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Los monfíes de las Alpujarras

PRIMERA PARTE. LOS AMORES DE YAYE. (continued 2)

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Aquella era la representacion del despotismo musulman: la profunda zalá ó reverencia con que los buenos creyentes rendian homenaje á su señor, el poderoso emir.

Muley Yuzuf se sentó: Yaye permaneció de pié á su lado.

—Que Dios, el Altísimo y Unico, os guarde, mis fieles y valientes vasallos, dijo Muley Yuzuf desde el divan, y vosotros nobles y sabios xeques de mi consejo, sentaos.

Los xeques se sentaron y los demás se enderezaron.

—Abu-Daly, mi secretario, dijo el emir, volviéndose á un anciano que estaba á la derecha de él, detrás del divan: entrega la gacela que te hemos hecho escribir, al noble Hussan-ebn-Dhirar, nuestro wisir; y tú, añadió dirigiéndose al wisir, lee á nuestros xeques, á nuestros sabios, á nuestros capitanes, lo que segun nuestra voluntad se contiene en esa gacela.

El visir desenvolvió el largo pergamino que le habia entregado el secretario, y empezó con voz solemne y campanuda la lectura, en medio de un profundo silencio.

Muley Yuzuf-Al-Hhamar reconocia segun el contesto de aquella gacela por hijo suyo á Sidy-Yaye-ebn-Al-Hhamar, alegaba las razones que habia tenido para hacerle educar entre los cristianos, y despues exponia su incapacidad, á causa de los años, de seguir gobernando á los monfíes y conduciéndolos al combate, como hasta entonces, por último, expresaba solemnemente su voluntad de abdicar la corona en su hijo, y de que este le sucediese inmediatamente en el mando.

Apenas hubo terminado el wisir su lectura, cuando todos los circunstantes se inclinaron profundamente, y dijeron en coro como si hubieran sido ensayados para ello:

—¡Cúmplase la voluntad del querido de Dios, el invencible, el grande, el sabio, el poderoso Muley Yuzuf-Al-Hhamar!

Entonces el emir se levantó, tomó de la mano á Yaye, le llevó hasta los almohadones que estaban en el centro de la cámara, y volviéndose á Yaye, dijo solemnemente:

—Hijo mio Sidy Yaye, escuchad lo que va á deciros vuestro padre, y luego paseando lentamente su mirada en torno suyo, añadió: buenos muslímes, sabios, xeques, wazires, cadies, walies y caballeros, oid lo que va á deciros vuestro señor.

Todos callaron: ese profundo silencio de la atencion excitada, dominó en la cámara donde estaban reunidos mas de cien hombres.

—El Altísimo quiere que nada sea eterno é inmutable mas que él: la robusta encina envejece, sus ramas estériles dejan de producir hojas y frutos, y el huracan, al que ha resistido durante cien inviernos, le arrebata á cada empuje una de sus ramas secas; pero junto á la vieja encina hay siempre otra encina robusta y jóven, retoño de ella, y sus fuertes brazos cubiertos de verdor, dan sombra y frescura á la tierra que nutre sus poderosas raices. Todo muere; pero el Altísimo ha querido que al invierno suceda la primavera, á un año otro año, á un cadáver un hombre robusto y jóven. Yo soy la encina que se ha secado, yo soy el invierno que concluye: fuerte y sereno me habeis visto resistir al huracan de la desgracia, me habeis visto fuerte contra la adversidad: hoy mi corazon es jóven, pero mi brazo está cansado y débil: como la encina se despoja al fin para no volver á engalanarse con ella de su diadema de verdura, yo me despojo de la corona que heredé de mi padre, y la pongo sobre la cabeza de mi hijo.

El anciano tomó de sobre los cogines la corona, y despues de habérsela ceñido un momento, se despojó de ella y la puso sobre la cabeza de Yaye.

Un murmullo de respeto, una especie de salutacion inarticulada, semejante á uno de esos rezos que se pronuncian en voz baja, salió de las bocas de aquellos hombres.

—Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, continuó el anciano: la corona que os he ceñido es la representacion de vuestro nombre de rey: al ceñírosla he rodeado vuestra frente de magestad, pero tambien la he rodeado de los cuidados del gobierno: desde hoy no vivís para vos sino para los demás: vos no podeis tener amor mas que para vuestra patria: vos no podeis tener ambicion mas que para vuestro pueblo: vos no debeis pensar mas que en gobernarle en justicia, en procurar que algun dia salga del desgraciado estado en que se encuentra, y en que sus banderas puedan recorrer vencedoras y respetadas los extensos ámbitos en un imperio poderoso y feliz. Jurad que sereis justo y guardador de la ley, que vuestros pensamientos y vuestras obras, solo seran por el bien y la grandeza de vuestros reinos.

—Lo juro, señor, contestó Yaye.

Entonces el anciano tomó la espada real, se la ciñó y dijo:

—Mi padre, al ceñirse esta corona que yo he ceñido tambien, y que ahora ciñe vuestra cabeza, se ciñó esta valiente espada: durante treinta años, esta espada ha estado desnuda en las manos de mi padre, y ha brillado sangrienta contra los enemigos del Islam; durante otros veinte años, desde que murió mi padre hasta este momento, mi brazo ha sabido añadir glorias á esta espada: yo os la entrego (y el anciano ajustó el riquísimo talabarte de la espada á la cintura de Yaye), os la doy contra los enemigos de Dios y de nuestro pueblo; jurad que sereis buen caballero, que jamás desnudareis esta espada contra el bueno, ni el desvalido, que en vuestras manos será un rayo exterminador de infieles, pero nunca un hacha de verdugo, que conservareis y aumentareis su gloria, que jamás la desnudareis sin razon, ni la envainareis con mancha.

—Os juro, señor, contestó con altivez Yaye, morir antes que manchar con una traicion, una injusticia ó una cobardía, la noble espada de mis abuelos.

—¡Sed rey! dijo entonces Yuzuf Al-Hhamar; yo en presencia de Dios y de mi pueblo, renuncio en vos la sagrada potestad de que he estado investido durante treinta años; yo espero que mis buenos y leales vasallos no tendrán que maldecirme por haberlos puesto bajo vuestra espada y vuestra voluntad. Lo que he podido daros os lo he dado; lo que resta que daros, pedidlo al pueblo que habeis de mandar.

—¿Me quereis por vuestro rey? dijo Yaye con voz firme y sonora, con la frente alta y resplandeciente de dignidad y de grandeza.

—¡Sí! ¡sí! ¡sí! exclamaron por tres veces, en coro los circunstantes.

—Y en muestra de que asi lo queremos y de que asi antes de ahora lo hemos determinado, dijo Abd-el-Gewar, adelantando hácia el centro: yo gran faqui de los creyentes de España, os ciño la túnica real de vuestros mayores á nombre del reino de Granada.

Y tomando un magnífico caftan negro, que estaba sobre los cogines, le puso por la cabeza á Yaye, despues de haberle despojado de su sencillo alquicel blanco; despues tomó un manto rojo y le puso sobre los hombros del jóven, cerrando sobre su pecho dos magníficos erretes de perlas y diamantes.

—El reino os ha investido con el símbolo de la justicia y de la magestad; el pueblo de Dios espera que sereis justo y grande; el pueblo de Dios, que lucha hace tanto tiempo con sus implacables enemigos, os ayudará, os obedecerá y os respetará como á su rey y señor natural; pero pedirá á Dios que os hiera con el rayo de su justicia si fuéseis cobarde ó tirano.

—Asi sea si yo tal fuere, contestó Yaye.

—Sed, pues, rey.

En aquel momento los cinco alfereces adelantaron: el que tenia el estandarte real de Granada, se colocó á la derecha de Yaye; los otros cuatro tendieron sobre el suelo sus banderas, mirando á las cuatro partes del mundo, segun antigua usanza en la coronacion de los reyes moros, y el escudero que tenia la adarga, adelantó y la puso sobre las astas de las cuatro banderas.

—Desnudad vuestra espada, señor, dijo el justicia mayor del reino, y ponéos sobre la adarga, en señal de que sois rey, y de que de tal manera estareis siempre armado contra los enemigos de nuestra ley.

Yaye desnudó la espada y se puso sobre la adarga.

—¡He aquí nuestro señor, el poderoso, el grande, el temeroso de Dios, Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar! gritó el alguacil mayor.

Todos se prosternaron, y en tanto el alférez mayor del reino, tremolando el estandarte real gritó:

—¡Qué Dios ensalce, y dé prosperidades al magnífico Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar!

Los circunstantes aclamaron á grito herido á Yaye.

Yaye era ya rey de aquel pueblo de extraños bandidos, que vivian entre las breñas, á quienes nadie conocia, y cuyos reyes tenian sus alcázares en las entrañas de la tierra.

Uno tras otro; primero su padre, convertido ya por su voluntad en su vasallo, fueron besando la orla del manto de Yaye, hasta el último caballero.

Quedaba aun la solemne aclamacion delante del pueblo.

Para ello Yaye, con un aparato verdaderamente régio, fue sacado del subterráneo; fuera, en un pintoresco valle á la entrada de la gruta, por donde se penetraba al alcázar, habia un magnífico caballo blanco, cuyas riendas tenian dos esclavos, otra multitud de caballos esperaban á sus dueños: un centenar de esclavos negros vestidos de blanco, llevaban antorchas encendidas; una taifa como de mil monfíes, armados de ballestas y espadas, formaban á un lado del pequeño valle.

La noche era clarísima: la luna brillaba en toda su plenitud, en medio del cielo, y á lo lejos se escuchaba el ténue quejido del mar, en su eterno romper contra la ribera.

Las antorchas eran mas bien un lujo que una necesidad.

Inmediatamente la cabalgata real se formó, la mitad de los monfíes armados rompieron la marcha, y la otra mitad siguió á la comitiva.

Quien hubiera visto aquellas antorchas vagando por la montaña en medio de la noche, aquellos estandartes, aquel rey coronado, aquellos caballeros vestidos de blanco y armados de largas lanzas, aquellos dos tercios de ballesteros que marchaban silenciosos delante y detrás de aquella córte, hubiera creido que el alma en pena de Boabdil el Zogoibi, habia salido de su tumba rodeada de sus cortesanos y de sus soldados para vagar sobre las breñas de las Alpujarras, en lo mas intrincado de la toha de Juviles, y llorar durante la noche su perdida Granada.

Al cabo de media hora de marcha, el nuevo rey, su córte y su guardia, llegaron á la cumbre de una ancha colina; el terreno de aquella colina no se veia; estaba cubierto de hombres; eran los monfíes de las Alpujarras, que en número de diez mil, habian sido avisados por sus xeques para asistir á la proclamacion pública y al reconocimiento del nuevo rey.

Cuando estuvieron en el centro, el alguacil mayor leyó el acta de la abdicacion de Yuzuf-Al-Hhamar.

Despues el alférez mayor ondeó el estandarte real, y proclamó á Yaye.

Los monfíes respondieron con una aclamacion inmensa y el viento de la noche fué á llevar á los lugares cercanos el estruendo de los añafiles, las dulzainas, los atabales y las atakebiras, tañidas en honor del nuevo emir de los monfíes Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar.

Despues la comitiva real se volvió al alcázar subterráneo, y los diez mil monfíes divididos en taifas, se encaminaron á cubrir sus apostaderos en toda la extension de las Alpujarras, que habian abandonado por algunas horas, para ponerse de nuevo en acecho de los cristianos.

CAPITULO IV. Lo que eran los monfíes.—Yuzuf cuenta su historia á Yaye.

Ya era la media noche.

Yuzuf Al-Hhamar, se ocupaba en recorrer el alcázar mostrándole á su hijo. Yaye se habia admirado mas de una vez y sucesivamente se admiraba mas y mas.

Todo lo que le habia acontecido desde el dia anterior era extraordinario; habia momentos en que se creia entregado á un sueño; á uno de esos sueños que nos llevan de prodigio en prodigio á un punto tal, en que ya demasiado violentada nuestra fantasía nos obliga á despertar.

Yaye habia alentado mas de una vez ambiciosas aspiraciones; muchas veces al contemplar al pueblo moro tan abatido, tan abyecto, tan tiranizado por los cristianos, habia pensado en que tarde ó temprano aquel pueblo preferiría la muerte al sufrimiento cruel, lento, continuo, y se sublevaría; siempre pensando en una sublevacion de los moriscos, habia pensando en hacerse su caudillo á fuerza de valor y de sacrificios; su valiente fantasía habia pensado en el triunfo: ¿qué oprimido no sueña alguna vez en vencer á sus opresores? y despues del triunfo habia soñado en una corona.

Aquella corona se le habia venido á las manos de una manera extraordinaria, antes de la insurreccion y del triunfo. Yaye, preparado ya por el conocimiento de su alto origen y por sus pensamientos ambiciosos, habia sostenido sin encogimiento, y como lo hubiera hecho un príncipe heredero, educado al lado de su padre en su misma córte, el alto papel que habia desempeñado en la abdicacion de Yuzuf.

Es cierto que Yaye conocia á Yuzuf; le habia visto desde su infancia todos los años en la estacion de los calores en Granada, pero á pesar de que Yuzuf le habia tratado siempre con el cariño y la tierna solicitud de un padre, Yaye no habia visto en él mas que un anciano amigo de su venerable ayo Abd-el-Gewar; nunca habia llegado á concebir que aquel viejo de larga barba blanca, de semblante pálido y melancólico, de ojos negros y hermosos, dulces, cuando miraban á Yaye, bravíos y terriblemente feroces, cuando se lamentaba en presencia del jóven de las desgracias de la patria, nunca habia pensado Yaye, repetimos, que Yuzuf fuese su padre, y mucho menos que sobre aquella cabeza encanecida por los años y por las desgracias se asentase una corona.

Sin embargo, habia llegado el dia en que Yaye supiese que Yuzuf era su padre, y á mas de su padre rey de los monfíes.

¿Y qué eran los monfíes? ¿Salteadores como parecia indicarlo su nombre, ó soldados valientes é indomables de un pueblo vencido que sostenian aun con un teson incansable la bandera del Islam?

Para contestar á esta pregunta que suponemos nos haran nuestros lectores, necesitamos remontarnos á la conquista de Granada.

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En el año de 1492 los reyes de Castilla y de Aragon doña Isabel y don Fernando, terminaron con la conquista de Granada, la tenaz guerra de restauracion contra los árabes, empezada por don Pelayo en Covadonga, y sostenida durante siete siglos por los condes soberanos, los reyes y los señores de España, á vueltas de sangrientas disensiones intestinas; habian puesto al fin el sello á su poder y á su grandeza, constituyendo un solo reino de los diferentes Estados de España, y añadiendo á su corona por fuerza de armas el reino moro de Granada, por cuya conquista el papa Alejandro VI los denominó por excelencia los Reyes Católicos; eran al fin señores de aquel último refugio de los restos del gigantesco imperio fundado por Tarik y sostenido con tanta gloria por los califas Omniades.

Ya desde las columnas de Hércules hasta las fronteras de Portugal, por una parte, y por otra, hasta los ásperos Pirineos, resonaba la voz de un solo señor, y la salmodia de un solo rito; la unidad religiosa y la refundicion de tantos reinos en una sola corona, eran un hecho consumado con la conquista de Granada y con la existencia de un descendiente de los Reyes Católicos.

Las pretensiones de la Beltraneja, de aquella desgraciada princesa, cuya legitimidad y cuyos derechos á la corona de Castilla son aun un misterio, habian muerto en la batalla de Toro, y doña Juana la Beltraneja, la excelente señora, como la llaman las crónicas portuguesas, se habia separado del mundo tomando el velo de esposa del Señor, en el convento de Santa Clara de Coimbra. Ningun obstáculo existia ya delante del astro esplendoroso de los Reyes Católicos, y como si esto no bastase, un hombre oscuro, un pobre piloto genovés, Cristóval Colon, habia arrojado á sus plantas el imperio de un nuevo mundo, que habian ocultado hasta entonces los mares de Occidente. Las naciones mas poderosas miraban con espanto el poder de los Católicos monarcas; la victoria reposaba cansada sobre sus pendones, y una extensa y pacífica monarquía era el sólido fundamento de su poder y de su grandeza.

Sin embargo, á veces en el corazon de un robusto cedro vive un insecto roedor é incansable que no se ve, que no se adivina, pero que trabaja en silencio, que adelanta en su afanosa tarea y que logra acaso atacar la vitalidad del robusto tronco que le contiene.

Tambien bajo el esplendoroso manto de victoria de los Reyes Católicos se ocultaba una carcoma activa y roedora, un elemento hostil, pertinaz, bravío, incansable; una raza vencida, pero malcontenta con el yugo, ansiosa de sacudirlo: esta raza era el pueblo moro, á quien se habia concedido una capitulacion honrosa, á quien se habia conservado el derecho de la pacífica posesion de sus propiedades, de la práctica de su religion, de su idioma, de sus leyes, de sus costumbres, á la manera que Tarik y Muza habian dejado siete siglos antes á los godos y solariegos vencidos, iguales derechos y franquicias.

Pero si los árabes habian respetado religiosamente sus pactos con los españoles subyugados, no habia sucedido lo mismo (rubor causa confesarlo) respecto á las estipulaciones concluidas entre los vencedores reyes de Castilla y Aragon, y el vencido rey de Granada. El fanatismo cristiano fue para con los moros infinitamente mas intolerante que lo habia sido el fanatismo musulman con los solariegos; los Reyes Católicos, dominados por sus confesores, pertenecientes al clero mas feroz de que puede encontrarse ejemplo en la historia, empezaron muy pronto á faltar á los solemnes tratados concluidos con el rey moro de Granada. Ya, poco despues de la conquista, (30 de marzo de 1492) habian expedido un decreto de expulsion contra los judíos, decreto que arrojó de Granada y del reino, cincuenta mil familias industriosas y opulentas; los moriscos miraron esta medida tomada contra los judíos con un profundo recelo; no podia ocultárseles que tras la expulsion de los judíos, se pensaria en expulsarlos á ellos mismos, ó lo que era peor, de reducirlos por fuerza á una religion extraña, á usos, á costumbres enteramente opuestas á las suyas; el tremendo tribunal de la Inquisicion, creado poco tiempo antes, se habia establecido en Granada; los frailes cristianos se habian atrevido á penetrar en sus mezquitas, para predicarles la religion del Crucificado, y como estas misiones no habian producido conversion alguna, empezaron las mas odiosas persecuciones; las mezquitas fueron ocupadas por el vencedor, con abierta infraccion de las capitulaciones, y convertidas en iglesias; se pretendió obligar á que volviesen al cristianismo los descendientes de cristianos que habian abrazado el mahometismo, gentes que se conocian entre los moros con el nombre de elches, y estos se negaron enérgicamente, apoyándose en las capitulaciones de la conquista, á pesar de las cuales fueron perseguidos y obligados.

Por consecuencia el Albaicin se sublevó en masa, y fue necesario que el conde de Tendilla, capitan general á la sazon del reino y costa de Granada, apelase á la fuerza y á la artillería; los principales de los sublevados fueron duramente castigados á sangre, y los moriscos, aterrados por el castigo, doblaron la cerviz y aparentaron una sumision que no sentian; esto en cuanto á los moriscos de Granada y de las aldeas de la vega, que en cuanto á los de las Alpujarras, gente indómita y brabía, se alzaron de una manera imponente, degollaron á los cristianos que hubieron á las manos, se apoderaron de las fortalezas y se declararon en abierta rebelion.

Fue necesario que el mismo don Fernando el Católico acudiese á cortar aquel incendio; logrólo no sin trabajo; entregáronle los moriscos gran número de rehenes y se obligaron á pagar á la corona en el término de dos años cincuenta mil ducados, dejándose bautizar por añadidura; pero al mismo tiempo que se sofocaba la rebelion en las Alpujarras, brotaba otra en la Serrania de Ronda y se extendia rápidamente á Sierra Bermeja. Aquella sublevacion costó la vida á uno de los primeros capitanes de los Reyes Católicos: á don Alonso de Aguilar, hermano mayor del Gran Capitan Gonzalo Fernandez de Córdoba.

Aquella sublevacion fue sofocada tambien aunque con mas trabajo y mas tiempo, y al fin no quedó en España un morisco de las poblaciones que no estuviese bautizado y que públicamente no profesase la religion católica.

¿Qué mucho? Ellos se habian visto obligados á escoger entre el bautismo y las hogueras de la Inquisicion.

Eran, pues, cristianos á la fuerza, de una manera externa, y en el fondo de sus corazones aborrecian á muerte al odioso conquistador.

Pero si bien los habitantes de las poblaciones, los que poseian terrenos ú oficios, los que para conservar sus bienes se veian obligados á someterse al yugo, practicaban el cristianismo, habia un número considerable de gente suelta, nómada, como los antiguos árabes del Yemen, que preferian la lucha con el vencedor y sus peligros á someterse vergonzosamente al yugo. Estos moriscos, ó mejor dicho, estos moros, porque solo se llamaba moriscos á los convertidos, no entraban en las poblaciones, sino para saquearlas; vivían en la montaña, se albergaban ya en las cuevas de las rocas, ya bajo sus tiendas de cuero, activos siempre, siempre dispuestos al combate y feroces y terribles hasta el punto de causar terror á los mismos moriscos de quienes habian sido hermanos.

Estos eran los monfíes.

Decíase á la ventura, porque nada podia asegurarse acerca de ellos, que estaban organizados en tahas ó distritos, que cada una de estas tahas estaba gobernada por un xeque (anciano) que todos estos xeques obedecian á un emir (príncipe) y que este emir tenia junto á sí walíes, wazires y alimes (capitanes, consejeros y sabios); abultábanse el poder y las riquezas de este pequeño rey de diez mil soldados, que erraban por las montañas y estaban sujetos á su ley, ó por mejor decir á la ley alcoránica á cuyo título los regia; hablábase de sus palacios subterráneos, aunque nadie los habia visto, y de las maravillas que estos alcázares encerraban; pagábanle tributo las poblaciones de la montaña porque no las invadiese, las saquease ó tal vez las llevase á sangre y fuego, como habia acontecido con alguna que habia resistido al pago del tributo, y el solo nombre del emir de los monfíes bastaba para imponer terror á los mas alentados.

A pesar de esto los monfíes eran una especie de duendes, unos seres misteriosos á los que nadie habia visto, puesto que los que los veian durante la sorpresa de una poblacion, ó en los desfiladeros de la montaña ó en las profundidades de una rambla, morían; pero las huellas de aquella gente feroz quedaban señaladas de una manera horrorosa, ya en los humeantes escombros de una aldea arrasada, ya en el cadáver de algun imprudente viajero, arrojado en los linderos de un camino, ya en las cabezas de los cuadrilleros de la Santa Hermandad ó de los soldados de los tercios reales, que habian ido en su busca: despojos sangrientos que llevados durante la noche á las poblaciones, solian aparecer al dia siguiente en las puertas de las iglesias.

Ya este, ya el otro capitan general de la costa y reino de Granada habian pretendido dar caza á estos terribles monfíes; pero si la fuerza expedicionaria era respetable, nunca tropezaba con ellos, y si era escasa, poco despues los restos ensangrentados se encontraban entre las quebraduras, ó crucificados, asaeteados, ó empalados en los caminos.

Llegó el caso de que las tropas empleadas en su persecucion se limitasen solo á salir ostentosamente de las poblaciones para esconderse despues en la primera breña que encontraban al paso, para volver al dia siguiente diciendo que no habian dado con los monfíes.

La existencia de estos, pues, no se conocia mas que por la exaccion periódica de los tributos, que los habitantes cuidaban de ir á poner en los lugares indicados en los edictos que en ciertas épocas del año aparecian clavados en las puertas de las iglesias ó por este ó el otro cadáver que encontraban acá y allá con suma frecuencia.

Por lo demás eran unos verdaderos duendes á quienes nadie habia visto, pero cuya influencia se sentia, y sobre todo se temia. Tales eran los monfíes de las Alpujarras.

Yuzuf-Al-Hhamar-abu-Yaye era su rey.

¿Quién era este rey?

El mismo nos lo va á decir.

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Yuzuf, despues de haber mostrado á su hijo todas las maravillas del alcázar subterráneo, le condujo á un departamento separado: era el harem.

Mas de una magnífica hermosura, jóven y pudorosa, habia levantado la cabeza adormida de sobre un divan, al sentir los pasos de su señor; Yaye vió con una indiferencia verdaderamente ascética aquellas niñas que se ponian de pié cubriéndose con sus velos y bajando las frentes ante la presencia del padre y del hijo: Yuzuf vió con placer que Yaye era un espíritu fuerte, noblemente levantado sobre las miserias humanas.

Hay que tener en cuenta para apreciar su indiferencia, y casi su hastío, que Yaye solo contaba veinte y cuatro años, que las mujeres, junto á las cuales de retrete en retrete y precedido por esclavos mudos, le llevaba su padre, eran jóvenes, deslumbrantes de belleza, la mayor de las cuales apenas llegaria á los diez y ocho años, africanas las unas, asiáticas las otras, bellezas de ojos negros, cabelleras brillantes, talles flexibles, y aspecto de pureza y de candor: algunas de ellas admiradas de la hermosura de Yaye fijaban en él una mirada dulcemente curiosa, y volvian á inclinar la vista cubiertas de rubor.

Yuzuf hizo conocer á Yaye muchas esclavas: habló con cada una de ellas, no con el acento impuro é imperativo de un déspota musulman, sino con el acento dulce de un padre.

A cada una de ellas decia tambien señalándolas á Yaye.

—Este es mi hijo: este es vuestro señor.

Las esclavas al escuchar esta frase callaban, cruzaban sus brazos sobre el pecho y se inclinaban.

Cuando hubieron salido del harem, Yuzuf dijo á Yaye:

—Las mujeres que acabas de ver son tus concubinas, estan destinadas para tí; un rey debe tener en su harem las mujeres mas hermosas del mundo.

—Yo jamás tendré esclavas para el amor, dijo brevemente Yaye.

—Yo siempre he tenido vírjenes en mi harem, dijo Yuzuf, pero jamás esclavas impuras: han sido mis hijas: con ellas he premiado el valor de mis guerreros, haciéndolas sus esposas; en vez de hacer de una esclava una mujer impura, he hecho buenas madres de familia. Solo he amado una mujer, y aquella mujer era mi esposa.

—¡Mi madre! ¡Oh! ¡en verdad, señor, que nada me habeis dicho de mi madre!

—¡Oh! no he querido hablarte de ella, hasta hacerlo en el sitio á donde te voy á conducir: ven.

Al pasar por una habitacion, cuyas puertas estaban fuertemente cerradas, Yuzuf se detuvo.

En aquella habitacion habia seis fuertes y enormes arcas de hierro.

Yuzuf abrió una de las arcas; estaba llena de doblas de oro.

—Yo creí, señor, dijo Yaye, que me habiais traído al lugar en que debíais hablarme de mi madre.

—¡Cómo! ¿no te maravilla saber que eres dueño de tantas riquezas?

—Las riquezas solo deben servir para hacer el bien de nuestros hermanos: de tal manera las aprecio: consideradas de otro modo me causan hastío.

—Te he dado una corona y la has recibido sin envanecerte ni asombrarte; te he presentado mujeres, por cualquiera de las cuales arderia en fuego impuro, un morabitho[5] apartado del mundo, y las has visto sin conmoverte; te he hecho ver el brillo del oro, y no te has asombrado, ni ha nublado tu rostro la palidez de la codicia. Eres digno, hijo mio, de ceñir mi espada y mi corona, digno de vengar á tu madre.

—¿De vengar á mi madre habeis dicho, señor?

—Silencio: aun no hemos llegado, sígueme.

Yuzuf cerró cuidadosamente otra puerta, atravesó con Yaye una larga y estrecha mina, y llegó al fin de ella á una puerta maravillosa, tanto por su labor como por las ricas maderas y preciosos metales con que estaba construida, sacó una llave de oro de entre sus ropas y abrió aquella puerta.

El retrete á que aquella puerta daba entrada era pequeño, pero resplandeciente; una lámpara de cuatro luces, suspendida de la cúpula, hacia brillar el oro de las labores sobre fondos esmaltados, el bruñido mármol de las columnas, y la tersa superficie de los mosáicos, de los que arrancaba cien cambiantes; alrededor de este retrete habia un ancho divan de seda y oro, y al fondo un magnífico arco primorosamente labrado y cubierto enteramente por la parte interior por una cortina de brocado, que ocultaba completamente lo que tras aquel arco existia.

Yuzuf se sentó en el divan y atrajo á sí á Yaye.

—Siéntate, le dijo.

—¿Ha llegado el momento de que me hableis de mi madre?

—Aun no: antes es preciso que conozcas la historia de tu padre.

—Os escucho, señor.

El anciano empezó su relato de esta manera:

—Mi edad ha pasado de los sesenta años, el dia en que Granada, destrozada por las guerras civiles, vendida por el cobarde Muley Abd-Allah, su último rey, se entregó á los cristianos, tenia diez y seis. Mi padre era uno de los héroes de nuestro pueblo, mi padre era el infante Muza-ebn-Abil-Gazan, hijo bastardo de Muley Hhacem, y hermano de Boabdil el desdichado.

Me acuerdo perfectamente del fatal dia en que despues de haber entregado las llaves de Granada al rey don Fernando en las orillas del Genil, Muley-Abd-Allah se encaminó con su familia y con los que quisieron seguirle á las Alpujarras.

Nuestras mujeres lloraban, lloraban nuestros viejos y nuestros soldados cabizbajos y avergonzados marchaban en silencio, sin atreverse á volver el rostro para mirar á la hermosa ciudad, entre cuyos escombros no habian sabido perecer como valientes.

Asi en paso tardo como el de quien se aleja por la fuerza del objeto de su cariño, llegamos al alto del Padul.

Era el último lugar desde donde podíamos ver á Granada: el rey revolvió transido de dolor su caballo, y se arrojó de él. Luego se prosternó mirando á Granada y lloró: todos nos habíamos prosternado; todos llorábamos menos una mujer: aquella mujer estaba de pié, altiva, serena, pero profundamente pálida: aquella mujer era la madre de Muley Abd-Allah: la sultana Aixa-la-Horra.

Aun me parece que la veo de pié en medio de nosotros, como un genio fatal; aun me parece que escucho sus altivas y terribles palabras.

—Llora, dijo al rey, llora como una débil mujer, la pérdida del reino que no has sabido defender como hombre.

Al escuchar el severo acento de su madre, el rey se alzó, lanzó una mirada suprema á Granada, exhaló un grito de dolor, se cubrió el rostro con las manos, y luego, montó de un salto á caballo, le revolvió hácia las Alpujarras, y apretándole los acicates partió á la carrera.

Todos le seguimos como una tromba: la desesperacion nos impulsaba, y doblamos la falda de la montaña, con el estruendo y la rapidez del viento de la tempestad.

Yo cabalgaba al frente de nuestros soldados y de nuestros ginetes, agoviado bajo el peso de un doble é intenso dolor: salia desterrado de la ciudad en donde habia nacido, y el noble infante mi padre, habia desaparecido sin que nadie supiese lo que habia sido de él: acaso habia ido á buscar la muerte en alguna aventura desesperada, yendo solo á hacerse matar por los cristianos, encubriendo su nombre, como un moro cualquiera: acaso habia huido para no ver la deshonra de su pueblo, la rendicion á los castellanos, la Alhambra en poder de los infieles, la vergüenza en la frente del cobarde rey; acaso yo no debia volver á ver á mi padre.

Junto á mí; triste y pensativo como yo, cabalgaba el valiente Ali Huseín, alferez de mi padre, que en otros tiempos habia llevado su bandera de infante á la victoria.

Algo mas allá del Padul, Ali Huseín, detuvo su caballo y me dijo:

—Poderoso señor, tu padre quiere que nos separemos del rey y de sus gentes.

—¡Mi padre! exclamé: ¡pues qué! ¿sabes tú de mi padre?

—Tu noble padre nos espera en la montaña, me contestó.

Y puso su caballo en demanda de otro camino: yo le seguí con el corazon alentando apenas; nuestros parientes, nuestros soldados y nuestros esclavos me siguieron: eramos mas de quinientos.

Mi padre se nos presentó de repente, se nos dió á conocer, y se puso á nuestra cabeza en un camino que se internaba en la montaña, y que á medida que adelantábamos se estrechaba hasta el punto de que nos fue necesario echar pié á tierra y marchar uno en pos de otro.

Mi padre iba delante.

Caminamos todo el dia en silencio por ásperos desfiladeros, viendo á nuestros piés valles profundísimos por cuyo fondo se precipitaban rios convertidos en torrentes por las lluvias del invierno, y sobre nuestras cabezas montañas cubiertas de nieve: sobre las colinas levantaban las tristes y altísimas copas solitarios pinos, y en el fondo de las estrechas vegas, en las vertientes de la montaña, bravíos bosques de deshojadas encinas.

Ni una aldea, ni una habitacion humana, ni aun la choza de un pastor, vimos durante el dia desde el camino por donde nos guiaba mi padre. Solo se escuchaba el graznar de las águilas, el ahullar de los lobos hambrientos, el rugir de los torrentes y el zumbido del viento entre las quebraduras de la montaña.

Llegó la noche y con ella llegamos á una cumbre ancha, árida, cubierta de nieve, desde la cual se veian otras muchas cumbres que se levantaban en anfiteatro hasta el altísimo pico de Muley Hhacem[6]. Tampoco se veia desde allí ninguna habitacion humana.

Detúvose allí mi padre y descabalgó: todos descabalgamos, y durante los primeros momentos de descanso, nuestras mujeres y nuestros esclavos descansaron.

Despues mi padre llamó en torno de sí á los guerreros de nuestra familia.

—«Hemos sido arrojados de nuestros hogares, nos dijo, y ya no tenemos patria: somos vencidos: el vencedor nos ha asegurado nuestras propiedades, nuestra religion, nuestras leyes y nuestras costumbres, por medio de una capitulacion: esa capitulacion que algunos creen honrosa y estable, no vale mas ni es mas fuerte que el papel en que está escrita: la mano del vencedor procurará pasar primero por cima de ella, y cuando aleguemos los capítulos concertados con los reyes de Aragon y de Castilla, la mano del sacerdote cristiano rasgará la capitulacion, y los soldados de los reyes de España, nos impondrán la sumision por la fuerza. Todo lo hemos perdido, todo: patria, religion, leyes, costumbres, haciendas: nos espera una suerte semejante á la de los judíos: la esclavitud y la vergüenza.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Resistamos con valor la inclemencia de los hados: si vivimos en los pueblos, allí nos vigilará el recelo del vencedor, que tendrá siempre el atento ojo sobre nuestros semblantes para medir su alegría ó su tristeza: si nos reunimos en mucho número recelaran; si evitamos reunirnos, recelaran tambien: acecharan por las rendijas de nuestras puertas para sorprender el pudor de nuestras mujeres, y procuraran apartar nuestros hijos de nuestro amor y de nuestras costumbres.

Debemos vivir lejos de los cristianos, y acecharlos incesantemente, en vez de ser acechados: debemos preparar el dia glorioso de una reconquista, si no para nosotros, para nuestros hijos: debemos continuar siendo fieles observantes de la ley, buenos musulmanes; en los pueblos no podríamos serlo: pero por fortuna la montaña es áspera, tiene guaridas desconocidas donde podremos ocultarnos, y desde las cuales seremos el terror del vencedor: es necesario que olvidemos el regalo de nuestras casas de Granada, las suntuosas fiestas, las alegres zambras: nuestros jardines seran las desnudas ramblas de las Alpujarras; nuestras zambras el combate continuo con el cristiano: que el que se aventure en la montaña muera, y que los cobardes habitantes de las poblaciones paguen tributo al rey de la montaña.

En una palabra, desde hoy, si quereis seguir mis consejos, seremos monfíes.»

Concluyó mi padre, y los mas ancianos, los mas prudentes de la familia aprobaron su parecer.

Pero era necesario que aquel nuevo pueblo que habia elegido para su residencia las grutas de las montañas, y por ejercicio la continua guerra con el cristiano, tuviese á su frente un caudillo que les gobernase.

Mi padre fue elegido unánimemente emir de los monfíes.

Un resto de la familia real de Granada, guarecido entre rocas y desfiladeros, no rendia vasallaje al vencedor del reino de Granada; los demás se arrojaban á sus piés en un cobarde vasallaje, ó se desterraban voluntariamente del suelo que les vió nacer, pasando al Africa.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Anduvimos sin cesar por ásperos senderos durante aquella larga noche, alumbrados por la clarísima luna del mes de las nieves, y al amanecer llegamos al centro de un espeso pinar delante de la boca de una lúgubre gruta.

Esa gruta es la misma en que ahora te encuentras, hijo mio.

Dentro de esta gruta, mi padre construyó el alcázar subterráneo del emir de los monfíes.

—Pero segun las cámaras que he visto antes de llegar á esta, dijo Yaye, si he de juzgar por el régio esplendor que nos rodea, este alcázar es tan rico como la Alhambra; para construirlo han debido gastarse tesoros incalculables.

—Mi padre, continuó el anciano Yuzuf, previendo á tiempo la conquista, habia vendido sus tierras, sus alquerías, sus castillos: el precio de estos, aunque enorme, no bastaba ciertamente para la construccion de este alcázar maravilloso, del cual solo has visto una pequeña parte. Pero los monfíes hacian la guerra al cristiano y con mucha frecuencia penetraban en las villas mas populosas y ricas de las Alpujarras, las entraban á saco y se volvian cargados de botin: el quinto de las presas era de mi padre: ademas, justo era que los que habian inclinado cobardemente su cabeza bajo el yugo del vencedor, los que se habian convertido de miedo (porque los cristianos tardaron muy poco en faltar á la fe de las capitulaciones), justo era que los que habian renegado vilmente de su Dios, contribuyesen al sostenimiento de los valientes moros que habian rechazado toda servidumbre, todo envilecimiento, toda apostasía, prefiriendo una sangrienta y continua lucha entre las breñas de la montaña, á una paz vergonzosa entre el ocio y el regalo de las poblaciones, bajo la mano de hierro y la vista recelosa de los cristianos: al poco tiempo de haberse hecho mi padre rey de la montaña, aparecieron gacelas escritas en las puertas de las iglesias, sin que nadie supiese quién las habia puesto, en que se imponia á los moriscos renegados y á los cristianos, un fuerte tributo para el emir de los monfíes: la primera vez las gacelas fueron arrancadas sin temor, y solo recibieron por contestacion un silencio de desprecio: el castigo no tardó mucho despues de la ofensa: una y otra y otra villa fueron acometidas de noche, en medio del silencio, y sus moradores entregados al degüello y al incendio: cuando de nuevo se fijaron gacelas en los mismos parajes que las anteriores, los vecinos, cada uno segun su riqueza, se apresuraron á pagar el tributo impuesto por el rey de la montaña, llevándole al lugar que se prefijaba en la gacela. Asi han continuado año tras año. Al terminar la luna de los frutos, nuestros monfíes entran de noche en las villas y fijan en las iglesias las gacelas en que se les anuncia el dia y el lugar en que han de pagar el tributo y dónde han de depositarle. Ningun año ha faltado una sola villa á cumplir esta prescripcion. Tenia, pues, mi padre tesoros y los tengo yo. Con esos tesoros se ha construido en las entrañas de la tierra, en las excavaciones de unas antiquísimas canteras, este alcázar, que es una ciudad subterránea; con esos tesoros hemos podido ir aumentando el número de los monfíes, que al principio apenas llegaban á quinientos; que cuando murió mi padre llegaban á cuatro mil, y que hoy forman un ejército de diez mil soldados, fuertes, bravos, sin piedad, incansables, que conservan la pureza de la ley alcoránica, y entero el amor de la patria: con esos tesoros podemos tener espías en todas partes, hombres activos que encontraran medio de saberlo todo, de oirlo todo: estos hombres estan allí do quiera ondea la bandera española: en la córte del emperador, en la del rey de Francia, en Italia, en Flandes, hasta el remoto continente americano, de donde nos envian oro á raudales; nadie conoce á esos emisarios mios, y muchos de ellos sirven á sueldo bajo las banderas del rey de España, muchos alientan con mi oro las tentativas de los enemigos de Carlos V, y si yo quisiera, ese soberbio rey caeria herido por un puñal invisible: ¿pero qué me importa la vida de don Carlos? El es un solo hombre, aunque poderoso, y nuestro enemigo es un pueblo entero, un pueblo de soldados aventureros y rapaces, de frailes codiciosos, de jueces y abogados que son otras tantas aves de rapiña: la codicia hace invencibles á esos aventureros, el fanatismo crueles á esos frailes, la soberbia implacables á esos jueces: donde quiera que pone su planta el soldado, donde quiera levanta su cruz el fraile, donde quiera tiende su garra el golilla español, allí van la destruccion, la hoguera y el verdugo: América se extremece bajo su yugo, Flandes se desangra, la hermosa Italia se ahoga; llegará un dia, y acaso no tarde, en que alentados por la desesperacion los oprimidos, hagan crugir y quebrantarse el yugo: en que España, rodeada por todas partes de enemigos, no tenga bastantes soldados para vencer; en que los frailes no puedan encender hogueras para quemar, en que los jueces se vean heridos por sus mismas plumas. Llegará un dia en que se unan contra España todos los que por España son desdichados, porque la tiranía acaba siempre herida por sus mismos excesos. Una terrible guerra religiosa se agita en Europa; Roma lucha contra la protesta; los doctores católicos contra los doctores luteranos: cien pueblos contra uno solo, cien derechos contra una sola tiranía: la España de Carlos V es un coloso de hierro con los piés de barro, y su mismo peso la derrocará: ¡ay cuando llegue el dia en que el coloso vacile! Un pueblo que hoy se esconde en las entrañas de las rocas, atacará á ese coloso por el pié y le arrojará por tierra...

—¡Sueño! exclamó Yaye, interrumpiendo á su padre.

—¿Acaso sabe nadie lo que está escrito en el libro del destino? ¿Acaso no fueron derrocadas Menfis y Babilonia? ¿No pasó la Grecia con sus guerreros, con sus sabios, con sus poetas y sus artistas? ¿Dónde está Cartago la rival de Roma? ¿Dónde está Roma la vencedora de Cartago? ¿Dónde estan los godos que hollaron el Capitolio con los sangrientos cascos de sus caballos? ¿Dónde estan los árabes vencedores de los godos? ¿Qué ha sido de los almoravides y de los almohades vencedores de los árabes? Todo muere: como los hombres, las razas.

—España es fuerte, poderosa y grande, exclamó el tenaz Yaye.

—Carlos V ve que el coloso empieza á desmoronarse bajo su imperio: este imperio pasará quebrantado, herido de muerte, á los hombros del príncipe don Felipe, y si bajo su mano no se destruye, pasará mermado á las de su hijo, y débil á las de su nieto, y miserable y envilecido á las de su viznieto. ¡Qué! ¿puede durar mucho un imperio que se funda en la opresion de pueblos enteros?

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¡Llora, llora, como una débil mujer, la pérdida del reino que no has sabido defender como hombre!

Acaso ni yo, ni tú, ni nuestros nietos, veamos convertido á ese coloso sangriento en un fantasma que se verá precisado á volver la vista atrás para contemplar algo grande; pero tenemos el deber de ayudar á la carcoma de ese coloso; tenemos necesidad de vengarnos, ya que no como serpientes, como sanguijuelas: debemos chupar continuamente su sangre y su oro: por cada moro que ese coloso despedace, nosotros debemos despedazar cien cristianos, y si está escrito que en nuestros tiempos ese coloso se derrumbe, debemos estar preparados á la lucha, en acecho de una ocasion propicia para reconquistar lo que hemos perdido, para poder piafar con nuestros corceles en las ricas campiñas andaluzas, y levantar en medio de ellas los minaretes de las mezquitas del dios Altísimo y Único.

—¡Oh, padre, padre! ¡El Altísimo ha visto los pecados de nuestro pueblo, y por ellos le ha destruido!

—Del mismo modo ve los pecados de los españoles, y les destruirá por ellos.

—Padre, ¿habeis vivido alguna vez entre esos hombres?

—El dia en que mi padre fue elegido rey de los monfíes, llamó á uno de sus parientes mas allegados, sabio anciano, y me entregó á él, como yo te he entregado á Abd-el-Gewar. «Ve hijo mio, me dijo: vive entre los conquistadores, conócelos, porque algun dia me sucederás en el gobierno, y el elegido por Dios para gobernar, debe conocer á los enemigos de su pueblo. Aprende su lengua, viste su trage, practica sus costumbres, ponte en estado de conocer sus malas artes para que no puedas ser engañado; conoce sus debilidades, para aprovecharlas, y si es necesario, sé cristiano en la apariencia. Corre mundo, y sobre todo sé dócil con el que desde ahora va á ser tu padre: cuando conozcas bien á nuestros enemigos, cuando largos viajes te hayan dado experiencia, vuelve, mi corona te espera.»

Y partí, y aprendí el habla castellana, y viví en la córte del emperador, y serví bajo sus banderas, y estuve en Francia, en Flandes, en América: por todas partes ví enemigos de España; por todas partes oí maldecir el nombre español; en todas partes vi vireyes y oidores, y clérigos, y capitanes y soldados de España, que se enriquecian por medio del crímen. Comprendí que los pueblos tienen un derecho sagrado de vivir bajo sus antiguas leyes, bajo sus usos y costumbres, y que un conquistador es siempre odioso, porque siempre se ve obligado á ser tirano.

—Lo mismo he comprendido yo, señor.

—Mi amor á la patria crecía á medida que pesaba los excesos que en todas partes, en todos los mares, en todas las regiones del mundo ejercian los españoles: mi sola pasion era el odio hácia los cristianos, mi solo deseo beber su sangre.

—¿Y no sentísteis jamás otra pasion ni otro deseo, padre mio? exclamó con embarazo Yaye.

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¿Quién es esa dama?

—Sí, contestó Yuzuf, mirando fijamente á su hijo: tú eres una prueba viviente de que si mi corazon abrigaba un odio á muerte, una inextinguible sed de venganza contra los cristianos, dió tambien cabida al amor.

—Pero vos amariais á una mujer de vuestra raza; á una parienta acaso.

—Tu madre no era mora, hijo mio.

—¡Que no era mora!

—Era árabe... al menos descendiente, en línea recta de los califas árabes de Córdoba.

—¡Descendiente en línea recta de los califas de Córdoba!... ¿Cómo se llamaba?

—Ana de Córdoba y de Válor.

—¡Ana de Córdoba y de Válor!... ¡Hija de los renegados!... ¡Cristiana!...

—Es verdad que los Válor cometieron un gran pecado renegando de su fe y sirviendo á los reyes de Castilla: es verdad que un moro no debia tener con ellos otra alianza que la del acero, otro trato que el del combate... ¿pero acaso hemos de castigar en los hijos los pecados de los padres? ¿Acaso no hay una ley superior á todas las leyes; una ley irresistible, porque está escrita por la mano de Dios en el corazon humano, y á la que es forzoso obedecer? Dichoso tú, hijo mio, si aun no has oido el terrible precepto de esa ley, de esa ley que se llama...

—¡Amor! exclamó profundamente Yaye.

—¡Amor! exclamó con profunda intencion Yuzuf... pero no: á tu edad se juega con el amor; mas á la edad en que yo conocí á tu madre, en el estío de la vida, cuando ya se empieza á descender por la escala de los años, cuando tenemos el corazon vacío por la experiencia, árido por la desgracia, ansioso de amor... ¡oh! entonces no se ama al ángel, se ama á la mujer, se ama á la compañera; se busca un corazon noble y grande que sienta nuestro infortunio, que le acepte, que le alivie, compartiéndolo: un seno de paz en que reposar la cabeza calenturienta por los cuidados del gobierno: una mano amante que limpie de nuestra frente el sudor del combate; una boca que nos sonria como solo sabe sonreir la esposa que ama, y que ahuyente con su sonrisa, siquiera, sea por un momento los crueles cuidados, la lucha azarosa del presente; los temores del porvenir. Y luego... tú no has podido encontrar en las tierras donde has vivido, ni en Madrid, ni en Salamanca, ni en Granada, ni en las Alpujarras, una mujer como tu madre... ¡Ven!

Yuzuf se levantó, y fue al arco del fondo: su semblante estaba mas pálido que de costumbre, su blanca barba temblaba, sus ojos expresaban una tristeza profunda.

—¡Mira! dijo á Yaye.

Y descorrió la cortina.

—¡Isabel! exclamó el jóven con un grito exhalado del fondo de su alma.

Al descorrerse la cortina, una mujer jóven y hermosa habia aparecido ante los ojos de Yaye: aquella mujer demostraba la misma edad que Isabel de Córdoba y de Válor, y era tan semejante á ella, como si hubiera sido ella misma.

Pero aquella mujer estaba pintada en una tabla.

Aquella tabla era á todas luces obra del pintor de los Reyes Católicos, Antonio del Rincon.

(Entre paréntesis: el nombre de Antonio del Rincon estaria arrinconado en el olvido, sino hubiera retratado tres docenas de veces á los serenísimos Reyes Católicos).

Yaye en su permanencia entre los cristianos se habia hecho artista, y reconoció á primera vista por la manera, cuando la reflexion hubo dominado en él á la sorpresa, al autor de aquel retrato: recordó que Antonio del Rincon habia muerto muchos años antes de que Isabel de Córdoba y de Válor llegase á la edad que la dama retratada representaba: no podia ser aquella dama Isabel, pero podia ser su madre.

¡Su madre!

Este fue el primer pensamiento que brotó de la razon de Yaye, y le extremeció.

Acaso habia un misterio en el nacimiento de Isabel: acaso amaba con un amor incestuoso á su hermana.

Cuando llenan la cabeza y conmueven el corazon pensamientos y sensaciones tan profundas, la lengua enmudece, los ojos se asombran, ese organismo que se llama cuerpo humano tiembla.

Yaye fijaba una mirada fascinada en el retrato y estaba pálido como un cadáver.

—Esa era tu madre dijo tristemente Juzuf.

—¡Mi madre! contestó maquinalmente el jóven; mi madre!

Pero dominando la reflexion á la razon se encerró en una prudente reserva.

—Te asombra sin duda, dijo Yuzuf, interpretando mal la confusion de Yaye, ver á tu madre con esas ropas castellanas; con ese tocado castellano, con esa cruz de oro pendiente del cuello. ¡Ah hijo mio! ya te he dicho que tu madre era cristiana: yo, moro de raza, enemigo á muerte del nombre cristiano, no debí haber sucumbido á los amores de una infiel. ¿Pero hay algun hombre que pueda hacerse superior á ese precepto de Dios que dice: hallarás á tu compañera y la amarás?

Hubo un momento de silencio. Juzuf se volvió al divan y se sentó en él. Yaye se sentó á su lado. Entrambos tenian fija su mirada en el retrato.

—Y yo no la busqué, continuó Yuzuf; la encontré un dia en esa tabla.... al verla me estremecí, temblé: nunca habia temblado: nunca habia conocido el amor y al sentirle no le comprendí. Sin saber por qué no podia separar los ojos de esa tabla, que tenia para mí voz, aliento, vida. Sin embargo entonces era ya hombre maduro, me acercaba á los cuarenta años. Hacía ya diez que por muerte de mi padre habia heredado su espada y su corona. Obedeciendo uno de los consejos que me dió mi padre al morir, vivia por mitad en las Alpujarras, como emir de los monfíes, ó en Granada ó en la córte, como morisco convertido: cuando vivia entre los cristianos llamábanme el hidalgo Diego Vargas y nadie sospechó jamás que yo fuese el rey de aquellos terribles monfíes, cuyo nombre solo aterraba á los castellanos.

Sabíanlo sin embargo algunos moriscos principales: uno de ellos era don Juan de Córdoba y de Válor, que aunque cristiano en la apariencia era moro de corazon y esperaba, si un dia triunfaba un levantamiento de los moriscos, ser elegido rey de Granada.

Entre don Juan de Válor y yo existia una estrecha amistad: don Juan sin embargo conocia mis incontestables derechos al trono de Granada: derechos no solo heredados, sino adquiridos en el combate continuo con el cristiano, mientras ellos, los moriscos, vivian en un ocio y una sumision vergonzosas; don Juan me habló muchas veces de confundir en uno nuestros muchos derechos por medio de un casamiento.

—Yo no tengo hijos le contestaba yo, siempre que don Juan me hablaba á aquel propósito.

—Pero yo tengo una hermana, me dijo al fin un dia don Juan: una hermosa doncella de diez y ocho años.

—Reparad en que yo cuento ya cerca de cuarenta.

—Para esta clase de alianzas no se repara en edades, replicó; basta con que el hombre ofrezca seguridades de sucesion.

—Por último, don Juan, le dije: vuestra hermana es cristiana, no cristiana como vos lo sois, sino de corazon, por creencia y por costumbre: yo no puedo unirme á una infiel.

Don Juan no me contestó á esta última decision mia; es de advertir que cuando yo le dí esta contestacion no conocia á su hermana doña Ana: solo tenia noticia de ella y de sus exageradas creencias cristianas por algunos moriscos principales que la conocian: sabia sí que era hermosa; pero habia llegado á los cuarenta años sin rendir tributo á la hermosura, por que mi corazon estaba lleno de ambicion y de sed de venganza por las desventuras de mi patria. El saber que doña Ana de Córdoba era una doncella hermosísima no me habia conmovido.

Un dia que, de vuelta de un paseo por el campo, pasábamos por una estrecha calleja del Albaicin, don Juan me convidó á subir á casa de un pintor su conocido.

Aquel pintor era Antonio del Rincon.

Subimos á una torrecilla donde Rincon pintaba sus cuadros, y lo primero en que reparé, entre una multitud de santos, cristos y vírgenes, fue en esa tabla que estaba puesta junto á una ventana y herida de lleno por la luz.

En el tiempo que estuvimos allí, no separé la vista de aquella tabla: un poder misterioso é irresistible me arrastraba á la mujer que en ella estaba representada.

Salimos de allí don Juan y yo, y al dia siguiente volví solo á la casa del pintor. Aquella noche, á mi despecho no habia dormido; ni un solo momento se habia separado de mí el recuerdo de la hermosa castellana. Cuando entré en la habitacion del pintor el retrato estaba en el mismo sitio.

—¿Quien es esa dama, si es que podeis decirme su nombre? pregunté á Rincon despues de algunos minutos que estuve hablando con él de cosas indiferentes.

—Esa dama caballero, me dijo, es doña Ana de Córdoba y de Válor, y me extraña que no la conozcais por que al veros aquí con su hermano don Juan no pareciais sino grandes amigos.

—En efecto lo somos, pero nunca he visto á doña Ana.

—Es doña Ana muy recatada.

—Y decidme, añadí rompiendo por todo: ¿tendriais dificultad en venderme ese retrato?

—No os le venderé, dijo, pero os le cambiaré.

—Cambiarle, ¿y por qué?

—Por vuestro retrato.

Maravillóme el precio que ponia á su venta Antonio del Rincon.

—No os extrañe esto, me dijo: sois un hombre poderosamente hermoso (no hago mas que repetir las palabras del pintor, observó Yuzuf, cuya modestia no era fingida) teneis un semblante sumamente noble, los cabellos y la barba negra, brillantes los ojos, tersa la piel, y apenas demostrais treinta años.

—Pues os engañais, amigo mio, le dije; me acerco ya á los cuarenta.

—Bien podrá ser, pero desde el momento en que os vi me dije: he aquí que me contentaria mucho que ese caballero me mandase hacer su retrato: os pareceis mucho en lo grave y en lo pensador á mi señor el serenísimo rey don Fernando. Habiendo concebido ese deseo, ya comprendereis que aprovecho la ocasion de que vos deseis poseer el retrato de doña Ana de Córdoba para proponeros un trueque.

—Acepto con sola una condicion, le contesté, ó por mejor decir con dos condiciones.

—Sepamos.

—En primer lugar, habeis de procurar que don Juan no sepa que yo poseo este retrato, para conseguir lo cual hareis otro exactamente igual y se lo entregareis como si fuese el mismo.

—Eso por supuesto, contestó Rincon.

—Ademas, insistí, habeis de aceptar el precio de los dos retratos, del suyo y del mio, puesto que son dos trabajos en que os debeis ocupar.

—¿Y estais decidido, me dijo mirándome fijamente, á no dejaros retratar sino bajo esas condiciones?

—Decidido de todo punto.

—Sea lo que vos querais: con esto creo que nuestro trato esté concluido.

—Sí por cierto. ¿Y cuándo me entregareis el retrato de doña Ana?

—Dentro de ocho dias: pero para ello será preciso que dentro de ocho dias esté concluido el vuestro. Hoy prepararé la tabla. Venid á buscarme mañana al amanecer.

Volví al dia siguiente despues de una noche de insomnio.

Encontré á Antonio del Rincon trabajando ya en la copia del retrato de doña Ana.

—¿No temeis, le dije, que venga don Juan y os coja en el fraude?

—No por cierto, me contestó: don Juan viene muy de tarde en tarde: ademas, cuando llame, antes de que le abran trasladaré estas dos tablas á lugar seguro. Ahora permitidme que me apodere de vos para trasladaros á la tabla: desde este momento me perteneceis. Os tengo como quiero; pálido, lo que aumenta vuestra... hermosura, y sencillo aunque rica é hidalgamente vestido.

En efecto, Rincon se apoderó de mí, me colocó frente al retrato de doña Ana de pié, puesta una mano en la cadera, y sosteniendo con la otra mi gorra.

Rincon empezó á trabajar: al poco espacio yo no veia nada; no pensaba en nada; solo veia á doña Ana que estaba frente á mí, solo pensaba en ella: no sé cuanto tiempo estuve inmóvil en aquella posicion, mirando enamorado, loco, á doña Ana.

Al fin Rincon lanzó un grito de triunfo.

—¡Es mi mejor obra, mi grande obra! exclamó: ¡jamás he pintado una cabeza como ésta! ¡Mirad!

En efecto, al ver la cabeza que enteramente habia pintado Ricon, me estremecí: en aquella cabeza enteramente semejante á la mia, estaban pintados al mismo tiempo el deseo, la ansiedad, la duda: mis ojos exhalaban una ardiente mirada de amor: Rincon habia sorprendido la expresion con que yo habia estado contemplando el retrato de doña Ana, y la habia trasladado á la tabla. Solo al ver la obra del pintor, examinándome á mi mismo, comprendí que estaba enamorado.

—Es necesario que borreis esa cabeza, le dije.

—¡Borrarla! ¡quereis borrarla! exclamó con ímpetu poniéndose en actitud amenazadora delante de la tabla; ¿quereis arrebatarme mi fama? Esto seria cosa de andar á estocadas.

Fue necesario ceder ante el entusiasmo de Rincon. Durante ocho dias estuve yendo todas las mañanas al amanecer y permanecí en casa del pintor durante cuatro horas. Al cabo de los ocho dias mi retrato enteramente concluido, habia desaparecido: en cambio, Rincon, despues de haber envuelto cuidadosamente en paños el retrato de doña Ana y metídole en un cajon, me lo habia entregado.

El retrato habia sido trasladado á este mismo lugar. Hace mas de veinte y cuatro años que está ahí; hace mas de veinte y cuatro años que ese tapiz le cubre, que esa lámpara le alumbra.

El anciano se detuvo como para tomar fuerzas: despues de algunos momentos de silencio continuó:

—Durante muchos dias pasé largas horas delante de ese retrato: lentamente mi amor, que estaba en lucha con mi razon, fue venciéndola: nació en mí primero débil y dominada por un invencible horror al nombre cristiano, la idea de mi casamiento con doña Ana: cuando pensaba en esto, mas que la idea de unirme á una cristiana me atormentaba el temor de no ser amado por ella. Mi edad doblaba la suya. ¿Pero no me habia dicho Antonio del Rincon que aun parecia jóven, que aun parecia hermoso? Entonces por la primera vez, mi limpia adarga me sirvió de espejo: ví que mis cabellos eran negros, mi barba poblada y brillante, mi piel tersa, mis ojos jóvenes: comprendi que un contínuo y rudo ejercicio al aire puro de la montaña, mi ignorancia hasta entonces del amor, y la exuberancia de vida que ardia en mi sangre, me habian conservado jóven, en la edad en que otros se encontraban en el otoño de su vida. Tenia alguna esperanza. Habia ademas en la expresion reflexiva y pura de doña Ana algo que me decia: esa mujer no puede amar á un hombre cualquiera: esa mujer no ha amado aun: algunas veces cuando hacia mucho tiempo que mis miradas estaban fijas en el retrato, me parecia que la pintura tomaba vida, que sus ojos brillaban, que con una mirada intensa, emanada del alma, me decian: ¡yo te amo!

Necesité conocer á doña Ana, pero no quise conocerla bajo la impresion de los consejos de su hermano, que indudablemente estaba interesado en que yo fuese su esposo.

Me trasladé á Granada, y uno de mis monfíes, mozo despierto y que conocia perfectamente las costumbres de los cristianos, supo enamorar á una de las doncellas de doña Ana: por ella supo él, y por él yo, que doña Ana jamás habia amado, ni recibido billetes, ni escuchado galanteos; que solo salia de su casa para ir á misa á la colegiata del Salvador y aun asi muy temprano; que era buena hija y buena hermana, piadosa y ardientemente caritativa.

Yo, que jamás habia entrado en la iglesia de Cristo, sino para no hacerme sospechoso, entré en ella para conocer á doña Ana.

Coloquéme junto al presbiterio el primer dia de misa á primera hora: cada mujer que adelantaba cubierta con un manto hacia latir mi corazon: al fin apareció una, esbelta, de continente magestuoso, y mi corazon sin dudar me dijo: ella es: precedíala un paje que llevaba un cojín y seguíanla una dueña y un rodrigon.

Afortunadamente el paje colocó el cojin á poca distancia de las gradas del presbiterio, casi junto á mí. Doña Ana se arrodilló: en el primer momento no me vió, luego, como por acaso me viese, palideció, hizo un movimiento de sorpresa, partió de sus ojos una mirada involuntaria, aquella misma mirada que yo habia creido ver algunas veces en su retrato y que parecia decirme: yo te amo, y súbitamente se ruborizó, bajó los ojos, y no los volvió á alzar hasta que, concluida la misa, se volvió rápidamente como temiendo encontrarme y se encaminó á la puerta del templo. Yo me habia adelantado y la esperaba; la ofrecí agua bendita, la tomó maquinalmente y volvió á mirarme de una manera involuntaria y rápida. Despues desapareció.

No podia dudar de que habia causado una profunda impresion en doña Ana: esto me llenaba de esperanza y por consiguiente de felicidad: al dia siguiente estuve á la misma hora en la iglesia.

Doña Ana llegó y se situó en el mismo sitio. Aquel dia me miró frente á frente, pero serena y tranquila. Al darla agua bendita la recibió, y me dió modestamente las gracias.

Asi pasaron quince dias.

Al fin me decidí á darla un billete que llevaba ya hacia algunos dias preparado y que no me habia atrevido á darla; al salir, al mismo tiempo que la daba agua bendita, la dí recatadamente el billete.

Doña Ana le recibió.

En aquel billete la suplicaba que al mediar aquella noche, se asomase á sus miradores.

Al llegar la hora de la cita estaba yo en la calle: al dar las doce los miradores se abrieron, pero solo por un momento: salió por ellos una mano, y dejó caer un billete á la calle.

Aquel billete decia únicamente:

«Mi recato no me permite hablaros sino en presencia de mi hermano.»

Preciso fue volver al frecuente trato de don Juan; preciso fue que, aprovechando la primera ocasion, le dijese que habia pensado al fin que mi casamiento con su hermana me parecia conveniente y hasta necesario.

Al fin pude hablar á doña Ana: mi amor, tratándola, se desbordó y ya no reparé en nada.

Un mes despues de mi entrevista con doña Ana, era su esposo.

Cuando ya despues de ser su esposo me ví solo con ella, doña Ana me asió de la mano y me llevó á un pequeño retrete.

—Mirad, me dijo, y comprended la razon de que yo me ruborizase y me conmoviese al veros por primera vez.

Y me señaló mi retrato pintado por Antonio del Rincon.

—Ese retrato ha estado hasta ahora en los aposentos de mi hermano, pero al ser vos mi esposo, ese retrato ha entrado con vos en mi aposento.

—¿Y cuánto tiempo hace que estaba ese retrato en vuestra casa antes de que me conocieses? la pregunté.

—Seis meses, me contestó; y fuerza es confesároslo... puesto que soy vuestra esposa y que os he jurado amor ante Dios... antes de conoceros, os amaba.

Entonces lo comprendí todo: comprendí que mi matrimonio con su hermana era la ambicion de don Juan de Válor, que habia comprendido que yo no podria verla sin amarla, y que se habia valido para casarme con ella de Antonio del Rincon.

Pero ella mientras vivió no supo ni que su retrato estaba en mi poder, ni que yo era el poderoso emir de los monfíes.

Tu madre me creia cristiano de buena fe, hijo de moriscos convertidos, y para ella no tenia otro nombre que Diego Vargas.

Al año de nuestro matrimonio naciste tú.

A los dos años murió tu madre.

—¡Oh! exclamó Yaye profundamente: bien desgraciado fuisteis en vuestros amores, señor.

—Si, y doblemente desgraciado, porque tu madre murió asesinada por la Inquisicion.

Yaye se alzó como impulsado por un poder sobrenatural; cubrió su rostro una palidez de muerte, brilló en sus ojos una mirada letal, y tomó una actitud de amenaza que hubiera impuesto terror al mas valiente.

—¡Qué mi madre ha muerto... asesinada por la Inquisicion!

—Era demasiado hermosa: los cristianos son buitres voraces, dijo tristemente Yuzuf.

Hubo un momento de terrible silencio.

—Los cristianos, continuó despues de algun tiempo Yuzuf, no tienen por buenos sino á los que profesan su misma religion, y aun asi á los cristianos viejos. ¡Ay de sus vencidos! Un cristiano nuevo, un morisco, es para ellos punto menos que un judío: un animal despreciable, un ser odioso, contra el cual se creen autorizados para todo: un morisco no les sirve mas que para esclavo: una morisca... ¡oh! ¡cuando las moriscas son hermosas...! ¡tener por manceba una hermosa morisca es cosa muy deseada! La infeliz que resiste á los deseos de uno de esos infames aventureros, á quienes España entrega su bandera, infeliz de ella, porque el crímen acompaña á esos miserables á todas partes. Y luego, ahí están esos frailes sanguinarios que predican la religion cristiana con el dogal en una mano y la tea en la otra.

—¿Pero cómo mató la Inquisicion á mi madre? exclamó Yaye alentado apenas.

—¡Oh! ¡es un recuerdo horrible! Su confesor, un grave religioso dominico, un vil hipócrita, que sabia aparentar la virtud mas rígida, era inquisidor. La hermosura de tu madre excitó los impuros deseos del fraile, y abusando de su ministerio intentó corromperla. Tu madre le rechazó con indignacion. La venganza del fraile no se hizo esperar. Un dia la Inquisicion llamó á las puertas de nuestra casa. Yo estaba ausente en las Alpujarras. Registraron escrupulosamente y encontraron uno de los libros de Lutero que un criado infame, vendido al miserable fraile, habia puesto entre los libros de devocion de tu madre, que fue arrastrada á los calabozos de la Inquisicion: cuando yo lo supe volé á Granada. Mis monfíes forzaron una noche, decididos á todo, las puertas de la cárcel; llegaron hasta el encierro de tu madre, la sacaron de él y la trajeron á las Alpujarras... ¿pero en qué estado? La habian hecho sufrir el tormento, la habian destrozado, y el terror... ese terror frio que causa la Inquisicion, los dolores agudos del tormento, su recuerdo, la habian vuelto loca... vivió dos meses asombrándose de todo... extremeciéndose por todo... revelando en su delirio el nombre del fraile impuro... al fin murió: murió asesinada por la Inquisicion.

Detúvose Yuzuf quebrantado por su dolor. Yaye le escuchaba con la faz sombría.

—¿Y que hicísteis del fraile?

—Murió despedazado por cuatro potros delante de mí en una rambla de las Alpujarras, despues de haber revelado en el tormento el nombre del infame criado que fue su cómplice y que murió del mismo modo. Desde entonces me ensangrenté en los cristianos, singularmente en los clérigos y en los frailes. Pero no basta la sangre vertida, es necesario verterla á torrentes; sangre impura de cristianos: yo soy viejo... ya no puedo, como antes, estar hoy aquí, mañana allá, unas veces coronado entre mis vasallos, otras encubierto entre mis enemigos. ¡Oh Dios mio, Dios mio! añadió Yuzuf levantando los ojos y las manos al cielo, ¡tú no quieres que Ana quede sin venganza, tú no lo quieres porque me has rejuvenecido en mi hijo, y mi hijo vengará á su madre! ¡la vengará!

—¡Y si no puedo vengarla, señor, trasmitiré á mis hijos mi venganza!

—Sí, nuestra venganza pasará de generacion en generacion. Dios querrá que se cumpla. Dios querrá que la sangre de tu madre no quede sin venganza. ¡Qué! ¿permitirá Dios que queden impunes los infames que me robaron á un arcángel del sétimo cielo! Abd-el-Gewar cree que no debí unirme á tu madre porque era cristiana. ¡Oh! era imposible verla y no amarla. Acaso yo, moro de raza, enemigo á muerte del nombre cristiano, no debí sucumbir á los amores de una infiel. Pero basta ver esa tabla para disculparme: su pureza era tan grande como su hermosura, y tan grandes como su pureza y su hermosura sus virtudes. Cómo verla y no amarla? ¿Cómo amarla y no codiciarla? ¿Cómo codiciarla y no ceder á su voluntad? ¿Has visto alguna vez, hijo mío, una mujer semejante á tu madre?

—Sí, dijo roncamente Yaye, la he visto, existe.

—¿Que existe? ¿que la has visto?

—Ayer la ví por la última vez... la estoy viendo ahora: la veis vos... porque su imágen, está ahí, en esa tabla, con su misma frente pura, pálida y tranquila: con sus mismos ojos de mirada ardiente y lánguida, con su boca de sonrisa melancólica... Es ella... ella misma... Y luego su nombre... mi madre se llamaba doña Ana de Córdoba y de Válor, y esa mujer de quien os hablo, esa mujer que parece reproducida en esa tabla, que vive, que tiene la misma edad que representa el retrato de mi madre se llama...

—Doña Isabel de Córdoba y de Válor, dijo interrumpiendo á Yaye Yuzuf, que habia escuchado con un asombro y un placer marcados, la ardiente descripcion que su hijo habia hecho de doña Isabel, comparándola con su madre.

—¡Cómo! la conoceis, señor.

—Doña Isabel de Válor es hija del hermano de tu madre, es tu prima hermana.

—¡Misericordia de Dios! exclamó Yaye.

—Tú la amas, hijo mio, añadió Yuzuf: la amas, porque al pronunciar su nombre, al hablar de ella, tu voz era trémula, estabas conmovido: amándola has colmado mis mas ardientes deseos; yo... yo he sido quien te he puesto al paso de esa mujer.

—¡Vos, señor!

—Si, yo compré para tí la casa inmediata á la de don Fernando de Válor, con quien vive doña Isabel.

—¡Ah padre mio! ¡la fatalidad nos persigue!

—¡Cómo, amas á Isabel y ella no te ama!

—Ella, señor, muere por mí.

—Pues si tú la amas... si ella te ama... ¿acaso sus hermanos?...

—Sus hermanos no conocen nuestros amores: yo procuraba alejarme de su trato todo lo posible porque los despreciaba y los desprecio... son renegados.

—¿Y por qué Isabel es hermana de los renegados te has sobrepuesto á tu amor... al suyo... y acaso la has despreciado?

—Anoche, señor, dijo Yaye confundido por el ronco acento de su padre, he resistido á su amor, la he dejado anegada en llanto, sentenciada á un destino horrible... porque... Isabel ha preferido perderme y ser infeliz, á dejar la religion cristiana; porque yo musulman no podia ser esposo de la cristiana hija de los renegados.

—¿Y por qué, dijo con doble severidad el anciano, has desgarrado entre tus manos su corazon? ¿Por qué la has enamorado si no creias posible tu casamiento con ella?

—Isabel me amaba... necesitaba mi amor para vivir.

—¿Y creiste escuchando á tu soberbia, exclamó Yuzuf con profundo acento, que hacias una obra meritoria diciendo amores á una pobre niña, abriendo su corazon á la felicidad para decirla despues: no puedo ser tu esposo porque eres cristiana?

—¡Señor!

—Tienes un deber sagrado que cumplir; es necesario que devuelvas su dicha á Isabel; ella se parece á tu madre, tanto en el cuerpo como en el alma: la conozco bien, ¿y sabes tú lo que es una mujer de corazon que ama, cuando el hombre de su amor la abandona? Es un alma condenada; una mártir: tú no tienes derecho para martirizar á nadie, y mucho menos á un ángel. Es necesario, puesto que la amas, que seas feliz con ella, y que ella lo sea contigo.

—Acaso sea imposible, señor.

—¿Te ha exigido ella que para ser su esposo reniegues de tu ley?

—Ella me ha dicho: seguid vos en vuestra ley, yo seguiré en la mia: vos pasais entre los moriscos por cristiano, seguid pareciéndolo para ser mi esposo.

—¿Y te negaste?

—Aborrezco el nombre cristiano.

—Yo no aborrezco á los cristianos por su religion, sino por sus crueldades con nosotros; por su feroz fanatismo, por su intolerancia como vencedores. El pueblo de Ismael nunca ha sido tan ignorante, tan fanático, tan cruel. Cuando los árabes conquistaron á España, cuando la ocuparon enteramente desde Calpe á los Pirineos, respetaron la religion, las leyes y las costumbres de los vencidos; les dejaron sus templos, sus sacerdotes, sus jueces y los trataron como hermanos. ¿Y qué sucedió? las dos razas antes enemigas, acabaron por confundirse. ¿Y quién obró este milagro? ¡El amor! Nuestros antepasados tuvieron cristianas por esposas, y los vínculos de la familia hicieron un solo pueblo de vencedores y vencidos. Cuando los Reyes Católicos entraron en Granada, encontraron una iglesia cristiana; oyeron la voz de una campana que llamaba á sus correligionarios á la oracion: aquella campana habia estado resonando durante un espacio de mas de siete siglos en los oidos de los musulmanes sin que estos se irritasen: durante mas de siete siglos los obispos de Hiberis pudieron entrar y salir libremente en aquella iglesia, sin que nadie los insultase, sin que un solo musulman profanase el templo, ni interrumpiese el rito. Si nuestros abuelos fueron tolerantes; si trataron á los vencidos como hermanos; si se enlazaron con las cristianas, hijas de los solariegos, ¿por qué no hemos de imitarlos nosotros? ¿por qué ha de ser imposible tu union con Isabel de Córdoba y de Válor?

—Porque yo no he oido antes vuestra voz, padre mio, exclamó con desesperacion Yaye: porque yo no os he conocido algun tiempo antes.

—¿Has hecho acaso á Isabel una de esas graves injurias que no puede perdonar una mujer? ¿Te has envilecido á sus ojos?

—He rechazado su mano en el momento mismo en que se veia obligada por sus hermanos á entrar en un convento ó á enlazarse á otro hombre.

—¿Y cuando te hizo esa revelacion Isabel?

—Anoche.

—¡Oh! ¡acaso sea tiempo aun! exclamó el anciano corriendo las cortinas sobre el retrato. Ven hijo mio; ven.

Y salió precipitadamente arrastrando consigo á Yaye, cerró, y le llevó á otra cámara apartada.

—¡Mi secretario Ayub! gritó á uno de los esclavos que dormitaban en la antecámara.

Poco despues entró un anciano con el cual salió Yuzuf por una puerta lateral.

En seguida entró por aquella misma puerta un morisco jóven, de aspecto brabío, pero hermoso y simpático, que se prosternó ante Yaye.

—¿Quien eres? le dijo, este.

—Poderoso Emir, contestó el jóven: vuestro magnánimo padre me envia á vos. Creo que es necesario que os disfraceis de hidalgo cristiano.

—Tienes razon. ¿Y hay aquí ropas?

—Sí señor. Con mucha frecuencia nos vemos precisados á parecer lo que no somos. Venid si os place conmigo, señor.

La cámara quedó desierta durante media hora: al cabo de ella entró de nuevo Yaye. Venia vestido con un sencillo pero rico trage de camino á la castellana. Al mismo tiempo entró por otra puerta en la cámara Yuzuf, que traia en la mano un pliego cerrado: en la nema de aquel pliego se leia:

«A nuestro muy querido sobrino don Diego de Córdoba y de Válor.»

—Toma, hijo mio, dijo Yuzuf á Yaye dándole el pliego: corre, vuela, llega á Granada, busca á don Diego de Córdoba, dale estas letras y cásate con Isabel, si aun es tiempo.

Y la voz del anciano temblaba, porque comprendia que aquel «si aun es tiempo» era una condicion de vida ó de muerte para el corazon de su hijo.

—¡Ah padre mio! y si por desgracia...

—Ni una palabra mas: ya he dado mis órdenes á Abd-el-Gewar que te acompañará con veinte hombres de confianza: á caballo, emir de los monfíes; á caballo.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

A poco, Yaye y Abd-el-Gewar, tambien con trage castellano, acompañados de Harum que parecia un mayordomo de casa rica, y de veinte monfíes que no parecia sino que toda su vida habian sido lacayos, ginetes en buenos caballos y armados á la ligera, salian de un espeso pinar.

La noche estaba ya muy avanzada: el dia se aproximaba, la luna cercana al occidente iluminaba la montaña.

Al empezar á trepar por un desfiladero les detuvo un ¿quién va? enérgico. A poca distancia soplando la mecha de un arcabuz, se veia un soldado castellano y en el fondo de la rambla, donde como hemos dicho antes, habia sido despeñado el alguacil de Mecina de Bombaron, habia muchos hombres.

—¿Quiénes sois,? dijo un alférez que habia acudido al ¿quién va? del centinela.

—Somos hidalgos castellanos, dijo Abd-el-Gewar que vamos nuestro camino.

—Pues mal camino llevais hidalgos, replicó el alférez: con el edicto del emperador que, como sabeis acaba de pregonarse en las Alpujarras, andan revueltos esos malditos monfíes, y esta misma noche han medio muerto al alguacil del corregidor de Mecina de Bombaron que se habia atrevido á seguirles los pasos disfrazado.

—¿Y no ha muerto el buen alguacil? dijo terciando en la conversacion uno de los monfíes disfrazados de castellanos que escoltaban á Yaye.

Es de advertir que este monfí hablaba perfectamente el castellano.

—Ha sido un milagro de Dios dijo el alférez, le han dado tres saetadas, y le han despeñado de allá arriba. Pero aun tiene vida, segun las muestras, para contarlo.

—¡Malditos monfíes! dijo el monfí disfrazado ¡y no saber dónde diablos se meten!

—Malditos amen, dijo el alférez. Por lo mismo, añadió dirigiéndose á Abd-el-Gewar, yo os aconsejaria, buen caballero, que dejaseis la jornada para el dia, si es que no os importa mucho, y que, aunque vais bien resguardado, os alojáseis en Cádiar, donde hay un buen presidio de soldados.

—Os agradezco el aviso, señor alférez, dijo Abd-el-Gewar, pero ya no puede tardar en amanecer. Adios y que él dé salud al herido.

—El os guarde hidalgos.

El alférez bajó hácia la rambla, y Yaye, Abd-el-Gewar y los suyos siguieron trepando por el desfiladero.

—Cerca andan de nosotros, dijo el monfí que habia hablado antes; por lo mismo mucho será que no tengan alguna mala aventura.

Apenas habia dicho el monfí estas palabras cuando se escucharon á lo lejos, en lo profundo de las breñas, arcabuzazos repetidos, y algunas balas y saetas perdidas, pasaron sobre sus cabezas.

—¡A la rambla del rio! exclamó Abd-el-Gewar revolviendo su caballo; vamos á ganar el camino por mas abajo de Cádiar. Al galope y silencio.

Muy pronto se perdieron entre las ramblas de los barrancos, y luego no se oyeron mas que los disparos de los arcabuces y las campanas de Cádiar que tocaban á rebato.

CAPITULO V. Del encuentro que tuvieron en el camino antes de llegar á Granada nuestros caminantes.

Cuando se lleva prisa se camina mucho, y devorado Yaye por la incertidumbre, hacia galopar con ardor su caballo sin cuidarse de si reventaria ó no. Abd-el-Gewar le seguia como si los años no hubieran amenguado en nada su virilidad, y seguianle asi mismo Harum y los veinte monfíes.

Tanto y tanto picaron que á las seis de la mañana llegaron á Lanjaron.

Pero los caballos iban cubiertos de espuma, ensangrentados los hijares, rendidos; era preciso renovarlos si se habia de llegar á Granada con la misma rapidez que se habia llegado á Lanjaron, y para renovarlos era preciso detenerse.

Parecerá extraño que en una pequeña villa se pretendiese renovar veinte y tres caballos; pero dejará de existir la extrañeza cuando se sepa, que los caballos con que se contaba estaban ya preparados en unas quebraduras cercanas á Lanjaron, por un aviso anterior. Los monfíes ocupaban enteramente las Alpujarras y tenian recursos dentro de ellas en todas partes.

Abd-el-Gewar fue de opinion que mientras uno de los monfíes iba á ver si los caballos de refresco estaban preparados, entrasen en un meson á la entrada del pueblo y descansasen y tomasen algun alimento.

Yaye bien hubiera querido seguir, pero doblegándose á la necesidad, se encaminó á la villa y se entró por el ancho portal de un meson, dando una alegria indecible al mesonero que se prometia una excelente ganancia con la permanencia de tantos huéspedes, aunque no fuese mas que por algunas horas en su casa.

Acomodáronse Yaye y Abd-el-Gewar en un aposento á teja vana, en el fondo de un corredor descubierto, Harum el Geniz y los monfíes en la cocina, y los cansados caballos en las cuadras, mientras uno de los monfíes, salia en demanda de los caballos de refresco.

Entre tanto el posadero sirvió una liebre á los amos y un guiso de abadejo á los monfíes.

Todos, á pesar de ser moros, bebian vino, porque este sacrificio entraba en las necesidades de su disfraz.

Solo Yaye no comió ni bebió, y lleno de impaciencia habia salido á los corredores á esperar la vuelta del monfí que habia ido á buscar los caballos, mientras Abd-el-Gewar comia lentamente dentro del aposento su guiso de liebre con la mejor buena fe del mundo.

El dia estaba despejado, y un sol tibio y brillante iluminaba de lleno los corredores: Yaye se puso á pasear á lo largo de ellos.

Sus anchas espuelas producian un ruido sumamente sonoro, al que se unia el de su espada que, pendiente de un cinturon de dobles tirantes, arrastraba por el pavimento terrizo.

Por este ruido su presencia fue notado por el huésped, ó, mejor dicho, por la huéspeda de un aposento situado en el comedio del corredor.

Decimos huéspeda, porque á los pocos pasos que dió Yaye, se abrieron las maderas de una reja situada junto á la puerta de aquel aposento, y apareció en ella una cabeza de mujer.

Pero una cabeza característica. Un tipo evidentemente extranjero, pero enérgicamente hermoso.

Esta mujer, ó mejor dicho, esta jóven, porque á lo mas podria tener veinte años, era densamente morena, pero con un moreno límpido, encendido, brillante: sus ojos eran negros, de mirada fija, de gran tamaño, y llenos de vida y de energía, pero de una energía casi salvaje: bajo una toquilla blanca se descubrian sus cabellos, abundantísimos, rizados, negros, hasta llegar á ese intenso tono del negro que produce reflejos azulados: tenia la nariz un tanto aguileña, la boca de labios gruesos pero bellos, y el semblante ovalado, el cuello esbelto y mórvido, anchos los hombros y alto el seno.

Esta mujer miraba con suma fijeza, y con una fijeza que podriamos llamar solemne, á Yaye que con la cabeza inclinada sobre el pecho, las manos metidas en los bolsillos de sus gregüescos, y profundamente pensativo, seguia paseándose sin reparar en la desconocida, y si alguna vez miraba, no era hácia la parte de adentro, sino hácia la de afuera, al portal del meson.

La desconocida no dejaba de mirarle con un interés marcado, en que sin embargo no habia esa expresion de la mujer que mira á un hombre que la agrada: á pesar de esto concebiase que la desconocida queria ser mirada, y no solo mirada, sino admirada; deseaba en una palabra, á todas luces, interesar á Yaye, puesto que se aliñó un tanto los rizados cabellos, se colocó en el centro del pecho una preciosa cruz de oro, que pendia de un hilo de gruesas perlas de su cuello, y apoyó lánguidamente la cabeza en su mano derecha, cuyo desnudo y magnífico brazo se apoyaba en el alfeizar de la reja.

Sin embargo, abismado en sus pensamientos, Yaye no la vió.

Notóse una lucha interna en el semblante de la jóven, y por tres veces sus mejillas se pusieron excesivamente encendidas, señal clara de que luchaba entre el deseo de hacerse ver por el jóven, y la vergüenza de provocar su atencion.

Al fin con la voz temblorosa, con el semblante encendido y la mirada insegura, dijo á media voz:

—¡Caballero! ¡noble caballero!

La voz de la jóven era sonora, grave, dulce; pero en medio de su dulzura, que tenia mucho de la dulzura y de la languidez del acento andaluz, se notaba por su pronunciacion que era extranjera.

Ese no sé qué misterioso que hay en el timbre de la voz de algunas mujeres, que acaricia, que halaga, que suplica, que manda á un tiempo, hizo extremecer con un movimiento nervioso á Yaye, que se volvió.

—¿Me habeis llamado, señora? dijo Yaye, mirando á la jóven con la fijeza del asombro que causa en nosotros la vista de una mujer poderosamente bella, por mas que estemos enamorados de otra.

La extranjera comprendió que habia logrado admirar á Yaye, y se sonrió de una manera tentadora.

Yaye, á pesar del recuerdo de Isabel, sintió una dulce sensacion al notar la sonrisa de la desconocida.

—Sí, os he llamado, dijo esta; y como tengo muy poco tiempo para hablaros, quiero que no extrañeis mis palabras, que, si Dios quiere, os explicaré en otra ocasion. ¿Vais á Granada?

—A Granada voy.

—¿Cómo os llamais?

—Juan de Andrade.

—¿Sereis tan generoso que querais amparar á dos mujeres desgraciadas?

—¡Oh! para amparar á una mujer, no es necesario ser generoso.

—Pues bien: cuando esteis en Granada, procurad conocer al capitan Alvaro de Sedeño.

—¿Y para qué?...

—Somos víctimas de la brutalidad de ese hombre, mi madre y yo: mi honor peligra en su poder... prometedme que nos defendereis, caballero, que nos salvareis... hacedlo... y si lo quereis, seré vuestra esclava.

—Os prometo hacer por vos cuanto pueda, contestó conmovido Yaye.

—Y yo os creo, porque en la mirada de vuestros ojos se nota que sois un hombre de corazon y de virtud...

—¿Alvaro de Sedeño habeis dicho?

—Sí.

—¿Capitan de los tercios del rey?

—Sí, capitan de infanteria española, de los que fueron á Méjico.

—¿Sois mejicana?

—Soy hija del rey del desierto, del valiente Calpuc.

—¡Hija de una raza subyugada, esclavizada, infeliz! murmuró Yaye.

—Para salvarme de ese hombre, necesitareis no solo valor, sino oro. Tomad, y adios. No me olvideis.

Y la mejicana dejó caer en las manos de Yaye un magnífico ceñidor de perlas de inmenso valor, despues de lo cual cerró la ventana.

Yaye miró por un momento aquel largo y pesado ceñidor que ademas estaba enriquecido en su broche con gruesa pedreria, y le guardó despues en su limosnera.

—Si Isabel no se ha casado, dijo, seré feliz, y justo es que los que somos felices, no nos olvidemos de los desgraciados: si se ha casado, si no puede ser mia, ¡oh! entonces... necesitaré matar á alguien, y me vendrá bien castigar á un infame... ¡el capitan Alvaro de Sedeño...! ¡algun aventurero rapaz... sin corazon...! ¡dos esclavas...! ¡madre é hija...! ¡la esposa y la hija de un rey...! ¡infelices...! y luego... luego es necesario devolverla esta joya... debemos procurar no parecernos á los aventureros castellanos.

Acaso Yaye no se hubiera mostrado tan propicio para proteger á un hombre.

Por lo que vemos, Yaye estaba muy expuesto á engañarse acerca del verdadero móvil de su caridad para con las mujeres.

Lo cierto es que, á pesar de Isabel, los ojos de la princesa mejicana, tan extrañamente encontradas en un meson de las Alpujarras, le habian impresionado.

Lo cierto es que, á pesar de su indudable y ardiente amor por Isabel, no podia desechar el recuerdo de la encendida mirada de la extranjera.

Yaye era un ser digno de lástima.

Bajó en dos saltos la escalera, atravesó el corral, y entró en el zaguan.

—¡Harum! dijo, llamando.

—¿Qué me mandais, señor? dijo Harum, acercándose á Yaye sombrero en mano.

—Sígueme.

Harum siguió á Yaye que le llevó al corral, y cuando no podian ser vistos de nadie, le dijo:

—¿Ves aquel aposento que tiene junto á la puerta una reja?

—Sí señor.

—Allí moran dos mujeres: no conozco mas que á una de ellas: es morena, jóven, con los ojos negros y los cabellos rizados: ademas con ellas anda un capitan castellano. Quédate en el meson, y sin que nadie pueda reparar en ello, observa á esa gente, síguela: ve dónde para, no pierdas ni un solo momento de vista á esas damas: si es necesario protegerlas, protégelas.

—¿Hasta matar?...

—Hasta matar ó morir.

—Muy bien, señor.

—Cuando lleguen á Granada, observa en qué casa habitan.

—Lo observaré.

—Y me avisas.

—Os avisaré.

—Toma para lo que le se pueda ocurrir.

Y le dió algunas monedas de oro que Harum se guardó de la manera mas indiferente del mundo.

—Vete.

Harum se volvió al corro de los monfíes.

En aquel momento un hombre apareció en la puerta del meson.

Este hombre tenia un aspecto extraño: era alto, como de cuarenta años, de color cetrino, de semblante que debió ser bello algun dia, pero de líneas duramente rígidas: llevaba un ojo cubierto con una venda negra, y el otro ojo miraba con una fijeza, con una audacia que ofendian: en la mejilla izquierda tenia marcada una ancha cicatriz que replegaba su boca, haciéndola sesgada: por cima de su valona se veia un cuello moreno y musculoso, medio cubierto por una barba negra; por último, le faltaban el brazo izquierdo y la pierna derecha. El primero estaba representado por una manga de jubon de terciopelo verde, con forros blancos y bordaduras de oro, doblada y sujeta por un extremo á un herrete de su coleto de ámbar; en vez de la segunda llevaba una pierna de palo: sin embargo de estar tan horriblemente mutilado y estropeado este hombre, vestia un uniforme completo de capitan de infanteria, y aunque al parecer no podía montar á caballo, llevaba calzada en la pierna izquierda una bota alta de gamuza, armada con una espuela de plata: apoyábase en un largo y fuerte baston, llevaba pendiente del costado una descomunal espada, y se advertia que era fuerte, valiente, diestro, temible, y sobre todo duramente provocador é insolente.

Este hombre habia salido de un carro tirado por mulas, que se habia detenido á la puerta del meson: en la delantera del carro se veia un mayoral alegre y zaino, y asido de la mula delantera un zagal robusto, y á caballo junto al carro un soldado viejo y armado á la gineta.

Este hombre, pues, por la riqueza de su atavio y por su servidumbre parecia rico, por su trage capitan, por su apostura valiente.

Yaye observó todo esto con una sola mirada, y se dijo:

—Este hombre debe ser el capitan Alvaro de Sedeño.

Sin saber por qué, la sola presencia de este hombre provocó su odio, su cólera, y un ardiente deseo en su corazón de cerrar con él á estocadas.

Y no era ciertamente porque le hubiese predispuesto á ello la breve conversacion que habia tenido con la extranjera; aunque nadie le hubiese hablado anteriormente de aquel hombre, le hubiera sido igualmente antipático.

Por su parte el capitan nada habia hecho para desvanecer, siquiera fuese con una conducta atenta, la mala impresion que debían necesariamente causar su semblante avieso, su media mirada insolente y su extraño estropeamiento: habia lanzado una ojeada altiva y casi impertinente á los monfíes, habia pasado con altanería, casi con desprecio y sin saludar, por delante de Yaye, y habia atravesado el corral con mas ligereza que la que parecia permitirle su pata de palo, entrándose por las escaleras; poco despues le vió aparecer Yaye en los corredores, á tiempo que Abd-el-Gewar salia de su aposento.

Entonces notó Yaye una cosa extraña. Abd-el-Gewar se detuvo y se puso pálido; el desconocido se detuvo tambien, irguió la cabeza, miró de una manera altiva al anciano, y despues se quitó la toquilla, le saludó, y pasó: Abd-el-Gewar se inclinó ligeramente, y se encamino á las escaleras, y el desconocido llegó á la puerta del aposento donde estaba la extranjera, se puso el baston bajo el brazo derecho, sacó una llave, abrió la puerta, entró, y cerró.

Poco despues Abd-el-Gewar, preocupado y pálido aun, estaba en la puerta del corral junto á Yaye.

—¿Conoceis á ese caballero? le dijo el jóven: os habeis conmovido al verle, y él os ha reconocido, y os ha saludado.

—Si, si por cierto: es él.

—¿Y quién es él?

—Es el señor Alvaro de Sedeño, antiguo y valiente soldado de los tercios del rey... y uno de los mejores servidores de tu padre.

—¡Ah! ¡es monfí!

—Lo ignoro; es un secreto que tu padre jamás me ha revelado.

—¿Pero donde habeis vos conocido á ese hombre?

—Muchas veces le he visto al lado de tu padre y hablando con él familiarmente en la montaña.

—Y sabiendo que ese hombre sirve á mi padre, ¿por qué palidecísteis á su vista?

—Es que ese hombre, no sé por qué, desde que le vi, me causó repugnancia, aversion, temor...

—Lo mismo me ha sucedido á mí, cuando hace un momento le he visto por primera vez.

—Me parece ese hombre fatal, dijo distraidamente Abd-el-Gewar, pero aqui viene Hamet; sin duda nos esperan ya nuestras cabalgaduras.... es necesario partir.

Notes in this chapter

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