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Los monfíes de las Alpujarras

TERCERA PARTE. LA REBELION. (continued 3)

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Limitóse, pues, la Inquisicion, á garantir el lugar calumniado de todo acto contrario á la religion, bendiciéndole y gastando en él una caldereta de agua bendita, y celosa de que en su jurisdiccion no hubiese lugar manchado con fama tan nefanda, condenó con terribles censuras, excomuniones y castigos á todo el que se atreviese á llamar de allí en adelante á aquella colina el Panderete de las brujas. A pesar de esto, el vulgo siguió en su tema, creyó únicamente que el diablo se habia burlado de la Inquisicion, y siguió, aunque recatadamente y en voz baja, dando su nombre maldito á la colina, nombre que se ha conservado por tradicion hasta nuestros dias; puesto que aquel lugar se llama hoy y se llamará mañana, y probablemente pasado mañana tambien, el Panderete de las brujas.

Conocido el lugar de la escena, sus antecedentes y la razon de su nombre, volvamos al embozado.

Sostenido por el orgullo mas que por el valor adelantó hácia la casa arruinada á cuya puerta desguarnecida se agrupaban los veinte y tres fantasmas que le habian precedido hasta allí; se detuvo á alguna distancia de ellos y dijo con voz serena:

—Ignoro quiénes sois y vuestras intenciones; pero aquí me llama un empeño, y no veo á la persona que busco. Está acaso en esas ruinas.

—Pasad, poderoso señor, dijo uno de aquellos hombres haciendo al mismo tiempo señal á sus compañeros que abrieron una estrecha calle.

El embozado pasó y se encontró en un espacio lóbregamente oscuro.

No sabiendo á dónde encaminarse se detuvo.

—Seguid, seguid adelante, señor, dijo uno de los hombres que estaban á la puerta, y cuando hayais andado diez pasos volved á vuestra diestra mano.

El incógnito siguió forzando su valor artificial por decirlo asi; á los diez pasos se volvió á la derecha y vió al fin de una galeria, el resplandor de la luna que iluminaba de lleno un patio cubierto de escombros, en medio de los cuales se levantaba una sombra blanca de mujer, de pié é inmovil; mas allá todo era sombra y aquella forma gentil, se destacaba sobre ella, con el mismo prestigio fantástico que si hubiera tenido tras sí la eternidad.

El embozado adelantó con el corazon violentamente agitado; la Dama de la montaña, porque sin duda era ella, se le presentaba de la manera mas extraña del mundo.

El incógnito adelantó hácia la sombra y se detuvo al entrar en el patio.

—Acercaos, don Fernando, acercaos, dijo con una voz sonora, grave y afectuosa la mujer vestida de blanco; estais haciendo esperar á una dama.

—Perdonad, dijo don Fernando, adelantando mas y descubriéndose con suma galantería, accion que dejó ver á la luz de la luna que su frente era noble y altiva: perdonad; pero la situacion en que me encuentro...

—Cubríos, don Fernando, y sentaos: necesitamos hablar durante un largo espacio y no es justo ni quiero, que sufrais al descubierto el frio de la noche ni que os fatigueis.

Y señaló á don Fernando el brocal de un pozo cegado, sentándose al mismo tiempo en el.

Don Fernando fue perdiendo poco á poco su terror; y es que es muy difícil sentir terror junto á una buena moza. Lo era la encubierta (y decimos la encubierta porque tenia sobre el rostro un antifaz de seda blanco) de una manera exagerada. El celoso antifaz no impedia que se viesen su boca, su barba y su cuello; cada una de estas partes era perfecta, y de una morbidez incitante: anchos y redondos sus hombros, alto y puro en las formas su seno, sobre el que descansaba uno como amuleto, pendiente de un collar que, sin duda por un contraste caprichoso, era negro como el ébano; esbelto y gentil su talle, del cual descendia en ancha plegadura, la flotante y vaporosa falda de brocado blanco, larga hasta tocar sobradamente el suelo: sus manos eran manos de dama, y la parte de sus brazos que se veia entre una nube de encages de Flandes habian logrado fijar las miradas de don Fernando á pesar de lo extraño de la aventura.

Se nos olvidaba decir que á través de las dos averturas del antifaz, brillaban dos ojos negros y de enorme tamaño, fijos de una manera tenaz y profunda en don Fernando, y que, escapados sin duda de entre la toquilla y el antifaz, se veian algunos rizos sedosos, pesados brillantes y negrisimos.

De aquella mujer se exhalaban á mas que su natural perfume, los que estaban de moda en aquel tiempo entre las damas, lo que sino podia tomarse como indicio de su alto linaje, bastaba á demostrar que aquella mujer estaba muy sobre el vulgo, y que nada tenia de alma del otro mundo.

A esto podria contestársenos que nadie mejor que el diablo, cuya mas grata ocupacion es tentar á los mortales, podia tomar las formas de una mujer tentadora, por hermosa, por rica y por galana. Pero nosotros creemos que á ellas para ser diablos las basta ser mujeres y que de todo es capaz el Arcángel rebelde menos de convertirse por un solo momento en mujer.

—Sé, y por ello os disculpo, don Fernando, dijo la Dama blanca cuando se hubieron sentado, qué cosas os han sucedido hoy, despues de concertada nuestra vista, que os obligan á recataros y á huir de la luz del dia.

—Sabeis...

—Si, sé por ejemplo, que esta mañana por descuido ó por intencion os entrásteis en el cabildo con la daga en la cintura.

—¿Y quién os lo ha dicho señora?

—¡Bah! ¿acaso no lo sabe todo el mundo en Granada? Nadie ha extrañado el suceso: se os conoce, por altivo y valiente, y se comprende bien que cuando otro regidor os advirtió de vuestro olvido le contestáseis de una manera violenta.

—Se me acusaba de una falta que no habia cometido.

—Es costumbre, segun dicen, que los veinticuatros, antes de entrar en cabildo, dejen á la puerta sus armas.

—Yo tengo privilegios...

—Que alegásteis con demasiada dureza.

—Eso podrá decir el corregidor que se atrevió á llamarme desleal y á mandar que me llevasen preso.

—El corregidor, vasallo fidelísimo de su magestad el rey de España é Indias, tiene motivos para llamaros traidor. El presidente Deza ha podido decir, por ejemplo, que andais en conspiraciones, que alentais á los moriscos para que se rebelen...

—¿Y quién ha dicho eso al presidente...? su nombre señora si lo sabeis... el nombre del traidor.

—Se lo he dicho yo...

—¿Vos...?

—Yo precisamente no, pero sí un escrito mio, en que le recordaba vuestras continuas denuncias á las Alpujarras...

—En ellas está mi señorio de Válor.

—Sin embargo le hice reparar en lo mucho que favorecíais á los moriscos: que de contínuo recibiais visitas recatadas de Bartolomé de Barredo, de Diego Alguacil, de los principales promovedores de motines que tiene Granada...

—¡Ah! ¡Diego Alguacil os lo ha revelado todo!

—Para contestaros será necesario que me contesteis á la pregunta que voy á haceros. ¿Sabeis quién soy?

—Diego Alguacil me ha dado cita para esta noche á este sitio á nombre de la Dama blanca de la montaña.

—¿Y sabeis quién es la Dama blanca de la montaña?

—¿Lo sabe alguien señora? dijo con anhelo don Fernando. ¿Sabe alguien acaso si la aparicion divina que hace algunos meses y con mucha frecuencia, recorre las montañas de Cádiar, ya bajo la blanda luz del alba, ya bajo los plateados rayos de la luna, es un espíritu ó una realidad, la sombra de la sultana Zoraya como creen muchos, ó Amina, la hermosísima hija de mi noble tio el emir de los monfíes de las Alpujarras, Yaye-ebn-Al-Hhamar? ¿Conoce alguien al emir?

Su brazo se siente, pero su rostro no se ve. ¿Conoce alguien á mi prima Amina?

Dicen que es hermosa como un lucero y pura como el sol.

—¿Y quién os ha dicho eso?

—Algunas veces he ido á la montaña á ponerme al paso de la Dama blanca á vuestro paso señora; siempre me ha detenido un monfí: «no paseis adelante» me ha dicho y cuando le he preguntado quién era esa Dama blanca me ha dicho: «Esa dama es la niebla.»

La Dama blanca se echó á reir.

—¿Os reís? exclamó picado don Fernando.

—Me rio porque los monfíes son ingeniosos. En efecto la niebla por la mañana y por la noche, vista de lejos orlando las cumbres de las montañas puede tomar formas muy caprichosas: puede parecer ya una dama ya un monstruo. ¿No creeis que el vulgo es muy propenso á dar forma y nombre á lo que al acercarnos á ello desaparece?

—Pero el vulgo, respecto á vos no se ha engañado, porque os tengo delante de mí, con vuestra divina apostura, y vuestras vestiduras de sultana.

—Podía haberse engañado el vulgo.

—¡Ah y cuanto me ha hecho sufrir esa blanca aparicion!... porque yo preguntaba siempre que un monfí me detenia: «¿es por acaso esa dama la hija de vuestro emir?» y el monfí me contestaba: «bien pudiera serlo, porque la sultana Amina, segun dicen los que la conocen, es hermosa como una huri.» Y siempre que el monfí decia esto, suspiraba, porque teneis el privilegio de ser amada antes de ser conocida.

—Segun eso, ¿creeis que yo sea la sultana Amina?

—Lo creo, señora, lo creo, porque me lo está diciendo á voces el corazon.

—Pues bien, no os engañais, yo soy vuestra prima Amina, la hija del emir Yaye-ebn-Al-Hhamar, la sultana de los monfíes de las Alpujarras.

—¿Y para qué me habeis llamado? exclamó alentando apenas don Fernando.

—Mi padre, que tiene muchos motivos para ser severo con vos, no ha querido hablaros, y me envia á vos como intermediaria.

—¡Ah!

—Sí, es preciso que sepamos si podeis ser proclamado rey de Granada.

—Los moriscos me elegiran esta misma noche por su rey, dijo con un acento impaciente y un tanto duro don Fernando: hay una profecía...

—Sí, sí, sabemos la superchería de que se ha valido vuestro tio Aben-Jahuar el Zaquer, comprando á cierto faquí embustero, que pasa por santo entre los moriscos de Granada, á fin de haceros triunfar de las pretensiones que tiene á la corona de Granada nuestro primo Aben-Aboo, lo sabemos todo: mi padre está enojado con vos por vuestra conducta licenciosa, pero os ama, del mismo modo que ama á Aben-Aboo; al fin y al cabo entrambos sois sus parientes. Mi padre, pues, ha dejado correr los sucesos, pero como la rebelion de los moriscos de Granada no puede hacerse sin la ayuda de los monfíes de las Alpujarras, como sin esa rebelion ninguna esperanza tendriais de ser rey, como mi padre el emir no tiene mas descendiente que yo... una mujer...

—¿Ha pensado tal vez en ceñirme una doble corona dándome la del amor al hacerme vuestro esposo?

—Eso no puede ser, primo, contestó dulcemente Amina.

—¡Ah! no me amais.

—Ni puedo amaros.

—¿Que no podeis amarme....?

—No, porque soy casada.

—¡Casada! exclamó con asombro don Fernando. ¡Casada! ¿y con quien?

—¿Qué os importa eso? ¿No sois vos tambien casado?

—Pero casado con una cristiana á quien puedo repudiar.

—¡Repudiar á la pobre Isabel, á la madre de vuestro hijo!

—Los reyes prima.....

—¡Aun no sois rey y ya quereis cometer los crímenes de los reyes!

—¡Ah! vos que os habeis casado sin duda con algun poderoso príncipe musulman, vos que en todo habeis sido afortunada...

—¡Ah! que he sido afortunada en todo. Pedid á Dios, primo, que vuestro corazon no vierta el llanto de sangre que ya ha vertido el mio; pedid á Dios que os haga mas venturoso de lo que yo he sido. ¡Casada con un príncipe musulman! Si tal fuere mi esposo, ¿seriais vos rey de Granada?

—Y si nuestro casamiento es imposible, dijo con una cólera mal encubierta don Fernando, ¿para qué me habeis llamado, señora?

—Si nuestro casamiento es imposible, no es imposible el de nuestros hijos.

Don Fernando marchaba de sorpresa en sorpresa.

—¡El de nuestros hijos! exclamó.

—Si, de la misma manera que vos teneis un hijo, yo tengo una hija.

—Explicaos, explicaos mejor, señora.

—Voy á explicarme. Pero primero quiero haceros algunas preguntas. ¿Sabeis de quien desciendo?

—Dícese que descendeis de Boabdil.

—¡Oh! no ha querido Dios que yo descienda de traidores. Si en vez de ocupar el trono de Granada Boabdil, cuando la acometieron los reyes de Castilla y Aragon, le hubiera ocupado mi padre, Granada no seria esclava de los cristianos, sino la poderosa reina de Occidente, altiva con su poder y su hermosura.

—¿Quienes han sido, pues, vuestros abuelos? dijo con cierto sarcasmo don Fernando.

—Mi sangre viene de las sangres mas ilustres del mundo. Oid. Cuando Granada era todavía una ciudad musulmana, el rey Abul-Hacem, el viejo, prendió en la frontera á una doncella. Aquella doncella era hija bastarda del condestable de Castilla, el poderoso, el invencible don Alvaro de Luna. Despues de la desastrada muerte de aquel magnate, su hija bastarda, habida en una judia, doña Judid de Sotomayor, en fin, fue cautivada por los ginetes del rey Muley-Hacem, y conducida á una torre de la Alhambra. Aquella torre se llamó desde entonces la torre de la cautiva. Vió el rey á la castellana, se enamoró de ella, y fuese por amor ó por violencia, doña Judid fue suya. Un año despues, la cautiva murió dando á luz un niño. Aquel niño fue años adelante, el caudillo mas valiente de Granada, porque aquel niño, que tenia en sus venas la valiente sangre de dos héroes, se llamó el emir Muza-ebn-Abil-Guzan, hermano bastardo del rey Boabdil. ¿Y sabeis don Fernando lo que se hizo del emir Muza, despues de la conquista de Granada?

—Los historiadores moros, dicen, que no queriendo ser testigo de la deshonra y de la destruccion de su patria, desapareció antes de la rendicion de Granada, y añaden que no se volvió á saber de él.

—Es verdad, Muza desapareció, pero seguido de sus valientes ginetes y de sus esclavos, se ocultó en las montañas de las Alpujarras desconocido para todo el mundo, y fue el primer emir de los monfíes. Sabeis ya mi ascendencia paterna, oid mi ascendencia materna: mi madre era hija del rey del desierto de Méjico, descendiente de los ascendientes del emperador Motezuma.

—¡Ah! no puede negarse que vuestra descendencia es ilustre; pero, ¿por qué no vanagloriaros tambien de que vuestro abuelo era hermano de mi abuelo? ¿por qué no decir con orgullo que teneis sangre de los Abderramanes?

—Sabéislo vos que sois mi pariente, y con vos estoy hablando. Ahora bien, el derecho de mi padre al trono de Granada, es incontestable.

—¿Y por qué no le reclama? dijo con altivez don Fernando.

—Mi padre quiere robustecer con la alianza al pueblo moro de Granada, en vez de debilitarle con la desunion. Mi padre renuncia en vos todos sus derechos, pero con algunas condiciones.

—¿Y esas condiciones?

—Estan escritas en este pergamino, firmadas y selladas por mi padre.

—Pero es imposible leer: la luz de la luna no basta.

—Tendremos cuanto hayamos menester: seguidme.

Amina se levantó, y se encaminó con paso seguro por el oscurísimo espacio que poco antes tenia á sus espaldas: don Fernando la siguió: poco despues, Amina empujó una puerta, y se encontraron en un aposento ennegrecido y ruinoso. En el centro de él, habia una mesa con tapete, sobre la que se veian dos bujias, y un tintero de plata: á uno y otro lado de la mesa habia un sillon. Sentóse en uno de ellos Amina y en el otro don Fernando.

—Véamos esas condiciones, dijo este.

—Esperad un momento: quiero cortaros toda evasiva, demostrándoos que sois casado con Isabel de Rojas, y que teneis de ella un hijo que se llama Ben-Yaschem.

—Hablad: quiero probar si vuestro padre está bien informado.

—Mi padre sabe todo lo que le conviene saber, primo. Vais, pues, á juzgar: vuestro padre, mucho tiempo antes de que vos nacíeseis, fue preso por el capitan general de Granada; esto hace mas de veintidos años. Durante la prision de vuestro padre, os dió á luz vuestra madre doña Elvira de Céspedes: acusado vuestro padre de la muerte de su cuñado Miguel Lopez, esposo de vuestra tia doña Isabel de Válor, y padre de nuestro primo Aben-Aboo, murió en la prision á que habia sido condenado de por vida.

—Mi padre fue víctima de una traicion oscura, exclamó con calor don Fernando; y ¡ay del traidor si alguna vez llego á descubrirle! ¡ay de su sangre!

—En efecto, hay mucho de misterioso en algunos sucesos de nuestra familia, misterios que mi padre no ha podido descubrir á pesar de su poder. La verdad del caso es, que vuestra madre os amaba demasiado para daros una buena crianza, y que vuestro tio don Fernando de Válor, que ahora lleva el nombre de Aben-Jahuar, os pervirtió desde vuestros primeros años. A los catorce, perdonad lo que voy á deciros primo, á los catorce años erais ya un pequeño libertino. Por entonces conocísteis en el Albaicin una doncella que tenia vuestra misma edad, os enamoráisteis de ella, y ella se enamoró de vos. Pero el padre de Isabel de Rojas, que ella era, tenia demasiado interés en haceros su yerno, y guardó tanto á su hija, que vos á trueque de poseerla, os casásteis con ella, por ante la iglesia católica, sin que lo supieran, ni vuestra madre ni vuestro tio, porque aquel casamiento fue secreto. Si el padre de Isabel hubiera vivido, aquel matrimonio no hubiera tardado en ser público: pero el padre de Isabel murió antes de que su hija diese á luz el fruto de sus amores, y quedó sola Isabel: vos la abandonásteis don Fernando, abandonásteis á vuestro hijo...

—Y quien os ha dicho, prima...

—En vano buscais una disculpa, la conciencia os acusa: por lo demás, y á pesar de que Isabel haya callado y sufrido, porque cree que no habeis abandonado á su hijo...

—Cada vez os comprendo menos.

—Ya se vé: mi padre ha acudido secretamente á las necesidades de esa desgraciada, á la que nada absolutamente falta, mas que el amor de su esposo: mi padre ha hecho de modo que Isabel cree que atendeis á su subsistencia y á la de vuestro hijo, y vuestra pobre esposa se cree desgraciada, y sufre, pero os cree caballero y os respeta.

—¡Ah! exclamó don Fernando.

—Por lo demás, las pruebas de vuestro casamiento con Isabel de Rojas y las de la legitimidad de vuestro hijo Ben-Yaschem, existen. Mi padre ha contado con ello, y teniendo vos un hijo y yo una hija, ha creido que todas las diferencias que podrian mediar entre nosotros por causa del derecho á la corona de Granada, pueden salvarse por estas capitulaciones. Leedlas, primo, y firmadlas ó rechazadlas, pero contestadme definitivamente, para que mi padre pueda obrar en consecuencia.

Don Fernando desenrolló el largo pergamino que Amina le entregaba, y vió que estaba escrito primorosamente en árabe: su contenido era el siguiente:

«En el nombre de Dios Altísimo y misericordioso, dador de la vida y de la muerte, estas son las capitulaciones de alianza entre el emir de los monfíes de las Alpujarras, el fuerte y vencedor, y el elegido de Dios Muley Aben-Humeya, rey de Granada.

Primeramente: el emir de los monfíes, Yaye-ebn-Al-Hhamar, renuncia á todos los derechos que pueda tener y tenga á la corona de Granada, en su sobrino Muley Aben-Humeya.

Segundo. Muley Aben-Humeya, se obliga por su parte, á casar su hijo único Ben-Yaschem, con Kinza, hija de la sultana Amina, hija única del emir Yaye-ebn-Al-Hhamar.

Tercero. En el caso de que por la voluntad de Dios, muriesen Aben-Humeya ó Yaye-ebn-Al-Hhamar, el que sobreviva, mandará en los dominios del otro, durante la menor edad de sus hijos Ben-Yaschem y Kinza.

Cuarto. Si alguno de estos dos muriese antes de poder contraer matrimonio, se consideran rotas y de ningun valor estas capitulaciones.

Quinto. Si el matrimonio de Ben-Yaschem y Kinza se efectuase, y tuviesen hijos, el primer hijo varon, heredará las coronas reunidas de Granada y de las Alpujarras; si no tuviesen hijo varon, estas dos coronas reunidas, pasarán al hijo segundo varon de Aben-Humeya si lo tuviere, ó en igual caso al segundo hijo varon de la sultana Amina.

Sexto. No habiendo por ninguna de las dos partes hijo varon, las coronas reunidas de Granada y de las Alpujarras, pasarán á Sidi-Aben-Aboo, primo hermano de Aben-Humeya, y sobrino de Yaye-ebn-Al-Hhamar, ó al hijo varon de Aben-Aboo, si este hubiese muerto.

Sétimo. En el caso de haber descendencia masculina por cualquier concepto de Muley Aben-Humeya, ó de Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, Sidi-Aben-Aboo, será considerado como infante de la casa real de Granada, y se le señalará señorío bastante para que pueda vivir con arreglo á su estado.

Ultimamente. En virtud de las presentes capitulaciones, el emir de los monfíes de las Alpujarras, se obliga á ayudar con sus gentes de guerra y con sus tesoros, á Muley Aben-Humeya para reconquistar de los cristianos el reino de Granada.

Seguian la fórmula religiosa y cancilleresca, por decirlo asi, que usaban en tales documentos los moros, la fecha, el nombre de los testigos y el sello y la firma del emir.

Despues de leer don Fernando detenidamente este pergamino, miró con ansiedad á Amina.

—Sultana, la dijo: todo esto seria inútil si tu consintieses en ser mi esposa.

—Eso es imposible, dijo con impaciencia y desagrado Amina.

—¡Imposible! ¡los reyes pueden romper los vínculos del matrimonio!...

—No lo haré jamás.

—Y... ¿por qué?

—Porque amo lo bastante á mi esposo para renunciar por él una corona, y temo á Dios lo bastante para robar á una mujer y á un niño, su esposo y su padre.

—Y si yo no quisiese firmar esas capitulaciones.

—No seriais rey de Granada.

—¡Oh! ¡lo veríamos!

—Una sola palabra de mi padre, y el faquí Abul-Hasam, á quien dentro de poco consultaran los xeques del Albaicin y de la Vega, pronunciaria el nombre de mi padre en vez del vuestro.

Entróle un terror pánico á Aben-Humeya, que tenia tal idea del poder del emir de los monfíes, que todo lo temió.

—Firmaré, dijo tomando una pluma.

—Esperad, dijo Amina: es necesario que firmeis solemnemente en presencia de los wacires y de los katibs de mi padre.

Amina dió tres fuertes golpes sobre la mesa, é instantáneamente se abrió la puerta y aparecieron uno tras otro, las veintitres sombras blancas que habian precedido hasta allí á Aben-Humeya.

—Acércate, mi buen Harum, dijo Amina, y vé como firma Muley Aben-Humeya las capitulaciones que voy á leerte: escuchad tambien vosotros ancianos walies nobles secretarios de mi padre, sabios de su consejo.

Amina leyó con voz sonora las capitulaciones.

Entonces adelantó una de aquellas sombras, y dijo con autoridad á don Fernando.

—¿Te obligas á todo lo que has oido?

—Me obligo.

—¿Juras por el Dios Altísimo y Unico, guardar y cumplir estas capitulaciones?

—Lo juro.

—Pon al pié de ellas tu nombre de rey, y junto á tu nombre este sello de oro, que es el antiguo sello de los reyes de Granada.

Y el que asi hablaba, sacó un magnífico sello de entre sus ropas y le puso sobre la mesa.

Don Fernando de Válor firmó, y cuando hubo firmado, el mismo moro encubierto, sacó de una manga de su almaizar, otros tres pergaminos enrollados.

—¿Qué es eso? dijo cuidadoso don Fernando.

—Tres copias iguales de estas capitulaciones, señor, contestó el moro.

—¿Y para qué tanta copia?

—Una para vos, otra para el emir de los monfíes; otra para Sidi-Aben-Aboo.

—¡Ah! es verdad, que tambien se le incluye en las capitulaciones.

—Firmad si quereis estas otras.

Don Fernando firmó con despecho.

Entonces el mismo moro derritió cera encarnada sobre los tres pergaminos, junto al nombre de don Fernando de Válor, estampó sobre la cera en los tres el sello real de Granada, y luego firmaron como wacires, secretarios y testigos, los tres pergaminos, los veintitres moros que estaban presentes, despues de lo cual, el moro que hasta entonces habia hablado, entregó el sello real y uno de los pergaminos á don Fernando, y guardó los otros dos.

—Id á ser rey, primo mio, dijo entonces Amina; los xeques del Albaicin y los de la Vega, estaran á las doce de la noche, en la casa del Hardon, junto á san Miguel.

—¿Y vos...?

—Yo... yo parto esta misma noche para las Alpujarras.

—¿Y no me dejareis ver vuestro rostro? exclamó desesperado don Fernando, sin reparar que le escuchaban todos aquellos hombres.

—¡Oh! no, eso jamás. Adios primo, adios. Que él os ayude en la empresa en que os vais á empeñar.

Y Amina desapareció por la puerta, dejando á don Fernando, mudo, asombrado, como presa de un sueño.

Los veintitres fantasmas desfilaron tambien, y el jóven se encontró solo: entonces se precipitó á la salida, atravesó el oscuro espacio de la casa arruinada, y salió á la cumbre del Panderete de las brujas.

Nada vió. Se precipitó por el sendero, y á nadie encontró; solo su caballo atado á una vid al lado del camino.

Volvió á trepar á la cumbre, entró en la casa esperando encontrar á alguien, y llegó á tientas al mismo aposento donde se habian firmado aquellas capitulaciones. Estaba densamente oscura. Palpó: la mesa, los libros, todo habia desaparecido. Dudando aun, buscó mas, y oyó una voz que le dijo:

—No busques, señor, porque nada encontrarás. En la calle de San Miguel te esperan, casa del Hardon.

Don Fernando lanzó un rugido de rabia, salió de nuevo de las ruinas, bajó del Panderete de las brujas, desató su caballo, montó en él, y partió como una flecha en direccion á Granada.

—¡Ella! ¡ella! ¡hermosa, rica! ¡hija del emir! ¡mi prima la sultana Amina, mi esperanza! ¡y casada! ¡casada! ¿y con quién? con algun reyezuelo de Africa. ¡Oh! ¡oh! si no tuviera en mi poder este pergamino y este sello, creeria que todo lo que me ha acontecido era un sueño.

CAPITULO IX.

De cómo por el amor se olvida la amistad.

Cuando llegaron don Alonso de Fuensalida, su hija doña Inés y Aben-Aboo á su casa, que bien podia llamarse casa de todos, cuando estuvieron en la cámara de recibo, doña Inés se inclinó graciosamente hácia Aben-Aboo y le dijo:

—Os suplico, señor Diego Lopez, que me perdoneis si os dejo solo con mi padre, necesito variar de ropas... y rezar mis devociones de costumbre. Adios.

Y sonriendo al jóven de un modo que le hizo palidecer de emocion, salió.

A su vez Aben-Aboo se inclinó tambien cortesmente ante don Alonso:

—Os suplico me perdoneis, si os dejo por un momento.

—¿Teneis alguna aventura, señor Diego Lopez? dijo don Alonso con un acento de interés y de autoridad que maravilló á Aben-Aboo.

—¡Aventura! no ciertamente; pero... quisiera ver á mi amigo.

—¿A vuestro amigo...?

—Creo haberos dicho que era mi amigo el marqués de la Guardia.

—¿Estais citado con él?

—No, pero le buscaré.

—No andeis mucho por Granada esta noche; creedme á mí que soy vuestro amigo: podreis tener malos encuentros.

—¡Oh! por eso descuidad: voy siempre bien acompañado con mi espada.

—Sé que sois valiente. Sin embargo, los encuentros que podeis tener, son de aquellos en que nada vale una espada.

—No os comprendo.

—¿No sois morisco?

—Si por cierto.

—Pues bien, de seguro que los moriscos seran vigilados esta noche por la justicia.

—¡Ah! ¿y quién os ha dicho?

—Es de suponer que suceda asi, despues de lo que ha pasado esta mañana en el Ayuntamiento con don Fernando de Válor.

—Don Fernando es un imprudente.

—Paréceme que amais poco á vuestro primo.

—Mi primo es enemigo mio.

—¡Ah! esas enemistades no deben existir entre parentescos tan cercanos.

—Vos no conoceis á don Fernando; él me provoca.

—Perdonad, señor Diego Lopez; pero necesito hablaros mucho y despacio, no os detengo ahora: id á ver á vuestro amigo... pero os lo ruego, os lo suplico, no entreis esta noche en casa de ningun morisco; no nos obligueis á hacer un esfuerzo para salvaros. ¿Cuándo volvereis de ver á vuestro amigo?

—¿Quién sabe? porque el tal marqués es un loco de atar, y estando á su lado, no hay medio de ser mas cuerdo que él. Pero no quiero pasar esta noche fuera de la casa.

—Bien; á cualquier hora que vengais os estará esperando un criado que os llevará á mi aposento.

—¿Tan importante es lo que teneis que decirme...?

—¡Oh! ¡mucho! con que id con Dios, y sed prudente.

Aben-Aboo salió lleno de confusiones; no sabia qué pensar de aquella familia con quien habia trabado conocimiento de una manera tan singular, y si se quiere tan misteriosa; por otra parte, doña Inés habia causado en él una sensación profundísima: su hermosura le habia hecho concebir deseos ardientes; la habia aspirado, la habia visto de cerca, habia estado en contacto con ella durante muchas horas, y su alma se habia saturado del tentador perfume que emanaba de la jóven: por otra parte habia sido testigo de muchas singularidades, y todas aquellas singularidades venian á anudarse en un solo punto: en la comedianta Angélica.

Illustration from Los monfíes de las Alpujarras: novela original
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Sintió que una mano, formidable por su fuerza, detenia la suya.

Segun la conversacion que habia oido en la hostería entre Andrés Cisneros y el misterioso Godinez, Angélica estaba zelosa de una mujer á quien amaba el marqués de la Guardia; aquella mujer á quien aborrecia Angélica era hija del emir de los monfíes: era Amina: Angélica habia entrado aquella tarde de una manera inesperada en el aposento de doña Inés, y la habia insultado, porque Aben-Aboo á pesar de las protestas que de haberse equivocado habia hecho la cómica, habia notado que aquellas dos mujeres se aborrecian: sin duda doña Inés no era otra que la hermosísima hija del emir, la sultana Amina, la Dama blanca de la montaña; su primo, Aben-Aboo pues, estaba loco enamorado, zeloso aun tiempo, é iba en busca del marqués de la Guardia, ansioso de esclarecer cuanto le fuera posible sus dudas, y de arrancarle insidiosamente algunas palabras con las que esperaba esclarecer sus sospechas.

Atravesaba, pues, Aben-Aboo muy de prisa el corredor medio oscuro de que hemos hablado, cuando se abrió silenciosamente una puerta, y sintió un ceceo: detúvose, y el ceceo se repitió; entonces Aben-Aboo se dirigió á donde sonaba, y á través de una puerta oscura una mano de mujer le dió un papel y cerró.

Estremecióse de placer Aben-Aboo; aquella carta no podia ser de otra que de doña Inés, de doña Inés que le habia sonreido durante la comedia; de doña Inés que se habia apoyado fuertemente en su brazo. Y si era de doña Inés aquella carta, doña Inés no era Amina, se habia verdaderamente equivocado Angélica, sus disculpas no eran fingidas; él se habia engañado tambien creyendo encontrar una intencion en el acento de aquellas dos mujeres; no, no podia ser Amina doña Inés, porque le citaba, porque una mujer no cita á un hombre jóven mas que para asuntos amorosos, y Amina no le hubiera citado porque amaba al marqués de la Guardia.

Aben-Aboo se precipitó por las escaleras, ansioso de salir de aquella casa, é ir á otro lugar donde pudiese leer el papel que acababa de recibir: al bajar por las escaleras se acordó de que en la misma calle de San Miguel, lindando con su casa, estaba la taberna del Hardon.

Atravesó el zaguan, salió, tomó la calle á la izquierda, y se metió por una puerta inmediata. Muy pronto se encontró en una sala baja, en la cual habia dos grandes rejas y un postigo que daban á un patio. Al fondo, sentado tras un mostrador y entre toneles, habia un hombre de fisonomía ruda, y enérgica, aunque franca: algunos bebedores charlaban y bebian sentados en derredor de las mesas.

Illustration from Los monfíes de las Alpujarras: novela original
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Aben-Aboo.

Aben-Aboo se dirigió resueltamente al mostrador: al verle el que estaba al despacho, se puso de pié y clavó en el jóven una profunda mirada.

—¿En qué puedo servir á vuesamerced, caballero? dijo llevándose respetuosamente la mano á la gorra.

—¿Teneis un aposento en que pueda estar solo? dijo Aben-Aboo.

—¡Oh! si señor, y bien abrigado; seguidme si gustais.

Y tomando de un anden una palmatoria con una bugia hizo luz, y saliendo de detrás del mostrador, atravesó la taberna, y seguido de Aben-Aboo, abrió una puerta, y entrambos subieron por una estrecha escalera, y se encontraron en una reducida habitacion en que habia una mesa, algunas sillas y un barreño con fuego.

El tabernero puso la luz sobre la mesa, y dijo encarándose á Aben-Aboo.

—¿Necesitais algo mas?

—Si, necesito que me contesteis á una pregunta. ¿No sois el tabernero que estaba aquí hace seis meses?

—Ya veis que no, respondió con un severo laconismo el preguntado.

—¿Y qué se ha hecho del otro?

—Toméle la taberna, se fué é ignoro su paradero.

—¿Pero esta taberna no es la del Hardon?

Miró con doble profundidad el tabernero á Aben-Aboo.

—El Hardon, ó Pero Alonso, que es como le llamamos, tiene parte conmigo en la taberna, como la tenia con el otro tabernero. Ademas, la casa es suya y vive en ella.

—¿Cómo os llamais?

—Roque Garcia, para serviros.

—¿Sois morisco como el Hardon?

—Algo de morisco tengo.

—Entonces debeis conocerme; yo me llamo entre los moriscos Aben-Aboo.

—Pues no os conozco.

Mortificó un tanto esta respuesta al jóven que continuó.

—¿Pero conoceis al marqués de la Guardia?

—Tampoco conozco á ese caballero.

—Es un jóven como de veinte y tres años, muy galan, muy valiente, muy bebedor y gran jugador de dados.

—Solo conozco de esas señas á un capitan de infantería, que se llama don Juan Coloma.

Acordóse entonces Aben-Aboo, de que don Juan ocultaba su título á causa de su pobreza.

—Y bien dijo: tambien don Juan Coloma es mi amigo. ¿Y viene con mucha frecuencia á vuestra casa ese caballero?

—¡Oh! si señor, y ahora mas que nunca.

—¿Y por qué mas ahora que antes?

—Porque anda enamorado en la vecindad.

—¡Ola! ¿y de quién está enamorado?

—De una dama que vive en la casa grande inmediata.

—¿Y conoceis á esa dama?

Fijó otra nueva y profunda mirada Roque en el semblante de Aben-Aboo.

—Sábese, dijo, que el padre de esa dama es un caballero noble y rico, pero en cuanto á su hija nadie puede jactarse de haberla visto el rostro.

—De modo, que solo el capitan Coloma nos puede decir...

—Creo que tampoco la conoce don Juan: pero helo ahí: en nombrando al ruin de Roma... me parece que le oigo gritar llamándome.

En efecto, se oian en el piso bajo desaforadas voces.

—Pues id, id, amigo, dijo Aben-Aboo, y decid al buen capitan que aquí hay un conocido suyo que le espera.

El tabernero desapareció por las escaleras.

Aprovechando aquel momento, Aben-Aboo leyó el papel que le habian dado en el oscuro corredor de su casa: el contenido era muy corto:

«Si sois discreto, guardad un profundo secreto acerca de la cita que os doy, y ningun pensamiento atrevido aventureis por ella; id á las ánimas, por el postigo de vuestra casa; yo os abriré. Doña Inés.»

Tras este billete y como no tenia tiempo que perder, sacó de la escarcela el que le habia dado con una llave Pertiñez de parte de la comedianta Angélica, y que no habia podido leer hasta entonces: decia así:

«Si sois tan cortés como bizarro, venid esta noche á las doce á la hosteria del carbon: cuando llegueis á lo alto de las escaleras abrid con la llave que os entregará maese Pertiñez la puerta, y adelantad por el corredor: mi aposento es el número 13. Yo os estaré esperando. Angélica.»

Aben-Aboo no tuvo tiempo de meditar en el contenido de estos dos billetes, porque el marqués de la Guardia se le echó encima.

Traia en las manos una guitarra, al costado una espada descomunal, y pendiente de la pretina un broquel cincelado.

—¡Ah! gracias á Dios que os hallo, exclamó; no sabia donde podria hallaros, y hubiera dado por hablaros esta noche... mi alma, porque no tengo otra cosa que daros.

—¿Y para qué me buscabais con tanto interés, don Juan?

—¡Qué diablos! necesito explicarme con vos.

—¿Explicaros conmigo?

—Si por cierto, me habeis dado zelos.

—¿Zelos yo?

—Habeis acompañado esta tarde á una mujer á quien amo, á quien adoro, por la que estoy loco.

—¿La que vive en mi casa?

—¿Cómo en vuestra casa?

—Habeis de saber que la casa grande de al lado es mia, y que la tengo alquilada á don Alonso de Fuensalida.

—¡Ah! perdonad; pero decidme: vos habreis visto el rostro á esa dama.

—Sin duda.

—¿Y es hermosa?

—Permitidme que extrañe, marqués, que me hagais una pregunta tal acerca de una mujer de quien os confesais enamorado.

—¡Ah! no lo extrañeis: sino es la que yo creo esa dama encubierta, no la he visto en mi vida.

—¡Ah! ¿creeis que sea una dama de la que habeis estado enamorado?

—No he amado á otra que á ella.

—Sin embargo, dicen que sois amante favorecido de una hermosísima mujer.

—¡Ah! de la princesa.

—No, no os hablo de princesas; sino de una comedianta.

—¡Ah! sí, de la comedianta Angélica: tanto da.

—Es verdad las comediantas lo son todo, princesas reinas... pero en fin ello es que pasais por su amante.

—Yo amo á esa por la otra. Estoy seguro de que donde quiera esté esa comedianta, estará la dama á quien amo. No sé por qué tengo esa seguridad, pero creo que el odio que se profesan las atrae, las junta.

—Os confieso que no os comprendo.

—Y yo os confieso que lo que pienso es incomprensible: no hay ninguna razon que lo justifique; se apoya en un instinto, en un impulso del corazon, que me grita: donde está la una está la otra.

—Pero ¿qué razones teneis para creer que doña Inés sea la mujer á quien amais?

—Os diré: hace algunos meses, yo, que habia dejado la córte siguiendo á la mujer que amo, mujer que me arrebataba su padre me vine á Granada: en Granada su padre fue mas astuto que yo y perdí su rastro de todo punto.

—¡Ah!

—Estaba ya desesperado, cuando una mañana, hace seis meses, al entrar á oir misa en la iglesia de san Miguel, ví salir una dama enteramente envuelta en un manto de seda. No vi ni su rostro ni su mano, ni su pié, y sin embargo me pareció reconocerla, me pareció que era ella... mi alma, á la que ando buscando desesperado: ella por su parte, al verme de improviso ante sí, hizo un movimiento marcado, un movimiento que me hizo creer que aquella dama me conocia, mas aun, que al verme habia sentido una vivísima alegría: la seguí, y ví que se entró en esa casa de al lado, en la vuestra, señor Diego Lopez. Empecé á rondar pero inútilmente. Jamás se abrió un balcon ni una reja; pregunté á la servidumbre, pero la encontré muda, incorruptible. Vine todas las mañanas á la iglesia de san Miguel, y siempre la ví á la misma hora, pero envuelta cuidadosamente en el manto, acompañada de una dueña tan encubierta como ella y de un viejo escudero. Indagué cuanto pude, y solo saqué en claro, que su padre era un rico indiano llamado don Alonso de Fuensalida, que guardaba mucho á su hija y que nadie la habia visto el rostro. Añadian aun que dentro de su casa tenia un antifaz puesto.

—Y decidme: ¿habeis visto á esa dama todos los dias en misa?

—No, todos los dias no, con frecuencia faltaba seguidos quince dias.

—Tambien, dijo para sí Aben-Aboo, faltaba con frecuencia quince dias seguidos la Dama blanca á sus paseos por la montaña.

—Acontecióme por aquellos dias un suceso singular. Estando yo en mi posada, entró mi lacayo una mañana, y me entregó una caja que habian dejado para mi. Abrí la caja y encontré... ¿qué diréis que encontré?

—¿Quién sabe?

—Pues encontré tres cortes de brocado de los cuales es uno el que teneis puesto, algunas ricas joyas de hombre y quinientos doblones de oro.

—¿Decís que encontrásteis dentro de la caja el córte del justillo que llevo puesto?

—Si por cierto, y á no ser vos tan mi amigo, no os hubiera dado por nada del mundo ese justillo.

Esta confidencia del marquesito, fue un rayo de luz que empezó á esclarecer las dudas de Aben-Aboo: entonces comprendió por qué doña Inés le habia hecho preguntas, basta cierto punto extrañas é inconvenientes, acerca de la procedencia del brocado que vestia.

—Ahora os agradezco doblemente vuestro sacrificio, dijo Aben-Aboo, pero continuad.

—Para obligarme á admitir aquel regalo venia dentro de la caja un billete que contenia las siguientes palabras:

«Podeis aceptar sin reparo lo que os envio, porque teneis mi alma.»

—Era, pues, el regalo, de una dama enamorada de vos.

—¿Y quién podía ser esa dama mas que la mujer á quien adoro? ¿Cómo pudo conmoverme la vista de dona Inés encubierta sino era el amor que busco?

Don Juan inclinó la cabeza sobre el pecho como para ocultar su conmocion.

—Pero vos habeis visto á esa doña Inés, exclamó de repente el marqués levantando la cabeza y fijando una mirada entumecida en Aben-Aboo; vos me direis si es hermosa ó fea, porque si es fea, no es ella, y me interesa saberlo, porque mirad: hoy que se cumplen quince dias desde que no he visto á mi encubierta, he recibido esta brevísima carta.

Y el marqués sacó de su escarcela un papel que entregó á Aben-Aboo.

Este al abrirle palideció: estaba escrito, al parecer, por la misma mano que el billete de doña Inés que le habian entregado poco antes. Aquella carta decia:

«La constancia con que me habeis seguido me obliga; estad esta noche en la taberna próxima y me conocereis.—Quien bien os ama.

—Yo no puedo aseguraros, dijo el marqués, si esta carta esta escrita por la misma mano que escribió la que acompañaba el regalo que me hizo una dama hace seis meses antes por que aquella carta de puro guardarla se me extravió. Lo que sé deciros es que estoy loco; que la cabeza se me arde; que vine esta tarde á saludarla, frenético de alegría, aunque solo pudiese enviarla mi saludo á través de las paredes, cuando os ví salir con ella y con su padre, á quien creí reconocer, á quien creí haber hablado alguna vez: soy muy mal fisonomista, y nada tiene de extraño que si en efecto le he hablado alguna vez no recuerde su semblante: la verdad del caso es que por una parte tuve zelos de vos, y por otra me alegré porque me dije: el señor Diego Lopez es mi amigo, sabe que puede contar con mi bolsa, y con mi espada y me hablará con franqueza. ¿Amais á esa mujer?

—Hoy es el primer dia que la he visto.

—¡Ah! no importa; si es ella, con sola una vez que la hallais visto os habreis enamorado de ella para no olvidarla jamás.

—Eso piensan todos los que aman como vos, de los que conocen á su amante.

—¿No la amais, pues?

—No marqués, no, porque amo á otra; á una mujer que es vuestra querida: á la comedianta Angélica.

—¡Oh! amadla cuanto querais: yo mismo os llevaré de noche, tarde, á la puerta de su aposento. Llamaré y en vez de entrar yo entrareis vos. Pero decidme: ¿esa doña Inés es hermosa?

—No puede ser la que vos sospechais, marqués, es imposible, dijo Aben-Aboo, empezando á tender un lazo traidor al confiado don Juan, lo que demuestra que no hay amistad que no pueda romper una mujer.

—¡Ah! no sabeis si es, eso posible, dijo el marqués; contestadme: ¿es hermosa?

—Hermosísima: tan hermosa como la comedianta, mas hermosa, porque hay en doña Inés mas juventud y mas pureza.

—¡Es jóven! exclamó el marqués que alentaba apenas.

—Como de veintiun años.

—¡Ah! ¡Dios mio! ¿Morena?

—Moreno límpido, encendido, ardiente, y para concluir de una vez ojos negros y grandes, cuello incomparable, alto y puro el seno, los labios muy rojos, y la sonrisa de ángel, pero triste y apasionada.

—¡Oh! ¡es ella! añadió levantándose fuera de si el marqués: la esposa de mi alma, mi Esperanza.

—¿Estais loco? dijo Aben-Aboo, dominando sus zelos y su rabia.

—Si, si, perdonadme, amigo mio, dijo el marqués sentándose y apoyando la frente calenturienta entre sus manos; estaba hablando como si hubiera hablado con ella.

—No lo digo por eso, sino porque os equivocais: porque esa dama que vos llamais Esperanza y que yo llamo doña Inés, no puede ser vuestra esposa ni vuestra amante, porque... en fin, no puede ser.

—No, no me engaño: es ella; ni me he engañado nunca; me lo dijo el corazon desde el momento en que la vi.

—Os digo que no puede ser, insistió Aben-Aboo: para probároslo necesito revelaros un secreto.

—¿Y creeis que yo no soy bastante caballero para guardarlo?

Aben-Aboo esperaba esta respuesta, y se apresuró á contestar:

—Para que no creais que dudo, de vuestra, hidalguia, voy á deciros el verdadero nombre de esa dama. Olvidadle despues é id á buscar con mas fruto vuestra perdida Esperanza, á quien tanto amais. Esa dama tan encubierta es una mora.

—¡Y bien! dijo el marqués con fijeza.

—Esa mora es sultana.

—Y esa sultana, insistió el marqués, es mi esposa ante Dios y mi conciencia.

—Pero... ¿sabeis la que decís...? tartamudeó Aben-Aboo.

—Esa dama á quien yo llamo Esperanza, es hija del emir de los monfíes de las Alpujarras; ya veis que no me habeis revelado secreto alguno.

Aben-Aboo al escuchar estas palabras hizo crugir la silla en que se sentaba: todas sus dudas habian quedado esclarecidas por la revelacion del marqués; habia sentido revolverse en su alma pasiones terribles, salvajes; los zelos, la envidia, el odio; pero ninguna de estas furiosas oleadas de su alma salió á su semblante.

Entonces un pensamiento siniestro cruzó por su alma: sintió ansia mortal contra el marqués, pensó en embriagarle y en asesinarle cuando lo hubiese conseguido, y desplegando la funesta astucia, y la intencion mortífera de que mas tarde se sirvió en la rebelion de las Alpujarras, revistió su semblante de la mas engañadora alegría, y tendiendo la mano al marqués exclamó:

—¡Oh! ¡pues me alegro, me alegro con toda mi alma, don Juan! porque amando vos á la sultana Amina, como la amais, ¡sois de los nuestros!

—Soy enteramente de ella. Ya sé que sois morisco, señor Diego Lopez, dijo con altivez el marqués, y que sois de los mas ilustres. Pues bien: si mañana me dice Esperanza... ó Amina, como querais; «¡Defiende mi corona!» seria traidor á Dios, traidor al rey, perderia mi alma, pero empuñaria el estandarte de la rebelion por los moriscos, y os llevaria al combate.

—¡Que nos llevariais al combate! exclamó Aben-Aboo, cuya alma acabó de ennegrecerse; sois digno del amor de la sultana; sois digno de la corona que ese amor puede ceñir á vuestra cabeza: ¡oh, don Juan! permitid tambien que dé rienda á la locura de mi alegría y que os abrace: ¿con que al fin todos somos unos? ¿todos hermanos?

Y Aben-Aboo se arrojó en los brazos del marqués que le estrechó en ellos con efusion, porque se sentia feliz y el que es feliz, no odia, no sospecha, no desciende á las miserias del mundo.

—Pero Esperanza no me sujetará á tal prueba, dijo el marqués sentándose de nuevo; Esperanza sabe que soy capaz de sacrificarlo todo por ella, pero no me pedirá el sacrificio. Y sin embargo, y ahora recuerdo cuando ví á su padre: un dia que fuí á pedírsela, en Madrid el año pasado, me dijo estas palabras que no he podido olvidar: «Mi hija solo se casará con un rey; pero no importa: si es preciso os haremos rey.»

El alma de Aben-Aboo se decidió al crimen; sin embargo dijo con un acento natural y amigable:

—¡Oh! pues, si el emir se propone haceros rey lo sereis.

—¡Dios me libre de ambicionar tal cosa!

—Pero decidme don Juan, ¿si habeis hablado una vez al emir cómo no le habeis reconocido al verle en Granada?

—Ya os dije que solo tenia de ese caballero un recuerdo muy confuso, como que hace muy cerca de dos años que le hablé y eso solo una vez y en una ocasion en que estaba muy turbado.

—Lo comprendo, dijo Aben-Aboo: y recayendo en su traidor pensamiento de embriagar al marqués para matarle sin ruido añadió: pero lo que no comprendo bien, es que vos, que sois tan bebedor...

—¡Ah! es verdad: es necesario que brindemos juntos por mi felicidad.

—No: bebed vos solo: ya sabeis que soy morisco: sabed ademas que solo soy cristiano en el nombre, y que el Koran me veda el vino y las bebidas espirituosas.

—Sea como vos querais; pero en cuanto á mí necesito templar bebiendo y cantando mi alegría. ¡Ola, Roque! ¡Roque de Satanás! mis dos botellas, añadió levantándose y asomando la cabeza á la puerta de la escalera.

Apareció á poco Roque, con dos botellas y un vaso; estaba pálido de una manera notable, y miró de un modo singular al marqués.

Después salió.

El marqués se entregó á una alegría que podremos llamar lúgubre, en la que habia mucho de locura, mucho de sufrimiento; habia encontrado, al fin, á Esperanza, á la que habia buscado largo tiempo en vano, y un presentimiento oscuro, de que no se apercibia, daba á su contento el aspecto lúgubre y aterrador de que hemos hablado. Bebia á grandes tragos, y con una frecuencia tal, como si hubiera querido ahogar en vino lo que de una manera incomprensible, comprimia su alma.

Pero cantaba, rasgueaba la guitarra, bebia y abrumaba á preguntas sobre Amina á Aben-Aboo, que le contemplaba con ansiedad, esperando ver los primeros síntomas de la embriaguez.

Ya habia despachado el marqués una botella, y ni el mas ligero asomo de embriaguez habia aparecido en su semblante.

Destapó la segunda, llenó el vaso y le apuró de un trago.

—¿A qué sabe este vino? dijo: ese Roque se descuida: este vino sabe á húmedo.

—¡Bah! os habreis engañado tal vez, dijo Aben-Aboo.

—¿Qué es engañarme? dijo el marqués, llenando de nuevo el vaso y apurándole hasta la mitad. Este vino está echado á perder. ¡Eh! ¡Roque! ¡Roque!

Pero Roque no podia oirle, porque la voz del marqués se habia hecho ronca; ademas se iba poniendo densamente pálido; Aben-Aboo sin saber qué pensar de aquello, miraba al marqués con asombro.

—¡Oh! ¿qué es esto? añadió don Juan, llevándose las manos á la frente: la casa se me anda alrededor. ¡Ah! ¿qué... es... esto?

Y como al impulso de una sospecha terrible, se levantó, dió un grito, y cayó de nuevo, pálido como un cadáver sobre la silla.

—¡Oh! ¿le habrán envenenado...? exclamó con terror y con alegria al mismo tiempo Aben-Aboo. Tal vez le mate el amor de Amina. Le han citado á esta taberna... acaso el emir se deshace de una manera tan buena como cualquiera otra, de un amante de su hija, de un amante peligroso...

Y siguió contemplando al marqués que pugnaba en vano por hablar y por levantarse. Sus ojos se cargaban; su semblante palidecia mas y mas, y al fin, su cabeza cayó inerte sobre la mesa.

—¡Oh! esto está concluido, dijo con una feroz alegria Aben-Aboo: el amor de Amina le ha costado la vida.

Aben-Aboo, se levantó, se acercó á él, tomó la luz, levantó la cabeza del jóven y la examinó atentamente: entonces notó con rabia, que el marqués no estaba muerto, sino dormido: respiraba con facilidad, y la palidez habia desaparecido. Aben-Aboo puso la mano sobre el pecho de don Juan, y notó que su corazon latia naturalmente.

—¡Oh! no era un veneno, exclamó; sin duda se le ha adormecido con la intencion de conducirle misteriosamente, sin que pueda darse cuenta del lugar, á los brazos de Amina.

Y la sombría mirada de Aben-Aboo, y la letal palidez que cubrió instantáneamente su semblante, demostraron que luchaba con un horrible pensamiento.

—Y bien, dijo; estoy solo con él; le tengo en mis manos; no puede haber lucha ni gritos; aquí hay un misterio que no comprendo, y en el cual está envuelta Amina; y luego... este hombre es peligroso; el emir ama demasiado á su hija; el marqués ha dicho, si, lo recuerdo bien, que cuando le pidió la mano de Amina, le dijo que era necesario que fuese rey... que podria ser rey. ¡Oh! ¡y el marqués es valiente! ¡el emir poderoso! Dios me entrega este hombre para que impida con su muerte una traicion que nos perderia.

Aben-Aboo salió; fué á la puerta de la escalera, escuchó, miró al oscuro fondo de una manera insensata, y luego, despues de un momento de vacilacion, en que pasaron por su rostro las mas horribles expresiones, se arrancó la daga de la cintura, y se arrojó sobre el marqués.

Pero cuando creia asegurado el golpe, cuando iba á descargarle sobre el corazon de don Juan, sintió que una mano, formidable por su fuerza, detenia la suya y le arrancaba la daga.

Volvióse rugiente de cólera, y vió ante sí á Roque.

—Los que quieren ser reyes, dijo profundamente, no deben ser asesinos.

—¡Ah, traidor! exclamó Aben-Aboo: tú sirves al emir de los monfíes.

—Y bien, ¿qué? contestó el tabernero, con una calma glacial.

—Tú sabias, que esa dama encubierta por quien te pregunté, era la sultana Amina.

—Y bien, ¿qué? repitió con doble calma Roque.

—Tú no eres lo que pareces.

—¡Yo soy monfí! exclamó Roque con acento feroz.

—¡Ah! ¡tú eres monfí! ¡esclavo de un hombre que nos tiende lazos traidores, que mantiene amistades con los cristianos, y nos suscita peligros!

—No sé quien haya podido revelarte que don Alonso de Fonseca y su hija doña Inés, son el poderoso Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar, y la noble sultana Amina; pero no importa, Aben-Aboo: la suerte está echada: muy pronto la sangre del combate correrá en la montaña, y acaso en la ciudad: importa poco que hayas descubierto el secreto: y oye... guárdate: porque si te atreves á levantarte contra el emir, eres hombre muerto.

—¿Me retas?

—Te aconsejo.

—¿Y si yo te castigase y diese muerte al castellano que puede ser la causa de nuestra ruina? exclamó Aben-Aboo, echando mano á su espada.

—Aunque yo solo basto para reducirte á la razon; una sola voz mia, haria caer sobre tí mil puñales.

—¡Ah! los monfíes ¡siempre astutos y traidores! exclamó Aben-Aboo, trasportado de rabia; ¡los monfíes en todas partes!

—Vete; y olvida lo que aquí ha pasado, dijo con altívez Roque; es lo mejor que puedes hacer. Pronto empezaran á venir los moriscos que elegiran por rey de Granada á tu primo Aben-Humeya, y debes evitar que te encuentren aquí.

—¡Si; adios! exclamó trémulo de cólera Aben-Aboo: ¡pero hay del emir! ¡hay de Aben-Humeya! ¡hay de tí!

—¡Y hay de tu cabeza! contestó con desprecio el monfí.

Aben-Aboo, salió rugiendo; bajó como una avalancha las escaleras, y salió á la calle, rebozóse, y se puso en un soportal, en acecho de su casa y de la taberna.

Entre tanto el monfí habia quedado profundamente pensativo en medio de la habitacion.

—No sé, dijo, por qué el emir anda con tantas contemplaciones con esos dos mozos, permite que Aben-Humeya sea rey, y me ata las manos respecto á Aben-Aboo. El emir se arrepentirá, porque esto acabará mal... muy mal... los dos son miserables y traidores: Dios quiera que no sucedan grandes desgracias: por ahora obedezcamos las órdenes de la sultana, y avisémosla de lo que aquí ha pasado.

Y asiendo del marqués, le cargó sobre sus hombros, con la misma facilidad que si hubiera sido un niño, tomó la bugía que estaba sobre la mesa, se encaminó á una puerta situada al fondo de la habitacion por la parte que lindaba con la casa habitada por el emir, y desapareció por aquella puerta con su carga.

CAPITULO X.

En que se trata de lo que pasó entre la sultana Amina y Aben-Aboo.

El joven permaneció algun tiempo observando la casa y la taberna contigua.

La calle estaba desierta y envuelta en un profundo silencio. La luna brillaba sobre ella. Al dar las diez en la iglesia del Salvador, hora en que se cerraban las tabernas, la gente que habia en la del Hardon salió, y se cerró la puerta. La calle quedó ya completamente silenciosa.

Aben-Aboo esperó algun tiempo, pero nadie apareció, á pesar de que segun las noticias del morisco, los xeques del Albaicin debian empezar á acudir á las diez. Entonces recordó Aben-Aboo que á la casa del Hardon podia entrarse por diferentes minas, algunas de las cuales conducian fuera de la ciudad.

—¡Oh! exclamó: los que han de elegir rey á don Fernando entraran por las minas, y de la misma manera habran sacado por las minas al marqués: aunque me estuviese aquí toda la noche nada descubriria... y luego... luego quién sabe por qué se ha dado ese brebaje al marqués. Acaso he supuesto lo que no existe: acaso mis zelos... tenia razon ese hombre... no se puede ver á Amina una vez sin amarla... el amor que me ha inspirado ha crecido con los zelos que el marqués me ha hecho sentir... y acaso me engañe... porque si ella amara al marqués ¿á qué haberse estado recatando de él durante dos años? pero sin embargo, la carta que le citaba esta noche á la taberna... pero á mi me ha citado tambien y de una manera mas directa, por el postigo... yo puedo saber si la sultana, esa sultana que ha estado á mi lado sonriéndome horas enteras, es la Dama blanca... y luego puede ser muy bien que me ame: que me conozca hace mucho tiempo... yo me he puesto á su paso en la montaña... tal vez solo ha tenido con el marqués una aventura galante... y sobre todo yo debo apurar hasta donde pueda este misterio... yo debo acudir á la cita de doña Inés.

Y saliendo del soportal rodeó su propia casa como quien bien la conocia, y se dirigió sin vacilar al postigo.

Detúvose un momento en él á fin de dominarse, y cuando lo hubo conseguido, cuando juzgó que en su semblante no quedaba el menor vestigio de la reciente tormenta, llamó recatadamente al postigo.

Inmediatamente aquel postigo se abrió, y Aben-Aboo lanzó un grito de sorpresa al ver ante si entre las sombras una mujer enteramente vestida de blanco y con un antifaz del mismo color sobre el rostro.

—¡La Dama de la montaña! exclamó.

—Seguidme, dijo la joven.

Aben-Aboo la siguió con el corazon palpitante: atravesó el huerto tras ella, y tras ella atravesó un corredor oscuro, subió unas escaleras, y se encontró en un precioso retrete alumbrado por dos bugías de cera que habia sobre una mesa. Sobre aquella mesa ademas habia un pergamino enrollado y una daga que Aben-Aboo reconoció con terror: era la suya, la que le habia arrebatado en la taberna el monfí.

La jóven cerró la puerta, se quitó el antifaz y apareció el semblante pálido y severo de Amina.

—¿Qué habeis pensado de esta cita? dijo Amina con acento grave.

—¿Me preguntais lo que he pensado ó lo que pienso? dijo con audacia Aben-Aboo.

—Os pregunto lo que habeis pensado, no lo que penseis ahora.

—He pensado delirios, prima.

—¡Delirios!

—Si; he pensado que Dios se compadecia de mí y me daba con vos la felicidad.

—¿Y qué motivos habeis tenido para pensar que yo?...

—Hace mucho tiempo que sin conoceros os amo.

—¡Extraño amor!

—Os he visto en la montaña...

—Creo que ya os costó un lance desagradable vuestra obstinacion en seguirme.

—Con que confesais...

—Lo confieso todo... todo lo que querais que confiese... que soy la Dama blanca de la montaña, la sultana Amina, la amante del marqués de la Guardia...

Amina pronunció estas palabras con una indiferencia despreciativa.

—¡Oh! exclamó con rabia Aben-Aboo, ¿sabeis que os amo, que os he buscado con una tenacidad incansable, y os atreveis á decirme que amais á otro?

—Sino vinierais de donde venís, sino hubierais querido hacer lo que no habeis podido, yo os hubiera dicho: soy vuestra prima Amina, la que habeis seguido á la montaña con peligro de vuestra vida; en el tiempo que hoy hemos estado juntos he comprendido que me amais: yo no puedo pagar vuestro amor, porque no me pertenezco, porque mi corazon y mi vida son de otro á quíen conocí antes que á vos; pero ahora despues de lo que he hecho, despues de lo que habeis dicho, me limito á deciros: tomad vuestra daga, infante Aben-Aboo, y dedicadla á mas noble uso que á asesinar hombres dormidos.

—¿Sabeis señora que ese hombre se jactaba de una manera insolente de que le amabais?

—Puede jactarse de ello: ademas creia hablar con un amigo.

—¿Habeis olvidado señora que ese hombre desprecia vuestros dones vendiéndolos?

—Creia hacer un servicio á un amigo.

—¿Es decir que creeis bueno y noble todo lo que proviene del marqués de la Guardia?...

—Es mí esposo, y debo respetarle... es mas, creo que solo peca de imprudente, de enamorado.

—¿Que es vuestro esposo, exclamó asombrado Aben-Aboo?

—Tomad ese pergamino y comprended por qué os llamo infante, por qué llamo mi esposo al marqués de la Guardia.

Y entregó á Aben Aboo el pergamino enrollado que estaba sobre la mesa, y que no era otra cosa que una copia de las capitulaciones concertadas entre el emir de los Monfíes y Aben-Humeya.

—¡Teneis una hija! exclamó ferozmente Aben-Aboo despues de haber leido el pergamino; ¡Aben-Humeya tiene un hijo!...

—¡Oh! nunca hubiera creido, dijo con profundo desden Amina, que la ambicion hiciese á los hombres tan miserables. Pero ved lo que haceis, Aben-Aboo, ved lo que haceis, porque os advierto que vuestra primera traicion será la señal de vuestro castigo.

—¿Para qué me habeis llamado aquí, señora?

—Mi padre os conoce, Aben-Aboo, y lo ha temido todo de vos, en los momentos en que los moriscos de Granada elijen por su señor á Aben-Humeya: procuró distraeros, os llamó á su casa con un pretexto, os retuvo á nuestro lado, y yo procuré haceros olvidar vuestra ambicion por el amor. Creyéndoos enamorado os cité para apartaros acaso de vuestra ruina, no para alentar un amor que era imposible. Pero vos habeis obrado de tal modo, que me obligais á ser con vos todo lo severa que puede ser una persona que aborrece el crímen.

—Pues os anuncio que vos sereis la causa de muchos crímenes.

—¡Yo!

—Si, vos. Primero he codiciado la corona de Granada, y me la habeis robado; despues os he codiciado á vos y os he perdido.

—¿Y qué derecho teneis á esa corona, qué derecho á mi amor?

—Mi voluntad.

—Vuestra voluntad os llevará á vuestra ruina. Haced lo que mejor os plazca, sed en buen hora mi enemigo. Ni os temo ni os desprecio. Procuraré burlar la venganza que sin duda meditais contra mi padre y contra mí. Pero os aconsejo una cosa. Recatad mucho vuestra venganza, y sobre todo no hableis con mi padre como habeis hablado conmigo. Mi padre nada sabe. Yo debia avisarle para que se precaviese de vos, pero sobre ser vos casi impotente, espero que cuando salgais del estado de delirio en que os encontrais, reflexionareis, comprendereis que en vez de odio nos debeis agradecimiento, y sereis nuestro buen pariente. Si ese momento llega, yo os tenderé mi mano, os perdonaré el mal que habeis querido hacerme, y seré vuestra hermana. Ahora salid, porque todo lo que teniamos que hablar lo hemos hablado ya.

—Adios señora, adios, dijo Aben-Aboo, con acento sombrio, adios, y no os olvideis de mi.

—A pesar de vuestras amenazas, os aconsejo que nada intenteis esta noche contra Aben-Humeya, por mas que tengais algunos parciales, ni dejeis de ver á mi padre. No deis un paso hácia adelante, sino estais seguro de que no habeis de arrepentiros, porque os lo repito, creo que mas que criminal sois loco.

La triste dulzura con que Amina pronunció estas palabras alentó á Aben-Aboo que volvió desde la puerta y se arrojó á los piés de Amina.

—¡Oh! tened compasion de mí, le dijo: teneis razon, yo no he pensado en el crímen hasta que he visto defraudadas todas mis esperanzas... pero amadme, señora, amadme, porque yo antes de ver vuestro semblante os amaba, me habia fingido en vos la hermosura de un arcángel, y al veros he visto que habia soñado poco, que sois mas hermosa, mas noble que lo que soñó mi deseo: amadme, y sea en buen hora Aben-Humeya rey de Granada: si vos sois mia, seré mas feliz que mandando sobre todos los imperios del mundo.

—¡Yo os amo! dijo Amina con una dulcísima voz de consuelo.

—¡Oh! ¡que me amais! ¿luego vuestro amor al marqués de la Guardia es mentira?

—Y es mentira tambien mi hija Kinza.

—¡Ah!

—¿Y habeis podido creer que habria sido madre sino por el amor de un hombre que hubiera llenado enteramente mi alma?

—¡Oh! y entonces... entonces... ¿cómo me amais?

—Levantad y oid: yo os amo porque una voz íntima de mi corazon me dice que os ame; pero os amo de una manera tranquila; como creo que se debe amar á los hermanos; el solo pensamiento de otro amor hácia vos, me horroriza, me repugna... ese amor no puede ser entre nosotros: mi corazon le rechazaria, aunque no amase á otro hombre.

—Pues adios, señora... adios, dijo Aben-Aboo levantándose con el semblante teñido de una palidez letal... ya que no puede haber entre nosotros amor, habrá odio... no podeis amarme... yo os juro que me aborrecereis.

Y Aben-Aboo que conocia las entradas y salidas de la casa como quien era su dueño, salió frenético, dejando sola y aterrada á Amina, que comprendia bien lo temible que era Aben-Aboo.

Por algun tiempo, este vagó á la ventura por calles y callejas; sin direccion fija, calenturiento, entregado á pensamientos, ó por mejor decir, á intenciones de venganza á cual mas horribles: la venganza, ese monstruo del corazon humano, no habia tomado para él formas, pero se revolvia fermentando y rugiendo en su alma.

Asi anduvo una hora: al cabo de ella, el frio que era intenso, contrapesó el ardor febril de su sangre, volvió á su pensamiento la reflexion y se rehizo. Entonces no renunció á su venganza, sino que se resignó á esperar que esta se le presentase en todo su esplendor, justificada, traida por los acontecimientos; comprendió que debia ser prudente, que cuanto mas encubriese su odio mas seguro seria su efecto, y á paso lento tomó el camino de la calle de San Miguel; cuando llegó á ella notó que estaba tan silenciosa y desierta como cuando la habia abandonado, y que no se veia el reflejo de una sola luz ni se escuchaba el mas leve rumor en la casa del Hardon.

—Habrán venido por las minas y estaran en los subterráneos, dijo suspirando, y se encaminó á la puerta principal de su casa.

Abrióle un criado que le indicó que su señor le esperaba y le condujo á su habitacion.

Yaye estaba sentado junto á una mesa, tenia quitada la venda y se le veia en el lado izquierdo de su frente una profunda cicatriz redonda.

Aben-Aboo, ya enteramente dominado adelantó y dobló una rodilla ante el emir besando una de sus manos.

—¿Qué haces, hijo mio, le dijo conmovido Yaye?

—Os rindo el homenaje que os hubiera rendido desde el primer momento, señor, si hubiera sabido quien erais.

Yaye le atrajó á sí y le besó conmovido en la frente: Aben-Aboo notó que una lágrima del emir habia caido sobre sus mejillas.

Esto que hubiese conmovido á otro, irritó á Aben-Aboo.

—¿Has visto á tu prima? le dijo Yaye haciéndole sentar á su lado.

—Si señor.

—He preferido que ella sea quien te revele lo que no te he querido revelar hasta este momento: queria retenerte junto á mí para que no hicieses una locura, pero no quise imponerte el respeto que en este momento te domina. Pero era necesario, cuando te se da un infantazgo, que tu tio y tu señor hablase contigo. Ya sé que has pensado en un puesto mas alto, pero en todos los puestos, hijo mio, encuentra un noble lugar el que es valiente, caballero, y, sobre todo, ama á su patria. Ha llegado el momento de la lucha, lucha que ya no puede dilatarse por mas tiempo. Aben-Humeya cumplirá con su deber como rey de Granada y tú como infante le ayudarás: yo os ayudaré á entrambos. No quiero ocultártelo; la lucha es terrible, arriesgada, y si sobreviene la mas leve division entre nosotros somos perdidos, y sentenciamos á nuestros pobres hermanos, ya harto oprimidos, á la esclavitud, á la muerte, á la deshonra, que es la peor de las muertes. Si hay en tí ambicion, espera y no desesperes, hijo mio. Si el cristiano nos vence, nuestra corona será la corona del martirio; si le vencemos, si, como en otro tiempo nuestros abuelos, logramos avanzar sobre las tierras del cristiano, ayudados del poder del Sultan de Constantinopla nuestro amigo, entonces Aben-Aboo, sobraran coronas en los reinos que reconquistemos.

—Solo os pido una gracia, señor, dijo hipócritamente el jóven.

—¿Cual?

—No separarme de vos, pelear á vuestro lado, llevar en el combate vuestra bandera.

—En lugar estarás, que satisfaga tu valor y tu orgullo, hijo mio. Ahora escúchame, es necesario que partas al momento á las Alpujarras.

—Eso mismo pensaba deciros, señor.

—Yo partiré mañana. Toma: esta carta mia te abrirá paso entre los monfíes que te ayudaran si necesario fuese. Tu madre vive en Cádiar, añadió conmovido el emir.

—Si señor.

—Tu madre estará inquieta.

—Mi madre me ama en extremo, señor.

—Pues bien: dí á tu madre que nada tema, que el emir de los monfíes te protege. Esto la tranquilizará.

—Muy bien, señor.

—Toma, añadió Yaye, abriendo un cajon de una mesa y sacando una repleta bolsa de oro: sé infante de Granada.

—¡Ah! ¡cuántas bondades, señor!

—Adios, vete: sobre todo prudencia y sigilo: que nada puedan sospechar los cristianos hasta el dia del alzamiento.

—Adios, señor, adios, dijo Aben-Aboo que deseaba verse libre de la influencia que ejercia sobre él el emir.

—¿Y no te despides de mi hija? dijo el emir señalando á Amina que habia aparecido en una puerta.

—¡Ah, señora, adios! dijo Aben-Aboo dirigiéndose á ella.

—Sed feliz..... y seguid mis consejos, le dijo Amina.

—¡Ah! no los olvidaré, señora.

Aben Aboo salió, y poco despues se sintió abrir la puerta exterior y las pisadas de un caballo en la calle que se alejaron hasta perderse en el silencio.

—¡Ah! exclamó Amina en un acento que no pudo oir su padre: quiera Dios que con ese hombre no nos preceda á las Alpujarras la desgracia.

Amina sentia oprimido su corazon por un presentimiento funesto.

CAPITULO XI.

Alianza de sangre y lodo.

A punto que Aben-Aboo entraba á caballo en el corral del Carbon, daban las doce en el reló de la capilla real.

Era la hora de la cita con Angélica.

El corral estaba desierto, silencioso é iluminado de lleno por la luna. Aun estaba alzado el tablado donde se habia hecho la representacion, pero despojado de los tapices y de las cortinas: como si dijéramos: en esqueleto.

Aben-Aboo, pensó primero en llamar á maese Pertiñez para que le sirviera de guia hasta el aposento de la comedianta. Pero prefirió no recurrir á él, sino en un caso extremo, ató su caballo á un poste del corral, y se aventuró por las estrechas escaleras que guiaban á la hospederia.

Llegó á lo alto de las escaleras y palpó: encontró al fin una puerta que abrió con la llave que le habia entregado maese Pertiñez de parte de Angélica.

Pero se encontró con una dificultad; el pasillo estaba oscuro, y apenas penetraba en él un débil reflejo de los rayos de la luna á través de las claravoyas del techo.

Aben-Aboo recordó que el aposento de Angélica estaba á la derecha, y en la parte media del pasillo, cabalmente por aquella parte y en el mismo costado daba un rayo de la luna.

Aben-Aboo adelantó con la esperanza de que tal vez aquel blanco rayo de tibia luz le dejaria percibir algun número por el cual guiarse; se quitó las espuelas para no hacer ruido, y adelantó recatadamente, hasta el lugar iluminado por la luna.

Aquel lugar de la pared estaba sobre una puerta; Aben-Aboo sintió una extraña conmocion al notar que en medio del espacio iluminado por la luna se destacaba un negro y enorme el número 13.

¿Era aquello una casualidad ó que Dios ó el infierno le ayudaban?

Otro estremecimiento distinto agitó á Aben-Aboo al llamar á la puerta; al fin era jóven y por mas que un jóven esté poseido de las mas violentas pasiones, siempre siente un no sé qué poderoso que le domina cuando en medio del misterio se acerca á una buena moza que le espera.

Porque Angélica debia esperarle.

Aben-Aboo notó que la puerta cedia bajo su mano sin ruido, lo que demostraba que la puerta estaba preparada para esta clase de lances: el jóven adelantó y se encontró en un espacio alfombrado, con gran asombro suyo, porque no esperaba encontrar tal lujo en tal hostería.

Por una puerta al frente se percibia un tenue resplandor: Aben-Aboo adelantó guiado por él, atravesó otro aposento oscuro y se encontró al fin en la misma habitacion en que Angélica habia recibido aquella mañana á maese Pertiñez.

En un estrado de damasco, reclinada en sus almohadones, y dormida, reflejando en su hermoso semblante, en su cuello y en su seno casi descubierto, como por descuido, la luz de una bugía colocada en una pequeña mesa junto á ella, estaba Angélica.

¿Dormia ó fingia dormir? esta pregunta se hizo Aben-Aboo, pero comprendió que aquella mujer que le esperaba á aquella hora, despierta ó dormida, no debia de haberle citado para hablarle del gran turco.

Aben-Aboo no se atrevió á despertarla en el momento: tan hermosa estaba dormida; por intencion ó pereza, no se habia quitado el traje que habia usado para la comedia, mas que el adorno de plumas: conservaba el magnífico collar de perlas, regalo humillante de Amina, y sin duda, para respirar mejor, se habia abierto el justillo; Aben-Aboo, pudo pues, anegar sus miradas en aquel cuello divino, y en aquel seno de mármol; luego como si una atraccion poderosa le hubiese dominado, acercó lentamente su semblante á aquel seno y le besó.

En esto, entraba al mismo tiempo el deseo y el cálculo, necesitaba mostrarse enamorado y audaz con aquella mujer, en quien habia visto un enemigo mortal de Amina, y cuya alianza podia convenirle.

Al sentir el ardiente beso del jóven, Angélica despertó y exaló un ligero grito de terror, que si fue fingido, lo fue admirablemente. Luego, al reconocer al jóven se tranquilizó, se sonrió de una manera tentadora, y tendió la mano á Aben-Aboo, cubriéndose con la otra el seno con los encajes.

—¿Por qué estais de rodillas? dijo infiltrando una mirada traidora por lo amante, en los ojos entumecidos de Aben-Aboo.

—Estaba adorando vuestra hermosura.

—¡Ah! ¿y vos cuando adorais besais?

—¡Ah, señora! perdonad; pero la culpa es de vuestra divina belleza.

—¡Quién os ha enseñado á enamorar de ese modo?

—Vos.

—En poco tiempo hago yo maestros de amor.

—Vos le enseñais con una sola mirada.

—De modo que vos.....

—Yo os adoro.

—No lo creo.

—¿Por qué?

—Porque adorais á otra.

—¡Ah!

—Como yo adoro á otro.

—¡Oh!

—Pero vos necesitais vengaros.

—Si.

—Y yo tambien.

—Yo de la altivez de una mujer.

—Yo del desamor de un hombre.

—Somos, pues, amigos.

—Amigos de odio.

—¿Y no mas que amigos? dijo Aben-Aboo rodeando la cintura de Angélica.

—Ya veis que os dejo hacer...

—¿Quereis sin duda serviros de mí?

—Como vos de mí.

—¡Ah! yo me serviria de vos para ser feliz.

—Vos podeis hacerme feliz haciéndome vuestra.

—¿Hablais de veras?

—¿Pues nó?

—Oid, señora: á pesar de que creo, que cuando me habeis llamado, me conoceis y comprendeis que puedo serviros de mucho, á pesar de que estoy seguro de que ni me amais ni podeis amarme, vos podeis estar segura tambien, de que á pesar de que amo á otra mujer, á pesar de que lucho con mi suerte, podeis ser mi tentacion, la mano que me impulse... y á mas de eso, la fuente donde beba el amor de que estoy sediento.

—¿De veras? ¿Hablais de veras?

—Entre una mujer como vos y un hombre como yo, no puede haber mentira. Yo os comprendo como vos me habeis comprendido.

—¿Y qué habeis comprendido en mí?

—Que sois capaz de todo por vengaros de una mujer.

—¡Ah! sí, como vos arrostrareis la perdicion de vuestra alma por vengaros de un hombre.

—Yo os doy la mujer á quien amo.

—Y yo el hombre á quien adoro.

—A falta de ese hombre.

—Acepto vuestro amor.

—A falta de esa mujer, yo os doy mi alma.

—Oid, dijo Angélica levantándose de entre los brazos de Aben-Aboo, y separándole de sí en un movimiento de suprema dignidad: no creais que la mujer que habeis visto representando sobre un tablado, ofreciendo su talento y su hermosura al vulgo, es una de esas cómicas perdidas, que abren sus brazos al primero que se las presenta con las manos llenas de oro. Bajo la comedianta está la mujer con todo su pudor, con toda su dignidad: tras mi presente de cómica, hay un pasado noble y altivo, aunque lleno de amargura y de pasiones terriblemente combatidas. Lo he perdido todo, todo, menos la honra y el corazon. Y os digo que no he perdido la honra, porque solo he pertenecido á un hombre á quien he considerado como mi esposo; os digo que no he perdido el corazon, porque no puedo sufrir que ese hombre me engañe y me mienta amores cuando me desprecia. El amor que sentia hácia el marqués, se ha convertido en odio, en lo único que puede convertirse el amor, como un dia se convertirá en odio el amor que os inspira esa duquesita de la Jarilla, esa sultana mora, esa doña Esperanza ó Amina...

—Se ha convertido ya.

—Os habeis arrastrado á sus pies y os ha despreciado...

—Si.

—¡Oh! pues debeis vengaros.

—Me vengaré, no sé cómo, pero me vengaré.

—¡Oh! ¡cuanto me amareis si yo os proporciono una venganza doble, una venganza horrible!

—Siento, señora, que me dominais, que acabareis por enloquecerme por ser el arcángel de fuego de mi vida.

—¡Oh! seguid, seguid: irritad vuestro odio: ¡qué hermoso estas pensando en vuestra venganza!

En efecto, Aben-Aboo estaba hermoso, pero con una hermosura como la que solo puede suponerse en Satanás.

—Somos, pues, el uno del otro. Nos pertenecemos, dijo Aben-Aboo.

—Si; somos desde ahora el uno del otro para vengarnos: despues, cuando nos hayamos vengado; cuando yo pueda considerarme viuda, ahogaremos nuestros remordimientos, el uno en los brazos del otro.

—¡Remordimientos!

—Sí; ¿qué culpa tienen Amina y don Juan, de que el cielo los haya reunido para amarse como se aman los ángeles? Nosotros deberiamos respetar ese amor, noble y grande, purificado por el infortunio, y sin embargo, ese amor nos roe el alma, y necesitamos exterminarle para que no nos despedace: cometeremos un crímen: lo sé: marcho á él de frente, sé que me espera el remordimiento, pero me vengaré, ó por mejor decir, destruiré lo que no puedo ver, lo que no puedo suponer sin sentir una rabiosa sed de sangre.

No parece sino que mi alma es una continuacion de vuestra alma, porque lo mismo pensamos los dos, señora.

—Nuestro comun odio hácia esos dos, que sin nosotros serian tan felices, establece ya entre nosotros una especie de amor extraño...

—Que tal vez mañana...

—¿Quien sabe?

—Os juro no perdonar nada por vengaros.

—Yo os lo juro tambien.

—Os seré fiel como la espada á la mano.

—Y yo á vos como el veneno á la muerte.

—Somos, pues, el uno del otro.

—Como hermanos de venganza ahora.

—¡Y cuando se satisfaga esa venganza!

—Creo que para entonces os amaré..... os amaré como yo amo, con toda mi alma.

—Para eso es preciso que no nos separemos.

He despedido esta noche á mi doncella para estar en libertad de obrar.

—¿Qué quereis decir?

—Que voy á seguiros ahora mismo.

—¿Y el señor Cisneros?

—¡Ah! ¡Cisneros! ¡pobre loco!

—¿Y el señor Salvador Godinez?

—¡Callad! dijo Angélica palideciendo: callad: cabalmente por temor á ese hombre seria capaz de huir con Satanás.

—El cree que no le conoceis.

—¿Le conoceis vos?

—No, pero creo...

—Es mi verdugo, el autor de mis desgracias, el que me ha obligado á arrojarme á las tablas: cree que no le conozco. ¡Ah! á una mujer como á mi no se la engaña mas que una vez.

—Pero, ¿quién es ese hombre? ¿por qué os causa tanto terror?

—Si me probais que no desconfiais de mí, yo no desconfiaré de vos. ¿Como os llamais?

—Me llamo el infante Sidi-Aben-Aboo.

—¡Ah! ¡no mentís cuando decis que sois mio! ¿Sois moro?

—Si.

—¿Vais á revelaros contra el rey?

—Si.

—¿Ansiais beber la sangre de Aben-Humeya?

—Si.

—¡Oh! he buscado el crímen, y el infierno no podia habérmele presentado mas completo, mas terrible. ¿Matareis á Aben-Humeya, vuestro pariente?

—Aunque fuese mi hermano.

—¡Y si yo os dijese el nombre del asesino de vuestro padre!

—El nombre del asesino de mi padre...

—Vuestro padre murió de hambre despues de haber sido herido por los monfíes en una cueva de las Alpujarras.

—¡Ah! y acaso el emir de los monfíes...

—Es el asesino de vuestro padre..... y no solo de vuestro padre, sino de don Diego de Válor, padre de Aben-Humeya.

—¡Y aun no hace una hora, que el hipócrita, que el miserable me abrazaba y me llamaba su hijo, y regaba con sus lágrimas mi semblante!

Angélica se estremeció; su crímen era horrible; pero necesitaba despedazar el corazon de Amina, y siguió marchando de frente al crímen.

—¡La prueba! ¡la prueba de lo que acabais de revelarme, señora!

—Si, os la daré clara y terminante: pero si hemos de llevar á cabo nuestra alianza, es necesario que no nos separemos: para no separarnos, es necesario que huyamos, para huir es necesario aprovechar los momentos. ¿No os he dicho que me he quedado sola para estar dispuesta á todo?

—¡Huir! ¡huir conmigo, esta misma noche!

—¿Os falta dinero?

—Tengo unos cien doblones.

—Y yo tengo joyas que valen un tesoro: joyas que he preparado para la fuga.

—¿Pero habeis meditado que estamos en diciembre, que tenemos que pasar por la falda de la Sierra?...

—¿Y quien teme al frio llevando un volcan en el corazon?

—Luego... un viaje de algunas leguas á caballo...

—Pero vuestro caballo es fuerte...

—¡Oh! ¡sí!

—¿Para llevarnos, y á mas mis joyas y mi dinero?

—Si, indudablemente, si no es mas que lo que hay en ese cofrecillo.

—¡Oh! pues entonces, esperad.

Angélica, tomó la luz, dejando á oscuras á Aben-Aboo, y desapareció tras una puerta de cristales.

No es la oscuridad lo mejor para inspirar buenos pensamientos; parece que hay mas bien allí donde hay mas luz. Durante el breve espacio que Angélica tardó en volver, Aben-Aboo acabó de convertirse en un demonio, sintió hácia Angélica un amor satánico, enteramente distinto del amor que le habia inspirado Amina: ardió su sangre al recuerdo de su hermosura; se inflamó su alma en un fuego sombrío al medir la profundidad de aquella alma infame de mujer. En una palabra, Aben-Aboo se vendió enteramente al diablo.

Angélica volvió enteramente vestida de negro, y envuelta en un largo manto, tomó el cofrecillo de sus joyas, puso en él las que tenia puestas cuando llegó Aben-Aboo, cerró el cofrecillo y le entregó al jóven que le puso debajo del brazo. Luego se asió al otro brazo de Aben-Aboo, y apagó la luz.

—Me habeis dicho vuestro nombre y vuestros intentos, dijo Angélica en medio de las tinieblas, con un acento tal, que erizó los cabellos del supersticioso Aben-Aboo. Voy á deciros el mio y mis intenciones. Pertenezco á la familia mas ilustre de Venecia, y en la córte de las Españas todos conocen mi nombre. Permitidme que os diga antes mis intenciones. Quiero gozar con vos, un placer del infierno, quiero quemaros y quemarme en ese amor; quiero morir en medio de un torbellino de fuego levantado sobre mi venganza satisfecha. Os he llamado, y habeis respondido á mi llamamiento. Sois mio, enteramente mio en cuerpo y en alma, como en cuerpo y en alma soy toda vuestra.

Y tras estas palabras, resonó, entre las tinieblas, un doble beso, ardiente, terrible, por el que parecian haberse exhalado dos almas condenadas.

—Ahora, dijo la comedianta, sabed mi nombre: me llamo la princesa Angiolina Visconti.

CAPITULO XII.

De cómo fue la proclamacion de Aben-Humeya.

A la misma hora en que Aben-Aboo, desesperado se encaminaba al corral del Carbon, en busca de Angiolina, dentro de una habitacion de una casa situada en lo mas alto del Albaicin, se paseaba impaciente Aben-Humeya.

Los adornos y los muebles de aquella habitacion, demostraban que la casa pertenecia á un moro rico.

Aben-Humeya, estaba completamente vestido á la castellana, con un trage de terciopelo negro.

En la casa no se oia el mas leve ruido.

El jóven mostraba en su semblante, esa profunda preocupacion que se apodera de todo el que está á punto de cambiar de posicion y de destino de una manera grave y trascendental.

Podia decirse, que las dos pasiones que de una manera mas marcada se dejaban ver en aquella preocupacion, eran la ansiedad y el miedo.

El jóven habia oido distintamente dar las doce en el reloj de la colegiata del Salvador, y su ansiedad y su miedo parecieron doblarse.

Aun duraba la vibracion de la última campanada, cuando resonó una llave en una cerradura, se abrió una puerta, y apareció un moro completamente vestido de blanco, cubierto el rostro con el extremo de su toca, y con una linterna encendida en la mano.

Aquella noche era para don Fernando de Válor, ó Aben-Humeya, una noche de fantasmas blancos.

—Sígueme, le dijo el moro.

Aben-Humeya tiró de una manera resuelta tras el encubierto, que atravesó algunas habitaciones y en el fondo de un corredor, abrió una puerta, pasó por ella, y empezó á descender por unas estrechas escaleras.

Aben-Humeya le siguió.

Ya á bastante profundidad, el moro abrió otra pequeña puerta chapeada de hierro mohoso, y tiró adelante, siempre seguido por Aben-Humeya.

Marchaban por una estrecha mina abovedada, revestida por una argamasa gris, dura y reluciente.

Despues de haber recorrido una distancia como de mil pasos, el moro se detuvo delante de otra puerta, igualmente forrada de hierro, la abrió y empezó á subir por otras escaleras.

Abrió al fin otra puerta, hizo atravesar á Aben-Humeya algunas habitaciones, y al fin le dijo al entrar en un aposento circular ricamente ornamentado y alhajado:

—Espera aquí.

Y cerró con llave la puerta.

El jóven notó que sobre algunos almohadones, que constituian los asientos de la estancia, habia ropas y armas moriscas.

El sobresalto y la ansiedad, seguian siendo la expresion de su semblante.

No pasó mucho tiempo antes de que resonase una llave en la cerradura de otra de las puertas de la estancia, que se abrió y dió paso á un hombre grave, hermoso, noble, que llevaba vestiduras de califa, y corona de oro en la cabeza.

Tal era la magestad del recien entrado, que la turbacion de Aben-Humeya creció.

—En este momento, dijo á Aben-Humeya, se reunen en casa del Hardon, los xeques del Albaicin y de la Vega, y los wazires, alimes y walíes de las Alpujarras. ¿Estás dispuesto, Aben-Humeya?

—¿Quién eres tú que te me presentas con las insignias de rey de los creyentes, la espada de la conquista al costado, y la corona del imperio en la cabeza? preguntó con recelo el jóven.

—Soy el emir de los monfíes de las Alpujarras, el primo hermano de tu padre, tu tio, contestó Yaye-ebn-Al-Hhamar, que él era.

—¡Ah, señor! exclamó Aben-Humeya, dominado por el magestuoso aspecto de Yaye, por su palabra, y por la conmocion misteriosa que se notaba en su voz: ¡ah señor! ¿con que vos sois ese noble y poderoso pariente que tanto ansiaba conocer?

Y Aben-Humeya, se arrojó á los piés de Yaye, y asió sus manos, sobre las cuales, como sobre las de Aben-Aboo, anteriormente rodó una lágrima del emir.

—Ha llegado la hora, dijo Yaye: nuestros hermanos no pueden resistir ya el odioso yugo del conquistador y le rompen. El levantamiento necesita un rey, y todos esos fieles creyentes que se congregan en casa del Hardon, te aclamaran, hijo mio; pondran á tu costado la espada de la conquista, y sobre tu cabeza la corona del imperio.

—¿Y vos, señor? exclamó hipócritamente Aben-Humeya.

—Cuando Granada obedecia las leyes del cristiano, cuando el emperador don Carlos, antes, y despues su hijo don Felipe, se llamaban reyes de Granada, yo sustentaba sobre mi cabeza, la corona de un pueblo de valientes, que vivían y viven sueltos y libres en la montaña: esos valientes son la esperanza del pueblo moro de Granada: sin los monfíes nada podria hacerse: suya es la fuerza: yo he podido bien decir á los moriscos de Granada, de Almería y del Almanzora: «héme aquí, descendiente de reyes, que he sostenido con honra en las Alpujarras, durante veinte años, siempre desnuda y roja en sangre infiel, la espada de Islam; reconocedme y juradme vuestro señor y venid armados bajo mis banderas.» Los moriscos me hubieran aclamado su emir supremo, y todas las pretensiones de los que se hubieran creido con derecho á la corona de Granada, hubieran quedado imposibilitadas de logro. Pero vives tú: el Altísimo me ha negado hijos...

—Pero te ha dado una hija que es un arcángel del sétimo cielo, señor.

—Ya sé, ya sé, que bien quisieras ser esposo de la sultana Amina. Pero ese casamiento es imposible. Has hablado con ella esta noche, has firmado unas capitulaciones que ya habia yo firmado, por las que se determina de qué manera serás rey de Granada, y el órden de sucesion de la corona; por lo que mi hija te ha dicho, por el contexto de esas capitulaciones, sabes que la sultana Amina es casada como tú lo eres: que como tú tienes un hijo, la sultana tiene una hija, que si Dios no lo impide seran esposos.

—Y no era mejor, mas conveniente que la sultana Amina, rompiese su matrimonio, que yo rompiese el mio...

—Tu casamiento con mi hija es imposible, exclamó profundamente conmovido Yaye, y daria parte de mi salvacion, porque ni aun en ello hubieses pensado: seria provocar la justicia de Dios: no, no: y luego yo no quiero ser cruel, no quiero romper el corazon de mi hija que adora á su esposo; no quiero romper el corazon de la pobre Isabel de Rojas que te ama con toda su alma. No, Aben-Humeya, hijo mio; cuanto he podido hacer por tí, por tu engrandecimiento lo he hecho; serás rey de Granada; cuanto pueda hacer por la gloria de tu nombre lo haré, y serás rey vencedor. Luego, despues del triunfo, si el Altísimo en sus bondades se digna concedérnoslo, cuando tu hijo y mi nieta, sean el uno del otro; cuando haya asegurado sobre tu cabeza y la de tus descendientes la corona del reino, yo que soy harto desdichado, y estoy harto cansado de la vida, pasaré á Africa, y te dejaré dueño absoluto de tu herencia. Entre tanto mi espada y mis consejos te son necesarios, y seré tu padre y tu señor, mientras convenga que asi sea. No hablemos mas de esto; vístete esas ropas, cíñete esas armas y vamos; es necesario que los que te esperan no se impacienten.

Aben-Humeya empezó á despojarse en silencio de su traje castellano, sustituyéndole con el musulman.

Hubo un momento de silencio.

—¿Y estais seguro, señor, dijo de repente don Fernando como si hubieran nacido sus palabras de un recelo, que no habrá quien quiera disputarme la corona?

—Peor para el que á ello se atreva, dijo con una autoridad llena de confianza Yaye.

—Sin contar con el brabío Farax-aben-Farax, que como descendiente de Abencerrages, se dice merecedor de la corona, mi primo Aben-Aboo puede alegar que como yo, que desciende del Profeta, y de los califas omniades.

—Farax-aben-Farax, es el valiente de los valientes de Granada, y contentaremos su ambicion, y daremos entretenimiento á su valor, haciéndole la segunda persona despues del rey; Farax será alguacil mayor del reino[18]. Aben-Aboo es nuestro pariente, y como tal, infante de Granada. Mi autoridad nos responde de su lealtad. Nada temas, pues, y puesto que ya has cambiado de ropas, sígueme.

Yaye, y Aben-Humeya salieron, y precedidos por el moro blanco que los esperaba fuera, y alumbrados por su linterna, atravesaron algunas habitaciones, llegaron á otra mina y al fin de ella Yaye despidió al moro, y asiendo una mano al jóven le condujo á oscuras á una habitacion en la que entraba una escasísima luz, por los claros de la celosía de una ventana árabe que parecía corresponder al interior de una habitacion iluminada.

Yaye condujo á Aben-Humeya á la celosía.

—Espera aquí le dijo: mira y escucha.

Aben-Humeya apoyó su trémula mano en la columnilla de la ventana y miró á la habitacion que se veia desde ella.

Era extensa y magnífica; al fondo, bajo un arco labrado y dorado, se veia un dosel real, con el escudo de las armas de los reyes de Granada; bajo el dosel sobre dos gradas cubiertas con una magnífica alfombra, un divan; á cada uno de los ángulos de las gradas sobre la alfombra del pavimento general almohadones, destinados á los katibs ó secretarios: alrededor de la estancia corría una galería de arcos, entre los cuales pendían ricos tapices; á lo largo de estos arcos corría un divan, y mas hácia el centro, paralelos á los divanes de los costados otros dos: entre estos dos divanes, en el centro de la cámara, habia cuatro almohadones superpuestos de riquísimo brocado, y sobre estos almohadones vestiduras régias y una bandeja de oro, con una corona, y una espada desnuda.

Una lámpara de seda pendiente del techo iluminaba la cámara.

Cuando Aben-Humeya se puso á observar tras la celosía, la cámara estaba llena de moros, viejos y venerables los unos, hombres maduros los otros, muy pocos jóvenes; hablaban con calor en corrillos y se notaba que estaban impacientes; al fin poco despues de haberse puesto junto á la celosía Aben-Humeya, se levantó el tapiz de uno de los arcos situados junto al dosel y una voz sonora dijo:

—¡El poderoso emir de los monfíes, Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar!

Inmediatamente, un profundo silencio sucedió á la agitación anterior, los moros se colocaron en órden junto á los asientos, los secretarios ocuparon su lugar á los piés del dosel, y Yaye entró precedido y seguido, de guardias wazires y walíes y ocupó el dosel: todos estaban de pié é inclinados.

A la derecha del dosel junto á los guardias se veian dos hombres que ya conocemos: eran don Fernando de Válor el Zaquer, tio de Aben-Humeya, y el faquí Abul-Hassam.

Un poco mas allá fijando en los anteriores una mirada profunda y recelosa se veia otro hombre como de cuarenta años, de semblante enérgico y brabío. Aquel hombre era Farax-aben-Farax.

Yaye estaba de pié sobre el trono. Todos los asistentes como hemos dicho estaban de pié é inclinados.

Reinaba un silencio profundo, en medio del cual se escuchó reposada magestuosa y grave la voz de Yaye.

—Buenos muslimes, dijo, creyentes del reino de Granada, héme entre vosotros, en el momento necesario. Me habeis llamado y acudo á vuestro llamamiento. Sentaos y escuchadme.

Notes in this chapter

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