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Los monfíes de las Alpujarras

TERCERA PARTE. LA REBELION. (continued 10)

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—¿Y sé yo si pretendeis hacer una traicion?

—Señaladme un lugar donde yo pueda verle á solas rodeada de vuestras gentes: es mas, entre vosotros vienen mujeres: me someto á ser registrada por una de esas mujeres para que os convenzais de que no llevo puñal ni nada que pueda dañar al marqués.

—Y bien, ¿si os concedo esa entrevista con el marqués, me entregareis á Aben-Humeya?

—Sí: yo y María os entregaremos á ese hombre.

—¿Dónde?

—Aquí mismo: en su casa.

—Pues bien, llamad á María de Rojas.

—Pero me jurais...

—Os juro que inmediatamente vereis al marqués.

—Os creo Harum, os creo, como creo que llegará un dia en que me hareis probar vuestra venganza. Pero vea yo por la última vez á don Juan, y todo me importa poco: ¿para qué quiero yo vivir? pero no hablemos de esto. Voy á llamar á María de Rojas.

Y Angiolina se levantó y desapareció tras una puerta.

—¡Oh! ¡esta mujer! ¡esta mujer! exclamó Harum: ¡su maldita pasion por el marqués, nos ha sido funesta, funestísima! ¡y sin embargo, al herirnos se ha herido ella misma: hay en sus ojos algo de insensato, algo que me causa compasion! compasion á pesar de mi odio hácia ella. ¡Dios mio! ¡Dios mio!

Harum compuso su semblante porque sintió los pasos de dos mujeres que se acercaban.

Levantóse el tapiz y apareció Angiolina seguida de otra mujer.

Aquella mujer era muy joven: de frente altiva, blanca y pálida; los cabellos, las cejas, las pestañas y los ojos negros, los labios rojos; el cuello y el talle largos, redondos, esbeltos; el andar indolente; la mirada lánguida, la boca anhelante, el seno conmovido.

Se detuvo delante de Harum y le dijo con el acento ardiente de la mujer que ama.

—¿Y Diego Alguacil?

—Ha ido en busca de quien atacará á Aben-Humeya.

—¿Con qué ha llegado la hora?

—Si; si vosotras me ayudais.

—Te ayudaremos, dijo María de Rojas: es necesario concluir de una vez; ese infame se ha convertido en lobo: me causa horror, y cuando me veo obligada á sonreirle se me parte el corazon: cuando le abro mis brazos creo morir. Y... ¿será esta noche?.

—Si, esta noche.

—Pero para ello es necesario que yo salga con Harum, y que detengas á Aben-Humeya para que no repare en mi falta.

—Aben-Humeya está en una zambra y vendrá tarde, dijo María de Rojas. Yo le entretendré si cuando vuelva no has vuelto tú. Ademas, escucha, Harum: ni tú ni tus gentes entreis á matarle sino cuando veais una luz detrás de la celosía que está sobre la puerta que da á la plaza. Ahora, idos, aprovechad el tiempo. Yo me quedo aquí esperando con impaciencia.

Angiolina se envolvió en un albornoz y salió con Harum, bajaron al huerto, le atravesaron y salieron por el postigo.

Llovía á mares y relampagueaba.

Muy pronto Harum y Angiolina salieron de la villa y se perdieron entre los barrancos.

CAPITULO XLIV.

De cómo los capitanes turcos sirvieron á Aben-Aboo ó creyeron servirse á sí mismos.

La muela del Aguila era una pequeña montaña en direccion á Andarax.

Por la parte media de su vertiente oriental corria un sendero que aunque áspero atajaba el camino desde Andarax á Mecina de Bombaron.

Este sendero pasaba junto á la entrada de una enorme gruta.

En esta gruta, la noche en que marcha nuestra accion, ardia una hoguera de ramas de olivo.

Sentados en piedras alrededor de la hoguera, habia tres hombres atezados, de mirada ávida, armados hasta los dientes, y revelando en su trage tanto á los turcos vasallos del sultan de Constantinopla, como al pirata berberisco de los mares de Levante.

Estos tres hombres parecían estar impacientes é irritados.

—Por Allah, decia uno de ellos: en esta tierra es durísima la fatiga: el combate es nada, comparado con los hielos y con este viento crudísimo que vuela de cumbre en cumbre.

—Aluch-Alí, nuestro señor, dijo otro de ellos dirigiéndose al que habia hablado, nos quiere mal cuando nos ha enviado á esta empresa, Carcax; en esta tierra maldita solo se siembran ingratitudes y se cogen traiciones; por el Dios Altísimo y Unico, que cuando me acuerdo de mi buena galeota, se me abre el corazon: prefiero verme sobre ella, dando caza viento en popa á los cruzados de Malta, que ser rey de esta tierra miserable.

—Miserable, porque son miserables los que en ella han levantado su bandera, Alí; por lo demás, Granada es el jardin del Profeta; pero con Aben-Humeya... hace algunos días que solo recibimos reveses: en Válor hemos sido destrozados: en Cádiar hemos huido de breña en breña delante de los cristianos, y si Aluch-Alí, nuestro señor, no nos saca de aquí perecemos en la lucha.

—¡Por Alah, Huscen! ¿qué dirian de nosotros en Argel si dejásemos abandonados á nuestros hermanos?

—No, no son estos mezquinos hermanos nuestros; nuestros hermanos no arremeterian al peligro para huir despues aterrados: Aben-Humeya es un insensato, que cuando ha menester de mas valor se entrega al desaliento ó á los placeres, ó lucha mal, poco y tarde. Aben-Aboo aunque es valiente, descontento ú ofendido, no hace lo que debia: y los moriscos desvandados, desnudos, miserables, ó perecen por la espada, ó al rigor del hambre.

—¡Aben-Aboo! exclamó Huscen; hace dos horas que le esperamos yertos de frio, y aun no ha venido: tal vez tenga miedo... ó prefiera tal vez dormir en Andarax á arrostrar para venir á buscarnos, los rigores de una noche tan fria.

—¿Quién se atreve á dudar de Aben-Aboo, y á llamarle indolente y cobarde? dijo una voz robusta á la entrada de la cueva.

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Don Juan de Austria.

Volviéronse los capitanes turcos al sonido de aquella voz y vieron á un moro que adelantaba en la cueva.

Era Aben-Aboo.

Los turcos se levantaron.

—¡Ah! ¡es Aben-Aboo, el alcaide de los alcaides! dijo Alí.

—¡Por Allah! exclamó con desprecio Aben-Aboo mirando con una profunda fijeza á los turcos: ¿á quién parece tarde? ¿quién se atreve á blasonar de valiente amancillando mi honra?

—¡Aben-Aboo! exclamó el feroz Huscen.

—¡Yertos de frio, y murmurando como mujeres! ¡nunca lo hubiera creido de vosotros, capitanes!

—Perdona si te hemos ofendido Aben-Aboo, dijo Carcax; pero tenemos razones para quejarnos; desde que llegamos á las Alpujarras no hemos visto en torno de nosotros mas que traidores; si hemos empeñado alguna empresa hemos sido vencidos ó abandonados. ¿Quién nos ha traido del Africa á estas montañas para sufrir sonrojos y reveses? ¿quién humilla nuestro esfuerzo y nos obliga á ser testigos de tanto oprobio? ¿Y quieres que callemos como viles y cobardes, y no levantemos la voz contra tanta vergüenza?

—No, vive Dios, dijo Aben-Aboo: como vosotros estoy irritado, como vosotros veo que el insensato Aben-Humeya, ó es cobarde ó aprecia en poco su vida y su honra.

—¿Y quién le ha aclamado rey? dijo Carcax: vosotros, vosotros que creísteis que sacaría al reino del yugo del cristiano y estableceria el estandarte del Profeta sobre los muros de la Alhambra. ¿Y qué ha hecho ese miserable? entregarse al ócio, gastar su vida en fiestas y en zambras, empobrecer á los suyos para alentar sus vicios; y despues de algunos triunfos que no ha sabido aprovechar, al ver á don Juan de Austria en las Alpujarras, acobardarse y huir de breña en breña como la res acosada por los perros, cuando resuenan á sus espaldas las trompas castellanas.

—Y bien, exclamó con arranque Alí; ¡qué nos importa que Granada sea cristiana ó no! si esta guerra concluye mal, los moros solo verán un pedazo de menos en sus dominios: mas ¡ay si un dia Africa se arroja sobre Europa! ¡hay si clava en su vieja frente el estandarte del Profeta!

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Deportacion de los moriscos de Granada.

—¡Escrito está! exclamó con acento solemne Aben-Aboo: pero vencidos en tanto los moriscos, habran visto desvanecerse su esperanza como humo que arrebata el viento. Volvereis si: pero os aterra el nombre de don Juan de Austria, y quereis abandonarnos. Pues bien: ¡idos! me causa rubor vuestra cobardía ¡idos! impacientes os esperan los vuestros á la orilla del mar en las galeras que han aprestado para la fuga.

—Si, nos iremos, gritó Alí, trémulo de cólera; mas no será sin herir antes la cabeza de ese miserable que descansa entre débiles mujeres. ¡Que tememos á don Juan de Austria! ¡que huimos aterrados ante el peligro! Pues bien, si valemos tan poco; si tú, Aben-Aboo, el mas bravo de los moriscos nos desprecias y nos rechazas, volveremos humillados al Africa, pero antes dejaremos en las riberas de la Alpujarra las señales sangrientas de nuestros piés.

—Aden-Aboo, dijo Huscen, con acento amigable: ni creo tus palabras ni me ofenden, porque son hijas del despecho con que ves las desdichas de tu patria. No tienes razon para acusarnos; hemos venido á ayudaros y os hemos ayudado, partiendo con vosotros el peligro, ensangrentando en los cristianos nuestras armas.

—¿Y porqué retroceder ahora? exclamó Aben-Aboo.

—Mientras Aben-Humeya esté en el trono, respondió Carcax; mientras haya una sola villa en las Alpujarras que le aclame rey, no entraran en la pelea mis gentes: haced vosotros lo que querais.

—Ni yo expondré otra vez mi estandarte á la vergüenza, dijo Alí.

—¿Y no es mas conveniente, dijo Huscen, hacer pedazos la frente de Aben-Humeya y dar la corona á quien valga mas que él; á un hombre como Aben-Aboo, valiente, leal, emprendedor, buen musulman y buen caballero?

—¡Yo! ¡yo rey! exclamó Aben-Aboo, disimulando su alegría. ¿Qué dices Huscen? ¿sobre mis débiles hombros quieres arrojar tan pesada carga? ¡No! ¡no! matad en buen hora á Aben-Humeya, y ocupe su trono otro que yo: uno de vosotros por ejemplo.

—Aluch-Alí nuestro señor, dijo Carcax, nos ha enviado á ayudaros, no á ser reyes... arreglad este asunto entre vosotros los moriscos... mas... alguien se acerca... ¿has traido á alguno contigo Aben-Aboo?

—He venido solo.

En aquel momento apareció en la entrada de la cueva un hombre.

Era Diego Alguacil.

Al ver á Aben-Aboo y á los turcos, adelantó y les dirigió confiadamente la palabra.

—Musulmanes, dijo: dadme ayuda; me he perdido en la montaña y necesito un guia para cumplir un encargo en servicio del rey.

—¿De qué rey hablas? dijo Aben-Aboo afectando no conocer á Diego Alguacil.

—¿De que rey he de hablar?, contestó el morisco, sino del alto el grande Muley Aben-Humeya, á quien Dios ensalze...

—Cuadra muy mal tu comisión con tu torpeza, moro, dijo con recelo Carcax.

—Tiene trazas de espía de los cristianos, dijo con acento de amenaza Huscen.

—Esta carta responderá por mí, dijo Diego Alguacil sacando del seno la que le habia dado en Andarax Aben-Aboo.

—De Aben-Humeya, sultan de Andalucía al alcaide de Mecina de Bombaron, dijo Carcax leyendo el sobre escrito de la carta que habia tomado de manos de Diego Alguacil.

Aben-Aboo, miró recatadamente á los turcos con una mirada enérgicamente significativa, con la que parecia decirles:

—Necesitamos apoderarnos de esa carta.

Y luego añadió volviéndose á Diego Alguacil como si no le conociera:

—Ven conmigo: llevo el mismo camino que tú y antes del alba habremos llegado á Mecina de Bombaron.

Alí adelantó receloso.

—Descuida, le dijo rápidamente Aben-Aboo: va conmigo, y yo ni vacilo ni dudo: y luego añadió alto: sígueme moro: hermanos mios, adios.

—Que Allah te guarde, contestaron los turcos.

Aben-Aboo y Diego Alguacil salieron de la cueva.

—Sigámosles, dijo Huscen, y castiguemos á Aben-Aboo si nos hace traicion.

—Deteneos, dijo Alí: el estrecho sendero por donde caminan está sobre el tajo.

—¿Y qué? dijo Huscen.

—¿Y qué? ¡Dios ayude al mensajero de Aben-Humeya!

Como para confirmar las palabras de Alí se escuchó en aquel momento uno de esos horribles gritos que exhala el que de repente siente la muerte sobre sí.

—¿Habeis oido? dijo Huscen.

—Si, un grito de horror, de agonía: sin duda ha caido el mensajero: ¡es la senda tan estrecha, y está tan resbaladiza con el hielo!...

En aquel momento Aben-Aboo apareció en la entrada de la cueva y adelantó hacia los turcos.

Parecia horrorizado: su mirada erraba sin objeto.

—Por fortuna llevaba yo la carta, dijo con voz opaca.

—Ha resbalado...

—Sí...

—Ha caido...

—Sí; un salto horrible: ha rebotado en las rocas, y ha caido al fin al torrente. Os juro que me ha causado horror.

—¿Y la carta? exclamó con afan Carcax.

—Aquí está, dijo Aben-Aboo, entregándola á Alí: llevadla, enviadla al alcaide de Mecina de Bombaron: yo me vuelvo á Andarax: esa desgracia me ha horrorizado.

—¿Que llevemos esta carta al alcaide de Mecina? dijo con asombro Alí.

—Sí; el rey lo manda, repuso Aben-Aboo: habeis venido á servirle y debeis obedecerle.

—¡Ah! no hace mucho que nos hablabas de otra manera, Aben-Aboo, dijo Carcax.

—La muerte enseña mucho y acabo de verla, contestó sentenciosamente Aben-Aboo, y salió de la cueva y se alejó.

Los turcos quedaron asombrados.

—O nos hace traicion ó está loco, dijo Alí.

—Lo que nos importa es saber lo que dice esa carta, repuso Carcax.

—Sí, veamos, porque recelo una traición, añadió Huscen.

Alí se inclinó sobre la hoguera, abrió la carta y la leyó.

He aquí el contenido de aquella carta:

«En el nombre de Dios Altísimo y misericordioso: el ensalzado, el favorecido de Dios, gobernador de los moros de España, Muley Aben-Humeya al valiente alcaide de Mecina de Bombaron, desea salud y prosperidades.—Sabrás alcaide, porque todo el mundo lo sabe, que los turcos que nos ha enviado el dey de Argel, mas que de provecho y de ayuda nos sirven de escándalo y perjuicio, haciendo insultos y deshonestidades, forzando mujeres, y robando las haciendas á los moros de la tierra. Hácenlo como corsarios y ladrones que son, gente aventurera y mala, agenos á todo respeto, sin temor á los hombres ni á Dios. Necesario es pues, evitar estos males, mas como son poderosos, te los enviaré á Mecina de Bombaron mañana: cuando llegaren, haz muestra de festejarlos: ordena una zambra, dáles de cenar y pon zumo de hagiz[30] en los manjares; cuando estén aletargados, mátalos, que después yo me disculparé con el dey de Argel, manifestándole las causas que he tenido para obrar asi.—Prospérete Dios y te dé ventura.»

Por bajo se leia en mal carácter africano la frase siguiente con que acostumbraba á firmar Aben-Humeya: Esto es verdad, como si dijera: esta carta es legítima.

El furor, la ira, la venganza, todas las malas pasiones, se pintaron en el semblante de los turcos apenas conocieron el contenido de la carta.

—¿Y dudaremos aun? exclamó el iracundo Carcax: ¿Dudaremos despues de lo que hemos leido?

—¡Dudar! exclamó Alí: ¡necesito toda la sangre de ese perro infiel!

—¡Mil vidas que tuviera! exclamó Huscen. Si vosotros esperais, yo no espero ni un momento. Yo voy á buscar á los mios...

—Y yo...

—Y yo... contestaron Alí y Carcax.

Y salieron de la cueva trémulos de corage, y en paso rápido se perdieron entre las quebraduras.

Apenas habian desaparecido los turcos cuando de entre un matorral salió una sombra informe, y se asomó al borde del abismo.

—¡Ah del muerto! exclamó.

—¿Quién va allá? contestó una voz desde abajo.

—Espérame, contestó el de arriba.

Y se deslizó por el borde de la cortadura.

Poco despues se detenia junto á otra sombra.

Eran Aben-Aboo y Diego Alguacil.

—Lo han creido, dijo Diego.

—¡Lo de tu muerte! ¿pues no han de haberla creido, si yo hubiera dudado? ¡oh! ¡qué grito tan lastimero!

—¿Y los turcos?

—Allá van hácia Andarax; vamos tambien nosotros: los turcos y los monfíes nos ayudan.

—¡Los monfíes! exclamó Diego Alguacil: Dios me perdone: pero desconfío de ellos.

—¡Desconfiar! ¿y por qué?

—Huyen demasiado.

—Los tercios que ha traido don Juan de Austria...

—Son valientes es verdad: pero los monfíes nunca han sido tan cobardes: parece que á la primera arremetida huyen de intento.

—¡Oh! ¡si eso fuera!

—Yo creo...

—¡Qué!

—Que la muerte del emir los ha irritado; que os atribuyen á vosotros esa muerte.

—¿Y quienes somos nosotros?

—Tú y Aben-Humeya.

Se estremeció todo Aben-Aboo.

—Te engañas, te engañas, Diego, contestó el jóven procurando dominar lo conmovido de su voz: los monfíes no tienen razon para sospechar... no pueden sospechar.

—Allá lo veremos, replicó Diego Alguacil: ó mas bien lo veran los que se queden.

—¿Y tú por qué no?

—Porque yo, en cuanto Aben-Humeya muera, que será esta noche, recobro á María, á la prenda de mi alma, que ese infame me ha robado, y me voy con ella á Africa. Te aconsejo que hagas lo mismo, Aben-Aboo.

—¿Que abandone yo la corona, cuando ya la siento sobre mi cabeza?

—Los monfíes te mataran como mataran á Aben-Humeya.

—¿Crees tú que no sea tan fácil matar á los monfíes como á los turcos?

—Dios es grande y vencedor, dijo Aben-Aboo.

—Pues bien haz lo que quieras: en cuanto á mí he tomado mi resolucion. Ahora vamos á Andarax.

—Vamos, contestó Aben-Aboo.

Poco despues los dos moriscos habian desaparecido entre las quebraduras.

CAPITULO XLV.

En que volvemos á encontrar al perdido marqués de la Guardia, y se sabe cómo escapó del subterráneo de la princesa encantada, y la escena que tuvo con su antigua amante.

Entre tanto, á pesar de la lluvia y del frio, y á través de breñas y despeñaderos, habia seguido Angiolina á Harum-el-Geniz.

El monfí se detuvo un momento, habló algunas palabras con otros monfíes, y él y Angiolina pasaron.

Anduvieron aun algun tiempo.

Al fin la italiana vió una luz entre la oscuridad.

—¿Está el marqués de la Guardia donde brilla aquella luz? dijo:

—Si; contestó secamente Harum.

Llegaron á poco á una especie de venta situada al lado de uno de los estrechos caminos de herradura que cruzan las Alpujarras.

Al llegar á la puerta, Harum previno á Angiolina que se cubriese con su velo, y asiéndola de la mano, la condujo á un pequeño aposento alto, á través de unas escaleras.

Al abrir su puerta, Harum desasió la mano de Angiolina.

—Dentro encontrareis al marqués de la Guardia, la dijo: fuera os espero.

Angiolina entró con el corazon comprimido.

Sentado en un lecho mezquino, verdadero tormento de la hospitalidad de una venta, habia un hombre meditabundo é inmóvil.

Al sentir el ruido de la puerta que se abria, el hombre que estaba sentado en el lecho levantó la cabeza, y miró á Angiolina.

Al verle la veneciana lanzó un grito de horror, palideció, sus ojos se llenaron de lágrimas y corrió á aquel hombre, le abrazó, y le miró con ansiedad.

—¡Oh! ¡Dios mio! exclamó: ¡me le vuelven muerto!

El marqués contestó con una triste sonrisa.

Estaba pálido, con la palidez impura de la enfermedad, de una enfermedad lenta: estaba demacrado, y sus ojos, sus antes hermosos ojos, casi hundidos en los alveólos: la barba larga, el aspecto macilento: la actitud como de hombre cansado, y de tiempo en tiempo desgarraba su pecho una tos seca, aguda, terrible.

La mirada de Angiolina se extravió.

—¿Quién sois, señora? dijo con voz ronca el marqués de la Guardia.

—¡Qué! ¿tan desdichada soy que ha llegado el caso de que no me reconozcas, don Juan? dijo la veneciana.

—Yo he escuchado vuestra voz, señora; la he escuchado no recuerdo cuándo ni dónde, dijo el marqués; pero recuerdo que ha sido en otros dias mas felices.

Y el marqués la miraba con esa expresion de deseo del que quiere reconocer á una persona.

—¿Pero que es esto? exclamó Angiolina: ¿qué te sucede don Juan? ¿habrás perdido acaso la razon?

—No, la razon no; pero la memoria, la vista, el oido... ¡oh! ¡oh! ha sido una cosa horrible.

—Pero... ¿qué horrible cosa ha sido esa? dímela, dímela, y yo te vengaré.

—¡Vengarme! ¿y por qué? Seria necesario que me vengárais en mí mismo: yo he sido la causa de todo: ella no tiene la culpa: me ama y ha tenido zelos.

—Y... ¿quién es esa mujer que te ama y está zelosa? exclamó con ansia la jóven.

—¡Ah! ¿y qué te importa?... ¿tú no conoces á la princesa Angiolina Visconti? una hermosa mujer que me sirvió para hacerme amar de otra.

—¡Ah! exclamó Angiolina.

Y su exclamacion fue semejante á un rugido.

—¿Y dices tú que esa mujer, que esa Angiolina, se ha vengado de tí?

—Si; se ha vengado de una manera horrible.

—¿Pero no me conoces? ¿no reconoces en mí á esa Angiolina que solo ha amado por tí, que solo ha vivido por tí, que solo por tí ha odiado, que solo por tí ha teñido sus manos en sangre, y ha llenado de remordimientos su conciencia?

—No, tú no eres Angiolina; si lo fueras mi odio me lo diria. ¡Oh! ¡funesta mujer!

Un nuevo acceso de tos cortó la palabra al marqués, y al retirar el pañuelo de su boca, Angiolina le vió manchado de sangre.

Hubo un momento de terrible silencio.

Don Juan contemplaba á Angiolina con una curiosidad cada vez mas creciente.

Angiolina contemplaba á don Juan con una ansiedad cada vez mas terrible.

—¿Pero quién te ha puesto en ese horrible estado? exclamó Angiolina.

—Ella, esa mujer, exclamó el marqués.

—¿Pero qué mujer es esa?

—¿No os he dicho que se llama la princesa Angiolina Visconti?

—No, no; ella no hubiera atentado á tu vida... ella hubiera muerto mil veces antes que tocar á uno solo de tus cabellos:... ella, porque tú vivieses seria capaz de buscar á tu adorada Amina, de entregártela, y de morir después.

—¡Amina! ¡Amina! esa infame mujer la ha perseguido; ella ha causado la desgracia de su padre; ella la ha entregado á Aben-Aboo; ella me ha asesinado.

—¡Oh! ¡no! exclamó con angustia Angiolina.

—Vos debéis conocer á esa mujer, cuando de tal modo la disculpais, dijo el marqués.

—¡Que si la conozco! Pluguiera á Dios que de tal modo me conocieses tú, exclamó llorando Angiolina.

—¡Llorais! ¡me compadeceis! teneis razon en llorar y en compadecerme señora, y puesto que conoceis á esa malvada, puesto que ella me ama con ese amor de Satanás. ¡Oid, oid, y contadla lo que vais á oir para que se estremezca y tema la justicia de Dios!

El marqués se sentó en el lecho, se reclinó sobre las almohadas é inclino la cabeza; Angiolina se arrodilló á sus pies, y continuó llorando en silencio.

—Oid: hubo un dia el mas feliz de mi vida, en que un sacerdote me unió á la única mujer que he amado. Yo juzgaba el mundo estrecho para mí; yo creí que Dios me habia anticipado su gloria dándomela sobre la tierra, representada por una mujer.

Tosió el marqués, y apareció en su pañuelo una nueva mancha de sangre.

Angiolina anonadada, ocultó su semblante sobre las rodillas del marqués.

Este continuó.

—Era de noche; caminábamos hácia la costa: de repente nos sorprendieron la tempestad y los hombres: mi esposa me fue robada, y yo arrebatado por la corriente, milagrosamente salvado, viví para buscar á mi Esperanza... y la encontré... pero robada por un infame.—Su caballo corria; veloz como el viento seguíale mi caballo... rendidos entrambos animales por la fatiga, el miserable que me robaba mi Esperanza, continuó su fuga á pié llevándola á ella sobre sus hombros.—Yo le seguia... le seguia... entróse en una caverna, y yo me entré tras él.—Sentí sus pisadas á través de un oscuro laberinto, y le seguí en las tinieblas.—De repente... no sé lo que aconteció.—Parecia que el mundo entero habia caido sobre mí, y luego no sentí nada... nada...—Despues de no sé cuanto tiempo volví á la vida, pero á una vida horrible: parecíame sentir despedazadas mis entrañas; ardia mi cabeza; mis miembros estaban como descoyuntados, y me rodeaban las mas lóbregas tinieblas.—Me creí en la region de los muertos.—Y sin embargo hice un esfuerzo, y logré arrastrarme sobre mis manos; impulsado por la desesperacion y por el terror, redoblé mis esfuerzos, y no sé en cuánto tiempo, pero largo, lento, débil, estenuado, sin cesar de arrastrarme, logré al fin volver á ver la luz del dia.—Estaba en una cueva.—Cuando me acerqué á su entrada, me ví en la parte media de la vertiente de una montaña al borde de una roca: abajo, mi vista debilitada, turbia, veia como á través de una niebla sangrienta un pequeño valle.—El vértigo zumbaba en mi cabeza.—De improviso, y como en medio de un sueño, oí un lejano ladrido que se acercaba, se acercaba, hasta resonar junto á mí.—Era un perro guardian del ganado que pastaba en el valle.—Junto al perro habia un pastor anciano.—Los buenos pastores me recogieron, cuidaron de mí, y ellos avisaron á mi amigo Harum.—¿Y sabeis lo que me dijo Harum cuando estuve en estado de escucharle?—Seguiais de cerca á Aben-Aboo, cuando os perdimos de vista: poco después, y cuando nos acercábamos á la caverna por donde habiais desaparecido, sonó una detonacion terrible; la roca voló rota en mil pedazos y... os dimos por muerto.

—¡Oh! ¡qué horror!

—Y todo esto es obra de esa mujer maldita: porque ella ha sido el primer eslabon de la cadena de desgracias que á todos, inclusa ella misma, nos han acontecido.—De ella es la obra de mi asesinato, porque yo, por resultado de aquella explosion estoy enfermo de muerte, y pluguiese á Dios viviese lo bastante para volver á ver á mi Esperanza y á mi pobre hija.—Puesto que conoceis á Angiolina, puesto que acaso ella os envia, contadla, señora, cómo me habeis encontrado: enfermo, loco... si, loco, transformado enteramente en cuerpo y en alma, desesperado, desalentado, inutilizado, muerto; decidle que todo esto es obra suya, y que yo la maldigo.

—¡Oh! no, no la maldigas, don Juan, perdónala, perdónala, y extermínala despues: ¡pero maldecirla porque te ha amado...! ¡porque te ama con toda su alma..! ¡esto es horrible, esto no puede ser!

—¿Quién sois vos que os interesais tanto por esa mujer, que llorais, que os retorceis las manos desesperada? dijo el marqués mirando fijamente á la joven.

—¡Oh! ¡no me conoce, no conoce á la mujer que por él lo ha perdido todo; su honra, su conciencia, su alma! Y ¡es verdad! estas ropas moriscas me desfiguran; este albornoz que me envuelve, esta toca que rodea mi cabeza, y mi terror, y mi dolor...

Y Angiolina arrojó el albornoz, se arrancó la toca dejó flotar sus hermosos cabellos, y asió las manos del marqués, infiltró en sus ojos una mirada lúcida, intensa, impregnada de amor, y acercando su boca seca y árida á la contraida boca del marqués, estampó en ella un beso candente, supremo, satánico.

El marqués dió un grito, y como obedeciendo á la poderosa magia de aquella mirada y de aquel beso, reconoció á Angiolina.

—¡Oh! ¡si! ¡tú! ¡eres tú! exclamó: pues bien miserable; has venido á tiempo porque aun me queda fuerza para exterminarte.

Y con un movimiento rápido é imprevisto, verdadero arranque de loco, asió con sus dos manos la garganta de Angiolina, que dió un grito ahogado y cayó de espaldas, mas por la dolorosa impresión de las intenciones del marqués respecto á ella, que por la fuerza de sus manos, demasiado débiles para que Angiolina no pudiese desprenderse de ellas.

En aquel momento se abrió la puerta, y apareció Harum.

—Un caballero, dijo con voz severa, nunca tiene razon bastante para convertirse en verdugo.

Y apartó al marqués, que fué á sentarse en su lecho en la actitud de un tigre replegado en sí mismo; levantó á Angiolina, la dió su toca y su albornoz en que ella se envolvió en silencio, y asiéndola de la mano la sacó de la habitacion.

—¡Oh! ¿por qué no me habeis dejado morir á sus manos? dijo llorando Angiolina.

—Porque le amo demasiado para permitir que tiña sus manos en sangre, y porque vos debeis vivir.

—¡Ah! vuestra venganza es cruel, muy cruel; pero os aseguro que no viviré mucho. ¿Y él? hablemos de él: yo no importo nada. ¿Y él? ¿creeis que podrá vivir, Harum?

—Solo Dios sabe lo oculto: solo Dios, que es fuerte y misericordioso, puede hacer milagros, contestó sentenciosamente.

—¡Oh! no me habiais engañado al decirme que el marqués habia muerto, ¡Muerto!.. lo que es lo mismo... loco... agonizando lentamente... si el amor de la sultana Amina pudiese salvarle...

—¡Qué decís, señora!.. exclamó con extrañeza Harum.

—¡Qué! ¿no creeis que yo sea capaz de sacrificarlo todo por él?.. mi vida, mis zelos... vos no habeis amado nunca... si yo pudiese salvarle sentenciándome á tormentos continuos, inauditos, insoportables, le salvaria. ¿Qué me importan Amina, ni vos, ni el mundo entero, ni el cielo, ni el infierno, cuando se trata de salvarle á él?

—¡Ah! ¡funesto amor! exclamó aterrado Harum.

—Decidme, decidme lo que yo puedo hacer: exclamó con afan Angiolina.

—¿Sois capaz de sacrificaros?

—¿No os he dicho que soy capaz de todo por él?

—Creo haber oido decir que Aben-Aboo os ama.

—Aunque no me amara, yo le obligaria á amarme.

—Obligad á Aben-Aboo, enamoradle, sed suya, embriagadle.

—Lo haré, contestó sin vacilar Angiolina.

—Y averiguad, descubrid, dónde para la sultana... salvadle... salvad acaso á ese pobre loco...

—Lo haré... ¡pero los medios!... los medios, dádmelos vos.

—Esta noche irá Aben-Aboo á matar á Aben-Humeya.

—¡Ah! me pondré á su paso... él estaba enamorado de mí... salvaré á vuestra señora, Harum, si está en poder de Aben-Aboo, y si el amor de doña Esperanza vuelve la razon y la salud al marqués, si son felices, despues que yo muera, decidles: su amor la hizo cometer crímenes: su amor os fue fatal, pero tambien su amor os ha salvado: perdonadla y rogad á Dios por ella.

—¡Vamos! ¡vamos! no sois tan malvada como yo creia. Asios bien á mi brazo, y volvámonos á Andarax. Se acerca la hora.

Poco tiempo despues Angiolina volvia á entrar en casa de Aben-Humeya, y en la habitacion que habia abandonado á la llegada de Harum.

CAPITULO XLVI.

De cómo fue la muerte de Aben-Humeya.

Los turcos habian llegado á Andarax con cuatrocientos de sus piratas; pero contenidos por la línea de los monfíes, no habian podido pasar adelante.

Aben-Aboo habia llegado tambien con trescientos hombres, y Farax-aben-Farax, alguacil mayor de las Alpujarras como hemos dicho, con trescientos moriscos.

Pero Suleiman, nuestro antiguo conocido, que se habia quedado mandando los monfíes en ausencia de Harum, habia declarado que nada se haria hasta que Harum llegase.

—¿Con que es decir, que nada podemos hacer, ni á nada podemos atrevernos sin los monfíes? exclamó el iracundo Alí.

—El emir de los monfíes, repuso Suleiman, es el rey, el único rey de las Alpujarras; sin los monfíes no hubiera sido posible la guerra; el dia en que los monfíes cedan y se recojan á sus guaridas, los cristianos se encontraran, como antes, dueños de las villas y lugares de las Alpujarras. Entre tanto los fuertes somos nosotros: tenemos rodeado á Andarax, y nadie entrará en él mientras no lo permita el emir de los monfíes.

—¿Y quién es el emir de los monfíes? dijo con acento torbo Aben-Aboo: ¿acaso no ha muerto mi tio Yaye-ebn-Al-Hhamar?

—Ciertamente que tu noble tio, ha sido villanamente asesinado, replicó con voz ronca Suleiman; pero vive su hija.

—¡La sultana Amina!

—Si, la sultana de los monfíes.

—¡Una mujer! ¡y una mujer, cuyo paradero no se sabe!

—Pero la sultana Amina tiene un esposo, dijo Suleiman.

—¡El marqués de la Guardia! ¡un cristiano renegado! repitió Aben-Aboo.

—El esposo de la sultana Amina, es el emir de los monfíes.

—Pero si la sultana Amina muriese...

—¡Mas le valdria no haber nacido al miserable que se atreviese á la vida de la sultana! exclamó con acento de amenaza Suleiman.

—Pero puede darse por muerta, puesto que nadie sabe donde se encuentra.

—Y bien, dijo Suleiman, dejándose arrastrar por las circunstancias, á falta de la sultana Amina, tenemos á su hija la sultana Zoraya[31].

—Mal nombre la habeis puesto, porque la otra sultana Zoraya, hija como esta de cristiano, y esposa de Muley Hacem, fue muy desgraciada.

—¿A qué es esa inútil disputa? dijo una nueva voz terciando en la conversacion: os he llamado y habeis venido; Aben-Humeya está descuidado y ha llegado el momento de obrar.

Quien asi hablaba, era Harum, walí de los walies de los monfíes, que acaba de llegar.

—Es verdad, dijo el capitan turco Carcax: esta disputa es inútil: si los monfíes teneis derecho á llamaros dueños de las Alpujarras, nosotros que hemos venido de Africa á ayudaros, tenemos tambien derecho á que se nos trate lealmente, á que se nos honre, á que se cumplan los pactos que hemos establecido: en vez de esto se pretende destruirnos, se nos acecha, y se nos manda matar: debemos, pues, vengarnos, y nos vengaremos matando á Aben-Humeya.

—Aben-Humeya es rey de Granada, exclamó Harum.

—¿Y pretenderás acaso disuadirnos de nuestra venganza? exclamó Alí: ¿ignoras que tenemos la prueba de la traicion del rey contra nosotros?

—Aben-Humeya debe morir, exclamó Farax-Aben-Farax, pero debe pensarse en un nuevo rey.

—¿Y qué rey pensais que debemos elegir, caballeros? dijo Harum.

Sucedió un silencio solemne...

En medio de él, se alzó la voz de Aben-Aboo.

—Concluyamos antes, dijo, con Aben-Humeya, que nos hace traicion, y despues tendremos lugar de pensar en un nuevo rey.

El rey que ha de gobernarnos, dijo Farax-Aben-Farax, acaba de hablar. Aben-Aboo será nuestro rey.

—Si, si, que sea rey de Granada Aben-Aboo, exclamaron á una voz todos los que allí estaban congregados.

En aquel momento y antes de que Aben-Aboo pudiese contestar, se oyó una voz que hablaba con dificultad á causa del sobrealiento causado por la fatiga de quien hablaba.

—Pronto, exclamó, pronto capitanes, acudid: Aben-Humeya se nos escapa, tiene preparados caballos en la puerta de su casa.

El hombre que hablaba asi, era Gironcillo de la Vega, alguacil mayor de Granada por los moriscos.

La noticia de que Aben-Humeya intentaba escapar causó una gran sensacion entre turcos, moriscos y monfíes.

Especialmente los turcos expresaron su furor de una manera violenta.

—Aben-Humeya no puede escapar, dijo reposadamente Harum; la villa está cercada por mis monfíes.

—Es que tus monfíes se han dividido, dijo Gironcillo: y ó tú nos haces traicion ó te la hacen los tuyos.

—Quien eso dice miente, exclamó Harum fuera de sí de cólera: ni yo ni mis monfíes somos traidores; y en prueba de ello seguidme los que querais.

Y Harum tiró por un barranco arriba en direccion de la villa.

Inmediatamente le seguia Aben-Aboo.

Despues Gironcillo de la Vega, Suleiman, los tres capitanes turcos, y como quinientos hombres entre turcos, moriscos y monfíes.

Aquella gente caminaba en silencio sin pronunciar una sola palabra, apagadas sus pisadas sobre la tierra empapada por la lluvia.

A pesar de la gente que tenia en el pueblo Aben-Humeya, ni un solo hombre armado ni que se les opusiese, ni que diese aviso ó hiciera señal, encontraron los conspiradores, en su tránsito por la villa hasta la plaza.

Cuando entraron en ella, Harum vió puesta una luz tras la celosía de un agimez sobre la puerta.

Aquella luz, era la señal concertada entre él y María de Rojas.

Aquella luz era la señal de que Aben-Aboo estaba en su casa y de que habia llegado la hora.

Harum, Aben-Aboo, los turcos, Gironcillo, Suleiman y sus gentes, avanzaron en silencio hácia la casa.

En aquel momento sonó un tiro, disparado por uno de los moriscos que daban la guardia á Aben-Humeya, y como si aquella detonacion hubiera sido una señal de combate, todos se lanzaron con las armas enhiestas, sobre la guardia, la arrollaron, rompieron las puertas y se precipitaron en la casa.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Poco antes habia entrado en ella Aben-Humeya.

Su paso era vacilante y sus miradas vagas.

Venia de una zambra, donde, á pesar del Koram que prohibia el uso de las bebidas espirituosas, se habia embriagado.

Sin embargo no era su embriaguez tal, que le privase del uso de sus sentidos, y cuando María de Rojas fue á encontrarle, sonriéndole, la dijo:

—¿Por qué me haces traicion?

A esta pregunta brusca, directa, imprevista, la jóven se desconcertó y solo contestó con embarazo:

—A nadie amo mas que á tí, señor, á tí que eres mi esposo: quien te diga otra cosa te engaña y merece la muerte; porque ha calumniado á tu esposa, á la sultana de Granada.

Aben-Humeya la rechazó de nuevo y le dijo con acento indolente:

—Ve, y cuéntale eso á tu amante, á Diego Alguacil: pero apresúrate á contárselo, porque mañana su cabeza no te podrá oir.

—Algun enemigo de tu reposo, señor, dijo María de Rojas dominándose, ha inventado esas mentiras.

—¡Oh! afortunadamente, repuso Aben-Aboo, reclinándose en su divan y ya soñoliento, he sido avisado á tiempo y he prevenido la traicion: al principio crei de mas gravedad el peligro y mandé ensillar dos caballos... pero despues... me quedará tiempo para descabezar á los traidores, y ayudado por los monfíes que son valientes y leales, acabaré con todos mis enemigos. ¡Ah! ¡mi buen hermano Aben-Aboo, mi querido hermano! ¡quereis cobrar vuestra parte de aquel asesinato..! ¡ah! ¡ah! ¡como herí al emir, os heriré á vos mi buen hermano! ¡quien mató á su padre... puede muy bien... sí... puede muy bien matar á su hermano!

—¡Tu hermano! ¡tu padre! exclamó asombrada María de Rojas, que conocia el terrible crímen de los hijos de Yaye.

—¡Ah! estabas todavía ahí, dijo Aben-Humeya.

—Has hablado del asesinato de tu padre, y has llamado tu hermano á Aben-Aboo.

—¿No era mi tio, el pariente mas poderoso que me quedaba, el emir de los monfíes? ¿no debió haber sido mi padre?

—¡Ah! dijo María.

—¿Y no me vi obligado á matarlo para que él no me matase?

—¡Ah! repitió la jóven.

—¿Y mi buen primo, el hijo de la hermana de mi padre, el alcaide de mis alcaides, no debia tratarme como á un hermano?

—¡Ah! repitió por tercera vez María de Rojas.

—¡Pues! ¡mi padre y mi hermano! mi corona destila sangre sobre mi frente, y ese velo rojo me incita... quieren matarme... y yo los mataré á ellos, ¡los mataré y dormiré tranquilo!

Aben-Humeya inclinó la cabeza vencido por el sueño.

—Si, dijo María de Rojas con voz ronca: si son traidores debes matarlos; enemigo muerto no daña: pero...

—¡Ah! ¿estabas todavía ahí...? vete... vete y puesto que amas tanto á Diego Alguacil, díle que su cabeza está mal segura. ¡Ah! ¡ah!

Inclinó de nuevo la cabeza.

—Si, voy á avisarle, murmuró la jóven para sí, y cuando le avise veremos cuál cabeza está menos segura sobre los hombros, si la suya ó la tuya.

María se encaminó á la puerta y al llegar á ella, se encontró con Angiolina.

—No le pierdas de vista, permanece junto á él, dijo María de Rojas: su embriaguez no es bastante para hacerle perder el conocimiento.

Dijo estas palabras en voz tan baja y de una manera tan rápida María, que Aben-Humeya no pudo percibir ni aun su murmullo.

María salió, y Angiolina magnífica é incitantemente vestida, adelantóse hácia el divan donde estaba reclinado Aben-Humeya.

Como si Angiolina hubiese lanzado delante de sí una influencia mágica, cuando estuvo á poca distancia de Aben-Humeya, este se incorporó sobre el divan y la miró frente á frente.

La hermosura de Angiolina parecia como que habia dominado, como que habia desvanecido su embriaguez.

—¡Ah! ¿sois vos señora? la dijo: ¿á qué debo la felicidad de vuestra presencia?

—Habeis tardado y estaba inquieta, dijo Angiolina sentándose en el divan, al lado del jóven.

—¿Inquieta vos por mí? permitidme que me maraville de tal mudanza; hasta ahora he sido para vos la persona mas indiferente del mundo.

—Siempre he sido vuestra amiga, bien lo sabeis.

—¡Amiga! ¡amiga! pero yo no quiero vuestra amistad, sino vuestro amor: recordad: desde que os ví representando en Granada, os importuné con mis ruegos: despues una feliz casualidad os trajo á mi lado, he seguido en mis importunaciones... y vos...

—Ya os lo he dicho una y mil veces y os lo repito, soy vuestra amiga y no puedo ser otra cosa.

—Pero esa fria amistad...

—Don Fernando, la amistad en la mujer es el prólogo del amor.

—Ved lo que decis, señora.

—Y bien... si yo os dijese que mi amistad hácia vos es interesada, algo mas que amistad...

—Os preguntaria la razon de no concederme por completo vuestro amor.

—Recordad: yo no os he llamado jamás Aben-Humeya, sino don Fernando.

—No os comprendo.

—Comprendedme, pues; yo no os quisiera ver moro.

—¡Ah! ¡sois vasalla fidelísima del rey de España!

—No, porque no soy española: por el contrario le aborrezco, porque es el opresor de mi patria la hermosa Italia: pero si no soy española, soy cristiana, don Fernando.

—¿Y pensais que yo no soy cristiano tambien, señora?

—Habeis renegado de Jesucristo por llamaros Muley Aben-Humeya[32].

—He renegado con los labios, pero no con el corazon.

—Sin embargo persistis en esa dañosa apariencia.

—Acaso no persista mucho tiempo, señora.

—¿Pensais acogeros al perdon del rey de España?

—No he dicho tanto: soy demasiado altivo para humillarme á las plantas de aquel cuyos ministros mataron á mi padre; que dió lugar á la avilantez de los que sin respetar mi linaje, me arrancaron, ó pretendieron arrancarme de la cintura, la daga con que en uso de mis privilegios habia entrado en su cabildo como regidor perpetuo: he aceptado la corona que me dieron los moriscos para vengarme, y me he vengado ya de todos mis enemigos: quédanme en verdad algunos, pero sus cabezas rodaran muy pronto á mis piés. Entonces, no pediré yo perdon al rey de España, sino que apretaré de tal modo la guerra que le obligaré á una avenencia honrosa, le obligaré á que me conceda mis privilegios, mi nobleza, mi rango de infante de Granada, con las tierras y señoríos que fueron de mis abuelos, y cuando esto suceda, declararé ante la iglesia católica, que jamás he sido musulman, que dentro de mi corazon, y esta es la verdad, he tenido levantado un altar al dios de mis padres, y que si he alentado una sedicion de gentes desesperadas, ha sido porque yo estaba desesperado tambien, porque se cometian conmigo degradantes injustícias.

—Y bien, haced eso cuanto antes, don Fernando: salvaos: salvad si aun es tiempo vuestro honor de caballero: acabad de una vez una guerra inútil, que no puede haceros rey, y que cuanto mas dure, mas desgraciada hará la condicion de los moriscos: aprovechad la primera ocasion de una avenencia; haced proposiciones al rey de España, y poned por primera condicion para la paz, el perdon primero, y la tolerancia y el respeto á los tratados para con los moriscos.

—Y bien mirado, señora, ¿qué se os da á vos de que la guerra con el rey de España concluya ó siga? ¿ó es que quereis meterme en una conversacion de Estado para que no os hable de mi amor? Eso es imposible; porque teniéndoos delante, solo veo vuestra hermosura que me enloquece.

—Yo no puedo ser vuestra.

—¡Por que soy musulman, ó lo parezco! ¡qué extraño capricho!

—Aunque volvíeseis á vuestro antiguo estado; aunque os reconcilíaseis con la Iglesia, yo no seria vuestra.

—¡Ah! ¿no querriais ser mi esposa?

—No, porque sois casado.

—¡Casado!

—Si; con Isabel de Rojas como cristiano; con María de Rojas como moro.

—¿Es decir, que de ningun modo sereis mia?

—No puedo serlo.

—Y si no podeis serlo, ¿á qué habeis venido de tal modo engalanada, de tal modo hermosa, á mi aposento en medio de la noche, y cuando por las circunstancias en que me encuentro, estoy desesperado y dispuesto á todo?

—He venido, contestó sin alterarse Angiolina, porque sé que antes que todo sois caballero. He venido, porque han llegado á mis oidos, no sé qué rumores de traicion contra vos: porque soy vuestra amiga y quiero guardaros el sueño.

—¿Y por qué no guardar mi sueño entre vuestros brazos?

—Por una razon suprema, contestó con dignidad Angiolina.

—¿Y cuál es esa suprema razon? dijo Aben-Humeya.

—Esa suprema razon consiste en que amo con toda mi alma á otro hombre, y no quiero, no puedo, no debo ser de otro.

—¡Ah! ¿amais á otro hombre, y me lo decis á mí, que os adoro?

—Os digo la verdad.

—Pero esa verdad me ofende.

—No debe ofenderos.

—Y me empeña.

—No debe empeñaros.

—¿Sabeis señora, que en el poco tiempo que llevo de reinar, me he acostumbrado á que nadie resista á mi voluntad?

—Habeis hecho muy mal en acostumbraros á eso, porque á cada paso encontrareis imposibles.

—Pues os juro que vos no sereis un imposible para mí.

—No jureis don Fernando, no jureis, porque os exponeis á jurar en vano.

—¿Os creis con fuerzas para resistirme?

En aquel momento sonó un tiro fuera.

—Yo os amo y soy vuestra, exclamó Angiolina arrojándose entre los brazos de Aben-Humeya, abrazándole y sujetándole.

—¡Oh! ¿qué es esto? exclamó Aben-Humeya.

—Esto es que cedo al fin á vuestro amor.

—¡Esos golpes, ese ruido de armas! exclamó Aben-Humeya luchando con Angiolina.

—¿Quién piensa ahora mas que en mi amor? exclamó con languidez la italiana.

—¡Ah! ¡miserable! exclamó Aben-Humeya: ¡tú estás vendida á los traidores!

Y haciendo un violento esfuerzo, logró desasirse de los brazos de Angiolina y puso mano á su puñal y le desnudó.

Pero Angiolina le tenia asido fuertemente del brazo izquierdo, se lo retorcia, y le tenia en una posicion violenta en que no podia volverse, para herirla Aben-Humeya.

Pero aquella lucha no podia ser larga, porque Angiolina era una mujer y sus fuerzas, por mas que se violentara, empezaban á faltarle.

Pero afortunadamente para ella, María de Rojas se precipitó en la habitacion, seguida de Aben-Aboo, de Harum el Geniz, de los tres capitanes turcos, de Farax-Aben-Farax, de Diego Alguacil, de Gironcillo de la Vega, y de una multitud de conjurados.

—¡Ah! teneis al miserable, al traidor, al asesino, exclamó María de Rojas, señalando á Aben-Humeya, que aun luchaba con Angiolina.

Aben-Aboo fue el primero que se arrojó sobre él; tras Aben-Aboo los otros, y Aben-Humeya fue desarmado.

La situacion era terrible, pero Aben-Humeya se puso á la altura de la situacion.

Miró tranquilamente en torno suyo, enteramente desvanecida la embriaguez, y dijo con acento sereno:

—Los que me avisaron de vuestra traicion no mintieron: hé aquí que sucede lo que yo habia previsto que sucederia...

—Tienes razon, dijo con ímpetu el capitan turco Alí: los que cometen traiciones, deben temer que un dia su misma traicion se vuelva contra ellos.

—¿Quién se atreve á hablar aquí de traicion? dijo Aben-Humeya: pero ya lo veo: os tengo delante cometiendo una traicion, y os cuadra bien llamar traidor al que venis á asesinar.

—El asesino debe ser asesinado, gritó María de Rojas; esa es la justicia de Dios.

—¿Por qué hablan las mujeres, antes que los hombres? dijo el turco Carcax, ¿se acostumbra esto en esta tierra?

—Cuando una mujer, dijo sin bajar de su tono solemne y trémulo María de Rojas, ha visto asesinados á su padre, á sus parientes, á sus hermanos; cuando ha sido separada del hombre á quien ama; cuando se ha visto obligada á servir los horribles caprichos del que ha matado á su familia y á su amor, esa mujer tiene derecho de acusar ante Dios y ante los hombres al asesino. El asesino es ese, exclamó señalando con un dedo inflexible á Aben-Humeya, y yo os le he entregado; pero para que me hagais justicia.

—Si es cierto, dijo con acento ronco Aben-Humeya, María de Rojas tiene derecho á acusarme: yo me he ensangrentado en su familia, familia de miserables traidores, y solo he cometido una falta: la de no ensangrentarme tambien en ella.

Y soltó una impia carcajada.

Todos callaron dominados por el acento febril, sarcástico, terrible de Aben-Humeya.

—Y bien, ¿no hay nadie que me acuse mas? añadió el jóven.

—Si, gritó Farax-Aben-Farax: yo te acuso de traidor á tu patria y de hereje á tu Dios.

—¿Y sabes tú cuál es mi Dios? exclamó con desprecio Aben-Humeya.

Ante esta audacia todos callaron.

—Mi Dios es el Dios de los cristianos, el Dios que confieso delante de vosotros; el Dios cuya fe no ha faltado en el fondo de mi corazon.

—¿Y por qué has ceñido la corona de un pueblo musulman? exclamó con indignacion Harum-el-Geniz.

—A tí solo, te contestaré, wali de los walies, dijo Aben-Humeya, á tí que eres el único que tienes derecho á acusarme; pero si me juzgas á mí ¿por qué no juzgas tambien á Aben-Aboo?

—Ignoro la causa por qué deba yo acusarte especialmente, y acusar á Aben-Aboo, dijo reposadamente Harum.

—Pues qué, ¿ignoras que Aben-Aboo y yo matamos á tu noble señor el emir de los monfíes?

—Mientes, exclamó Aben-Aboo, que creía que solo Dios, su madre y Aben-Humeya eran los conocedores de aquel crímen; mientes, miserable: yo puedo probar que la noche que murió el emir, mi noble tio, yo estaba muy lejos de Yátor, en cuyas inmediaciones pasó aquella muerte.—Mientes, repito; estás perdido y quieres perderme: y si no, presenta una prueba bastante de que yo he tomado parte en la horrible muerte de mi tio y señor.

—Es verdad, faltan sobre la tierra los testigos; unos han muerto, otros estan lejos. Algunos que pudieran hablar, callan. Pero Dios lo sabe, Dios arrojará sobre tí la sangre del emir de los monfíes, como la arroja sobre mi cabeza, ¡Dios castigará á los dos parricidas!

—¡Parricidas! sonó como un eco de horror entre los circunstantes.

—¿Qué os estremece? dijo Aben-Humeya: ¿acaso no debiamos llamar nuestro padre, al noble y poderoso emir nuestro pariente?

—Repito que ese hombre, al encontrarse perdido, arroja sobre mi cabeza, para perderme, un crímen en que no he tenido parte.

—Es verdad, tú no le hiriste.

—¡Lo ois! al cabo no se atreve á sostener su impostura.

—Pero le sujestaste entre tus brazos para que no pudiese defenderse mientras yo le heria, dijo con una horrible calma Aben-Humeya.

Dominaba un silencio de horror en los circunstantes.

—¡La prueba! ¡la prueba! gritó fuera de sí Aben-Aboo.

—Es inútil, dijo con autoridad Harum-el-Geniz: ni Aben-Aboo, ni Aben-Humeya han cometido ese asesinato.

—¡Ah! ¿te importa acaso ocultar el nombre de los asesinos, wali de los walies? dijo Aben-Humeya.

—No; pero yo me encontraba aquella noche en la alquería donde moraba mi pobre señor, y sé quién fue el asesino.

—¿Y quién fue? dijo con sarcasmo Aben-Humeya.

—Fue un emisario del rey de España: un bandido italiano llamado Laurenti, que se habia introducido entre nosotros.

Al escuchar el nombre de Laurenti, se estremecieron Aben-Humeya, Aben-Aboo y Angiolina.

Harum tenia razon: el verdadero asesino del emir habia sido Laurenti, puesto que él habia incitado á los jóvenes á aquel asesinato.

—Fue ese miserable que acabo de nombraros: asi me lo reveló bañada en llanto, la sultana Howara, la noble esposa del emir mi señor: la madre de Aben-Aboo.

—¡Oh! ¡mi madre! ¡pobre madre mia! exclamó Aben-Aboo.

—Yo, dijo Harum, juré vengar á mi señor con la muerte de su asesino; un dia Laurenti fue encontrado en la montaña por los monfíes, con una puñalada profunda en un costado, y con su propia daga clavada en la sien izquierda.

Angiolina tembló y se puso mortalmente pálida.

—Le maté yo, como se mata á un perro, añadió Harum, y del mismo modo hubiera muerto á los otros asesinos del emir, si hubiera habido mas que uno. Tengo la evidencia; mas: la prueba, de que ni Aben-Humeya ni Aben-Aboo, han tenido parte en esa muerte.

—¡Oh! ¡mi madre! ¡mi pobre madre, dijo para si Aben-Aboo, ha cubierto el delito horrible de su hijo! infeliz madre mia!

—No se trata, pues, de vengar la muerte del emir, dijo con acento conmovido Harum: el emir está vengado. Aben-Aboo tiene razon; Aben-Humeya lleva su maldad hasta el punto de acusarse de un delito que no ha cometido, para que se le crea, para perder al noble, al valiente Aben-Aboo, acusándole de complicidad en aquel crímen. Afortunadamente estoy yo aqui, y soy un testimonio vivo al que prestareis entera fe, caballeros: ¿no es verdad, que no creeis que Aben-Aboo haya cometido tan odioso crímen?

—¡No! ¡no! ¡no! exclamaron todos.

—Puedes engañar con tu autoridad á los hombres, wali de los walies, ¡pero no puedes engañar á Dios!

—¡Y aun insiste el miserable renegado! exclamó con indignacion Harum: pero tu resistencia es inútil: no venimos aquí á castigarte como asesino del emir de los monfíes: no: venimos á juzgarte como traidor á tu patria: estás en inteligencia con los cristianos.

—¿No os he dicho ya que soy cristiano? exclamó con insolencia Aben-Humeya.

—¿Qué mas quereis oir, caballeros? dijo Farax-Aben-Farax: el miserable confiesa su crímen.

—¿Y por qué no los confiesa todos? exclamó el turco Huscen.

—¿Teneis tambien vosotros de qué acusarme? dijo Aben-Humeya.

—¿Conoces esto? dijo Carcax adelantando fuera de sí de furor y mostrando á Aben-Humeya, la carta en que mandaba al alcaide de Medina de Bombaron, matar alevosamente á los turcos.

Aben-Humeya tomó la carta y la leyó: cuando la hubo leido desapareció la fria calma de su semblante, tembló no de miedo, sino de furor y exclamó arrugando entre sus manos la carta:

—Esta es una infamia horrible. Veo aquí tu mano Aben-Aboo, miserable, que mataste al padre y matas al hermano: tú has comprado á mi secretario, Diego de Arcos, cuya es esta letra, y has fingido esta carta.

—Estamos perdiendo el tiempo, dijo Carcax; este descreido lo negará todo: ¿no es justa su muerte, capitanes y caballeros?

—Si; si; debe morir, gritaron todos. Y como si aquella hubiese sido una señal, el feroz Carcax se arrojó sobre Aben-Humeya.

—¡A mí, esclavos! ¡á mí! ¡ha llegado la hora de la muerte! gritó el turco!: ¡á mi, verdugos!

Y sofocaba entre tanto á Aben-Humeya á quien habia asido por la garganta.

Dos africanos atezados habian aparecido y avanzaban hacia Aben-Humeya: uno de ellos llevaba un cordon en la mano.

Los detalles de la muerte de Aben-Humeya son repugnantes; oigamos cómo refiere esta catástrofe don Diego Hurtado de Mendoza, en su guerra de Granada.

«Ahogáronle dos hombres: uno tirando de una parte y otro de otra de la cuerda, que le cruzaron en la garganta; él mismo se dió la vuelta como le hiciesen menos mal; concertó la ropa; cubrióse el rostro.»

El mismo historiador refiere en otro lugar:

«Saqueáronle la casa; repartiéronse las mujeres, dinero, ropa; desarmaron y robaron la guardia; juntáronse con los capitanes y soldados, y... eligieron á Aben-Aboo por cabeza en público, segun lo habian acordado en secreto.»

La muerte de Aben-Humeya fue la señal de dispersion de los que la habian decretado y ejecutado; los turcos se alejaron con su gente; Farax-Aben-Farax, con sus moriscos y con su nuevo rey Aben-Aboo, que se llevó consigo á Angiolina; Diego Alguacil por su parte se unió de nuevo á María de Rojas, y preveyendo que ninguna buena aventura podia acontecerles en las Alpujarras, pasaron algunos dias despues á Africa, donde se casaron.

Antes de separarse Harum y Angiolina tuvieron este breve diálogo:

—¿Por qué habeis atestiguado que Aben-Humeya y Aben Aboo, eran inocentes de la muerte del emir?

—Necesito que Aben-Aboo confie en mí, contestó Harum.

—¿Y por qué no habeis muerto tambien á Aben-Aboo? dijo Angiolina, ¿acaso no teneis poder para ello?

—¿Se sabe dónde está la hija de mi señor? repuso Harum.

—¡Ah! teneis razon, exclamó con amargura Angiolina.

—Acordaos señora, la dijo Harum, del estado en que habeis visto al infeliz marqués de la Guardia: acordaos de lo que me habeis prometido: Aben-Aboo os ama: fascinadle; emplead toda vuestra astucia, toda vuestra inteligencia: averiguad el paradero de la sultana, y cuando le hayais averiguado, cuando nos hayamos apoderado de ella, entonces... entonces Aben-Aboo, sentirá sobre su cabeza la venganza de los monfíes.

—Os juro, os juro ayudaros, exclamó Angiolina; pero ayudadme vos tambien.

—Os ayudaré, os lo juro, dijo Harum; pero silencio: Aben-Aboo se acerca: salidle al encuentro y empezad á ser un demonio fascinador para él.

Angiolina salió sonriendo al encuentro de Aben-Aboo, y Harum triste, cabizbajo, preocupado, salió de Andarax, llegó á los primeros puestos de los monfíes y mandó tocar á recoger.

Cuando todos estuvieron reunidos los llevó á una rambla distante, y puesto en medio de ellos les dijo:

—Nuestra venganza por el noble emir que hemos perdido, se ha cumplido ya. Aben-Humeya ha muerto.

—¿Y Aben-Aboo? ¿y Aben-Aboo? gritaron acá y allá.

—Aben-Aboo no tardará mucho en caer tambien. Estoy satisfecho de vosotros, hermanos. Nada tenemos que hacer aquí: marchad á vuestros apostaderos y estad dispuestos á la primera señal.

Los monfíes se dividieron en grupos y Harum, con una banda de ellos se internó en la montaña.

CAPITULO XLVII.

Reseña de la continuacion de la guerra de las Alpujarras hasta su terminacion.

Puesto que ya hemos reseñado el principio de aquella guerra, nos parece oportuno para redondear nuestro libro, acabarla de dar á conocer, aunque sumariamente, á nuestros lectores.

Aben-Aboo, fue coronado según la usanza mora, y proclamado bajo el nombre de Muley Abdalá Aben-Aboo.

Pero esta jura y coronacion fue condicional por tres meses mientras venia la confirmacion del título de rey para él, del dey de Argel.

A este efecto envió á Africa Aben-Aboo á un morisco tintorero de Granada, llamado Ben-Daud, con dinero y presentes para captarse la voluntad del dey.

En poco tiempo envió Ben-Daud la aprobacion de Aluch-Alí, pero, previendo los resultados de la guerra, el buen emisario, obrando prudentemente, se quedó por allá.

Recibida la aprobacion del dey se procedió formalmente á la coronacion, poniéndole en la mano derecha una espada desnuda, y en la izquierda un estandarte, corona de oro en la cabeza y manto de púrpura sobre los hombros, y en esto le levantaron en alto por tres veces delante del pueblo y otras tantas gritaron: ¡Dios ensalce al rey de la Andalucía y de Granada, Abdalá Aben-Aboo!

Reconociéronle por su señor todos los pueblos sublebados de las Alpujarras, y todos los capitanes de moriscos, excepto Aben-Mequenum, y Giron el Archidoni.

Nombró walí de los walies ó capitan general, á Gerónimo-el-Melek, y nombró de su consejo, para tenerlos propicios, á los capitanes turcos Carcax y Dalhy.

Otro capitan turco, el Caravaxí, pasó á Africa por gente para reforzar el ejército morisco; y Huscen fue enviado con el mismo objeto de obtener gente y armas, con un presente de cautivos, al dey de Argel.

Creó una guardia de cuatro mil arcabuceros, parte de los cuales debian estar constantemente junto á su persona, y parte rodeando su casa en línea avanzada, y el lugar en que residiese, y vigilar á los que llegasen.

El miedo habia empezado á roer el corazon de Aben-Aboo, hasta el punto de no creerse seguro sino rodeado de un pequeño ejército, escogido entre las taifas de los capitanes que creia mas leales.

Uno de estos capitanes era Harum el Geniz, y la mayor parte de sus arcabuceros monfíes.

De modo que Aben-Aboo, sin saberlo, estaba en medio de sus enemigos y se creia asegurado por ellos.

El primer hecho de Aben-Aboo despues de su proclamacion, fue proveer á Castil de ferro, de armas, artillería y municiones, y á seguida sitió la villa de Orgiva, á cuyo socorro envió don Juan de Austria al duque de Sesa.

Aben-Aboo entonces dividió en dos partes su gente, dejó la una continuando el cerco de Orgiva, y con la otra parte dió sobre las gentes del duque de Sesa, en un lugar que se llamaba entonces Calat-el-Hhajara, (castillo de la peña) y hoy Acequia de las tres peñas, y despues de muchas escaramuzas, las venció matando algunos capitanes y como hasta cuatrocientos soldados, y obligando al duque á ampararse de la noche para recoger su gente y retirarse.

Por otra parte, el capitan Francisco de Medina, abandonó la villa de Orgiva á causa de faltarle municiones y víveres, y ensoberbecido con estos triunfos Aben-Aboo, bajó por Guejar y el Puntal de la Vega, robó ganados, saqueó é incendió la villa de Medina y llegó con su ejército compuesto de monfíes, turcos y moriscos hasta media legua de Granada.

El duque de Sesa por desagravio, cargó sobre la Abuñuelas, las quemó, quemó asimismo á Restaval, Belejy, Dúdar y otros lugares, y tornó á Granada, donde don Juan de Austria se encontraba reformando la infantería.

Era ya al mes de noviembre, y el invierno se presentaba recio.

Por aquel tiempo se alzó la villa de Galera á una legua de Huesca, en tierras de Baza, lugar fuertísimo en el paso de Cartagena al reino de Granada, y no distante del de Valencia.

Defendian á Galera por órden de Aben-Aboo, cien arcabuceros turcos y berberiscos, á las órdenes del Maleh, alcaide de aquel distrito: levantóse asimismo Orce, y todos los lugares del rio de Almanzora (de la Victoria).

Crecia la insolencia de los rebeldes: Aben-Aboo, mostraba ser mas diestro, mas inteligente, mas activo y mas afortunado que lo fue Aben-Humeya; llegó hasta el punto de ponerse sobre la Silla del moro, por la parte de los montes al Sur, amenazando la Alhambra y el barrio del Realejo, aunque de allí no pasaron ni hicieron demostracion alguna, y llegando solo de noche, y retirándose de dia.

Crecia el desasosiego de la ciudad, dábanse guardias y rondas en la puerta de los Molinos, en la de la Antequeruela, en el cerro de los Mártires; se enviaban descubiertas á los lugares de Pinillos y Cenes, cercanos á Güejar donde tenia su campo Aben-Aboo, y todos los dias se tenian noticias de personas y de recuas cogidas por los moriscos á las mismas puertas de la ciudad.

Entre tanto el marqués de los Velez, sitiaba á Galera, con poca artillería, con poca gente y por lo tanto con poco provecho.

Escribió don Juan de Austria á Felipe II quejándose de que le hiciese estar ocioso en Granada cuando esta se encontraba amenazada de cerca por el campo que tenia Aben-Aboo puesto en Güejar, y por otra parte por la resistencia de Galera, que podia dar causa á que la rebelion se extendiera al reino de Valencia; en vista de estas quejas, el rey mandó formar dos campos; uno á cargo de don Juan, que asistido por el marqués de los Velez, el comendador mayor de Castilla y Luis Quijada, hiciese la guerra en el rio Almanzora; y otro bajo el mando del duque de Sesa que debia quedar en las Alpujarras.

Don Juan de Austria marchó bien provisto y pertrechado contra Güejar á 23 de diciembre de 1569, con nueve mil hombres de infantería, seiscientos caballos y ocho piezas de campo. Por la parte alta, esto es, por el mas encumbrado de los dos caminos que hay de Granada á Güejar, fue el mismo don Juan con cinco mil infantes y cuatrocientos caballos; Luis Quijada iba en la vanguardia con dos mil infantes; don García Manrique con el resto de la caballería, y en la retaguardia, con el estandarte real, el resto de la infantería, la artillería y las municiones, Pedro Lopez de Mendoza y don Francisco de Solís.

Pero cuando llegó la expedicion á Güejar hallaron que los moriscos habian abandonado el pueblo, retirándose á las Alpujarras. Solo se encontraron en la trinchera diez ó doce viejos que fueron degollados, ni se vió de los enemigos mas que algunas mujeres y niños, y bagajes cargados, que subian por la sierra resguardados por arcabuceros y ballesteros como en número de ciento, que disparaban, retirándose de breña en breña, estorbando que se les diese alcance. Hubo algunas muertes de una y otra parte; tomáronse cautivos á los enemigos cuarenta personas entre hombres y mujeres, matándoles otros tantos; de los cristianos murieron cuarenta soldados y el capitan Quijada, á quien, siguiendo el alcance dió una pedrada una morisca: entróse al lugar á saco y degüello, y don Juan, reposando poco en victoria tan fácil, se preparó á otra mas aventurada, marchando sobre Galera.

Corrido habia por toda España la fama de la fortaleza de aquella villa, la dificultad de entrarla y lo bien proveida de defensa que se encontraba, y multitud de caballeros de todo el reino, partieron para aquella empresa, no sin disgusto del rey que comprendia claro que era mas de estorbo que de provecho tanta gente allegadiza: enviaron las ciudades nuevas gentes de á pié y de á caballo, y poblacion hubo en que cada cinco vecinos pagaron un soldado que fuera contra Galera.

Esto significa harto claro, que, cuando tales sacrificios se hacian, se daba gran importancia, se juzgaba como de gran consideracion la guerra de las Alpujarras.

Acudieron mas de ciento y veinte banderas con capitanes naturales de los mismos pueblos, y organizada toda esta gente, partió la mitad con el duque de Sesa para las Alpujarras, y la otra mitad con don Juan de Austria contra Galera.

Indignado Aben-Aboo con el desgraciado suceso de Güejar, quiso dar alguna muestra de sí mismo, y envistió, aunque inútilmente, de noche, á Almuñecar y á Salobreña; y viendo el poco efecto de sus esfuerzos y la decision con que era acometido, envió de nuevo emisarios á Argel á pedir socorro.

Entre tanto el marqués de los Velez, perdiendo mas que ganando, continuaba su simulacro de sitio sobre Galera, viéndose con frecuencia obligado á retirarse, y volviendo mas por honra, que por certeza de mejores resultados.

En este lugar nos presenta la historia un diálogo notable que hemos de mostrar, aunque no sea mas que porque da á conocer de lleno, el carácter del marqués de los Velez.

Habiendo salido este á recibir á don Juan de Austria, el jóven príncipe abrazó al viejo soldado y le dijo:

—Marqués ilustre: vuestra fama con mucha razon os engrandece, y atribuyo á buena suerte, haberse ofrecido ocasion de conoceros. Estad cierto que mi autoridad no acortará la vuestra, pues quiero que os entretengais conmigo, y que seais obedecido de toda mi gente, haciéndolo yo mismo como hijo vuestro, acatando vuestro valor y canas, y amparándome en todas ocasiones en vuestros consejos.

A cuyas benévolas palabras contestó el marqués con las siguientes aunque mesuradas, extrañas:

—Yo soy el que mas ha deseado conocer de mi rey un tal hermano, y quien mas ganara de ser soldado de tan alto príncipe; mas si respondo á lo que siempre profesé, irme quiero á mi casa, pues no conviene á mi edad anciana haber de ser cabo de escuadra.

Por lo que se ve, en 1570 á cuyos principios sucedió esta conversacion, los nobles castellanos aun no habian perdido los humos de la edad media; aun se hombreaban con los reyes.

El marqués de los Velez lo hizo como lo dijo: dejó la guerra y se marchó mohino á su casa donde nadie podia disputarle la primacía.

Entre tanto y mientras el duque de Sesa acometiendo la empresa de las Alpujarras, marchaba sobre Orgiva, don Juan de Austria se encaminaba sobre Galera, resuelto ya definitivamente el sitio.

Empezaron las operaciones por la alcazaba alta: se la habia minado y al volar la mina cayó un lienzo de muralla con algunos moros que le defendian; alborotáronse algunos soldados y sin órden para ello, embistieron por entre el humo y el polvo, y fueron tan rudamente rechazados por los enemigos y tal la confusion y el desórden, que el mismo don Juan arremetió en persona y tan de veras, que recibió un balazo en el peto, que aunque no le causó daño, causó sí una gran impresion en cuantos de ello tuvieron noticia, especialmente en su ayo Luis de Quijada, que no se separaba un momento de su persona, que le amaba como un padre y que jamás olvidaba, ni aun cuando por don Juan ponia en peligro su vida, el encarecimiento con que le habia encomendado la guarda de su hijo el gran emperador don Carlos.

Con gran trabajo pudo don Juan recoger la gente, que no escarmentada por el mal suceso, pidió al otro dia que se la llevase al asalto; pero don Juan viendo lo dañoso que aquel asalto seria, mandó hacer dos minas mas y cuando estas volaron, empezó á jugar la artillería y se renovó el asalto, si bien con mas órden, no menos sangriento, y despues de horribles estragos se entró el castillo, y al fin fue tomada Galera.

Don Juan fue rigorosísimo con ella; ya fuese por lo que habia resistido y la gente que habia costado, ya por poner miedo á los otros pueblos levantados: entróla á cuchillo, arrasóla, aróla y la mandó sembrar de sal, como se acostumbraba en aquellos tiempos con las casas de los traidores.

Solo quedó la peña, coronada de escombros humeantes, y la terrible tradicion de las desdichas de Maleh y de su amante Maleka, de la cual hizo Calderon su drama: el Tuzani de las Alpujarras.

En efecto, la toma de Galera, lugar fuertísimo y en el que tenian gran confianza, aterró á los moriscos: Aben-Aboo desalentado no pudo arrojar al duque de Sesa de las Alpujarras y este, sin que los moros osaran á otra cosa que á escaramucear con su gente, llegó á Güejar y de allí pasó á Válor, donde se alojó.

Don Juan, excitado por el duque de Sesa, se volvió sobre las Alpujarras pretendiendo coger á Aben-Aboo, entre su gente y la del duque, y llegó á vista de Seron, donde algunos soldados desvandados, se arrojaron á combatir, sin que nadie pudiera impedirlo, á los moros que encontraron puestos en defensa. Incitados por el ejemplo de estos pocos, fueron uniéndoseles mas, hasta que al fin, contra la voluntad de don Juan, toda la gente de su hueste se movió contra la villa: y aunque vinieron en socorro de Seron los moros de Tíjola, la villa fue entrada al primer embate, saqueada y pasados los que se encontraron dentro á cuchillo; pero esta victoria costó muy cara, tanto por el gran número de cristianos que perecieron en el asalto, como porque, herido malamente de un balazo, murió entre los brazos de don Juan, su ayo Luis de Quijada.

Aben-Aboo, viendo que los cristianos se le habian metido en el corazon de las Alpujarras, repartió su campo y la gente vecinal que llevaba consigo; puso gente en el camino de Granada para evitar que llegasen provisiones al duque de Sesa, y parte á la falda de la Sierra Nevada y al Puntal de la vega para que amenazasen á Granada: quedando él contra el duque, estorvándole los mantenimientos con los cuatro mil arcabuceros de su guardia, y los soldados del duque se vieron obligados á mantenerse con fruta seca, pescado y aceite, que recibian por las marinas, de Málaga.

Llegó el mes de abril: los moriscos si encontraban alguna ventaja en las escaramuzas ligeras, en las sorpresas de convoyes, ó de soldados que pasaban desprevenidos por la montaña, no habia lance algo formal en que no fuesen deshechos y rotos.

Cundia el desaliento.

Don Juan, venida la buena estacion, apretaba sin descanso y procuraba por medio de tratos, la sumision de los moros y la ida á Africa de los turcos.

Hablábase de condiciones pedidas por Aben-Aboo, aunque exorbitantes, y la guerra seguia, aunque embarazada por estos tratos y empeños de avenencia.

Castil de Ferro fue abandonado y ocupado por el marqués de la Fávara y por don Juan de Mendoza: solo se encontraron dentro veinte hombres, entre moriscos viejos, turcos y berberiscos, y diez y siete mujeres, en ocasion que estaban para embarcarse; alguna sidra, veinte quintales de vizcochos y la artillería que estaba en el castillo, mala y poca.

Seguíanse entre tanto tratos de reduccion con Fernando el Habaquí y Felipe II, que se habia acercado á Sevilla y luego á Córdoba; para poder proveer con mas oportunidad á la guerra, pasado el peligro y estando apagado casi el incendio, se tornó á Madrid, remitiendo para allí, la conclusion de las Córtes que poco antes habia convocado.

El mayor peligro quedaba en la Serranía de Ronda: partió para ella de órden de don Juan de Austria, el 20 de mayo, don Antonio de Luna con cuatro mil quinientos infantes y cien caballos que sacó de Ronda; en la primera salida fue rechazado y obligado á volverse á la ciudad: los moriscos de la Serranía, aconsejados por los que habian ido á ellos huidos de las Alpujarras, se concentraron en Sierra Bermeja, y en la del Iztan: tomaron el mar á las espaldas para facilitar los socorros de Berbería, y bajaban hasta las puertas de Ronda, causaban continuas alarmas, robaban los ganados y cautivaban y mataban á los labradores cristianos, no como salteadores, sino como enemigos.

Esto empezó á acontecer cuando Felipe II estaba todavía en Sevilla, y acudió de improviso al remedio, y envió á la Serranía á los duques de Arcos y de Medina Sidonia.

El de Arcos, que tenia mucha parte de sus Estados en la Serranía de Ronda, pretendió reducir á los moriscos; pero estos estaban irritados; mas que irritados, desesperados, y fue necesario recurrir á la fuerza y acometerlos en Sierra Bermeja, en el mismo lugar donde años antes murió á manos del Ferih de Benastepar, don Alonso de Aguilar, uno de los mas esclarecidos parientes del Gran Capitan Gonzalo Fernandez de Córdoba.

Encontraron allí, segun referia Mendoza, «Calaveras de hombres y huesos de caballos amontonados, esparcidos, segun, como y donde habian parado; pedazos de armas, frenos, despojos de jaeces: vieron mas adelante, el fuerte de los enemigos, cuyas señales parecian pocas y bajas y aportilladas; iban los prácticos de la tierra señalando donde habian caido oficiales, capitanes y gente particular: referian donde y cómo se salvaron los que quedaron vivos, y entre ellos el conde de Ureña y don Pedro de Aguilar, hijo mayor de don Alonso de Aguilar: en qué lugar y dónde se retrajo don Alonso y se defendia entre dos peñas; la herida que el Ferih, cabeza de los moros, le dió primero en la cabeza y despues en el pecho, con que cayó; las palabras que le dijo andando á brazos: Yo soy don Alonso de Aguilar; las que el Ferih le respondió cuando le heria: Tú eres don Alonso, mas yo soy el Ferih de Benastepar, y que no fueron tan desdichadas las heridas que dió don Alonso, como las que recibió.... Mandó el general hacer memoria por los muertos y rogaron los soldados que estaban presentes que reposasen en paz, inciertos si rogaban por deudos ó por extraños y esto les acrecentó la ira y el deseo de hallar gente contra quien tomar venganza.»

Ocupó el duque de Arcos el antiguo fuerte reparándole. Vino en este tiempo resolucion del rey don Felipe, que concedia perdon á los moriscos: empezaron á presentarse algunos; pero sin armas y alegando que los que quedaban alzados no se las dejaban traer.

Pero de improviso, un morisco que habia escapado de la Inquisicion y que por temor al castigo no queria reducirse, empezó á excitarles de nuevo, á decirles que se les engañaba, que cuando se hubiesen entregado serian muertos, ó sentenciados por toda su vida á galeras, esclavas sus mujeres, vendidos sus hijos.

Tanto dijo y tanto alborotó, que los de Sierra Bermeja se levantaron de nuevo con mas furia que antes: mataron á los moriscos que trataban en el avenimiento é impidieron por el terror que se sometiesen los que querian hacerlo.

Redújoselos al fin, pero con varias alternativas, con mucha sangre y terribles catástrofes: los restos dispersos de los moriscos se acogian á las breñas, descalzos, hambrientos, miserables; las Alpujarras, el marquesado del Zenete, el rio de Almanzora, y la Serranía de Ronda, estaban ocupados por el ejército vencedor y don Juan de Austria escribia á su hermano el rey don Felipe «que la salida de los moros de todo el reino seria el postrero dia de octubre.»

Quedaban, sin embargo, acá y allá llamaradas del incendio: los labradores cristianos que habian vuelto á sus haciendas, no se atrevian á labrarlas; los caminantes eran robados y muertos, y todos los lugares enteramente de moriscos que no habian dejado las Alpujarras, eran una amenaza muda.

Aben-Aboo andaba de cerro en cerro, con un puñado de parciales llamándose todavía rey.

¿Y qué habian hecho entre tanto los monfíes?

Cejar los primeros en el combate, abandonar los lugares que se les confiaban, ser traidores á los moriscos.

Y Harum-el-Geniz era quien acompañaba siempre á Aben-Aboo.

¿Por qué hacian traicion los monfíes á sus hermanos?

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—¡Ahí teneis al miserable, al traidor, al asesino!

Porque necesitan vengar la muerte de su emir.

Porque no habian muerto á Aben-Aboo, como habian muerto á Aben-Humeya.

Porque ignoraban donde tenia escondida á la sultana Amina, Aben-Aboo.

La guerra habia acabado, Aben-Aboo andaba fugitivo, y sin embargo, ni Angiolina Visconti, ni Harum, que acompañaba siempre á Aben-Aboo, habian logrado descubrir el paradero de la sultana.

CAPITULO XLVIII.

En que se sabe entre otras muchas cosas importantes, de qué muerte murió Aben-Aboo.

El castillo de Vérchul, era, que hoy no es, un punto importante, situado en medio de las Alpujarras. Rodeado de agrias cuestas, asentado como un nido de águila sobre una roca, sin mas acceso que un tortuoso sendero, abierto á pico en una peña, podia casi llamarse inespugnable.

A su pié ramblas profundas, montañas, colinas, formaban un verdadero laberinto, extremadamente selvático, y bravío, y á lo lejos, ya sobre una cresta, ya en la vertiente de un valle, se veia algun lugarejo, algun caserio, alguna choza. Al pié del castillo estaban sobre un barranco sumamente agreste unas profundas cuevas que se llamaban de los Vérchules, y donde, como en un último refugio, se habian concentrado los restos dispersos de los moriscos fugitivos y vencidos.

Allí, hambrienta, desnuda, miserable, aterrada, aquella multitud infeliz, viejos sin hijos, huérfanos sin padres, esposas sin esposo, cuantas miserias humanas pueden concebirse, se agrupaban cubiertas de harapos, estremecidas de miedo, con los ojos fijos siempre en las distantes avenidas temiendo ver asomar por ellas las banderas de los crueles y sanguinarios soldados del rey don Felipe el II.

Pero entre estas gentes no habia un solo monfí, á excepcion del wali de los walies Harum, que no se apartaba sino por breves espacios de Aben-Aboo.

Parecia que á los demás monfíes los habia tragado la tierra.

Fuese porque reposasen en el triunfo, fuese porque creyesen inútil una persecucion de gente miserable y desvandada, ni á los alrededores del castillo de Vérchul, ni en los lugares que desde su altura se divisaban, aparecia un solo cristiano.

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—¡Esta es la justicia de Dios! exclamó Harum; ¡mueres coma has matado!

Pero tambien es cierto que estaba tan devastada aquella demarcacion, tan cortados los caminos que á ella conducian, por los soldados del rey de España, que los pobres moriscos acorralados en aquellas breñas no encontraban para sustentarse mas que raices de árboles, yerbas y reptiles.

De tiempo en tiempo Harum-el-Geniz solia aparecer entre aquellos desgraciados, como una providencia de Dios, con algunos mulos cargados de maiz, de trigo ó de legumbres, que aquellos infelices devoraban en pocos instantes.

Siempre que Harum llevaba uno de estos ineficaces consuelos, les decia:

—Amigos, esto ha costado sangre humana.

Y—Dios te bendiga, wali; exclamaban los míseros: Dios acoja en su misericordia á los que han derramado su sangre por nosotros.

Harum al escuchar estas palabras se volvia de espaldas para ocultar sus lágrimas y murmuraba:

—¡Estaba escrito! ¡oh! ¡si esos miserables no hubieran asesinado al emir!

Entre tanto Aben-Aboo, encerrado en el castillo de Vérchul, acompañado únicamente de Angiolina, de algunos escopeteros, de Harum y de su antiguo esclavo africano Alí, recelaba de todo, atalayaba por sí mismo los caminos, temiendo ser sorprendido, y velaba de noche por los adarves como un alma en pena.

Habia enviado á algunos de sus parientes á Africa en demanda de nuevos socorros, los esperaba con esa tenacidad con que confian en su fortuna los ambiciosos y esperanzado en estos socorros, se negaba de todo punto á someterse al perdon prometido por el rey á los moriscos que depusieran las armas.

Rey en sueños, haciasele duro el despertar: sus remordimientos, entre tanto, le obligaban á buscar el olvido en la embriaguez.

Porque los remordimientos se habian dejado oir al fin en aquella alma que todo lo habia arrostrado por la ambicion. Mientras se encontró entre el ruido de las armas, en medio de sus gentes, que seguian al combate su bandera y se batian con fe y con entusiasmo, la continua actividad, el interés siempre vivo de nuevas empresas, el ansia del mando supremo asegurado por la victoria, le habian distraido, mejor dicho: le habian embriagado hasta el punto de que nada veia mas que el dosel rojo de un trono levantado en la cámara de Embajadores de la Alhambra; pero cuando en el solitario y silencioso castillo de Vérchul, se encontró una noche y otra, velando receloso por sí mismo, bajo un firmamento opaco, reflejando en sus pupilas escandencidas por la fiebre la misteriosa luz de las estrellas, solo consigo mismo en presencia de la inmensidad muda, bajo la mirada de Dios, un frio de terror empezó á circular por sus huesos: muy pronto sus ojos de loco no vieron ya un firmamento sombrío; vieron mas que eso: millares de fantasmas que se agitaban, que hervian en aquel firmamento y que arrojaban una lluvia de sangre sobre su cabeza: estremecióle el zumbido del viento entre las almenas, creyendo escuchar en él quejas humanas, alaridos de rabia, gritos de agonía, imprecaciones, amenazas. Parecíale oir en un eco muy lejano, entre el silencio, la voz del emir de los monfíes, que exclamaba:

—¡Parricida! ¡maldito seas!

Otra, la de Aben-Humeya, que rugia:

—¡Ay de tí, fratricida!

Otra, la de su madre que exclamaba:

—¡Menguada fue la hora en que te concebí!

Otra, en fin, la de Amina, que llorando le decia:

—¡Qué has hecho de mi padre, asesino! ¡qué has hecho de mi esposo y de mi hija!

Y cuando huyendo de estas voces se precipitaba por las escaleras de los adarves, y se perdia en la profunda penumbra de los muros, pareciale ver deslizarse delante de él como pretendiendo precederle, llevarle, á un lugar de juicio supremo, los espectros de su padre, de su hermano y del marqués de la Guardia (porque Aben-Aboo creia que el marqués de la Guardia habia muerto) envueltos en sudarios rojos.

Entonces, erizados los cabellos de espanto, pálido, trémulo, cubierto de un sudor frio, penetraba en la cámara, donde sufriendo un largo, doloroso é inútil martirio, dormitaba Angiolina y exclama:

—¡Vino! ¡adorada de mi alma! ¡dame vino! ¡necesito embriagarme, dormir entre tus brazos, olvidar! ¿No oyes que quiero olvidar, ó tú tambien me haces traicion?

Y entonces Angiolina, grave, lenta, silenciosa, se levantaba, llenaba de vino un cáliz que servia de copa á Aben-Aboo y se le servia.

Aben-Aboo apuraba el vino de un trago, y pedia mas, mas, porque su miedo no desaparecia sino con la embriaguez, y se arrojaba entre los brazos de Angiolina, que cumplia heróicamente su palabra empeñada á Harum-el-Geniz, de procurar saber, á costa del último de los sacrificios que podian exigírsela, el paradero de Amina.

En vano habia apurado cuantos recursos encontró su astucia: en vano habia tendido hábiles lazos á Aben-Aboo: nada habia podido descubrir: ó Aben-Aboo ignoraba lo que habia sido de Amina, ó el recelo le hacia ser prudente aun en sus momentos de embriaguez.

Al fin Angiolina se vió obligada á guardar silencio acerca de Amina á consecuencia del siguiente diálogo que tuvo con Aben-Aboo.

—¿Qué te importa, le dijo, lo que haya sido de esa mujer?

—Tengo un gran interés, dijo con acento profundo Angiolina.

—¡Un gran interés! repuso Aben-Aboo, lanzando sobre la veneciana una mirada friamente investigadora: ¡Ah! ¡sí, es verdad! tú amabas al marqués de la Guardia, y acaso le amas aun, á pesar de que sabes por mi boca que ha muerto.... y de una manera singular: como que le ha matado la misma tierra que le sirve de sepultura.

—¿Y qué me importa el marqués de la Guardia? repuso Angiolina: ¿acaso no tuve bastantes razones para olvidarle, para despreciarle? ¿puede amar una mujer como yo á un hombre que la pospone á otra? No, la sultana Amina me interesa, no por el marqués á quien Dios perdone, como yo le he perdonado, sino por tí.

—¿Por mí?

—Si ciertamente: ¿no te amo yo?

—Escucha, Angiolina, dijo profundamente Aben-Aboo: soy jóven: criado en la montaña, pensando siempre en la corona que estoy á punto de perder ó ganar decisivamente, las mujeres no habian hablado á mi corazon. Pero te ví, y no sé qué destino incomprensible, poderoso, arrastró mi alma y la impulsó á unirse á la tuya. Te tuve á mi lado, al lado de mi madre en Cádiar: creí tus palabras de amor, y cuando por una imprevision mia fuiste á dar en manos de Aben-Humeya, sentí lo que nunca habia sentido por una mujer: la rabia de los zelos: tú acaso fuiste una de las causas mas poderosas de la muerte de Aben-Humeya.

—Pero tú sabes que Aben-Humeya me amó en vano....

—He querido creerte, porque necesitaba creerte; pero cuando me abriste tus brazos por primera vez, cuando los rodeaste á mi cuello, sabes lo que sentí...

—Tú te llamabas en aquellos momentos el mas dichoso de los hombres.

—Y lo era, en efecto, porque tu hermosura me enloquece, porque tu mirada conmueve mi alma, como no la han conmovido jamás las incertidumbres de mi triunfo y los azares de la guerra. ¿Pero sabes lo que sentia yo en el fondo de mi razon, como esclareciéndola, como pretendiendo dominar mi delirio? pues bien, escuchaba una voz que me decia:—«Los brazos de esa mujer no son los dulces lazos del amor que ansías, son una serpiente que pretende ahogarte.» Y cuando este recuerdo, cuando este recelo me asalta en medio de tus caricias; cuando pretendes averiguar el paradero de la sultana Amina, un pensamiento terrible pasa por mi cabeza.

—¿Y qué pensamiento es ese que te inspira tu delirio?

—El de ahogarte antes de que me ahogues tú.

Sonrió lánguidamente Angiolina y repuso:

—Ni yo te ahogaré, porque te amo, ni el amor que sientes por mí te permitiria ahogarme. ¡Oh! ¡no! tus recelos pueden menos que tu amor. Tú, si pones la bandera del Profeta sobre las alcazabas de Granada, me llamarás tu sultana, tu adorada sultana.

—Pero esa tenacidad en nombrarme á Amina....

—¡Tengo zelos!

—¡Zelos!

—Ella es una sultana poderosa.

Sonrió sesgadamente Aben-Aboo.

—¿Y dónde están los monfíes? ¿qué se han hecho esos valientes? pregunta á Harum-el-Geniz, el wali de los walies de esos moros y él te contestará:—«Han sido vencidos, dispersados: los unos se han acogido á la clemencia del rey de España, los otros han pasado á Africa y los que quedan aquí vagan sueltos por la montaña sin obedecer á capitan alguno? ¡La poderosa sultana! ¿Dónde está su alcazar tan maravilloso de que nos hablaban? el paraiso escondido del emir de los monfíes? Sueño, sueño todo, como la hermosa sultana Amina; como la misteriosa dama blanca de la montaña.

—¡Sueño! ¿pretenderás hacerme creer que la hija del emir, la sultana Amina, ó doña Esperanza, la orgullosa, duquesa de la Jarilla, ha sido un sueño?

—Como un sueño ha pasado, repuso Aben-Aboo.

—¡Que ha pasado!

—Si; ha muerto: ha muerto de hambre....

—¡De hambre!

—Si; yo.... por recelo de que los monfíes me vendiesen.... porque yo siempre he desconfiado de ellos, pretendí tener en rehenes á la sultana Amina, y la guardé en una cueva.... no importa dónde. Yo mismo iba á llevarla la comida, las ropas.... pero los cristianos me arrojaron de repente del lugar donde se encontraba encerrada la sultana.... yo en verdad nunca habia pensado en matarla; pero pasaron muchos dias antes de que yo volviera á apoderarme del lugar donde habia quedado abandonada; cuando fuí en su busca la encontré muerta.

—¡Muerta!

—Si; muerta de hambre.

Angiolina calló dominada por el horror. La habia revelado Aben-Aboo de una manera tan segura la muerte de Amina, que no se atrevió á dudar de ella.

—Lléname otra vez la copa, dijo Aben-Aboo.

Angiolina le sirvió la copa de nuevo.

—Cuando vengan los refuerzos de Africa, dijo Aben-Aboo, que empezaba á embriagarse, será distinto, amada mia: no estaremos en este triste castillo, cercados, atajados los caminos por los cristianos, ni nos veremos obligados á pasar la noche en vela. Dame mas vino: necesito embriagarme para tener paciencia.

Angiolina presentó otra vez la copa á Aben-Aboo. Este acabó de embriagarse completamente, cayendo en un estado en que nunca le habia visto Angiolina.

—¡Oh! dijo esta: duerme, y duerme de una manera profunda: yo no estoy segura de las intenciones de este hombre. Creo que obra con doblez respecto á mí y á Harum-el-Geniz. Acaso, acaso, seria prudente deshacernos de él. Pero si esa mujer que me propuse devolver al marqués de la Guardia no hubiese muerto... si muerto Aben-Aboo, no pudiese descubrirse el lugar donde la tiene acaso oculta. ¡Oh! ¡Dios mio! ¡Dios mio! ¡iluminadme!

Angiolina se sentó en el divan donde dormia Aben-Aboo, y apoyó su cabeza pensativa en sus manos.

—Todas las noches, dijo Angiolina recordando, Aben-Aboo sale de sus habitaciones por una pequena puerta de hierro, que está al fin de una galería. Luego cierra, y cuando vuelve, torna á cerrar y guarda cuidadosamente la llave entre sus ropas: si yo me atreviese...

Angiolina se inclinó sobre Aben-Aboo y contempló su semblante con una atencion profunda: Aben-Aboo dormia intensamente; le movió y no despertó: entonces cerró la puerta de la cámara, para evitar ser vista, se acercó rápidamente á Aben-Aboo, palpó sus ropas, y encontró bajo de ellas una llave y una cartera.

Guardó la llave y se acercó á la luz y abrió temblando de impaciencia la cartera.

Encontró dentro algunas cartas que la desesperaron porque estaban escritas en árabe; pero entre ellas encontró una sola que estaba escrita en castellano. Angiolina dió un grito de alegría. Al pié de aquella carta se leia como firma: Esperanza de Cárdenas.

—¡Es de ella! exclamó: pero esta carta no es una prueba de que vive: esta carta puede haber sido escrita hace mucho tiempo: veamos.

Y leyó lo siguiente:

«Al ver la manera con que obrais conmigo, vos mi pariente, vos que tanto debeis á mi padre, no sé lo que pensar de vos. El estado en que me encuentro es insoportable; lo que me haceis sufrir es tanto que temo volverme loca. ¿Temeis acaso que mi esposo pueda haceros sombra protegido por mi padre? Os engañais. Ni mi esposo ni yo renegaremos de Dios. Os lo he dicho una y otra vez. Os lo dije cuando hace tres dias me vísteis, ¿por qué no habeis vuelto? vuestro esclavo, me ha asegurado, y no lo creo, porque no sois miserable, que vos no me restituireis la libertad sino cuando os revele el lugar donde se encuentra el alcázar subterráneo de mi padre, en el cual creis encontrar inmensos tesoros. Yo dudo que por tal motivo me tengais sepultada viva, llorando, presa de la incertidumbre mas cruel: ignoro la suerte de mi padre, la de mi esposo, la de mi hija. No sé si han muerto ó si viven, pues aunque vos me asegurais de que nada tengo que temer por ellos, no os creo. Vuestro esclavo me ha dicho que sois rey de las Alpujarras. ¿Y cómo lo sois si vive Aben-Humeya, si vive mi padre? ¿y si no viven, cómo han muerto? Desesperada por no veros, he pedido á Alí, que os suplique de mi parte que vengais á verme, y me ha contestado que estais ausente: entonces le he pedido que me traiga con qué escribiros, y lo ha hecho y os escribo. Si yo nada tuviese en el mundo, sino fuese por el amor de los mios nada os diria; moriria sin suplicaros: pero el que ama no puede ser altivo. Venid, venid, y oidme: concluyamos de una vez: ya no puedo sufrir mas: si no habeis de devolverme á los mios, matadme: al menos descansaré: pero no me hagais apurar este horroroso martirio. Soy hija, soy esposa, soy madre: vos no me amais, no teneis disculpa de vuestra horrible conducta. Volvedme á los mios y nada temais porque los mios os perdonaran.—De mi tumba á 10 de marzo de 1571.—Esperanza de Cárdenas.»

—¡Ah! exclamó Angiolina, ¡no ha muerto! ¡no! ¡ese miserable me ha engañado: esta carta ha sido escrita hace tres dias: estamos á 13: si, no hay duda; durante estos tres dias, Alí ha recibido de Aben-Aboo esta llave y ha salido por la puerta de hierro de la galería: despues de algun tiempo de ausencia ha devuelto esta llave á Aben-Aboo. Pretender seducir á Alí, es un delirio: sirve á su amo con cuerpo y alma. Pues bien: esta llave está en mi poder. Aprovechemos el tiempo: veamos.

Y Angiolina salió de la cámara, se aventuró por un laberinto de estrechos corredores, llegó al extremo de uno delante de una puerta de hierro, y puso la llave en su cerradura.

La puerta se abrió y Angiolina tornándola á cerrar, alumbrándose con la lámpara que habia tomado de la cámara de Aben-Aboo, empezó á descender por una estrecha escalera de ojo.

Apenas habia cerrado Angiolina la puerta, cuando por la otra parte un hombre atlético, que se alumbraba con una linterna, llegó á la puerta y la golpeó furioso.

—¡Ah! exclamó: estas malditas visiones que mi señor me ha metido en la cabeza, me han hecho creer que esa mujer era un fantasma, y he tenido miedo, pero no: es ella, es doña Angélica; la he reconocido al volverse para cerrar la puerta. El señor no puede haberla dado esa llave. Me hubiera avisado.

Y Alí partió desalado á la cámara de su señor.

—¡Ah! ¡está borracho! ¡aletargado! gritó con rabia Alí: yo tengo una yerba que sirve para disipar la embriaguez; yerba que me ha servido para que nadie pueda notar que he bebido vino contra la ley: pero mientras voy por ella; mientras esprimo su zumo... ¡oh! y es preciso... preciso de todo punto.

Alí salió y permaneció fuera algun tiempo.

Cuando tornó traia en la mano una copa: cogió la cabeza de Aben-Aboo, le abrió la boca y derramó en ella parte del líquido que la copa contenia, poco despues, y como por un efecto mágico, Aben-Aboo despertó y volvió en sí de una manera completa.

—¡Oh! ¡qué horrible dolor en las sienes! exclamó.

—Os han embriagado señor, y ha sido preciso que yo me valga de unas yerbas para haceros volver en vos.

—¿Y quién te ha mandado eso? dijo con enojo Aben-Aboo. ¿Por qué no me has dejado dormir?

—Una sola palabra, señor; dijo Alí: ¿habeis dado á doña Angélica la llave de la puerta de las cuevas del castillo?

—No; dijo Aben-Aboo: tú estás soñando Alí.

—Doña Angélica ha entrado hace media hora por esa puerta.

—¡Doña Angélica! exclamó Aben-Aboo todo trémulo buscando la llave entre sus ropas. ¡Oh! me ha robado la llave. Esa mujer está zelosa de Amina. Esa mujer es terrible: será capaz de matarla y no nos conviene que la sultana muera.

Aben-Aboo se equivocaba, como ven nuestros lectores, respecto á las intenciones de Angiolina.

—Pronto, pronto, exclamó lanzándose á la puerta.

Pero de repente se detuvo: habia sonado fuera de los muros una corneta en un toque particular.

Aquel toque se repitió tres veces.

—Algo terrible sucede: algo que nos importa mas que esas dos mujeres: es mi secretario Bernardino Abu-Amer: suceda lo que quiera á la sultana, abre antes á Abu-Amer: sepamos qué noticias nos trae: que esten preparados los escopeteros que nos quedan.

Alí salió deshalado.

Poco despues entró con un morisco viejo, pero robusto, enérgico, que le dijo alentando apenas:

—Sálvate, señor: sálvate por las minas: ¡te hacen traicion!

—¿Y quién me hace traicion?

—Harum-el-Geniz.

—¡Oh! ¡imposible!

—Lo sé: lo he visto con mis ojos; lo he escuchado con mis oidos.

—¿Y qué has visto? ¿qué has escuchado?

Notes in this chapter

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