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Los monfíes de las Alpujarras

PRIMERA PARTE. LOS AMORES DE YAYE.

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CAPITULO PRIMERO. El edicto del señor emperador.

El dia 30 de mayo del año de 1546, una inmensa multitud de gentes de todos clases y condiciones, llenaba en Granada la estrecha plazuela comprendida entre la Capilla Real, sepulcro de los Reyes Católicos, la Casa de la Ciudad y las desembocaduras de algunas callejas, que desde aquel punto conducen al Zacatin, á la plaza de Bib-al-Rambla, y á la parte alta de la ciudad.

Entre aquella multitud abundaban los pintorescos trages de los moriscos, á los que se mezclaban los justillos y las calzas castellanas, y los coletos de ámbar y los castoreños con plumas de los soldados de los tercios viejos del rey.

Notábase cierta cuidadosa ansiedad en los rostros de los moriscos y una insolencia punzante en los de los castellanos que se mezclaban con ellos; segun todos los indicios y á juzgar por ciertas particularidades de que vamos á ocuparnos, debia prepararse algun acontecimiento importante.

Las particularidades que acabamos de indicar, eran las siguientes:

El gran balcon de la Casa de la Ciudad, estaba cubierto por una rica colgadura de terciopelo carmesí con franja y rapacejos de oro, y en su centro se veía bordado en realce el blason de las armas reales de España y Austria, sostenido por un águila de dos cabezas coronada y tendidas las alas; en el centro del balcon y tendido sobre la balaustrada, se veia un pendon rojo de dos puntas, blasonado con las armas de los Reyes Católicos, pendon real que se habia tremolado en la torre de la Vela de la Alcazaba de la real fortaleza de la Alhambra, el dia de la entrega de Granada, que los Reyes Católicos habian dejado como una inapreciable prenda á la ciudad, y cuya sola vista hacia palidecer los semblantes y arrasarse de lágrimas los ojos de los moriscos, á consecuencia de los tristísimos recuerdos que avivaba la vista de aquel pendon en su memoria.

Ultimamente, una compañía de alabarderos, con su capitan Rodrigo de Monforte á la cabeza, formaba en cuatro filas delante de la puerta de la Casa de la Ciudad, y á través de los soldados se veian en el extenso patio, cuyas galerías estaban entonces sostenidas por arcos y columnas árabes, los abigarrados colores de las dalmáticas de los reyes de armas de la Ciudad, los sombreretes de canal con pluma y los negros ferreruelos de los alguaciles, los escuderos del señor corregidor y de los señores veinticuatros ó regidores perpetuos, teniendo los caballos de sus señores del diestro, y por último, los timbaleros y trompeteros de la Ciudad á caballo.

Allá en un rincon podia verse tambien una persona de apariencia abyecta, vestida de negro, con la cabeza descubierta y aislada enteramente; una especie de mancha humana, con la que todos esquivaban ponerse en contacto; el último escalon descendente de la gradacion social puesto en contacto con el verdugo.

Aquel hombre era el tio Gonzalvillo, pregonero jurado de la Ciudad.

Se trataba, pues, de un pregon.

Pero pregon que con tal solemnidad se preparaba, debia ser muy importante, y fué aquí la causa de la ansiedad de los moriscos, que todo lo temian de la mala fe que desde el momento despues de la entrega de la ciudad de Granada, habia usado con ellos la corona de Castilla, durante los reinados de los Reyes Católicos, de la reina doña Juana, su hija, y del emperador don Carlos, su nieto.

A cada momento llegaban caballeros, vestidos con arneses de córte, ginetes en caballos encubertados de gala y rodeados de pajes y escuderos.

A las once del dia oyóse por la calleja que conducia á la parte alta de la ciudad son de timbales, y poco despues desembocaron los músicos de la Real Chancillería, y sus reyes de armas á caballo; luego el señor presidente, en una mula, con sus hábitos de arcipreste; despues, en otras tantas mulas, los señores oidores, los señores alcaldes de Casa y Córte, y por último, una nube de negros ministros de justicia, ginetes en rocines.

Aquella cabalgata atravesó por medio del apiñado gentío, llegó á la puerta de la Casa de la Ciudad, apeáronse los señores de la Chancillería, y entraron por medio de la compañía de alabarderos, que se abrió, quedando fuera la comitiva, y se entraron en la sala capitular, cuya puerta estaba situada al fondo del patio: la multitud, comprimida por aquel cuerpo extraño que se le habia incrustado, y apretada mas y mas por los nuevos curiosos que llegaban, no cabia ya en la plazuela y empezaba á rebosar por las tres callejas que á ella conducian; á las once y media la multitud tuvo que estrecharse mas; por la parte del Zacatin se habia escuchado de repente, bélico son de clarines y atambores que batian marcha; una compañía de arcabuceros habia entrado haciendo plaza, y en pos de ella, precedido por ginetes, el alferez mayor del reino y córte de Granada, llevando el estandarte real; luego el escudero del capitan general don Luis Hurtado de Mendoza, marqués de Mondejar, llevando su adarga; despues los lacayos, palafreneros y demás servidumbre del marqués, vestidos de gala; por último, entre una nube de caballeros, capitanes y alféreces, el mismo capitan general sobre un caballo ricamente encubertado, con una banda roja bordada de oro sobre su arnés de córte, el baston de mando en la diestra, llevando en la cabeza en vez del yelmo, como en señal de paz y confianza, un bonete de grana; seguíanle, empero, como muestra de que iba preparado á todo, cuatro escuderos, el uno de los cuales llevaba desnuda su ancha espada de combate, otro su yelmo de encage, otro su lanza de Milan, y otro su viejo escudo de guerra, que, aunque limpio y bruñido, se mostraba honrosamente abollado y remendado, señal clara de que habia defendido á su dueño en mas de una recia batalla; iban en pos los restantes servidores del marqués, y por último una compañía de piqueros.

Es de advertir que el ayuntamiento habia dejado la posesion entera de la plazuela al pueblo, pero que, la Chancillería le habia robado un buen espacio; que el capitan general habia acabado de comprimirle, y que solo faltaba el Santo Oficio de la General Inquisicion para desalojarle enteramente de ella.

El Santo Oficio no tardó en llegar con sus timbales, sus alguaciles, su pendon verde con la cruz dominica, sus inquisidores sombríos y hoscos, montados en mulas, sus familiares, y, por último sus soldados de la fe.

El pueblo se vió obligado á extenderse fuera totalmente de la plazuela, rellenando las tres calles inmediatas: asi, pues, el ayuntamiento, la Chancillería, el capitan general y la Inquisicion, con sus ginetes y pendones, estaban sitiados, como acuñados por un pueblo inmenso.

Pero aquel pueblo estaba vencido y desarmado, y á pesar de que comprendia que todo aquel aparato era para imponerle nuevas condiciones, para romper mas y mas las honrosas capitulaciones de la conquista de Granada, cada uno de aquellos moriscos callaba, y temblaba de ansiedad y aun de miedo.

Dieron gravemente las doce en el cercano relój de la Capilla Real: aun duraba la vibracion de la última campanada, cuando se escuchó alto alarido de clarines y atronante redoblar de timbales y atambores; poco despues la multitud que henchia la calleja que comunicaba con el Zacatin, fue empujada y se puso lentamente en marcha; sucesivamente fueron saliendo de la plazuela los maceros y timbaleros del ayuntamiento; el pendon de la Ciudad, los regidores, el corregidor y los alguaciles; luego la Chancillería, despues el capitan general, por último, la Inquisicion y trás ella las tres compañías de alabarderos, arcabuceros y piqueros; la multitud que llenaba las otras dos calles se mezcló en la plazuela como dos rios que confluyen en un punto y siguió lento y tristemente aquella procesion, cuyos timbales y trompetas atronaban el espacio.

Las tiendas de los mercaderes moriscos del Zacatin se habian cerrado: las ventanas de los primeros pisos estaban engalanadas con tapices, como en honor del pendon real, del pendon de la fe y del pendon de la Ciudad, que pasaban debajo de ellas; pero en aquellas ventanas, aunque no estaban cerradas, no habia una sola persona: la multitud estaba en la calle precediendo y siguiendo á las cuatro corporaciones que tan solemnemente atravesaban la ciudad.

Al fin los primeros timbaleros desembocaron en la Plazuela Nueva; esta plaza estaba llena ya de moriscos, cuyo número se aumentaba incesantemente con el interminable cordon de ellos que avanzaba por la calle de Elvira y por los que descendían por las avenidas del Zenete, de la Antequeruela y de la Carrera de Darro.

En medio de la plaza y delante del sitio donde algunos años después se construyó el palacio de la Chancillería, estaba levantado un extenso tablado; cuando llegaron á él, subieron por la gradería los tres alféreces del rey, de la Ciudad y de la Inquisicion: el corregidor, el capitan general, el inquisidor mayor y el presidente de la Chancillería; subieron, ademas, un secretario del ayuntamiento, que llevaba un rollo de pergamino rodado (es decir, con un sello de plomo, pendiente de hilos de seda) y el pregonero.

Entonces los trompeteros de la Ciudad dejaron escuchar por tres veces el largo y ronco son de sus clarines, despues de lo cual y en medio de un silencio que habria hecho creer al que aquello hubiese visto de repente, que todos aquellos hombres que llenaban la extensa plaza, no eran otra cosa que fantasmas, se oyó la extensa y sonora voz que habia valido al tio Gonzalvillo su oficio de pregonero, que repetia estas palabras que le apuntaba en voz baja el secretario de la Ciudad:

«¡Oid! ¡oid! ¡oid!»

Despues de esto, Gonzalvillo hizo una pausa. Luego continuó:

«Don Carlos, por la gracia de Dios, rey de Castilla, de Leon...

Suprimimos en gracia á la paciencia de nuestros lectores, los largos dictados del emperador don Carlos, y la forma cancilleresca del edicto, que tras dichos dictados, pregonó Gonzalvillo: pero vamos á decir cuáles eran los capítulos del edicto, á la enunciacion de cada uno de los cuales se aumentaba, por decirlo asi, el silencio, y como que parecia que se sentian latir en medio de aquel silencio pavoroso, y como si hubieran sido un solo corazon, los corazones de los moriscos.

El edicto, aprobado y firmado en 1530 por el emperador don Carlos, que á pesar de esto no se habia promulgado solemnemente, por no haberse creido oportuno exasperar á los moriscos, era en sustancia lo siguiente:

El emperador, reconociendo las buenas y justas razones que le habia expuesto su consejo, decia á sus buenos vasallos, los moriscos del reino de Granada que: «Habiéndose reunido los años pasados doctos y justos varones, cuyos nombres se citaban largamente, y habiendo estos varones visto y examinado los capítulos y condiciones de las paces que se concedieron á los moros cuando se rindieron, el asiento que tomó de nuevo con ellos el arzobispo de Toledo[1], cuando se convirtieron, y las cédulas y provisores de los Reyes Católicos, juntamente con las relaciones y pareceres de hombres graves, y visto todo hallaron: que mientras se vistiesen y hablasen como moros, conservarian la memoria de su secta y no serian buenos cristianos, y en quitárselos no se les hacia agravio, antes era hacerles buena obra, pues lo profesaban y decian, se les mandaba dejar su lengua para siempre jamás, y no hablar sino en castellano; que no fuesen válidas las escrituras ni tratos que se hiciesen en lengua arábiga, que dejasen de usar su antiguo trage y usasen el castellano; que abandonasen la costumbre de sus baños; que tuviesen las puertas de sus casas abiertas los dias de fiesta y dias de viernes y sábado; que no usasen las leilas y zambras á la morisca; que no se tiñesen las mujeres las uñas de las manos y de los piés; que no usasen perfumes en los cabellos; que fuesen por la calle con los rostros descubiertos como las castellanas; que en los desposorios y casamientos no usasen ceremonias moriscas, sino que se hiciese todo con arreglo á los preceptos de la Iglesia Católica; que el dia de la boda tuviesen la casa abierta; que oyesen misa; que no tuviesen consigo niños expósitos; que no usasen de sobrenombre, y últimamente, que no tuviesen consigo berberiscos libres ni cautivos.»

Este edicto acababa de anular las capitulaciones de la conquista de Granada, ya en años anteriores harto bastardeadas: los moriscos se encontraban reducidos á la condicion de un pueblo que se hubiese rendido á discrecion.

La fe de la palabra y de la firma real de los Reyes Católicos, ya lastimada en su tiempo, acababa de ser rota por sus sucesores.

Pero ni un murmullo de disgusto se levantó entre aquellos pobres vencidos, tenian miedo: ya habian probado dos veces la insurreccion en la Ajarquía y en las Guajaras, y estas dos insurrecciones habian sido vencidas, y durísimamente castigadas á sangre: estaban enteramente dominados, desarmados, y sin embargo, la cólera rugía en cada uno de sus corazones, y el ánsia de morir matando á sus aborrecidos opresores, les dominaba.

Pero, como hemos dicho, fuese por el estupor primero que sobrecoge á un pueblo cuando siente sobre sí el golpe audaz del látigo del despotismo, fuese por desaliento, fuese por prevision, ni un murmullo, ni una señal de disgusto se dejó notar entre las turbas.

Acabado el pregon del edicto en la Plaza Nueva, la misma comitiva, en la misma solemne forma, se dirigió al Albaicin y empezó á trepar por sus pendientes y estrechas calles, hasta llegar á la Plaza Larga, donde habia otro tablado.

Allí, tambien, en medio de un gentío inmenso, se pregonó el edicto, y concluido que fue el pregon, la cabalgata se encaminó á la parte baja de la ciudad.

Ni un solo castellano quedó en el Albaicin: todos eran moriscos.

Al retirarse las cuatro corporaciones de la Plaza Nueva, la multitud se habia dispersado, retirándose cada uno de los moriscos, triste, cabizbajo y pensativo á su casa. Pero no aconteció lo mismo en la Plaza Larga: en vez de dispersarse el gentío, se estrechaba mas: empezaba á escucharse un murmullo sordo y amenazador: pero aun no se habia proferido un solo grito, no habia tenido lugar ni una sola señal sediciosa.

De repente, un jóven como de veinte y cuatro años, de continente gallardo, y de apariencia robusta, de rostro enérgico y hermoso, y, aunque vestia completamente como los hidalgos castellanos, morisco, sin duda, á juzgar por la expresion letal y la mirada amenazadora con que habia escuchado desde el dintel de una botica, el pregon de los capítulos del edicto, se volvió bruscamente hácia dentro, y abandonando á un anciano que le acompañaba, y que, por el contrario que el jóven, habia escuchado el pregon con semblante impasible, empujó rudamente la puerta de la celosía de la tienda, la atravesó fuera de sí, y salvando á saltos unas escaleras, atravesó una habitacion, abrió una ventana que daba á la plaza, y avanzando por ella el cuerpo gritó:

—¡A las armas contra los cristianos! ¡á barrear las calles que bajan á la ciudad! ¡á morir ó á exterminar á nuestros enemigos!

La voz del jóven excitado por la cólera, era tonante, extensa, poderosa, como la voz de la tempestad.

Su grito de guerra retumbó claro y distinto por cima de los murmullos de la multitud, en los ángulos mas distantes de la plaza.

Aumentóse el murmullo y la agitacion; pero ni un solo hombre se movió, ni una sola voz contestó á la voz del jóven tribuno.

—¡Cobardes! gritó el jóven, irritado por el poco efecto que habian hecho sus palabras en los moriscos, ¡os sentencia á la pobreza, á la esclavitud y á la deshonra, y lo sufrís como sufre el perro el látigo de su señor!

—¡Cobardes no! gritó otra voz no menos tonante que la del jóven, desde el centro de la multitud: ¡cobardes no! ¡desarmados!

Y aquella voz tenia una entonacion de dolor generoso, de desesperacion, de rabia, todo junto á la vez.

—¡Que no tenemos armas! exclamó con una feroz energía el jóven de la ventana, clavando su mirada de águila en el que le habia contestado y reconociéndole. ¿Y eres tú, Farax-aben-Farax el valiente, el descendiente de cien reyes, el que exclamas como una débil mujer: ¡no tenemos armas!—¿acaso porque no ves la infamia delante de tus ojos, no ves las piedras que tienes delante de los piés? ¿y cuando aun estas mismas piedras nos faltáran, no es preferible morir antes que ver á nuestros pequeñuelos separados de sus madres, á nuestras doncellas afrentadas por el cristiano, á nuestros viejos cubiertos de vergüenza de haber llegado á tan ruines tiempos?

—¡A las armas! ¡á barrear las calles! exclamó la multitud, excitada por el entusiasta y enérgico apóstrofe del jóven: ¡á morir ó matar!

Y los moriscos empezaron á revolverse y sin saberse de dónde habian salido, empezaron á verse arcabuces, picas y espadas entre la multitud.

Era inminente una insurreccion: todas las bocas gritaban; todas las manos se agitaban; algunos cargaban los arcabuces y soplaban las mechas para hacer salva, como en señal de levantamiento.

Entonces apareció en la misma ventana en dónde el jóven con la voz y los ademanes seguia excitando al pueblo, apareció, decimos, un viejo venerable, de larga barba blanca, vestido á la castellana; el mismo que hemos dicho acompañaba al jóven durante el pregon en la puerta de la botica.

Una ansiedad mortal se mostraba en su semblante, antes indiferente, y con sus trémulas manos agitaba un bonete encarnado, de que se habia despojado, dejando descubiertos sus largos cabellos blancos como plata.

La toca del bonete ondeaba, y á todas luces se comprendia que el anciano deseaba que se restableciera el silencio para poder ser escuchado: sus señas se vieron, comprendióse su deseo y mucho respeto, mucho amor debia inspirar aquel venerable viejo á los moriscos, porque los gritos cesaron y los que estaban á punto de salir de la plaza se detuvieron.

—¿Me conoceis aun, hijos mios? exclamó el anciano con voz trémula y conmovida: ¿me conoceis aun, bajo estas ropas castellanas?

—¡Si! ¡si! ¡si!

—Tú eres el justo, el bueno, el santo faquí! de la gran mezquita, exclamó el llamado Farax-aben-Farax: tú eres nuestro amado Abd-el-Gewar; habla anciano: tus hijos te escuchan.

—¿Que vais á hacer? exclamó el faquí: ¿no veis la ciudad llena de soldados? ¿no habeis visto la espantable artillería que para causaros terror ha llevado delante de vosotros á la Alhambra el capitan general? ¿no habeis visto hace un momento reunidos el ayuntamiento, la Chancillería, la milicia y la Inquisicion? ¿para qué se han dejado ver tantas gentes con tanta pompa, con tanto estruendo, sino para daros á entender que estan resueltas á cumplir aunque para ello necesiten exterminaros, el cruel edicto del emperador?

El anciano, fatigado por el violento esfuerzo que habia hecho para dejarse oir de la multitud, se detuvo un momento; los que ocupaban la plaza tenian fijos en él sus ojos, y el silencio, mas profundo aun que al principio, continuaba: el jóven morisco que poco antes habia incitado al pueblo á la insurreccion desde la ventana, se veia tras el anciano, de pié con los brazos cruzados y el semblante sombrío.

—¡Acordaos! continuó el anciano faquí: ¡acordaos los que ya teneis canas, cuando en el año 99, el alguacil Velasco de Barrionuevo, osó entrar en la casa de un elche[2] y sacar á su hija doncella para llevarla á bautizar á la fuerza! ¡acordaos de que, á los gritos de aquella desdichada, irritados nuestros hermanos salieron á la plaza de Bib-al-bolut, salvaron la doncella y mataron al alguacil! el Albaicin se levantó, la adarga que don Iñigo Lopez de Mendoza nos enviaba en señal de paz fue apedreada; el arzobispo de Toledo que habia venido á convertirnos, cercado en su casa: durante tres dias defendimos las calles que suben de la ciudad, como desesperados ¿y qué sucedió? solos, sin mas amparo que nuestro valor, combatidos por todas partes, fuimos vencidos, nos vimos obligados á besar de nuevo los piés del vencedor y á pedirle gracia: sin embargo, mas de quinientas familias fueron castigadas: vimos los pequeñuelos arrancados del pecho de sus madres; el padre anciano separado del hijo robusto; las doncellas, con los rostros descubiertos y los cabellos tendidos, entre la brutal soldadesca; los que habian matado al infame alguacil ahorcados; otros llevados al interior de las Castillas, vendidos como esclavos; los demás aterrados, gimiendo nuestro dolor y nuestra vergüenza bajo el altivo perdon de los castellanos. ¿Y quereis que hoy volvamos á probar tales afrentas? ¿quereis que hoy tambien seamos vencidos, despedazados, y que nuestros pequeñuelos y nuestras doncellas nos sean arrebatadas por el vencedor?

—Es que ese edicto no los arrebata, santo faquí, exclamó Farax-aben-Farax.

—Ese edicto no se cumplirá, dijo Abd-el-Gewar; no se cumplirá, porque aun tenemos oro con que saciar la codicia de los ministros del rey: mientras tengamos oro, ahorremos sangre: cuando seamos pobres, cuando todo nos lo hayan robado, entonces, hijos mios, yo, delante de vosotros, iré á hacerme matar por los castellanos.

Un murmullo de amor interrumpió al faquí.

—Ahora, hijos mios, á vuestras casas: mostraos en ellas como si nada hubiera acontecido: esta noche á la oracion de Alajá[3] los xeques[4] del Albaicin, casa del Habaquí, en San Cristóval.

El anciano hizo con su toca un ademan de imperio y se quitó de la ventana.

—¡Oro! ¡siempre oro! dijo el jóven que le acompañaba, siguiéndole. ¿Para cuando guardamos el hierro?

CAPITULO II. De cómo un hombre puede amar por caridad á una mujer, y de cómo, á veces, puede parecer la caridad amor.

Ningun pueblo como el pueblo árabe, y como su descendiente el moro, ha llegado á la belleza de las formas, al refinamiento del gusto, á lo voluptuoso de los contrastes, en lo referente á la construccion de sus habitaciones.

La casa de un moro, por pobre que este fuese, era ya una cosa bella, porque lo bello estaba y está en el carácter de su arquitectura: la vivienda de un moro rico era ya un verdadero alcázar en cuya construccion, en cuyo aspecto, se notaban unidos, enlazados, la religion y el amor: si hay mucho de voluptuoso, de lascivo en los arcos calados, en los triples transparentes, en la media luz que por estos arcos y transparentes penetra en las cámaras; en las labores doradas sobre fondos esmaltados, en los brillantes mosáicos, en las fuentes que murmuran sobre pavimentos de mármol, habia tambien en todo aquello mucho de místico, considerado el misticismo desde el punto de vista de las creencias musulmanas.

Visitad los restos de la Alhambra: cualquiera de sus admirables cámaras, ya sea la de Embajadores, ya la de los Abencerrajes, ya la de las Dos Hermanas; ya vagueis entre los arcos del patio de los Leones, ya bajo las cúpulas de la sala de Justicia, cualquiera de aquellos admirables restos, repetimos, si teneis ojos para ver y corazon para sentir, os trasladaran á otros tiempos y á otras gentes; os harán aspirar en cada retrete el sentimiento del amor y de la religion de los musulmanes; os explicaran cómo aquel pueblo pudo llenar una página tan brillante en el interminable libro que ha escrito, escribe y sigue escribiendo la humanidad: son á un tiempo poesías eróticas y salmos sagrados; cantos de guerra y sueños de molicie; la espada del Islam, el libro de la ley y el velo de oro de la hermosa odalisca, todo junto, todo confundido: la materia y el espíritu, la luz y la sombra, y sobre todo esto lo romancesco, lo ideal, lo bello, lo sublime.

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En uno de esos admirables retretes árabes, cuyo recuerdo nos ha inspirado la anterior digresion, recostado en un divan, profundamente pensativo, con los elocuentes ojos negros como fijos en la inmensidad, á la luz de una lámpara que ardia sobre una pequeña y preciosa mesa de mosáico, y sirviendo, en fin, de complemento por su magnifica y característica hermosura á la bellísima estancia en que se encontraba, estaba el mismo jóven que aquella mañana habia excitado á los moriscos del Albaicin á la insurreccion en la Plaza Larga despues de pregonado el edicto del emperador.

Observando detenidamente á aquel jóven, se notaba en él un no sé qué misterioso, algo de grande que tenia muchos puntos de comparacion con lo que se llama grandeza en los reyes; algo de valiente, pero con esa valentía generosa de los héroes: mucho de firme, de indomable, de audaz en su carácter: parecia que sobre aquella frente se agolpaban como un grupo de rojas nubes grandes destinos, una altísima mision que cumplir, una grande empresa que llevar á cabo.

Aquel jóven por su expresion reflexiva parecia ya viejo.

Pero un viejo con ojos brillantes, con cabellos brillantes, lleno de la enérgica vida de la juventud, bajo cuya ancha frente se adivinaban atrevidos pensamientos, bajo cuya piel densa, blanca y mate, se adivinaba la circulacion de lava en vez de sangre.

Aquel jóven era uno de esos seres que se hacen notables á primera vista.

Uno de esos seres de quienes se dice: ese es un hombre de corazon.

Uno de esos seres que han nacido para dominar, y que inspiran á las mujeres un amor profundo, una necesidad de convertirse en sus esclavas: que son objeto, en fin, de ese sublime sentimiento que jamás comprenderá el hombre, porque es incapaz de sentirlo: la abnegacion de la mujer.

Porque la mujer no ama con el amor de la abnegacion mas que lo esencialmente bello, grande, fuerte, poderoso.

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Este jóven, en medio de su distraccion, tenia en sus manos un ramito de madreselva.

Aquel pobre ramo habia sido la causa de la abstraccion del jóven.

Aquel ramo era una prenda de amor de una mujer.

Entre los árabes y los moros, las flores, las hojas de los árboles, las yerbas, las cintas de colores, son otras tantas frases de un diccionario con cuyo auxilio solo se comprende su dulcísimo lenguaje:

El del amor.

O un lenguaje triste, desesperado, cáustico, provocador:

El de los zelos.

O un lenguaje terrible, inplacable, feroz:

El de la venganza.

Pero siempre que las flores hablan, no pueden referirse á otras pasiones que las que nacen del amor.

El hablar por medio de las flores es peculiar entre los musulmanes á las mujeres, y la mujer toda es amor, ó zelos ó venganza: de cualquier manera que la considereis, la mujer es toda corazon.

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¿Sabeis lo que quiere decir entre los orientales, en ese lenguaje inventado por la mujer para expresar sus afectos, un pobre ramo de madreselva?

Significa: lazo de amor.

¡Lazo de amor! ¡frase terrible bajo su dulzura! ¡frase á la que van unidas todas las consecuencias que pueden emanar de la union entre un hombre y una mujer!

Es decir: un mundo de pasiones.

El jóven de quien nos ocupamos, habia visto caer de una celosía vecina aquel ramo de madreselva.

La mano que habia arrojado aquel ramo era tan hermosa, que por ella sola se concebia que la mujer poseedora de aquella mano debia ser un prodigio de hermosura y de pureza.

La magnífica ajorca de oro y diamantes que descansaba en el nacimiento de aquella mano, demostraba que aquella mujer debia pertenecer á una familia, no solo riquísima, sino poderosa entre los moriscos.

El jóven habia tomado el ramo de madreselva y le habia puesto sobre su corazon, en un herrete de su justillo.

Despues habia mirado á la celosía y habia sonreido lánguida y tristemente.

Hasta que llegó á la inmediata puerta de su casa, la hermosa mano permaneció asomada por bajo de la celosía, como demostrando la presencia de su dueño, y la rica ajorca lanzando fúlgidos destellos, herida por los postreros rayos del sol poniente.

Cuando el jóven llegó á la puerta de su casa y le abrieron, saludó con un ademan lleno de gracia y de benevolencia á su hermosa vecina, cuya mano le saludó á su vez. Luego cuando el jóven hubo entrado y cerrado su puerta, la mano se retiró lentamente, como con dolor, y luego se escuchó el leve ruido de una ventana que se cerraba en silencio.

Acaso en aquel mismo punto se escuchó un gemido de las brisas de la tarde.

Acaso el suspiro de una mujer.

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El ramo de madreselva habia venido á causar al jóven una impresion que se unió inmediatamente á la profunda impresion que le habia causado el edicto del emperador.

«¿Quién piensa en unir su destino al de una mujer, cuando la patria necesita todo nuestro corazon, toda nuestra alma, toda nuestra fuerza, toda nuestra sangre?»

Este fue el primer pensamiento que inspiró al jóven el ramo de madreselva.

Tras aquel pensamiento se enlazaron natural, necesaria y lógicamente otros.

«Ella me ama, dijo, es hermosa, es pura: mis miradas son su luz, mis palabras su esperanza, mi amor su vida; pero el amor es una debilidad: el amor acaba por apoderarse de nosotros: el amor hace pequeño al hombre porque le esclaviza, y un esclavo no puede ser grande.»

«Yo no quiero ser esclavo.»

«Y luego, esa mujer es enemiga de mi patria, es cristiana de corazon, es la hija de un renegado: yo no puedo ser esposo de esa mujer.»

El jóven se equivocaba, se engañaba: mejor dicho, pugnaba por engañarse.

La verdad era, que sus creencias le separaban de su hermosa vecina, y que á pesar de esto ni aun en su conciencia queria hacerla la ofensa de desdeñarla como mujer, y como mujer enamorada.

La verdad del caso era que habia de por medio fanatismos y pasiones humanas que impedian á nuestro jóven pensar en el amor de aquella mujer.

Ella no se habia parado á meditar si habia alguna razon que la separase del jóven.

La bastaba con saber que le amaba.

Porque la razon suprema de la mujer es el amor.

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Necesario es que determinemos nuestro relato para ocuparnos de estos dos jóvenes.

Los dos eran moriscos. Pero existian entre ellos notables diferencias.

El se llamaba entre los cristianos Juan de Andrade entre los moros Yaye.

Ella se llamaba Isabel de Córdoba y de Válor, y no tenia sobrenombre árabe porque en la época de su nacimiento, hacia ya muchos años que su familia era cristiana y estaba ennoblecida y honrada por los reyes de Castilla.

Sin embargo, sus ascendientes tenian un nobilísimo sobrenombre:

Se llamaban los Beni-Omeyas.

Es decir, los hijos de Omeya, los descendientes de la dinastía Omniada, de los califas de Córdoba.

Isabel, pues, era una doncella de sangre real.

Sus padres habian muerto, y estaba bajo la tutela de dos hermanos: don Diego y don Fernando, llamado entre los moriscos por sobrenombre Al-Zaquir, ó el Zaquer (el pequeño, el segundon).

Juan de Andrade ó Yaye, como mejor queramos, era tambien cristiano, pero cristiano como lo eran en aquel tiempo la mayor parte de los moriscos de Granada: convertido á la fuerza: por temor á las prescripciones del vencedor y á la implacable dureza con que eran tratados por los cristianos los moriscos que resistian la conversion.

Yaye, pues, era cristiano en el nombre y en la práctica exterior y en el fondo su alma musulmana y musulman fanático.

Isabel de Córdoba, por el contrario, era cristiana, enteramente cristiana, llena de fe y de entusiasmo por la religion del Crucificado, con esa caridad angelical, madre de todas las virtudes; con esa dulce y poética piedad de la mujer, que es toda amor.

Habia, pues, mas de una discordancia esencial entre estos jóvenes.

Yaye, impulsado por su ciego y severo fanatismo musulman, llamaba como otros muchos moriscos á los Válor, la familia de los renegados.

Isabel, por lo tanto, tenia para el jóven sobre su pura y noble frente este fatal estigma religioso.

Existian aun otras gravísimas circunstancias que separaban á Yaye de Isabel.

Yaye no conocia á sus padres, pero el anciano Abd-el-Gewar, que le habia educado desde la infancia, le habia revelado al tener uso de razon que era hijo de un rey y descendiente de reyes. Yaye habia querido saber el nombre del rey su padre y el nombre de su reino; pero su anciano ayo le habia declarado que hasta que tuviera veinte y cuatro años no conocería á su padre, y aun cuando el jóven le rogó y le suplicó, se mantuvo inflexible.

Preguntóle Yaye que por qué razon se le criaba como cristiano entre los cristianos, y Abd-el-Gewar guardó tambien acerca de este punto un profundo silencio, pero procuró hacer del jóven príncipe, y lo hizo, un hombre honrado, de pensamiento puro, engrandecido en el alma, severo en materias de moral y rígido en las costumbres; pero sobre estas buenas cualidades, tenia Yaye algunas muy malas: el disimulo mas refinado, la intencion mas profunda, y el orgullo inherente al conocimiento de su alto orígen: esto era resultado del doble papel que se veia obligado á representar: cristiano severo en la forma exterior, era, como hemos dicho, musulman y musulman ascético en el fondo de su alma.

Yaye no comprendia el amor, ni las debilidades, ni la compasion en su forma externa: era rígido como una coraza de Damasco. No tenia mas creencias, no conocia otros objetos á quienes rendir adoracion que al Altísimo, con arreglo á las prescripciones del Koran, y á la patria, á la manera que siente por la patria todo el que está dispuesto á perecer por ella.

Los enemigos de su Dios eran sus enemigos: los enemigos de su Dios eran los enemigos de su patria.

Bajo este doble concepto Yaye era enemigo, y enemigo irreconciliable de la pobre Isabel.

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Uno de los mas incomprensibles misterios de nuestra alma consiste en que á veces amamos sin saberlo; á un ser á quien creemos aborrecer.

Este amor misterioso que germina dentro de nosotros, que se desarrolla y al fin se hace sentir, lastimándonos como una polilla, como una carcoma roedora, se demuestra primero en un recuerdo tenaz que no podemos desechar, en un sentimiento vago, con el cual luchamos con todas nuestras fuerzas hasta que caemos vencidos: en un malestar interno, semejante al roce del remordimiento en el fondo de la conciencia.

En nosotros existen dos principios que generalmente estan en pugna: la naturaleza y las costumbres, que son una segunda naturaleza, una naturaleza artificial.

Yaye habia sido educado de una manera doble: cristiano por fuera, musulman por dentro: desde su infancia habia vestido el traje castellano, desde su adolescencia, el anciano Abd-el-Gewar, le habia llevado á las aulas de Salamanca, donde ¡cosa extraña! habia aprendido humanidades, teología y cánones: al mismo tiempo, y esta era tambien otra doble faz de su educacion, se habia ejercitado en la equitacion y el manejo de las armas: ademas, el anciano faqui le habia instruido en todos los puntos dogmáticos del Koran, atacando de paso á la teología cristiana en todos los puntos en que está en discordancia con la alcoránica, como quien durante tantos años habia sido gran faqui y sabio expositor del Koran, en la gran mezquita del Albaicin.

Yaye, pues, á los diez y ocho años, y considerado desde los puntos de vista de la ciencia y de la destreza ó del valor, podia haber sido indistintamente canónigo, ó faqui, ó capitan de soldados.

Acaso en las ocultas razones que habia tenido Abd-el-Gewar para educarle de tal modo se contaba con la necesidad que pudiese tener alguna vez de ser cualquiera de estas tres cosas.

Pero lo que hay de mas extraño en esto es, que á pesar de lo opuesto de estas enseñanzas, la inteligencia del jóven no se embrolló, ni su trato con los cristianos, ni sus estudios canónicos, destruyeron una sola de sus creencias musulmanas.

Esto consistia en que la influencia de Abd-el-Gewar era, respecto á él, infinitamente mas fuerte que la de los maestros de Salamanca; en que cada vacacion, despues del año escolar, cuando la mayoría de los sopistas se extendia por toda España en busca de recursos para subsistir durante otro año de estudios, de una manera algo mas cómoda que la dependencia de la sopa de los conventos, Yaye era llevado por Abd-el-Gewar á las Alpujarras ó á Granada, donde le hacia aspirar un odio irreconciliable contra los cristianos, á la vista de la dureza, de los excesos y aun de las infamias, de que eran víctimas los moriscos: Yaye se irritaba, y esta irritacion sorda, esta gota de hiel que la presion de la tiranía, de la intolerancia, del fanatismo, de la soberbia del vencedor, deja caer incesantemente sobre el corazon de los vencidos, iba acrecentando su odio hácia los cristianos y preparándole á ser algun dia uno de sus mas terribles enemigos.

Ya hemos visto que, lleno el baso del sufrimiento del jóven con el pregon del edicto del emperador, su primera palabra habia sido un grito de insurreccion.

Aun no era tiempo y Abd-el-Gewar supo contener al pueblo, supo cambiar el oro por la sangre; supo inspirarles alguna esperanza y con ella alguna paciencia.

Desde que salió de la Plaza Larga con el jóven, habia estado vagando con él por las cercanas cumbres del cerro del Aceituno y de Santa Elena, y durante un largo paseo por lugares en donde no podian ser escuchados sino por los lagartos y por los grillos, le habia preparado á cercanos acontecimientos que debian fijar irrevocablemente su porvenir: le habia anunciado que iba por fin á conocer á su padre y á su reino; le habia hablado de proyectos de emancipacion para el pueblo moro-español, cuando llegase el probablemente próximo caso de que España, fatigada por el mismo peso de su grandeza, empezase á fraccionarse; habíale, en fin, hecho oir estas sentenciosas y magníficas palabras:

—Ten presente, hijo mio, que el hombre que es verdaderamente virtuoso no vive para sí mismo sino para los demás: ten en cuenta que dentro de poco descansaran sobre tus hombros los destinos de un pueblo que es muy desgraciado: que tú no serás un hombre, sino una esperanza; que en fin, ese pueblo tendrá fijos en ti los ojos para execrarte ó para bendecirte.

Despues de estas palabras que fueron pronunciadas por el anciano cerca de la puerta del Fajalauza, entraron en el Albaicín: el sol descendia: Abd-el-Gewar se dirigió á la cita que tenia en casa del Habaquí con los xeques del Albaicín y Yaye se encaminó, pensativo y engrandecido por las palabras de su anciano mentor, á su casa, situada en la calle del Zenete.

Casi junto á su puerta, al pasar bajo los miradores de la casa de don Fernando de Córdoba, y de Válor, su vecino, cayó á sus piés el ramito de madreselva; cuando despues de recogerlo alzó los ojos, vió la hermosa mano de Isabel.

Entonces sintió una impresion dolorosa, como la de quien, marchando confiado por un camino en que no espera encontrar obstáculos, se lastima el pié al tropezar con un objeto durísimo.

Aquel duro objeto era Isabel, la hija del renegado, la doncella cristiana.

¡Y aquella mujer le arrojaba una prenda que representaba un lazo de amor!

Yaye, sin embargo, como hemos visto, habia saludado triste y lánguidamente á la doncella.

¿En qué consistia esta dulce expresion tratándose de un enemigo?

Es que aquel enemigo era una mujer y una mujer enamorada, y Yaye creia sentir hácia ella un impulso de caridad.

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Entre otras prevenciones, habia hecho Abd-el-Gewar al jóven la de que aquella noche á las doce estuviese dispuesto á montar á caballo y partir con él á las Alpujarras.

Yaye habia preparado sus ropas moriscas, su jaco damasquino, su yatagan, su lanza de dos hierros y sus pistoletes: habia bajado al jardin, y al extremo de él habia entrado en las caballerizas.

Como buen ginete habia observado cuidadosamente el estado de los caballos, y habia revistado las monturas.

Al salir reparó que, en una galería, sobre otro jardin que solo estaba separado del suyo por una tapia, como solo lo estaba aquella galería de la de sus habitaciones por un tabique, apoyada en su labrada balaustrada de alerce, habia una mujer.

Aquella mujer era Isabel de Válor.

La amante enemiga de Yaye.

Yaye llevaba aun en su justillo sobre su corazon el ramito de madreselva.

Al ver esta prenda de su amor sobre el pecho de su amado, la pobre niña sonrió como deben sonreir los ángeles en presencia de Dios.

Aquella sonrisa que era equivalente á un encantador saludo, obligó al jóven á detenerse y á hablarla.

Pero se detuvo de mala gana, y como cuando hacemos las cosas á la fuerza somos poco espontáneos, necesitó buscar un medio cualquiera para dirigirla la palabra.

—Estais pálida, Isabel, la dijo: ¿estais enferma?

Estas palabras que tenian el acento de una tierna solicitud, hicieron sonreir de nuevo á la jóven de una manera mucho mas expresiva.

¿Sabeis lo que es á veces la sonrisa de una mujer?

A veces reemplaza á los ojos, y es mas elocuente que ellos: á veces toda el alma de una mujer, con sus delicados perfumes, por decirlo asi, se exhala por los labios convertida en una sonrisa.

—Soy muy desgraciada, dijo tristemente la jóven.

Y sus ojos se llenaron de lágrimas, y su hermosa boca antes tan dulce, se contrajo en una expresion de dolor.

—¡Desgraciada! exclamó Yaye, no sabiendo qué contestar.

—Sí, sí, muy desgraciada, pero todo lo espero en vos, todo; y cuando os veo, se alienta mi esperanza y soy muy feliz.

—¿Que lo esperais todo de mí?

—Sí, todo; no puedo por ahora deciros mas, pero esta noche...

Un vivísimo rubor cubrió el rostro de la jóven que al fin continuó, haciendo un esfuerzo:

—Esta noche os espero.

—¡Que me esperais!

—Si; tomad la llave del postigo del jardin y esperad para venir á que yo cante en la habitacion inmediata á la vuestra: adios.

Y la jóven, saludando con los ojos y con la sonrisa, pero con una sonrisa triste y casi fatal á Yaye, arrojó una llave al jardin, y huyó, desapareciendo como una hada entre los arcos festonados del interior de la galería.

—El amor es la pasion impura de Satanás, dijo Yaye recogiendo la llave: los hombres que confian su honor á un ser tan débil como la mujer, son unos insensatos.

Yaye, como veremos mas adelante, calumniaba á la pobre Isabel.

A pesar de su grave é impertinente observacion, y la llamamos impertinente, porque otro hombre menos dado á la contemplacion, no hubiera pensado tan de ligero respecto á Isabel, recogió la llave y se encaminó á su aposento, donde se arrojó sobre un divan.

Sin saber cómo, abstraido en un torbellino de pensamientos, el ramito de madreselva habia venido á parar á su mano.

Sin saber cómo, habia aspirado mas de una vez su ligero aroma silvestre, y al tocar por acaso el ramo á sus labios, su corazon se habia extremecido.

Sin saber cómo, la imágen de Isabel flotaba delante de todos sus pensamientos en el fondo de su alma.

Yaye no creia que aquello fuese amor: para él aquello era caridad.

¿Pero sabemos acaso á dónde puede llevar á un hombre la caridad hácia una mujer? ¿Y luego la caridad no es el amor en toda su intensidad, en toda su pureza, en su omnipotencia, en fin?

Yaye respecto á su corazon, se engañaba como sucede en general á todos los hombres.

El sentimiento es la naturaleza; la razon, es la ciencia.

Son opuestos y se combaten.

Pero en esta lucha, tarde ó temprano, acaba por triunfar el corazon, por obedecer la cabeza.

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Yaye habia conocido á Isabel dos años antes, durante unas vacaciones, por razon de vecindad.

Entonces tenia Isabel diez y ocho años; Yaye veinte y dos.

Muchas veces cuando Yaye se asomaba á la galería de sus habitaciones, veia en las suyas á su hermosa vecina.

Isabel habia heredado de sus abuelos el magnífico tipo de la raza árabe: blanca, pálida, con los cabellos y los ojos negros, y los labios sumamente rojos, era una de esas mujeres que no se ven sin que hagan experimentar una impresion dolorosa, porque siempre es doloroso el deseo cuando no se sabe si será satisfecho.

Yaye la vió, y experimentó aquella vaga y dolorosa inquietud, pero de una manera instintiva, sin darse razon de ello.

Los jóvenes siguieron viéndose: á las pocas vistas se saludaron; á los pocos saludos se hablaron; siempre poco despues de amanecer, y, como obedeciendo á una costumbre, los jóvenes se veian en las galerías, teniendo solo un tabique de por medio.

Al principio se hablaron algo de lejos; sucesivamente fueron estrechando la distancia; al fin, solo les separó el tabique medianero.

Progresivamente las miradas de Isabel para Yaye, fueron haciendose mas intensas: al cabo el jóven conoció que era amado; al conocerlo se dijo:

—Yo no puedo amar á esa mujer: yo no debo alentar con mi presencia sus amores.

Y cortó bruscamente sus entrevistas con Isabel.

Pasaron los dias, pasaron las semanas, pasó un mes.

Yaye, entregado al estudio de la filosofía con su maestro Abd-el-Gewar, no habia salido durante aquel mes á la calle.

Isabel le habia esperado en vano, en la galería al amanecer; por las tardes, en la celosía que correspondia á la calle, y desde donde se veía la puerta de la casa de Yaye.

Todas las noches este, habia escuchado la dulcísima voz de Isabel que en la habitacion vecina, cantaba al son de una guitarra tristísimos romances moriscos.

Al fin, un dia, cuando ya habia pasado un mes de ausencia, Harum-el-Geniz, noble morisco, que servia á Yaye de escudero, le dijo:

—Tengo para vos un encargo de la hermosa vecina.

Yaye frunció el gesto.

—Me ha preguntado si estais enfermo, y aunque le he dicho que no, me ha dado este relicario.

Harum sacó de su bolsillo un objeto envuelto en un pedazo de tela de seda color de rosa.

Era en efecto un relicario.

Pero un relicario riquísimo: de oro, cincelado y esmaltado, pendiente de una cadena del mismo metal, orlado de perlas, y conteniendo por un lado la imágen de la Vírgen inmaculada, y por el otro un pequeño Lignum Crucis.

El jóven miró con repugnancia aquel rico objeto de devocion.

—¿Para qué te ha dado esto esa dama? dijo á Harum.

—Doña Isabel me ha dicho: si está enfermo, que se ponga pendiente del cuello esta santa reliquia, y sanará.

Nublóse mas el semblante de Yaye, y tuvo impulsos de entregar el relicario á Harum para que lo devolviese á Isabel.

—Pero no, dijo para sí: su solicitud por mí, no merece tan descortés respuesta; yo mismo se lo devolveré.

Y despidió á Harum.

Aquella noche el sueño de Yaye fue inquieto: al amanecer se vistió, y se puso en la galería.

Ya estaba en ella Isabel.

Pero pálida, con la palidez enfermiza de una salud alterada: flaca, con la mirada tristemente dulce; con las hermosas manos casi diáfanas.

Un solo mes de ausencia, habia causado tal estrago en la pobre niña.

Un vivísimo sentimiento de compasion se apoderó de Yaye al ver á Isabel.

—¡Oh! dijo esta: yo os habia creido enfermo... y estais... como siempre... gracias á Dios.

—Vos en cambio... dijo Yaye, y no se atrevió á continuar.

—Sí, he sufrido mucho... Isabel se detuvo tambien.

—He venido á devolveros un relicario que disteis ayer á mi escudero, dijo Yaye haciendo un esfuerzo.

Isabel le miró y no pudo contener dos brillantes lágrimas que asomaron á sus ojos.

—¡Ah! ¡no quereis conservar mi relicario!... dijo.

Yaye se conmovió; comprendió al fin cuánto le amaba aquella mujer, tuvo lástima de ella y repuso:

—¡Oh! no, perdonad... yo creia... pero conservaré esta prenda... por vuestro amor.

Al fin Yaye habia roto la valla; comprendia que su amor era la vida de Isabel, y creyendo ceder solo á la compasion, cuando en realidad quien le impulsaba era su corazon, demostró á Isabel un amor que él creia fingido.

Pero no reparaba, engañándose á sí mismo, que al fingir aquel amor gozaba de unas delicias purísimas, que su corazon se aliviaba de un peso cruel, porque al fin exhalaba el depósito de amor que traidoramente y contra la voluntad de su dueño habia absorbido su corazon.

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Isabel, que se habia puesto flaca y pálida en un mes, volvió á la magnífica turgencia de sus formas, á su admirable hermosura, en una semana: sus ojos brillaban exhalando con un encanto indefinible su alma fecundada por el amor de Yaye: no solo habia recobrado su antigua hermosura: esta habia crecido.

Vióla un dia el anciano faqui y exclamó suspirando:

—Para ser un arcángel del sétimo cielo, no la falta á la pobre Isabel otra cosa que no ser cristiana.

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El amor para las mujeres, es como el rocío y el sol de la primavera para las flores.

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Durante las vacaciones de aquel año, Isabel y Yaye fueron felices. Ella porque se contemplaba amada; él porque creia hacer una obra meritoria de caridad.

El amor de Yaye hácia Isabel no era amor sino misericordia.

Fuése Yaye á Salamanca á estudiar su último año.

Cuando se separó de Isabel, experimentó un dolor agudo, un vacío en el corazon.

A pesar de su repugnancia á todo lo que representaba las creencias cristianas, Yaye se llevó consigo el relicario.

A los pocos dias de ausencia, el relicario pendia del cuello de Yaye.

Hubo un momento en que se preguntó con terror si verdaderamente amaba á aquella mujer.

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Harum iba y venia con mucha frecuencia de Granada á Salamanca; cuando iba, llevaba una carta de Isabel para Yaye; cuando volvia, una carta de Yaye para Isabel.

Yaye, sin embargo, habia logrado engañarse completamente; se habia convencido de que no amaba á Isabel, pero seguia escribiéndola amores, y deseando volver á verla, por caridad, por pura caridad.

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En tal estado se hallaban los corazones de los jóvenes, cuando Yaye volvió de Salamanca antes que se acabase el curso, y ya se habian visto algunos dias los dos amantes.

Isabel habia empezado á ser mas esplícita: las palabras esposo y esposa empezaban á salir de sus labios. Yaye comprendió que habia llegado el momento de que su caridad fuese puesta á prueba, y empezó á excusar en cierto modo sus entrevistas con Isabel.

En tal situación y cuando las miserias de su pueblo y la noticia de que iba al fin á conocer á su padre, habian abierto para él una nueva vida, habia recibido el ramo de madreselva, y despues una llave y una cita de Isabel.

Yaye estaba con razón tan profundamente pensativo y abstraido como le hemos presentado al principio de este capitulo.

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Pasaban lentamente las horas.

El reló de Santa María de la Alhambra marcó á lo lejos las once de la noche, y retumbaron tres sonoros golpes de la campana de la Torre de la Vela.

Poco despues hizo extremecer á Yaye el preludio de una guitarra.

Armonías fugitivas que se exhalaban de las sonoras cuerdas del instrumento, como suspiros de amor: flexibles ráfagas, que parecian destinadas á llevar á los oídos del amado el alma de una mujer.

Yaye sintió vacilar su alma acariciada por aquella armonía que parecia poner en contacto dos seres nacidos el uno para el otro, separados solo por el fanatismo, por la educacion.

Luego la voz de Isabel, grave, sonora, dulce, enamorada entonó las coplas siguientes:

La esperanza es la vida de quien bien ama, y su muerte, la muerte de su esperanza. ¡Ay! ¡Dios no quiera que mi amante esperanza se desvanezca!

Estremecióse de piés á cabeza Yaye al escuchar la copla; después un vértigo envolvió su cabeza: nunca habia oido cantar con tal pasion á Isabel: entonces comprendió que la amaba; al comprenderlo creyóse entregado á Satanás, porque solo Satanás, segun él, pensaba en su fanatismo, podia inspirarle amor hácia una enemiga de su ley, hácia la hija, la hermana, la descendiente de los renegados.

—No iré á la cita, se dijo.

Pero hay negativas que se pronuncian con demasiada audacia: instantáneamente pensó que era una cobardía huir del peligro: que era mas noble arrostrarle, luchar con él y vencerle.

—Iré, sí, iré: ella no tiene la culpa de ser lo que es... es cierto que yo no puedo unir mi suerte á la suya, que no debo amarla; pero la desengañaré: acabaremos de una vez ¡Oh! si por ventura al verse engañada en sus esperanzas, en su amor... ¡oh! ¡si muriese!... pues bien, que se convierta al Dios Altísimo y Unico... si no... que olvide ó muera... yo no puedo hacer traicion por una mujer á mi patria y á mi ley.

Un cuarto de hora despues, estaba Yaye en el jardin de Isabel; pero por una refinada crueldad aconsejada por su fanatismo, porque el fanatismo ha sido siempre cruel, llevaba vestido de una manera completa un trage morisco.

Isabel no conocia ni poco ni mucho la historia de Yaye: le oia hablar con pureza el castellano, le veia vestir ropas castellanas, sabia que era estudiante.

Isabel le creia un hidalgo castellano.

Y luego á una mujer que ama, la importa poco conocer la posicion, el nombre, la historia del hombre amado; la basta con saber que es amada: el corazon se llena con sensaciones, no con palabras. Isabel solo sabia lo que necesitaba saber.

Que el señor Juan de Andrade la amaba con todo su corazon.

Esta era la verdad, por mas que Yaye quisiese desconocerla, Isabel no se engañaba: sabia cuánto amor atesoraba para ella el alma de Yaye, porque la mujer no se engaña jamás acerca de los sentimientos que inspira.

Isabel confiaba ciegamente en Yaye. La pobre Isabel se engañaba. No sabia la infeliz que existen dos pasiones terribles que dominan enteramente el corazon del hombre y le arrastran: el fanatismo y la ambicion.

Le esperaba á la entrada de un cenador de jazmines, y al verle en aquel trage le hubiera desconocido á no bañar de lleno la luz de la luna su semblante.

Sin embargo, al verle en aquel trage, Isabel que habia avanzado rápidamente al sentir sus pasos, retrocedió y se detuvo estremecida por un presentimiento frío, punzante, como la hoja de un puñal.

Los jóvenes hablaron muy poco.

—¿Qué ropas son esas? le dijo Isabel con la voz trémula: ¿á qué ese disfraz?

—Estas ropas, señora, son las ropas de mi pueblo: las que se nos quieren arrancar por los cristianos, las que llevaré desde ahora como buen musulman.

—¡Ah! exclamó Isabel consternada, llevándose las manos sobre el corazon.

Y luego adelantando un paso, y mirando frente á frente con una fijeza sombría á Yaye exclamó:

—¡Vos no me amais!

—Os amo, Isabel... pero antes que á vos amo á mi patria.

—Por piedad, contestadme de una vez ¿sois moro?

—Moro soy.

—¿Estais resuelto á no convertiros á la fe de Jesucristo?

—Jamás.

—Entonces no podeis ser mi esposo, exclamó con acento desesperado Isabel.

—Convertios á la religion de vuestros abuelos los califas de Córdoba.

—Adoro á Dios uno y trino, le adoro con toda mi alma, y por él sufriré el martirio de mi amor; por él sufriré si es preciso el indudablemente menos terrible de mi cuerpo.

—Entonces, adios.

—Esperad un momento: quiero que sepais hasta dónde llega el tormento á que me habeis sentenciado engañándome: yo os amo, os amo desde el momento en que os ví: os amaré siempre: yo contaba con vos; no sabía quién érais, si pobre ó si rico, si noble ó villano: eso me importaba poco. Estaba resuelta á unirme con vos y á ser vuestra esposa... porque, permaneciendo en mi casa me veré obligada á entrar en un convento ó á casarme con un hombre á quien no puedo amar y con el que me obligan á casar mis hermanos. Vos me posponeis á una religion falsa, á una patria que no podeis salvar. Id con dios. Pero tened en cuenta que obligada á ser monja ó casada, seré casada, porque no me atrevo á ofrecer á Dios un corazon que está lleno del amor de un hombre: seré casada y haré feliz á mi marido, porque el dolor se quedará todo para mí. Pero acordaos, y que este recuerdo me vengue del rudo golpe que me dais cuando menos lo esperaba... acordaos de que me habeis hecho infeliz, de que me habeis robado mi única esperanza sobre la tierra. Que me vengue de vos, la rabia de verme entre los brazos de otro... porque me amais, lo sé, lo conozco, estoy segura de ello: me sacrificais á vuestra soberbia... no sé á qué... pero no importa: el amor que logrado nos hubiera hecho igualmente felices, malogrado nos hace igualmente miserables.

—Una palabra: convertios á la ley de vuestros abuelas, si es verdad que me amais.

—Seguid vos en el fondo de vuestro corazon en vuestra ley, profesad ante el mundo la del Redentor Divino: si tenemos hijos juradme que seran cristianos, y soy vuestra esposa.

—¡Adios! exclamó fatídicamente el jóven.

—Esperad, esperad un momento: conservais una prenda mía...

—La llevo sobre mi corazon.

—¡Sobre vuestro corazon la imágen de la Virgen! ¡una reliquia de la cruz del Salvador sobre el corazon de un moro!

—Isabel, dijo con un acento profundamente sentido Yaye: ya no sabia lo que era amor, y no creia sentirlo hasta este momento: yo os amo, os amaré siempre: esta prenda que un dia me entregásteis no se separará jamás de mí.

—¡Que ella os proteja! exclamó llorando Isabel.

—El destino nos separa: vuestros abuelos renegaron de su ley por el oro de los cristianos... ¡renegaron! exclamó enérgica y gravemente Yaye, en vista de un movimiento de la jóven: vos no quereis volver al camino de luz que ellos dejaron. Cúmplase lo que está escrito. Pero cuando el sol aparezca todos los dias, cuando bañe con sus primeros rayos ese mirador que tantas veces ha escuchado las palabras de nuestro amor: ¡acordaos de mí!

Y Yaye, temeroso de que sus fuerzas le abandonasen, que la hermosura y el amor de Isabel fuesen mas fuertes que sus creencias y sus propósitos, huyó de ella como hubiera huido un cenobita de un fantasma tentador.

Isabel le vió desaparecer yerta: mientras resonaron sus pasos sobre la calle de césped alentó alguna esperanza; cuando oyó rechinar la llave en la cerradura del postigo, sintió que se desgarraba su corazon; cuando al fin escuchó la caida de la llave que el jóven la devolvia arrojándola por cima de la tapia, perdió su última esperanza y creyó morir.

Luego cayó de rodillas, lloró por su amor perdido y rogó á Dios por el hombre que se llevaba su corazon.

Despues se levantó, buscó la llave, la alzó del suelo, y se volvió triste, lenta, como un alma apenada que se vuelve á su tumba.

Isabel habia muerto para la felicidad; no la quedaba sobre la tierra mas que la amarga copa del sacrificio.

CAPITULO III. De cómo puede haber reyes sin reino conocido, y abdicaciones de las cuales no se hace cargo la historia.

Hay en la historia de nuestra patria una página correspondiente al siglo XVI.

Esta página está llena con un hecho admirable.

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Yaye.

Este hecho es la abdicacion del emperador Carlos V en su hijo don Felipe II. Fuese aquella abdicacion producto del hastío del emperador hácia las grandezas humanas, fuese aconsejada por el egoismo de un soberano que conociendo á tiempo que sus años y sus fuerzas eran insuficientes para sostener la carga de tan dilatados imperios, la dejase caer sobre los robustos hombros de su hijo, la página que contiene aquella abdicacion es la mas gloriosa de la historia de Carlos V, ya se considere bajo el punto de vista de un hombre que ha llegado á ser bastante grande para poder sobreponerse á las grandezas humanas, ya del de una sabia prevision política.

Aquella abdicacion asombró al mundo; aun asombra hoy á los que no comprenden cuánto contribuye un postrer acto de humildad en un hombre tal como Carlos V para aumentar la grandeza de su fama: el temido emperador acabó siendo respetado; el pecador siendo perdonado; la severidad de las generaciones encargadas de juzgarle, se estrella contra los sombríos muros del monasterio de San Yuste.

Carlos V para acercarse á las puertas de la eternidad, deponia la púrpura, se vestia el sayal penitente y se cubria la frente de ceniza.

Y en verdad, en verdad, que Carlos V necesitaba del auxilio de una penitente expiacion. La grandeza humana tiene generalmente por base el crímen.

Carlos V habia sido rey déspota: Carlos V habia sido rey conquistador.

Si Carlos V solo hubiera poseido un reinecillo de pocas leguas, si no hubiese llevado sus estandartes victoriosos por todas las partes del mundo, su abdicacion no hubiera causado efecto.

Y decimos esto, porque algunos años antes de la abdicacion del emperador, tuvo lugar otra, de la cual no se ha hecho cargo, ni aun de la manera mas insignificante, la historia.

Nosotros tenemos noticias de ella, en algunos fragmentos de manuscritos árabes, hallados por acaso en el derribo de una casa morisca del Albaicin de Granada.

Vamos, pues, á trasmitir esta abdicacion á la historia siquiera sea en las páginas de una novela.

A las doce de la noche en que tan dolorosamente se habia separado Yaye de Isabel de Válor, montó el jóven á caballo, y acompañado del anciano Abd-el-Gewar, á caballo tambien, de Harum y de dos esclavos berberiscos, tomó la vuelta de las Alpujarras.

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Doña Isabel de Córdoba y de Válor.

Yaye iba silencioso, apenado: el anciano faqui comprendia la causa de su dolor y lo respetó: ni una sola palabra que tuviese relacion con Isabel, se pronunció durante el camino, ni nada tampoco que se refiriese al objeto que le llevaba á las Alpujarras. Al amanecer llegaron á Lanjaron.

Este pueblo estaba un tanto alborotado por las noticias que se tenian en él del pregon que el dia anterior se habia hecho en Granada.

Allí los mismos síntomas de insurreccion que en el Albaicin.

Allí tambien la voz y los consejos del anciano Abd-el-Gewar pudieron restablecer el sosiego.

Descansaron algun tiempo, y al medio dia se pusieron de nuevo en camino.

Poco después de haber cerrado la noche entraban en la villa de Cadiar.

Reinaba un profundo silencio en el pueblo; todo parecia entregado al sueño; ni una luz á través de las ventanas, ni un enamorado en la calle, pulsando, como otras veces, la guitarra, bajo los miradores de su amada; solo de tiempo en tiempo, se veia el turbio reflejo de una linterna, á cuyo opaco resplandor podian verse algunos alguaciles y soldados que rondaban con el corregidor.

La tranquilidad de Cadiar, que era una de las principales villas de la Taha ó distrito de Juviles, en las Alpujarras, era amenazadora por su misma exageracion. Comunmente á aquellas horas no estaba la poblacion tan desierta.

Yaye, Abd-el-Gewar, Harum y los esclavos, rodearon por fuera de las tapias del barrio bajo, subieron un repecho, y ya cerca del castillo, entraron por el postigo de una tapia de un jardin, en una casa del barrio alto.

No habian encontrado á su paso ni una sola persona, y sin duda se les esperaba de antemano, porque apenas resonaron las pisadas de los caballos, junto al postigo, se abrió este en silencio, y con el mismo silencio volvió á cerrarse apenas hubieron entrado en el jardin los cinco ginetes.

Pasó algun tiempo y al fin se escuchó el primer canto del gallo.

Era la media noche.

Abrióse entonces el postigo del jardin, donde habian entrado Yaye y Abd-el-Gewar y salieron dos personas envueltas en alquiceles blancos.

El postigo se cerró.

Las dos personas descendieron en silencio por el repecho en direccion á las montañas cercanas.

La una, encorvada como bajo el peso de los años, se apoyaba en el brazo de la otra, que era esbelta, fuerte, como alentada por el fuego de una vigorosa juventud.

Su paso era apresurado. El jóven sostenia al viejo. Deslizábanse bajo el rayo de la luna que aparecia en medio de un cielo despejado, iluminando de una manera fantástica las montañas cercanas, que recortaban vigorosamente sus penumbras oscuras sobre los valles, mientras á lo lejos apenas se percibian otras montañas casi perdidas entre las brumas de la noche.

Al fondo se extendia una línea brillante.

Era el mar, cuyo gemido se escuchaba ténue é incesante, debilitado por la distancia.

De tiempo en tiempo y entre el oscuro follaje de los álamos que crecian junto á las riberas, en el fondo de los valles, se levantaba la armoniosa y magnífica voz de un ruiseñor enamorado, y allá en las altísimas rocas se dejaba oir el poderoso y estridente graznido de los aguiluchos hambrientos, mientras acá y allá, en todas direcciones se levantaba de entre la yerba el canto alegre de millares de grillos.

Ni una habitacion humana, ni nada que revelase la existencia del hombre en aquellas soledades, se advertía cerca ó lejos, al poco espacio de haberse aventurado los dos hombres de los alquiceles blancos en la montaña.

El eco repetia sus pasos en las concavidades de las rocas, al marchar sobre las ásperas crestas y alguna piedra desprendida á su paso del borde de los desfiladeros, rodaba con estruendo á las profundidades de los valles.

Al cabo de media hora de marcha, el viejo y el jóven llegaron á la entrada de un oscuro pinar. Antes de que pudiesen aventurarse en él se oyó un chasquido, y un venablo pasó silbando sordamente á mucha distancia de ellos.

Indudablemente era une seña, no una amenaza, puesto que el viejo se detuvo y agitó por tres veces su alquicel.

A aquella señal viéronse moverse sombras informes en la entrada de la selva, y adelantar hácia el repecho donde se habian detenido el viejo y el jóven.

El número de aquellas sombras podia llegar á veinte y cuatro. Dos de ellas llevaban una litera.

Cuando saliendo de la penumbra de la selva aquellos hombres se pusieron bajo la luz de la luna, pudo verse que sus semblantes eran feroces, casi salvajes: su trage era característico y bravío: llevaban en la cabeza un pequeño turbante blanco; ceñido su cuerpo por un sayo pardo, con mangas anchas, bajo las cuales se veian sus velludos brazos; este sayo, cuya falda apenas les llegaba á las rodillas, estaba ceñido en la cintura por una faja encarnada y anchísima, en la cual estaban sujetos un alfanje corvo y corto, y un par de largos pistoletes; pendiente de un ancho talabarte llevaban á la espalda una aljaba llena de venablos ó saetas; cada uno de estos hombres mostraba en su mano una fuerte ballesta, y por último, unas calzas de lana azul y unas abarcas, cuyos filamentos de cuero rodeaban sus piernas hasta atarse debajo de las rodillas, completaban su severa y enérgica vestimenta.

Aquellos hombres parecian salteadores, bandidos, gente aparejada á todo linaje de crueldad y de desafuero.

En efecto, tenian mucho de salteadores, porque aquellos hombres eran monfíes.

Mas adelante tendremos ocasion de decir lo que estos monfíes eran.

El anciano habló algunas palabras en árabe con el que parecia jefe de aquella gente, y despues abrió la litera, y entró en ella con el jóven.

La litera se cerró de tal modo, que los que iban dentro no podian ver el camino por donde se les conducia.

Inmediatamente cuatro de los monfíes cargaron con la litera, y rodeados de los restantes adelantaron hácia el oscuro pinar, y se internaron en él.

El lugar donde el jóven y el anciano habian entrado en la litera, quedó solitario.

Poco despues y durante una hora, aparecieron uno tras otro en el repecho frontero al pinar, doce hombres envueltos en alquiceles blancos.

Siempre que aparecia uno de aquellos hombres, zumbaba á alguna distancia de él una saeta salida del pinar.

El hombre se detenia; agitaba por tres veces el extremo de su alquicel, y adelantaba sin recelo, aventurándose en la oscura selva, como en un terreno conocido.

Poco despues otro hombre envuelto tambien en un alquicel blanco, llegó al mismo punto que los otros, y como junto á los otros, zumbó junto á él otra saeta.

En vez de agitar aquel hombre por tres veces su alquicel, se volvió, y empezó á trepar apresuradamente el repecho por donde poco antes habia descendido.

Escuchóse entonces el simultáneo chasquido de algunas ballestas, y el ronco silbar de muchos venablos: el que huia cayó.

Poco despues algunos monfíes estaban á su alrededor, y le reconocian.

—Es el alguacil de Mecina de Bombaron, dijo uno de ellos en árabe á sus compañeros; un perro, espía de los cristianos.

Y arrastrándole por un pié hasta el borde del desfiladero, le arrojó á la profundidad.

Oyóse un ronco gemido, luego el rebotar pesado del cuerpo sobre las rocas, despues el zumbido de un objeto voluminoso que cae al agua.

Despues nada. Los monfíes habian desaparecido. Solo quedaba en el sendero del repecho junto á la cortadura, un ancho rastro de sangre, y algunos girones blancos que iluminaban la luna sobre los espinos.

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En aquel mismo punto, sentado en un divan, en una magnífica cámara, teniendo á los piés, sobre la alfombra de pieles de tigre, una hermosa esclava, habia un anciano.

Este anciano dormitaba; su venerable barba blanca se inclinaba sobre su pecho; sus anchas y régias vestiduras se extendian sobre el divan.

Entre la toca árabe del anciano, se veian las puntas de oro de una corona de rey.

La esclava sentada á sus piés, abstraida y pálida, mostraba en sus negros y radiantes ojos una mirada diáfana, y como fija en la inmensidad; de tiempo en tiempo su blanca mano, arrancaba una flevil y fugitiva armonía de las cuerdas de oro de su guzla de marfil.

Un ruiseñor, encerrado en una jaula riquísima, pendiente de la cúpula, lanzaba tambien de tiempo en tiempo un largo y armónico trino.

Una lámpara de seda pendiente de la cúpula, arrojaba los reflejos de la ténue luz que contenia, destellando dulcemente en los erretes de diamantes del almaizar del anciano, en el brillante pomo de su yatagan, en la cabellera, y en los ojos de la esclava, en la ancha tunica de brocado de esta, y en los arabescos dorados que enriquecian los arcos sobre que se asentaba la cúpula.

Era un cuadro de reposo que inspiraba sueño.

Una imágen de voluptuosidad, que inspiraba amores.

Un detalle encantador de la vida íntima de los musulmanes.

El anciano era hermoso, á pesar de su edad.

La esclava, era un arcángel humano.

La cámara, era un robo hecho al paraíso.

Durante algun tiempo, el anciano continuó dormitando, la esclava pensando, trinando el ruiseñor.

Mas allá todo era silencio.

De repente se escuchó un golpe vibrante y metálico.

El ruiseñor calló; el anciano levantó la cabeza; la esclava se puso de pié, dejando ver la arrogante esbeltez de sus formas.

Retumbó un segundo golpe; el anciano se puso de pié, y mandó con un ademan á la esclava que saliese.

Esta desapareció por uno de los arcos laterales, como una ilusion de amores.

Cuando se hubo perdido el ténue eco de los pasos de la esclava, el anciano fué á la puerta de la cámara y la abrió.

En ella apareció otro anciano, de semblante atezado, de mirada dura y centelleante, pero respetuosa ante la persona que habia abierto la puerta: inclinóse como se inclina un vasallo ante su señor, y dijo:

—Poderoso emir: vuestro leal siervo Abd-el-Gewar, el faqui, acaba de llegar.

Coloráronse con una llamarada febril las pálidas mejillas del anciano, arrasáronse sus ojos, y dijo:

—¿Y ha venido solo Abd-el-Gewar?

—No, poderoso emir, le acompaña un jóven.

—¿Dónde estan?

—En la antecámara inmediata.

—Haz entrar á Abd-el-Gewar.

—¿Solo?

—Solo. Entre tanto da compañía al jóven.

Inclinóse el anciano, salió, y el emir se dirigió con paso lento, y profundamente pensativo al divan, y se sentó en él.

Poco despues se abrió la puerta del fondo, y apareció Abd-el-Gewar, que se detuvo un punto, miró al fondo, vió al emir, brilló en sus ojos una expresion de alegría y adelantando con una ligereza superior á sus años, se arrojó á los piés del emir.

—Que el Señor Altísimo y Unico, te bendiga, señor, exclamó asiéndole las manos.

—Alza, Abdel, alza, dijo con la voz ligeramente conmovida el emir: alza mi buen amigo, y siéntate.

Y levantándole, le sentó á su lado en el divan.

Los dos ancianos se contemplaron frente á frente, y en silencio durante algun tiempo: parecia como que en aquella mútua mirada recordaban todo su pasado: una larga historia de lucha y de sacrificios; los recuerdos de la juventud; las pasiones de la edad viril; los desengaños de la edad madura; aquella mirada mutua, era, como pudiera decirse, una mirada retrospectiva lanzada al mundo que habian dejado atrás, desde ese otro mundo que está ya al borde de la fosa, ese otro mundo desconocido que se llama eternidad.

—¿Y mi hijo? dijo al fin con anhelo el emir.

—Vuestro hijo, señor, contestó Abd-el-Gewar, es un cumplido caballero, un corazon de oro, un brazo de hierro.

—Hace tres años que no le veo; la última vez que estuve en el Albaicin era un bello adolescente, un leoncillo de buena raza.

—Ahora, señor, es un hombre hermoso, un verdadero leon. ¿Creereis que ayer cuando pregonaron ese terrible edicto del emperador, de que ya tendreis noticias, me fue necesario apelar á todo el respeto que me tiene, para que no se pusiera al frente de los moriscos y acometiese espada en mano á los cristianos?

—¡Ah, buen hijo de sus abuelos! exclamó el anciano; y luego haciendo una rápida transicion añadió: ¿y cómo han acogido los moriscos de Granada la promulgacion de ese infame edicto?

—De una manera amenazadora, señor; pero no es tiempo aun...

—No, aun no es tiempo, dijo el emir; pero es necesario irnos preparando al combate: un dia, cuando menos lo pensemos, el emperador arrastrado por su fanatismo religioso, por su recelo y por las excitaciones de los frailes y de la Inquisicion, desatenderá los buenos oficios que nos procuramos á fuerza de oro, del príncipe Ruy Gomez de Silva y de sus mas allegados consejeros, y romperá con nosotros de una manera cruel, y si es necesario, nos exterminará, entregándonos atados á la Inquisicion. Entonces será necesario desnudar la espada, rebosar de entre las breñas donde nos ocultamos, y morir matando cristianos. Esta determinacion extrema podrá ser necesaria hoy, mañana, cuando menos lo esperemos. Por lo mismo es necesario estar preparados. Mis buenos monfíes, saben que tengo un hijo; que ese hijo, para que se instruya, para que conozca el mundo, para que conozca las necesidades de los hombres que han nacido para ser gobernados viviendo entre ellos, ha sido entregado á uno de mis sabios. Yo estoy ya viejo y débil: las desgracias han agotado mis fuerzas gastando mi vida, y mi corazon... ¡oh!... ¡los encendidos recuerdos que nunca se apartan de mi alma!... ¡oh! ¡qué desgraciado he sido, Abd-el-Gewar!

El anciano emir inclinó la cabeza sobre el pecho.

—Es necesario olvidar, dijo Abd-el-Gewar con el acento ronco y cavernoso.

—¡Olvidar!¡olvidar! tú mismo no has olvidado, exclamó el emir; y eso que tú no eras su esposo, eso que tu no la amabas... ¡olvidar! ¡olvidar á Ana! olvidar aquel dia terrible en que la Inquisicion...

El anciano se interrumpió, se cubrió el rostro con las manos y lanzó un grito de horror, como si su recuerdo le hubiese llevado hasta una situacion horrible, hasta una de esas situaciones en que parece que Dios coloca á los hombres para probar hasta qué punto puede un corazon humano apurar el dolor sin romperse. Durante algun tiempo el anciano continuó cubierto el rostro con las manos, anonadado, estremecido por un temblor convulsivo. Luego se irguió de repente: brillaba en sus ojos un fuego salvaje, y exclamó con la voz vibrante y trémula:

—La he vengado con la sangre de los cristianos: las breñas de la Alpujarra me han visto persiguiéndolos como bestias feroces: mi yatagan se ha ensangrentado en ellos, y el terror ha guardado los desfiladeros de la montaña. El nombre de los monfíes de las Alpujarras ha retumbado preñado de horror hasta los mas remotos confines de España, y en vano ha sido que el emperador haya enviado sus mas valientes capitanes y sus soldados mas aguerridos en busca nuestra: han sido nuevas víctimas inmoladas al recuerdo de Ana: mi brazo se ha cansado de matar, pero aun no se ha apurado la sed de sangre de mi corazon: he envejecido inmolando sangre á mi venganza, y me veo obligado á entregar esa venganza á mi hijo: me siento morir, Abd-el-Gewar.

—¡Morir! ¡morir vos, señor, cuando apenas contais sesenta años!

—La vejez no es la edad, sino el sufrimiento: desde la muerte de Ana han pasado veinte y cuatro años... y mira: mi piel está arrugada, mis cabellos blancos, mis manos trémulas: apenas puedo ya sostener la espada... es necesario que mi hijo ocupe mi puesto... es necesario que mi hijo sea rey... rey de las Alpujarras ahora, mañana, si Dios lo quiere, rey de Granada.

—¡Rey de Granada! suponiendo, señor, que llegásemos á rescatar del cristiano nuestra perdida joya, la hermosa Granada, ¿ignorais que hay un hombre en quien los moriscos de Granada reconocen un derecho?

—¡Don Diego de Córdoba y de Válor! No importa: don Diego sabe muy bien que los moriscos de Granada son gente baldía y floja acostumbrada al yugo. Sabe muy bien que la fuerza, la constancia, la fe, existen en los monfíes. Ademas, tengo un proyecto que todo lo conciliará. Don Diego de Córdoba, tiene una hermana.

—Sí señor, contestó Abd-el-Gewar, mirando con espanto al emir.

—Cuando yo estuve en Granada hace cuatro años, doña Isabel era una doncella de catorce años, hermosa, pura, noble, cándida, con un corazon de ángel y una dignidad de reina.

—Pero D.ª Isabel es cristiana, cristiana de corazon, exclamó con repugnancia el fanático Abd-el-Gewar.

—Cristiana era su tia doña Ana de Córdoba y de Válor, y sin embargo, Abdel, me casé con ella.

—Dios os castigó de una manera terrible, señor, valiéndose para apartaros de ella de la mano de vuestros enemigos.

—No hagamos á Dios inspirador ni partícipe de los delitos de los hombres, Abd-el-Gewar, yo espero que mi hijo será feliz unido con Isabel de Córdoba.

—¡A pesar de ser cristiana!

—¿No es él cristiano en la apariencia? ¿acaso nuestros abuelos no casaron con cristianas? ¿Acaso no ha habido reyes cristianos casados con moras?

—Allá en los primeros años de la conquista de los árabes sobre España, el emir Abd-al-Azis se unió con la reina Egila, la viuda del rey don Rodrigo: recordad la trágica muerte de Abd-al-Azis: el amor de Egila le hizo traidor á su ley y á su patria, y el califa Walid se vió obligado á condenarle á pesar de sus hazañas. Abd-al-Azis fue asesinado por un enviado del califa, y su cabeza, como testimonio de su muerte fue enviada á Damasco. En los últimos tiempos de la dominacion de nuestros abuelos en España, el rey Abou’l-Hhacem, el viejo, concibió un amor impuro por una doncella cristiana, por la hija del alcaide de Martos el comendador Sancho Gimenez de Solis. Isabel de Solis fue sultana de Granada, en daño de la sultana Aixa-la-Horra, prima de Abou’l-Hhacem, que fue repudiada por este. Dios castigó no solo al rey sino tambien á su reino. Los celos de Aixa-la-Horra y el amor de Isabel de Solis, de la sultana Zoraya, hácia los hijos que habia tenido en su matrimonio con Abou’l-Hhacem, produjeron las guerras civiles que nos entregaron cansados y sin fuerzas á los cristianos. Zoraya, la cristiana renegada, quiso que sus hijos fuesen reyes: Aixa, la sultana repudiada, fuerte con su derecho y con el de su hijo Abd-Allah-al-Ssagir (Boabdil), supo atraer á su bando las tribus de los Abencerrajes, de los Zenetes, de los Massamudes, de los Gomeres, mientras Zoraya, la renegada, se apoyaba en los Zegríes, en los Mazas y en los Gazules: el hermano menor del rey Abou’l-Hhacem, Abd-Allah-al-Ssagar, se aprovechó de estas turbulencias para aspirar á la corona, y se apoyó en las gentes de Almería y en las tribus bereberes: hubo tres reyes para un solo trono: hubo tres bandos en un solo reino: llegaron dias de luto en que Abou’l-Hhacem fue rey del Albaicin, en la casa de Gallo de Viento; Abd-Allah-al-Ssagir, rey de Granada, en el alcázar de la Alhambra; Abd-Allah-al-Ssagar, rey de Almería, de Guadix y de Baza, en el alcázar de Almería. Fernando é Isabel levantaban entre tanto su ciudad real de Santa Fe en la vega de Granada, y sus campeadores llevaban su tala á sangre y fuego hasta los muros de la ciudad: al fin Muley Hhacem murió envenenado, Al-Ssagar envenenado, y el débil Al-Ssagir, cansado, impotente para resistir á los cristianos, se vió obligado á entregarles su reino. Y todo esto fue obra del casamiento de Muley Hhacem con una cristiana, con Isabel de Solis.

—Te he dejado referir esa lamentable historia que tan bien conozco, para que no creyeses que me negaba á escucharla, temeroso de vacilar con su recuerdo en mi propósito. Del mismo modo que los amores de Muley Hhacem con Isabel de Solis produjeron la guerra civil que causó la ruina de Granada, la hubiera causado su casamiento con otra mujer cualquiera: Muley Hhacem estaba ya apartado de Aixa cuando conoció á Isabel de Solis: si no se hubiera casado con ella, se hubiera casado con otra, que del mismo modo le hubiera dado hijos, y del mismo modo hubiera ambicionado para sus hijos la corona. ¿Por qué esa ceguedad que nos hace atribuir á las causas mas comunes desgracias que son hijas de la fatalidad, que estan escritas por la mano de Dios en el libro del destino? ¿Qué mal habrá en que mi hijo se case con una doncella en cuyas venas circula la sangre de cien califas, aun cuando esa doncella sea cristiana? Y luego, ¿no dices tú mismo que don Diego de Válor se cree con derecho á la corona de Granada? para evitar una guerra civil, ¿encuentras nada mejor que mi alianza con esa familia por medio del casamiento de mi hijo con Isabel de Válor?

—¡Ah, señor! pienso que vuestro hijo será el primero que mostrará repugnancia á su casamiento: mira con desprecio á los Válor: los llama los renegados.

—¿Conoce mi hijo á Isabel? exclamó el emir; debe conocerla: cuando yo concebí hace cuatro años el proyecto de casarle con ella, compré la casa medianera á la que habitaba doña Isabel en el Albaicin, con el objeto de que la habitase Yaye: era necesario que se conociesen.

—Y se conocen, dijo Abd-el-Gewar; vuestro hijo la ama, pero sobreponiéndose á su amor la ha desdeñado.

—¡Fatalidad! dijo el emir: ¡amarla y desdeñarla!

—Vuestro hijo, señor, tiene el corazon lleno de las desgracias de su patria.

—Bien, bien; dijo el emir: aun es tiempo: acaso todo consiste en el horror que tiene Yaye al nombre cristiano: pero concluyamos: estoy impaciente por verle: ¿me recuerda alguna vez, Abdel?

—Con mucha frecuencia me habla de vos y con entusiasmo. Ayer cuando le anuncié que habia llegado el momento de que conociese á su padre me contestó: ¡oh! ¡si fuese tan noble y tan valiente como el wali Yuzuf Al-Hhamar!

—¡Oh! ¡me recuerda! exclamó Yuzuf con el placer de un padre á quien llena de alegría y de orgullo el amor de su hijo.

—Sí, os recuerda pero jamás ha sospechado, á pesar de vuestras extraordinarias muestras de amor hácia él, que seais otra cosa que un valiente wali vasallo de su padre, un buen creyente, un antiguo amigo mio.

—En lo que por cierto no se engaña. Y dime ¿ha sospechado que su padre era el emir de los monfíes?

—Muchas veces me ha preguntado el nombre y el reino de su padre, pero presume que es hijo de un emir de Africa.

—No importa: aquí mejor que en Africa, tendrá ocasion de mostrar su valor y sus virtudes: la adversidad es la piedra de toque de todos los hombres y especialmente de los reyes. ¿Pero qué me quieren?

Acababa de sonar de nuevo un golpe metálico.

Aquel golpe se repitió tres veces.

—Vé y abre, dijo el emir á Abd-el-Gewar.

El anciano se levantó y abrió.

Entonces apareció en el banco de la puerta un jóven robusto, gallardo, de aspecto bravío y un tanto salvaje, que adelantó y se inclinó por tres veces.

—¿Qué quieres Aliathar? le dijo el emir.

—Poderoso señor, dijo Aliathar, los doce xeques de las tahas de las Alpujarras acaban de llegar y todas las taifas de los monfíes esperan ya en el cerro de la Sangre.

—Bien, ha llegado el momento, dijo el emir: tú Aliathar, vé al cerro de la Sangre y dí á tus hermanos que muy pronto estaremos entre ellos. De paso dí al wisir Kaleb que introduzca al jóven que acaba de llegar: á Sidy Yaye.

Aliathar se inclinó y salió.

—Tú Abd-el-Gewar, vé al Divan donde ya estan reunidos los xeques: tú los conoces á todos, todos te conocen: prepáralos á la vista de mi hijo.

—¿Pero habeis meditado bien, señor?

—Sí, sí; la corona pesa ya demasiado sobre mí frente y mi brazo está cansado: me siento morir; vé Abdel, vé, y que se cumpla mi voluntad.

—¡Que se cumpla la voluntad de Dios! exclamó Abd-el-Gewar, é inclinándose ante el anciano emir salió.

En aquel momento se abrió la puerta y aparecieron el wisir Kaleb y Yaye.

—Jóven, dijo solemnemente el wisir, el alto, el poderoso, el invencible emir de los creyentes de las Alpujarras te espera: prostérnate ante él.

Y el viejo Kaleb se inclinó profundamente, en tanto que Yaye fijaba una mirada atónita en Yuzuf-Al-Hhamar.

—Vete; dijo el emir, indicando con un ademan á Kaleb que saliese.

Kaleb salió.

El emir y Yaye, esto es, el padre y el hijo, quedaron solos.

Yuzuf adelantó hácia Yaye.

Este se inclinó.

—Perdonad, señor, dijo, mi sorpresa: pero yo creia...

—Sí, tú creías, Sidy Yaye, que yo no era otra cosa que un noble walí, dijo Yuzuf tomando las manos de su hijo y mirándole con delicia y con orgullo.

—Perdonad aun, pero jamás creí...

—¡Qué! ¿no me crees digno de ser rey de los valientes monfíes de las Alpujarras?

—Os creo digno, señor, de ocupar el Divan de los califas de Oriente, de ser rey del mundo: ¿acaso la virtud y el valor no viven en vos? ¿A quién mejor pudieran haber elegido los monfíes para que los gobernase y los llevase al combate contra nuestros enemigos?

—Mi padre antes que yo fue emir de los monfíes.

—¡Ah señor! ¿con que el noble walí que en mi niñez me sentaba sobre sus rodillas, y me estrechaba conmovido entre sus brazos; el que tantas veces me ha aconsejado el desprecio de la vida por la patria; el que de una manera tan enérgica me ha referido las hazañas de nuestros abuelos, era ese poderoso emir invisible, á cuyo nombre palidecían de terror los cristianos, cuyos alcázares jamás ha pisado planta infiel, y que ha fecundado con torrentes de sangre impura las breñas de las Alpujarras?

—Yo era.

—¡Mil veces para mí dichoso el dia, en que puedo saludaros, señor, como al valiente caudillo, como á la invencible espada, perennemente desnuda y enrojecida en defensa del Islam!

Y Yaye se prosternó.

—Alzad, príncipe, dijo Yuzuf: en mis brazos, que no á mis piés es donde debeis estar: ¿acaso el emir de los monfíes, os inspira menos amor que el walí Yuzuf para que huyais de sus brazos?

Yaye se arrojó en los brazos del anciano. El corazon de Muley Yuzuf latía con una violencia tal, que no pudo menos de percibirlo Yaye: un pensamiento, primero indeciso como una sospecha, luego mas determinado, cubrió de palidez sus mejillas; pero con la palidez que causa una gran emocion: su mirada destelló un relámpago de orgullo y dijo con la voz trémula, pero grave y digna.

—Me habeis llamado príncipe, señor.

—¿Acaso no eres hijo de un rey? ¿acaso ayer no te anunció tu maestro, que muy pronto conocerias á tu padre?

—Es verdad, y acaso...

—Sidy-Yaye-ebn-Al-Hhamar, vuestro padre satisfecho de vos, cumplidos los años que habia querido que viviéseis como uno de esos infinitos hombres que han nacido para obedecer, os llama para entregaros su espada y su corona.

—Cómo, señor, vos.... añadió Yaye mas pálido aun.

—Yo soy vuestro padre y vuestro rey, dijo acreciendo en solemnidad el emir.

Hubo un momento de profundo silencio.

—Disponed de mí, señor, como mejor os cumpla, dijo al fin Yaye.

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. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

—Sé siempre, hijo mío, dijo Muley Yuzuf despues de un largo espacio en que estuvo hablando á Yaye acerca de los deberes que el nuevo lugar que iba á ocupar le imponia; ten siempre presente que desde este momento debes sacrificarlo todo á la patria: la felicidad, la vida, y sí es preciso el honor: todo por la patria, nada por tí: sé justo y fuerte, y Dios te ayudará.

—Puesto, señor, que es vuestra voluntad el que yo os suceda en vida, os juro que sabré morir antes que manchar con un hecho cobarde, con una injusticia ó con una traicion á la patria, el ilustre nombre que me legais.

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Despues de esto el emir condujo á su hijo á través de cámaras verdaderamente régias, á un magnífico salon circular.

En aquel salon, sentados en semicírculo en un divan, á entrambos lados de un divan mas alto, habia doce hombres: todos ellos estaban armados de guerra, y en sus costados se veian largas espadas; todos ellos parecian valientes y caballeros, desde el mas viejo cuya barba larga blanca representaba una edad avanzada, hasta el mas jóven, cuya barba gris representaba á uno de esos guerreros para los cuales si bien ha pasado la juventud, no han pasado la agilidad ni la fuerza.

En el centro de la cámara, sobre almohadones de brocado, habia unas vestiduras reales, una corona de oro y una espada.

De pié, á ambos lados del divan donde estaban sentados los xeques, habia como hasta una veintena de personas, todas graves, todas vestidas con túnicas talares y de pié; ademas, entre gran número de walíes y arrayaces, con trages de guerra, habia cinco alféreces: el uno tenia un estandarte rojo bordado de oro, en el centro del cual se veia un escudo azul atravesado con una banda de oro en que estaban escritas en árabe estas palabras: Le galid ille Allah (solo Dios es vencedor). Este era el blason de los reyes de Granada. Los otros cuatro alféreces tenian cada uno una bandera: cada una de estas banderas tenia un color distinto: la una era verde, la otra blanca, la otra azul, la otra morada.

Detrás del divan del centro, que como hemos dicho, era mas alto, y estaba destinado sin duda para el rey, estaban cuatro escuderos: el uno tenia una ancha adarga dorada, el otro una espada de combate, el otro una lanza de dos hierros, el otro en fin, un capacete riquísimo rodeado de una toca blanca.

Allí estaba, por decirlo así, la córte completa del emir de los monfíes.

Se nos olvidaba decir que precedian y seguian al emir y á Yaye, wazires, soldados y esclavos: un alférez pronunció en voz alta, y anteponiéndole algunos adjetivos pomposos, el nombre del emir, en el momento en que este llegó á la puerta.

Los que estaban sentados se pusieron de pié y se inclinaron profundamente, como todos los demás; en el espacio que transcurrió desde que Muley Yuzuf apareció en la puerta hasta que llegó, llevando siempre á su hijo de la mano, al divan del centro, no se vieron mas que cuerpos encorbados y brazos cruzados.

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