SEGUNDA PARTE. EL MARQUESITO Y LA DUQUESITA. (continued 3)
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—Ignora vuestra alteza con quién habla, dijo reposadamente Yaye, del mismo modo que ignoraba que nada sucede en mi casa sin que yo lo sepa.
El marqués estrechó fuertemente la mano de la duquesita, que no contestó á la presion, porque era una especie de burla hecha á su padre.
—En verdad, duque, repuso el príncipe con un acento en que habia una ligera indicacion de cólera, que tratándose de una persona tan misteriosa como tú, tan oscura, es difícil saber á qué atenerse; sin embargo, tu aspecto es altivo y noble, y me agrada; algunas veces, ahora, por ejemplo, tienes la misma expresion, sin quitar ni poner, que mi padre cuando me sermonea porque he asustado á una dama de la reina. Tu mirada á veces es la de un rey. ¿Serás acaso rey de alguna ínsula desconocida?
Habia un tan profundo desprecio en las palabras del príncipe, que otro que no hubiera sido Yaye, se hubiera alterado.
Apoyóse ligeramente en un ángulo de la mesa junto á la cual estaba de pié y contestó:
—Sea yo rey ó mendigo, hidalgo ó villano, caballero ó bandido, es lo cierto que vuestra alteza está en mi casa y de mala manera llegado. Yo sabia, sin embargo, que ibais á venir, y sino hubiera querido que vinieseis no hubierais poseido la llave que os ha dado uno de mis criados, no por vuestro oro, que le he hecho repartir á vuestro nombre entre algunos pobres, sino porque yo le he mandado que os la dé. Necesitaba hablar con vos, y ciertamente que lo que aquí puedo deciros, no os lo hubiera dicho por nada del mundo en la córte. ¿En qué estado de relaciones os encontrais con los rebeldes de Flandes?
El príncipe se levantó de un salto al escuchar estas palabras, y el marqués de la Guardia sintió que la mano de Amina temblaba entre la suya.
—¿Que en qué estado estoy de relaciones con los rebeldes? exclamó acreciendo en lividez el príncipe. ¿Y te atreves á hacerme esa pregunta, traidor?
—Espere un momento vuestra alteza, dijo Yaye, y comprenderá, en vista de una prueba indudable, que tengo razones poderosas para hacerle esta pregunta.
El duque fue á una especie de secreter de ébano incrustado de plata y nacar, y de uno de sus secretos sacó una cartera de seda bordada de lentejuelas de oro, desenvolvió lentamente la ancha cinta de raso que la rodeaba, sacó de ella algunos papeles, y de entre ellos uno que retuvo en sus manos.
El príncipe le miraba atónito con la vaguedad de los insensatos:
—Hace dos meses dijo Yaye, entró en Madrid secretamente, y se hospedó en uno de los mesones menos concurridos de la villa, un jóven caballero francés. Aquel caballero se llamaba Laurent de Perceval, y era hugonote.
El duque se detuvo y miró profundamente al príncipe, que procuró en vano sostener su mirada, y se puso lívido como un cadáver.
Hubo un momento de silencio: durante él, don Juan dijo rápidamente al oido de Amina:
—Yo no puedo permanecer aquí: se trata de secretos terribles.
—¡Mi honor te manda permanecer! exclamó profundamente Amina.
—¡Oh, quiera Dios que tu amor no me pierda! murmuró el marqués.
—Una noche, continuó Yaye, rompiendo su momentaneo silencio, un cierto Cisneros, un comediante miserable que os acompaña, y que habia ido al tal meson varias veces, y todas ellas preguntando por el Laurent, supo al fin que aquel caballero habia llegado y le habló: una hora despues el hugonote Perceval, el príncipe heredero del cristianísimo rey de las Españas, y el comediante Cisneros, conspiraban abiertamente contra Dios y contra el rey, en el oscuro aposento de un meson, harto agenos de que eran escuchados.
En efecto, todos los aposentos inmediatos estaban vacíos y cerrados.
Yaye pronunciaba una á una y solemnemente sus palabras.
—Pero sobre aquel aposento, continuó Yaye, habia un desvan á teja vana, y en él vivia desde dos dias antes de la llegada á Madrid del caballero francés, un pobre y anciano mendigo. Este mendigo habia levantado una baldosa, y habia abierto en las tablas un agujero, desde el cual podia mirar y escuchar cuanto pasase ó se dijese en el aposento inferior. La noche, pues, que vuestra alteza estaba encerrado en aquel aposento con el francés y el comediante, el mendigo observaba cuanto en aquel aposento acontecia. El príncipe, con mas ambicion que paciencia, deseaba la corona de su padre.
El príncipe tenia la vista fija en el suelo y temblaba como un reo ante su juez.
La voz de Yaye era solemne.
—¿Y qué mucho? añadió con voz vibrante y terrible. Estamos en una época de crímenes. A donde quiera que se vuelvan ahora los ojos encuentran sangre; rostros amoratados por el dogal ó lividos por el tósigo. Acá y allá, cerca y lejos, solo encontrais opresores y esclavos; volved la vista al Occidente, atravesad con ella los mares, mirad á la América: allí, brutales aventureros, bandidos codiciosos, oprimen á millones de hombres á quienes han robado la patria y los altares, á quienes han arrojado de su hogar: los infelices indios se han visto obligados á huir á los desiertos, donde se defienden con el valor de la desesperacion de las infamias del feroz conquistador. Ved sus doncellas violadas y vendidas como esclavas, sus viejos degollados, los niños arrebatados á sus padres, y entregados á los frailes: ved sus guerreros domeñados, reducidos á la servidumbre, bautizados á la fuerza: si penetrárais en esos desiertos peñascosos, cubiertos de selvas interminables, surcados por torrentes y abiertos por volcanes; si aportárais al fuego del consejo de una de esas tribus errantes y escuchárais el cántico de guerra con que se preparan al combate, les oiriais maldecir á los rostros pálidos que llegaron en las grandes canoas: aquellos rostros pálidos son los españoles: si los viérais en el combate, admirarías la desesperacion con que prefieren la muerte á la esclavitud; veríais las praderas cubiertas de cadáveres destrozados por el hierro y por los cascos de los caballos, y despues del triunfo de los españoles, os horrorizaria mirar cómo estos tratan á los vencidos; con cuanta innoble avaricia aquellos miserables aventureros, se arrojan sobre el oro y sobre las perlas que produce con una fecundidad maravillosa, la vírgen América. Allí el testimonio del gran crímen de las Españas, se levanta por todas partes; aquel es el tesoro donde á trueque de sangre y de infamias van á enriquecerse miserables bandidos bajo las banderas de un rey católico. Si no os satisfacen los crímenes de Occidente, si quereis apurar mas horrores, volved la vista al Oriente, al reino de Granada: allí tambien hay un pueblo vencido: allí tambien se esclavizan las doncellas, se roban los hijos á sus padres, se bautiza á la fuerza, se degüella y se quema á los hombres, y se arrasan pueblos enteros. Allí tambien resuena la terrible voz del sacerdote español: allí tambien los gemidos se mezclan al crugir de las cadenas. Una garra del leon de España ataraza al Occidente, mientras la otra despedaza al Oriente. Si quereis ser testigo de mas crímenes, volved la vista á Flandes; allí tambien, so pretexto de religion, flotan los pendones de España, y sus tercios se ensangrientan sobre los campos que respetan los mares, y el saqueo y el incendio visitan una tras otra populosas y ricas ciudades; y aun en el mismo corazon de la España, si quereis presenciar horrores, bajad á los calabozos del Santo Oficio, penetrad en las mazmorras de los castillos reales; en las unas se empareda y se descuartiza, en los otros se estrangula y se degüella; por todas partes el terror imponiendo la ley del fuerte; por todas partes, por el mar y por la tierra, los innumerables galeones y las mil banderas de los tercios del rey. Castilla quiso un dia sacudir el yugo, y cayó vencida con sus comunidades: el rey ahogó con sangre la voz de la libertad: el sacerdote sofocó con fuego los fueros de la conciencia. Si; España es grande, poderosa, terrible; en todas partes domina; pero en todas partes domina por el crímen. ¿Qué mucho, repito que, cuando tantas infamias se levantan ante los ojos, un hijo ansíe ser rey aun á costa de la vida de su padre? ¿Acaso don Felipe el II no era rey de Nápoles y de Inglaterra á los diez y seis años? Es cierto que el emperador Carlos V se retiró por su voluntad á una celda de San Gerónimo de Juste: pero ¿San Lorenzo del Escorial no es tambien un magnífico monasterio? ¿Acaso una tumba es otra cosa que una celda donde se duerme por toda una eternidad?


Tomad: leed.
El príncipe continuaba en silencio y cada vez mas turbado y trémulo, dominado por la mirada y por la palabra cada vez mas penetrante y solemne de Yaye.
Este por cansancio ó por desprecio hácia el príncipe se sentó: don Carlos continuó de pié.
—Laurent de Perceval, continuó el duque cambiando su entonacion declamatoria por otra sencillamente narrativa, era un enviado de Guillermo de Nassau, príncipe de Orange: este le enviaba á vos, para ofreceros la corona de los Paises Bajos, bajo el titulo de conde de Flandes: esto no era otra cosa que excitaros á la rebeldía contra vuestro padre; pretender arrancarle uno de los mas ricos florones de su corona: se os pedian cartas que se pudiesen mostrar á los luteranos, y vos, vos, príncipe rebelde á vuestro padre, escribísteis esta carta que tengo entre mis manos. Tomad, leed.
El príncipe tomó con una mano trémula aquella carta y la reconoció á primera vista: estaba enteramente escrita de su mano, firmada por él, y en ella aceptaba la propuesta del príncipe de Orange, y se declaraba protector de la Reforma en los Estados de Flandes. Aquella carta era la cabeza del príncipe si por un acaso iba á dar en las manos de su padre.
—Ya podeis conocer, dijo el duque, que quien es poseedor de esa carta es muy amigo vuestro cuando no ha usado de ella presentándola al rey.
—¿Cómo ha venido á vuestro poder esta carta? dijo el príncipe reteniéndola.
—Recordad que os he dicho que mientras vos hablábais en cierto meson excusado con Laurent de Perceval y el comediante Cisneros, habia otra persona, que sin que vos lo supiéseis, lo presenciaba todo, á través de un agujero abierto en el techo. Aquella persona, que tenia todas las apariencias de un mendigo viejo y enfermo, era en la realidad jóven, robusto, lleno de vida. En una palabra, aquella persona era yo.
—¡Vos!
—Si, yo.
—¿Y quién os habia dicho que el caballero Laurent de Perceval debia venir á Madrid enviado por el príncipe de Orange?


—¡Ah, Bempo! ¡Bempo! ¡yo te amo!
—Vos no sabeis quién soy, si bandido ó caballero, rey ó esclavo: yo tengo medios de saber todo cuanto me interesa saber. Por otra parte, como solo he venido á Madrid contando con vos, era natural que me interesase por vos. Sabedor del dia en que Laurent de Perceval debia ponerse en marcha para llevar vuestra imprudente carta á Guillermo de Nassau, le esperé en el camino.
—¡Y le matásteis!
—No le maté. Iba perfectamente disfrazado con las preseas de alférez de vuestra guardia, en términos que Perceval no me reconoceria si me viera de nuevo ante sí. Dejéle pasar oculto en una venta, alcancéle luego, y me presenté á él como vuestro enviado. Díjele que habiais meditado mejor; que no creíais prudente todavía un alzamiento general en los Paises-Bajos á vuestro nombre, y le dí tales señas de las conferencias que el mismo Perceval habia tenido con vos, que sin dificultad me entregó esa carta, y en cambio se encargó de un mensaje verbal para el príncipe de Orange y de un libramiento de treinta mil florines á la órden del Laurent, dado por un genovés de Madrid contra otro de Bruselas, para que Orange pudiese sostener la guerra contra España por algun tiempo; ved aquí el recibo del libramiento, que Perceval me hizo en una venta del camino.
Yaye sacó otro nuevo papel de la cartera y le entregó al príncipe.
—Ahora, dijo el duque, podeis quemar esa carta y ese recibo. Tales pruebas deben destruirse cuando ya han servido de la mejor manera que podian servir.
El príncipe se apresuró á quemar á la luz de una bujía aquellos terribles papeles.
—Y ahora bien, ¿qué quereis de mí? dijo cuando los hubo destruido.
—Quiero en primer lugar que nada hagais sin consultarlo conmigo.
—¿Y qué creeis que debo hacer?
—Reinar.
—¿A todo trance?
—A todo trance.
—Sin embargo, no ha mucho me hablábais con indignacion del crímen.
—Por lo mismo que el crímen nos rodea por todas partes, debemos valernos de él en nuestro provecho antes de que otros le empleen en nuestro daño.
—¿Creeis, pues, que debo aceptar el vasallage de los flamencos?
—Si, si por cierto; pero no ahora. Aun no es tiempo: una tentativa en estos momentos fracasaria: la infanta Margarita de Parma, gobernadora de Flandes, es una mujer que con su gobierno blando y benéfico tiene contenida la insurreccion: es necesario que á este poder tolerable, sustituya un poder duro, despótico, insufrible; es necesario que sea gobernador de los Paises Bajos el duque de Alba; dejad que pruebe fortuna el príncipe de Orange; que despues, si la rebelion crece, tiempo tendremos de obrar. Yo he hecho en vuestro nombre cuanto se debe hacer por ahora: enviar dinero á los descontentos: del mismo modo alentaremos á los hugonotes de Francia: cuando hay oro todo es fácil.
—¡Y vos!...
—Ya os he dicho que acaso soy un rey; acaso un bandido. Tal vez sea las dos cosas á la vez. Ahora que ya me conoceis como vuestro partidario, que ya sabeis que podeis recurrir á mí por oro y consejos, idos príncipe, y no olvideis jamás cómo os ha recibido un hombre en cuya casa habeis entrado con intencion de deshonrarle.
—No, no saldré de aquí sin que me hagais una promesa.
—¿Cuál?
—Amo á vuestra hija.
—¿Y la amais mirando en ella á vuestra esposa?
—Si, aunque para ser su esposo hubiese de sacrificar mi vida.
—¡Sed rey!
—¡Cómo!
—¡Sed rey! repitió fatídicamente el duque.
—Pero... mi padre es jóven... balbuceó el príncipe.
—¡Sed rey ó renunciad al amor de mi hija!
—¡Pues bien, lo seré y pronto!
—No os apresureis, no cometais una imprudencia; esperad.
—Esperaré: pero...
—Os prometo mi hija: ahora salid.
Yaye tomó una bujía de sobre la mesa y acompañó al príncipe: la habitacion quedó abandonada: detrás de las vidrieras habia quedado mudo, aterrado, el marqués de la Guardia: Amina fijaba en él una mirada lúcida.
—¡Oh, Dios mio! ¡Dios mio! exclamó el marqués: ¡qué horror! ¡Tú, Esperanza, prometida á ese príncipe infame á cambio de un parricidio!
—El crímen se combate con el crímen, don Juan, dijo Amina: ahora bien, ¿tendrás valor para sacrificarte á mi amor como yo me sacrifico á sagrados deberes?
—¡Oh, Esperanza! ¡considera que soy español, noble y caballero!
—El hombre que haya de ser mi esposo lo ha de sacrificar todo por mí.
Llevó al jóven á una puerta; le dejó encerrado tras ella, volvió, abrió la vidriera y entró en la cámara de su padre. Poco despues entró este, y la besó en la frente.
—El dia en que nuestros enemigos se hagan pedazos se acerca, dijo este. Ese dia se enjugaran tus lágrimas, hija de mi alma. Entre tanto es necesario que cumplamos el juramento que yo hice á mi padre moribundo. ¡Todo por la patria! ¡todo! ¡hasta la virtud!...
Despues, estos dos extraordinarios seres se separaron; Amina fue á la puerta tras la cual habia dejado á don Juan, y atravesando las mismas habitaciones oscuras que habian recorrido hasta allí, le llevó á su aposento, cerró el mirador y se sentó á su lado.
CAPITULO XI.
Lo que puede el amor de una mujer.
La habitacion de Amina estaba amueblada con una riqueza suma: sus cuadros, sus tapicerías, sus alfombras, sus divanes eran lo mas bello, lo mas rico, lo mas raro que producian en aquellos tiempos las artes y la industria. Sobre una mesa maravillosa, lucian dos candelabros de plata cincelados, y el estrado en que se habian sentado los dos amantes, era de brocado de tres altos.
Don Juan, profundamente abstraido, no veia nada de todo esto, habia llegado hasta allí maquinalmente; tenia abandonada una mano en otra mano de Amina, y aquella mano temblaba y estaba fria como la de un cadáver.
Amina le contemplaba con una fijeza intensa; estaba palida, y en sus negros ojos brillaba una expresion de altivez indomable: parecia que queria escudriñar y analizar con su mirada lo que pasaba en el alma del marqués, que estaba aterrado, anonadado, como insensible, á causa de los terribles secretos que sucesivamente habia descubierto.
Su afan por ver claro en la vida interior de Amina, habia sido demasiado satisfecho: don Juan se arrepentia de haber deseado salir de su ignorancia.
Como por efecto de un poder magnético, la intensa mirada de la jóven atrajo al fin la mirada de don Juan, y entrambos se contemplaron durante un segundo, con una de esas miradas que no pueden describirse, y que jamás se olvidan por quien ha sido objeto de ellas.
—Si, si, te amo, Esperanza; te amo á pesar de todo, dijo el marqués comprendiendo la expresion de la mirada de Amina; te amo tanto, que á pesar de que yo debia revelar al rey cuanto he visto y oido, guardaré acerca de ello un profundo secreto.
—¿Y qué sabeis? dijo Amina con un acento tal y tan dominador, que fascinó á don Juan; verdadero acento de reina que sin despreciar impone, y sin exigir manda; ¿sabeis acaso quién es la mujer que la fatalidad ha puesto en vuestras manos?
Don Juan lo sabia por la revelacion de Angiolina; pero se guardó muy bien de demostrarlo: limitóse, pues, á contestar:
—Seas lo que quieras, conozco que mi vida y mi alma son tuyas, Esperanza.
—Llegará un dia en que comprendas, don Juan, dijo Amina, cuya frente se habia serenado, descendiendo, por decirlo así, de su terrible magestad; llegará un dia en que comprendas cuánto te ama la mujer á quien con tus locuras has hecho desgraciada.
—¡Mis locuras!
—Si por cierto, ¿qué son sino locuras tus amores con esa aventurera italiana, con esa princesa Angiolina? ¿Tu empeño en causarme zelos con ella? ¿qué ha sido sino una locura suponer que yo podria empenarme de tus amores por arrebatarte á esa mujer?
Habia tal dignidad, y una dignidad tan tranquila en Amina al pronunciar estas palabras, que el marqués se desconcertó, y no pudiendo negar sus amores con la princesa por demasiado públicos, contestó:
—Yo me veia desdeñado por tí.
—Desdeñado no: alejado si.
—Sea como quieras; pero si nada te importa que yo ame á otra ¿por qué eres desgraciada?
—Porque te creia mas grande, mas noble de lo que eres en realidad.
—He pretendido olvidar, dijo por decir algo el jóven.
—¡Olvidar! ¡olvidarme!¡y para olvidarme...! ¡á mí! ¿has recurrido al amor de esa mujer? lo repito: me he engañado: yo pensé que valias mas, infinitamente mas que lo que vales.
Don Juan conoció que habia incurrido en una necedad, y para remediarla incurrió en otra, como sucede generalmente á todo el que quiere salir de una posicion falsa sin confesarse vencido.
—Rechazaste mi mano con un pretexto que no he podido comprender, dijo.
—Un hombre que ama á una mujer y no puede obtenerla, la obtiene ó muere; pero no intenta ultrajarla, contestó con dignidad Amina.
—¿No me he puesto á tu paso? contestó apelando á la dulzura el marqués.
—Conservando tu vanidad; pretendiendo que me humillase; enamorando á otras á mis ojos.
—¿No he venido todas las noches á esa calleja?
—¡Esperando sin duda, dijo con sarcasmo Amina, que yo, arrastrada por mi amor, te llamase!
—¡Oh, y cuán cruel eres, Esperanza!
—Y al fin te he llamado; y al fin estás en mi aposento, solo conmigo, en medio de la noche.
—¡Oh! ¡Esperanza!
—Pero ya sabes para qué y por qué te he llamado: ahora don Juan es necesario que nos separemos.
—¡Con que es decir que me has llamado para que sepa que el príncipe va á ser tu esposo!
—Si mi padre lo exige, lo será.
—¡Es decir que no me amas!
—Nunca debimos unirnos, don Juan.
—¿Que nunca nos debimos unir?
—No, para evitar el dolor y la vergüenza de separarnos.
—¡De separarnos...! ¡es decir que tu ambicion..!
—Yo me sacrifico á mi nacimiento, á mi destino.
—¡Oh! ¡si! dijo con doloroso sarcasmo el marqués; me he olvidado de que eres... y se detuvo.
—Si, soy reina, contestó con una fria dignidad Amina.
—¡Reina tú! exclamó con creciente asombro el marqués.
—Si, no importa de qué reino; pero mi reino existe, y mis vasallos, cuando me presento entre ellos, doblan ante mí la rodilla.
Don Juan quiso contestar y no pudo: la admiracion, el estupor, el miedo, y aun podemos decirlo, un miedo supersticioso, habian cohartado sus facultades de apreciacion; recordó entonces cuanto le habia revelado la princesa, y comprendió que aquella mujer no le habia engañado: vió delante de si á la reina de aquellos famosos monfíes de las Alpujarras, solo conocidos por sus terribles hechos: trasladóse su pensamiento á las, para él desconocidas, regiones del Nuevo Mundo, y parecióle ver á Esperanza, en medio de las tribus indias, que la rendian homenaje; entonces hablaron de una manera clarísima para él, el encendido color moreno de Amina, aquel color tan bello, tan límpido, tan incitante; parecióle ver destellar de sus negros ojos una chispa de magestad salvaje, y que aquella frente magnífica, aquella mirada incontrastable, le decian:
—Soy nieta de los reyes de Granada, reina de los monfíes de las Alpujarras; soy nieta de los emperadores de Méjico, reina de los rebeldes del desierto.
Esta era la única solucion que, contando con los antecedentes que tenia, encontraba el marqués á tales misterios.
—En vano te obstinarás, don Juan, dijo Amina, comprendiendo la perplejidad del jóven, por descifrar el misterio de mis palabras. Solo sabrás la verdad si un dia la desgracia cesa de afligirnos. Para eso será necesario que se cambie la faz de los reinos de Europa, y que se viertan torrentes de sangre. Entre tanto respeta el secreto que no debo revelarte.
—¿Pero nada puedo esperar?
—Puedes esperarlo todo si consientes en sacrificarlo todo por mí.
—¡Oh! ¡y qué sacrificio no haria yo por tu amor!
—Hubo un momento, dijo tristemente Amina, en que yo olvidé por tí mi condicion, mi honor y los proyectos de mi padre. Cuando vine en mal hora á la córte del rey de España, para desempeñar al lado de la reina un servicio que me humillaba, y que yo sufria porque tal era la voluntad de mi padre, tenia el corazon libre, no amaba; pero sentia una ardiente necesidad de amar: llegó un dia en que oí hablar de tí; se ponderaban, tu hermosura, tu juventud, tu valor, tu generosidad: supe que los ociosos de la córte habian unido nuestros destinos de una manera extraña: á tí te llamaban mi hombre, á mi, tu mujer. Era necesario que yo te viese, para que pudiera contestarme á esta pregunta que me habia hecho con cólera al escuchar aquellas extrañas palabras.—¿Qué puede haber de comun entre ese marqués tan ponderado y yo? Pero cuando te ví al fin, cuando ví tu semblante al reflejo de la luna despues del incendio de la iglesia del Buen Suceso, que me habia aterrado; cuando sentí llegar tu mirada hasta el fondo de mi alma, inflamándola, llenando su vacío con un fuego divino, abriendo para mí una nueva vida; la vida del amor.... ¡Oh! entonces comprendí lo que el mundo habia encontrado de comun entre nosotros; entonces comprendí que tú eras mi hombre; mas todavía: mi esperanza, mi felicidad, mi Dios.
Al decir estas palabras, el semblante de Amina fue perdiendo gradualmente la fria rigidez que hasta entonces habia afectado por orgullo; brotó á él la pasion; acreció su palidez, sus ojos lanzaron un fulgor divino, sus hermosos y rojos labios se mostraron trémulos y entreabiertos, y como iluminado por el reflejo del semblante de Amina, el del marqués resplandecia tambien.
Hay situaciones en que no se habla, porque el lenguaje humano no tiene palabras para expresar lo que en tales momentos el alma siente; situaciones en que los ojos que lucen con una fuerza superior á la que puede suponerse en la vida; en que la sangre que afluye al corazon; los latidos de este que se oyen; un no sé qué de sobrenatural, de fantástico, de divino, que emana de esa semejanza de Dios que se llama criatura, hablan por sí mismos con un lenguaje mas elocuente, mas sublime que el lenguaje material; y cuando el alma se exhala, como que se escapa por todo nuestro ser, cuando ese ser es una mujer tan hermosa como Amina, tan pura (y decimos tan pura porque la pureza reside en el alma y no pueden mancharla las miserias de la vida), aquella mujer es el ángel de redencion y de perdon, ó el demonio de perdicion con que Dios glorifica ó condena á un hombre sobre la tierra.
Don Juan se extremecia bajo la mirada de Amina, bajo su aliento, ante su hermosura; don Juan sentia el horrible tormento del placer que hiere porque no tenemos sentidos bastantes para absorverle: don Juan se sentia levantado á una altura inmensa sobre la tierra, flotando en un espacio aéreo, ardiente, impulsado por un torbellino de fuego.
—¿Con que me amas? ¿me amas? exclamó con delirio.
—¿Si no te amara viviria? exclamó Amina. ¿Si no te amara te hubiera introducido bajo el techo de mi padre para que vieses por tus ojos y no dudases de mi? ¿si no te amara me importaria algo que dudases ó no?
—Y bien; si me amas, ¿por qué no ser mi esposa?
—Júrame que jamás levantarás el acero contra mi padre, y te prometo, te juro, que si no soy tu esposa, no lo seré de otro.
—¡Oh! si, si, dijo don Juan trasportado; te lo juro por la gloria de mi madre, y por mi honor.
—Por el descanso de tu buena madre si; dijo Amina levantándose con enerjía; ¡por tu honor no!
—¿Por mi honor no? exclamó levantándose asombrado el marqués.
—¿A qué llamais los castellanos honor? exclamó con desprecio Amina; á servir ciegamente y como viles esclavos á un rey tirano; á un rey á quien el Altísimo sostiene en un trono para castigar los pecados de un pueblo: cuando ese rey fija la mirada codiciosa en una region feliz, rica y próspera y la ambiciona; cuando ese rey os dice: tomad mi estandarte y empapadlo en sangre humana, porque es necesario que yo añada á mi blason real los blasones de aquel otro pueblo, id, conquistadle, destrozadle, esclavizadle, yo lo quiero; es necesario que yo sea rico, grande y fuerte, á costa de la pobreza, la abyeccion, y la debilidad de pueblos enteros; id, que os lo mando yo..... cuando el rey os dice: id á llevar el luto, la servidumbre y la deshonra á otros paises, vosotros llamais honor á la obediencia que os pone las armas en la mano y os lleva, como bandidos en cuadrilla, á apoderaros por fuerza de lo que no es vuestro; á robar lo que Dios quiere que sea respetado. ¡Oh, no! ese honor es la infamia; el verdadero honor es el que defiende la patria, el que ampara al pobre y al desvalido, el que acomete á los tiranos y los vence ó sucumbe: los castellanos no comprendeis ni el honor ni la gloria; llamais honor al crímen y gloria á la infamia. No; yo acepto tu juramento por el descanso de tu madre, por mi amor, por tu alma, pero por lo que tú crees honor, no: ese honor te haria mi enemigo; ese honor te obligaria á delatar á mi padre, á entregarle al verdugo; ese honor te obligaria mañana á degollarme ó á contribuir á que fuese vendida como esclava: ese honor te separa de mí.
—¿Luego eres enemiga de los castellanos?
—Si, enemiga á muerte.
—¿Y por qué entonces cuando nos encontramos, no me dijiste: sigue tu camino, y no procures unirte á mi porque un abismo nos separa?
—¡Oh! ¡los hombres son cobardes, muy cobardes! exclamó con acento frio y acerado Amina; ¡el valor es de la mujer, exclusivamente de la mujer! ¡nosotras lo sacrificamos todo por ellos, patria, religion, virtud, felicidad! ¡nos perdemos en cuerpo y alma por ellos! ¡ellos no saben sacrificarnos nada! ¡Ya se vé! ¡la mujer ha nacido para ser esclava! ¿por qué te amaba antes de conocerte? ¿por qué, si en aquellos momentos me hubieras pedido la vida te la hubiera dado sonriendo? ¡Oh, vosotros no amais! ¡vosotros..! ¡ni aun siquiera comprendeis de cuánto es capaz una mujer enamorada!
—Pues bien; si eso es verdad; si alientas en tu alma esa fuerza sublime del amor, sígueme.
—¡Abandonando á mi padre! ¡No! ¡jamás!
—¿Con que en el momento de la prueba retrocedes? ¿Con que no has pronunciado mas que palabras vanas?..
—Escrito está en los libros de luz, dijo gravemente Amina, que por el hombre abandone la mujer á su padre y á su madre; pero no está escrito en ninguna parte que la mujer asesine al hombre á quien ama.
—¿Es decir que si me siguieses abandonando á tu padre?..
—Allí, á donde quiera que nos ocultásemos, iria la venganza de mi padre: venganza terrible, implacable, fria: ¡oh, qué horror! cuanto he podido sacrificarte, te lo he sacrificado, sin dudar, sin retroceder; todo lo que en adelante pueda sacrificarte, te lo sacrificaré... pero no me pidas tu propio sacrificio, ¡eso jamás!
—¿De modo que será forzoso que nos separemos?
Amina fijó en el marqués, con una ansiedad indescribible, sus hermosos ojos, que á pesar de sus esfuerzos por mostrarse serena, se llenaron de lágrimas.
—Separémonos mas bien, dijo: olvídame si puedes; en cuanto á mí... yo nunca te olvidaré.
—¿Y para esto me has llamado?
—Yo te esperaba y te esperaba para hablarte; pero sin el desgraciado encuentro que has tenido junto al postigo de mi casa, sino hubieras visto entrar por él un hombre, te hubiera hablado por la reja para decirte:—«Me has ofendido de una manera cruel, y sin embargo te amo: durante algun tiempo no nos veremos, pero espera: yo te amaré siempre: cuenta conmigo.»—Dios lo quiso de otro modo: el príncipe don Carlos habia entrado en mi casa, y era necesario que supieses lo que hacia en ella; por esta razon has conocido graves secretos.
—¡De modo que, obedeciendo á ese honor castellano que tan extraviado y absurdo te parece; debia yo como español y caballero, revelar al rey cuánto he visto y cuánto he oido..!
Irguió la cabeza Amina y dijo friamente:
—Hazlo, don Juan, hazlo, y me habrás devuelto la felicidad.
—¡Ah! ¡serias feliz!
—Si, porque si cometieras tal infamia, no serias ya el hombre que mi amor habia soñado; dejaria de amarte, y... dejando de amarte, seria muy feliz, mucho.
—¡Muy feliz! exclamó con extrañeza el marqués.
—Si, muy feliz: nada me importaria no verte, no saber de tí... y... mas que eso: entonces me vengaria de un infame que me habia tomado por juguete.
Amina apenas podia hablar: la voz se ahogaba en su garganta.
—¿Y nada temes por tí, nada por tu padre? exclamó asombrado y fuera de si el marqués que sufria horriblemente.
—El rey de España, dijo con altivez Amina, nada puede contra nosotros; aunque nos sepultase en el mas lóbrego calabozo de la Inquisicion, nuestras cadenas se romperian como si fueran de vidrio: las puertas, los muros, se abririan para darnos libertad. De otro modo, sino estuviésemos á salvo, ¿crees que por mucho que me interese el que no puedas dudar de mi amor y de mi honra, hubiera yo vendido la cabeza de mi padre?
—Sea cualquier el poder de tu padre, Esperanza, no seré yo quien le ponga á prueba, revelando al rey lo que esta noche he visto y oido en tu casa.
—Pero repara que de ese modo eres traidor á tu amo el rey de España, dijo con sarcasmo Amina.
—Entre el rey y mi amor, dijo el marqués con voz firme, mi amor es lo primero.
—¡Oh! ¡espéralo todo de mí! exclamó con una alegría infinita Amina.
—¡Que lo espere todo de tí!
—¡Oh! si, si, has salido victorioso de una terrible prueba: tu amor es grande, valiente, inmenso como el mio. Tú me sacrificas lo que crees, lo que llamas tu honor. Yo te sacrificaré mi vida, mi corona... pero es necesario esperar.
Al oir la palabra corona, el marqués hizo un movimiento de extrañeza.
—Si, mi corona, dijo Amina; no creas que estoy loca; mi corona, ya sea la de un pueblo poderoso y vencedor; ya la de una raza vencida, perseguida, errante, es siempre una corona. Si un dia me dices estoy dispuesto á abrazar, aunque solo sea en apariencia, la religion de los tuyos, á defender tu pueblo, á ser tu esposo, entonces se aclararan para tí tantos misterios. Ahora, don Juan, escucha: la fatalidad nos obliga á separarnos, y en algun tiempo no nos veremos. Pero siempre tendrás á tu lado, sin que lo conozcas, sin que lo veas, como lo tienes ahora, siguiéndote á todas partes, quien vele por tí, quien te proteja, quien ponga oro en tu bolsa, si es necesario, sin que tú veas la mano que lo pone. Ademas, podrá suceder que un dia tu lealtad, el resto de lealtad que conservas aun al rey de las Españas, te lance á la guerra: entonces, don Juan, si esa guerra es contra hombres de otra religion, toma: lleva este amuleto sobre las armas, pero de modo que se vea y nada temas: el hierro enemigo no te tocará.
Amina se quitó del cuello una rica cadena de oro de la cual pendia una placa esmaltada guarnecida de diamantes, en cuyo centro habia algunos caracteres azules enteramente extraños para el marqués, y le puso la cadena al cuello.
—¡Oh! la llevaré siempre sobre mi corazon, exclamó don Juan besando apasionadamente aquella joya, que aun conservaba el calor del seno de Amina.
—Sobre el corazon en paz; sobre la coraza en guerra. Ahora es preciso que nos separemos, don Juan.
—¡Separarnos!
—Si; es necesario de todo punto.
—¿Y cuándo nos volveremos á ver?
—¡Oh! ¿quién sabe? dijo tristemente Amina: tal vez pronto, tal vez nunca.
Y asiendo de la mano al marqués le condujo á una habitacion oscura, abrió un balcon y miró á fuera.
—¡Nadie hay en la calle! dijo Amina: nada se oye...
—¡Oh! ¡Esperanza! ¡Esperanza! dijo el marqués: ¡yo no puedo separarme de tí!
Oyéronse entonces en el interior algunas puertas que se abrian.
—¡Mi padre! exclamó Amina: ¡vete!
Don Juan la estrechó rápidamente entre sus brazos, Amina se escapó de ellos, y empujándole hácia el balcon, le dijo:
—Vete... ¡y no me olvides!
—¡Adios, vida de mi vida! dijo el marqués: ¡jamás te olvidaré!
Y echándose fuera de la balaustrada del balcon, se descolgó por una reja á la calle.
Cuando estuvo en ella, Amina se asomó al balcon, y dijo conteniendo mal sus sollozos:
—Toma, don Juan, y lee, y cuando hayas leido, comprenderás cuánto estás obligado á amarme.
Dicho esto, arrojó una carta á la calle, desapareció de la balaustrada, y se oyó el ruido de las maderas del balcon que se cerraban.
—¡Oh, Dios mio! exclamó don Juan recogiendo la carta: ¡esto es para volverse loco!
Y ansioso por conocer el contenido de aquella carta, se encaminó á buen paso á una esquina situada al otro extremo de la calle, donde un farolillo, puesto por la devocion de los vecinos, alumbraba el tétrico nicho de un Ecce-Homo.
Para llegar allí, tenia que pasar necesariamente por el sitio donde habia caido muerto ó herido, el hombre que habia quedado aguardando al príncipe de Asturias, en el postigo de la casa de Amina.
El marqués no miró á aquel sitio, ni se acordó siquiera de que allí acaso habia muerto á un hombre.
Cuando llegó delante del nicho del Ecce-Homo, abrió la carta, de la cual se desprendia un leve y delicado perfume, y leyó estas breves, pero terribles palabras:
«Don Juan de mi alma: hay cosas que el pudor impide á una mujer revelarlas ni aun á su mismo esposo; pero es preciso que sepas que alienta en mis entrañas un hijo de nuestro amor.—Tu Esperanza.»
Don Juan lanzó un grito insensato de amor, de alegría, de dolor; arrugó en un movimiento frenético aquella carta entre sus manos, la oprimió contra su boca y luego... luego cayó de rodillas ante el Cristo, fijó en él sus ojos, llenos de fe, de esperanza, y aun podremos decir de caridad, y exclamó:
—¡Señor! ¡Divino Señor! ¡Vela por ella y por mi hijo!
En aquel momento el marqués se sintió asido...
Pero antes de relatar lo que sucedió á don Juan, es necesario que retrocedamos un tanto y volvamos á la casa de la princesa Angiolina Visconti.
CAPITULO XII.
Lo que hizo la princesa arrastrada por sus zelos.
El autor recuerda haber dicho anteriormente, que Angiolina Visconti se habia separado de la manera mas ruda y tormentosa del marquesito de la Guardia, dejándole solo en el lindo retrete donde le habia recibido.
La princesa atravesó rápidamente algunas habitaciones, y en una de ellas se detuvo y se puso á contemplarse en un magnifico espejo de Venecia.
¿Con qué objeto era esta contemplacion de sí misma?
La princesa estaba resuelta á vengarse, y por lo mismo concentraba sus fuerzas y contaba sus recursos.
Entre estos era uno poderosísimo su hermosura.
Por esto Angiolina se miraba al espejo. Se preguntaba qué motivo habia tenido el marqués para abandonarla á ella, la altiva hermosura que tan codiciada era por los hombres de mas valer de la córte: el espejo la dijo que era tan hermosa como la duquesa de la Jarilla, y sin embargo, la fiebre que su hermosura habia producido en la loca imaginacion del marqués de la Guardia habia pasado; la princesa comprendió que el marqués habia usado de ella como de un instrumento; vió, sin que pudiera quedarla ni aun el leve consuelo de la duda, que la hermosa duquesita poseia todo entero el corazon de don Juan, á quien ella amaba con toda su alma: su aborrecimiento hácia Amina creció, y pensó en vengarse de ella usando de los terribles papeles que Bempo la habia traido de Granada.
Angiolina era una fatalidad mas que la suerte arrojaba delante de Yaye ebn-Al-Hhamar, del poderoso emir de los monfíes, ó del duque viudo de la Jarilla, si nuestros lectores han olvidado que tenia estos dos nombres.
Amina, la nieta de cien reyes, ofrecida por su padre en aras de su patria, tenia ante si un enemigo terrible, una mujer hermosa, altiva, enamorada y zelosa de ella. Por aquella mujer, el marqués de la Guardia habia llegado á ser para Amina una doble fatalidad.
Pensando en su venganza Angiolina se miraba profundamente al espejo.
Ya hemos dicho lo que sabemos acerca de la figura y de los atractivos de la princesa; réstanos decir, que el traje que en aquella situacion vestia, realzaba sus atractivos.
Un justillo de brocado de oro sobre azul de cielo muy bajo, indicaba su escasa y flexible cintura, su seno y sus hombros, cerrándose en el cuello por una gola rizada de encaje de Flandes. Las mangas ceñidas, acuchilladas y tomadas de perlas, dejaban ver el magnífico contorno de sus brazos y terminaban en dos puñitos del mismo encaje, bajo los cuales medio se ocultaban unos ricos brazaletes de oro cincelado y diamantes: la falda ancha, larga, terminada por detrás en cola, flotante y vaporosa, era de damasco brocado de oro en blanco. Las faldetas que unian al justillo con la falda, estaban guarnecidas de perlas, y rodeaba su cintura un cordon de oro; ese cordon estaba sujeto en el talle por un broche de esmeraldas y anudado y trenzado caprichosamente á lo largo de la falda, con perlas y esmeraldas en los entrelazos, terminando en dos gruesas borlas de perlas; en los cabellos, recogidos atrás en trenzas, mostraba tambien algunas ricas joyas, colocadas con un esquisito gusto; últimamente, llevaba arracadas de pedrería, y en las bellisimas y blancas manos una multitud de cintillos de valor segun la moda de aquellos tiempos.
La pobre princesa se habia puesto, por parecer bella á don Juan, todo lo que la quedaba de su guarda-joyas.
Pero como es lo mas dificil del mundo, que una mujer parezca hermosa á un hombre hastiado de ella, la pobre princesa, aunque estaba, no solamente hermosa, sino hermosísima, radiante, adorable, no logró causar efecto en don Juan.
Angiolina, por lo tanto, consultaba con su espejo, con ese severo confidente de la mujer, que de una manera tan despiadada la arroja á la cara los estragos que hacen en su hermosura los años, las enfermedades y los pesares; que nada la oculta, ni la primera cana, ni la primera arruga, ni la palidez del cansancio; confidente á quien la mujer sonrie cuando la presenta tesoros de hermosura; ante el cual se irrita cuando aquella hermosura empieza á empalidecer, á marchitarse: la princesa, repetimos, preguntaba á su espejo la razon que podia haber tenido el marqués para mostrarse con ella tan cruel, tan terrible, tan desenamorado: el espejo la contestó que era hermosa, con todo el esplendor de su hermosura; que sus ojos eran brillantes, sus miradas irresistibles, irresistibles sus encantos: la presentó su vigorosa juventud, con toda su exuberancia de vida, pero al mismo tiempo la presentó la lividez de la cólera que alteraba aquellos encantos; la expresion amenazadora y letal de su mirada, que daba á sus ojos toda la apariencia de los ojos sangrientos de la leona irritada: comprendió que la cólera era un enemigo terrible de la hermosura, que la verdadera fuerza de la mujer está en su aparente debilidad: comprendió que habia hecho muy mal en dejarse arrebatar por sus pasiones escitadas, y que acaso don Juan habia retrocedido irritado y desencantado ante su mirada amenazadora, cuando tal vez hubiera caido á sus piés, si en vez de amenazarle hubiera recurrido á las lágrimas.
Angiolina quiso saber si podia dominar la cólera, la irritacion, el despecho que agitaban su alma; si podia ocultar aquel volcan rugiente y amenazador bajo un aspecto tranquilo y riente: entonces tuvo lugar una transformacion en el brillante fondo del espejo; desapareció el ángel rebelde, y quedó el ángel del sufrimiento, con su belleza espiritualizada por el dolor, por un dolor intenso, paciente, resignado. Angiolina lanzó un grito de alegría: nunca se habia contemplado tan hermosa como bajo aquel antifaz de resignacion, de sufrimiento íntimo. Ensayó una y otra vez, irritando sus pasiones con el candente recuerdo del desprecio de don Juan, si podia dominarlas, concentrarlas en el fondo de su alma, velarlas con una mirada dulce, triste, anhelante: una y otra vez el resultado sobrepujó á sus esperanzas; una y otra vez se contempló sucesivamente mas hermosa.
—¡Ah! exclamó: he ahí: he ahí mi fuerza: he sido una insensata en dejarme arrebatar por la cólera: la amenaza ha irritado á don Juan: mi sumision y mis lágrimas le hubieran hecho caer de nuevo enloquecido entre mis brazos... probaré, probaré el rendimiento sin renunciar á mi venganza, y si el rendimiento no basta para volverme el corazon de don Juan... ¡ah! entonces es necesario tambien ocultar en el fondo de mi alma mi desesperacion: mostrarme tranquila; provocar el amor de los que pueden servirme para llevar á cabo mi venganza; no dejar sospechar á nadie lo que pasa en mi alma, para que ninguno pueda despreciarme, ni creerme despreciada: tal vez don Juan no resista al pensamiento de que ninguna herida ha hecho en mí su abandono; los hombres son mas vanidosos que las mujeres: tal vez el deseo de hacerme sufrir, de verme llorar y retorcerme á sus piés desesperada, le vuelvan á mí, lo arrojen á mis piés, me hagan su señora: ¡oh! ¡sí! ¡sí! y puesto que la mentira es el arma de la mujer, mintamos... mintamos hasta el punto, de que todos me crean venturosa; no debemos derramar ni aun á solas nuestras lágrimas... las lágrimas dejan horribles huellas en el semblante de una mujer, cuando estas lágrimas son de fuego, como las que yo verteria sino dominase mi llanto, si no le encerrase en mi corazon: que hierva encerrado en él, que se convierta en un tósigo mortal para el marqués y para esa mujer por quien me abandona; una mujer que llora, solo puede conmover al hombre que la ama; cuando el hombre amado ama á otra, la mujer ofendida no debe llorar, no debe dejar ver al mundo su desolacion, para que el mundo no pueda decir: ¡pobre mujer abandonada! para que el mundo no pueda despreciarla.
Y después de este razonamiento, la paz mas profunda se fijó en el semblante de Angiolina, volvió á sus ojos su brillo deslumbrador, á su mirada la dulzura, á su boca la expresion riente que tanto la embellecia: nadie, al verla, hubiera sospechado que aquella mujer, que parecía tan feliz, guardaba dentro de su alma un infierno; que era, por decirlo asi, un horrible abismo cubierto de flores.
Solo un hombre existia que debia necesariamente conocer aquel abismo; ver el cieno infecto á través de la tersa superficie de aquel lago engañador; aquel hombre era Bempo.
En el momento en que Angiolina se separó del marqués, mandó al italiano que siguiese al jóven, que averiguase donde paraba, y que volviese á avisarla.
Bempo volvió una hora despues.
—Excelencia, dijo, en ese acento dulce y cadencioso de los romanos; he cumplido vuestras órdenes.
—¿Has seguido al marqués?
—Sí, excelencia.
—¿Dónde ha ido?
—A colocarse en acecho bajo un soportal, frente al postigo de la casa de la duquesa de la Jarilla.
—¿Qué ha hecho despues?
—Dos hombres han llegado á aquel postigo; el uno ha entrado, valiéndose de una llave; el otro ha quedado esperando; el marqués le ha acometido, aquel hombre se ha puesto en defensa, y al fin, ha caido bajo la espada del marqués.
—¡Muerto!
—No.
—¿Has reconocido, pues, á ese hombre?
—Si.
—Has sido imprudente, Bempo; ya sabes que no quiero que te expongas.
—Es tarde: la calleja apartada y solitaria; no habia peligro.
—¿Y dices que ese hombre no ha muerto?
—No; pero puede morir.
—¿Le has conocido?
—Es la noche muy oscura.
—¿Qué hizo despues el marqués?
—Se dirigió furioso al postigo de la casa de la duquesa; pero antes de llegar á él, la misma duquesa apareció en uno de los balcones y le habló.
—Y... ¿qué hablaron?
—Estaba demasiado lejos para poder oir su conversacion, que por otra parte, duró muy poco; el marqués trepó por una reja y entró por un balcon en la casa de la duquesa.
—¡Ah!... ¡entró!... ¡por un balcon!
—Si, y yo, creyendo que no saldria tan pronto, he venido á avisaros, excelencia.
—Has hecho bien, Bempo, dijo tranquilamente Angiolina: es necesario que vuelvas:
Aquella especie de lazzaroni puerta.
—Espera, añadió la princesa: es necesario que vuelvas; pero no vuelvas solo.
—¿Y qué he de hacer?
—Lleva contigo cuatro de tus amigos, de tus buenos amigos; ¿me entiendes?
Bempo hizo con la cabeza un movimiento afirmativo.
—Ven con ellos por el postigo del huerto, continuó Angiolina; yo misma te abriré: despues, te lo encargo ahora porque no quiero hablarte delante de esos hombres; tomarás una de mis sillas de mano, é irás con ella y con tus cuatro amigos á la calle donde ha quedado ese hombre herido, y sino ha muerto le metereis en la silla, y le traerás á casa, entrando en ella por el mismo postigo que yo abriré: luego volverás con tus cuatro camaradas á la misma calle; te ocultarás donde puedas ver sin ser visto el postigo de la casa de la duquesa, y harás que uno de los tuyos siga, cuando salga, al hombre que entró por el postigo, y que averigue su paradero. Tú, con los restantes, te apoderarás del marqués cuando salga de esa casa: te apoderarás de él, ¿lo entiendes?
—¿Muerto ó vivo?
—Vivo: debes evitar una lucha: cuatro hombres bien pueden sorprender y sujetar en una calleja oscura á otro hombre que va por ella descuidado. Para conducirle aquí, te prevendrás de otra silla de manos, y le meterás en ella con los ojos vendados.
—¿Es decir que he de traer aquí al marqués como al otro?
—Si.
—¿Por el mismo sitio?
—Si, por el postigo del huerto. Nada mas tengo que encargarte, Bempo.
Bempo no se movió.
—¿A qué esperas? dijo con impaciencia Angiolina.
—No tengo dinero, excelencia, contestó gravemente Bempo.
—¡Ah! ¡no tienes dinero!
—Los cuatro hombres que han de acompañarme, no me seguiran sino se les paga á peso de oro. Los valientes de España no me conocen tanto como los lazzaroni de Roma. Además, entonces un solo paseo nocturno por la campiña, me bastaba para no verme en el caso de pediros nada: pero ahora es distinto.
—Toma: dijo Angiolina, quitándose un joyel de diamantes de su prendido.
—¡Buena prenda! dijo Bempo: ahora todo es posible.
Y girando sobre sus talones, desapareció por una puerta inmediata.
Sigámosle.
Atravesó algunas habitaciones y algunos corredores oscuros, bajó una escalera, cruzó un patio, pasó de él á un huerto, y abrió una puerta oculta bajo un emparrado: tras aquella puerta habia dos habitaciones reducidas, y en la interior, que era un dormitorio, se veia una imágen de la Vírgen, delante de la cual ardia una lámpara.
Bempo abrió un arca que estaba en el mismo dormitorio, sacó de uno de sus ángulos algunas monedas de oro, que guardó en una bolsa de seda, envolvió el joyel en un paño, y le ocultó en otro ángulo del arca: despues salió, cerró la puerta del aposento, atravesó el huerto, y llegando á un postigo, descorrió sus cerrojos y salió á una calle estrecha: poco despues una sombra informe de mujer, llegó á aquel postigo que solo habia quedado encajado; corrió de nuevo sus cerrojos, y quedó esperando junto al quicio.
Aquella mujer estaba envuelta en un manto.
Bempo se encaminó á buen paso á la Cava Baja de San Miguel, y llamó á la puerta de una casa de mezquina apariencia.
Contestó desde adentro una voz breve, enérgica, y al parecer de hombre de brios; mediaron algunas breves contestaciones entre el de adentro y el de afuera, y la puerta se abrió.
Apareció tras ella un hombre fornido, de buena estatura, de semblante extremadamente sesgado, verdadero semblante de bandido español: aquel hombre por lo exíguo de sus vestidos, y por el efecto que causaba en sus ojos el resplandor de la luz con que se alumbraba, demostraba claro que acababa de dejar el sueño y el lecho.
—¿Qué se os ofrece á estas horas, amigo?, dijo á Bempo.
—Déjame entrar, camarada, contestó el italiano; tenemos que hablar de cosas que no son para oidos de nadie.
—Entrad, pues.
Adelantó Bempo, cerró el otro la puerta, y atravesando el zaguan introdujo á su visitante en una habitacion baja.
—Aquí nadie puede oirnos, dijo el de la casa dejando sobre una mesa la luz con que se alumbraba y sentándose en una arca.
Sentóse Bempo en un banquillo de pino y dijo:
—Los valientes se conocen, Pablo.
—Bien, ¿y qué? contestó el otro.
—Cuando los valientes se conocen y estan seguros unos de otros se sirven en lo que han menester.
—Bien, ¿y qué? repitió flemáticamente Pablo.
—Yo necesito que me ayudeis tú y otro tres de tus camaradas.
—¿En qué y cómo?
—Hay que recoger á un herido y apresar á un hidalgo.
—¡Ah! ¿y quién necesita eso?
—La persona que me envía.
—¿Y quién es esa persona?
—No hay necesidad de conocer su nombre si se conoce su oro.
—Señor Bempo, dijo Pablo levantándose: mereciais un chirlo en la cara por vuestra desvergüenza.
—¡Bah! dejémonos de brabatas, dijo Bempo sin moverse de su asiento, lo que obligó al llamado Pablo á sentarse de nuevo; el hombre lleva en la cara su oficio; y aunque yo solo os he conocido en la Tela y en los tiros de espada, sabeis que nos hemos comprendido y nos hemos estrechado las manos, porque, como quien dice, somos de la misma madera. Vosotros pasais por buenos soldados de á caballo del rey, en la corneta del señor capitan don Luis Moncada, y yo paso por criado del príncipe Lorenzini Maffei: pero cualquiera que no sea lerdo, á poco que nos mire puede decir: he ahí unos buenos bandidos. ¡Bah! yo no os he pedido hasta ahora ningun favor, pero contaba y cuento con vosotros, como vosotros podeis contar conmigo, sobre todo, cuando los servicios se pagan bien, tan bien como el que os pido.
Y Bempo sacó algunos doblones de á ocho y los extendió sobre la mesa.
Pablo miró con mas cólera que codicia el dinero; pero instantáneamente aquella chispa de irritacion se apagó en sus ojos, reemplazándola una expresion profundamente pensadora, y despues de un momento de silencio, dijo:
—Tú eres mayordomo, ó lacayo, ó qué sé yo, de una princesa italiana.
—Es verdad, dijo Bempo.
—De la señora Angiolina Visconti.
—Es verdad.
—¿Y es esa dama... quien nos paga?
—Vamos, no quiero ocultártelo, ella es: pero guárdame el secreto.
—¡Ah! tratándose de esa dama es distinto. Dicen que es querida del marqués de la Guardia.
—Mucho sabes.
—Oimos hablar mucho de galanteos y aventuras á nuestros cabos y alféreces cuando damos la guardia al rey.
—Sea como quiera: aquí de lo que se trata es de recoger un herido, y de esperar á que salga de cierta casa donde ha entrado el marqués de la Guardia y apoderarnos de él.
—Dicen que el marqués es muy valiente.
—Pero la noche es oscura: se le deja pasar y se le acomete y se le sujeta por la espalda.
Quedó de nuevo profundamente pensativo Pablo.
—Asunto concluido dijo: ¿esta es la señal?
—Ese oro es la paga.
—Poca paga es, pero no importa; voy á despertar á tres de los amigos y al momento estamos listos.
—Ya sabia yo que nos entenderiamos.
—¡Los valientes se conocen! dijo Pablo con acento indefinible, guardándose el dinero.
Poco despues cinco hombres embozados salian de aquella casa, atravesaban algunas calles, y llegaban al postigo del huerto de la casa de la princesa, que se abrió inmediatamente despues de haber llamado á él recatadamente Bempo.
Los otros cuatro hombres no vieron quien habia abierto y entraron siguiendo á Bempo que les llevó entre unos árboles, donde habia una silla de manos.
Dos de los embozados se terciaron las capas, cargaron con la silla, y salieron precedidos de Bempo y de los otros dos: el postigo volvió á cerrarse y sus cerrojos se corrieron en silencio.
Un relój dió á lo lejos la una de la noche.
Esta continuaba densamente oscura.
Solo de tiempo en tiempo se escuchaba el reñir de dos perros que disputaban un hueso: solo de largo en largo trecho se veia un embozado pegado á una reja ocupado en lo que desde tiempo inmemorial se llama en España pelar la pava: pero no encontraron una sola ronda.
Era una noche á propósito para el crímen.
Cuando llegaron á la calleja á donde correspondia la parte posterior de la casa del duque de la Jarilla, Bempo se encaminó en derechura al sitio donde habia visto caer al herido.
Aun estaba allí; el trastorno, el desvanecimiento que le habia causado la herida habia pasado, se quejaba, pero débilmente, á causa sin duda de la pérdida de la sangre; pugnaba en vano por levantarse, y cuando sintió junto á sí á Bempo y á sus cuatro acompañantes, exclamó con voz casi imperceptible:
—Quien quiera que seais, socorredme, y despues de pagaros yo, Dios os lo pagará.
—Si, si, dijo Bempo; á socorreros venimos, señor hidalgo: ea, camaradas, ayudadme y pongámosle en la silla.
Dos de aquellos hombres ayudaron á Bempo y levantaron del suelo al herido, que con el dolor causado por aquel movimiento se desmayó.
Una vez colocado en la silla, Bempo se dirigió á uno de los que le acompañaban.
—Ven conmigo, Pablo, le dijo, y que nos siga uno de tus camaradas.
El italiano llevó á los dos hombres frente al postigo de la casa del duque, y les dijo ocultándolos en el soportal donde poco antes se habia ocultado el marqués.
—Observad desde aquí ese postigo; si sale por él un hombre, seguidle uno de vosotros recatadamente, y sin perderle de vista, hasta ver en donde para. Luego el que le siga irá á esperar junto al postigo del huerto por donde hemos sacado la silla de manos.
—¿Y si ese hombre se apercibe de que lo siguen?
—Que no pueda apercibirse. Mientras el uno le sigue, el otro debe permanecer aquí, y observar lo que pase en esa casa (y señaló la del duque). Ahora adios; voy á despachar el asunto del herido con vuestros compañeros.
Dicho esto, Bempo fue á reunirse con los que habian quedado guardando la silla, y cuando llegó á ellos les dijo:
—En marcha.
Cargaron aquellos dos hombres con la silla, y precedidos por Bempo, y dando una buena idea de sus fuerzas en la velocidad con que conducian al herido, llegaron en poco tiempo al postigo de la casa de la princesa, que se abrió al primer llamamiento de Bempo, y silla y hombres se perdieron tras el postigo que volvió á cerrarse.
Media hora despues, Bempo y los dos hombres llevando de nuevo consigo la silla de manos salieron por el postigo y se encaminaron al soportal donde habian quedado los otros dos hombres en acecho de la casa de Yaye.
Bempo llamó á Pablo.
—Ha ido en seguimiento de un hombre que ha salido por ese postigo, dijo lacónicamente una voz contenida desde lo oscuro.
—¿Hace mucho tiempo que ese hombre ha salido? preguntó Bempo.
—A poco de haberos vosotros alejado.
—¿Y no ha acontecido ninguna otra novedad en esa casa?
—Ninguna, á excepcion de que, cuando nos pusimos en acecho todos los balcones estaban oscuros, y desde poco despues de haber salido el hombre á quien ha acompañado Pablo, ha aparecido la luz que se ve reflejar tras las celosías de ese mirador.
En efecto, se veia el reflejo de una luz tras los miradores de Amina.
—Pues bien; atencion y silencio, dijo Bempo.
Dieron sucesivamente las dos, las tres y las tres y media en los relojes de la villa, sin que se notase movimiento alguno en la casa de Yaye: al fin, poco despues de las tres y media, se abrió uno de los balcones que habian permanecido oscuros, se oyeron en él las voces contenidas de dos personas, y luego un hombre se descolgó del balcon por una reja á la calle: apareció en el balcon una sombra blanca, habló algunas palabras con el hombre que habia bajado, dejó caer un papel á la calle, y retirándose del balcon le cerró: el hombre recogió el papel, fue al nicho del Ecce-Homo de la esquina, y á su luz leyó el papel y cayó de rodillas ante el Cristo.
En aquel momento Bempo y los tres embozados que habian seguido recatadamente al marqués de la Guardia, que él era, se arrojaron sobre él.
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CAPITULO XIII.
De cómo la princesa y Cisneros, fueron la dama y el galan de una escena de comedia.
En una habitacion extensa, entapizada con cueros de Flandes, por cima de los cuales se mostraba á trechos la humedad de las paredes, y en un lecho en un apartado ángulo, habia un hombre con el pecho descubierto y fuertemente vendado.
Aquel hombre era el comediante Cisneros.
Sobre el vendaje se veian algunas gotas de sangre, y junto al lecho apoyada en él y mirando con sumo interés al herido, que habia vuelto enteramente en su conocimiento, estaba una mujer hermosa y deslumbrantemente vestida.
Aquella mujer era Angiolina Visconti.
Una bujía de cera perfumada, puesta en un candelero de plata, sobre una mesa de mármol, iluminaba este grupo.
El semblante de Angiolina dulce y misericordioso, era el semblante de un ángel.
Cisneros la miraba con asombro, con agradecimiento, con toda la alegría que le permitía tener su estado. De tiempo en tiempo sin embargo lanzaba un profundo gemido.
—Os sentís muy mal, amigo mio, ¿no es verdad? dijo en una de estas ocasiones la princesa.
—¡Ah, señora! dijo Cisneros: infinitamente peor me sentiria sino os tuviese á mi lado, os veo, y me parece un sueño: ¡vos, vos junto á mi! ¡acaso en vuestra casa! ¡bendita sea la espada que me ha herido!
—No digais eso, señor Cisneros; no digais eso, contesto dulcemente Angiolina; sacadme mas bien de la ansiedad en que me teneis: ¿Cómo os sentís?
—Mi herida es muy incómoda, señora; pero juraria que no es peligrosa: no respiro por ella, lo que me demuestra que no ha atravesado la cavidad; sufro porque sin duda el hierro me ha tocado alguna costilla, á lo que atribuyo el haberme desvanecido: estoy débil, pero debo de haber perdido poca sangre: esto será cosa de quince dias: quince dias en que vos estareis á mi lado, ¿no es verdad?
—¿Y cómo podeis dudar eso, señor Cisneros? ¿á qué os habia yo de haber recogido en mi silla de manos y traido á mi casa sino me interesase por vos, é interesándome por vos, cómo puedo abandonaros ni un momento?
—¡Ah! ¡me habeis encontrado! ¡habeis sido vos!
—Si, amigo mio; despues de la desgracia que os ha acontecido, ha sido para mí una felicidad el encontraros.
—¡Ah! indudablemente Dios no me ha abandonado. ¿Cómo creer que tan tarde la princesa Angiolina Visconti?...
—¡Cómo! ¿me conoceis?
—Los comediantes, señora, conocemos desde la escena á todas esas nobles personas que protejen nuestro bajo oficio dándonos oro á cambio de una habilidad escasa... yo os he visto muchas veces en el corral de la Pacheca[10] en un aposento inmediato al que generalmente ocupa la señora duquesa de la Jarilla.
Angiolina tenia mucho interés en escuchar á Cisneros, al que pensaba utilizar, y aquel interés creció en el momento en que Cisneros nombró á la mujer que ella aborrecia. Por lo mismo que tenia un gran interés creyó prudente ocultarle é interrumpiendo á Cisneros le dijo con la mayor naturalidad:
—Os suplico, amigo mio que calleis: hablais demasiado y esto, en el estado en que os encontrais, os puede ser dañoso: si mi presencia ha de haceros hablar será cosa de apartarme de vos para que reposeis.
—¡Ah! ¡no! ¡no os vayais! vuestra presencia, señora, vuestra bondad, la generosa compasion que brota de vuestras miradas, son el mejor bálsamo que se podria aplicar á mi herida, que por otra parte, os lo afirmo, es mas grande que grave: el hablar no me molesta, no me fatiga; por el contrario me distrae y me alivia: desde que os he visto, desde que he escuchado vuestra voz me siento reanimado; permaneced, pues, junto á mí, y no me priveis de la felicidad de ver el cielo en vuestro semblante.
—Ya que decís que nada os daña el hablar, de lo que me alegro en el alma, porque eso me prueba que vuestra herida no es grave, permitirme, señor Cisneros, que me ria.
—¿Que os ríais? ¿y de qué?
—De vuestro genio peregrino. Estais herido y débil, y sin embargo me requebrais, y Dios me perdone, sino me estais enamorando.
—¿Y de eso os reis? ¡Ah! ¡lo comprendo! os causa risa, una risa de desprecio el que un humilde comediante...
Cubrió una dulce seriedad el semblante de la princesa.
—Yo no os desprecio, dijo: hombres de vuestro ingenio mas que para despreciados, son para admirados: paréceme, sí, que os creeis en uno de esos pasos de amor de las comedias que tan bien representais... y eso me hace reir.
—¡Ah, señora! la palabra de amor que nace del agradecimiento no debe interpretarse de ese modo, y... luego... un cómico, por despreciado que sea, al fin es un hombre: un hombre que tiene corazon: y cuando ese hombre ha adorado largo tiempo en silencio á una alta persona, y de repente, despues de un lance en que ha sido herido y vencido, encuentra junto á sí á aquella mujer, á quien en otra ocasion no se hubiera atrevido á mirar frente á frente; cuando la imaginacion está perturbada, ¿qué mucho que ese hombre, bajo cuanto querais, cuanto querais infeliz, diga al ángel que tiene junto á sí: ¡Ah! ¡bendito sea Dios que ha hecho que deba la vida á la mujer á quien amo!
Angiolina miró gravemente, pero sin severidad ni desden á Cisneros, y le inundó con una mirada lucida, intensa, poderosa, que á pesar del estado en que se encontraba y que, como él mismo habia dicho, era mas doloroso que grave, hizo estremecer al comediante.
—¿Sabeis, señor Cisneros, que lo que me sucede es demasiado extraño? dijo despues de un momento de silencio la princesa.
—¡Extraño, señora! ¿y por qué?
—Figuraos que estoy pasando de sorpresa en sorpresa, desde hace dos horas: salgo de casa de una amiga mia, donde acostumbro á pasar algunas veladas y de repente, los criados que conducen mi silla se paran: pregunto la causa y me contestan que han tropezado con un hombre herido.
—Muy trastornado estaba yo, cuando solo ví cuatro embozados que se acercaron á socorrerme; dijo Cisneros.
—¡Ah! yo habia dejado la silla para que os condujeran á vuestra casa ó á donde indicárais y habia seguido á pié mi camino, acompañada de uno de mis criados: yo esperaba que los que habia dejado para que os socorriesen, me traerian la noticia de haberos dejado amparado: pero á poco de haber yo llegado á mi casa se me presentó uno de ellos y me dijo:
—El herido se ha desvanecido, ha perdido el habla y no sabemos á donde conducirle: en el hospital no nos abrirán á estas horas.
¡Llevaros al hospital! yo no quise enviar á ciegas á tal punto á un hombre que podia ser muy principal.
—Os engañásteis, pues, señora, dijo Cisneros.
—Y qué ¿no sois vos un hombre principal? ¿Creeis que el noble mas noble, vale para las almas que saben sentir, lo que valeis vos que arrancais dulces lágrimas ó alegre risa de los ojos ó de los labios de vuestros espectadores? ¿que vos, que sabeis ser rey y mendigo, caballero y villano, cortés y rústico, jóven y viejo? ¿que tomais todas las formas, que expresais todos los sentimientos, que obligais á un público entero á que arroje laureles á vuestros piés? ¿quereis ser mas principal? ¿cambiariais vuestro ingenio por un título de nobleza?
—Si, dijo Cisneros: aun á condicion de volverme estúpido.
—No blasfemeis de la providencia de Dios. ¿Por qué deseais ser pequeño, cuando habeis nacido grande?
—Si os parezco noble, y grande, y digno de ser amado, no me cambio por el rey mas poderoso de la tierra.
—Dejaos de locuras, y seguidme escuchando: os decia, pues, que por vos he pasado esta noche de sorpresa en sorpresa: sorpresa cuando os encontré herido; sorpresa cuando os vi sobre ese lecho y os reconocí; sorpresa cuando me habeis descubierto de una manera que puede llamarse solemne, que me conociais antes de ahora, que me habeis amado en silencio... ¡Ah, señor Cisneros! y todas estas sorpresas han sido dolorosas para mí.
—¡Dolorosas!
—Si: doloroso el veros herido; doloroso el saber que me amais porque...
—¿Por qué?
—Porque yo no puedo recompensar vuestro amor.
—¡Ah! ¡no me creeis digno!
—No es eso, señor Cisneros, no es eso: es que soy casada.
—¡Ah! murmuró el comediante.
—Por lo mismo no debeis hablarme de amor.
—Perdonad....
—Si, os perdono: pero á condicion de que no volvais á decirme amores.
A pesar de esta severidad de palabra la princesa no habia retirado una de sus manos que Cisneros habia asido y que estrechaba dulcemente.
—Pero no me abandoneis; exclamó con ansiedad.
—Pues es preciso que os abandone por un momento, amigo mio, dijo la princesa; han llamado á la puerta de la habitacion: oíd, vuelven á llamar.
—Id, id, pues, señora, dijo Cisneros, llevando dulcemente la mano de la princesa á sus labios y besándola.
Angiolina solo castigó aquel atrevimiento retirando bruscamente su mano de la de Cisneros, y separándose del lecho sin pronunciar una palabra.
Cisneros vió que la princesa atravesó rápidamente la cámara y salió por una puerta del fondo.
—¡Ah! pensó Cisneros, dejando caer sobre la almohada la cabeza que habia levantado para seguir con la vista á la princesa; padezco horriblemente: mi cabeza se desvanece: siento irritada la herida: esa mujer me ha obligado á hablar: no, no ha sido ella la que me ha encontrado en la calle: los hombres que fueron á buscarme, iban sin duda enviados de intento: ¡yo no pude conocer al hombre que me hirió! los pasos en que ando con el príncipe don Cárlos son peligrosos: ¿quién sabe lo que significa el encontrarme en casa de la princesa? Esta puede ser una buena aventura, si mi herida no es peligrosa: es verdad que hace mucho tiempo que esa mujer me enamora; pero ella amaba.... estaba loca por el marqués de la Guardia.... y hace un momento que, á pesar de sus palabras decorosas, parecia enamorada de mí... ¡ah! mis pensamientos se embrollan. Es necesario que me tranquilice.... ¡Ah! ¡ah! no pensemos en nada.... esperemos.
Cisneros procuró detener su pensamiento, pero esto era imposible. La fuerza con que su pensamiento se agitaba influyó al fin de una manera poderosa en su físico y se desvaneció de nuevo.
CAPITULO XIV.
De cómo la princesa descubrió que era mas fácil su venganza que lo que habia creido.
—¿Y bien, qué has hecho? dijo Angiolina á Bempo, al que encontró en el huerto.
—He hecho cuanto he podido excelencia: el herido está en vuestro poder.
—Pero... ¿y lo demás? lo demás.... nada... ¡te me vienes con las manos vacias!
—No he podido hacer mas excelencia: el hombre á quien mandé que siguiera á la persona que saliese por el postigo de la casa del duque de la Jarilla, la siguió, pero la ha perdido en la oscuridad.
—¿Y el marqués?
—No hemos podido apoderarnos de él.
—¿Qué no habeis podido apoderaros de él cuatro hombres? ¡ah! ¡es verdad! ¡el marqués es muy valiente!
—Decid mas bien, excelencia, que le han ayudado Dios ó el diablo: ya sabeis que Bempo es valiente. Lo sabeis demasiado, Angiolina.—Y al pronunciar estas palabras que establecian cierta familiaridad entre el criado y la señora, los ojos del romano, desplomaron, por decirlo asi, una mirada tal sobre los ojos de la princesa, que aquellos ojos vacilaron por un momento en una mirada vaga, dominada.—Ya sabeis que Bempo es valiente: pues bien: el marqués, se desasió de nuestros brazos en el momento en que le creiamos sujeto; tiró de la espada y nos llevó á estocadas por delante, hasta que ganó un lugar ancho, y escapó.
—¿De modo que será necesario que en adelante desconfíe de tu valor?
—Creo que os he servido demasiado bien, excelencia, para que podais desconfiar de Bempo. Ademas creo que esta noche os he hecho un servicio, que no os hubiérais atrevido á esperar.
—Si, no esperaba ciertamente que fueras tan cobarde.
—Os he hablado de un servicio, excelencia.
—¿Te queda algo que decirme?
—Si, por cierto; y algo que daros: algo que os llenará de placer.
—Estás abusando del predominio que crees tener sobre mí, porque posees un secreto mio, Bempo, y me impacientas, y mas pareces mi señor, que mi criado.
—Bien sabeis, Angiolina, que ese secreto no ha salido de mi pecho, y en cuanto á lo de impacientarse, no sé cuál de los dos se impacienta mas. Pero concluyamos. Cuando acometimos el marqués, en el momento en que este, con una vigorosa sacudida, se libertó de nuestras manos, dejó caer al suelo un papel que le habia dado cierta dama: yo tuve tiempo de recoger el papel, mientras el marqués se defendia, ó, mejor dicho, obligaba á defenderse á mis tres camaradas: ese papel está aquí.
Y Bempo entregó á Angiolina un papel arrugado.
—¿Y qué esto? dijo la princesa.
—Leedlo, excelencia, leedlo y comprendereis cuanto vale el papel que os entrego. Vale mas que el marqués para vos: mucho mas, porque ese papel es vuestra venganza.
—¡Mi venganza!
—Sí, porque ese papel es la deshonra pública de la duquesa de la Jarilla: deshonra confesada por ella misma: una revelacion terrible escrita de su mano.
Angiolina abandonó el huerto, palpitante de ansiedad y entró en una habitacion donde habia luz, se acercó á ella y leyó ávidamente el papel.
Bempo la habia seguido, y al escuchar el grito de suprema alegría de la princesa exclamó con acento profundo.
—Satanás ha querido, que Bempo te sirva mejor de lo que esperabas.
—¡Ah, Bempo, Bempo! ¡yo te amo! exclamó Angiolina arrojándose en los brazos del lazzaroni arrastrada por el horrible agradecimiento de su venganza satisfecha.
Bempo la separó de sí asida por los hombros y la dijo con acento indefinible, posando en ella una indefinible mirada.
—Os engañais, señora; vos no amais á Bempo: Bempo no se llama marqués de la Guardia.
Y volviendo la espalda á la princesa salió lentamente de la habitacion.
—¡Ah! dijo Angiolina viéndole alejarse: ¡tienes zelos! ¡zelos como yo! ¡pues bien, sírveme para mi venganza, aunque despues te vengues de mí!
Luego atravesó un corredor, entró en la cámara donde estaba Cisneros, que parecia aletargado, y se sentó en silencio junto al lecho.
CAPITULO XV.
De cómo se conjuraba todo contra el emir de los monfíes.
Al dia siguiente, muy temprano, ó por mejor decir, al salir el sol de aquel mismo dia, se notaba un gran tráfago en la casa del duque viudo de la Jarilla.
Algunos criados se ocupaban en cargar cofres á la zaga de un enorme coche de camino, y algunos lacayos armados á la gineta sacaban de las caballerizas fuertes caballos: las lanzas de estos hombres se veian en un ángulo del patio, y del arzon posterior de cada caballo, pendia un largo arcabuz.
Todo parecia indicar que se preparaba un viaje.
La casa estaba en movimiento de arriba á abajo, á pesar de que aun no eran las cinco de la mañana, lo que nada tenia de nuevo, puesto que en la casa de Yaye, todos inclusa Amina, tenian la costumbre de levantarse muy temprano.
Pero ninguna mañana como aquella, habia llamado la jóven á sus doncellas para que la peinasen y ataviasen á tales horas. Amina estaba sentada delante de un magnífico tocador, pálida y profundamente pensativa, y dos doncellas se ocupaban en trenzar sus largos cabellos, mientras otras preparaban un hermoso traje de camino.
Ni una palabra se habló durante el atavio de Amina entre esta y sus doncellas: al fin, cuando el tocador hubo concluido, la jóven dijo á una de sus sirvientas:
—Doña María; traed todos mis vestidos de córte y de casa.
La doncella á quien Amina se habia dirigido, salió.
—Doña Ana, añadió Amina, dirigiéndose á otra doncella; traed un cofrecito que encontrareis en mi retrete.
Salió la otra doncella.
Poco despues, casi todos los sillones del aposento, estaban cubiertos por magníficos trages, y sobre la mesa del tocador se veia abierto un cofrecillo lleno de joyas.
Amina se volvió á sus doncellas, y las dijo:
—Amigas mias, vamos á separarnos, sabe Dios por cuánto tiempo.
—Pero, señora, dijo una doncella, donde quiera que vuecelencia vaya, necesitará de nuestros servicios.
—Mi viaje es largo, y la vuelta dudosa; dijo tristemente la jóven: en los lugares á donde voy, tengo ya preparada mi servidumbre.
Guardó un momento silencio Amina, y luego continuó:
—Estoy satisfecha de vosotras; me habeis servido bien, y quiero dejaros un recuerdo mio.
—¡Ah, señora! demasiado profundo nos los deja vuecelencia, con sus bondades, dijo conmovida doña María.
—Ahorremos las lágrimas, dijo Amina, procurando ocultar bajo una sonrisa su conmocion, y aprovechemos el tiempo. Aunque nobles, sois pobres; y siendo yo rica, no quiero, cuando voy á separarme de vosotras, acaso para siempre, que quedeis sujetas á otra servidumbre, no tan blanda quizá, como la que me habeis prestado. Mis ropas y las joyas que uso diariamente, son vuestras. Aceptadlas, mas bien como el recuerdo de una amiga, que como el don de una señora.
Y Amina, en medio del asombro de las doncellas, repartió entre ellas sus trages y las joyas que contenia el cofrecillo.
Cuando estuvo concluido el reparto, Amina abrió el cajon de su tocador, y sacó de él cuatro pesadas bolsas de oro.
—Tomad, las dijo, dando á cada una una bolsa: este es vuestro dote.
—¡Ah, señora! ¡cuánta bondad!—
—¡Cómo podremos olvidaros!—
—¡Qué noble y qué grande sois! exclamaron las doncellas.
—Basta ya: tomad doña María: bajo esta llave, en un cofre que ha quedado en mi retrete, encontrareis una cantidad en oro, que repartireis á las criadas, y adios: mi confesor, á quien he mandado llamar, me espera.
—¿Y no volveremos á ver á vuecelencia?
—Acaso no nos veamos en la tierra, pero podremos vernos en el cielo.
Y Amina abrazó y besó en la boca á cada una de aquellas hermosas jóvenes, que mas que sus sirvientas habian sido sus compañeras, y se separó de ellas. Quedáronse las cuatro llorando, y Amina salió, conteniendo sus lágrimas; atravesó algunas habitaciones, y entró en una cámara donde la esperaba un anciano religioso de Atocha.
—Frai Miguel, dijo la jóven adelantando hácia el sillon donde el anciano estaba sentado, y arrodillándose á sus piés: adsolvedme de un pecado que no os he confesado hasta hoy por pudor, y bendecidme por la última vez.
—¡Bendecirte por la última vez hija mia! exclamó el anciano, pálido y turbado: ¡absolverte de una falta que no me has confesado por pudor! ¿qué falta es esa, Esperanza?
Un padre no hubiera mostrado mas severidad ni mas interés, que el anciano religioso en aquella pregunta.
—¡Soy madre! dijo entre sollozos y ocultando su rostro entre sus manos Amina.
El buen sacerdote alzó los ojos y las manos al cielo, y sus labios trémulos murmuraron una oracion, brotaron lágrimas á sus ojos, y luego poniendo sus dos manos temblorosas sobre la cabeza de Amina, la dijo con voz cobarde, por decirlo asi:
—¿Sabe tu padre esa falta, hija mia?
—La sabe y me envia lejos; muy lejos de la córte para ocultar mi deshonra.
—¿Y tu padre te ha perdonado?
—Mi padre, como yo, se conforma humildemente con la voluntad de Dios.
—Y... ¿no tiene reparacion esa falta?
—Ni mi padre ni yo lo sabemos, padre mio.
—Que te perdone Dios, pobre Esperanza, como tu padre y yo te perdonamos, exclamó el religioso profundamente: yo, ministro del Altísimo, te adsuelvo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y os bendigo á tí y á tu hijo.
Despues de haber hecho descender su perdon y la bendicion de Dios sobre la cabeza de la jóven, el anciano religioso se cubrió el rostro con las manos.
—¡Oh, que desgracia! exclamó: ¡que desgracia, Dios mio! ¡una casa tan ilustre, una criatura tan caritativa, tan noble, tan religiosa mancillada, por el mundo! ¡Oh! ¡que Dios tenga misericordia para el causador de tantos males! ¡Que Dios le perdone, porque bien ha menester de su perdon!
—¿Oh! ¡sí, padre! ¡rogad, rogad á Dios por él! ¡pedid á Dios que no olvide jamás á la pobre mujer que tanto le ama!
—Pero ese hombre... ¿por qué no es ese hombre tu esposo?
—Os suplico padre que no hablemos mas de esto: voy á marchar y tengo que haceros antes un sagrado encargo.


D. Carlos de Austria.
—¡Un sagrado encargo!
—Sí; pienso hacer una donacion á la santa casa de religiosos de Nuestra Señora de Atocha.
—La casa de Atocha es rica, á Dios gracias, hija mia; destina mas bien esa donacion á los pobres.
—Es que no he olvidado á los pobres, dijo Amina: tomad padre, tomad esta carta; por ella mi padre os entregará tres mil doblones: los mil son para la santa casa de Atocha: los dos mil restantes para que los distribuyais entre necesitados.
El anciano tomó aquella carta conmovido, y exclamó:
—¡Ah! ¡eres buena cristiana y virtuosa, hija mia, Dios te protejerá!
—¡Ay padre! ¡harto mas que otros que son muy desgraciados, necesito yo de la proteccion de Dios!
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Entre tanto y en otro aposento de la misma casa, pasaba una escena enteramente distinta de las sencillas que acabamos de consignar.
Aquel aposento era la misma cámara donde la noche antes habia recibido el emir de los monfíes al príncipe don Carlos.
Yaye se paseaba meditabundo y mostrando en lo contraido de su semblante, una terrible irritacion interna.
Con él, sentado en un sillon, habia otro personaje á quien hemos perdido de vista desde la primera parte de nuestro libro.
Aquel hombre era el rey del desierto, Calpuc.
La vejez se mostraba ya en sus canas y en las arrugas de su semblante, pero se conservaba en la apariencia fuerte y robusto.
Acababa de llegar de las Alpujarras, llamado por Yaye el dia anterior, y en el momento en que le presentamos á nuestros lectores, estaba silencioso y pensativo.
—Todo me sale mal, dijo Yaye, parándose de repente: parece que Satanás anda metido en mis asuntos: este viaje de Amina me contraría, y sin embargo es necesario: dentro de poco la deshonra la saldrá á la cara.
—Has querido luchar con la astucia, al mismo tiempo que con las armas, dijo Calpuc, y ante tu fuerza de voluntad se han puesto los inconvenientes de la vida. La fatalidad nos persigue, Yaye.
—Mi hija tiene un corazon de mujer.


Repartió entre ellas sus joyas.
—Tuya es la culpa: ¿por qué la has puesto al paso del mundo tan hermosa y tan incitante? Todo lo has sacrificado á tu ambicion, Yaye: sacrificaste primero á la pobre doña Isabel de Válor; luego á mi hija, á mi pobre Estrella; despues á la hija de mi hija, á mi pobre Esperanza.
—Si; todo eso y mas he sacrificado: pero lo he sacrificado á mi patria.
—Tienes el grave defecto de dar á tus pasiones el pretesto de grandes pensamientos. ¿Qué has conseguido con presentarte en la córte de Castilla encubierto con el título que debiste á tu casamiento con mi hija?
—He conocido que España es un gigante enfermo, un gigante que se hará pedazos, que no tiene fuerzas para resistir á todos los enemigos que le acometen á un tiempo. He logrado rebelar al príncipe contra el rey.
—Lo que no pasa de ser un horrible crímen.
—Tratándose de mis enemigos en nada reparo: todos los medios de destruirlos son buenos para mí: además, encubierto entre los cristianos, he logrado introducir mi gente y mi oro entre ellos: mis monfíes están en todas partes: en la servidumbre de palacio; bajo las banderas del rey, en España, en Flandes, en Italia, en Francia, en Africa, en América; los hugonotes tienen cuanto oro y cuantos avisos han menester; los flamencos empiezan á corresponder á mis esperanzas, excitados por mis emisarios y por mi oro, hasta el punto de que Felipe II, creyendo poco fuerte la autoridad de su hermana la infanta doña Margarita de Parma, envie á los Paises Bajos al duque de Alba: el mando feroz de este capitan brutal, acabará la obra que yo he empezado; la guerra crece en Méjico, y los moriscos de Granada estan ya en el caso de jugarlo todo á un envite: la insurreccion general contra España amenaza, y los enemigos del opresor universal crecen: es verdad que he perdido la paz del corazon; que he enlodado á mi hija: pero, Calpuc, el dia de la venganza se acerca: Felipe II está herido de muerte.
—Nunca hemos pensado del mismo modo; si hubieras seguido mis consejos, no hubiéramos sido mas afortunados de lo que lo somos respecto al tirano que nos oprime; pero al menos tendríamos la conciencia tranquila: no hubiéramos cometido crímenes, Yaye; no hubiéramos sacrificado á las dos prendas de nuestra alma.
—Si, siempre hemos pensado de distinto modo; por lo mismo lo mejor es que no hablemos mas de tales asuntos. Lo que haya de suceder será. Vamos á lo que importa. Todas nuestras joyas, todo nuestro oro, gran parte de nuestro tesoro, en fin, ha sido encerrado en cofres, y va á partir con Amina. Para defenderla á ella y á esas riquezas, te acompañarán treinta de mis mas bravos monfíes con nombre y traje castellanos; el wali que mande á esa gente y que te acompañará bajo el aspecto de mayordomo, es el Partal: ya conoces su valor de leon y sus fuerzas de toro. Es ademas muy leal. Vais, pues, perfectamente asegurados mi hija y tú. Cuando llegues á Granada, aunque allí no tenemos palacio, tengo ya preparada una hermosa casa que pertenece á Aben-Aboo...
—¡Aben-Aboo... ¡pobre jóven! exclamó Calpuc.
—No hablemos ni una palabra de eso, exclamó con irritacion Yaye; Dios lo quiso... ó Satanás. La pobre Isabel ha quedado reducida á muy poco; jamás he logrado que acepte nada de mi mano, y su hijo que ha perdido la mayor parte de los bienes de... su padre Miguel Lopez, se ve hoy obligado á alquilar á los nobles que van á Granada su casa junto á San Miguel: yo he tomado esa casa. En ella puedes vivir con Amina todo el tiempo que pueda encubrirse su estado: despues, cuando sea necesario, la llevarás á mi alcázar de las Alpujarras, del que no saldrá hasta que pueda salir, si es que Dios quiere sacarla salva de esa dura prueba. Yo permaneceré en la córte todo el tiempo que sea posible, y no iré allá sino para desplegar mi bandera y embestir decididamente con el cristiano. He hecho cuanto he podido hacer. Dios hará lo demás. Ahora silencio, siento que Amina se acerca.
En efecto, poco despues se abrió una puerta, y Amina entró en la cámara de su padre.
Venia profundamente tranquila.
—Estoy dispuesta, padre mio, dijo.
—Si, abreviemos cuanto sea posible lo doloroso de esta separacion, dijo Yaye besándola en la frente: tu abuelo está dispuesto á acompañarte y todo está preparado.
—¡Ah, padre mio! exclamó Amina cayendo de rodillas; ¡perdonadme y bendecidme de nuevo, por si no nos volvemos á ver!
—¿Quién piensa en no volvernos á ver? exclamó Yaye levantando á su hija: ¿ni por qué he de negarte yo mi perdón ni mi amor, cuando lo que es, ha sido porque Dios ha querido que sea? Yo te amo y procuraré hacerte feliz, Amina; pero es preciso que luchemos aun. Es preciso que nos separemos.
Amina se arrojó sollozando en los brazos de su padre. Calpuc miraba con un dolor profundo aquella escena.
—Vamos, tranquilízate, dijo Yaye: adivino lo que no te atreves á decirme. Yo velaré por don Juan, yo le amaré como á un hijo, á pesar de que me ha hecho mucho daño. Ahora enjuga tus lágrimas, tranquilízate y vamos.
Amina hizo un violento esfuerzo sobre sí misma, y logró aparecer mas tranquila: entonces Yaye fué á una de las puertas de la cámara.
—¡Ola, Partal! dijo:
Presentóse un hombre como de treinta años, vestido de camino á la usanza de los hidalgos castellanos.
—Baja y haz montar á la gente, le dijo Yaye. No olvides lo que te he encargado.
—No lo olvidaré, magnifico señor.
—Vé, nosotros te seguimos.
Cuando Calpuc, Yaye y Amina, bajaron al patio, encontraron montados á los lacayos y la servidumbre, silenciosa y triste agolpada á la puerta: se habia hecho amar la jóven de tal modo por todos, que su partida causaba un sentimiento general.
Sus doncellas, que la habian esperado en las escaleras, la siguieron hasta la carroza: el anciano religioso fray Miguel, estaba esperándola humildemente á la puerta. Un círculo de curiosos, aunque era muy temprano, se agolpaba en la calle para presenciar aquella faustosa marcha.
Repitiéronse los abrazos, las lágrimas de las doncellas y las demostraciones de afecto de la servidumbre; Amina entró en la carroza con Calpuc: poco despues el pesado carruage se puso en marcha escoltado por los lacayos.
El duque se apartó con un movimiento brusco de la puerta, y se perdió en el interior de su palacio; las doncellas saludaron con sus pañuelos á Amina, que asomaba la cabeza por la portezuela, y antes de que aquella cabeza se ocultase, el anciano fray Miguel la envió su última bendicion, y se alejó todo lloroso y en paso tardo hácia su convento de Atocha.
CAPITULO XVI.
Continuan las contrariedades del emir.
Al entrar en su cámara parecióle á Yaye que habia quedado solo en el mundo; con su hija se alejaban por una parte su amor, por otra los proyectos que mas habia acariciado: Yaye habia arrojado á Amina al paso del mundo como un hermoso instrumento tentador: habia logrado irritar la locura de que hacia tiempo era víctima el príncipe don Carlos, y valiéndose de su ambicion y de su empeño por Amina, habia logrado lanzarle de lleno en la senda de la rebeldía.
Yaye esperaba con razon, que huyendo el príncipe á Flandes, poniéndose al frente de los flamencos revelados, creándole un partido aun dentro de la misma España, porque nunca faltan ambiciosos que ayuden á los príncipes rebeldes; habia esperado, decimos, que Felipe II, demasiado ocupado en reprimir rebeldías, no pudiese acudir con fuerzas bastantes al reino de Granada, donde, en el momento preciso, debia levantarse por los moriscos el estandarte de su emancipacion. Contaba con sus monfíes, fuertes, acostumbrados al peligro y á la fatiga, y bastante numerosos para poder apoderarse en un dia de la desatendida Granada: una vez dueños de la ciudad, levantado el trono de la Alhambra, desplegado el pendon de Islam sobre las torres de la alcazaba, degollados ó cautivos los cristianos, enteramente reconquistadas las Alpujarras y la Vega, era de esperar que el ambicioso Selim II, sultan del imperio de Oriente, y sus tributarios el rey de Argel, y los reyes de Fez y de Marruecos, se apresurarian á enviar á las costas de las Alpujarras sus galeotas piratas henchidas de taifas de turcos, y de los indomables hijos de las razas bereberes. Habia momentos en que Yaye soñaba que, rey de Granada, avanzaba al frente de un innumerable y feroz ejército, sobre las ciudades de Andalucía, que todo cedia á aquella inundacion de hombres, que salvaba los desfiladeros que separan á Andalucía de Castilla, y que arrojándose sobre esta como una tromba, se llevaba por delante villas y ciudades, hasta ir á poner el estandarte del Profeta en una sola campaña, sobre las torres de la catedral de Toledo.
Y como el que es ambicioso nunca lo es á medias; como el hombre de accion confia mas de lo que debiera en sus propios recursos y en su fuerza de voluntad, Yaye, creyéndose un héroe, como Tarie-ebn-Ziak, ó como Abd-el-Rajman-ebn-Moavia, ó como Almanzor, tendia su soberbia vista á la inmensidad del porvenir, y no creía descabellado, el que, como en tiempos antiguos, volviese á ser España bajo su espada el poderoso califato de Occidente; que tal vez llegaria á conquistar la Europa, y llevar sus banderas vencedoras á Constantinopla, tornándose de este modo en conquistador de los que le hubiesen ayudado, y despues revolver sobre el Africa, sujetarla bajo su mano, y hacer del mediterráneo un lago de su imperio.
La ambicion es una embriaguez, y nada tiene de extraño que el que se embriaga sueñe delirios: y hasta cierto punto no eran delirios los de Yaye: un poco de fortuna para ayudar á su genio, y sus sueños podian realizarse: el pueblo árabe se desarrolló y dominó en una considerable extension del globo bajo el espíritu de la conquista; el Koram la prescribe: Dios, segun los musulmanes, les habia dado la espada para llevar adelante el conocimiento de Dios Altísimo, y Unico sobre todas las tierras de los infieles; el pueblo árabe fue indomable, fuerte, mientras se le condujo al combate, y solo empezó á desmembrarse, á corromperse, á decaer, cuando, halagado por el templado clima de España, trocó sus tiendas de piel de camello en suntuosos alcázares; cuando, en una palabra, se estableció: Yaye lo sabia demasiado: se lo habia enseñado la historia de las generaciones de ocho siglos y Yaye se decia: yo no pararé, yo no reposaré mientras haya tierras que conquistar bajo el sol: si el valiente pueblo árabe ha desaparecido, queda en pié el pueblo moro, resplandece el imperio turco y el Dios Altísimo y Unico se adora en la tercera parte del mundo; el Koram da el supremo poder al vencedor; pues bien, yo venceré porque quiero vencer.
Pero Yaye no habia contado con los acontecimientos, ni se habia conocido á sí propio: una tras otra contrariedad vinieron á demostrarle lo colosal de la empresa que habia embestido; vió que tras largos afanes, sus monfíes estaban en el mismo estado y con la misma fuerza que á la muerte de su padre; que aquella niña, de quien habia pensado hacer uno de los mas poderosos instrumentos de sus proyectos, se habia roto, por decirlo asi, al ponerse en contacto con el mundo, vulgarizándose, como todas las mujeres, por el amor; que si bien habia logrado empeñar por medio de ella al príncipe de Asturias en un camino de perdicion, aquel príncipe era loco, débil, voluntarioso, la persona menos á propósito para poder apoyar en ella de una manera firme una empresa de importancia; comprendió, en fin, que habia cometido crímenes estériles; se sintió humillado delante de sí mismo, con la conciencia manchada, con el porvenir incierto, y por esto cuando entró en su cámara, le pareció que se encontraba solo en el mundo, abandonado del cielo y de la tierra, mientras Satanás le sonreia y le mostraba con un dedo horrible la espantosa página donde estaban consignados sus desaciertos, muchos de los cuales eran horribles crímenes.
Yaye se hallaba en un estado de exaltacion espantoso: sus ojos, escandencidos, dejaban ver una expresion feroz: ardia en ellos la fiebre y la rabia de la impotencia. Las figuras de los tapices flamencos que adornaban la cámara, parecian agitarse, revolverse, cambiar de forma: parecíale que de en medio de un infernal torbellino, salian dos damas, hermosas aun, pero pálidas y con los ojos enrogecidos por un llanto continuo: la una resignada y paciente, la otra iracunda y vengativa; cada una de ellas llevaba de la mano un hermoso mancebo y se le mostraba: Yaye, horrorizado, cerraba los ojos por no verlos, y sin embargo, á través de sus párpados cerrados los veia: cada uno de aquellos mancebos tenia impreso en la frente el estigma de fuego de una ambicion insensata; alrededor de la cabeza de cada uno de aquellos mancebos, habia una señal lívida, inflamada, como la que pudiera haber dejado en ellas el círculo candente de una corona: alrededor del cuello amoratado de aquellos mancebos, habia un dogal: en sus manos un puñal rojo y humeante. Tras aquellos mancebos conducidos por sus madres, marchaba una turba furiosa: mujeres, hombres, niños, ancianos, todos agitaban las cadenas de que iban cargados, todos miraban á Yaye, y todos le decian: