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Los monfíes de las Alpujarras

TERCERA PARTE. LA REBELION. (continued 4)

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Todos se sentaron; Yaye se sentó pero en una actitud valiente inclinado hácia el concurso á quien dominaba desde su alto asiento.

—Veo reunidos aquí, dijo paseando sus miradas por la sala, lo mas notable del reino: el anciano y sabio Abul Ben-Eden, xeque del Albaicin, el prudente Aben-Coraixí, la familia entera de los Homaiditas, el fiel Hardon, los buenos y leales xeques de la Vega, y permitidme que lo diga, el cedro del Islam, el leon de la ley, la espada de exterminio, el valiente entre los valientes, Farax-aben-Farax el último que queda de la generosa tribu de los Ben-Serajis[19], entre vosotros hay hombres que han nacido conmigo, y de los cuales conoceis muy pocos: el valiente Harum el Geniz, mi wazir, el Partal y alguno otro: los demás son mis walíes, mis brabos walíes, los que acaudillan mis monfíes, y tienen siempre teñidas en sangre fresca sus espadas. Veo ademas prestándonos su ayuda el noble Aben-Jahuar-el-Zaquer, y asiste entre nosotros para iluminarnos con su ciencia el sabio faquí Abul-Hassam.

Detúvose un punto Yaye y luego continuó.

—El lugar que ocupo sobre vosotros, nada significa sino que el emir de los monfíes, que ha nacido sobre un trono, ocupa el trono que ha sustentado con su espada: pero este no es el trono del reino, sino el trono de las Alpujarras. El que vosotros elijais por rey, ocupará un asiento en este trono á mi derecha, será mi hermano, y como nos habremos sentado en un mismo divan, combatiremos juntos por la libertad de la patria, y por el restablecimiento de la ley. Esto tenia que deciros y ya os lo he dicho, me habeis llamado y he venido; necesitais para levantaros mi ejército, y ya está aparejado y pronto para la pelea. Ahora, vosotros, xeques y caballeros, tratad de lo que os pareciere conveniente para la salud de la patria y para la eleccion del rey que ha de gobernaros.

Guardó silencio Yaye, y seguidamente se levantó el xeque mas anciano del Albaicin, y apoyado en un baston dijo con la voz mas segura y robusta que lo que se podia esperar de sus años.

—El momento de probar si somos dignos de vivir como hombres, ó de gemir y llorar nuestra ignominia como esclavos, ha llegado, poderoso emir, nobles hermanos. Los capítulos que hace tanto tiempo estamos evitando que se cumplan, van á ser al fin llevados á cabo, ¿qué digo que van á ser llevados? ¿Acaso los alguaciles y las guardas que nos hace pagar el presidente Deza no se atreven á entrar en nuestras casas? ¿no obligan á nuestras mujeres á que lleven el rostro descubierto? ¿no nos vedan nuestros baños? ¿no nos obligan á tener las puertas abiertas el dia de viernes y los domingos? ¿Ya cuando nace entre nosotros un desventurado, podemos celebrar la fiesta de las buenas hadas, ni ya nuestras doncellas pueden regozijarse con las leilas y las zambras? Vienen casa por casa, regístranlas, nos cuentan como cabezas de ganado y nos empadronan. Llevan nuestros pequeñuelos á las iglesias y los bautizan: oblígannos á ir á misa, cada dia, y despues de hacernos adorar figuras: despues de predicarnos abominaciones, sacan un papel y allí nombran desde el mas pequeño hasta el mas grande y al que falta le buscan y le prenden. ¿Pero á qué he de repetiros lo que todos sabeis y no es necesario recordaros, ni aun para excitar vuestra cólera que harto sublevada está contra tantas infamias? Ya ha pasado el tiempo de las lamentaciones y llegado es el de la venganza. Y puesto que el valiente emir de los monfíes nos ayuda, abreviemos de pláticas y elijamos rey que nos gobierne.

Sentóse Abul-Ben-Eden, y aprovechando su silencio Aben-Jahuar el Zaquer, tio de Aben-Humeya, dijo con voz robusta adelantando hácia el centro.

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Farax-aben-Farax.

—Sí, llegada es la hora de la venganza, pero aun no es ocioso representar nuestras miserias á algunos que creen que aun pueden esperarse treguas de nuestros verdugos, y ¿por qué no hemos de justificar la causa que nos impulsa á levantarnos armados con toda nuestra indignacion? ¿por qué no hemos de recordar la opresion en que estamos, sujetos á letrados y legos y no menos esclavos que si lo fuésemos? ¿Las mujeres, los hijos, las haciendas y nuestras propias personas al arbitrio de nuestros enemigos, sin esperanza en muchos siglos de vernos fuera de tal servidumbre, sufriendo tiranías y tributos, y privados del asilo en los lugares de señorío y en las iglesias, haciéndonos con esto de peor condicion que los castellanos, pero obligados bajo pena de dinero á ir á rezar á las iglesias? Los clérigos se enriquecen á costa nuestra, no tenemos acogida ni en Dios ni en los hombres, los cristianos nos desprecian llamándonos moros, y los moros nos niegan su ayuda creyéndonos cristianos: mándasenos que no hablemos nuestra lengua cuando no sabemos la castellana, y no sabemos en qué lengua nos hemos de expresar, ni cómo pedir las cosas; como sino se pudiese ser cristiano hablando en arábigo, y moro hablando la lengua castellana. Llevan á nuestros hijos á sus congregaciones y á sus escuelas, y les enseñan artes prohibidas por nuestra ley: á cada momento nos amenazan con arrebatarlos del pecho de sus madres y de la enseñanza de sus padres, y llevarlos á extrañas tierras, donde olviden nuestras costumbres y aprendan á ser enemigos de los padres que los engendraron y de las madres que los parieron. Nos mandan dejar nuestro trage y vestir el castellano, como si trajéramos la ley en el vestido y no en el corazon; nuestras haciendas no bastan (tan pobres nos han dejado ya) para comprar los nuevos trages para nosotros y nuestras familias: de las ropas que tenemos no nos podemos valer, porque nadie compra lo que no ha de vestir: para llevado es prohibido; para vendido inútil. Si mendigamos, nadie nos socorre como á pobres, porque somos pelados como ricos. Nuestros pasados quedaron tan pobres en las guerras contra Castilla, que, cuando casó su hija el famoso Alí-Athar, alcaide de Loja, pariente de algunos de los que aquí nos hallamos, se vió en la necesidad de buscar prestados vestidos para la boda. Nos privan del servicio de los esclavos negros y no nos permiten los blancos. Los habiamos comprado criado y mantenido, y nos vemos sujetos á otra nueva pérdida. ¿Quién nos servirá? ¿qué haremos, cuando á nuestras hijas y á nuestras mujeres que van con los rostros cubiertos á servirnos y á proveer de lo necesario sus casas se las manda descubrir los rostros? Son vistas y codiciadas y requeridas, y la deshonra penetra entre nosotros, y no se sabe cuál es la que da ocasion á la avilantez de los codiciosos. Nos obligan á tener las casas abiertas, para que pueda entrar á todas horas el ladron, el impuro, el adúltero. Nos quitan la alegría de nuestras fiestas y nos prohiben los baños, que son la salud y la limpieza de nuestras mujeres: las veremos en nuestras casas, tristes, sucias, enfermas, donde tenian la limpieza por contentamiento y por vestido[20]. ¿Y queréis que no recordemos tales injurias? ¿quereis que no digamos á cuanto somos obligados por nuestra patria y por nosotros mismos?

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Reunion de los moriscos para elegir rey.

—Lo que queremos, dijo Farax-aben-Farax con arranque, no es que se nos diga, lo que todos sabemos, lo que todos sentimos, por que lo tenemos delante de los ojos. Lo que queremos son menos palabras y mas obras: veinte años y mas llevamos de hablar, y de gemir, y de rescatar con oro nuestra servidumbre: ¿será que ahora tambien ha de quedarse todo en palabras?

—¡Acuérdate Farax! dijo con voz grave Yaye: ¡acuérdate! hace veinte y dos años, subieron al Albaicin, el capitan general con sus banderas, la Chancilleria con sus oidores, el ayuntamiento con sus veinticuatros, la Inquisicion con sus frailes: la ciudad estaba llena de soldados y de piezas de artillería; un pregonero nos leyó su edicto, cuyos capítulos nos llenaron y nos llenan de indignacion: hasta entonces, aunque aquel edicto era ya antiguo, no se habia cumplido. Tú y yo, y muchos de los que aquí estan, y muchos que han pasado ya de esta vida, oimos en silencio, transportados de cólera aquel pregon infame: entonces... ¡acuérdate! yo, apenas habian salido de la Plaza Larga, los tiranos, llamé al pueblo á la insurreccion: entonces ¡acuérdate, Farax! entonces, dijiste tú: ¡no tenemos armas! entonces un noble anciano, el padre de los moriscos del reino, el noble Abd-el-Gewar, que ya no existe, dijo: ¡Tenemos oro! los jóvenes tenian miedo; los viejos apelaban al dinero, para entretener con la codicia de los cristianos el cumplimiento del edicto. Yo comprendia demasiado aunque jóven, que no haciamos mas que dar largas á la tiranía, que el oro acabaria por concluirse y que seria tarde cuando apelaramos al hierro. Mis temores de entonces se han cumplido: nuestros hermanos, nuestras mujeres, nuestros hijos, han sufrido veinte y dos años de martirio inútil, durante los cuales el vencedor ha aprendido la manera de aterrarnos y el modo de combatirnos. Solo yo, solo los valientes que han vivido conmigo en la montaña, no podemos acusarnos de haber contribuido á las desgracias de la patria con nuestro apocamiento, con nuestra cobardia.

—¡Nos llamas cobardes! exclamó cerrando los puños y lívido de cólera Farax-aben-Fraax.

—En una sola ocasion, continuó Yaye, sin dar muestras de haber notado el furor de Farax, pretendisteis alzaros: yo era el capitan del alzamiento: mi padre venia en socorro de Granada por los desfiladeros de la sierra; vendidos por una traicion miserable los monfíes, mi padre murió peleando por vosotros, y vosotros al saber que quedábais solos, temblásteis de espanto y corrísteis, arrojando las armas, á esconderos en vuestras casas.

Levantóse un murmullo de disgusto.

—Por mas que os pese, digo la verdad, continuó con energía Yaye levantándose del divan; y testifican esa verdad los veintidos años de ignominia que han pasado para vosotros. Yo lo he sacrificado todo por la patria; yo he herido en el corazon al rey de España, y para herirle me he herido á mí mismo: yo os he incitado contínuamente al levantamiento, y vosotros habeis contestado siempre á mis excitadores: ¡tenemos oro! ¡os habeis arrastrado humildes ante el Presidente, ante el Capitan general! ¡os habeis llamado fieles vasallos del rey de España, habeis confesado la religion de los cristianos, habeis poblado sus iglesias, y no habeis preferido á tanta humillacion, á tanta deshonra, el ir á vivir entre las breñas donde viven mis monfíes, cambiando con el cristiano, como ellos, hierro por hierro, sangre por sangre!

Callaban todos dominados por la voz tonante de Yaye.

—Al fin me habeis llamado, continuó este despues de un momento de silencio: al fin habeis recurrido al último extremo: á la guerra, cuando ya no teneis oro, cuando los ministros del rey de España os despedazan despues de haberos chupado: no teneis oro, ni armas...

—Pero tenemos sangre, emir, contestó levantándose con una energía superior á sus años el viejo Abul-ben-Eden.

—Me habeis llamado y he venido, continuó Yaye; no teneis oro ni armas: pero acaba de decirlo el noble Abul-ben-Eden: teneis sangre. Yo tengo tesoros y soldados: tesoros inagotables, soldados fuertes como robles y bravos como leones. He sacrificado mucho por la patria, mi corazon está desgarrado, muerta mi esperanza, pero me queda aun mas que sacrificaros y os lo sacrificaré. Yo bien pudiera deciros: soy vuestro rey: sé que me elegiriais sin dudar, pero no quiero que se crea mi ayuda interesada: os prevengo que sera inutil que me elijais por que no habrá poder humano que me haga aceptar: muchos de vosotros me conoceis y sabeis que mi voluntad es firme como una roca. Elegid, pues, á otro. Pero antes, y como sé que hay algunos que aspiran á la corona de un reino que aun existe, que es necesario conquistar, quiero deciros el estado en que se encuentra España en estos momentos, las fuerzas con que contamos y lo funesta que seria para la patria una division entre nosotros. España esta amenazada por todas partes: recela de Inglaterra, es enemiga de Francia, combate en Flandes y en Italia. El rey no tiene ni dineros, ni galeras: sus ejércitos no bastan para sus cuidados; la gente es valdia y floja por mal pagada, las galeras estan mal armadas, y los capitanes y cabos del ejército disgustados: Europa entera se conmueve bajo una terrible lucha religiosa, en que combaten los católicos con los sectarios de Lutero: por otra parte crece el poder del gran Selim II, que nos ayudará con todas sus fuerzas, y los corsarios de Africa llenaran el mar delante de nuestras costas: si nos unimos, si marchamos todos como hermanos contra los ejércitos del rey de España, las Alpujarras seran para nosotros, lo que fueron en otro tiempo las montañas de Asturias para los cristianos: si unidos desplegamos todas nuestras fuerzas, si obedecemos á una sola voz, si caemos sobre Granada y la entramos (que no es difícil), al ver nuestros pendones clavados en el alcazar de la Alhambra, al contemplarnos honrados por el triunfo, nuestros hermanos de Africa y de Constantinopla se prestaran á ayudarnos, y formidables ejércitos inundaran la España, é innumerables galeras cubriran los mares: pero si les damos la muestra con nuestras divisiones de una guerra oscura, sin triunfos, llevada de breña en breña, y de valle en valle, nos abandonaran á nosotros mismos, que no podremos resistir á los ejércitos de España: sino hemos de luchar como debemos, mas vale que nada hagamos: si hemos de ser esclavos, seámoslo sin irritar con la resistencia á nuestros enemigos. Es cuanto tenia que deciros. Elegid rey.

—En otros tiempos, dijo Aben-Jahuar el Zaquer, cuando era necesaria una eleccion, nuestros abuelos consultaban á los sabios, á los alimes de Dios, y el Altísimo por medio de ellos, expresaba su voluntad: ¿por qué no hemos de hacer ahora lo mismo?

—¿Y quién es el sabio, que nos ha de decir la sentencia de las estrellas, dijo con sarcasmo Farax-aben-Farax?

—Entre nosotros hay un hombre de Dios, dijo uno de los parciales de Aben-Jahuar.

—¿Y quién es ese hombre? dijo Farax.

—El sabio Abul-Hassam, el faquí.

Al escuchar este nombre, que era muy respetado por el fanatismo de los moriscos, se escuchó un murmullo de respeto.

Farax conoció que estaba vencido y calló.

Abul-Hassam comprendió que estaba ayudado por la situacion y adelantó grave y mesurado, cruzados los brazos, ocultas las manos en las anchas mangas de su caftan, y con la cabeza inclinada.

—Yo veo tres gigantes, á quienes siguen otros mas pequeños: dijo despues de algunos segundos de silencio: el primero es el rey de España: el segundo, representa á las gentes de iglesia; el tercero á las gentes de justicia; los restantes á las gentes de guerra, rapaces y aventureras. Estos demonios, castigaran al mundo con sus crueldades y tiranías, hasta que el Altísimo permita que se levante en frente de ellos, armado de armas resplandecientes, un rey poderoso, que seguirá la ley del enviado Profeta de Dios: y este rey será el que está contenido en esta profecia escrita en metros por el sabio Tauca el Hamema, cuyo nombre significa pecho de la paloma, comparando su hermosura y elegancia, con la hermosura de los colores del pecho de esta ave.

Y Abul-Hassam, sacó un largo pergamino que desenrolló, en el cual leyó lo siguiente:

«En el nombre de Dios piadoso y misericordioso.

»Las alabanzas sean á Dios solo, que no hay otro sino él.

»Oid lo que dijo el Altísimo á su escogido:

»Cuando viéres las mujeres correr tras los hombres, sin empacho ni vergüenza,

»Y creciere el logro y lo mal ganado en los hombres,

»Y tomaren por ley la injuria y los homicidios,

»Y se multiplicase la inobediencia de hijos á padres;

»Cuando vieres abatido al buen creyente, y ser los sabios perseguidos hasta servir á los malos;

»Cuando viéres poblados todos los encuentros de tu casa de lo ilícito y mal ganado,

»Y desamparares á tu hermano y obedecieres á tu amigo;

»Cuando viéres la madre caduca ganar con sus hijas entre los hombres,

»Y salir el hijo de la obediencia de su padre y obedecer á su mujer en todo negocio;

»Cuando viéres las pinturas prohibidas en los templos,

»Y las mujeres entregadas á todo linage de licencias,

»Y los hombres de religion vivir en ricos y suntuosos edificios,

»Y los temerosos de Dios solos como huérfanos,

»Y los malos con las cabezas mas altas y duras que las aplomadas tierras;

»Cuando viéres las colas preceder á las cabezas, y el amigo muy allegado negar al amigo, y no osarse fiar el hombre de aquel con quien se junta;

»Cuando viéres empobrecer la gente liberal, y enriquecer y subir los avarientos,

»Y las manos liberales hacerse duras y crecer el número de los mendigantes;

»Cuando viéres la ley desamparada y sus secuaces tan pocos como lunares blancos en cabellos prietos,

»Y los hombres hechos lobos, cubiertos con vestiduras de hombres,

»Y que el que fuese lobo, comerá con los lobos, y que el que no fuere lobo será comido por los lobos;

»Y cuando viéres crecer las discordias entre hermanos, y ser las lluvias sobre la tierra pocas;

»En este tiempo será el fin del imperio puesto entre los dos mares.

»Y gentes soberbias y duras, correran como el fuego sobre aquel imperio,

»Y no dejaran campo que no talen, ni aldea que no abrasen, ni ciudad que no derroquen;

»Y los que con sus pecados habran dado causa á la cólera del Altísimo,

»Desamparados por él, pararan en servidumbre, y en envilecimiento y en angustia.

»Cadenas oprimiran sus cuellos, y veránse despojados de cuanto tuvieren,

»Y vilipendiados en sus mujeres, y abandonados de sus hijas y azotados en el rostro de sus padres.

»Quitarles habran sus templos, y mudaránles las leyes, y enmudeceran sus lenguas que no podran pronunciar el habla de sus padres.

»Resistiran y seran vencidos; se quejaran y seran apretados.

»Sus hijos seran llevados lejos de ellos y criados en otros dioses;

»Sus dias seran de sombra, y sus noches de quebranto.

»Y durará esta miseria muchos años.

»Y mandará Dios salir en el Poniente un rey tirano, que lo atajará y lo sujetará todo;

»Y su vista no tendrá señal de vista humana, y maltratará y juzgará con toda maldad á las gentes,

»Y entre sus manos pereceran los moros del Poniente con todos sus bienes.

»Y el Andalucía quedará huérfana negra y oscura, hasta que aparezca un rey en quien no habrá falta.

»Rey hijo de rey será, y vendrá á Granada, la cándida y la clara, donde le diran:

»Vos sois nuestro rey y nuestro gobernador forzoso.

»El cual subirá con sus ejércitos y estandartes á los alcázares de la Alhambra, y allí estará algunos dias encubierto:

»Y desde allí conquistará muchas y muy grandes fortalezas, climas y provincias,

»Y vereis pujante el cetro y la corona de los moros.

»Poseerá este rey á Sevilla, y tomará noventa ciudades á los herejes;

»Y todas las ciudades del Poniente seran dichosas bajo la corona de este rey.

»Siete años durará esta guerra victoriosa;

»Y el rey de los creyentes alcanzará al cabo de este tiempo al rey de los infieles,

»Y le combatirá y le matará.

»Y sobre la frente de este rey maldito se leerá: tiranizó y pecó.

»Y el valiente rey que cumplirá todas estas maravillas, pasará sus primeros años encubierto bajo un humilde nombre.

»Y será bautizado y hereje de su ley;

»Y para que podais conocerle mejor, este mozo será descendiente de la santa familia del Profeta;

»Y sus abuelos habran sido califas de Damasco y de Córdoba:

»Y el astro esplendoroso de los Omeyas lucirá sobre su frente y le dará victoria.

»Y en el tiempo en que este mancebo sea reconocido y encumbrado, los árboles llevaran abundantes frutos,

»Y los agostos del pan seran mas ricos en los montes frios y en las costas;

»Y las abejas llenaran sus colmenas de miel en este año bendito;

»Y la entrada de este año será en sábado;

»Y el ángel Miguel y el ángel Gabriel bajaran sobre el Andalucia con la espada de la justicia de Dios.

»Glorifiquemos y alabemos al Señor Altísimo y Unico.

»El levanta y abate los imperios: él da la vida y da la muerte; él es la luz y él la sombra.

»Glorifiquémosle y confesémosle: no hay otro Dios sino Dios.

»Roguemos á su escogido Mahoma y por el amor que Dios le tiene, el enviará sobre los tiranos su castigo en todo extremo y su rigor.»

Calló Abul-Hassam y extendiendo el pergamino y mostrándolo á los circunstantes que guardaban el mas profundo silencio, dijo:

—Esta es la profecía de Tauca-el-Hamema, el sábio y el justo: vedlo: aquí está escrito lo que os he leido.

—¿No dice esa profecía, exclamó Yaye, que el rey que ha de libertarnos, rey hijo de rey, será descendiente de la santa familia del Profeta, nieto de los califas de Damasco y de Córdoba, y que vivirá entre nosotros encubierto y hereje de su ley?

—Si, dijo Abul-Hassam; eso dice la profecía.

—¿Y no veis cumplido claramente su pronóstico, sabios y caballeros, en Aben-Humeya, que ha llevado entre los cristianos el nombre de don Fernando de Válor?

—¡Si! ¡si, si! dijeron todos los parciales de Aben-Jahuar-el-Zaquer:

—¿Cuanto oro te han dado por ese jofor[21] embustero? dijo Farax-Aben-Farax adelantando lleno de cólera hácia el faquí.

—La palabra de Dios ha resonado entre nosotros, dijo con acento solemne Abul-ben-Eden, levantándose: ¿quién es el imprudente que se atreve á blasfemar de la palabra de Dios?

—¿Y qué crédito puede mereceros un artificio que cualquiera puede haber inventado?

—¡Esta es la profecía de Tauca-el-Hamema! exclamó con acento indignado el faquí: ¡hay del impío que blasfema de los profetas de Dios!

—El reino es libre para elegir su rey, Farax-aben-Farax, exclamó el emir bajando de su trono: y mientras yo lleve espada al costado, nadie se atreverá impunemente á contrariar la voluntad del reino. ¿Hay alguno que se atreva á imponernos aquí su voluntad?

Todos callaron.

Yaye revolvió en torno suyo una mirada amenazadora, que acabó por fijarse en Farax. Este se hizo atrás murmurando sordamente como un mastin á quien su amo arrebata de los dientes una presa, y le amenaza con un palo.

Yaye volvió al diván.

—Puesto que ya habeis oido esa profecía; puesto que estais decididos á elegir rey, consultad entre vosotros; escribid cada uno en un papel el nombre del elegido, y entregad ese papel doblado á los secretarios.

Todos se levantaron y se dividieron en grupos; Yaye hizo á Farax señal de que se acercase.

El tremendo morisco se acercó hosco y sombrío, y Yaye estuvo hablando con él largo tiempo en voz baja.

—No es la ambicion la que me mueve, dijo al fin Farax, sino el amor de la patria; pero puesto que quieres que Aben-Humeya sea rey de Granada, sealo en buen hora: Dios quiera que no te arrepientas tarde, emir.

Y tomando un papel, escribió en él el nombre de Aben-Humeya, le dobló y le entregó á un secretario.

Despues, cada uno de los moriscos y de los monfíes, fue entregando su voto, y cuando se contaron, se vió que todos habian votado; cuando se abrieron los papeles se encontró escrito en todos el nombre de Aben-Humeya.

Poco despues, buscado el jóven por su tio Aben-Jahuar-el-Zaquer, fue traido á la cámara, revestido de las vestiduras reales, y proclamado rey con las mismas ceremonias que vimos al principio de este libro proclamar á Yaye emir de los monfíes en el alcázar subterráneo de las Alpujarras.

El primer acto de soberanía de Aben-Humeya, fue nombrar alguacil mayor del reino á Farax-aben-Farax, y capitan general de sus ejércitos, á su tio paterno Aben-Jahuar-el-Zaquer.

Aquella misma noche, Aben-Humeya partió acompañado de sus parciales á las Alpujarras.

Aquella misma noche tambien, partieron á la montaña, Yaye, Amina y los monfíes.

CAPITULO XIII.

Cómo estaba gobernada la villa de Cádiar.

La villa de Cádiar está situada entre lo mas montañoso de las Alpujarras, sobre una vertiente.

Esto no impide que los terrenos, colinas y montañas que rodean á esta villa sean muy fértiles, siendo ademas recomendable esta poblacion, por la pureza y salubridad de sus aires y de sus aguas.

Hoy la tal villa es un poblacho feo, de reducido vecindario, albergado en algunas casas ennegrecidas, agrupadas alrededor de una iglesia situada en lo mas alto y deteriorada y fea.

Cádiar ha perdido mucho de su antigua importancia; por mejor decir: lo ha perdido todo.

Pero en el año de 1568 era otra cosa.

Solo habian pasado entonces setenta y seis años desde la conquista de Granada, y aquella terrible catástrofe para los moros, que los habia sujetado al fin bajo el yugo de los cristianos, sus enemigos, en toda la extension de España, habia determinado el apogeo, la riqueza, no solo de Cádiar, sino tambien el de las demás villas y lugares de las Alpujarras.

Esto se explica facilmente: del mismo modo que el vencido Muley-Abd’-Allah-al-Ssagir-el-Zogoibi[22], mas vulgarmente conocido por Boabdil, al trasladarse á Andarax, despues de haber entregado la Alhambra y los castillos de Granada á los reyes don Fernando y doña Isabel, llevó consigo á aquel destierro, donde estuvo dos años, gran parte de su córte y de sus caballeros: otros muchos nobilísimos y ricos musulmanes, con sus familias, esclavos y tesoros, se habian trasladado de Granada, á esta, ó á la otra villa de las Alpujarras, pretendiendo de este modo robarse en parte á la vista de los aborrecidos vencedores, y esta gente acostumbrada á la riqueza y á la molicie de sus alcázares, y á la frescura y frondosidad de los jardines que habian dejado en la ciudad perdida, embellecieron para hacer mas cómoda su residencia en ellas, y aumentaron la poblacion y la riqueza de las villas á que se habian acogido.

Cádiar habia sido una de las villas mas favorecidas por esta especie de inmigracion; muchas familias poderosas se avecindaron en ella, y con una rapidez maravillosa, fueron desapareciendo las casas pobres y antiguas, para dar lugar á otras mas bellas y mejor proporcionadas; construyéronse algibes; convirtiéronse en amenos cármenes las laderas de la montaña, estableciéronse en sus plazas mercaderes, creció el tráfico y el dinero, y al cabo, la antes casi insignificante villa, se convirtió en una poblacion importante, rica, populosa y considerada, llegando á tal punto, que el capitan general de la costa y reino de Granada, en vista de la aglomeracion en aquel lugar, de tanta gente recien conquistada y mal sujeta al yugo, creyó oportuno establecer en la villa un presidio de soldados, y uno de esos rígidos é inflexibles corregidores que son capaces de ahorcar hasta á su sombra.

A mas de esto, habia en Cádiar parte de una compañía de arcabuceros, cuyo resto estaba dividido entre las villas de Válor y Yátor.

El capitan de esta gente de guerra, que pertenecia á los presidios del reino y córte de Granada, era nuestro antiguo conocido el marqués de la Guardia, á quien, como recordaran nuestros lectores, habia procurado su tio, don César de Arévalo, este oficio de capitan, para que se mantuviese con su sueldo, no siempre pagado con exactitud, á falta de las pingües rentas de su marquesado que sabemos estaban empeñadas.

Un capitan de infantería de aquellos tiempos, era mucho mas considerado que en los nuestros, y para llegar á este empleo, era necesario haber servido mucho y bien, ser ya viejo, ó gastarse sendos doblones para levantar á su costa una compañía. Fuera de estos dos casos, solo podia ser capitan un jóven, por su título y su nobleza: como si dijéramos: en premio á los servicios de sus antepasados.

En este caso se encontraba el marqués de la Guardia, que era demasiado jóven para capitan, no mediando favor ó méritos heredados, y demasiado arruinado para poder gastar un solo doblon.

En cambio era valiente hasta la temeridad, y se hacia respetar y obedecer ciegamente de sus soldados, en las pocas ocasiones en que se encontraba entre ellos.

Y decimos las pocas ocasiones, porque tal estaba la disciplina militar en aquellos tiempos, que la gente de sueldo ensanchaba cuanto podia y aun mas de lo que podia el círculo de su licencia: singularmente los capitanes iban de acá para allá y residian donde mejor les parecia, dejando encargado el mando á su teniente.

El marqués de la Guardia, que, como sabemos, buscaba desalado á su Esperanza sin lograr encontrarla, residia la mayor parte del tiempo en Granada, yendo muy pocas veces á su presidio, y aun asi morando alternativamente en Cádiar, en Válor ó en Yátor.

En Cádiar estaba la bandera de la compañía, y con ella un teniente soldadote y aventurero, que quedaba encargado del mando en ausencia del marqués.

Este teniente, pues, venía á ser en Cádiar, la segunda potencia despues del corregidor.

Ademas de estas autoridades que llamaremos temporales, habia otra autoridad que llamaremos espiritual: el beneficiado de la iglesia parroquial de la villa.

Este eclesiástico era un varon duro, irascible y terriblemente fanático; su fanatismo era para aquel pueblo de moriscos mal convertidos, tan fatal como las arbitrariedades del corregidor, y las licencias del teniente del marqués de la Guardia.

El corregidor se llamaba el licenciado Lope Gutierrez, vivia de los derechos que le daba su vara, no siempre recta é inflexible, y en cuanto á calidad, tan tenebrosa era su procedencia, que solo se sabia de él, y esto por el dicho de algunas lenguas murmuradoras, que habia sido escolar sopista en Salamanca.

El teniente se llama Cristóval de Belorado, era hidalgo y valiente, pero hombre licencioso y cruel, que abusaba contra los pobres moriscos de la fuerza que únicamente se le habia dado para sostener la justicia.

El beneficiado se llamaba Juan de Ribera; trataba severísimamente á sus feligreses, y á pesar de su rigidez y de sus pretensiones de santo, no les daba el mejor ejemplo, teniendo en su casa á una mocetona de veinticinco años, desenfadada y hermosa, que se llamaba Mariblanca, morisca convertida, que despues de algunas negras aventuras, habia ido á servir á su casa al eclesiástico.

De modo que, la villa estaba encerrada dentro de un triángulo terrible: el rey, la religion, y la justicia, tenian por representantes en ella, tres corazones de pedernal.

Las moriscas que escapaban de la soldadesca, iban á dar en los alguaciles, entrando por último á la parte el sacristan maese Barbillo, especie de bribon con sotana, que sabia ser lo suficientemente hipócrita para que el señor beneficiado le creyese un casi santo, y diese el mayor asenso á las acusaciones de impiedad que fulminaba el sacristan contra todos aquellos que no reconocian su influencia.

El teniente, dejaba á título de rebeldes á aquellos que tenian la desgracia de querer emanciparse de sus tropelias; el corregidor, multaba, encerraba, atormentaba y ponia á la vergüenza, siempre con pretexto de una infraccion de las pragmáticas, á aquel contra quien, por cualquier fútil motivo, habia contraido ojeriza; por último, el licenciado Ribera, por las sugestiones del sacristan unas veces, por su exagerada severidad religiosa otras, afligia á aquella pobre raza vencida.

El teniente los apaleaba; el corregidor los multaba y los prendía; el beneficiado, á pretexto de irreligion, solia quitarles sus hijos menores de diez años, para enviarlos á los hospicios del rey, donde debian aprender á ser buenos cristianos.

Lo que decimos, pues, de Cádiar, podriamos decir de cualquiera de las demás poblaciones de las Alpujarras; no tenian seguridad personal, ni hacienda ni familia, propiamente dicho: eran esclavos.

¿Y por qué no huian de aquella region maldita?

Porque en cualquiera de los lugares comprendidos en los dominios del cristianísimo rey don Felipe el II, hubieran sido tratados de la misma manera.

Podían haber pasado á Africa, pero sucedia con frecuencia, que despues de haber vendido sus propiedades, y embarcádose con su dinero y alhajas, eran robados por los patrones de los barcos, y, lo que era peor, arrojados al mar para que no pudiesen querellarse del robo.

Asi, pues, preferian vivir miserablemente labrando la tierra donde habian nacido, y practicar las industrias en que eran tan sobresalientes, entre las demasías de los cristianos.

Con tantas causas, con tan repetidos vejámenes, estaban dominados por un profundo disgusto y predispuestos á la insurreccion por cien fatales elementos.

CAPITULO XIV.

El licenciado Juan de Ribera.

Era el jueves 24 de diciembre de aquel año, tres dias despues de la proclamacion de Aben-Humeya.

Era muy de mañana: despues de haber celebrado la misa de alba, y mientras maese Barbillo le desnudaba de los ornamentos, el licenciado Ribera, dijo al sacristan lego:

—Ireis inmediatamente casa del señor corregidor, que con sus alguaciles y gente de justicia esté esta misma mañana á la hora de las once en la iglesia.

—Se lo diré, contestó con voz gangosa y humilde Barbillo.

—Ireis despues á la posada del señor marqués de la Guardia...

—El señor marqués hace dias que anda fuera de la villa, observó el sacristan.

—Pues á falta del marqués, ireis á la posada de su teniente el señor Cristóval de Belorado, y le direis que con su bandera y sus hombres vestidos de gala, venga asimismo á las once.

—Se lo diré, repitió con la misma mansedumbre Barbillo.

—Ireis luego al convento de los frailes de San Francisco, y direis al guardian, que de órden del Santo Oficio de la Inquisicion, venga con su comunidad y estandarte; despues avisareis á los clérigos de la iglesia; hareis que se vistan los monaguillos, sacareis la cruz y los ciriales de plata, la capa pluvial de brocado de tres altos, y el alba de encajes de Flandes.

—¡Ah! ¡viene la Santa Inquisicion á la villa! dijo con acento de queja maese Barbillo: y vea vuesamerced, señor licenciado: yo no sabia nada.

—Ni yo mismo lo sabia hace una hora: como que aun era de noche cuando llamaron á la puerta; asomóse á la ventana Mariblanca, y un alguacil del Santo Oficio que se habia adelantado, la dió para mí cerrada y sellada, esta órden del Santo Oficio.

Y el beneficiado sacó de su bolsillo un papel grueso y basto, doblado en forma de pliego, sobre el cual se veia en cera verde, la cruz de Santo Domingo, sello de la Inquisicion.

El sacristan acabó de doblar pausadamente una riquísima alba, la guardó, tomó el papel que el beneficiado le entregaba, y sacando una caja de cuero, y de ella unas enormes antiparras, leyó, tarda, pesada y malamente el escrito, á pesar de que su letra era gorda y perfectamente legible.

—¡Ah! dijo devolviendo el pliego al beneficiado: ¡el señor inquisidor de la Suprema, Molina de Medrano, viene á la visita! no esperaba yo tan pronto al Santo Oficio.

—¿Qué quereis buen Barbillo? la depravacion de las costumbres cunde entre esos desdichados moriscos: no hay medio de apartarles de sus zambras, de sus impuras fiestas de bodas, de sus baños y de sus torpes placeres: será necesario que su magestad se deje de contemplaciones, y haga cumplir á todo derecho, y con una severidad, que nunca será sobrada, la pragmática de su nobilísimo y piadoso padre el gran emperador don Carlos. ¡Fuera! ¡fuera esas fiestas malditas! ¡fuera esas costumbres reprobadas! ¡fuera el misterio con que cierran sus puertas para que no veamos sus impurezas! ¡que el rigor los haga cristianos, ya que no bastan las persuasiones y el consejo humilde! ¡el hierro y el fuego! De otro modo, el dia menos pensado, el dia en que menos la esperemos, tendremos que lamentar una desdicha. ¡El hierro y el fuego para los rebeldes y los descreidos!

Y la voz del tremendo sacerdote tronaba: y el funesto fuego del fanatismo lucia en sus ojos en una chispa sombría.

—¡Ah! ¡ah! dijo untuosamente el sacristan: pues yo creia que el Santo Oficio apresuraba su visita por otro motivo.

—¿Y qué motivo puede ser ese? preguntó con severidad el licenciado; ¿motivo que yo no conozco, cuando me lo anuncias con tanto misterio?

—¡Hum! dijo flemáticamente el sacristan: ese motivo es un hombre.

—¿Un hombre que vive en el pueblo?

—Hé ahí lo que yo encuentro de malo: que no vive en el pueblo ni se sabe donde, ni quién es, ni á que viene.

—¿De quién quereis hablar, maese? dijo el beneficiado, fijando sus ojos grises con una fijeza extraordinaria en el sacristan.

—Hablo de un hombre que, por su talante, parece un gran caballero, que viene de noche al pueblo en un caballo que da envidia el verlo, se mete en el meson Alto, y cuando ya es la queda, sale sin saberse á donde va.

—Debiais haberme avisado.

—Vuésamerced se hubiera quedado con el deseo de saber á donde iba, ó qué venia á hacer porque...

—¿Por qué?

—Porque yo le seguí una noche, y al ir á entrar en la plaza, se volvió aquel hombre y me dijo con una voz que me puso espanto:—«Vuélvete sino quieres que te envie á cenar con el diablo.»

—¡Ah! ¡eso os dijo! ¿y por qué no me dísteis cuenta para que yo se la hubiera dado al corregidor?

—Bien hecho hubiera estado, pero perdóneme vuesamerced; es el tal hombre tan grave de suyo, parece tan principal, que yo quise saber antes si tenia agarradero, no fuese que vuesamerced, que en nada repara, cuando de estas cosas se trata, se pusiese en contingencia de un peligro. ¿Qué sabe nadie lo que es un hombre á quien no se conoce?

—Adelante, adelante, maese Barbillo.

—A la noche siguiente me puse en acecho tras una esquina del meson Alto, acompañado del organista y del barbero, que, como sabe vuesa merced han sido soldados, y de los buenos de los tercios viejos: cada uno llevaba una espada y una ballesta; para que no nos sintiera, porque el asunto no era prenderle, sino saber á donde iba, y sacar por el hilo el ovillo, nos habiamos calzado abarcas. Dió la queda; rechinó la puerta del meson y salió nuestro hombre embozado en una capa negra. Dios me perdone, si miento al decir, que al pasar por delante del cristo de la Caba honda, ni se descubrió, ni aun se persignó.

—¡Hum! dijo el beneficiado, acabándose de arreglar los manteos y encasquetándose el bonete.

—Dejámosle pasar un trecho adelante, y nos pusimos en su demanda á larga distancia, por temor de ser vistos, aunque la noche era oscura, y recatando nuestros pasos para no ser oidos. Pero ¡bah! ese hombre debe de ser el diablo.

—Suelto anda el enemigo entre estas gentes condenadas: pero seguid, maese, seguid.

—Digo que debe de ser el diablo, porque nos sintió, nos vió, se vino para nosotros, y... mire vuesamerced, exclamó en acento entre dramático y dolorido el sacristán, levantándose la manga de su balaudran y mostrando al beneficiado un cardenal lívido y enorme.

—¡Os maltrató!

—Sin hablar una palabra; y lo que es mas: al organista le rompió la cabeza, y al barbero un brazo.

—¿Y quién os manda, mentecatos, poneros en seguimiento de quien no conoceis? dijo una voz sonora á la puerta de la sacristía.

Estremecióse todo al escuchar aquella voz maese Barbillo, y el beneficiado, con gran asombro del sacristan, salió solícitamente al encuentro del desconocido y le estrechó las manos con un ardor completamente en contradiccion con la frialdad que, segun su aspecto, parecia la base de su carácter.

—¡Ah, señor don Alonso! exclamó, ¡vos al fin en mi iglesia!

—Perdonad, pero necesitamos quedarnos solos, dijo con gravedad aquel caballero, que no era otro que el emir de los monfíes.

Antes de que el beneficiado mandara salir al sacristan, este se apresuró á escurrirse: saludó profundamente á Yaye, le lanzó una recelosa mirada de lobo escarmentado y salió murmurando:

—Bien pensaba yo, cuando pensaba que un hombre á quien no se conoce, puede ser muchas cosas. Pero yo sabré quien es ese hombre.

Esto significaba que no conociendo el sacristan á Yaye, nadie lo conocia en Cádiar.

Entre tanto el beneficiado se deshacia en cumplidos con su visitante.

Desde el momento en que Yaye, al entrar en la sacristía, fijó su mirada en el licenciado, produjo en él el singular milagro de borrar de su semblante la austeridad, y de matar en sus ojos la sombría y dominadora mirada del sacerdote ascético y fanático: parecia que donde estaba Yaye, solo podia haber un semblante grave; solo una mirada inflexible; su semblante y su mirada.

—Vengo á veros para dos negocios importantísimos, señor licenciado, le dijo.

—Si quereis, contestó el beneficiado, subiremos á mi casa y nos encerraremos.

—No, no por cierto; retirémonos á aquel rincon de la sacristía y allí estaremos bien.

Y Yaye se dirigió á un escaño situado al fondo de la sacristía, adonde le siguió el eclesiástico.

Sentáronse al par, y Yaye dijo, mirando con ansiedad al beneficiado.

—¿La habéis visto?

—Si señor, la he visto: la he hablado, he procurado convencerla: la he dicho cuán desesperado estais.....

—¿Y qué os ha contestado?

—Como siempre, no: pero ayer añadió: decidle que, hace veintidos años, le dije en una carta que debe recordar, cuál era mi resolucion invariable: decidle, que como pensaba entonces pienso ahora, y que es inútil, de todo punto inútil, su obstinacion.

—Hágase la voluntad de Dios, dijo Yaye.

—Siempre habeis sido muy cristiano y muy paciente, dijo el beneficiado, y Dios os premiará.

—Necesario me es que Dios tenga compasion de mí; pero pasando al otro asunto de que necesito hablaros, habeis de saber, que hemos hecho una adquisicion importantísima para el pueblo de Dios.

—¡Acaso este terrible rey de los monfíes..!

—No tanto, no tanto, señor Juan Ribera: pero sin embargo, debemos dar muchas gracias á Dios por la adquisicion que hemos hecho.

—Ciertamente don Alonso, que vos sois uno de los campeones, casi me atrevería á decir, uno de los apóstoles mas ardientes de la iglesia de Jesucristo: todavía me acuerdo de que lo que no pudieron hacer mis pláticas, y todos mis esfuerzos, y todas mis amenazas, y el rigor que estrené con los habitantes de las alquerías de la jurisdiccion de la villa, á fin de que fuesen buenos cristianos, lo conseguísteis vos en breve espacio: casi estaba ya resuelto á quitarles sus hijos para que no se pervírtiesen con su ejemplo, cuando vos me digísteis: id á las alquerías: entrad en ellas una por una, y abrid para esos infelices el reino de Dios por la puerta del bautismo. ¡Oh don Alonso! yo os amaba por vuestra piedad, por vuestra caridad, por el celo con que habeis favorecido esta iglesia, que está encomendada á mi indignidad, y que sin vos seria pobre, muy pobre: cuando veo esos hermosos cuadros que adornan nuestra iglesia; cuando tomo en mis manos esos sagrados vasos de oro purísimo; cuando me visto esas albas y esos ornamentos tan maravillosos por su valor y por su mérito; sobre todo, cuando me dais para que las distribuya entre los pobres esas cuantiosas limosnas, oro por vos al Altísimo y os bendigo.

—¡Orad señor licenciado, orad!, contestó solemnemente Yaye, en un acento indeterminado que tenia mucho de terrible: orad, porque soy muy pecador y aun estoy en el camino del pecado.

—¡Oh! si vos no os salvais ¿quién se salva? No bastaba vuestra ardiente fe, vuestra inagotable caridad; era necesario que como salvais á los pobres de la miseria del cuerpo, los salvareis de la miseria del alma. Cuando vi arrodillarse á mis piés pidiendo la regeneracion del bautismo, una y otra familia, que antes habian rechazado el agua de vida que yo les ofrecia, entonces, don Alonso, sentí por vos mas que amor; sentí veneracion, y desde entonces no oro por vos, porque no se ora por los santos...

—No hay mas santo que Dios, el Altísimo y Unico... y trino, dijo Yaye pronunciando con un acento estremadamente duro su última palabra.

—Si, ciertamente, dijo el beneficiado; los santos lo son en Dios y vos sois uno de sus elegidos.

—Decíamos, continuó Yaye, á quien visiblemente contrariaba la mística adulacion del beneficiado; decíamos que hemos hecho una gran adquisicion para el rebaño del Señor.

—Vos la habeis hecho.

—Yo empiezo y vos concluís. Vamos, pues, sin mas rodeos al asunto: el Ferih de los Berchules está en mi casa gravemente herido y desea bautizarse.

—¡Cómo! ¿ese terrible monfí, que no pasa semana que no ponga de noche en la puerta de la iglesia, un impío cartel en que nos amenaza de muerte si seguimos en la conversion? ¿ese terrible bandido que tiene aterrada á la comarca?

—Ese hombre, continuó reposadamente Yaye, me salió al camino ayer cuando volvia con mi hija de Granada á mi heredad de Yátor: empezamos á subir la cuesta, cuando hé aquí que siento pasar zumbando junto á mi cabeza una jara, y oigo el chasquido de una ballesta entre una maleza inmediata. Eché pié á tierra, me fuí hácia el asesino, me encomendé á Dios, y Dios me amparó: poco despues, el Ferih de los Berchules estaba en mi alquería: no le maté porque yo jamás vierto mas sangre que la precisa para defender mi vida. El Ferih quiso matarme, segun me dijo despues, á causa de haber motivado yo la conversion de la gente de las alquerías: y mirad lo portentoso de los milagros de Dios: ese hombre que habia deseado mi muerte por aquella causa, se convirtió á Dios despues de dos horas de conversacion conmigo. Dios; siempre Dios; manso y arrepentido queda allá como un cordero, esperando con ansia, antes de morir, la vida del bautismo.

—¿Pero ese pecador está tan en peligro de muerte, que sea necesario, inevitable ir al momento? exclamó con una inquietud que no era fingida el beneficiado.

—Ese hombre estará en mi casa hasta mañana.

—¡Vivirá... hasta mañana!

—Eso es; mañana habrá salido de mi casa para no volver.

—Pues bien, vuestra heredad está cerca: iremos esta tarde: bien tendremos lugar maese Barbillo y yo de ir despues que la Inquisicion haya hecho su visita y volver aun de dia.

—¡Cómo! ¿esperais al Santo Oficio?

—Hoy al medio dia, entrará solemnemente en el pueblo, y despues de que haya cumplido su santa comision, pasará á Yátor.

—¿Y qué inquisidor viene encargado de la visita?

—El señor Molina de Medrano.

—¡Molina de Medrano! dijo Yaye como quien no conoce un nombre en una corporacion que le es muy conocida.

—Si, si señor, dijo el beneficiado, comprendiendo la duda de Yaye: es un santo varon muy severo y muy descontentadizo en religion: un ministro de la Suprema, que el rey nuestro señor ha enviado de su córte para que le informe del grado de conversion en que se encuentran los cristianos nuevos de las Alpujarras.

—¡Molina de Medrano! exclamó Yaye levantando decididamente la cabeza y dejando ver en sus ojos una mirada semejante á un relámpago: será necesario que yo conozca á ese señor Molina de Medrano: ¿decís que es muy severo?

—Es una de las lumbreras de la Orden de Predicadores, segun dicen: yo tampoco le conozco.

—Pues bien, tendremos á un tiempo el gusto de conocerle. Entre tanto y en albricias de la conversion del Ferih, tomad, señor beneficiado; repartid este poco de oro entre los pobres de vuestra feligresía.

Y puso entre las manos del bachiller un repletísimo bolsillo.

—¡Cómo! ¿os vais? dijo el beneficiado viendo que Yaye se levantaba.

—Si, adios; esta tarde os espero en mi heredad, temprano.

—Iré, señor don Alonso, iré.

—Adios, pues, y hasta la tarde: quedaos: no me hagais la honra de acompañarme: un sacerdote es mas que un simple hidalgo: quedaos, señor licenciado, y hasta la tarde. Adios.

—El os premie y os bendiga, señor, dijo el eclesiástico, lanzándole su bendicion cuando salia por la puerta de la sacristía: luego añadió, metiéndose el oro que aun tenia en la mano en el bolsillo: no me queda duda ninguna; don Alonso es un santo.

—¿Y le habeis dejado ir, cuando acaba de entrar en el pueblo una compañía de arcabuceros? exclamó el sacristan entrando en aquel momento.

—¿De quién hablais maese Barbillo? dijo con acento acre el beneficiado, que al desaparecer Yaye habia recobrado su dureza y su severidad habituales.

—¿De quién he de hablar, pecador de mí, sino de ese hombre que ha estado hablando con vos? respondió temblando todavía el sacristan.

—¡Cómo! ¿de don Alonso hablábais?

—Es que ese don Alonso, es quien anoche estropeó al organista y al barbero, y á mí mismo, aunque mucho menos que á los otros, por la misericordia de Dios.

—Vamos claros, dijo el beneficiado mirando fijamente al sacristan: ¿no me habeis dicho que el hombre á quien pretendisteis seguir anoche, pasó irreverentemente por delante del cristo de la Caba honda?

—Si señor, y lo afirmo y lo juraria á siete cruces.

—¡Y os condenariais, desdichado! exclamó con una irritacion terrible el eclesiástico, os condenariais si os atreviéseis á jurar que ese caballero habia pasado por delante de la imágen de Nuestro Divino Redentor sin descubrirse ni santiguarse.

Barbillo se quedó mirando de una manera atónita al bachiller.

—¡Arrepentíos! ¡arrepentíos, y haced penitencia por haber calumniado á tan cristiano caballero! mas valiera que el tiempo que habeis empleado en alentar tan ruines pensamientos, le hubiérais invertido avisando á la gente que os dije.

Cuando el sacristan volvió de su asombro y notó que se encontraba solo en la sacristia, cambió rudamente de aspecto, dejó su posicion encorvada, se irguió, brilló en sus ojos una expresion salvaje, y exclamó:

—¡Cien rayos y cien truenos! ese clérigo mentecato lo cree todo: ¡decirme que ese hombre es cristiano! Cuando doña Elvira me ha prometido un tesoro si logro apoderarme de él, algo hay mas de lo que el licenciado Ribera cree: yo he seguido á ese hombre y le he visto perderse en la montaña; le he visto además hablar con los monfíes entre las breñas de la rambla de Yátor, y esto mas de una vez: hace tres dias que ha venido de Granada y no ha venido solo: le acompañaba una hermosa dama; que me confunda Dios, si anoche cuando nos apaleó no le oimos soltar un juramento en árabe.... yo no aborrecia á ese hombre..... pero desde anoche que nos zurró de lo lindo, le tengo ojeriza. Afortunadamente tenemos á las puertas del pueblo á la Inquisicion.

Dicho esto, tomó una capa parda y un enorme sombrero de un rincon de la sacristia, y salió: desde el momento en que estuvo en la calle, su estatura herguida y corpulenta se encorvó; su rostro antes feroz, adoptó de nuevo su expresion humilde, miserable é hipócrita, y empezó á saludar á todos los que encontraba por la calle, con una expresion servicial que tenia mucho de estúpida.

De repente, una mano se apoyó vigorosamente en su hombro.

Volvióse Barbillo, y vió ante sí á un hombre como de cuarenta y cinco años.

Aquel hombre era don Fernando de Válor, hermano de don Diego, tio de Aben-Humeya, á quien nombraremos en adelante con su nombre árabe: esto es, con el de Aben-Jahuar-el-Zaquer.

CAPITULO XV.

Lo que iba á hacer á Cádiar Aben-Jahuar-el-Zaquer.

Volvióse maravillado el sacristan.

—Yo no os conozco caballero, dijo á Aben-Jahuar.

—Nada importa, con tal que te conozca yo.

—A mí me conoce todo el mundo en Cádiar, dijo con su sonrisa untuosa Barbillo.

—Pues mira, creo que no te conoce nadie.

—¿Y vos decís que me conoceis?

—Si por cierto: hace mucho, muchísimo tiempo, que te conocí en otra parte.

—¿En dónde, señor?

—En Granada.

—¿En Granada?

—Si por cierto: en la cárcel.

—¡Bah! vuesamerced se equivoca, yo no he estado nunca en la cárcel.

—Yo me llamo don Fernando de Válor.

—¡Ah! ¡ah! ¡vuesamerced se llama don Fernando de Válor!

—¡Vas recordando....!

—No, no recuerdo muy bien:

—Mi familia ha sido muy perseguida, Barbillo, y despues de la muerte de mi hermano don Diego, he sido preso varias veces: hace diez años, lo fuí á pretexto de no sé qué conspiracion de moriscos, en que yo no habia tenido parte: pero los señores alcaldes de casa y córte, se mostraban tan severos conmigo que lo temí todo: entonces pensé en escaparme: entonces nos conocimos: tú tambien tenias miedo de ser ahorcado y querias huir: nos concertamos y tú empezaste á abrir un agujero en mi calabozo.

—Repito á vuesamerced que se equivoca.

—No perdamos el tiempo. Yo pude al fin probar mi inocencia, y fuí puesto en libertad: tú quedaste preso.

—Os juro que...

—Déjame continuar. Yo me habia olvidado enteramente de tí: pero hace algun tiempo, la casualidad y el empeño de una mujer, ha vuelto á unirnos.

—Pero si os digo...

—Hace cuatro meses, que la conducta de mi cuñada doña Elvira de Céspedes me tiene cuidadoso: recibia en su casa de Válor y á horas desusadas, hoy á este, mañana al otro hombre desconocido. Doña Elvira no podia tener amores con ellos, porque eran de tu estofa: pero por medio de ellos podia tratar de amores con otro: hace algunos dias, aceché á uno de estos mensajeros, le salí al camino y supe que te traia una carta; yo no quise tocar á aquella carta, pero quise saber quién eras tú: me dijeron que eras sacristan de la iglesia de Cádiar, y vine, te ví, y te reconocí: entonces y antes de hablar contigo, quise saber si descubria en tu vida algo que pudiese obligarte á servirme. Fuí á Granada, pregunté, y averigüé que hace cinco años habias sido condenado á galeras por diez; luego, eres un gallote escapado, Barbillo, y si te niegas á servirme, te delato, te pierdo, porque á los galeotes huidos se les ahorca cuando se les coge.

Echóse á temblar Barbillo.

—Pero nada te acontecerá si me sirves bien, añadió Aben-Jahuar.

—Vamos, está visto que nada se os puede negar y os serviré en cuanto querais, don Fernando, dijo el galeote escapado.

—Y yo te pagaré. Pero los tiempos no estan para estar muy despacio en la calle, y es necesario que busquemos un lugar donde nadie nos vea.

—¿En qué posada vivís? porque vos sois forastero en Cádiar.

—Vivo en el meson del Cojo.

—Pues en mejor parte no pudierais vivir, porque el Cojo es un grande amigo mio, y á propósito para cualquier cosa. Yo iré por allá esta noche.

—¡Esta noche! sabe Dios lo que sucederá esta noche.

—Sucederá que como es noche de Navidad, todos la celebraran y nadie se acordará de nosotros.

—Juro á Dios que han de acordarse muchos de la noche de Navidad de 1568.

—¿Pues qué va á suceder?

—Yo me entiendo y Dios me entiende. Es preciso que al momento, y rodeando por otro lado, vayas al meson del Cojo.

—Iré, en cuanto avise al corregidor y á los soldados y los frailes de San Francisco.

—¡Avisarles! ¿y de qué?

—¡De que viene la Inquisicion al pueblo!

—¡Ah! viene la Inquisicion, murmuró Aben-Jahuar: pues, no podia venir á mejor hora. Vé, vé, y avisa, y al momento vé á buscarme. Te espero.

—Iré.

Separáronse los dos antiguos conocidos, y Aben-Jahuar, bajando por unas pendientes y torcidas callejuelas, llegó á la entrada del pueblo á un meson miserable.

—Ahí está esperándoos hace una hora, el señor Diego Lopez, nuestro vecino, dijo un viejecillo cojo.

—¡Ah! mi sobrino Aben-Aboo, exclamó de una manera ininteligible Aben-Jahuar. Ya era tiempo.

Y entró, subió unas escaleras, atravesó unos corredores, y entró en un aposento.

Sentado junto á un brasero con fuego, habia un jóven.

Era Aben-Aboo.

Tan distraido estaba, que no reparó en que otra persona habia entrado en el aposento: miraba á través de una ventana abierta y desguarnecida de vidrieras, á unas breñas cercanas que estaban enteramente cubiertas de nieve, y entre cuyas quebraduras se veian otras cumbres.

Ibale á hablar su tio, cuando Aben-Aboo se levantó, se fué á la ventana, y miró con grande interés hácia fuera en direccion á una cumbre que se veía entre un rompimiento de las breñas.

—¿Qué será lo que llame de tal modo la atencion de mi sobrino? dijo para sí Aben-Jahuar; y permaneció inmóvil.

—Ellos, son: murmuraba á su vez Aben-Aboo: si; los dos hombres que hace dos dias rondan mi atalaya. Desde aquí no se les distingue bien; pero los reconozco por la capa parda del uno, y la gris del otro: el de la capa parda, es sin disputa aquel comerciante que representó con Angiolina en la comedia «Reina Moraima», Andrés Cisneros: no me cabe duda; en cuanto al otro creo haberle visto tambien, pero no sé quien es: ¿qué busca el señor Cisneros en mi casa? ¿Tendrá á caso algun derecho sobre la princesa? pues en mal hora os habeis venido á las Alpujarras, galanes.

Y Aben-Aboo, trás estas palabras se separó de la ventana.

Al volverse vió á su tio.

—¡Ah! gracias á Dios, dijo: hace una hora que os espero.

—He tenido que atender á asuntos importantes, sobrino; contestó Aben-Jahuar: creo que tú tambien tienes entre manos asuntos de interés.

—Si por cierto, tio, contestó Aben-Aboo, me ocupo en pensar de qué manera puedo ser mas útil á mi patria.

Movió en un movimiento de incredulidad la cabeza Aben-Jahuar.

—¡Qué! dijo ofendido el jóven, ¿creeis que no haré yo tanto como el que mas por romper el yugo de los cristianos?

—No digo eso, sino que en estos momentos, en todo pensabas menos que en nuestra empresa.

—¿Teneis la pretension de adivinar, tio? dijo con cierta secatura Aben-Aboo.

—No, pero pretendo tener tan buenos ojos como tú.

—No os comprendo.

—Estoy viendo desde aquí, dijo Aben-Jahuar extendiendo el brazo hácia la cumbre á donde antes habia mirado Aben-Aboo, dos hombres que llamaban hace poco tiempo tu atencion: el uno tiene una capa parda, y el otro una capa gris. Entrambos miran con la misma atencion con que tú los mirabas, á la atalaya donde vives, y desde la cual no pueden ser vistos.

—¡Ah! ¿habeis reparado eso?

—Como lo has reparado tú.

—¿Y qué interés creeis que puedan tener aquellos dos hombres en mirar á mi casa? dijo con negligencia el jóven.

—Veo con disgusto, sobrino, que me tratas con doblez, dijo Aben-Jahuar.

—No, no por cierto; decid mas bien que vos sois receloso.

—Me ha hecho receloso la experiencia: ademas de eso, de algun tiempo á esta parte, no te reconozco: eras mas confiado, mas sincero: has contraido con tu familia una reserva...

—No hago mas que pagarla en la misma moneda.

—Mi sobrino Aben-Humeya te ama.

—Ciertamente, como ama el carnicero á la oveja.

—En mala disposicion de ánimo empezamos la guerra.

—Esforcémonos todos: mi primo es rey, Aben-Farax alguacil mayor, vos capitan general, yo infante: nuestro poderoso pariente el emir de los monfíes nos ayuda...

—Y todos nos aborrecemos.

—¡Que nos aborrecemos!

—Esta es la verdad; Satanás se ha metido en medio de nosotros.

—Yo por mi parte...

—Tú estas tan empeñado como cada ano de nosotros.

—¡Empeñado! ¿y en qué?

—Has pensado en ser rey de Granada.

—Creo que tenia derecho para pensar así; pero desde el momento en que el reino ha elegido á mi noble primo Aben-Humeya, le he recibido por rey y le he prestado homenaje: y si á eso vamos vos tambien...

—¿Qué quieres suponer? exclamó con cuidado Aben-Jahuar.

—¿No pretendeis casaros con vuestra cuñada, con mi tia, doña Elvira?

—¡Oh! si... la amo, la amo hace muchos años.

—Bien puede ser porque doña Elvira es muy hermosa... ¿pero no podria tambien suceder que pretendiérais apartarla de su hijo, sin suscitar á este dificultades, envolverle en un lazo y alzaros con el reino...?

—Te repito que no te conozco, Aben-Aboo.

—Si, es cierto, vos creiais que yo era un mancebo inexperto, confiado, sobre quien su madre tenia una potestad absoluta...

—Tu madre no es ambiciosa, tu madre no quiere la guerra: tu madre tiembla de que esa guerra se empieze.

—Harto lo sé.

—¿Y sabes por qué tu madre tiembla la guerra?

—Es cristiana de corazon.

—Tu madre ama...

—Es natural que ame á su hijo.

—A mas que á tí ama á otra persona.

—Mi madre no se ha quitado aun sus lutos de viuda, que lleva hace veintidos años.

—Mas de veintidos años hace que tu madre amaba con toda su alma á otro hombre que no era tu padre.

—Teneis fama de maldiciente, tio.

—Yo no digo que mi hermana, la pobre Isabel haya faltado á su virtud; la conozco mejor que tú: mi hermana ha sido una mártir de su familia, y aunque ha amado, aunque ama á un hombre que debió ser su esposo, ni le ha alentado con una sola esperanza, ni aun ha consentido en verle, desde el dia en que se casó con tu padre. Pero ama á ese hombre, le adora, y se estremece por él tanto como por tí... Teme la guerra, la evitaria á costa de su sangre.

—¿Y qué hombre es ese á quien decís que mi madre ama, y con quien debió casarse?

—Ese hombre es nuestro pariente el poderoso emir de los monfíes.

—¡Ah! exclamó Aben-Aboo, comprendiendo entonces el amor con que le habia tratado Yaye.

—¿Y estás seguro sobrino, de que esos dos hombres que observan con tal interés y tan de lejos tu casa, no sean monfíes enviados por el emir, en un dia en que han de tener lugar graves acontecimientos?

—Os afirmo que esos hombres no son monfíes.

—Pues entonces, no es tu madre el objeto de esos hombres.

—¿Y cuál creeis que pueda ser?

—Bien pudiera ser una dama que has traido imprudentemente de Granada.

—¿Quién os da tantas noticias, tio?

—Nada pasa en las Alpujarras que yo no lo sepa: por ejemplo hace tres dias que llegó á Yátor otra dama que tambien te interesa mucho.

—¿Una dama que me interesa...?

—Si por cierto: la sultana Amina.

Palideció profundamente Aben-Aboo.

—¿Y decis, que la sultana Amina está en Yátor...?

—Si, si por cierto y repito que Satanás en forma de tres mujeres se ha metido entre nosotros.

—Explicaos.

—Tú amas á la hija del emir.

—Es verdad, contestó Aben-Aboo bajando los ojos.

—Aben-Humeya la ama tambien.

Destelló un relámpago de zelos salvajes en los ojos de Aben-Aboo.

—¿Y qué pretende mi primo?

—Pretende un imposible. Hacer su esposa á Amina.

—Pero eso no puede ser, mi prima es casada.

—¿Pero con quién? ¿con quién? dijo Aben-Jahuar con cierto temor ¿quién es el afortunado esposo de esa mujer?

—Se os sale la ambicion por los ojos, tio: no creeis que la sultana Amina pueda estar casada con menos que con un emir de Africa y temeis que ese emir se ponga entre Aben-Humeya y vos. Descuidad... descuidad de todo punto.

—¿Pero sabes tú quién es el marido de la sultana?

Sonrió con el desden de la superioridad, Aben-Aboo.

—Mi prima no está casada, dijo, sino simplemente deshonrada.

—¡Mira lo que dices! exclamó Aben-Jahuar mirando en torno suyo con recelo: en todas partes hay monfíes y esos tabiques...

—Descuidad, tio: por lo mismo que sé que podemos estar espiados hablo muy bajo.

—¿Pero qué pruebas tienes...?

—¿No habeis leido un contrato solemne, celebrado entre Aben-Humeya y el emir de los monfíes?

—Si.

—¿No hay en él una cláusula por la que se acuerda el casamiento del hijo de Aben-Humeya con una hija de la sultana?

—Si.

—Pues bien, esa hija es hija del amor: esa hija ha sido concebida en Madrid, sin duda alguna, á contar por el tiempo en que la dió á luz la sultana en las Alpujarras: esa niña es hija del capitan del presidio de Cádiar, el marqués de la Guardia, á quien adora Amina; que es su amante.

—¿La sultana amante del marqués de la Guardia? ¿y por qué no su esposa?

—Hace cinco dias, en la fecha en que se firmaron las capitulaciones entre Yaye y el emir, estuve hablando con el marqués de la Guardia en el Albaicin, en la taberna del Hardon. El marqués buscaba á su amante, á Amina, y estaba muy lejos de saber que era su esposa... esto no impide que lo sea ya... y con haber atrasado la fecha...

—Resulta, pues, que Amina se ha enamorado de un caballero castellano: peor para el emir.

—Si peor para el emir y para su hija, exclamó con acento reconcentrado Aben-Aboo. Pero seguid, tio, seguid: sepamos cuáles son las otras mujeres que Satanás ha metido en nuestros asuntos.

—La sultana Amina bastaria; porque tanto tú como Aben-Humeya estais empeñados por ella: pero existen ademas tu tia doña Elvira y tu madre.

—¡Ah!

—Si, ambas aman al emir y son enemigas á muerte: yo amo á mi cuñada y soy enemigo del emir; los odios se cruzan entre nosotros: hay ademas otra mujer por quien estais á un tiempo empeñados Aben-Humeya y tú: esa comedianta que has traido de Granada.

—Os confieso tio, que esa mujer me espanta, que no la comprendo, y que á pesar de estar enamorado de la sultana, esa mujer me enloquece.

—Eso consiste en que la sultana habla á tu ambicion, y la comedianta á tu deseo. Pero es necesario que encubras tus amores hácia la sultana: es necesario que separes de tí á la comedianta.

—¿Y á qué propósito?

—Para evitar el odio de Aben-Humeya.

—¿Y qué me importa? Bien sabeis que desde antiguo, por mas que lo hayamos disimulado, somos enemigos.

—Pero esa enemistad es fatal en estos momentos.

—Yo no quiero una patria en que he de ser esclavo.

—Es que esa patria, si luchamos todos á una, podrá ser tan grande que haya lugar en ella para todas las ambiciones.

—Yo no puedo contar con la buena fe de Aben-Humeya.

—Si Aben-Humeya te se muestra hostil, es porque desconfia de tí; ayúdale, inspírale confianza y Aben-Humeya se unirá á tí como á un hermano.

—Ya habeis dicho, que entre nosotros se han colocado dos mujeres.

—Si sigues mis consejos, solo habrá una, y esa es tal que no merece que dos buenos creyentes sean enemigos por ella.

—¿Y cuál de esas dos mujeres ha de ser la que ha de dejar de excitar nuestra rivalidad?

—La sultana Amina.

—¡Ah! exclamó Aben-Aboo, cuyo rostro se cubrió con la expresion de la mas profunda reserva; ¿y de qué modo podremos hacer para que la sultana Amina deje de ser un objeto de rivalidad entre Aben-Humeya y yo?

Sonrió sutilmente Aben-Jahuar.

—Ni tú ni Aben-Humeya amais á la sultana, dijo: quereis sin embargo casaros con ella, porque comprendeis que el que sea su esposo, tendrá en su favor al poderoso emir de los monfíes.

—Puede ser que piense así mi noble primo.

—No piensas tú de otra manera.

—Y bien, dado caso que yo piense así, ¿de qué modo hemos de obrar para que la sultana deje de ser un medio de elevacion?

Sonrió de nuevo sutilmente pero de una manera mas sesgada Aben-Jahuar.

—Supongamos que muere el emir...

—¡Ah!

—Esto es muy fácil que suceda... acometemos una empresa peligrosa... ademas el emir va todas las noches...

—¿A dónde?

—A ver á tu madre.

—¡A ver á mi madre!

—¿No te he dicho que se aman?

—¡Eso es mentira!

—Observa tu casa en las altas horas de la noche.

—Sois un demonio, dijo Aben-Aboo; quereis envenenarme el corazon.

—Tengo experiencia y te aconsejo bien.

Guardó por un momento silencio Aben-Aboo, y luego dijo.

—No hablemos mas de esto y vamos á lo que importa. Vos como capitan general de los moriscos me habeis mandado llamar y he venido.

—Ha llegado el momento de probar tu valor.

—¿Es decir, que ha llegado la hora?

—Si; Farax-aben-Farax, con seis mil hombres, marchará esta noche sobre Granada, sublevará el Albaicin, acometerá la Alhambra, en la cual hay poco resguardo, y para lo que llevan escalas, y es muy posible... los cristianos se entregarán descuidados á sus fiestas de la Noche-Buena; acudiran á los templos á la misa del Gallo, y cuando pretendan salir de ella, se encontraran con la muerte. Pero es necesario obrar al mismo tiempo en las Alpujarras: los cristianos, sea por casualidad ó por recelo, se mueven en nuestras montañas; la parte de compañía del marqués de la Guardia, que estaba en Cádiar, ha marchado á Yátor, pero en cambio, acaba de entrar esta mañana en la villa y de alojarse en las casas, la compañía de arcabuceros del capitan Diego de Herrera.

—¡Cómo! ¿ese miserable que ha cometido en las Alpujarras tantas infamias, vuelve entre nosotros?

—Vuelve para morir. Ademas de esto, la Inquisicion nos visita hoy.

—¡La Inquisicion!

—Esto nos favorece: como nuestros hermanos estan poco instruidos en lo que atañe á la religion cristiana, el inquisidor Molina de Medrano, que viene encargado de la visita, se estremará con ellos: á pretexto de que son poco celosos, de que ignoran los preceptos de la religion cristiana, les amenazará, pretenderá arrebatarles sus hijos...

—Es necesario arrancar el corazon á ese clérigo, exclamó Aben-Aboo.

—¡Los monfíes! exclamó con un acento feroz Aben-Jahuar; los monfíes haran eso. El Ferih el tremendo Abd-el-Melik el Ferih, te espera esta tarde á la caida del sol en las quebraduras de la rambla de los Ciegos.

—¡Ah! ¡me espera!

—Sí; tú á mas de ser infante de Granada, eres el morisco de mas influencia en Cádiar.

—¿Y me obedecerá el Ferih?

—Ciegamente.

—¿Sabe esto el emir?

—Ha dado órdenes al Ferih para que te espere.

—¿Y qué he de hacer, tio?

—¿Qué han hecho con nosotros los cristianos?

—Nos han aterrado á fuerza de crueldades.

—Pues bien, los cristianos te han dicho lo que debes hacer.

—¡Oh! ¡oh! ¿debo hacer con los cristianos lo que los cristianos han hecho con nosotros....? ¡bien! lo haré.

—No olvides lo que hemos hablado.

—¡Oh! es muy dificil olvidarlo: mi madre y mi tia aman al emir: el emir ama á mi madre; el marqués de la Guardia está casado con la sultana Amina y tiene de ella una hija... ¿Sabeis donde está la hija de la sultana? exclamó de repente Aben-Aboo.

—Puede ser que lo sepa.

—¿Y por qué no he de saberlo yo?

—Te he dicho que puede ser que lo sepa, lo que quiere decir que no lo sé.

—¿Y teneis medios para saberlo?

—Los buscaré...

—Y entonces...

—Lo sabrás.

—¡Ah tio, tio! conozco que sois un demonio, y sin embargo me parece que me voy á condenar con vos.

—O á salvarte.

—El olor de la sangre y de la carniceria me da ya en las narices.

—Procura que ese olor no te desvanezca: si oyes mis consejos, y eres valiente y leal, hijo, grande suerte te espera. Pero por el momento muéstrate con Aben-Humeya como un hermano; con Aben-Farax como con un amigo.

Aben-Aboo; estrechó la mano de Aben-Jahuar.

—Ahora es necesario que te vayas, dijo este á Aben-Aboo: Espero á una persona que no quisiera te viese conmigo.

—Pues entonces adios, tio.

—No te olvides de ir esta tarde á puestas del sol, á las quebraduras de la rambla de los Ciegos: yo iré tambien. Adios.

Aben-Aboo, salió, y poco despues, su tio le sintió bajar por las escaleras.

—Hé ahí un sobrino de buena raza, dijo Aben-Jahuar cuando se hubo quedado solo. Es valiente y cruel, y sobre todo ambicioso: en mejores manos no podría haberse puesto lo de Cádiar. Esta noche se verá claro en las calles aunque no haga luna.

Y se puso á pasear meditabundo á lo largo de la habitacion.

Como se vé, el amor hácia su cuñada doña Elvira, y su anhelo por poner las cosas á punto de que él fuese la única cabeza de la rebelion de los moriscos, hacian meditar á don Fernando de Válor ó Aben-Jahuar, horribles crímenes: para llegar á su objeto era preciso que se ensangrentase en su misma familia, que matara á sus sobrinos; que desgarrase el corazon de su hermana, y que hiciese caer en un lazo traidor y horrible á Yaye, su pariente tambien, pariente generoso que le habia dado continuamente oro y proteccion, y á cuya influencia debia el no haber muerto en galeras, ó á lo menos en un encierro como murió su hermano. Pero Aben-Jahuar queria poseer el amor de doña Elvira y la corona de Granada, y nada le detenia en su terrible paso hácia aquellos objetos: ni aun la sangre de los suyos.

Oyéronse pasos en el corredor, se acercaron, se entreabrió la puerta, y una voz clerical, dijo:

—Deo gratias.

—A Dios sean dadas, contestó don Fernando.

Poco despues, maese Barbillo, el galeote escapado, el sacristan de la iglesia parroquial de Cádiar, estaba de pié y caperuza en mano, delante de Aben-Jahuar.

CAPITULO XVI.

De qué manera servia á quien le pagaba, Maese Barbillo.

Miróle este por un momento fijamente.

—¿Has concluido ya tus negocios? le preguntó.

—Por el momento si; pero no puedo estar mucho tiempo con vuesamerced, porque tengo que colgar la iglesia, y sacar los sillones para la Inquisicion, y qué sé yo cuántas cosas.

—Bien, siéntate.

—Estoy así bien, señor.

—Siéntate.

Barbillo se sentó.

—¿Has dicho á alma viviente lo que has hablado conmigo?

—¡Cómo, señor! ¿desconfia vuesamerced de mí?

—Desconfio de todo hombre que anda en tratos con mujeres.

—¿Y yo?

—Tú, á la socapa, tienes por novia á la morisca mejor moza de la villa.

—¿Quién ha dicho á vuesamerced tanto? exclamó con cuidado Barbillo.

—Me alegro que nada me niegues: yo sé que el ama del beneficiado Juan de Ribera, la buena Mariblanca, arde por ti, y que teneis tratado casaros.

—Algo hay de eso: pero mientras viva el beneficiado.....

—¿Quién sabe lo que el beneficiado vivirá? pero volviendo al asunto: quien tiene por novia una mujer de tan buenos ojos, y tan ladina como Mariblanca, está expuesto á ser imprudente.

—¡Quiá! ¡no señor! ya sabe vuesamerced que yo soy mucho pez, y que todas las Mariblancas y Marinegras del mundo, no me haran hacer lo que no me convenga: es verdad que la Mariblanca es una muchacha que no la hay mas garrída en la córte del rey: es verdad que he andado y ando y andaré trás ella, y que lo que mucho cuesta se aprecia mucho: pero no hay miedo que yo la diga mas de lo que la debo decir.

—Yo sé que mi cuñada doña Elvira, viene algunas veces encubierta á Cádiar, y que aunque no vea á su cuñada doña Isabel, siempre ve á Mariblanca.

—Es verdad, pero eso consiste...

—¿En qué?

—En que Mariblanca y yo, servimos á doña Elvira.

—En sus amores...

—Cierto que sí.

—¿Pero tú sabes con quién tiene sus amores?

—Ayer no lo sabia, pero hoy lo sé.

—Y... ¿quién es?

—Un caballero muy principal.

—¿Como de cuarenta y cinco años?

—Si señor.

—¿Muy blanco, muy hermoso, con el pelo negro?

—Eso es.

—¿Y sabes cómo se llama ese caballero?

—Lo que sé, es que es muy amigo del beneficiado Juan de Ribera.

—¿Y cómo le conocias de antes?

—De una manera muy sencilla: á causa de doña Elvira. Antes de conocerme á mí, doña Elvira habia conocido á Mariblanca.

—¿Y cómo conoció mi cuñada á tu novia?

—El padre de Mariblanca es morisco.

—Ya lo sé.

—Un morisco feroz.

—Es mas que morisco: es moro: es monfí: se llama Abd-el-Melik el Ferih.

—Un moro muy principal... pues bien: habeis de saber que Mariblanca se enamoró de un capitan del presidio de Andarax. De esto, hace diez años: Mariblanca tenia entonces quince: el capitan la sedujo... la deshonró... y la robó de la casa de su padre... todo esto me lo ha contado Mariblanca.

—Sigue, sigue.

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El comediante Cisneros.

—Como decia, el capitan la sacó de su casa, jurándola que seria su esposa, y la escondió, y gozó de ella cuanto quiso, y cuando se fastidió de ella, empezó á distraerse y á requebrar á otras... entonces Mariblanca le dijo, que la cumpliese su palabra, á lo que el capitan la contestó, que no podia casarse con ella porque era mora. Entonces Mariblanca se fué á buscar al beneficiado.

—¿A Juan de Ribera?

—Al mismo. Le dijo en confesion lo que la acontecia, y le pidió que la bautizase. El beneficiado la bautizó, y ella, con la partida de bautismo en la mano, volvió á Diego de Herrera y le dijo:

—Yo he dejado por tí la casa de mi padre, que si me encuentra me matará: yo te seguí, oyendo tus promesas de que te casarias conmigo: tú me has dicho que no podias casarte con una mora: ya soy cristiana: cúmpleme tu promesa.

El capitan volvió la espalda á la muchacha, que se iba quedando á trás, y que al ver este desprecio de su amante, cegó de cólera y de venganza, y echando mano á un pequeño puñal que llevaba consigo, le hirió á traicion. El capitan cayó: Mariblanca creyendo que le habia muerto, huyó, y se refugió en la iglesia, donde tomó asilo. Entonces el beneficiado, Juan de Ribera, la llevó á su casa, y antes de tomar ninguna resolucion, fué á la casa del capitan: le encontró en el lecho herido, pero no peligrosamente, y supo que el capitan no queriendo acabar de perder á una mujer á quien ya habia hecho bastante daño, habia dicho que le habian herido los monfíes. Condolióse, pues, de la muchacha el beneficiado, ó enamorado de ella, segun dicen malas lenguas, aunque Mariblanca lo niega, y la recibió por su ama, á pesar de que entonces la muchacha solo tenia diez y siete años.

Pasó mucho tiempo: Abd-el-Melik el Ferih que desque su hija huyó de su casa habia desaparecido de Cádiar sin que nadie le hubiese vuelto á ver, permaneció fuera, hasta que una noche, hace dos años, cuando Mariblanca volvia de la fuente, se encontró de repente con un monfí. Era su padre.

—¡Ah! ¡ah! ¡un encuentro endiablado! ¿Y cómo es que hasta hace dos años no se habia presentado el padre á la hija?

—El Ferih habia estado en Africa.

—¿En Africa durante ocho años?

—Sea como quiera, el Ferih no se presentó á su hija sino despues de ocho años que su hija habia huido; pero cuando la vió ante sí...

—No la maté puesto que vive; pero sin duda procuró matarla.

—Nada de eso: la miró por un momento fijamente mientras la pobre temblaba, y luego como si nunca la hubiese visto la dijo:—Sígueme muchacha.

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Sentados en dos taburetes de pino.... comian y bebian.

—¿Y le siguió Mariblanca?

—¿Qué habia de hacer? estaban solos y el Ferih la miraba con los ojos mas feroces del mundo. El padre delante y la hija detrás, salieron de la villa, siguieron un sendero adelante y no se detuvieron hasta pasar la valla del cercado de una huerta. Una vez dentro el Ferih se detuvo, y señalando á su hija una casa, tras una de cuyas ventanas se veia una luz, la dijo:—Vé allí; empuja la puerta, sube unas escaleras, y cuando entrares en una habitacion, cuya puerta encontrarás tambien abierta, dirás á una dama que verás allí: el monfí me envia.—La muchacha siguió adelante hácia la casa, empujó la puerta, subió las escaleras, abrió otra puerta y se encontró en una pequeña habitacion donde habia una dama muy hermosa.

—¿Quién eres? la dijo la dama.

—El monfí me envia; contestó con voz medrosa Mariblanca.

—¿Has conocido á ese monfí? replicó la señora.

—¡Es mi padre! exclamó toda trémula Mariblanca.

—¿Y sabes por qué tu padre no ha lavado con tu sangre la deshonra que has echado sobre él?

—No lo sé, señora; dijo Mariblanca.

—Tu padre me debe la vida, repuso la dama, y en agradecimiento me ha prometido no tocar á uno solo de tus cabellos.

—¡Ah! ¡Dios se lo pague á vuesamerced, señora! exclamó Mariblanca cayendo de rodillas.

La dama se inclinó sobre ella, y sin levantarla del suelo la dijo:

—Te he salvado la vida para que me sirvas.

—¡Ah! ¡serviré á vuesamerced de rodillas! exclamó juntando las manos Mariblanca, que no podia echar de si el terror que la habia causado la súbita presencia de su padre.

—No; quiero que me sirvas de pié y con gran discrecion, levántate.

—¿Y en qué he de servir á vuesamerced?

—Conoces tú á doña Isabel de Córdoba y de Válor.

—¡Ah! ¡si señora! contestó Mariblanca; la conozco mucho, porque va con frecuencia encubierta, á hablar con mi señor el beneficiado.

—¿Que va á hablar con tu señor?

—Si señora: muchas veces mi señor está en la iglesia, y doña Isabel le espera; es un ángel: me habla con cariño porque soy morisca convertida...

—¿Es decir, repuso la dama, que con poco que hicieras podrias entrar y salir libremente en casa de doña Isabel?

—Si señora.

—Pues bien; es necesario que entres en su casa cuantas mas veces puedas, que observes, que veas... ademas de eso tú debes de tener un amante...

Mariblanca se turbó, tartamudeó, y al fin confesó que era mi novia.

—¡Ah! dijo la dama: un sacristan... ciertamente el amante digno del ama de un beneficiado; así todo se queda en casa: pues bien, es necesario que de noche tu amante ronde por fuera de la casa de doña Isabel, y vea quién entra y quién sale, ó quién ronda ó no.

Mariblanca prometió á la dama servirla á su placer, y salió mas muerta que viva, temiendo encontrar de nuevo á su padre; pero su padre habia desaparecido: vínose á casa del beneficiado, y mientras este dormia aquella noche su primer sueño, me contó todo lo que la habia acontecido. De esta manera fue como Mariblanca conoció á vuestra cuñada doña Elvira de Céspedes, y me ha contado tantas veces y tan al pormenor su aventura, que la sé de memoria sin que en ella falte ni un ápice.

—Me has dicho en esa relacion que doña Elvira habia salvado la vida al Ferih.

—Asi lo dijo doña Elvira á Mariblanca.

—Esto lo sabré yo por la misma parte interesada; dijo para sí Aben-Jahuar, y luego añadió alto:

—¿Y qué vísteis Mariblanca y tú?

—Mariblanca, que empezó á frecuentar, á pretexto de conocimiento y de cariño á doña Isabel, vió que estaba siempre muy triste, que hasta dentro de su casa llevaba sus lutos de viuda, aunque ha mas de veintidos años que, segun cuentan, y estando de recien casada con él, murió su marido: que ama mucho á su hijo Diego Lopez, y que es muy caritativa y muy cristiana.

—¿Y no vió nunca Mariblanca en la casa ningun hombre?

—Si señor, los parientes del difunto marido de doña Isabel.

—¿Y nadie mas?

—Nadie mas.

—¿Y tú qué vistes en tus rondaduras?

—Os diré, señor: yo he visto mucho y no he visto nada.

—Explícate.

—He visto, por ejemplo, algunas temporadas en este último año un bulto con trazas de caballero, y de caballero principal, que rondaba las bardas de la huerta donde vive doña Isabel.

—¿Rondarlas nada mas?

—Algunas veces hablaba con el esclavo de Diego Lopez, que para hablarle se ponia caballero en la tapia, y esto muy tarde.

—¿Y no pudiste entender lo que hablaban?

—Sí, sí señor; una noche por encargo de doña Elvira, que deseaba mucho saber lo que el caballero hablaba con el esclavo, me arriesgué á todo, y aprovechando la oscuridad, que era tal que no se veian los dedos de las manos, me tendí cosido contra la tierra y la barda cerca del lugar por donde solian hablar el caballero y el esclavo del señor Diego Lopez; poco despues de estar allí oí ruido entre las matas, y sentí acercarse á un hombre que se detuvo y silbó como una culebra: al silbido sentí que por dentro se acercaba una persona que trepaba á la barda, y al fin oí la voz de Alí, á quien conozco mucho, que decia:

—¿Sois vos señor?

—Sí, yo soy, contestó el de fuera: ¿qué tienes que decirme?

—He puesto la carta de vuestra señoría, sobre la mesa del aposento de mi señora; me he puesto en acecho; cuando mi señora ha entrado y visto la carta se ha puesto pálida, la ha tomado y la ha leído temblando; despues la ha ocultado, como ha hecho siempre con las otras, entre sus ropas; ya entrado el dia, me ha encontrado en el huerto, me ha mirado fijamente, como siempre que he dejado alguna carta, pero no me ha dicho nada; á Genoveva, su doncella, la ha tratado con impaciencia, y como la pobre muchacha no sospecha nada, se ha entristecido; yo por mi parte me he hecho el torpe, como si nada supiese, y ha pasado.

—¿Y nada mas? dijo el caballero.

—Sí, si señor, contestó Alí: he robado un ramo de flores del búcaro de la señora, y una de las marañas de cabello de su peinado. Ahí va todo junto: los cabellos en las flores.

—Paréceme que hubiera querido mucho mejor el incógnito, dijo Aben-Jahuar, las flores en los cabellos.

—Eso tambien creo yo, dijo Barbillo, porque el tal señor está perdidamente enamorado de doña Isabel.

—¿Y lo sabe eso doña Elvira?

—¡Pues no ha de saberlo! como que yo la escribí relatándola, sin faltar letra la conversacion que habia oido entre el hidalgo y Alí.

—¿Y no ha entrado nunca ese enamorado, casa de mi hermana?

—Nunca. Sabríalo yo, y hace algunas noches estaba tan desesperado como antaño.

—Continúa.

—Pues señor, doña Elvira quiso á todo trance saber con certeza quién era el desesperado amante de doña Isabel, y... ayer vino á Cádiar.

—Ya lo sé.

—Se ocultó en la casa que tiene de costumbre, en la Caba Alta.

—Lo sé tambien: casa de la viuda de un mudéjar.

—Eso es: con la viuda mandó llamar á Mariblanca.

—Lo sé tambien: es decir que Mariblanca fué á ver á doña Elvira, pero no sé lo que hablaron.

—Doña Elvira queria á todo trance, que yo con algunos amigos me apoderase del encubierto; anoche mismo Mariblanca me lo dijo, y como pagaba bien doña Elvira, busqué al organista y al barbero, que son dos mozos de pelo en pecho, y bien armados, esperamos á nuestro hombre por el camino por donde suele entrar en la villa; el hombre vino, pero nos aporreó: á pesar de la noche le conocí: esta mañana le ví en la sacristía.

—¿Con qué es decir que el beneficiado, anda en tratos con ese hombre?

—¿Y como si anda? y jura y perjura que es el mejor cristiano que conoce.

—Pues no tiene mucho conocimiento el beneficiado.

—¡Cómo! ¡qué! exclamó abispado, como suele decirse, Barbillo.

—Dios me entiende y yo me entiendo, y basta con que Dios y yo nos entendamos: vamos á otra cosa. Mariblanca seguirá frecuentando la casa de mi hermana.

—Ahora mas que nunca, y de tal manera la finge cariño y amistad Mariblanca, que doña Isabel ha llegado á amarla y á no poder pasar sin ella: de tal modo que la tarde que Mariblanca falta á su visita, la envia á buscar doña Isabel.

—¿Y qué sabe Mariblanca de cierta dama, que hace diez dias ha traido mi sobrino Diego Lopez á su casa?

—¡Ah! esa es otra historia. Diego Lopez ni aun se ha tomado el trabajo de disculparse con su madre.

—¡Ola! ¡Ola! ¿con qué de tal modo falta mi sobrino al respeto á mi hermana?

—Hace algun tiempo que el señor Diego Lopez está desconocido, antes era alegre y decidor; iba á todas partes, galanteaba á las mozas, y hacia finezas á Mariblanca, hasta el punto que casi, casi, llegué á tener zelos: jugaba á la pelota, tiraba la barra y era el que mejor parte llevaba en la palestrilla[23]. ¡Pero ahora! ni tiene un requiebro para las mozas, ni una palabra para sus conocidos; anda triste y mohino, pensativo y cabizbajo, y algunos pastores le han visto acechando por el sitio por donde suele pasar la Dama Blanca de la montaña.

—¡Bah! ¡bah! ¡la Dama Blanca! dijo con acento de burla Aben-Jahuar.

—Burlaos cuanto querais, pero no por eso será menos cierto que anda por nuestras montañas ese duende maldito, que hace mal de ojo á los ganados, y mucho será que no se lo haya hecho al señor Diego Lopez.

—Bien, bien; pero sigue, que nuestra conversacion se va haciendo demasiado larga y tengo que hacer.

—¿Pues y yo que estoy haciendo falta ya en la iglesia? ¡Ya se ve! ¡quiere vuesamerced saber tanto!

—Quiero saber lo que sabe Mariblanca acerca de esa dama, que ha ido á vivir desde hace tres días á la casa de mi hermana.

—Esa dama es muy hermosa.

—Lo sé.

—Y muy principal.

—Lo sé tambien.

—Y gasta unos vestidos como no se han visto en las Alpujarras.

—Vamos al asunto maese Barbillo.

—Pues el asunto es, que el señor Diego Lopez se presentó en su casa el lunes en la noche, trayendo á esa dama á la grupa de su caballo, y que dijo á su madre, segun vuestra señora hermana ha dicho á Mariblanca, que era necesario que la tuviese en su compañía. La dama, que se llama, quisiera no equivocarme, doña Angélica, dijo á vuestra hermana que era viuda de no sé qué príncipe, que se encontraba sola en el mundo, que el señor Diego Lopez la habia enamorado, y que preferia vivir al arrimo de doña Isabel, á que nadie viese que siendo moza y sola la galanteaba un hidalgo jóven. Doña Isabel por amor á su hijo, y viéndose tambien sola, ha dicho en el pueblo que la doña Angélica es una parienta suya, que ha venido á vivir una temporada en las Alpujarras. ¡Pobre madre!

Callóse Barbillo, porque no tenia mas que decir.

—Toma maese, le dijo Aben-Jahuar sacando un escudo de oro de su bolsillo y dándolo al sacristan, has cantado de plano y te estoy agradecido. Ahora cuídate de no decir á alma viviente, ni aun á Mariblanca, que has hablado conmigo, y adios.

—¿Y no me encargais nada, señor?

—Será muy posible que no necesite de ti, contestó Aben-Jahuar con voz cavernosa.

—Pues lo siento mucho, don Fernando, porque teneis una manera tal de tratar á las gentes, que dan ganas de serviros de rodillas.

—Si te necesito otra vez te buscaré.

Y como al decir esto Aben-Jahuar habia demostrado con el acento y con el gesto que deseaba quedarse solo, Barbillo, despues de haberle saludado servilmente, salió.

—No gozarás ese dinero, sino lo gastas de aquí á la noche, dijo el capitan general de los moriscos: sé cuanto necesitaba saber: ahora empecemos á obrar.

Y yendo á la puerta gritó:

—Ola mesonero: mi caballo y la cuenta.

Un momento despues salia del meson y de Cádiar á un mismo tiempo.

CAPITULO XVII.

El capitan Diego de Herrera.

Los pobres moriscos de la villa estaban consternados.

En primer lugar desde el dia anterior se sabia una noticia en extremo alarmante.

El hecho á que aquella noticia se referia, era el siguiente:

Acostumbraban los escribanos y los alguaciles de la audiencia de Ujijar de Albacete, villa de las Alpujarras, ir á pasar las vacaciones de Pascuas en Granada, donde los mas de ellos tenian sus familias, y al hacer el camino, como los moriscos estaban acobardados y ellos lo sabian bien, porque eran los que los acobardaban, llevábanse á su paso, gallinas, pollos, miel, fruta y dinero, todo arrancado con amenazas, ó mejor dicho: robado.

Cinco de estos escribanos y alguaciles, entre los que iban dos ferocísimos, Juan Duarte, y Pedro de Medina, salieron de Ujijar el martes veinte y dos de diciembre llevando por guia á un morisco, é hicieron por los lugares por donde pasaron desórdenes y tropelías, con el mismo descuido que si las Alpujarras hubieran estado en perfecta tranquilidad, y no agitadas y preparándose para un alzamiento; á las noticias de estos desórdenes, salió á ellos con algunos monfíes nuestro antiguo conocido Harum-el-Geniz, y encontrándolos en una senda cerca de la villa de Poqueira les cortaron el camino y los pasaron á cuchillo, no pudiendo escapar mas que el escribano Pedro de Medina y el guia morisco, que fueron á ampararse á la villa de Orgiva. Del mismo modo los monfíes mataron y quitaron los caballos á cinco escuderos que habian salido de Motril.

Temian, pues, los moriscos, que, como en otras ocasiones, pagasen justos por pecadores, es decir, que el corregidor de Ujijar enviase al término donde aquellos fracasos habian acontecido y aun mucho mas lejos; algunas escuadras de soldados, y no pudiendo haber á los monfíes, ó no atreviéndose á ellos, extremasen sus crueldades y sus licencias con los que ninguna parte habian tenido en el caso.

Lo que en segundo lugar los tenia como suele decirse con la mosca sobre la oreja, era que se sabia de cierto que la Inquisicion iba á Cádiar á hacer su visita, y lo que en su lugar los aterraba era la llegada á la villa del capitan Diego de Herrera, y su cuñado Juan Hurtado Docampo, hombres crueles, que con cincuenta soldados y una carga de arcabuces, habian venido de Granada, causando á su paso por los pueblos agravios, cometiendo desafueros, y tratando á los naturales como cosas viles de las cuales dispone á su antojo su dueño.

Aquella mañana antes de que entrasen los dos hidalgos cuñados con su gente, sabíase en la villa, y encontrábanse en la plaza los moriscos divididos en corros, hablando animadamente: pero notábase que cambiaban, aunque con gran disimulo, de conversacion cuando pasaba junto á ellos algun alguacil del corregidor, ú otro de los castellanos de los que vivían en el pueblo con fueros y soberbia de autoridad, ya fuese por su oficio, ya por su amistad con los oficiales del rey.

Un observador hubiera notado que los moriscos trataban algo y algo terrible.

Como á las nueve de la mañana oyéronse en la parte baja de la villa pífanos y tambores, y cambió como por ensalmo la expresion de los semblantes de los moriscos, de tal modo que nadie los hubiera creido sino los mas contentos y felices hombres del mundo: poco despues entraron en la plaza con la bandera tendida los cincuenta arcabuceros, llevando delante dos pífanos y dos tambores, tras ellos Diego de Herrera y su cuñado Juan Hurtado Docampo, ginetes en dos rocines, con las espadas desnudas, y con mas fueros, autoridad é hinchazon que podia haber traido el mismo rey.

—¡Eh! ¡tú, Tomás el Ansarí! dijo el capitan Herrera á un anciano que estaba entre los moriscos y á quien conocia por haber estado antes de presidio en la villa: mis muchachos vienen cansados, necesitan buen almuerzo, buena cama, y buenas mozas: conque mira de qué modo se les aposenta, que no tengan que enojarse con vosotros.

El Ansarí, que era el xeque de la talla de Cádiar, noble anciano descendiente de la esclarecida familia de los Abencerrages, se acercó al capitan con la gorra en la mano, y le dijo con la sonrisa en los labios:

—Bien venido sea vuesamerced entre nosotros: por mi parte, mi casa y cuanto en ella tengo está para serviros y á ese honrado hidalgo que os acompaña: juro á Dios que no os ha de faltar nada y en cuanto á la tropa, yo haré de modo que á cada soldado se le aposente como si fuera un rey.

—Bien harás en eso Ansarí, porque tanto como un rey vale un soldado español, y tal andais vosotros que os importa estar bien con la gente de guerra; que nadie sabe lo que acontecerá, y ocasion podria llegar, en que sea mas útil la amistad de un soldado que la del mismo Preste-Juan de las Indias.

—Si esa ocasion llega, ya procuraremos que los buenos soldados del rey no puedan quejarse de nosotros.

Tras estas palabras Tomás el Ansarí se llevó consigo hácia su casa al capitan Herrera y á su cuñado, y los arcabuceros fueron alojados en las mejores casas del pueblo.

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