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Los monfíes de las Alpujarras

TERCERA PARTE. LA REBELION. (continued 7)

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Enriscaos en las Alpujarras; recorred nuestro litoral del Océano desde Huelva á Gibraltar, el del Mediterráneo desde Gibraltar á Valencia: mezclaos entre sus habitantes, escuchad su lenguaje, observad sus costumbres, estudiad sus pasiones, y habreis conocido en toda su pureza á la mujer de la raza de Oriente importada á España por los árabes.

Oid la poesía de ese pueblo.

Encontrareis el romance árabe con toda su síntesis, con toda su expansion, con todo su sentimiento: un poema de amor, de dolor, ó de esperanza en cuatro versos, en una copla; poemas no escritos, improvisados por el corazon, cantados por la felicidad, por la desesperacion ó por el deseo.

Y presenciad sus bailes, acompasados por una guitarra y acompañados por ese canto; contemplad el corto zagalejo de la que baila, con sus rayas de vivos colores; su corpiño de pana negra ceñido á un talle, á una espalda, á un pecho y á unos brazos incomparables; ved ese pañuelo de mil colores que apenas cubre una magnífica cabellera, y se anuda ligeramente bajo la barba de un semblante encantador ligeramente moreno ó deslumbrantemente blanco, cuyos ojos negros ó garzos despiden relámpagos de pasion, y cuya boca sonrie, como ayudando á los ojos en su guerra contra el corazon del que los ve sonreir y mirar; observad á ese jóven moreno que baila con ella, con su pañuelo en la cabeza, su chupa ó su chaqueta, su ancha faja encarnada, sus anchísimos zaragüelles, ó su ajustado calzon, su media y su alpargata, ó su botin labrado y su zapato blanco: observad la contera de la vaina del cuchillo, ó el extremo de las cachas de la navaja saliendo del bolsillo interno del lado izquierdo de la chaqueta: oid el repique de las castañuelas, las palmas de las gentes del corro, acompañando á la guitarra, á la copla, al baile; mirad el paisage esplendoroso que os rodea, levantad los ojos al radiante cielo que inunda de una luz fuertemente meridional el cuadro, y podreis afirmar que casi habeis visto una zambra árabe.

Tan fuertes raices habia echado en el suelo español ese pueblo, de tal manera habia mezclado su sangre de vencedor con la sangre del vencido, que la única diferencia esencial que existia entre ambos pueblos eran dos libros, por otra parte muy semejantes: quitad á los árabes de España el Koram y dadles la Biblia, ó quitad la Biblia á los solariegos y dadle el Koram, y no encontrareis mas que un solo pueblo, pero un pueblo maravilloso.

Illustration from Los monfíes de las Alpujarras: novela original
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—Te juro que estaremos juntos hasta la muerte.

Dícese que los árabes españoles tenian mucho del carácter de los solariegos.

Nosotros decimos que los solariegos habian tomado mucho, todo lo que habian podido tomar de sus enemigos, y que se parecian mucho á ellos.

Por lo mismo despues de la conquista de Granada, una política tolerante, amplia, fecunda, protectora; simplemente el religioso cumplimiento de los tratados, hubiera sido bastante para refundir á los moriscos, sin violencia, de una manera lenta, si, pero segura, en el pueblo español.

Para esto hubiera sido necesario que los hombres de la conquista hubiesen sido tolerantes é ilustrados y no eran ni lo uno ni lo otro.

Desde el último tercio del siglo XV el estado político de España habia variado completamente de faz: durante la edad media, la nobleza robustecida por las concesiones forzosas de los reyes habia llegado á hacerse prepotente: entonces no existian mas que dos poderes: la alta nobleza en la cual se refundia el alto clero, y el estado llano, ó sea las universidades como llamaban á la muchedumbre en Aragon, ó las comunidades como la llamaban en Castilla: el trono se encontraba anulado, sin fuerza propia, con una autoridad prestada entre la alta nobleza, con sus escandalosos privilegios feudales, y el estado llano con sus fueros populares y su bravio espíritu de independencia: rebelabanse de una parte los nobles por el mas fútil protesto contra la corona; negaba á esta por otra parte subsidios de nombres y dinero en las cortes el estado llano, para lo cual bastaba que la peticion real pareciese atentar, aunque remota y levísimamente á los fueros y libertades del reino: compraba el rey partidarios, en la nobleza con mercedes dispendiosas, en el estado llano con franquicias y fueros que hacian cada vez mas precaria y mas nula la autoridad real. Enrique II se vió obligado para ser rey á repartir en mercedes el patrimonio de la corona: Enrique III llegó hasta el punto de no tener un dia que comer; don Juan el II se vió obligado á pedir á su favorito dinero para comprar su jubon nuevo, y Enrique IV hubo de contemporizar con los bandos, humillarse, deshonrarse, deshonrar á su esposa, desheredar á su hija, sin librarse por eso de ser destituido é insultado en estátua por la faccion rebelde, y de ver proclamado rey á su hermano el infante don Alonso.

La corona necesitaba vengar los ultrajes que debia á la nobleza: esta habia escarnecido el poder real durante centenares de años, y habia pesado con gravamenes insoportables sobre la masa comun. Habian llegado á tal punto la ambicion, la rapiña y la corrupcion de los nobles, que era imposible que pasaran adelante: la codicia y la soberbia los habian dividido de tal modo, que bastaba dejarlos entregados á sí propios para que se destruyesen.

Al subir al trono Isabel de Castilla, su marido Fernando de Aragon, comprendió que era llegado el momento de destruir de una manera radical y para siempre el poder de la nobleza: pero era Fernando V demasiado astuto y político, para exponer á un fracaso sus proyectos de restauracion del poder real, obrando de una manera violenta, impremeditada y prematura. Necesitaba contemporizar para ganar tiempo y procurarse sus medios de combate, y contemporizó: necesitaba destruir al alto clero y á la alta nobleza, y buscó á los enemigos de aquellos dos poderes en el bajo clero y en el estado llano: el bajo clero le dió al famoso fray Francisco Jimenez de Cisneros, al fanático ermitaño del Castañar, al hombre que poseia la humildad mas vanidosa y mas soberbia de que puede encontrarse ejemplo, con una tenacidad invencible á la cual se ha dado nombre de firmeza, y con un ascetismo sistemático y feroz al cual se ha dado nombre de virtud: hombre de acero, profundamente reservado y suspicaz, dotado de alguna instruccion, pero de miras estrechas, poco previsor y extremadamente testarudo.

Fernando V vió en él un ariete y le aprovechó, le elevó gradualmente hasta ponerle á la altura de aquellos con quienes debia combatir, y le apoyó con todo el poder que le daban las circunstancias y con los elementos de fuerza de las diferentes coronas que poseia.

Fray Hernando de Talavera, y fray Tomás de Torquemada, fueron dos instrumentos poderosísimos que el bajo clero dió á los Reyes Católicos, y en cuanto al estado llano, le dió en la Santa Hermandad un ejército que debia contrapesar la prepotencia de la nobleza.

Alarmada esta, representó contra la organizacion de la Santa Hermandad, á pretexto de que con esta reorganizacion se lastimaban sus privilegios, pero ya era tarde: fuerte Fernando para la lucha, la habia empezado incorporando á la corona los maestrazgos de las órdenes militares, levantando ejércitos permanentes pagados por las ciudades, y acabando al fin por instituir la Inquisicion, tribunal terrible, con el cual, despues de amansada la nobleza á la que se habia arrancado sus banderas, esto es: sus ejércitos particulares, y sus guaridas, esto es, sus castillos que fueron desmantelados, debía contener al pueblo.

La nobleza habia muerto como poder, herida por el cetro de los Reyes Católicos: habiase apoyado la corona para vencer á la alta nobleza y al alto clero, en el estado llano y en el clero bajo, pero dándola zelos aun el poder popular, que le habia ayudado á su triunfo, se alió estrechamente con el altar, y la Inquisicion y el rey fueron ya los únicos poderes que imperaron de una manera absoluta; dependiente la Inquisicion de la corona, es verdad, pero activa, incansable, ambiciosa, tendiendo en tiempos no muy distantes al dominio universal, llenó de hogueras las plazas públicas, de víctimas los calabozos, de horror la historia: la razon fue proscrita, la discusion anatematizada, la libertad de conciencia perseguida, la familia espiada hasta en lo íntimo de sus hogares: todo fiscalizado, todo subordinado á los intereses del trono y del altar y todo empequeñecido, como debia serlo, para dar fuerza á aquellos dos astutos poderes, que habian sabido engrandecerse con los mismos elementos que les eran contrarios.

Cuando aconteció la conquista de Granada, se habia operado ya la maravillosa transformacion política de España: el gran cardenal don Pedro de Mendoza habia creado la Inquisicion, los tercios reales estaban organizados, y los altivos ricos-hombres, los que pocos años antes podian llamarse pequeños reyes, servian á sueldo bajo el estandarte real: tres años despues de la conquista, fray Francisco Jimenez de Cisneros era cardenal arzobispo de Toledo, canciller mayor de Castilla y ministro universal: fray Hernando de Talavera confesor de la reina, arzobispo de Granada, y el sombrío, el terrible dominico fray Tomás de Torquemada inquisidor general: las comunidades religiosas habian sido reformadas, la Inquisicion habia quemado millares de criaturas, Colon habia descubierto un nuevo mundo, y las prepotentes banderas españolas amenazaban á la Europa.

En tales circunstancias, los moros de Granada habian rendido pleito homenaje á los Reyes Católicos: esto es, se habian confesado sus vasallos.

La tiranía y el fanatismo dominaban de consuno: el altar empezaba á predicar el derecho divino de los reyes, y la corona apoyaba fuertemente el exclusivismo de Roma: continuaban en ejercicio muchas de las bárbaras leyes de la edad media, y los jueces de una parte, los inquisidores de otra, y el elemento militar por último, empezaron á pesar sobre la antigua tolerancia que tan amplia habia sido en Castilla y sobre las libertades públicas que no podian ser compatibles con la autoridad real tal cual se queria que esta autoridad fuese.

El primer acto de intolerancia de los Reyes Católicos, fue la expulsion de los judíos.

Treinta mil familias industriosas salieron de España á consecuencia de aquella medida hija del fanatismo religioso.

Dado este golpe á los judíos se reparó en los moriscos.

El feroz fanatismo de los preclaros varones que sustentaban el pendon de la fe en España, encontró que era una cosa muy dura que los vencidos siguiesen en la practica de su religion, de sus leyes y de su dialecto nacional, en el uso de sus trages y en la práctica de sus costumbres.

Empezáronse á violar las capitulaciones de la conquista de una manera curva, casuística: encontróse que habia entre los moriscos una clase de gente llamada elches, esto es, descendientes de cristianos que en otro tiempo habian abjurado el catolicismo abrazando la religion musulmana.

A estos se les mandó convertirse.

No obedeciendo, se empezó á ejercer con ellos la fuerza.

El resultado de esta abierta infraccion de los tratados, produjo una insurreccion.

Esta insurreccion dió pretexto para extender á los moriscos las prescripciones que se habian hecho á los elches.

Entonces empezó el martirio lento, horrible de los moriscos de Granada.

El aspecto amenazador de los moriscos, obligó á los reyes á que enviasen allá á Cisneros.

Partióse este de Alcalá de Henares, donde se encontraba erigiendo su colegio, que despues fue Universidad, y llegó á Granada donde se encontraban los Reyes Católicos; la primera providencia del grande hombre fue quemar cuantos manuscritos árabes le vinieron á las manos, destruyendo con ellos un caudal inapreciable de ciencia, y apagando con las llamas del fanatismo luminosas noticias que nos hubieran servido en gran manera para esclarecer la confusion que reina en la historia de los árabes españoles.

Empezáronse á seguida los trabajos de la conversion de una manera ruda y tenaz: en vez de apelarse á la mansedumbre evangélica se apeló al terror: al que resistia el bautismo se le prendia, se le encerraba con un fraile fanático, y no se perdonaba medio, hasta que aterrada la víctima pedia á voces el bautismo.

Crecia con esto el descontento, huian á centenares de las poblaciones los moriscos y se iban á la montaña haciéndose monfíes, y entregándose, irritados por la tiranía de los vencedores, á los mas graves excesos contra los cristianos.

La lucha era sorda, sostenida: habíanse bautizado todos los moriscos de Granada y la mayor parte de los de las Alpujarras, pero si bien ostensiblemente profesaban el catolicismo, seguian siendo moros en secreto.

Si iban á misa los dias de precepto, era porque los parrocados estaban facultados á imponerles multas y aun prision por la falta de asistencia.

Si confesaban, jamás decian la verdad.

Los giumas (viernes), dias consagrados por el Koram, se encerraban en sus casas, hacian las abluciones y se consagraban á la oracion á puerta cerrada.

Del mismo modo y tambien á puerta cerrada, trabajaban los dias de fiesta prescritos por el rito católico.

Inmediatamente despues de ser bautizados sus hijos, les lababan con agua caliente la cabeza, para quitarles el crisma y el santo oleo, los circuncidaban, celebraban segun sus usos la fiesta de las buenas hadas, y les ponian el imprescindible sobrenombre árabe.

Cuando se casaba una doncella, al volver á su casa, la quitaban los vestidos castellanos con que se habia visto obligada á ir á la iglesia, la vestian ropas moriscas y hacian las bodas, con leilas, zambras y banquetes segun sus costumbres.

Solo aprendian la doctrina católica los que tenian necesidad de casarse, porque para ello sufrian un exámen prévio, y aun muchos se disculpaban con no saber la lengua.

Llenos de odio y ansiosos de venganza por la tirania de que eran víctimas, recibian á los monfíes, y aun á los turcos y piratas berberiscos en sus alquerías y les avisaban de cuándo podian sorprender recuas de castellanos para robarlos, hacerlos cautivos ó matarlos.

Aterrados los castellanos por esta asechanza sorda, por este peligro contínuo, unian su voz á las declamaciones de los frailes, y el trono y la Inquisicion se propusieron estremar el rigor contra ellos, y destruirlos si necesario fuese.

Entonces se promulgó el famoso edicto del emperador don Carlos, de que dimos cuenta á nuestros lectores en el principio de este libro.

Viéronse los pobres vencidos atacados á un tiempo en su industria, en sus haciendas, en sus costumbres, y lo que era peor, vejados, tratados vilmente, con una injusticia notoria, con una crueldad siempre en aumento, sin que se oyesen sus quejas, sin que se diese castigo á los que los ofendían y vieron con temor empadronados sus hijos desde la edad de tres años, hasta la de quince, porque no sabian lo que querian hacer con ellos.

Haciáseles pagar los alguaciles y las guardias que servian para oprimirlos; se les obligaba á tener las casas abiertas; se les exigian tributos onerosos; se prendia á las mujeres que iban por la calle con los rostros cubiertos; se les arrebataban sus hijos y los llevaban á los hospicios por el mas leve pretexto, y en vano eran sus quejas, porque los clérigos mandaban á nombre de Dios, y Felipe II era tan sombría y fanáticamente cruel como los clérigos.

No se pensó ni un solo momento en que los moriscos constituian una parte considerable de la poblacion de España, ni en que por su industria y sus riquezas, eran un gran elemento de prosperidad pública.

Los funestos reyes de la casa de Austria todo lo posponian, todo lo olvidaban á trueque de que no hubiese en sus Estados una sola persona que no fuese católica; manía lamentable, fanatismo ignorante que han dado al trono y al clero español de aquel tiempo y aun de los tiempos subsiguientes, un carácter odioso y repugnante: ciega brutalidad que ha costado á España torrentes de sangre, que ha retrasado su civilizacion, que nos ha debilitado, atacando nuestra poblacion y nuestra riqueza, comprometiéndonos en guerras desastrosas, colocándonos á retaguardia de las demás naciones de Europa: fatales resultados de la estrecha alianza del trono y del altar: de los reyes de derecho divino y del clero omnipotente y sanguinario, sostenido por el infame tribunal de la Inquisicion.

El rey y el fraile, al destrozar entre sus garras á los que se atrevian á rebelarse contra su despotismo, destrozaban á España: el terror hacia callar al derecho, el desuso del derecho, le puso en olvido, y el pueblo tan libre otros dias, vino á ser la troje hollada por los dos fatales elementos reunidos.

Uniase á esto una magistratura inmoral, un ejército compuesto de aventureros, una nobleza degradada, que se arrastraba á los piés de la Inquisicion y del trono, y un pueblo degradado tambien, que todo lo sufria en silencio, ó que, por mejor decir, por resultado de su degradacion y de su envilecimiento, no sufria nada.

En los tiempos de la dominacion austriaca, un español, en siendo esclavo sumiso, y católico fanático, era cuanto podia ser: un leal vasallo del rey, y un hijo obediente de la Iglesia.

La literatura y las artes, sufrieron, como era preciso, la suerte del país: se vieron marcadas con el sello realista monástico, que se imprimia en todo, y apenas dieron á conocer alguno que otro rasgo tímido de independencia; nuestros mejores artistas, nuestros mas aventajados escritores, no brillaron como hubieran brillado de seguro, bajo un gobierno digno de hombres que hubieran sabido serlo: la mezquindad de la época los hacia mezquinos: los mataba.

En todas las empresas de la casa de Austria, exceptuando las de Carlos V, se ve, no la política, no la sagacidad, sino la tenacidad y la ignorancia: Felipe II desangró y debilitó la nacion en empresas descabelladas aconsejadas por el fanatismo, y una de estas empresas que pudo traer fatalísimos resultados, no solo para España, sino tambien para Europa, fue la de la conversion de los moriscos, no solo bajo el punto de vista religioso, sino tambien bajo el de las costumbres.

La rebelion de las Alpujarras motivada por la crudeza con que quiso llevarse á cabo la sumision completa de los moriscos, fue de tanta trascendencia, como que refiriéndose á ella en el principio de su historia de la guerra de Granada, dijo Hurtado de Mendoza, autor contemporáneo, y tanto, como que tomó personalmente parte en aquella guerra:

«Veráse una guerra al parecer tenida en poco, y liviana dentro en casa, mas fuera estimada y de gran coyuntura; que en cuanto duró tuvo atentos, y no sin esperanza, los ánimos de príncipes amigos y enemigos lejos y cerca.»

Mas adelante el mismo autor confiesa las graves circunstancias en que se encontraba España al estallar la rebelion de las Alpujarras, en las siguientes líneas:

«... Los Estados de Flandes, desasosegados por el príncipe de Orange, eran recien pacificados por el duque de Alba. Mas, puesto que las fuerzas del rey, y la experiencia del duque capitan, criado debajo de la disciplina del emperador, testigo y parte de sus victorias, bastasen para mayores empresas; todavía lo que se temia de parte de Inglaterra, y las fuerzas de los hugonotes en Francia, algunas sospechas de príncipes de Alemania y designios en Italia, daban cuidado; y tanto mayor, por ser la rebelion de Flandes por causas de religion comunes con los franceses, ingleses y alemanes, y por quejas de tributos y gravezas comunes con todos los que son vasallos, aunque sean livianas y ellos bien tratados.»

Por las citas anteriores, se vé que en aquellos tiempos habia quien veia claro, y que solo el rey y los clérigos estaban ciegos por su fatal locura religiosa.

Y esta ceguedad, esta monomanía feroz por exterminar todo lo que no era católico, como si el catolicismo no fuese una religion altamente afecta á la discusion y á la libertad, hacen comprender hasta qué punto serian vejados, tiranizados, martirizados los moriscos por aquel doble despotismo, por aquella tenaz ferocidad, por aquella cólera sagrada, por decirlo asi; por aquella intemperancia de mando, por el odioso sic voleo sic jubeo del tirano.

Y esta ferocidad, esta carencia total de miras políticas, ya que no de sentimientos humanitarios, habian hecho precisa, inevitable la rebelion de los moriscos, porque cuando llega á un limite dado la miseria humana, la desesperacion suple con ventaja al valor, y la sed de venganza produce horribles catástrofes, á vueltas de sublimes rasgos de heroismo.

Y cuando un pueblo ha sido insultado, robado, azotado, herido en sus mas intimas afecciones cuando se han visto holladas las canas de los ancianos, separada la esposa del esposo, el hijo de los padres; cuando las sospechas han bastado como si hubiesen sido evidencias para imponer castigos atroces; cuando se han desoido una y cien veces las súplicas humildes; cuando el que manda se ha mantenido inflexible en el mandato cruel; cuando esto sucede, no hay pueblo cobarde, lo arrostra todo, prefiere la muerte aunque sea horrorosa, al martirio lento, continuado, dia por dia, hora por hora, minuto por minuto, y como se lanza á la pelea enloquecido por la desesperacion, excitado por la sed de venganza, se entrega respecto á sus enemigos á las mismas crueldades, á los mismos horrores, á los mismos crímenes de que ha sido víctima.

Los pueblos cuando se insurreccionan en nombre de su derecho, ponen siempre en práctica la tremenda ley del Talion.

Por eso antes de condenar los horrores de una revolucion, es necesario meditar á sangre fria las causas que la han motivado.

Hemos creido necesaria la antecedente digresion, para que nuestros lectores no crean ficciones de una fantasia salvaje, los hechos que vamos á continuar relatándoles.

No los inventamos: únicamente los ordenamos y los trascribimos con la historia á la vista, apoyándonos en su testimonio.

CAPITULO XXVII.

Continúa el asunto interrumpido en el anterior.

La iglesia de la villa de Cádiar, era teatro de una orgía de sangre.

Melik-el-Ferih, enloquecido por el reciente recuerdo de la desastrada muerte de Alida, y por la dolorosa causa que habia motivado aquella catástrofe, estaba ébrio de sangre y sediento de venganza.

Aben-Aboo, con la mirada sangrienta como un lobo, arrastraba desde la sacristía al presbiterio, asido por el cuello al inquisidor Molina de Medrano que tropezaba embarazado por sus largos y rígidos ornamentos pontificales.

Al ver Melik-el-Ferih aquel grupo á la viva luz de las cien velas que aun ardian en el tabernáculo, saltó del monton de cadáveres en que habia subido, y se lanzó hácia el presbiterio, pero antes de llegar á él tropezó en un muerto y cayó.

Al levantarse vió ante sí una mujer pálida, de rodillas, mirándole de una manera ansiosa, y procurando ocultar entre sus brazos, entre sus ropas, á una criatura.

Aquella mujer para salvar á su hija se habia acurrucado entre los muertos, y solo se habia alzado al ver caer junto á ella el monfí.

Melik-el-Ferih contempló á la madre y á la hija con una mirada tal, en que habia tan feroz, tan cruel alegría, que la pobre madre se estremeció.

—¡No la mateis! gritó: no mateis á mi hija: mi hija no os ha hecho ningun daño.

—¿Y qué daño habia hecho mi hija á los cristianos? gritó el Ferih mezclando á sus palabras una carcajada insensata.

—¡Ah! ¡teneis una hija! dijo la infeliz: pues bien, por la vida de vuestra hija, no mateis á la mia.

—¡Por la vida de mi hija! exclamó el Ferih.

Y sus ojos rodaron de una manera espantosa en sus órbitas.

La infeliz madre dió un grito horrible.

El Ferih la habia arrebatado la pobre criatura asida por el cuello, y la habia abierto de una sola puñalada: despues habia arrojado aquel miserable despojo palpitante á los piés de la madre, y de un salto se habia puesto en el presbiterio y asido al inquisidor Molina de Medrano.

—¡No le mates! ¡no le mates! exclamó Aben-Aboo: una puñalada es poco castigo para este infame lobo: ¡no le mates, Ferih!

—¡Matarle! no por cierto... ya verás... ya verás... la noche es nuestra, y es necesario que nos divertamos... vamos á divertirnos mucho...

El solo anuncio de aquella diversion, de que sin duda iba á ser él el protagonista, despegó la carne de los huesos del inquisidor.

El Ferih entre tanto habia acercado uno de los tres sillones del presbiterio, y le habia puesto sobre el altar.

—Siéntate ahí, dijo el Ferih: te ponemos en un trono... no tienes por qué quejarte te vamos á adorar, faquí de los cristianos: vamos sube: ¿no quieres ser rey?

—No puedo subir, soy viejo; exclamó llorando el inquisidor: tened compasion de mi.

—¡Ah! ¿no puedes subir? dijo Aben-Aboo, por eso no quede: échamelo acá, Ferih, añadió desde el altar á donde habia subido de un salto.

El Ferih asió por la cintura al inquisidor y le levantó: Aben-Aboo le asió por el cuello le puso sobre el altar y le sentó rudamente en el sillon.

Desde aquel momento puede decirse que Molina de Medrano no vió ni sintió mas que un terror pánico: todo daba vueltas en derredor suyo, pero cubierto de una niebla densa, azul, inpura, y el miserable temblaba, pero de una manera exclusivamente orgánica.

—No basta, no basta eso: dijo el Ferih: es necesario asegurarle en su trono.

Y volviéndose hácia el fondo de la iglesia donde continuaban el degüello y las crueldades, tocó por tres veces la bocina.

Cesó la matanza y un numeroso grupo de monfíes adelantó hasta el presbiterio, y se pusieron á reir y á señalar con ademanes grotescos al inquisidor.

—¡Ah, valientes mios! dijo el Ferih: ved á este respetable señor encaramado en su silla, vestido de oro y rodeado de luces, ni mas ni menos que como los ídolos que han querido que adoremos: pero este trono es todavía poco resplandeciente.

—Es verdad, si, es verdad.

—Aumentemos el resplandor de su trono.

—Pongamos fuego al altar.

Y algunos adelantaron blandiendo sus antorchas.

—Esperad: esperad, dijo Aben-Aboo: ¿no veis que tanto resplandor puede parecerle demasiado y hacerle huir de una gloria de que se creerá indigno? es necesario que se vea obligado á recibir nuestros homenajes. Buscad cuerdas, y sino las halláreis, vengan las de vuestras ballestas.

—Dice bien.

—Asegurémosle en su trono.

—Que no pueda escapar.

—Como no pueden escapar los sentenciados por la Inquisicion.

—Como no pudo escapar mi padre, á quien vi revolverse como una sabandija por entre las llamas.

—Ni mi madre á quien quemaron porque decian que era bruja.

—¡Allah Ahbar! (Dios es grande).

—¡Allah Galib! (Dios es vencedor).

—¡Allah Rahman! (Dios es misericordioso).

Y sin saber de donde, salieron á plaza cordeles, y en medio de un tumulto espantoso de carcajadas y silbidos, el inquisidor fue fuertemente atado á la silla, y la silla no menos fuertemente atada á las columnas del tabernáculo.

Volvieron á avanzar los implacables monfíes con las antorchas.

—Esperad, esperad: aun no es tiempo: traed acá á cuantos cristianos encontreis.

Extendiéronse los monfíes por la iglesia, y á poco volvieron trayendo á empellones como unas veinte personas entre hombres, mujeres y niños.

—Pocos son, dijo Aben-Aboo: pero ahí veo á mi buen amigo Lope Gutierrez, corregidor de la villa. ¿Eh? ¿que te parece de esto?

El corregidor tan feroz antes, cuando mandaba, cuando se creia fuerte, rompió á llorar.

—Yo no os he hecho ningun daño, dijo: yo era mandado; me lo mandaba el rey.

—¿Y te mandaba el rey, dijo una morisca jóven y hermosa, saliendo de entre la multitud, que para obligar á una mujer á ser tuya, la amenazases con ahorcar su padre, y vender por esclavos á sus hermanos?

—Yo no he hecho eso... yo no he hecho eso, os lo juro.

—¿Me conoces? exclamó la morisca arrancando una antorcha á un monfí, acercándola á su semblante, y acercándose al mismo tiempo al corregidor Lope Gutierrez, que retrocedió.

La morisca le miraba con los ojos dilatados escandescidos como los de una bacante.

—¿Me conoces al fin Lope Gutierrez? repitió la morisca; tú me deshonraste, y no bastó mi sumision á tus deseos: poco tiempo después á pretexto de que eran monfíes ahorcaste á mi padre, y echaste á galeras á mis hermanos.

—¡Ah! ¡no! ¡no! exclamó el corregidor.

—Ese miserable me abofeteó á pretexto de que no me habia quitado el sombrero en su presencia, echó á galeras á mi hijo porque tomó la defensa de su anciano padre, mi pobre esposa murió al verse separada en su ancianidad de su hijo, y despues me vi reducido á la indigencia: mis bienes, unas escasas tierrecillas habian sido confiscadas: ¡vengadme, hermanos!

—Ese miserable mató á mi amante porque no quise ser su manceba.

—Ese hombre deshonró á mi hija.

—Ese hombre es nuestro, exclamaron las mujeres apoderándose de él, y sacándole arrastrando de la iglesia.

—Hé aquí un buen exámen de doctrina cristiana, dijo Aben-Aboo volviéndose al inquisidor que no le oia. Dejad, dejad á esas buenas muchachas que despachen á su gusto al señor corregidor: no lo querais todo para vosotros. ¿Quién es aquel que se esconde detrás de esotro que está tan cabizbajo?

—El cabizbajo es el alguacil Truchuela, un bribon que merece ser desollado vivo: el que se esconde es el escribano Diego de Angulo.

—¡Ah! ¿con que sois vos el escribano que no tenia mas placer que fulminar procesos para engordar con las costas perdiendo hombres? ¿y vos maese Truchuela el alguacil que prendia con perro á los moriscos?...

Rompieron á dar alaridos los dos acusados.

—Colgad de los piés á esos dos perros, dijo Aben-Aboo.

No le escucharon sordos ni remisos, porque media docena de monfíes asieron del alguacil y del escribano, y los colgaron cabeza abajo de la verja de una capilla.

Los miserables gritaban de una manera horrorosa.

—Ponedles mordazas, gritó uno.

Poco despues aquellos hombres dejaron de gritar.

—¿Qué mujer es aquella exclamó el Ferih que está detrás de aquellos dos soldados castellanos?

—Yo soy doña María de Cáceres, dijo aquella mujer que era bastante hermosa, y que lloraba silenciosamente adelantando hácia el presbiterio.

—¿Quién tiene que quejarse de esa mujer? dijo Aben-Aboo que se habia constituido en único juez de un tribunal ejecutivo.

Nadie contestó.

—Ya lo veis, nadie tiene que quejarse de mí, contestó con acento sereno doña María.

—¿Y por qué lloráis? ¿creeis que los moros somos tan infames como los castellanos? ¿creeis que nosotros sentenciamos á los inocentes solo por el placer de verter sangre?

—Lloro, dijo doña María, porque he visto muchas desdichas.

—¿Qué pretendeis hacer con esa mujer? dijo una de las moriscas que volvían de dar fin del corregidor. Esta cristiana es nuestra.

—¿De qué teneis que acusarla? dijo Aben-Aboo.

—¡Acusarla! ¡por el contrario, tenemos mucho que decir en su favor!

—Es caritativa.

—Es buena.

—Ha dotado á muchas doncellas.

—Ha remediado muchas desdichas.

—Es la madre de los infelices.

—Una sola condicion y os libro, dijo Aben-Aboo.

—¿Y qué condición es esa?

—Abrid los ojos al conocimiento de la santa ley del Dios altísimo y único.

—¡Qué reniegue de Jesucristo! exclamó con horror doña María.

El Ferih que desde que habia empezado este diálogo habia templado su ballesta y armado en ella una jara, se echó de repente la ballesta al rostro, y exclamó disparándola sobre doña María:

—Mi hija tambien era inocente y ha muerto.

Doña María cayó sin exhalar un gemido.

—¡Oh! ¿qué has hecho? exclamó horrorizado á pesar de su ferocidad Aben-Aboo.

—Estamos perdiendo el tiempo, gritó el Ferih: yo he sido encargado por el emir de hacer justicia en la villa de Cádiar... ¡ea mis valientes! acabad con esos perros... y tú clérigo, tostador de criaturas de Dios, añadió volviéndose al inquisidor que continuaba alelado por el miedo, muere como debes morir.

Y tomando una antorcha de manos de un monfí, se encaminó al altar.

—¡Detente, Ferih! exclamó una voz poderosa, terrible, llena de autoridad y de mando en el fondo de la iglesia.

El Ferih quedó inmóvil en el lugar en que se encontraba cuando resonó aquella voz: los monfíes que habian empezado de nuevo la matanza, se detuvieron tambien.

Entre tanto un hombre armado como los caballeros moros del tiempo de la conquista, con corona en la cabeza é insignias de califa, adelantó evitando pisar los cadáveres, pero sin poder evitar teñir sus piés de sangre.

Detrás de él ondeaba un estandarte rojo, en cuyo centro se veian las armas de Granada, y tras el estandarte seguia un escuadron cerrado de monfíes.

Aquel hombre era el emir Yaye-ebn-Al-Hhamar.

—¿Qué es lo que estais haciendo? exclamó: ¿es esto lo que yo te he mandado hacer Ferih: es esto lo que conviene hacer á un caballero Aben-Aboo?

Ni el Ferih, ni Aben-Aboo, contestaron: pero se levantó un sordo murmullo entre los monfíes que estaban en la iglesia á la llegada del emir.

—¿Quién se atreve á murmurar, cuando su señor habla? exclamó con voz tonante Yaye, revolviendo en torno suyo una mirada amenazadora: ¿hay alguno que se atreva á levantar la voz, ni los ojos, ni un solo dedo, cuando habla su emir?

Nadie contestó: nadie se movió.

—¿Qué es lo que miro en rededor mio? exclamó creciendo en su cólera Yaye: ¡mi vista solo encuentra cadáveres!

—Cadáveres de castellanos, señor, contestó humildemente Aben-Aboo.

—Pero entre esos cadáveres hay viejos, niños y mujeres: doncellas que han sido violadas, madres delante de cuyos ojos se han degollado los niños de pecho. ¿Quereis acaso igualar y aun exceder las crueldades de los castellanos? ¿Pensais acaso que porque este es un lugar de idolatria, no está presente en él el Dios altísimo y único?

—¡Señor! murmuró Aben-Aboo.

—¡Basta! exclamó Yaye: los que se precian de valientes no se ensangrientan en los débiles: los que se precian de justos no sacrifican inocentes: los que se creen buenos muslimes deben temer á Dios, á Dios que escribe en el libro de su justicia la sentencia de los asesinos con la sangre de los débiles.

—Hemos sufrido cuantas desdichas, cuantas crueldades, cuantas humillaciones puede sufrir un hombre, dijo el Ferih.

—Los crímenes agenos, deben inspirarnos horror, no deseo de imitarlos: repuso el emir: ademas, si hemos de triunfar es necesario que sepamos obedecer. ¿Qué te habia ordenado yo Ferih?

Melik no contestó.

—Te dije, cerca la villa, que no salga de ella un cristiano...

—Degüella y mata, me dijiste.

—Si, pero degüella y mata á los clérigos, á los ministros de justicia, y á los soldados: pero sé justo y clemente con los que no han cometido otro delito que no ser moros como nosotros.

—¿Qué estas hablando de justicia y de clemencia, emir, á quien como yo ha visto su hija deshonrada; á quien la ha visto morir á consecuencia de las infamias de los castellanos; á quien la ha mirado espirar, gritando de dolor entre sus brazos y pidiéndole venganza? ¡Mi hija! ¡mi pobre Alida queda allá muerta entre las breñas, y me pides templanza á mi, á quien despedazan la rabia y el dolor!

Y el Ferih rompió á llorar como una mujer.

Hubo algunos momentos de solemne silencio, durante el cual solo se oyeron los gemidos de los que espiraban á consecuencia de sus heridas.

—Desatad ese clérigo que está en el altar, dijo el emir.

Pareció reanimarse á estas palabras Molina de Medrano.

—Ved, señor, dijo Aben-Aboo, que este es el miserable que causó esta mañana la muerte de la infeliz Malicatulzarah y de su esposo Adel: ved señor que es un lobo sediento de sangre.

—Ese hombre debe morir, y morirá, pero no de la manera horrible, cruel con que ellos matan á sus víctimas.

El inquisidor habia sido bajado del altar y se arrastraba á los piés de Yaye, en cuyo semblante fijaba una mirada entumecida por la atonía.

—Yo os conozco... señor... yo os conozco... tartamudeó.

Y se asió á las ropas talares de Yaye.

Yaye se inclinó.

—Tú eres Molina de Mediano...

—Si, si, pero yo obedecia al rey...

—Obedecias á un tirano...

—Por el Dios de Abraham y de Ismael que es nuestro mismo Dios... no me mateis... cautivadme... vendedme... llevadme á Africa... pero no me mateis.

—Tú has predicado el exterminio contra los que adoran al Dios de Abram, de Agar y de Ismael, y ahora pides misericordia á nombre de ese mismo Dios... suele suceder que los asesinos cuando se apodera de ellos la justicia mueran con valor: pero tú á mas de asesino eres cobarde.

—¡Perdon! ¡señor, perdon!

—Arrancadle de mi y matadle; matadle á hierro y pronto... necesitamos salir de aquí.

—¡Piedad! gritó Medrano al sentirse asido por una turba de monfíes.

Fue su última palabra: rasgado su pecho á un tiempo por veinte puñales manchaba de sangre su vestidura pontifical.

—Acabad con esos soldados, dijo el emir.

Seis soldados que habian sido apresados por los monfíes fueron inmolados en pocos segundos.

—Ahora soltad esa gente menuda.

—Nos mataran los que estan fuera señor, dijo un viejo.

—Id con ellos diez hombres, y amparadlos en las casas del ayuntamiento de la villa: asimismo llevareis á esas casas las mujeres, los viejos y los niños que encontreis.

Algunos monfíes salieron escoltando algunos cristianos que por fortuna habian escapado con vida de la iglesia.

—Rematad á esos desdichados que penan, añadió Yaye.

Pocos momentos despues, y mientras el emir hablaba acaloradamente con Aben-Aboo, fueron cesando los gemidos de los moribundos hasta dominar un silencio pavoroso.

Los monfíes que se agrupaban inmóviles tras el estandarte rojo del emir, llenando la iglesia, parecian fantasmas.

Yaye y Aben-Aboo siguieron hablando algun tiempo con gran interés.

El Ferih, doblegado al fin por su dolor estaba apoyado sobre el altar, inmóvil, insensible á todo.

Al fin Yaye se separó de Aben-Aboo, y dirigió la voz á los monfíes.

—Valientes, les dijo: al hacer lo que hemos hecho, hemos herido el rostro del tirano rey de España: hemos arrojado á sus ojos la sangre infame de sus jueces, de sus clérigos, y de sus soldados: ya no hay medio de retroceder: los ejércitos del rey de España vendrán sobre nosotros, pero vendrán tarde, porque el alguacil mayor del reino, el valiente Farax-Aben-Farax se apodera en estos momentos de Granada: Dios nos alienta y nos guia: pero no irritemos á Dios cometiendo actos de crueldad y de barbarie semejantes á los que acaban de cometerse: si apreciais en algo mi espada, si creeis que yo puedo llevaros á la victoria, no vertais mas sangre débil, no cometais mas crímenes, porque yo nunca desnudaré mi espada para ponerme al frente de infames ni de asesinos.

—¡Viva el emir! gritaron á una voz los monfíes.

—Ademas, dijo Yaye: oidme y entendedme bien: yo no soy el emir que debe mandaros.

Levantóse un murmullo de descontento que era una adulacion al emir.

—Los moriscos de Granada han elegido un rey.

—¡Viva el emir poderoso y vencedor Yaye-ebn-Al-Hhamar! gritaron los monfíes.

—Yo soy emir de las Alpujarras, únicamente, dijo Yaye: los granadinos han elegido legítimamente su rey; su rey es aliado y pariente mio. Obedeced al rey de Granada Muley-Aben-Humeya.

Pronunció con tal acento estas palabras Yaye, que los monfíes viendo en ellas un mandato gritaron:

—¡Viva el rey de Granada Muley-Aben-Humeya!

—¡Gracias, gracias, valientes muslimes de la montaña! exclamó una voz á las puertas de la iglesia; oyóse precipitado ruido de espuelas, y adelantó y abrazó á Yaye un jóven sencillamente vestido á la morisca.

Aquel jóven era Aben-Humeya.

Tras él seguia otro hombre de mas edad igualmente vestido á la usanza mora, llegó junto al emir, pero en vez de abrazarle se inclinó profundamente.

Aquel hombre era Aben-Jahuar el Zaquer.

—¿Y tu hermana? le dijo rápidamente y en voz baja Yaye.

—Está en seguridad en un cortijo de la montaña.

—¡Oh! ¡gracias hermano, gracias! Y volviéndose á los monfíes continuó en voz alta asiendo de la mano á Aben-Aboo, que era el único que vestia á la castellana: ¿Conoceis á este caballero?

—Si, si, gritaron todos.

—Es Sidy Aben-Aboo, de la raza de los Omeyas, añadieron algunos.

—Es mi pariente, añadió Yaye. Desde ahora, leales muslimes compartiré con él vuestro gobierno: obedecedle como á mí mismo: es mi compañero: aclamadle.

—¡Viva Muley Aben-Aboo!, gritaron espontáneamente los monfíes.

—Y para concluir, este otro caballero, Sidy Aben-Jahuar el Zaquer, mi pariente tambien, es el walí de los walíes[25] de Granada y de las Alpujarras.

—¡Viva Sidy Aben-Jahuar! gritaron los monfíes.

—Lo que á vosotros os he hecho saber en persona, se hará saber á las demás taifas por sus xeques. ¡La guerra empieza! constancia y valor y triunfaremos.

—¡Viva el emir!

—Pero si hemos concluido, dijo Aben-Humeya que habia oido con un profundo disgusto la espontánea aclamacion de los monfíes á su primo Aben-Aboo, si hemos concluido, bueno será, que nos preparemos á un próximo y sangriento combate.

—¿Pues qué sucede? dijo con gran calma Yaye.

—La compañía de infanteria española que estaba en Yátor, viene sobre Cádiar, dijo Aben-Humeya; y segun me han informado mis corredores viene á su frente, bramando de corage, el valiente marqués de la Guardia.

—¡El marqués de la Guardia! ¡no! ¡es imposible!

—Si es posible ó no, pronto lo veremos, dijo Aben-Humeya; entre tanto oid.

Se habian escuchado algunos distantes disparos de arcabuz. Animados por aquel socorro los cristianos que se habian refugiado á la torre de Cádiar empezaron á tocar de nuevo á rebato.

Yaye, Aben-Aboo, Aben-Humeya y Aben-Jahuar, se lanzaron fuera de la iglesia: los monfíes los siguieron á la carrera.

La iglesia quedó silenciosa, poblada solo de cadáveres, iluminada y resplandeciente, pero manchado de sangre el altar, y presentando delante de él un bulto brillante á trozos, rojo en otros.

Aquel bulto era el cadáver de Molina de Medrano, á quien cubrian aun los ornamentos pontificiales.

Por una coincidencia terrible aquel cadáver ocupaba el mismo lugar donde habia caido muerta Malicatulzarah.

CAPITULO XXVIII.

Continúan las escenas de sangre.

En aquellos momentos en un estrecho y oscuro callejon de Cádiar habia dos hombres como ocultos en la sombra, y hablando en voz muy baja por temor acaso de ser escuchados desde las casas.

Oíanse desde allí las campanas de la iglesia parroquial y del convento de San Francisco, tocando, de una manera que podia llamarse desesperada, á rebato, y se oian á lo lejos, perdidos, indistintos, gritos salvajes, alaridos, voces confusas.

Alguna vez un hombre pasaba en huída por la calleja, sin reparar en los dos hombres que estaban como cosidos á un entresijo de ella, y poco despues de haber pasado el que huia, en la parte baja, á la salida de la villa, se oia algun disparo de arcabuz, lo que demostraba que el pueblo estaba cercado.

A excepcion de estos ruidos lejanos ningun otro ruido se oia: la calleja estaba profundamente silenciosa, cerradas las puertas y ventanas de sus casas, y sin que ni por un solo resquicio se viese una luz.

Aquel era el silencio del miedo, porque á no dudarlo, los habitantes de aquellas casas, como todos los de Cádiar, velaban.

De repente se sintió abrirse silenciosamente una ventana, y desde su fondo oscuro cayó á la calle un objeto pesado que produjo un ruido opaco, sordo, como el de una odre que se rebienta.

La ventana volvió á cerrarse, y volvió el silencio.

—¿Qué es eso? dijo uno de los dos escondidos con voy temblorosa.

—Paréceme que teneis miedo, señor Cisneros, dijo el otro hombre.

—No tengo miedo, pero me repugna lo que está sucediendo; Dios me perdone, sino es un cuerpo humano el que han arrojado á la calle.

—Es sin duda el cadáver de algun soldado de los de la compañía de Diego de Herrera, que estaban aposentados en las casas de la villa: ¿pero qué os importa eso? No hemos venido á Cádiar ciertamente á divertirnos.

—¿Pero qué hacemos aquí, á estas horas y en tales circunstancias, señor Godinez?

—¿No habeis venido á ver esta noche, como teníamos concertado, á doña Elvira de Céspedes?

—Sí.

—¿No la habeis dicho que su hijo Aben-Humeya os conoce, y que veniais á ampararos de ella?

—Sí.

—¿No la habeis dicho ademas, como tambien convinimos, que venia con vos un amigo que igualmente necesitaba del amparo de Aben-Humeya?

—Si.

—¿Y no habeis venido á buscarme?

—Ciertamente.

—Ahora bien, la entrada de los monfíes nos ha hecho ampararnos de lo apartado y oscuro de esta calleja; pero ahora que los monfíes estan allá dentro, y por lo que se vé, bien entretenidos, podemos y debemos ir á casa de doña Elvira.

—Es que yo no he estado nunca en Cádiar: valíme de las señas que me dísteis, pregunté por la calle donde vive doña Elvira, y hallé la casa por su mirador de madera y el farol de su imágen... pero ahora estoy seguro de no dar con la calle.

—Pues la tenemos bien cerca.

—¡Ah!

—Si, aquí á la vuelta. Venid conmigo.

—¿Pero no oís?

—Oigo y no oigo. Es decir, antes se oia tocar á rebato en al convento de San Francisco, y ya no se oye: antes no se oian disparos, y ahora se oyen descargas de arcabucería.

—Seran los vecinos del pueblo que se defienden desde sus casas.

—No, no; solo dispara asi la infantería española; son descargas cerradas.

—¿Pero qué infantería es esa? La compañía de Diego de Herrera ha sido degollada.

—Pero estaba en Yátor la compañía del marqués de la Guardia.

—Pero en Yátor habran entrado los monfíes como en Cádiar, y habran degollado á los soldados.

—Asi es probable que haya sucedido: pero os afirmo, y no me engaño, que tenemos cerca infantería española, mucha y valiente. Esto nos favorece.

—¿Qué nos favorece?

—Ya vereis. No podian presentarse mejor nuestros negocios. Andad, andad mas de prisa, que se nos va acercando el combate. He aquí que estamos en la calle de doña Elvira.

—Creo que os engañais. No veo el farol.

—¿Queriais que los monfíes dejasen ardiendo una luz debajo de una imágen? Llamad.

—¿Dónde?

—Estamos á la puerta de doña Elvira.

—¡Ah! ¿esta es la casa?

—Esta es.

Cisneros buscó el llamador de la puerta, y dió tres golpes.

Vióse poco despues luz por las rendijas y una voz de vieja dijo desde adentro:

—¿Quién sois?

—Vuestra señora me espera, contestó el comediante.

—¿Sois el hidalgo que vino esta noche?

—Yo soy.

—¿Venís solo?

—No, viene conmigo un amigo.

—Abrid, abrid, dijo con precipitacion otra voz de mujer mas fresca y mas sonora.

Abrióse la puerta y entraron Laurenti y Cisneros.

—Y á tiempo ha sido, dijo este: entrad, entrad con esa luz, señora, que tenemos el combate ya en la calle.

La vieja, una dama hermosa, vestida de negro que estaba en la segunda puerta del zaguan, y Cisneros y Laurenti desaparecieron en el interior.

Entre tanto el fuego de la mosquetería redoblaba, oíase entre él el crugir de las ballestas y el silbar de las jaras, y alguno que otro grito de un hombre herido.

Veamos lo que pasaba en la villa.

Debemos retroceder: mientras tenian lugar los terribles acontecimientos de la iglesia, otros no menos terribles tenian lugar en el convento de San Francisco: por mas que los frailes se habian defendido, por mas que habian tocado á rebato; incendiado el convento, incendiada la torre de la iglesia, último refugio á donde aquellos desdichados se habian acogido, se habian visto obligados á rendirse; mas ceñido que el Ferih á las órdenes del emir, el wali que mandaba á los monfíes que habian asaltado el convento, dejó libres á las mujeres, á los niños y á los viejos que á él se habian refugiado y solo degolló á los frailes y á los hombres robustos.

Despues de esto penetraron en el convento entre las llamas, tomaron los vasos sagrados y los ornamentos y fueron á depositarlos en la plaza.

En seguida empezaron el saqueo por las casas una parte de los monfíes, y otra se fué á combatir la torre de la iglesia donde estaban refugiados el beneficiado Ribera, maese Barbillo y algunos alguaciles, soldados, vecinos y mujeres.

Aquellos infelices se encontraban apurando desde hacia mucho tiempo una agonía horrible: oian á sus piés los gemidos de los que eran asesinados en la iglesia, veian recorrer las calles monfíes con antorchas, penetrando en las casas; matando cristianos, saqueando y arrojando á un tiempo por las ventanas los cadáveres y los objetos robados: veian ardiendo el convento de San Francisco y lo que mas les aterraba era el notar que la campana de los frailes habia cesado de tocar á rebato.

Ellos por lo mismo, redoblaron su toque de una manera desesperada: al principio solo habian tañido la campana mayor; despues asociaron á ella otra campana: por último, hasta los esquilones se pusieron en movimiento.

—¿Habeis cortado las escaleras de la torre, Barbillo? decia lleno de angustia el beneficiado.

—Si señor, contestaba repicando á dos manos Barbillo.

—¿No pueden subir?

—No señor, como no pongan escala, y para eso les arrojaremos los ladrillos que hemos arrancado del suelo y cuando estos falten los esquilones...

—Nos pondran fuego, exclamó llorando de terror el beneficiado.

Barbillo siguió repicando.

—¿Qué habrá sido de la pobre Mariblanca? añadió Juan de Ribera.

Barbillo soltó un bufido, y apretó con entrambas manos las cuerdas de ambos badajos.

—¡Ay señor beneficiado, exclamó una pobre mujer! ¡Mire vuesamerced; mire por allá: por la parte de Yátor se ven antorchas!

—Y son soldados del rey, exclamó un muchacho.

—¿Soldados del rey has dicho, hijo? exclamó Juan de Ribera, avalanzándose al arco de campana que miraba á Yátor.

—Yo no veo mas que las luces.

—Pues yo si, yo veo muy bien los coletos de gamuza y los capacetes de los soldados, dijo una jóven. ¡Oh, Dios mio! vendran á socorrernos.

—Es la compañía del señor marqués de la Guardia, exclamó con alegría Barbillo: veo tendida su bandera blanca, con su cruz de bastos rojos.

—Muy alegre os habeis puesto, maese.

—¡Si son ciento y cuarenta demonios, y el marqués de la Guardia un leon, y el teniente Belorado un toro, y el alférez Cordavias un lobo! ¡ah, señores monfíes, paréceme que vais á dar con la horma de vuestro zapato!

—¿Pero vendran aquí?

—¡Pues no han de venir! vedlos que suben por el repecho.

—Pero no estarian en Yátor, porque si hubieran estado allí no hubieran podido atravesar la rambla ni los barrancos, dijo el beneficiado.

—Habran subido á la sierra y habran pasado por el puerto.

—Pues entonces traen seis leguas en el cuerpo, vendran rendidos, exclamó con desaliento el beneficiado.

—¡Pero calla! exclamó Barbillo, han apagado las antorchas; encima los tenemos. ¡Ah valientes!

Y se tiró con el furor del miedo á las campanas.

En aquel momento una jara que penetró por el arco se le clavó en la frente y cayó de espaldas.

Levantóse un alarido de terror entre los prisioneros de la torre.

Otra jara hizo sonar de una manera aguda una campana y otra y otra y otra siguieron entrando por los arcos.

Toda aquella pobre gente se arrodilló.

Solo siguió tocando á rebato la campana mayor, cuyo badajo ponian en movimiento los prisioneros tirando desde el suelo, de su cuerda.

Pero de improviso un nuevo incidente vino á centuplicar su terror.

Un humo espeso y acre empezó á penetrar por los arcos de las campanas.

Los monfíes habian puesto fuego á la torre.

Sin embargo, entre aquel torbellino de humo y de llamas la campana seguia tocando apresuradamente á rebato.

Allá en los extremos de la villa y en el centro ardían tambien algunas casas de cristianos.

No tardaron en oirse en las entradas del pueblo disparos de arcabucería.

Entonces fue cuando Yaye, Aben-Aboo, Aben-Humeya, Aben-Jahuar y el Ferih, salieron de la iglesia con los monfíes.

Al salir á la plaza desembocaba en ella á la carrera una manga de arcabucería, en medio de la cual flotaba la bandera blanca con la cruz de bastos rojos que habia visto desde la torre el difunto Barbillo.

Al frente de la manga y armado con una pica corta, venia un caballero jóven, con el rostro pálido y la mirada chispeante é iracunda, que apenas vió á los monfíes mandó hacer fuego con voz ronca á sus soldados.

Aquel caballero era el marqués de la Guardia.

Brillaron primero las mechas sopladas por los soldados y poco despues se vió un relámpago y se escuchó una detonacion uniforme: algunos monfíes cayeron por tierra: á la descarga de la mosquetería española contestó una descarga de la ballestería de la montaña.

Algunos soldados cayeron tambien.

Una segunda descarga de los soldados diezmó de nuevo á los monfíes.

—¡Es el marqués de la Guardia! exclamó con rabia Aben-Aboo.

—¡El marqués de la Guardia! exclamó con terror el emir. ¿Qué es esto, Dios mio?

—Hierro en mano y á degüello, gritó con voz tonante Aben-Aboo á los monfíes, lanzándose el primero alfanje en mano sobre los soldados.

—¡Ah! dijo el marqués de la Guardia con una alegría insensata, horrible: ¡te me vienes á las manos, asesino! ¡á mí, camaradas! los arcabuces bajo el brazo izquierdo y fuera las espadas: ¡á ellos! ¡Santiago y cierra España!

Pero de repente los monfíes se detuvieron cortados: por otra avenida de la plaza habia aparecido el teniente Cristóval de Belorado, y los barria enfilándolos con las descargas de sus arcabuceros.

Casi al mismo tiempo el sargento Gaspar de Aponte desembocaba por otro punto y los heria por la espalda.

Los monfíes acorralados entre tres fuegos, se arrojaron en tropel por una salida de la plaza que quedaba descubierta, obligando á que los siguiesen á Yaye, Aben-Humeya, Aben-Aboo y Aben-Jahuar.

—¿A dónde va vuestra señoría? exclamó el teniente Cristóval de Belorado, atravesándole al marqués de la Guardia que se habia puesto en seguimiento de los monfíes.

—¡Huyen!

—No huyen: desembarazan un lugar en que se han encontrado acorralados por sorpresa; pero dentro de poco cargaran sobre nosotros á centenares. ¡A cubrir las calles! gritó inmediatamente el viejo soldado.

—¡Es verdad! dijo suspirando el marqués: mandad barrear las calles: primero es nuestra obligacion como nobles y castellanos: sacad todos los muebles y colchones que encontreis en las casas: ¿tenemos bastante pólvora?

—Nos hemos traido cargadas cuatro acémilas.

—Destinad veinte hombres que apaguen el incendio de la iglesia: ola ¿qué haceis, alférez Cordavias? id cubriendo: sargento Aponte, vivo; haced abrir las casas y barread aprisa. Recoged nuestros heridos y rematad á esos perros monfíes. ¡Ah! primero es nuestra obligacion como cristianos y caballeros.

Y se puso á pasear por la plaza, con la pica debajo del brazo y con una distraccion espantosa, murmurando monosílabos y lanzando de tiempo en tiempo un horroroso juramento.

En un momento las calles que daban á la plaza estuvieron cubiertas y barreadas; esto es, cortadas con altas barricadas; muchos de los cristianos que vivian en la plaza y que habian estado escondidos, salieron con sus escopetas, y unos veinte soldados de la compañía de Diego de Herrera que se habian salvado en la torre descolgándose con una cuerda, fueron armados con los arcabuces de los soldados que habian sido muertos ó heridos en la sorpresa de la plaza.

—¿Pero dónde está el señor beneficiado? decian algunas mujeres que habian salido de la torre.

—¡El beneficiado! dijo uno de los de la compañia de Diego de Herrera: no ha tenido valor para descolgarse por la cuerda como nosotros y se ha quedado en la torre.

—¡Cómo! ¡el beneficiado de Cádiar! exclamó el marqués de la Guardia; ¡el que me casó esta tarde!... ¡Ah! Diez hombres conmigo!

Pero cuando llegaron al pié de la torre, les detuvo un espectáculo horrible.

La torre, que se habia incendiado por el centro, arrojaba por los arcos de sus campanas torbellinos de fuego: por la parte que miraba á la plaza, un hombre asido á una cuerda se contraia, se izaba, luchaba, daba gritos, pero no descendia; estaba aferrado á la cuerda con el terror de la muerte.

En vano le gritaban los soldados que se dejase resvalar.

Aquel hombre no les oia.

Viósele agotar sus fuerzas en conatos desesperados, extenderse al fin, quedar un momento pendiente de los brazos, y caer luego desde la altura dando vueltas.

—¡Es el beneficiado! gritaron las mujeres.

—¡Está muerto! dijo un soldado.

El marqués de la Guardia se separó de aquel lugar, y se puso á pasear de nuevo á lo largo de la plaza.

Entre tanto seguian los preparativos de defensa: muy pronto todas las avenidas de la plaza estaban perfectamente cubiertas, todas las calles que de ellas nacian, cortadas. Solo con un largo sitio y por hambre, podian rendir los monfíes á los castellanos, y era de esperar que el capitan general enviase pronto socorro.

Cuando todo estuvo preparado, distribuidos los centinelas, apagado el incendio de la iglesia, se esperó en vano la acometida de los monfíes: el mas profundo silencio reinaba en la villa.

—¿Qué hacemos aquí? dijo el marqués de la Guardia, volviéndose bruscamente á Cristóval de Belorado: ¿nos vamos á quedar esperando al Mesías? los enemigos se han marchado.

—Los moros son mala gente, señor marqués, dijo Belorado: callan, pero no se fie usia de su silencio: han huido, pero no se fie usía de su fuga: saben que somos pocos, y quieren que nos extendamos en la villa. Como estamos, estamos bien.

—Os digo que los moros se han retirado.

—Como guste usía, pero.

—¡Señor Cristóval de Belorado! ¿Sereis acaso vos el capitan de la compañía, y estaré yo acaso faltando á mi obligacion disputando con vos?

Callóse el teniente.

—Tomad veinte hombres y reconoced.

El marqués volvió la espalda al teniente y siguió paseando.

—El capitan está loco, dijo Belorado, y su locura nos va á costar el pellejo; pero ¿qué hemos de hacer? lo manda; desobedecer ó cumplir mal su mandato, seria una cobardía: ¡Hola sargento Aponte! escoged veinte hombres, y conmigo.

—¿A dónde vamos, señor Cristóval de Belorado? dijo el sargento.

—¡Eh! ¿y qué os importa á vos? ¿Teneis miedo?

El sargento se calló ante el teniente, como el teniente se habia callado ante el capitan.

—¡Ah, de la primera escuadra! gritó.

Formáronse inmediatamente en tres filas unos treinta hombres; el sargento hizo adelantar los hombres de las dos primeras filas, envió á los diez restantes á sus puestos, y fijó una mirada terrible en los veinte hombres que se habian quedado.

Algunos de ellos murmuraban.

—¡Eh! ¿Qué dices tú, Gil Perez? ¿y tú Pedro Donoso? ¿y tú, Chirlo del diablo? ¡eh! ¿teneis miedo, vergantes? ¡silencio y firmes! ¡ó voto á!...

Y la soltó redondo, arrimando al mismo tiempo á los soldados algunos golpes con el asta de su alabarda.

El sargento se vengaba en los soldados de las palabras del teniente, como el teniente se habia vengado en el sargento del exabrupto del capitan: pero hay que notar que aquella venganza aumentaba á medida que descendia.

Los soldados no podian desagraviarse con nadie, porque la venganza habia dado fondo en ellos.

El sargento dió parte á Belorado de que la gente estaba dispuesta, y Belorado se adelantó hácia ellos, y les dijo apoyado en su pica:

—Muchachos: vamos á hacer un reconocimiento sobre los enemigos: esto quiere decir que sopleis las cuerdas para que den pronto fuego. El lance es apretadillo y se os ha buscado para él, á vosotros, que por valientes marchábais en la vanguardia de la companía: ¡cuerpo de Dios! todos habeis estado en Flandes, y ya sabeis á lo que sabe el hierro: ¡voto á... que el que se me vuelva atrás un paso, se encuentra con la punta de mi pica! ¡Treinta legiones! debeis ser valientes porque sois soldados, y... ¡fuego y rayos! acordaos de que estos moriscos son muy ricos y de que podemos encontrar al paso alguna cosa. Con que no os digo mas. Id adonde yo vaya... y en marcha, hijos, en marcha.

Y el teniente, con el sargento y los veinte hombres salió por el claro de una barricada.

—¡Una valiente espada que perdemos, y veinte y un leones, que van á quedar tendidos á oscuras, y miserablemente! dijo el alferez Cordavias, que estaba apoyado en su bandera, al aposentador de la compañía.

—Pero yo no entiendo esto, dijo el aposentador: á nosotros nos habia relevado la compañía de Diego de Herrera, estábamos en Yator y de él no debiamos de habernos movido: el marqués parece dominado por algo terrible: vamos, no lo comprendo: ¿y á qué enviar á Belorado con esa gente?

—Yo no sé, yo no sé lo que le pasa al marqués, amigo Macías: todos le creiamos en Granada, cuando he aquí que se presenta en la posada de Belorado... yo estaba con él, y con dos buenas mozas.—Que se vayan esas mujeres, dijo el marqués.

Por mas que nos extrañase esta salida tan descortés, porque al fin, si él es título de Castilla no es mas hidalgo que nosotros, venia de tal manera que nos causó espanto: venia con la cabeza descubierta, con el semblante desencajado: mojado de piés á cabeza; mas que mojado, cubierto de lodo; miraba en torno suyo de una manera insensata, y arrojaba llamas por los ojos. ¿Veís que es buen mozo y buena cara? pues daba miedo: cuando salieron las mujeres dijo á Belorado.—Dadme vestidos y vos Cordavias, haced que los trompetas toquen llamada de infantes, y á la plaza con la gente.

Yo salí: algunos minutos despues, y antes de que hubiese acudido toda la compañía, vi venir al capitan vestido con otras ropas, y con una coraza limpia al lado del teniente, ¿y no habeis reparado? trae sobre la coraza una cadena de oro, y pendiente de la cadena una rica joya.

—Si, si; ya lo he visto, y no sé á qué vienen esas galas: sobre todo cuando hace una noche tan oscura, y cuando es mas fácil encontrar un arcabuzazo que un galanteo.

—Yo tampoco lo entiendo: ni sé si el capitan ha cumplido con su obligacion abandonando á Yátor y trayéndonos á Cádiar, con tres leguas en el cuerpo y enlodados hasta la cintura.

—En Yátor debe de haber habido tambien jarana.

—Esto se estaba esperando de un momento á otro, y creo, Dios me perdone, que tenemos faena para algun tiempo.

—¿Creeis que esto sea una guerra?

—Creo que nosotros somos los primeros soldados del rey que han disparado en esta guerra los arcabuces.

—¡Bah! ¡Diego de Herrera!...

—En la iglesia hay algunos soldados muertos de su compañía: sin armas, con todas las señas de haber sido sorprendidos: juraria á que esos perros los han degollado en sus mismas casas.

—Todo pudiera ser: pero noto una cosa singular.

—¿Qué?

—Ya sabeis que Cristóval de Belorado es hombre capaz de meterse en el infierno, antes de que uno solo de sus soldados pueda decir que se ha parado ante el peligro. De seguro se ha metido por las calles de la villa y reconocido en regla y como Dios manda.

—¿Y qué encontrais de extraño en eso?

—Que no se oye un solo arcabuzazo.

—Eso no quiere decir mas sino que á los monfíes les gusta mas el campo que las calles, y que han cercado la villa.

—Belorado ha tenido ya tìempo para salir de la villa y habrá salido: á lo menos habrá mandado internarse en las quebraduras inmediatas algunos hombres, y nada, nada se oye. Los moros se han retirado de Cádiar.

—Vayan con Dios: á enemigo que huye...

—¡Alférez! dijo el capitan desde el centro de la plaza.

Se echó el alférez la bandera al hombro, y se dirigió al capitan.

—Dejad una escuadra de guardia y con la demás gente reconoced los muertos que hay en la iglesia y en la plaza.

El alférez obedeció.

—Es extraña la confianza que tiene el capitan, dijo volviendo junto al aposentador. No parece sino que está seguro de que los monfíes se han retirado.

—Pues no lo entiendo, dijo Macías.

—Ni yo tampoco. ¡Ola sargento Astudillo! quedaos de guardia con vuestra escuadra en la plaza!

—Muy bien, mi alférez.

—Poned en cada bocacalle un centinela.

—Muy bien.

—Y decid á los sargentos de las otras tres escuadras que formen la gente.

El resto de la compañía, que no habia ido á reconocer ni quedaba de guardia, se encontraba poco despues en la iglesia, reconociendo los cadáveres.

La mayor parte de las velas se habian apagado, pero aun quedaban muchas ardiendo.

La iglesia exhalaba un insoportable olor á sangre fresca.

Los soldados revolvian los cadáveres y los amontonaban.

Cuando encontraban una mujer, la arrancaban las arracadas, y si las orejas resistan se las abrian con las dagas: no perdonaban joya ni suma que hallaban ni dejaban de registrar la bolsa á un solo muerto.

Y en aquella ocupacion ni parecian sentir el olor de la sangre, ni el horror que naturalmente inspiran cadáveres despedazados.

Eran dignos míembros de aquella famosa infantería española compuesta de vagos y aventureros, á la cual para que tomasen una plaza al asalto, no habia necesidad de hablarles de la gloria que podian alcanzar, sino de las horas que se les concedian de saqueo y licencia, una vez tomado el castillo ó la ciudad sobre la que los arrojaban como una tromba de exterminio.

Encontráronse mas de cien cadáveres, entre ellos el corregidor, algunos alguaciles, algunos soldados, mas de treinta mujeres, algunos niños, y como sabemos el del inquisidor Medrano, el del beneficiado Juan de Ribera, el de maese Barbillo, y el de Hurtado do Campo.

Despues de este reconocimiento se reconocieron las casas de la plaza, y en ellas, desiertas todas porque los moriscos habian escapado con los monfíes, se encontraron soldados asesinados en sus lechos, y en la del beneficiado Juan de Ribera, el capitan Diego de Herrera, cosido á puñaladas bajo una mesa servida.

Los primeros soldados que entraron allí, al ver los manjares los devoraron: poco despues dos soldados que habian comido de las setas preparadas por Mariblanca murieron en medio de las mas horrorosas convulsiones.

Al amanecer volvió de su reconocimiento el teniente Cristóval de Belorado.

—Señor marqués, dijo: los monfíes se han retirado enteramente.

—Ya lo sabia yo, dijo el marqués de la Guardia: ahora, añadió, que ya es claro, poned guardias en la atalaya y en la torre de la iglesia: haced que los demás que hayan quedado recojan los muertos y los entierren, y aposentad la compañia.

Dicho esto, el marqués fue á aposentarse en la vecina casa de Juan de Ribera, escribió un largo parte al capitan general de Granada, y le envió con un correo.

CAPITULO XXIX.

De lo que aconteció aquella misma noche en Granada.

Farax-Aben-Farax, con seis mil monfíes, habia emprendido aquella tarde, cumpliendo la órden del emir, su marcha sobre Granada.

Pero estaban tan difíciles los pasos de la sierra, que para llegar á la media noche se vió obligado á elegir los mas prácticos en el terreno, los mas hábiles y los mas fuertes y con solo trescientos hombres tomó á buen paso el camino de la ciudad.

Pero no llegó tan pronto que no pasase con mucho la hora de la media noche, y las gentes de la ciudad tuvieron tiempo para ir á las iglesias á oir la misa del gallo, y volver tranquilamente á sus casas.

Aunque los moriscos del Albaicin estaban prevenídos y todo lo tenian preparado, no se atrevieron á moverse por sí solos, porque, amedrentados, querian que se lo diesen hecho todo los monfíes.

Por otra parte la tardanza de estos empezaba á desanimarlos.

Contaban ademas con ocho mil moriscos del valle de Lecrin, del partido de Orgiva y de las alquerías de la Vega, y ni un solo emisario de estos se habia presentado. En un lugar de la sierra que se llama Cenes, debian esperar ocultos en un cañaveral dos mil hombres, y tambien faltaron: estos hombres mandados por los walíes de la montaña el Partal y el Nacoz debian acometer la Alhambra, y escalar la parte que corresponde á Generalife, para cuyo efecto se habian fabricado en los lugares de Dudar y Quentar diez y siete escalas grandes de esparto, por cuyos anchos travesaños de madera podían subir á un tiempo tres hombres: la longitud de estas escalas se habia hecho con arreglo á la altura de los muros, cuyas medidas habia dado un morisco albañil llamado maese Francisco Aben-Edem, y los moriscos del Albaicin debian acudir con sus capitanes á la primera señal.

Lo que debian hacer estos capitanes era lo siguiente:

Miguel Acis, con las gentes de las parroquias de San Cristóval, San Gregorio el Alto y San Nicolás debia acudir á la puerta de Frex-el-Leux, ó de Fajalanza con un estandarte de damasco carmesí con lunares de plata y flecos de oro: Diego Niquelí, el mozo, con las gentes de San Salvador, Santa Isabel de los Abades y San Luís, y una bandera de tafetan amarillo, á la plaza de Bib-al-Bonut, y Miguel Mozagaz con la gente de San Miguel, San Juan de los Reyes, y San Pedro y San Pablo, y una bandera de damasco azul turquesado, á la puerta de Guadix.

Lo primero que debian hacer los de esta parte, era pasar á cuchillo á los cristianos que vivian en el Albaicín, y, dejando une guardia en aquellos lugares, acometer despues la ciudad por tres partes, y al mismo tiempo la fortaleza de la Alhambra.

Los de la puerta de Frex-el-Leux, debian bajar al campo del Triunfo por fuera de los muros, ocupar el Hospital Real, acometer la puerta de Elvira, entrar por ella, matando á los cristianos que encontrasen, forzar la cárcel de la Inquisicion, y soltar los moriscos presos en ella.

Los de la plaza de Bib-al-Banut, debian bajar por la cuesta de Alacaba, dando por la calle de la Calderería en la cárcel de la ciudad, poniendo libertad á los moriscos, y yendo despues á las casas del arzobispo y procurando prenderle ó matarle.

Los de la puerta de Guadix debian bajar por la ribera del Darro, acometer las casas de la Audiencia Real, y prender al presidente don Pedro de Deza, yendo despues á reunirse todos á la plaza de Bibarrambla donde debian acudir tambien los ocho mil hombres del valle de Lecrin, del partido de Orgiva y de la Vega.

La ciudad debia ser entregada al degüello, al saqueo y al incendio.

Teníase sospechas de que los moriscos tramaban algo; pero como no hubiese un solo traidor entre ellos, ni se conocía su plan, ni se sabia el dia de la rebelion, ni aun se creia que pudiese ser, á pesar de que en Granada habia muy poca gente de armas y casi ningun pertrecho.

El marqués de Mondéjar don Iñigo Lopez de Mendoza, habia escrito al consejo del rey pidiendo hombres, y su peticion se habia desatendido hasta tal punto, que si los moriscos llegan á poner en práctica su plan concertado, hubiera sido horrible lo que hubiera acontecido en Granada la Noche Buena de 1568.

Todo consistió en esperar los unos la resolucion de los otros: Farax Aben-Farax confiando en las gentes del Albaicin y necesitando aprovechar el tiempo, creyó que le bastaba presentarse en el Albaicin con los trescientos monfíes que llevaba, y tanto anduvo, que á pesar del temporal, de lo oscuro de la noche y de lo intransitable de la sierra, llegó á Granada á la una de la noche, y tomando de los molinos que estan junto al rio Darro los picos y herramientas que habia de ellos, llegó á un muro que en aquellos tiempos existia aun, y del cual solo quedan hoy algunos restos, y abriendo con los picos un portillo que estaba tapiado por cima de la puerta de Guadix, entró por lo alto del barrio de Raab-Albayda, en el Albaicin, dejando veinticinco monfíes de guardia en el portillo, y haciendo que los restantes se pusieran bonetes encarnados y tocas blancas para parecer turcos, se fué á la casa que tenia en Granada junto al convento de Santa Isabel de los Abades, y llamó á los principales moriscos con quienes estaba concertado el alzamiento.

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Harum-el-Geniz.

—¿Qué es esto, les dijo? acabo de entrar en la ciudad y la encuentro tranquila, desiertas y silenciosas las calles, y hasta las rondas metidas en sus casas. ¿Qué es lo que pensais hacer? La Alpujarra se ha levantado, y en estos momentos los cristianos son degollados é incendiadas sus haciendas: vosotros solos estais en silencio y acobardados.

Disculpáronse los llamados con que nadie les habia acudido.

—Los ocho mil hombres que deben venir del Valle y de la Vega, dijo Farax, y los capitanes de las parroquias del Albaicin estan prevenidos. Pero es necesario que vosotros los ricos y los respetados les deis los primeros el ejemplo, no mostrándoos cobardes y débiles. Que para esto he venido yo.

—Has venido con muy poca gente, dijo Abul-ben-Eden, y te perderás: nosotros no queremos perdernos mas de lo que estamos. Los primeros que nos han faltado son los monfíes.

—¡Cómo! exclamó irritado Farax; me habeis hecho perder mi casa, mi familia y mi hacienda, y darme á la sierra, solo por la libertad de la patria, y ahora que llegamos al punto del combate, los que mas debiais favorecernos y ayudarnos os echais fuera del peligro, como si hubiese otra salvacion que la guerra, ó como si despues de lo que hemos hecho esperasemos alcanzar perdon de los cristianos! antes debiais haberlo pensado: pero ya que sois tan miserables y tan cobardes, yo, yo solo con los que tengo, haré que el Albaicin se levante ó perezcais todos los que estais en él.

Y rugiendo en cólera se salió de su casa antes del amanecer, llevando los trescientos monfíes en dos cuadrillas, y por la calle de Raab-Albayda se encaminó á la plazuela que está delante de la colegiata del Salvador, donde le dijeron que habia una guardia de seis ú ocho soldados.

Cuando llegaron á la plazuela los monfíes que iban delante, se detuvieron á esperar la llegada de los otros, porque vieron un soldado que se paseaba por la plazuela haciendo centinela, y cuando sintió el ruido de los pasos de los monfíes que subian por Raab-Albayda, creyendo que era la ronda del corregidor, se fué hácia los monfíes con la mano puesta en la espada y echándola de valiente y cuando estaba cerca de ellos les dió el ¿quién vive?

La contestacion de los monfíes fue disparar sobre él las ballestas que llevaban armadas, hiriéndole en un muslo.

El soldado dió á huir hácia el lugar donde sus compañeros dormian descuidadamente alrededor de una hoguera, y empezó á dar gritos y á llamar al arma.

Los monfíes cargaron sobre los soldados, que aturdidos con el sueño, no pudieron levantarse tan pronto que no dejasen dos hombres muertos, llevando consigo otros dos heridos.

Siguiéronlos los monfíes por unas callejuelas estrechas hasta la plaza de Bib-al-Bonut, donde en aquellos tiempos estaba el convento de los Jesuitas: llamaron é insultaron al jesuita Albotodo, que era morisco, y no pudiendo forzar la puerta que era muy fuerte, arrancaron una cruz de madera que estaba clavada sobre ella y la hicieron pedazos.

La otra cuadrilla de monfíes, capitaneada por el walí Nacoz, tomó desde la plazuela del Salvador á la derecha, llegó á la Plaza Larga, derribó la puerta de una botica que era de un familiar del Santo Oficio, llamado Diego de Madrid, y no habiéndole encontrado dentro, le robaron é hicieron pedazos botes, redomas, armarios, cuanto encontraron, y luego pasaron el portillo de San Nicolás, situado junto á la puerta mas antigua de la alcazaba Cadima, y saliendo á la plazuela de la iglesia, desde donde se ve enteramente la Alhambra, el barrio del Hajeriz y gran parte de la ciudad, empezaron á tocar la zambra con sus dulzainas y atabalejos, y á decir á grandes voces:

—No hay mas Dios que Dios y Mahoma su mensajero: todos los moros que quisieren vengar las injurias que los cristianos han hecho á sus personas y ley, vénganse á juntar con estas banderas, porque el rey de Argel y el Xerife, á quien Dios ensalce, nos favorecen y nos han enviado toda esta gente, y la que nos está aguardando allí arriba. Ea, ea, venid, venid, que ya es llegada nuestra hora y toda la tierra de los moros está levantada[26].

Los cristianos escucharon aterrados este pregon, porque temian lo que no sucedió: esto es: que se levantanse los moriscos del Albaicin: en vano Farax-Aben-Farax y Nacoz y el Niqueli, repitieron sus pregones: ni un solo morisco salió á la calle.

Entre tanto las campanas de la Colegiata del Salvador tocaban apresuradamente á rebato, y empezaba á extenderse este toque á las torres de las demás parroquias.

Desesperado Farax, y viendo que ya amanecia, que nadie le ayudaba, y que no llegaba el grueso de los monfíes, se decidió á abandonar la ciudad.

Al pasar ya en retirada con sus dos cuadrillas por la calle de los Panaderos, se abrió una ventana y apareció un viejo.

—¿Cuantos sois? preguntó á Farax.

—Seis mil contestó, el alguacil mayor del reino.

—Venís pocos y venís tarde; exclamó el viejo con desprecio, y cerró la ventana.

Salióse ya enteramente desesperado Farax por el portillo por donde habia penetrado en el Albaicin, y antes de retirarse definitivamente quiso probar el último recurso, y subiendo al cerro de San Miguel hizo dar desde su cumbre otro pregon, y como nadie le contestase tampoco, gritó con todas sus fuerzas como si hubiera querido que le oyesen todos los moriscos del Albaicin:

—¡Perros! ¡traidores! ¡cobardes! ¡que nos habeis engañado y no cumplis lo prometido! ¡quedaos en paz! ¡pero yo os juro que si vuelvo será para degollaros lo mismo que á los cristianos!

Y seguidamente, rugiendo como un leon herido, se precipitó con sus trescientos monfíes por la ladera del cerro, y subiendo por el rio Darro tomó el camino del lugar de Cenes.

Solo Dios sabe lo que hubiera acontecido aquella noche, si los moriscos del Albaicin se hubiesen levantado á la voz de Farax, ó si hubiesen llegado los restantes monfíes, que á causa de la nieve no pudieron atravesar la sierra.

CAPITULO XXX.

Complemento del anterior.

Entre tanto los soldados que habian huido de la plazuela del Salvador, donde como dijimos estaban de guardia, fueron á avisar á Bartolomé de Santa María, uno de los alguaciles encargados por el presidente Deza de rondar el Albaicin. Por el camino los soldados habian ido llamando á grandes voces al arma; mas estaban los vecinos tan descuidados, que creyendo que fuese burla, se asomaban á las ventanas gritándoles que callasen, y creyéndolos borrachos. Otros vecinos, salieron á medio vestir, asombrados, soplando las mechas de los arcabuces, y no sabiendo qué hacer ni adonde ir.

Llegados, pues, el alguacil, los soldados y algunos vecinos á las casas de la Chancilleria, dieron parte de lo que sucedia al presidente Deza, aunque de una manera confusa é incompleta, porque el miedo que antes no les habia dejado ver, no les dejaba entonces hablar. El presidente hizo avisar al corregidor y al marqués de Mondéjar, y mandó al Albaicin al alguacil Santa María, para que se enterase bien del hecho y volviese á noticiárselo. Entre tanto el soldado que fue á avisar al marqués de Mondéjar estuvo detenido mucho tiempo en las puertas de la Alhambra, que no quisieron abrir, hasta que lo mandó el conde de Tendilla que andaba rondando por los adarves, y habia ya oido desde ellos la zambra y las voces de los monfíes en el Albaicin.

El soldado le informó de todo, y el conde de Tendilla le llevó al aposento de su padre el marqués de Mondéjar, que no queria creer lo que le decian, hasta que afirmándole su hijo que habia escuchado instrumentos moriscos en el Albaicin, y el soldado que habia visto hombres vestidos y tocados como turcos, saltó del lecho, se armó y mandó que la gente de la fortaleza se pusiese en armas.

Pero se encontró con que solo tenia ciento cincuenta infantes y cincuenta caballos: gente que no bastaba para defender el castillo, cuanto mas para sacarla de él. Tanto mas no sabiéndose el número de los enemigos, que podian ser muchos, puesto que solo en el Albaicin podian tomar las armas diez mil moriscos: en la ciudad habia muy poca gente bien armada de que poder disponer, y lo estrecho, peniente y tortuoso de sus calles favorecia á los moriscos para la defensa.

Resolvióse por eso á no dejar la Alhambra hasta que amaneciese, y habiendo sabido que el alguacil que fué á reconocer el Albaicin no habia encontrado rastro de moro, ni mas que algunos vecinos asustados, mandó que las campanas cesasen de tocar á rebato y que subiesen algunas rondas para asegurar el Albaicin, no fuese que con el pretexto del alboroto, saqueara la gente de mal vivir las casas de los moriscos.

El corregidor por su parte apenas recibió el primer aviso, montó á caballo y con algunos caballeros que se le presentaron armados, fué á situarse en la Plaza Nueva, delante del palacio de la Chancillería, donde recogió la gente que bajaba desbandada del Albaicin, y allí estuvo quieto hasta que amaneció, temeroso que el lance siguiese mas adelante.

Habian encontrado los que fueron á reconocer el Albaicin el portillo abierto por los monfíes, y junto á él las herramientas de que se habian servido y un saco lleno de bonetes turcos: cuando fue de dia el marqués de Mondéjar dejó la Alhambra y bajó á la Plaza Nueva con don Alonso de Cárdenas, su yerno y sus hijos el conde de Tendilla y don Francisco de Mendoza, reuniéndosele en la Plaza Nueva los marqueses de Villena y Villanueva, el conde de Miranda y otros muchos caballeros que se encontraban en Granada siguiendo pleitos y otros muchos escuderos y gentes de guerra, que habian acudido temerosos de lo que aquello pudiese ser.

En aquellos momentos un traginero dijo al marqués de Mondéjar, que habia encontrado á los monfíes caminando con dos banderas tendidas por detrás del cerro del Sol hácia el lugar de Casa Gallinas.

Alborotáronse con estas noticias los que estaban con el capitan general, y quisieron marchar tras los monfíes. Pero el marqués de Mondéjar no lo consintió á causa de que era mas importante la seguridad de la ciudad, y de no saberse el número de los enemigos.

Limitóse á enviar un escudero suyo con alguna gente á reconocerlos, y él con treinta caballos, cuarenta arcabuceros y los alabarderos de su guardia, subió al Albaicin; atravesó por medio de él sin encontrar una sola persona, porque los moriscos estaban encerrados y prevenidos en sus casas temerosos de ser robados: y llegando á la plazuela del Salvador, preguntó á algunos cristianos que se encontraban en ella, por qué no se veian moriscos por las calles y le respondieron que se habian retirado á sus casas.

Entonces mandó á Jorge de Baeza que llamase á los principales de ellos y venidos y habiendo protestado que ellos no tenian culpa alguna de lo que habia sucedido, y que eran buenos y leales vasallos del rey, el marqués les respondió: que puesto se habian mostrado tales no acudiendo al llamamiento de los monfíes, continuasen en su lealtad, y que contasen con su amparo.

Afectaron quedar muy contentos los moriscos, bajó á la plaza Nueva el capitan general, y como ya era bien entrado el dia se resolvió dar sobre los monfíes, y salieron cuando los que habian salido á reconocerlos trajeron noticia del camino que llevaban.

Los monfíes seguian entre tanto su camino hácia la sierra y sin detenerse en los lugares de Dudar y Quentar pasaron por ellos y bajaron á Cenes, donde se detuvieron á almorzar, y habiendo sido avisados que el capitan general de Granada, se les venia encima tomaron de nuevo el camino por la falda de Sierra Nevada hácia el lugar de Dilar.

El marqués de Mondéjar tomó por cima de Huetor hácia Dilar, y al llegar al campo de Gueni los caballos de vanguardia, descubrieron á los moros que iban ya embreñándose en la sierra.

Don Alonso de Cárdenas apretó las espuelas á su caballo, y seguido de algunos ginetes, se puso en demanda de los monfíes creyendo poder alcanzarlos antes que se embreñasen; pero se lo impidió una cuesta muy agria que hay en el barranco del rio de Dilar, y tardaron tanto en subir y bajar, que los monfíes tuvieron tiempo de posesionarse de un cerro alto y muy áspero que se levanta á la derecha del pueblo, y poniendo las banderas en medio, empezaron á jugar sobre los del marqués las ballestas y los arcabuces.

Mataron algunos soldados, pusiéronse en respeto á los demás, obligaron al marqués de Mondéjar á no pasar adelante, y luego tomaron lo áspero de la sierra, donde no podian subir los caballos, y burlando al marqués de Mondéjar, bajaron al valle de Lecrin, le sublevaron diciendo que dejaban alborotada á Granada, y se entregaron respecto á los cristianos que vivian en los pueblos del valle, á las mismas atrocidades que habian ensangrentado á Cádiar.

El marqués mandó tocar á recoger, y cuando tuvo la gente formada; cuando vió que por su poco número se veia obligado á volver á la ciudad, tomó el camino de ella murmurando para su celada:

—Los del consejo de Su Magestad creen que aqui no necesitamos ni hombres ni dinero, y si este descuido dura, Granada se perderá.

En medio del camino le detuvo un soldado que traía para él una carta: aquella carta era del marqués de la Guardia, en que le daba cuenta de los terribles sucesos de Cádiar.

CAPITULO XXXI.

De cómo supo Yaye que su mala estrella se le hacia cada vez mas enemiga.

Volvamos al marqués de la Guardia en el punto en que despues de haber escrito su carta para el capitan general se habia quedado solo.

Era poco despues del amanecer.

El marqués estaba en un estado de exaltacion terrible.

Estaba loco.

Solo se le oia murmurar.

—¡Esperanza! ¡Mi Esperanza! ¡Mi hija!

Y despues de murmurar estas palabras revolvia en torno suyo su mirada ensangrentada y furiosa.

Abrióse la puerta del aposento, y un soldado le entregó una carta.

Aquella carta decia:

—«Caballero: ignoro por qué razon os he encontrado al frente de vuestra compañía en Cádiar, cuando es creia al lado de mi hija. Tengo derecho á que me satisfagais, y os mando que vengais á encontrarme, siguiendo al hombre que os llevará esta carta.—El emir de los monfíes.»

—¿Dónde está el hombre que ha traido esta carta? dijo el marqués, guardándosela en el bolsillo.

—Espera en el zaguan, señor, contestó el soldado.

—Hacedle entrar.

Entró un hombre de aspecto al parecer humilde, y miserable y pobremente vestido.

El marqués se quedó solo con él.

—¿Sabes quién te envia? dijo el marqués.

Irguióse el mendigo.

—Soy wali del poderoso emir de los monfíes, contestó: y me llamo Suleiman.

—¿Y te atreves á decírmelo?

—Si: tú eres tambien monfí.

—¡Yo!

—Si, tú: tú eres monfí, eres traidor.

El marqués echó mano á su espada.

—Sí, dijo Suleiman, sin inmutarse por el movimiento amenazador del marqués: eres monfí, porque eres esposo de la sultana Amina; y eres traidor, porque ayudas á los cristianos.

—¡La sultana Amina! exclamó con acento rugiente el marqués: ¡sabes tú lo que ha sido de la sultana Amina! ¡sabes si está muerta ó viva... ó tal vez peor que muerta!

Palideció profundamente Suleiman, y asió con furor un brazo del marqués.

—¿Te habrás atrevido, perro cristiano?... exclamó.

—Me la han robado, gritó el marqués, lanzando de sí á Suleiman, y con ella me han robado á mi hija.

—¡Que te han robado á la sultana Amina! ¿y quién, quién? gritó Suleiman, sin temor de ser oido: ¿sabes tú lo que hará contigo el emir, sino le das cuenta de su hija, aunque te ocultes en medio de los escuadrones del rey de España?

—¿Dónde está Aben-Aboo?

—¡Aben-Aboo! ¡el compañero en el mando del emir! exclamó con extrañeza Suleiman, porque no sabia á dónde el marqués iba á parar.

—¡Llévame, llévame á donde esté el emir! dijo el marqués: á él solo daré cuenta de lo que ha sucedido; llévame á donde esté el emir, y nada temas.

—Yo nada temo, replicó Suleiman, pero puesto que obedeces á nuestro comun señor, sígueme.

Calóse el marqués su morrion de hierro, envolvióse en una capa que le habian prestado, y siguió á Suleiman.

En cuanto este estuvo fuera de la casa, tomó todo el aspecto de un mendigo anciano y enfermo.

Bajaron torciendo por algunas callejas y salieron al campo: esto es, á la montaña.

En cuanto estuvieron en ella, Suleiman se irguió de nuevo, y siguió adelante á gran paso.

El marqués iba tras él.

Pasaron algunos barrancos, en los cuales quedaba el fango del pasado aluvíon, y al fin Suleiman empezó á trepar por un sendero escarpado, á cuyo fin se veia la entrada de una cueva.

Cuando llegaron á ella, el marqués vió que dentro se paseaba un hombre enteramente vestido á la usanza mora.

Aquel hombre era el emir.

Al sentir á Suleiman, se volvió: al ver tras él al marqués, se puso totalmente pálido, y con un ademan imperioso mandó á Suleiman que se retirase.

El monfí descendió á la carrera por el sendero.

Yaye y don Juan quedaron solos.

—¡Cómo te encuentro aquí, mi buen hijo! exclamó el emir con un acento doloroso y reconcentrado, conteniendo mal su cólera.

—Teneis razon, señor, dijo el marqués. Teneis razon en extrañar que me encuentre á vuestro lado porque debia estar muerto.

Pronunció de tal modo el marqués estas palabras, que la irritacion del emir pasó para dejar su lugar al espanto.

—¡Muerto! ¡y por qué! ¿y mi hija y tu esposa?

—No sé qué ha sido de ellas, exclamó con desesperacion el marqués.

—¡Habla! ¡habla! ¡acaba! no sé por qué veo en tus palabras, en tus miradas, los indicios de una gran desgracia.

—¡Me la han robado! exclamó con acento rugiente el jóven.

—¡Robado! ¡pero quién! ¡cómo!

—¡Quién! Diego Lopez Aben-Aboo, exclamó el marqués: sí, le reconocí, y eso que solo le ví á la luz del fuego de un arcabuzazo; pero tenia fijos en mí los ojos con una expresion infernal... y luego oí su voz ronca que gritaba: ¡embreñaos! ¡embreñaos con ella!... despues nos separó la mano de Dios: una maldita avenida por el barranco donde nos encontrabamos.

Yaye estaba aterrado, contraido, mudo, sin poder pronunciar una sola palabra.

El marqués le refirió de qué manera habian sido sorprendidos, y cómo desesperado se arrojó con su caballo á la corriente.

Despues continuó:

—Yo debí perecer: la violencia de la avenida arrastraba á mi caballo: veia pasar rápidamente á ambos costados mios las sombras informes de las rocas: encontréme de repente fuera del caballo que se habia sumergido, y me sentí sumergir: pero tambien de repente me sentí alzado y me encontré sobre el tronco de un árbol que arrastraba la avenida. Por una casualidad aquel tronco se detuvo en una roca: yo tendí los brazos á aquella roca, y encontré por casualidad las raices de un árbol: trepé... y me encontré salvo, pero me encontré solo... solo... ¿qué habia sido entre tanto de mi Esperanza?

El marqués inclinó la cabeza desesperado.

—¡Mi hija...! ¡robada por Aben-Aboo! murmuraba entre tanto sordamente el emir.

Y luego cerrando los puños, y levantando los ojos al cielo exclamó:

—¡Oh! ¡es mucho, mucho castigo! ¡es demasiado! ¡es horrible, señor!

Y luego volviéndose al marqués, continuó:

—¿Pero estas seguro?... seguro de todo punto?

—¡Oh! tan seguro estoy de ello, que donde quiera que le encuentre, he de beber la sangre de ese infame.

—Pero, exclamó desconfiando aun en el emir, tú te encontraste solo en una roca en la montaña... en un terreno que no conoces, de noche... y despues te he encontrado con tu compañía en Cádiar: tu compañía estaba en Yátor.

—La avenida me habia echado cerca de Yátor.

—¿Pero cómo pudiste conocerlo, no siendo práctico en la tierra?

—Se escuchaba á lo lejos el ladrido de algunos perros, y se veian algunas luces inmóviles entre la oscuridad; yo me dirigí adonde se escuchaban aquellos ladridos, adonde brillaban aquellas luces, y me encontré en Yátor. Entonces busqué á mi teniente Cristóval de Belorado, y le mandé reunir la gente, con la cual me encaminé á Cádiar, adonde llegué despues de la media noche. Yo sabia que Aben-Aboo era vecino de Cádiar, que tenia allí á su madre, y no sé por qué, estaba seguro de encontrar en Cádiar á Aben-Aboo. Y no me engañé. ¿Por qué huyeron los monfíes?

—¡Huyeron!... porque yo no queria que tú murieses; porque yo los mandé retirar: pero en estos momentos, en el punto en que tú has salido de Cádiar, en el momento en que no puedes correr peligro, mis monfíes habrán envestido de nuevo la villa, y no dejarán ni uno solo de tus soldados vivos.

—¿Y para qué quiero yo vivir?

—¿Para qué? si es cierto lo que dices, ¿por qué quieres morir y no vengarte?

—¿Y no me habeis impedido vos mi venganza?

Yaye se estremeció: el hombre que habia robado á su hija, era su hermano; el hombre de quien con tanta justa causa queria vengarse el marqués de la Guardia, era su hijo.

La fatalidad ó la justicia de Dios eran con él inexorables: él habia matado al padre del marqués de la Guardia creyéndole corruptor de su esposa, y el hijo del difunto marqués habia seducido á su hija: su hija habia enloquecido al príncipe don Carlos, le habia hecho traidor á su padre, y Felipe II se habia visto obligado á prenderle, á procesarle y acaso á matarle: Amina habia enloquecido tambien á Aben-Aboo, y le habia hecho traidor á su padre, rebelde, inobediente, feroz. Acaso Yaye, como Felipe II, se veria obligado á matar á su hijo por el bien de su pueblo. Acaso en medio de todo aquello podia haber horrorosos crímenes: el incesto, el fratricidio acaso: Amina, Aben-Aboo y Aben-Humeya ignoraban que eran hermanos, y los dos hermanos amaban á su hermana y estaban zelosos entre sí.

El emir estaba consternado: la mas terrible desesperacion le torturaba el alma, la vida se le habia hecho de todo punto insoportable, y un remordimiento voraz le roia las entrañas.

—¿Dónde te robaron tu esposa? dijo al fin dirigiéndose al marqués.

—En un barranco, cuando caminábamos bien de prisa, porque segun decian, teniamos que atravesar una rambla peligrosa.

—¿Y estábais ya cerca de esa rambla?

—Si señor.

—¡Ah de abajo! gritó el emir asomándose á la boca de la cueva.

Poco despues subió Suleiman.

—Que se reunan al momento cuarenta monfíes, y mi caballo.

Poco despues el emir cabalgaba en el fondo del barranco y Suleiman, á quien habia hablado algunas palabras Yaye, dijo al marqués.

—Sígueme, señor.

El marqués miró á Yaye.

—Síguele, síguele, hijo mio, dijo el emir: él te llevará á lugar seguro.

El marqués siguió á Suleiman y Yaye siguió adelante con su gente, á gran paso, salvando todo género de obstáculos, por lo mas áspero de la montaña.

De repente los monfíes que iban de descubierta, se detuvieron y se encararon las ballestas que llevaban armadas.

—¿Quién va? gritó el que iba mas adelante.

—¡Allah le ille Allah! gritó una voz muy conocida del emir.

—¡Harum! exclamó Yaye haciendo saltar hácia adelante su caballo, al escuchar aquella voz.

—¡Ah, poderoso señor! exclamó desesperado el wazir.

—Nuestra hija nos ha sido arrebatada, gritó Calpuc.

—Y mi sobrino ha perecido, dijo todo desencajado don César de Arévalo.

—Y sobre todo, dijo para su capote Peralvillo, que estaba entre los recien encontrados; hemos pasado una muy mala Noche-buena con el agua á la rodilla y dando diente con diente.

El emir desmontó y se apartó á un lado con Calpuc, Harum y don César.

—¿Con qué es verdad? dijo.

—Si, si, verdad es, dijo Calpuc: una horrible verdad. ¿Pero quién te lo ha dicho?

—Basta que yo lo sepa, dijo el emir.

—¿Y sabeis tambien, poderoso señor, quiénes han sido los ladrones? ¿Sabeis quién puede haberlos pagado?

—¡Qué! ¿no habeis podido vosotros conocer á los robadores?

Notes in this chapter

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