; acaso sea ese hombre: si es él, aun tenemos tiempo... si, si, él es... pero enjuga tus lágrimas, tranquilízate... se acerca.

—¡Ya es hora! dijo acercándose á la puerta Laurenti.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Debemos trasladarnos á otro lugar, al lugar que hemos dicho que no conociamos, y donde encontraremos á Angiolina.

Todos los que hayan estado en Granada ó en las Alpujarras, habran tenido ocasion de ver que hay una clase de gente pobre, que vive en muy pobres habitaciones.

Son estas, cuevas naturales, á las que se ha puesto una puerta, abierto una chimenea, dilatado y blanqueado el interior. En Granada y en las Alpujarras, hay barrios enteros de estas viviendas, barrios cuyas calles son barrancos, y á los que sirve de terrado el repecho de la montaña, cubierta de higueras de Túnez y de pitas, entre las cuales se levanta el humo de las chimeneas.

Por lo general las gentes que viven en estos miserables albergues son gitanos.

En una de estas negras viviendas, entró Aben-Aboo, la misma noche en que tuvo lugar la escena anterior.

El jóven iba solo, vestido á la berberisca y armado con un arcabuz.

Dentro de la cueva estaba una vieja calentándose junto á un fuego medio extinguido, y asando castañas.

Cuando entró, el jóven se dirigió á la vieja.

—¿Ha pasado alguien? dijo Aben-Aboo.

—¡Nadie! dijo la vieja: hoy como todos los dias el barranco ha estado solitario; solo he visto á lo lejos por la loma de la fuente pasar un pastor de cabras.

—¿Y no se acercó?

—No.

—¿Qué hizo?

—¿Qué hizo? estar parado algun tiempo apoyado en su báculo.

—¿Y nada mas? ya te he dicho que observes bien cuanto hagan los que pasen cerca ó lejos de la cueva.

—¿Qué hizo? no me acuerdo de que haya hecho nada.

—¡Nada! exclamó con impaciencia Aben-Aboo.

—Nada hizo, solamente puso un lazo en un madroño.

—¡Ah! ¿un lazo para coger gorriones?

—Eso es.

—¿Y no volvió?

—No por cierto; aunque á poco de irse, cayó un gorrion en el lazo: yo esperé algún tiempo á ver si volvia, y como no volvia, atravesé el barranco, llegué al madroño, cogí el gorrión, me le traje, le asé y me le comi.

—¡Un lazo para coger gorriones! murmuró Aben-Aboo.

Y luego sacando de su bolsillo unas monedas de plata, dijo á la vieja:

—Vete.

—¡Que me vaya! ¿y á dónde?

—Ya no haces falta aquí.

—¿Y quién cuidará de esa señora?

—Te digo que no haces ya falta, tu cueva está cerca: vete con tus hijas.

—¿Y ya no me dareis mas dinero?

—¡Toma, toma, sanguijuela insaciable! dijo Aben-Aboo, dando á la vieja dos ducados mas.

—Todos los dias el hambre pide pan: antes cuando mi marido y mis hijos vivian, trabajaban y mi casa estaba alegre, porque siempre habia una olla al fuego y pan en la cesta; pero los cristianos mataron á mi marido y á mis hijos: mi casa ha quedado triste, y mis hijas buscan á los pastores y á los monfíes para que les den un pedazo de pan, porque tienen hambre.

—Yo mandaré que te den cuatro ducados todos los meses.

—¡Cuatro ducados! ¡Dios es grande y misericordioso, y os recompensará, señor!

—Bien, pero vete: necesito quedarme solo.

Aben-Aboo franqueó la puerta.

—¡Qué oscura y qué callada está la noche! dijo la vieja, asomando á la puerta la cabeza: pero á bien que dentro de dos horas saldrá la luna. Que Dios os guarde, hermoso señor.

Y la vieja se rebujó la cabeza en un andrajo, salió de la cueva, y pronto se perdió entre la oscuridad.

Aben-Aboo cerró entonces fuertemente la puerta.

—¡Un lazo para coger gorriones! repitió Aben-Aboo, tomando de un hueco de la cueva una linterna, y encendiéndola con una astilla del fuego: esa es la señal convenida: ¡esta noche! ¡esta noche al fin!

Aben-Aboo se estremeció, y permaneció inmóvil con la linterna en la mano.

—¡Esta noche...! ese hombre, ese castellano es terrible: me ha probado casi que el emir es el asesino de mi padre: me ha probado que mi madre es una infame; ella amaba al emir antes de casarse con mi padre: recien casado con ella, don Diego de Válor y mi tio Aben-Jahuar se llevaron consigo á mi padre, y la justicia le encontró despues muerto de hambre y herido en el mismo lugar donde tengo escondida á la sultana Amina: ¡Dios es justo y misericordioso! Pero aun no estoy satisfecho: ese Godinez ó ese demonio en quien parece confiar tanto doña Elvira, la madre de Aben-Humeya, no me ha presentado ninguna prueba concluyente: es cierto que me ha hecho reparar en muchas circunstancias que casi me convencen... pero me ha dicho que la prueba indudable la tiene la princesa, que por su rivalidad con Amina, se la procuró: la princesa está en mi poder... puedo tocar la verdad, y sin embargo esa verdad me estremece.

Aben-Aboo dió un paso hácia una oscura gruta de la cueva que conducia al interior, y se detuvo otra vez irresoluto.

—¿Seré yo acaso el instrumento de una venganza infame? se dijo: pero no: la princesa... la princesa me embriaga... parece amarme... ¿pero estaré yo ciego? sin embargo la princesa me domina, sabe que soy su esclavo... sabe cuánto la amo, que mi amor puede arrastrarme á una violencia, y sin embargo, se encuentra conmigo alegre, satisfecha, tranquila: solo me opone que mientras viva el marqués de la Guardia... indudablemente el amor que ha tenido al marqués se ha convertido en odio... y yo... yo la amo mas cada dia. Es necesario resolverse.

Y Aben-Aboo penetró en aquel antro.

Llegó á un ángulo, arrolló con el pié un monton de tascos de estopa, removió despues el suelo terrizo que la estopa habia dejado descubierto, y apareció una trampa de madera.

Levantó aquella trampa, bajó unas escaleras abiertas á pico, y se encontró en un pequeño espacio, donde habia una cama, una silla y una mesa con una lámpara encendida.

Salióle al encuentro una mujer vestida de negro.

Aquella mujer le abrazó y le besó en la frente.

Aben-Aboo se estremeció porque aquella mujer era Angiolina Visconti.

—¡Oh!; ¿cuándo sereis mi esposa? exclamó el jóven.

—Cuando sea viuda, contestó tranquilamente Angiolina.

—¡Viuda!

—Ya sabeis que yo no he pertenecido mas que á un hombre, que le he considerado mi esposo, y que mientras viva...

—El marqués ha muerto, dijo Aben-Aboo.

—¡Que ha muerto el marqués! dijo Angiolina con un acento reconcentrado, comprimiendo y dominando la angustia que se apoderó de su alma.

Aben-Aboo que la observaba profundamente, engañado por el violento esfuerzo con que Angiolina habia dominado su alma, dijo para sí:

—Indudablemente la princesa, no ama ya al marqués: si le amara se hubiera estremecido, se hubiera entregado á alguna demostracion de dolor al saber su muerte.

Angiolina leyó sin duda el pensamiento de Aben-Aboo en su mirada, porque dijo con interés, con conmocion, pero sin terror, sin sentimiento:

—¿Y dónde ha muerto el marqués?

—En Cádiar: la noche de Navidad; la compañía entera á cuyo frente se encontraba ha sido exterminada.

—¡Ah! ¿y le habeis matado vos?

—Afortunadamente no.

—¿Por qué decís afortunadamente?

—Porque no quisiera unirme á vos trayendo las manos manchadas con la sangre de ese nombre á quien habia considerado como vuestro esposo.

—¿De modo que, dijo Angiolina, anduve acertada en vestirme de negro para huir con vos de Cádiar?

—¿Llevais por él luto?

—¿No habeis dicho vos mismo que yo le consideraba mi esposo?

—¿Y esa muerte no os causa pesar?

—Ya lo veis, hablo de ello tranquilamente con vos como si se tratara de la de cualquier otro.

—Pero no os mostrais alegre.

—Yo no tengo mal corazon.

Era que Angiolina no tenia sobre sí misma dominio bastante para llevar su fingimiento hasta el punto de mostrarse alegre por la muerte del marqués, cuando estaba transida de dolor, anhelante, haciendo poderosos esfuerzos para que no saliesen á sus ojos las lágrimas, á sus labios los gritos desesperados.

—¿Será acaso que no creais que el marqués haya muerto? dijo el receloso jóven.

—Sí lo creo: porque según lo que ha pasado en las Alpujarras, el marqués que era muy noble y muy valiente ha debido morir.

—¡Ah! ¡le elogiais!

—El que haya sido conmigo un infame, el que yo me haya visto obligada primero á desear vengarme de él, después á despreciarle, no prueba que cuando se trataba del servicio del rey fuese cobarde ni villano: para probaros que os creo, voy á deciros una sola palabra: soy vuestra.

—¡Que sois mia! exclamó Aben-Aboo, levantándose de la silla.

—¡Si, si, dijo Angiolina conteniéndole con un movimiento: después de algunos dias...

—¡Ah! dijo Aben-Aboo. ¡Otro plazo!

—¿No despreciaríais algun dia á una mujer que os abriese sus brazos, caliente aun el cadáver de su esposo?

—¡Esa extraña manía de llamar vuestro esposo al marqués...!

—Yo le he considerado como tal. Sin embargo, podeis abreviar ese plazo.

—¿Cómo?

—Sabeis que soy enemiga del emir, porque de él vienen mis desgracias. Si él hubiera guardado mas á su hija, no me hubiera visto ultrajada por el marqués. Si mi esposo...

—¿De qué esposo hablais ahora...?

—Del príncipe Lorencini Maffei.

—¡Ah!

—Si, mi esposo no sé por qué malhirió al emir en Madrid, y huyó: desde entonces quedé abandonada, y me ví obligada á ampararme de Cisneros. Solo por una sucesion de tristes casualidades he podido venir á vuestras manos. Aborrezco al emir y á su hija, el odio que siento hácia ellos me abrasa el corazon. Si exterminais al emir y á la sultana Amina... el dia en que me digais: no existen, podéis pisar su sepultura, aquel dia... me arrojo en vuestros brazos.

Angiolina se estremeció horrorizada de sí misma: sabia que Aben-Aboo era hijo del emir, hermano de Amina, y sin embargo le pedia la sangre de su padre y de su hermana: y era que aunque comprimia su dolor, dolor causado por la noticia de la muerte del marqués, que Aben-Aboo la habia dado con la mayor seguridad, aunque sabia que el marqués no habia muerto, la enloquecia, la hacia sentir una horrible sed de exterminio, la arrastraba á todo.

Una fatalidad mas que se levantaba contra Yaye.

Porque Angiolina, que, como hemos dicho, solo era infame cuando se tocaba á su corazon, á sus zelos, á su desesperacion por el marqués, se habia reservado de dar á Aben-Aboo la prueba aparentemente terrible de que Yaye habia tenido parte en el asesinato de Miguel Lopez.

Si Aben-Aboo no se hubiera enamorado de Angiolina hasta el punto de inventar una mentira para procurarse su posesion, acaso Angiolina no se hubiera atrevido á afrontar el horroroso crímen de levantar el puñal de un hijo contra su padre.

Pero al escuchar la noticia de la muerte del marqués, noticia dada con tal maestría, que Angiolina creyó en ella, enloqueció y lo arrostró todo: en aquellos momentos, si hubiera podido, hubiera incendiado la creacion.

—¡Otra condicion mas! exclamó Aben-Aboo.

—Pero condicion que podeis satisfacer fácilmente.

—¡Matando al emir!

—¿Acaso no fue él la causa, y el cómplice de la muerte de vuestro padre?

—Me lo habeis repetido mil veces, pero no me habeis dado la prueba, dijo Aben-Aboo.

—¡La prueba! ¿queréis la prueba? exclamó Angiolina levantándose de donde estaba sentada, y sacando de debajo el cofre de sus alhajas que habia traido de Granada: os voy á dar la prueba, añadió abriendo con mano temblorosa el cofrecillo, y sacando de él unos papeles doblados que entregó á Aben-Aboo.

Aquellos papeles eran parte del testimonio que Laurenti habia traido de Granada: en él constaban las informaciones hechas acerca de la muerte de Miguel Lopez, la acusacion y la sentencia contra don Diego de Córdoba y de Válor, y las inculpaciones que este habia hecho, descargándose, contra el emir de los monfíes, puesto que monfíes habian sido los asesinos visibles de Miguel Lopez.

Si Aben-Aboo hubiera meditado un poco, hubiera aplazado hasta informarse mejor, la ejecucion de su venganza: hubiera podido saber por Aben-Jahuar que ninguna parte habian tenido Yaye ni su padre Yuzuf en aquella muerte; pero solo leyó esta terrible frase: los monfíes fueron los asesinos de Miguel Lopez, y el emir de los monfíes estaba enamorado de doña Isabel de Córdoba y de Válor.

Aben-Aboo, con los ojos desencajados se volvió á Angiolina despues de haber cogido aquellos papeles, que por desgracia para Aben-Aboo estaban autorizados en forma.

—Me habeis dicho que sereis mia, el dia en que podais pisar las sepulturas de Yaye y de Amina. Os aseguro que si cumplis vuestra promesa sereis mia mañana.

Y sin decir una palabra mas, salió desencajado, frenético.

Cuando se quedó sola Angiolina, lanzó un largo grito de angustia, se arrojó de costado sobre el lecho y rompió á llorar por el marqués.

Aben-Aboo entre tanto corria frenético á través de las breñas, en medio de las tinieblas de la noche.

CAPITULO XXXVII.

En que se cuentan sucesos horribles.

Aquella misma noche, el emir estaba sentado junto á una chimenea en su alquería de Cádiar.

Doña Isabel sentada frente á él, indolente, magnífica, pero preocupada, fijaba su vista distraida á través de los cristales de una ventana, en la luna que acababa de parecer sobre una montaña inmediata.

Yaye estaba tambien profundamente pensativo.

—Será necesario al fin romper por todo, dijo Yaye dirigiéndose á doña Isabel.

—¿Romper por todo? exclamó esta.

—Si, es necesario... necesario de todo punto, buscar á nuestro hijo: necesito hablarle... despues de hablarle, espero que todo se arreglará: es un sacrificio, un sacrificio enorme: ¿pero qué hacer?

—¿No hemos resuelto ya que nuestro hijo sepa la verdad de su nacimiento?

—Si, es cierto: pero yo lo dilataba; yo esperaba; el momento es llegado: despues de esto...

—Despues de esto, y para evitar nuevas y mayores desgracias, será necesario que hagas otra revelacion á otro hijo tuyo.

Yaye se puso pálido: hasta entonces doña Isabel ni una sola palabra le habia dicho que indicase que conocia el misterio del nacimiento de Aben-Humeya: las últimas palabras de doña Isabel, aunque tranquilas y afectuosas, le aterraron.

—¡De otro hijo mio! exclamó: ¿acaso sabes?... ¿acaso esa funesta mujer te ha revelado?....

—No; mi cuñada nada me ha dicho: ¿pero no sabia yo que hace veinte y dos años, doña Elvira te tuvo en su poder? ¿Acaso pudieron engañarse mis ojos? como no pudo engañarse mi corazon, no pudieron engañarse mis zelos; yo sabia que doña Elvira te amaba, que te amaba con toda su alma, con toda la vehemencia de un empeño contrariado. Mi hermano, despues de haber quedado tú en poder de doña Elvira por aquella sucesion terrible de fatalidades, solo volvió para estar un momento al lado de su esposa y ser preso por el Capitan general. Cuando nació Aben-Humeya, no pude dudar de que era tu hijo: lo que habia visto, el tiempo trascurrido desde la prision de mi hermano, hasta el nacimiento de Aben-Humeya, todo me confirmó en que era tu hijo. He guardado este terrible secreto de familia, pero en el estado á que han llegado las cosas, es necesario que Aben-Aboo y Aben-Humeya sepan que son hermanos: preciso de todo punto.

—¿Y crees que yo fui culpable, que yo acepté por mi voluntad los amores con doña Elvira? dijo Yaye cuya voz temblaba.

—¡Doña Elvira era muy hermosa! contestó tristemente doña Isabel.

—Doña Elvira abusó de mi situacion: cuando doña Elvira me perteneció, yo no vivia, propiamente dicho: estaba dominado por un marasmo profundo... y es mas Isabel, y puedes creerme como si leyeses en mi conciencia: en medio de aquella fascinacion fatal, yo creia poseerte cuando poseia á doña Elvira. ¡Oh! ¡cuán terrible, cuán funesta es mi historia!

—No hablemos mas de eso: ha sido lo que Dios, sin duda para probarte, ha permitido que sea. Pero en el punto en que nos encontramos, es necesario obrar, y obrar pronto: romper esa cadena funesta con que nos estrecha el destino y nos ahoga; remediar como se pueda el mal causado, y empezar otra nueva vida, una vida enteramente distinta. Me has prometido arrojar esa sangrienta corona; quiero mejor vivir en una choza, al lado del mar, alimentándome de la pesca, tranquila, descuidada, feliz, con el amor de mi familia, que los alcázares dorados, la servidumbre de los esclavos, las vestiduras regias, la grandeza del imperio, en medio de los remordimientos de horribles crímenes y bajo el peso de insoportables cuidados.

—¡Oh! ¡si quisiera Dios!

—¡Ojalá que Dios no esté irritado contra nosotros!

Y doña Isabel se puso de pié.

—¿A dónde vas? la dijo Yaye.

—Ha salido la luna, contestó doña Isabel.

—No te comprendo.

—Dentro de un momento me comprenderás.

—Pero...

—Silencio... déjame hacer.

—Te confieso que me espanta ese misterio.

—Ese misterio se esclarecerá pronto; pero no me detengas, dentro de un momento volveré.

Doña Isabel salió, y Yaye quedó entregado á una ansiedad indescribible, á una curiosidad punzante y gravísima.

Doña Isabel entre tanto habia ido á una retirada habitacion de la alquería, cuyas ventanas daban sobre un barranco.

Pero antes de decir lo que encontró doña Isabel en aquel aposento, debemos poner en antecedentes á nuestros lectores.

Algunos dias antes, doña Isabel habia recibido por medio de un gitano, mientras paseaba en el valle próximo á la alquería, una carta de su hijo concebida en estos términos:

«Necesito hablaros, madre mia: si quereis concederme esta merced, esperadme esta noche cuando salga la luna en una de las ventanas de vuestra casa que dan sobre el barranco. Yo llevaré una escala que vos podreis recoger con un cordon. Nada de esto digais á vuestro esposo.—Vuestro hijo que bien os quiere, Diego Lopez Aben-Aboo.»

Esta carta maravilló á doña Isabel, porque no podia comprenderla: ella creia que su hijo estaba al frente de los monfíes avanzado contra Granada.

Pero eran tan graves las circunstancias en que se encontraba Yaye, en que ella misma se encontraba, que guardó un profundo silencio acerca de la carta de su hijo, y aquella noche, en el momento que salió la luna, fué á la ventana indicada por Aben-Aboo, la abrió é hizo una ligera señal; la contestaron con otra señal desde abajo, y doña Isabel echó el cordon de que se habia provisto, sintió que abajo tiraban de él, tiró á su vez doña Isabel y trajo consigo una escala: la aseguró al alfeizar, se atirantó, y poco despues entró por la ventana un hombre.

Aquel hombre era Aben-Aboo.

—¿Qué significa esto, Diego? le dijo con ansiedad doña Isabel.

—¿Estamos solos, madre mia? dijo el jóven mirando con recelo á su alrededor.

—Si, solos estamos: el emir está en la montaña y no vendrá hasta la media noche.

—Tenemos entonces tiempo sobrado.

—Pero yo te creia lejos de aquí.

—¿No os ha dicho nada vuestro esposo, madre?

—¿Y qué habia de decirme?

—¿Nada os ha dicho de mí?

—No; solamente que te encontrabas mandando los monfíes hácia el puente de Tablate.

—¡Ah! ¿no os ha dicho que yo le hago traicion?

—No... no... ¿pero eso es verdad?

—No, madre, no, pero hay traidores que pretenden desunirnos á todo trance.

—Mi esposo está satisfecho de tí.

—Vuestro esposo sabe que me amais madre, y os engaña.

—¡Engañarme!

—Si: desde la noche del levantamiento de las Alpujarras ando huyendo, madre mia, y desde entonces el emir me anda buscando.

—Pero ¿por qué huyes?

—Porque sé que el emir me cree traidor, y me castigará. Vos sola, vos sola podreis, madre, hacer que el emir se contenga y consienta en escucharme. Si me escucha, yo me justificaré: os lo aseguro, porque soy inocente: pero quiero que me escuche aquí, aquí y á solas.

Doña Isabel, que amaba con delirio á su hijo, se afligió, lloró, y le prometió que el emir le escucharia y que el que se hubiera propuesto dividirlos y enemistarlos, seria castigado.

Doña Isabel y Aben-Aboo quedaron en verse tres noches despues.

Doña Isabel iba á cumplir su promesa.

Abrió una ventana, arrojó una piedrecilla al barranco, y se oyó abajo una palmada.

Doña Isabel echó un cordon, le retiró, trayendo una escala, la aseguró, y á poco apareció un hombre en la ventana y saltó dentro.

Era Aben-Aboo.

—¿Habeis hablado al emir, madre mia? la dijo con ansiedad.

—No; pero le he preparado; ahora le hablaré; él tambien desea hablarte: pero, qué pálido estás Diego, qué desencajado: ¿te ha sucedido alguna desgracia, hijo mío?

—Es que tengo miedo, madre.

—¡Miedo! ¿y de qué?

—¡Miedo del emir!

—¡Miedo de mi esposo! ¿crees tú que aunque fueses culpable, el emir podría castigarte?

—¡Oh! ¡madre mia! un demonio se ha puesto en medio de nosotros.

—¿Quién?

—Mi tio don Fernando el Zaguer.

—¡Oh! ¡siempre fue mi hermano traidor y miserable! pero nada temas, Diego, nada: ¿no sabes que el emir me ama con toda su alma? que te ama... á tí... porque... porque eres mi hijo?

—¡Madre, madre! ¡decís eso de una manera!

—El emir tiene que revelarte grandes secretos: secretos que tocan á tu madre, que te tocan á tí: por terrible que te parezca lo que te revele mi esposo... créelo, hijo mio, créelo: tu madre te dice que lo creas.

—¡Pero explicadme!

—No; no: seria para mi demasiado sacrificio: el emir te lo explicará.

—Una palabra: ¿ese secreto pertenece á vos?

—Si.

—¿Y por qué no me lo revelais?

—¿No te digo que seria para mí un horrible sacrificio?

—Me poneis en confusion, madre.

—Mi esposo te sacará de ella. Adios.

—¿Tardará mucho en venir, madre?

—Tardará un tanto, porque necesito prevenirle. Adios.

Y doña Isabel, conmovida y trémula escapó.

Aben-Aboo se quedó solo.

—Si, si, dijo: sin duda pretenden revelarme, que mi padre murió á manos de mi tio don Diego de Córdoba y de Válor: pero es ya tarde; ya sé á lo que debo atenerme: ¿se referirá esa revelacion á Amina? ¿Quién sube? pero es preciso no perder el tiempo; ¡ola! ¡eh! ¡primo! ¡subid, y subid pronto! dijo Aben-Aboo en voz breve asomándose á la ventana.

Poco despues otro hombre entró en la habitacion.

Era Aben-Humeya.

—¿Está el emir en la alquería?

—Si, contestó Aben-Aboo.

—¿Y has hablado á tu madre?

—Si.

—¿Y nada sospecha?

—Nada.

—¿De modo que podemos dar el golpe?

—Si, podremos vengar á nuestros padres.

—¡Oh! ¡y qué horribles misterios, primo!

—Pero le tenemos en nuestras manos. La justicia de Dios caerá sobre los infames: él muerto: mi madre... no la mataré, porque al fin me llevó en sus entrañas; pero castigaré en ella á la infame que se ha unido con el asesino de su esposo, con el padre de su hijo.

—Si, si; con el asesino de mi padre.

—Despues, tú, rey de Granada, yo, emir de los monfíes...

—Una palabra, primo: ¿sabes tú del paradero de Amina?

—Yo no: ¿la amas?...

—Te juro que si quise casarme con ella, solo fue por atraerme la amistad del emir.

—Y yo lo mismo.

—Muerto el emir...

—Amina nada importa...

—Si la encontramos...

—Si la encontramos la jugaremos á los dados.

—La jugaremos...

—Y quien la gane....

—La encerrará en su haren.

—Convenido.

—Me parece que suenan pasos.

—¡Oh! ¡si! debe ser el emir; escóndete y está pronto: cuando yo me abrace á él, hiérele tú por detrás.

—Esconderme ¿y dónde?

—Aquí, tras de este tapiz. Pronto; ocúltate.

Aben-Humeya se escondió.

En aquel momento se abrió la puerta y apareció Yaye.

Se detuvo á alguna distancia de Aben-Aboo y le miró profundamente: el jóven temblaba.

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