TERCERA PARTE. LA REBELION. (continued 11)
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—Los monfíes, todos los monfíes sin faltar uno, cercan el castillo de Vérchul.
—¡Ah! ¡los monfíes sin faltar uno! pero si los monfíes estan vencidos, fugitivos...
—Te engañas señor: son en tanto número, como cuando vivia el emir.
—Tú has soñado Abu-Amer: cuando vivia el emir tenia un ejército de diez mil monfíes.
—¡Pues todos estan allí!
—Pero si su número se habia reducido á la tercera parte... si apenas podian ayudarme.....
—Los monfíes te han engañado, te han abandonado, te han hecho traicion; han permanecido escondidos en sus guaridas, han huido sin valor delante del cristiano: recuerda señor: recuerda, créeme y sálvate.
—Pero ¿por dónde han pasado tantos hombres sin que los cristianos los detengan?
—No lo sé: pero ellos son capaces de entrar en un lugar por el aire, si les falta la tierra: ó estan en inteligencia con los cristianos...
—Si eso es... solo la sangre fria, solo el valor puede salvarnos...
—Las minas...
—Si los monfíes vienen contra mí, habran tomado las salidas.
—Acaso no las conozcan, señor.
—Ellos conocen todos los escondrijos de las Alpujarras.
—Probemos al menos, señor.
—No; el huir no es la mejor prueba: es mejor presentar la frente serena y altiva al peligro... y luego yo no he sido jamás cobarde... prefiero morir como rey, á que me den caza como á un lobo, y me acorralen y me maten villanamente. Alí, mis mejores vestiduras, mi alfanje y mi escopeta... que se preparen mis escopeteros... y mira, añadió mientras Alí le vestia; aunque la puerta es fuerte, tú eres mas fuerte que ella; rómpela á hachazos; llévatela por las minas... la noche es oscura; véndala la boca para que no pueda gritar: eres astuto, ágil: procura burlar á los monfíes... si lo consigues, toma: y Aben-Aboo escribió apresuradamente una carta: en cualquier parte encontrarás amigos mios; enviala con uno de ellos á Harum-el-Geniz: vé, haz lo que te he dicho.
—¿Y doña Angélica?
—¡Ah! ¡doña Angélica! déjala... no la toques: de seguro ella no ha querido hacerme traicion, me ama. Pero vé, vé.....
—¿Y por qué no intentar salvaros, señor?
—Es necesario anticiparse al golpe por una parte y por otra el que huye se pierde. Ve Alí, cumple con lo que te he encargado, y tú Abu-Amer, conmigo y con mis escopeteros fuera del castillo: ¿sabes dónde está Harum-el-Geniz?
—Si, en la cueva grande de los Vérchules.
—Pues á la ventura de Dios, dijo Aben-Aboo, y salió de la cámara, y luego del castillo con Abu-Amer y una cuadrilla de veinte escopeteros, que fué toda la gente que pudo reunir.
La noche era densamente oscura y nada se oia; ni aun el vuelo del viento.
Al sentir aquella calma, Aben-Aboo dijo á Abu-Amer:
—Creo que te has equivocado: todo reposa; hemos andado un buen trecho de camino, y á nadie hemos encontrado.
—Mira señor á lo alto del barranco de los Vérchules: ¿nada ves?
—Si, veo el resplandor de una luz.
—¿Y para qué crees que puedan estar velando en la cueva?
—Adelante, dijo Aben-Aboo.
Y siguieron hácia el barranco, pero apenas habian entrado en él cuando se escuchó una voz ronca que gritó:
—¿Quién va?
—El rey de Granada, contestó con voz serena Aben-Aboo.
—¡El rey de Granada! gritó la misma voz ronca, como avisando á otras gentes.
—¿Y quiénes sois vosotros? dijo Aben-Aboo sin detenerse.
—¡Los monfíes de las Alpujarras! dijo la voz de otro nombre que al frente de algunos adelantaba.
—¿Y quién eres tú que me hablas?
—¡El walí Suleiman!
—Paso al rey dijo Aben-Aboo, al sentir que le cercaban.
—Perdona señor, pero tenemos órden de llevarte á nuestro walí de los walíes.
—¡Ah! ¿con que Sidy[33] Harum-el-Geniz, se atreve á prenderme? dijo con sarcasmo Aben-Aboo.
—Sidy Harum-el-Geniz, no te prende; te detiene, porque asi es preciso para la salud del reino, y nosotros obedecemos á Sidy Harum, porque es wali de nuestros walíes.
Aben-Aboo guardó silencio y siguió hasta el pié de un sendero escarpado que conducia á la cueva grande de los Vérchules; al llegar á aquel punto mandó á los escopeteros que se quedasen abajo, y subió acompañado solo por Suleiman y por Abu-Amer.
Invirtieron un largo espacio en llegar á lo alto porque la senda era áspera, escarpada y larga. Al fin entraron en la cueva, y adelantó un hombre.
Aquel hombre era Harum-el-Geniz.
En medio de la cueva quedaban de pié otros dos hombres, pero notábase que estaban vestidos de castellanos, á pesar de que eran moriscos; el uno era Francisco de Barrado, y el otro Pedro el Zataharí.
No estaban estas personas solas en la cueva, cuya extension era inmensa; á su fondo se apiñaban ateridos de frio y de hambre, una multitud de moriscos de todas edades y sexos, y salia de aquel antro un hálito nauseabundo de miseria.
Al entrar Aben-Aboo, salió de entre aquella turba un sordo murmullo.
—¡Héme aquí! ¿qué me quieres, Geniz? exclamó con altivez Aben-Aboo: ¿qué significa lo que acontece? yo soy vuestro rey.
—Muley Abdalah-Aben-Aboo, dijo Harum-el-Geniz; solo quiero que mires á qué punto ha traido tu obstinacion á estos infelices que aquí estan desesperados, enfermos, miserables, y que consideres que las cosas son llegadas ya á tal extremo, que no ofrecen ya ni aun esperanzas de salvacion.
—¿Y qué quereis?
—El presidente de la chancillería de Granada, don Pedro de Deza y el capitan general, nos dan cartas de seguro, y el perdon de su magestad el rey de España si nos reducimos.
—¿Y quién ha andado en estos tratos? dijo afectando la calma mas fria Aben-Aboo.
—Yo, dijo uno de los dos moriscos que estaban vestidos á la castellana.
—¡Ah! ¿eres tú, Francisco de Barredo? dijo Aben-Aboo: tú en quien tanto confiaba, y tú tambien, el Zataharí, el grande amigo del único hombre que me queda leal, Abu-Amer.
—Te engañas, dijo Harum-el-Geniz, Abu-Amer te ha traido, pero sabia como nosotros para lo que venias.
—Es verdad, dijo Abu-Amer, con un insolente descaro que estaba en completa contradiccion con la afectuosa conducta que hasta entonces habia usado respecto á Aben-Aboo.
—¿Con que es decir que estoy abandonado de todos?
—No por cierto, Muley Abdalah, no por cierto, dijo Harum-el-Geniz: solo queremos hacerte partícipe de la merced que nos concede el rey de España.
—¿Y esto dices teniendo en los barrancos segun me han dicho diez mil monfíes?
—¿Y qué tienen que ver los monfíes con vosotros los moriscos? ¿acaso ellos antes de la guerra no tenian su patria en la montaña? ¿acaso no la tendran si quieren despues?
—¡Oh! ¡si! ¡los monfíes me habeis hecho traicion!
—No por cierto; pero desde que nuestro emir el gran Yaye-ebn-Al-Hhamar murió asesinado por dos miserables, juramos vengarle y le hemos vengado: uno de sus asesinos ha muerto: el otro morirá tambien.
—Justo es que muera el que ha asesinado, dijo dominando su terror Aben-Aboo; pero prescindiendo de esto: ¿creeis que no podemos resistir aun?
—Los moriscos estan desalentados, ven el poco fruto que sacan de la guerra y quieren la paz: el presidente de la chancillería les envia á decir, que se reduzcan al servicio de su magestad el rey de España, que seran perdonados, y que se les dejará vivir libremente en donde quieran; ademas de esto les ofrece mercedes que estan firmadas en este papel.
Harum sacó unos pliegos y los mostró á Aben-Aboo, que no pudo contenerse por mas tiempo:
—¿Qué es esto Geniz? exclamó con la voz trémula de cólera; ¿tal traicion me tenias guardada? ¡no me hables mas, ni te vea yo!
Y fué á tomar la salida de la cueva.
—No, no has de salir, exclamó Harum; te he llamado porque aun quedaba vivo el último de los asesinos del emir.
Aben-Aboo sintió un terror pánico y quiso huir, pero el Zataharí, Abu-Amer y Barredo se asieron á él y le detuvieron.
Entonces Harum le hirió, y al caer le dió un terrible golpe con el mocho de su escopeta.
—¡Ah traidor! dijo espirante Aben-Aboo.
—¡Esta es la justicia de Dios! exclamó Harum; ¡mueres como has matado!
Aben-Aboo hizo un débil esfuerzo pero cayó, y poco despues era un cadáver.
—¡Libres sois ya, hermanos mios! dijo Harum, mañana presentaremos á este traidor al Presidente, y os será otorgado el perdon. Si nuestro emir, nuestro valiente Yaye, no hubiera sido asesinado por esos dos miserables, por Aben-Humeya y Aben-Aboo, no os veriais obligados á acogeros al perdon de los cristianos; pero Dios lo ha querido asi. ¡Que se cumpla su voluntad!
Y como viese que algunos moriscos asian del cadáver de Aben-Aboo, y se dirigian al sendero de la cortadura les dijo:
—¿Para qué quereis sufrir esa carga fatigosa? mas pronto llegará abajo si le arrojais por ahí.
Los moriscos arrojaron el cuerpo de Aben-Aboo al barranco, desde una peña alta que estaba á la entrada de la cueva.
Era ya enteramente de dia.
La luz del alba reflejaba en la sangre de Aben-Aboo, y espantados de aquella muerte los moriscos que estaban en la cueva, empezaron á salir de ella como espectros.
Harum salió tambien con Francisco de Barredo, el Zataharí, y Abu-Amer; bajó de prisa el sendero, y rodeando por el barranco, salió á una ancha rambla donde habia una cuadrilla de monfíes.
—Tocad á recoger, dijo Harum á los trompeteros y atabaleros.
Poco despues se oyó, no solo en la rambla, sino en las alturas, una especie de toque de llamada, al cual empezaron á acudir á la rambla taifas enteras, con sus estandartes.
Poco despues un pequeño ejército de diez mil hombres, se apiñaba en la rambla.
Harum mandó traer el cuerpo de Aben-Aboo, y ponerlo en una peña alta para que le vieran todos los monfíes.
—¡He ahí al asesino de nuestro emir! gritó Harum.
Una aclamacion atronadora salió de las cerradas filas de los monfíes.
—He aquí á vuestro emir, gritó Harum descubriendo el rostro de un moro que estaba junto á él: he aquí al esposo de la sultana Amina.
—¡Viva el emir! gritaron en coro los monfíes.
—¿Pero qué haceis? dijo el marqués de la Guardia: eso no puede ser.
—Consentid por ahora, dijo Harum.
Y volviéndose á los monfíes añadió:
—El esposo de la noble sultana Amina, acepta la corona que le ofrecemos.
—¡Viva el emir! repitieron los monfíes.
—Ahora, dijo Harum, nos resta salvar á la Sultana.
Un espontáneo y bravo murmullo de asentimiento respondió á estas palabras.
—¿Pero será cierto que mi esposa está en el castillo del Vérchul?
—Tan cierto dijo Abu-Amer, como que ha encargado á su esclavo Alí que la lleve á otro lugar, y que os envie una carta que ha escrito para Sidy Harum. Ya, cuando yo dije á este que la Sultana estaba en el castillo de Vérchul no tenia duda; pero ahora no puedo tenerla, porque he visto y he oido.
En aquel momento un hombre apareció por uno de los flancos de los monfíes, y por el otro lado una mujer.
El hombre era un morisco, y la mujer Angiolina Visconti.
—¿Quién de vosotros es Sidy Harum-el-Geniz? dijo aquel hombre que traia una carta en la mano, mientras Angiolina gritaba:
—Venid, Harum, venid, que se llevan á la Sultana: venid, marqués de la Guardia, venid, que os roban á vuestra esposa.
Y Angiolina partió á correr por el mismo lugar por donde habia venido, seguida del marqués de la Guardia, que aunque debil y enfermo, sacaba fuerzas de flaqueza y corria con suma rapidez.
—Seguid, seguid, y flanquead la montaña, gritó Harum á los monfíes poniéndose tambien á la carrera tras Angiolina y el marqués, después de haber leido rápidamente la carta que le habia entregado el morisco.
Aquella era la carta que Aben-Aboo habia dado á Alí, para que la enviase á Harum.
Aben-Aboo habia desfigurado su letra: aquella carta decia asi:
Mi señor Muley Abdalah Aben-Aboo, ha salido del castillo de Vérchul, á encontrarte, Harum-el-Geniz, y temo que le hagas traicion: me apresuro, pues, á escribirte: tengo en mi poder á la sultana Amina, y será la señal de su muerte la primera noticia de una traicion hecha por tí á mi señor.—Alí, esclavo fiel del rey Abdalah Aben-Aboo.
Harum corria, y corrian los monfíes, y corria Angiolina. y el marqués excitado por el peligro de Amina iba delante de todos, por instinto, veloz como el viento, sostenido por su amor y efectuando un milagro de vigor y de fuerza, en el estado en que se encontraba.
Solo pronunciaba estas palabras.
—¡Esperanza! ¡mi Esperanza!
Y Angiolina como si toda su vida hubiera andado en la montaña, corria tambien á poca distancia del marqués, y los monfíes, abiertos en dos largas hileras, con las ballestas al hombro, trepaban á buen paso por la montaña, flanqueándola, seguros de encerrar en un círculo al hombre que se llevaba á la sultana.
El cadáver de Aben-Aboo, quedó solo en la rambla sobre la peña, con el rostro macerado, en que reflejaba los primeros rayos del sol, y algunos moriscos rodeándole, hambrientos, desnudos, le contemplaban inmóviles con un silencio estúpido.
CAPITULO XLIX.
En que se cuenta lo que pasó en las cuevas del castillo de Vérchul.
Cuando Angiolina, segun hemos dicho, se encontró después de franquear la puerta de hierro, en las escaleras de las cuevas, se deslizó rápidamente por ellas y al llegar á su fin encontró un callejón y al comedio de él, á la izquierda, otra puerta de hierro cerrada simplemente con un cerrojo.
Angiolina abrió aquella puerta: la luz de la lámpara dejó ver un espacio pequeño, en el cual habia un lecho y algunos muebles, y en el lecho una mujer dormida, pero vestida y cuidadosamente cubierta.
—¡Ella es! exclamó estremeciéndose de zelos y de dolor Angiolina.
Y acercó la luz de la lámpara al semblante de Esperanza, que Esperanza era en efecto.
—¡Oh! y está mas hermosa, mas hermosa que nunca; con su semblante pálido y flaco. ¡Oh! ¡Dios mio! ¿y voy yo á arrojar á esta mujer entre los brazos del hombre á quien amo?
Angiolina se detuvo.
—Pero primero es él: no le llevo una rival odiosa, le llevo su vida. ¿Haria esta mujer lo mismo que yo hago? ¡Oh! si lo haria porque le ama, y una mujer cuando ama lo sacrifica todo, hasta su alma á su amor.
Detúvose de nuevo Angiolina.
—Y es necesario despertarla: es necesario salvarla: aprovecharé el tiempo: ¡si Aben-Aboo despertara...! es preciso, preciso, debo tratarla con dulzura... es necesario apurar de una manera completa el sacrificio. Todo por él, Dios mio, todo por él.
Y moviendo dulcemente á la jóven, dijo:
—Despertad, doña Esperanza.
Amina abrió los ojos, los cerró deslumbrada por la luz, se incorporó en el lecho y dijo con la voz soñolienta aun, pero dulce y resignada.
—¿Quién sois?
—Miradme, y escusadme de pronunciar mi nombre, dijo Angiolina.
—¡Ah! ¡la princesa! ¡la comedianta! exclamó Amina reconociéndola por la voz.
—¡La infeliz! dijo Angiolina con acento conmovido.
—¡La infeliz! repuso con sarcasmo Amina. ¿Qué buscais aquí?
—Os busco á vos... y soy muy feliz en encontraros.
—¡Que me buscais! ¿y para qué? dijo Amina.
—Para llevar con vos la vida á vuestro esposo.
—¿Pues qué? ¡mi esposo!
—Está enfermo y loco.
—¡Enfermo y loco! exclamó aterrada Amina.
—Si, y si vos no le volveis la salud y la razón, solo Dios podrá volvérselas.
—Pero... yo no puedo creeros, vos sois mi enemiga, vos me aborreceis; yo os aborrezco...
—¿Y qué importa nuestro mutuo aborrecimiento cuando se trata de su vida y de su felicidad? El os ama, vos lo sois para él todo, y yo... yo que le amo quiero que sea feliz.
—No, vos no le amais tanto, dijo con un concentrado acento de zelos Amina.
—¡Que no le amo! ¡que no le amo! ¡os digo yo acaso que no sereis capaz del mas horrible de los sacrificios por él...! Casi soy capaz de amaros, de llamaros mi hermana, por el amor que él os tiene.
—¿No me engañais? dijo Amina, asiendo bruscamente las manos de la veneciana, y mirándola frente á frente.
—¿Y para qué he de engañaros? ¿Acaso tengo yo alguna esperanza de que pueda amarme don Juan? ¡que sea él feliz al menos, ya que no puedo serlo yo! sed tambien vos feliz con él, señora, y acordaos alguna vez de mí: acordaos de que me le debeis...
Angiolina se echó á llorar. Amina se desarmó, se conmovió, confió en su enemiga y no supo que decirla.
La veneciana se secó las lágrimas, y dijo á Amina:
—Ya sabeis el objeto que me ha traido aquí: seguidme: aprovechemos el tiempo y no hablemos mas porque nuestra conversacion seria muy dolorosa.
—Una palabra no mas: despues de lo que haceis yo no puedo aborreceros: ¿aborrecereis vos á quien os tiende su mano?
—Perdonad, señora, pero nuestra situacion es enteramente distinta: ved que necesito mucho valor para hacer lo que hago y que ese valor me podria faltar. No hablemos ni una palabra mas acerca de ese asunto. Os lo suplico, os lo ruego. Pero seguidme, seguidme, porque los momentos son preciosos.
Y se dirigió decididamente á la puerta de aquella especie de mazmorra.
Amina la siguió en silencio.
Pero una vez fuera de aquel recinto, despues de haber recorrido la citada mina en que se encontraban, se perdieron en un laberinto de minas, enmarañado, oscuro, que al parecer no tenia salida.
Y pasaba el tiempo.
De repente se oyeron golpes terribles que retumbaban huecos en el subterráneo, y se repetian, cada vez mas fuertes, cada vez mas numerosos.
Era Alí que forzaba con una hacha la puerta de hierro de la escalera que conducia á las cuevas.
Angiolina lo comprendió.
—¡Ah! dijo, somos perdidas: Aben-Aboo ha vuelto en sí, aunque no puedo explicármelo, de su embriaguez; sin duda ha notado la falta de la llave y fuerza la puerta para perseguirnos; ya no suenan los golpes, lo que quiere decir que la puerta ha sido forzada, pero suenan pisadas sordas, ¡Oh! Dios mio, ¿y qué hacer?
—Seguid, seguid, dijo Amina: me parece que siento en el rostro el viento fresco del campo, el viento puro de la madrugada.
Como para confirmar el dicho de Amina, una ráfaga apagó la luz de la lámpara, y allá al fondo de la mina se vió una leve claridad.
—Seguid, seguid, dijo Amina.
Las dos jóvenes siguieron, pero de repente y á los pocos pasos tropezaron con una puerta: sobre aquella puerta una reja circular dejaba penetrar la primera luz del alba.
—¡Una puerta y cerrada! gritó con desesperacion Angiolina.
—Y se escuchan cerca pisadas rápidas, pisadas de hombre, repuso Amina con angustia.
—Si la llave con que he abierto la puerta de arriba sirviese para este postigo... dijo la veneciana.
Y probó y lanzó un grito de alegría: cedió la cerradura y la puerta se abrió.
Las dos jóvenes se encontraron en el repecho de una colina.
—¡Oh! ¡amanece! somos perdidas: y esta puerta no puede cerrarse por fuera...
Y mientras Angiolina reconocia la puerta, abrióse esta impulsada por una fuerza ruda, y apareció un hombre que la miró con ansia á la débil luz del alba.
—¡Ah! no sois vos, gritó: es esta... esta, sí...
Y asió á Amina, y partió con ella á la carrera, llevándola sobre sus hombros.
Angiolina los siguió algún tiempo sin perderlos de vista: pero el esclavo era vigoroso, habia ganado una delantera inmensa á Angiolina, y esta los perdió en la revuelta de un barranco.
Y sin embargo, siguió á la ventura, sin saber si acertaba ó no, aterrada, herida en el corazon, porque lo que la habia arrebatado el esclavo, era la vida del marqués.
Y el dia esclarecia mas y mas, y empezaban á verse sobre las colinas al Oriente las primeras ráfagas rojas de la salida del sol.
De repente Angiolina, oyó un ronco estruendo de trompetas y atabales muy cerca, y se volvió hácia donde sonaba aquel estruendo.
Al volver un repecho, se encontró de repente delante de una taifa de monfíes que se ponia en movimiento obedeciendo el toque de llamada.
Al reparar en ellos Angiolina en vez de huir, se precipitó hácia los que estaban mas cerca y que al ver una mujer hermosa y jóven, se detuvieron.
—¿Sois monfíes? preguntó con afan Angiolina.
—Sí, monfíes somos, la contestaron. ¿Y tú eres morisca?
—Sí. ¿Está con vosotros Harum-el-Geniz?
—Sí. ¿Es tu pariente?
—Sí. ¿Dónde está?
—En aquella loma, en la rambla.
Angiolina corrió, llegó y habló.
Ya lo hemos dicho.
Continuemos ahora el anterior capítulo que interrumpimos.
Corria el marqués á la ventura como sostenido por la mano de Dios; le seguian Angiolina, Harum y algunos monfíes: los otros flanqueaban la montaña.
—¡Guarda! ¡guarda! ¡allá va por Gebel-el-Rabah! ¡guarda! ¡á él! ¡á él! ¡á él!
En efecto, los monfíes delanteros habian descubierto á Alí, que al verlos, se volvió, se detuvo un momento, y lanzó una mirada terrible á los que le perseguian.
De repente el marqués de la Guardia torció un repecho, y Alí le vió, y tras él nuevas gentes cuando menos lo esperaba.
El marqués lanzó un grito de triunfo y desnudó su espada.
Pero apenas la habia desnudado, cuando lanzó otro grito horrible de dolor, y cayó en tierra.
Habia recibido en el pecho un ballestazo disparado por Alí, que asió inmediatamente á Amina, y se dió á correr por una rambla abajo en direccion á una roca tajada.
La intencion de Alí era manifiesta: no pudiendo salvarse, porque le perseguian por derecho y le flanqueaban, concibió el terrible proyecto de arrojarse con Amina, antes que entregarla, por aquella cortadura.
Al ver caer al marqués, al adivinar la terrible resolucion de Alí, Harum se cubrió de un sudor frio, y arrancando á uno de los monfíes que llevaba al lado su ballesta armada, exclamó deteniéndose:
—Es aventurado: es terrible: pero es preciso.
Y encarándose la ballesta, apuntó con lentitud y disparó.
El venablo partió silbando, y fué á clavarse en el cráneo de Alí, que rodó por tierra con Amina.
Amina estaba desmayada. Harum, que ignoraba si el marqués habia sido herido de muerte ó no cuando se alejaron, volvió al sitio donde estaba el marqués.
Angiolina le miraba sentada en el suelo, con las manos cruzadas sobre sus rodillas, y de tiempo en tiempo soltaba una carcajada.
¡Se habia vuelto loca!
Harum la hizo apartar de allí, recogió al marqués que solo estaba herido levemente, y se alejó con sus monfíes, dejando abandonado á Alí, que habia muerto mártir de su fidelidad á su señor.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Tres dias despues, repicaban todas las campanas de Granada.
Este repique general era en albricias de que se habia acabado la guerra de las Alpujarras.
La prueba de que la guerra se habia acabado, adelantaba por el camino de Armilla, cerca ya del puente de Genil, en direccion á la puerta del Rastro.
Veamos en qué consistia esta prueba.
Gran multitud de gentes estaban á los lados del camino; hasta en los árboles habia espectadores; detrás de una inmensa muchedumbre de gentes de todas clases, edades y sexos, que servian, por decirlo asi, de flanqueadores, venia Leonardo de Rotulo, alcaide del presidio de Cádiar, con su medio arnés de ginete, su banda de capitan, y caballero en su rocin. A la izquierda del alcaide iba Francisco de Barredo, vestido á la castellana, con una gorra de belludo, una loba de camelote y unas calzas de grana atacadas y botas altas, á caballo tambien y sin armas: á la derecha, igualmente caballero en un magnífico caballo andaluz, rodado con arneses de guerra, iba Harum-el-Geniz, con el ostentoso traje de walí de los walíes de los monfíes, y llevando en las manos el alfange y la escopeta de Aben-Aboo.
Detrás iba el cadáver de Aben-Aboo sobre un mulo, entablillado el cuerpo bajo los vestidos, para que pudiese tenerse derecho como si cabalgara vivo, y á los dos lados una taifa de monfíes con las ballestas al hombro, y llevando ya, en señal de vasallaje, y como soldados del rey, las armas reales de España sobre los pechos.
Luego seguian los moros que se habian acogido al perdon, á pié y á caballo, con sus bagajes y sus mujeres y familias: los que llevaban ballestas, quitadas las cuerdas: los que arcabuces y escopeta, las llaves: á los lados, llevando á los moriscos entre filas, iba la cuadrilla de infantería del capitan Luis de Arroyo, y en la retaguardia, cerrando la marcha, con un estandarte de caballos, Gerónimo de Oviedo, comisario de la gente de guerra de los presidios de las Alpujarras.
Entraron en el órden que hemos marcado por la puerta del Rastro de la ciudad, haciendo salva los arcabuceros, contestando la artillería de la Alhambra, y entre los repiques de campanas y la alegría de los de Granada, que se consideraban salvos con haberse acabado la guerra.
Llegaron hasta el palacio de la Chancillería, donde los recibió el duque de Arcos, el presidente don Pedro de Deza y los demás del consejo, y los caballeros y vecinos principales de Granada.
Leonardo Rotulo, Harum-el-Geniz, y Francisco Barredo, subieron á la cámara donde el consejo estaba, y Harum entregó al presidente el alfange y la escopeta de Aben-Aboo, y besándole las manos en representación del rey, le rindió justo homenaje á nombre de los moriscos de las Alpujarras.
Dijéronle los del consejo muchas lisonjeras palabras, hiciéronle muchas preguntas á que Harum contestó con dignidad, y luego, asegurando á los moriscos perdonados el cumplimiento de lo que se les habia ofrecido, mandaron arrastrar y hacer cuartos el cadáver de Aben-Aboo, y poner su cabeza en una jaula de hierro sobre el arco de la puerta del Rastro, que sale al camino de las Alpujarras.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
—Oid, hermanos, decia poco despues escondido entre las breñas de las Alpujarras Harum á sus monfíes: todo se ha perdido: alentar nuevas esperanzas, seria una locura. Nos faltó nuestro emir, y nos faltó todo. Le hemos vengado: las cabezas de los dos asesinos están la una junto á la otra en dos jaulas de hierro, sobre una puerta del muro de Granada. Los de Africa y los de Turquía no nos socorreran. Yo os aconsejaria que mas bien que quedaros aquí, pasáseis á Africa, y sirviéseis al dey de Argel ó al rey de Marruecos. Quédese aquí quien quiera, pero hará mal: los buenos tiempos en que los monfíes podian hacerse respetar han pasado, y lentamente irian dando en las manos de los cuadrilleros, y de ellas en la horca. Dios lo ha querido asi, hijos mios. Voy á daros en nombre de nuestro desgraciado señor el último oro: despues yo, consagrándome á la sultana Amina, salgo de España. Esta es la última vez que nos vemos, valientes, y al decíroslo se me escapan las lágrimas. ¡Dios lo ha querido! ¡Cúmplase su voluntad!
Los monfíes se arremolinaron y todos, unos despues de otros, vinieron á rendir su último homenaje á su primer walí.
Harum dió á cada uno parte del oro que contenia un enorme cofre de hierro, abrazó á los capitanes, les dió sus últimos consejos, y montó á caballo y se separó de ellos.
Al trasmontar la cumbre de una loma, revolvió su caballo, y miró por última vez á aquellos brabíos soldados con quienes habia pasado la mayor parte de su vida: extendió los brazos hacia ellos y dijo, llorando como un niño, aunque por la distancia no le podian oir.
—¡Ah! ¡no creia yo que habia de llegar un dia en que me separara de vosotros para no volveros á ver, mis valientes monfíes, hermanos mios!
Y los monfíes, cuyos rostros estaban vueltos hácia él, como si le hubieran comprendido, agitaron sus tocas en señal de despedida, y el eco hizo retumbar un gemido inmenso, el gemido de diez mil bocas, en las montañas circunvecinas.
En aquel momento se ponia el sol.
Harum revolvió desesperado su caballo y le lanzó á toda carrera por el camino de Cádiar exclamando:
—¡Estaba escrito!
EPILOGO.
I.
Pasaron tres meses.
Al cabo de ellos, en una hermosa mañana de julio, salieron por la puerta de la Mar de Almería, un caballero anciano, otro jóven, pero pálido y hermoso, y al parecer debil, que se apoyaba en el brazo de una dama hermosísima, que le miraba á cada paso con suma solicitud.
Al lado de estos dos jóvenes iba una doncella que llevaba en brazos una niña como de dos á tres años, tan hermosa como la dama.
Por último, detrás iba una numerosa servidumbre.
Nos parece inútil decir que aquellas personas eran Calpuc, el marqués de la Guardia, ó mejor dicho, el duque de la Jarilla, su esposa la noble y hermosa duquesa doña Esperanza de Cárdenas y su pequeña hija.
Llegaron á la ribera, entraron en una lancha y se dirigieron en ella á una enorme galera de dos bandas surta en el puerto.
Cuando saltaron á bordo, se quedaron mirando con inquietud á la playa.
—¿En qué consistirá la tardanza de Harum? dijo Amina: sabe que á pesar de que el rey disimula con nosotros, no estamos seguros, y que es prudente apartarnos cuanto antes de España.
—Hélo ahí, hélo ahí, dijo con la alegría de un niño el marqués de la Guardia: mírale, Esperanza mia: pero es que no comprendo esa multitud de acémilas que le siguen cargadas de toneles.
—¡Ah! ni yo tampoco, dijo Esperanza.
—Ni yo, añadió Calpuc.
—Pronto lo hemos de ver, dijo el marqués, porque embarca en lanchas los toneles.
—Apostaria á que sé lo que aquello es, dijo Calpuc.
—El tesoro de mi infeliz padre, dijo Esperanza conmovida: ¡oh! ¡pluguiera á Dios que nos apartáramos miserables de España pero con él!
Cuando Harum puso á bordo los toneles, dijo á Esperanza:
—Poderosa sultana, todo lo que enriquecia el alcázar de tus abuelos, sus joyas, sus tesoros, va contigo.
—¡Y esa pobre mujer! dijo Esperanza casi al oido de Harum.
—¡Ah! ¡la horrible veneciana! su locura es admirable; á mi despecho he dejado casi un tesoro en manos de mi hermano Gonzalo para que cuide de ella: ¡Bah! á pesar de todo la tengo lástima: ¡le amaba tanto! ¡y le cree muerto!
—¿Qué es eso? dijo el marqués.
—Nada: hablábamos de si Harum habia dejado algo á su familia para que se consolase de su ausencia, dijo Esperanza enjugándose una lágrima.
Harum se volvió al patron que se paseaba sobre cubierta:
—Nostramo, le dijo: á zarpar: el viento es fresco: rumbo á las costas de Francia y que Dios nos dé buen pasaje.
Poco despues la galera, viento en popa, adelantaba gallardamente, reclinada sobre un costado.
II.
Diez años despues, la infeliz doña Isabel de Córdoba y de Válor, mártir del amor, asesinado su esposo por su hijo, muerto su hijo por sus parciales, murió en el convento de Santa Isabel la Real de Granada, á donde se habia retirado, y el mismo dia en que una jóven acompañada de su madre, y de un caballero mas bien viejo que jóven, preguntaban por ella en la portería.
La enfermedad de doña Isabel era una consuncion lenta; se habia secado en su corazon el raudal de las lágrimas; la sonrisa no aparecia jamás en su boca, y pasaba la mayor parte de su tiempo, arrodillada ante Dios en el coro, inmóvil y silenciosa como una estátua.
Desde que se habia retirado al claustro, nadie habia ido á preguntar por ella, únicamente de mes á mes llegaba una carta de Francia; aquella carta contenia cuatro cosas: consuelos delicados como pudieran suponerse los de un ángel; la firma de Esperanza de Cárdenas; la de Harum-el-Geniz, y una libranza de cien ducados contra genoveses.
Doña Isabel besaba aquella carta, la metia con las anteriores en una cartera, se ponia la cartera sobre el corazon, y entregaba la libranza á la abadesa diciéndola siempre:
—Dad á los pobres, señora, lo que despues de lo mas preciso para mi sustento, sobre de esa cantidad.
Maravillóse, pues, la madre tornera de que á los diez años una voz de dama, y de dama al parecer por lo mesurado y noble de sus palabras, muy principal, preguntara por doña Isabel de Córdoba y de Válor.
—¡Ah! señora, está enferma y acaso Dios la llamará hoy mismo.
La dama exhaló un ligero grito.
—¡Ah! exclamó: ¡pues necesito verla, deseo verla! ¡oh Dios mio!
—¡De modo que si fuérais una parienta suya inmediata!
—¡Soy hija de su difunto esposo! dijo con angustia la dama.
Mediaron mensajes, y al fin la superiora permitió que la dama y la niña entrasen, pero no fue posible que entrase el caballero, que se quedó, renegando del que habia inventado la clausura, en la portería.
Las dos señoras entraron en una humilde celda: doña Isabel con los hermosos ojos dilatados, flaca, blanca hasta lo diáfano, sonrió imperceptiblemente al ver á la dama y á la niña.
—¡Oh! ¡bendito sea Dios, exclamó, que me envia un ángel antes de morir!
—¡Madre mia! exclamó Esperanza arrojándose sobre doña Isabel y besándola.
La enferma pareció reanimarse, y por primera vez despues de diez años, brotaron lágrimas á sus ojos.
—¿Y tú eres feliz, hija mia? la dijo.
—¡Oh! ¡sí! y seria mas feliz si os encontrase buena, si os pudiese llevar conmigo. Mi esposo ha vuelto á España, y á fuerza de oro ha conseguido que se reconozcan nuestros títulos... pero vos...
—¿Y qué importo yo..? déjame ver á tu hija, á la nieta de mi Yaye...
Doña Esperanza se levantó de sobre el rostro de doña Isabel, y asió á su hija de la mano.
Al verla la enferma dió un grito horrible:
—¡Oh! ¡Dios mio! exclamó, ¡me traes en esa niña, cuando voy á morir, su rostro y su mirada!
En efecto, la nieta se parecia enteramente al abuelo.
Doña Isabel no volvió á hablar, y murió aquella tarde entre los brazos de Esperanza.
Esta salió llorando, la niña triste; y Harum, que era el caballero que se habia quedado fuera, blasfemando.
Pero le quedaba á Harum que ser testigo de otra agonía, aunque no le fue tan dolorosa.
Un mes despues tomó á caballo y solo el camino de las Alpujarras.
—Es un extraño capricho, decia para sus adentros, que la sultana Amina (Harum cuando hablaba consigo mismo no daba otro nombre á la hija del emir) se interese tanto por la suerte de esa mujer que la ha hecho probar tantas desgracias, y que casi casi tiene la culpa de que no se siente en un trono: como que si el emir no hubiera sido herido y preso en la Inquisicion... ¿Y qué necesidad tiene la sultana..? está mas hermosa que nunca; el señor duque de la Jarilla, su muy adorado esposo, ha echado fuera la ruinera, y la adora: Dios no los ha castigado con hijos: la luz de mis ojos, la pequeña Estrella no puede ser mas cándida ni mas hermosa: pues señor, véngase vuesa merced á las Alpujarras, donde necesariamente tengo que padecer, aunque no sea mas que por los recuerdos, á saber de una loca castigada justamente por Dios. Vamos: si yo no la amara tanto...
Atravesaba en aquellos momentos un desfiladero que conocia demasiado, y detuvo su caballo, se puso las dos manos en la boca á manera de embudo, y lanzó un grito salvaje.
El eco le repitió á la redonda: pero nadie contestó á aquel grito.
—¡No queda ni uno solo! exclamó roncamente Harum: si uno solo quedase, estaria precisamente aquí, en el lugar mas inaccesible, mas solitario, mas seguro. En otro tiempo, cuando yo hacia esta señal, de detrás de cada piedra salía un monfí. ¡Y pensar que yo paso ahora por aquí como un forastero! ¡Yo que he sido el rey de la montaña! ¡Y ver que las rocas estan en el mismo sitio, y que los monfíes han pasado como sino hubieran existido nunca! ¡Ira de Dios!
Apretó las espuelas á su caballo, y llegó aquella noche á Mecina de Bombaron, y á casa de su hermano Gonzalo.
Despues de la charla natural de dos hermanos que no se han visto en diez años, Harum preguntó por doña Angélica.
—¡Pobre señora! dijo Gonzalo: ¡y cuánta compasion me causa á pesar de todo!
—¿Continúa en la locura..?
—Cada vez mas furiosa... pero Dios ha tenido compasion de ella...
—¡Cómo!
—El médico dice que se muere.
—Perdónela Dios, dijo friamente Harum.
—¡Oh! ven, ven, hermano, y te juro que tendrás compasion de ella.
Y le llevó á un aposento inmediato.
—¡Oh! lo de siempre, exclamó, viendo un lecho vacío y revuelto; se ha escapado á la montaña... y en el estado en que se encuentra... y de noche... ¡Gabriela! ¡hija! dame mi loba y mi arcabuz, y suelta á la ventora.
—¿Pero, á dónde vas Gonzalo?
—¡Dónde he de ir sino por ella! infeliz... ven conmigo, si quieres; ven, y verás una cosa que te partirá el corazón... yo no crei que pudiese amar tanto una mujer.
—¡Amor maldito! dijo Harum siguiendo á su hermano.
Por el camino que hacian á gran paso, guiados por ventora, Gonzalo contó á Harum cómo Angiolina tenia el capricho de vestirse de blanco; que al contrario de otras locas se aliñaba, se peinaba, cuidaba de sí misma, y que cuando la preguntaban las traviesas muchachas, si lo hacia para enamorar á alguien, contestaba:
—¡Oh! ¡si! cuando voy á verle las noches de luna, cuando me arrodillo delante de la cruz, él se levanta detrás de ella, y me mira fijamente... es mi amado, y es muy hermoso... yo quiero parecerle hermosa.
—¡Diablo! ¡Diablo! dijo al oir esto Harum.
—Y es inútil pretender que no vaya á la montaña: siempre inventa un medio ingenioso para escaparse.
—¡Oh! si: pluguiera al Altísimo que no hubiera tenido tanto ingenio, replicó Harum.
—Y es preciso llevar para encontrarla la ventora por que unas veces va al castillo de Vérchul, otras á la cueva, otras á Gebel-Rabah... pero esta noche, segun el camino que lleva la ventora, ha ido á la sepultura.
—¿A qué sepultura?
—A la sepultura de su amante.
—¡Ah!
—Si; hay un lugar al pié de Gebel-Rabah, donde ha puesto una cruz formada con ramas de pino, donde pretende que duerme su enamorado, cuya sombra se levanta cuando ella llega.
—¡Dios la ha castigado en justicia!
—Ha sido demasiado castigo, Harum. Pero vamos llegando; mucho será que no la encontremos...
—¡Muerta!
—¡Bien pudiera ser! ya te he dicho que el médico la habia sentenciado, y estaba tan débil...
En aquel momento ahulló la perra.
—¡No te lo decia yo, dijo Gonzalo! y se precipitó á un cercano repecho.
Harum le siguió.
De repente se levantó una sombra blanca al rayo de la luna, corrió hácia ellos, y cayó entre los brazos de Gonzalo el Geniz.
—¡Ah! ¡socorredme! ¡socorredme! exclamó: ¡yo no sé dónde estoy! ¿quién me ha traido aquí? Sola, de noche, vestida de blanco, tendida sobre una sepultura.
—Habeis venido á ver á vuestro amante como otras veces.
—¡A mi amante! exclamó Angiolina y rompió á llorar.
—¡Oh! cuidado, Gonzalo, cuidado, dicen que los locos cuando lloran recobran la razon.
—¡Los locos! ¡los locos! exclamó Angiolina. ¿Conque he estado loca? ¿Quién sois vos? acercaos, no os veo.
—Soy Harum-el-Geniz.
—¡Ah! ¡Dios mio! si es cierto, ¡este lugar! aquí le ví caer herido: mi sacrificio fue inútil... ¿cuándo sucedió eso...? ¿cuándo...? no me acuerdo: me parece que acaba de suceder.
—Vuestro sacrificio no ha sido inútil, señora, porque el marqués vive.
—¡Pero no vivirá muriendo como yo! ¿no es verdad?
—El marqués es muy feliz, dijo el rencoroso Harum, que no podia olvidar los crímenes á que su amor habia llevado á Angiolina.
—¡Feliz, muy feliz! exclamó ¡con ansia de amor ella!
—¡Oh! ¡si!
—¿Y ha recobrado la salud?
—¡Oh! ¡si!
—¡Gracias, Dios mio! ¡gracias! exclamó Angiolina: ¡tú no has querido que muera desesperada!
Y sus rodillas se doblaron, y Gonzalo se vió obligado á sostenerla.
—Decid.... á la sultana.... que me perdone.... y á él.... á él no le digais nada.... ¡si por milagro algun dia preguntase.... por mí.... decidle que vivo....! y que.... soy feliz!
Angiolina no habló mas: algun tiempo despues murió.
Harum al verla pálida, muerta, inmóvil, exclamó:
—¡Hermosa aun muerta! ¡Era mucha, mucha mujer! ¡Perdónela Dios!
—Ya no veran mas los pastores á la Dama blanca de la montaña, como llamaban á doña Angélica.
—Ni á los monfíes, replicó suspirando Harum.
Y, sin embargo, si viajais por las Alpujarras sobre la escueta albarda de un asno vigoroso; si alguna vez al amanecer se levanta la niebla sobre los barrancos remedando figuras fantásticas, el arriero, que probablemente será oriundo de los moriscos, os preguntará señalándoos las crestas envueltas por las brumas:
—¿Sabe V. lo que es aquello?
—Aquello es niebla, le respondereis.
—¡Niebla, eh! para mi abuela: aquella figura alta que anda tan reposadamente es la Dama blanca de la montaña: y las otras figuras que la siguen, los Monfíes de las Alpujarras.
FIN.