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Los monfíes de las Alpujarras

PRIMERA PARTE. LOS AMORES DE YAYE. (continued 8)

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Los moriscos habian pensado bien cuando habian dicho, que aunque el marqués de Mondéjar, y el presidente de la Chancillería y el corregidor, tuviesen noticias del levantamiento preparado, les era imposible reunir gente bastante para contrarrestarles en el término de un dia.

Verdad es que muchos caballeros é hidalgos de los alrededores habian acudido, como el duque de la Jarilla, al llamamiento del capitan general, con la gente que habian podido reunir; pero toda esta gente llegaba á penas á doscientos hombres, en la generalidad mal montados, peor armados, y poco acostumbrados á la guerra.

Conoció el marqués de Mondéjar que aquellas gentes mas que de socorro le servia de embarazo; pero para no disgustarlas las metió en la Alhambra, las hizo distribuir por los adarves, dejó en la fortaleza cien soldados viejos para servir la artillería y guardar las puertas, y otros cincuenta en el castillo de Bib-Ataubin, bajo las órdenes del corregidor, que con ellos y algunos buenos caballeros, debia procurar asegurar la ciudad donde á la caida de la tarde se habian notado señales de movimiento, particularmente en el Albaicin, algunas de cuyas calles habian sido barreadas por los moriscos.

Barrear las calles queria decir en aquellos tiempos, lo mismo que hacer barricadas en los nuestros.

Pero el mayor peligro no estaba en Granada, sino fuera de ella. Los monfíes eran los enemigos formidables, los que debian decidir el lance. Comprendiólo asi don Luis Hurtado de Mendoza, y aunque no tenia fuerzas bastantes para ello, se decidió á salir á cortar á los monfíes el camino de la ciudad, ó á morir como buen caballero en servicio del rey.

Los monfíes, con arreglo á la traidora revelacion de Alvaro de Sedeño, debian venir sobre Granada por los atajos de la sierra y pasar por Dilar. El capitan general tomó por el costado de Generalife arriba, por una cañada del cerro del Sol y luego torció por un mal camino que guiaba al pueblo del Dar-al-Huet, que hoy se llama Casa-Gallinas.

Marchaba la gente á gran paso y en silencio, atenta y apercibida, y una hora despues de la salida de la Alhambra, llegaron á unos ásperos desfiladeros cerca ya del lugar.

En aquellos momentos llegó un adalid de los que el marqués habia enviado á la montaña, con la noticia de que los monfíes, en número de seis mil hombres se acercaban á Dilar, y que detrás de ellos y por los atajos, sin ser sentida, venia la compañia de arcabuceros del capitan Sedeño, bajo las órdenes del alférez Villasante.

El lugar en que se encontraba el marqués era inmejorable para una emboscada y tenia, ademas, la ventaja de estar muy cerca de la Alhambra, á la que podian recogerse en el caso de una derrota. El marqués, buen capitan, práctico en la guerra y en el terreno, dividió su escasa gente en pelotones, que situó convenientemente entre las breñas, y él con sus ginetes, se situó á la salida del desfiladero á la parte de Granada en un pequeño valle, por medio del cual atravesaba el rio Genil.

Dióse órden á todos de que guardasen el mayor silencio, y á pesar de que hacia una luna clarísima, nadie hubiera creido que hubiese una sola persona en el desfiladero: tan bien oculta y tan silenciosa estaba la gente.

Siendo alto el lugar en que se encontraban, y dominando á Granada, oiase perfectamente desde allí ese álito de vida que se desprende de una gran poblacion, antes de entregarse al descanso sus moradores y que tan bien se percibe, desde los silenciosos campos; oíase el reló de la iglesia de Santa María de la Alhambra á lo lejos y casi perdido; pero la campana de la torre de la Vela callaba, señal clara de que no habian lanzado aun el grito de insurreccion los moriscos del Albaicin, en cuyo caso se hubiera oido tocar á rebato aquella campana, y el estampido del cañon de la Alhambra.

Pasó una hora, y se oyó tocar á animas todas las campanas de las numerosas parroquias, conventos y cofradías de la ciudad, y sin embargo, pasó aun largo espacio sin que una sola persona atravesára el silencioso desfiladero; continuaba el silencio de una manera profunda y solo de tiempo en tiempo se oia el relincho de un caballo que nadie podia evitar, y el solitario ladrido de los perros campestres.

El marqués de Mondéjar llegó á creer, y su suposicion era muy posible, que los exploradores de los monfíes se habian apercibido de la ocupacion del desfiladero, y que los enemigos, variando de direccion, habrian tomado otro camino para llegar á Granada.

En este caso la ciudad estaba perdida, y no quedaba otro medio al marqués que correr á la Alhambra en el momento que la campana de la Vela y el cañon de la Alcazaba diesen la señal de alarma.

Pero si los monfíes entraban en Granada nada podia la Alhambra con la escasa gente que la guarnecia. El marqués, pues, estaba en un estado de ansiedad terrible.

Pero de improviso se escucharon pisadas sordas de algunos hombres en el desfiladero, y despues una banda de monfíes, exploradores sin duda, pasaron á buen andar, con las ballestas armadas, por delante de las breñas, entre las cuales se ocultaban el marqués y sus ginetes.

Los monfíes de detuvieron cuando estuvieron fuera del desfiladero y lanzaron al aire por tres veces el sonido ronco y poderoso de una bocina, despues de lo cual pasaron adelante.

Aquel triple toque de bocina debia ser una señal de los exploradores para avisar al grueso de los monfíes que el desfiladero estaba franco y seguro.

Por fortuna, mientras duró la parada de los exploradores, no relinchó un solo caballo, ni se escapó un tiro de un soldado imprudente. Poco despues se oyó rumor de mucha gente que se acercaba descuidada y como si no temiese ningun peligro.

La órden que tenian los capitanes y cabos puestos por el marqués á la cabeza de cada uno de los pelotones emboscados, era de que no se hiciese fuego hasta que los monfíes estuviesen extendidos en el desfiladero, despues de lo cual era fácil atacarlos y revolverlos.

Asi es, que tuvieron lugar los primeros de los monfíes de llegar al sitio donde estaba emboscado el marqués, antes de que se disparase un solo tiro; pero en el momento en que los primeros iban á desembocar en el valle, el mismo capitan general sacó de su arzon un pistolete y le disparó. Inmediatamente, de entre todas las breñas cayeron nutridas descargas de arcabucería sobre los monfíes, que sorprendidos, aterrados en el primer momento, se revolvieron, mientras el capitan general, saliendo de su acechadero á la cabeza de su pequeño escuadron, se lanzaba sobre ellos gritando:

—¡Por el rey! ¡Santiago y cierra España!

A aquel grito de guerra tan antiguo y tan entusiasta para los españoles, los ginetes se arrojaron con un ardor increible sobre los monfíes que estaban á la entrada del valle, y que, aterrados, dominados por la sorpresa, retrocedieron huyendo ante los caballos, hácia el interior del desfiladero.

El desórden de los monfíes era ya irremediable: en vano el valiente Yuzuf, que ginete en un caballo blanco, se revolvia entre ellos, les gritaba que los cristianos eran pocos, que bastaba el que se rehiciesen y penetrasen en las breñas, para que fuesen vencidos; en vano los mas valientes de los walíes, procuraban llevar á sus taifas á los lugares de donde salia el fuego siempre sostenido de los soldados: arremolinábanse los monfíes, apretábanse, y las balas que silbaban entre ellos, los tendian á centenares, mientras el marqués de Mondéjar y sus ginetes se ensangrentaban á mansalva en aquella multitud dominada por un terror pánico.

Yuzuf tenia noticias exactas de la gente con que podia contar el marqués de Mondéjar, y despreciándola por poca, no creyendo que se atreviese á salir al campo, habia descuidado precauciones, que sin duda le hubiesen ahorrado aquel fracaso, motivado por el terror de los monfíes, ante un ataque invisible é inesperado; terror que nada tenia de extraño, porque cada uno de los monfíes creia tener sobre sí un ejército.

Yuzuf era uno de esos valientes á quienes las dificultades y el peligro irritan, y volviéndose á los que le rodeaban y alzándose sobre los estribos exclamó:

—¡Ah! ¡de mis walíes! ¡á mí! ¡á mí todo el que quiera morir con honra! ¿Sereis tan cobardes que os dejareis matar por un puñado de perros cristianos ocultos entre las breñas?

Un centenar de hombres se agruparon alrededor de Yuzuf, que envistió con ellos al escuadron del marqués. Pero de repente Yuzuf vaciló en su caballo y cayó; una bala le habia herido en la cabeza.

Sus walíes se arrojaron sobre él, y le recogieron: oyéronse gritos desesperados y una voz robusta que gritó:

—¡El valiente Yuzuf, el magnífico emir, ha sido herido! ¡salvemos al emir!

Y aquella voz corrió de boca en boca á lo largo del desfiladero.

Por uno de esos misterios incomprensibles del corazon humano, los mismos á quienes el terror dominaba, se rehicieron ante el peligro del emir; lo que no habian podido hacer las exhortaciones y los esfuerzos de los walíes, lo hizo cada monfí por sí mismo; se arrojaron á las breñas sufriendo el fuego de la mosquetería, y muy pronto los soldados del marqués se vieron desalojados de sus posiciones, dispersados y replegados al valle.

El capitan general seguia batiéndose al frente de su pequeño escuadron; pero cuando vió que el fuego de mosquetería se habia apagado, que solo resonaba acá y allá algun tiro perdido entre las breñas, y escuchó los alaridos de triunfo de los monfíes, conoció que todo estaba perdido y mandó á sus trompetas que tocasen á recogerse.

Muy pronto la gente del marqués formada en buen órden, colocada delante de la caballería, empezó á retirarse, dando siempre el rostro al enemigo, y arrojando sobre él el fuego de su arcabucería; pero todo parecia inútil; los monfíes empezaban á flanquear la montaña, amenazando cortar á los cristianos, lo que, atendido su número, no les hubiese sido difícil, cuando se oyó sobre los mismos flancos fuego de mosquetería.

Los que producian aquel fuego en las alturas no podian ser otros que la compañía de arcabuceros de Alvaro de Sedeño.

Ignorando los monfíes el número de gente que venia en auxilio de los castellanos, tocaron tambien á recoger. El capitan general, que sabia lo escaso del socorro que le habia venido, tocó á recoger de nuevo, incorporósele la compañía de Alvaro de Sedeño y siguió en buen órden su retirada hácia la ciudad.

Los monfíes quedaron ocupando el desfiladero, mientras sus walíes estaban en consejo.

—El valiente Yuzuf está gravemente herido; dijo uno de ellos: ¿qué debemos hacer, hermanos?

—Recoger nuestros muertos y nuestros heridos, y volvernos á la montaña, dijeron algunos.

—¿Pero y los de Granada?

—Que se compongan como puedan.

—Lo primero es nuestro emir.

—¡A la montaña! ¡á la montaña!

Poco despues toda aquella gente se volvia á las Alpujarras, llevando consigo sus muertos y sus heridos, para que los cristianos no pudieran gozarse con la vista de ellos.

Yuzuf, perdido el conocimiento, era conducido en un lecho de campaña.

La bala de un soldado desconocido habia salvado á Granada.

Sobre el desfiladero habian quedado los cadáveres de algunos soldados castellanos, muertos en la pelea, y los de algunos heridos que, abandonados, habian sido rematados por los monfíes.

CAPITULO XXIV. De cómo, á causa del levantamiento del Albaicin, cometió Yaye su primera infamia.

Entre tanto el capitan general se habia recogido en silencio á la Alhambra, entrando en ella secretamente por la puerta de Hierro.

Dióse órden de que no se dejase salir á nadie de la fortaleza para que no se supiese en Granada el mal resultado de la expedicion, y el marqués de Mondéjar, asomado á un agímez de la torre de Comares, con la vista fija en el Albaicin, esperaba con ansiedad ver brotar la primera chispa de insurreccion.

Veamos ahora lo que acontecia en el Albaicin.

Conócese por Albaicin en Granada un barrio alto extenso y populoso, que se extiende por una parte á lo largo y por cima de la calle de Elvira, mas allá del Zenete, que corre á lo largo de dicha calle, y por otra parte, por cima de la calle de San Juan de los Reyes, extendiendose hasta la cerca del obispo don Gonzalo, que orla la cresta de un cerro, donde ahora está situado San Miguel el Alto, desde el rio Darro hasta mas abajo la iglesia de San Cristóval.

Este barrio tiene dentro de sí una fortaleza que se llama la Alcazaba Cadima, y un número considerable de parroquias, capillas y conventos de frailes y monjas.

En aquel tiempo el Albaicin tenia mas alumbrado de noche que el que tiene en la actualidad, á pesar del gas y de la civilizacion. Esto consistia en que hoy no tiene absolutamente alumbrado público, y en aquellos tiempos la devocion de los vecinos sostenia en la esquina de cada calle, en el ángulo de cada plaza, una lampara encendida, delante de una imágen, de una cruz ó de un ecce-homo, colocados dentro de un nicho, ó simplemente clavados á la pared bajo un tejadillo de tablas.

Habia, ademas, los faroles en las cruzes de piedra, colocadas delante de las puertas de iglesias, conventos, cofradías, ermitas, capillas y cementerios, y lo que tambien era un alumbrado, aunque ambulante: las linternas de los alguaciles de las rondas.

Puede asegurarse, pues, que el Albaicin estaba mucho mas seguro, alumbrado y acompañado de noche en el siglo XVI que en nuestros dias.

Es cierto que ahora solo de tiempo en tiempo se da alguna cobarde puñalada en sus oscuras calles ó se roba alguna capa vieja, y que en aquel tiempo era un acontecimiento casi diario, encontrar dentro de la jurisdiccion murada del Albaicin algun hombre muerto á estocadas.

Tambien es verdad que aquello era mas noble y mas romancesco; que si ahora, al encontrarse un hombre muerto violentamente en aquel barrio, se piensa en alguna miserable riña de taberna, entonces al ver un hidalgo muerto se pensaba en alguna hermosa dama como causa de la desdicha, y la justicia y los que no eran la justicia se decian:—¿Quién será ella?

La verdad del caso es que el Albaicin, por cualquier faz que se le considere, valia mucho mas en 1546 en que estaba lleno de un vecindario noble y rico, que en el momento en que escribimos estas líneas: al Albaicin de hoy solo le quedan fragmentos de torres y murallas ennegrecidas; restos de su antiguo esplendor; solares llenos de escombros que otros tiempos fueron grupos enteros de casas, y casucos viejos y apolillados que amenazan hundirse muy pronto. Dentro de algunos años el Albaicin solo será un monte cubierto de hermosos cármenes, cuyas cercas se habrán hecho con los viejos materiales de la poblacion muerta, en medio de cuyos cármenes, se sostendran en pié durante algunos años aun, las iglesias y las macizas casas de solar construidas despues de la conquista.

Hace muchos años que Granada se está transformando, y perdiendo en sus transformaciones, y llegará un dia en que solo la queden algunos barrios desiertos, algunos restos de la Alhambra, con tal cual arabesco, y lo que nadie puede quitarla: su manto de flores y verdura, que cubrirá por sí mismo y sin que nadie se cuide de ello, sus ruinas.

¡Pobre Granada!

Hemos dicho que el Albaicin de 1546 estaba mas concurrido y mas alumbrado de noche que en nuestros dias; pero concretándonos á la noche en que acontecian los sucesos que estamos refiriendo, no habia ni una sola luz encendida, no sabemos si porque las habian apagado los moriscos, ó porque, recelosos del estado de alarma y de conmocion en que desde el oscurecer se habia presentado el Albaicin, no las habian encendido los vecinos.

Hacia una luna muy clara; pero tambien es cierto que como las calles del Albaicin, poblacion originariamente mora, eran estrechísimas y los aleros de las casas se cruzaban, superponiéndose en la mayor parte de ellas, estos callejas estaban en su fondo tenebrosamente oscuras.

Para que nuestros lectores pudiesen apreciar lo estrecho y lo tortuoso de aquellas calles, era necesario que las hubiesen visto y que hubiesen experimentado por sí mismos, que por muchas de ellas solo puede pasar un hombre de frente, y que la mas ancha, apenas tiene espacio para que marchen dos hombres de frente á caballo.

Como para desahogo y ensanche habia, sí, algunas plazas medianamente espaciosas, donde reflejaba á sus anchas la luna; pero en aquellas plazas no se veia una sola persona.

Por el contrario, en el fondo de las oscuras calles se notaba una animacion de mal agüero; iban, venian, se detenian y hablaban entre sí, hombres armados; se abrian y se cerraban puertas silenciosamente, sin que tras ellas apareciese una sola luz: todas las calles que bajaban á la ciudad estaban fuertemente barreadas y guardadas por hombres armados de arcabuces y ballestas: las rondas, tan frecuentes otras noches, que era dificil recorrer tres calles sin tropezar con una, se habian suprimido por sí mismas, lo que prueba el admirable instinto de las gentes de justicia para esconderse á tiempo, en cuanto asoman los primeros síntomas de insurreccion popular: las casas de los moriscos estaban cerradas por prudencia, y las de los cristianos por miedo.

En una plaza, que existia entonces entre las últimas casas de la parroquia de San Gregorio el Alto y las pendientes calles que poblaban un terreno áspero, que hoy está cubierto de nopales, á la falda del cerro donde se levanta la ermita de San Miguel, en dícha plaza decimos, donde á pesar de la claridad de la luna habia gente por no poderse ver á aquella plaza desde la Alhambra, por los accidentes del terreno, se paseaba meditabundo y pensativo Yaye-ebn-Al-Hhamar, asido del brazo del faquí Abd-el-Gewar, que á pesar de sus años, estaba completamente armado como el jóven, y, como él, con trage castellano.

Divididos en grupos en la plaza, se veian como hasta cien hombres armados de picas y de arcabuces, y en el centro de uno de aquellos grupos, se levantaba un estandarte rojo de tres puntas.

Se notaban una gran impaciencia y una ansiedad profunda en aquellos grupos: habian dado ya las ánimas y ninguna noticia se tenia de la aproximacion de los monfíes. La Alhambra estaba silenciosa y oscura como de costumbre, sin que, á pesar de la luna, se viese brillar una sola arma sobre los adarves, mas que las de los acostumbrados atalayas: ni se veia el farol de los artilleros en la batería de la torre de la Vela, ni en fin, indicio alguno de que la Alhambra estuviese preparada al combate, á pesar de que el capitan general no podia ignorar que las calles bajas del Albaicin estaban barreadas y los moriscos puestos en armas.

El castillo de Torres Bermejas estaba asimismo sombrío y silencioso y desiertas sus baterías.

Esto para los moriscos era objeto de una gran ansiedad, porque sabiendo el marqués de Mondéjar y el presidente y el corregidor, que los moriscos estaban sublevados, mucha seguridad debian tener de vencerlos cuando tan descuidados se mostraban.

Doblaba esta ansiedad la tardanza de los monfíes que debian entrar en el Albaicin por tres puertas: esto es por la de Fajalauza, por el portillo del Aceytuno y por la puerta de Guadix.

Llegaron las once de la noche, y la campana de la Vela dió, segun costumbre, treinta y tres campanadas graves y solemnes en aquellos momentos; aquella era la única voz del castillo y aquella voz parecia decir: estoy alerta.

Era demasiado tarde y la impaciencia empezaba á apoderarse de las masas que afluian en la plaza, corriendo de la parte baja en busca de noticias: aquella impaciencia empezaba á ser miedo, y el miedo á expresarse en quejas.

Al fin algunos de los principales creyeron que debian interrogar á Yaye, que habia sido nombrado capitan de la insurreccion; pero Yaye se encogió de hombros, como quien no puede responder acerca de lo que no está en su mano.

Al fin fue necesario para calmar la ansiedad general, enviar emisarios que adelantaran por el camino por donde debian venir los monfíes. Pero al abrir la puerta de Fajalauza, de que estaban apoderados los moriscos, se presentó á caballo y con las señales de haber venido corriendo á rienda suelta, un walí de los monfíes.

Al reconocerle por su trage y por sus armas, los que estaban en la puerta, creyendo ya cerca el ejército auxiliar, rompieron en una aclamacion de alegría; pero el walí no contestó á aquella aclamacion y se redujo á preguntar con semblante hosco, dónde estaba el poderoso emir Yaye-ebn-Al-Hhamar.

El aspecto del monfí, lo ronco de sus palabras y lo hosco de sus miradas, apagaron el entusiasmo de los aclamadores, que en silencio, y no sabiendo qué pensar, condujeron al walí á la plaza donde habia establecido su cuartel general, por decirlo asi, Yaye.

Cuando el walí estuvo en su presencia, cuando le dijeron que aquel jóven era el emir, se arrojó del caballo y se prosternó ante Yaye.

—Magnífico y poderoso señor dijo: la fortuna nos vuelve las espaldas. Vengo á avisarte que tu poderoso padre el emir Yuzuf, se vuelve con su gente á las Alpujarras.

—¿Que se vuelve mi noble padre á las Alpujarras? exclamó con asombro Yaye.

—Los cristianos nos esperaban emboscados en las quebradas de Dar-al-Huet, y no hemos podido forzar el paso.

—¿Que los cristianos esperaban emboscados, y os han vencido...? ¡Luego alguno de los nuestros nos ha hecho traicion avisando á los cristianos!

—Sí, sí, dijo sombriamente el monfí, nos han hecho traicion y han ocurrido horribles desgracias.

—¿Y mi padre?

—La mano de Dios protege á los reyes, dijo profundamente el walí.

Habíasele ordenado, para evitar á Yaye cuanto fuese posible lo doloroso de la noticia de la herida de Yuzuf, que guardase silencio acerca de ella, y el walí cumplia exactamente su encargo.

—Vuestro poderoso padre el emir Yuzuf, continuó el walí, me encarga deciros que si contais con bastante gente en el Albaicin para apoderaros de la ciudad y de la Alhambra, no os detengais un solo momento; pero que, si esto fuera imposible, marcheis inmediatamente y sin perder un momento á la montaña.

—Ya lo ois, dijo Yaye á los xeques que le rodeaban; mis monfíes han sido envueltos en una celada, y no podemos contar con ellos.

—¡Oh! exclamó con acento rugiente el Homaidi, que estaba entre los xeques: el infame don Diego de Válor, nos ha hecho traicion.

Estas palabras del Homaidi irritando á las masas excitadas, pasaron de boca en boca y muy pronto multitud de hombres armados, se encaminaron á la carrera, trémulos de corage, á la casa de don Diego.

Mientras, que viendo imposible la empresa, Yaye mandaba á los xeques y á los capitanes, que fuesen á retirar la gente y á quitar las barreras de las calles bajas; que se escondiesen las armas y que todo volviese al antiguo aspecto de paz y sumision, oyóse hácia la parte de San Gregorio el Alto un alarido informe; luego reflejó un resplandor indeciso, despues una llamarada y luego otra y al fin se declaró un incendio.

Y como si aquella hubiese sido una señal de alarma, retumbó el ronco estampido del cañon de la Alhambra, y la campana de la Vela empezó á tocar apresuradamente á rebato, lanzando aquella voz de guerra, hasta las distantes cumbres de las montañas que rodean la vega.

Al mismo tiempo, mientras unos corrian apresuradamente á las avenidas por donde podian acometer las tropas de la Alhambra el Albaicin; mientras otros tocaban ruidosamente la zambra, y otros disparaban al aire sus arcabuces en señal de levantamiento, algunos entraron en la plaza donde Yaye absorto no sabia qué partido tomar, y gritaron:

—La casa de don Diego de Córdoba y de Válor ha sido acometida y está ardiendo.

En aquel momento todo lo que le rodeaba, la situacion en que se encontraba, el peligro de un combate á todas luces dudoso, contra los cristianos, todo desapareció de la imaginacion de Yaye, en la que solo quedó una idea: la de doña Isabel de Córdoba y de Válor, abandonada en la casa de su hermano á una turba feroz irritada y sanguinaria: entonces, sin decir una sola palabra á los que le rodeaban, ni hacerse seguir de nadie, solo, anhelante, aterrado; echó á correr como un frenético hácia la casa de don Diego, llegó, tiró de la espada, se abrió paso, hiriendo como un leon irritado entre la multitud compacta que rodeaba la casa, y, en el primer momento de sorpresa, logró penetrar en el interior. Pero por valiente que fuese, iba solo: su trage habia sido visto, y una exclamacion de rabia habia salido de todas las bocas.

—¡Al cristiano! ¡al cristiano traidor, que viene á socorrer á los traidores! gritaron algunas voces.

Y todos aquellos que pudieron penetrar en la casa se precipitaron con las armas enhiestas en seguimiento de Yaye.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Entre tanto en el interior de aquella casa reinaba un desórden espantoso.

En el primer momento de peligro, doña Elvira, sin cuidarse de la seguridad de su cuñada doña Isabel, á quien aborrecia de muerte, corrió al aposento de don Diego, abrió la puerta secreta y se refugió en la mina.

En cuanto á doña Isabel y á los criados, aterrados, sobrecogidos, á penas tuvieron tiempo para huír al huerto en busca de una salida por el postigo.

Pero todos, en el primer momento de turbacion, habian olvidado la llave; el postigo era fuerte; se necesitaba perder algun tiempo, y el terror les aconsejó que buscáran un medio mas pronto.

Habia en el huerto algunos árboles arrimados á la cerca: los hombres, sin cuidarse de las mujeres, ni aun de doña Isabel, porque en los momentos de supremo peligro nadie se cuida mas que de sí mismo, treparon á los árboles, ganaron el borde de la cerca, se descolgaron á la calle y huyeron.

Doña Isabel y tres criadas quedaron en el huerto, que empezaba á iluminarse con la rojiza luz de las llamas, que emanaban de los pajares de la casa, que habian sido incendiados.

Algunos furiosos habian puesto fuego á la leñera.

Por las ventanas de los pisos bajos que daban al huerto, salieron muy pronto torbellinos de fuego.

Oíanse los furiosos alaridos de los moriscos que habian penetrado en las habitaciones y que las desmantelaban, robando los objetos de valor.

Doña Isabel y las tres criadas, hacian maravillosos esfuerzos y se ensangrentaban las manos en la cerradura del postigo; pero sus fuerzas eran demasiado débiles para forzarla.

A medida que el tiempo trascurria, el terror de doña Isabel aumentaba, y el llanto y los alaridos de las pobres mujeres que estaban con ella: el incendio se habia propagado á toda el ala del edificio que daba sobre el huerto, y la hacia parecer una inmensa cortina de fuego.

Desplomábanse los tabiques, y á través de algunos boquerones, se veia pasar y cruzar á la canalla, corriendo y cargada con el saqueo.

Solo quedaba libre de las llamas el gran portalon por donde se entraba al huerto; pero ya por la parte superior tocaban á su techumbre. Por el fondo de aquel portalon se veian pasar de contínuo hombres con antorchas encendidas ó cargados de efectos; pero hasta entonces ninguno se habia dirigido al huerto.

De repente se oyeron voces mas rugientes, mas irritadas, mas terribles; voces que alguna vez dejaban escucharse distintamente.

—¡Al traidor! ¡al castellano! ¡matadle!

Llenóse al fin el portalon de gente y doña Isabel, á pesar de su terror, vió que un hombre solo retrocedia defendiéndose de una turba numerosa.

Pero aquel hombre era muy diestro y muy valiente, y dando una cuchillada á este, una estocada al otro, no permitia que ninguno le tomara la espalda; pero se veia obligado á retroceder de una manera decidida.

Cuando el que se defendia y los que tan tenazmente le acometian, entraban casi en el huerto, doña Isabel, que contemplaba fascinada aquel espectáculo, lanzó un grito de horror: el techo del portalon, invadido por el incendio, se habia desplomado sobre los combatientes, dejándolos sepultados bajo un monton de maderas inflamadas y escombros.

Pero de delante de aquel horno saltó un hombre, y al verse incomunicado con el interior de la casa, empezó á buscar, como fuera de sí, una nueva entrada que hubiese respetado el fuego.

Doña Isabel fijaba la vista en aquel hombre, no sabiendo si aterrarse, contemplando en él un enemigo, ó alegrarse considerándole como un salvador: aquel hombre habia tenido la fortuna de que al derrumbarse el techo del portalon, cogiese solo á los que le acosaban y mantenia alejados al alcance de su espada, sin que un solo fragmento del hundimiento le tocase. Doña Isabel notó que estaba vestido á la castellana, segun la moda de los caballeros de aquel tiempo; que tenia en la mano una espada desnuda, y que en su apostura demostraba que estaba muy lejos de pertenecer á la canalla incendiaria y rapaz que habia acometido la casa.

En el primer momento, el terror solo permitió á doña Isabel ver en aquel hombre las generalidades que hemos indicado; pero despues, cuando le hubo mirado con alguna insistencia, arrojó un grito que tanto expresaba terror como alegría, y cayó de rodillas.

En aquel hombre habia reconocido al único hombre á quien habia amado; por el que habia sido abandonada; en una palabra: habia reconocido á Yaye.

A su vez Yaye oyó el grito de doña Isabel y se volvió. A la luz del incendio, que dominaba á la de la luna, vió una mujer de rodillas, y junto al postigo, pugnando por abrirle, otras tres mujeres; Yaye corrió desalado hácia ellas, llegó á doña Isabel, la apartó las manos con que se cubria el rostro, la miró frente á frente y arrojó un grito de insensata alegría; doña Isabel miró tambien á Yaye, palideció de una manera mortal, lanzó un gemido, y no pudiendo resistir á tantas emociones, cayó por tierra desmayada.

Yaye, antes que en socorrer á doña Isabel, pensó en arrancarla de aquel lugar de peligro: fué á la puerta, que pugnaban en vano por abrir las criadas, apartó á estas, desenganchó un pistolete de su cinto, buscó la cerradura, é hizo fuego sobre ella: la cerradura saltó rota en mil pedazos, Yaye abrió el postigo, y las tres criadas escaparon al momento, como pájaros á quienes se abre la puerta de la jaula.

Despues, Yaye fue á donde estaba doña Isabel desmayada, la contempló un momento con éxtasis, la cargó en sus brazos, y salió por el postigo y se dió á correr por las empinadas calles, hácia la cercana muralla del obispo don Gonzalo.

—La traicion de don Diego de Válor, exclamó con un acento indescribible, ha hecho inútil el levantamiento de los moriscos; pero esa traicion ha puesto á Isabel en mis manos: Isabel es mia.

Y el jóven, á quien hacia insensato el amor, se alegraba casi de la desdicha de su pueblo, puesto que le habia procurado la posesion de doña Isabel.

Porque Yaye estaba resuelto á romper de una manera terrible para la pobre niña, los vínculos extraños que le separaban de ella.

Por otra parte, Yaye se decia:

—Si hoy por culpa de un traidor no hemos vencido, mañana venceremos. Y su conciencia se apoyaba en su esperanza.

Entre tanto, Yaye seguia corriendo las calles arriba, sin sentir el peso de la carga de doña Isabel, que era demasiado buena moza para que no pesase mucho. Las calles estaban desiertas por aquella parte y muy pronto el jóven llegó á un lugar aportillado de la muralla, y salió al campo, ó por mejor decir, al monte.

Sin embargo, no se detuvo hasta que se encontró muy lejos de la muralla, sobre una senda que orlaba la falda del cerro de santa Elena, y que conducia á su cumbre.

A poca distancia habia un aprisco abandonado, y hácia él se dirigió Yaye con su preciosa carga. Junto al aprisco brotaba una fuente rodeada de álamos, sobre un terreno cubierto de cesped, y allí fue donde se detuvo Yaye, depositando blandamente á doña Isabel sobre el cesped.

El terror, y la sorpresa de haber encontrado en aquella situacion á Yaye, habian afectado de tal manera á la desdichada jóven, que su desmayo continuaba.

Yaye la miraba extasiado: el semblante de doña Isabel por el doble efecto de la palidez y de la luz de la luna, alcanzaba á una blancura sobrenatural: sus negras trenzas estaban desordenadas de una manera hechicera: sus ojos velados por la sombra de sus espesas pestañas, su boca entreabierta por un gemido, tenian esa bellísima expresion del dolor que tanto sublima las formas puras, y su cuello y su seno estaban casi descubiertos, por efecto de la manera violenta con que habia sido conducida hasta allí por Yaye.

El jóven hasta entonces solo habia adivinado los secretos tesoros de hermosura de la jóven; esos tesoros que oculta el pudor tras la celosa y falaz plegadura de las ropas: Yaye que en un tiempo habia dicho palabras de consuelo y de amor á la joven, creyendo ceder solo á la caridad, que despues de haberla dejado abandonada á su suerte por fanatismo ó por ambicion, habia comprendido que la amaba por el intenso dolor que le causó la ruptura del lazo simpático, íntimo y misterioso que le unia á ella, al verla abandonada en su poder, sola en medio del silencio de la noche, experimentó un sentimiento hácia doña Isabel que nunca habia experimentado por su causa: un sentimiento de deseo ardiente, voraz, impuro, en que la materia, sobreponiéndose al espíritu, mandaba, como mandan los tiranos, sobreponiéndose á la justicia, al deber, á la generosidad. Una magia inconcebible se desprendia de doña Isabel y embriagaba mas y mas á Yaye, acreciendo en su cerebro la fiebre, en sus sentidos el deseo. Hubo un momento en que toda su vida se concretó en aquella mujer purísima y mas que pura hermosa, que tenia entre sus brazos; en que olvidó su pasado, su presente, su porvenir; en que su alma recogida en un solo punto, ansió unirse, confundirse, anegarse en el alma de doña Isabel. Lentamente el semblante del jóven, como atraido por una fascinacion poderosa, se acercó al semblante de ella: su brazo estrechó con mas fuerza su cintura y llegó por fin un momento, en que aquellos dos semblantes se acercaron, en que aquellos dos pechos se estrecharon, en que la boca de Yaye, imprimió un solo y ardiente beso en la boca de la jóven; beso abrasador, interminable, por el que se exhaló todo el alma de Yaye, y que hizo volver en sí de repente, por un misterio que nosotros ni aun pretendemos investigar, á doña Isabel.

Encontróse entre les brazos de Yaye, medio desnuda, flotantes los cabellos, estrechada de una manera delirante entre los brazos de un hombre, ¡ay! demasiado adorado; sintió unos labios convulsivos y ardientes posados en sus labios, y se creyó entregada á un sueño; la razon de Isabel estaba perturbada: habia sufrido sucesivamente emociones demasiado fuertes para que pudiese darse una explicacion exacta de la situacion en que se encontraba; no supo si estaba soñando ó si estaba despierta.

Yaye, segun la expresion de un escritor contemporáneo, se la arrebató vírgen á su marido, é Isabel fue enteramente de Yaye, sin saber si estaba despierta ó soñando.

Pero aquella felicidad era demasiado dolorosa, demasiado punzante, para que pudiese ser soñada: doña Isabel, que dominada por una fascinacion extraña, habia concedido á el único hombre que habia sabido inspirarla amor, delirantes caricias, volvió realmente en sí; aquella reaccion fue terrible; primero, apartó lentamente á Yaye, le miró, le reconoció, comprendió toda la verdad y se alzó rugiente, excitada por su dignidad y por su virtud.

Yaye, sorprendido, trémulo, porque comprendió que estaba colocado en esa indigna posicion del fuerte que abusa del débil, pronunció en vano algunas palabras de disculpa. Doña Isabel le interrumpió, y le dijo con acento severo; pero profundo, y lleno de amargura y de desprecio:

—Habeis sido tres veces infame conmigo: primero, fingiéndome un amor que no sentiais; despues, cuando ya mi alma era enteramente vuestra, abandonándome, sentenciándome á un sacrificio que jamás podreis apreciar bien: despues, cometiendo la última de las infamias.

Yaye quiso contestar; pero Isabel le hizo guardar silencio con un ademan supremo de desprecio. Luego tomó lentamente el camino de los muros, se perdió á lo lejos y entró en la ciudad sola, en aquella misma ciudad de donde Yaye la habia sacado pretendiendo salvarla, para perderla.

¿Por qué no la habia seguido Yaye?

Porque la amaba, porque la habia ofendido, porque comprendia con cuánta razon le despreciaba doña Isabel; porque aquel desprecio le habia anonadado, cubriéndole de confusion y de vergüenza, y habia quedado inerte, sin fuerzas, en el mismo lugar donde se habia desplomado sobre él el desprecio de su víctima.

Cuando ya habia pasado largo tiempo desde que habia desaparecido la jóven, Yaye logró sobreponerse á su fascinacion: se pasó la mano por su frente calenturienta, y exclamó:

—¡Ah! ¡he perdido toda esperanza! ¡he sido infame con ella, y ella, la conozco bien: jamás me perdonará!

Y dos lágrimas solas, representando el despecho del jóven, brotaron de sus ojos.

¿Eran aquellas lágrimas hijas del amor y de la dignidad, ó del egoismo de Yaye?

No lo sabemos.

Porque acerca de un hombre tal que llamaba caridad al amor, amor al deseo y dignidad al amor propio, no es fácil aventurar suposiciones, sin exponerse á incurrir en un error.

Lo que nosotros creemos es que Yaye, educado para ser déspota, lo era.

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Tomó á paso lento el mismo camino que antes habia tomado la desolada Isabel, y entró en el Albaicin. La casa de don Diego de Válor, estaba aun ardiendo; pero los vecinos se ocupaban en apagar el incendio. Los moriscos habian desaparecido: por mejor decir, se habian ocultado, y las gentes de guerra del capitan general, los caballeros y vecinos honrados de la ciudad, con las armas en la mano, y tras ellos el corregidor y los alguaciles, con el presidente de la Chancillería y los alcaldes de casa y córte ocupaban el Albaicin.

Sin embargo, de esta ocupacion, Yaye pudo llegar sin ser visto por callejas excusadas á la casa de Abd-el-Gewar, á aquella misma casa donde habia vivido tanto tiempo, que lindaba con la de don Fernando de Válor y donde habia conocido á doña Isabel.

Abd-el-Gewar, que esperaba con ansiedad al jóven, le recibió sollozando de placer entre sus brazos, y sin detenerse un punto, le hizo montar á caballo y montando en otro, salió con él de la casa. Aquella era una medida prudente: no se sabia si habian sido presos algunos de los moriscos que conocian á Yaye y á Abd-el-Gewar, y hubiera sido harto imprudente no probar un medio de salvacion, antes de resignarse á caer entre las manos de la justicia del rey.

Cuando abrieron la puerta del huerto, se les presentó un hombre.

—Deteneos, les dijo.

Yaye echó mano á un pistolete.

—Nada receleis, dijo aquel hombre notando la acción de Yaye: soy don Fernando de Válor.

—¿Y qué quereis? dijo con aspereza Yaye.

—Mi hermano don Diego ha sido preso; su casa incendiada y acometida esta noche; su esposa ha desaparecido, y mi hermana doña Isabel, acaba de presentárseme aterrada, trémula, entregada á la mayor desesperacion: he sentido desde mi casa en el huerto vuestros caballos, cuando preparaba el mio, y puesto que vos, señor, sois emir de los monfíes, os ruego que me permitais partir con mi hermana en vuestra compañía, y trasladarnos á las Alpujarras, donde cuento conque me amparareis.

—Cabalgad, don Fernando, dijo Abd-el-Gewar; pero cabalgad al momento; no tenemos un solo instante que perder.

Yaye habia quedado en un profundo silencio.

Poco despues Abd-el-Gewar y Yaye salian de la ciudad, por el portillo de la cerca de don Gonzalo, por donde antes habia sacado Yaye á doña Isabel desmayada.

Detrás iba otro ginete que llevaba sobre su arzon delantero una mujer que lloraba de una manera desconsolada.

CAPITULO XXV. Cómo encontró Yaye á su padre.

Caminaron harto de prisa nuestros personajes, mientras estuvieron dentro de la jurisdiccion de la ciudad; pero cuando empezaron á penetrar en la montaña, dieron vado á su temor y mas descanso á sus caballos.

Amanecia en aquel punto.

Atravesaban ásperos desfiladeros, y profundos valles, solitarios; pero rientes y magníficos bajo la diáfana luz de la alborada. Cuando Abd-el-Gewar se encontró ya dentro de las Alpujarras, detuvo su caballo sobre la ladera de un monte que á la sazon trepaban, y lanzó tres vezes un grito agudo semejante á una seña.

A aquel grito, aparecieron en los picos de algunas rocas algunos bultos indecisos, que descendian con rapidez al lugar donde se encontraban los viajeros, y que al acercarse dejaron conocer que eran monfíes.

—¡El santo faquí! exclamó uno de los que llegaron primero.

—Y el poderoso emir nuestro señor, añadió el anciano señalando á Yaye.

—¡Que Dios proteja al emir! dijeron los monfíes, inclinándose profundamente.

—¿Tú eres walí? dijo Yaye dirigiendo la palabra á uno de los monfíes, que por su trage mas rico y esmerado, parecia capitan de los otros.

—Sí, poderoso señor, contestó inclinándose de nuevo y mas profundamente el preguntado.

—¿Cuántos hombres acaudillas?

—Cincuenta valientes muslimes, señor.

—Pues bien, dijo Yaye, señalando como con miedo y apartando de ellos la vista, á don Diego, que habia detenido á algunos pasos su caballo, y á doña Isabel, que ocultaba su rostro contra el pecho de su hermano. Aquel que ves allí es don Fernando de Válor: aquella dama su hermana. Quedaos con ellos; acompañadles y llevadles á donde quieran ser conducidos en seguridad.

—Queremos entrar esta noche secretamente en Andarax, donde tenemos parientes que nos ampararan, dijo don Fernando que habia escuchado el encargo de Yaye.

—Resguardareis, pues, y conducireis á don Fernando y á su hermana, á Andarax, con seguridad: ¿lo entiendes, walí?

—Si señor.

—Ahora, cuatro de vosotros adelante hácia mi alcázar, dijo Yaye.

Cuatro monfíes se echaron las ballestas al hombro, y empezaron á trepar á gran paso por la ladera.

—Adios, exclamó Yaye, saludando de una manera indeterminada á don Fernando y á doña Isabel.

—Que él os proteja, señor, dijo el jóven.

Doña Isabel guardó un obstinado silencio; pero don Fernando la sintió extremecerse.

Yaye y Abd-el-Gewar picaron á sus caballos, y desaparecieron muy pronto por un recodo de la montaña.

Al mediar el dia llegaron al pinar en cuyo centro se encontraba la cueva por donde se entraba al alcázar subterráneo.

Pero con gran asombro de Abd-el-Gewar, encontró delante del pinar un ejército acampado: los monfíes, extendidas sus atalayas por las lomas inmediatas rodeaban el bosque.

Los dos viajeros se vieron obligados á darse á reconocer de punto en punto, hasta que llegaron á una magnífica tienda, alzada en medio del bosque, en el centro de un claro.

Habia impresionado á Yaye y al anciano, el aspecto de profunda reserva y de sombría tristeza que se notaba en el semblante de todos, singularmente en el de los capitanes; no era aquel el aspecto ni de un ejército que hubiese sido vencido, ni que esperase al enemigo.

—¿Qué significa esto? dijo Abd-el-Gewar á uno de los walíes.

—¡Dios lo quiere, santo faquí! contestó gravemente el moro.

—¡Que Dios lo quiere! ¿y esa tienda alzada en medio de ese bosque?

—Los médicos han dicho, que el poderoso Yuzuf, á quien Dios salve, necesita aire puro que no encontraria en el subterráneo.

—¡Pues qué!... exclamó con ansiedad Yaye.

El walí no conocia personalmente al jóven, que aunque emir por la abdicacion de su padre, no habia tenido tiempo de darse á conocer de todos los monfíes. Por lo mismo, el walí, que no sabia con quien hablaba, contestó:

—Nuestro valiente y magnánimo emir, Yuzuf, está á las puertas de la muerte, á consecuencia de una herida que recibió anoche en la cabeza en el desfiladero de Dar-al-Huet.

Yaye no acabó de escuchar al walí, exhaló un grito salvaje, se arrojó del caballo y se precipitó en la tienda.

Yuzuf estaba postrado en el fondo de ella, en un lecho, y rodeado de médicos. Estos abundaban entre los monfíes, porque los moros, lo mismo que los árabes, eran muy dados al estudio de la medicina y de las ciencias naturales.

Yaye se precipitó al lecho y asió las manos de su padre, al que miró de una manera anhelante.

Yuzuf, á pesar del estado en que se encontraba, le reconoció y sonrió lánguidamente.

—¡Ah! ¡la misericordia de Dios es infinita! exclamó alzando los ojos al cielo; el Altísimo no ha querido que yo muera sin verte, hijo mio; sin hacerte conocer mi última voluntad.

Yaye quiso contestar y no pudo; la voz se habia anudado en su garganta.

—¡Ah! ¡eres tú, tambien, mi buen amigo, mi hermano! añadió Yuzuf viendo á Abd-el-Gewar, que habia penetrado tambien en la tienda, y, transido de dolor y de sorpresa, estaba de pié á algunos pasos del lecho: bien venido seas á recibir mi última despedida, santo faquí. Pero en estos momentos, tú, Abd-el-Gewar, y vosotros, mis buenos doctores, dejadme solo con mi hijo. Que nadie nos interrumpa.

Todos salieron, excepto Yaye, que estaba arrodillado junto al lecho y lloraba sobre las manos de su padre.

—¡El Altísimo es el dador de la vida y de la muerte, Yaye! dijo con acento solemne y tranquilo Yuzuf. ¡El da la victoria y él la quita! ¡suyos somos, y como dueño dispone de nosotros! No llores, Yaye: las lágrimas que el guerrero vierte por su padre, le honran; pero es necesario secar el llanto, para pensar en la venganza.

—Os vengaré, padre mio; exclamó Yaye alzando fieramente la cabeza, y mostrando sus ojos secos como si en un instante hubiese evaporado sus lágrimas el fuego de un volcan. Os vengaré, primero del infame don Fernando de Válor, despues de los cristianos.

—Escúchame con atencion, dijo Yuzuf, porque me quedan pocos momentos de vida. No es don Diego de Córdoba y de Válor el que nos ha hecho traicion.

—¿Quién es, pues?

—Un infame castellano á quien yo habia amparado; un capitan de infantería española, llamado Alvaro de Sedeño.

—¡Ah! exclamó Yaye.

—Escucha, ademas: en poder de ese hombre hay cautivas dos mujeres.

Yaye lanzó toda su vida á sus oidos.

—Esas dos mujeres son la esposa y la hija de un hombre, que, como yo, lucha contra los españoles: ese hombre, rey como yo, de un pueblo valiente, es nuestro aliado natural: ademas, á ese hombre debemos mucho, y tú podrás deberle mas: es riquísimo; tiene tesoros inmensos.

Yaye escuchaba con suma atencion á su padre.

—Ademas, Yaye, continuó Yuzuf; tu proyectado enlace con doña Isabel de Válor, es ya imposible, porque doña Isabel está casada.

—Pero dícese que ha muerto Miguel Lopez.

—No, Miguel Lopez vive: vive en un lugar donde te conducirá cualquiera de nuestros walíes, solo conque le digas que quieres ir á la morada del cazador de la montaña.

—¿Y quién es ese cazador?

—Ese cazador es Calpuc, el rey del desierto de Méjico.

—¡Ah! ¿y ese es el padre de Estrella?

—¿Conoces tú á la hija de Calpuc?

—Si, padre mio, y la tengo amparada en mi poder.

—¡Y esa mujer!...

—Es noble y pura.

—¿Hermosa?....

—Como un ángel.

—Sea tu esposa, Yaye.

—¿Mi esposa?... ¿Y doña Isabel?...

—¡Doña Isabel! ¡Una mujer casada!...

Ya delante de dos lechos de muerte habia escuchado Yaye las palabras: sé esposo de Estrella.

Yaye quedó profundamente pensativo.

—Los oprimidos deben unirse á los oprimidos, continuó Yuzuf: ademas, la amistad de Calpuc será preciosa para tí. Cuando yo muera, que será muy pronto, busca primero á Calpuc, dile que ponga en libertad á Miguel Lopez; entrega despues su hija á ese hombre; no te pregunto cómo te has apoderado de esa mujer, ni dónde has estado oculto durante quince dias. Te he vuelto á ver y esto me basta: creo ademas en tu honor y en tu virtud. Recuerda bien: véngame y véngate de ese capitan infame, procura la amistad de Calpuc, y el amor de su hija, y en cuanto á lo demás, lo que como padre debo aconsejar al emir de un pueblo que lucha, y que lucha con tan justa causa como el nuestro, escrito está en estos pergaminos: ellos guardan mi voluntad. Espero que la cumplas. Es lo que conviene á nuestra patria, que tiene derecho á exigirnos toda clase de sacrificios. Grava bien en tu memoria las últimas palabras que voy á decirte: un rey debe sacrificarlo todo por su pueblo: su corazon, su felicidad doméstica, su vida, y si es preciso Yaye... hasta su honor.

Yuzuf entregó el rollo de pergaminos á Yaye que se habia arrodillado para escuchar las últimas palabras de su padre: este tendió las manos sobre él y le bendijo.

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Aquella noche Yuzuf, el valiente, el magnifico, el vencedor, como le llamaban los monfíes, murió, y Yaye fue proclamado de nuevo emir de las Alpujarras.

CAPITULO XXVI. Procedimientos judiciales.

El dia siguiente al de la malograda tentativa de los moriscos, no se hablaba en Granada de otra cosa que del peligro en que habia estado la ciudad; decíanse los nombres de los que habian sido presos, de los que probablemente serian ahorcados y de las precauciones que habia tomado el capitan general para que no volviese á reproducirse el peligro en que, durante algunas horas, habia estado Granada.

Decíase, ademas, que la justicia se habia apoderado del cadáver de un capitan de infantería española, que habia sido encontrado muerto á estocadas en su propia casa y de la persona viva del que le habia matado. Añadian que don Diego de Córdoba y de Válor, andaba envuelto en aquella causa, que su hermano don Fernando, su esposa doña Elvira, y su hermana doña Isabel habian desaparecido, y por último, que de la casa de don Diego de Válor no habian quedado en la calle del Agua mas que escombros denegridos.

Hablábase tambien con suma variedad de accidentes y en detalle, de cómo el duque de la Jarilla, poderoso señor que hacia muchos años estaba retirado de la córte, en la pequeña ciudad de Guadix, habia encontrado muerta á su hija, á quien habia perdido, encuentro que habia tenido lugar en ocasion de acudir el duque con sus escuderos al llamamiento que habia hecho el capitan general á los caballeros é hidalgos del reino contra los moriscos, y todas estas noticias se comentaban, se alteraban, y tenian en espectativa de los sucesos que podrian sobrevenir, á los curiosos y desocupados.

Pero nadie hablaba una sola palabra acerca de que el emir de los monfíes, con algunos de sus vasallos, se hubiese encontrado en Granada á la cabeza del alzamiento, y por otra parte, los moriscos que habian sido presos en las avenidas de la parte baja de la ciudad, eran gente vulgar, que solo conocian aisladamente á sus capitanes, y estos habian huido, poniéndose en salvo en las breñas de las Alpujarras, y haciéndose por necesidad monfíes. Nada resultaba, pues, en el proceso abierto por la Chancillería, bajo la presidencia del capitan general, ni contra Yaye, ni contra el Homaidi, ni contra ninguno de los xeques y capitanes que habian provocado y puéstose al frente de la rebelion.

El último mono se ahoga, dice un adagio vulgar, y esto cabalmente aconteció entonces: los instrumentos, los que nada sabian, los que por no saber nada habian quedado abandonados á si mismos y presos, pagaron la culpa de los otros, siendo ahorcados los unos, y sentenciados á galeras los otros. Vertido aquel chorro de sangre sobre la efervescencia revolucionaria de los moriscos, el capitan general y la Chancillería, opinaron que no era prudente extremar el rigor, y aunque habia muchos moriscos notoriamente sospechosos y contra los cuales podian haberse fulminado terribles procesos, se echó tierra al negocio, como se habia echado sobre los cadáveres de los ajusticiados, y no se volvió á hablar mas de ello.

Quedaba, sin embargo, un preso de consideracion, una cabeza ilustre, casi régia, sobre la que estaba levantada la espada de la justicia. Esta cabeza era la de don Diego de Córdoba y de Válor, contra el que obraba la terrible carta que habia presentado al capitan general Alvaro de Sedeño.

Pero don Diego gastó tan á tiempo y en tanta cantidad su dinero, sirviéndole de agente su buen amigo el marqués de la Guardia; era tan benévolo y compasivo el capitan general, que la carta presentada por el capitan Sedeño, pasó sin dificultad por falsa, y como no habia contra él otra prueba, como, por otra parte, el capitan Sedeño habia aparecido monfí y traidor por los papeles que se encontraron en su casa, túvose aquella carta por apócrifa, por un nuevo delito de Alvaro de Sedeño, sobreseyóse en la causa; pero con la condicion de que don Diego se confesase públicamente vasallo del emperador, fiel, leal y dispuesto á verter toda su sangre en su servicio, asi como ardiente cristiano, católico, apostólico romano. Del mismo modo se levantó mano respecto á su hermano don Fernando, á quien, mediante la misma confesion, se permitió volver á vivir libremente en Granada.

Se nos olvidaba decir que habia contribuido en gran manera á esculpar á don Diego, la circunstancia de haber incendiado y saqueado su casa los moriscos la misma noche del alzamiento, circunstancia en que insistieron con gran ahinco los letrados defensores.

Don Diego, pues, hubiera sido puesto inmediatamente en libertad, á no ser porque, durante el tiempo de su prision, habia caido sobre él una acusacion terrible: la de asesinato contra su cuñado Miguel Lopez.

Esta acusacion habia provenido de Calpuc, ó mejor dicho, la conciencia de Calpuc habia sido la causa ocasional de aquella acusacion.

En el momento en que Calpuc se vió preso y encerrado, imposibilitado por lo tanto de ir á cuidar, como se habia propuesto, de Miguel Lopez, contando con su libertad, pensó en que, á pesar del dolor en que le habia sumergido la muerte de su esposa y la pérdida de su hija, él, que no habia cometido durante su vida ninguna infamia, no debia cometerla en el momento en que de una manera tan dura le oprimia la mano de la desgracia; pensó tambien que necesitaba toda la proteccion de Dios, primero para alcanzar su libertad, despues para encontrar á su hija, y que, para que Dios le protegiese, debia obrar como bueno: asi, pues, pidió con insistencia que le tomaran declaracion para hacer una revelacion importante, y creyendo el capitan general y la Chancillería que esta revelacion seria referente á la rebeldia de los moriscos, se apresuraron á enviar un alcalde de casa y córte, acompañado de un escribano, al calabozo de Calpuc.

Este declaró que estaba en su poder Miguel Lopez, refirió las circunstancias por medio de las cuales el morisco habia dado en sus manos, cuando le salvó de los monfíes, y dió tales y tales señales del lugar en donde Miguel Lopez se encontraba, que parecia no podian equivocarse los que fuesen enviados en su busca; á pesar de esto, los emisarios enviados por la justicia, ó mal enterados ó torpes, no dieron con el subterráneo; volvieron; en atencion á lo grave del asunto, decretó la Chancillería, que el mismo Calpuc, bien asegurado y escoltado, fuese en demanda de Miguel Lopez, y al fin, y despues de tres dias desde la primera declaracion de Calpuc, y de cinco desde que se habia separado el megicano de Miguel Lopez, la justicia pudo penetrar en el subterráneo.

Entonces se vió una cosa horrible: junto á la puerta de hierro, entrando, en lo mas alto de la escalera, se encontró á Miguel Lopez muerto de hambre, mordiéndose un brazo, con el que sin duda el desventurado habia querido alimentarse, y reconocido el cadáver, se encontraron sobre su pecho seis heridas profundas que empezaban á cicatrizarse.

Reconocido el subterráneo, se encontró un lecho revuelto, y sobre una mesa, junto á una lámpara apagada y exhausta, un papel escrito con letra gorda y ruda en que se leia:

«He cometido grandes crímenes, y la mano de Dios me castiga: muero aquí en este calabozo mal herido, y de hambre: hace tres dias que el hombre que me salvó de los monfíes, que me trajo aquí y que me curó, salvándome del rigor de mis heridas, no ha vuelto. Debe haber sucedido alguna desgracia á ese hombre cuando no ha venido á cuidar de mí. Si no vuelve pronto conozco que no tardaré en morir y quiero dejar á la suerte mi venganza. El hombre que me ha traido aquí y que me ha cuidado, es inocente de mi muerte, y debo confesar, porque mi conciencia me lo manda, que él me salvó del puñal de los monfíes. Mi asesino es don Diego de Córdoba y de Válor á quien mi muerte importaba. Que á nadie mas que á don Diego se haga cargo de mi muerte, si por un milagro de Dios, cae este papel en manos de la justicia. Pido asimismo perdon á doña Isabel de Córdoba y de Válor por el mal que he podido causarla, obligando á su hermano don Diego á que la casase conmigo, y como enmienda de mi delito la dejo por heredera de todos mis bienes. Rogad á Dios por mí para que me perdone. En las entrañas de la tierra, no sé qué dia ni qué hora.—Miguel Lopez.»

Siguió la justicia en el reconocimiento de aquel lugar y encontró en el arcon negro, libros de devocion, y un papel autorizado por los religiosos dominicos fray Luis de Saavedra y Diego de Rojas, cuyo contenido era la abjuracion de la idolatría y su conversion al cristianismo de Calpuc, rey del desierto mejicano. Halláronse ademas algunas ricas ropas, y en un rincon del arca, como un centenar de doblones de oro.

Recogió todo esto la justicia, incluso el cadáver de Miguel Lopez, se volvió con el vivo y con el muerto á Granada, encerró de nuevo al primero, enterró al segundo, despues de haber hecho constar su identidad por medio de sus parientes y conocidos, y guardó, para unirlos al proceso de Calpuc, los dos papeles hallados en el subterráneo.

Aquellos dos papeles favorecian en sumo grado á Calpuc; pero la justicia es muy suspicaz y no dándose por satisfecha con ellos de la inocencia del mejicano, hasta que la autenticidad de aquellos papeles fuese comprobada, le hizo cargo de la muerte de Miguel Lopez.

Calpuc apeló á otra prueba: á la carta que Miguel Lopez le habia entregado para su esposa doña Isabel, en que se acusaba de aquel asesinato á don Diego, y á la sortija que en aquella carta mandaba Miguel Lopez á doña Isabel entregase á Calpuc.

Pero doña Isabel estaba ausente y no se sabia donde paraba: enviaronse requisitorias á las Alpujarras y al fin doña Isabel fue encontrada en Mecina de Bombaron por los sabuesos de la justicia, y hecho registro repentino en su casa, se la encontró, entre algunas cartas de amores de un tal Juan de Andrade, la carta de Miguel Lopez, citada por Calpuc.

Compulsada aquella carta con documentos indubitables, escritos y firmados por Miguel Lopez, los peritos nombrados declararon por unanimidad, que aquella carta era de puño y letra del difunto y por lo tanto legítima.

La acusacion, pues, del asesinato de Miguel Lopez recayó sobre don Diego de Córdoba y de Válor, en el momento en que iba á ser puesto en libertad, absuelto de la otra causa de traicion contra Dios y contra el rey.

Preguntados los lacayos que acompañaron á don Diego en su viaje con Miguel Lopez á las Alpujarras, declararon que nada sabian; pero puesto á la prueba del tormento uno de ellos, declaró que habia llevado una carta á un ventero de las Alpujarras cerca de Orgiva, que por indicios habia sospechado que se tramaba algo contra Miguel Lopez, y que solo don Diego era á su parecer el que habia andado en aquel asunto.

Reconocida, por declaracion de Calpuc, la rambla de los Gamos, se encontraron los siete monfíes ahorcados de la encina, muertos y medio deborados por las aves carnívoras, y pendiente del cuello de cada uno de ellos un pergamino con la sentencia del emir de los monfíes escrito en árabe, como asesinos de Miguel Lopez, y una bolsa con veinte y cinco doblones de oro. Los monfíes, temiendo la justicia del emir, habian respetado aquellas bolsas; pero la justicia castellana las recogió como cuerpos de delito, y apesar del estado en que se encontraban los monfíes, los descolgó de la encina y los llevó á la plaza de Orgiva para ver si alguno los reconocia: en uno de ellos, cuyo rostro estaba mas conservado que el de los otros, algunos de los vecinos del pueblo reconocieron al ventero del camino de Granada, que cabalmente habia desaparecido algunos dias antes.

Esto parecia bastante para esculpar de todo punto á Calpuc; pero la justicia le hizo cargo de haber detenido al herido en su poder.

Calpuc contestó que el estado del herido le habia obligado á no llevarle á ninguna poblacion, por estar todas mas distante que su asilo, y de no haber dado parte á la justicia por no haber podido separarse de él.

Mediaron algunos cientos de doblones ofrecidos discretamente á la justicia, y se absolvió á Calpuc de la acusacion del asesinato de Miguel Lopez, recayendo todo el peso de este en don Diego de Válor.

Pero como este permaneciese negativo, y por ser hidalgo no pudiese sujetársele al tormento, la Chancillería encontró que, si bien no habia pruebas bastantes para ahorcarle, habia las bastantes para sentenciarle á galeras.

Don Diego fue, pues, degradado, privado de su oficio de regidor perpetuo de la ciudad de Granada, confiscados sus bienes, y condenado por diez años á las galeras de su magestad.

«Pero, añadia la sentencia: en atencion á que el padre y el abuelo del don Diego, sirvieron buena y fielmente los años pasados á los señores reyes católicos y á la señora reina doña Juana, manda la sala, que si doña Elvira de Céspedes, esposa del dicho don Diego, diere á luz un hijo dentro de los nueve meses posteriores á esta sentencia, no recaiga sobre el dicho hijo la infamia de su padre, que herede sus bienes, y si fuese varon, el oficio de regidor perpetuo de la ciudad de Granada, de que estaba en posesion el don Diego.»

Esta sentencia estaba fechada en el mes de setiembre del 1546.

El dia 15 de marzo de 1547, doña Elvira de Céspedes, dió á luz un hijo, que se llamó don Fernando de Válor, y heredó los bienes y el regimiento de su padre con arreglo á la anterior sentencia.

Don Diego de Válor no quiso publicar su deshonra y dejó que heredase su nombre y sus bienes un hijo que no era suyo.

Porque es de advertir que, segun la fecha del nacimiento de don Fernando, debió ser concebido por su madre, durante la ausencia de don Diego y su permanencia en el alcázar del emir de los monfíes.

Cuando Yaye-ebn-Al-Hhamar supo, por una amenazadora carta de doña Elvira, este nacimiento, se estremeció, porque no podia dudar, ni aun por asomo, de que don Fernando de Válor era hijo suyo.

Quince dias después, Yaye recibió otra carta: era de doña Isabel de Válor: antes de leerla le llenó de alegría y despues de leerla de espanto.

Aquella carta tenia sobre sí muchas lágrimas.

«Señor Juan de Andrade, decia: perdonadme si os nombro con el apellido con que os dísteis á conocer de mí: perdonadme tambien si os escribo, porque... á mas de que la crueldad con que me tratásteis la noche que me salvásteis del incendio de la casa de mi hermano para perderme, me obligaria siempre á guardar con vos un silencio provocado por vos mismo, sé que os habeis casado. Dios os haga feliz con vuestra compañera. Pero un sagrado deber me obliga á escribiros. Vuestro delito ha dado resultados funestos. Acabo de dar á luz un hijo... un hijo á quien han bautizado con el nombre de Diego Lopez, con el nombre de un hombre que no es su padre... ¿lo comprendeis bien? porque ese desdichado es vuestro hijo... un dolor y un placer que Dios me envia á un tiempo... porque no pudiéndoos amar, os amaré en él. Pero al mismo tiempo me ha dado Dios con él el remordimiento... de un adulterio, que he cometido al dejar que vuestro hijo herede el nombre y la hacienda de quien no es su padre. Yo he debido decir á voces para que todos me oyeran: ese hijo no es hijo de quien creeis; os engañais... es hijo de otro: Miguel Lopez solo ha tocado mi mano derecha para desposarse conmigo... pero no he tenido valor de decir al mundo: he renegado de mi virtud, he sido adúltera, porque el mundo juzga por las apariencias, he manchado la casta memoria de mi buena madre... no, no he tenido valor para envilecerme delante del mundo, y sobre todo, para envilecer á nuestro hijo, que es inocente. Yo tambien lo soy; bien lo sabeis. Yo soy tan pura ahora como antes de conoceros. Pero nadie me creeria si lo dijese. Vos solo podeis creerme, y me creeis, porque no podeis dudar de mí. Sin embargo, yo no os escribiria, si al dar el primer beso á mi hijo no me hubiese asaltado un terror supersticioso... me ha parecido ver en su frente pura una mancha de sangre; he creido adivinar que esa sangre era vuestra; que un dia vuestro hijo levantaria su mano armada de muerte sobre vos... ¡Oh! me he estremecido; mi corazon se ha helado y en el primer momento ni aun he tenido fuerzas para rogar á Dios. ¡Oh! ¡si un dia vos, emir de los monfíes, os vierais frente á frente con un hijo de los Válor, con un hombre que puede creerse con derecho á la corona de Granada! Quemad, quemad esta carta, señor, despues de que la hayais leido. Comprended los motivos que tengo para advertiros de que Diego Lopez Aben-Aboo es vuestro hijo... por lo demás, yo no os maldigo... yo os amo... os amo con toda mi alma... pero, entendedlo bien... jamás seré vuestra... jamás; aunque enviudárais, aunque desfalleciéseis de amor y de deseo á mis piés, nunca consentiria en ser vuestra. Dios y nuestro deber nos separan. Vos sois casado; yo he muerto ya para todo, para todo, menos para nuestro hijo. Vos sois poderoso, señor; protegedle, protegedle y evitad con cuantas fuerzas podais, los nuevos crímenes que pudieran resultar del crímen que cometísteis contra mi.—Mesina de Bombaron á 31 de marzo de 1547.—Doña Isabel de Córdoba y de Válor.

Yaye sintió que su corazon se rompia al leer esta carta: conoció que su amor, su alma entera pertenecian á Isabel; al saber que doña Elvira de Céspedes habia dado á luz un hijo, se habia irritado, habia acusado de injusto al cielo, habia blasfemado. Pero al saber que doña Isabel era madre, su corazon se quemó de una manera horriblemente dolorosa en un nuevo amor, en un amor que llenaba su ser, pero que le llenaba torturándole: en un amor que era al mismo tiempo para él un remordimiento agudo y cortante como la hoja de una espada. Comprendió cuánto decia para él la acusadora carta de doña Isabel, en la frase de aquella carta en que doña Isabel juraba que aunque muriera de amor á sus piés no seria suya, comprendió que doña Isabel estaba segura de su amor, que creia en él como creia en Dios, que sabia que ella era su paraiso perdido, que estaba escrito que un dia Yaye romperia por todo é iria á mostrarla el volcan de aquel amor. Y esta certeza de ser amado, de ser comprendido, era para Yaye un abismo lleno del fuego del infierno colocado entre él y doña Isabel.

Y entonces volvió con desesperacion la vista á su pasado de un año: vió en aquel pasado la felicidad que habia arrojado de sí con desprecio; recordó con el alma llena de amargas lágrimas, aquella noche que tan duramente rechazó por fanatismo, por ambicion el amor de Isabel: miró á su presente y vió junto á sí una víctima: doña Estrella de Cárdenas, duquesa de la Jarilla, su esposa, que le amaba con toda su alma, y con quien se habia casado sin amarla, por ambicion.

Yaye cerró los ojos á tanta desgracia, hizo un violento esfuerzo sobre sí mismo, lanzó una carcajada de loco y exclamó:

—La felicidad ha muerto para mí; pero me queda la embriaguez de la grandeza; lucharé, venceré, conquistaré un imperio, y ahogaré mis dolores, en el mar de mi gloria.

Luego con los ojos escandencidos y el corazon inerte, guardó la carta de doña Isabel, junto á la que le habia escrito doña Elvira de Céspedes, manifestándole que don Fernando de Válor era su hijo.

Acaso Yaye hubiera hecho bien en quemar aquellas dos cartas como se lo encargaban doña Isabel y doña Elvira.

CAPITULO XXVII De cómo fué el casamiento de Yaye.

Hemos dicho al final del capitulo anterior que Yaye se habia casado con doña Estrella de Cárdenas, duquesa de la Jarilla.

Para demostrar la causa de la nueva situacion en que se encontraban estos dos importantes personajes de nuestra historia, nos vemos obligados, muy á pesar nuestro, á meternos de nuevo en el árido terreno de las investigaciones judiciales.

De buena gana saldriamos del paso diciendo que mediante pruebas bastantes, don Juan de Cárdenas, duque de la Jarilla, habia reconocido por su nieta á Estrella... pero no nos atrevemos á ello, temerosos de que algun lector nos acuse de haberle defraudado de las minuciosidades del reconocimiento. Abordamos, pues, el fárrago á que nos condena en esta ocasion nuestro oficio y empezamos.

Estaba en su casa don Gabriel Coloma, marqués de la Guardia, acabando de dejarse enhevillar su coselete por su escudero, el mismo dia en que entró en Granada el duque de la Jarilla, y se preparaba á montar á caballo para ponerse á las órdenes del capitan general como buen vasallo de su magestad, cuando entró por las puertas de la cámara un hombre lloroso, pálido, asustado, en quien reconoció al escudero de uno de sus mejores amigos.

—¿Qué os sucede, señor Gabriel Saez? le dijo el marqués.

—¿Qué me ha de suceder, triste de mí, contestó el preguntado, sino que mi amo está entre la vida y la muerte?

—¡Diablo! exclamó el marqués, poniéndose serio, ¿que el duque está en peligro de muerte? ¿y donde?

—Aquí, en el Albaicin, en una casa junto á San Gregorio el Alto.

—Pues perdonen el capitan general y su magestad, y suceda lo que quiera, dijo el marqués deshevillándose por si mismo el coselete y arrojándole; vamos á ver á vuestro amo. ¿Habeis venido á caballo, señor Gabriel Saez?

—Si señor.

—Pues adelante.

Y sin decir mas palabra, salió, seguido de Saez, bajó al patio, montó en un caballo que le tenian preparado, montó en su mula Saez, y saliendo de la casa, llegaron en muy poco espacio á la en que, después de su accidente, habia sido recogido el duque de la Jarilla, y delante de su lecho.

Habia vuelto en sí el duque; pero se encontraba en un estado deplorable, y hasta tal punto, que los médicos habian prohibido que se le hablase, ni se le excitase.

Pero no sabian los médicos que tenian que luchar con un carácter de hierro, hasta que, para no excitarle mas, se vieron obligados á permitir que el enfermo hiciese lo que quisiese.

Por resultado de esto, Saez fué á llamar al marqués de la Guardia, y este se encontró delante de su viejo amigo.

—¡He encontrado á mi hija! exclamó con precipitacion el duque, en cuanto vió al marqués y antes de que este pudiese hablar una palabra.

—¡A vuestra hija! ¿á la que os robaron hace tantos años los indios mejicanos?

—¡Sí, sí! ¡la he encontrado! exclamó creciendo en su anhelo el duque.

—¡Pues me alegro, vive Dios! ¡me alegro! exclamó el marqués.

—¡Pero la he encontrado muerta! ¡muerta!

Y el anciano rompió á llorar.

El marqués se mordió la lengua.

—¡Ira de Dios! dijo, ¡y yo que me habia alegrado!

—¡Muerta! repitió con desesperacion el duque. ¿Comprendeis, lo que es para un padre encontrarse muerta una hija á quien he llorado por espacio de veinte y dos años: ¡muerta y miserable!

—¿Pero cómo ha sido eso señor? exclamó el marqués que estaba atortolado é incómodo por aquel duelo que se le habia venido encima, á él, que era el hombre mas alegre del mundo y que mas aborrecia los llantos y los gemidos.

—Cuéntaselo tú, Gabriel, dijo el duque, tú que no eres su padre y recordarás mejor.

El escudero contó al marqués circunstanciadamente su encuentro imprevisto con el cadáver de doña Inés, la conversacion con el alguacil Picote, y el accidente de su señor.

—Con que resulta, dijo el marqués, que teneis una nieta, don Juan.

—Sí; sí señor; que tengo una nieta, y que esa nieta se ha perdido.

—¿Pero no está preso el hombre que mató al capitan Sedeño?

—Si, si por cierto.

—Pues bien, dijo el marqués, por el hilo se saca el ovillo, y ya que la muerte de vuestra hija no tiene remedio, procurad vivir para vuestra nieta.

—Es necesario que mi nieta parezca, dijo el duque.

—Si, es preciso, repitió maquinalmente el marqués.

—Y os he llamado para que la busqueis, don Gabriel.

—¿Para que yo busque á vuestra nieta?

—Si por cierto. ¿No veis que yo estoy sujeto en este lecho de maldicion?

El marqués de la Guardia meditó que tenia un pretexto para escapar de aquella situacion que le fastidiaba y se apresuró á decir:

—Habeis hecho bien en acordaros de mí, don Juan, y en el momento voy á hacer las primeras diligencias. ¿No decís que ese alguacil con quien hablásteis, vive en la Caldereria y que se llama Picote?

—Si señor, contestó Saez.

—Pues bien, voy al momento á ver al alguacil. Reposad vos entre tanto y sed dócil á lo que os ordenen los médicos. El alguacil Picote... en la Caldereria... adios, don Juan, hasta la vista.

Y escapó, montó á caballo y se alejó á buen paso, burlando á Saez que queria darle algunas instrucciones.

—¡Ira de Dios! exclamó el marqués: ¡pues échese vuesamerced á buscar niñas perdidas! ¡encárguese de un negocio en que habrá pleito y ruido! porque los parientes del duque no se han de dejar arrancar la herencia! ¡Bah! que se componga allá como pueda mi viejo amigo: por hoy tengo pretexto con la jarana que se prepara; despues... despues... don Juan se muere dentro de veinticuatro horas, sino le queman antes los moriscos, y asunto concluido.

De repente, un pensamiento como suyo vino á hacer variar de resolucion al marqués.

—¡Diablo! dijo: ¿y si la niña perdida fuera una buena moza?

Este pensamiento bastó para que el marqués hiciese variar de direccion á su caballo y se pusiese en demanda de la Calderería y del alguacil Picote.

Llegó, y como todo el mundo conocia en la vecindad al tal ministro, el marqués se encontró en un zaquizami, delante de una robusta moza como de veinte y seis años, á quien por todo saludo tomó la cara. Esto demostraba que la esposa de Picote estaba sola, y que era mujer de buen empaque.

A las pocas palabras el marqués se entabló en la casa y obtuvo una doble cita; una para el marido y otra para la mujer.

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El marqués de la Guardia.

Al salir el marqués se atusó el vigote, montó á caballo y se alejó murmurando.

—Pues señor, los principios de mi aventura no son malos: yo no conocia á la mujer de ese alguacil, y es una moza completa la mujer del tal Picote.

En seguida el marqués fué á presentarse al capitan general.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Al dia siguiente Granada estaba tranquila, y el marqués pudo dar algunas esperanzas á su amigo y seguir en sus investigaciones.

Entre tanto la justicia, á instancias del duque de la Jarilla, habia careado á Calpuc con el cadáver de su esposa; se habian comprobado el rizo negro y el pedazo de sábana; el mejicano habia declarado que aquel cadáver era el de su esposa; que tenia una hija llamada doña Estrella; que era cristiano, como eran cristianas su esposa y su hija; refirió, en fin, su historia entera: presentó como comprobantes su partida de desposorio, y la partida de bautismo de su hija, y citó el acto de su retractacion de la idolatría, que se habia encontrado en el subterráneo de las Alpujarras, autorizados los tres documentos por las venerables firmas de los dos religiosos dominicos, fray Luis de Saavedra y fray Diego de Rojas: declaró asimismo que al venir á Europa y á España, habia dado libertad á los dos religiosos: que uno estaba en la casa de su órden de Salamanca, y el otro en la de Avila.

Llamaron á los dos religiosos, que por fortuna vivian, y estos decidieron la cuestion declararon unánimemente, que Calpuc era rey del desierto mejícano, que en sus mismos dominios habia profesado, aunque secretamente, la religion católica; que se habia casado con la dama cuyo retrato despues de muerta se les presentaba; que siempre habian oido decir á aquella dama, que era hija del adelantado de la frontera del desierto, duque de la Jarilla; que tenian los esposos una hija llamada doña Estrella, muy semejante á su madre, y por último, que el capitan de infanteria Alvaro de Sedeño, cuyo retrato, aunque de su cadáver, reconocian, las habia arrebatado á Calpuc diez años antes.

Hemos hablado de los retratos de los dos cadáveres: estos se habian mandado hacer por la Chancilleria, por no encontrarse medio para conservar los cadáveres durante una tan larga probanza. Aquellos dos retratos, pues, eran dos testimonios pintados, legalizados en forma.

Los herederos del duque habian interpuesto su accion pretendiendo probar que aquel cadáver no era el de doña Inés de Cárdenas; pero tales fueron las pruebas y los doblones del duque y de Calpuc, que la verdad resplandeció á despecho de los herederos que temian, no por doña Inés, que no podia heredar, sino por aquella hija de doña Inés, que podia parecer de un momento á otro.

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gentilmente hacia Estrella.

En cuanto á Calpuc, libre de la acusacion del asesinato de Miguel Lopez, no resultando contra él ninguna prueba de traicion al rey, y teniendo en su abono su conversion y sus desgracias, la Chancilleria opinó que la muerte que habia dado al capitan Sedeño, merecia en gran parte disculpa, y, mediando el indulto del emperador por ciertos extremos que necesitaba indulto, fué puesto en libertad, como asimismo el platero Franz, contra el cual no resultaba mas cargo que haber acogido á Calpuc.

Además de esto, el duque de la Jarilla se habia restablecido un tanto, aunque envejeciendo diez años, y todo iba bien, menos el asunto de que se habia encargado el marqués de la Guardia: esto es, el encuentro de Estrella.

En vano el alguacil Picote, de cuya casa con lo mejor que contenia, esto es, su mujer, se habia apoderado el marqués, revolvió, y fué y vino por sí mismo y por medio de sus compañeros. Eran pasados dos meses desde la muerte de doña Inés, y su hija Estrella no parecia.

La jóven, que habia venido á ser la cuarta estrella de la casa en que vivia, y la mas hermosa (nosotros tenemos los retratos de las otras tres estrellas en nuestra carpeta), doña Estrella decimos, vivia triste y creyéndose abandonada por Yaye, aunque asistida como una reina por Harum.

Desde la noche en que Yaye se habia separado de ella, no le habia vuelto á ver ni recibido noticias suyas. Esto consistia en que Yaye, por razon de la muerte de su padre, habia entrado de lleno en la posesion de su alta dignidad de emir, y en que necesitaba, no solo darse á conocer como valiente á sus monfíes, sino tambien vengar en los cristianos de las Alpujarras la muerte de Yuzuf.

Durante aquellos dos meses, incendió, saqueó y ensangrentó algunas villas con gran contento y aplauso de los monfíes, que vieron que Yuzuf habia sido dignamente reemplazado por su hijo, y en todo este tiempo Yaye no se cuidó de otra cosa, ni envió noticias suyas á Harum, ni se las pidió de Estrella.

Esta, por orgullo, no preguntaba por Yaye: Harum, que miraba con un profundo respeto á la jóven, como á todo lo que provenia del emir, tampoco la hablaba sino cuando ella le dirigia la palabra, obedeciendola, de una manera ciega.

Durante algunos dias, la enamorada jóven lo esperó todo de Yaye; pero pasó una semana y otra y un mes, y Yaye no parecia. Entonces Estrella se decidió á obrar por si misma; á provocar un conocimiento extraño, por medio del cual pudiese ponerse en contacto con su abuelo el duque de la Jarilla.

Mandó á Harum que la procurase ropas de calle, un libro de devociones y un manto. Harum le procuró todas estas cosas. Cuando Estrella las tuvo, le dijo que queria ir todos los dias á misa á la parroquia mas próxima.

Harum, aunque con repugnancia, acompañó desde entonces á misa todos los dias por la mañana á Estrella, llevándola á la iglesia de San Gregorio el Alto.

Durante ocho dias, Estrella que habia contado con su juventud y su hermosura para procurarse un noble conocimiento que la sirviese para dar con su abuelo, notó que á la iglesia de San Gregorio, la mas alta y lejana del Albaicin, solo concurrian pobres gentes y toscos trabajadores, que se asombraban de ver todos los dias á una dama tan hermosa, en aquella iglesia donde no acostumbraban á ir damas.

Estrella pidió á Harum que la llevase á una iglesia mas concurrida. Harum, por mas que le disgustase este afan de dejarse ver, en una dama por la cual podia interesarse su señor, aunque solo le habia mandado que la obedeciera como si fuera su hermana, la llevó á la colegiata del Salvador; pero aunque en aquellos tiempos era la tal iglesia muy concurrida, iba á ella la jóven demasiado temprano para encontrar en ella gente noble. Entonces preguntó á Harum á que hora concurria á la iglesia la gente principal. Harum la contestó un tanto contrariado, que á la misa de hora.

—Pues, bien, dijo Estrella; quiero ir á la misa de hora.

—Para ello será necesario que vayais mejor prendida, en litera, y con noble servidumbre, observó Harum.

—Pues bien; comprad lo que fuere menester.

Harum procuró á Estrella nobles y ricos trages y una litera de córte y la hizo acompañar por sus monfíes disfrazados de pajes, que la llevaban el cogin y la silla: no bastando para estos gastos el dinero que le habia dejado Yaye, Harum se vió obligado á empeñar sus mejores prendas. Pero Estrella fue vista y admirada el domingo inmediato por la gente mas noble de Granada.

Sin embargo, durante tres dias de fiesta, aunque la miraron con codicia muchos hidalgos jóvenes y viejos, y aunque Estrella, que ansiaba tener un instrumento de quien valerse, no fuese muy esquiva de semblante, ninguno, al verla tan bien acompañada y por un hombre tan cegijunto como Harum, se atrevió á seguirla ni á ponerse en conquista. Pero la fama de la hermosa desconocida cundió entre lo que podia llamarse entonces buena sociedad, por boca de damas y galanes, y llegó á oidos del marqués de la Guardia.

Don Gabriel jamás dejaba de acudir allí donde se presentaba un nuevo sol entre los soles conocidos, y tanto oyó ponderar la belleza y el boato de la incógnita, que al primer dia de fiesta, se aliñó, se tiñó las canas, se puso sus mejores prendas, y antes de la misa de hora fué á plantarse junto á la pila del agua bendita en la iglesia del Salvador.

Ya estaba cansado el marqués de ofrecer agua á todas las damas conocidas suyas, jóvenes y viejas, que iban entrando sucesivamente, cuando se presentó Estrella.

Al ver el marqués á una jóven tan hermosa, tan bien prendida, tan noblemente acompañada, y á quien no conocia, dijo para sí:

—Esta debe ser la famosa incógnita.

Y sumergiendo dos dedos de su mano diestra en la pila, adelantó gentilmente hácia Estrella, la saludó con una sonrisa tal y tan noble como quien á ellas estaba acostumbrado, y la ofreció el agua bendita. Estrella la tomó con suma gracia y pasó sonriendo levemente al marqués, y desplomando sobre sus ojos una mirada, que á poco mas hace un destrozo en el corazon de don Gabriel.

—Decididamente, dijo este, cuando se hubo repuesto: es la mujer mas hermosa que he visto en toda mi vida.

El marqués no oyó misa, ni vió otra cosa que á Estrella que se habia arrodillado junto al presbiterio. La jóven, como sabemos, tenia interés en hacerse con un instrumento, y tales fueron sus frecuentes y al parecer impresionadas miradas al marqués, que este acabó de volverse loco.

Cuando salieron, don Gabriel siguió á Estrella á pesar de Harum, que de tiempo en tiempo le miraba fosco, como un mastin que olfatea al lobo.

Don Gabriel supo donde vivia Estrella, pero supo tambien que su casa no tenia resquicio ni respiradero.

Rondó, fué y vino durante tres dias; pero siempre vió la casa cerrada y muda. El cuarto dia era de fiesta. Don Gabriel fué á la misa de hora provisto de un billete en que declaraba su amor á Estrella, y la suplicaba que, si la era posible, fuese al dia siguiente á las ocho á misa á la misma iglesia, para darle la sentencia de vida ó muerte.

Cuando Estrella entró, don Gabriel, al ofrecerla el agua bendita, la deslizó en la mano el billete. Estrella le tomó recatadamente; pero no se sonrió, ni miró al marqués durante la misa, manteniéndose grave y seria. El marqués se desesperó creyendo que habia errado el golpe por precipitacion y se abstuvo de seguirla cuando salió.

Sin embargo, al dia siguiente, entre temor y esperanza, fué antes de las ocho á la iglesia del Salvador.

Poco después entró Estrella, seguida, como siempre, de los dos pajes y del receloso Harum. El marqués adelantó hácia ella trémulo y pálido, y al tomar Estrella el agua bendita, dejó en su mano un pequeño billete.

Jamás pareció mas larga una misa á don Gabriel; concluyóse al fin; doña Estrella pasó junto á él, le saludó y desapareció. El marqués abrió con ansia en el mismo vestíbulo del templo el billete y vió que contenia lo siguiente:

«Señor marqués de la Guardia: os contestaré al billete que me entregásteis ayer, cuando tenga algo que agradeceros, y para que eso pueda suceder, voy á presentaros la ocasion de servirme. Necesito que don Juan de Cárdenas, duque de la Jarilla, mi abuelo...

Al llegar á esta frase don Gabriel, lanzó un grito de alegría, arrugó el billete y le besó frenético; luego le desarrugó lentamente con placer, con el alma inundada de delicia y prosiguió la lectura.

»... Necesito que don Juan de Cárdenas, mi abuelo, sepa que tiene una nieta, que esta nieta está sola en el mundo, que tiene medios para probarle su parentesco y que necesita su noble y paternal amparo. Buscad al duque, mi abuelo, y decidle dónde vivo. Cuando el duque me haya reconocido, entonces, señor marqués, veré lo que debo contestar á vuestra peticion, y se aclarará para vos el misterio de este encargo que os hago, contando con que, como noble, me servireis.—Doña Estrella de Cárdenas.»

El primer impulso de don Gabriel fue correr á casa del duque y mostrarle el billete; pero meditó que el duque sabia que era casado, y su paso se hizo mas lento, reprimido por su meditacion.

—Pues bien, dijo el marqués, no hay necesidad de mostrarle el billete; le diré que he encontrado á su nieta, y si me pregunta el cómo, inventaré una mentira cualquiera. Vamos á casa del duque. Es necesario que doña Estrella me esté agradecida, y ademas, tenia picado mi amor propio por no haber podido dar con ella. ¡Ya se ve! ¿ Quién habia de figurarse?... Decididamente soy un hombre de suerte.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Al mediar aquel mismo dia, Harum se encontró sériamente sorprendido, al ver que llamaba á la puerta de su casa la justicia.

Eran un alcalde de casa y córte, un escribano y cuatro alguaciles, á los cuales acompañaban el duque de la Jarilla y el marqués de la Guardia, con algunos criados armados.

—¿Cómo os llamáis? dijo severamente el alcalde á Harum.

—Pedro de Xeniz, contestó Harum con entereza.

—¿Quién vive en vuestra casa?

—Una dama que se llama doña Estrella y...

—Basta, dijo el alcalde; en nombre del rey llevadnos á la presencia de esa señora.

Harum, cediendo á las circunstancias, introdujo al alcalde, al escribano, al duque de la Jarilla y al marqués de la Guardia, en una sala del piso bajo á donde estaba Estrella.

Al verla el duque, la reconoció: tan parecida era á su hija cuando tenia la misma edad, con la sola diferencia de que era morena y de que su semblante revelaba de una manera inequívoca el tipo indígena mejicano.

El duque se arrojó entre los brazos de Estrella.

—¡Sí! ¡sí! exclamó, cubriéndola de besos y lágrimas; ¡tú eres, si, la hija de mi pobre Inés, la hija de mi alma! ¡tú semblante lo está diciendo á voces! ¡sus mismos ojos, su misma frente, su misma pureza, y luego... el color de tu padre!... ¡Ah, Dios mio! ¡Dios mio!

Y el viejo, no pudiendo resistir mas á su emocion, cayó desfallecido entre los brazos de Estrella, que se vió precisada á sostenerle.

La jóven lloraba; todos estaban conmovidos: solo Harum se mostraba hosco y receloso.

El duque habia perdido el conocimiento.

—Es necesario concluir, dijo el marqués; vuestro abuelo, señora, no ha podido resistir á tanta felicidad. Concluid, señor alcalde, mientras yo voy á buscar dos literas.

El alcalde se dirigió á Estrella.

—¿Reconoceis por vuestro abuelo al señor duque de la Jarilla? dijo.

—Soy nieta del duque de la Jarilla, contestó Estrella, sin dejar de atender con una tierna solicitud al anciano.

—¿Sois casada? repuso el alcalde.

—No, señor; soy enteramente libre.

—¿Estais, pues, dispuesta á trasladaros á la casa de vuestro abuelo?

—Sí señor.

—¿Habeis estado por vuestra voluntad en esta casa?

—Sí señor; y solo tengo motivos de agradecimiento para con el honrado Pedro el Xeniz, y para con su señor. Ellos fueron los que me salvaron del infame Alvaro de Sedeño; ellos los que procuraron á mi madre una muerte tranquila.

—¿Conque vos no sois el dueño de esta casa? añadió el alcalde dirigiéndose á Harum.

—No señor.

—¿Quién es vuestro amo?

—El señor Juan de Andrade.

—¿Y dónde está?

—Ausente.

—Puesto que contra vos no hay ninguna queja, os encargo que aviseis á vuestro señor de lo que acontece y de que su presencia será muy necesaria en Granada para ciertas probanzas.

—Muy bien, señor.

—¿Habeis concluido ya, señor alcalde? dijo don Gabriel entrando en la estancia.

—De todo punto.

—¿De modo que podremos trasladar al señor duque y á doña Estrella á su casa?

—Sí señor.

—Esperad un momento, dijo Estrella.

Y se apartó á un lado con Harum, á quien habló en voz baja lo siguiente:

—Decid á vuestro señor, que me perdone por el paso que he dado sin su conocimiento; vos sabeis que durante un mes no he salido de esta casa; pero me importaba encontrar á mi familia. Decidle que me encontrará siempre en casa de mi abuelo; que no me moveré de Granada hasta que le vea y... añadidle, dijo Estrella cubierta de rubor y con los ojos arrasados en lágrimas, que no puedo vivir sin él.

—¡Ah, señora! ¡que Dios os haga feliz! contestó Harum.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Apenas habian salido de la casa Estrella, su abuelo, á quien la alegría habia puesto en un estado lamentable, el marqués de la Guardia, que iba formando castillos en el aire, y el alcalde y el escribano, que ajustaban in mente la suma de las costas de la diligencia que acababan de practicar, cuando Harum, irritado, hosco y mohino, sacó un caballo de las cuadras, montó en él y se fué á buscar al emir de los monfíes de las Alpujarras.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Estrella fue reconocida por su abuelo y por su padre: los dos religiosos dominicos declararon que era la misma doña Estrella que diez años antes habia sido arrebatada del desierto por el capitan Alonso de Sedeño; reconociéronse como buenas pruebas el retrato y el manuscrito que doña Inés habia dado á su hija antes de morir, y á despecho de los parientes del duque, doña Estrella fue declarada su nieta, y su heredera legítima.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

El duque, que habia podido resistir al dolor de la pérdida de su hija, no pudo resistir á la alegría del encuentro de su nieta, y murió perdonando á Calpuc, y llamándole su hijo.

Doña Estrella le heredó y se encontró jóven, hermosa, libre, duquesa de la Jarilla, grande de España y riquísima por sus rentas y por el dinero que habia acumulado su abuelo durante su retiro.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Pasó un mes desde la muerte del duque y ninguna noticia tenia Estrella de Yaye.

El marqués de la Guardia entre tanto importunaba á la jóven con sus amores.

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