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Los monfíes de las Alpujarras

PRIMERA PARTE. LOS AMORES DE YAYE. (continued 5)

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Isabel por un sin número de razones se veia obligada á callar y á sufrir.

Habia pasado cerca de un mes desde el dia del casamiento de Isabel.

Durante aquel mes ninguna noticia habia venido á desmentir la noticia de la muerte de Miguel Lopez; nada se sabia de la suerte de don Diego y don Fernando de Válor.

Un dia que doña Isabel estaba, segun su costumbre, triste y abstraida, sentada en el banco bajo la enramada de jazmines, vino á sacarla de su abstraccion el ruido de una disputa que pasaba cerca de ella. Levantó los ojos del cesped donde hasta entonces los habia tenido inclinados, y vió que uno de los lacayos de su hermano pugnaba por arrojar fuera un mendigo, que á su vez pugnaba por llegar hasta ella.

—¿Qué quiere ese hombre, Andrés? dijo doña Isabel.

—Este hombre, señora, ha aprovechado un momento en que he dejado abierto el postigo, y quiere á todo trance hablar con vos.

—¿Y qué quereis buen hombre...?

—¡Ah! ¿qué quiero...? tened caridad de mi, señora, y Dios la tendrá de vos, dijo el mendigo con un pronunciado acento extranjero.

—Dadle una limosna, Andrés, y que se vaya, dijo doña Isabel.

—Ved señora que es un gitano, dijo el lacayo, y que hacer bien á este canalla es pedir á Dios una desgracia, porque esta gente está maldita de Dios.

—¡Malditos de Dios! ¡si es verdad! ¡malditos de Dios! exclamó roncamente el mendigo: los crímenes de nuestra raza han caido sobre nosotros, y nosotros nos vemos castigados por las culpas de nuestros abuelos en nuestras cabezas y en las de nuestros hijos.

Doña Isabel se conmovió; habia en el acento de aquel hombre algo de solemne, algo de terrible, algo de ese no sé qué misterioso que revela los grandes infortunios y no el infortunio de un hombre solo, sino el de una raza entera: por mas que doña Isabel fuese cristiana de corazon, pertenecia á un pueblo oprimido y desgraciado, y de una manera precisa se le hacia simpático aquel otro hombre, que parecia pertenecer á otro pueblo tan desdichado como el pueblo moro de Granada.

Porque aquel hombre, en fin, era Calpuc, el rey del desierto, que se presentaba á doña Isabel con el extraño disfraz de mendigo.

Cuando se ha logrado interesar la curiosidad de una mujer se puede tener casi la seguridad de conseguir lo que de aquella mujer se espera.

—Dejadle que se acerque, dijo doña Isabel al lacayo.

—Pero ved que estos gitanos... insistió el criado.

—Dejadle, dejadle que se acerque, repitió doña Isabel: ¿por qué hemos de arrojar lejos de nosotros á los pobres?

Andrés se apartó de mala gana, y murmurando del paso de Calpuc.

Este se acercó á doña Isabel y la contempló en silencio algunos momentos, con una profunda expresion de lástima.

—¡Cuán hermosa sois señora, y cuán digna de ser feliz! la dijo.

—¿Y quién os ha dicho que yo soy desgraciada? contestó con cierta dureza dona Isabel quien, á pesar de todo, la sentaba muy mal que un hombre, que parecia tan miserable, la tuviese lástima.

—¡Oh! para que supieseis los motivos que tengo para compadeceros seria necesario que nadie nos escuchase.

—¿Y era esa la caridad que veníais á pedirme?

—Yo no soy mendigo, señora.

—Sin embargo vuestro aspecto...

—Haced que vuestro criado se retire un tanto: me basta con que no pueda oirnos.

Dominada hasta cierto punto doña Isabel por aquella extraña aventura, mandó á Andrés que se retirase.

Este se retiró á alguna distancia, siempre murmurando y sin quitar ojo del mejicano.

Cuando este vió que no podia ser oido la dijo:

—Os tengo lástima porque mereceis mejor esposo, y mejores parientes.

—¿Quién os ha autorizado á insultar á mi familia?

—¡Oh! ¡la desgracia!

—¿Ha causado mi familia vuestra desgracia?

—No, no ciertamente: pero los desgraciados somos hermanos y tomamos con mucha facilidad por nuestras las desgracias de los demás.

—Concluid, porque me parece que hasta ahora nada me habeis dicho que tenga que ver con la obra de caridad que esperabais de mí.

—Concluiré muy pronto: tomad.

Y sacó de entre sus andrajos una carta que entregó á doña Isabel.

Al ver el sobre de aquella carta doña Isabel dió un grito.

Habia reconocido la letra gorda, bárbara é irregular de Miguel Lopez.

El sobre de aquella carta decia:

«A mi muy querida esposa doña Isabel de Córdoba y de Válor.»

Era la misma carta que Miguel Lopez habia escrito en el subterráneo por mandato de Calpuc.

Esta carta aterró de mil maneras á doña Isabel: ella no habia deseado la muerte de Miguel Lopez, la habia temido y habia procurado evitarla: si al creerla realizada se habia afligido por ella, habia sido mas bien por la infamia que suponia en sus hermanos, que por el interés que podia causarla aquel esposo que de una manera tal se la habia impuesto: ya sabemos que el interés que podia tener doña Isabel por Miguel Lopez era negativo, y en esta parte se encontraba bien con su luto y su viudez, luto y viudez de que habia venido á sacarla con una prueba indudable Calpuc.

Doña Isabel se puso de pié de una manera nerviosa y miró con los ojos lúcidos y asombrados al mejicano.

—¡No ha muerto mi esposo! dijo.

—No, no ha muerto aun, contestó Calpuc.

—¡Es decir que está en peligro! repuso palideciendo la joven.

—No por cierto; pero sino ha muerto hoy, morirá mañana.

—No os comprendo bien ¿quereis tal vez aterrarme?

—Yo no pretenderia jamás imponer terror á un ángel, señora. Solo os he dicho lo que acabais de oir acerca de la vida de ese hombre, porque me parece que es una cabeza sentenciada: sí; estoy seguro de que Miguel Lopez morirá de mala muerte.

—¡De mala muerte! ¿y por qué?

—Porque es un malvado y al fin y al cabo los malvados caen heridos por la mano de Dios.

—¡Ah! exclamó doña Isabel; escudado con esta carta, que de una manera tan extraña me habeis entregado, me estais haciendo oir muy duras palabras.

—Ese es un aumento de desgracia que os procura vuestra familia.

—Pero, en fin, dijo doña Isabel: ¿quién ha sido causa del desgraciado suceso acontecido á mi esposo? Los lacayos que vinieron á traernos la triste nueva, nos dijeron que mi esposo y mis hermanos habian sido acometidos por los monfíes de la montaña; que mi esposo habia sido muerto y que mis hermanos habian desaparecido.

—Es cierto que los monfíes acometieron á vuestro esposo, pero fueron pagados para ello por vuestro hermano don Diego.

Doña Isabel palideció aun mas y bajó la vista ante la profunda mirada de Calpuc.

—Vuestro esposo hubiera perecido, sin duda, continuó este á no haber sido porque yo acudí en su socorro.

—Os doy las gracias, quien quiera que seais, dijo toda turbada doña Isabel.

—¡Ah! ¡si yo hubiera conocido á Miguel Lopez, le hubiera dejado morir! contestó con un acento lleno de misericordia Calpuc. Pero Dios lo ha hecho de otro modo.

—Sí, si, habeis hecho muy bien en salvarle y os repito que os estoy profundamente agradecida.

—Nada me agradezcais. He obrado como debe obrar un hombre temeroso de Dios.

—Vos no sois mendigo, segun me habeis dicho, dijo doña Isabel, fijando profundamente sus grandes ojos de gacela en Calpuc.

—En verdad que no, señora, pero me era preciso adoptar un disfraz cualquiera, para acercarme á vos sin inspirar sospechas. Por lo mismo y para no inspirarlas debemos concluir nuestra conversacion, que se va haciendo larga. Segun recordareis, vuestro esposo os ruega me entregueis la sortija que os dió en arras de su casamiento con vos.

—¿Y os urge recibir esa sortija? dijo doña Isabel.

—No, no ciertamente. Podré esperar hasta esta noche.

—¡Esta noche! ¿y dónde creeis que podreis verme esta noche?

—Aquí, en este mismo sitio, cuando todos esten recogidos en la casa, y podamos hablar sin ser sentidos de nadie.

—¡Eso es imposible! ¡yo sola, de noche, con un hombre á quien no conozco!

—¿Recelais de mí despues de haber leido la carta de vuestro esposo?

—No, no desconfio. Perdonad un vago recelo en una mujer que ha sido muy desgraciada. Me pareceis leal y consiento en recibiros.

—¿A qué hora?

—Despues de las ánimas.

—Despues de las ánimas estaré en el postigo del jardin.

—A esa hora y confiando en vuestro honor, os abriré.

—Adios, pues, señora, y hasta la noche.

—Hasta la noche: adios.

Y Calpuc se separó de doña Isabel, lanzó una profunda y ansiosa mirada á las ventanas de la casa en que vivia el capitan Sedeño, y que se veian por cima de la tapia medianera de los dos huertos, y al verlas cerradas exhaló un profundo suspiro.

Despues salió por el postigo, pasando junto al lacayo Andrés, al que ni siquiera saludó.

—¡Oh! será necesario avisar al alcalde para que prenda á ese hombre si vuelve á venir, murmuró el lacayo; tiene muy mala traza: por mi parte y á no ser por la señora, yo le hubiera echado á palos.

—Ese hombre es un desgraciado, Andrés, dijo doña Isabel, y debemos compadecer y ayudar á los desgraciados.

Doña Isabel se alejó y entró por el cenador, mientras Andrés murmuraba cerrando el postigo del huerto:

—¡Un desgraciado! quiera Dios que su venida á esta casa no nos cause alguna desgracia.

La escena que acabamos de referir pasó cabalmente á la hora en que Harum, desde su casucha, hacia su atalaya matutina á los dos huertos del capitan estropeado y de don Diego de Válor.

—¡El cazador de la montaña! dijo al reconocer á Calpuc ¡el hombre á quien protege el poderoso emir! ¿Por qué viene aquí ese hombre y disfrazado de mendigo á hablar con doña Isabel de Córdoba y de Válor? Será necesario avisar á Ab-del-Gewar.

Pero antes, añadió, es necesario que concluyamos nuestra tarea de la mina: por un milagro de Dios el capitan Sedeño está fuera. Xariz y Athar, que le han seguido, me han dicho que ha tomado á caballo el camino de la montaña. No se sale asi á la gineta sino para tardar algunos dias. Esta es la ocasion mas propicia: pues puños y adelante.

Y dejándose ir con la agilidad de un gato por unas escaleras perláticas, descendió á los pisos bajos, que estaban casi llenos de montones de tierra y escombros, que habia sacado Harum de la mina: encendió una linterna; tomó una piqueta, y se metió por un estrecho pasaje que habia abierto á pico.

A trechos se veia la antigua mina árabe en toda su anchura y altura, capaz de contener un hombre á caballo, porque la mina solo habia sido cegada á trechos: si Harum hubiese tenido una brújula y un plano del terreno, hubiera conocido que aquella mina en vez de prolongarse en direccion á la casa ocupada por el capitan estropeado, se extendia hácia la de don Diego de Válor.

Sea como quiera, á poca distancia se detuvo Harum delante de una pared que cerraba la mina, y dejó la linterna en el suelo.

—Hice bien, dijo, en no seguir anoche mi trabajo cuando encontré esta pared que sin duda comunica con la cueva de la casa del capitan; era ya muy avanzada la noche; la caída de los escombros por esotra parte debe producir un gran ruido y era exponerse á que se malograse mi plan. Sin embargo, como puede suceder que sin que yo lo sepa haya en la casa alguien que guarde á la hermosa doncella de las trenzas negras, bueno es ir prevenidos: llevo un excelente puñal... y sobre el corazon; que no es flojo ni asustadizo, una buena cota á prueba. Adelante pues. Cúmplase lo que está escrito, y que el Dios Altísimo y Unico me proteja.

Y levantando la piqueta descargó un formidable golpe sobre la pared, que fue suficiente para que no necesitase dar el segundo: aquella pared era un simple tabique traspasado por la humedad, que se derrumbó, produciendo apenas, por lo reblandecido de los materiales, un ruido sordo y opaco.

Quedó abierto un boqueron practicable: Harum tomó la linterna, saltó sobre los escombros, y se encontró en una mina mas ancha y enteramente desembarazada, que se prolongaba á la derecha y á la izquierda del boqueron donde habia entrado.

—¡Por Satanás! dijo el monfí: me encuentro en un pasaje que conduce á dos puntos distintos y que no tiene apariencias de estar cegado. Meditemos. La mina por donde me he abierto paso hasta aquí está casi en línea recta; la casa del alférez está á la izquierda: la de don Diego de Válor á la derecha, pues señor: tomemos á la izquierda: esto no impide que despues de reconocer el terreno tomemos á la derecha. Acaso, acaso, descubra yo mas de lo que he creido: adelante pues.

Y tomó con una gentil audacia la mina adelante, á la parte de la izquierda.

A poco que anduvo tropezó con una escalera y trepó por ella: á la altura de cincuenta peldaños encontró una puerta, bien conservada y que parecia estar en uso.

Un impulso de alegría inundó el alma del monfí: pero aquel impulso no le hizo ser imprudente. Acercó el oido á la puerta y escuchó. Nada absolutamente se oia tras ella: permaneció escuchando algun tiempo mas, y ningun ruido alteró el silencio: entonces acercó la luz de la linterna á la puerta y la examinó minuciosamente.

Era de roble, y provista de una cerradura tan fuerte, que para violentarla hubiera sido preciso causar gran ruido.

Harum suspiró.

—Es preciso procurarse una llave maestra, dijo: acaso, acaso, será prudente esperar hasta la noche; durante el dia reconoceré por fuera el terreno. Indudablemente esa puerta me ha de llevar hasta la mujer á quien me ha encargado que busque el emir. Ademas será prudente traer conmigo mejores armas.

Harum bajó de nuevo las escaleras y se aventuró en la mina; pero abstraido en los pensamientos que le inspiraba la aventura en que se habia empeñado, pasó junto al boqueron por donde habia penetrado en la mina, y siguió en direccion de la casa de don Diego de Válor.

Pero de repente Harum se detuvo: habia escuchado el rumor de dos voces, una de hombre, otra de mujer, que hablaban sin recato y como si no temiesen ser escuchados. Harum adelantó con precaucion, y notó que las dos voces salian de un aposento abierto en la mina, por cuya puerta salia, proyectándose sobre el pavimento de la mina, un rayo de luz: el monfí adelantó aun mas y pudo percibir perfectamente lo que hablaban el hombre y la mujer que estaban en el aposento.

La voz del hombre hirió su oido de una manera particular, como si le fuera muy conocida, y al fin la reconoció y exclamó con asombro:

—¡El emir! ¡encerrado en un subterráno con una mujer!

Harum no supo por el momento qué hacer.

—Si, si, está ahí; pero yo no debo escucharle, ¡no! ¡el siervo no debe descubrir los secretos del señor! ¡seria hacerle traicion! ¡pues bien! ¡me ocultaré, observaré cuando salga esa mujer! y entonces... ¡oh! entonces me presentaré á él y le diré: señor, ¡vuestro padre os busca desesperado! ¡si estais cautivo, yo os traigo la libertad! ¡si estais libre, volved un momento, señor, junto á vuestro padre, junto á vuestros leales monfíes...! despues... despues tiempo os quedará para el amor.

Tomada esta leal resolucion, Harum se volvió atrás, buscó el boqueron, le encontró, se sentó sobre los escombros y apagó la linterna, para que no pudiese denunciarle su luz.

CAPITULO XI.

Hasta donde habia llegado doña Elvira, arrastrada por su amor á Yaye.

Harum obraba sin duda hidalgamente y como convenia á un buen vasallo, en no escuchar lo que su señor hablase; pero el autor comprende que no estan en el mismo caso sus lectores, y va á introducirlos en aquel aposento vedado para Harum.

Aquel aposento era el mismo donde don Diego de Válor y su mujer doña Elvira de Céspedes, habian ocultado á Yaye, á causa del accidente que le habia producido la noticia del casamiento de doña Isabel.

Desde aquel momento al en que le presentamos de nuevo á nuestros lectores, habia pasado, como hemos dicho, un mes.

Yaye estaba completamente restablecido y se paseaba lentamente por la estancia.

Doña Elvira estaba sentada en un sillon, contemplando con ansiedad al jóven, que estaba hermosísimo.

—¿Con que esa es vuestra postrera resolucion? dijo doña Elvira.

—Mi resolucion decidida, contestó el jóven con acento severo.

Por algunos momentos doña Elvira, á quien pareció contrariar la respuesta de Yaye, guardó silencio, impaciente é irritada.

—¿No os he dado bastantes pruebas de mi amor, dijo al fin con altivez, para que consintais en lo que deseo, en lo que ansío... en lo que debia llenaros de orgullo, porque lo que yo ansío, lo que yo deseo, es ser vuestra, enteramente vuestra?

—¿Y no lo sois, señora? dijo dominándose Yaye, y procurando dar á su acento la dulzura del amor, ¿no soy yo vuestro?

—Si, aquí, entre el mas profundo misterio, en las entrañas de la tierra; cuando nadie mas que yo está á vuestro lado, cuando á nadie veis mas que á mi. Vos no me amais, Yaye... vos al decirme amores habeis mentido... si, habeis mentido... vos no amais mas que á vuestra ambicion... y despues de vuestra ambicion á mi cuñada doña Isabel, á pesar de que mi cuñada se casó con otro sabiendo que vos la amábais.

Yaye hizo un movimiento como para contestar, pero guardó silencio.

—Si, ella sabia que vos la amábais, y os pospuso á un hombre feroz, brutal, casi á un bandido... en cambio yo... yo os amo desde que os vi: cuando por una sucesion de circunstancias extrañas os tuve en mi poder, cuando yo sola podia veros, yo sola podia hablaros, mi alma se abrió á la esperanza y á la felicidad... despues vos habeis sabido engañarme, enloquecerme... me habeis hecho la mas feliz de las mujeres... ¡oh! ¡si! porque no hay en el mundo una felicidad semejante á la que vos me habeis hecho probar... ¡pero despues...!

El jóven se acercó á doña Elvira y la asió una mano.

—Escuchad, señora, la dijo: mi corazon os pertenece... es verdad que yo amaba á vuestra cuñada, ó que creia amarla...

—¡Que creiais amarla! exclamó con ansiedad doña Elvira.

—Si, que crei amarla, porque mi afecto hácia ella mas que amor era empeño, un empeño como yo los concibo: tenaces, terribles, voluntariosos... la noticia de su casamiento causó en mí un efecto inesplicable... porque mi empeño se desvanecia, caia vencido ante el empeño de una mujer... no recuerdo lo que me aconteció... solo recuerdo que desperté un dia de un profundo letargo, calenturiento, dolorido, cansado en el cuerpo y en el alma... miré en torno mio y os vi anhelante, con las manos cruzadas, mirándome de una manera tal, que aun no he podido olvidar aquella mirada, hermosa y dulce como la de un ángel... yo no os conocia... vos tampoco me dijísteis quien érais... yo no os lo habia preguntado, porque no tenia voluntad mas que para miraros, ni corazon mas que para sentir vuestra hermosura y vuestra misericordia: pasábais junto á mi largas horas reclinada sobre mi lecho, mis manos en vuestras manos, mi mirada en vuestra mirada, confundiéndose nuestros alientos: llegó un punto en que... nos confundimos en uno; nos unimos, fuimos un solo ser que sentia una misma felicidad, que se embriagaba en sí mismo: yo os crei mi ángel, mi espíritu estaba aun perturbado... nada recordaba... habia vuelto á la vida... á una vida vigorosa, á una vida nueva... para mí este aposento, donde jamás entra la luz del dia, era un eden y era un eden por vos. Vos lo sabeis, señora: no podeis dudarlo: yo enloquecia bajo vuestras miradas, yo desfallecia de amor con vuestras caricias... ¿ha podido jamás un hombre pertenecer de una manera mas completa á una mujer?

—¡Ha sido un sueño! ¡un hermoso sueño! dijo doña Elvira, cuyos ojos se arrasaron de lágrimas, ¡un sueño que no se ha desvanecido sino haciéndome pedazos el corazon!

—¿Por qué me despertásteis? ¿por qué avivásteis mi memoria que la enfermedad habia entorpecido? ¿Por qué me dijísteis: tú eres Yaye-ebn-Al-Hhamar, emir de los monfíes de las Alpujarras?

—¡Ah! ¡la ambicion ha matado en vos al amor!

—No por cierto: el emir, el poderoso emir de los creyentes que luchan en las montañas de las Alpujarras por el Islam, os hubiera asido de la mano, os hubiera presentado á los suyos y les hubiese dicho: hé aquí mi esposa; hé aquí vuestra señora; pero vos no os detuvísteis en vuestras revelaciones: me dijísteis: yo soy casada, lo que equivalia á decirme: somos adúlteros.

—¡Ah! exclamó doña Elvira.

—Y no bastaba esto: me dijísteis soy esposa de don Diego de Córdoba y de Válor, lo que equivalia á decirme: somos infames, porque don Diego de Córdoba es pariente mio por parte de mi madre, como que mi madre era hermana del padre de don Diego.

—¿Y qué importan todos los parentescos, todos los vínculos, cuando se ama como yo os amo?

—Doña Elvira el crímen siempre es el crímen, y no es puro el placer en el fondo de cuya copa se encuentra el remordimiento: yo soy inocente: el Altísimo lo sabe: acababa de salir de una enfermedad terrible cuando os vi á mi lado; me encontraba en una situacion extraña; yo os creia una hurí enviada por Dios para consolarme, porque yo no os conocia: lo que ha sucedido entre nosotros ha sido fatal; pero en el momento en que he conocido que nuestros amores ofendian á Dios y á los hombres, me he detenido, he vuelto atrás en la senda de la perdicion en que habia entrado sin saberlo...

—¡Porque no me amais! ¡porque os habeis burlado de mí! exclamó con violencia doña Elvira.

—No os amo porque no debo amaros, señora; no os amo, porque perteneceis á otro hombre; porque me habeis engañado...

—¡Porque amais á mi cuñada doña Isabel!

—Para que yo no ame á doña Isabel basta el que sea como vos una mujer casada.

—¡Oh! si en vez de ser yo quien soy, fuera doña Isabel, no reparariais tanto en ofender á Dios y á los hombres, exclamó con despecho doña Elvira... y luego... ¡si doña Isabel fuese viuda... viuda y... vírgen...!

Yaye, á pesar del dominio que tenia sobre sí mismo, palideció de una manera marcada.

—¡Oh! ¡si! ¡la amais! ¡la amais! exclamó con rabia doña Elvira, notando la conmocion de Yaye, la amais y me despreciais por ella... ¡pues bien! ¡sabedlo...! ¡os lo voy á revelar todo...! apenas Miguel Lopez habia entrado en nuestra casa de vuelta de la ceremonia... mi esposo, no sé por qué, le llevó consigo, sin darle ni aun tiempo de despedirse de doña Isabel: Miguel Lopez, mi esposo, mi cuñado don Fernando y cuatro lacayos, partieron para las Alpujarras: al dia siguiente volvieron los lacayos trayendo la noticia de que Miguel Lopez habia sido asesinado por los monfíes y que mi esposo y mi cuñado habian desaparecido.

—¡Asesinado Miguel Lopez por los monfíes! exclamó Yaye, en cuya imaginacion surgió una sospecha: ¿y se ha confirmado esa muerte?

—Mi cuñada, vuestra hermosa doña Isabel, lleva luto por ella... ¡y está tan hermosa con su luto...!

—¡Asesinado Miguel Lopez por los monfíes! repitió profundamente Yaye.

—¡Oh! ¡ya se ve! existia un antiguo contrato entre vuestro padre y el padre de mi esposo; segun él, vos y doña Isabel debiais uniros para salvar ciertos intereses encontrados: no sé por qué, obligado acaso por la fatalidad, mi esposo entregó su hermana á Miguel Lopez... pero llegásteis vos... os encerrásteis con mi esposo... yo escuché vuestra conversación... y Miguel Lopez fue sentenciado...

—Os juro que yo no he tenido parte alguna, ni aun con la voluntad, en ese asesinato.

—Si, si: bien sé que el único autor de ese delito es don Diego de Córdoba, mi esposo, pero sé tambien que su delito es inútil, porque no os casareis con doña Isabel, os lo juro.

—Ya os he dicho, continuó dominándose Yaye, que en el momento en que doña Isabel ha pertenecido á otro hombre he dejado de amarla.

—Es que doña Isabel no ha pertenecido á nadie, exclamó con una malignidad indescribible doña Elvira, ni aun á su hermoso Yaye, á quien ama con toda su alma... me habeis llamado adúltera porque el amor me ha arrojado en vuestros brazos: ¿y creeis que no seria tambien adúltera doña Isabel, vuestra virtuosa doña Isabel, si vos la hacias oir una sola palabra de desesperacion..? ¡oh! ¡las mujeres cuando amamos no reparamos en nada...! ¡el amor ha sido creado por Dios para que le sienta única y exclusivamente la mujer!

Yaye se contenia visiblemente: notábase, á pesar de su profunda reserva, no solo que no amaba á doña Elvira, sino que le inspiraba aversion.

Doña Elvira aspiraba perfectamente el sentimiento que se filtraba, por decirlo asi, del semblante del jóven, le comprendia y se irritaba.

—Mi casamiento, dijo fue el resultado de una apuesta, y he sido muy desgraciada: yo amaba á mi esposo y á fuerza de humillaciones he llegado á aborrecerle: yo debia vengarme de él tarde ó temprano; pero no he sido una mujer impura que se prostituye solamente por venganza: era necesario que mi corazon al vengarse aspirase otro amor... os ví... os amé, os he amado largo tiempo en silencio... y al fin... por casualidad, mi mismo esposo os puso en mis manos: he velado junto á vos anhelante, viendoos entre la muerte y la vida y despues de haberos salvado me he creido amada y vengada de las injurias que como mujer debia á mi esposo... vos me despreciais ahora Yaye... pues bien yo me vengaré... os juro que sereis mi esclavo, que no volvereis á ver la luz del sol.

—La pasion, una pasion que no comprendo bien os extravía, señora, dijo Yaye con una profunda calma: vos no teneis ningun derecho para privar á un hombre de su libertad.

—Si, si, es verdad: yo debo dejaros libre para que corrais á arrojaros á los piés de doña Isabel, para que podais decirla, ¡eres viuda...! ¡sé mi esposa...! ¡y yo entre tanto... deshonrada...! ¡perdida...! ¿que creeis que seria de mí si durante una larga ausencia de mi esposo diese á luz un hijo?

Yaye se estremeció.

—Y estoy segura... ¡oh! ¡si! ¡os amo tanto! ¡he sido tan feliz! ¡oh Dios mio! ¡Dios mio! al menos aunque él me desprecie... si me queda una prenda de su amor, seré feliz... muy feliz... y esa felicidad... de seguro me la ha concedido Dios.

—Dios no querrá que vuestra insensata pasion os haya llevado á tal punto señora. Dios no querrá que tengais un doble remordimiento... por el esposo y por el hijo: en cuanto á mí soy inocente, bien lo sabeis; si fuerais libre os haria mi esposa, os lo repito os lo juro.

—¿Me haríais vuestra esposa si yo fuese libre? observó acentuando cada una de estas palabras doña Elvira.

—Cuidad lo que haceis, señora, dijo Yaye.

—¡Qué! dijo doña Elvira con sarcasmo; ¿creeis que yo seria capaz de matar á mi marido por ser vuestra?

—Os lo confieso, aunque me cuesta violencia el confesároslo: os creo capaz de todo.

—Pues bien, dijo con una calma glacial doña Elvira: esperadlo todo de mí. Todo, hasta la venganza.

—Habeis elegido muy mal camino, señora, dijo Yaye con acento frio: ya os lo he dicho antes de ahora: sois impotente contra mí: os he suplicado que me pongais en libertad, que me dejeis volver entre los mios, y os habeis negado á ello á pretexto de que no volveria á veros. En efecto, una vez fuera de esta prision en que la casualidad me ha arrojado, no volveriais á verme sino por otra casualidad..... porque el deber me manda apartarme de vos. Jamás hubiera yo incurrido en el crímen que hemos consumado, sino en un estado casi de insensatez, en un estado en el cual no pertenecen al hombre sus acciones.

—¡Es decir, que teneis remordimiento de haberme poseido! exclamó con una soberana altivez doña Elvira.

—Sí, respondió con firmeza Yaye, hasta el punto que puedo tenerlos, porque os lo repito, mis actos, acabado de salir de una enfermedad terrible que habia afectado mi razon, no son mios: son los actos de un insensato..... pero no insistiendo mas en esto os intimo por última vez para que me dejeis en libertad de ir á donde me convenga, puesto que ningun derecho teneis para retenerme á vuestro lado.

—¡Jamás! exclamó doña Elvira.

—Pues bien, señora, dijo Yaye adelantando hácia doña Elvira, que retrocedió hácia la puerta; por mas que me cause repugnancia el ejercer con vos una violencia, hareme yo mismo libre, sobrevenga el escándalo que quiera.

Y adelantó aun mas hácia doña Elvira.

—¡Ah! ¡no!... exclamó esta: vos sereis caballero... vos no querreis emplear la fuerza contra una dama.

Yaye se detuvo á esta invocacion á su honor.

—Solo os suplico, dijo doña Elvira que mediteis en mi amor, en mi desesperacion: ¡sino os volviera á ver..! ¡qué! ¿tanto os costaria, sino podeis ser mi amante, ser mi amigo?

—¿Me jurais, señora, sacarme de aquí?

—Os lo juro.

—Pues bien: cumplid vuestro juramento.

En aquel punto doña Elvira que gradualmente se habia acercado á la puerta, la ganó de un salto, y antes de que Yaye pudiera evitarlo la cerró, corriendo los cerrojos.

—Sí, sí, dijo doña Elvira desde detrás de la puerta: tú saldrás de aquí Yaye, pero muerto de hambre, ó entregado enteramente á mi: yo te lo juro.

Y se alejó lanzando una insensata carcajada que retumbó en la mina.

Luego se escucharon por algun tiempo sus pasos precipitados; despues todo quedó envuelto en el mas profundo silencio.

CAPITULO XII. De cómo Dios premió la constancia de Yaye.

Yaye quedó mudo de asombro y de cólera en el centro de la estancia.

Las últimas palabras de doña Elvira tenian una muy fácil explicacion.

«Tú saldrás de aquí muerto de hambre ó entregado enteramente á mí.»

Esto queria decir que doña Elvira pensaba valerse de algun brebaje para aletargar al jóven y conducirle á un lugar mas seguro; brebaje que solo podria evitar Yaye sentenciándose á morir. Era aquel el último límite á donde podria llegar el empeño de una mujer.

Yaye conoció que doña Elvira le tenia enteramente en su poder: la habitacion en que se encontraba, aunque ricamente alhajada, y cubierta de tapices, por lo reducido de su extension, por lo deprimido de su bóveda, por lo fuerte de su puerta, en que se veia un ventanillo, indicaba haber sido en otro tiempo destinada para encierro. Por aquel ventanillo podia doña Elvira introducirle alimentos preparados para producirle un estado de letargo, sin que Yaye pudiese usar de la menor violencia con ella. Yaye, pues, sacudió con fuerza la puerta; pero esta era muy fuerte, encajaba perfectamente y nada consiguió: metió el brazo por el ventanillo, y probó si alcanzaba á los cerrojos: esto tambien era inútil: los cerrojos estaban fuera del alcance de su brazo: su espada y su daga, cuyos gavilanes acaso le hubieran servido para alcanzar á los cerrojos, habian desaparecido: Yaye comprendió que si esperaba mucho tiempo, doña Elvira comprendería que los cerrojos no bastaban para asegurar á su prisionero, y buscaria otros medios de seguridad.

Era necesario encontrar una manera de descorrer aquellos cerrojos, y franquear cuanto antes aquella puerta. Una vez fuera, Yaye pensaba ocultarse en la oscuridad en la mina, y sorprender á doña Elvira cuando volviese.

Pero no se le ocurrió medio en lo humano: comprendió que estaba seriamente preso, y á merced del fatal amor de doña Elvira.

La única esperanza que le quedaba era que sobreviniese en aquellos momentos don Diego de Córdoba y de Válor.

¿Pero quién sabia lo que habia sido de don Diego?

Empezaba Yaye á desesperarse, cuando oyó en la mina unos pasos marcados de hombre: era la primera vez, despues que habia vuelto á la razon en aquel calabozo, que oia tales pisadas: supuso que doña Elvira le enviaria algun hombre pagado para intimidarle, y esto le irritó. Los pasos se acercaban y al fin se detuvieron junto á la puerta.

Yaye escuchó en silencio: el que se habia detenido junto á la puerta nada dijo durante algunos segundos.

Al fin se escucharon estas palabras pronunciadas por una voz contenida:

—¿Estais solo, señor?

—¿Qué es eso? ¿Quién me llama señor? dijo Yaye acercandose al ventanillo de la puerta.

—Soy yo, señor; vuestro fiel escudero; el walí Harum-el-Geniz.

—¡Oh! ¡me he salvado! exclamó Yaye; mira si puedes descorrer los cerrojos, mi buen Harum.

—¡Oh! ¡sí, poderoso señor! he aquí la puerta de par en par.

En efecto, la puerta se abrió.

—¿Quién te ha traido aquí Harum? ¿por dónde has entrado? le preguntó Yaye.

—Me ha traido un mandato de vuestro noble padre; en cuanto al lugar por donde he entrado, venid señor y lo vereis.

Harum á quien las circunstancias hacian mas entrometido con el jóven emir que lo que lo hubiese sido en otra ocasion, tomó la bujía que ardia sobre la mesa y salió seguido de Yaye.

Al llegar al boqueron se detuvo, y le mostró al jóven.

—Hé aquí por donde he entrado, señor. Por esa mina adelante, pronto muy pronto, vuestra grandeza verá la luz del sol.

Y siguió por la mina precediendo al jóven emir.

Cuando este se encontró en las habitaciones superiores, cuando vió el cielo, las nubes, el sol, los árboles, la Alhambra, á lo lejos la alta cumbre de la Sierra-Nevada, en lontananza y á los pies de la sierra la extendida vega con sus lejanas montañas azules, respiró como quien se siente aliviado de un peso enorme.

—¿De qué manera quieres que te recompense el emir? exclamó con alegría volviéndose á Harum.

—¡Ah, señor! dijo el monfí; me basta con ser vuestro secretario de confianza en la paz; vuestro escudero en la guerra: á vuestro lado siempre, porque teneis enemigos, señor; todos los reyes los tienen y mi única ambicion es serviros de escudo.

—Aunque me has servido algun tiempo no recuerdo de qué tribu eres, dijo con la gravedad de un rey Yaye.

—De la tribu Zeneta, señor, contestó con orgullo Harum.

—Vienes, pues, de una raza bastante esclarecida, walí, para que puedas estar continuamente á mi lado, dormir á los piés de mi lecho, y llevar tu caballo tras el mio en el combate. Te concedo lo que me has pedido.

—¡Ah! ¡señor! ¡magnífico señor! exclamó Harum arrojándose á los piés de Yaye.

—Alza y escucha: ¿cuántos dias han pasado desde aquel en que yo llegué á Granada?

—¿Quereis decir, señor, desde el dia en que me mandásteis que siguiese sin perder de vista á la hermosa morena de los ojos de luz?

—¡Ah! ¡la princesa mejicana! exclamó perturbado bajo aquel recuerdo Yaye.

—Pues ha pasado un mes, cabalmente desde aquel dia, señor.

—¡Cuántas variaciones en un mes en la vida de un hombre! exclamó el jóven emir. Y se quedó profundamente pensativo.

—Perdonadme, señor, dijo Harum, si os advierto, que estando en estos corredores nos pueden ver desde las ventanas y desde el jardin de la próxima casa de don Diego de Córdoba y de Válor.

—¡Ah! ¡es esa la casa de don Diego de Córdoba! dijo Yaye mirando al frente: pero de improviso se puso pálido y lanzó una exclamacion desde el fondo de su alma.

—¡Ah! ¡doña Isabel!

En efecto, la jóven habia atravesado lentamente y con su severo traje de luto, un corredor de la casa vecina y habia desaparecido.

—¿Vive doña Isabel en la casa de su hermano don Diego? dijo con voz apagada por la conmocion Yaye.

—Si señor, todos los dias por la mañana la veo sentada en aquel banco de piedra que hay al pié de aquella enramada de jazmines. Pero retirémonos de aquí si os place, señor, y si quereis observar la casa de don Diego, yo os llevaré á un lugar desde donde podais ver sin ser visto.

Yaye conoció que la observacion de Harum era prudente, y le siguió á un aposento cercano en el que habia una ventana con celosía y desde donde se descubria lo mismo que desde el corredor, las dos casas y los dos huertos del capitan estropeado y de don Diego de Válor.

—¿Acostumbra doña Isabel á dejarse ver? preguntó Yaye.

—Solo por la mañana, señor, y en el lugar que os he marcado.

—¿Has hablado alguna vez con ella?

—Nada me habiais encargado acerca de doña Isabel, señor.

—Es verdad. Y dime: ¿que ha sido de Miguel Lopez?

—Se le cree muerto.

—¿Se sabe quién ha mandado su muerte?

—Creese que sea cosa de don Diego de Válor.

—¡Infame! murmuró Yaye: pero... me han dicho que ha muerto á manos de unos monfíes.

—Es verdad: segun me ha dicho Dalhy que ha ido dos ó tres veces á la montaña durante este mes, don Diego sobornó á Reduan, que vivia como ventero junto á Orgiba y á otros seis: vuestro poderoso y justiciero padre, señor, mandó ahorcar al dia siguiente á Reduan, y á los otros seis, en la encina muerta de la Rambla de los Gamos.

—¿De modo que en esta muerte nada ha tenido que ver la justicia de mi padre?

—Ha sido un asesinato y nada mas.

—¿Y qué se han hecho don Diego y don Fernando de Válor?

—Los tiene presos vuestro padre hasta que vos parezcais.

—¿Y mi buen ayo Ab-del-Gewar?

—Está inconsolable por vuestra pérdida y nos hace revolver la tierra á mí y á los veinte monfíes que tengo á mis órdenes.

—Pues hasta que yo te lo mande, es necesario que á nadie digais que he parecido.

—Muy bien, señor.

—A nadie, ¿lo entiendes?

—Si señor.

—Además, es necesario que procures introducirte con la servidumbre de don Diego de Válor, á fin de que yo pueda hablar con doña Isabel.

—Las tapias son fáciles de escalar, señor... y yo mismo...

—Componte como puedas, pero no cometas ninguna imprudencia.

—¡Oh! en cuanto á imprudencias seria la primera que cometiese: por no ser imprudente no puedo daros ya noticias positivas acerca de la dama morena que me mandásteis seguir.

—¡Cómo! ¿sabes donde para?

—Muy cerca de nosotros, ahí, en esa otra casa cuyo huerto linda con el de don Diego y cuyas celosías estan tan cerradas.

—¿Y no has tenido medio de amparar á esa desdichada?

—Tengo medio de penetrar hasta su habitacion; pero necesitaba proveerme de cierta herramienta.

—¡Ah! ¡forzar puertas! dijo con repugnancia Yaye: ¡exponerse á pasar por un ladron!

—La puerta que yo forzaré es tan reservada, como que da á un extremo de la mina donde está la habitacion en que os han tenido cautivo.

—Pues bien, cuanto antes liberta á esas desdichadas mujeres, pónlas bajo el amparo de la justicia, devuelve á la jóven la joya y...

—¿Y por qué no habeis de hacer vos todo eso señor? sino me engaño paréceme haberos oido decir que esa dama es una princesa.

Meditó un tanto Yaye.

—Bien, dijo: tiempo sobrado tendremos de pensar en ello. Por ahora búscame una casa segura donde pueda vivir sin ser notado: despues trae una litera cerrada dentro de la cual me trasladaré á mi nueva vivienda, y sobre todo, Harum, un profundo secreto.

El monfí despues de haber recibido algunas otras instrucciones de Yaye, salió de la casa murmurando, mientras se alejaba á buen paso:

—El emir es mi señor único y absoluto desde que el noble Yuzuf renunció en él su poder y su corona. El, solo él, Muley-Yaye-ebn-Al-Hhamar, es nuestro señor, á quien debemos obedecer ciegamente, so pena de traicion. ¿Pero qué pensará hacer el emir?

Dos horas despues salia una litera cerrada del casuco que habitaba Harum: aquella litera entró poco despues en una linda casita de la calle de las Tres Estrellas en el Albaicin.

CAPITULO XIII. De cómo la caridad era una virtud peligrosísima para el poderoso emir de los monfíes Muley-Yaye-ebn-Al-Hhamar.

Llegó la noche, y por cierto, lóbrega y tempestuosa.

Poco despues del oscurecer algunos hombres, como en número de doce, envueltos en largas capas, se extendieron por las calles de San Gregorio el alto y sus circunvecinas y se ocultaron en los dinteles de las puertas.

Al poco tiempo otros dos hombres, embozados tambien hasta los ojos, llegaron á la puerta de la casucha habitada por Harum, y uno de ellos abrió la puerta: el que le seguia entró.

El que habia abierto la puerta lanzó un silbido prolongado, entró y cerró.

Poco despues un embozado, llegó á la puerta y llamó: abriéronle y un hombre que tenia una linterna en la mano, le introdujo en una habitacion del piso bajo. Sucesivamente llamaron y entraron otros cinco hombres.

Cuando estuvieron todos dentro, el hombre que les habia abierto les dijo:

—Seguidme.

Aquel hombre era Harum.

Los seis hombres que habian entrado y estaban desembozados, mostraban los semblantes mas angulares y fatídicos del mundo, bajo las anchas alas de sus sombreros gachos, y las espadas de mas voluminosa empuñadura y mas largos y torcidos gavilanes que podian darse, pendientes de los talabartes: ademas, cada uno de estos hombres, llevaba sujetos á la cintura una daga buida, y dos largos pedreñales ó pistolas.

Aquellos seis hombres eran monfíes escogidos entre lo mas duro y valiente de todas las taifas de monfíes de las Alpujarras.

Aquellos seis hombres siguieron á Harum, que los llevó en derechura á la mina que ponia en comunicacion la casa ocupada por el capitan estropeado, con el palacio de don Diego de Válor.

Cuando estuvieron allí, Harum los extendió por la mina y les dió la consigna siguiente:

—Las dagas en las manos. Si sobrevienen gentes por cualquiera de los dos extremos, se las detiene, y se avisa con un silbido. Si oponen resistencia, obrad como quienes sois. Atencion y silencio.

Volvió á salir por el boqueron, y poco despues apareció con un hombre enteramente encubierto, y tomó la direccion de la escalera que conducia á la casa del capitan.

—Espera, le dijo el hombre que le seguia: ¿se va por aquí al aposento donde he estado preso?

—No señor, contestó Harum, se va por la parte opuesta.

—Pues llévame allá: tengo curiosidad de saber lo que allí puede haber sucedido.

Harum se volvió y condujo á Yaye al lugar indicado.

Al entrar en él notó el jóven que algunos objetos que antes estuvieron sobre la mesa, estaban rotos y esparcidos por el suelo; levantadas las ropas del lecho, como si alguien hubiese buscado algo bajo él y los sillones tirados por el suelo.

Yaye lo comprendió todo; aquellos eran los vestigios del furor impotente de doña Elvira al verse burlada.

—¡Ah! ¡ya lo sospechaba yo! dijo con acento sentido el jóven, porque sin saber por qué, le lastimaba la desesperacion de doña Elvira.

Yaye en su foro interno atribuyó aquel sentimiento á caridad.

Salió de aquella especie de calabozo, y pasó, perfectamente cubierto el rostro con un antifaz, por delante de los seis monfíes, que inmóviles y silenciosos como estátuas, estaban apoyados de espaldas contra la pared á lo largo de la mina.

Treparon por las escaleras que subian hasta la puerta, delante de la cual, por falta de una llave maestra, se habia detenido aquella mañana Harum.

No sucedió entonces lo mismo: el walí, transformándose en ladron, sacó un instrumento de hierro de entre su talabarte, lo introdujo en la cerradura, y sin causar ningun ruido y con gran facilidad, descorrió el fiador, que era de resorte: entonces la puerta giró sobre sí misma sin ruido, y pudo notarse que por la parte de delante, era una verdadera puerta secreta disimulada en la tapicería.

El lugar en que habian desembocado Yaye y Harum era una cámara extensa y sombría, cuyos tapices representaban asuntos de la historia antigua: aquellas gigantescas figuras de fuerte colorido, parecian fantasmas, destacándose débilmente sobre el fondo oscuro, y la alta ensambladura de pino, ennegrecido por el tiempo, acabada de dar á la cámara en aquella situacion y á aquella luz un tinte sombrío.

Los muebles que la alhajaban eran ricos, pero antiguos, y en un ángulo se veia un voluminoso lecho de nogal tallado, intacto, con las cortinas de damasco rojo entreabiertas. Junto á un armario cerrado habia un arnés de guerra limpio y sencillo, y acá y allá, en las paredes, sobre los tapices, algunas excelentes armas, tales como espadas, arcabuces y pistolas.

—Este debe ser el dormitorio del capitan Alvaro de Sedeño, dijo Harum en voz baja á Yaye, y es por cierto para él una fortuna el estar ausente; de otro modo nos hubiera sido preciso estropearle mas. Pero aquí hay tres puertas: esta casa es demasiado grande y yo no la conozco; pues bien, adelantemos á la ventura.

Y se dirigió á una puerta pequeña situada á los piés del lecho, que estaba cerrada, y que abrió Harum valiéndose de la llave maestra.

A juzgar por la facilidad con que Harum manejaba aquel instrumento, cualquiera le hubiese tomado por un ladron de oficio.

Una vez franqueada aquella puerta, nuestros dos exploradores se encontraron en un corredor estrecho, de techo bajo y paredes blanqueadas: siguieron adelante, pero al llegar á la parte media del corredor, les detuvo un gemido de dolor.

—¡Misericordia de Dios! dijo Yaye profundamente afectado; mucho me engaño si ese no es el gemido de un moribundo.

—Y si el moribundo no es una mujer, dijo Harum juzgando por otro segundo gemido.

Apenas habia pronunciado el monfí estas palabras, cuando se oyó una voz timbrada por el dolor, pero juvenil y sonora, que exclamó:

—¡Ah! ¡madre mia! ¡pobre madre mia!

Yaye hizo á Harum una indicacion de que no se moviese, y él solo adelantó hácia una puerta entreabierta, situada en el fondo del corredor.

Yaye miró al interior; la sangre retrocedió de sus extremidades á su corazon, y permaneció inmóvil, mirando y escuchando con toda su alma y sin atreverse á pasar adelante.

¿Qué era lo que habia visto Yaye que asi le interesaba y asi le conmovia?

Vamos á presentarlo á continuacion á nuestros lectores.

Era una cámara tan sombría y extensa como la primera por donde habian pasado Yaye y Harum.

Una lámpara puesta sobre una mesa de mármol, bajo un gigantesco espejo de acero, iluminaba debilmente aquel gran espacio, alcanzando apenas á dejar ver de una manera informe las figuras gigantescas de la tapicería. Una chimenea de mármol, enorme, sostenida por cariátides y con ornamentacion del gusto del renacimiento, se veia al fondo limpia y desprovista de fuego en razon á la estacion, lo que daba á la cámara algo de frio y de extraño: á un lado habia un lecho enorme, semejante al que hemos descrito anteriormente; pero aquel lecho no estaba abandonado; por el contrario, en él estaba una enferma.

Arrojada sobre el lecho, asiendo las manos de la enferma, y llorando y besándola alternativamente, habia una jóven vestida de blanco de extraordinaria esbeltez.

Al frente de este lecho y cabalmente enfilando la cabecera, estaba la pequeña puerta tras la cual escuchaba Yaye.

Ultimamente habia una gran puerta de entrada y otros dos balcones; pero quien se hubiese acercado á ellos hubiera notado que estaban aseguradas sus maderas con barras de hierro fuertemente clavadas en los marcos, lo que demostraba que aquellos balcones no se abrian.

Por lo tanto las moradoras de aquella habitacion estaban condenadas á alumbrarse continuamente con luz artificial.

Todo en aquella cámara tenia los visos de una prision, y de una prision donde se guardaban dolores agudos.

La enferma era efectivamente una moribunda; pero á pesar del estado de demacracion en que la habia constituido la tisis, esa terrible enfermedad que no abandona la presa hasta que la deseca para la tumba, notábase que aquella dama, porque dama era, no habia llegado aun á la vejez: apenas contaria cuarenta años, á pesar de lo cual estaba tan gastada, tan abatida como una anciana de ochenta; las formas de esta mujer, aunque excesivamente descarnadas, constituian por su estructura una gran hermosura, pero una hermosura pasada, empalidecida por los sufrimientos y por la enfermedad: la blancura de este semblante era extremada, como extremado era el negro color de sus ojos, de sus cejas y de sus cabellos.

Una tos seca, penosa, terrible, tos que agotaba las fuerzas y el sufrimiento de la enferma, se dejaba escuchar sin interrupcion; sus ojos tenian un brillo fosforente, el brillo de la fiebre, y estaban notablemente hundidos; la jóven lloraba de una manera silenciosa, desesperada, y de tiempo en tiempo se levantaba, iba á un velador, tomaba una taza de plata y daba de beber á la enferma.

Llegó un punto en que la enferma tuvo un acceso horrible de tos, á la que sobrevino un vómito de sangre: la jóven lanzó un grito de terror y se avanzó á la puerta, que golpeó de una manera desesperada pidiendo á gritos socorro.

—¡Estrella! ¡Estrella! ¡hija mia! exclamó esforzándose la enferma; esto ha pasado... yo creo que dentro de poco, de muy poco tiempo, esto habrá pasado de todo punto.

—¡Ah, madre mia! exclamó volviéndose la jóven, pálida como un cadáver y haciendo retroceder á Yaye que, impulsado por su caridad, habia dado un paso hacia el interior.

Afortunadamente ninguna de las dos mujeres, dominadas por la situacion, le vió.

Estrella, pues asi hemos oido llamar á la jóven por su madre, volvió al lado de esta como impulsada por un poder superior.

—Siéntate á mi lado, dijo con acento solemne la enferma.

Estrella, dominada por el mandato de su madre se sentó en un sillon al lado del lecho.

—Es necesario que tengas valor, hija mia, dijo la enferma: Dios me dice que dentro de muy poco voy á ser libre, que vamos á separarnos.

Estrella rompió á llorar en silencio, y se cubrió el rostro con las manos.

—Pero yo no quiero que murais, no, exclamó levantándose en un movimiento nervioso, que revelaba una fuerza de voluntad á toda prueba: no, no quiero que murais y no morireis.

—Nadie se opone á la voluntad de Dios: por lo mismo y como necesito hacerte graves revelaciones, como me queda poco tiempo de vida, es inútil que ninguno de los infames criados de ese hombre venga á interrumpirnos para traernos un socorro que seria inútil. No llores, esto debias haberlo previsto hace mucho tiempo.

Hubo un momento de solemne silencio.

—He sido muy desgraciada, hija mia, continuó la enferma, y mi mayor desgracia es el dolor que llevo á la tumba, de dejarte sola, abandonada, en poder de ese infame.

—Sin duda, Dios, madre mia, dijo Estrella, ha castigado en nosotras algun gran crímen de nuestra familia.

—Sí, Dios castiga á los opresores con la opresion de sus propios hijos. Altivas, soberbias, poderosas, hemos venido á acabar en esclavas... en diez años de cautiverio horrible... en poder de un demonio. Acércate mas, hija mia; temo que haya tras esos tapices alguien que nos escuche. Lo que tengo que decirte es muy grave.

Estrella se levantó maquinalmente, se arrodilló en el sillon en que habia estado sentada y se apoyó en el lecho.

Durante algun tiempo nada pudo oir Yaye: las dos mujeres hablaban demasiado bajo: aquella conferencia duró mas de una hora, conferencia interrumpida por agudos accesos de tos.

Yaye notó que al concluir la enferma su revelacion, que revelacion debia ser aquella tan recatada, se quitó del cuello una cadena de oro de la que pendia una joya, cuya forma no pudo distinguir Yaye en razon á la distancia.

Luego la enferma siguió hablando naturalmente, pero su voz era ya mas opaca, mas cadavérica.

—Si logras que alguna vez tus parientes castellanos conozcan tu suerte, hija mia, ellos que deben ser poderosos, ellos que deben gozar del favor del emperador, te ampararán y te vengarán, si es necesario que te venguen.

—¡Oh, nada temais, madre mia! ¡nada temais! exclamó con una energia casi salvaje la jóven: ese hombre que os ha hecho probar cuantas desgracias puede probar una mujer, no hará tan infeliz á la hija como á la madre; no, no, lo juro por el Dios que está en los cielos. Vos habeis tenido razones que no solo os disculpan, sino que os honran: vos teniais una hija: yo, si Dios es tan cruel que me os arrebate, no tengo nada que me ligue á la vida: pereceré antes que sucumbir al infame: pereceré, pero pereceré vengándoos: ¡ay del infame aventurero!

—¡Oh señor! ¡señor! exclamó la pobre enferma: ¿Sereis tan implacable que me negueis el consuelo de saber que mi hija queda amparada por sus parientes?

—¡Oh! no es posible alentar ninguna esperanza, madre mia. Yo alentaba una... el jóven aquel á quien pude hablar por un milagro, hace un mes, cuando paramos en un meson, parecia noble y generoso... y sin embargo... ese jóven me ha olvidado... ó no ha podido... ¿quién sabe? ¿y luego qué importa á nadie la suerte de dos mujeres?

Y Estrella acreció en su llanto desconsolado.

Yaye creyó que habia llegado el momento de presentarse: la enferma parecia próxima á su fin, y era necesario que llevase á la tumba el consuelo de que su hija no quedaba desamparada.

Al abrir la puerta, aquella puerta rechinó, Estrella volvió azorada la cabeza, y en su rostro apareció una expresion de espanto: sin duda estaba acostumbrada á ver asomar por aquella puerta un ser terrible.

Pero instantáneamente su rostro se tiñó con un color febril, adelantó rápidamente algunos pasos hácia Yaye, como una hermana que sale al encuentro de su hermano, pero se contuvo por pudor.

—¡Ah! ¡sois vos, caballero! dijo.

—Sí, sí, yo soy, que llego en el momento supremo.

—¡Es él! ¡es él, madre mia! ¡el jóven del meson de las Alpujarras!

La enferma quiso incorporarse, pero no pudo. Estrella asió por una mano á Yaye, como si le hubiese conocido desde mucho tiempo antes, y le llevó junto al lecho: la enferma posó en él sus hundidos ojos.

—¡Oh! dijo! ¡si sois honrado y leal y venís á salvar á mi hija, á librar á una pobre madre de la inquietud mortal de dejarla abandonada en el mundo, que Dios os bendiga, caballero!

—Os juro, señora, proteger á vuestra hija como si fuese mi hermana, dijo con entusiasmo Yaye.

—Acaso vuestro poder no alcance á protegerla.

—Mi poder alcanza á mucho, señora, dijo con suma confianza Yaye.

—Sin embargo, temo por vos mismo. ¿Cómo os habeis introducido aquí? ¿Sabeis quién es el hombre que nos guarda? ¿Sabeis que si por desdicha sobreviniese...?

—Aunque ayudase el infierno á ese infame mutilado, nada podria hacer contra mí.

—Respeto las razones que tengais para apoyar vuestro dicho... pero es preciso ganar tiempo...

—Nada temais... os repito que nada teneis que temer... ved por el contrario qué quereis, qué necesitais.

—¿Qué quiero? ¿qué necesito? exclamó con alegría la enferma: ¿podreis procurarme un sacerdote?

—¡Oh! ¡sí! ¡hola, Harum!

Presentóse inmediatamente á la puerta el monfí, asombrando á las dos mujeres que no acertaban cómo podia ser aquello.

—Al momento, al momento, Harum, le dijo Yaye, acercándosele y hablándole en voz baja: ve por un sacerdote cristiano para auxiliar á un moribundo; que traiga consigo la comunion y la extremauncion; que suba á ocupar tu lugar uno de los otros, y escucha: Yaye habló por algun tiempo en secreto con el monfí.

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¡Dios me inspira: sereis mas que hermanos, hijos mios!

Harum partió.

Yaye se volvió á las dos damas.

—A propósito, señoras, dijo: ¿qué gentes hay en esta casa?

—Debe haber un soldado viejo que sirve al capitan Sedeño, y que es tan infame como él, y dos criadas.

—Y no hay mas gentes en la casa.

—No señor.

—En ese caso llamad á ese criado.

—Pero...

—Llamadle.

Poco despues Estrella, dominada por el acento de confianza de Yaye, llamó á grandes golpes á la puerta de entrada.

Oyéronse lentas y fuertes pisadas tras aquella puerta, luego ruido de llaves y rechinar al fin una cerradura: abrióse la puerta y se presentó un hombre de estatura atlética y semblante avieso que adelantó descuidado, sin reparar por el momento en Yaye.

—¡Vamos! ¿qué quereis? dijo con acento bronco, ¿no es hora ya de descansar? ¿ó es que estamos aquí para andar como un zarandillo de brujas por esa mujer que nunca acaba de morirse?

En aquel momento el hombre que habia entrado y que solo habia dirigido su mirada, en que se veia una impura codicia, á Estrella, reparó en Yaye.

Entonces se pintó en su semblante una expresion feroz, y dirigiéndose al jóven exclamó:

—¿Quién sois? ¿quién os ha introducido aquí?

Yaye, no contestó á aquel hombre: volvióse hácia la puerta por donde habia entrado y exclamó.

—¡Ola! ¡á mí!

Un monfí entró inmediatamente en la cámara.

—¡Oh! ¿qué es esto? gritó el soldado arrojando una feroz mirada á las dos mujeres, y poniendo mano á su daga, única arma que tenia consigo.

—Desarma á ese hombre, dijo Yaye al monfí que habia quedado inmóvil á pocos pasos de la puerta por donde habia entrado.

En este momento la situacion de las personas de nuestro cuadro era la siguiente: Estrella estaba de pié delante del lecho ocupado por su madre; Yaye en medio de la cámara; el soldado servidor del capitan, á pocos pasos de la puerta de entrada, y el monfí que habia acudido á la voz de Yaye, á igual distancia de la otra puerta de servicio.

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Yuzuf Al-Hhamar

Aquella situacion solo duró un momento: el soldado avanzó hácia Yaye, daga en mano, y el monfí, rodeándose la capa al brazo, se colocó de un salto entre el emir y su agresor, recibió una puñalada de este en su capa, le asió, le desarmó, apretándole la mano derecha con la fuerza de unas tenazas de hierro, le doblegó, y quedó inmóvil sujetando al soldado por el cuello.

Este rugia.

—¿Qué mas hombres que tú hay en la casa? dijo Yaye.

El soldado continuó en sus inútiles esfuerzos por desasirse de los puños del monfí, que le oprimia con una fuerza salvaje, pero no contestó.

El monfí comprendió que era una irreverencia punible en aquel hombre, el no contestar á la pregunta del emir, y le apretó el cuello de una manera despiadada.

El soldado lanzó un grito de dolor.

Yaye repitió su pregunta.

—No hay mas hombre que yo, dijo, cediendo á aquella especie de tormento, el soldado.

El monfí comprendió que debia aflojar sus dedos y aflojó.

—¿Y qué otras personas hay en la casa? continuó Yaye.

—Una vieja cocinera y una criada.

—¿Dónde están?

—En la cocina.

—Llévate á ese hombre, dijo Yaye al monfí.

El monfí arrastró consigo al soldado que no se podia valer.

—¿Pero qué quereis hacer conmigo, señor? dijo todo trémulo el soldado.

—Llévate á ese hombre, repitió Yaye: que le aseguren los otros de modo que no pueda escaparse ni gritar, y tú vuelve.

El monfí hizo un esfuerzo y, en silencio, siguió arrastrando consigo asido del cuello y doblegado á aquel hombre, y desapareció por la puerta de servicio.

—¡Ah! exclamó Estrella: Dios ha tenido al fin compasion de nosotras y os ha enviado para salvarnos. ¿Pero nada temeis caballero?

—Nada absolutamente, señora; descansad en la confianza de que sois libres, enteramente libres; ¡ay! ¡Ojalá que como he podido libertaros pudiera devolver la salud á vuestra madre!

—¡Oh! yo soy en este momento muy feliz, caballero, dijo la enferma: no sé por qué creo que vos sereis para mi hija un doble apoyo, un hermano, y muero tranquila.

—¡Oh, madre mia! acaso... si Dios tuviera misericordia de nosotras... exclamó Estrella; ya que hemos encontrado un corazon generoso que nos ampara...

—No, no, hija mia, dijo la enferma con acento débil y cansado... esto se acaba... se acabará dentro de algunos momentos... y luego... quedando tú amparada, me importa poco morir... acercaos, caballero... acercaos.

Yaye adelantó.

—Dentro de poco, dijo la moribunda, mi hija habrá quedado sola sobre la tierra... es demasiado hermosa para que no corra mil peligros... sin embargo, mi hija tiene unos parientes que no la conocen; mi padre el duque de la Jarilla.....

—¡El duque de la Jarilla! exclamó Yaye.

—Yo no puedo deciros lo que quisiera; necesito reconcentrar mis fuerzas para hablaros; me muero... es preciso que concluya... si mi padre hubiere muerto... si los parientes de mi hija no la reconociesen... no la amparasen...

—Vuestra hija, señora, tendrá en mí un hermano, un hermano poderoso.

—¡Un hermano poderoso! exclamó con admiracion la moribunda. ¿Quién sois pues?

—Soy rey de los monfíes de las Alpujarras.

—¡Rey! exclamaron á un tiempo con asombro la moribunda y Estrella.

—Diez mil hombres, tan fuertes y tan valientes como el que acaba de apoderarse del infame servidor de ese infame capitan, obedecen mi voz.

—¡Ah! ¡pero sois moro! ¡sois infiel! exclamó con desaliento la moribunda.

—¿Y bien, un moro no puede ser caritativo y caballero? exclamó con orgullo Yaye.

—¡Oh! si, si, exclamó la enferma con acento inspirado: todo lo espero de vos, todo, y creo, añadió con acento solemne, Dios me lo dice en mis últimos momentos... vos sereis mas que un hermano para mi pobre Estrella... mi pobre Estrella puede ser para vos... la salvacion de vuestra alma.

La imprevista prediccion de la moribunda, hizo sentir á los dos jóvenes una impresion indefinible, misteriosa, desconocida: Yaye miró de una manera involuntaria á Estrella, y encontró los ojos de esta fijos de una manera ardiente en los suyos.

Pero instantáneamente los dos jóvenes bajaron los ojos: Yaye estaba profundamente pálido, Estrella encendida con un magnífico rubor que habia dado á su semblante las tintas de una rosa de Alejandría.

—¡Oh! ¡si! ¡sereis mas que hermano y hermana! dijo la moribunda que habia aspirado la conmocion de entrambos jóvenes.

Luego asió sus manos y las unió.

Dominados por la situacion, por el fuego febril que les comunicaban las manos de la enferma, por un impulso poderoso, los dos jóvenes cayeron de rodillas á los piés del lecho, continuando de una manera fatal con las diestras enlazadas.

—Si, si, continuó la moribunda: Dios me inspira: sereis mas que hermanos hijos mios... sí, pronto ó tarde á pesar de todos los obstáculos que se crucen ante vosotros, sereis esposos.

—¡Esposos! exclamaron con asombro los dos jóvenes.

Y por una fatalidad creciente, sus manos continuaron enlazadas y se estrecharon con fuerza.

La moribunda puso sus diáfanas manos sobre sus cabezas, y los bendijo.

En aquel momento Yaye se levantó, asombrado de lo que pasaba por él: aquella era una complicacion mas en su vida.

Al levantarse, vió que dos monfíes estaban en la cámara.

¿Habia enviado Dios á aquellos hombres para que sirviesen de testigos á aquella especie de casamiento hecho por las manos de una madre moribunda, manos que parecian consagradas por lo solemne de la situacion y por el sufrimiento, casi por el martirio?

Yaye procuró lanzar de sí aquella pesadilla, poniéndose en contacto con la vida real.

Y separándose de Estrella y del lecho, se dirigió á los monfíes.

—Seguidme, les dijo, y desapareció con ellos por la gran puerta de entrada.

—¡Oh! ¿qué habeis hecho? ¿qué habeis hecho, madre mia, exclamó Estrella?

—Obedecer á una inspiracion de Dios, contestó la moribunda: ese jóven será tu esposo, Estrella... ese jóven será el padre de tus hijos... debes consagrarte á él, hija mia...

—Pero si él me desdeñara...

—¿No crees que Dios baje á iluminar los ojos de los moribundos que han sido mártires? dijo la enferma.

—¡Oh madre mia! ¡si os engañárais!... ¡si os engañárais, yo seria muy desgraciada, porque!...

—¿Por qué?

—Porque le amo desde el dia en que le ví en el meson de las Alpujarras.

—Y Dios te ha enviado el hombre que amabas, y á quien no esperabas volver á ver, en el momento en que vas á quedar sola en el mundo... Dios te ha enviado en él un protector... ámale, hija mia, ámale, con toda tu alma; vive solo para él, y, sobre todo, procura apartarle del error; que el amor le convierta al cristianismo, como mi amor convirtió al cristianismo á tu padre, que tambien era rey de un pueblo de infieles: él ha salvado tu cuerpo de la esclavitud; salva tú su alma...

—¡Oh, madre mia!

—Y escucha; si mi padre el duque de la Jarilla te reconoce; si, por un acaso, que bien pudiera acontecer, mi padre no tiene hijos varones; si tú eres la heredera de su nombre y de su grandeza, no reniegues de ese jóven, Estrella mia: recuerda siempre que á él ha debido tu madre una muerte tranquila, la seguridad de que no quedas abandonada, y los auxilios de la religion. Ahora ve, y con la llave que te he dado, abre un cofrecillo que encontrarás en el cajon de aquella mesa. En él está el relato de mis desventuras, que he escrito mientras tú dormias; en estos últimos tiempos; relato que no es otra cosa que la revelacion que te hice antes de que apareciese ese jóven. Hay tambien con ese manuscrito una declaracion de tu padre y su conversion al cristianismo; ademas, tienes mi retrato del tiempo en que yo tenia tu edad; nadie, viendo ese retrato, y conociéndote, puede negar que eres mi hija; ve, recoge esos papeles, guárdalos y déjame que me prepare entre tanto, para recibir al sacerdote del Señor.

Estrella fué á la mesa, abrió su cajon, y buscó en él el cofrecillo y los papeles.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Entre tanto Yaye habia recorrido la casa con los dos monfíes.

Era extensa y rica: estaba perfectamente alhajada en las habitaciones superiores, y se comprendia que quien la habitaba, estaba acostumbrado á vivir con lujo y con grandeza.

Yaye no encontró en ella mas seres vivientes que las dos domésticas de que le habia hablado el soldado prisionero, y á las que encerró en un aposento retirado, y un caballo perteneciente, sin duda, al criado del capitan.

Yaye franqueó la puerta principal de la casa, y lanzó un silbido.

Inmediatamente los seis monfíes que estaban extendidos en la calle de San Gregorio el alto, se agruparon á la puerta.

—¿Habeis visto pasar, les dijo Yaye, al walí Harum?

—Sí, poderoso señor, contestó uno de los monfíes; ha pasado en direccion á San Gregorio.

—Pues bien; esperadle uno en la avenida, y cuando llegue con el viático, decidle que llame por esta puerta.

—Muy bien, poderoso señor.

—Ademas, id por una litera, y tenedla preparada: dos de vosotros entrad; dejad las capas, los sombreros y las armas, como si solo fueseis criados; encended las linternas del zaguan y de las escaleras, y esperad á que llame el walí Harum; los otros á sus puestos.

Yaye se volvió para adentro con los dos monfíes que hasta allí le habian acompañado, y por otra comunicacion, que habia descubierto al registrar la casa, con la cámara del capitan, abrió la puerta secreta y envió aquellos dos monfíes á su apostadero de la mina; luego, se encaminó á la cámara á que correspondia el dormitorio de la moribunda, y miró por la puerta entreabierta.

Estrella estaba inclinada sobre el lecho de su madre y sin duda lloraba.

En la casa, de que por tan completo se habia apoderado Yaye, dominaba un profundo silencio.

Yaye se retiró de la abertura de la puerta y se puso á pasear, profundamente pensativo, á lo largo de la cámara.

Lo que le acontecia era verdaderamente extraordinario.

Su corazon y su cabeza empezaban á no entenderse; sus ideas á embrollarse; recordaba á doña Isabel casada, viuda y vírgen, y esto hablaba á sus deseos; pero seguidamente recordaba á doña Elvira como un sueño de voluptuosidad, como una creacion fantástica, como una mujer divina, á quien habia pertenecido, en cuyos brazos habia apurado inefables delicias, sin recordar su pasado, sin sentir mas que el presente, cuando aun duraba la perturbacion de sus facultades á influjo de la dolencia; despues, y quemándole el corazon como un hierro candente, venia el recuerdo de la princesa mejicana, á quien habia visto por la primera vez de una manera casual, á quien de tan extraño modo, y por tan imprevisto camino habia encontrado de nuevo necesitada de su amparo, al lado de su madre moribunda... luego el poder misterioso, que, ya fuese por la situacion, ya por otra causa distinta, habian ejercido sobre él aquellas dos mujeres; la prediccion de la moribunda, el enlazamiento de sus manos, y aquella bendicion solemne; aquella especie de esponsales en las cuales ninguno de los dos jóvenes se habia obligado por una palabra; pero que estaba casi como aceptada, como consumada por aquel nervioso é involuntario estrechamiento de sus manos, en el acto de recibir la bendicion materna.

Yaye, pues, tenia razon para no saber qué hacer ni qué pensar: habia abandonado por fanatismo á Isabel, habia sido cruel con ella, habia dejado que se llevase á efecto su casamiento con Miguel Lopez. Por resultado de aquel casamiento habia caido él mismo, como herido por un rayo, y habia sido asesinado Miguel Lopez (porque Yaye no sabia otra cosa); entregado á una mujer que le amaba, á doña Elvira, habia llegado de una manera fatal hasta el adulterio, y por último, al verse libre por un acaso, habia caido en poder de otra mujer, con la cual podia decirse, ó al menos la exagerada sensibilidad de conciencia de Yaye se lo hacia creer, estaba moralmente casado; su padre lloraba desolado su pérdida; Abd-el-Gewar, su ayo, estaba igualmente aterrado por la ignorancia de su destino, y por último, influia en él su alta posicion de emir de un pueblo, aunque reducido, enérgico, indomable, valiente, sobre el cual estaban fijas las recelosas miradas del rey de España y de sus lugartenientes en Granada.

A pesar de esto, la virtud culminante de Yaye, la caridad, le retenia allí, en aquella cámara, como protector de dos mujeres tan desgraciadas como aquellas.

La imaginacion, pues, de Yaye, era un caos; una máquina de pensamientos contrarios, que fatigaban su cerebro y le lastimaban; pensamientos embrollados, de cuyo laberinto queria en vano salir; problemas difíciles, cuya resolucion se afanaba en vano por alcanzar; dificultades, contra las cuales gastaba en vano toda su actividad.

Abrióse la puerta de entrada de la cámara, y un monfí con todas las trazas de lacayo, dijo:

—Poderoso señor: el walí Harum y dos sacerdotes cristianos con los suyos me siguen.

—Adelante, adelante, dijo Yaye, despojándose de su gorra, á punto que se oyó la campanilla del viático y se inundó de luces la antecámara.

La puerta se abrió de par en par.

Un sacerdote revestido entró, llevando el copon en las manos; á su lado iba un monago, agitando una campanilla; tras este sacerdote venia otro, que llevaba entre sus manos el santo óleo, y luego un sacristan con una linterna.

El sacerdote que conducía el viático entró en el dormitorio.

Poco despues Estrella salió llorando, y se quedó de pié, en silencio, al lado de una mesa, junto á la cual, silencioso é impresionado, estaba Yaye; el sacerdote que llevaba consigo la extremauncion, quedó en la cámara con el sacristan y los acompañantes del viático.

Durante algun tiempo nada se oyó en el dormitorio; sin duda la moribunda estaba confesando; pero un cuarto de hora despues, se oyó dentro la campanilla. Estrella cayó de rodillas con las manos cruzadas sobre el pecho; los asistentes se arrodillaron á su vez, y Yaye se arrodilló lentamente, y, aunque musulman, rogó á Dios por la salvacion de la moribunda; los dos monfíes que habian quedado á la puerta, se arrodillaron tambien, imitando á su señor.

Y cuando todos estaban arrodillados, cuando todos oraban, cesó de repente la campanilla, se abrió la puerta, y el monago que habia penetrado con el sacerdote, dijo con su voz atiplada de niño de coro, y con la frialdad de quien está acostumbrado á tales situaciones:

—¡Señor licenciado Dávalos! ¡acudid, acudid pronto con la extremauncion, que la enferma se muere!

—¡Mi madre! exclamó Estrella, y dió algunos pasos hácia el dormitorio; pero se detuvo, vaciló, y cayó desmayada entre los brazos de Yaye.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Media hora despues, nadie quedaba en la casa del capitan Sedeño, á escepcion de un cadáver de mujer.

Yaye habia dado con sus monfíes un golpe de mano; habia trasladado, desmayada aun, en una litera, á Estrella, á la linda casa que le habia buscado Harum, y habia mandado retirar los monfíes del subterráneo de la casa del capitan y de la calle de San Gregorio. El criado de Alvaro de Sedeño, y las dos criadas, habian sido conducidos á la casa de Yaye, y encerrados en los sótanos.

Las huellas habian quedado borradas, y nadie hubiera creido que por aquella casa, donde solo quedaba la muerte, habian pasado los monfíes.

CAPITULO XIV. En que se sabe por qué habia dejado su casa el capitan estropeado.

Retrocedamos un tanto á la madrugada del dia anterior, en que el capitan Sedeño habia salido de Granada en direccion á las Alpujarras.

Urgente debia ser el motivo que á ellas le llevaba, puesto que aguijaba su caballo todo cuanto podia correr el animal, sin cuidarse de si reventaria ó no.

Antes de llegar al Padul, entró en una venta, pronunció algunas palabras en árabe al oido del ventero, y le entregó el caballo; poco despues el ventero sacó otro caballo enjaezado con los arneses del primero, montó el capitan, aunque cojo, con la misma facilidad que pudiera haberlo hecho un hombre sano, y tomó de nuevo el camino, con toda la rapidez de que era capaz su nueva cabalgadura.

Cuatro veces mudó de caballo en la misma forma, y antes de las ocho de la mañana, dejando á un lado la villa de Orgiva, tomó por la misma loma y por el mismo barranco que al principio de esta historia vimos tomar á Yaye y Adb-el-Gewar.

Al llegar al bosque de pinos, lanzó un agudo silbido, y algunos monfíes adelantaron.

Mostróles el capitan un pergamino enrollado, leido el cual por el walí que mandaba los monfíes, le hizo desmontar, le vendó los ojos, le prestó su brazo para servirle de guía y de apoyo, y llevando otro de los monfíes el caballo del diestro, se introdujeron en la selva; atravesaron estrechos y pendientes senderos, bajaron á un profundo barranco, treparon por entre las breñas á una gigantesca cueva, y cuando estuvieron dentro, el walí se llevó una pequeña corneta á los labios y dejó oir un toque particular.

Poco despues se vió moverse una enorme roca, y dejar patente una puerta de hierro, abierta tambien.

Entraron el walí, el alférez y el monfí que llevaba el caballo, y la puerta volvió á cerrarse.

Allí imperaban ya las tinieblas: de trecho en trecho una linterna clavada en la pared de una ancha mina abovedada, determinaba una escasa luz: al pié de cada una de aquellas linternas y como centinela, se veia un monfí armado.

A pocos pasos que adelantaron en la mina, el monfí que conducia el caballo torció por una de las galerías que á trechos se veian á derecha é izquierda, y el walí y el alferez, continuaron solos la mina adelante.

Al fin de ella llegaron á un ensanchamiento octógono de muros y bóveda árabe de ladrillo agramilado, á cuyo frente se veia una puerta ornamentada, y delante de ella una numerosa guardia con ostentosos trages musulmanes. El walí que conducia al alférez habló algunas palabras con el walí de la guardia, é inmediatamente aquel abrió con una llave dorada la puerta, dando paso al walí y al capitan Sedeño.

La puerta volvió á cerrarse.

Entonces el walí quitó la venda al capitan.

Se encontraban ya en la parte maravillosa del alcázar subterráneo.

Era una magnífica galería sustentada por arcos calados sobre columnas de alabastro: bellísimas lámparas producian á través de sus velos de gasa una luz languida; cubria el pavimento una muelle alfombra; veíanse de trecho en trecho, é inmóviles como estátuas, esclavos negros, vestidos de púrpura, y era por último, aquella galería, el magnífico ingreso de un alcazar admirable.

Siguieron adelante, atravesando galerías y cámaras, hasta llegar á una, en cuya puerta hizo esperar el walí á Sedeño.

Poco despues salió, y dijo al capitan:

—El poderoso Yuzuf, padre del elegido de Dios Muley Yaye-ebn-Al-Ahamar, emir de los monfíes de las Alpujarras, te espera.

Alvaro de Sedeño entró en una ostentosa cámara, y se despojó respetuosamente de la gorra.

En aquella cámara, pensativo y triste, se paseaba un anciano, sencilla aunque magestuosamente vestido.

Cualquiera al verle con su blanca toca revuelta á la cabeza, su caftan negro y su ancho y flotante albornoz blanco, le hubiera tomado por un patriarca de los antiguos tiempos.

Alvaro de Sedeño adelantó cojeando, y dijo á cierta distancia del anciano:

—Que Dios el Altísimo y Unico, te guarde, poderoso Yuzuf.

El anciano se detuvo, y miró de una manera profunda y severa á Sedeño.

—¿Qué quieres? le dijo.

—Vengo á verte, poderoso Yuzuf, impelido por muchas razones.

—Siéntate, le dijo el anciano, señalándole un divan.

Sedeño se sentó: Yuzuf se sentó junto á él.

—¿Hay en los aposentos cercanos alguien que pueda oirnos? dijo el capitan.

—¿Cual de los mios, dijo con autoridad Yuzuf, se atreveria á exponer su cabeza por satisfacer sus oidos?

—Puesto que nadie mas que tú puede escucharme, dijo el capitan, escúchame, emir.

Yuzuf tomó una altiva actitud de atencion, y el capitan Sedeño empezó de esta manera:

—Será preciso que me otorgues algun tiempo y alguna paciencia, señor: necesito recordarte cosas que tú pareces haber olvidado.

Frunció el cano entrecejo Yuzuf.

—Nada tiene de extraño, que tú, en medio de los cuidados que te cercan, continuó el capitan, olvides los asuntos de un hombre como yo, que comparado contigo en fuerza y en grandeza, soy lo que seria un grano de arena comparado con una roca; por lo mismo reclamo tu indulgencia para mis palabras.

—Al asunto, al asunto, Sedeño, dijo Yuzuf con impaciencia; graves pensamientos me ocupan, y solo me he prestado á escucharte, suponiendo que te traia á mí algun empeño de gran interés.

—Vuelvo á reclamar tu indulgencia, señor, y procuraré ser todo lo breve posible.

Hace cuarenta años, cabalmente los de la edad que tengo, que un matrimonio castellano, fue asesinado entre las breñas de las Alpujarras. El era un soldado hidalgo que iba al pueblo de Orgiva; ella una hermosa jóven de las montañas de Santander: la mujer, cuando fue asesinada, llevaba entre sus brazos un niño. Aquel niño era yo. Los asesinos de mi padre, fueron los monfíes de las Alpujarras.

—Tu padre era enemigo nuestro; un hombre cruel como tú, que perseguia encarnizadamente á los monfíes, y por el cual muchos de ellos perecieron ahorcados en las plazas públicas.

—Bien: comprendo que en mi padre matarais un enemigo; pero mi madre....

—Los cristianos esclavizan, azotan, acuchillan y queman á las moriscas, exclamó sombriamente Yuzuf.

—El delito de otro no disculpa el delito propio, contestó con energía Sedeño.

—Y sin embargo, tú eres un hombre cubierto de delitos.

—No importa eso. Yo extermino á mis enemigos cuando puedo, y procuro satisfacer mis deseos, ni mas ni menos que tú, como todo el que se siente con fuerza y con medios para obrar. Pero volviendo á mi historia: el puñal de los asesinos que no se habia detenido ni ante el valor del padre, ni ante la hermosura y las lágrimas de la madre, y que ciertamente no se hubiera detenido ante la debilidad del hijo, fue contenido por un hombre generoso y valiente: aquel hombre era tu padre, emir entonces de los monfíes.

Enviome misteriosamente á la justicia de Orgiva, es decir, hizo que sus gentes me depositasen una noche en la puerta de la iglesia de la villa, con este papel puesto entre mis ropas.

El alférez sacó una cartera, y de aquella cartera un papel tosco y amarillento.

«Corregidor de Orgiva, decia aquel papel: ahí te dejamos al hijo del alférez Pedro de Sedeño, el cruel, á quien hemos dado muerte en castigo de sus crueldades. Su mujer ha sido muerta tambien por lo que se gozaba en los sufrimientos, en el martirio de nuestras mujeres. Hemos perdonado al inocente, y te entregamos ese niño. Críale con esmero, para lo cual encontrarás todos los meses una cantidad bajo la puerta de tu casa. ¡Y ay de tí si ese niño no recibe la crianza de un hidalgo!—Los monfíes.»

—Ya ves que si mi padre hizo morir á los tuyos, cumpliendo estrictamente con la justicia, te aceptó por hijo.

—Yo he pagado en tí á tu padre mi deuda; he sido un servidor leal; he vertido mi sangre por vosotros, enemigo de mi Dios y de mi rey; yo cristiano y honrado por el rey.

—Sígue, sígue, y concluye.

—Hace quince años, cuando yo tenia veinte y cinco, fuí acometido un dia en que me entretenia en cazar en la montaña, por un crecido número de monfíes: sin herirme, sin maltratarme, me rodearon, se apoderaron de mí, me vendaron los ojos, y asiéndome de un brazo, me condujeron á este mismo sitio. Entonces te conocí, Yuzuf; me dijiste que tu padre te habia encargado que velases por mí, y que cuando llegase á cierta edad, me propusieses si queria pertenecer á vuestro bando; yo sabia demasiado que todo lo que era, las galas que vestia, las armas que llevaba, el oro que guardaba en mis bolsillos, pertenecian á un protector generoso y desconocido. Yo le habia concebido grande y fuerte, y ansiaba conocerle; cuando entré en este subterráneo, cuando te ví delante de mí, todo lo que me rodeaba me deslumbró. Tú entonces, me revelaste la parte que yo ignoraba de mi historia, y me propusiste el que te sirviera de espía entre los cristianos, y en cuanto estuviese á mi alcance y tú me exigieses. Yo era agradecido, á mas de agradecido ambicioso; sabia que mis padres habian muerto fatalmente, y que tu padre me habia salvado; yo no sé si debí rechazar todo lo que viniese de los hombres que habian teñido sus puñales en la sangre de mis padres; acaso debí preferir una vida oscura á las riquezas y al poder que de repente habias desplegado delante de mis ojos; pero, en fin, bien ó mal hecho, juré servirte y te he servido.

—Yo en cambio te he pagado espléndidamente: te compré una plaza de capitan...

—Es verdad; me compraste una plaza de capitan en los tercios del reino y costa de Granada: tú tenias tus proyectos y yo te serví tan bien, te avisé tan á tiempo de cuantas expediciones de soldados salian contra nosotros, que por mi causa blanquean millares de huesos de soldados cristianos, muertos por los monfíes en las profundas ramblas de las Alpujarras.

—Por cada cabeza de cristiano, has recibido un precio Sedeño.

—Es verdad, y no me quejo; pero déjame continuar. Decia, pues, que lo importante de los servicios que te prestaba, te impulsaron á emplearme en mayores empresas. Acababa de conquistar un hidalgo estremeño, Hernan Cortés, con un puñado de aventureros, un rico y poderoso imperio mas allá de los mares. Decíase que en aquel imperio abundaban las perlas y las piedras preciosas, y que en el centro de sus desiertos habia una montaña de oro. Tú necesitabas mucho dinero para llevar adelante tus proyectos de reconquista sobre Granada, y volviste tu pensamiento á Méjico, á aquel imperio recien conquistado, donde, segun fama, el oro y las riquezas se encontraban por todas partes. Tú fuiste uno de los innumerables ambiciosos que extendiste tus garras hambrientas hácia las Indias, ese nuevo mundo, que debia cubrir con su oro los andrajos del mundo viejo. Tenias confianza en mí; te convenia un castellano conocido ya bajo las banderas del rey de España, mucho mejor que uno de tus walíes, para tus proyectos: entonces me compraste una compañía, por mejor decir, me diste dinero para comprar la licencia para reclutarla en las Alpujarras, y para ir á servir con ella en las Indias. Como el dinero todo lo alcanza, tuve la licencia para reclutar en las villas de las Alpujarras la gente: tú mismo escogiste entre los mas feroces, los mas valientes de tus monfíes, cien demonios que debian llevar la desolacion á Méjico, y asegurarte de mi fidelidad. Hace doce años que me embarqué con mi gente ó por mejor decir, con la tuya: en tres años que permanecí en Méjico antes de recibir las heridas que me imposibilitaron para las fatigas de la guerra, uno tras otro monfí, tornó á España trayendo para tí un tesoro.

—Es verdad.

—Ya lo creo. Desdichada la provincia rebelde donde entraba la compañía del capitan Sedeño: desdichada la tribu del desierto que se oponia á su paso. Las cabañas eran incendiadas, los hombres pasados á cuchillo, las mujeres cautivadas, y si á algun cacique se concedia la vida, solo era á trueque de cantidades inmensas, de tesoros que atravesaban los mares, llegaban á España, y venian á sepultarse en tu subterraneo de las Alpujarras. No me puedes negar, Yuzuf, que te he servido bien, que me debes mucho, y que tengo derecho á que me protejas.

—Y bien, ¿cuando te he negado mi proteccion?

—Nunca, es verdad; pero ahora la necesito de nuevo, y creo que me va á ser difícil obtenerla.

—Pide.

—Antes de llegar á mi peticion, es necesario que prosiga mi historia. Hace diez años, estaba de adelantado por el rey, sobre la frontera del desierto mejicano, uno de los señores mas nobles, ricos y poderosos de España; se llamaba don Juan de Cárdenas, y era grande de España, bajo el titulo de duque de la Jarilla. Travé conocimiento con él, por razon de hallarme con mi compañía sobre la frontera, y muy pronto nuestro conocimiento se trocó en amistad. Frecuentaba su casa, comia comunmente á su mesa, y era recibido por él en lo mas reservado, y allí donde no entraban otras personas que su servidumbre.

En una de estas habitaciones interiores habia un retrete, donde pasaba el duque la mayor parte del tiempo, y donde me habia recibido muchas veces. En las paredes de aquel retrete no habia mas que un solo cuadro, pero aquel cuadro, encerrado dentro de un magnífico marco, estaba cubierto por un tapiz negro. Esta singularidad llamó extraordinariamente mi atencion desde el momento en que reparé en ella; al fin un dia, sin meditar si era ó no indiscreto, vencido por mi curiosidad, pregunté al duque la razon por la cual estaba tan lúgubremente velado aquel cuadro.

Los ojos del duque se llenaron de lágrimas.

—Mirad, me dijo, y comprended la razon de su luto y de la tristeza que me devora.

Y levantándose, descorrió el tapiz y me dejó ver el retrato de una dama como de diez y seis años, tan hermosa, que no pude menos de enamorarme.

—Esa, era, me dijo, doña Inés, mi hija única.

—¡Ha muerto! exclamé con sentimiento; porque me habia interesado sobremanera aquel retrato.

—Si, debe de haber muerto, me contestó. Me la arrebataron los idólatras en una sorpresa hace doce años; Calpuc, el terrible Calpuc, el rey del desierto. Debe haber muerto, si; porque ella habrá preferido la muerte á la deshonra.

El duque volvió á correr el tapiz, se enjugó las lágrimas, y yo me abstuve de hablar mas sobre aquel asunto.

Pero desde aquel dia, un proyecto audaz, en que tenia tanta parte el deseo que me habia inspirado doña Inés de Cárdenas, como la ambicion de llegar á ser rico y poderoso por medio de un servicio hecho al duque, me impulsó á una empresa difícil, arriesgada, en la cual se podian contar cien probabilidades de muerte por una de triunfo. Mi proyecto consistia en penetrar en aquellos desiertos erizados de montañas; en aquellas interminables sábanas de arena, en aquellos mares de flores y verdura, que se llaman praderas, y en aquellas selvas brabías, que cubren con su sombra centenares de leguas: buscar en aquella inmensidad á su rey, al terrible Calpuc, y si vivia doña Isabel arrebatársela. Este era un proyecto que por su grandeza halagaba á mi orgullo, y para el cual solo contaba con el indomable valor de los cien monfíes que formaban mi compañía de arcabuceros.

Una mañana al amanecer, sin avisar á nadie, sin pedir licencia al Adelantado, sin decir á mi gente adonde la conducia, pasé con ella la frontera y me interné en el desierto.

Cruzábanse cada dia á mi paso inmensas turbas de mejicanos armados: nos acometian, y cada combate empeñado era para nosotros un triunfo fácil, al que nos llevaban, la codicia á mis soldados, á mí mi ambicioso empeño: las aldeas, ya estuviesen sobre la cumbre de una montaña, ya en centro de una pradera, ya en las entrañas de las selvas, eran arrasadas é incendiadas, los hombres muertos, las mujeres violadas y muertas tambien, para que no nos embarazasen; nuestros indios de carga y los esclavos á quienes dejábamos la vida para que condujesen las riquezas que arrebatábamos á los vencidos, marchaban entre nosotros agoviados con el peso del oro y de las piedras preciosas.

Los bosques eran incendiados por nosotros y nos precedia un torbellino de fuego; de en medio de aquel círculo inflamado, salian con la rabia de la desesperacion, y nos acometian llenos de sed de venganza los indios: nosotros apagamos con su sangre los ardientes troncos que encontrábamos sobre nuestro camino, y seguiamos adelante, como una tempestad, ébrios de riquezas y de sangre. Habíamos atravesado ya inmensas praderas, profundos y bramadores torrentes, selvas que solo habiamos podido hacer accesibles por medio del fuego, y habiamos penetrado, despues de atravesar una barrera de montañas, en una extensa comarca extremadamente fértil y deleitosa; al bajar por las montañas habiamos visto inmensas poblaciones, en medio de las fértiles vegas, y acá y allá antiguos monumentos, que demostraban que aquella comarca hacia centenares de años que estaba poblada.

Aquella era una provincia no descubierta aun por los españoles, porque nadie se habia atrevido á penetrar donde nosotros habiamos penetrado.

En medio de aquella comarca extensa, sobre la llanura engalanada con su verdor, sus corrientes y sus árboles, descubrimos un objeto que nos hizo arrojar un grito de insensata alegría; era un montaña que relucia á los rayos del sol de una manera deslumbrante: aquella era sin duda la famosa montaña de oro, que habia llevado á tantos ambiciosos á la Nueva España.

Ya no hubo medio de contener el paso de los monfíes; precipitáronse por las vertientes sobre la llanura, con la fuerza de la tempestad: las primeras poblaciones que encontramos fueron llevadas á sangre y fuego, y en vano el rey de aquel nuevo imperio, al que no habian podido proteger de nosotros sus triples barreras de arenales, bosques y montañas, habia reunido lo mas fuerte, lo mas valiente de los suyos, para salirnos al encuentro: una y otra vez el rey del desierto, Calpuc, se habia visto obligado á retirarse con enormes pérdidas hácia la montaña dorada, que venia á ser para los monfíes una enseña enloquecedora que triplicaba su valor y sus fuerzas, y les hacia ejecutar hazañas increíbles por lo maravillosas.

Ni uno solo de los míos habia muerto: acobardados los mejicanos por la pujanza española, nos cedian siempre el campo á las primeras descargas de mosquetería, y sus flechas envenenadas se embotaban en los colchados de que mi gente iba provista: al fin Calpuc se vió obligado á encerrarse en la poblacion que le servia de córte.

Era esta pequeña, pero de buena apariencia; defendíala una pared de piedra, con saeteras, y sobre aquella especie de muro, se veia únicamente descollar la casa real y el templo piramidal, sobre cuya cúspide, segun la horrible costumbre de los mejicanos, se veian puestos en palos una horrible fila de cráneos humanos. Mas allá, al poniente de la ciudad, como á unas cuatro leguas de distancia, se veia la montaña dorada, y á lo lejos las extensas praderas y las azules rocas del Oeste.

Podia decirse que aterrada toda la poblacion de la comarca, habia abandonado sus habitaciones y se habia refugiado en la ciudad de Calpuc: franco nuestro camino, aterrados los naturales, que no osaban venir ya en nuestra busca, fue imposible de todo punto contener la codicia de los monfíes, cuyo único afan era llegar cuanto antes á la montaña de oro.

Un año habíamos invertido en penetrar hasta aquel punto desde las fronteras del desierto; un año durante el cual, todos los dias nos habian presentado un combate, una matanza y un rico botin: nos habíamos visto obligados á dejar atrás numeras riquezas por falta de brazos que las condujesen, y veiamos al fin, mis soldados la montaña de oro, yo la ciudad de Calpuc donde, sin duda, si vivia, debia habitar doña Inés de Cárdenas, la hermosa hija del duque de Jarilla, á quien no habia podido olvidar desde que vi su retrato.

Aquella mujer á pesar de que no la conocia, sino por medio de una pintura, habia logrado interesar mi corazon y mi cabeza de una manera profunda. Yo ansiaba para mi amor su hermosura, para mi engrandecimiento su mano. Era de presumir que salvándola yo de los idólatras, su padre no se negaria á dármela por esposa, y que el duque no tendria hijos á causa del estado de su salud, gastada en una vida de contínuas disipaciones: podia, pues, llegar á ser, por medio de doña Inés, uno de los grandes mas grandes de España, á cuya grandeza debian prestar un brillo y un poder inmensos, los tesoros que yo pensaba aportar de las Indias á España.

Urgíame, pues, sobre todo, acometer la ciudad de Calpuc, apoderarme de ella y buscar á doña Inés: un presentimiento tenaz me decia que estaba allí, y algunas veces al ver sobre los terrados de la casa real dos mujeres vestidas de blanco, á quienes acompañaba un solo hombre, y que parecian mirar con interés al campo que habíamos levantado delante de la ciudad, yo me decia: una de aquellas dos mujeres debe ser doña Inés.

En vano pretendí llevar á mis soldados contra la ciudad: la vista cercana de la montaña dorada les fascinaba: al fin un dia se me presentaron en abierta rebelion, y me fue necesario marchar al frente de ellos, dejando á uno de mis costados á la ciudad, hácia el codiciado tesoro.

Pero á medida que nos acercábamos á la montaña esta cambiaba sino de forma, de color: empezábamos á ver el color natural de la tierra entre la cual multitud de cuerpos brillantes destellaban los rayos del sol: al fin una noche en que la luna llena despedia una luz clarísima, la montaña cambió de aspecto: entonces parecia de plata.

Los monfíes empezaron á desconfiar de su portentoso hallazgo, y yo sabia ya á qué atenerme: aquella montaña que á larga distancia parecia de oro, herida por los rayos del sol, y de plata, cuando la iluminaba la luna, no era otra cosa que una cantera de pizarras brillantes.

Sin embargo los monfíes quisieron llegar hasta ella, y solo cuando tuvieron en sus manos aquellas piedras engañadoras, se convencieron de que si querian oro, era necesario buscarlo donde le habiamos encontrado hasta entonces: en las casas y en los templos de los indios.

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