TERCERA PARTE. LA REBELION. (continued 6)
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—¡Gracias á Dios! asi tendremos misa del gallo.
—A la que me alegraría mucho que asistieseis: celebrará el señor inquisidor Medrano: yo seré diácono y el licenciado Arias subdiácono: tendremos villancicos en que cantará con su hermosa voz... una dama que vos apreciais mucho, y otra señora que ha venido á su casa...
—Doña Isabel de Válor, ¿y la otra?
—Una gran señora.
—¡La princesa Angiolina Visconti..! Os prometo ir.
—Con vuestra noble hija.
—¿Conoceis vos á mi hija?
—No señor, pero he oido ponderar su virtud y su hermosura.
—Mi hija no está aquí en estos momentos.
—¡Qué desgracia!.. pero en fin, os tendremos á vos.
—Indudablemente: pero vamos á lo que importa.
—Si, á la conversion del Ferih de los Berchules.
—Pues no tenemos el gusto de bautizar á ese descreido.
—¡Cómo! ¿por qué?
—Porque mientras yo fuí á veros, el tal bandido se ha escapado.
—¡Cómo! ¿pues no estaba herido, y herido de peligro?
—Eso mismo me he dicho yo: no lo comprendo, pero lo cierto es que se ha escapado... yo lo he sentido mucho y vos, no debeis sentirlo menos.
—¡Oh! ¡siéntolo en el alma! ¡un miembro podrido que continúa separado del cuerpo de los fieles!
—Y aun por algo mas debeis sentirlo, señor beneficiado, porque segun creo, aunque vos me habeis guardado el secreto, Melik el Ferih, es padre de una morisca, de una Mariblanca que es vuestra ama.
—¡Ah! dijo el beneficiado no pudiendo evitar un estremecimiento: vos lo sabeis todo.
—¿No veis que busco al bien, y para practicarle tengo por todas partes gentes que se informan de todo?
—¡Ah! dijo el beneficiado que empezaba á sentir algun recelo.
—Por eso, porque lo sé todo, vuestra venida, á pesar de la fuga del Ferih, no es inutil. No os ireis sin bautizar una mora, y aun mas sin casar á una mora y á un cristiano, padres de la no bautizada.
—¿Y por qué no bautizar tambien á la madre?
—Por la sencilla razon de que, desde que nació la madre es cristiana.
—¡Ah! ¡una morisca!
—Algo mas que una morisca: una sultana.
—¡No os comprendo! dijo el beneficiado que se sentia mal, y que iba viendo transformarse en otro hombre distinto del que habia visto hasta entonces á Yaye.
—Pues es muy fácil de comprender: la dama á quien vais á casar es hija del emir de los Monfíes: en una palabra, es mi hija.
—¡Vos!.. exclamó el beneficiado y no pudo continuar.
Anudósele la voz en la garganta; se puso pálido como un cadáver, tembló, se anonadó; quedó tal como si la tremenda cabeza de Medusa, con toda su terrible virtud y sus sierpes ponzoñosas se hubiese presentado ante su vista.
—¡Qué os espanta! ¿no sois vos el que con tanta crueldad habeis martirizado á los pobres moriscos? ¿no sois vos el que habeis arrebatado los hijos á sus madres y los habeis enviado á los hospicios del rey? ¡Habeis tenido valor suficiente para remitir las súplicas desesperadas, las lágrimas, los gritos de angustia de las desdichadas á quienes arrebatabais los hijos de sus entrañas, y os falta delante de mí que ningun mal he de haceros, puesto que habeis venido bajo el seguro de mi palabra!
Tranquilizóse un tanto el eclesiástico.
—¿Pero quién habia de creer..? dijo: yo hubiera jurado...
—Que yo el don Alonso de Fuensalida á quien conociais, era el mayor cristiano del mundo...
—Vuestras obras... vuestra caridad...
—Si, es cierto: mi caridad hácia los mios, me ha obligado á presentarme ante vos encubierto con un nombre castellano, á captarme vuestra voluntad con donaciones hechas á vuestra iglesia, á fingirme catequizador de moriscos, cuando en verdad solo se bautizaban los infelices por sugestion mia, para evitar las crueldades que so pretesto de religion cometiais con ellos: si es cierto: mi caridad para con los moriscos ha sido grande, porque lo que he hecho en Cádiar lo he hecho tambien en las demás villas de las Alpujarras. Pero no hablemos mas de esto. Procurad tranquilizaros, porque os lo repito: aunque os encontrais entre monfíes, nada os acontecerá: por muy cruel y fanático que seais, aunque mereciéseis un terrible castigo, os he llamado yo, porque os necesito, y estais tan seguro como si os cobijara el trono del rey de España.
—¿Y para qué me necesitais, señor? dijo el beneficiado no bien repuesto á pesar de las tranquilizadoras palabras de Yaye, y tratándole con tanto respeto cuanto era su miedo.
—Ya os he dicho para lo que os necesito: para casar á mi hija y bautizar á mi nieta.
—Estoy dispuesto á obedeceros, señor.
—Con vos ha venido vuestro sacristan que se ha quedado fuera.
—Si señor.
—¿Sabe ese hombre á lo que venis?
—Le he dicho que se trataba de bautizar...
—Bien, por eso no quede, haremos una farsa; mandaré á uno de los mios que se meta en cama...
—Pero...
—¿Y qué os importa á vos pronunciar algunas palabras y verter una poca de agua sobre la cabeza de un hombre?
—Lo que yo temo, es que maese Barbillo que es muy ladino conozca que no se trata de un herido.
—Descuidad que la farsa se hará bien. Ahora vamos á otra cosa. Es necesario que la fecha de ese casamiento y de ese bautismo se anticipen.
—No os comprendo bien.
—Vais á comprender al momento.
Yaye sacó de su bolsillo una cartera, y de aquella cartera dos papeles doblados, y los presentó á Juan de Rivera.
Eran dos partidas de casamiento y de bautismo; la una estaba fechada en 30 de setiembre de 1567, la otra nueve meses despues. Solo faltaba la firma del beneficiado.
—¿Pero no veis, dijo Juan de Ribera, que estas partidas no pueden constar en el libro de la parroquia ni con los folios que aquí tienen?
—Descuidad: el libro de la parroquia desaparecerá sin que os puedan hacer cargo. Ya comprendereis que tratándose de mi hija y de mi nieta, tengo un gran interés en que estas partidas no aparezcan falsas; á vos os interesa tambien porque... pienso demostraros mi agradecimiento de una manera digna de mí.
Y Yaye abrió un cajon de su mesa, y sacó de él uno trás otro, veinticinco columnas compuestas por veinticinco dorados doblones de á ocho cada uno.
—Si, si, es verdad: sois el mismo generoso señor de siempre, pero encuentro una dificultad.
—¿Cuál?
—¿De quién es hija la dama que se va á casar?
—Es hija mia.
—Aquí dice: la excelentísima señora doña Esperanza de Cárdenas, duquesa de la Jarilla, grande de España, hija del excelentísimo señor don Juan de Andrade, duque viudo de la Jarilla.
—Es que yo soy ese.
—¿Pero no sois entonces el emir de los monfíes?
—Tambien lo soy; para que os aclare mas dudas, preguntad al inquisidor Medrano, ya que le teneis en la villa, y aposentado en vuestra casa, quién es el duque viudo de la Jarilla: él me conoce bien.
—¡Ah!
—Lo que importa es que firmeis estos documentos, porque se va haciendo tarde, y teneis que volver antes de la noche á Cádiar.
Juan de Ribera firmó.
Yaye guardó de nuevo las dos partidas, y dijo:
—Vamos y terminemos. Casareis á mi hija, bautizareis á mi nieta, y despues haremos delante del sacristan la farsa del bautismo de Melik-el-Ferih, del padre de vuestra ama.
—Vamos á donde querais, señor.
Yaye y el beneficiado desaparecieron por una puerta.
Pasó una hora, y maese Barbillo fue llamado.
Atravesó la cámara acompañado de un lacayo y desapareció por otra puerta.
Media hora despues, el lacayo y Barbillo volvieron.
—Es mucha, mucha, la caridad cristiana de don Alonso, dijo con cierto intencionado sarcasmo Barbillo al atravesar la cámara: pero creo que ese buen Ferih no está tan gravemente herido como dicen. ¿Eh? ¿qué decís vos?
—Digo, contestó el lacayo, que no era otra cosa que un monfí, mirando fijamente á Barbillo, que jamás me entrometo en las cosas de mi señor.
Y salieron por otra puerta.
Apenas habian salido, cuando entraron de nuevo en la cámara Yaye y el beneficiado.
—Ya que habeis casado á mi hija, y bautizado á mi nieta, le dijo Yaye, cuidad de que nadie sepa lo que aquí ha sucedido. Mi hija debe aparecer casada en la fecha que consta en la partida de desposorios. Nadie ha asistido á la ceremonia, mas que mi familia: si esto se sabe... vos lo habreis dicho... y entonces...
—¡Oh! descuidad, descuidad, señor, contestó todo humilde el beneficiado.
—Y no os atrevais á nada cuando os veais libre y seguro en Cádiar, porque podria pesaros.
—¿Y cómo me habia yo de atrever, viviendo en las Alpujarras, á faltar á la voluntad de quien tan poderoso es en ellas?
—Y aun fuera de ellas. Mis monfíes estan en todas partes. Oid: en una ocasion, herido gravemente, caí en poder del Santo Oficio. La Inquisicion hubiera tenido un grande placer en quemarme vivo: pero no pudo. Mis monfíes me sacaron de la cárcel del Santo Oficio. Y esto sucedió en Madrid, delante del rey, como quien dice, y del inquisidor general. Guardaos, pues, si apreciais vuestra vida.
—¿Pero me prometeis, señor, que ningun peligro corro? los moriscos estan inquietos... esta mañana...
—Si; esta mañana se ha cometido un horrible crímen en vuestra iglesia..... pero nada temais por ahora..... mas adelante podrá suceder.... para mas adelante, ya os habré procurado yo una buena prebenda.
—¡Una prebenda! ¡vos!
—Si por cierto. Si, yo quiero haceros obispo..... yo moro, capitan de bandidos, como vosotros decís... sereis obispo.
—¡Ah, señor! exclamó el beneficiado, arrojándose casi á los piés de Yaye.
—Pero para que yo os favorezca, será necesario que os hagais merecedor de mis favores.
—Descuidad, callaré, os serviré, seré vuestro esclavo.
—Bien: obrando asi obrareis prudente: ahora idos: ya el sol desciende y es necesario que llegueis á Cádiar antes de la noche. Algunos de mis criados os acompañaran hasta la entrada del pueblo, id.
El beneficiado se dirigió á la puerta.
—Se os olvida eso, dijo Yaye, señalándole el dinero que estaba sobre la mesa.
El beneficiado, con vergüenza, no de recibir el dinero, sino por la manera con que lo recibia, guardó el oro en sus bolsillos.
Despues salió con Yaye que le precedia, con las muestras de la mayor distincion y amistad.
Poco despues, Yaye entró de nuevo en la cámara.
—Ha sido necesario, dijo, confiar á ese miserable, para que no hable una sola palabra: difundido este secreto, cualquiera que por casualidad escapase, podria llevarlo á oidos tales, que perjudicasen á mi hija!... ¡Mi hija! ¿puede hacer un padre mas sacrificios que los que yo he hecho por Amina?
Yaye se pasó la mano por la frente, como si hubiera querido arrancarse de ella una horrible pesadilla.
—¡Cúmplase la voluntad de Dios! exclamó.
Y luego dirigiéndose á una puerta, la abrió y llamó.
—¡Suleiman!
Presentóse el mismo monfí jóven que habia burlado un año antes en Madrid al inquisidor general.
—¿Qué me mandais, magnífico señor? dijo.
—¿Has mirado bien á ese clérigo? le preguntó.
—Le conocería aunque pasasen muchos años, y le viese entre mil.
—¿Y al que le acompañaba?
—Si señor.
—Es necesario que esos dos hombres mueran.
—Morirán, señor.
—Vete, y di á mi wazir Harum, que le espero.
Fuése Suleiman, y á poco entró Harum.
Yaye se encerró con él.
CAPITULO XXII.
Lo que hicieron contra el emir Aben-Aboo y Aben-Jahuar.
Aquella misma tarde, un jóven con un trage sumamente pintoresco, y con una escopeta al hombro, atravesaba por el áspero desfiladero de una montaña próxima á Cádiar.
El trage de este jóven, consistia en un gorro ó bonete de granada, una chaquetilla de colores vivos, y adornada con alhamares y bordados de plata; una camisa sin cuello, bajo una chupa del mismo color que la chaqueta (jaqueta la llamaban los moros); una faja de seda sobre la chupa, y unos calzones anchos, cortos hasta la rodilla, abiertos por abajo, cuadrados en su abertura, y en las piernas unos botines de grana bordados.
Llevaba ademas sobre la faja un cinto con dos bolsas, llenas la una de balas de hierro, y la otra de pólvora: en el cinto dos largos pedreñales ó pistoletes, y un puñal; pendiente del cinto con dos cordones de seda, un alfange berberisco, y sobre el hombro un albornoz de lana, listado á anchas franjas negras y blancas.
Este jóven era Aben-Aboo.
Con su bello trage morisco, su fisonomía se habia completado: era el infante de Granada, brabío y valiente, con el sello característico de su raza fijo en el semblante, y la expresion sombría y amenazadora del oprimido, que tras largos años de paciencia, se levanta ante su opresor.
Era á punto que el sol se ponia, el cielo hasta entonces limpio y despejado, empezaba á cargarse de oscuras nubes hácia el Norte, y allá entre los altos picos de Sierra Nevada se escuchaba rodar el trueno á lo lejos: frias ráfagas de viento pasaban silbando entre los brazos desnudos de las encinas y las peladas rocas, á las que se veia acudir las águilas para preservarse en su profundo nido de la tempestad.
Aben-Aboo siguió andando á gran paso.
El nublado siguió avanzando con extrañada rapidez, y al fin, al ponerse el sol, un tupido toldo de densas nubes cubrió las montañas.
Algunas gruesas gotas cayeron sobre las rocas.
Aben-Aboo entonces partió á la carrera.
Los que hayan viajado por las Alpujarras, y hayan tenido necesidad de atravesar una rambla para llegar al término de su viaje, comprenderán por qué Aben-Aboo, que tenia que atravesar la rambla de los Ciegos, corria.
A los que no conozcan aquel terreno, les diremos: que basta una lluvia de algunos minutos para que en aquel quebradísimo terreno, las innumerables vias de las vertientes de las montañas, conduzcan á la rambla que viene á ser un punto de reunion, un pequeño arroyo, y que juntos todos estos arroyos produzcan por su inconcebible número una corriente bastante considerable para que no pueda ser atravesada por un hombre.
Cuando la lluvia es fuerte y dura algunas horas, no es ya un rio invadeable, el que rueda por la rambla, sino un torrente monstruoso, atronador, que se extiende de monte á monte, que arrastra árboles y aun rocas: un alubion gigantesco que dura muchas horas despues de haber terminado la lluvia que lo produce, que va á aumentar alguno de los traidores rios de las Alpujarras, y que cuando se extingue deja sobre la rambla un fango arenoso, entre el cual, no es difícil encontrar reses muertas y aun cadáveres humanos.
Por eso corria Aben-Aboo.
La tormenta se le echaba encima, y la lluvia empezaba, lenta si, pero con indicios de aumentarse progresivamente hasta convertirse en un furioso aguacero.
Saltaba el jóven como un gamo de roca en roca, y al fin vió una ancha abertura practicada entre dos rocas gigantes, por la cual se veia un plano ancho, pendiente, de arena blanca y brillante.
Tan blanca era esta arena, que cuando reverberaba en ella el sol, ofendia la vista, por cuya razon la habian llamado la rambla de los Ciegos.
Entre estas dos altísimas y cortadas rocas, habia un hombre cubierto en otro albornoz rayado, que al saltar junto á él Aben-Aboo, desde una breña, retrocedió un paso y preparó su escopeta, exclamando con acento enérgico:
—¡Párate! ¡la señal!
—¡Granada y los monfíes! contestó Aben-Aboo.
—¡Ah! ¿eres tú sobrino? dijo el que esperaba, y dejó caer el embozo de su albornoz.
Era Aben-Jahuar-el-Zaquer.
—¿Y nuestra gente? dijo Aben-Aboo.
—Estan mas abajo.
—Está con ellos Abd-el-Melik-el-Ferih.
—No; pero ya hemos quedado de acuerdo: nuestra gente se compone de veinte de los mios.
—¡No son monfíes!
—No; son moriscos y cristianos renegados por delitos, gente dura y braba, que yo estoy reclutando hace tiempo, y cuyo número aumento con todo hombre á proporcion que se me viene á las manos.
—¿Y sabe el emir que vos teneis esa gente?
—Si lo sabe yo no se lo he dicho.
—¿Y entonces quien paga á esa gente?
—Los moriscos de Granada y de la Vega.
—¡Ah! ¿y cuántos son?
—Unos trescientos que podran servirnos de mucho para nuestros asuntos particulares.
—¿Y para qué habeis traido con vos esos veinte hombres?
—Atravesemos la rambla, sobrino, que la noche y la lluvia se nos vienen encima por fortuna nuestra, y sabrás para lo que he traido conmigo á esa gente.
Y Aben-Jahuar tomó á buen paso hácia las quebraduras del frente seguido de Aben-Aboo.
Cuando hubieron atravesado la rambla, subido un áspero repecho, y penetrado en las quebraduras que habia indicado el tio al sobrino, se encontraron en un terreno extremadamente brabío, oculto bajo el saliente de una roca.
—¿Ves la Muela del Lobo, sobrino? dijo Aben-Jahuar, señalando una alta roca que se veia á lo lejos hácia el Sur, al pié de una montaña.
—Si por cierto.
—¿Ves al pié de la Muela una huerta, y en medio de la huerta una casa?
—Sí.
—¿Y alcanzas á percibir á la poca luz que tenemos, lo que pasa delante de aquella casa?
—Tengo muy buena vista, tio: delante de aquella casa hay tres literas, seis caballos y algunas acémilas que estan cargando con maletas y cofres. Eso indica que la gente que vive en aquella casa, ha olido la tempestad de sangre que se prepara, y huye antes de que se le eche encima. Algunos perros cristianos que piensan ponerse en salvo antes de que arrecie el peligro.
—¡Bah! en aquella casa hay cristianos y monfíes.
—¡Cristianos y monfíes!
—Si por cierto: voy á decirte el nombre de los cristianos: primeramente la excelentísima señora duquesa de la Jarilla, doña Esperanza de Cárdenas, ó sino la conoces por ese nombre, la sultana Amina.
—¡La sultana Amina! exclamó estremeciéndose Aben-Aboo.
—Déjame que continúe mi lista de cristianos: el antes solamente marqués de la Guardia, y hoy duque de la Jarilla por su casamiento con la sultana, don Juan Coloma.
—¡Ah! ¡mi amigo el marqués! exclamó con un sarcasmo amenazador el jóven.
—Ademas, doña Estrella Coloma y Cárdenas, hija de los excelentísimos duques de la Jarilla.
—¡Su hija!
—Item: la nodriza de doña Estrella y dos criadas: Calpuc, el indiano, abuelo de doña Esperanza, y bisabuelo de doña Estrella; don César de Arévalo, tio del marqués de la Guardia, ó mejor dicho del duque de la Jarilla, y por último Peralvillo, lacayo del duque.
—Y sin duda allí estará tambien...
—Sí, voy á decirte los monfíes que estan en esa casa: primero el magnífico emir de los monfíes nuestro pariente: luego Harum-el-Geniz, su wazir, Suleiman, su walí, y como hasta cincuenta monfíes.
—¿Pero á dónde es ese viaje?
—No sé tanto; solo sé que podrá suceder muy bien si tienes valor que hagamos un buen negocio.
—Tio... jugamos el todo por el todo.
—Y á qué nos habíamos de haber puesto estos vestidos berberiscos nosotros y nuestra gente, á qué traer antifaces rojos sino para no ser conocidos. Sígueme sobrino, y confia en mí y en el diablo que nos dará buena suerte.
Aben-Jahuar y Aben-Aboo siguieron las breñas adelante, descendieron á unas ásperas quebraduras y al entrar en ellas, Aben-Jahuar gritó ténuemente como un cuclillo.
En el acto respondió otro grito semejante, y otro y otro.
—Ahí estan, dijo Aben-Jahuar.
—¿Quién?
—Los mios.
—Pues os juro que hubiera pasado junto á ellos sin notarlos, dijo Aben-Aboo.
—Eso prueba, cuando han podido engañarte á tí, que eres astuto y experimentado como el monfí mas viejo, que engañaran tambien á los monfíes. Ahora, ocultémonos tambien nosotros, y guardemos el mas profundo silencio.
Tio y sobrino se perdieron entre un jaral.
Junto al sitio en que toda esta gente estaba oculta, habia un estrecho desfiladero, y en él una senda escabrosa.
El desfiladero estaba desierto.
Nadie tampoco hubiera sospechado que junto á él habia gente oculta.
Pasó algun tiempo; empezó al fin á llover con mas fuerza, y en el momento en que arreciaba la lluvia, se oyeron resonar pasos de cabalgaduras en la parte baja del pedregoso sendero, y voces de hombres que hablaban descuidadamente.
—Aquijad, aquijad, decia una voz robusta; marchad de prisa, la lluvia arrecia, y mucho será que podamos pasar la rambla de los Ciegos.
—Las mulas no pueden marchar mas deprisa, señor, contestó otra voz: nos vemos obligados á llevar las literas una detrás de la otra.
—Pues aprisa cuanto se pueda, dijo la voz que mandaba.
De repente se oyó un sordo mugido, indistinto y sordo primero, que fue creciendo y aumentándose hasta oirse perfectamente el bramido de las aguas que corrian á alguna distancia.
En aquel punto la lluvia caia á torrentes.
—¡La avenida en la rambla de los Ciegos! gritó una voz.
—Pues volved, volved atrás; gritó con energía la voz que antes habia mandado; dentro de poco tendremos por aquí otra avenida.
Apenas habia pronunciado aquella voz estas palabras, cuando sonó un tiro: luego otro y otro, sucediendo á esto el rumor de un reñido combate.
Veamos lo que era aquello.
Hemos dicho que la gente de Aben-Jahuar estaba oculta en unos arenales al lado de un pendiente desfiladero: á uno de sus lados se habian ocultado tambien Aben-Jahuar y Aben-Aboo.
Por aquel desfiladero habia aparecido una caravana, que aunque la noche habia cerrado anticipadamente á causa de la tempestad, se veia de tiempo en tiempo á la clara luz de los relámpagos.
Componian esta caravana cuatro monfíes; tras ellos tres literas, cada una de las cuales era llevada por dos mulas una delante y otra detrás, y cada una de estas mulas por un monfí. Luego á caballo, el marqués de la Guardia, Calpuc, el rey del desierto, don César de Arévalo, Peralvillo y Harum-el-Geniz: últimamente como hasta cuarenta monfíes.
En el momento en que, las literas pasaron del lugar donde estaban escondidos con su gente Aben-Jahuar y Aben-Aboo, sonaron los disparos que hemos dicho, y á poco se trabó un combate cuerpo á cuerpo entre los de Aben-Jahuar, y los del emir.
Las literas habian quedado cortadas y delante, y se oia la voz de Amina y las de sus doncellas que pedian socorro, y las imprecaciones en árabe de los monfíes que guiaban las literas.
Uno de los relámpagos iluminó la escena.
—¡Ah! exclamó con rabia Harum el Geniz que se batia como un lobo: ¡son corsarios berberiscos!
La estratagema de Aben-Jahuar, por lo que vemos, habia producido muy buen efecto.
De repente el pavor se apoderó de todos.
No era un enemigo humano el que les aterraba: eran los elementos: algunos pedazos de roca habian pasado zumbando por el desfiladero y por la parte alta se dejó oir un ronco mugido.
—¡La avenida! ¡la avenida! gritaron todos.
Y se arrojaron fuera del desfiladero.
No tardó mucho en dejarse ver el torrente que pasó brillando entre la oscuridad como una serpiente inmensa, blanquecina, puesta en fuga y cuya carrera fuera velocísima.
A la luz de los relámpagos vieron Harum, el marqués, y todos los demas, que los que creian berberiscos se perdian entre las breñas al otro lado del torrente que por efecto de la tempestad llenaba el desfiladero.
Por una casualidad no habia quedado entre ellos ni uno solo.
Faltaban los monfíes que precedian á las literas; los que las conducian y Amina, su hija, la nodriza y las doncellas de Amina que eran llevadas en las literas.
Al ver esto el marqués de la Guardia, que era valiente hasta la temeridad, antes de que nadie pudiese impedirlo, se arrojó con su caballo á la avenida, pretendiendo atravesarla.
Un grito de horror salió de todas las bocas.
El caballo y el ginete fueron arrebatados por la corriente.
—Pronto, pronto, á buscar el puente del salto del Gamo, gritó Harum: salvemos á la sultana: la sultana antes que todo.
—Es que, dijo un monfí viejo, no podremos llegar al salto del Gamo.
—Tienes razon Mahdar; el desfiladero del Fraile estaba invadeable: estamos encerrados, señores, añadió con desesperacion; estamos encerrados por la avenida entre una rambla y dos desfiladeros: ¡que se haga la voluntad de Dios!
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
—Dios ó el diablo nos han protegido, sobrino, decia Aben-Jahuar á Aben-Aboo, entrando con él en Cádiar, en el meson del Cojo, cubiertos con sus capas castellanas; la tormenta nos ha ayudado; de otro modo aunque sin duda hubieramos vencido, alguno de dos nuestros hubiera quedado en poder de ellos y era un mal cabo; ahora... ahora... no salen á bien librar hasta mañana de la prision en que los han puesto las aguas.
—Pero han sucedido horribles desgracias tio, dijo Aben-Aboo, cuyo semblante tenia una expresion ferozmente sombría.
—¿Y qué importa? ya no es un obstáculo á nuestros proyectos la hija del emir.
Y al decir estas palabras se entró con su sobrino en el aposento en que se habian encontrado aquella mañana.
Poco despues un hombre llamó recatadamente á la puerta, le abrieron y entró. Era el emir.
CAPITULO XXIII.
Cómo trataba Yaye á sus parientes.
Tendió á un tiempo las manos á Aben-Jahuar y Aben-Aboo y se las estrechó con fuerza.


El licenciado Juan de Ribera.
—¡Oh! dijo sentándose. Estoy contento. Al fin he tomado una resolucion decisiva, he fijado la suerte de mi hija y me quedo libre para hacer con vosotros la guerra al cristiano.
—¡Qué habeis fijado la suerte de vuestra hija! primo, dijo Aben-Jahuar con las muestras del mas solícito interés.
—Sí, esta tarde se la he entregado á su marido. Era para mí un obstáculo inseparable; la acompaña su abuelo, y va bien escoltada. Es verdad que puede haberles cortado el camino la tormenta impidiéndoles pasar la rambla de los Ciegos, pero esto no es mas que algunas horas de detencion; remontaran la montaña y llegaran mañana á Motril, donde en una galeota mia se trasladaran á Venecia. Y estoy alegre, vive Dios, muy alegre. Era necesario decidirse, decidirse de todo punto. Pero tengo apetito. Manda, hijo mio que nos den de cenar.
Se levantó Aben-Aboo y salió.
—Tengo que hablarte primo, de un asunto, ó por mejor decir de dos asuntos importantísimos para los dos. No he querido decírtelo delante de nuestro sobrino.
—¿Tan de repente has pensado ese asunto?
—Si; cuando al fin he visto asegurada la suerte de Amina, me he encontrado otro hombre. Pienso abdicar...
—Abdicar... ¿y en qiuén?
—Aben-Aboo es muy brabo y los monfíes le aman...
—¡Cómo!
—Silencio, le siento acercarse... cuando hayamos cenado, yo me despediré, é iré á esperarte á la salida de la villa por la Caba-honda.
—Iré.
Aben-Aboo entró en aquel momento y á la primer mirada comprendió que habia pasado algo grave entre sus dos tios.
Sin embargo comprendió tambien que debia disimular.
—¿Conqué mi prima, dijo, se va á Venecia? ¡Y yo que contaba al menos con verla!
—¿Y qué habiamos de hacer aquí con ella una vez empeñada la guerra? No, no: era prudente ponerla fuera del incendio. Si Dios nos ayuda y triunfamos tiempo tendremos de verla.
El Cojo entró entonces con una verdadera cena de meson, pero era tal el apetito de los comensales, estaban todos tan contentos, cada cual por su causa, que devoraban un pésimo gigote y algunas aves, acompañadas de una liebre que por casualidad tenia cabeza.
Durante la cena y como estaban servidos por el Cojo y por su hija, alegre mocetona de veinte y cuatro años, la cena pasó con una conversacion indiferente.


El capitan Diego de Herrera.
—¿Qué diria la Inquisicion si nos viera comer carne la noche de navidad?, dijo el emir.
—¿Y si viera que esta carne nos la servia una mora de tan buena carne como Pascuala? dijo Aben-Jahuar.
—Vamos señor, siempre que hay gentes delante se estrella vuesamerced, contestó la muchacha.
—¡Cuándo digo yo que esta Pascuala acabará por arruinarme! dijo el Cojo.
—¿Pues qué hace la muchacha para ello? dijo Aben-Aboo.
—¡Bah! con esa cara de hereje que pone á los huéspedes... no hay ninguno que no se me haya quejado, sobre todo de la mala cama.
—Es que los tales huéspedes quieren á veces, que las camas sean tan completas... dijo la muchacha.
—Y no crean usamercedes que esto es por virtud; no señor; sino porque la tiene bebidos los sesos ese organista del diablo, que solo gana tres maravedises... que... que en fin, es un haragan, un desarrapado... lo que no impide que esta señora se pase las noches de claro en claro pelando la pava con él.
—¿Y qué tiene eso de malo?
Y asi mientras duró la cena, los tres personajes ocultaron su verdadero estado con conversaciones tales, como la de que acabamos de dar una muestra.
Acabada la cena, el emir se despidió de Aben-Jahuar y de Aben-Aboo.
—¡Que está tranquilo acerca de su hija! dijo sombriamente el jóven apenas se quedó solo con su tio.
—Afortunadamente, nadie nos ha conocido, ni los mismos que nos han ayudado saben lo que han hecho. El emir no puede hacernos cargo de nada.
—¿Y á dónde irá ahora?
—Es muy posible que vaya á ver á tu madre.
Ya sabemos que Aben-Jahuar sabia que Yaye no habia ido en busca de su hermana doña Isabel.
—¿A buscar á mi madre en una noche como esta?
—Pues esta noche mas que otra, debe el emir estar cuidadoso por mi hermana.
—Pero la tenacidad de ese hombre, cuando mi madre...
—¿Y qué quieres? asi son todos los enamorados.
—¡Pues juro á Dios...!
Aben-Aboo se detuvo, pero Aben-Jahuar adivinó el resto del juramento: Aben-Aboo se habia puesto de pié, y se arreglaba la capa y el talabarte.
—Mira lo que haces, sobrino, exclamó profundamente Aben-Jahuar: el emir es poderoso, y está acostumbrado á satisfacer sus empeños: prudencia, sobrino, prudencia, y no aventuremos en un minuto lo que tanta paciencia y tantos sacrificios nos ha costado.
—Tan prudente seré, dijo Aben-Aboo, que daré ocasion á que otros aprendan en mi prudencia.
Aben-Aboo que habia pronunciado estas palabras de una manera ambigua, cuya verdadera intencion no podia apreciarse bien, salió.
—¡Ah! dijo Aben-Jahuar: ¡quiere abdicar en Aben-Aboo! ¡si ese insensato llega á ser emir de los monfíes, todo está perdido para mí! los monfíes conocen su ferocidad y le aprecian: le servirian á ciegas, y correrian tras él, aunque los llevase á arrojarse de cabeza á un volcan. Pero aunque sois astuto y feroz, señor sobrino, yo os llevo la delantera, y nos veremos, vive Dios, ¡nos veremos!¡vos, el emir y yo...! ¡Ah! ¡ah! yo os juro amigo mio, que no habeis de ver la verdad hasta que esa verdad os espante.
Despues llamó, pagó la cuenta que le ajustó el Cojo por los dedos, y se fué á encontrar al emir.
Hallóle en la parte baja del pueblo junto á las tapias.
—Empezaba á impacientarme, le dijo.
—He tenido que engañar á Aben-Aboo para separarme de él.
—¿Y sospecha algo?
—Nada: solo espera con impaciencia que llegue la hora.
—Poco tardará en sonar, ya son las nueve. Entre tanto podemos hablar nosotros, y ponernos de acuerdo.
—¿Pues qué estamos discordes?
—Si; y este es un mal presagio.
—¿Y en qué consiste esa discordancia?
—En que todos teneis ambicion, y vuestras ambiciones encontradas, seran la causa de nuestra ruina.
—¿Y nada dices de tu propia ambicion?
—Yo la he perdido: todo me ha salido mal: en todos mis afectos, en todos mis deseos, en todas mis esperanzas, estoy ya contrariado: ya no soy el hombre que luchaba con toda su inteligencia, con todas sus fuerzas: soy un vencido que se rinde.
—¡Un vencido!...
—Sí vencido por su suerte.
—Desmayas en los momentos en que mas necesitamos de tu ayuda.
—No por cierto: yo os doy todo lo que tengo: mi ejército, mis tesoros, mi espada. ¿Quereis mas?
—Pero esa abdicacion...
—Es necesaria. Aben-Aboo está descontento: Aben-Humeya le mira con recelo: señor es uno, vasallo el otro: ni Aben-Aboo serviria bien á Aben-Humeya, ni Aben Humeya confiará en Aben-Aboo. Por el contrario, siendo Aben-Aboo emir de los monfíes, se encontraran igualmente poderosos...
—Aben-Aboo pesará sobre Aben-Humeya.
—Pero aun vivimos nosotros: nosotros mas experimentados que ellos: nosotros que tenemos una poderosa influencia, tú sobre los moriscos, yo sobre los monfíes: nosotros que podemos enlazarnos á ellos por sagrados vínculos.
—¡Cómo!
—Tu amas á tu cuñada doña Elvira, dijo Yaye.
—Es verdad, contestó con voz cavernosa Aben-Jahuar.
—Yo amo... cada dia con mas fuerza, cada dia con mas desesperación, á tu hermana doña Isabel.
—¿Por qué no la amaste del mismo modo hace veintidós años? entonces Aben-Aboo sería tu hijo...
—¡Ah! exclamó Yaye: olvidemos lo pasado y pensemos solo en el presente: estoy irrevocablemente decidido á lo que te he propuesto.
—No creo realizable tu proyecto mas que en lo relativo á la abdicacion en Aben-Aboo: por lo demás, ni mi hermana se casará contigo, ni conmigo mi cuñada doña Elvira; ademas, y seamos francos... doña Elvira te ama, Yaye.
—¡Oh! ¿quién te ha dicho eso?
—¿No crees que los zelos son muy perspicaces?
—Los zelos mienten, ó por mejor decir, los zelos se engañan. Doña Elvira no ama á nadie, á nadie mas que á su hijo: por eso, encontrando solo un hombre ante el porvenir de su hijo, siendo ese hombre yo, pretende inhabilitarme, apoderarse de mí, matarme, en una palabra; Doña Elvira, primo, me aborrece, y por que me aborrece, me cerca de asechanzas, me ataca con todas sus armas, con su astucia, con un amor fingido, con un empeño tenaz. Cuando vea que yo abdico en Aben-Aboo... que me caso con tu hermana, doña Elvira se casará contigo, para contrabalancear el poder de Aben-Aboo: no lo dudes Aben-Jahuar: doña Elvira solo ama á su hijo Aben-Humeya.
Quedóse profundamente pensativo Aben-Jahuar.
—¿Y qué hemos de hacer? dijo.
—¿Consientes en que pongamos por obra mis proyectos?
—¿Y tú estás seguro de que doña Elvira querrá casarse conmigo?
—Sí, en el momento en que yo me case con tu hermana doña Isabel.
—Pero es necesario empezar á obrar al momento.
—Es necesario que vayamos á casa de tu hermana.
—¡Ah!
—Tú hablarás á Aben-Aboo; le participarás mi resolucion, y le prepararás para que desde esta noche empiece á obrar como corresponde á su nuevo estado: yo entre tanto hablaré á tu hermana.
—Quiera Dios, dijo Aben-Jahuar que saques de ella tan buen partido como yo espero sacar de Aben-Aboo.
Y tomando por fuera de las tapias arriba, se encaminó con Yaye á la atalaya donde vivia Aben-Aboo.
CAPITULO XXIV.
De cómo se encontraron reunidas de una manera extraña, personas que se creian muy separadas.
En una habitacion completamente blanca, con el pavimento cubierto de una estera de esparto, desnudas las paredes y con techo de bovedillas y adornada con algunos muebles modestos, al lado de una chimenea encendida, habia dos mujeres.
Era la una doña Isabel de Córdoba y de Válor: la otra Angiolina Visconti.
Doña Isabel, si bien contaba ya cuarenta años, estaba en el esplendor de su hermosura: no de esa hermosura brillante, vaporosa, delicada, esmaltada, por decirlo así, de la jóven, de la adolescente casi, sino en esa fuerte y brillante hermosura de la mujer, en que hay un exceso de vida y de pasion, en que se mira con dolor el pasado, y se espera con temor ó al menos con una dolorosa resignacion la metamorfosis de la mujer, en que se marchitan las mejillas, en que aparecen las canas y las arrugas, en que las formas mas hermosas se deprimen, en que la mirada se apaga, en que los cabellos se disminuyen, se aclaran, se retiran de la frente, ó por mejor decir, la ensanchan: doña Isabel no tenia ya la belleza de la esbeltez, pero tenia en cambio, la magestad y la incitante hermosura de la matrona: habia engruesado, pero sin perder la belleza de sus formas; su pecho se habia levantado, pero sin perder su aspecto puro y virginal; doña Isabel habia crecido en vida y en hermosura y no habia perdido nada de su pureza: el sufrimiento agudo de un amor contrariado, de una vida robada á la felicidad, habia impreso, fijado sobre su semblante, la expresion del sufrimiento, pero de un sufrimiento valiente y resignado, y esta expresion daba á su hermosísimo semblante, á su ardiente mirada, un resplandor sublime, por decirlo así, casi divino: doña Isabel era á los cuarenta años, una de esas mujeres que hacen bendecir á Dios que las ha criado, que inspiran un amor exento de competencias de todo género, que absorven completamente la vida y el alma de un hombre.
Sin embargo, en los veintidos años que habian pasado desde la muerte de Miguel Lopez, se habia visto libre de pretensiones, exceptuando las de Yaye.
¿En qué podia consistir esto, tratándose de una mujer tan hermosa y tan pura?
Consistia en que en Cádiar no la conocia nadie mas que los parientes próximos de su hijo, su confesor y un escaso número de mujeres.
Estas en verdad habian ponderado su hermosura: pero doña Isabel no salia de su casa sino para ir á misa (eso todos los dias), y en esta sola ocasion se cubria de tal modo el rostro con el manto, que solo podia apreciarse lo airoso de su andar, lo gentil de su conjunto, y ese perfume particular que deja tras si toda mujer hermosa.
Su casa, encerrada dentro de una tapia y situada en una altura, estaba libre de miradas curiosas, y en ella no penetraba nadie, mas que, como hemos dicho los parientes, y estos viejos unos, ó casados los otros, y algunas mujeres.
La hermosura pues, de doña Isabel, solo se conocia de fama.
Pero lo repetimos: era esta tal, que á pesar de ser hermosísima Angiolina, se encontraba como empalidecida, como borrada, como vulgarizada, al lado de doña Isabel.
Encontrábanse las dos, en el momento en que las presentamos de nuevo en escena, en esa disposicion de ánimo en que se piensa mucho y se habla muy poco.
Ademas, la situacion en que se encontraban colocadas la una respecto á la otra, era tirante y difícil: vivian juntas y apenas se conocian: al llevar Aben-Aboo á Angiolina de Granada, habia dicho á su madre:
—Esta dama es una noble viuda á quien amo, y que se encuentra sola en el mundo: sino fuera la persona que es, pudiera haberme recibido en su casa, como otras tantas; pero esto no era conveniente ni decoroso, ni para ella ni para mí: he contado, pues, con que vos la servireis de madre hasta el dia en que pueda llamarse vuestra hija.
Doña Isabel tendió la mano á la aventurera que su hijo la presentaba, la admitió en su casa, la llamo su parienta para salvar las apariencias, y nada la preguntó ni nada la dijo Angiolina.
La dulzura y la virtud, y la magnífica belleza de doña Isabel, empezaron á dominar á la veneciana, que se sintió arrastrada hácia ella. Angiolina por su parte, que era una mujer digna y noble cuando no se trataba de su empeño por el marqués de la Guardia, empezaba tambien á hacerse lugar en el corazon de doña Isabel.
Esta no sabia quién era: pero aquella mañana en el exámen, delante de la Inquisicion, se habia llamado Angiolina princesa.
Doña Isabel no habia podido olvidar aquella revelacion: ni que el inquisidor habia tratado á Angiolina como una conocida antigua, ni la turbacion y la vacilacion de Angiolina al reconocer al inquisidor. Cuando doña Isabel dejaba de pensar en esto, se la venia á la memoria la terrible muerte de Malicatulzarah, con sus horribles detalles, con toda su aguda pasion, y entonces los ojos de doña Isabel se llenaban de lágrimas, y su corazón se levantaba á Dios rogando por aquellos desventurados.
Por esta razon estaba tan profundamente pensativa doña Isabel.
El haberse visto reconocida por Molina de Medrano cuando menos lo esperaba; el haber visto aquella mañana desde la atalaya entre las breñas y á lo lejos á Laurenti y á Cisneros, y el recuerdo de la sangrienta escena de la iglesia, tenian tambien profundamente pensativa á Angiolina.
Dieron las ánimas, y doña Isabel las rezó.
Contestóla Angiolina, y por esta razon se cruzaron entre ellas algunas palabras.
—Cómo zumba el viento en la chimenea, dijo doña Isabel arreglando los tizones.
—Todo es hoy lúgubre, contestó Angiolina.
—¿Y mi hijo? ¿dónde estará mi Diego? añadió doña Isabel: otras noches ha venido mas temprano.
—Aquí estoy madre, dijo la voz de Aben-Aboo á la puerta.
Y el jóven adelantó, se quitó la gorra, la capa y el talabarte, y se sentó delante del fuego entre las dos mujeres.
—No es prudente andar á deshora por la calle cuando tenemos el pueblo lleno de soldados, y cuando la Inquisicion hace su visita, dijo doña Isabel: recelan demasiado de nosotros, y es peligroso...
—Pues ved ahí, madre mia, dijo Aben-Aboo: yo quisiera que hubiese cien veces mas soldados y mil veces mas inquisidores en el pueblo.
Palideció doña Isabel al escuchar la ronca y amenazadora voz de su hijo y no contestó.
Angiolina miró de una manera profunda al jóven.
Su semblante estaba terriblemente contraido, ceñudo.
—Supongo, dijo doña Isabel, que nos acompañarás á la misa del gallo.
—Cabalmente he venido á deciros que no ireis.
—¿Que no iremos? exclamó doña Isabel: ¿y por qué?
—Porque no debeis ir.
—¡Que no debemos ir! explícate por Dios, Diego.
—Ha llegado la hora, replicó el jóven.
—¿La hora de qué?
—Esta mañana se ha vertido en la iglesia sangre inocente.
—¡Ah! exclamaron las dos mujeres.
—Esta noche se verterá en la misma iglesia sangre de infames.
—Pero tú no la verterás, Diego, hijo mio; exclamó toda asustada doña Isabel: el crímen ageno no autoriza el crímen propio; tú te harás ageno á esos crímenes.
—¿Crímenes llamais á la venganza de un pueblo oprimido?
—Dios toma á su cargo las lágrimas y la sangre de los que sufren.
—No queremos esperar tanto.
—Pero no meditas que una vez dado un paso...
—Se dan diez, ciento, mil... en buen hora: yo daré el primero sin vacilar.
—No, tú no darás ninguno.
—He jurado beber la sangre de ese infame inquisidor y la beberé, madre.
—Pero te perderás, y perderás á los tuyos.
—¿Temeis que alguien perezca en esa lucha, señora? dijo con acento de reconvencion Aben-Aboo.
—Temo que perezcas tú, contestó con dignidad doña Isabel que habia comprendido la intencion de su hijo.
—¿Y no temeis por nadie mas?
—Temo por todos, por todos, Diego, ¿lo entiendes?
—Yo creia que antes que por mí temblabais por...
—¿Por quién? preguntó con tal altivez doña Isabel que Aben-Aboo á su despecho se vió obligado á bajar los ojos.
En aquel momento y cortando la conversacion que empezaba á hacerse difícil, se abrió la puerta y apareció en ella Alí, el esclavo de Aben-Aboo.
—Señora, dijo; vuestro hermano don Fernando, que viene con otro caballero, desea veros.
—Dí á mi tio, contestó Aben-Aboo, que pase á mi habitacion.
—No, no, dijo doña Isabel: díle que entre aquí.
El esclavo salió.
—Acaso mi tio me busca á mí, no á vos, señora.
—Tu tio, dijo á la puerta Aben-Jahuar, os busca á todos; pasad, primo, pasad; hermana, te traigo un antiguo conocido.
Y adelantaba llevando de la mano á Yaye que temblaba como un niño.
Todos se pusieron de pié.
Aben-Aboo miró con recelo á su tio: doña Isabel fijó una mirada atónita, vaga, indescribible en Yaye, y Angiolina al ver al emir se puso sumamente pálida.
—¿Qué es esto, dijo Aben-Aboo? pues no me habiais dicho...
—Indudablemente te he dicho mucho y aun tengo mas que decirte.
—Si, dijo Yaye; vuestro tio tiene que deciros de mi parte graves cosas; seguidle, Aben-Aboo; yo tambien tengo que tratar con vuestra madre gravísimos asuntos.
—Aben-Aboo vaciló un momento, y luego dijo:
—Veamos lo que teneis que decirme, tio don Fernando; os dejo con mi madre, tio don Juan: oid vos señora á ese mi tio que se queda con vos, como yo voy á oir á este con quien me voy.
Y salió con Aben-Jahuar.
—Permitidme, dijo Angiolina; vais á hablar de graves negocios y...
—No, no; quedaos doña Angélica, dijo con precipitacion doña Isabel.
—La princesa Angiolina Visconti, mi antigua amiga, dijo Yaye con acento natural, dulce, casi cariñoso, dice bien; tenemos que tratar gravísimos asuntos, prima, y necesitamos tratarlos á solas. Venid, princesa, venid y perdonadme, pero graves razones me disculpan.
—¡Oh! siempre estais para mí perdonado, dijo Angiolina, y aceptando la mano de Yaye se dejó conducir á una puerta inmediata.
Doña Isabel habia quedado de pié y temblando junto á la chimenea.
Su mirada estaba fija en Yaye de una manera lúcida, ardiente, medrosa, enamorada.
Yaye se conservaba tan hermoso como ella se habia conservado.
Yaye cerró las dos puertas de la habitacion.
—¡Oh, no! exclamó doña Isabel; pueden venir, encontrar las puertas cerradas.
—Nadie vendrá, dijo Yaye: tu hermano tiene que hablar mucho en mi nombre á nuestro hijo.
—¡Ah! exclamó doña Isabel cubriéndose el rostro con las manos.
Yaye se acercó y apartó las manos del rostro de doña Isabel.
Esta le miró frente á frente.
Sus ojos parecian absorver á Yaye.
—¡Oh Dios mio! ¡mas hermosa que hace veinte y dos años!
Doña Isabel bajó los ojos y calló.
—¡Veinte y dos años sin vernos! continuó Yaye: ¡veinte y dos años amándonos de una manera desesperada!
—¡Ah! ¡no, no, yo no! exclamó doña Isabel.
—Si, me amas, tus ojos me lo dicen, me lo dicen tus manos que tiemblan entre las mias, me lo dice tu alma, Isabel, esposa mia.
Y en un momento de fascinacion aquellos dos semblantes se unieron, aquellas dos bocas se besaron.
Doña Isabel exhaló un grito ahogado, se retiró bruscamente de Yaye, se desasió de él y le dijo trémula y conmovida:
—Vete.
—¡Que me vaya!
—Si, vete: vete y déjame con mi pobre amor sin esperanza, resignado, sufrido; vete, y no me atormentes, porque me atormentarias en vano, Yaye. Lo que Dios quiso que fuera, fue: me has hecho avergonzarme ante mí misma; no me hagas que me avergüence ante Dios; vete, Yaye, vete: sabes que te amo, que te amo como el primer dia en que te confesé mi amor, pero... Dios no quiere que pasemos de ahí; vete, Yaye, y déjame en mi triste paz.
—Los dos somos viudos, dijo Yaye.
—Pluguiera á Dios que no lo fuésemos, repuso doña Isabel.
Ennegrecióse el semblante del emir.
—¿Habré yo vivido soñando? dijo.
—Sí, contestó doña Isabel; toda tu vida ha sido un sueño, y un sueño horrible.
—Pero es que quiero despertar de ese sueño: es que quiero olvidar lo que por mí ha pasado: es que quiero volver á la vida, renacer transformado en otro hombre: es que desde hace algun tiempo, veo claramente que Dios aparta de mí su mano y maldice todas mis obras: ¿será tambien que Dios haya maldecido mi sincero amor, la luz que continuamente ha alumbrado mi existencia? ¿será que trás tantos años de esperar y de sufrir, haya tambien de renunciar á tí, á tí á quien he buscado en vano, á tí á quien adoro y á quien me amparo perdida ya la esperanza de todo?
—¿Y la patria á quien me sacrificaste, Yaye?
—¡La patria! ¡la patria! exclamó con sordo acento el emir; ¡no hay esperanza para la patria como no la hay para mí!
—Lo que habeis hecho vosotros los ambiciosos, dijo doña Isabel, ha sido mantener el descontento entre los moriscos; excitarlos á la rebelion, en vez de aconsejarles una sumision que hubiera hecho mas blando el yugo del conquistador. Pero los moriscos han resistido, excitados por vosotros, los que queriais ser á costa suya; se han rebelado una y cien veces, han resistido de todo punto la conversion, se han hecho temibles á fuerza, de indómitos, y solo han conseguido venir al punto de un rompimiento fatal: esta mañana, ¡oh Dios mio! ¡esta mañana he visto morir una familia delante de mis ojos! he visto el templo del señor manchado de sangre y... ¡te he acusado Yaye!
—¡Isabel! exclamó el emir.
—Sí; yo no puedo hacer otra cosa que acusarte. ¡Acuérdate!
—¡Isabel! repitió Yaye.
—¿Qué has hecho de tus hijos, emir de los monfíes? exclamó con acento solemne y doloroso doña Isabel.
—¡Oh! ¡calla! ¡calla! exclamó Yaye con terror: y luego añadió con voz sorda y reconcentrada: mis hijos estan malditos de Dios.
—¡Oh! ¡si! exclamó doña Isabel: malditos de Dios porque son hijos del adulterio.
—Pero ya te he dicho que mi vida ha sido un sueño horrible: que necesito tu amor para ahogar en él mis recuerdos... mis remordimientos... porque tengo remordimientos, Isabel... remordimientos crueles... y tú... tú eres la primera causa de esos remordimientos.
—¡Yo...!
—Si, tú, porque tú fuiste mi primera víctima.
A esta confesion tan franca, tan espontánea, la generosa doña Isabel no supo qué contestar.
—Cuando yo te conocí, continuó Yaye, alentado por el silencio de doña Isabel; cuando yo te conocí, abria mis alas al viento de la vida, volaba de frente, al sol, le miraba cara á cara, y en vez de deslumbrarme, me parecia el sol pequeño. Sin embargo, te amaba Isabel, te amaba: aun no se ha cerrado la dolorosa herida que abrió en mi alma nuestra separacion; solo la muerte de Miguel Lopez y la certeza de que no fuiste suya, pudo calmar la desesperada amargura que sintió mi alma al verte su esposa. Yo te necesitaba para llegar á mis sueños de gloria, como la nube fresca y olorosa que debia sustentarme en mi vuelo por el espacio. Durante veintidos años he estado pensando continuamente en tí; llorándote á mis solas, ó entregado al furor por no poseerte: durante veintidos años, me has esquivado, te has apartado de mí, y yo que siempre he estado á tu alrededor, no me he valido de los mil medios con que contaba para apoderarme de tí, porque no podia decirte: soy tuyo, enteramente tuyo: tú eres mi Dios y mi patria; mis altares y mi honra: tú lo eres todo para mí, noble y pura mujer engrandecida por el martirio.
Doña Isabel miraba fascinada á Yaye: podia decirse que su magnífica hermosura se habia transfigurado.
Yaye creia ver alrededor de su cabeza una aureola de luz.
La desdichada se habia apoyado desfallecida en el respaldo de su sillon, y miraba de hito en hito á Yaye.
Y un amor inmenso, sin reserva, apareció en su rostro en una explosion de felicidad; pero de repente, aquel hermoso semblante se nubló de nuevo bajo su pálida tristeza; el fuego divino de sus ojos se apagó bajo dos brillantes lágrimas, y oprimiéndose el pecho sobre el corazon, exclamó:
—¡Ya es tarde!
Yaye se estremeció.
Aquella terrible frase ¡ya es tarde! hacia mucho tiempo que se presentaba ante sus ojos saliendo al encuentro de todos sus proyectos.
—¡Tarde! ¡tarde aun para arrepentirse!
—Tu arrepentimiento no puede evitar las desgracias que nos amenazan, exclamó dolorosamente doña Isabel. ¿Qué vá á suceder en Cádiar esta noche?
Yaye se estremeció.
—Es necesario vengar á nuestro pueblo, dijo con voz ronca.
—Y para ello es necesario que se ensangrienten tus hijos, que se cubran de crímenes. Me destrozaste el corazon como amante, y ahora me le destrozas como madre. ¿Qué vá á ser de nuestro hijo, Yaye?
Y arrebatada por su pasion de madre, doña Isabel levantó la voz mas de lo que hubiera debido.
—¡Oh! ¡silencio! ¡silencio, imprudente! exclamó el emir palideciendo de una manera mortal: cuando yo entré aquí estaba contigo una mujer terrible, esa italiana, esa farsanta... nos hemos olvidado de todo al vernos solos, y no hemos cuidado de la seguridad de nuestra entrevista.
Y Yaye tomó una bujía y salió á una habitacion inmediata.
—Afortunadamente no habia nadie, dijo volviendo á entrar; he cerrado las puertas y podemos hablar sin temor: pero es necesario que nos decidamos pronto: tu hermano no podrá entretener por mucho tiempo á nuestro hijo: escúchame Isabel, y escúchame como quien vá á salvar ó á perder irremisiblemente á una criatura: estoy cansado de la vida: la fatalidad me ha convencido de que todo lo que haga para salvar á mi pueblo será inútil: antes de empezar la lucha estan divididos; tu hermano, mis hijos, todo morisco que vale algo, que puede algo quiere la corona: se levantan á un tiempo, pero con el odio en el corazon los unos para los otros: esto acabará mal: Selin II que podria ser para nosotros una poderosa ayuda, está demasiado entretenido con los venecianos, y nada hará por el momento: Felipe II sujeta á Flandes con el severísimo gobierno del duque de Alba, y los hugonotes estan acobardados en Francia: la reina Isabel de Inglaterra contemporiza y no he podido meter la rebeldía en Italia: todo nos sale mal. Desde hace año y medio, Dios se ha encargado de mostrarme palpablemente que yo seré el último emir, que nuestros hijos seran los últimos moros de España.
—Hace veintidos años, pensaba yo del mismo modo: veia á pesar de mi juventud, que la lucha de los moriscos contra el rey de España era una lucha insensata: veia con dolor á mis hermanos empeñados en esa lucha.... pero ya no es tiempo de hablar de eso, aprovechemos el tiempo Yaye, porque es necesario que nuestra entrevista concluya pronto, porque sufro demasiado. ¿A qué has venido con mi hermano, amparándote de él?
—He venido á decirte: sé mi esposa.
—¿Y para qué se ha llevado mi hermano á nuestro hijo?
—Para que nuestro hijo sepa que yo le dejo mi herencia.
—¡Tú herencia!
—Sí; yo abdico en él mi dignidad de emir de los monfíes.
—¡Dios mio! ¡mi hijo rey de tus bandidos!
—Mis bandidos le haran mejor de lo que él seria sin ellos.
—Pero... en vez de evitar...
—Yo no puedo evitar nada. ¡Dios lo quiere! Aben-Aboo es ambicioso, Isabel.
—¡Oh Dios mio!
—Y no podrás acusarme de que yo he excitado su ambicion.
—¡Oh no!
—Los parientes de Miguel Lopez, su ascendencia, su nombre, todo le ha alentado para fundar esperanzas ambiciosas sobre la corona de Granada; ademas, Isabel, la fatalidad me hizo traer hace año y medio á las Alpujarras á mi hija Esperanza.
—¡Ah! ¡pobre niña! exclamó doña Isabel.
—La fatalidad ó mi ambicion, ó Satanás, han determinado su destino. Esperanza cayó entre los brazos de un castellano, y fue necesario ocultar su deshonra. Mi alcázar subterráneo la ahogaba: entonces y mientras le construia un pequeño palacio en Yátor, Esperanza salió á respirar el aire libre por las noches y por las mañanas.
—¡Ah! ¡la Dama blanca de la montaña!
—¿Quién fue el primero que pronunció este nombre? La fatalidad sin duda. No podia haberse elegido un nombre mas misterioso ni mas incitante. ¡La Dama blanca de la montaña! ¡la hermosísima Dama blanca! y como si la fatalidad no hubiera quedado satisfecha, extendió este nombre por todas las Alpujarras: le llevó á los oidos de todos los moriscos, y acreciendo la fatalidad, Aben-Humeya y Aben-Aboo, la buscaron, la vieron escondidos en las quebraduras y... se enamoraron de ella sin conocerla; de ella... de su hermana...
—¡Oh! ¡que horror!
—Luego sospecharon que era mi hija..... despues esta sospecha se convirtió en certidumbre y entrambos me la pidieron por esposa.
—Dios te castiga de una manera tremenda Yaye, y el castigo de tu culpa recae sobre los que han tenido la desgracia de pertenecerte. Tú has condenado á tu amor y á tu familia: tú has hecho maldito á todo lo que has tocado con tu mano.
—Mi culpa ha sido haber amado á mi patria y habérselo sacrificado todo... mi culpa ha sido...
—Haber ambicionado lo imposible, haber mirado con desprecio la felicidad sencilla, humilde, pero tranquila, sin remordimientos. Has querido salvar á tu pueblo y le has perdido.
—Sea como quiera ya es tarde para volver atrás: vale mas morir luchando, que ser martirizados lentamente dia por dia, hora por hora, minuto por minuto: en el punto en que estan las cosas... y no nos engañemos, en el punto en que yo las encontré... la lucha la guerra, han sido y son la única, la última esperanza de nuestro pueblo. Nuestro hijo ha tenido la desgracia de nacer de tí...
—¡Ah! exclamó doña Isabel!
—Y acaso, si hubiera sido hijo de Miguel Lopez, si este hubiera vivido, fuera mas feroz, mas impetuoso. La sangre de los Válor que corre por sus venas es la que le da soberbia: si fuera hijo de otra mujer...
—¡Me acusas! es decir que yo no debí casarme.....
—Acaso no: y si tu no te hubieras casado...
—Mi desesperacion al verme abandonada...
—¡Tu venganza!
—¡Ah Dios mio!...
—Dejemos, pues, las recriminaciones porque entrambos tenemos de qué acusarnos. Si tu no te hubieras casado, hubieras sido mi esposa: Aben-Humeya, mi otro hijo de la fatalidad, tú lo sabes bien Isabel, no existiria; no existiria mi otra hija Esperanza: nuestro hijo educado por mí, seria un caballero...
—¿Y qué no lo es?
Movió dolorosamente la cabeza Yaye.
—Mucho me temo dijo, de que Aben-Aboo no sea un infame.
—Le juzgas con demasiada ligereza.
—¡A qué ha traido esa comedianta de Granada! ¿sabes tú quien es esa comediante?
—Solo sé que es una ilustre dama viuda...
—Tu hijo afrenta á su madre permitiendo que se la engañe, que se la escarnezca: esa mujer es enemiga á muerte de mi hija, enemiga mia: Aben-Aboo, uniéndose á ella, se conjura contra mí que le he colmado de beneficios; acaso se apresta á ser el brazo de exterminio de esa mujer.
—¡No, no! ¡Dios no lo permitirá!
—Nuestros padres han cometido sin duda grandes pecados, porque estamos malditos de Dios.
—¿Has venido á acabarme de rasgar el corazon?
—Solo un medio de salvacion nos queda.
—¿Cuál?
—Sé mi esposa...
—Y siendo yo tu esposa...
—Cuando seas mi esposa, Aben-Aboo sabrá quien es su padre.
—¡Otro sacrificio..!
—Te lo pido por nuestro hijo...
—¡Pero si es ambicioso..!
—Cúrele yo del amor de su hermana, que ya sabré buscarle en Africa un reino donde mande á su placer.
—¡Ay! no tengo esperanza ninguna, Yaye.
—Ni amor tampoco.
—Amor si; y un amor desesperado: lo sabes: te lo escribí hace veintidos años: te amaré siempre, te dije entonces, y he cumplido mi juramento; yo te amo Yaye, ahora mas que entonces; con toda mi alma, con todo mi deseo, y me pareces mas hermoso y mas grande: pero en medio de los dos se levanta una sombra maldita.
—¿Piensas acaso que yo tuve alguna parte en el asesinato de Miguel Lopez?
—¡Ah, no! ¡no! ya lo sé: ya sé que eres inocente de aquel crímen: pero escucha: algunas noches estoy desvelada: mi cabeza revuelve sus recuerdos, y tu entre ellos te levantas diciéndome siempre yo te amo: te miro enamorado, anhelante, sufriendo por mí; y cuando voy á arrojarme en tus brazos me detiene una sombra horrible, la sombra de Miguel Lopez. Yo te amaba me dice: y tu amor me costó la vida: un hijo de otro lleva mi nombre: yo me vengaré en ese hijo de la afrenta que se me ha hecho: Yaye te ama, le amas tú, pero yo espíritu condenado vago en derredor de vosotros envidioso de vuestra felicidad..... ¡oh! ¡yo estoy loca, Yaye! todo lo que pasa á mi alrededor me asusta; el mas leve ruido me estremece; creo que solo estoy segura á los piés del altar, á donde no se atreven á perseguirme esos recuerdos, ni ese horrible fantasma.
—Pues bien, dijo Yaye: vamos juntos al pié de ese altar arrodillémonos ante él, y levantémonos con las manos asidas, esposos.
—¿Y cómo vendrias tú ante el altar del Dios de los cristianos?
—Isabel, ¿creerás en lo inmenso de mi amor, cuando sepas que ese amor me ha convertido?
Doña Isabel lanzó un grito de alegría.
—¿Convertido tú?
—Mira:
Y Yaye se abrió el jubon, y mostró á doña Isabel el relicario con la imágen de la Vírgen, que ella le habia dado veintidos años antes, pendiente de su cuello.
—Pero este relicario quedó en poder de mi cuñada doña Elvira, dijo alentando apenas doña Isabel.
—Es verdad, pero yo se lo hice robar. ¿No sabes que mis monfíes entran en todas partes?
—Y la santa imágen de la Vírgen... ¡oh Dios mio!.. ¡y mi amor..! ¡no me engañes por Dios, Yaye!
—Mi hija Esperanza á quien amo con toda mi alma, es cristiana tambien como tú; el padre de doña Estrella, de la madre de Esperanza, el rey del desierto de Méjico, profesa tambien el cristianismo; rodeado de una familia de convertidos, he meditado mucho y me he convertido tambien.
Doña Isabel miró de una manera vaga, ansiosa, insensata á Yaye, y poniendo sus manos sobre sus hombros, le dijo con la voz desfallecida:
—Júrame que no mientes, Yaye: ¡júramelo!
—Te lo juro por el misterio de la Encarnacion del Verbo, contestó Yaye.
—¡Cristiano! ¡cristiano! exclamó estremecida de placer doña Isabel: pues bien: soy tuya, tuya: tu esposa, tu amante, tu esclava, lo que tú quieras que sea... ¡oh Dios mió! ¡Dios mio! ¡al fin has tenido compasión de mí!
Y doña Isabel se arrojó entre los brazos de Yaye, le estrechó en ellos, y rompió á llorar.
Yaye lloraba de placer.
—Serenémonos dijo: retirando suavemente á doña Isabel, y sentándola en un sillon. Es necesario evitar que nuestro hijo nos encuentre encerrados.
—Sí, si; es necesario, necesario de todo punto que... que nuestro hijo.....
Y doña Isabel se detuvo.
—Para curarle de su ambicion, es necesario darle á probar algunos amargos desengaños: yo abdico en él: pero mi nombre y mi espada quedan al frente de los monfíes....
—¡Con que esa guerra es inevitable!
—Has olvidado ya la muerte de la desdichada Malicatulzarah.
—¡Oh miserables! exclamó con fiereza doña Isabel.
—¿Crees que los castellanos no son unos infames, á quienes si pudiéramos deberiamos exterminar?
—Harto se han ensangrentado con los pobres moriscos.
—Pues bien, Isabel, ha llegado el dia de la venganza: no podremos exterminar á todos los verdugos, pero gran parte de ellos caerán bajo nuestra espada... y.... ¿quien sabe? Tu amor me engrandece, Isabel mia, el Dios misericordioso á quien adoro, me demostrará que me ha perdonado por tu amor, si me concede el triunfo...
—Y yo te aliento al combate: antes temblaba, temblaba por mi hijo... pero ahora... ahora que levantas tu corazon á Dios, ahora que solo desnudas tu espada para defender al débil y al oprimido, ahora Yaye, siento hervir en mis venas la sangre de mi raza: levántate, valiente mio, y extermina en nombre del Dios de la justicia á esos miserables asesinos de viejos, moribundos y mujeres: levántate con la espada de Dios en la mano, y cuenta con el aliento de tu esposa...
—Silencio, se acercan... por aquella otra puerta que no está cerrada, dijo Yaye.
En efecto, se oian pasos precipitados.
Levantóse el tapiz y apareció Aben-Aboo, adelantó, se detuvo, y fijó una mirada indescribible en Yaye y en su madre.
Tras él venia Aben-Jahuar.
—¿Es verdad lo que acaba de decirme mi tio, señor? dijo el jóven con la voz ronca.
—¿Y qué os ha dicho mi buen primo?
—Me ha dicho que mi madre y vos...
—Es verdad lo que mi hermano te ha dicho, hijo mio. Amo á nuestro pariente Sidy Yaye.
—¿Y os casais con él?
—Me caso.
—¿Y vos me dejais la dignidad de emir de los monfíes?
—Sí, porque os amo Aben-Aboo, porque quiero que no tengais zelos de vuestro primo Aben-Humeya.
—¿Es decir que vais á ser mi padre...?
—Si.
—¿Que levantaré vuestra bandera contra los castellanos?
—Si.
—Yo habia creido que todo esto era un sueño terrible, dijo con voz casi sepulcral Aben-Aboo.
—¡Te parece terrible mi casamiento con tu madre, mi abdicacion en tí de mi corona! dijo con extrañeza Yaye.
—¿Sabia esto mi tio Aben-Jahuar hace algun tiempo? dijo el jóven señalando con una mirada hosca al morisco.
—No lo ha sabido hasta esta noche.
—Madre, dijo el jóven acercándose á doña Isabel y asiéndola una mano; que Dios os haga feliz; señor, añadió asiendo otra mano de Yaye, os juro que muy pronto habeis de ver el buen uso que hago del poder que me dais.
—Tú serás sin embargo, mi hijo y mi vasallo, dijo Yaye.
—Lo seré, señor.
—Si cumples bien y fielmente, como lo espero, antes de mucho, tu madre y yo nos retiraremos á una vida oscura y pacífica.
—A donde quiera que vayais, allí irá con vosotros el corazon de vuestro hijo.
—Esta noche es la mas feliz de mi vida, dijo Yaye: mi hija sale de España con su esposo; una mujer digna del amor de un héroe, me da con su amor la paz de mi alma, y tú valiente hijo mio, aceptas mi espada, y te aprestas á un combate que ya no puede dilatarse: nuestro pariente el noble Aben-Jahuar nos ayuda con su valor y sus consejos, y Aben-Humeya verá con placer, que ya entre él y su valiente primo no existe motivo de rivalidad. Dios ha querido que llegue este fausto momento. Hagámonos, pues, dignos de él, aprovechando el tiempo en su servicio, Isabel: añadió volviéndose á ella: no salgais esta noche de vuestra casa: suceda lo que suceda, nada temais. Pero añadió en voz tan baja que solo doña Isabel pudo oirla; tened mucha cuenta con esa mujer, con esa italiana.
—Pero... murmuró doña Isabel.
—Os va en ello la honra y acaso la vida. Y luego añadió alto: mi valiente sobrino, mi noble primo: ya es tarde y sabeis que nos esperan. Adios Isabel, os repito que nada temais, y, sobre todo, no olvideis lo que os he encargado.
—Adios, señor, dijo doña Isabel: adios hermano, adios hijo mio.
Y al pronunciar estas últimas palabras, se arrojó sollozando en los brazos de Aben-Aboo.
—¡Oh madre mia! ¡madre mia! exclamó el jóven, ¡rogad á Dios!
Pronunció con tal acento Aben-Aboo sus últimas palabras, que doña Isabel, sin poderse explicar la causa de ello se estremeció.
Poco despues estaba sola, pensativa, pálida y llorosa al lado de la chimenea: una mujer de pié, inmóvil en una puerta, la observaba.
Era Angiolina.
—¡Con que Aben-Aboo es vuestro hijo! ¡con que tú no has tenido otro esposo que el emir! murmuraba la veneciana. ¡Ah! ¡ah! ¡mi venganza se va haciendo cada dia mas horrible!
Y dos gruesas lágrimas surcaron las mejíllas de aquella mujer singular.
CAPITULO XXV.
De qué modo satisfizo Mari-Blanca la honra de su padre.
Cádiar estaba en aquellos momentos completamente desierto.
Nevaba; la leve claridad emanada por el reflejo de la nieve, era la única luz dudosa y fantástica que determinaba de una manera vaga las formas en las estrechas pendientes y tortuosas calles.
Yaye, Aben-Jahuar y Aben-Aboo, se habian deslizado por fuera del pueblo á lo largo de las tapias, en direccion á la montaña.
Reinaban, pues, en la villa, una tranquilidad absoluta y un silencio profundo.
La oscuridad era tambien densa, modificada solo por el débil reflejo de la nieve.
En ninguna ventana, ni aun por los resquicios se veia luz, á excepcion de una casa, en la cual se veia un rojizo reflejo, tras las vidrieras de un balcon.
Aquella casa era la del beneficiado Juan de Ribera.
Ademas la puerta estaba abierta, y en el zaguan se veian dando guarda algunos soldados y dos alguaciles del Santo Oficio, lo que demostraba que el inquisidor Molina de Medrano se habia aposentado en casa del párroco.
Mariblanca, maese Barbillo y el niño de coro, estaban atareados en la cocina, cuidando de cazuelas y cacerolas, lo que demostraba tambien que el beneficiado por temor ó respeto á la Inquisicion, se habia propuesto obsequiar con una excelente cena de navidad al señor ministro de la Suprema, Molina de Medrano.
Maese Barbillo y Mariblanca estaban indudablemente en mala disposicion de ánimo, iban de acá para allá evitando tropezarse, no se miraban y se mostraban silenciosos y ceñudos.
Pero á primera vista se notaba que el ceño y el disgusto de Mariblanca, nada tenia que ver con maese Barbillo, á quien trataba con una indiferencia, y casi podriamos decir con un desprecio, irritante.
El aspecto sombrío de Mariblanca, era la causa del aspecto hosco de maese Barbillo.
Solo el niño de coro se mostraba indiferente, y dirigia la palabra ya al uno ya á la otra, sin obtener por contestacion mas que monosílabos.
Sin embargo, una observacion del niño de coro vino á dar lugar al diálogo siguiente:
—¿Sabeis señora Mariblanca, que esta Noche-Buena pasa lo que nunca ha pasado? dijo el niño de coro.
—¿Y qué pasa esta Noche-Buena que no ha pasado en otras, Cristovalillo? dijo Mariblanca mirando con recelo al muchacho.
—No andan mozos por las calles, respondió el niño.
—Nieva y hace frio, repuso Mariblanca.
—El año pasado nevaba mas y el frío no podia resistirse, y acuérdese vuesamerced, señora ama; á estas horas todo era cuadrillas de mozos, y habia un ruido de zambombas, rabeles y villancicos, que daba gozo.
—Tiene razon Cristobalillo, dijo el sacristan: esta noche parece Cádiar un cementerio.
—¿Qué entendeis vos de eso maese Barbillo? dijo con despego Mariblanca: si esta noche no rondan ni cantan, será porque no quieran, ó por que tienen miedo ó frio, y sobre todo, ¿qué se os da?
—Sin duda que habeis pisado alguna mala yerba, María; dijo maese Barbillo.
—Pudiera ser, contestó Mariblanca.
—Y tanto como que puede ser: y á propósito, ya que se os sacan algunas palabras del cuerpo: ¿qué diablos haciais en la cañada de San Juan esta tarde?
—¡Yo! contestó con precipitacion Mariblanca.
—No me querais negar que habeis ido á la cañada de San Juan: os he visto yo al pasar por el camino cuando iba á Yátor con el señor beneficiado.
—¿Quién ha traído los berros de la ensalada? dijo Mariblanca.
—Es verdad que en la cañada de San Juan hay muy buenos berros; pero tambien hay muy buenos hongos, de los que os habeis traido una cantìdad no pequeña.
—Os engañais; lo que yo he traido son setas.
—Os digo que son hongos, y os advierto que por lo que pueda suceder arrojeis al albañal esa cazuela de truchas que con los hongos habeis guisado.
—No la serviré á nadie, maese Barbillo, dijo Mariblanca; porque ese guiso de setas y truchas le he hecho yo para mí.
—¡Ah! eso es distinto: entonces si solo para vos lo habeis hecho, voy creyendo que seran buenas setas y no hongos, porque vos no querreis morir envenenada.
—¡Yo! ¡tan desesperada creeis que esté!
—No lo digo por tanto... pero hé aquí que son las once... Cristovalillo anda vete á vestir al señor beneficiado, que dentro de poco tendremos que ir á la iglesia á la misa del gallo.
Cristovalillo miró picarescamente al sacristan y al ama, y salió cantando un villancico.
Apenas se quedaron solos, cuando maese Barbillo tomó otro talante y se encaró con Mariblanca.
—¿Por qué estais tan mal carada y tan silenciosa? le dijo.
—¡Qué no puedo yo tener la cara que mejor me convenga! dijo Mariblanca.
—Creo que yo tengo derecho á preguntaros.
—¡Vos! ¿y quién os le ha dado?
—Tenemos tratado casarnos.
—¡Se tratan tantas cosas que no se cumplen!
—Señora Mariblanca; me parece que habeis variado mucho.
—¿Qué os he concedido otro dia mas de lo que os doy ahora?
—¡Ah! ¡ah! es verdad que hace mucho tiempo que me estais haciendo penar.
—Dejadme en paz, Barbillo, y no me canseis con vuestras quejas ni con vuestros zelos; ningun motivo os he dado; ningun favor os he hecho...
—Ya lo creo, como el licenciado tiene ojos de lince...
—Ya sabeis que el licenciado me importa tanto como vos: en una palabra, Barbillo: solo he querido á un hombre; solo he sido de un hombre, y es disparate pretender que sea de otro... lo entendeis... si no lo entendeis, bien claro os lo digo: acordaos de ello siempre, y no me fastidieis mas.
—¿Pero me habeis prometido?...
—Porque no me atosigueis continuamente.
—¿Es decir que no sereis mi mujer?...
—¡Yo!... ni de vos ni de nadie.
—Ya, ya lo creo; no habia querido deciros nada porque no me dijérais que era zeloso; pero se conoce que ha vuelto al pueblo el capitan Diego de Herrera.
—Y bien, para que no os coja de susto: sabed que me caso con el capitan.
—¡Que os casais!
—Si por cierto: por toda una eternidad.
—¡Ah! ¡ah! ¡con un miserable que os insultó!...
—Señor Barbillo, dijo á la puerta de la cocina el niño de coro.
—¿Qué diablos quieres? dijo Barbillo irritado por aquella intempestiva interrupcion.
—No soy yo quien quiere, sino el señor beneficiado. Me ha dicho que vayamos á la iglesia.
—¡Pero si acaban de dar las once!
—No importa: como oficia el señor inquisidor...
Maldijo Barbillo en su foro interno al inquisidor y al beneficiado, y empezó á quitarse su mandil de cocinero.
—¿Y vos no ireis á la misa del gallo? dijo á Mariblanca.
—Ya veis que tengo que acabar de arreglar la cena.
—Es verdad: como tenemos convidados...
—Señor Barbillo, dijo otra vez el niño de coro: que el señor beneficiado y el señor inquisidor van ya camino de la iglesia.
—¿Nos veremos luego Mariblanca? dijo el sacristan.
—Ciertamente, porque yo creo que vendreis á cenar...
—Despues...
—¿Despues de la cena?
—Sí.
—Tengo un convidado...
—¿El capitan?...
—Cierto: le espero... para pelar la pava...
Barbillo lanzó una mirada de tigre á Mariblanca, y salió.
La jóven quedó sola en la cocina.
Esperó á que pasase algun tiempo, y luego tomó una bujía, la encendió y salió al zaguan.
No habia nadie: sin duda los soldados y los alguaciles habian seguido al inquisidor.
La puerta de la calle estaba cerrada con llave.
—¡Ah! ¡ah! dijo Mariblanca: me habeis dejado encerrada, pero yo voy á encerrarme mas; habeis salido de la casa y no volvereis á entrar, yo os lo juro.
Y echó los cerrojos por la parte de adentro de la puerta y á mas de esto la atrancó.
Luego recorrió la casa. Nadie habia en ella.
Entonces bajó al huerto, apagó la luz, se acercó á la tapia y cantó un villancico de Navidad.
Se oyó fuera un silbido y Mariblanca calló.
Poco despues al escaso reflejo de la nieve se vió trepar á un hombre por la tapia y saltar al huerto.
Mariblanca se estremeció, adelantó hácia el bulto y exclamó:
—¡Padre! ¿eres tú?
—Yo soy, dijo una voz ronca.
—Ven, ven conmigo, le dijo asiéndole de una mano.
Y condujo á su padre á un sotechado, abrió una puerta y le introdujo en una habitacion oscura.
—Espera aquí, le dijo.
—¿Qué aposento es este? dijo la misma ronca voz.
—Es el mio. Espera, voy por luz.
Mariblanca salió y poco tiempo despues volvió con dos bujías que puso sobre una mesa.
Aquella mesa estaba cubierta por un mantel y por un servicio para dos personas.
—¿Me has convidado á cenar, mi buena hija? dijo Melik-el-Ferih, que él era, mirando de una manera profundamente amenazadora á la jóven.
El Ferih llevaba el trage característico de los monfíes é iba completamente armado.
—Te he convidado para que conozcas á tu hija.
—Tú deshonraste á tu familia.
—Me cegó el amor de un hombre.
—Tú renegaste del Dios Altísimo y Unico.
—Por salvar la honra de mi familia.
—Tú huiste de mi casa.
—Creí haber matado al infame que se burló de mí.
—Has sido manceba de un clérigo.
—Quien te ha dicho eso ha mentido, padre: tu hija ni ha dejado de ser honrada, ni ha dejado de ser mora. Tú verás, padre, tú verás, cómo satisface tu honra tu hija.
Movió fatídicamente la cabeza el Ferih.
—Si no quedas satisfecho, padre, mátame.... pero espera.... espera.... y verás que tu hija es digna de tí.
—¿Pero qué prueba puedes darme...?
—Estoy esperando de un momento á otro al capitan Diego de Herrera.
—Para cenar con él....
—Sí, para cenar con él. Y ya es la hora, padre, ya es la hora exclamó con voz lúgubre Mariblanca.
—¿Y quieres que yo asista á tu cita?
—Escóndete.
—Esconderme....
—Sí, escóndete en mi alcoba y espera.
Y la jóven llevó tras las cortinas de su alcoba á su padre que la siguió fascinado por el aspecto, por el acento, por la mirada singular de Mariblanca.
La jóven salió entonces al huerto.
Durante algunos instantes el aposento permaneció desierto; al fin, se abrió la puerta y apareció Mariblanca llevando de la mano al capitan Herrera.
Este venia casi ébrio y se arrojó cansado sobre una silla.
Mariblanca salió y trajo algunos platos que puso sobre la mesa.
—¿Sabes, Alida, la dijo el capitan, que ha sido mucho que me acuerde de tu cita? Solo el amor que te tengo ha podido ayudarme, como que hemos estado bebiendo de lo lindo mi cuñado Ocampo, el alférez de la compañía y yo.... Vamos, esto es asunto de que nos vayamos cuanto antes á descansar como dos buenos casados: no sé, no sé cómo he podido trepar por la tapia: tu amor siempre, tu amor que me daba fuerzas. ¡Vive Dios y qué hermosa está la muchacha!.... ¿Sabes, Mariblanca, que me se va quitando la borrachera?
—¿Sabeis, señor mio, que á mi no me gustan los hombres borrachos? dijo sonriendo dulcemente Mariblanca.
—¡Ira de Dios! á fe que cuando vine al pueblo no me acordaba no, vivo Dios, no me acordaba de tí, y sino te veo... ¡bah! no hubiera vuelto á acordarme... pero asi que te ví... ven y dame un abrazo Alida.
—No he de acercarme á tí, mientras estes de ese modo.
—Pues entonces para rato tenemos... vamos... ha sido una buena broma... como nuestra... es necesario si has de ser mi mujer que te vayas acostumbrando á esto.
—Diego, comiendo se quita la embriaguez.
Y Mariblanca servia un plato al capitan.
—¡Comiendo, eh! ¡pues comamos! asi como asi, solo hemos bebido... y tengo apetito. ¡Ah! ¡ah! ahora el señor beneficiado estará en la iglesia bien ageno de que su ama se divierta con un buen mozo.
El capitan comia con apetito.
Mariblanca se sirvió del mismo manjar, y al llevar el primer pedazo á la boca se puso pálida y se estremeció; sin embargo comió.
—¡Qué felices vamos á ser Diego! dijo Mariblanca: ¡oh! ¡que felices! ¡vamos á estar eternamente juntos!
—Juntos eternamente... por ahora no me desagrada: eres hermosa y jóven y me amas... vaya si me amas... pero dices eso de eternamente de un modo...
—Te juro que estaremos juntos hasta la muerte.
—No te conozco muchacha; dijo el capitan engullendo siempre: antes eras mas desconfiada: y ahora hablas con una seguridad... ¡diablo! no parece sino que sabes cuando vamos á morir.
Mariblanca soltó una carcajada que heló la sangre al capitan.
Tan aguda, tan acerada por decirlo asi, tan sarcástica, tan llena de crueldad y de odio habia resonado aquella carcajada en sus oidos.
—Tienes una manera muy singular de reir, niña, dijo el capitan.
—Es verdad, cuando te conocí reia de otro modo. Es verdad que entonces era feliz y confiada... despues... han pasado diez años, diez años de vergüenza y de tormento y lentamente mi risa ha cambiado hasta convertirse en esa risa de odio y de venganza.
Y soltó otra carcajada mas terrible.
El capitan se levantó: Mariblanca se levantó tambien.
—¿Qué significa esto? exclamó: ¿qué burlas son estas, Alida?
—Estas son burlas con que pago la burla que me hiciste: esto es que no confio mucho en el puñal que ya me engañó una vez, y te hiero de una manera mas segura, capitan Herrera.
—Vamos, tú estas loca Alida, dijo el capitan sentándose de nuevo: con todo eso solo consigues que mi embriaguez se aumente, y que me ponga malo. Dejémonos de niñerías, sigamos nuestra cena, y hablemos como buenos amigos. Ponme mas de estas truchas Alida; estan muy sabrosas.
—Basta con las que hemos comido, Diego, para nuestro viaje.
—¿Qué viaje?
—El que vamos á hacer juntos dentro de un momento á la eternidad.
—¡Un viaje á la eternidad! exclamó el Ferih saliendo de repente de detrás de las cortinas de la alcoba.
—¡Un monfí! exclamó el capitan.
—Mi padre, testigo de nuestra boda, Diego, dijo Mariblanca y soltó otra carcajada.
—Pero ese manjar que has comido... estas pálida, lívida..... hija mia, exclamó el Ferih que al fin era padre.
—Eran truchas, con hongos venenosos de las humbrías de la cañada de San Juan; en la salsa habia jugo de yerbas.
—¡Ah! ¡infame ramera! exclamó el capitan que aun conservaba sus fuerzas, lanzándose sobre Mariblanca.
Pero el Ferih le asió del cuello y ciego de furor, le dió de puñaladas.
El capitan cuando le soltó el Ferih, cayó desplomado debajo de la mesa.
—¡Mata ahora á tu hija, padre! exclamó Alida, repitiendo otra horrible carcajada.
—¡Oh! ¡matarte! ¡matarte, hija mia! ¡no, no! yo te perdono: yo quiero que vivas: yo durante mi destierro de España no te he olvidado un solo dia: yo no me hubiera atrevido á matarte.
—Me he atrevido yo porque estoy deshonrada: porque le he visto otra vez... he visto al miserable... le amo... y él... él no me amaba... solo pretendia volver á burlarme...
—Pero..... es necesario que vivas... es necesario pedir socorro...
—¿Para qué?... ¿para que la justicia encuentre aqui al capitan asesinado?
—¡Oh! ¡Dios mio, Dios mio! y cada vez te pones mas pálida...
—Solo hay un remedio... una yerba... y esa yerba.....
—Está en la montaña, exclamó con desesperacion el Ferih.
Y luego añadió con un acento de resolucion suprema.
—Pero no importa... no... yo te salvaré.
Y asiendo de su hija, la cargó sobre sus hombros; salió al huerto, buscó el postigo, dejó por un momento á Alida en tierra, violentó el postigo con sus fuerzas de toro y dió á correr con ella, por las desiertas calles hácia la salida de la villa.
En el momento en que salia el Ferih del pueblo con su preciosa carga, tocaban á la misa del gallo las campanas de la iglesia.
—Es de noche, decia Alida dejándose conducir, y con voz ya bastante débil: es de noche y no encontraremos la yerba, padre.
El Ferih rugia.
—La nieve cubre la montaña... no encontrareis la yerba, repetia con voz mas débil Alida.
El Ferih forzaba su carrera rugiendo como un leon.
—La muela del Hermitaño donde se encuentra la yerba está lejos, y habré muerto antes de que llegues.
El Ferih corria y lloraba.
De repente Alida se retorció entre sus brazos y dió un horrible grito.
El Ferih sintió un estremecimiento de horror.
—¡Padre! ¡padre! exclamó Alida llorando: mátame, porque padezco horriblemente.
El Ferih se detuvo dominado por el horror de la situacion.
Estaba en el campo á la salida del pueblo, y se habia parado bajo el saliente de una roca.
El horror, la fatiga, le obligaron á descansar un momento; se sentó y al poner la mano sobre el suelo se estremeció de alegría.
Habia creido tocar la yerba salvadora.
Arrancó algunos tallos y los mordió.
Entonces lanzó una exclamacion indescribible.
—¡La bendita yerba de San Juan! exclamó.
—Es ya tarde, dijo Alida con voz apenas perceptible.
—¡Tarde hija mia! ¡tarde! ¡Dios nos favorece! toma: la yerba de San Juan te salvará.
—Es tarde... tarde... dijo Alida, yo muero: véngame padre... un cristiano me ha asesinado.
El Ferih pretendió introducir en la boca de su hija el jugo de la yerba salvadora, pero Alida tenia los dientes fuertemente apretados por el dolor: cuando arostrándolo todo el Ferih logró abrir con su puñal los dientes de Alida, la cabeza de esta cayó desplomada.
Ya todo era inútil: la infeliz habia muerto.
En aquel momento repicaron á gloria las campanas de la iglesia de la villa.
El monfí que habia quedado mudo, aterrado, replegado sobre su hija, se alzó rígido y trémulo.
No dió un solo grito, no derramó una sola lágrima, pero exclamó de una manera terrible:
—¡Los cristianos! siempre los cristianos! ¡ayer mi honra! ¡hoy su vida! ¡Necesito la honra y la vida de todos los castellanos!
Y se llevó á la boca una bocina y la tocó, haciendo retumbar las breñas.
Y luego de breña en breña se oyeron á la redonda bocina de bocina, y aquella señal, saliendo de entre las quebraduras, avanzaron en círculo y á la carrera sobre Cádiar los monfíes.
Las campanas seguian repicando á gloria.
CAPITULO XXVI.
De cómo fue para la villa de Cádiar y para otras muchas en las Alpujarras, una noche muy mala la Noche-Buena de 1568.
Apenas los monfíes en un número considerable habian cargado sobre la villa, cuando aparecieron en un repecho cercano, dos bultos informes.
Iban envueltos en capas, y bajo ellas asomaban dos largos arcabuces, á juzgar por las apariencias.
—Ha llegado el momento amigo mio, dijo uno de aquellos bultos al otro: las campanas de la villa han dado sin saberlo la señal á las bocinas de los monfíes. La jornada va á ser caliente, con que preparaos, señor Cisneros.
—Tan desesperado estoy Godinez, repuso Cisneros, que me importa muy poco lo que pueda suceder. ¿Pero qué diablos vamos á hacer en la villa?
—Ya veremos: aproximémonos entre tanto y esperemos una ocasion favorable, yo os avisaré. Hasta entonces andad y callad.
Siguieron adelante Cisneros y Laurenti, vencieron el repecho, y se perdieron en un barranco.
Entre tanto, los cristianos de la villa y aun algunos moriscos, llenaban la iglesia en que se celebrara la misa del gallo.
El presbiterio estaba hecho un ascua de oro, como suele decirse: tantas luces brillaban en él.
El órgano trocando las graves notas de la música sagrada, por las ligeras y alegres de los villancicos llenaba el templo de armonía, unido á las voces de los niños de coro, y á las de algunas mujeres á quienes por gran merced habia permitido cantar en aquella ocasion el inquisidor Medrano.
Todo parecia alegre, todo tranquilo: sin embargo, habia al pié de las gradas del presbiterio cuatro soldados de la fe, con las alabardas enhiestas, dos á cada lado, y en la puerta de la iglesia habia una respetable guarda de soldados de la compañía de Diego de Herrera, mandada por un sargento.
Esto podia ser muy bien en honor del Santo Oficio, representado en Cádiar por el licenciado Molina de Medrano; pero en realidad habia algo de temor: el suspicaz miembro del Consejo de la Suprema, no habia visto sin recelo ciertas señales de agitacion en la villa, aunque recatadas, y el silencio sepulcral de aquella noche, por lo general ruidosa en las poblaciones cristianas: se habia rodeado de soldados y de alguaciles, y confiando demasiado en el terror que infundian el rey y la Inquisicion celebraba su misa tranquilo.
El corregidor por su parte, habia acudido á la iglesia rodeado de alguaciles armados, con ánimo de rondar por la villa asi que concluyese la misa, y Hurtado de Ocampo, medio borracho, decia á sus conocidos sin respeto al lugar en que se encontraba:
—No os extrañe la falta de mi cuñado, porque se ha ido á soplarle el ama al beneficiado Juan de Ribera, mientras está entretenido en la iglesia.
Unos se escandalizaban, y otros se reian; seguian entre tanto los villancicos, la misa tocaba á su fin, y el pueblo parecia tranquilo.
De repente se oyó á lo lejos una campana que tocaba apresuradamente á rebato.
Aquella campana era del convento de San Francisco: poco despues sonaron en la plaza arcabuzazos, y algunos vecinos se lanzaron despavoridos en la iglesia gritando:
—¡Cerrad las puertas! ¡cerrad las puertas, y á las armas! ¡Los monfíes estan en la villa!
Sucedió á estas palabras un alarido general y una confusion horrorosa: los mas valientes de los hombres desnudaron sus espadas: los demás y las mujeres corrian sin saber á donde, y los moriscos que habia en la iglesia se levantaron armados, y corrieron al presbiterio donde estaban aturdidos el inquisidor Medrano, el beneficiado Juan de Ribera y el licenciado Arias.
Y en medio de aquel primer tumulto, de aquella confusion, entre los disparos que sonaban en la plaza, entre los gritos de terror de los cristianos se oia gritar á los moriscos que empezaban á herir en la multitud y abrirse paso hasta el altar:
—¡Le ille Allah!
Los soldados de la fe, los alguaciles y algunos hombres esforzados se batian desesperadamente al fondo de la iglesia, en tanto que Juan de Ribera, el licenciado Arias, Molina de Medrano y maese Barbillo escapaban por la puerta de la sacristía.
Pero al entrar en ella el inquisidor se sintió cogido y al volverse vió dos ojos ardientes como dos brasas, fijos en los suyos.
—Yo soy Aben-Aboo, le dijo quien le habia cogido: yo soy quien he jurado beber tu sangre, miserable lobo, y ha llegado la hora.
Y arrastraba hácia la iglesia al inquisidor.
Ya en otro lugar hemos tenido ocasion de dar á conocer que si la crueldad era el pecado culminante del inquisidor Medrano, no tenia ni un tanto de la noble virtud que ha ceñido una aureola á la frente de los mártires del cristianismo: carecia absolutamente de valor, y por lo tanto de dignidad.
Asi es que rompió á llorar y á pedir piedad á gritos.
Pedir piedad á Aben-Aboo era lo mismo que pedir dulzura al acibar, suavidad á la zarza, agua á una roca.
Aben-Aboo seguia arrastrando al inquisidor hácia la iglesia con un gozo feroz.
Cuando Aben-Aboo asomó á la puerta de la sacristía, el espectáculo que presentaba el templo era terrible.
El combate habia cesado; todos los que habian resistido estaban por tierra: solo quedaba la matanza continua, cruel, gozada con una lentitud horrible por los monfíes.
Brillaban por todas partes las antorchas y los yataganes ensangrentados, y tenian lugar escenas repugnantes, horribles; todo género de excesos cometidos con las mujeres sobre la sangre de sus padres, de sus hermanos, de sus hijos, y de sus esposos.
Herian, los monfíes y los moriscos, mataban y despedazaban, ebrios de furor.
—No mateis á las mujeres, decia un monfí, cuyos ojos irradiaban una mirada insensata; no las mateis, afrentadlas, deshonradlas, delante de su Dios, de sus padres y de sus esposos, como ellos han deshonrado á nuestras hijas; no mateis tan aprisa: bebamos gota á gota la sangre de los castellanos; gota á gota como ellos han bebido la de nuestros padres, y la de nuestros hijos: no los mateis como mata el leon en el combate, sino como matan los clérigos en la Inquisicion. ¡Ah! ¡ah! ¡ah!
Y aquel hombre que blandia con furia un largo puñal ensangrentado, soltó una carcajada horrible, dolorosa, la carcajada de un loco.
Aquel hombre era Melik-el-Ferih.
El padre de Mariblanca.
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El autor siente una verdadera repugnancia, una repugnancia de horror, al llegar á este sangriento episodio de la historia de aquellos tiempos; porque lo que el autor va á contaros, no es el aborto monstruoso de una imaginacion calenturienta; son hechos terribles, resultado de la presion brutal de un despotismo sombrío y cruel, ejercida sobre los moriscos del reino de Granada en un espacio de setenta y seis años: durante ellos, los moriscos no habian sido tratados como hombres, sino como cosas de que disponia á su antojo el feroz conquistador: cuantas rapiñas pueden inventarse, cuantos excesos pueden cometerse, cuantas afrentas pueden inferirse, cuantos dolores pueden causarse, todo lo habian sufrido los moriscos: no se habia procurado asimilarlos por medio de la tolerancia y del tiempo al pueblo vencedor, bajo la triple faz de la religion, las leyes y las costumbres; no se habia procurado su refundicion lenta, pero segura en la gran masa del pueblo español; no se habia cuidado de aligerar el yugo, como lo exigian la fe de los tratados, la política, y para decirlo de una vez, la caridad: desde el principio, desde el dia siguiente al de la conquista de Granada se habia tendido á destruirlos: España, embrutecida, fanatizada por sus frailes, no conocia los grandes beneficios que debia á la civilizacion de los árabes y de sus descendientes los moros; si tenia industria, aquella industria era originaria de árabes; si se habia suavizado la gótica rudeza de sus costumbres, á su contacto contínuo con los árabes lo debia: si su agricultura habia mejorado; si los antes yermos campos habian sido transformados en fértiles campiñas por los canales de riego, aquellos canales los habian abierto los árabes: si sus médicos, si sus letrados sabian algo, aquellos médicos, aquellos letrados habian ido á beber la ciencia á las escuelas de Córdoba, ó la habian encontrado en los libros que de aquellas escuelas salian como otras tantas antorchas luminosas: el espíritu civilizador del pueblo árabe, se habia infiltrado de una manera profunda en el pueblo español: de ellos habia tomado este, en el lenguaje un número incalculable de voces, en sus códigos gran número de leyes; habia adoptado casi por completo sus sistemas monetario y administrativo, y hasta la denominacion de sus ministros de justicia, y de muchos de los altos cargos del Estado: al poco tiempo de la dominacion de los árabes en España, el gefe de las fuerzas marítimas de los solariegos, de los españoles indígenas, se llamaba almirante; alcalde, el juez; alcaide, el gobernador de plaza fuerte; alguacil, el encargado de las obligaciones menudas de la ley; su arquitectura, sus trages, sus armas, tomaron su bello carácter oriental que las distingue de los edificios, de los trages y de las armas de los otros Estados contemporáneos de Europa, y hasta en su religion existe, como un testimonio irrefragable de la influencia de los árabes sobre los solariegos, el misal mozárabe: ellos, con sus órdenes religiosas de los rabits y los morabithos, dieron la norma de las órdenes religioso-militares, y hasta en las diversiones públicas nos legaron las justas, las cañas, la lidia de toros: en poesía, en música, nos dieron su carácter y sus instrumentos: la buena poesía española de nuestros tiempos aun conserva el sonido cadencioso, y la forma hiperbólica de la poesía árabe, y aun conservamos la guitarra, como instrumento de placer; el timbal y el tambor como instrumentos de guerra: nuestras enseñas de honor, las banderas que nos han llevado tanto tiempo al combate y al triunfo, no son las águilas romanas; nosotros, cuando mas, hemos heredado de los romanos el estandarte, copia del lábaro; pero la bandera, y sobre todo el antiguo pendon de dos puntas de Castilla, son una copia de las divisas que ondeaban en su centro las apiñadas taifas de los sectarios del Profeta.
¿Pero á qué esforzarnos en demostrar la influencia que tuvieron y aun tienen sobre nosotros, la civilizacion y las costumbres de los árabes?
Basta pisar el territorio español para encontrar las profundas huellas del paso de aquel pueblo extinguido: el castillo, la catedral, la villa, la campiña, muestran por do quier en España la forma del pueblo árabe: su lenguaje, sus costumbres, sus cantos populares, sus fiestas, conservan aun vivo entre nosotros el espíritu de aquel pueblo, que pasó, como un meteoro, con el rápido vuelo de la conquista, desde el Yemen basta los Pirineos, dejando por do quiera las señales indelebles de su paso. Puede asegurarse, sin temor de ser desmentido, que la mitad de la sangre española es sangre árabe; en una palabra, que si fueron nuestros abuelos los solariegos descendientes de Pelayo y de Teodorimo tambien lo fueron los descendientes de los que vinieron de Oriente acaudillados por Tarik y por Muza.
¿Quereis conocer una mujer típicamente árabe? Id á Andalucía y á Valencia.
¿Quereis encontrar ese tipo en toda su pureza, en todo el esplendor de su indolente y magnifica hermosura?


Degüello de los cristianos en Cádiar.