SEGUNDA PARTE. EL MARQUESITO Y LA DUQUESITA.
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CAPITULO PRIMERO. Tres notabilidades de la córte del rey don Felipe.
Eran estas notabilidades dos mujeres y un hombre.
La una mujer se llamaba doña Esperanza de Cárdenas, duquesa de la Jarilla.
La otra, la princesa Angiolina Visconti, esposa del príncipe Maffei Lorenzini.
El hombre se llamaba don Juan Coloma, marqués de la Guardia.
Estos tres personajes tenian tres nombres por los cuales se les nombraba por excelencia.
Conociese á doña Esperanza de Cárdenas, bajo el nombre de la hermosa duquesita.
A la princesa Angiolina, bajo el de la casada-virgen.
A don Juan de la Guardia, bajo el de el marquesito.
La hermosa duquesita, tenia veinte años.
La casada-virgen veinte y seis.
El marquesito veinte y uno.
Necesitamos dar á conocer á estas tres personas, y, por mas que pese á nuestra galantería, el órden de los sucesos que vamos refiriendo nos obliga á empezar por el marquesito.
El marqués de la Guardia habia quedado huérfano cuando solo contaba un año. Su padre don Gabriel Coloma, habia sido encontrado muerto á estocadas en una calleja del Albaicin, y por resultado de su muerte, murió afligida y triste siete meses despues su madre doña Clara de Arévalo.
El marquesito huérfano, pues, fue entregado á la tutela de un tio materno, hidalgo disoluto, que no cuidó gran cosa de la severidad en la educacion de su sobrino: sin embargo, le amaba, y era imposible no amar á aquel arrapiezo tan hermoso, tan inteligente, tan diabólico, tan cariñoso, tan vivo: su tio don César de Arévalo, al ver las favorables disposiciones de su sobrino, habia jurado hacer de él un don Juan Tenorio y en ningunas manos habia podido caer el pobre huérfano, que mejores fuesen, para hacer de él uno de esos terribles calaveras del siglo XVI, que, considerados bajo cierta faz, son una de las ilustraciones de nuestro siglo de oro, por lo valientes y audaces; muchos de los cuales, despues de una juventud borrascosa, habian contribuido con su espada, ya en los viejos Estados de Europa, ya en las vírgenes praderas del Nuevo Mundo, á sostener el carácter preponderante y conquistador de las Españas.
El cariño de don César hácia su sobrino, cariño indiscreto y exagerado, habia hecho al jóven marqués voluntarioso y exigente; este mismo cariño habia contribuído á que, en punto al saber, la educacion del jóven fuese mezquina y descuidada: en efecto; ¿para qué necesita un marqués la ciencia? Los pobres la adquieren como un medio de hacerse ricos, pero el que ha nacido opulento no necesita de la ciencia para nada. Limitóse, pues, su tio á que aprendiese á leer por el catecismo, y á escribir medianamente: en cuanto á contar abstúvose prudentemente de esta enseñanza su tio, porque preveia que tarde ó temprano se veria obligado á rendir cuentas de su hacienda á su sobrino.
A los ocho años ya sabia nuestro marquesito leer de corrido en letras gordas de molde y de mano, y escribir con un carácter demasiado correcto y claro para un título de Castilla, cartas de amores á las vecinas, que estaban locas con la precocidad del pequeño don Juan, y se le disputaban y le convidaban con frecuencia á sus fiestas, en las cuales era el marquesito un aliciente, por su espíritu despierto y sus oportunidades prematuras.
Habia la desgracia de que don César de Arévalo, obedeciendo á sus instintos, vivia en una muy mala vecindad: las damas moradoras de las casas circunvecinas, eran todas de vida alegre, de fácil trato, de espíritu galante y aventurero. Don César las trataba á todas, y con todas gastaba bizarramente la hacienda de su sobrino. El pequeño don Juan, desde sus primeros años, se habia visto acariciado por hermosas manos, besado por bocas fresquísimas, de labios purpúreos, y aliento perfumado: mirado, en razon de su extremada hermosura, por ojos ardientes, poco pudorosos y mucho provocadores; el demonio de la tentacion, bajo todas sus formas, habia mecido en la cuna á aquel niño abandonado al vício, y su espíritu se habia formado en una atmósfera envenenada, pero brillante, ardiente, en medio de la cual flotaban mujeres como hadas, saturadas de perfumes, engalanadas con brocados y sedas, y prendidas con plumas y diamantes.
Asi es, que don Juan no conoció la inocencia, y á los doce años amaba con la intensidad y la impureza de un hombre de treinta; á los trece años, era peligroso para las mujeres; á los catorce, desarrollado, hermosísimo, valiente, audaz, consumado en el manejo de las armas, galan entre los galanes, el hombre niño, como se le habia llamado desde pequeño, habia ascendido en la consideracion y en el lugar que ocupaba entre sus antiguas maestras: aquellas mujeres le habian convertido en su amante, le habian dado una fama que don Juan habia sabido sostener á las mil maravillas, y desde los trece á los catorce años, habia tenido cien queridas: una por dia. Don Juan era un prodigio.
Su juventud, su hermosura, su audacia, le habian hecho el favorito de las damas galantes: por consecuencia, se había hecho enemigos numerosos entre los hombres galanteadores. Al principio hubo algunos zelosos que se permitieron tratarle como niño. Don Juan se encargó de hacer que le tuviesen por hombre, matando en duelo al primero que se le vino á las barbas y su tio se vió obligado á gastar sumas enormes para sacarle de la cárcel y templar el rigor de las pragmáticas.
Como se ve, tan de prisa le habia educado su tio, que habia adelantado para él la edad de las pasiones, y los graves acontecimientos de la vida.
Don Juan, que no habia tenido infancia, porque la infancia es la inocencia, ni adolescencia, porque la adolescencia es la timidez, habia llenado cumplidamente los deseos de su tio, siendo á los quince años un completo don Juan Tenorio.
Jugaba con el mayor desprendimiento y nobleza enormes sumas, sin afligirse por las pérdidas, ni regocijarse por las ganancias: montaba á caballo como el mejor picador; con espada y daga no habia maestro que le metiese un tajo, ni galan que mas bizarras galas gastase, ni mas querido de las damas fuese, en la noble córte del rey de las Españas.
Juntos á gastar tio y sobrino, muy pronto fueron á dar, empeñadas, en manos de prestamistas, las cuantiosas rentas del marquesado de la Guardia, que habian ya quedado bastante empeñadas por el difunto marqués; llegó al fin un momento, en que el tio se vió obligado, por la primera vez, á negar una respetable suma á su sobrino.
Era tambien esta la primera contrariedad que experimentaba el jóven don Juan y se irritó; pero de una manera tal, que el tio se arrepintió, aunque tarde, de haber dado tal educacion á su sobrino. Arreglóse, pues, como pudo, buscó al marquesito la suma en cuestion, y se decidió á apartarle de su lado, cuanto antes le fuese posible.
Pero esto era sumamente difícil; le habia acostumbrado á vivir por fuero propio, y se habia convertido en tirano de su tio.
Don Juan llegó á cumplir veinte años, y se hizo incontrastable.
En aquellas circunstancias habia sido presentada doña Esperanza de Cárdenas en la córte, y admitida al servicio de la reina doña Isabel de Valois ó de la Paz. Doña Esperanza tenia un título ilustre, como que habia heredado de su madre, doña Estrella, el ducado de la Jarilla, y á mas una maravillosa y característica hermosura.
La hermosa duquesita, como rompieron á llamarla espontáneamente á su aparicion, eclipsó desde el momento á las mas hermosas y á las mas ricas; es verdad que la habia precedido un prólogo, por decirlo así, ostentoso: seis meses antes de la llegada á la córte del duque viudo de la Jarilla y de su hija, uno de los genoveses mas ricos de Madrid, se presentó al dueño de una manzana entera de casas en Puerta de Moros, y le hizo la proposicion de que, fuese cualquiera el valor que impusiera á su propiedad, se le satisfaria en el acto, y tanto mas, cuanto mas pronto se hiciese el negocio. Concluyóse este con brevedad, porque quien bien paga, obtiene, generalmente, lo que quiere; otorgóse escritura de venta á favor de la duquesa de la Jarilla, y ocho dias despues, solo habia un monton de escombros en el lugar ocupado antes por un hacinamiento de feas y viejas casuchas: abriéronse profundos cimientos, y de dia en dia se vió levantarse, con una rapidez inusitada, un magnífico palacio á la flamenca, con ciertos resabios árabes, en ventanas, galerías y balcones.
Una obra de tal volúmen, que con tal ostentacion y coste se hacia, y en la que trabajaban centenares de albañiles, llamó naturalmente la atencion; preguntose el nombre de quién hacia aquella fábrica, y sabido el nombre, se deseó conocer á la persona que tanto y tan bien gastaba: despues los primeros pintores, tallistas y tapiceros de Madrid, se encargaron de la pintura, decorado, adorno y mueblaje de la casa, y estos fueron otras tantas lenguas de la fama para ponderar el excesivo coste de pinturas, tapices, alfombras y muebles: sintiéronse mortificados los mas ricos y los mas nobles por tanta esplendidez, y el mismo Felipe II frunció las cejas cuando supo que habia en sus dominios, y vasallo suyo, un grande que tan exorbitantes gastos sufria: repitióse el nombre de la duquesa y del duque viudo de la Jarilla: súpose por los mas viejos de la grandeza, que aquel era un título antiguo y de buenas rentas, pero no tales como se necesitaban para tal lujo de casa: súpose que hacia mas de cuarenta años que los poseedores de aquel título habian estado apartados de la córte y como oscurecidos: y, como algo debia deducirse, se dedujo que aquel retiro habia servido para desempeñar las rentas, para ahorrar, en una palabra, y que con aquellos ahorros se pensaba, sin duda, preparar una ostentosa vuelta á la córte: suposicion natural, que tranquilizó, hasta cierto punto, las hablillas de todos, porque todos preveian que aquel lujo solo era una llamarada que no se podria sostener en lo sucesivo; una especie de fanfarronada; un gasto loco, en fin.
Pero cuando, concluido el palacio, se vió la numerosa servidumbre que vino á ser su alma; servidumbre jóven, galana y cubierta con ricas libreas; cuando se contaron los caballos que entraban y salian de las cuadras, montados cada cual por un palafrenero; animales magníficos, la mayor parte árabes y andaluces, y cuyo número no bajaba de doscientos; las diferentes carrozas de córte, calle y campo; las literas, los demás accesorios, en fin, de una casa de rey, todos volvieron á sentir el agudo aguijon de la envidia y no faltó quien dijo:
—Sangre de indios es esa grandeza: ¿no sabeis que uno de los duques de la Jarilla estuvo muchos años de adelantado en Méjico?
Fuese como fuese, el resultado era, que para hacer lo que el duque viudo de la Jarilla habia hecho en la córte, á nombre de su hija la duquesa, era necesario poseer las riquezas de un rey.
Pero la admiracion subió de punto cuando Esperanza fue presentada por su padre en la córte y admitida como dama al servido de la reina; ninguna grande llevaba antes que ella una riquísima tela traida á costa y coste del extranjero: ninguna poseía tanta, ni tan rica, ni tan variada pedrería; ninguna se presentaba diariamente con ricos estrenos y con alhajas y galas no vistas. La hermosa duquesita superaba á todas las damas de la córte en hermosura y en riqueza, inclusa la reina, no sin que esto llamase profundamente la atencion del receloso Felipe II.
¿Habia una familia desgraciada? allí estaba Esperanza: y el consuelo que Esperanza llevaba á aquella familia, no era una limosna mas ó menos cuantiosa, sino una fortuna estable, asegurada, relativa á las necesidades del socorrido. ¿Mostraban los genoveses ó los judíos, riquísimos brocados, costosos encajes, magníficos aderezos? allí se estaban hasta que un dia pasaban Esperanza ó su padre y los compraban sin reparar en el precio. ¿Pasaban comediantes por la córte? El aposento mas cercano al tablado, mas visible, mejor situado, era obtenido por el duque, aunque tuviese que pujar su mayordomo de soberbia á soberbia con el mayordomo del mas encopetado grande: luego, por la tarde, cuando el público iba á la comedia, auto ó farsa, se reparaba que el mejor repostero entre todos los del corral, el de mejor brocado, era el que cubria el antepecho del aposento del duque de la Jarilla: que los tapices del interior de aquel aposento, y los sillones y las pieles, si era invierno, eran los mas ricos; por último, que la dama mas hermosa, mejor ataviada y mejor prendida, con mas sencillez y gusto que ninguna, y con mas riqueza, á pesar de su sencillez, era la duquesa de la Jarilla. El bobo, el rústico, el simple, como se llamaba entonces á los graciosos, tenia sus motivos para endilgar á la duquesita alguna redondilla ó copla aduladora, ya en la loa, ya en el discurso de la representacion. Siempre que el gracioso hacia esto, el duque le arrojaba una repleta bolsa de oro, y el patio aplaudia. Cuando la adulacion venia de una comedianta, Esperanza se sonreía benévolamente, se arrancaba una rica joya de su prendido y la arrojaba al tablado con la mayor naturalidad y gracia. Entonces los aplausos del patio se hacian frenéticos y frenética y casi rabiosa la envidia de las otras damas. Los pintores de mérito podian contar de seguro con la buena venta de sus cuadros en casa del duque, y hablaban de un precio fabuloso pagado á Pantoja, el buen pintor de Felipe II, por un cuadro de familia mandado hacer por el duque. En las fundaciones de conventos, hospitales, iglesias y obras pías, que eran muchas por aquel tiempo, contribuia con la mayor parte del dinero la duquesa de la Jarilla, aunque sin dar su nombre á ninguna de estas fundaciones religiosas. Por último, el duque mantenia á su costa una compañía de infantería española en Flandes, y llevaba por lo tanto el nombre de capitan.
Por otra parte, eran tan rígidas las prácticas religiosas del duque viudo y de la duquesita; tenian por directores de sus conciencias varones tan doctos, tan graves y tan justificados, que la Inquisicion, á quien mandó el rey bajo cuerda, hacer informacion acerca del duque, cumplió su encargo declarando que: despues de prolijas y bastantes informaciones secretas, resultaba que: tanto el duque viudo de la Jarilla, como su hija la duquesa, eran buenos y celosos cristianos; que los monasterios, las obras pías y los pobres, les debian mucha caridad y que nada encontraba porque pudiera recelarse ni aun remotisime de la religion, lealtad y virtud de tan ilustre y poderosa familia.
Encogióse de hombros Felipe II al leer el informe del Santo Oficio, y dejó rodar la bola, y la envidia de las damas seguia viva; pero no roedora, porque Esperanza, siempre altiva y desdeñosa con los hombres, circunspecta y mesurada en sus acciones y palabras, no dió el mas ligero pretexto á la envidia que volaba á su alrededor, para que la mordiese.
Por un contraste singular con la educacion que habia recibido el marqués de la Guardia, la hermosa duquesita, segun el dicho de su padre, habia sido educada en un convento; pero, por otra singularidad tambien notable, sin que pudiera atribuirse á los vicios de la educacion, la duquesita, á pesar de su poca edad, que apenas llegaba á los veinte años, era una mujer completamente formada, con un cuello, un seno y unas manos admirables; morena, pálida, y en cuyos ojos graves y ardientes, brillaban una pasion, una exuberancia de vida y una predisposicion al amor y al amor violento, que la hacian parecer doblemente hermosa. Notábanse en ella, un aprecio de sí misma, una gravedad y una altivez impropias de sus pocos años, y una especie de experiencia, de trato de mundo, de conocimiento de las gentes, cuya causa, teniéndose en cuenta la educacion monástica indicada por su padre, no podia comprenderse. Aquello era un fenómeno.
No faltó al reparar esto, quien reparase la semejanza que existia, tanto en el desarrollo físico como en el moral, entre la duquesita y el marquesito de la Guardia, no faltando tampoco quien, creyendo en la predestinacion, en lo de las dos medias naranjas, hablando vulgarmente, rompiese con poca circunspeccion por medio, y llamase á la duquesita la mujer del marquesito y al marqués de la Guardia el hombre de la duquesita.
Y hay frases, que se dicen solamente por decir una oportunidad, y acaban por ser fatales. Muy pronto, acogido el dicho, dejó de llamarse á la jóven la hermosa duquesita, y se la confirmó con el sobrenombre de la mujer del marquesito.
Entre tanto los dos jóvenes, de quienes tanto se ocupaba la gente libertina de ambos sexos de la córte, no se conocian: la mujer del marquesito, no habia dejado de ser guardada por las dueñas de su casa, sino para serlo por las dueñas de palacio, y no salia, por lo tanto del círculo de hierro establecido por la rígida etiqueta de la casa de Austria. Por su parte el hombre de la Duquesita, siguiendo los consejos de esa segunda naturaleza que se llama educacion, no salia de los garitos y de las mancebías. Por lo tanto habia una sociedad entera entre los dos jóvenes predestinados.
A pesar de vivir en círculos tan opuestos, la murmuracion, que á todas partes alcanza y en todas partes se mete, no tardó en hacer llegar á los oidos de entrambos jóvenes que la opinion pública los habia casado. Natural era que la mujer que tanto oia ponderar las bizarrías, la gentileza y la hermosura de su marido de fama, desease conocerle, y que el marquesito, de suyo predispuesto á todo lo que era escéntrico y romancesco, ansiase conocer á aquella nobia, que sin pretenderlo le habian adjudicado, y que tenia el triple aliciente de una extremada hermosura, de una extremada juventud, y de una extremada nobleza, y no hablamos de lo cuantioso de sus rentas, porque, calificando estas como aliciente respecto á don Juan, inferiríamos una grave ofensa á su memoria. Don Juan despreciaba el dinero, y tanto le despreciaba que apenas le habia á las manos le separaba de sí con el mayor desprecio del mundo. Sin embargo, ya hemos visto que el dinero se habia vengado de su desprecio haciéndose desear por aquel gastador incurable, y obligándole á tener serias contestaciones con su tio.
Cuando el marquesito deseó conocer á la duquesita, corrian los primeros dias de enero de 1567.
Desde el momento en que los jóvenes tuvieron noticia el uno del otro, se desearon; pero de una manera ardiente. Puede decirse que desde el punto en que el nombre del uno sonó en los oidos del otro, empezaron á amarse. Al principio cada uno de ellos se fingió en el otro su bello ideal, y ese amor vago, ese amor que se refiere á un ser que no se conoce, ese amor que de ninguna manera puede ponerse en contacto con el ser amado, llegó á ser un amor violento respecto á personas dotadas de organizaciones tales como las de los dos jóvenes: ella era voluntariosa, él voluntarioso é impaciente: entrambos luchaban con su soberbia íntima: no querian vencerse ni aun ante sí mismos, y no procuraron, por lo tanto, acercarse el uno al otro. Ella se habia dicho:
—Si él conoce mi nombre y desea conocerme, que me busque.
El se habia dicho á su vez:
—Yo no he de buscarla.
Y esto se lo habian dicho entrambos con ese lenguaje misterioso é instintivo del alma, que no formula en palabras sus deseos, que es un sentimiento íntimo, un deseo germinado por una idea puesta en contacto con el espíritu: una de esas simpatías misteriosas que no han podido definirse y que se revelan al simple sonido de un nombre; que es el resultado de un amor instintivo, de un amor que, ó desaparece, dejando una impresion dolorosa en el alma, si al conocer realmente al ser que nos le ha inspirado de una manera abstracta, no corresponde á la idea que de él habiamos concebido, ó crece y se desborda si por acaso la excede.
Colocados en esta situación moral entrambos jóvenes, solo faltaba que una casualidad los reuniese.
Pero las casualidades suelen dejarse esperar mucho tiempo, y como el tiempo es el mejor remedio que conocemos para curar ciertas afecciones, acaso nuestros jóvenes hubieran dejado de pensar el uno en el otro; pero eran dos cometas lucientes que habian aparecido en el firmamento estrellado de la córte, y se hablaba continuamente de ellos: la duquesita oia referir cada dia una nueva aventura de su hombre; el marquesito escuchaba con mucha frecuencia el percance desgraciado de algun amador veterano que habia pretendido enriquecer su corona de flores marchitas, con la posesion de la duquesita.
No podian, pues, olvidarse.
Sin embargo, la caprichosa casualidad habia hecho pasar tres meses desde que ambos jóvenes se habian conocido de fama pública hasta el jueves santo de 1567.
En aquella época ella era la desesperacion de los cortesanos.
El la expiacion de las cortesanas.
La novedad eterna de la córte ella.
El el escándalo perpétuo.
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En aquellos tiempos el espíritu religioso del pueblo español estaba por cima de todo: era, por decirlo asi, un elemento componente de la sociedad de entonces: desde el rey al verdugo, altos y bajos, chicos y grandes, buenos y malos, todos creian en Dios, y todos lo adoraban, dentro de los dominios de la católica España, exceptuando solo un rincon de ella donde, entre breñas, no se rendia al Crucificado mas que un culto de miedo, bajo la presencia inmediata de la Inquisicion, de los obispos, de los párrocos y de las justicias. Este giron, riquísimo sin embargo, se llamaba las Alpujarras.
Por lo tanto, nunca podia admirarse mas el recogimiento y la fe de los españoles, que el jueves y el viernes santo, en las calles, y particularmente en los templos, que se llenaban de una multitud devota y severa.
A las dos de la tarde de aquel jueves santo, que debia formar época en la vida de la duquesita y del marquesito, salió este á la calle, severa aunque ricamente vestido de negro, y se dedicó á recorrer los monumentos.
Un secreto instinto le decia que aquella tarde debia conocer á su mujer, y por lo mismo no iba su pensamiento preparado con toda la devocion conveniente á tan sagrado dia.
Una idea le preocupaba sobre todo: la córte, segun costumbre, debia visitar los santuarios: en la córte en la servidumbre de los reyes, debia ir la hermosa Duquesita. Pero ponerse en acecho de la córte ¿no era buscarla? El marquesito se habia jurado á sí mismo no robar su privilegio á la casualidad, y tomó una resolucion que debemos llamar heróica: lo dejó á la suerte: para que la suerte fuese el principal agente, se prescribió un número determinado de iglesias y un itinerario rigorosamente lógico; don Juan, vivia en el monte de Leganitos: por consecuencia la primera iglesia que debia visitar era la de Santo Domingo el Real: despues las de Santa María, San Pedro, San Andrés, San Francisco, San Miguel, y por último, la del Hospital del Buen Suceso.
El marquesito se veia obligado á recorrer esta extensa periferia, porque en el año de 1567, en que acontecia lo que vamos refiriendo, no habia en Madrid ni aun la mitad de las parroquias, conventos y ermitas que se fundaron despues sucesivamente hasta los tiempos de Fernando VI: ningun itinerario habia encontrado mas cómodo que el que habia elegido, y hé aquí lo lógico de su eleccion; porque siempre elegimos, cuando no tenemos otro interés, lo que nos ofrece mas comodidad y brevedad.
Para no alterar en nada lo natural de los sucesos, el marqués se propuso invertir en cada iglesia el tiempo necesario para las acostumbradas oraciones en aquellos dias, y además no mirar deliberadamente á ninguna mujer.
Asi es, que, cuando llegó al Buen-Suceso, su última estacion, era ya muy cerca del oscurecer, y la córte, segun costumbre, debia haber regresado ya al alcázar.
No dejó de fastidiar al marquesito esta circunstancia: la casualidad le volvia decididamente las espaldas; pero de repente, una voz que retumbó en la iglesia, le conmovió de piés á cabeza, haciendo vibrar un eco desconocido hasta entonces en su corazon: el de la esperanza satisfecha: aquella voz habia dicho:
—¡Sus magestades, el rey y la reina!
Allí estaba la córte: en ella debia venir su desconocida mujer.
Adelantaron, entre tanto los suizos, abriendo calle entre la multitud de fieles; siguieron los altos empleados de palacio, y al fin, el rey y la reina se arrodillaron sobre las almohadas; detrás de ellos se habia arrodillado la córte.
Don Juan no pudo contenerse en las condiciones que se habia impuesto, y rompió la de no mirar deliberadamente á ninguna mujer; sus ojos anhelantes se habian fijado en la pleyada deslumbradora que constituian las damas de la reina; pero la casualidad quiso que no la robase el marqués ninguna parte de su imperio, y don Juan, aunque vió muchas cabezas hechiceras, muchos ojos y muchos rostros deslumbrantes, no vió ninguna dama, que por su juventud, ni por su hermosura especial, pudiese convenir con la idea que él se habia formado de su mujer.
Entonces experimentó otro sentimiento desconocido tambien para él:
La decepcion de la esperanza.
De repente, y cuando el jóven exhalaba su primer suspiro de despecho, un resplandor fugaz iluminó la iglesia, y se escuchó un grito general de terror; seguidamente un resplandor mas fijo brilló en el templo, y la gente se agolpó aterrada á las salidas; la gran cortina morada del tabernáculo se habia incendiado: el fuego se habia comunicado á la armazon del monumento, y una inmensa y ancha llama se elevaba hasta tocar la bóbeda, contra la cual se torcia como una serpiente de fuego.
En aquella situacion suprema, don Juan, que ante todo era caballero y leal, se lanzó hácia el sitio donde estaba la reina, como se lanzaron otros muchos; pero embarazado por la multitud, contra cuya corriente iba, antes de llegar al lugar que habia ocupado la córte, sintió que unas manos temblorosas se asian á él, y oyó una voz sonora, grave, llena de ansiedad, que exclamaba:
—¡Salvadme, caballero! ¡salvadme!
Aquella voz, por su timbre particular, por un no sé qué misterioso, se apoderó del alma del jóven, la halagó, como halaga una suave esencia al olfato; le acarició, como acaricia nuestra frente calenturienta la brisa, y le obligó á mirar á la mujer que la producia.
Apenas habia podido ver su rostro don Juan, cuando la asió por la cintura, la levantó en peso, con la misma facilidad que hubiera levantado un copo de seda, y reteniéndola con el brazo izquierdo, y empujando brutalmente con el derecho á los que tenia delante, y saltando sobre ellos, salió por una puerta lateral, atravesó el patio y se encontró, fuera ya, en la carrera de San Gerónimo, que atravesó rápidamente, perdiéndose por una de las calles inmediatas.
La noche habia cerrado, pero era muy clara: acababa de salir la luna y alumbraba el centro de la calle.
Don Juan siguió con su carga, sin hablar una palabra, hasta una plazuela irregular y enteramente desierta.
Entonces se detuvo y dejó que la dama se afirmase en el suelo; pero retuvo sus manos entre las suyas.
Don Juan, por una rapidísima, por una verdadera inspiracion, habia arrojado en la iglesia, al asir á la dama, su toquilla de terciopelo, á pesar de que tenia un herrete de diamantes de sumo valor, y con la cabeza descubierta y su ancha y blanca frente iluminada por la luna, estaba hermosísimo.
La mujer que tenia delante de sí y toda trémula, era muy jóven; apenas representaba diez y seis años; habia perdido su velo y tenia la cabeza descubierta, y sus negrísimos y voluminosos cabellos, peinados en trenzas, salpicadas de perlas y esmeraldas, despedian reflejos azulados á la luz de la luna; su semblante enteramente en la sombra, brillaba, por decirlo así, por la lucida mirada de sus ojos, intensamente fijos en el marquesito, con una expresion de asombro, de fascinacion, de suprema alegría, que el autor no se atreve á calificar; pero que enloquecia al jóven y le hacia probar delicias para él desconocidas; á pesar de que la luz de la luna emblanquece y de igual modo su reflejo, se comprendia que aquella jóven era morena: por lo demás, llevaba una riquísima y gruesa gargantilla de perlas, arracadas de gruesos diamantes, un vestido de córte, de damasco brocado, y brazalete y ceñidor de perlas; solo la faltaba el velo que habia perdido en el tumulto.
El silencio de entrambos jóvenes despues de su parada y de su mútua é intensa contemplacion solo duró un momento.
El primero que le rompió fue el marquesito con una exclamacion apasionadísima que parecia salir del fondo de su alma:
—¡Vos sois mi mujer! dijo.
Mudó de color la jóven, dejó de mirar de aquella manera irreflexiva al marqués, y contestó con gravedad:
—No comprendo lo que quereis decir, caballero.
—¡Yo soy el marqués de la Guardia! ¡Vos sois la duquesa de la Jarilla! contestó con acento opaco don Juan.
—¡Ah! exclamó involuntariamente la jóven.
Y aquel ¡ah! por su intencion, por su asombro, por su espontaneidad, y si se quiere, por cierto fondo imperceptible de alegría, era equivalente á la frase de:
—¡Vos sois mi hombre!
Don Juan era demasiado audaz y estaba demasiado enamorado, para que pudiera contenerse, y abandonando por un momento las manos de la jóven, la asió con entrambas palmas las mejillas, y la besó hambriento en la boca.
La jóven dió un grito que era al mismo tiempo un gemido de dolor, una protesta de pudor y una demostracion de dignidad, y seguidamente, y con paso apresurado, se dirigió á una de las tres salidas de la plazuela.
—¿A dónde vais, señora, sola y á tal hora? exclamó el marqués alcanzándola y cortándola el paso.
—¡Haceos á un lado! exclamó con altivez la jóven. Voy á buscar por esas calles un caballero que sepa conducir dignamente á palacio una dama de la reina.
—¿Segun eso, dijo sin alterarse el marqués, no me teneis por caballero?
La jóven tornó á mirar con un desden mas altivo al marqués, y dijo severamente:
—¡Haceos atrás!
—¿Que me haga atrás cuando os encuentro milagrosamente despues de un siglo que ando enamorado de vos en busca vuestra?
—Haceos atrás, repitió con un tanto menos de empeño la hermosa dama.
—Escuchadme, doña Esperanza, dijo amorosamente el jóven, asiéndola de nuevo las manos que ella pugnó ligeramente por desasir de las del marqués; ¿no creeis que Dios no ha hecho que nos encontremos de este modo extraño, sino para que no nos volvamos á separar? ¿No os dice vuestro corazon como á mí el mio, que hemos nacido para amarnos, que no podemos ser felices sino el uno por el otro, que de todo lo que el mundo encierra, nada mas que nuestro amor es lo que para nosotros existe? ¿No me habeis visto nunca antes de conocerme, como yo os he visto antes de veros?
Doña Esperanza, que asi sabia don Juan que se llamaba la duquesa de la Jarilla, perdió su expresion severa bajo el influjo de las palabras del marqués, y juntando sus hermosas manos y fijando en el jóven una mirada suplicante exclamó:
—¡Por piedad, caballero! ¡ved que cada momento que pasa es un siglo para mi honra! aun es tiempo: el tumulto ha sido horroroso y nadie tendrá nada que decir si me llevais ahora mismo á la córte, que no debe estar lejos.
—Si, si, doña Esperanza; pero meditad al mismo tiempo que yo, por socorreros, he perdido mi toquilla en ese tumulto; que vos estais en trage de córte; que habeis perdido tambien vuestro velo y que, de seguro, con esta clarísima luna, llamaremos la atencion de las gentes al atravesar á Madrid en busca de la córte que, sin duda está ya en el alcázar.
—¡Oh, Dios mio! exclamó la duquesita, conociendo el peso de las razones de don Juan.
—Pero hay un medio, dijo este.
—¿Cuál?
—Entrar en cualquiera de esas casas vecinas.
—¡Oh! ¡eso jamás!
—Entrar para esperar únicamente que venga una litera.
La duquesa levantó sus magníficos ojos, y los fijó radiantes, límpidos, en el semblante del jóven, que nunca se habia visto mirado de aquel modo por ninguna otra mujer: comprendió por aquella mirada que la duquesita era su destino, mas que su destino: su señora, la pasion de toda su vida; su alma se anegó en el abismo de aquella mirada, y de sus ojos partió otra mirada por la que se exhaló toda su alma.
Aquellos dos seres se habian confundido en uno.
Dios los habia criado el uno para el otro, y la casualidad los habia reunido.
—¿Quereis que entremos en una casa que no conozco, don Juan? dijo la jóven.
—¡Cómo! ¿Sabeis mi nombre?
—¿No sabeis vos el mio?
—¡Me amais!
—Confio en vuestro honor. Entremos en esta casa don Juan, mientras buscan una litera.
El marqués no la contestó.
La asió de la mano, se fué á un casuco situado en un rincon lóbrego de la plazuela, y llamó.
Abrieron poco despues aquella puerta.
Mediaron algunas palabras en voz baja, entre el marqués y la persona que habia abierto; sonaron algunas monedas, y al fin doña Esperanza y el marqués desaparecieron por el oscuro fondo.
La puerta volvió á cerrarse en silencio.
CAPITULO II. ¡La hermosa duquesita se ha perdido!
El incendio del monumento del Buen Suceso, en 1567, causó una sensacion profunda en lo que podemos llamar mundo elegante de la córte.
Y no era por cierto porque á sus magestades les hubiese acontecido ninguna desgracia, ni porque se hubiera destruido el templo, que, gracias á Dios, y al celo y actividad de los vecinos, solo habia quedado ligeramente ahumado en la bóveda, y algo mas profundamente chamuscado en el tabernáculo; ni porque hubiese habido muertes ni fracturas: todo se habia reducido á un buen susto, á algunas contusiones, y á otras tantas caidas: lo que habia hecho célebre al tal incendio, habia sido que á causa de él, la magnífica duquesa de la Jarilla, la poseedora de diez dehesas, veinte montes, y cien lugares, se habia perdido.
Al salir la córte de la iglesia, hallaron las dueñas que de su hermoso rebaño se habian descarriado cinco magníficas ovejas: cuatro de ellas, que se habian revuelto entre la multitud, se presentaron de nuevo en sus puestos, servidas por otros tantos caballeros, apenas el tumulto se hubo desvanecido; pero la mas hermosa, la duquesita, la mujer del marquesito de la Guardia, no parecia.
El rey mandó que la mitad de los gentiles-hombres que le acompañaban, algunas dueñas, y todos los alguaciles que hubiese á mano, se pusieran en busca de la perdida duquesa, y la córte se volvió como si nada hubiera acontecido á palacio: solamente la reina hablaba cuidadosa con el rey; pero el rey contestaba que nada está perdido, que todo se encuentra cuando se sabe buscar bien, y sobre todo que aquello era acaso una permision de Dios, para que doña Esperanza de Cárdenas, que era un tanto presumida y voluntariosa, doblegase su soberbia, y encontrase su salvacion entrando á servir á Dios en el cláustro.
Y cuando el rey decia esto, miraba de una manera singular; pero disimulada y profunda, á su hijo el príncipe don Carlos de Austria, mozo de veinte y dos años, que marchaba á su lado, cabizbajo y profundamente pensativo y al parecer contrariado.
—Porque, añadia el rey sin dejar de observar á su hijo, el que se pierde es porque quiere, y dama que de tal modo se ha perdido, bien pudiera perder á alguien, y no es bien tener en nuestro alcázar dama que entre tan poca confusion se pierde, que en tan poca agua se ahoga.
Asi es que el rey, en cuanto llegó al alcázar, tuvo muy buen cuidado de hacer decir por un gentil-hombre al duque viudo de la Jarilla, que su hija se habia perdido, y que se dispensase, si parecia, de enviarla á palacio.
El duque recibió por el rey aquella noticia; pero los gentiles-hombres, la servidumbre de palacio, y los alguaciles, se encargaron de que la supiese todo el mundo.
Las dueñas, convenientemente acompañadas, anduvieron dando vueltas, y preguntando durante dos horas, transcurridas las cuales se retiraron á palacio: los alguaciles rondaron hasta la media noche, y dieron parte de no haberse descubierto el menor indicio de su excelencia la señora duquesa de la Jarilla, y en cuanto al padre de esta, el duque viudo, estuvo dando vueltas por Madrid con todos sus criados, que venteaban como sabuesos, y que, sin embargo, nada lograron sacar en limpio en toda la noche.
Cuando irritado Yaye, como un leon hambriento, se volvía á su palacio, encontró delante de su puerta una mujer de mediana edad, de buena apariencia, y á todas luces de la clase artesana, que llamaba á grandes golpes, sin que nadie la contestase: esto consistia en que todos los criados, desde el mayordomo hasta el último marmiton, habian salido en busca de la duquesita, y la casa habia quedado abandonada solamente á las mujeres de la servidumbre.
Yaye, que no habia desfogado bastante su cólera con los criados, á pesar de que habia llegado al lamentable extremo de aporrear á cuatro lacayos, embistió muy de mal talante con aquella mujer.
—¡Con mil legiones! ¿qué quereis vos á las puertas de mi casa? exclamó mirando á la mujer con ojos centelleantes.
—¿Es vuecelencia el señor duque viudo de la Jarilla? preguntó toda trémula aquella mujer.
—Sí, y bien... ¿qué quereis?
—La señora hija de vuecelencia...
—¡Mi hija! ¿qué sabeis vos de mi hija?
—La señora duquesa, está en mi casa.
—¡Que mi hija está en vuestra casa!
—Y me ha dado esta carta para vuecelencia.
Yaye tomó con una mano que temblaba de cólera, una carta que le dió aquella mujer con otra mano que temblaba de miedo, rompió la nema y devoró, que no leyó, el contenido del escrito.
—¡Harum! exclamó roncamente Yaye, acercándose á uno de sus servidores despues de haber leido la carta, y guardádola en su escarcela: pronto una litera, y conmigo.
La litera estuvo dispuesta al momento.
—Y vos mujer, añadió Yaye, guiad á vuestra casa.
La mujer echó á andar.
—¿Cuándo fué mi hija á vuestra casa? la preguntó el emir.
—La señora no fué, dijo la mujer.
—¿Cómo que no fué?
—La llevó mi marido que la encontró desmayada en la plazuela.
—¡Ah! ¡la encontró desmayada! ¿y cuándo?
—Despues de oscurecer.
—¿Y por qué no me avisásteis al momento?
—¡Ah, señor! nosotros no sabiamos que la señora fuese hija de vuecelencia.
—¿Cómo que no lo sabiais? ¿pues no os lo ha dicho mi hija?
—La señora duquesa ha estado desmayada hasta el amanecer.
—¡Desmayada! ¡Desmayada! ¿habeis llamado á algun médico?
—No, no señor: temimos, como vimos que era una dama principal... que la conocieran... y se enteráran de que habia estado perdida... y luego... en fin, como nada sabiamos, no nos atrevimos á nada.
—¿Y se atrevió vuestro marido á llevarla á su casa?
—¿Y cómo habia de dejar en la calle, sola, abandonada, á una señora tan jóven, tan hermosa, y con tan ricas alhajas, expuesta á los libertinos y á los ladrones? no, no señor: mi marido hizo muy bien: sábenlo Dios y la justicia; y si le castigasen por ello, harian muy mal.
—Pero... ¿por qué no avisásteis á palacio? ¿No sabeis que en estos días solo visten de ceremonia las damas de la reina?
—Nosotros no entendemos de eso, señor, y como nada sabíamos dijimos: cuando vuelva en sí, nos dirá quién es, y lo que debemos hacer. Hay que confesar que el marquesito de la Guardia, autor de esta tragi-comedia, habia previsto todos los golpes y preparado todas las paradas: lo que demuestra, que cuando aquella mujer habia aprendido tan bien este juego, era una bribona consumada.
Al fin llegaron á la casa.
Al ver su pobre aspecto, se le heló la sangre al duque; pero dominó su cólera, á fin de que esta no le impidiese hacer con fruto la mas ligera observacion, y dejando á sus criados, con la litera, en la calle, entro en la casa cuya puerta habia abierto la mujer.
CAPITULO III.
De cómo un niño puede ser el dedo de Dios.
Cuando entró en una húmeda y oscura sala baja el emir, una forma blanca y gentil adelantó, y se arrojó sollozando en sus brazos.
Era la duquesita.
Yaye la estrechó dulcemente contra su pecho, afectando solamente el cuidado natural de un padre en aquellas circunstancias, y la dijo besándola en la frente.
—¡Oh, qué noche! ¡qué noche tan horrible, hija mia!
Despues la separó un tanto de sí, y la miró fijamente: la duquesita estaba muy pálida; pero en sus ojos brillaba aun la expresion de su tranquila pureza.
—Yo no sé dónde he estado, padre mio; dijo la jóven... apenas recuerdo... estas buenas gentes me han dicho que anoche...
—Te encontraron desmayada.
—Asi es, señor, dijo el marido.
—Despues he recordado no sé que cosa horrorosa, dijo doña Esperanza: un incendio... gentes que gritaban y se atropellaban... ¡Oh, Dios mio! luego... yo corria... de repente sentí un vértigo... unas angustias horribles... despues nada... no recuerdo mas, sino que al abrir los ojos, me he encontrado aquí, tendida en un lecho, con las mismas ropas que me habia puesto para acompañar á sus magestades.
Mientras doña Esperanza hablaba, Yaye ponia el mayor cuidado en observar cuanto tenia alrededor: los dos esposos, como dominados por la presencia de tan nobles personas en su casa, estaban en la mas humilde actitud y guardando el mas respetuoso silencio á la puerta del aposento, de la que no habian pasado: un chiquillo como de cinco años, estaba junto á una mesa mirando alternatívamente á un cajon entreabierto y á sus padres: en un momento en que estos estaban abstraidos, mirando á Yaye y á su hija, el muchacho abrió silenciosamente el cajon, y sacó de él una moneda: Yaye se levantó rápidamente, asió la mano del niño, y sacando de ella un dorado doblon de á ocho, le mostró al marido.
—Vuestro hijo os roba, amigo mio, le dijo, y debeis castigarle: hoy os roba á vos; mañana robará á otro. Y abrió mas el cajon para echar en él la moneda. Dentro habia como hasta una docena de doblones.
—Buenos ahorros teneis, dijo el duque señalando con un dedo inflexible aquel oro.
El marido se puso sumamente pálido y balbuceó algunas palabras; la mujer, aunque un tanto alterada, contestó sobre la palabra de Yaye:
—¡Ah, señor! los pobres no podemos ahorrar tanto dinero; lo debemos á la caridad de la señora.
—Has hecho bien, hija mía, dijo Yaye: debemos premiar cumplidamente á los que de tal modo nos sirven, y yo me encargo de acabar de recompensar á estas buenas gentes: tomad, añadió dándoles una bolsa de seda llena de oro; que os quede un buen recuerdo de que ha pasado una noche en vuestra casa la duquesa de la Jarilla.
Y asiendo de la mano á su hija salió con ella.
La pobre jóven leyó en los ojos de su padre cuanto aquel guardaba en su alma; pero ni se inmutó ni tembló, aunque habia visto algo horrible.
Esto consistía en que por uno de esos impulsos incomprensibles de la mujer, habia aceptado su destino al entrar con don Juan en aquella casa.
Entre tanto la mujer que habia permanecido en la puerta de la calle hasta que doña Esperanza entró en la litera y Yaye se alejó con ella y su servidumbre, dijo volviéndose á su marido.
—¡Pedro, tenemos oro; pero es necesario que nos vayamos á gozarle muy lejos! Ese duque me parece un hombre terrible y... todo lo ha adivinado... estoy segura de ello.
—Tú tienes la culpa, Francisca, contestó el marido con acento profundo... yo no quería... pero tú te empeñaste... tú tienes la culpa... ese oro maldito caerá sobre nuestra cabeza y sobre la de nuestro hijo.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Apenas habia entrado Yaye en su casa y dejado á Doña Esperanza en su aposento, cuando su ayuda de cámara le entregó una carta cuidadosamente cerrada.
Aquella carta contenia estas solas palabras:
«Señor: el príncipe ha pasado la noche fuera del alcázar; como siempre le ha acompañado el comediante Cisneros. Merced á los buenos servicios del mayordomo del príncipe Garci-Alvarez Osorio, el rey no sabe nada. Pero yo vigilo y lo sé todo. Señor: vuestro humilde esclavo, Aliathar.
—¡El príncipe de Asturias ha pasado la noche fuera del alcázar! exclamó con un acento incomprensible Yaye, y se quedó profundamente pensativo, con los ojos fijos en aquella carta, apoyados los codos en la mesa y el rostro en sus puños crispados.
Gran rato despues de haber permanecido en esta posicion agitó una campanilla de plata, y dijo á un camarero que se presentó á la puerta.
—Que vayan al momento casa del comediante Cisneros, y que le digan que sin pérdida de tiempo deseo verle.
CAPITULO IV.
La fuerza de la mujer.
Yaye no permaneció mucho tiempo solo.
Abrióse silenciosamente una puerta de servicio y sin ruido, apagado el de sus pasos por lo muelle de la alfombra, adelantó, completamente vestida de negro, doña Esperanza, que no se detuvo hasta sentarse en un sillon junto á su padre.
Este no la habia visto, abstraido en lo profundo de sus pensamientos, ni reparó en ella hasta que la duquesita, despues de haberle mirado intensamente durante algunos segundos, le dijo:
—Padre: la fatalidad nos persigue.
Volvió el duque la cabeza, miró fijamente á su hija con una mirada extremadamente lúcida y la dijo con acento opaco:
—¡Te has vestido de luto, Amina! ¡has hecho bien!


Don Juan siguió con su carga sin hablar una palabra.
—Vengo preparada á todo, padre, contestó Amina, á quien seguiremos dando este nombre.
—¿Con que es verdad?
—Yo no sé mentir.
—Y quién ha sido... exclamó con voz temblorosa Yaye, y se detuvo.
—Escúchame padre, y mata despues á tu hija: pero sabe antes; que si ha olvidado un momento lo que te debia, lo que á sí misma se debia, la ha arrastrado la fatalidad.
—¡Estaba escrito! exclamó con doloroso sarcasmo Yaye.
—Lo que Dios quiera que se cumpla se cumplirá padre. ¿Qué somos sobre la tierra? una hoja seca que arrastra delante de sí el viento del destino.
Yaye se estremeció.
—Permiteme, padre, que te relate una leyenda que hace muchos años nos contó, en una hermosa noche de verano, la esclava que el dey de Argel habia destinado para que nos entretuviese á sus hijas y á mí, con hermosos cuentos.
Yaye miró con asombro á su hija.
La jóven continuó sosteniendo con su diáfana mirada, la mirada sombría de su padre.
—Hé aquí la leyenda que nos refirió la esclava, dijo al fin:


La duquesita.
«Hay en el centro de la Arabia un jardin maravilloso, en que todo es eterno, jóven é inmarchito. Este jardin, creado por Dios para recreo de sus escogidos, es el jardin de Hiram. Muchos le han visto en diferentes épocas; pero nadie sabe en qué lugar del desierto está situado. Algunas mañanas, antes de que aparezca el sol en el horizonte, las caravanas que atraviesan los ardientes arenales, suelen ver á lo lejos, tras una diáfana niebla de color de rosa, una ciudad, cuyos minaretes de oro brillan de una manera deslumbrante; aquella ciudad está rodeada de bosques verdes como la esmeralda, cuyo suave murmurio al agitarlos el viento, se escucha á lo lejos tenue y perdido; pero melodioso como la música mas regalada. Los primeros de nuestros abuelos que vieron aquel prodigio, creyeron que el jardin fuese alguna ciudad desconocida, habitada por gentes ricas y poderosas, y dirigieron á ella sus pasos; pero siempre que esto hacian, la ciudad caminaba delante de ellos como una nube, y siempre desaparecia, cuando los primeros rayos del ardiente sol reberberaban en los arenales. Despues se supo que el jardin solo se dejaba ver, para patentizar á los hombres las delicias del paraiso, donde despues de su muerte deben vivir los justos en un dia sin fin, y desde que esto se supo, cuando el jardin de Hiram aparecia alguna vez á los errantes árabes, no pretendian llegar á él, sino que se prosternaban y adoraban la grandeza de Dios, despues de lo cual, seguian su ruta sin dejar de mirar la hermosura de aquella obra del Altísimo, hasta que con los primeros rayos del sol desaparecia.—Cuando Dios queria que un justo, antes de acabar su peregrinacion sobre la tierra, gozase las delicias del paraiso, le inspiraba el deseo ó la necesidad de ir á una ciudad distante, cuyo camino fuese por el desierto. Cuando el varon á quien Dios habia escogido para que viese el jardin de Hiram, cansado, abrasados los pies y sediento, se apresuraba por llegar á un cercano oasis, apenas entraba en él, Dios le inspiraba un sueño profundo, del cual despertaba instantáneamente al eco de una música superior en armonía á cuantas pueden oir los hombres. El justo se encontraba en un jardin deleitoso: su suelo, cubierto de un finísimo césped, salpicado de florecillas de vivísimos colores, era superior en belleza á la mas preciada alfombra de la India: aquellas florecillas, de suavísima fragancia, formaban con sus matices peregrinas labores, y aquí, y allá, y en todas partes, se veian escritos con flores el nombre de Dios y sus alabanzas, y los eternos versos del libro de la santa ley: el cielo era diáfano y transparente y en medio de él, inundándole de resplandores que no ofendian á la vista, brillaba un sol, cien veces mas grande, puro y resplandeciente, que el sol del desierto: las hojas de los árboles, y de los arbustos, y de las flores, eran de esmeraldas, de topacios, de rubíes, de carbunclos y de cuantas preciosidades Dios en su grandeza crió: los arroyos y los lagos parecian de líquidos diamantes, y entre la sombra y la fragante frescura de los bosquecillos, habia magníficos alcázares, de los cuales había sido el único artífice la palabra de Dios. ¿Cómo se podría contar la belleza de lo que solo podía ver con los ojos de su alma un justo? ¿ni cómo compararla con el lodo y la escoria de la tierra? El que entraba allí solo salia para contar á los hombres tanta maravilla y morir, para ser trasladado, en premio de sus virtudes al paraiso, imponderablemente mas bello que el jardin de Hiram.—Pero la maravilla de las maravillas del jardin, no lo eran ni sus prados aromáticos y blandos á la planta, como un mullido lecho; ni sus espesuras fragantes; ni su cielo, ni su sol, que brillaba inmóvil en un eterno dia; ni sus alcázares ni sus flores, sino la hada de juventud inmarchita y siempre pura, puesta por Dios en aquel edem como su flor mas preciada. Muy pocos habían logrado ver su hermosura, y estos habian desfallecido ante ella. Era mas blanca que los primeros albores de la mañana; sus cabellos, negros como el manto de la noche, la cubrian casi enteramente de suavísimos y perfumados rizos; sus ojos resplandecian á través de sus negrísimas pupilas; su semblante daba á quien le veia la paz de los cielos, y su resplandeciente túnica dejaba ver bajo su tela sutilísima, la belleza mas perfecta que habia creado la voluntad de Dios. El alma de quien la miraba se anegaba de delicias sin fin; el perfume de su aliento dilataba la vida y la hacia mas fácil. El hombre mas impuro se hubiera tornado casto como un arcángel del sétimo cielo por sola una mirada de sus ojos y santo por un solo beso de su boca.—La hada vivia feliz y venturosa con su eternidad sin deseos, en aquel edem de delicias: para ella no existia el tiempo; flotaba alegre en los aires sobre nubecillas de color de rosa, y sus cantos de alabanza á Dios, solían ir á confortar al cansado peregrino del desierto, próximo á sucumbir á la fatiga. Otras veces flotaba sobre las aguas de los lagos tan diáfana y tan fresca como ellos, y se anegaba en su fondo, y fuego se elevaba como un vapor y discurria por los bosques y por las praderas, corriendo tras las mariposas.—Pero un dia, el eterno enemigo del cielo y de los hombres, Satanás, el envidioso y el soberbio, sintió envidia por la felicidad de la hada, y se propuso hacerla tan infeliz como las mujeres de la tierra.—Dios quiso en sus misteriosos juicios, que el espíritu maldito pudiese llegar hasta la hada, encubierto bajo una hermosa apariencia. Satanás habia sabido ocultar su sonrisa impura, apagar el fuego terrible de su mirada, y embellecerse con una hermosura tal como la que habia perdido, ó mas bien lo consintió Dios.—La inocente salió á su encuentro y le sonrió: entonces Satanás la estrechó en sus brazos, la besó en la frente, y desapareció.—La hada arrojó un grito agudísimo de dolor, y desde entonces ni flotó en los aires, ni en la superficie de los lagos, ni corrió tras las mariposas: en su frente habian quedado impresos, como una marca negra los hermosísimos labios de Satanás, y su corazon ardía en deseos impuros: continuamente recordaba aquel hermosísimo mancebo, y un amor impuro la devoraba, y le buscaba anhelante por todas partes, le llamaba, gemia por él, y en su delirio se habia olvidado de invocar el nombre de Dios, que la hubiera vuelto por esto solo á su pureza y á su eternidad.—El jardin de Hiram habia desaparecido para ella; la hada estaba desterrada y sujeta á las miserias de la vida mortal.—Su planta se fatigaba y se veía reducida á calmar la sed en las bramadoras aguas de los torrentes, su hambre con los silvestres frutos que con gran pena y trabajo obtenia de los copudos y ásperos árboles, y el aguacero, y el trueno y los relámpagos de la tormenta, la obligaban á buscar asilo en las horrorosas grietas de las rocas. Ya las mariposas y las aves no venian, como antes, con delicia, á revolar en torno de su cabeza y á ponerse en sus manos; huian de ella, y durante la noche, la aterraban los rugidos del leon y del tigre, y los bramidos de las bestias hambrientas.—Un dia, en fin, Dios permitió que un rayo de su divina luz inundase el espíritu de la hada, y este le reconoció y le invocó.—El Altísimo tuvo compasion de ella; pero quiso que antes de que volviese á ser lo que desde el principio habia sido, quedasen su hermosura y su impureza sobre la tierra; pero variando de forma, para perpetuar con un ejemplo lo que la hada hubiera sido, si Dios no la hubiese perdonado.—La bondad de Dios habia vuelto la paz y la inocencia á la hada; pero aun no habia vuelto á su perdido jardin de Hiram. Sufria aun las penalidades de la vida, y estaba triste y pensativa sentada sobre las breñas al borde de un precipicio, por cuyo fondo se despeñaba un espumoso torrente.—De improviso una mariposa de alas diáfanas y matizadas, vino á revolar á su alrededor; vióla la hada, y como en otros dias, quiso acariciar al hermoso insecto, tenerle entro sus manos, sin lastimarle, como otras veces; pero la mariposa huyó y fué á posarse en un espino; la hada se levantó, se acercó recatadamente, tendió la mano, y cuando esperaba tener asida á la mariposa, se sintió punzada decorosamente por las agudas puas. La mariposa habia desaparecido, y una sola gota de sangre de la hada habia caido sobre el espino. Luego, el cuerpo de la hada se fue haciendo diáfano, mas diáfano, hasta que se deshizo en el aire, como una niebla que se desvanece.—El jardin de Hiram se habia abierto de nuevo para ella, y en el espino, en el mismo lugar donde habia caido la gota de sangre de la hada, habia aparecido una rosa purpúrea, cuya fragancia embalsamaba el ambiente. ¡Cuán hermosa era aquella flor! ¡cuán pura! pero llegó un viandante, la vió, la codició, arrancó despiadadamente del tronco el gentil tallo en que se balanceaba, y aspiró ansioso su fragancia y la besó. La pobre flor perdió su fragancia, su color y su frescura, y el viajero, no encontrándola ya hermosa, la arrojó marchita al torrente, que primero la enlodó y la despedazó despues. ¡Pobre flor! cada primavera brota del tronco un pudico capullo, y siempre llega un viajero y le corta de su tallo, antes de que haya abierto enteramente su corola, goza un momento su naciente perfume, y como el viajero anterior, cuando le ve marchito, le arroja al torrente. ¡Ay y cuan pocas rosas se salvan del abandono y del olvido! ¡ay cuan pocas dejan de enlodarse en la corriente bramadora!»
Détuvose un momento Amina, cuyos ojos estaban arrasados de lágrimas, y luego añadió con acento meláncolico y triste:
—Cuando la esclava llegaba á este punto de su leyenda, añadia siempre: «la rosa es la mujer, hijas mías; el espino la representacion de sus dolores; el despiadado viandante, los deseos impuros del hombre; el torrente de cieno, el mundo. Pero la mujer, como la hada, tiene un Dios que la proteje, y la virtud y la pureza son para ella el eterno jardin de Hiram.»
Détuvose la jóven, posó en su padre tras un velo de lágrimas una mirada desesperada y guardó silencio.
Yaye habia comprendido perfectamente la amargura que contenia, especialmente en aquellas circunstancias, la fábula oriental que habia oido su hija de boca de la esclava destinada á entretener con hermosos cuentos á las hijas del dey de Argel. Pero le interesaba sobre manera conocer la aplicacion que hacia Amina de aquel cuento, y dijo fria y severamente:
—¿Y á qué propósito me has relatado esa leyenda?
—Para que juzgues, padre, de la influencia que ese cuento y otros semejantes, han podido tener en el porvenir de tu hija.
Yaye inclinó la cabeza y quedó en la actitud del que escucha, y no quiere perder ni una sílaba.
—Desde el momento en que la esclava nos relató el cuento que acabas de oir, padre, mis compañeras de infancia, casi mis hermanas, las hijas del dey, no me llamaron como antes Amina, como me llamas tú, cuando nadie nos escucha. Me llamaron Saruhl-Hiram: ¡Flor de Hiram! esto ya era fatal: era como decirme: tú eres esa rosa puesta por la fatalidad al lado de la via pública, al borde del torrente. Tú eres esa naciente flor expuesta á las codiciosas miradas del viandante. Un dia, tú, pobre flor, marchita y deshojada, serás arrojada al torrente.
Yaye se estremeció: veia en aquellas palabras una acusacion de su hija: se anonadó, inclinó aun mas la cabeza, y oprimiéndose el pecho con la mano, como, si hubiera querido impedir que su corazon saltase, murmuró de una manera opaca é ininteligible:
—¡Oh, padre! ¡padre! ¡y cuán terrible herencia me has dejado!
Amina continuó, con la vista siempre dilatada y fija en Yaye:
—Prescindiendo de la fatalidad que parecia determinar, el que sin motivo justificado me llamasen las hijas del dey, Flor de Hiram, ¿no crees, padre, que es un modo singular de apartar á las mujeres de la impureza, el presentarlas los ejemplos de la virtud envueltos con las incitantes descripciones del placer? Los cuentos de la esclava eran muy morales en el fondo, pero en su lenguaje... ¡Oh! siempre el vicio hermoso, halagando á la mujer, enloqueciéndola, extraviándola: siempre el deleite ardiente, las formas desnudas, el corazon que late anamorado, los ojos que desfallecen de placer. ¿Qué vale presentar despues las horrorosas consecuencias del vicio y de la impureza, si se ha dado el veneno en copa de oro; si se ha hecho aspirar á la vírgen llena de vida y de esperanzas, cuanto bello y tentador rodea y acecha la vida en la mujer? ¿Qué vale que se os diga: apartaos de ese camino, si se os ha presentado ese camino lleno de encantos, y solo al fin, se os presenta un precipicio del que apartais con repugnancia los ojos, que solo quieren mirar lo bello, lo ardiente, lo deslumbrador? ¿Cómo querer formar á la esposa honesta, si se mancha la castidad de la vírgen, desgarrando sin piedad, á ciegas, giron á giron, su velo de pureza?
—¡Amina! exclamó Yaye, no pudiendo sufrir ya mas el peso de las justas, aunque indirectas reconvenciones de su hija.
—Los musulmanes, educan sus mujeres para el placer, continuó la inflexible jóven; tienen un harem donde las encierran: horribles esclavos que las guardan: una vírgen, que no hubiese perdido la virginidad del alma, que no conociese profundamente la ciencia del bien y del mal, seria para ellos ni mas ni menos que una hermosa estátua inanimada: es necesario que la esposa ó la esclava, compongan ó canten, hermosos y ardientes romances de deleite; que dancen como una bayadera; que hayan perdido enteramente el pudor. Se las educa para el placer... y ¡horrible sarcasmo! se las pide luego virtud, y si desprovístas de su pureza, invencible arma de la mujer; enloquecidas por el deseo, marchando por una senda tapizada de flores, caen en un precipicio que no han visto, hasta que han tocado su fondo, ¡oh! entonces no hay castigo bastante para la esposa adúltera ó la virgen perdida: el hoyo de arena, ó el saco de cuero y las ondas del mar.
La voz de Amina era solemne y parecia doblegar como un horrible peso material la cabeza de su padre.
Amina, continuó.
—Criada bajo el ardiente sol del Africa, á los doce años, tú lo sabes, padre, era ya una mujer formada: cuando por el Rhamadan (la cuaresma), ibas á visitarme durante algunos dias á la Casbá del dey, me sentabas sobre tus rodillas y me llamabas tu pequeña mujercita.
Yaye lanzó un rugido sordo, porque el recuerdo que evocaba su hija le desgarraba el alma; irguió la cabeza y mirando frente á frente á Amina, la dijo:
—Muchas veces, y en mas de un recio combate, una lanza enemiga ha desgarrado mi pecho; jamás esa lanza me ha causado tanto dolor como cada una de tus palabras: pero continúa, continúa, porque quiero que llegues al fin; quiero saber cuanto se encierra en el corazon y en la cabeza de mi hija.
—Padre, compréndeme y no creas un reproche ni una acusacion mis palabras; pero tu hija necesita justificarse, porque... perdóname si te desgarro el corazon, padre: tu hija está deshonrada.
Yaye no hizo un solo movimiento, no pronunció una sola palabra; pero un estremecimiento poderoso, un temblor semejante al de una montaña agitada por un volcan, estremeció su cuerpo de los piés á la cabeza.
—A los doce años, pues, era ya una mujer en toda la extension de la palabra, y se habia procurado enseñarme tanto, que mi espíritu estaba enteramente formado. En los pocos dias que cada año pasabas á mi lado, procurabas informarte por tí mismo, si se me habia dado la enseñanza que tú habias querido se me diese. Recuerdo que cuando me hablabas en castellano, al ver la pureza con que yo te contestaba, decias:
—Es maravilloso: un español te creeria andaluza; hija de ese pais bendito, donde todo es hermoso; el cielo, la tierra y la mujer.
Yo no sabia entonces nuestra historia y me maravillaba de que se me hubiera hecho aprender un habla que nadie usaba en torno mio, sino los cautivos españoles, los pobres viejos, con los cuales, durante algunos años, se me hacia hablar muchas horas seguidas al dia. No comprendia tampoco para qué se me habia instruido en la religion cristiana, cuando se me repetia que aquella religion era una impostura, que no habia mas Dios que Dios el Altísimo y Unico, y su profeta Mahomet. ¡Oh! esto era tambien fatal: la una religion me prescribia la caridad, la humildad, la pureza: me decia que una mujer, una santa vírgen, era la madre del Redentor del mundo; me daba una parte en el paraiso como al hombre, me hacia su igual, su compañera por el matrimonio; me daba derecho al amor exclusivo de un esposo, amor al que debia ser fiel, vínculo que no consiente una tercera persona, dulce alianza que constituia en uno á dos seres durante la vida: el islamismo me decia: la mujer es una esclava, una cosa que ningun derecho tiene: la mujer debe ser solo de su esposo ó de su señor; pero no debe tener zelos si su esposo y su señor son de otra ó de otras muchas: tu corazon no debe latir, tu cabeza no debe pensar; eres para tu esposo ó para tu señor menos que su arco, su lanza ó su caballo.
Entre tan opuestas doctrinas, mi razon fluctuaba; no creia en ninguna de ellas; pero me decidí por la que me daba mas derechos: esto era natural: sabia que existia una religion bajo la cual era igual al hombre, en la cual tendria familia, esposo, hijos, hijos mios que nadie me arrebataria, y me decidí por el cristianismo. Despues... pérdoname, padre, porque sé que aborreces á los cristianos: perdóname... pero ¿quieres saber lo que guardan mi corazon y mi cabeza, y quieres saber lo de un dia solemne, en un dia en que la Iglesia conmemora la pasion de Jesucristo; en un dia en que he elegido esposo?... Yo soy cristiana, cristiana con todo mi corazon, porque Dios ha hablado á mi entendimiento é iluminándole con un rayo de su divina luz, ha salvado mi alma.
Otro extremecimiento comovió á Yaye, que como si se hubiese resignado á todo, continuó callando.
—Pero la fe, por poderosa que sea, no ha podido arrancar de mi la influencia de la educacion que se me habia dado: yo no conocia el placer, pero conocia el amor: le conocia porque me lo habian dado á conocer de una manera tentadora, en una y otra leyenda, en uno y otro romance. Tú mismo has dicho muchas veces despues de haberme oido cantar, despues de haberme visto ejecutar una de esas lúbricas danzas musulmanas:
—¡Oh! ¡hermosa, hermosa como el amor! ¡irresistible! ¡tú serás la tentacion que ayudará á mi espada!
Yo no comprendia entonces estas palabras; despues cuando conocí nuestro pasado y nuestro destino, comprendí que todo lo sacrificabas por tu patria: ¡hasta el corazon y la honra de tu hija!
—¡Oh, padre! ¡padre! murmuró de nuevo Yaye.
—Si; acaso sea verdad que soy irresistible. Un príncipe real, exclamó con amargura Amina, un pobre loco, arde por mí en deseos impuros, y por mí es capaz de atentar á los de su padre. Ese mismo padre, el taciturno y grave Felipe II, no ha podido ser siempre tan prudente, que yo no haya visto en él alguna vez una chispa de deseo en una mirada; los grandes mas grandes de la córte, se arrastran á mis piés, olvidada la soberbia que les inspiran sus blasones y sus riquezas. Llámaseme por excelencia, y con gran envidia de las damas de la córte, la hermosa duquesita, y acaso, acaso, soy irresistible. Pero el adquirir ese poder tentador me ha costado la paz de mi alma. Tú no sabes, padre, de qué modo han llenado mi pensamiento despierta, y mi sueños dormida, todas esas ardientes imágenes de los cuentos de hadas y de amores; tú no sabes, padre, de qué manera lenta, pero segura, se ha ido formando en mi alma, un amor intenso, ardiente, roedor, que me hace necesario un ser á quien unir mi alma, á quien enamorar con todo el amor que mi alma encierra; á quien enloquecer con mi hermosura desnuda, incitante, palpitante, con toda la tentadora fuerza de mis ojos; tú no sabes de qué manera se ha ido formando dentro de mí un ser imposible, por lo hermoso, por lo grande, por lo enamorado; un conjunto de perfecciones; un amante divino, á quien yo veo solo con cerrar los ojos: tú no sabes cuánto le acaricia mi alma, cuanto le ama, cuanto desea verle ante sí, como una realidad que se toca, no como un sueño que huye. Tú no sabes cuán hermoso es el satanás que ha besado mi frente, dejando impresos en ella sus hermosos labios, empalideciendo mi semblante, y arrojándome del perdido jardin de Hiram de mi pureza. Tú no sabes cuán desesperado, cuán ansioso, cuán muerto á la esperanza está el corazon de tu Esperanza.
Este terrible juego de palabras, hizo levantar la cabeza á Yaye y fijar una mirada infinitamente ansiosa en su hija.
En efecto, el semblante de Amina, revelaba una desesperacion tan profunda, que Yaye se sintió completamente aniquilado.
—¡Pero ese hombre..! ¡ese hombre..! ¡ese esposo á quien has elegido! exclamó el duque con un acento supremo por lo desesperado: ¿no le amas?
—No lo sé aun.
—¿Has sido suya en un momento de delirio?
—Si.
—¡Oh! exclamó Yaye.
Y aquella exclamacion era al mismo tiempo una blasfemia y un rugido de amenaza.
—Desde que fui presentada en la córte, poco despues, continuó Amina, oí hablar de un hombre con quien los ociosos habian tenido á bien casarme de una manera singular: supe que, por un capricho, habian dejado de llamarme la hermosa duquesita para llamarme la mujer del marquesito.
—Pero ¿quién era este marquesito?
Un jóven de mi misma edad ó poco mas, de quien se decian maravillas; las damas hablaban de él con deseo, y los hombres con envidia; sin saber como, di en pensar en el marquesito, y al fin, atribuyéndole todas las prendas que yo soñaba en el hombre de mi amor, amé sin conocerle al marqués, pero con delirio, como únicamente puedo amar yo.
Guardaba, sin embargo, mi secreto, le deboraba, esperaba una ocasion de verle en la córte; pero el marquesito jamás concurria á ella. Al fin, ayer, cuando incendiado el tabernáculo del templo, huia despavorida, sentí que unos brazos me levantaban del suelo, que un hombre me llevaba consigo hasta un lugar solitario donde me dejó en tierra. Brillaba la luna. Ante mí habia un jóven, la cabeza descubierta, y tan hermoso como no habia visto ninguno. Sentí que mi corazon se rompia, que me arrastraba hácia aquel hombre, y cuando en un accidente de la conversacion brevísima que se cruzó entre nosotros, supe que aquel hombre...
—Era él... observó roncamente Yaye.
—Si, el marquesito: ardiente, enamorado, audaz: quise defenderme en vano: mi razon habia sido dominada por mi eterno sueño, por ese sueño fatal de amores: lo olvidé todo: para mí no existia nadie en el mundo mas que él: me dejé conducir á donde quiso, y cai en el abismo que se me habia preparado, envenenando mi alma.
Detúvose Amina, y Yaye no tuvo valor para pronunciar una sola palabra.
—Ahora que ya lo sabes todo, padre, dijo Amina, levantándose y arrodillándose á sus pies, mátame; mátame, porque te he deshonrado; mátame, porque yo no puedo vivir; porque he probado el amor, y no es el amor que yo habia soñado: porque al perder mi pureza he conocido que era pura; porque no puedo volver á mi hermoso sueño que era mi edem, porque... porque si tú no me matas, me mataran el dolor... y la vergüenza.
Y Amina de rodillas con las manos juntas y los ojos levantados al cielo é inundados de lágrimas, era el mas bello trasunto del ángel de la desolacion.
—¡El nombre! ¡el nombre de ese hombre! exclamó Yaye levantándose con impetu.
—¡Ese hombre se llama el marqués de la Guardia! respondió Amina.
Al oir esta revelacion el duque, cayó de nuevo desplomado sobre el sillon.
—¡El marqués de la Guardia! ¡El marqués de la Guardia! ¡Fatalidad! ¡Horrible fatalidad!
Luego, como saliendo de un horrible sueño, exclamó:
—Yo no puedo matar á ese hombre: tú no puedes ser su esposa.
—¿Y quién te pide su muerte? exclamó palideciendo Amina.
—¡Le amas!
—¡Oh! ¡no lo sé! ¡no lo sé! ¡aun no le conozco bien! ¡pero si él me amase, si él me amase como yo le amaria!... y luego... ¿Tiene la culpa de haber encontrado en su camino una virtud tan frágil que se ha roto al primer choque!... ¡matarle! ¿y por qué? ¡yo soy la que debo morir!
—Si yo no fuese lo que soy, serias su esposa, Amina: si se negaba á ser tu esposo, seria asunto de hacerle pagar con la vida la felicidad de haberte poseido, y de encerrarte donde nadie pudiera ver tu deshonra. Pero ese casamiento es de todo punto imposible por varias razones. Sobre todas está la de que tú debes ser esposa del príncipe don Carlos.
—¡El príncipe don Carlos! exclamó con terror Amina; con un terror que no habia demostrado, durante su audaz revelacion á su padre, ni cuando le pedia que la matase.
—Si, dijo Yaye: la fatalidad quiere que tú seas reyna.
—Pero, padre mio: ¿olvidais que para ello es necesario hacer de el príncipe un parricida? ¿á tal malvado quereis unirme?
—Mira, Amina: allí, y el duque extendió su brazo rígido y fatal hácia el Oriente: allí hay un pueblo entero esclavo, despedazado por el vencedor: allí se ahorca, se azota, se arranca de entre los brazos de su familia, á ancianos cubiertos de canas, á hombres en la fuerza de su vigor: allí los hijos no tienen madre, ni las madres, hijos: allí se destila gota á gota por la mano del verdugo la sangre de tu pueblo: al otro lado de los mares, tras la inmensidad del océano, un pueblo que tambien es tuyo, sufre la misma suerte horrible, imposible. La sangre de esos dos pueblos te alienta: la corona de esos dos pueblos ceñirá un dia tu cabeza: el opresor de esos dos pueblos, el tirano que se alimenta con sangre humana, es demasiado poderoso para que pueda vencérsele por la fuerza: Satanás le ayuda: es necesario acercarse á él como la serpiente, acechar su sueño, y morderle antes de que despierte, en el corazon: tú y yo nos sacrificaremos por esos dos pueblos oprimidos; para salvarlos romperemos nuestro corazon, y cubriremos, si es preciso, de vergüenza nuestra frente: ¿qué importan los medios con tal de que nos lleven al fin apetecido?
—¡Pero si aun asi no logramos salvar á esos desgraciados! ¡si nos perdemos inútilmente!...
—Habremos luchado con todas nuestras fuerzas.
—¡Esposa del príncipe don Carlos!... murmuró mortalmente pálida Amina.
—Ni una palabra mas: la conversacion que hemos sostenido, es demasiado dolorosa para que queramos prolongarla. ¡Dios lo ha querido, y es necesario resignarse á su voluntad! vete: déjame solo; quítate esas lúgubres ropas, y que nadie vea en tu frente ni la mas leve nube de tristeza; preséntala altiva y serena al mundo, como yo le presento la mia... y, sin embargo, guardo en mi corazon un infierno. Guárdalo tú tambien, y sobre todo... olvida... olvida al marqués.
Y despues de esto, llegó á su hija, la besó en la frente, la asió de una mano, y la condujo hasta una de las puertas de la cámara.
Amina desapareció tras el tapiz.
Yaye permaneció algun tiempo inmóvil, como una estátua, con la mirada fija, abstraida; luego se pasó la mano por la frente como si hubiera querido arrancar de ella una pesadilla, y su impenetrable semblante, adoptó de nuevo una expresion glacial, fria, reflexiva que parecia ser su expresion característica; fué á la mesa, abrió un cajon con llave, sacó cuidadosamente unos papeles y se puso á hojearlos.
Poco despues se levantó, puso los papeles en un armario, cuya llave guardó cuidadosamente en un bolsillo, y se fué á la puerta.
—No ha venido aun el señor Cisneros, dijo con acento breve.
—Ah, señor duque, dijo otra voz á la puerta opuesta de la antecámara; aquí me teneis, y no muy á tiempo por cierto, porque creo que os impacientais.
—Si, me impaciento, Cisneros, dijo el duque dejando pasar á su cámara á este segundo personaje y cerrando tras él la puerta.
—Perdonad, dijo Cisneros; pero me he acostado anoche muy tarde, y aunque ya han dado las diez de la mañana, hoy es para mí muy temprano.
—Sentaos.
El duque señaló un sillon á Cisneros y se sentó en otro junto á una chimenea, cuyo fuego se puso á arreglar de la manera mas natural.
Tenemos delante dos personajes, la fisonomía de uno de los cuales se habia modificado, mientras la del otro nos es enteramente desconocida.
Yaye era por aquel tiempo un hombre jóven aun, de poco mas de cuarenta años, y de mediana estatura; era aun, sin embargo, gallardo sobremanera, y de todos sus movimientos, de todas sus actitudes rebosaban nobleza y distincion; esa especie de distincion que solo poseen los que desde la cuna han vivido en la opulencia, mandando y siendo obedecidos. A mas de su juventud y su gallardía, conservaba su poderosa hermosura, su tez blanca, densamente pálida, y tersa y límpida, tanto en su semblante como en sus manos, que revelaban por su forma que ningun rudo trabajo las habia ocupado jamás: sus cabellos negrísimos, rígidamente cortados segun la moda de la nobleza española, eran tan espesos que contrastaban de una manera decidida con la mate y diáfana blancura de su frente: sus cejas y su barba, convenientemente recortada, eran tan negras y tan tupidas como el cabello, y sus negros ojos habian adquirido un no sé qué de dominador, de fijo, de valiente, de incontrastable: aquellos ojos eran un abismo en cuyo fondo solo se leía nobleza y talento, y á veces, cuando nadie le veía, desesperacion y remordimiento. Su boca, aun sin hablar, mandaba, por su configuracion particular, y su nariz, un tanto aguileña, acababa de armonizar las líneas rígidas, bellas y magestuosas de su semblante.
Yaye debia imponer consideracion, respeto ó miedo á la persona con quien hablase, con arreglo á la situacion ó al carácter de esta persona.
Lo que indudablemente inspiraba al comediante Cisneros era miedo, lo que se comprendia por mas que este quisiese disimularlo.
Pertenecia Cisneros á otro tipo enteramente distinto: era buen mozo, bien proporcionado, de buen talante; pero habia en su belleza un decidido sabor picaresco, audacia baja en su mirada y mucho de rufianesco en sus maneras: todo esto encubierto y como velado por un baño de córte, y por su trage rico, término medio entre las ropas usadas por la nobleza y los hombres ricos de la clase media. Llevaba espada de gabilanes ancha y larga, un tanto mas de lo que consentian las pragmáticas; limosnera y jubon bordados, pero con una profusion y una riqueza de mal gusto; un arete en la oreja izquierda y las manos cuajadas de cintillos: la hipocresía ó el fanatismo estaban representadas en él, por un rosario de cuentas gordas y relucientes, sujeto en su cinto al lado de la espada, y por lo demás, unas calzas de grana, unas botas rizadas de gamuza, sin espuelas, y una capa larga, de paño fino de Segovia, completaban su trage.
Desde el momento en que Cisneros se encontró sentado frente á frente con Yaye, fijó en él una mirada ambigua, que tanto tenia de audaz como de recelosa. Yaye parecia no reparar absolutamente en Cisneros y seguia arreglando sus tizones.
—Hace un buen frio, dijo.
—El invierno se alarga mas de lo justo, contestó Cisneros.
—Y no deben ser las noches muy á propósito para pasarlas al sereno corriendo aventuras.
—¡Ah, señor duque! estas noches son mucho mas á propósito para pasadas al lado de una chimenea entre dos cosas que se parecen mucho en la figura y en los efectos.
—¿Y cuáles son esas dos cosas que se parecen tanto?
—Una botella y una mujer.
—¡Ah! ¿y habeis pasado de tal suerte la noche el príncipe y vos?
—¿El príncipe y yo?
—¡Qué! ¿no le habeis acompañado?
—No señor; pero me ha tenido de ronda toda la noche observando á otras rondas que han andado de acá para allá, buscando como sabuesos, y sin poder dar con lo que buscaban.
—¿Y qué buscaba el príncipe?
—Buscaba á vuestra hija, contestó con una audacia infinita Cisneros.
—Solo se busca lo que se ha perdido, contestó friamente el duque, y mi hija no ha estado perdida un solo momento.
—Sin embargo no volvió con la córte al alcázar, y se dice ó se decia anoche de público, que habia desaparecido entre el desórden causado en el Buen-Suceso, por el incendio del monumento.
—Es cierto; pero mi hija aterrada, apenas se vió por un milagro en la calle, tomó el camino del monasterio de las Vallecas, que como sabeis, está cerca del Buen-Suceso, en la calle de Alcalá, donde recientemente ha profesado una parienta nuestra por parte de mi difunta esposa. Doña Esperanza ha pasado la noche en el convento. Avisáronme algo tarde de ello, cuando ya sabia yo que mi hija habia desaparecido, y cuando me habia puesto en su busca, razon por la cual, no he podido saber su paradero hasta que al amanecer he vuelto á mi casa.
—Pues si vos no me hubiérais afirmado en mi creencia de que el convento de las Vallecas está en la calle de Alcalá, dijo Cisneros doblando su audacia, al saber de vuestra boca que mi señora doña Esperanza ha pasado la noche en un convento, hubiera creido que el tal convento era un casuco en la plazuela de Peranton, que está, por cierto, mas cerca que las Vallecas del Buen-Suceso.
—¿Quién os ha dado tales noticias? dijo Yaye posando una mirada profunda y amenazadora en Cisneros.
—Me lo han dicho mis ojos.
—¿Vuestros ojos?
—Si, por cierto.
—¿De modo que vos visteis salir á mi hija de la iglesia?
—No por cierto, aunque en la iglesia estaba.
—¿Habrá habido en esto alguna infamia?
—No, no, señor: el marqués de la Guardia guardará probablemente un profundo secreto acerca de esta aventura. No es doña Esperanza una dama cuyos secretos se tiran asi por la ventana: es demasiado hermosa, vale mucho, para que no inspire un amor respetuoso y discreto.
—¿Es decir, repuso Yaye con la misma serenidad, y el acento tan seguro como pudiera haberlo usado al tratarse de una dama enteramente extraña á él, es decir, que hay quien sabe que el marqués de la Guardia ha pasado la noche bajo el mismo techo que mi hija?
—Lo sé yo, y lo saben indudablemente los dueños de aquella casa: pero estos deben ignorar el nombre de vuestra hija, aunque conocen demasiado al marqués, á quien han prestado diferentes veces servicios semejantes al que le prestaron anoche.
—Seguid, maese Cisneros, seguid, dijo Yaye con su inalterable calma, á fin de que sepamos lo que debemos hacer: pero tened mucha cuenta con no engañarme.
Unicamente tras esta palabra brilló una mirada amenazadora en los ojos de Yaye; mirada tal y tan poderosa que hizo temblar á Cisneros.
—Me interesa tanto serviros, dijo con un marcado servilismo el comediante, que me guardaré bien de engañaros. Si vos no me hubiéseis llamado, yo mismo hubiera venido á veros, porque sé muy bien que el asunto que nos ocupa es grave. Voy por lo mismo á contaros todo lo que sucedió, y vereis como ha podido la casualidad ponerme en la verdadera situacion de este negocio.
Anoche estaba yo en el Buen-Suceso, cuando aconteció aquel endiablado incendio: naturalmente, y creyendo de mas gravedad el acontecimiento, pensé en ponerme en salvo; pero al huir perdí mi gorra. Habeis de saber, señor duque, que la gorra que perdí era de mucho valor y que la tenia en gran estima por haberla bordado una dama amiga mia. Echéme, pues, á pesar del peligro, á buscar la gorra, y á poco que tenté por el suelo, encontré esta que veis.
Y Cisneros mostró al duque una de terciopelo negro de Utrech, prendida al lado izquierdo con un joyel de diamantes.
—¿No sabeis de quién es esta gorra? continuó Cisneros.
El duque se encogió de hombros.
—Pues esta gorra es ni mas ni menos que del marqués de la Guardia; la conozco demasiado porque este joyel de diamantes se ha perdido y se ha ganado hace algunas noches por cien veces seguidas á los dados y habia quedado definitivamente en poder del marqués.
—Pero si el marqués es jugador, dijo con una expresion de repugnancia y de hastío Yaye, puede haber perdido este joyel, y haber pasado á manos de otro.
—No, no, señor; estos dias el marqués está en ganancias, y aprecia mucho esta joya porque era de su madre. Tanto la aprecia, que solo en uno de esos momentos en que un jugador es capaz de echar á un dado su honra, la echó sobre el tapete.
Alegréme, pues, de que habiendo perdido el marqués su joyel, hubiese venido á dar en mis manos, porque era lo mismo que si no le hubiese perdido, y me encaminé á cierta mancebía, seguro de encontrarle, porque el marqués estaba citado con un príncipe aleman, para darle el desquite de una gruesa suma que le habia ganado la noche anterior.
A pesar de que el marqués es todo un caballero y nunca falta á empeños de juego, de amor ó de honra, dieron las ánimas, hora de la cita, y el marqués no pareció: dieron las nueve, tampoco: temióse, conociendo su puntualidad, que le hubiese sucedido alguna desgracia, y muchos de sus amigos fuimos á buscarle á los lugares á que sabiamos que él podia concurrir.
En aquellos momentos otro de nuestros amigos nos trajo del alcázar la noticia de que se habia perdido en el Buen-Suceso vuestra hija. Como otros dos concurrentes, pronunciasen á propósito ¡la mujer del marquesito! nombre que, como sabeis, se da tambien á vuestra hija...
—Fatalidad, murmuró Yaye.
—... estas dos frases me hicieron formar una idea atrevida; pero posible: yo habia encontrado la gorra del marqués en la iglesia del Buen-Suceso. Doña Esperanza habia desaparecido de la iglesia. ¿No podia ser muy bien que hubiese tropezado vuestra hija con el marqués, y que en un momento de desmayo, de terror, la hubiese arrastrado consigo? Habia ademas en abono de mi pensamiento, el que solo por una dama tal como mi señora doña Esperanza, hubiera faltado el marqués á dar un desquite de juego.
Sin decir á nadie nada, y calculando á qué lugar mas cercano á la iglesia del Buen-Suceso, podia haber conducido el marqués á una dama, me acordé de cierta casa de la plazuela de Peranton. En efecto, fuí á ella, llamé, me ví obligado á alborotar para que me abriesen, señal clara de que la casa estaba ocupada dignamente, y cuando pregunté por el marqués, me le negaron de tal manera, que no tuve duda de que estaba en la casa.
Como la noche estaba fria y húmeda, y era además Jueves Santo, me retiré á mi posada y estaba haciendo mi colacion, cuando hé aquí que recibo un recado de Garci Alvarez Osorio, en que, de órden del príncipe me mandaba ir al alcázar por el Campo del Moro. Fuí y encontré al príncipe furioso por la pérdida de vuestra hija. Doña Esperanza ha acabado de volver loco á su alteza, señor duque, y haremos del príncipe lo que queramos.
—Continuad, continuad, dijo secamente Yaye.
—Ya conoceis el carácter voluntarioso é impaciente del príncipe: despues de haber recorrido conmigo todos los lugares donde, de una manera insensata y villana, creia podian tenerse noticias de doña Esperanza, apeló á la justicia y á la Inquisicion: pagó á peso de oro alguaciles y familiares, y puede decirse, señor duque, que no ha habido posada, ni casa pública, ni lugares de sospecha, que no hayan sido registrados. Esto ha producido la prision de mucha gente menuda que se ha encontrado mal entretenida...
—¡Y en tales lugares buscaba el príncipe á mi hija!
—Los zelos son villanos, señor duque. Pero, á pesar de ellos, tan bien oculta y en tan buenas manos estaba doña Esperanza, que ni alguaciles ni familiares pudieron dar con ella.
Poco antes del amanecer, transido de frio y trémulo de zelos y de corage, se volvió su alteza al alcázar, y viéndome libre, me propuse llegar hasta el fin de mis investigaciones, solo en servicio vuestro, señor duque. Me fuí á la plazuela Peranton, me hice abrir la puerta de una taberna, á pesar de que aun no habia amanecido, y mediante un ducado, conseguí que me dejaran ponerme en acecho en una ventana baja, desde la cual se veia perfectamente la puerta de la casa, donde estaba seguro que se hallaba el marqués de la Guardia.
Poco antes del amanecer se abrió aquella puerta y salió un hombre embozado, en cuyo talante reconocí al marqués, á la dudosa luz del alba.
Amaneció, volvió á abrirse aquella puerta, salió la dueña de la casa y poco despues volvió. La acompañábais vos, y tras vos venia una litera conducida por dos ganapanes. Entonces no tuve duda de que doña Esperanza era la dama que habia pasado la noche en aquella casa.
Calló concluida su exposicion Cisneros, y durante algunos segundos Yaye se puso á arreglar de nuevo los tizones, en una posicion en la cual Cisneros no podia ver su rostro.
Levantóse al fin el duque: estaba perfectamente tranquilo. Miró de una manera glacial á Cisneros y le dijo:
—El trage que vistes; el oro que gastas; las ganancias que te dan tus funciones en el corral de la Pacheca; el silencio de la justicia acerca de tus truanerías y de tus delitos, todo me lo debes, Cisneros: sin mí estarias representando con una mala comparsa por los villorrios de Castilla, y aunque tienes habilidad é ingenio para tu oficio, nunca llegarias á capa de raja.
—En cambio, señor duque, yo soy el demonio que habeis puesto al lado del príncipe. Por mí, una desmedida ambicion se ha apoderado de su alma, y anda en tratos con los Hugonotes de Francia y los herejes de los Paises-Bajos. Me pagais bien: pero me pagais mi cabeza, señor duque; porque sirviéndoos soy traidor al rey, y ya sabeis lo que hace el rey con los traidores cuando los descubre.
—Bien, basta. Es necesario que nadie sepa donde ha estado mi hija esta noche. El marqués de la Guardia, callará. En cuanto á los dueños de esa infame casa, callarán tambien. Si se divulga en la córte este secreto, tú solo habrás sido la causa, me habrás hecho traicion, y en cuanto á los traidores soy yo un rey mas terrible que don Felipe.
Levantóse tras esto Yaye, abrió el armario donde antes habia dejado en un secreto unos papeles, y sacó un pesado saco que entregó á Cisneros.
—Mi hija ha pasado la noche en el convento de las Vallecas. ¿Lo entiendes?
—Si señor, dijo Cisneros levantándose y poniéndose el pesado talego bajo el brazo.
—Vete, dijo Yaye.
—Guárdeos Dios, señor, dijo el comediante inclinándose profundamente, y salió.
Apenas habia salido, se abrió una puerta, y se le presentó un hombre membrudo, atlético, de fisonomía noble y simpática, un tanto pálido, de ojos negros y mirada profunda é inteligente.
Aquel hombre demostraba contar cuarenta y cinco años de edad, y llevaba preseas, armas y coleto de soldado.
—Dios te guarde, Harum, le dijo el emir á quien seguiremos dando su verdadero nombre originario: te he mandado llamar para un grave empeño.
—Mandad á vuestro esclavo, magnífico señor.
—Hace mas de veinte años que me sirves con una lealtad y un valor á toda prueba.
—Es mi obligacion: ademas de eso me habeis recompensado magníficamente, señor: cuando empecé á serviros era walí, y me hicísteis vuestro secretario; ahora soy vuestro wazír.
—Por lo mismo el servicio que voy á pedirte es mas humilde, mas degradante, que el oficio que tienes delante de todo el mundo, siendo alferez de los tercios viejos de Flandes.
—Y te traigo muy buenas nuevas, señor.
—Dejémoslas para mas adelante. ¿Cuándo has llegado?
—Hace una hora; quise veros al momento; pero me dijeron que estabais con la poderosa sultana Amina.
—Para guardar el honor de la sultana, es necesario que busques cuatro de nuestros monfíes, los mas astutos, los mas feroces, los mas callados, con los cuales cumpliras el decreto que voy á darte.
El emir escribió algunas lineas en caracteres árabes, y entregó despues el papel donde las habia escrito, á Harum, que dijo despues de leerle:
—Vuestras órdenes se cumplirán, poderoso señor.
—Cuenta con equivocaros: las señas son claras.
—Si, si, señor; plazuela de Peranton, rinconada: una claraboya redonda sobre la puerta, y una reja de madera á la izquierda.
—No sé cómo recompensarte el sacrificio que me haces encargándote de este servicio. Pero no me fio de nadie... de nadie... y á veces ni aun de mí mismo.
—Vos ordenais, señor, y lo que ordenais debe ser justo. Vos sois el señor, yo el vasallo: vos la cabeza, yo la mano. Ignoro el delito de esas gentes. Pero vos las condenais y basta.
—Si, justicia, justicia severa... véte Harum. Mas tarde me hallarás dispuesto á escuchar las nuevas que me traes.
—Pero esas nuevas, señor...
—Por importantes que sean, necesito quedarme solo: arrojar la dolorosa máscara de que me he cubierto y que me sofoca. Yo te llamaré, Harum.
El leal monfí se inclinó profundamente y salió.
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Lo que pasó en la noche de aquel mismo dia en la casa de la rinconada de la plazuela de Peranton, donde habia pasado la noche anterior la hija del emir de los monfíes; con el marqués de la Guardia, fue horrible.
Despues de las doce los vecinos despertaron asustados por unos agudos gritos de mujer que pedia socorro: cuando los mas ligeros salieron á las ventanas, los gritos habian cesado; pero vieron cinco hombres que, saliendo de la casa, se alejaron y se perdieron en la oscuridad.
Poco despues vino la justicia llamada por los vecinos y encontró la puerta de la casa violentada: los esposos que la noche antes habian acogido á la hermosa Amina y al marquesito, estaban cosidos á puñaladas sobre un lago de sangre.
Un niño como de unos cinco años, jugaba arrastrándose por el suelo y manchándose de sangre, á la luz de una lámpara, con algunas monedas de oro: la justicia recogió los muertos, el niño y las monedas, se guardó estas últimas, entregó el niño á una moza de vida alegre llamada la Sastra, que le pidió para adoptarle, y envió los cadáveres al cementerio.
Nada mas se supo acerca de este lúgubre asunto: ni por mas que la justicia se ocupó dos dias en averiguar quiénes fuesen los asesinos, pudo dar con ellos.
CAPITULO V.
De cómo el marquesito dió una prueba de que estaba perdidamente enamorado de Amina, pensando en casarse con ella.
Cuando el marqués tuvo noticias de aquel doble asesinato, se le heló la sangre, á impulsos de un terror mortal. Aquel tremendo duque que de una manera tan sangrienta habia sellado los labios de las dos personas que habian encubierto su deshonra (porque para el marqués era indudable que, á pesar de sus precauciones, el duque lo sabia todo), seria capaz de tomar, respecto á su hija, una resolucion terrible.