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Los monfíes de las Alpujarras

PRIMERA PARTE. LOS AMORES DE YAYE. (continued 9)

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—Ya os he dicho, le contestaba, la duquesa, que antes de conoceros amaba á otro: ya os he dado todo lo que podia daros: mi agradecimiento.

El marqués, sin embargo, cada dia mas tenaz, insistia.

Estrella le demostraba su agradecimiento sufriendo sus importunidades.

El amor del marqués llegó á hacerse lúgubre: se creyó engañado y pensó en vengarse.

Estrella, triste por la ausencia de Yaye, enflaquecia y se ponia pálida.

Calpuc veia con inquietud el estado de su hija.

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Al fin un dia y cuando el marqués, por la millonésima vez, hablaba á Estrella de su amor desesperado, un lacayo anunció á la puerta de la cámara al señor Juan de Andrade.

Estrella se puso pálida, tembló y lanzó un grito ahogado.

El marqués comprendió que habia aparecido el rival dichoso y se levantó irritado y letal, al mismo tiempo que Yaye entraba en la cámara.

La vista de la enérgica belleza y de la juventud de Yaye, irritaron al marqués que salió desesperado.

Al ver á Yaye, Estrella se levantó y corrió desalada á arrojarse en sus brazos.

No le dijo una sola palabra; pero reclinó la cabeza en su hombro y lloró de placer.

Yaye la llevó al sillon de donde se habia levantado.

—Mi buen Harum, dijo Yaye, me ha dicho que necesitabais verme: yo tambien necesitaba veros, y he venido.

—Sí, despues de cuatro horribles meses que han pasado desde que nos vimos por la última vez.

—Cuatro meses que he necesitado para darme á conocer dignamente á los míos y para vengar á mi padre.

—¿Vuestro padre ha muerto? dijo apareciendo Calpuc en una puerta de la cámara.

—¡Es mi padre! dijo Estrella.

—¡El rey del desierto! exclamó Yaye.

—Y vos el emir de los monfíes, dijo Calpuc.

Entrambos se estrecharon las manos.

—Mucho he debido á vuestro padre, dijo Calpuc; sin su proteccion hubiera muerto á manos de la justicia en Andarax. Pero lo que debo al padre lo pagaré al hijo.

—¿Me dareis lo que os pida?

—¡Sí!

—Meditad bien lo que prometeis.

—Aunque me pidieseis mi hija os la daria.

—Pues vuestra hija os pido.

—Tenedla por vuestra.

—¡Ah! exclamó Estrella, y se arrojó en los brazos de su padre.

El casamiento, bien á despecho del marqués de la Guardia, se hizo de allí á pocos dias.

¿Amaba Yaye á Estrella?

No: cuando mas estaba enamorado. Yaye era uno de esos hombres todo corazon, que solo aman una vez, y su amor pertenecia á doña Isabel de Córdoba y de Válor.

¿Y siendo esto asi, siendo doña Isabel viuda, porque no se habia casado con ella Yaye?

Su carácter, su orgullo, su ambicion desmedida y los pergaminos que al morir le habia dado su padre explicaran este misterio.

Veamos aquellos pergaminos.

«Ultima voluntad del emir Yuzuf Al-Hhamar.—A su hijo el emir Yaye-ebn-Al-Hhamar.

»Soy viejo y presiento la muerte que se acerca.

»Estoy preparado: que se cumpla la voluntad del Altísimo.

»Nada tendria que decirte, hijo mio, si acontecimientos imprevistos no hubieran echado por tierra mis proyectos.

»Isabel de Córdoba y de Válor se ha casado con un hombre oscuro. La muerte de su esposo la ha hecho libre. Pero el emir de los monfíes no puede casarse con una viuda[9], y mucho menos con la viuda de Miguel Lopez, de Sayd-Aboo, el infame y el renegado.

»Isabel era una doncella de sangre real, ennoblecida por los cristianos: Isabel era la esposa que te convenia.

»Pero el Altísimo en sus inescrutables decretos no ha permitido que sea tu esposa Isabel.

»Existe, sin embargo, al alcance de tu mano, una doncella de sangre real: sus ascendientes tuvieron un poderoso imperio al otro lado de los mares; el padre de esa doncella, el rey del desierto mejicano, vive entre nosotros: cualquiera de nuestros monfíes te llevará á él, solo con que le digas: necesito ver al cazador de la montaña.

»El te contará su historia. Salva á la madre y cásate con la hija.

»Este casamiento te producirá grandes riquezas, porque el rey del desierto es poderoso, y una noble posicion entre los cristianos, porque Estrella, la mujer con quien debes casarte, vendrá á ser un dia grande de España, por el derecho de su madre.

»Yo te he hecho educar de manera que puedas pasar por cristiano entre los cristianos: si logras hacerte amar por Estrella, puedes vivir en la córte del rey de España como uno de sus grandes.

»Es necesario tender por todas partes asechanzas al leon. Rodéale, espíale, gasta tus tesoros y los del rey del desierto, en suscitarle enemigos y dificultades... sacrifícalo todo por tu patria: tu corazon, tu honra como hombre, y si es necesario la honra de tu esposa y de tu hija.

»Un rey no se pertenece; es todo de su pueblo. Sacrifícate por tu pueblo, Yaye.

»Cásate con la hija del rey del desierto: sé una doble persona: el brazo vengador del Islam en la montaña; el enemigo encubierto, en la córte del tirano...»

El manuscrito seguia esplanándose en la explicacion de estas consideraciones: era un extenso memorandum, que Yuzuf legaba á su hijo; el plan detallado de una doble guerra al rey de España.

Yaye se casó con Estrella bajo el influjo de su ambicion.

Pero era tan hermosa la jóven, tan pura, estaba tan enamorada de Yaye, que contagió con su amor, cuanto podia contagiarle, al jóven emir.

Yaye hubiera acabado, al fin, por ser feliz hasta cierto punto con ella como marido, sino hubieran venido dos incidentes fatales á turbar su paz doméstica.

El primero fue la carta de doña Isabel de Válor que le noticiaba el nacimiento de su hijo.

El amor que Yaye sentia por doña Isabel y que solo estaba, por decirlo así, sobresanado, brotó con nuevo ímpetu, de una manera incostrastable, y á pesar del memorandum de su padre, se arrepintió de haber cedido á su ambicion, de haberla sacrificado su felicidad, de haberse casado, en fin, con Estrella, en vez de haber obligado con su amor á doña Isabel á que fuese su esposa. Estrella, la infeliz Estrella, obstáculo sensible de su union con doña Isabel, se le hizo odiosa.

Yaye, disimuló, sin embargo, y creyó que su disimulo bastaba para encubrir el desvio que experimentaba hácia su esposa: pero el alma de la mujer que ama, es muy delicada, sus ojos muy perspicaces. Estrella comprendió que no era amada, y lloró en silencio.

El otro incidente que acabó de destrozar el corazon de Yaye, provino del marqués de la Guardia.

Irritado este cada vez mas en sus tenaces amores por Estrella, llegó á ese punto fatal en que un enamorado en nada repara, en que todo lo arrostra por alcanzar la posesion de la mujer amada.

Irritaba mas su rabia el que la duquesa se hallaba en cinta en un período muy avanzado.

Entonces, desesperado ya, pensó en una venganza infernal.

El marqués, habiendo apurado todos los medios, apeló á la corrupcion de la servidumbre íntima de Estrella.

Pero no apeló al medio vulgar del dinero. Pensó en vengarse de Estrella de una manera indirecta, como si dijéramos, por tabla. Enamoró á una de sus doncellas.

Esta conquista no le fue difícil. La doncella cedió á las consumadas artes de seducción del marqués, que aun era buen mozo, y todas las noches el marqués entró en casa de la duquesa por un balcón inmediato á sus habitaciones, que daba al dormitorio de la doncella seducida.

Don Gabriel no queria que su venganza fuese pública. Solo ansiaba herir el corazón de Yaye á quien aborrecia porque era amado de Estrella.

El marqués, pues, envió un infame anónimo á Yaye, en que se le avisaba que todas las noches oscuras á las doce, entraba un hombre por los balcones en su casa y le recibia su esposa.

Yaye observó á Estrella; notó en ella un desvío que no era otra cosa que el resultado de un amor lastimado por el desvío de Yaye. Este, preparado por el anónimo, sospechó de Estrella, interpretando mal su tristeza y su abstraccion. Tras la sospecha vino el deseo imprudente de aclarar la verdad, y se puso en acecho bajo los balcones de Estrella, la primera noche oscura que sobrevino. Poco despues de las doce apareció un hombre embozado en la calleja donde estaba oculto Yaye, hizo una seña, se abrió silenciosamente uno de los balcones del departamento que habitaba Estrella, apareció en él una sombra blanca de mujer y una escala cayó á la calle.

Yaye no tuvo ni valor, ni espera; no meditó que podian engañarle las apariencias, y en el momento en que el marqués de la Guardia aseguraba la escala para subir, le acometió espada en mano, y le hirió.

El marqués vaciló y cayó; barbotó algunas palabras, y soltó una carcajada horrible, por cuya entonacion é inseguridad se podia comprender que estaba borracho: la mujer del balcon huyó y cerró.

El marqués yacía en tierra, muerto.

Yaye se arrojó sobre él, le descubrió el rostro y á la media luz de la noche le reconoció.

—¡Ah! ¡es el marqués de la Guardia! dijo.

Entonces recordó que el marqués era el que habia descubierto el paradero de Estrella.

—¡Se amarian! exclamó. ¡El es casado!

Esta circunstancia agravó mas las sospechas de Yaye.

—Ella, sin duda, quiso tener un hombre que encubriese los resultados probables de su infamia...

Yaye se cubrió el rostro con las manos.

Luego envainó frenético su espada, se dirigió á un postigo inmediato, abrió con una llave de que iba provisto, y entró en su casa.

El cadáver del marqués quedó abandonado en la calleja.

Cuando Yaye entró en el dormitorio de su esposa, la encontró dormida, aunque inquieta. Al abrir las cortinas del lecho, la oyó murmurar un nombre en sueños.

Esperó escuchando con suma atencion á que volviera á hablar la duquesa.

—¡Yaye! ¡yo te amo! exclamó al fin esta.

Yaye creyó volverse loco. ¿Conque no era su esposa la que habia arrojado la escala al marqués?

Entonces meditó á qué habitacion caia el balcon que se habia abierto, se retiró recatadamente, salió á un corredor y llamó á una puerta de servicio.

Abrióle una doncella pálida y consternada.

Aquella mujer estaba vestida de blanco.

—¡Ah! ¡perdón! ¡perdón, señor! exclamó: ¡yo le amaba!

—¡Ah! ¿conque eras tú? exclamó Yaye: y la volvió las espaldas.

Al dia siguiente la doncella fue despedida; pero á pesar de lo que habia visto, Yaye no pudo despedir las sospechas de su alma.

Jamás las manifestó á Estrella, pero excitado su aborrecimiento á la pobre joven, lo demostró sin rebozo.

Ausentábase y pasaba semanas enteras en las Alpujarras.

Estrella no podia ser mas infeliz.

Pero Dios tuvo compasion de ella.

Murió, al dar á luz una niña, entre los brazos de Yaye, que al verla morir creyó en ella, lloró, y sintió sobre su alma un nuevo remordimiento.

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Aquellos remordimientos estaban representados por don Fernando de Válor, por Diego Lopez y por su hija doña Esperanza.

Aquellos tres inocentes representaban los dolores de tres mujeres á quienes habian sacrificado de distinto modo los amores de Yaye.

Notes in this chapter

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