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Los monfíes de las Alpujarras

TERCERA PARTE. LA REBELION. (continued 2)

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Interrumpió en aquel momento á Aben-Aboo el rechinar de la puerta de la habitacion en que se encontraban y abriéndose aquella entró un hombre como de veinte y cuatro años con librea de paje de casa noble, y al ver á Aben-Aboo, se quitó respetuosamente su gorra.

—¡Ah! ¡mil perdones! dijo, yo creia que estábais solo, maese Pertiñez.

—¡Ah! es el buen Ballestilla, dijo el barbero; que me place. Se no os venís como llovido del cielo; he aquí al señor Diego Lopez, el dueño del palacio que habitan vuestros amos: y que en este momento...

Ballestilla interrumpió providencialmente al barbero cuando este iba á decir, por quitarse el muerto, la pretension de Aben-Aboo de que sus inquilinos dejasen la casa.

—¿Vuesa merced es el señor Diego Lopez? dijo acreciendo en cortesanía Ballestilla: pues me alegro, si ciertamente.

—¿De qué os alegrais mozo? contestó con secatura Aben-Aboo.

—Me alegro porque el encontraros aquí me escusa de buscaros.

—¿De buscarme? ¿y quién os manda buscarme?

—Mi señor don Alonso de Fuensalida.

—¿Y para qué me quiere vuestro señor?

—Esta carta que me ha dado para vos os lo dirá, señor, contestó Ballestilla sacando del bolsillo de sus gregüescos una carta.

Tomóla Aben-Aboo, rompió el sello blasonado de la nema, en la cual se leia: «Al señor Diego Lopez de un su amigo», desdobló el pliego y leyó lo siguiente:

«Amigo mio: permitidme que os trate con esta confianza, aunque no os conozco, y que sabiendo que acabais de llegar hoy á Granada, me apresuro á ofreceros en vuestra casa, en la cual con vuestra licencia vivo, el aposento que os tengo preparado. Cómo sé que habeis venido, y las sencillas razones que me aconsejan pediros vivais en nuestra compañia, las sabreis si, como espero, consentís en honrarme acompañándome hoy á la mesa. Dios os guarde. De Granada á 19 de diciembre de 1568.—vuestro amigo don Alonso de Fuensalida.»

Quedóse absorto con aquella novedad imprevista Aben-Aboo. Indudablemente aquel era un dia para él de singularidades. Prudente por naturaleza y conocedor por experiencia de que nada que tenga visos de singular debe desatenderse por quién como él se encontraba en una de las situaciones mas delicadas en que puede encontrarse un hombre, plegó lentamente la carta, y dijo á Ballestilla.—Decid á vuestro noble amo, mozo, que he recibido su carta, que he apreciado en lo que valen sus palabras, que no le contesto por escrito por no deteneros, y detener con vos la expresion de mi agradecimiento y que tendré el placer de comer con él en su compañía segun me dice lo desea.

—Tendré la honra de decirlo asi á mis señores, señor hidalgo. Mis señores se sientan á la mesa á las doce.

—No faltaré.

—Permitidme que diga dos palabras á maese Pertiñez.

—Decidle cuantas gusteis.

Ballestilla sacó de su bolsillo una bolsa de seda y la entregó al barbero.

—A las dos, ya sabeis, le dijo, tened dispuesto el aposento, poned una silla mas: es decir tres sillas.

—No haré falta, señor Ballestilla.

—Y adios señor hidalgo, añadió el paje inclinándose profundamente ante Aben-Aboo; adios maese Pertiñez.

Y se dirigió á la puerta volviéndose antes de salir para saludar otra vez á Aben-Aboo.

—¿Y deciais, exclamó el morisco cuando quedó solo con el barbero, que los servidores de ese don Alonso de Fuensalida eran zafios y montaraces?

—Es la primera vez que veo al señor Ballestilla cortés y comedido. Pero á propósito de lo que estábamos hablando antes de que llegase, ¿qué os decia yo..? es bueno esperar para ver... os convidan á comer... ¡bah! de seguro que de este convite salen muchas cosas.

—Por lo pronto sale una que me contraría en extremo.

—Sepamos: ya podeis haber conocido que yo sé hacer milagros.

—Pues ved si lograis hacer uno que necesito, aunque me parece difícil.

—Veamos.

—Decís que ese caballero es muy rico.

—Si por cierto.

—¿Viste con esplendidez?

—Terciopelos y brocados, y una cruz de Santiago de diamantes y rubíes lleva con mucha frecuencia, que vale un tesoro.

—Pues ved ahí que yo no puedo presentarme en casa de hombre tan principal y á primeras vistas con mi vestido de camino, ni con este coleto usado que llevo bajo el coselete: necesito gorra, jubon greguescos, calzas, zapatos, todo rico y bueno: hasta espada y daga: diablo.... diablo.... necesito vestidos riquísimos, y nada traigo conmigo mas que dinero y camisas limpias.

—Pues me parece que el milagro lo tenemos hecho y á poca costa.

—¡Cómo! ¿habrá un sastre que haga en dos horas esas prendas? ¿habrá un armero en Granada que tenga daga y espada como las que yo necesito?

—Estoy mirando que sois de la misma estatura y de las mismas carnes que un amigo vuestro que no está lejos y que por mas señas está ahora mismo alborotando por ciento.

—¡Cómo! ¿el capitan don Juan Coloma?

—Ciertamente. El os puede proveer de cuanto necesitais y asi como asi le haceis un favor.

—Don Juan es un loco, que jamás posee un escudo y fuera maravilla que tuviera prendas como las que necesito.

—Don Juan es un hombre de suerte: es cierto que gasta como el fuego; pero cuando ha gastado su último real he aquí que sin saber como, se le vienen mil á las manos. Ademas es jugador y le sucede como á todos los jugadores: arca llena y arca vacía; cuando tiene una buena entrada provee sus armarios, y se presenta relumbrante como el marqués de Mondéjar en los dias de córte, ó como don Fernando de Válor en cabildo; llega un apuro y los brocados y los cintillos y hasta el caballo, vuelan: de la hostería de la Cruz se viene á vivir á la hospedería del Carbon y hace su gasto diario con dos reales que yo le presto. Nunca ha llegado á deberme treinta; siempre antes de los quince dias me paga, y se vuelve á la hostería de la Cruz; ya sabeis en la plaza nueva, frente al palacio de la Chancillería.

—¿Y ahora os debe?.

—Veintiocho reales.

—Lo que demuestra que antes de apelar á vos habrá vendido todas sus prendas.

—No por que de esta vez está enamorado. Asistiendo en mi aposento, en el aposento que como os he dicho, he reservado para mis amigos y para mí; vió á doña Inés, la hermosa hija de Alonso, y se enamoró perdidamente de ella. Tenia algunos doblones y los gastó en brocados, tres ó cuatro vestidos completos, tres ó cuatro juegos de espada y daga. Ya se ve, queria estar galan por que las galas para las mujeres son las dos partes, y el hombre la una. Con que, vamos, vamos al asunto que es ya tarde, tengo que hacer poner los tapices en los aposentos, y no hay tiempo que perder. Oid: ya se marchan los cómicos para irse preparando para la funcion. Procuraremos que don Juan no se nos marche con ellos.

Y abriendo la puerta salió y asió por el coleto al capitan, que se iba en pos de una turba de músicos y farsantes, que salian de la tienda con las vihuelas debajo del brazo.

—¡Eh, señor don Juan! perdona, le dijo, pero vuestro amigo el señor Diego Lopez os necesita.

—Yo creí que no acababais nunca, y estaba resignado á verle en mejor ocasion, porque creo que el señor Diego Lopez será de los nuestros esta tarde.

—No lo sé; aunque creo que le tendremos vecino: pero venid.

El capitan entró y Aben-Aboo le salió al encuentro.

—Necesito pediros un favor, señor marqués, le dijo.

—Cuantos querais amigo mio. ¡Diablo! á fe á fe que no esperaba yo nunca tener la fortuna de favoreceros: ¿se trata de algun desafio? ¿de algun empeño de honra? pues adelante á pesar de las pragmáticas del rey y del capitan general de la córte y reino de Granada.

—No, no se trata de eso.... tened la bondad de dejarnos solos maese Pertiñez.

—¡Que vanidosos son estos señores! dijo el barbero saliendo: y al fin y al cabo en mas de una ocasion tienen que acudir á mí.

—Se me atraviesa un compromiso infernal, don Juan, dijo el morisco cuando se encontraron solos: yo me habia venido de mi retiro de Cádiar á la ligera, sin pensar en que tuviera que necesitar nada, y he aquí que me hallo en gran apuro.

Púsose encarnado hasta lo blanco de los ojos, el marqués.

—¡Diablo! ¡diablo! si fuera de noche y tuviéramos una hora de espera y un solo escudo, yo tengo una suerte insolente al juego: solo que no juego sino cuando me es de todo punto necesario dinero: el juego es un robo, si, pardiez.... y.... vamos.... no podiais haber llegado á peor ocasion; no tengo un maravedí, me podeis creer á fe de caballero, y lo que mas me pesa es que podais creer que me niego cuando.... pues.... ¡Satanás me asista..!. he aquí un compromiso mayor que el vuestro.

—¡Con que no teneis dinero!

—Esas cómicas se han bebido y se han comido mi último real de á ocho.

—¡Oh! pues ved ahí que no es dinero lo que me hace falta.

Respiró recio como si le hubieran quitado una montaña de encima al marqués.

—¿Pues si no necesitais ni espada ni dinero, que quereis de mi?

—Quiero que en el momento me vendais uno de vuestros mejores vestidos, una daga y una espada de córte.

—¡Acabáramos! me habeis dado un mal rato: esto es distinto: voy á buscar á mi lacayo Peralvillo, y al punto teneis aquí lo que querais.

—Esperad un momento; vos teneis lo que yo necesito y yo tengo lo que vos necesitais;

—¿Que quereis decir? exclamó el marqués poniéndose de nuevo encarnado como una guinda.

—Quiero decir que hace mucho tiempo que nos conocemos, para poder tener entera confianza el uno respecto al otro. Ademas que recuerdo que nos conocimos por haberme vos salvado la vida en una riña. ¿Os he ofrecido yo oro por la vida que me disteis?

—¡Bah! no hablemos de eso. Ahora bien: tomad de mi lo que habeis menester; mejor dicho: tomad lo vuestro por que vuestro es todo lo mio, y adios.

—Ya sabeis que yo soy firme en sostener lo que digo.

—Si á fe.

—Pues os afirmo que si no aceptais el precio de esas prendas que necesito no uso de ellas.

—Esto es ponerme entre la espada y la pared, amigo Lopez.

—Esto os lo digo para que sepais, que me interesa en gran manera tener antes de poco esos vestidos y esas armas; que no cediéndomelos por su valor, no los tomo, y que obligándome á no tomarlos, me poneis en un caso apuradísimo.

—Con vos no hay medio. Sea. Quedad con Dios. Ya hablaremos de eso.

—No, ha de ser ahora. Estoy seguro, de que una vez esas prendas en mi poder, huiriais de mí para no tomar su importe, con mas cuidado que de un acreedor judío.

—Lo que molesta debe terminarse pronto. Os conozco y veo que con vos no hay escape. Me debeis treinta doblones, que os juro recibir otro dia.

—No me gusta deber. Hé aquí los treinta doblones.

Y Aben-Aboo sacó de la bolsa que habia recibido á nombre del poderoso emir de los monfíes de las Alpujarras, una cantidad en oro equivalente á la suma que habia marcado, el marqués.

—No os perdonaré nunca este sonrojo, dijo este guardando con embarazo y sin mirarla, la suma que Aben-Aboo habia puesto en su mano. Es la mayor prueba de amistad que podia daros. Adios pues; ¿en donde os busca mi lacayo?

—Aquí mismo en la hospedería.

—Pues adios.

—Adios, señor marqués: hasta la tarde.

—El marqués salió apresuradamente y Aben-Aboo salió tambien de la tienda murmurando:

—¡Que noble y que franco! ¡Lástima que sea cristiano!

CAPITULO V. De lo que vió y oyó Diego Lopez en el poco tiempo que estuvo en la hospedería del Carbon.

Entre tanto maese Pertiñez, contento con haber salido del atolladero en que le habia puesto la pretension de Aben-Aboo, habia conducido á este á la hostería y recomendándole para que le diesen uno de los mejores aposentos.

Subiase á la hostería por una escalerilla situada en uno de los ángulos del corral, escalera que tenia y aun tiene ciertos resabios moriscos, y al desembocar de aquella escalera, se entraba por una puerta ennegrecida, que al abrirse hacia sonar una campana en un corredor largo y tortuoso, iluminado por unas altas lucanas desprovistas de vidrios, por las cuales entraban el viento la lluvia ó el polvo segun era la estacion ó el estado atmosférico. De la misma manera que sobre la puerta de entrada estaba escrito con letras bárbaras: «Hostería del Carbon», habia sobre las de los aposentos situados á derecha é izquierda enormes números que seguian una correlacion casi infinita. Antes de llegar á otra puerta donde se leia la palabra «cocina» y despues de muchas vueltas y revueltas, habia contado Aben-Aboo, ó por mejor decir leido hasta el número cincuenta y nueve. La numeracion seguia, pero maese Pertiñez se entró de rondon en la cocina.

Rey de aquel departamento, en medio de una atmósfera cálida y grasienta, habia un hombre alto flaco, vestido de una manera ordinaria, y constituyendo la mitad de su traje un enorme gorro blanco, y un mandilon del mismo color que le cogia de alto á abajo por delante, y que no estaba tan limpio como hubiera sido de desear: aquel hombre cuando entraron Aben-Aboo y el barbero empuñaba una cacerola, y hacia andar de prisa, en una actividad increible, á cuatro marmitones que se ocupaban de faenas culinarias, en derredor de un inmenso fogon, enteramente cubierto de tarteras, ollas y sartenes. Hervian los unos, chirriaban las otras, desprendiase del todo un olor indefinible, y una niebla de humo velaba aquel conjunto, capaz por sí mismo de dar hastío á un hambriento.

Al ver entrar á maese Pertiñez en su habitacion principal, en su sala de honor, por decirlo asi, con un jóven del aspecto de Aben-Aboo, el hombre de la cacerola entregó la que tenia en la mano á un marmiton, y adelantó hácia los recien llegados luciendo en sus labios la noble sonrisa del cocinero y del hostalero á quien se presenta un huésped, y

—¿En que puedo servir á vuesamerced? dijo prescindiendo enteramente del barbero, á quien trataba como cosa de la casa.

—Este caballero, dijo Pertiñez, necesita vivir en vuestra casa, únicamente hasta las doce del dia.

Secóse, por decirlo asi, la sonrisa en el semblante del hostalero: eran ya las diez.

—Lo que no importa, añadió Pertiñez, porque el conocimiento con un hidalgo tal como el señor Diego Lopez, es siempre un conocimiento que vale mucho.

Volvió á la boca del hostalero la mitad de la sonrisa que habia desaparecido de ella, y se inclinó de nuevo.

—Siento mucho, muchísimo, que....

Aben-Aboo le interrumpió impaciente.

—En fin, dijo: ¿no teneis un aposento donde meterme? Poco os importe el tiempo; figuraos que he vivido en el un mes, que he comido todo lo que teneis en la despensa, y poned la cuenta.

—No no lo digo por tanto, contestó apresuradamente el hostalero, si vuesamerced me hubiera dejado concluir, hubiera oido que lo que siento mucho muchísimo, es no poder dar á vuesamerced aposento tal como el que merece: con la multitud de hidalgos que han venido á las pascuas que se acercan, y la compañía de comediantes del señor Godinez....

—Bien, bien; pero tendreis un aposento cualquiera.

—Si señor, el número sesenta y siete. ¡Diablo! ¡diablo! un aposento oscuro, donde es necesario tener luz encendida á todas horas si se ha de ver algo.

—No importa; llevadme á ese aposento y concluyamos.

Era tan concluyente el mandato, que el hostalero, tomó dos bugías de sobre un anden donde habia otras muchas, encendió la una, y tomando una única llave de una larga espetera, llave que estaba colocada bajo un número sesenta y nueve, salió precediendo á Aben-Aboo y á Pertiñez.

A penas se habian aventurado en el corredor cuando se oyeron pisadas de mujer, fuertes, como de buena moza, acompañadas del crugir de una falda de seda.

—Alto, dijo con un acento malicioso é insinuante maese Pertiñez; alto, señor Diego Lopez; el corredor es estrecho y será bien que nos hagamos á un lado para que pueda pasar su magestad la reina mora.

—¡Ah! ¡sois vos! maese rapista, dijo una mujer que llegó á punto y cuyo semblante al reflejar en el la luz del hostalero, deslumbró á Aben-Aboo por lo extraordinariamente hermoso; Dios os guarde, amigo mio; y á vosotros tambien, señores; y decidme, que tengo curiosidad de saberlo: ¿os han mandado poner ya las celosias en el aposento aquel que está cerca del tablado...? hablo de aquel aposento que tiene unos reposteros de terciopelo franjado tan ricos.

—¡Ah! ¡ah! allí sin duda debe ocultarse algun enamorado de vos, que no quiere acaso que le vean palidecer ante vuestra hermosura, y sufrir y palidecer.

—O alguna enamorada: me han dicho que en aquel aposento, han entrado una mujer y un caballero.

—¡Ah! ¡ah! os han dicho...

—Y como soy curiosa, quiero que me digan mucho mas, señor Pertiñez; por lo mismo os espero en mi aposento. Número 13. Con que hasta luego. Adios señor hidalgo, añadió dirigiéndose á Aben-Aboo, á quien durante su corto diálogo habia mirado con una extraña insistencia. Adios, maese Briviesca, añadió dirigiéndose al hostalero.

Y se alejó ligera y gentil, casi corriendo, entonando con una voz de ruiseñor una copla de entremés.

—La mejor ave de mi casa, exclamó Briviesca, pero dura de desplumar como un grajo.

—¡Oh! la cómica mas hermosa que ha desplumado hidalgos exclamó el barbero.

—¡Ah! ciertamente que es una mujer hermosísima, dijo con un acento particular Aben-Aboo: ¿Y la llaman la reina mora?

—Ya, ya vereis esta tarde como la aplauden, repuso el barbero.

—Hemos llegado al número sesenta y nueve, dijo Briviesca dando vuelta á la llave de una puerta.

Entraron en una especie de zaquizami, en uno de cuyos ángulos habia un fementido lecho: completaban aquel mueblaje de posada una mesa mugrienta, dos sillas distintas en forma, aunque iguales en lo viejas y media luna de espejo en un marco negro...

—Esto es indigno... lo conozco, dijo Briviesca.

—Esto es muy bueno, dijo Aben-Aboo: haced que suban mi maleta y que me traigan agua para labarme. Vos, maese Pertiñez, venid despues á afeitarme. Por ahora dejadme solo.

—Y decís bien; aunque me hubiérais necesitado en el momento, os hubiera suplicado me dejaseis libre para ir á ver que me quiere la reina mora.

—¿Quiere algo mas vuesamerced? dijo Briviesca.

—No, únicamente mi maleta que está en mi caballo á la puerta de maese Pertiñez, y una taza de caldo de gallina.

—¿Y vino?

—No bebo vino, ¡ah! maese Pertiñez: haced que cuiden á mi caballo.

—Muy bien; descuidad por vuestro caballo.

—¡Ah! si viene preguntando á vuestra casa por mí el criado del capitan...

—Por supuesto, le enviaré. Que Dios os guarde.

—Yd con Dios.

A penas se quedó solo murmuró Aben-Aboo, obedeciendo al encendido recuerdo que le habia dejado la comedianta:

—¡Por la piedra negra de la santa Kaaba, que todos los dias de mi vida no he visto una mujer tan hermosa! ¡La reina mora! es singular.

Pero dejando á Aben-Aboo entregado á tales pensamientos, que nada tenian de extraños en quien como él solo contaba veintidos años, edad en la que el pensamiento, por graves que sean sus cuidados, pasa con facilidad de uno á otro, sigamos aunque nos salgamos del epígrafe de este capítulo, á maese Pertiñez que adelantaba con tanta prisa como era su curiosidad, hácia el aposento número trece donde decia vivir la reina mora.

Tenia ademas en esto un grave interés el rapista: un interés puramente pecuniario; el interés que tiene por hacer un buen negocio un corredor de amores.

Era el caso que don Fernando de Válor, ó Aben-Humeya, como mejor queramos, en el momento en que en la primera representacion de la compañía de cómicos se habia presentado en la escena Angélica, se habia enamorado de ella. Al concluir la primera jornada, don Fernando, segun costumbre admitida en aquel tiempo, habia ido á la puerta del apartado donde se vestian las cómicas, solicitando entrar para saludar á la dama. Pero Godinez, que era al parecer un hombre como de treinta á cuarenta años, cegijunto, enérgico, y un si es no es altivo, le dió con la puerta en las narices diciéndole: que en su compañía no estaban en uso aquellas costumbres y que las damas tenian casas donde ser visitadas.

Don Fernando, pues, se volvió, echando ternos inútiles, y hubo de contentarse con arrojar á Angélica el joyel de diamantes de su gorra, en el momento en que el entusiasmo público enviaba una salva de aplausos á la comedianta.

Al dia siguiente, se presentó en la hospedería, preguntó por el número de la habitacion de la dama y sabido este llegó á la puerta y llamó. Abrióle una doncella, que contestó á la cortés demanda de don Fernando, con que su señora estaba enferma y no podia recibir á nadie.

Don Fernando, que iba preparado á todo evento, entregó á la doncella un billete perfumado de que iba provisto y se retiró.

El billete que habia dejado Aben-Humeya contenia las palabras siguientes:

«Hermosa señora: soy el caballero que tuvo el placer de ofreceros ayer tarde su homenaje de la manera que pudo, arrojando á vuestros piés el joyel que llevaba sobre su cabeza. Hoy ha venido á poner á vuestros piés su corazon, que espera levanteis hasta unirle con el vuestro. Si hoy, por un acaso, no puedo veros, os suplico me digais, contestándome, á que hora podré veros mañana.—Quien os adora por hermosa y discreta: don Fernando de Válor.»

Al volver don Fernando á su casa despues de otros quehaceres, encontró sobre su mesa, una preciosa caja de oro cincelada, con guarnicion de piedras preciosas, y junto á ella un billete. Llamó á su lacayo y este le dijo que aquellas dos cosas las habia traído una doncella.

El billete contenia estas brebes palabras:

«Señor don Fernando de Válor: ignoro si la joya que os devuelvo es la misma que ayer me arrojasteis á la escena rindiéndome un homenage: como no he encontrado papel á mano para envolverla, os la envio dentro de una caja, que encontré tambien á mis piés, no sé de quien, y que recogí, porque las cómicas nos vemos obligadas á hacer delante del público, lo que como mujeres nunca hariamos. Si habeis creido que con ese joyel pagabais la entrada en mi aposento particular, como por algunos maravedises habeis comprado el derecho de juzgar de mi escaso ingenio, os habeis engañado. Mi aposento no se abre con oro. Mi corazon necesita de mas noble llave para abrirse. Perdonad si os he ofendido, obrando no como una dama de comedias, sino como quien soy.—Vuestra servidora.—Angélica, la comedianta.»

Hombre de mundo á pesar de su juventud don Fernando, creyó que la comedianta adoptaba aquella posicion digna y á todas luces mas noble, para hacerse mas preciosa, y se obstinó, apuró cuantos medios se conocen para obtener una cita de una mujer, y ya desesperado, se dirigió á maese Pertiñez, que tenia una tremenda fama de corredor experimentado. Ofrecióle oro á montones si le ayudaba á rendir aquella fortaleza, pero en vano, aunque obraba con toda la fuerza y á toda la altura de su codicia excitada, pretendió hablar á solas con Angélica: como maese Pertiñez era una especie de omnipotencia en al corral del Carbon y en la adjunta hostería tuvo mil veces ocasion de estar al lado de Angélica; pero esta jamás se encontraba sola: jamás habia podido el rapista decirla una sola palabra del asunto. Se concibe, pues, con cuanta ansia iria á la cita que de una manera tan inesperada habia recibido de la comedianta.

Llamó, latiendole el corazon de esperanza, esperanza que se refería á los doblones que debia recibir, si el negocio se llevaba á cabo, de don Fernando de Válor, y al punto que llamó se abrió la puerta. Era Angélica en persona.

—Entrad, entrad, maese, le dijo, tengo que preguntaros muchas cosas.

Pertiñez, restregándose las manos de alegría, atravesó, siguiendo á la comedianta, dos habitaciones y entró en una inundada por un hermoso sol de medio dia y tan ricamente alhajada como hubiera podido estarlo la de la dama mas principal.

Pertiñez abrió tanto ojo: aquellos muebles á todas luces no pertenecian á maese Bribiesca, que era miserable y raquítico con sus huéspedes.

—¡Ah! ¡ah! exclamó el rapista: ¿sabeis, señora, que debe de llevaros un sentido por todo esto ese ladron de Bribiesca?

—¡Ah! dijo Angélica, no os he llamado para eso: sentaos.

Y le señaló un magnífico sillon.

—Pero ved, señora, que voy á dejar inservible este hermoso terciopelo de Utrech.

—¿Y que os importa? dijo con impaciencia la comedianta.

—¡Ah! ¡ah! los barberos nos estamos restregando continuamente con toda clase de vichos grasientos: ¡qué vida la nuestra!

—¿Me vais á contestar en verdad á lo que os pregunte maese? le dijo Angélica sin escuchar sus últimas palabras.

—Os contestaré á todo lo que querais y á mas de lo que querais, hermosa señora, contestó el rapista.

—Decidme, continuó Angélica, inclinándose hácia Pertiñez, sobre uno de los brazos de su sillon, y con el acento ardiente y ansioso: ¿por qué está cubierto con celosías el primer aposento del lado derecho de la escena?

—¡Ah! eso es lo que no podré deciros: por un capricho: lo que sé es que quien ha tomado ese aposento tiene licencia de la Inquisicion y de la Chancillería para tenerle cerrado.

—Bien: ¿pero me podreis decir quienes son las personas que ocupan ese aposento?

—Las personas son un hombre y una mujer.

—¡Ah! ya sabia yo que habia por medio una mujer; no me habia engañado.

—Y, permitidme, señora, dijo sonriendo sutilmente el hombrecillo, si me entremeto en lo que no debo: ¿qué razones teneis para pensar que haya una mujer tras de las celosias?

—Tengo tres razones poderosas, tres razones de mucho valor que hablan por mí. Vais á ver.

Angélica se levantó, fué á una especie de secreter de ébano, marfil, concha y plata, le abrió y sacó de él un cofrecillo, con el cual fué á sentarse en el sillon: cuando abrió aquel cofrecillo, se deslumbró el barbero, y sus ojos casi se saltaron de codicia: tal le habian deslumbrado las joyas que en el cofrecillo se encerraban.

—Escuchad, dijo Angélica y como si nada la interesasen aquellas joyas; vos habeis visto la comedia que hacemos.

—¿Pues no he de haberla visto? contestó maquinalmente el rapista que no quitaba ojo de la pedreria.

—¿Recordais el momento en que Xarifa, la reina mora, jura vengar la muerte de su padre el rey Mirtilo?

—¡Oh! ¡vaya! como que se hunde el corral aplaudiendo; como que dais miedo, señora; tan al vivo lo haceis.

—Pues bien, me arrojaron confitura, llenaron la escena de gorras y toquillas, y en medio de todo esto ¿qué diriais que cayo á mis piés?

—¡Oh! ¿quién sabe, señora?

—Pues bien, cayó este collar. Y la comedianta asió por un extremo su magnífico collar de gruesas perlas con broche de brillantes y le levantó ante los ojos admirados del barbero.

—¿Y estais segura de que esas perlas y esos diamantes son finos?

—¡Que si estoy segura! este es un collar de reina; este collar vale un tesoro.

—¿Y no sabeis quien pueda haber sido...?

—Mientras devolvia al patio, segun costumbre, gorras y toquillas, miré ansiosamente á todas partes: deseaba conocer á la mujer que se habia desprendido por mi de tanta riqueza: yo habia recibido aquel collar como hubiera recibido una bofetada: con cólera: este collar era para mí un insulto... la mujer que me lo enviaba, solo habia tenido por objeto humillarme... vos no conoceis á las mujeres, añadió Angélica comprendiendo la estúpida expresion de asombro que se pintaba en los ojos estraordinariamente abiertos del maese: si; quien me arrojaba este collar, quien me decia sin palabras: «toma y deja de ofrecer tu hermosura y tu ingenio á la soez admiracion del vulgo,» era sin disputa una mujer enemiga mia, que me dispensaba una proteccion humillante; sin embargo no vi ninguna dama, aunque las habia hermosas y bien prendidas, que pudiese hacerme sospechar que era la dueña de esta joya: las mujeres lo conocemos esto con una sola mirada: pero habia un aposento cerrado con celosías... tras aquellas celosias debia estar mi enemiga: si, mi enemiga, y en efecto en aquel aposento habia una mujer.

—Si sabiais que la habia ¿á qué me habeis preguntado?

—Os diré; mientras estuve dentro, antes de que se acabase la funcion, encargué á un comediante que procurase informarse de qué personas habia en el aposento misterioso: cumplió su encargo y me dijo que habia visto salir un caballero de estado y una dama, pero enteramente cubierta con un manto. Despues para asegurarme mas me dijo que no estaba seguro de si la dama encubierta habia salido ó no del aposento cerrado, porque habia mucha gente y se habia confundido: pero me aseguró que de todas las damas que habia visto solo aquella llevaba manto.

—¡Desesperarse porque sin duda la admiracion de una gran señora os ha ofrecido un hermoso regalo...!

—¿Qué entendeis vos de esto? dijo con impaciencia Angélica. Dejadme seguir porque os cuento únicamente esto para que me ayudeis en mis sospechas para que las aclareis, si es preciso: me vi obligada á esperar otra funcion: en efecto el domingo siguiente, cuando el público me aplaudia con frenesí, yo, que tenia fijos los ojos en el aposento de las celosías vi abrirse una de estas, asomar una blanquísima mano de dama y arrojar á mis piés este brazalete.

Y Angélica mostró á maese Pertiñez, cuyo estupor crecia, una segunda y riquísima joya.

—Ya no podia tener duda, continuó la comedianta, de que en aquel aposento estaba la dama que se atrevia á insultarme. Tenia preparado como en la funcion anterior quien la siguiese, y aquella tarde fue seguida. Al volver el comediante encargado de seguirla, me dijo que del aposento de las celosías, acompañada de un caballero de mas de cuarenta años habia salido una dama cubierta con un manto de terciopelo. Que habia entrado en una litera y que rodeada de muchos criados, habia ido á una casa grande y principal en el Albaicin, junto á la parroquia de San Miguel. Encarguéle que se informase de quien era aquella dama, y solo pudo decirme que se llamaba doña Inés de Fuensalida, que salia muy poco, y siempre cuidadosamente encubierta, y por último que iba todos los dias al amanecer á la primera misa á San Miguel. Irritada de que mi emisario no supiese darme mas claras noticias, ansiosa de conocer por mi misma á aquella mujer, me levanté al dia siguiente antes de que fuese de dia, y me fuí á la iglesia de San Miguel á esperar á esa dama tan misteriosa: al fin al segundo toque de la misa de alba, entró una dama tapada, y aunque su andar y sus maneras no me eran desconocidas, no pude verla el rostro: he procurado corromper á sus criados y los he encontrado incorruptibles: por último, en la tercera función recibí un nuevo ultrage, viendo á mis piés estas arracadas que valen tanto como cualquiera de las dos joyas.

—¿Y nada habeis podido averiguar mas claro?

—No. He sabido, si, que vos sois el que cobra los alquileres de la casa en que esas gentes viven; que esa casa es de un morisco...

—Si, si por cierto, del señor Diego Lopez á quien conoceis.

—¡Qué yo conozco al señor Diego Lopez! dijo palideciendo Angélica.

—Si por cierto, es el hidalgo á quien encontrásteis conmigo en el comedor, y á quien habéis saludado hace un momento.

—¡Ah! ¡ese jóven moreno, pálido, de ojos negros, es Aben-Aboo! exclamó profundamente pensativa Angélica.

—Si, si señora; asi le llaman los moriscos, del mismo modo que llaman á don Fernando de Válor Aben-Humeya.

—¡Aben Aboo! ¡Aben-Humeya! repitió Angélica.

—Y si supiérais, dijo envistiendo de frente el rapista, cuán loco, cuán enamorado por vos está don Fernando de Válor.

—¡Qué está enamorado de mí!

—Cómo que me ha ofrecido no sé cuantas riquezas, si consigo de vos que le permitais hablaros una sola vez.

—¡Ah! murmuró Angélica; y reponiéndose, añadió: hablemos de la dama: vos cobrais los alquileres de la casa donde vive.

—Es verdad; pero jamás paso de un aposento del piso bajo, donde me recibe y me paga el mayordomo.

—Vos habeis revendido ese aposento cerrado á esa familia.

—Es verdad.

—Debeis, pues, haber visto á esa dama.

—Si, pero cubierta con el manto.

—¡Oh! ¿y no habéis tenido curiosidad?

—Si por cierto: pero cerraban por dentro con llave la puerta del aposento.

—De modo que no la conoceis.

—Ni mas ni menos que vos.

Golpeó impaciente Angélica el pavimento con su pequeño pié.

—Pues yo necesito ver frente á frente á esa mujer, dijo.

—Lo creo, murmuró el rapista, no encontrando otra cosa mejor que contestar á la comedianta.

—Y es que vos me vais á procurar que la conozca.

—¿Y cómo?

—Buscando una llave que sirva para abrir la puerta del aposento.

—¿Estais en vos?

—Sé que os pido un gran servicio, pero os lo pagaré.

—¡Cómo!

—Dándoos una carta de cita para don Fernando de Válor.

Alegróse en lo íntimo de sus entrañas el barbero, pero se mantuvo firme.

—Me pedís una cosa muy arriesgada para mí, señora. Yo puedo proveeros, á cambio siempre de esa cita con don Fernando, de un medio mejor y menos expuesto; porque al fin, si os doy la llave y entrais, y esa dama no es la que creeis...

—¿Y qué medio es ese?

—El señor Diego Lopez Aben-Aboo, dijo con acento de misterio el barbero, está convidado á comer con ella, y va á vivir en su propia casa.

—Esa mujer será capaz de comer con antifaz, y de hablar á oscuras con Aben-Aboo. La llave, la llave, maese Pertiñez, y por la llave del aposento de esa mujer, os doy una cita al mio para don Fernando de Válor.

—¡Dádmela!

—Cuando me hayais entregado la llave.

—Pues dentro de una hora.

—Pues hasta dentro de una hora.

Pertiñez salió contando ya en su imaginacion los brillantes doblones, que esperaba recibir de Aben-Humeya á cambio de la cita de Angélica, y esta se quedó murmurando:

—¡Aben-Humeya! ¡Aben-Aboo! ¡el uno me solicita loco de amores, y el otro ha palidecido al verme por la primera vez! Creo que al fin encuentro el principio de mi camino.

CAPITULO VI.

En que continúa un asunto suspendido en el anterior.

Aben-Aboo se paseaba impaciente en el chirivitil, donde le habia establecido maese Bribiesca: habíanle llevado el agua, el caldo y la maleta; se habia lavado y mudado de ropa blanca, pero ni maese Pertiñez se habia presentado á rasurarle, ni el lacayo del marqués de la Guardia, el aun para nosotros desconocido Peralvillo le habia traido el trage anhelado.

Aben-Aboo impresionable, como todos los hombres de la raza de que era hijo, tenia en la cabeza un hervidero de impresiones tentadoras; un volcan en una palabra; pensaba á un tiempo en Aben-Humeya, que le arrancaba la corona con que habia soñado; en la Dama blanca de la montaña, en la inquilina de la casa de San Miguel, y por último, flotante como una nube blanca y transparente sobre un celaje ennegrecido, la magnífica mujer, la cómica, que habia visto un momento al reflejo de la luz de maese Bribiesca en el oscuro corredor de la hosteria.

Eran estas bastantes impresiones para que el jóven estuviese profundamente preocupado, pasando de la una á la otra en un continuo torbellino, uniéndolas á veces como si fueran partes de un solo cuerpo, como si hubiese entre aquellas mujeres una relación extraña.

Demasiadamente excitado su cerebro, empezó á embrollarse su pensamiento y el oscuro chirivitil en que se encontraba á dar vueltas en torno suyo. Se sentó para dominar aquella especie de vértigo, en una de las sillas que estaban arrimadas á la pared, y permaneció inmóvil procurando dominar sus pensamientos.

De repente oyó ruido en el aposento inmediato como de abrir una puerta; luego la voz de dos personas que hablaban con interés.

De seguro que Aben-Aboo no hubiera reparado en aquello mas que en cualquier otro incidente vulgar y de poca monta, si la conversacion de aquellos dos hombres no le hubiera llamado vivamente la atencion por algunas palabras para él demasiado interesantes.

—Os digo, os repito, decia una voz que acentuaba perfectamente el castellano, que don Fernando acabará por perderse.

—¡Bah! dijo otra voz que tenia, aunque levísima cierto acento extranjero; y ¿qué os importa á vos Cisneros, que Aben-Humeya se pierda ó se gane?

—¡Oh! mas de lo que os parece, señor Godinez, os he traido á este aposento apartado porque aquí nadie puede oirnos ¿sabeis lo que ha hecho don Fernando de Válor?

—Alguna cosa como suya, dijo Godinez.

—Una atrocidad: ya sabeis que es regidor perpétuo de la Ciudad.

—¿Y quién no lo sabe?

—Pero no sabeis que este oficio se le habia quitado á su padre por delitos, y que despues de su muerte en una prision, el rey le ha dado á su hijo por gracia y con arreglo á una sentencia de la sala de Granada. Afortunadamente la venticuatria no habia sido declarada vacante, y don Fernando se vió horro de pleitos, pero no de envidias, porque ya algunos caballeros principales habian contado con que se proveria en ellos el tal oficio. Don Fernando, pues, al empuñar su vara de regidor perpetuo, se encontró con que aquella vara era para el un haz de enemigos. Se le ha mirado mal, porque todo el mundo mira mal al que es objeto de envidias, y además de esto porque don Fernando ha tratado á todo el mundo con tanta altanería, que á todos los tiene ofendidos, y nada hay que extrañar en lo que le sucede.

—¿Pero qué le sucede?

—Esta mañana habia cabildo: segun costumbre inmemorial en Castilla, todos los regidores al entrar en cabildo dejan todas las armas que llevan á sus escuderos ó criados; pues bien, á pesar de esta costumbre reconocida y acatada por todos, hasta por el mismo capitan general, don Fernando de Válor entró en cabildo con la daga en la cintura.

—¡Un olvido!

—Ó una intencion imprudente. Lo cierto del caso es que habiendo notado esto que creyó descuido en don Fernando, el regidor don Luis Dávila, advirtióle con mesura que no era bien enterase armado donde nadie tenia armas. Replicó descortesmente don Fernando, alegando privilegio; don Luis Dávila irritado por su descortesia, le echó mano á la daga para quitársela, y á esta accion, tambien imprudente, sucedió un tumulto espantoso; en vano el corregidor quiso calmarlo: don Fernando amenazaba al cielo y á la tierra, y yendo el escándalo en aumento, el corregidor llamó traidor á grandes voces á don Fernando y le mandó llevar preso. Mas este, que sin duda estaba preparado, rompió daga en mano por medio de los que se acercaban á prenderle, dejóse herido un portero, ganó la puerta de la sala, la antecámara y las escaleras, montó á caballo y escapó, sin que hasta ahora se sepa donde para. Se ha armado una gresca infernal. Se tienen sospechas de que los moriscos piensan rebelarse, y se cree que todo lo que ha pasado en las casas consistoriales, no sea otra cosa que un lance provocado por don Fernando para tener un pretexto para ponerse á la cabeza de la rebelion. Los tercios se han encastillado; no se ven por esas calles mas que caballeros armados de lanza y coselete que corren á presentarse al capitan general, y este, el presidente de la Chancillería, el corregidor y el alcalde mayor estan en consejo. ¿Y creeis que esto no me importe nada?

—Nada debe importaros Cisneros, nada absolutamente, puesto que vos no sois ni morisco ni soldado. Si la cosa se enreda, con volvernos á Sevilla de donde hemos venido, punto redondo.

—¡Volvernos á Sevilla! ¿sabeis señor Godinez que estamos arruinados?

—¿Y quién os manda ceder hasta tal punto á los caprichos de esa mujer? Hemos ganado un rio de oro, en un año que andamos representando por Andalucía, y esa mujer ha sido el embudo por donde ese oro ha desaparecido.

—Vos no conoceis á esa mujer, maese Godinez.

—Sé que es muy difícil encontrar una dama tal como ella: sé que sin ella no ganariamos ni la décima parte de lo que ganamos; pero en cambio no tendriamos que gastar tanto. Es nuestro tirano: con sus humos de gran señora, no hay medio de que se avenga á lo que otras damas se avienen; los trages han de ser de lo mejor, de lo mas fino: sedas, pieles, brocados, joyas: su habitacion ha de ser una habitacion de princesa, su mesa una mesa de arzobispo. Si hay polvo ó humedad en las calles, litera; si la duele un tanto la cabeza no hay medio de hacerla representar, aunque la entrada esté hecha. Decís bien, no sé quien es, porque esa mujer es un misterio, pero sé que todo lo que por ella se gane se gastará con ella, y que en vez de ahorrar nos empeñaremos.

—Pues ved ahí por lo que me contraria, me desconcierta, el lance de don Fernando de Válor; porque á no dudarlo, esta tarde no habrá funcion, habia muy buena entrada, con la cual esperaba salir de apuros, y será necesario devolverle el dinero; ¡si al menos esto pasase! pero tiene trazas de haber empezado para no concluir tan pronto.

—Os aconsejo que os separeis de esa mujer, Cisneros. A mi, como autor, me importa muy poco porsaco mi parte; pero vos os vais quedando cada dia mas pobre.

—¡Oh! ¡separarme de ella! ¡imposible! ¡imposible de todo punto; Godinez! la amo con toda mi alma.

—Pues ved ahí, yo no comprendo que un hombre ame sin ser amado, y sobre todo cuando se le dan continuamente zelos. Y os digo esto porque se dice, no sé con qué fundamento, que nada conseguis ni habeis conseguido de ella.

—¡Es verdad! ¡es verdad! hubo un tiempo en que creí que esa mujer me amaba: pero me engañé. Aun espero el primer favor.

—Dicen ademas que ella tiene un amante á quien adora, y que el tal amante se jacta de que nadie mas que el ha poseido á esa hermosura, tras la cual andan tantos desesperados.

—¡Ah! ¡el marqués de la Guardia se jacta...! tiene razon... porque ella le adora!

—¿Y lo sufrís?

—Sufro mas de lo que creeis; por ejemplo: yo que tengo mi aposento cerca del de Angélica, siento todas las noches por delante de mi puerta los pasos de un hombre, que se detiene delante de la puerta de Angélica abre y entra; despues sale por la mañana, muchas veces sin recatarse de nadie.

—No comprendo vuestro amor.

—Es porque yo amo de veras y soy esclavo.

—Pues teneis fama de no haber sido asi en otro tiempo.

—¿Qué quereis? Aquellos tiempos pasaron. Un príncipe poderoso era mi esclavo. Tenia en mis manos mas de lo que pensaba. Pero un dia una mujer terrible se puso entre el príncipe y yo...

—La hija del emir de los monfíes...

—¡Cómo! ¡exclamó Cisneros asustado! ¿quién os ha dicho eso?

—¡Bah! yo sé quién sois, quién es Angélica, quién es la hija del emir. Vos no sabeis quien soy yo... no os lo digo, porque necesito imponeros respeto para salvaros.

—¡Para salvarme!

—No quiero que seais la víctima de esa mujer.

—¡Y sabeis quién es esa mujer!

—Vaya si lo sé. Como sé quién os hirió la noche que la conocisteis.

—¡Que sabeis...!

—Si por cierto: fue vuestro amigo el marqués de la Guardia.

—¡Que rondaba la casa de la hija del emir...!

—Y vió entrar al príncipe y tuvo zelos.

—¡Ah! pero cuando tanto sabeis, quién sois....

—¿Que quién soy yo...? hace mucho tiempo que nadie me conoce mas que yo mismo. Oid; unas veces soy jóven: otras viejo: suelo llamarme príncipe, ó caballero, ó rufian, ó comediante: unas veces tengo un nombre, otras otro: Angélica me conoce demasiado bajo otra forma: ¿pero preguntadle si conoce á Salvador Godinez? ¿si sabe quién es? De seguro que no piensa que yo soy una moneda falsa. Yo sé cambiar de semblante, de cento de edad, aun de estatura: sé adaptarme á todas las condiciones. Ya me habeis visto representar....

—Y lo haceis á las mil maravillas. He tenido zelos de vos.

—No tanto, no tanto. Vos siempre sereis el famosísimo Cisneros, la delicia de las damas de la córte, que lloran vuestra ausencia, y la admiracion de los hombres de ingenio. Yo soy infinitamente mas cómico que vos, pero no en el tablado y entre las cortinas, sino en el mundo, entre las gentes. Tan cómico soy que Angélica, vuestra adorada Angélica, que sabe que existe un hombre que la ama y la aborrece á un tiempo; que sabe que ese hombre cambia de aspecto y de nombre, pero no de corazon ni de propósito; que por lo tanto debia desconfiar de todo desconocido que se la acercase, no desconfia de mí, y me cree simplemente Salvador Godinez, comediante y autor de la compañía del señor Andres Cisneros.

—¡Qué, amais á Angélica! exclamó Cisneros que solo esto habia oido de las últimas palabras de Godinez.

—¡Que si la amo! ¡sino la amara viviria!

—¡La amais! yo creo que esa mujer ha nacido para enamorar á todo el mundo.

—Os engañais. A esa mujer la sucede lo que á otras muchas. Las aman todos, menos el hombre que las posee.

—Es decir que el marqués de la Guardia....

—No la ama, porque ama á otra.

—¡A otra!

—Si, á una mujer á quien yo amaria tambien, si mi amor hácia ella no fuese insensato; un martirio á que me condenaria inútilmente. El marqués de la Guardia ama á la hija del emir de los monfíes, y porque la ama finge amor á Angélica.

—Nos os comprendo.

—La hija del emir se ha perdido para el marqués. Pero el marqués sabe que si una mujer se pierde para su amante, no se pierde jamás para la mujer que la aborrece, que la sigue, que la persigue ansiando venganza, cuando esta mujer tiene medios para obrar tan poderosos como son los que tiene Angélica.

—Con que la hija del emir y Angélica....

—Son enemigas, enemigas á muerte por la sola razon de que aman á un mismo hombre.

—Lo que no comprendo bien, es por qué me haceis estas revelaciones, dijo con intencion Cisneros.

—Porque ha llegado ya el momento de obrar. Angélica sabe que tiene cerca á su rival, tiene medios para envolverle en una horrible venganza y obrará. Es mas: yo la ayudaré á que obre. Por lo mismo para ayudarla, me veré obligado á estar separado de ella largas temporadas: yo puedo trasformarme: pasar por monfí entre los monfíes, por soldado entre los soldados del rey, como paso por comediante entre los comediantes; pero no puedo duplicarme, no puedo hacer dos mi persona, y quiero saber todo lo que dice, todo lo que hace, si es posible, todo lo que piensa Angélica. Para ello necesito un hombre esperimentado, sagaz, que sepa como yo encubrir bajo su semblante tranquilo sus pasiones, dominar los sucesos y no dejarse dominar de ellos; ese hombre sois vos Cisneros: pero para que lo seais, es necesario que os domineis: es necesario que comprendais que una mujer que nos desprecia, que ama á otro, sin recatarse de ello, que nos toma como instrumento, no debe inspirarnos amor sino venganza. Es necesario que comprendais tambien que habeis sido muy ambicioso y muy imprudente: que habeis cometido graves delitos cuyas pruebas tengo yo....

—¡Que yo he cometido delitos!

—Si, y ya que me habeis traido á un lugar donde nadie puede escucharnos, voy á hablaros con lisura. Vos, nacido de la pleve, lanzado por casualidad á la vida de comediante, para lo que poseeis grandes talentos, os visteis aplaudido, enriquecido, acariciado por las damas, casi recibido en la córte: entrabais en ella por el postigo es verdad, pero aquel postigo os llevaba á donde no llevaba á otros la puerta principal. Hace algunos años trabásteis conocimiento con el príncipe don Carlos, como lo traban generalmente con los grandes señores los hombres que han logrado hacerse famosos en cualquier oficio: á título de proteccion del gran señor, hácia el gran comediante. El príncipe no tenia la cabeza enteramente sana y habia nacido ademas muy mal inclinado: era ambicioso, incorregible, déspota, amigo de escesos y enemigo de toda sujecion: la dependencia en que vivia como hijo y como vasallo de uno de los hombres mas terriblemente celosos de su autoridad, le irritaba. Vos comprendísteis todo esto, como lo habian comprendido otros, ú otro, y pensasteis como aquel otro, aprovechar las perversas cualidades del príncipe para engrandeceros. Aquel otro, que era tambien un gran señor, casi un rey, el emir, en una palabra, conoció que debia aprovecharse de vos y se aprovechó. El vínculo que unia á un tiempo al príncipe, al emir y á vos era el amor de una mujer: el amor voraz, voluntarioso, impaciente, que el príncipe sentia hácia la hermosa duquesita. ¿Quereis que invierta mas tiempo probándoos de qué manera poseo pruebas de vuestra doble traicion contra el rey, incitando á la rebeldia al príncipe, irritando sus deseos por doña Esperanza, y sirviendo al mismo tiempo al emir de los monfíes? Vos habeis escrito cartas imprudentes, cartas cada una de las cuales vale vuestra cabeza, y esas cartas Cisneros estan en mi poder.

—¡Es decir que me imponeis condiciones!

—Me constituyo en vuestro señor, representando al diablo á quien os habeis vendido por ambicion.

—¿Y no temeis que esté desesperado?

—No porque aun sois ambicioso.

—¿Y qué me podeis vos dar?

—Puedo daros, si os resistis á servirme, una muerte horrible. Porque ¿qué creereis que haria con vos Felipe II cuando supiese, que vos, envenenando al corazon de su hijo, impulsándole á la traicion, le habeis obligado á matar al príncipe?

Cisneros calló.

—Por el contrario si me servís bien, os enriqueceré; es mas: os pondré en ocasion de ser. ¿Quereis ser walí de un rey moro..? pues bien: podrá suceder que lo seais. ¿Quereis conquistar la gracia del rey de España y su privanza? Servidme: si solo quereis ser rico, sedlo desde ahora.

—¡Cómo! ¿vos podeis enriquecerme, hacer levantar el destierro que me separa de la córte, fuera de la cual no vivo?

—Lo puedo.

—Y sin embargo, ¿teneis paciencia para vivir con un miserable salario..?

—¡Imbecil! ese es el antifaz, el medio. Decidme Cisneros: ¿habeis creido de buena fe que hemos ganado todo el oro que se ha gastado en pagar la compañía, y en sostener los caprichos de Angélica?

—El público ha pagado muy caro....

—Por muy caro que hubiera pagado el público, las entradas no hubieran bastado para pagar la compañia, que es muy numerosa y muy buena, porque vos no quereis trabajar con malos cómicos. Quien ha pagado he sido yo: como soy quien vendo las entradas; como nadie tiene que enterarse de ello, he hecho al revés de otros que roban: he aumentado... he aumentado diez veces mas: aposento habia por el que solo han pagado un escudo, y yo he dicho que han pagado un doblon, y asi todo. Con que, nada os importe que los moriscos se revelen ó no: mejor para nosotros... nada importa que no podamos representar mas en Granada; mejor; nos desembarazaremos de todos esos comediantes, que al fin son ojos que ven, oidos que escuchan y bocas que mienten, y nos estorban. Por lo demás, y ya que os prestais á servirme, tened muy en cuenta el no ser débil con Angélica, revelándola una sola palabra de lo que hemos hablado; continuad, como siempre; tratadme delante de los demás con la soberbia que siempre me habeis tratado, y basta por ahora. Son ya cerca de las doce, y voy á ponerme á despachar las entradas.

—¿Pero creeis que despues, de lo que ha sucedido esta mañana pueda haber funcion?

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Encuentro de Angélica y Aben-Aboo.

—¡Bah! todo ello no pasará de ruido: ya vereis como se nos llena al corral, y sobre todo que nosotros no podemos suspender la funcion sin órden del corregidor.

Tras estas palabras, Aben-Aboo que habia unido su oreja derecha á la pared para oir mejor, sintió que los del aposento inmediato se dirigian á la puerta, la abrian, salian y cerraban de nuevo.

Luego los pasos de los dos se perdieron á lo largo del corredor.

—¿Con que ese señor Godinez, no es Godinez? dijo Aben-Aboo, ¿ni esa comedianta es lo que parece, ni el señor Cisneros por lo visto se contenta con ganar su dinero representando? ¡Aben-Humeya, toma un pretesto para la rebelion! ¡Amina ama al marqués de la Guardia! ¡la comedianta tambien! ¡estas dos mujeres se conocen y son enemigas! ¡El señor Godinez alienta proyectos! ¡Oh! ¡por el Dios Altísimo, que mi buena suerte me ha traido á esta hostería. Creo que al fin de este laberinto está mi suerte buena ó mala! la tumba ó el trono! Pues bien: es necesario que yo me procure un hilo que me guie para llegar al fin de ese laberinto. Cada uno de esos comediantes es un cabo. Pues bien yo reuniré á los tres. Yo procuraré no perderlos. ¡Y el marqués de la Guardia! ¡mi buen amigo! ¡oh! ¡oh! ¡Ahora mas que antes me impacienta la tardanza del criado del marqués! y bien mirado ¿para qué necesito yo sus vestidos? ¿No vengo de viaje? No se por qué tengo impaciencia de conocer á esa doña Inés de Fuensalida; me parece que este es otro cabo que me presenta mi fortuna.

Habíase ya decidido Aben-Aboo por presentarse de cualquier modo en la casa de sus inquilinos, cuando se oyeron pasos en el corredor que se detuvieron junto á su puerta y una mano llamó á ella.

Era el lacayo del marqués que traia un emboltorio bajo el brazo izquierdo y una espada y una daga de córte en la mano derecha.

CAPITULO VII.

De como hasta el fin del capítulo no pudo sacar nada en claro Aben-Aboo acerca de sus inquilinos.

A punto que daban las doce, llegaba Aben-Aboo, bizarramente vestido con un trage de brocado escarlata, calzas de grana y zapatos acuchillados, á la puerta de la casa de don Alonso de Fuensalida, ó, por mejor decir, de su casa.

Al atravesar la ciudad habia observado profundamente el aspecto de ella y nada habia encontrado de extraño: era muy posible que los tercios estuviesen renuidos, instalados en consejo el cabildo y la Chancillería y que se hubieran tomado algunas precauciones; pero las gentes iban tranquilamente por la calle como de costumbre, salian de oir misa de las iglesias multitud de damas ataviadas como la que va á misa tarda para ser vista, y muchos soldados alféreces y capitanes, andaban, á su paso, y á sus negocios, como si absolutamente no amenazara ningun peligro.

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Acercáos, don Fernando, acercáos, dijo con una voz sonora, grave y afectuosa...

El acontecimiento, pues, de aquella mañana en las casas consistoriales habia quedado completamente aislado.

Aben-Aboo, se entró por el zaguan, y pidió á uno de los lacayos que vagaban por él, le anunciase á su señor.

Inmediatamente aquel hombre le introdujo, precediéndole para guiarle por unas anchas escaleras de mármol, alfombradas en el centro y unos corredores, alfombrados tambien, á una antecámara y una cámara donde le salió al encuentro un caballero como de cuarenta y seis años, enteramente vestido de negro, de fisonomía enérgica, y hermosa.

—El señor Diego Lopez, á quien esperaba vuecencia; dijo el lacayo á penas vió á su señor, retirándose en seguida.

—Bien venido seais, caballero, le dijo el señor excelentísimo á Aben-Aboo, y tanto mas, cuando mi hija y yo empezábamos á estar cuidadosos por vos.

—¡Oh! permitidme que me enorgullezca de haber sido el objeto del cuidado de esa hermosa señora.

—Nada tiene esto de extraño caballero, cuando mi hija doña Inés os debe muchas atenciones.

—¡Atenciones!

—Sí por cierto: cuando tuvísteis la complacencia de cedernos vuestra casa...

—Decid la necesidad, señor don Alonso: si yo no hubiera venido á la pobreza en que me hallo...

—No hablemos de esto, sois pobre por que sois honrado, y la honra es el primer caudal de un hidalgo. Dejadme ahora probaros como os debe atenciones mi hija. Cuando supísteis que venia á vivir á vuestra casa una dama, vos, que del ajuste de arriendo habiais exceptuado cuatro habitaciones, que eran para vos un santuario, las que habia vivido vuestra madre, habitaciones que debian permanecer cerradas, os apresurásteis á ofrecerlas á mi hija para su uso. Doña Inés aceptó con placer vuestro ofrecimiento, ha vivido en esas habitaciones y ha aspirado el perfume de santidad, de sufrimiento, de dulzura que en ellas ha dejado vuestra madre. Doña Inés vive en la misma habitacion en que vivió vuestra madre, Aben-Aboo.

—¡Ah! ¡sabeis mi nombre!

—Porque lo sabemos; porque sabemos que sois primo hermano de Aben-Humeya, que ha cometido hoy, arrastrado por su mocedad y por su imprudencia uno de los mayores desaciertos que pudiera haber cometido, estábamos con cuidado por vos.

—¿Con que sabeis?

—¿Y quién no sabe los pensamientos de los moriscos? Sábelos el capitan general, el presidente, el corregidor... y como vos sois tambien morisco...

—Pero vasallo leal del rey nuestro señor, aunque no me haya honrado tanto como á mi primo hermano don Fernando de Válor, dijo cubriéndose de la mayor reserva Aben-Aboo, por que no sabia el terreno que pisaba.

—¿Y cómo andais Aben-Humeya y vos?

—Nos tratamos como buenos parientes, pero nos vemos poco: él vive generalmente en Válor con su madre doña Elvira, y yo vivo con mi madre en Cádiar, cuidando de unas tierrecillas que nos han quedado.

—¿Y cómo se encuentra vuestra buena madre? Yo la conocí antes de que os diese á luz y era una doncella hermosísima, dulce, sufrida; un ángel en una palabra. Baste deciros que estuve enamorado de ella, y que bien hubiera podido ser que nos hubiésemos casado. A veces una casualidad dispone del porvenir de dos personas: pero no hablemos mas de esto, porque no debe hablarse de las cosas pasadas. Y puesto que ya os tenemos aquí, vamos á tranquilizar á mi hija.

—Una palabra, don Alonso, una sola palabra: desde que recibí vuestra cortés invitacion para venir á vuestra casa, bajo pretexto de que era mia, estoy luchando con la duda de quién habia podido deciros que yo estaba en Granada, cuando me he venido solo, á la ligera y á mata caballo desde mi atalayuela de Cádiar, sin avisar á nadie.

—No lo extrañeis: me ha avisado maese Pertiñez.

Aben-Aboo recordó que el rapista no se habia separado de él ni habia hablado con nadie; aceptó con las muestras de la mayor credulidad la respuesta de don Alonso, pero en su pensamiento se estereotipó por decirlo así esta frase recelosa:

—¿Quién será este hombre? ¿quién será su hija?

Don Alonso le hizo atravesar algunas habitaciones demasiado conocidas para él, y cuyo rico mueblaje encontró en el mismo estado en que se encontraba cuando vivia en aquella casa con su madre, y al fin se acercó con el corazon palpitante á una puerta cubierta de arabescos. Aquella puerta era la de las habitaciones de su madre.

Despues de pasar aquella puerta y una antecámara, don Alonso abrió una mampara de cuero de Marruecos recamado, é hizo seña al jóven para que pasase. Aben-Aboo, al abrirse aquella mampara habia arrojado un grito, involuntario. Delante de él se habia presentado una doble aparicion. Una dama hermosísima, vestida completamente de blanco, con una rozagante túnica de brocado, resplandeciendo toda, con sus joyas, con su mirada, con su hermosura, con sus ropas, y por cima de la cabeza de aquella aparicion casi divina, otra mujer no menos hermosa, vestida de blanco, pura, coronada de flores, é impresa sobre su semblante de niña, la melancólica expresion de un sufrimiento resignado, que la hacia aparecer mas hermosa: entre aquellas dos mujeres, real la una, pintada la otra, que se tocaban y se confundian á la vista de Aben-Aboo, por un accidente de posicion, habia algo de comun, algo de semejante, algo de eso que puede llamarse aire de familia, y que bien podia ser ese misterioso punto de contacto que existe entre dos mujeres hermosas que pertenecen casi á un mismo tipo. Para completar mas esta analogía, en el semblante de la una dama, de la dama que respiraba á dos pasos de Aben-Aboo, habia la misma expresion de sufrimiento dulce y resignado, que en el semblante de la dama pintada en un magnífico cuadro suspendido de la pared al fondo de la cámara. Aben-Aboo no sabia quién era la dama viva, pero sabia si, que la dama pintada era una reproduccion exacta de su madre doña Isabel de Válor cuando solo tenia diez y siete años.

La inesperada vista de su madre á quien amaba con delirio, puesta de contraposicion con doña Inés, le habia arrancado del corazon un grito de angustia, por decirlo asi, porque al mismo tiempo creia haber encontrado en la jóven y hermosa dama que le contemplaba con una profunda paz, mucho de semejante en el trage y en la actitud, con la misteriosa Dama blanca de la montaña.

Pero Aben-Aboo tardó poco en reponerse, saludó cortésmente á doña Inés, se disculpó de su conmocion con la inesperada vista de su madre á quien dijo haber dejado harto triste en las Alpujarras, y se sentó á la mesa que ya estaba servida y á la que asistieron inmediatamente cuatro lacayos á cuya librea no podia pedirse nada en cuanto á gusto y riqueza.

¡Y cosa extraña! el semblante y las maneras de aquellos lacayos; la precision con que servian; un no sé qué de característico impreso en ellos, que Aben-Aboo, no comprendia bien, le impresionaban tanto, como don Alonso, como su hija, como el recuerdo ardiente en todo cuanto habia pasado por él aquel dia fecundo en aventuras.

Pero Aben-Aboo era sagaz, astuto y prudente y sostuvo á pesar de sus observaciones, con la mayor lisura y naturalidad, la conversacion de generalidades que se sostuvo durante la comida.

Nada vió Aben-Aboo que indicase en doña Inés el deseo de agradarle; le trataba con esa fácil manera á que está acostumbrado todo el que ha tenido trato de gentes; hacia los honores de la mesa de una manera perfecta, y, sin embargo, lo perfumaba todo para Aben-Aboo, que acabó por sentirse impresionado, y, por necesitar de toda su fuerza de voluntad para no perder su aspecto tranquilo. Concluyóse la comida cuando eran las dos, y don Alonso pidió las sillas.

—Esperamos, dijo, que nos acompañareis: no siempre se encuentra en Granada una compañía tal de comediantes como los que ha traido el señor Andrés Cisneros.

Aprovechó la ocasion Aben-Aboo para empezar á utilizar las observaciones que le habia procurado la casualidad en la hostería del Carbon y dijo con suma naturalidad:

—En efecto, mi amigo el señor marqués de la Guardia, á quien he encontrado de una manera imprevista casa de maese Pertiñez, me ha hecho grandes elogios de esos comediantes, especialmente de una Angélica, que dice es un prodigio; yo le habia creido de buena fe, pero despues he dudado acerca de la habilidad de esa mujer.

—¿Y por qué? dijo sonriendo doña Inés; habeis hecho mal: la Angélica es toda una comedianta que se hace aplaudir con entusiasmo.

—Créolo, señora, despues de que vos me lo afirmais.

—¿Y por qué no creerlo por el dicho de vuestro amigo?

—Porque mi amigo que es un loco, señora, un hombre de aventuras, está ciegamente enamorado de la Angélica.

—Y hace bien, porque es muy hermosa, caballero: en fin, vos la vereis y la juzgareis.

—¡Ah! mi opinion, señora, seria muy falsa: criado, como quien dice, en las Alpujarras, entre cerros, siempre aguijando lebreles, y corriendo tras los corzos, soy casi un rústico.

—Pero un rústico, ya que vos lo quereis, que tiene un gusto exquisito, dijo riendo la jóven; perdonad si me tomo con vos alguna confianza: estoy viendo todos los dias á vuestra madre, he acabado por amarla, y esto es bastante título para que trate á su hijo como á un conocido antiguo, casi como á un pariente; os digo esto para que no extrañeis lo que voy á deciros á cerca de vuestro buen gusto.

—Que vos me suponeis.

—Del que llevais sobre vos una prueba indudable.

—¿Sobre mí?

—Si, en el brocado de vuestro trage; es precioso... y rico... las mujeres reparamos mucho en esto, y siempre procuramos informarnos de en donde se venden tan ricas, tan hermosas telas. ¿Donde habeis comprado ese brocado?

—En Granada hoy mismo.

—¡Hoy!

—Elogiando mi buen gusto habeis elogiado el del marqués de la Guardia.

—¡Ah! ¡dispensad! yo creia que vos...

—Nada tiene esto de extraño. Habia venido á la ligera y no queria presentarme con el lodo del camino. Afortunadamente encontré á mano al marqués que se prestó á venderme un traje, y él mismo ha elegido este entre los suyos.

—Pues debeis estar muy agradecido á vuestro amigo. Por mi parte quiero que le pregunteis donde ha obtenido tan hermosa tela. Yo creo que solo en Venecia podrá encontrarse hoy y á un precio exorbitante. Reparad, reparad, padre mio, lo fino, lo bello de este brocado; es de tres altos y está bordado de aljofar. Con que ¿preguntareis al marqués?...

—¡Oh! de seguro señora.

—Las literas esperan á vuecencias, dijo un lacayo á la puerta.

La hermosa dama llamó á una de sus doncellas, la pidió un manto, y esta le trajo uno de terciopelo en que se envolvió completamente.

Despues, asiéndose con la mayor lisura al brazo derecho de Aben-Aboo.

—Vamos, señor Diego Lopez, dijo: estoy impaciente porque viendo á la Angélica, comprendais que el marqués de la Guardia vuestro amigo, tiene tanto gusto para sus amores como para sus brocados.

Aben-Aboo, seguido de don Alonso, condujo á la jóven hasta el patio donde esperaban dos literas: en la una entraron el padre y la hija, y en la otra Aben-Aboo.

Esta circunstancia favoreció al jóven. Se encontraba solo, y por decirlo asi encerrado, y para aumentar mas aquella especie de aislamiento, corrió las cortinillas de los cristales, y se entregó á la meditacion de lo que habia observado durante la comida.

Por muchas razones habia sospechado que quien le habia dado un bolsillo de oro en la ermita de San Sebastian, y el que le habia convidado á su casa eran una misma persona: en aquel caso don Alonso debia ser el emir de los monfíes y su hija Amina, aquella misteriosa hermosura que nadie conocia: tenia además razones para sospechar que la mujer rival de Angélica fuese la hija del emir, y otras razones no tan claras para creer que doña Inés, Amina, y la Dama blanca de la montaña eran una misma persona.

Pero todas sus suposiciones se estrellaban contra el aspecto y las palabras tranquilas con que doña Inés habia oido y contestado las palabras intencionadas que habia permitido á sus recelos Aben-Aboo: ni al oir el nombre de Angélica ni el del marqués de la Guardia se habia conmovido la jóven, ni un solo músculo de su semblante se habia contraido, al saber que el marqués de la Guardia estaba enamorado de la comedianta.

Extrañábale, ademas sobre manera, que una dama de la calidad y del estado que mostraba doña Inés, se hubiese entrometido, por mas que hubiera querido justificarlo, en la calidad del brocado que vestia y en su procedencia. Y en verdad que esto era de extrañar, tratándose de un hombre á quien doña Inés veia, ó por lo menos hablaba, por la primera vez. Todos estos pensamientos eran bastantes para revolver el seso á otro menos cabiloso que Aben-Aboo, y como si esto no bastase, punzábale el corazon un sentimiento agudo, amargado por un sin número de dudas y de temores: este sentimiento era un amor naciente, puro, dominador y tirano, aun en su principio, que habia aspirado Aben-Aboo en la hermosura de doña Inés y de la atmósfera de misterios que la rodeaba.

Antes de que el jóven hubiese encontrado la mas leve solucion á sus pensamientos, paró la litera. Entonces, se encontró á la puerta del corral del Carbon, á la que afluia una multitud inmensa. La funcion debia haberse empezado, ó estaba á punto de empezarse, porque ya el bobo y su tambor habian desaparecido. Sudando y codeando por hacerse visible entre la multitud, aparecia maese Pertiñez vestido de dia de fiesta y con su capa nueva de paño fino. Dos lacayos de don Alonso abrian plaza, y al cabo, Aben-Aboo, siguiendo al padre y á la hija, se encontró primero en unas escaleras, despues en un corredor, luego delante de una puerta, que abrió con llave un lacayo, y al fin dentro de un pequeño espacio cuadrado, cubierto de tapices en las paredes y en el techo, y de alfombra en el suelo y cerrado por delante por una celosía. Ademas en el centro, y por razon de lo frio de la habitacion, habia una copa de plata con fuego.

Tres sillones estaban colocados delante de la celosía: sentóse en el de la derecha doña Inés, en el del centro Aben-Aboo, y don Alonso, despues de haber cerrado la puerta del aposento con la llave que le entregó un lacayo, se sentó en el sillon de la izquierda.

Solo entonces y cuando estuvo segura de que de nadie podia ser vista mas que de Aben-Aboo y de su padre, se despojó doña Inés de su velo, dejando descubiertos ante Aben-Aboo, tesoros de hermosura en los redondos hombros, y en el seno cuasi cubierto por un exagerado descote.

Aben-Aboo estaba en malas condiciones para consagrarse á la observacion de lo que pasaba, de lo que se veia mas allá de doña Inés; pero nosotros que no estamos enamorados ni dominados por las pasiones que Aben-Aboo, podemos salirnos de aquella especie de cajon en que estaban encerrados los tres personajes, y dedicarnos á la contemplacion del aspecto que presentaba el corral.

Tres de sus lados mostraban sus ventanas y corredores henchidos de damas, aderezadas, pintadas, ó afeitadas, como se decia entonces, luciendo su desnudez á pesar del frio; entre las damas cubiertas de plumas y de relumbrones, caballeros jóvenes, maduros y viejos, no menos enjalbegados y aliñados muchos de ellos, mas que las mujeres: en un aposento grande, al frente, se veia el tribunal del Santo Oficio de la Inquisicion; en otro al lado, el capitan general y sus tenientes y oficiales; mas allá el aposento de la Chancillería, y luego el de la ciudad: todos estos aposentos tenian en sus balaustradas, asi como los ocupados por las damas y caballeros particulares, ricas colgaduras de seda ó de terciopelo, del color y con las armas que correspondian á cada corporacion ó familia, lo que, siendo muchos los colores y harto diferentes los blasones y las empresas, formaba un peregrino contraste: solo habia una colgadura ó repostero que no tenia armas ni empresa; pero en cambio era tan rico, tan recargado de oro y adornos, que valia él solo por todos los del corral: este repostero era el del aposento del llamado don Alonso de Fuensalida.

Descendiendo al patio, allí era tambien grande la variedad de colores, cintas y preseas: ocupaban las sillas hombres, en general, y algunas damas galantes en la delantera junto á los músicos: á medida que las sillas estaban mas lejos de la escena, era menor el lujo de los que las ocupaban, y al fin, allá en último término, estrujándose, apretándose, pisándose, apostrofándose, produciendo un ruido infernal, estaba la gente de á pié, compuesta de hidalgos pobres y de gente valdía.

El cuarto lado del corral, estaba enteramente ocupado por el escenario y por los tapices que encubrian los cuartos provisionales donde se vestian los actores: el escenario, propiamente dicho, formado por dos pabellones de damasco rojo y un tapiz de Flandes, sobre un tablado de una vara de altura, estaba inclinado notablemente hácia la derecha, y de tal modo, que el aposento mas cercano á él, era el de la celosía.

Esto tenia sus razones sin duda, pero los que ocupaban los aposentos y la sillas de la izquierda, se quejaban con razon, porque desde sus puestos no podia verse bien lo que pasaba en el escenario.

El cielo estaba radiante y despejado, y como ya eran las dos largas de la tarde, el sol iluminaba únicamente la parte alta de la pared oriental del patio.

Apenas habia entrado en su aposento don Alonso de Fuensalida, con su hija y su huésped, cuando, como si solo hubieran esperado su llegada, rompieron las guitarras de la música, acompañadas de trompetas y tambores, que se habian llevado porque la comedia era de moros y cristianos, y habia, por lo tanto, que tocar al arma. Todos estos instrumentos juntos, mal tañidos y peor concertados, formaban un estrépito infernal, que solo podia ser tolerable por la costumbre, y sobre todo, por lo corto de su duracion. Concluida aquella especie de obertura salvaje, se corrió la cortina, quedando descubierto un espacio cuadrado, formado por tapices, y salió el bobo, vestido de pastor, con zurron, cayado y pellica.

Nuestros lectores nos permitiran que les demos una idea de lo que era una representacion teatral en aquellos tiempos, en que el arte escénico estaba en su infancia: ya hemos descrito la manera como se adornaban los corrales en que estas representaciones se hacian: réstanos decír, en cuanto á la parte material, que no habia decorado, sino muy raras veces, representando generalmente los cómicos entre cortinas ó tapices, tras los cuales aparecian ó desaparecian por una abertura, según que lo requeria la marcha del asunto: representaban de memoria y sin apuntador, y su declamacion era un tanto cantada, armónica, particularmente en las obras en verso. En cuanto al órden de los espectáculos, vamos á presentar, como muestra, el de la funcion que iba á representarse aquella tarde en Granada por la compañía del famoso Cisneros.

Primeramente el introito, con una loa de Torres Naharro, autor dramático, que floreció á principios del siglo XVI. Despues la comedia en cuatro jornadas, y en verso, de un autor desconocido, titulada: «Reina Moraima». En tercer lugar, un coro y baile, titulados «El amor». En cuarto, el «Paso del convidado», de Timoneda; autor valenciano, que floreció por aquellos tiempos: y últimamente, el «Paso del ciego», de Lope de Rueda, que de batidor de oro, se habia convertido en insigne autor y comediante.

En la imposibilidad de ofrecer á nuestros lectores toda esta funcion, diálogo por diálogo y punto por punto, vamos á trascribirles la loa ó introito que declamó el bobo (asi se llamaba entonces á los graciosos), no solo para que juzguen del gusto dramático de entonces, sino para que observen con cuánta libertad hablaban entonces al público los autores y los comediantes.

Hé aquí la loa que el bobo declamó con gran desemboltura y maestría á vuelta de botargadas, que se recibian muy bien en aquella época.

«Dios mantenga y remantenga mia fé á cuantos aquí estais, y tanto pracer os venga como creo que deseais. . . . . . . . . . . Pues pobretos, que quereis vivir sugetos al mundo y á su cebico, en mi tierra los discretos al contento llaman rico. Por probar ora os quiero preguntar: quien duerme mas satisfecho, yo de noche en un pajar ó el Papa en su rico lecho? Yo diria quel no duerme, todavia con mil cuidados y enojos; yo recuerdo á medio dia y aun no puedo abrir los ojos. Mas veran: que dais al Papa un faisan y no come del dos granos; yo tras los ajos y el pan me quiero engollir las manos. Todo cabe, mas aunque el papa me alabe sus vinos de gran natio, menos cuesta y mejor sabe el agua del dulce rio. (aplausos generales.) Yo, villano, vivo mas tiempo y mas sano, y alegre todos mis dias, y vivo como cristiano con aquestas manos mias. Vos, señores, vivís en muchos dolores y sois ricos de mas penas, y comeis de los sudores de pobres manos agenas. (aplausos de la gente de á pié.) Y infinitos, que teneis los apetitos tan buenos como palabras, no comiérades cabritos si yo no criase cabras. Concrusion: pues os demando perdon me lo debeis conceder, y pues que fué mi intencion venir á daros prazer; y será: que una comedia verná Reina Moraima llamada. Sabed que no faltará de graciosa ó desgraciada.

A continuacion, el bobo charló en verso el argumento de la comedia, y, concluido, retiróse dentro, llevando consigo una salva de aplausos.

Despues de esto é inmediatamente debia salir la reina mora, y decir al público, que su padre habia sido asesinado, su esposo asesinado, sus hijos asesinados, y que iba por el mundo en busca de un caballero que la vengase del hombre que habia asesinado á su padre, á su esposo y á sus hijos.

Sin embargo, Angélica que debia representar la reina mora, no parecia; el público empezaba á impacientarse, y á murmurar, y á silbar al fin, y armar un verdadero alboroto.

Veamos en qué consistia la tardanza de Angélica.

Apenas habia entrado en su aposento don Alonso de Fuensalida, cuando maese Pertiñez, se deslizó por una escalera de mano, que mas allá, apoyada en la balaustrada, daba al escenario, y pasando entre moros y cristianos, llegó á un espacio cerrado por tapices, levantó uno y se encontró frente á frente con Angélica.

Estaba la comedianta deslumbrante de hermosura; tenia en la cabeza sobre las pesadas trenzas de sus cabellos, un adorno de plumas y diamantes, un riquísimo collar sobre el casi desnudo seno, y una magnífica y ancha túnica de brocado blanco de tres altos: tenia en la mano su papel plegado, en el que no estudiaba; por el contrario, le rompia lentamente y con cólera en pequeños pedazos. Sobre una mesa inmediata habia un objeto de poco volúmen envuelto en un pañuelo de encaje.

Cuando entró Pertiñez, Angélica se levantó sobrexcitada.

—¡Gracias á Dios que habeis venido! le dijo. ¿Traeis la llave del aposento de las celosías?

—Es que... me habiais prometido otra llave, que ya no sirve, porque don Fernando de Válor...

—Sí, si: ya sé que don Fernando ha hecho una de las suyas y anda huyendo; pero no importa, dad mi llave al señor Diego Lopez.

—Pero el señor Diego Lopez, no me pagará...

—Acabárais de una vez; os pagaré yo. Tomad mi llave, añadió sacando una de su limosnera, y esta carta para el señor Diego Lopez. Dadme la llave del aposento de la dama encubierta.

—Pero...

—¡Ah! me habia olvidado de que era necesario pagaros: tomad.

Y se quitó su magnífico collar, que no le hacia falta, porque su cuello desnudo era mas hermoso.

—Pero... repitió Pertiñez.

—¡Oh y que cansado! tomad y dadme.

Pertiñez sacó de sus gregüescos una llave que entregó á Angélica, y esta le dió el collar.

—Oid: haced de modo que el señor Diego Lopez reciba mi carta y mi llave esta misma noche. Adios.

Y rápida como el pensamiento, salió de entre sus tapices, atravesó el interior del escenario, trepó por la escalera de mano, y se encontró en el corredor de los aposentos del público, que estaba desierto á causa de haberse empezado la funcion. Los lacayos de don Alonso que habian quedado á la puerta del aposento de su señor, creyendo que no harian falta, se habian escurrido para pillar algo de la funcion entre la gente de á pié, y Angélica pudo llegar sin que nadie se lo impidiese á aquella puerta, y metió en la cerradura la llave, abrió con mano trémula y se precipitó dentro.

Al ruido, doña Inés volvió la cabeza, al mismo tiempo que su padre y Aben-Aboo. Angélica habia puesto sus manos sobre los dos hombros desnudos de doña Inés, y la miraba frente á frente.

—¡Oh! ¡no me habia engañado! exclamó, ¡eras tú!... ¡tú!... ¡siempre tú!

—¿Qué quereis señora? dijo con asombro don Alonso.

Palideció aun mas que lo estaba Angélica, temblaron sus labios, y sin duda iba á pronunciar alguna palabra inconveniente, porque se la vió hacer un esfuerzo sobre sí misma. Habia visto junto á sí á Aben-Aboo, que la miraba admirado.

—¡Perdonad! dijo, me he engañado señora: perdonad, señor caballero, pero las cómicas tenemos corazon: yo creia que una mujer á quien aborrezco de muerte, de quien he jurado vengarme, y de quien me vengaré, me habia arrojado para humillarme desde este aposento estas tres joyas (y Angélica desemvolvió el pañuelo de encaje); perdonad otra vez: si yo hubiera encontrado aquí á esa mujer la hubiera arrojado estas joyas á la cara; pero... me he equivocado... sin embargo, os suplico que volvais á admitir estas joyas, que para nada me hacen falta, y que podrán aliviar la suerte de muchos desgraciados.

—Guardadlas, Angélica, guardadlas como un recuerdo mio, dijo dulcemente doña Inés. Yo cuido ya bastante de los desgraciados que conozco. Por lo demás, siento mucho que hayais podido creerme enemiga vuestra...

—¡Oh! ¡no! he dicho simplemente, señora, que creia que quien tras tantos misterios, tras estas celosías, me arrojaba á la escena estas joyas, era una mujer á quien aborrezco, y que tiene muchos motivos para aborrecerme. Una mujer á quien yo conocí cuando era una gran señora, como vos lo sois y como yo misma espero volver á ser. Perdonadme, pues, mis primeras palabras, hijas de mi equivocacion, y adios, porque veo que la loa ha concluido y hago falta en la escena.

—No, no recibiré esas joyas: son una muestra de mi entusiasmo hácia vos. Reparo que os falta collar, dijo doña Inés, tomando el de perlas que estaba entre el pañuelo; teneis un hermoso cuello, y os estará á las mil maravillas. Permitidme, añadió levantándose: quiero ponérosle yo misma.

Y como nadie la viese por haberse vuelto, mas que Angélica, la lanzó una mirada de amenaza, de odio, de desprecio y de mando á un tiempo.

Angélica inclinó su hermosa cabeza hácia doña Inés, que, al ponerla el collar, la dijo al oido con un acento casi imperceptible, pero que la comedianta escuchó perfectamente.

—Me le has robado, me has robado mi honra, y me debes tu vida.

—Odio por odio, y odio á muerte, exclamó Angélica en el mismo acento.

Y luego, alzando Angélica la cabeza:

—¡Oh! ¡cuanto tengo que agradeceros, señora! exclamó: ¡cuán buena sois!

—¡Ah! nada me agradezcais, guardad esas joyas en amor mio, y contad siempre... siempre... con que seré la misma para vos.

—Adios señora, y perdonad otra vez mi error; adios, caballeros: ya he faltado á mi obligacion y el público se alborota.

Y salió como un relámpago, dejando abierta la puerta.

Don Alonso se levantó á cerrarla. Aben-Aboo entre tanto, decia á doña Inés que se mostraba tranquila:

—¡Esa mujer está loca!

—Y es lástima, dijo doña Inés, porque es muy hermosa y tiene mucho ingenio.

No se volvió á hablar una palabra mas, ni Aben-Aboo, aunque estaba gravemente alarmado por aquella nueva singularidad que parecia iluminar el caos de sus dudas, notó una sola mirada de inteligencia entre el padre y la hija.

Entre tanto seguia el tumulto del patio, cuando hé aquí, que cesa como por encanto, y le sucede una tempestad de aplausos y de víctores: tan hermosa y tan bien prendida habia aparecido Angélica, y con tal donaire habia avanzado hácia el proscenio.

Pero cuando el entusiasmo público, no tuvo límites, fue cuando, despues de haber hecho la reina mora la exposicion de sus amores y de sus desgracias, exclamó con un arranque sobrenatural en una transicion magnífica:

Montes, árboles, fieras, venid, y aprendereis de mil maneras, como, pidiendo fuerzas á los cielos, una amante infeliz venga sus duelos.

Tras esto, siguió la representacion y siguieron los aplausos á Angélica y á Cisneros, que hacia admirablemente el papel de traidor enamorado.

Angélica fue tambien aplaudida con frenesí en la cancion y en el baile, y, por último, al oscurecer, terminado el espectáculo con gran contentamiento de todos, empezó á salir la gente.

Al salir por los corredores de los aposentos, y como Aben-Aboo, habia quedado un tanto rezagado de don Alonso y de su hija, sintió que le tiraban con impaciencia de las faldetas del jubon.

Volvióse y encontró bajo su vista la exigua figura de maese Pertiñez.

¿Qué me quereis? le dijo.

Escuchad una palabra al oído y mostrad una mano. La reina mora, la de la comedia, me ha dado para vos esta carta y esta llave: la llave por si no os lo dice en la carta, es la del corredor de su aposento: el número 13. Teneis mucha suerte, señor, mucha suerte: todas os aman.

Y el hombrecillo se escurrió, dejando en las manos de Aben-Aboo la carta y la llave.

CAPITULO VIII.

El panderete de las brujas.

A la misma hora en que el público salia de ver la comedia del corral del Carbon, esto es: al oscurecer, se abrió silenciosamente un postigo en una de las tapias de los huertos del cerro de San Miguel por la parte de la Torre del Aceituno, y salio un hombre embozado hasta los ojos: cerraron de nuevo el postigo y el bulto embozado siguió adelante por el desierto callejon que existia entonces entre las tapias de los huertos y la muralla del obispo don Gonzalo, por un portillo de la cual salió al campo y sin ser notado por los guardas adelantó á buen paso hácia la próxima falda del cerro de Santa Elena.

Tenia un no sé qué de melancólico y fantástico el paisaje á la fria luz del crepúsculo: el pendiente terreno por donde avanzaba el embozado hácia un barranco cercano, era árido seco pedregoso cubierto, acá y allá por tomillos y retamas raquíticas: mirando al frente hacia el Nordeste solo se veia la oscura masa del monte de Santa Elena y la desembocadura de un barranco que cortaba su falda por la parte del Este; pero si se miraba á la derecha el alma podia aspirar un suave consuelo con la vista de Sierra Nevada en cuyo altísimo picacho del Veleta, reflejaba aun el postrer rayo del sol tiñéndole de color de rosa; mas abajo se veia el magnífico anfiteatro de montañas, tendidas á los piés del blanco gigante, y al fin, mas cerca, la roja cordillera de la Silla del Moro, el verde y florido Generalífe, con su viejo y altísimo Ciprés de la Sultana: mas abajo los cármenes del Darro, luego las arboledas de avellanos, en fin, el profundo cauce del rio y las colinas que venian á ser por aquella parte la falda del monte de Santa Elena. A la derecha el horizonte se alejaba, la luz parecía mas diáfana, se perdian en la lontananza las colinas de viñedos, y al fin confundidas en la neblina del crepúsculo, apenas se percibian las distantes cimas de la cordillera de los Dientes de la Vieja.

Reinaba un profundo silencio y en medio de él solo se escuchaba el largo silbido del viento del invierno, que se quebraba entre los barrancos.

El embozado, sin cuidarse mucho ni de la soledad ni del frio, siguió resueltamente un paso apresurado, pero con la cabeza inclinada sobre el pecho en ademan pensativo.

Llegó al barranco y antes de entrar en él se volvió de una manera brusca y como al impulso de un sacudimiento nervioso. La luna que durante la marcha del embozado, habia aparecido sobre la nevada cima del Veleta, inundando con una dulce luz el espacio, hubiera dejado ver á quien cerca de aquel hombre hubiera estado, la terrible expresion de sus grandes ojos negros, fijos en Granada y en la Vega, que desde la altura en que aquel hombre se encontraba, se veian por completo y casi á vista de pájaro.

—Hoy huyo de tí, Granada, dijo aquel hombre extendiendo su brazo derecho hácia la ciudad como en ademan de aplazamiento; hoy me oculto como un malhechor. Pero ¡ay de tus cristianos! ¡ay de tus verdugos, cuando venga á llamar á tus puertas con las trompas de guerra de mis soldados! ¡ay de tí entonces, marqués de Mondéjar! ¡ay de tí, presidente Deza!

Dichas estas palabras que habia pronunciado descuidadamente en voz alta se volvió y al volverse encontró junto á sí un hombre que tenia un caballo del diestro y que estaba tambien embozado.

—¿Quien vá? exclamó el primero haciéndose un paso atrás y empuñando su espada.

—¿Quien ha de ser, contestó el otro con acento un tanto seco, sino quien te está esperando yerto de frio hace una hora?

—¡Ah! ¿eres tu Diego Alguacil? exclamó el primer embozado: de poco desesperas, en empresa nos metemos en que tenemos que esperar mucho, sufrir mucho.

—Entonces bien; pero ahora es distinto: ahora cada instante vale una perla: un descuido puede costarte la pérdida de tus esperanzas.

—¡Cómo! exclamó con cuidado el otro: ¿pues qué sucede?

—Aben-Aboo está en Granada.

—¡En Granada Aben-Aboo! ¿y qué quiere aquí mi amado primo? ¿pretende acaso, suscitarme dificultades?

—Todo está preparado para esta noche: se ha guardado un gran secreto pero la venida inesperada de Aben-Aboo, cuando estaba descuidado en las Alpujarras, demuestra que entre nosotros hay traidores.

—¡Traidores! exclamó con sarcasmo el primer embozado: ¡es verdad! hace mucho tiempo que viven entre nosotros: allí ha vivido el primer traidor de nuestro pueblo... y señalaba la distante Alhambra; allí en medio de un vergonzoso silencio, firmó las capitulaciones que entregaban á Granada á sus verdugos los cristianos. Pero el Altísimo fue justo, y el traidor, el miserable, el cobarde Boabdil, fué á morir allá, al otro lado del mar, defendiendo una corona agena, él, que no supo defender la suya.

—No es hora de largas pláticas, dije el otro: monta á caballo y marcha al Panderete de las brujas.

—Te confieso que voy con repugnancia á ese lugar maldito.

—Te espera en él la Dama blanca.

—¡Oh! ¡la Dama blanca de la montaña! es verdad. Adios.

—No te olvides, de que á las doce debes estar en la taberna de San Miguel.

—No lo olvidaré. Adios.

Y el segundo embozado se rebozó y se alejó y se perdió en el descenso del monte hácia la cerca de don Gonzalo.

El otro montó á caballo, le arrimó las espuelas y á buen paso, ya al trote ya al galope, adelantó por un sendero, estrecho pero llano, que en direccion al Norte orlaba la falda del monte de Santa Elena.

Muy pronto llegó al camino de Guadix y al mismo sitio donde ahora se levanta una venta ó parador; atravesó el camino, descendió por un sendero mas estrecho, bajó á un barranco, le recorrió, trepó á una loma y subiendo asi y bajando los repechos de algunas colinas, llegó al fin á un terreno practicable y llano, que se perdía en medio de viñedos.

Despues de haber recorrido por él una distancia como de tres tiros de arcabuz, detuvo su caballo al pié de una colina árida y cónica, que parecia un lunar, una escrescencia maldita en medio de la vigorosa vegetacion que le rodeaba. Aunque de poca altura la colina, el sendero que conducia hasta la cima era escarpado, y no se veia en todo la colina ni una mata, ni un arbusto, ni aun una retama.

—¡El Panderete de las brujas! dijo el ginete con cierto terror supersticioso.

Y aquel hombre, que de una manera tan hostil habia hablado de los cristianos, se santiguó de la manera mas cristiana del mundo, despues de lo cual hechó pié á tierra, y adelantó hácia la colina llevando el caballo del diestro.

Pero á penas habia andado algunos pasos, como si hubiera salido de la tierra, se levantó de detrás de una peña una sombra blanca; aquella sombra, que parecia un hombre, ó aquel hombre que parecia una sombra, llevaba la misma armadura y demás ropas, que usaban los ginetes moros del tiempo de la conquista de Granada.

—Poderoso, señor, dijo aquel hombre dirigiéndose al incógnito, no te cuides de tu caballo: yo te le guardaré.

Sintió el embozado vergüenza de demostrar miedo, y aunque el lance se le hacia extraño y desagradable, entregó su caballo á aquel bulto blanco y sin decirle una palabra siguió adelante.

Apenas se habia aventurado por el escarpado sendero que conducia á la cumbre, se levantó de un costado otra sombra blanca, y sin decirle una palabra, siguió delante de él á gran paso. Las pisadas de aquel hombre crugian como si hubiera ido armado de punta en blanco.

Una vez allí, el incógnito, por la misma razon que antes, esto es por disimular el miedo, continuó hácia la subida de la colina, pero no sin llevar la mano derecha á la empuñadura de su espada, ni sin invocar fervorosamente el nombre de Dios.

A poca distancia apareció una tercera sombra que siguió á la segunda en silencio.

—¡Será hoy sábado! pensó con terror el embozado: pero instantáneamente desechó este terrible pensamiento: era domingo, dia en que las brujas no podian tener conventículo.

A medida que adelantaba en el ascenso se iban levantando de entre las peñas y quebraduras que flanqueaban el sendero, nuevas sombras: cuando llegaron á la cumbre el encubierto habia contado veinticuatro.

La figura de la cumbre justificaba el nombre de la colina: era enteramente redonda y perfectamente plana, como la superficie de un pandero; en cuanto á su calificacion de Panderete de las brujas la justificaba el ser pública voz y fama que en aquel lugar se reunian todos los sábados á celebrar sus conventículos las brujas residentes en diez leguas á la redonda.

En medio de la cumbre habia un casuco arruinado y desvencijado, en donde segun fama, los demonios levantaban su trono á Lucifer, siempre que se celebraba una de aquellas negras, misteriosas y reprobadas festividades, en cuyo trono se sentaba el espiritu de las tinieblas, disfrazado bajo la forma de un macho cabrío.

El Santo Oficio de la Inquisicion, como era natural y forzoso (y perdónennos nuestros lectores si por un momento les detenemos en la prosecucion de la aventura en que se hallaba tan misteriosamente empeñado el incógnito). El Santo Oficio decimos, no habia podido escuchar con indiferencia rumores tan alarmantes á la pureza de la religion y de las costumbres de los dominios de la cristianísima España, y se habia trasladado, representado por un exorciente, un maestro en teología, un familiar y algunos soldados, en el lugar sobre que recaia una tan grave acusacion pública. Desde el momento la esterilidad de aquella colina en medio de unos campos tan fértiles, lo escabroso de la subida, y, sobre todo, lo ennegrecido, aportillado, feo y verdaderamente infernal, en cuanto al aspecto de aquel casucho medio arruinado, hicieron concebir á los delegados del Santo Oficio, grata esperanza de descubrir un filon de brujos y brujas con las cuales hacer un magnífico auto de fe en que la justicia de Dios resplandeciese, tostándolos á fuego lento: pero fuese que las brujas estuviesen avisadas, ó que les diese en las narices el olor á tizon del Santo Oficio, ó que el vulgo se hubiese engañado, como es mas verosimil, hallaron que la casa estaba abandonada, y desmoronándose lentamente, sin visos de haber tenido habitantes hacia muchos años. No satisfechos aun, esperaron á un sábado y á la hora de las doce en punto, con la intencion, como quien dice, de sorprender al infierno, república terrible contra la que, á pesar de su formidable poder, no tenia medio alguno la Inquisicion y aunque llevaron dobles exorcizadores, y calificadores, y aspersadores, nada hallaron en sábado que lo mismo que habian visto de los demás dias de la semana: la luna clara y diáfana alumbraba en paz el Panderete de las brujas y ni estas parecieron, ni se vió una sola hoguera, ni la mas ligera señal de ceniza, ni aun siquiera el mas leve olor á azufre ni á demonio: sin embargo de esto recelando la Inquisicion que las brujas hubiesen conocido de antemano su ida y se hubiesen abstenido de concurrir por no ser cogidas in fraganti, repitieron sus visitas diferentes sábados: pero siempre encontraron el mismo resultado: soledad y silencio, y algun paredon menos, arruinado por las lluvias ó por los vientos.

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