PRIMERA PARTE. LOS AMORES DE YAYE. (continued 7)
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Maravillóla, sí, el encontrar encendidas las luces del zaguan en una casa donde no se encontraba á nadie.
Doña Elvira para cerciorarse de si aquella gran puerta daba á la calle ó á un patio interior, lo que podria muy bien suceder, corrió los cerrojos y abrió uno de los grandes postigos de aquella puerta.
En aquel momento un ginete arremetió por ella, y á poco no atropella á doña Elvira que se hizo un paso atrás, dejó caer la lámpara y exaló un grito de espanto al reconocer al ginete.
Aquel ginete era don Diego de Córdoba y de Válor.
—¡Ah! ¡ah! dijo don Diego; ¿sois vos señora? En verdad, en verdad, que yo esperaba encontraros en otra parte; pero no ciertamente aquí.
La situacion en que se hallaba doña Elvira era tan extraña que solo contestó fijando en su marido una mirada de terror.
—Haceis bien en aterraros, dijo don Diego, porque en verdad que sé algunas cosas de vos, que mas os valiera no haber nacido para no haberlas ejecutado.
Doña Elvira, que como la mayor parte de las mujeres, tenia suma facilidad para dominarse, se repuso y contestó á don Diego:
—No comprendo lo que me quereis decir, esposo y señor.
—¿Que haceis aquí, señora? dijo don Diego atando á una argolla del portal su caballo, del que habia descabalgado.
—En verdad que no lo sé, dijo doña Elvira recogiendo del suelo con gran serenidad la lámpara; al veros de repente ante mí me he sorprendido, porque no esperaba veros en esta casa, en la que á mí misma me causa gran extrañeza el encontrarme. Encended mi lámpara en uno de esos faroles y seguidme; tengo grandes cosas que comunicaros.
Sorprendido don Diego del aplomo con que doña Elvira le hablaba, ni mas ni menos que si nunca le hubiese ofendido, tomó maquinalmente la lámpara, la encendió y la entregó á su esposa.
—Vamos de aquí, dijo ella, trasladémonos á nuestra casa; tengo que revelaros sucesos importantes.
—¡Ah! ¿teneis que revelarme... sucesos importantes? dijo conteniendo mal su cólera don Diego.
—Si por cierto; pero ante todo decidme: ¿por qué razon habiendo estado un mes ausente, venís á esta casa antes que á la vuestra?
—Tenia mis razones para pretender llegar á cierto punto de mi casa sin ser sentido.
—¡Ah! ¿y á qué punto de vuestra casa queriais llegar sin ser sentido, caballero? en verdad que no comprendo la razon de tanto misterio, á no ser que pensáseis darme el placer de una sorpresa.
—Si por cierto, queria sorprenderos doña Elvira.
—Y efectivamente me habeis sorprendido presentándoos ante mí en un lugar y en una ocasion en que ciertamente no hubiera esperado encontraros.
—Perdonad si no os digo en qué lugar queria sorprenderos; porque estamos en una casa extraña y podria escucharnos alguno de los criados del capitan Alvaro de Sedeño.
—¡Ah! ¡esta es la casa de vuestro amigo el capitan Sedeño! En verdad que yo ignoraba que viviese tan cerca; que pudiese comunicarse con nosotros, y habeis hecho mal en no advertírmelo, porque...
—Seguid, seguid adelante, señora, y callad: basta con que hayais dado el escándalo de que os vean en esta casa, en la que no comprendo por qué razon estais; no hay necesidad de que nadie se entere de nuestros asuntos.
—Podeis estar tranquilo, dijo doña Elvira; nadie nos escuchará porque esta casa está deshabitada.
—¡Deshabitada!
—Si por cierto, seguidme y os convencereis.
Doña Elvira tomó por la escalera principal, y don Diego la siguió, dominado por lo extraño de lo que le acontecia.
Preocupados entrambos esposos con la situacion en que se encontraban, se olvidaron de cerrar la puerta de la calle, y siguieron en silencio el uno tras la otra por las escaleras arriba.
Doña Elvira entró en los corredores, y de ellos pasó á una antecámara, en la que antes no habia entrado.
En aquella antecámara habia un fuerte olor á cera quemada: era la antecámara mas allá de la cual habia muerto doña Inés.
Doña Elvira siguió fatalmente adelante y se encontró en el aposento mortuorio. Habia sobre la mesa dos bugías encendidas que proyectaban una luz opaca sobre el lecho.
—Aquí hay una mujer que duerme, dijo don Diego.
Doña Elvira miró el lecho, y mas perspicaz que su marido lanzó un grito de horror.
—¡Esa mujer está muerta! exclamó.
—¡Muerta! exclamó don Diego arrebatando la lámpara á doña Elvira que habia quedado yerta de espanto, y acercándose al lecho: ¡muerta! ¡sí muerta! pero... ¿quién es esta mujer?... ¡ah! ¡la muerte se cruza en mi camino cuando vengo á buscar una prueba de mi deshonra!
—¡De vuestra deshonra! exclamó en un acento indefinible doña Elvira.
—Sí, sí, seguidme, señora, seguidme y concluyamos de una vez.
Y asió brutalmente de un brazo á doña Elvira y la arrastró consigo fuera de la cámara; atravesó la antecámara, salió á los corredores y luego, como quien conocia bien aquella casa, torció por una puertecilla, atravesó un pasadizo, entró en el aposento del capitan Sedeño, y se encaminó á la puerta secreta.
Aquella puerta estaba abierta.
—¿Habeis entrado por aquí, señora? la dijo.
—Por aquí he entrado, contestó con acento severo y duro doña Elvira, como si con la entonacion de su voz hubiera querido protestar de la manera brutal con que la arrastraba consigo don Diego.
—¿Y quién os ha dicho que existia esta comunicacion secreta con nuestra casa? preguntó con un acento no menos duro y severo don Diego.
—Nadie me lo ha dicho, yo he descubierto esta comunicacion.
—¡Que la habeis descubierto! ¿y cómo? hay alguna distancia desde el aposento subterráneo aquí y no parece natural...
—Yo no hubiera descubierto esta comunicacion, sino hubiera desaparecido Sidy Yaye.
—¡Que ha desaparecido Sidy Yaye! exclamó con un acento indescribible don Diego: ¡es decir que se os ha escapado!
—Solo sé deciros que esta noche cuando bajaba á traerle la cena, encontré la habitacion abandonada. Yo habia dejado bien cerrada la puerta; nadie conoce la entrada del subterráneo por nuestra casa mas que vos y yo: Yaye debia haberse escapado por otra parte: nos importaba demasiado ese mancebo para que yo no procurase indagar cómo podia haber huido, y recorrí la mina: al fin de ella dí con una escalera, al fin de la escalera con esta puerta que encontré franca; recorrí la casa, menos esa habitacion donde hemos visto ese cadáver, y no encontré persona alguna: llegué al zaguan, y... abrí maquinalmente la puerta...
—Para ver sin duda, si se alejaba con seguridad vuestro hermoso Yaye, dijo don Diego cediendo á una suspicaz suposicion: ¡oh! si, si, veo en esto la mano de los monfíes; vos no habeis querido que vuestro amante esté privado del sol y del aire.
—¡Mi amante! exclamó verdaderamente aterrada doña Elvira; pero sobreponiéndose á su terror, ¿habeis dicho mi amante? añadió con altivez.
—Venid, exclamó trémulo de furor don Diego.
Y arrastrándola consigo, descendieron por las escaleras: un instante despues se encontraron en el aposento subterráneo donde habia vivido un mes Yaye.
Don Diego revolvió en torno suyo una mirada de tigre y acercándose á un sillon colocado junto al abandonado lecho de Yaye, tomó de sobre él un riquísimo justillo de mujer y una gargantilla, que doña Elvira había dejado allí abandonados, con el descuido de una mujer que no piensa ser sorprendida en la habitacion de su amante.
—¿Qué significa esto, señora? dijo con acento opaco don Diego: ¿habeis elegido por vuestra cámara de vestir, este aposento, y por camarera á Yaye?
Doña Elvira no pudo contestar: su palidez se hizo lívida y miró con los ojos desencajados de espanto las acusadoras prendas que don Diego la mostraba.
—Nunca os habeis engalanado tanto para vuestro marido, exclamó con acento ronco don Diego; conócese que el hermoso emir apreciaba sobre todo, la desnuda blancura de vuestro cuello, cuando os hacia despojaros de esta rica gargantilla: á falta de sol y de aire vos llenábais de flores, de perfumes y de amores su encierro. ¡Oh! razon tenia yo en querer sorprenderos; sorprenderos de manera que nadie pudiese avisaros, pero os sorprendo á vos sola... el infame... el infame se ha escapado llevándose mi honor: pero yo sabré encontrarle: yo sabré matarle aunque le protejan todos sus monfíes.
Doña Elvira quiso disculparse aun; pero don Diego trémulo de cólera, acometió á su mujer en el momento de hacer ademan de hablar. Doña Elvira aterrada retrocedió y la mano de don Diego solo pudo asir su rizada gorguera de encaje de Flandes, se la arrancó y dejó descubierto el cuello y parte del seno de doña Elvira.
Entonces vió don Diego que sobre el pecho de su esposa habia un relicario de oro, pendiente de su cuello por una preciosa cadena del mismo metal.
Don Diego arrojó lejos de sí la gorguera, y señaló con un dedo inflexible el relicario.
—Negad ahora, si os atreveis, exclamó.
—¿Y este relicario que os prueba? exclamó con audacia doña Elvira.
—Es el relicario de mi hermana: el relicario bendecido por el papa, que yo la regalé hace un año. Y ¿sabeis lo que hizo mi hermana con ese relicario? le regaló á Yaye, al hombre á quien amaba. ¿Sabeis que la noche en que se separaron Yaye é Isabel pidió ella su relicario al hombre de quien debia separarse para no volverle á ver, y que él, no consintió en separarse de ese relicario? ¿sabeis que yo lo escuchaba todo, oculto? ¿que sé que ese relicario habia quedado en poder de Yaye, y que solo él puede habérosle dado? ¿sabeís que cuando un hombre da una prenda de amor de una amante á otra amante, es porque ama mas á la segunda que á la primera ó porque no ama á ninguna de las dos? ¿Y me quereis negar todavía que sois amante de Yaye?
Dona Elvira era una mujer de pasiones violentas, de la cual no podian esperarse sino extremos, y desesperada por la pérdida de Yaye, enloquecida por la situacion en que se encontraba, devorada por la fiebre, fuera de sí, exclamó con una energía casi salvaje:
—Pues bien, si, matadme, matadme, porque estoy desesperada: porque le amo, he sido suya y le he perdido.
Don Diego se sintió acometido de un vértigo de sangre, desnudó su daga furioso y acometió á doña Elvira que cayó de rodillas; pero de repente se contuvo; se pasó la mano por la frente, envainó la daga y dijo asiendo á su esposa con una fuerza desesperada por un brazo:
—Aun no es tiempo... aun vive él... vivid vos tambien... una puñalada es poco... necesito mas para vengarme... y me vengaré... me vengaré sin que el mundo pueda conocer mi venganza, ya que no conoce mi deshonra... me vengaré, pero de una manera horrible.
Y sombrío y letal, dejando á doña Elvira doblegada sobre sus rodillas, salió del subterráneo por la casa del capitan Sedeño, cerró perfectamente la puerta secreta, atravesó aquella casa, bajó al zaguan, sacó el caballo fuera, encajó la puerta ya que no podía cerrarla, montó y rodeó el Albaicin para dar lugar á que su esposa se rehiciera, bajó al meson donde habia dejado á su hermano, y dos horas despues de la terrible escena habida con su esposa, llamó á su casa.
Doña Elvira bajó serena y tranquila; mejor dicho: como una esposa amante, á recibirle y se arrojó en sus brazos.
Don Diego la estrechó en ellos y la dijo al oido estas palabras envueltas en un beso satánico:
—¡Gracias! ¡doña Elvira, me habeis comprendido!
Y asido de su mano se encaminó á las escaleras en cuyo primer peldaño pálida y anhelante le esperaba doña Isabel.
—¡Y mi esposo! exclamó esta.
—Tu esposo hermana dijo don Diego ha tenido la desgracia de ser asesinado por los monfíes de las Alpujarras.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Un momento despues, don Diego fue solemnemente preso por un capitan de caballos de órden del capitan general de la córte y reino de Granada, y conducido con grandes seguridades á la Alhambra.
CAPITULO XVII. Cómo se encontraron el rey del desierto y el capitan estropeado.
Sepamos ahora, lo que habia hecho en el huerto doña Isabel.
Adelantó temblando y á oscuras por entre las flores y se acercó al postigo; poco despues se oyeron por la parte de afuera en aquel postigo tres golpes recatados.
Doña Isabel abrió temblando.
—¿Sois vos? dijo á un hombre, que á pesar del calor, estaba envuelto en una ancha capa.
—Yo soy, dijo aquel hombre entrando; cerrad, señora, cerrad.
Doña Isabel cerró.
—¿Estais segura de que nadie puede vernos? dijo el hombre.
—Los criados estan al otro lado de la casa, y no acostumbran á venir de noche al huerto, contestó doña Isabel.
—Aunque la noche es oscura, como el huerto está descubierto por esta parte, temeria que os viesen conmigo.
—Os repito, dijo doña Isabel con acento en que se notaba la contrariedad en que la ponia aquella aventura, os repito que nadie puede vernos.
—¡Ah! la noche es oscura y las tapias no son muy altas, dijo el desconocido mirando á las que lindaban con el huerto de la casa del capitan Sedeño.
—¿Qué habla este hombre de tapias? dijo para sí con cierto temor doña Isabel, temiendo haber caido en un lazo tendido por un ladron.
Pareció como que el desconocido adivinaba el cuidado de doña Isabel, puesto que se apresuró á decirla:
—Nada temais: no es un criminal el hombre que teneis delante, y puesto que habeis tenido la bondad de franquearme la entrada, tenedla tambien de oirme en un lugar en donde de nadie podamos ser escuchados.
Una vez puesta en aquella situacion doña Isabel, siguió de una manera fatal el camino que habia empezado y condujo al extranjero á su enramada favorita.
—Sentaos, le dijo, señalándole el banco.
—Sentaos vos, señora, y nada temais; sois buena, necesitais de amparo y os juro que yo os ampararé.
Se trocaban los papeles: convertíase en amparador, el que aquella mañana pedia ser amparado.
—Nos encontramos en una situacion verdaderamente extraña, doña Isabel, la dijo; he podido procurarme una entrevista á solas con vos á nombre de vuestro esposo, y es necesario que sepais cómo he trabado conocimiento con él. Este conocimiento le debo á una traicion de vuestros hermanos.
—¡Ah! ¡ya lo temia yo! exclamó doña Isabel.
—Pero antes de que lleguemos á este punto es necesario que sepais quién soy yo.
—Vos sin duda sois extranjero, dijo con encogimiento doña Isabel.
—Si, es verdad, contestó suspirando el desconocido, y bien sabe Dios que si estoy en tierras de Europa, y en España, es contra mi voluntad.
—¿De qué parte del mundo sois, pues, caballero?
—De la cuarta parte, contestó el desconocido.
—¿De América?
—Cabalmente: soy mejicano.
—¡Ah!
—¿Comprendeis que un mejicano tiene tantos motivos para aborrecer á los españoles como un morisco?


¡Defiéndete! ¡ese cadáver va á ser nuestro testigo!
—Sin embargo, á pesar de todas sus crueldades, de todas sus tiranías, los españoles nos han mostrado la santa ley de Jesucristo.
—¿Y qué importa que hayamos escuchado la voz de los ministros del Altísimo? ¿qué importa que persuadidos por su palabra hayamos despreciado á los torpes ídolos á quienes antes rendíamos un culto abominable, para arrojarnos llenos de fe y de esperanza al pié de los altares del Crucificado? ¿hemos conseguido por eso que los españoles nos traten como hermanos? Ellos nos han traido á la religion única y verdadera; pero tambien nos han traido al martirio.
—Es verdad, dijo doña Isabel que como morisca no podia desconocer las infamias de que los moriscos eran víctimas.
—Para esos hombres, continuó el mejicano no hay mas Dios que el oro, ni mas cielo que los placeres: allí donde alcanzan su garra ó sus ojos, allí van el robo, el asesinato y la impureza: la América es un tesoro vírgen, y las vírgenes de América las mujeres mas hermosas del mundo. ¡Ah! ¡perdonad! vos sois tan hermosa y tan pura, como la mas pura y mas hermosa de ellas. ¡Si conociíeseis á mi esposa! ¡si conocíeseis á mi hija!
La voz del mejicano se hizo trémula y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Doña Isabel perdió todo su terror, que dejó en su alma su lugar á la compasion.
—¡Vuestra esposa! ¡vuestra hija! exclamó con un profundo acento de misericordia ¡Las habeis perdido!
—¡No! ¡me las han robado! ¡me las robó hace diez años un español infame! ¡pero no las he perdido no! estan muy cerca de mí: allí, en aquella casa.
Y señaló la del capitan estropeado.
—¿Qué estan allí, en esa casa, vuestra esposa y vuestra hija?
—¡Si! son esclavas del capitan Alvaro de Sedeño.
—¡Esclavas! ¡Dios mio! exclamó horrorizada doña Isabel.
—Como podeis serlo vos mañana.
—¡Yo soy cristiana!
—Pero sois morisca. Mañana una rebeldia imprudente de vuestro hermano, que es harto ambicioso, podrá causaros desventuras incalculablemente mayores que las que os ha causado ya su falta de prevision. ¡Oh! ¡si mañana encendida la guerra os vieseis cautiva arrancada de vuestros hogares, tratada brutalmente...! ¿de que os serviria haber abrazado con toda vuestra alma la religion de Cristo?
¡Estoy sola en el mundo! ¡sola y desesperada!


—Si eso sucede, la religion me servirá y me sirve ya, para sufrir con valor mis desventuras.
—¡Ah! yo procuraré salvaros, como procuro salvar á mi hija y á mi esposa, si aun es tiempo.
—¡Si aun es tiempo!
—He visto una sola vez á mi esposa hace algunos dias despues de diez años de separacion y de lágrimas, y apenas he podido reconocerla. ¡Oh! ¡la desesperacion y la muerte estaban pintadas en su semblante! aun no he podido vengarla: cien veces he tenido junto á mí al infame, y un juramento horrible me ha atado las manos: cuento con vos para salvarlas y luego,... ¡quiero una venganza horrible, horrible de todo punto...! quiero que me vengue la Inquisicion!
—¡La Inquisicion!
—¡Oh! si: ese hombre es un espia de los monfíes, un renegado de Cristo.
—¿Conoceis á los monfíes?
—El rey de los monfíes contiene mi venganza por un juramento.
—Pero ¿quien sois vos? dijo maravillada de aquel hombre doña Isabel.
—Yo soy Calpuc, el rey del desierto, contestó solemnemente el mejicano.
—¡Ah! exclamó doña Isabel.
—Sí; como la vuestra, mi alcurnia es egregia, señora... para que cese vuestra extrañeza, para que consintais en ayudarme, necesito revelaros la historia de mi vida, de mis alegrias y de mis desventuras... pero ahora que hablamos de favorecernos: ¿habeis traido con vos la sortija de bodas?
—Si, si, tomad: ¿pero qué tiene que ver esta sortija...?
—Esta sortija servirá para arrancar de las manos de un miserable, una carta de vuestro hermano que puede perderle y perderos con él, porque la tal carta, fue escrita por don Diego al emir de los monfíes y contiene pruebas de traicion al rey. Miguel Lopez, vuestro esposo, se apoderó de aquella carta, y obligó con ella á vuestro hermano, á que eligiese entre haceros esposa de Miguel Lopez, ó que fuese entregada aquella carta al presidente de la Chancillería: vuestro hermano os sacrificó á su seguridad.
—¡Ah! ¡Dios mio! ¡Dios mio! exclamó doña Isabel.
—Pero nada temais: acaso Miguel Lopez muera, y esa carta no será entregada á los ministros del rey de España.
Doña Isabel dobló la cabeza bajo el peso de su infortunio.
—No perdais la esperanza, señora, la dijo Calpuc: vuestra felicidad está en mis manos; Yaye, el emir de los monfías, el hombre á quien amais, vive, y Miguel Lopez está en mi poder.
—¡Ah! ¡no le mateis! exclamó doña Isabel.
—Acaso muera sin que yo pueda evitarlo, respondió profundamente el rey del desierto.
Hubo un momento de silencio solemne, despues del cual dijo Calpuc.
—La noche sube y necesito que consintais en ayudarme; escuchad, pues, mi historia.
Y seguidamente contó á doña Isabel cómo robó á doña Inés de Cárdenas de la frontera del desierto; cómo por su amor se convirtió al cristianismo y cómo le fueron arrebatadas su esposa y su hija por Sedeño; su venida á España, en busca del robador, y su conocimiento con el emir de los monfíes.
Cuando concluyó, los ojos de doña Isabel estaban llenos de lágrimas.
—¿Y cómo quereis que contribuya á la libertad de vuestra esposa y de vuestra hija? preguntó.
—Escuchad, señora, dijo Calpuc: el capitan ha salido esta mañana hacia las Alpujarras: solo han quedado en la casa un viejo soldado y dos criadas: pretender penetrar por la puerta seria imprudente... pero puedo penetrar por esas tapias, si vos me lo permitís.
—¡Oh! si, si, id... y si yo pudiera ayudaros personalmente....
—No, no señora, dijo Calpuc; pero dejadme ir, por que me devora la impaciencia.
—¡Oh, si! id á salvarlas, id y que Dios os ayude.
—¡Que él os bendiga señora, exclamó Calpuc besando la mano de doña Isabel; que él os lo pague si yo no puedo pagaros!
Calpuc se separó de doña Isabel: esta le vió llegar á la tapia, terciarse la capa, asirse á las asperezas de la pared y trepar silenciosamente por ella.
Poco despues desapareció.
Doña Isabel permaneció algun tiempo en el huerto abstraida profundamente, pero vino á sacarla de su abstraccion un grito horrible, inarticulado, semejante á un rugido, que procedia del interior de la casa del capitan Sedeño.
Tuvo miedo, huyó del huerto, y se encerró en su habitacion de la que salió poco despues á recibir á sus hermanos que habian llamado á la puerta.
CAPITULO XVIII. Continuacion del anterior.
El capitan Sedeño, bien ageno de todos estos acontecimientos, y anegando su alma de tigre en la feroz y para él alegre contemplacion de sus traiciones, que aseguraban su reposo y su independencia, se dirigia á su casa, atravesando las estrechas y oscuras callejas del Albaicin.
Llegó al fin, y llamó con fuerza desde el caballo; pero nadie le contestó.
Repitió dos golpes mas fuertes, y á su empuje la puerta, que como sabemos no estaba afianzada, cedió y se entreabrió.
—¿Qué es esto, exclamó con un colérico asombro el capitan? ¿no me responde nadie y la puerta está abierta?
Dicho esto empujó mas la puerta, penetró á caballo, y al ver los faroles del zaguan encendidos, gritó:
—¡Ola! ¿qué es esto? ¡vive Dios!
Nadie le contestó.
Entonces el capitan echó pié á tierra, temblando de cólera, corrió los cerrojos de la puerta, y subió, cuanto de prisa se lo permitia la falta de su pierna, las escaleras.
A medida que adelantaba, la soledad que encontraba en su casa, le hacia sentir un terror frio, semejante al presentimiento de un suceso terrible; siguió adelante, atravesó algunas habitaciones, y al fin abrió la puerta de la cámara mortuoria.
Al entrar encontró en el centro de ella un hombre que fijaba en él una mirada sobrenatural, y decimos sobrenatural, porque tal era el odio, la rabia, la desesperacion y la venganza que brillaban al par en aquella mirada.
Aquel hombre era Calpuc, el rey del desierto, que habia sentido acercarse al capitan, merced al ruido seco de su pata de palo sobre el pavimento, y se habia alzado de sobre el lecho, donde el infeliz habia encontrado muerta á su esposa.
Al ver ante sí á Sedeño, se encaminó gravemente á la puerta, y la cerró por dentro. Luego adelantó hasta el capitan, que permanecia asombrado en el centro de la cámara, mirando con una fascinacion horrible el cadáver de doña Inés.
Aquellos dos hombres no tenian nada que decirse: la situacion en que respectivamente se encontraban colocados, era demasiado terrible para que diese lugar á palabras ni á recriminaciones.
Calpuc desenvainó su espada con una calma horrorosa, y punzando en un brazo al capitan que estaba absorto, dominado por el terror, como para advertirle, le dijo, cuando este, al sentir la aguda punta, se volvió en un movimiento colérico:
—¡Defiéndete! ¡ese cadáver va á ser nuestro testigo!
—En buen hora, dijo con voz cavernosa el capitan, desnudando convulsivamente su espada: ese cadáver colocado entre los dos pide sangre: defiéndete.
Y empezó un combate espada contra espada, que hubiera podido parecer por lo acompasado y reflexivo un asalto de armas, sino hubiera existido en el lecho aquel cadáver, y una pasion profunda, letal, en el semblante de los combatientes.
Los dos eran maravillosamente diestros: los dos acometian y paraban con suma reflexion, como si hubiesen querido no perder un golpe, no faltar á una parada: conocíase en ambos la decidida intencion de matar á su adversario, y las estocadas eran rectas, profundas, las paradas vigorosas: cubríanse y reparábanse con un cuidado exquisito, con una sangre fria, admirable en la situacion en que se encontraban los dos enemigos.
Pero á poco que se observase á aquellos dos hombres, se conocia que la ventaja estaba de parte de Calpuc: no porque Sedeño fuese cojo y manco, defectos que no impedian el que se manejase perfectamente con la pierna y el brazo que tenia sanos, sino porque, á pesar de su valor y de su sangre fria, Sedeño estaba aterrado, su terror crecia de momento en momento, y no podia sufrir la candente mirada de Calpuc, que le devoraba, le amenazaba, le torturaba. En una palabra: porque su infamia habia acabado por dominar al capitan, mientras Calpuc, en quien vivian la rabia y el derecho, estaba sostenido por ellos como por la mano de Dios.
Sin embargo, y atendido el estado de la lucha, aunque se notase alguna ventaja en Calpuc, ventaja puramente moral, ningun inteligente en la esgrima de aquellos tiempos que hubiera presenciado el duelo, se hubiera atrevido á decidir rotundamente acerca de cuál de aquellos hombres seria el vencedor.
Conocíalo esto asimismo Calpuc, y se afianzó mas en su posicion y se hizo mas cauto y perspicaz en la acometida y en la parada; notó que Sedeño, á pesar del peligro, estaba abstraido, que se defendia bien por tacto y por costumbre, y que, saliendo bruscamente del género de ataque que habia usado hasta entonces, podria cogerle desprevenido y matarle.
Asi es que, con una destreza maravillosa, le marcó un golpe al rostro; hizo pasar la punta de su espada con la velocidad del relámpago por delante del único ojo del capitan, y rebatiendo la mano, á tiempo que Sedeño acudia á la parada por arriba, le metió la espada en el pecho hasta la empuñadura.
Calpuc dejó la espada en la herida, temeroso, si la sacaba, de traerse con ella la vida del capitan: este lanzó una horrible blasfemia al sentirse herido, quiso afianzarse sobre su pié y su pata para no caer; pero al fin vaciló y cayó sobre el costado donde habia sido herido.
—Mi esposa ha muerto: exclamó Calpuc, acercándose á él, pero mi hija vive: ¿sabes qué ha sido de mi hija?
—¡Ah! exclamó con una feroz alegria Sedeño: ¿has encontrado muerta á tu esposa, y no sabes qué ha sido de tu hermosa Estrella...? muero, pues, mas tranquilo. Doña Inés no puede ser tuya, porque es de la tumba, y tu hija ha huido acaso con algun castellano; acaso con el soldado que me servia... ¡deshonrada! ¡ah! ¡hermosa ramera!
Una tos profunda, hirviente, interrumpió al capitan, que lanzó un vómito de sangre.
—Contesta, contesta y te perdono... exclamó Calpuc: ¿qué has hecho de mi hija? ¿dónde está mi hija?
—¿Para qué quiero yo tu perdon? exclamó con la voz enronquecida Sedeño: yo te desprecio Calpuc, y muero satisfecho porque sé que no tardarás en acompañarme; porque muero dejando por una casualidad preparada mi venganza.
Un nuevo vómito de sangre, sin tos, sin esfuerzo, fácil, como rebosa el agua de una fuente, interrumpió de nuevo al capitan.
Calpuc se aterró ante aquella oscura amenaza que salia de los siempre crueles labios del moribundo.
—¡Mi hija! ¡mi hija! gritó Calpuc inclinándose sobre el capitan, y sacudiéndole furioso.
Tornó á él Sedeño la vista nublada y vaga por la muerte, sus labios se contrajeron de una manera horrible, y exclamó en medio de una carcajada débil, dolorosa; pero sarcástica y acerada:
—¡Tu esposa! ¡tu hija! ¡las dos! ¡y luego tú!
Su voz se apagó, se agitó en un débil esfuerzo, y faltándole el brazo sobre que se apoyaba, cayó y quedó inmóvil.
Estaba muerto.
Aquella muerte abrió un vacío profundo en el alma de Calpuc.
—¡Ah! exclamó: he sido un insensato: le he matado, y no he podido saciar mi venganza... mi venganza es ya imposible... está muerto... ¡muerto...!
Calpuc quedó inmóvil como una estátua, con una ansiedad mortal pintada en el semblante, con una rabia concentrada en sus ojos: luego se volvió de una manera insensata hácia el lecho, se arrojó sobre él, y besó una y otra vez delirante, la fria boca del cadáver.
Luego se alzó, cortó con su daga uno de los negros rizos de dona Inés, y le envolvió en un pedazo de las ropas del lecho que cortó tambien con su daga: despues besó de nuevo al cadáver, y dijo como si este pudiera oirle:
—¡Adios, Inés! ¡Inés de mi alma! yo moriria junto á tí... pero mi vida no me pertenece... ¡pertenece á nuestra hija! ¡tú, cuyo espíritu está sin duda en el seno de Dios, guíame para que pueda encontrarla, fortaléceme para que no sucumba al dolor, y vela desde el cielo por nuestra Estrella!
Despues de esto, Calpuc se levantó de sobre el cadáver y se separó algunos pasos; pero volvió de nuevo: parecia que un poder invencible le ataba, le retenia junto al cadáver de su esposa. Por una, dos y tres veces, pretendió en vano alejarse; pero al fin, hizo un violento esfuerzo y salió frenético de la cámara.
Cuando estuvo fuera de ella, se detuvo, volvió su rostro hácia el interior, y rompió á llorar como una mujer desconsolada.
Luego se alejó á paso lento, y salió de la casa, cuya puerta dejó abierta, murmurando una y otra vez con el acento de la mas profunda desesperacion:
—¡Ni mi esposa, ni mi hija, ni mi venganza!
CAPITULO XIX. De cómo la justicia fue á cerrar la casa del capitan, dejándola enteramente deshabitada.
Aquella misma noche algunos monfíes enviados por Yuzuf, entraban en Granada escalando silenciosamente los ya aportillados muros de la muralla que por la parte de la Torre del Aceituno (hoy ermita de San Miguel el Alto), constituian la cerca que lleva aun en nuestros dias el nombre del Obispo don Gonzalo.
Aquellos monfíes disfrazados, llegaron en secreto y protegidos por la noche y por la soledad del Albaicin, á las casas de algunos moriscos principales, para manifestarles que la noche siguiente llegaria á Granada por los atajos de la sierra, el anciano Yuzuf con seis mil monfíes.
Al mismo tiempo algunos adalides del capitan general en traje de arrieros, salian secretamente por las puertas con pliegos para los corregidores de las poblaciones moriscas, en los que se les mandaba que al momento viniesen á Granada con los caballeros particulares y gente de guerra y del comun que pudiesen reunir.
No mucho despues de haber salido Calpuc de la casa del capitan Sedeño, un alcalde con una ronda de alguaciles, que, segun costumbre, recorria las silenciosas calles, entró en la de San Gregorio: al pasar por delante de la casa de Sedeño, maravillóle ver la puerta abierta y las luces del zaguan encendidas.
—Pues segun los bandos, dijo el alcalde, á estas horas debia estar ya cerrada esta puerta: adelantad maese Barbadillo, y decid al que saliere, que la justicia castiga por su descuido al dueño de esa casa, en dos ducados para obras pías.
Adelantó el corchete con su linterna, y entró.
—¡Ah de casa! dijo.
Nadie le contestó.
Asió entonces la cuerda de la campana y la agitó: tampoco sobrevino contestacion alguna.
Salióse el corchete.
—Señor alcalde, dijo, por el presente no parece en esa casa mas persona viviente, que un caballo que está enjaezado en el zaguan.
—Volved á llamar, maese Barbadillo, volved á llamar.
Llamó de nuevo el corchete con la voz y con la campana desaforadamente; pero no recibió mas contestacion que las veces anteriores.
Entonces el alcalde Anton de Zalduendo, hombre ágrio y seco, de cincuenta años, enhiestó la vara de justicia, y alegrándose, con esa alegría característica de los curiales cuando les cae que hacer, esto es, con una alegría maligna, se entró de rondon por la puerta franca, seguido de cuatro alguaciles, y dejando dos de guardia á la puerta.
Despues de un escrupuloso registro, que dió por resultado encontrar una casa grande, principal, ricamente amueblada y entapizada, sin una alma viviente y con dos cadáveres, el alcalde, aumentada su alegría en una proporcion maravillosa, mandó á un alguacil para que buscase de una manera apremiante un escribano, y otro para el cura de la parroquia, á fin de que acudiese con sus sepultureros.
El escribano libró testimonio de cómo en una casa grande de la calle de San Gregorio el Alto, el nombre de cuyo dueño no se sabia aun, por no haber habido lugar á la indagatoria, y en una de las cámaras de aquella casa, se habia encontrado por la ronda del alcalde de Casa y Córte, Anton de Zalduendo, los cadáveres de una dama como de cuarenta años, muerta al parecer de enfermedad, y el de uno, al parecer por sus divisas, capitan de infantería española, manco del brazo izquierdo, cojo de la pierna derecha, y tuerto del ojo siniestro, muerto á hierro y al parecer en riña: que habiendo comparecido el licenciado Pero de Rávago, cura de la parroquia de San Gregorio el Alto, se le habia ordenado que mandase conducir los dos difuntos á la iglesia, y que al dia siguiente los pusiese en sendas cajas de ánimas en la puerta de la parroquia, á fin de que los vecinos los viesen, por si alguno los reconocia; despues de lo cual, y habiéndose llevado los difuntos los sepultureros, y quedado en poder del infrascripto escribano, dos espadas y una daga que tenia sobre sí el difunto, la una espada en el cuerpo en una herida que le atravesaba de parte á parte, y la otra espada en la mano, sin señal alguna de sangre, se procedió al inventario y embargo de los muebles de la casa, y de dos caballos que se encontraron, el uno en el zaguan y el otro en la cuadra, cerrándose y sellándose todas las puertas por la justicia, y entregándose los caballos al mesonero del Meson del Cuervo, en la calle del Agua, todas cuyas diligencias tuvieron fin y remate al alborear el dia 1.º de julio del año de 1546.
Como se vé, Yaye, sin duda se habia llevado consigo las dos sirvientes, que como hemos dicho habian sido encerradas, puesto que la justicia no encontró en la casa persona alguna.
Igualmente se desprende del testimonio del escribano, que la justicia no habia dado con la puerta secreta que ponia en comunicacion la casa del capitan difunto con la de don Diego de Córdoba y de Válor, puesto que ni una palabra se decia en el testimonio acerca de la tal puerta.
Pero en un testimonio por separado que habia pasado con urgencia el alcalde Anton de Zalduendo al presidente de la Chancillería, constaba que en un armario, encontrado en un dormitorio, al parecer de hombre, se habían hallado papeles interesantísimos para la salud de la república y el servicio del rey.
CAPITULO XX. Estrella.
La casa que el walí de los monfíes Harum, habia procurado á su señor el poderoso emir de las Alpujarras Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, era, como hemos dicho, una bellísima casa; mas aun, un pequeño alcazar situado en una calleja angular que se llamaba entonces la casa de las Tres Estrellas, y aun se llama hoy, puesto que la casa y la calleja en cuestion existen.
Debemos decir que la causa ostensible de tal nombre, son tres estrellas incrustadas en el ladrillo que sirve de clave al arco árabe agramilado de la puerta de la casa, y la causa ostensible de aquel nombre, porque aquellas tres estrellas, mas que un adorno son, por decirlo asi, un símbolo; lo que queda sobre la tierra de un tremendo suceso acontecido en aquella casa cuando Granada era de moros, suceso con el cual pensamos confeccionar una leyenda á la que titularemos, Dios mediante, Las Tres Estrellas.
Mas, volviendo á nuestra narracion, nos permitirán nuestros lectores que digamos algo acerca del estado en que se encontraba aquella casa cuando acontecian los sucesos que vamos refiriendo.
Su fachada era pequeña y formaba uno de los lados del segundo ángulo recto de la calle: la pequeña y sencilla, pero bella puerta ogiva de herradura, constituia el frente de la calle, conforme se doblaba el primer ángulo viniendo de la parte de la iglesia de San Gregorio el Alto; el muro á que aquella puerta pertenecia, no tenia perforacion, ventana ni respiradero alguno, mas que un pequeño agimez de estuco labrado, con columnas de mármol blanco de Macael, que correspondia á un pequeño mirador con cúpula, situado sobre el tejado de la casa, encima del alero de pino labrado y ennegrecido por el tiempo, mirador que estaba situado á la derecha de la casa, y que se veia desde la calle, merced á la poca elevacion de la pared, que constituia el otro lado del ángulo recto que determinaba la calle.
Este mirador era tan esbelto, tan delicado, tan feble, que algunos años hace, fue arrebatado por el huracan un dia de tormenta, del mismo modo que si hubiera sido de carton, ó como las hojas secas de un árbol.
Pasando la puerta se encontraba una especie de zaguan oscuro, pavimentado de mármol, con faja de mosáico ó alicatado en la parte inferior de los muros, que desde aquella faja hasta el techo estaba prolijamente adornado de arabescos, y aquel techo era de bobedillas pintadas con sumo primor y buena eleccion de colores, para los cuales faltaba luz. Frente á la puerta habia un delicado arco que daba paso á un patio muy pequeño, mas largo que ancho, en cuyo centro habia una fuente abierta en el pavimento, de mármol como el del zaguan; al fondo de este patio habia una puerta mas pequeña que daba á una estrechísima y oscura escalera que ponia en comunicacion el piso bajo con el alto, desembocando en una galería, situada á la izquierda del patio, con barandilla ó balaustrada de pino tallado y agramilado.
El costado izquierdo del patio consistia en un cenador estrecho en el piso bajo, y en la galería que hemos citado en el alto. Esta galería estaba sustentada por una viga maestra labrada delicadamente y apoyada en sus extremos por dos zapatas ricamente talladas, pintadas y doradas; otra viga enteramente semejante, con iguales zapatas, sostenia el alero que estaba tambien pintado y dorado. Ambos techos, el del cenador, y el de la galería, eran de ensambladura, con estrellas, escudetes y triángulos cruzados, matizados y dorados, con filetes de blanco y rosa. Ambos muros, el superior y el inferior, estaban ornamentados con fajas de azulejos ó mosáicos, labor de estuco, pintadas inscripciones y follajes. En ambos muros habia dos puertas de herradura, con elegantes nichos para las babuchas, en la parte media de sus gruesos, diferenciándose solo estas dos puertas, cuyos festones y enjutas estaban primorosamente labrados, en que la del cenador era mayor que la de la galería.
Por la puerta inferior se entraba en una cámara oscura; pero riquísima en su pavimento de mosáico, en sus arabescos y en su techo; á los extremos de esta sala habia dos pequeños alhamíes ó alcobas. Por la puerta de la galería se entraba á otra sala enteramente igual; pero mas baja de techo y variada en el adorno; al extremo de la galería habia una pequeña puerta que daba á una escalera, y aquella escalera desembocaba en un pequeño corredor oscuro, que iba á dar al mirador que se veia desde la calle.
Este mirador era perfectamente cuadrado y apenas de tres varas de extension. Tres de sus costados tenian agímeces cubiertos por celosías y por cortinas de seda carmesí; en el otro costado estaba la puerta. El friso de este mirador se hacia octógono, y sobre él se veian diez y seis bellísimas ventanas transparentes de estuco, sobre las cuales se levantaba una cúpula de estalácticas, que remedaba con sus colgantes una gruta de hadas.
Todo en aquel mirador era delicado, bello y rico: el mosáico menudo, caprichoso, ejecutado con sumo primor; las pechinas de agallones, que naciendo de los ángulos, determinaban la figura octógona del friso; los adornos, las inscripciones, los colores, todo perfectamente ejecutado, todo perfectamente concluido; un hermoso sueño de un hábil alarife realizado en miniatura. En aquella pequeña estancia habia un divan de seda y oro; cortinas magníficas en la puerta y en los agímeces y un bello perfumero de plata.
Ademas, pendiente de la cúpula habia una lámpara de seda, y de cuatro de los cupulinos del octógono, cuatro jaulas de plata doradas en que vivian aprisionados cuatro ruiseñores.
Estas eran las habitaciones que constituian la parte bella y artística de la casa de las Tres Estrellas. A las demás dependencias, habitaciones de los criados y caballerizas, se entraba por el postigo de una huerta situada á espaldas de la casa y la comunicacion estaba abierta en el muro derecho del patio por una puerta sencilla.
En lo que hoy existe de la casa solo se encuentra parte del plano, y algunos restos de estucos, adornos y pinturas, gastados, corroidos, ennegrecidos por el tiempo.
Aquella casa es hoy el esqueleto mutilado de lo que fue.
A aquella casa fue á donde Yaye hizo conducir á Estrella desmayada, y á donde tambien fueron llevados, como hemos dicho anteriormente, el soldado que servia á Sedeño, y las dos sirvientes que habia en la casa.
Estrella fue conducida al bello mirador que hemos descrito.
La infeliz jóven tardó mucho tiempo en volver de su desmayo; acompañábala Yaye, que observaba su estado, lleno de interés y de caridad: ya sabemos, que la caridad era la virtud culminante de Yaye: una caridad sui generis; pero al fin el jóven llamaba caridad al dulce sentimiento que le hacia experimentar, en mayor ó menor grado, toda mujer hermosa colocada en ciertas circunstancias, y nosotros nos hemos propuesto respetar la conciencia del jóven emir; pero era muy extraño que la caridad de Yaye no se extendiese á los hombres ni á las mujeres feas ó viejas: era, en todo caso, una caridad muy condicional.
Las circunstancias en que habia encontrado Yaye á Estrella habian sido eminentemente extraordinarias: Estrella, por su posicion, por su juventud, y por su magnífica hermosura, impresionaba fuertemente el alma entusiasta, espansiva y ardiente de Yaye; se sentia arrastrado por ella á una caridad sublime, caridad llena de goces y de placeres, que le hacia sentir una emocion dulce, lánguida, fresca, odorífera, si se nos permiten estas dos últimas extrañas calificaciones: caridad que era de todo punto independiente del amor que le inspiraba doña Isabel de Válor, amor que habia empezado tambien, al menos asi lo creia Yaye, por un impulso caritativo. Doña Isabel era para el jóven la luz de su alma, su amor contrariado, su empeño: doña Estrella, un ser débil, necesitado de proteccion, una hermosa flor que la desgracia habia arrojado ante los piés del emir, y que estaba ante él pálida, privada de sentido, y sufriendo de una manera interna, ó, por mejor decir, orgánica. Yaye se habia dicho, respondiéndose á sí mismo, y como queriendo calificar el lazo que le unia á aquellas dos mujeres, tan jóvenes, tan puras, y tan desgraciadas las dos:
—Estrella será mi hermana; Isabel... Isabel si no puede ser mi esposa, será mi amante: Isabel será mia.
Pero entre tanto no volvia en sí Estrella; el sacudimiento que habia sufrido el alma de la pobre niña habia sido demasiado fuerte para que el accidente causado por él fuese pasajero. Continuaba el desmayo y aquella congoja muda que hacia presentir acaso una afeccion mayor y mas peligrosa, si la ciencia no acudía al socorro de Estrella. Yaye estaba realmente preocupado, casi aterrado, porque queria tener oculta á Estrella, y no se fiaba de nadie absolutamente mas que de los monfíes.
El jóven estaba solo con ella. La habia rociado el rostro con agua; la habia hecho aspirar las fuertes esencias que los moros sabian extraer de las flores y de las plantas, y Estrella no habia vuelto en sí. Yaye no se habia atrevido á desembarazarla de la presion de sus vestidos, ni la habia tocado mas que con una mirada ardiente, es verdad; pero ardiente de caridad. Al fin, cuando ya estaba casi resuelto, en vista de la duracion del accidente, á tomar, contra su voluntad y de una manera desesperada, una resolucion mas eficaz y decisiva, Estrella suspiró profundamente y abrió con languidez los ojos, sus hermosísimos ojos negros, á los que el dolor y la ansiedad hacian mas hermosos, irresistibles.
Poco á poco fue volviendo al uso de sus facultades; se levantó sobre el divan, pasó sus pequeñas manos por su frente, se apartó las pesadas bandas de sus cabellos, que se habian desordenado, y miró en torno suyo.
No preguntó donde se encontraba, no nombró á su madre, no se entregó á ese dolor ruidoso, que grita, se retuerce, se exhala de mil maneras, que serian ridículas á no ser por lo terrible de la causa que las motiva. Nada dijo á Yaye, únicamente le asió una mano, y se la besó, dándole las gracias por la proteccion que la habia dispensado con una mirada velada por lágrimas; mirada que hizo estremecerse de los pies á la cabeza á Yaye.
Luego se replegó sobre sí misma y Yaye la sintió llorar en silencio.
Hay momentos en que toda palabra de consuelo es inoportuna y aun cruel, porque aviva el dolor en vez de calmarle: el jóven emir lo comprendió asi y dejó á Estrella abandonada á su dolor; pero no se atrevió á dejarla sola; hacia calor en aquel reducido aposento, y Yaye descorrió los tapices de la puerta y de los agimeces y abrió las maderas; frescas oleadas de las auras nocturnas cruzaron por el interior del mirador y uno de los ruiseñores rompió en un magnífico trino.
Yaye tomó la jaula, la descolgó y llevó fuera el ave cantora: parecióle que la alegría tranquila del pájaro debia punzar el alma lastimada de Estrella; los otros tres ruiseñores fueron desterrados tambien á una habitacion inmediata, donde, dominados por la oscuridad, guardaron silencio.
Cuando entró de nuevo Yaye en el mirador, encontró á Estrella mas tranquila; habia variado de posicion, estaba abandonada voluptuosamente en el divan, sin duda por casualidad, y apoyaba su cabeza en una de sus manos cuyo brazo se hundia en los almohadones.
Sus grandes ojos negros, en los cuales se habia secado el llanto, aunque conservaban una profunda expresion de dolor y de ansiedad, se fijaban lucientes en Yaye, en cuyo semblante se posaron algun tiempo.
Luego aquellos ojos irresistibles parecieron aumentar su fuerza, su brillo, su expresion; se entreabrieron los rojos labios de Estrella, y Yaye la oyó murmurar con un acento apagado y ardiente, semejante á un suspiro:
—¡Oh! ¡gracias! ¡gracias, caballero! ¡cuánto os debo! ¿sin vos qué hubiera sido de mí?
Yaye no supo qué contestar y contestó á la ventura lo primero que se le ocurrió.
—Dios sin duda os hubiera amparado, dijo.
—Y ¿quién sino Dios, ha podido llevaros á mi lado en la terrible situacion por que acabo de pasar?
—¿Creeis que haya sido Dios quien me ha traido á vuestro lado? dijo Yaye pronunciando tambien estas impías palabras á la ventura, porque estaba trastornado.
—Y ¿quién sino Dios, respondió con acento sonoro y solemne Estrella, ha podido valerse de vos para que consoleis á una pobre madre moribunda, y ampareis á una huerfana infortunada? ¿Quién sino Dios pudo haber hecho que nos encontráramos y nos conocieramos en aquel meson de las Alpujarras? ¿quién sino Dios, ha podido inspirar á mi madre, á mi infeliz madre, para que me ponga bajo vuestra proteccion? ¿Creeis que Dios no habla por la boca de los moribundos?
—¿Creeis que Dios haya hablado por la boca de vuestra madre? exclamó Yaye que seguía hablando abandonado á sí mismo, ó por mejor decir, abandonado á aquella situacion que le presentaba á Estrella con el triple incentivo de su hermosura, de su dolor y de su infortunio.
La caridad habia tomado en aquella situacion tales proporciones en el alma de Yaye, que le quemaba en un fuego voraz, le envolvia en una atmósfera ardiente, dominaba su corazon, que flotaba en una region de sueños desconocidos; en una palabra, Yaye estaba embriagado, dominado, loco, y sin voluntad, por decirlo así, de una manera instintiva, como atraido por una influencia magnética, se sentó en el divan al lado de Estrella.
—Sí, sí; Dios ha hablado por la boca de mi infeliz madre, dijo la jóven; Dios ha tenido compasion de mí, y al herirme tan profundamente en mi amor de hija, ha abierto para mí una fuente de consuelo, presentándome un alma noble, á la cual unir mi alma...
Estrella que hablaba sin reflexion, abandonada á su dolor, á su necesidad de consuelo, se contuvo, porque un rayo de razon brilló en medio de su delirio.
Yaye no se atrevió á pronunciar una sola palabra; otro rayo de razon le habia hecho comprender la gravedad de las palabras de Estrella.
Pero como nuestro corazon es siempre exigente y despótico y siempre sale vencedor en sus luchas con la cabeza, Estrella, alma ardiente como el suelo en que habia nacido; fuerte y poderosa, porque se habia fortalecido en la desgracia; sedienta de felicidad, la sed mas implacable del corazon; voluntariosa, como es voluntarioso quien siempre ha estado luchando con un imposible, y ansiosa de afectos, como que solo habia gozado del desesperado afecto de su madre á la que acababa de perder, no tuvo fuerza para contenerse en la pendiente sobre la cual la habia puesto su situacion, ó, tal vez desesperada, importándola poco todo lo que en el mundo se respeta como conveniencia, continuó infiltrando en Yaye todas las ardientes pasiones que se exhalaban por su magnífica mirada, y dijo con voz temblorosa de temor y de dolor.
—¡Estoy sola en el mundo! ¡sola y desesperada!
—¡Sola! esclamó Yaye con un tímido acento de reconvencion.
—¿Cómo os llamais? dijo Estrella, sin apartar su mirada poderosa de los ojos de Yaye: he oido vuestro nombre, pero... lo he olvidado... lo he olvidado todo... ¡Oh, Dios mio! ¡mi cabeza! ¡tengo aquí un infierno!
Y se oprimió con ambas manos la frente.
Yaye la tomó las manos, las separó de su cabeza y las retuvo entre las suyas, sin que Estrella hiciese el mas leve esfuerzo, la menor indicacion para desasirse; por el contrario, las manos de los dos jóvenes se estrechaban fuertemente y se trasmitian un flúido irresistible, mientras sus miradas se devoraban y se confundian.
Entrambos estaban pálidos, solemnemente graves, confundiendo sus almas, entregados el uno al otro, como si nada existiese en el mundo mas que ellos, como si hubiesen sido el primer hombre y la primera mujer.
Sin embargo, Yaye al contestar á la pregunta de Estrella, mintió en cierto modo, no sabemos por qué.
—Me llamo Juan de Andrade, la dijo.
—¡Ah no, no! dijo Estrella; ese no es el nombre de un rey: ¿por qué me engañais cuando os preguntan mi dolor y... mi alma?
Estrella iba á decir mi amor, pero el pudor, que el mundo ha fabricado para la mujer, la contuvo y la hizo dar tortura á la frase.
—¡Ah! perdonad, pero sois cristiana, y no me he atrevido á deciros que me llamo Sydy Yaye, y que soy emir de los monfíes de las Alpujarras.
—¿Y qué importa? mi padre se llama Calpuc y es rey del desierto mejicano: somos hijos y señores de dos pueblos dominados por los españoles. Los enemigos de cada uno de nosotros son nuestros mismos enemigos. ¿No creeis que Dios ha querido sin duda que dos que llevan en su frente una corona de desventuras se encuentren y se unan?
Yaye se acordó, estremeciéndose, del extraño y terrible desposorio efectuado con los dos por una moribunda, y detrás de aquel solemne y sombrio cuadro que le representaban sus recientes recuerdos, vió pasar la sombra de Isabel de Válor, pálida, triste, desesperada.
—¡Que Dios ha querido que nos unamos! exclamó.
Por fortuna la voz de Yaye era tan temblorosa que la altiva Estrella no pudo notar el profundo terror de que eran hijas las últimas palabras de Yaye.
—¡Oh! y oíd, porque si no os lo digo ahora que estoy desesperada, no os lo diria nunca: si Dios quiere que mis desgracias tengan fin, que goce algunos años de reposo sobre la tierra, será necesario que nuestras almas se unan, porque yo os amo.
Por esta vez Estrella no vaciló al pronunciar las palabras que expresaban su supremo pensamiento, sino que las lanzó con una entonacion firme, sonora, vibrante, llena de voluntad.
Yaye exhaló un grito que tanto podia parecer de espanto, como de alegría, como de placer.
Y era que el amor de Estrella, producia en él al mismo tiempo aquellas sensaciones.
—Si, yo os amo: el dia en que os ví en el meson de las Alpujarras os estuve contemplando largo espacio antes de hablaros: estabais distraido, profundamente preocupado; no sé qué teniais en vuestra mirada de sufrimiento, de ansiedad, de desesperacion: pero comprendí que erais desgraciado. ¡Desgraciado! yo tambien lo era y el sufrimiento es ya un vínculo bastante fuerte para acercar la una á la otra á dos almas desesperadas. Despues cuando os hablé, me ofrecisteis con toda la expansion de vuestra alma una generosa ayuda, y yo confié en ella, como siempre he confiado en Dios. Despues nos separamos. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que nos vimos por la primera vez? yo no lo sé, yo no he medido ese tiempo; pero durante ese tiempo no he dejado de pensar en vos, ni ha habido un instante en el que no haya sido mas íntimo el recuerdo que me inspirabais que en el instante anterior. Yo os esperaba: no sabia cuándo ni cómo os presentariais á mi vista; pero yo estaba segura de volveros á ver, segura de que me salvariais, segura de que un dia seriais para mí mas que un recuerdo, mas que un hombre, mas que un hermano: estaba segura de que seriais mi alma.
La expresion del semblante y de la mirada de Estrella llegó al último desarrollo de pasion que podian prestarla el amor, el dolor y la esperanza: Yaye sintió como que su alma se fundia, por decirlo asi, en aquella mirada; una fruicion suprema ensanchó, dilató todo su ser, se sintió trasportado á un paraiso, arrancado de la vida siempre fatigosa del mundo, como transformado en otro ser, cuya vida era mas fácil: decimos que se sintió, y hemos dicho mal: Yaye no podia darse razon de su sentimiento; aquel sentimiento era mas poderoso que la razon que compara y juzga: aquel sentimiento le arrastraba, y en el colmo de su fascinacion, de su trasporte, atrajo hácia sí á Estrella.
La jóven se dejó arrebatar por el mismo sentimiento; pero la presion convulsiva de los brazos de Yaye, y un ardiente beso que este estampó en sus labios, exhalando por él todo el volcan que ardia en su alma, la despertaron de su delirio y rechazó á Yaye.
—Aun está caliente el cadáver de mi madre, exclamó con un acento en que vibraban á un tiempo el pudor y el dolor; aun no sois mi esposo.
Yaye despertó á su vez y comprendió que envuelto por la fascinacion que habia arrojado sobre él á torrentes Estrella, habia dado un paso del cual no podia volver atrás sin dar derecho á una mujer á que le llamase infame.
Su caridad, su singular caridad, le habia llevado hasta aquel punto: su semblante se entristeció, se doblegó sobre el divan y se cubrió el rostro con las manos.
Estrella se conmovió; le amaba y el amor es la caridad de la mujer: se acercó á Yaye, le apartó las manos del rostro, como antes habia hecho Yaye con ella, le miró frente á frente con una expresion dulcísima y con los ojos llenos de lágrimas, y le dijo:
—Me habeis hecho mucho bien, habeis abierto para mí una nueva vida y ya no estoy sola en el mundo: me amais... ¡oh! ¡sí! ¡me amais! Sed mi esposo, pero respetad el dolor y la honra de vuestra esposa... yo os amo con toda mi alma... ¡pero abrir los brazos á la felicidad cuando mi pobre madre... cuando aun no está santificada nuestra union...! ¡oh! ¡no! eso seria una profanacion y un olvido imperdonable de lo que mutuamente nos debemos... yo no os culpo... la situacion en que nos encontramos debe haceros comprender que solo mi desesperacion ha podido hacer que yo sea la primera de los dos que hable de amor, y que vos os hayais dejado arrebatar por vuestro amor... ¡Oh! ¡Dios mio! ¡cuanta desgracia y cuanta felicidad á un tiempo!
Y Estrella rompió á llorar; pero de una manera convulsiva, en una de esas terribles reacciones del dolor, que es tanto mas fuerte cuanto mas se medita en el valor de lo que se ha perdido.
Yaye estaba enteramente desconcertado y no sabia que hacer.
En aquel momento se oyó un golpe recatado en una de las puertas interiores, y Yaye se dirigió á Estrella.
—Calmaos, calmaos por Dios, la dijo: me veo obligado á dejaros sola y quiero dejaros mas resignada.
Resonó otro golpe mas fuerte y mas impaciente.
—¡Dejarme sola! exclamó Estrella.
—Sí; algo grave debe acontecer cuando mis gentes se atreven á llamarme y con insistencia. Oid.
Habia resonado un tercer golpe.
—Id, id, dijo Estrella, nada temais, esto pasará... id donde os llaman.
—Pero estais desesperada... y lo temo todo...
—¡Oh! nada temais, porque os amo y necesito vivir para mi amor.
Yaye estrechó una mano que le presentó Estrella, la besó y salió.
Apenas habia salido Yaye, Estrella se levantó de una manera enérgica: sus ojos resplandecian con un brillo inconcebible, y su mirada parecia fija en la inmensidad; estaba pálida, temblorosa y su boca entreabierta tenia una expresion de fuerza y de voluntad inconcebibles.
Luego cayó de rodillas, levantó sus brazos y sus manos al cielo, y exclamó con un acento sublime, que parecia emanado del fondo de su alma:
—¡Oh madre mia! ¡madre mia! perdóname si cuando acabo de perderte me he atrevido á hablar de amor! ¡Estoy sola en el mundo y necesito vengarte! Ese hombre te vengará, sí, te vengará aunque me vea obligada á ser su manceba, su esclava! ¡ese hombre te vengará! ¡yo te lo juro!
Luego se alzó y se sentó pensativa en el divan: despues de su juramento habia recobrado una calma terrible, y sus ojos se habian secado. Luego la reflexion se fue apoderando de ella y arrojó una mirada indagadora al fondo de su alma.
—¡Oh, Dios mio! exclamó: ¿le amaré acaso...?
Se pasó la mano por la frente, palideció aun mas, y luego dijo como traduciendo en palabras lo que su corazon le decia en sensaciones:
—¡Oh, sí, le amo! no he podido olvidarle desde el dia en que le ví, y hace un momento, á pesar de mi dolor, una fuerza irresistible me ha arrastrado, y he estado á punto de ser suya... ¿y él, él me amará? ¡oh! ¡sí! ¡ha sido generoso! ¡ha respetado mi dolor y mi pudor! ¡pero Dios mio! ¡sino me amara! ¡si solo hubiese cedido á mi dolor y... á mi hermosura! ¡si solo me hubiese respetado por caballero! ¡oh, Dios mio! ¡al sentir esta duda conozco que le amo con toda mi alma! ¡oh, Dios mio! ¡ya que me has arrebatado mi madre, dame su amor! ¡permite que sea su esposa!
Yaye entró en aquel momento.
—Suceden cosas gravísimas, Estrella, le dijo con precipitacion; me es imposible vengar á vuestra madre.
—¡Qué os es imposible vengar á mi madre! exclamó profundamente Estrella.
—Si por cierto, porque el capitan Sedeño ha sido muerto esta misma noche á estocadas.
—¡Muerto á estocadas! ¿y por quién? exclamó con anhelo Estrella.
—Aun no puedo deciros quién es el hombre que le ha muerto: debe ser un hombre que salió de la casa del capitan algun tiempo despues que este habia entrado en ella de vuelta de un viaje.
—¿Con que el infame capitan Sedeño ha sido muerto por otro hombre en su misma casa, acaso delante del cadáver de mi pobre madre?
—Tal vez.
—¿Y quién os ha dado esas noticias? añadió Estrella, cuyo interés crecia.
—Uno de mis mas leales servidores, á quien dejé con algunos de los mios en observacion de la casa del capitan.
—¿Y no podrá averiguarse quién ha sido el hombre que ha matado á Sedeño?
—Acaso, puesto que uno de mis monfíes ha seguido recatadamente á ese hombre y ha visto que entraba en una casa en Bibarrambla.
—¡Muerto el infame Sedeño!
—Y no es esto solo; poco despues una ronda entró en la casa que encontraron abierta y abandonada, salieron dos alguaciles, y volvieron con un escribano y con el cura de la parroquia de San Gregorio á quien acompañaban... algunos sepultureros.
—¡Ah! exclamó Estrella cuyo dolor se avivó: ¡ya no volveré á ver á mi pobre madre!
—Su cadáver y el de Sedeño fueron sacados de la casa y conducidos á la iglesia: uno de mis monfíes se hizo el encontradizo con uno de los alguaciles á quien por acaso conocia, y supo por él que el capitan habia sido encontrado atravesado por una espada, y muerto en la misma cámara de vuestra madre.
—¡Oh! ¡y cuán justiciero es Dios! exclamó Estrella.
—Pero no es esto lo que me obliga á separarme de vos; asuntos que conciernen al pueblo, cuya corona ciño, me imponen el imperioso deber de ir á ocupar el puesto de honor que me corresponde.
—¿Vais á combatir con los cristianos? exclamó anhelante Estrella.
—Es muy probable.
—Podeis morir en el combate.
—Es muy posible.
—¿Y yo...?
—Vos sereis...
—Detúvose indeciso Yaye...
—¿Qué seré yo...?
—Sereis... la viuda de un rey que ha muerto con la espada en la mano en defensa de su pueblo oprimido.
—Partid, partid, señor, dijo Estrella cediendo á su amor y arrojándose en sus brazos: partid; Dios no querrá que murais, porque Dios no querrá hacer mas grande mi desesperacion.
Y apoyando su cabeza sobre el hombro de Yaye lloró.
—Es necesario separarnos en el momento, la dijo Yaye levantándola entre sus brazos; para cuidar de vos, señora, queda un hombre que velará por vos, y si muero queda encargado de serviros y de acompañaros. Vais á conocer á ese hombre.
Estrella se separó de los brazos de Yaye y se enjugó las lágrimas.
—¡Ola! ¡wali Harum! dijo Yaye asomándose á la puerta.
Harum, que venia completamente vestido á la castellana, apareció en la puerta y se inclinó profundamente ante Yaye, como se habria inclinado un wali antiguo ante un califa de Córdoba.
Estrella se habia sentado en el divan y tenia la actitud digna y altiva de una sultana.
—Mientras yo esté ausente, dijo Yaye, servirás y obedecerás á esta señora, como me servirias y me obedecerias á mí mismo. Si yo muriese, seguirás sirviéndola y obedeciéndola como si fuese mi hermana.
—Será como querais que sea, poderoso señor.
—Ahora, doña Estrella, adios, dijo el jóven acercándose galantemente á ella y besándola una mano.
—¡Adios! ¡adios! dijo Estrella; ¡que la Santa Vírgen os proteja y os dé ventura!
Los ojos de Estrella se arrasaron de lágrimas, y la fue necesario hacer un violento esfuerzo para contener su llanto.
Pero cuando salieron Yaye y Harum aquel llanto brotó libremente, y Estrella exclamó entre sus sollozos.
—¡Que me sirva como si fuera su hermana! ¿por qué no ha dicho que me respete y me sirva como si fuera su esposa?
Entre tanto Yaye decia á Harum.
—¿Para atender á las necesidades de esa dama mientras yo esté ausente tienes oro bastante?
—Si señor.
—Antes de emprender mi expedicion, que será al momento, yo dejaré dispuesto lo necesario para que si muero te entreguen del tesoro de mi corona, lo que baste para atender á la subsistencia honrada de esa dama durante toda su vida.
—¡Morir! ¡señor! ¡morir tan jóven y tan valiente! ¡eso no puede ser! el Altísimo y Único velará por vuestra vida, que es la esperanza de vuestro pueblo.
Como llegaban entonces á las puertas de la casa, Yaye que habia tomado una capa, una gorra y una espada, salió solo y se encaminó á largo paso á la calle del Zenete, á la casa donde habia vivido con Abd-el-Gewar y en donde habia conocido á doña Isabel de Córdoba y de Válor.
CAPITULO XXI. Los xeques del Albaicin.
El anciano Abd-el-Gewar no supo lo que le acontecia cuando vió ante sí al jóven.
En el primer momento se arrojó á sus brazos, le besó como pudiera haberlo hecho despues de una larga ausencia su madre, y lloró y rió, como un niño ó como un loco.
—¡Oh! ¡gracias al Todopoderoso, exclamó, que te vuelvo á ver! ¿Donde habeis estado, caballero, durante un mortal y abominable mes?
—He estado en las entrañas de la tierra y ahora salgo de ellas.
Por mas que hizo Abd-el-Gewar no pudo sacar otra contestacion á Yaye.
Abd-el-Gewar le ponderó el mortal cuidado en que habia tenido á su padre y á él mismo su pérdida; los esfuerzos que se habian hecho por encontrarle, por último, que habiendo llegado el caso de un levantamiento general, era necesario que le acompañara para darle á reconocer como emir de los monfíes al lugar donde debian reunirse los xeques y los principales moriscos de la ciudad.
Con este objeto salieron de la casa mucho despues de la media noche, y subiendo por las agrias cuestas que conducian á la torre del Aceituno, entraron en una casa aislada en medio de huertos, mediante una seña que rindió á la puerta Abd-el-Gewar.
Hiciéronles atravesar varias habitaciones oscuras; bajaron unas largas y pendientes escaleras, y al fin entraron en un gran espacio de bóveda alta, sostenida en pilares, que por el revestimento verde y viscoso de sus paredes y por su pavimento resbalizo y húmedo, parecia una cisterna ó algibe.
Al fondo habia algunas sillas y una mesa con un belon de cobre encendido, y delante en la mesa, formando cuadro con ella, dos escaños.
En aquellas sillas y en aquellos escaños habia como hasta treinta hombres, la mayor parte de ellos ancianos.
Todos tenian impreso en su semblante el sello típico de la raza mora; todos estaban sobreexcitados, pálidos y con las miradas chispeantes.
Cuando entraron Yaye y Abd-el-Gewar, y antes de ser notados, un anciano de rostro noble y enérgico, que parecia hacer algun tiempo que dirigia la palabra á los demás, segun la altura á que se encontraba, su peroracion, decia:
—Y cuando tantas desgracias nos oprimen; cuando han llegado ya al extremo, como os he hecho notar, los ultrages de los cristianos, ¿sufriremos cobardemente por mas tiempo el yugo? ¿Qué importa que don Diego de Córdoba y de Válor, el hombre que estábamos decididos á proclamar rey despues del triunfo, si el Altísimo se digna concedérnoslo apiadado de nosotros; el que reconociamos por cabeza durante la desgracia, qué importa, repito, que ese hombre nos haya abandonado, y que cuando, extrañando su tardanza se ha ido á buscarle á su casa, se nos diga que ha sido llamado y preso por el capitan general? ¿no hemos lanzado ya todo temor? ¿no hemos desenterrado el viejo arcabuz y la coraza de nuestros padres, decididos al combate? Decís que, sin duda, don Diego, apegado al regalo que le proporcionan sus riquezas, ennoblecido por el rey de España, nuestro enemigo, y honrado con mercedes, nos abandona en el momento del peligro, nos vende, y para cubrir las apariencias se hace prender por el capitan general. En buen hora: asi nos ha avisado á tiempo de que es traidor á su ley y á su patria, y podemos volver los ojos á otra persona mas digna y mas valiente para ceñir á su cabeza la corona del reino. Pero decís: si don Diego nos ha hecho traicion descubriendo nuestros intentos al capitan general, estos intentos fracasan. No lo creais: el plazo es corto. El capitan general no puede tener mañana mas soldados que los que tiene hoy, y en todo caso, su refuerzo se reducirá á doscientos ó trescientos hombres mas, poco acostumbrados á la guerra, que podrán venirle de las villas inmediatas. Si el golpe se retardara algunos dias, podria ser imposible, porque los tercios de la costa, y los presidios del reino de Granada vendrian á ocupar la ciudad. Por lo mismo es necesario no cejar en lo comenzado, y dar el golpe, como se tenia preparado, mañana mismo, y si fuera posible, esta misma noche; pero es necesario esperar á los seis mil monfíes que llegarán mañana con Muley Yuzuf de la montaña, y á falta de capitan del alzamiento por la prision de don Diego de Válor nombrar uno entre nosotros.
—Ese capitan os le traigo yo, dijo Abd-el-Gewar, interrumpiendo al orador.
—Es Abd-el-Gewar, el santo faquí, dijeron algunas voces.
Todos se levantaron y saludaron á Abd-el-Gewar.
Cuando se hubo restablecido el órden, momentáneamente turbado por la aparicion del anciano faquí y de Yaye, preguntó el xeque que parecia presidir aquella reunion revolucionaria:
—¿Y quién es ese capitan que nos traes, Abd-el-Gewar?
—Ese capitan es el jóven que me acompaña.
—¡Cómo! ¿y á un jóven casi imberbe, dijo con desden el orador que habia sido interrumpido por Abd-el-Gewar, casi á un niño, hemos de entregar la suerte del reino?
—¿Y qué diriais, exclamó Yaye, adelantando con altivez al centro del espacio determinado por los escaños y por la mesa, qué diriais, si ese niño imberbe os dejase abandonados á vosotros mismos?
—¡Soberbia ayuda la tuya, rapaz! exclamó con desprecio el orador.
—¡El reino de Granada es mio, como son mias las Alpujarras! exclamó con una cólera mal contenida Yaye: y todos vosotros no sois mas que mis vasallos, mis siervos naturales, que debeis escuchar de rodillas la expresion de mi voluntad.
—¿Quién eres tú que asi te atreves á insultarnos? exclamó con cólera el Homaidi, feroz anciano que presidia la reunion, que dejó la mesa y se vino furioso hácia Yaye.
El jóven le asió con una mano de hierro, le doblegó y exclamó con acento vibrante:
—¡De rodillas, esclavo, ante el emir de los monfíes!
—¡El emir de los monfíes! exclamaron absortos todos los circunstantes.
—Sí: el emir de los monfíes, el magnífico Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, dijo Abd-el-Gewar, gozoso al ver que Yaye á pesar de su educacion medio castellana, poseia el terrible y altivo arranque, la mirada omnipotente y la terrible altivez de los déspotas musulmanes; sí, el emir de los monfíes es el que teneis delante.
—¡La prueba! exclamaron en coro muchos de aquellos hombres, mientras los demás miraban con recelo á Yaye y á Abd-el-Gewar; ¡la prueba de que ese mancebo es el emir!
—¿Acaso Homaidi, ayer en las Alpujarras de donde acabas de venir, no te dijo el poderoso, el valiente Yuzuf, que habia hecho renuncia de su corona y de su dignidad en su hijo Sidy-Yaye?
—Es verdad.
—¿No os he dicho yo muchas veces cuando me preguntábais si era mi hijo ese mancebo, que su padre era un noble y poderoso señor?
—Sí.
—Pues bien, he ahí que el padre de este noble mancebo es Yuzuf Al-Hhamar, el emir de las Alpujarras.
Desvanecida la duda, porque nadie podia dudar de veracidad de las palabras del anciano faquí, notóse un cambio completo en la disposicion de los xeques respecto á Yaye: sin embargo, el Homaidi se atrevió á decir:
—El emir de las Alpujarras no es el rey de Granada: bien lo sabeis: los xeques del Albaicin habian elegido por su señor á don Diego de Válor, segun le llaman los cristianos, á Yuzef-Aben-Humeya, segun le llamamos nosotros.
—¡Si! dijo con desprecio Yaye, ¡al miserable cobarde que doblegaba la cabeza ante el cristiano, y aceptaba mercedes de sus reyes, mientras los monfíes vivian sueltos y libres merced á su valor y á una guerra contínua en la montaña! ¡al infame traidor que, cuando llega la hora del combate, vende los secretos de su pueblo y con ellos su libertad, y se hace prender por el capitan general de Granada para encubrir su traicion! vosotros lo habeis dicho: vosotros habeis acusado de ese delito á don Diego de Válor.
—¿Y quién nos asegura de que no habeis sido vosotros, los monfíes, los que le habeis delatado, para que sea preso, y en su falta, acusándole de traidor, venís á reclamarnos la corona de Granada? dijo otro de los ancianos.
—No necesito yo, emir de los monfíes vuestra ayuda, cuando vivís enervados, y envilecidos, bajo el yugo. Por el contrario vosotros no podreis alzaros sin que mis monfíes os ayuden. ¿De quién es el poder? ¿De quién la fuerza?
—Es verdad, dijo el Homaidi: sin tu ayuda emir, nada podemos hacer los de Granada. Pero una palabra no mas para que concluya esta enojosa disputa y podamos consagrar todo nuestro tiempo á la salud del reino. ¿Estás dispuesto á jurar sobre este santo Koran, (y abrió un libro ricamente forrado que estaba sobre la mesa) que ninguna parte has tenido en la prision de don Diego de Válor?
—Lo juro, dijo el jóven con voz segura y tendiendo una no menos segura mano sobre el Koran.
—¿Juras que ninguna traicion has cometido contra nosotros?
—Lo juro.
—Pues bien, te creemos bajo tu juramento. Ahora, amigos, añadió volviéndose á los demás xeques; ¿admitimos por nuestro capitan al emir?
—Si, dijeron á una voz todos.
—En cuanto á lo de ser rey de Granada, Muley Yaye, continuó el Homaidi, primero es triunfar de los cristianos.
—Triunfaremos, dijo con gran aliento Yaye.
—Despues, continuó el Homaidi, el reino te elegirá ó no por su rey.
—El califa es el vencedor, dijo Yaye apoyándose en una prescripcion del Koran, y yo que venceré al cristiano, venceré tambien al que quiera disputarme la corona.
—Eres valiente á pesar de tus pocos años, emir, dijo otro de los ancianos, y si Dios pone la victoria en tus manos serás un esclarecido rey.
—¿Con cuanta gente de armas contamos en Granada? dijo Yaye entrando de lleno en sus funciones de capitan de la empresa.
—Con cuatro mil.
—¿Todos fuertes?
—Todos valientes y experimentados.
—¿Tienen armas?
—Sí.
—¿Dinero?
—Sí.
—¿Están ordenados en taifas?
—A una señal de las dulzainas y de las atakebiras; cada cual irá á reunirse al lugar que le está señalado.
—¿Quienes son sus capitanes?
—Yo, y yo, y yo, dijeron algunos ancianos.
—Pues, bien; id á avisar á vuestra gente que estén dispuestos para mañana á la noche á la primera señal: tú Homaidi, y tú Abd-el-Gewar, permaneced conmigo.
Los xeques salieron y se quedaron solos con Yaye los otros dos ancianos.
Agrupáronse alrededor de la mesa y se pusieron á tratar de los preparativos en la insurreccion.
CAPITULO XXII. Del tristísimo y horrible encuentro que tuvo un caballero al entrar en Granada.
Al dia siguiente, como á las doce de la mañana, atravesaba por el lugar de Alfargue, próximo á Granada, un caballero como de sesenta anos, ginete en una mula y defendiéndose del sol, que picaba demasiado, con una ancha sombrilla. A su lado izquierdo cabalgaba un escudero viejo, ginete tambien en una mula, y detrás, caballeros en rocines, iban como una docena de lacayos jóvenes y robustos, armados á la gineta.
Dos de estos lacayos llevaban del diestro dos caballos fuertes enjaezados de guerra, sobre el caparazon de acero de cada uno de los cuales, iba una armadura, y otro lacayo llevaba, asimismo del diestro, una acémila cargada con dos grandes cofres.
El que parecia señor de toda esta gente, el caballero de los sesenta años, era un hombre flaco; pero nervudo, de grandes y severos ojos negros, en cuyo foco se notaba un disgusto sombrío, de mejillas pálidas, de barba gris, entera; pero convenientemente recortada, y con los cabellos canos y muy cortos. Vestía un sayo negro de raja de Florencia sencillo y sin cuchilladas, unos gregüescos de lo mismo, gorguera de cambray rizada, gorra negra de terciopelo con joyel de diamantes, y una pequeña pluma blanca, calzas atacadas de grana, y botas altas de gamuza: sus armas eran una espada larga de gabilanes, una daga no muy corta con guardamano, y dos pedreñales en sus fundas en el arzon delantero.
Por último, pendiente de un cordon de seda negro llevaba sobre el pecho una placa de oro, en que se veia esmaltada la cruz de Santiago.
Este hombre, por su aspecto, por lo altivo y dominador de su mirada, por su trage, por la condecoracion que resplandecia sobre su pecho y por su numerosa servidumbre, demostraba que era un señor y un señor de los grandes de aquellos tiempos.
El escudero que le acompañaba, vendria á tener sobre poco mas ó menos su misma edad; tenia trazas por su continente y por su trage de hidalgo, y por su desembarazo á caballo y por cierto sabor militar, de haber sido en sus tiempos un buen soldado, y que era un buen servidor lo demostraba la solicitud con que de tiempo en tiempo miraba á su amo, como si se hubiera tratado de un enfermo.
Los lacayos eran tambien, al parecer, buenos soldados: llevaban sombreros grises con plumas rojas, coseletes de hierro muy limpios, coletos de ante, calzas azules, botas altas, espada, daga, lanza y un largo arcabuz á la derecha de la silla.
Guardaban un profundo silencio, por respeto sin duda á su amo, y no caminaban tan deprisa como hubieran querido, porque descendian á la sazon por una cuesta bastante empinada.
Notó el caballero la lentitud de sus servidores, mas no la cuesta, y se volvió displicente á su escudero.
—Saez, haz caminar mas deprisa á esos bergantes. ¿No sabes que el capitan general nos necesita en Granada esta tarde?
—Aun no son las doce, señor, dijo Saez sacando del bolsillo un reloj de plata voluminoso y semi esférico; hemos salido de Guádix al amanecer y ya estamos á media legua de Granada.
—Si, pero ahora amanece á las tres de la mañana, dijo el caballero.
—No por eso hemos dejado de hacer una muy buena jornada: si los lacayos no caminan mas aprisa, mire vuecelencia cuán agria es la cuesta por do vamos.
—Mas agrias cuestas he bajado harto de prisa, dijo suspirando roncamente el señor excelentísimo.
—Por lo mismo, señor, y porque vuecelencia ha experimentado grandes desgracias, deberia reposar, cuando ya ha probado suficientemente á su magestad que sabe verter como noble la sangre en su servicio. ¿Qué importa á vuecelencia que los moriscos se subleven ó no?
—Me estas irritando, Gabriel, dijo el noble: ya sabes que no gusto de que me contrarien. ¿Qué me importa que se subleven los moriscos? allí donde se levante un rebelde al rey, allí está mi odio. ¡Los vencidos rebeldes! ¡ah! ¡daria toda mi sangre con tal de que me dejasen beber toda la sangre de los vasallos rebeldes al rey de España! ¡Infames! ¡Bandidos!
—Sea en buen hora, dijo el rebelde Gabriel Saez. Pero los moriscos no han hecho ningun daño á vuecelencia.
—No hablemos mas de esto. Estoy solo en el mundo, sin parientes, sin tener al lado mas que afectos interesados.
—¡Señor! exclamó con acento de respetuosa reconvencion Saez.
—No hablo por tí; pero ello es el caso que todo lo he perdido: estoy harto ya de oir resonar mis pisadas huecas en los desiertos salones de mi palacio de Guádix; de cazar en mis tierras sin llevar al lado mas que hidalguillos de gotera, y de aburrirme las largas noches de invierno.
—Ya he aconsejado á vuecelencia que viva en la córte.
—¡En la córte yo! ¡para irritarme entre la turba palaciega de extranjeros y de nobles degradados en su mayor parte que rodean el trono del emperador Don Cárlos! ¿qué habia yo de hacer en la córte? No, no; necesito algo que me saque de mi inaccion, algo que me ponga algun tiempo en actividad, que me distraiga, sin irritarme: la guerra ¡vive Dios! la guerra que tratándose de los moriscos será larga y peligrosa, porque esos perros, ya te lo he dicho otras veces, son muchos, valientes y tenaces. Y luego, si en la guerra me encuentran en buen sitio una pelota de arcabuz, una lanza ó una saeta, mejor, tanto mejor... así acabaré de sufrir.
Guardó silencio aquel extraño personaje y el escudero no se atrevió á sostener por mas tiempo la conversacion, temeroso de que su amo se irritase.
Habíase hecho menos agria la cuesta, los caballos caminaban mas desembarazadamente, y en poco espacio llegaron á la puerta de Fajalauza y entraron en Granada por la parte alta del Albaicin.
Inmediatamente despues de la citada puerta, hay una calle recta, cuyo nombre no recordamos, que entre feas casucas, desemboca junto á la iglesia de San Gregorio el Alto.
Por aquella calle tomaron el noble señor, su escudero y sus lacayos.
Por aquel punto parecia Granada una ciudad desierta. Todas las puertas estaban cerradas y no se veia un alma viviente. Pero cuando la cabalgata dobló el ángulo de la iglesia fue distinto. Una multitud de gentes que se empinaban para mirar á un centro comun, se agolpaban en la puerta de la iglesia.
—¿Que es eso Saez? ¿qué miran esos galopos? dijo el caballero.
—Lo ignoro, señor.
—¡Que lo ignoras! ¡que lo ignoras! no te he preguntado para que me respondas que lo ignoras, si no para que veas lo que es.
Acercó la mula el escudero, y miró cómodamente por encima de la multitud lo que la multitud miraba, mientras que su señor, no queriendo ponerse en contacto con la plebe, se mantenia á una distancia medida por el orgullo.
Lo que llamaba la atencion general, eran dos atahudes que se veian en la puerta de la iglesia en posicion vertical apoyados contra la pared, ó por mejor decir, los dos cadáveres que ocupaban los atahudes. Ya sabemos cuáles eran aquellos cadáveres. El de doña Inés de Cárdenas habia sido amortajado con un hábito. La infeliz, mas que muerta parecia dormida, y á pesar de la demacracion que habia operado en ella la tisis, la muerte la habia vuelto toda su hermosura, hermosura sobre la que flotaba una niebla fantástica, una expresion de sufrimiento profundo; pero tranquilo y resignado; la amortajadora habia querido peinar sin duda sus cabellos negros y aun abundantes; pero solo habia podido peinar los del lado derecho, porque el rizo izquierdo habia sido cortado enteramente y casi á raiz. Una cruz negra se veia entre las manos del cadáver, cuya blancura, aumentada por la palidez de la muerte, alcanzaba á la diáfana blancura del alabastro, y en su semblante se notaba de una manera indudable eso que se llama distincion de raza.
En cuanto al capitan era distinto: vestia su uniforme acostumbrado; tenia puesta aun su pata de palo, y cogida la vacía manga izquierda de su jubon á un herrete de su coleto: tenia horriblemente ensangrentado este coleto sobre el pecho; la muerte habia dado un color lívido á su semblante moreno y hosco; su ancha cicatriz se habia hecho repugnante, y á través de sus labios entreabiertos, que tenian la expresion de una horrorosa blasfemia, se veian sus dientes apretados y manchados con una espuma sanguinolenta.
Tanto se detuvo Gabriel Saez en la contemplacion nada grata por cierto de los dos cadáveres, que su señor hubo de llamarle: pero Saez no le oyó: repitió el incógnito personaje una, dos y tres veces su llamamiento, y tampoco le oyó. Entonces uno de los lacayos creyó que debia tomar cartas en el negocio en servicio de su amo, y le dijo acercándose á él y tocándole en el hombro:
—Señor Gabriel, su escelencia os llama.
—¡Eh! dejadme, exclamó volviéndose todo hosco al lacayo.
Lo que habia pasado en el semblante y en todo el ser del escudero apenas vió los cadáveres, habia sido singular.
Primero sus ojos tomaron una expresion de sorpresa, despues de espanto, luego se puso tan pálido como los dos cadáveres y se extremeció todo.
—¡Oh! ¡no no puede ser! murmuró: seria horrible: ¡doña Inés mi señora y el capitan Alvaro de Sedeño! le conozco, sí, le conozco; á pesar de esa pata de palo, de esa manga sin brazo, de esa cicatriz que le cruza el rostro. Sí, sí, es necesario creerlo, á menos que el diablo se esté burlando de mí; esa es doña Inés: mas vieja... ¡ya se vé! han pasado veinte años... mas flaca... pero es ella, si, yo veo en ese cadáver á la hermosa niña de quince años que era la alegría de la casa: y él... él... sí, es la misma expresion dura, amenazadora de aquel maldito capitan en quien mi señor se habia empeñado en ver un valiente hidalgo y un hombre de bien: valiente si, hidalgo pase, ¡pero hombre de bien...! ¿y cómo es que están aquí juntos... juntos y muertos, cuando no se conocieron, al menos en la casa de mi señor?
El escudero necesitó salir de dudas acerca de este último punto, y creyó que nadie le podia sacar de ellas, mejor que un alguacil que por órden superior estaba de guarda junto á los cadáveres.
Inclinóse, pues, sobre el arzon, y dijo de manera que pudiera ser oido, á pesar de las múltiples conversaciones de los curiosos.
—¡Eh! ¡señor ministro! ¡señor ministro! ¿tiene vuesamerced la dignacion de escuchar una palabra?
Gabriel Saez estaba, segun las muestras, muy bien criado y trataba con mucha consideracion á las gentes de justicia.
Volvióse el alguacil, que era un hombrecillo rechoncho, de semblante mofletudo y alegre, y ojillos vivaces y maliciosos, y al ver que quien le llamaba era un escudero de buena cara, que olia de cien leguas á hidalgo, no tuvo inconveniente en acercarse, pasando por entre los curiosos, y asiéndose al arzon, dijo con semblante propicio:
—Puede vuesamerced preguntarle lo que quisiese.
—Gracias, señor ministro. Ahora, bien, ¿para que tienen ahí á esos dos difuntos?
—Están expuestos para ver si hay alguien que los conozca.
—¡Qué! ¿nadie los conoce?
—Es toda una historia, dijo misteriosamente el corchete; y relató ce por be y pesadamente al escudero todo el encuentro que habia tenido la justicia con los dos difuntos en la casa del capitan.
—Preguntóse en el vecindario acerca del nombre de la persona que vivia en aquella casa, prosiguió el alguacil, y nadie supo decir si no que era un capitan estropeado. Eso ya se veia, y bien estropeado por cierto. En cuanto á la mujer, nada, ni pizca; nadie sabia ni aun siquiera que viviese en tal casa una mujer.
—¿Pero la justicia no ha encontrado en esa casa papeles, prendas?...
—Ya se ve que ha encontrado... pero... hay cosas que no se pueden decir.
—Todo puede decirse cuando se da con una persona discreta y agradecida.
Y Gabriel, que antes de llamar al corchete habia metido una mano en su bolsillo á todo evento, la sacó conteniendo un doblon de á ocho, que con gran disimulo y sin que nadie pudiese notarlo introdujo en la mano que el alguacil tenia asida al arzon; lo que demuestra, que, si bien el escudero trataba con buenos modos á las gentes de justicia, sabia que esta clase de gentes no se ofende de que pretendan comprarles un secreto con tal de que lo paguen bien.
Entreabrió un tanto con disimulo la mano el corchete, miró rápidamente y de soslayo el doblon, y al darle en los ojos el brillo del oro, se dulcificó aun mas y guiñando maliciosamente un ojo, dijo á Gabriel.
—Ciertamente que sois un honrado hidalgo, á quien no se puede negar nada; pero inclinad un poco mas la cabeza á fin de que nadie nos oiga y prometedme que guardareis secreto.
—Pues ya se ve, y callaré mas que un muerto.
—Pues señor, habeis de saber que el señor Andrés Zorcillo, escribano que ha andado en estas diligencias es todo un hombre de pro, que visita mucho mi casa, y dice que mi mujer, que es una moza alpujarreña, garrida donde las hay, es la mujer mas honrada del mundo, y en tanta estima nos tiene á mi mujer y á mí, que no nos guarda secretos. Bien es verdad que nosotros no vendemos ni uno solo de sus secretos ni por un ojo de la cara. Pues, bien, el señor Andrés Zorcillo me ha dicho, que nada menos que el capitan general ha declarado que el muerto era el capitan de infanteria española Alvaro de Sedeño.
—Bien, bien, dijo impaciente Saez; pero la dama...
—¿Qué dama?...
—La difunta.
Miró rápida; pero profundamente el corchete al escudero, y contestó.
—Estais equivocado; la difunta no es dama: es una mejicana que era esclava del capitan, y que segun lo que han declarado los médicos que han reconocido el cuerpo, ha muerto de una enfermedad de pecho.
—¿Y por dónde sabeis que la difunta era una esclava mejicana? preguntó con interés Saez.
—¿Cómo? por unos papeles que se encontraron en la casa del capitan en un armario, por los que se ha venido en conocimiento, de que el capitan era un perro monfí, un morisco traidor, que vendia al rey y que tenia consigo dos esclavas: la difunta, y otra...
—¿Y esa otra esclava? exclamó con anhelo Saez.
—Se espera saber donde para, porque se ha dado con el hombre que mató al capitan.
—¿Y quién es ese hombre?
—Un mejicano rebelde: uno de esos perros idólatras de Nueva España, que acometen las villas españolas, roban las doncellas y los niños y despues de hacer mil atrocidades con ellos, se los comen crudos.
—¡Ella esclava del capitan! murmuró de una manera ininteligible Saez, ¡otra esclava que ha desaparecido, y un indio mejicano que ha dado muerte en su propia casa á Sedeño...! ¡Oh! ¡oh! Y decidme señor ministro, ¿cómo se ha averiguado que ese idólatra ha muerto al capitan?


¿Para qué tienen ahí á esos dos difuntos?
—¡Ah! para la justicia no hay nada oculto, señor escudero: figuraos que el señor capitan general tenia indicios de que un platero aleman de la plaza de Bibarrambla, andaba en tratos de rebelion con los moriscos, y supo les daba dinero á mano: que ademas, en la casa de este aleman vivia un mejicano que andaba tambien en la rebelion: el capitan general mandó prenderlos, y cuando los registraron en la cárcel para ver si tenian algun arma oculta, segun es costumbre y ley, y... mirad... ¿no reparais en que falta á la difunta el rizo del lado izquierdo, como si dijéramos, de la parte del corazon?
—Si, si que lo veo.
—Pues bien, ese rizo se encontró sobre el mejicano, envuelto en un pedazo como de tela de sábana que estaba cortado al parecer con un puñal: comprobados el rizo y el paño, se halló que era indudablemente el rizo aquel el que se habia cortado á la difunta, y el paño... el paño faltaba de las sábanas de la cama donde se encontró el cadáver, y comprobado, venia bien, perfectamente bien por todas sus cortaduras, con la falta que habia quedado en la sábana.
Cuando el alguacil llegaba á este punto de su revelacion fue cuando impacientado ya, y con sobrada razon, el desconocido, de la tardanza de Gabriel, le llamó, y cuando el lacayo le avisó de que su señor le llamaba.
—¿Dónde vivís, señor ministro? dijo Gabriel cuando, segun hemos dicho, hubo despedido bruscamente al lacayo.
—Vivo en la Calderería Vieja, para lo que gusteis mandar, dijo el alguacil, al lado de la carnicería, preguntad por Picote, y todo el mundo os dará razon.
—Pues bien, iré á veros esta noche, y á Dios que mi señor se impacienta.
Revolvió Gabriel su mula, y de nuevo se puso pálido y tembló; pero mas profundamente que la vez primera: impacientado el incógnito de la pesadez de su escudero, habia ido á avisarle por sí mismo; al acercarse, dominando, por razon de la altura de su mula, el círculo de curiosos que rodeaban á los dos cadáveres, su vista habia chocado con el de doña Inés.
El desconocido lanzó un grito horrible, en el momento en que Gabriel Saez se volvia, y se extremecia al ver la expresion atónita, fascinada, mortal con que su amo miraba el cadáver: luego, el incógnito, y antes de que Saez pudiera dirigirle una sola palabra, extendió los brazos hácia el cadáver, y gritó con un acento desgarrador, inmenso, como si se hubiese exhalado toda su vida en aquel grito supremo:
—¡Hija de mi alma!
Y cayó inerte de lo alto de la mula al suelo, sin que nadie pudiera valerle.
Aquel incidente lúgubre, dramático, en todo su horror, aterró á los circunstantes, que en union del leal Gabriel, que se tiró mas que se apeó de su mula y los lacayos, que asimismo se arrojaron de sus caballos, corrieron á socorrerle: el interés era general; hasta el mismo alguacil Picote se conmovió: el incógnito, segun dijo un médico que se apareció como llovido, no estaba muerto sino peligrosamente accidentado, y fue conducido á una casa inmediata que se le abrió francamente, probando una vez mas la característica caridad española; la curiosidad pública, cambiando de objeto, se apartó de los cadáveres para volverse á aquella casa, á la que no tardó en acudir la justicia, que siempre se mezcla por España á todo: un cuarto de hora despues salió Gabriel pálido, trémulo, de la casa á donde habia sido conducido su señor, y, acompañado de un alcalde y de un escribano, adelantó hácia los cadáveres á los que rodeaba un nuevo círculo de curiosos.
Rompieron por medio de ellos el escudero, el alcalde, el escribano y el alguacil Picote, y Gabriel, con las lágrimas en los ojos, dijo con voz conmovida, pero que todos pudieron oir:
—Habeis puesto esos cadáveres á la vista de todo el mundo para que declare quienes fueron, quien los conozca, pues bien, yo declaro que este cadáver es el de mi noble ama la excelentísima señora doña Inés de Cárdenas, hija única del excelentísimo señor don Juan de Cárdenas, duque de la Jarilla.
—¿Y ese otro, preguntó el alcalde?
—Ese otro, dijo con cólera Saez, es el del infame capitan de infantería, Alvaro de Sedeño.
Gabriel no se apartó de allí hasta que dejó depositado en una capilla de la iglesia el cadáver de su señora, convenientemente alumbrado, y guardado por cuatro lacayos, y despues de haber enviado á otros dos en busca de un carpintero y de un tapicero, para que se encargasen de la construccion de un féretro magnífico, volvió triste y cabizbajo á la cabecera del lecho de su amo.
CAPITULO XXIII. Los desfiladeros de Dar-al-Huet.
Apenas habia cerrado la noche, cuando por la parte alta de la Alhambra, esto es, por la puerta de la Torre de los Siete Suelos, salieron en silencio algunas tropas como en número de quinientos hombres.
Estas tropas estaban compuestas de trozos de tercios y compañias diferentes, á juzgar por sus divisas; pero aunque unos eran piqueros, otros ginetes, otros arcabuceros, todos iban á pié, y todos llevaban arcabuces. Solamente iban montados el capitan general marqués de Mondéjar, que mandaba la expedicion, y que iba armado con un medio arnés á la ligera, sus maestres de campo y sus escuderos, sirviéndole de escolta como hasta veinte rocines. Comprendíase que aquella gente habia sido reunida de pronto, para acudir á un peligro, y que no se habia cuidado gran cosa de la organizacion, puesto que marchaban revueltos, detrás de los caballos que constituian la guardia del capitan general.