SEGUNDA PARTE. EL MARQUESITO Y LA DUQUESITA. (continued 4)
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—¡Tu ambicion nos ha hecho esclavos! ¡por tu ambicion nos vemos hambrientos, desnudos, desesperados, sin padres, sin hijos, sin esposos, lanzados del pueblo que nos vió nacer, vendidos como bestias, robados, degradados!¡has querido ser rey y nos has impulsado pensando en tu ambicion, solo en tu ambicion, á una empresa en que necesariamente debiamos ser vencidos! ¡maldito, maldito, maldito seas!
Yaye veia todo esto en el fondo de su conciencia: un sentido íntimo, ese sentido misterioso, esa prodigiosa intuicion que tenemos en el fondo de nuestro espíritu y que nunca nos engaña, le decia con el severo y horrible acento de la verdad que marchaba hácia un lago de sangre; por eso los objetos, en los cuales se fijaba su vista, tomaban formas, cuerpo, color, vida fantástica; su conciencia le traia su pasado y le presagiaba su porvenir; porvenir horrible, henchido de desgracias y de horrores, entre los cuales debia desvanecerse la última esperanza de los restos vencidos del pueblo moro español.
Yaye queria en vano arrojar de sí el remordimiento y el presentimiento, que le acometian implacables: en vano queria atribuir aquellos pensamientos, aquellas visiones á la perturbacion de su espíritu, causada por el dolor de haber visto á su hija alejarse de él, por necesidad, para encubrir su deshonra, con la frente baja y manchada, con el corazon ardiente y desgarrado. Cuanto mas pugnaba Yaye, por arrojar de sí aquella terrible pesadilla que le combatia despierto, mas y mas se condensaba aquella pesadilla y le acometia y le estrechaba. Hubo un momento en que, de en medio de aquel horrible caos de fantasmas acusadoras, salió una mujer envuelta en un sudario, desmelenada, lívida, anhelante: aquella mujer, á pesar de su horrible estado y de su palidez cadavérica, era muy hermosa; aquella mujer, ó por mejor decir, su recuerdo, hizo lanzar un grito de espanto á Yaye, porque aquella mujer era su esposa, Estrella, la hija de Calpuc.
—¿Y qué has hecho, qué has hecho de mi hija, gritaba aquel fantasma acusador? ¡Tu desamor me secó las fuentes de la vida, y tu ambicion ha muerto á mi hija, matándola el alma! ¡Yaye-ebn-Al-Hhamar! ¿qué has hecho de mi Esperanza?
—¡Afuera, afuera, horribles visiones! exclamó Yaye clavándose las uñas en la frente como si hubiera querido arrancarse de ella aquel infierno, ¡afuera! Yo he heredado la venganza de tres generaciones!, yo he bebido mezclada con lágrimas, la sangre de mi padre: yo escucho continuamente, despierto y dormido, en la soledad y en medio del mundo los gemidos de dolor, y siento correr como un rio, las lágrimas de millares de esclavos que todo lo esperan de mí. ¿Qué importa que vosotros hayais caido? ¿que tú, Estrella, hayas sucumbido, esposa abandonada, madre sin hija? ¿qué importa que Amina haya bebido toda la hiel que cabe en su corazon? yo marcho hácia adelante, poderoso y terrible como el huracan, y como el huracan no me detengo ante nada. ¡Mi ambicion! ¡me acusais de ambicioso! ¡y sin embargo, mi ambicion es vuestro poder, vuestra libertad y vuestra gloria, porque yo nada puedo ser sin vosotros!
Y mucha fuerza de voluntad tenia indudablemente Yaye dentro de su alma, porque logró dominar el vértigo, sus ojos perdieron su sangriento color y su expresion de tigre, dominóse, hizo callar la voz de su conciencia y los latidos de su corazon, y su semblante volvió á mostrarse impasible y frio como el de una estátua.
Solo habian quedado en su frente como huellas de la tormenta las señales amoratadas que habian impreso en ella sus dedos.
Sentóse en un sillon, respiró profundamente, como quien descansa de una larga jornada, y su pensamiento, frio ya y calculador, volvió á su eterno objeto; á su lucha contra el rey de España, y contra sus reinos: lucha encerrada hasta entonces en el pensamiento de Yaye, pero que debia algun dia pasar inmensa y aterradora, al terreno de los hechos, al campo de batalla.
Pero parecia que la fatalidad perseguia á Yaye: la fatalidad preñada de sangre y crímenes que le perseguia, y que se le presentó de repente cuando menos lo esperaba, en la persona de Harum-el-Geniz, del valiente wali, su leal secretario; el que durante veinte años le habia servido con una fidelidad á toda prueba; el que poseia todos sus secretos, el que adivinaba todos sus dolores.
Abrió silenciosamente la puerta de la cámara, y adelantó hácia el emir, sacándole de su distraccion con el ruido de sus espuelas de alferez castellano.
Miróle profundamente Yaye, y en la expresion grave y triste de Harum, comprendió que le traia un asunto importante.
—¿Qué me quieres? le dijo: no recuerdo haberte llamado.
—Hay momentos en que el siervo debe llegar hasta el señor, y decirle aunque descanse entre los brazos de la querida de su alma: levántate y despierta, toma tus armas y prepárate al combate.
Yaye se levantó como si le hubiera despedido del sillon un resorte.
—¡Al combate! ¿aquí ó allá? ¿en la córte del rey de las Españas ó entre las breñas de las Alpujarras?
—No, no, poderoso señor; no son las armas que brillan entre la polvareda del combate las que debes tomar, sino las armas que matan en silencio y de una manera segura: las armas de la venganza. No vas á luchar contra un rey poderoso, ni contra un ejército valiente, sino contra una cortesana y un bandido.
—¡Angiolina! ¡Laurenti! exclamó el emir. ¿Y de qué modo? ¿cómo me provocan esos dos miserables?..
—Anoche, ya tarde, un hombre que ha conocido á Farrix, á Abdelhamar, y á otros de los nuestros, que viven encubiertos en Madrid con nombre y trage de soldados de la compañia de ginetes de don Luis Moncada, se presentó á ellos en su casa de la Cava Baja, y pidió á Farrix que, con algunos de sus camaradas y por algun oro que les ofrecia, le acompañasen para una aventura. El oro dado por ese hombre está aquí:
Y Harum arrojó sobre la mesa del emir algunos doblones de á ocho.
—¡Y bien! ¿tenemos algo que ver en esa aventura?
—¡Oh! exclamó Harum con acento de amenaza.
—Acaba de una vez Harum, exclamó impaciente el emir.
—El desconocido, continuó Harum, llevó á Farrix y á otros tres á una casa en la cual entraron por el postigo de un huerto.
—¿Y qué casa era aquella?
—Farrix me ha llevado hasta el postigo, y he reconocido por él, que la casa donde entraron, era la de la princesa Angiolina Visconti.
—¡Ah! exclamó profundamente el emir ¿Y qué iban á hacer allí?
—De la casa sacaron una silla de manos y fueron con ella á la calleja á donde da el postigo de tu palacio, poderoso señor. De uno de los extremos de aquella calle recogieron un hombre herido, le metieron en la silla de manos y le condujeron á casa de la princesa, en la que entraron por el mismo postigo.
—¿Y qué tenemos que ver nosotros con eso?
—Es que hay mas, magnífico señor: mientras el desconocido con dos de los nuestros conducian al herido á casa de la princesa, otros dos, Farrix y Abdelamar, quedaron en un soportal frente al postigo de tu palacio, ocultos en la sombra y con encargo de observar cuanto sucediese. Poco despues volvió el desconocido con los otros dos monfíes, y se ocultó bajo el mismo soportal. Segun me habia dicho Farrix, habia luz en tu casa en un mirador, y aquel mirador, era, á no dudarlo, del aposento de la sultana Amina.
—Nada tiene de extraño que la sultana velase, preparando su partida.
—Es que hay mas que eso: antes del amanecer salió un hombre por el postigo, y despues se abrió uno de los balcones de los aposentos de la sultana, y por él se descolgó otro hombre á la calle.
Irradiaron una mirada incalificable por lo feroz, los ojos de Yaye.
—Farrix y sus compañeros mienten, exclamó.
—Si han mentido, mancillando el honor de la sultana, dijo Harum cuya mirada no se alteró, deben morir.
—¡Que mueran! ¿lo entiendes? que mueran y que mueran al momento, exclamó con voz cavernosa el emir. Pero... sigue, sigue relatando la impostura de esos miserables.
—Farrix asegura que cuando aquel hombre estuvo en la calle, una mujer vestida de blanco habló algunas palabras amorosas con el que habia descendido, y le arrojó un papel.
—¡Oh, miserables! y si era verdad ese dicho, ¿por qué no aseguraron á aquel hombre? ¿por qué no se apoderaron de aquel papel?
—Cabalmente, segun dice Farrix, esta era la intencion del que los habia conducido hasta allí, pero añade tambien, que aquel hombre era tan valiente y tan diestro que se les escapó.
—¿Y no aconteció mas?
—No señor. Los cuatro monfíes se despidieron del hombre que los habia buscado, y que les encargó el secreto, y Farrix vino á avisarme.
—Paréceme que tú has creido esa impostura, Harum, dijo el emir fijando en su confidente una mirada intensa.
—Hace tanto tiempo señor que te persigue la desgracia....
—Pero la desgracia ha respetado hasta ahora mi honra, Harum. No adivino la causa; pero deben haber comprado á esos miserables para que me hieran en lo mas profundo de mi alma... en mi hija... acaso la princesa..... pues bien.... es necesario que esos cuatro hombres no hablen.
—No hablarán, señor.
—Pero es necesario evitar escándalos. Envíalos á las Alpujarras, y avisa para que cuando lleguen...
—Muy bien, señor.
Quedó profundamente pensativo Yaye durante algunos segundos.
—Creo que la princesa Angiolina se vale para todos sus asuntos, de una especie de bandido romano.
—Si señor.
—Cuando te envié á Roma hace dos meses para que averiguases quién era esa princesa, me trajiste una relacion escrita.
—Esa relacion debe estar en tu poder, señor.
—Bien: bien: es necesario que hagas venir al momento á ese hombre que sirve á la princesa. ¿Cómo se llama?
—Andrea Bempo.
—Pues bien, procura que ese hombre venga al instante.
—Muy bien, señor.
—Vete. Y al momento, al momento, esos cuatro monfíes a las Alpujarras y un correo á caballo que les preceda.
Harum se inclinó y salió.
El emir permaneció algún tiempo como anonadado. Despues hizo un poderoso esfuerzo para salir de su atonía, se levantó en fin de la mesa, y escribió lo siguiente con mano firme:
«Señor marqués de la Guardia: os suplico que hoy mismo vengais á verme: espero que atendereis mi suplica, y no me hareis dudar, negándoos, del afecto que creo inspiraros.—El duque de la Jarilla.»
Yaye cerró esta carta y la entregó á un lacayo para que la llevase á su destino.
Dos horas despues la carta le fue devuelta cerrada, tal como la habia enviado, dentro de otra de don César de Arévalo que contenia estas solas palabras:
«Señor duque: el loco de mi sobrino no parece en ninguna parte desde ayer, y como vuestra carta para él puede ser importante, os la devuelvo temiendo que se extravíe. Vuestro mas afecto criado.—Don César de Arévalo.»
El duque arrugó en un momento de cólera aquella carta.
Luego envió cuatro ó seis de sus lacayos á que buscasen por todo Madrid al marquesito.
A las diez del dia el duque oyó pronunciar con asombro á la puerta de su cámara á uno de sus sirvientes el nombre del señor príncipe Lorenzini Maffei que venia á visitarle.
Yaye mandó que le introdujesen en su salon de recibo.
CAPITULO XVII. Quien era el príncipe Lorenzini Maffei.
Antes de entrar en la cámara donde le esperaba su visitante, Yaye le observó detenidamente tras las vidrieras de una puerta.
Vió un hombre como de cincuenta años, un tanto encorvado, mas bien como por el exceso de una vida estragada, que por los años, que no eran excesivos: tenia el pelo entrecano, y un tanto largo y rizado según la moda de los nobles italianos: llevaba por autoridad una cadena de oro al cuello, y al costado una ligera espada de córte.
Este hombre se paseaba meditabundo á lo largo de la camara, con las manos juntas á su espalda y sosteniendo en ellas una gorra de terciopelo.
Durante algunos minutos Yaye le contempló con una mirada intensa, lúcida, dibujóse en sus labios una sonrisa de desprecio, y luego componiendo su semblante y adoptando la expresion mas impenetrable, abrió la vidriera y entró en la cámara.
Volvióse al saludo el príncipe, saludó profundamente á Yaye, y le dijo con un perfecto acento italiano, aunque en buen español:
—Os suplico, señor duque, me perdoneis si me he tomado la libertad de venir á vuestra casa, cuando ningun antecedente media entre nosotros: apenas si nos conocemos de nombre.
Yaye señaló un sillon al príncipe, que se sentó, acercó otro en el que se sentó á su vez, y prestó al príncipe una de esas atenciones que interrogan.
El príncipe no se alteró en lo mas mínimo por el silencio del duque, que era hasta cierto punto grosero, y añadió:
—Esta mañana uno de vuestros criados ha dejado en la casa de mi esposa, es decir: en mi casa, un recado vuestro para cierto Andrea Bempo. Como en mi casa no se conoce á tal sugeto; como su nombre es italiano y poco ilustre por cierto; como, ademas, al volver de Italia he encontrado en mi casa ciertas singularidades....
—¿Singularidades habeis encontrado en vuestra casa, señor príncipe? dijo acentuando fuertemente sus palabras Yaye.
—¡Oh! ¡si! llegué á Madrid anoche muy tarde, y como no me gusta incomodar á nadie ni aun en mi misma casa, me quedé en una de las posadas; pero apenas amaneció, me trasladé á mi casa... solo... me gustan las sorpresas... porque amo entrañablemente á mi esposa... que como sabreis sin duda....
—Es una de las damas mas hermosas, mas nobles y mas discretas que viven en la còrte de España.
—¡Oh, gracias! comprendereis, pues, que yo ame á mi esposa.
—¡Oh! lo comprendo demasiado, dijo Yaye con acento frio. Como que yo tambien, por mas que no se lo haya dicho, la amo... ¡oh! perdonad, pero vuestra esposa, príncipe, es muy peligrosa.
—¡Ah! ¡si! dijo con una perfecta impertinencia Lorenzini; mi esposa tiene por destino el estar siempre rodeada de adoradores... lo que me llena de orgullo, os lo aseguro; ¿pero qué deciamos?
—Deciais que os agrada sorprender á la vuelta de vuestros viajes á vuestra esposa.
—¡Ah, si! por lo tanto siempre cuido de proveerme, á hurto, como si se tratara de un ladron, de una llave de cierto postigo. Segun mi costumbre, tomé el camino de mi casa, entré en ella furtivamente; adelanté por una y otra habitacion de un piso bajo, y en una de ellas ¿qué creeis que encontré?
—Una singularidad de esas á que se exponen los maridos que gustan de sorprender á sus mujeres.
—En efecto, encontré una singularidad de bulto: un hombre herido en un lecho, según supe despues, y á mi esposa, bellamente ataviada, sentada junto á la cabecera de aquel lecho, y durmiendo sobre la almohada.
—¡Ah, ah!
—¿Y qué creereis que hice yo?
—Indudablemente os fuisteis de puntillas para no ser sentido.
—De ningun modo, desperté á mi esposa.
—Y vuestra esposa...
—Se arrojó en mis brazos como de costumbre, delirante de alegría y me colmó de caricias. Mi esposa me ama con toda su alma, pero es demasiado caritativa, y esta era la causa de la singularidad, que al principio no comprendí, pero que despues me fue explicada de la manera mas natural. Mi esposa habia encontrado á aquel hombre, al célebre comediante Andrés Cisneros, en una palabra, herido gravemente en una calle á que da vuestra casa, y le habia recogido. Esto es todo. Como despues se ha buscado en mi casa á ese Andrea Bempo, á quien no conozco; como el señor Andrés Cisneros ha sido herido cerca de vuestra casa; como estos dos sucesos podian tener relacion entre sí, me presento á vos, para serviros á fuer de hidalgo en lo que hubiereis menester.
Yaye cruzó una pierna sobre la otra, se echó atrás sobre el respaldo del sillon, y apoyando en sus brazos los codos y cruzando las manos dijo al príncipe con una sonrisa fria:
—Vuestra esposa os engaña.
Habia en Yaye una decidida intencion de provocar al príncipe.
—¡Bah! dijo este. Estoy seguro, enteramente seguro de que no.
—Os ha engañado al casarse con vos.
—¡Bah! os afirmo que el engañado sois vos.
—Os entregó una mano deshonrada por la desgracia y por la miseria, es verdad, pero al fin deshonrada.
—¡Bah! no conoceis la historia de Angiolina... de Angiolina á la que yo saqué de un convento para hacerla mi esposa.
—Pues ved ahí; Angiolina Visconti se jacta con sus amantes, ó por mejor decir, con su único amante, de que si bien sois su esposo, no habeis sido nunca su marido.
—¡Ah! eso lo digo yo por todas partes; yo he preferido la ansiedad del deseo que no se satisface, al hastío del deseo satisfecho... y luego... ser esposo de una mujer jóven, de brillante hermosura y vírgen...
—¡Vírgen! exclamó profundamente Yaye.
—Yo gozo con lo extraordinario. Mi vida toda es una cadena de sucesos extraordinarios.
—Demasiado extraordinarios, príncipe.
—Es que vos no sabeis mi historia.
—Acaso, acaso. Acaso tambien sepa la de la princesa.
—La historia de mi esposa es muy sencilla. Una vida de diez y seis años en un convento. Despues diez años de matrimonio puro, sencillo, casto, de un matrimonio, como de seguro no ha habido, ni hay, ni habrá dos en el mundo.
—Sin embargo, hablais de las caricias de vuestra... mujer.
—Caricias de hermano y hermana. Un abrazo, un beso en la frente, hé aquí todo.
—Con que ¿segun eso, no conoceis la historia de vuestra esposa?
—Sé la verdadera, pero ignoro la que puedan atribuirla.
—Pues os voy á contar esa historia, verdadera ó falsa, y despues os contaré... la vuestra dia por dia, hora por hora.
—Os escucho, y si la historia es ingeniosa, os agradeceré el cuento... pero os pediré tambien que me reveleis el nombre de quien la ha inventado.
—Os lo diré antes, porque no me gustan las historias en cuya primera hoja no va el nombre del autor. Muchas veces por el nombre del autor se juzga de la historia, y si este nombre es bueno poco importa que la historia sea mala. El autor de las dos que voy á referiros, es el mejor autor de historias que conozco, porque su autor es Dios.
—¡Ah, Dios!
—Dios, ó lo que es lo mismo, la fatalidad.
—Pues empezad y juzguemos del ingenio de Dios.
—Permitidme: todas las historias tienen un prólogo.
—¡Ah! y esta...
—Lo tiene tambien. Este prólogo se refiere á la causa de que hayan venido á mis manos esas dos historias; la causa, ya os la he indicado: es el amor, el deseo, el empeño que me inspira vuestra esposa, ó por mejor decir, que me inspiraba cuando yo tenia dudas acerca de su procedencia.
—¿Dudas? todo el mundo sabe que es mi esposa.
—Pero nadie conocia al tal esposo. Creo que yo soy el primero que tiene la dicha de conoceros.
El príncipe se inclinó.
—Por lo mismo, dudando de si seria soltera, casada ó viuda, envié hace dos meses á Roma un sugeto muy á propósito para desenterrar historias, y provisto de oro suficiente para ello. Ese sugeto me ha traido las dos historias que vienen á ser una misma. He concluido mi prólogo y empiezo...
—Os escucho.
—¡Ah! dijo el duque, me olvidaba del título: llámase, pues, la que voy á referiros, «Historia de una venganza infame.»
Despues de estas palabras Yaye cerró los ojos como para concentrar y ordenar sus recuerdos, y el príncipe se colocó en la actitud de la mas perfecta atencion.
Yaye empezó, al fin, de esta manera:
—Nuestra historia principia en la cabeza del orbe católico, en Roma, en el verano de 1537, es decir, hace diez años.
Por aquel tiempo habia en Roma dos personas notables.
La una era un famoso bandido de la campiña á quien nadie conocia mas que por su terrible nombre: aquel nombre era Laurenti.
La otra era una dama veneciana de diez y seis años á quien conocia todo el mundo, mas que por el alto empleo que su padre desempeñaba en la córte pontificia, por su peregrina, por su maravillosa hermosura.
Esta dama se llamaba Angiolina Visconti.
Su padre, Paolo Visconti, miembro de la poderosa familia de este título, se habia visto obligado á huir de la justicia de la república de Venecia, á causa de haberse visto envuelto en cierta conspiracion de nobles contra el Estado.
Paolo Visconti habia logrado ponerse á salvo con una hija única, con Angiolina, de los esbirros de la serenísima república, pero no logró poner del mismo modo á salvo sus bienes que fueron confiscados.
Aportó á Roma, pobre pero provisto del interés que inspira todo hombre que ha luchado por la libertad de su patria, que ha sido vencido, y que vuelve las espaldas á sus hogares para no volver mas á ellos.
Aumentaba este interés la belleza y la inocencia de Angiolina, pobre desterrada en la adolescencia, que se veia envuelta en las desgracias de su padre.
Acogiósele bien por la nobleza romana, y especialmente por el papa, y con tanta mayor deferencia por este, como que Visconti era perseguido por una república con la cual no se encontraba en la mejor armonía la silla pontificia. A fin, pues, de que Paolo Visconti pudiera vivir en Roma, sino de una manera opulenta, conveniente á su clase, le concedió el papa un alto oficio militar bajo sus banderas.
Nombróle, pues, coronel de su guardia suiza.
Entre otras ventajas, que á mas de su pingüe sueldo y de su representacion, gozaba el coronel de los suizos, eran no pequeñas, el vivir en un pequeño y bello palacio del papa junto al Coliseo y el uso de carroza y servidumbre, pagados por el tesoro pontificio.
Asi, pues, Paolo Visconti podia sostener á su hija en la posicion de una ilustre dama.
Visconti, que se habia casado muy jóven y muy jóven habia enviudado, era por los años de 1537 un hermoso caballero de treinta y cuatro años, galante como veneciano, altivo por su alcurnia y espléndido, cuanto se lo permitía su sueldo.
Los dados y los naipes habian sido con él sumamente propicios, y habia ganado enormes sumas, indemnizándose casi por este medio, de lo que le habia quitado su amor por las libertades patrias.
Asi es, que se contaba mas de una escandalosa aventura de amores, en que el coronel Paolo Vizconti habia sido el galan afortunado, y no habia marido, padre ó hermano que no le temiesen, si tenian hijas, esposas ó hermanas bellas; sin embargo, Vizconti logró salir sano y salvo de una y otra aventura arriesgada, á lo que contribuyó no poco su fama de valiente y de diestro en armas. Esto, acreciendo su soberbia, le impulsó á nuevas y cada dia mas arriesgadas empresas amatorias, hasta que, cansada la suerte de protegerle, le metió en una que debia decidir, no solo de su suerte, sino tambien de la de su hija.
Cerca del palacio que habitaba Visconti, entre este, y el Coliseo, en una linda casita de un solo piso, vivia una jóven llamada Fioreta, al solo cuidado de una anciana. Servíalas una vieja criada, y nunca se habia visto entrar en aquella casa un hombre, ni acompañarlas jamás nadie en sus breves salidas desde su casa á una iglesia próxima. Sin embargo, Fioreta, que vestia como una dama de la alta nobleza romana, era tan hermosa, tan cándida y tan jóven, que muchos nobles solicitaron sus favores, sin faltar algun miembro del sacro colegio que no hubiera vacilado en comprometer su alma, si le hubiesen mirado con amor los negros ojos de Fioreta.
Pero esta se mostraba inaccesible á los seguimientos, á las rondaduras y las músicas de sus numerosos adoradores, y habia logrado adquirir una fama de insensible, de inespugnable, que el mundo galanteador la impuso el nombre de la mujer fuerte.
Llegó esto á oidos de Visconti, del hombre irresistible, del corruptor, por decirlo asi, de Roma, y deseó conocer á la tan ponderada y rigorosa hermosura. Eran vecinos, y esto no le fue difícil. Púsose al paso de Fioreta, engalanado con su ostentoso uniforme de coronel de los suizos; la vió, se enamoró perdidamente, la siguió á la iglesia; se puso continuamente á su paso, y no tardó en conocer, que la para todos desdeñosa hermosura, era para él camino llano y abierto. Fioreta se habia enamorado de Visconti, con un amor tan puro, tan intenso, tan sublime, como era sensual y miserablemente ardoroso el de Vizconti.
Por mas que quiera guardarse á una mujer, no se guarda si ella no quiere guardarse: la iglesia á que la jóven concurria era oscura: cambiáronse billetes entre los amantes, y por ellos supo Visconti que era amado como jamás lo habia sido, y que en la existencia de Fioreta habia un misterio que realzaba el valor que ya por su hermosura tenia sobradamente la jóven. Este misterio consistia en que Fioreta no tenia padres conocidos, y ademas, en que una mano invisible y que debia ser inmensamente rica y poderosa la protegía, atendia á su subsistencia de una manera expléndida, y la procuraba cuantos goces honestos puede desear una jóven honrada. Se la habia dado una educacion de princesa; se ponderaban las preciosidades que encerraba dentro de sí la pequeña casa en que vivia; sus trajes eran riquísimos y nobles, y en las grandes solemnidades públicas, se la veia cubierta de diamantes y brocados, en una magnífica carroza dorada, tirada por cuatro caballos admirables, carroza que aparecia por sí misma, sin saberse de donde venia, y que desaparecia sin que Fioreta ni su aya supiesen á donde iba. En cuanto al cochero y los lacayos eran mudos, siempre que las dos mujeres trataron de indagar por ellos quien era aquella persona misteriosa, que de una manera tal, cuidaba de la suerte de Fioreta.
Todo esto lo supo Visconti, como he dicho, por las cartas de la jóven, y el misterio de su nacimiento, la opulencia que la rodeaba, y el desenlace problemático que podia tener aquel misterio, irritaron su curiosidad, sus deseos, y aun su ambicion. Porque no sabiendo quien era Fioreta, ¿no podia suponerse todo? ¿Y quién sino un altísimo personaje podia sostener tan ruinosos gastos?
Visconti, pues, se empeñó y quiso á todo trance, llegar á la resolucion de aquel problema. Compelió en una y otra enamorada carta á Fioreta, á que le concediese una cita, y esta al fin, se vió obligada á escribirle la lacónica carta siguiente:
«Contentaos con amarme, sin esperanza de obtenerme. Básteos saber, que yo os amo hasta el punto de no pertenecer á otro hombre, sino puedo algun dia ser vuestra. Yo no faltaré jamás á mi decoro, y me está prohibido de una manera misteriosa y terrible disponer de mi mano.—Fioreta.»
Esta carta fue un nuevo combustible arrojado al empeño de Visconti, que juró perecer ú obtener aquella dificilísima y misteriosa hermosura.
Poco tiempo despues de recibida esta carta de Fioreta, notó Visconti, que cuando seguia á la jóven á la iglesia, un hombre siempre embozado, á pesar de que era el tiempo de los calores, les seguia á alguna distancia, entraba en la iglesia, se ponia en acecho, y no desaparecia hasta que las mujeres habian regresado á su casa.
Empezaba Visconti á impacientarse con aquel espionaje descarado y tenaz, cuando un dia encontró sobre la mesa de su aposento y sin que nadie supiese por donde habia entrado, una carta concebida en estos términos.
«Sé que seguís obstinadamente á Fioreta, y que Fioreta os ama. Si la amais, será vuestra, pero para ello será necesario que deis á su hermano una muestra indudable de vuestro amor. Para conocer las condiciones bajo las cuales podreis ser su esposo, id esta noche, solo, á la vía Apia. Allí encontrareis al hermano de Fioreta.»
Inutil es decir, que Visconti no faltó á la cita.
Apenas habia entrado en la vía Apia, cuando se le presentó el misterioso embozado que se habia constituido en su espía.
El camino estaba desierto, y la luna blanqueaba las ruinas de los sepulcros romanos. El embozado hizo una seña á Visconti de que le siguiese, y este le siguió hasta un bosque cercano en el que se internaron. Allí, en lo mas oscuro del bosque, se detuvo el embozado, y, sin descubrirse, dijo á Visconti con la voz dura é imperiosa del que está acostumbrado á mandar despóticamente y ser servilmente obedecido:
—Veamos si valeis lo bastante para que yo os dé mi hermana.
—Yo me llamo Paolo Visconti, dijo con orgullo el coronel de suizos del papa.
—Sé quien sois y me convenís, como hombre valiente y arrojado: porque me convenís, os daré mi hermana, si la mereceis, y lo que vale infinitamente menos que ella, tesoros inmensos. Veamos si la amais.
—Indicadme vuestras condiciones.
—Vos me habeis dicho vuestro nombre, justo es que yo os diga el mio: me llamo Giussepo Laurenti.
Visconti dió un paso atrás asombrado: el misterio de la procedencia de Fioreta se desenlazaba de una manera inesperada. Quien protegia á la jóven, quien tenia sobre ella derechos indudables, era Laurenti, el terrible bandido; el hombre á quien la justicia del papa no habia podido castigar; el gefe de los invisibles que tenia cubierta de espanto la campiña de Roma. Esto, por otra parte, explicaba las inmensas sumas que se invertian para poner á Fioreta á mas altura que la mas rica é ilustre dama romana.
Hubo un momento de silencio.
—Paréceme que os falta valor, caballero Visconti, dijo sombriamente Laurenti.
—No, no me falta valor, pero explicadme, aclaradme: vos sois hermano de Fioreta, pero, ¿quién es vuestro padre?
—Ved que cuanto mas os revele, mas grave será el peso del secreto que habeis de guardar, so pena de vuestra vida.
—No importa. Hablad.
—Mi padre se llamaba Andrea Alberti.
Dió otro paso atrás Visconti. Laurenti habia pronunciado el nombre de otro terrible gefe de bandidos.
—No os asombre esto, dijo Laurenti; hace mas de dos siglos que mi familia viene reinando de generacion en generacion sobre la campiña de Roma. El padre educa al hijo, y el hijo hereda al padre; nada mas natural.
—¡Pero la madre de Fioreta!...
—Aumentemos la suma del secreto si os place. La madre de Fioreta era una dama romana.
—Su nombre.
—Lo ignoro yo mismo. Mi padre al encargarme de la suerte de Fioreta, me dijo solamente: su madre era una mujer casada; una hermosa é ilustre dama. Yo la juré guardar como un depósito sagrado su honor, y muero con su secreto. Pero á mas de guardar su honor, la juré proteger á nuestra hija y hacerla feliz. Fioreta puede elegir libremente el claustro ó el matrimonio, pero si eligiese este último estado, no será su esposo sino quien sea bastante valiente y arrojado para partir con nosotros los peligros. Ahora, bien, caballero Visconti, ¿amais bastante á Fioreta para abandonar por ella vuestro baston de mando, vuestra hermosa banda de coronel, y cambiar vuestro nombre de caballero en un nombre de bandido?
—¿Es esa vuestra resolucion irrevocable?
—Es la voluntad de mi padre, á la que no faltaré en una sola palabra.
—Pues os juro que Fioreta será mia á pesar vuestro.
—Peor para los dos si eso sucede, dijo lacónicamente Laurenti.
—Adios, pues, rey de la campiña de Roma.
—Adios, señor coronel de los suizos del papa: pero escuchad antes una palabra: me conoceis y todos los dias me estrechais la mano y me pedis por la salud en la córte de su Santidad. Adonde jugais, concurro; en donde bebeis, bebo; lo que hableis resonará en mis oidos, porque soy uno de vuestros mayores amigos. He observado, que hasta ahora no habeis hablado ni una sola palabra con nadie acerca de vuestras pretensiones hácia Fioreta, y que no habeis mostrado ni una sola carta suya. Seguid siendo prudente. Os lo aconsejo, en ello os va la vida. Adios.
—Esperad.
—¿Qué quereis?
—Me habeis dicho que os conozco.
—Es cierto.
—¿Que sois uno de mis mayores amigos?
—Por tal me teneis.
—¿Que concurris á donde concurro?
—Es verdad.
—Sin embargo, yo no conozco vuestra voz.
—Mi voz se desfigura al pasar por el hueco de mi antifaz de hierro.
—Aclaradme.....
—Ni una palabra mas; adios.
—Esperad.
—Adios.
—¡Por san Paolo mi patron, que yo os haré esperar y daros á conocer! dijo Visconti desnudando su espada y acometiendo rápidamente á Laurenti.
Este se hizo atrás de un salto, y lanzó un fuerte silbido.
Instantáneamente, aparecieron saliendo de detrás de cada árbol una multitud de hombres cubiertos con antifaces y armados de arcabuces.
Aquellos hombres rodearon al coronel de los suizos del papa.
—Guiad á ese caballero hasta la salida del bosque, dijo Laurenti á sus bandidos, perdiéndose en la espesura. Hasta mañana, caballero Visconti.
Vióse este obligado á ceder, y rodeado de los bandidos, llegó hasta la salida del bosque, y desde allí ganó la vía Apia y entró en Roma.
En vano durante muchos dias buscó Visconti entre sus numerosos amigos, uno que le presentase ni el mas ligero indicio del terrible bandido romano. Creyó al fin, que aquello habia sido una amenaza y una burla, y dejó de desconfiar de los que le rodeaban.
En cuanto á Fioreta, su amor, ó por mejor decir, su empeño, se aumentó en proporcion á las dificultades. Habian cambiado una y otra carta, pero en ninguna de las suyas habia indicado Visconti á Fioreta lo que sabia acerca de su orígen.
Si las dificultades irritan al hombre, puede decirse que irritan infinitamente mas á la mujer. El amor de Fioreta se exaltó, y concedió á Visconti lo que siempre se habia negado á concederle: esto es, hablar con él en las altas horas de la noche por las ventanas de su casa. Visconti, despues de su primera entrevista de este género con Fioreta, esperó que se revelase de cualquier modo, sino la venganza, la cólera del terrible Laurenti: pero pasaron muchas entrevistas del mismo género, y ni recibió una sola carta, ni el mas leve aviso.
Visconti empezó á burlarse para sus adentros del Rey de la campiña, y le despreció del todo cuando, enteramente rendida Fioreta, le concedió lo último que podia concederle: su posesion completa. Todas las noches, una escala llevaba á los brazos de Fioreta al afortunado Visconti, y el terrible bandido, el hermano protector, permanecia mudo.
Sin embargo, un dia, encontró Visconti sobre la mesa, y sin que nadie la hubiera llevado, otra carta que contenia las frases siguientes:
«Todo lo sé. Gozad en secreto de vuestra felicidad, y haced feliz á mi hermana, pero, ¡ay de vos si por un accidente natural, ó por una villanía vuestra, se hace pública su deshonra! ¡ay de vos, y ay de ella! Laurenti.»
Visconti era un hombre que no temia al cielo ni al infierno, y esta amenaza lo irritó: acontecia ademas, que, como su amor hácia Fioreta no habia sido mas que deseo y empeño, satisfecho el deseo, hastiado de la pobre jóven, necesitó satisfacer su vanidad de libertino, publicando su victoria sobre aquella mujer que habia resistido las pretenciones de los hombres mas peligrosos. Esta vanidad infame fue desarrollándose en él, y al fin, un dia, en una casa de juego, con ocasion de ponderar un nuevo enamorado los desdenes de Fioreta, dijo:
—¿Qué apuesta quereis hacer conmigo, señores, acerca de esa mujer?
—¿Pretendeis acaso haceros amar de ella? dijo un jóven caballero muy amigo de Visconti, llamado Marco Antonelli.
—No, no pretendo hacerme amar de ella, dijo Visconti, porque es mi querida.
—¡Vuestra querida! exclamaron asombrados los circunstantes.
—¡Vuestra querida! exclamó soltando la carcajada Marco Antonelli.
—Os reis de un modo muy impertinente amigo mio, dijo Visconti picado por la hilaridad de Antonelli.
—¿Pues no quereis que me ria? Mientras no nos presenteis pruebas de vuestro dicho me reiré.
—Es que pudiera suceder......
—No debe suceder nada dijo, sin afectarse en lo mas mínimo Antonelli; si esa mujer es vuestra querida, no merece ser la causa de un rompimiento entre dos amigos, y si no lo es, mereceis en castigo de vuestra mentira que nos riamos de vos.
—Y si presento la prueba.
—Me comprometo á perder quinientos escudos romanos, dijo Antonelli.
—Y yo otros tantos.
—Y yo.
—Y yo.
—Y yo, exclamaron todos los que estaban presentes.
Visconti, salió y volvió poco tiempo despues con las cartas de Fioreta que arrojó sobre la mesa, entre los dados y las botellas.
Examináronse aquellas cartas; ellas probaban que Fioreta amaba á Visconti; pero en ninguna de ellas habia una sola prueba de que fuese su querida.
—Y bien, dijo Antonelli sin perder su jovialidad: aun no habeis ganado un solo escudo: estas cartas prueban que sois mas afortunado que otros: y digo prueban, porque no quiero haceros el agravio de creer que estas cartas sean falsas; pero de ser amado á poseer á la mujer que nos ama, hay una diferencia incalculable. Asi, pues, la apuesta queda en pié hasta que nos probeis que es vuestra querida Fioreta.
—Una palabra señores. Ahora está la luna en creciente y las noches son muy claras: ¿sabeis alguno de vosotros donde vive Fioreta?
—Todos lo sabemos.
—Sabeis á donde caen las ventanas de sus habitaciones.
—Todos la hemos visto alguna vez en ellas.
—Pues bien: si esta noche á las doce, al hacer yo una señal veis que se abre una ventana de las habitaciones de Fioreta; si la veis á ella misma salir á aquella ventana, y arrojarme una escala; si despues me veis trepar por ella, recibirme Fioreta en sus brazos, retirarse la escala y cerrarse silenciosamente la ventana ¿creereis.....?
—Creeremos que Fioreta es vuestra querida, y os envidiaremos Visconti; pero habreis ganado la apuesta.
—Si, si, habreis ganado la apuesta dijeron todos.
En efecto aquella noche se hizo la prueba: los amigos de Visconti ocultos en la sombra, le vieron entrar en las habitaciones de Fioreta. Al dia siguiente todo el mundo supo en Roma que Fioreta era la querida de Paolo Visconti.
Sin embargo el terrible bandido de la campiña permaneció mudo: pasaron dias y dias hasta uno en que tuvo lugar un acontecimiento que heló la insolente risa de la infamia, en los labios del seductor de Fioreta.
El suceso á que me refiero pasó de la manera siguiente:
Era una hermosa tarde de mayo. Angiolina Visconti habia expresado á su padre el deseo de dar un paseo por la campiña; Visconti hizo preparar una carroza, se disculpo con su hija por no acompañarla, y Angiolina salió de Roma, acompañándola solo en el exterior el cochero y dos lacayos.
Caminaban lentamente por la via Apia: Angiolina, cuya alma aspiraba ya ese amor vírgen que es el sueño de la adolescencia de las mujeres, Angiolina inocente y pura, miraba con delicia el hermoso cielo de Italia, perdiéndose tras los horizontes azules, y la árida campiña por medio de la cual arrastra su turbia corriente el Tiber.
Descendia el sol al Occidente; el dia iba perdiéndose en ese poético tinte del crepúsculo vespertino tan bello y tan diáfano en la primavera de los paises meridionales, y una dulce melancolía inundaba el alma de la jóven, cuando la carroza se detuvo de repente y uno de los criados asomó á la portezuela.
—Si adelantamos mas excelencia, dijo el lacayo, se nos echará la noche encima antes de que lleguemos á la ciudad, y no es prudente......
—Seguid, seguid, dijo la jóven, que de lo que menos se acordaba entonces era del terrible Laurenti ni de los bandidos.
La carroza siguió adelante: muy pronto, traspuesto enteramente el sol, empezó la noche á invadir el opuesto horizonte. Angiolina entonces sintió un vago temor y mandó al cochero que se volviera.
Volviéronse en efecto. Roma se veia á lo lejos perdida tras la vaporosa neblina, y quedaba mucho camino que andar para llegar á la ciudad.
El cochero azotó á los caballos que partieron al galope: á pesar de esto era ya de noche y quedaba mucho espacio para llegar á los arrabales.
De improviso el coche se detuvo, y antes de que Angiolina pudiera preguntar la razon, se abrió la portezuela y entro un hombre, vestido enteramente como los aldeanos de la campiña, y cubierto el rostro con un cumplido antifaz: aquel hombre llevaba á la cintura un puñal y un par de pistolas.
Angiolina solo tuvo tiempo para oir que aquel hombre decia:
—¡Al bosque!
Y se desmayó.
Cuando volvió en sí se encontró en un lecho en un aposento densamente oscuro. Un hombre la estrechaba entre sus brazos. Aquel hombre prevaliéndose de su desmayo la habia deshonrado.
Angiolina notó con terror, con el terror del pudor, que estaba medio desnuda.
Gritó, quiso resistirse, arrancarse de los brazos de aquel hombre, pero aquel hombre la retuvo entre ellos y la dijo con un acento terrible:
—Vuestro padre ha deshonrado á mi hermana, y yo empiezo á vengarme deshonrándole en su hija.
Roma entera supo, por los criados á quien Laurenti habia dejado en libertad, que Angiolina Visconti, la noble hija del señor coronel de los suizos del papa, habia sido robada por los bandidos de la campiña.
Visconti sintió en medio del corazon la venganza de Laurenti; salió á la campiña, le llamó á voces en el mismo lugar donde habia hablado con él algunos meses antes; pero nadie respondió á las voces del desolado padre, que al fin era padre Visconti. Pidió licencia al papa para revolver con sus suizos la campiña y no logró ver un solo bandido. A los quince dias, perdida casi la esperanza, se fué á buscar su último consuelo junto á Fioreta y la dijo.
—Es necesario que nos casemos: tu hermano sin duda nos escucha: pues bien yo acepto todas sus proposiciones: si; yo acepto todas tus proposiciones Laurenti, seré bandido, verdugo, si quieres, pero vuélveme mi Angiolina.
—Vuélveme tú la honra de mi hermana, dijo una robusta voz á tiempo que se abrió una puerta y apareció un hombre.
Fioreta dió un grito agudísimo y se desmayó.
Visconti dió un paso atrás helado de espanto.
El hombre que tenia delante pidiéndole la honra de su hermana era uno de sus mayores amigos.
—¡Marco Antonelli! exclamó.
—No, Laurenti el bandido, Laurenti, que se venga, destrozándote el corazon, deshonrando á tu hija, como tu se lo has destrozado, desonrrando á su hermana: ahora defiéndete, infame, defiéndete por que entre nosotros se ha colocado tu infamia y no puede haber mas que odio y sangre entre los dos.
Al dia siguiente se encontró junto al Coliseo el cadaver de Paolo Visconti atravesado á estocadas, y sobre él un cartel en que se leia en letras enormes:
«Laurenti, hermano de la hermosa Fioreta ha hecho este cadáver.»
La casa en que habia vivido Fioreta estaba completamente abandonada.
¿Y sabeis vos príncipe, dijo Yaye, mirando profundamente á Lorenzini Maffei lo que se hizo de la pobre Fioreta?
—¡Qué! ¿no lo sabeis? dijo con la mas ingénua curiosidad el príncipe; pues ved ahí que falta á vuestra historia una noticia esencialísima.
—Lo que fue de Fioreta no lo sabe nadie, porque Laurenti á nadie se lo dijo.
—¿Y como, como, dijo el príncipe con una curiosidad creciente; como fue á parar Angiolina al convento donde yo la conocí en Nápoles?
—Se ignora tambien, porque á nadie lo ha dicho tampoco Laurenti. Pero lo que se sabe de seguro, es, que al fin, por una traicion de uno de los bandidos de Laurenti, fue descubierta su guarida, exterminada su cuadrilla de malhechores y el....
—¿Y el?...
—Hay quien cree que acaso quedó entre los cadáveres de los bandidos que murieron defendiéndose, porque no se le oyó nombrar mas en las inmediaciones de Roma.
—Pues habeis burlado mis esperanzas, duque, en cuanto á la historia del bandido. Debia ser curiosa.
—Pues voy á contárosla en dos palabras: el bandido está ciegamente enamorado de Angiolina que no le conoce: el bandido sigue á Angiolina por todas partes bajo el nombre de Andrea Bempo: Andrea Bempo no es otro, pues, que Laurenti, nombre fecundo en disfraces, y que sabe variar de rostro como de vestido y de edad como de lenguaje: que unas veces se llama Bempo, otras don Diego de Zayas, y pasa por caballero español, como en Roma bajo el nombre de caballero romano pasaba por Marco Antonelli: Laurenti, en fin, esposo enamorado de Angiolina, esposo despreciado por Angiolina, que se llama el príncipe Lonrenzini Maffei.
Mudáronse instantáneamente al oir estas palabras, la mirada, la actitud y la expresion del príncipe; irguióse, centellearon sus ojos, temblaron de cólera sus lábios y se puso de pié buscando un objeto entre su justillo de terciopelo.
El duque no se movió de su sillon.
El príncipe, ó Laurenti, ó Bempo, aquel singular personaje, en fin, sea que le dominara la imperturbabilidad de Yaye sea que fuese demasiado valiente para cometer un asesinato, sea por otra causa cualquiera, retiró la mano de su jubon entreabierto, y se sentó de nuevo.
—¿Con que lo sabes todo? exclamó con acento convulso por la cólera: con que sabes, que esa mujer á quien elegí en mal hora para instrumento de mi venganza, me esclaviza, se burla de mí, me trata como un perro cuando me cree Bempo, y me deshonra creyéndome el príncipe Lorenzini Maffei! ¡Oh! no importa: yo sé tambien que tú, bandido como yo, emir de los Monfíes de las Alpujarras estás herido en el corazon, deshonrado en tu hija, como yo estoy herido en el corazon, deshonrado en mi esposa, por un mismo hombre, por el marqués de la Guardia. ¡Oh! secreto por secreto monfí; y puesto que necesitamos vengarnos....
—¿Y que culpa tiene el marqués de la Guardia, dijo imperturbable el duque de que le haya amado mi hija, de que le haya amado Angiolina?
—El marqués no la ama, exclamó con sarcasmo Laurenti; el marqués la ha tomado por instrumento para dar zelos á tu hija.... y lo ha conseguido....
—Escucha Laurenti, dijo Yaye levantándose y asiendo á Bempo de un brazo con la fuerza de un gigante. Estás en mi poder.
—¿En tu poder yo? exclamó el bandido pretendiendo en vano desasirse.
—A donde quiera que vayas, donde quiera que te ocultes allí te encontrará mi mano. No lo pruebes, por que serias vencido en la prueba. En cualquier terreno que elijas te haré pedazos si te niegas á servirme.
—Yo no he servido á nadie mas que á esa mujer...
—A quien no debiste deshonrar, á quien no has debido servir.
—Tú has prostituido tu hija al príncipe don Cárlos: tú te has visto obligado á apartarla de la córte, para que la córte no sepa tu deshonra.
—¡Laurenti! exclamó el duque echando á su vez mano á su daga.
—¡Laurenti es siempre el indomable rey de la campiña de Roma! contestó sin inmutarse el bandido: Laurenti desprecia el furor del emir, como antes el emir de los monfíes ha despreciado el furor de Laurenti.
Yaye dejó la daga, soltó á Laurenti y se sentó de nuevo en el sillon.
—Quiero que me digas, como has sabido mi nombre, exclamó despues de unos instantes de silencio, recobrando enteramente su calma.
—En Granada hay muchas personas que saben la interesante historia de la hija y de la nieta del duque de la Jarilla: como en Roma hay otras que saben la historia de Paolo Visconti: ademas como hubo un bandido que vendió en Roma á Laurenti, hubo tambien en Granada un monfí que vendió al emir de las Alpujarras... Habian pagado á peso de oro, ó por mejor decir el alcalde de casa y córte que habia tomado la declaracion del monfí traidor, prefirió vender aquella declaracion enriqueciéndose, á servir al rey denunciando al falso cristiano, al falso duque: pero el juez se quedó con copia de la declaracion por si alguna vez necesitaba algun dinero, y se la vendió á Laurenti el bandido, que sabe andar sin perderse por un laberinto y llegar al fin, solo con que coja el cabo de un hilo: esa declaracion existe.... y acaso acaso esté á estas horas en poder del rey.
Yaye se puso letalmente pálido, sus ojos inyectados de sangre rodaron en sus órbitas y desnudó su daga: pero en aquel momento un resplandor vivísimo le cegó y luego... luego no sintió nada...
Cuando volvió en sí, se encontró en un lecho: sintió una pesadez inexplicable en la cabeza, se llevó las manos á ella y encontró un vendaje: revolvió los ojos en torno suyo y se encontró en un calabozo; movióse y sintió que sus piés estaban sujetos por un par de grillos. Vió junto á sí un hombre de aspecto rudo y quiso preguntarle: pero se sintió débil, y las palabras se ahogaron en su garganta.
Aquel hombre pareció comprender el deseo de Yaye y le dijo como si este le hubiese hecho una pregunta:
—Habeis sido herido en vuestra casa de un pistoletazo en la cabeza por el príncipe Lorenzini Maffei, segun han declarado vuestros criados; el príncipe ha desaparecido: estais preso en el Santo Oficio por hereje, sacrílego y traidor al rey y si no moris de la herida, morireis quemado en auto público del Santo Oficio de la general Inquisicion.
Yaye á falta de voz, dió á aquel hombre con una expresiva mirada las gracias por su noticia, y luego, encerrándose en su pensamiento, exclamó en el fondo de su alma:
—¡Satanás se ha conjurado contra mí!
CAPITULO XVIII.
Complicaciones.
Algunos dias despues de los acontecimientos que dejamos relatados estaba Madrid profundamente conmovido en sus dos círculos cortesanos, el alto y el bajo; algunas noticias extraordinarias habian ido circulando de boca en boca, agravándose mas, á medida que se sucedian.
Primeramente, la hermosa duquesita habia desaparecido de la córte sin despedirse de nadie, y sin que nadie supiese á donde habia ido.
En segundo lugar el hidalgo don César de Arévalo, tutor del marquesito de la Guardia, andaba desolado por calles y plazas, tabernas y garitos, mancebías y palacios, en busca de su sobrino que tambien se habia perdido. Ayudábale en su árdua empresa Peralvillo, lacayo favorito y confidente del marqués, mozo despierto y de puños, á quien no hemos tenido ocasion de citar hasta ahora, y señalado con un profundo chirlo en la cara, pero no por eso feo, ni desgraciado, respecto á ciertas princesas de vida airada. Ni el tio ni el lacayo habian podido ponerse sobre el rastro del marquesito.
Ademas de esto y de que los acontecimientos que vamos á relatar, fueron los que mas impresion causaron en la córte, el mismo dia de la salida de Amina de Madrid, á la hora de la audiencia, apareció fijado en la mampara de la antecámara pública de palacio, un papel en forma de carta, escrito, al parecer, por una mujer, con señales de haber estado arrugado, y vestigios de lágrimas en que se leian estas palabras:
«Don Juan de mi alma: hay cosas que el pudor impide á una mujer revelarlas ni aun á su mismo esposo, pero es preciso que sepas que alienta en mis entrañas un hijo de nuestro amor. Tu Esperanza.»
Por debajo estaba, pegado asimismo, otro papel escrito tambien al parecer por otra mujer, en que se leia en letras gordas:
«La esperanza de este don Juan, es la hermosa duquesita de la Jarilla, y el alma de esta Esperanza es el marquesito de la Guardia.»
El escándalo era soberano y debia retumbar de una manera imponderable: antes de que un ugier arrancase estos dos papeles y los entregase al gentil hombre de cámara de servicio, ya se habian sacado cien copias por los curiosos, y ya aquellos curiosos se habian esparcido por Madrid, llevando consigo el escándalo.
Pero no era esto solo.
Aquellos dos carteles fueron entregados al rey que despachaba á la sazon con el cardenal Espinosa.
Felipe II leyó letra por letra los dos escritos, meditó algun tanto sobre ellos, y luego dijo posando una mirada glacial en el cardenal secretario:
—Que se averigue á todo trance quién ha puesto estos carteles en palacio, y averiguado y probado que sea, que le ahorquen secretamente sin distincion de clase ni persona.
El cardenal dió las órdenes oportunas, y á poco volvió trayendo un pliego en las manos.
—¿Qué es eso? preguntó el rey.
—Se ha encontrado este pliego en una de las habitaciones bajas del alcázar, donde han debido arrojarle por una reja, con sobre á vuestra magestad.
Tomó el rey el pliego.
Sobre su nema se leia en letra exactamente igual á la que habia esclarecido de una manera tan infame la carta de Amina al marqués:
«Al católico y justiciero rey de las Españas.»
El pliego era voluminoso.
Contenia las pruebas que contra Yaye poseia la princesa Angiolina: la historia del casamiento del emir con Estrella, la muerte del anterior marqués de la Guardia, la declaracion del monfí traidor, y ademas la para el rey terrible revelacion de que su hijo el príncipe don Cárlos le hacia traicion conspirando contra su persona.
«Y tenga en cuenta vuestra magestad, concluia la carta, que el hombre de quien se trata, es poderoso, rico, mas rico que vuestra magestad, y que si vuestra magestad tiene en su córte un ejército, en la córte, tiene tambien ese hombre un ejército de monfíes disfrazados.»
Solo por el cuidado con que don Felipe leyó aquel proceso, que tal lo parecia el contenido del pliego, pudo traslucir Espinosa que se trataba de un asunto de gran importancia: el rostro del rey habia permanecido impasible. Despues que los hubo leido y releido, dobló de nuevo aquellos papeles, los puso bajo su libro de devociones, y dijo al cardenal:
—Que me llamen con urgencia al marqués de los Velez.
Despues se puso á hojear algunos memoriales, y cuando volvió el cardenal le dijo:
—Sigamos en el despacho de Indias.
Rey y secretario siguieron en el despacho.
Como á las once del dia un gentil hombre anunció á don Luis Fajardo, marqués de los Velez, que fue introducido.
El rey despidió al cardenal y se quedó solo con el marqués, á quien ni miró ni dijo una sola palabra.
El rey escribia.
—Tomad y cumplid inmediatamente esta órden, adelantado, dijo el rey entregando al marqués de los Velez el papel en que habia escrito.
Don Luis hincó una rodilla para tomar el papel, alzóse despues, saludó profundamente al rey y salió.
Al llegar á la antecámara, el marqués de los Velez se detuvo, y ocultando la órden en el hueco de su gorra, la leyó; decia asi:
«El rey.—A nuestro muy leal vasallo don Luis Fajardo, marqués de los Velez, adelantado en el reino de Murcia.—Haceos acompañar de nuestra órden de un alcalde de casa y córte y de un secretario. Tomad, asimismo de nuestra órden, treinta alabarderos y un alférez de nuestra guardia suiza; id con esta gente á la casa de don Juan de Andrade, duque viudo de la Jarilla, grande de España, y prendedle muerto ó vivo. Mandad al alcalde en nuestro real nombre, que haga inventario de los papeles del duque, y de cuanto hubiere en su casa, que la desocupe, que selle los armarios, cajones y puertas, y que ponga un cartel en la puerta en que se conmine con pena de la vida al que pretendiere penetrar en dicha casa. Preso que sea el duque, le conducireis á la cárcel del Santo Oficio, que tiene en nuestra córte la Inquisicion del arzobispado de Toledo, y mandareis, so pena de la vida, que nadie hasta nuestra órden comunique con el preso. Del cumplimiento de esta me respondeis como vasallo.—De nuestro alcázar de Madrid á los cinco dias del mes de julio de 1567.—Yo el rey.
El marqués de los Velez palideció primero, arqueó las cejas, y despues se encogió de hombros, y sobre la marcha empezó á cumplimentar la órden del rey.
A las doce en punto, llegaba acompañado de un alcalde de casa y córte, de un secretario, de algunos alguaciles y de un alférez y cincuenta alabarderos suizos á la casa de Yaye. Cercóla á la redonda, tomó las salidas y se hizo anunciar á Yaye de órden del rey.
Pero encontró la casa en la mayor consternacion: los criados iban de acá para allá, y no sabian que hacerse; al fin vino á sacarse en claro, que aquella mañana habia entrado á visitar al duque un caballero que decia llamarse el príncipe Lorenzini Maffei, que despues de largo tiempo que el duque y el príncipe estaban encerrados, se habia oido un tiro en la cámara del duque; que el príncipe habia desaparecido en el primer momento de sorpresa, y que acababan de encontrar al duque en su cámara, sin conocimiento y con la cabeza atravesada de un tiro.
El marqués se hizo conducir hasta Yaye de órden del rey; en vista del deplorable estado del emir, se llamaron doctores, y estos declararon que tal como se encontraba el herido era expuestísimo para su vida, el que se le trasladase á ninguna parte. El marqués de los Velez fue con estas noticias al rey, pero el rey mandó que se curase en su casa al duque, y que despues, fuese cual fuese su estado, se le condujese de la mejor manera posible á la cárcel del Santo Oficio. Asimismo mandó que se prendiese al príncipe Lorenzini Maffei.
Hízose á Yaye la primera cura, sin que volviese en sí, despues de lo cual fue puesto en una silla de manos y llevado á la prision.
En seguida el marqués de los Velez, se presentó en la casa del príncipe Lorenzini; salióle al encuentro Angiolina que se mostró profundamente admirada de que un caballero tan galante como don Luis Fajardo fuese á visitarla al frente de la justicia, y acompañado de un tan respetable resguardo de alabarderos reales.
—El rey lo manda, hermosa señora, dijo con galantería el marqués, y me veo en la dolorosa pero imprescindible necesidad de prender á vuestro esposo.
—Pues os desafío á que le prendais, dijo riendo Angiolina: aunque trajerais con vos, señor don Luis, todos los ejércitos de su magestad, seria imposible prenderle.
—¡Imposible porque le guardais vos! dijo sosteniendo su galanteria el marqués.
—Yo soy muy débil guarda contra el rey, dijo Angiolina, pero la imposibilidad de que prendais á mi esposo consiste..... en que no está en España.
—¡Oh! ¿no está en España el señor príncipe?
—No, no por cierto; está en Venecia, donde procura porque la república me devuelva los bienes que en otro tiempo confiscó á mi padre.
—¡Ah! ¿con que el señor príncipe está en Venecia?
—Ni mas ni menos, y en prueba de ello, ved, ved una carta que acabo de recibir de él.
—¡Ah! basta vuestro dicho, señora, dijo el marqués rechazando noblemente una carta que Angiolina habia tomado de encima de una mesa. Ademas, no conozco la letra ni aun la persona de vuestro esposo.


Bempo.
—Se le conoce muy poco ó nada, señor marqués; mi esposo es un hombre extraordinario. Yo apenas le conozco; hace seis años que nos casamos y despues de la ceremonia solo permaneció un dia á mi lado; despues me envió á España; sucesivamente ha venido á visitarme dos veces al año, y eso por un solo dia; emplea el tiempo en viajar y en escribirme con suma frecuencia cartas amorosas; eso lo sabe todo el mundo en Madrid; se sabe tanto, que me llaman de pública voz la casada doncella..... y ¿qué ha hecho, ó qué dicen ha hecho el príncipe para que el rey quiera prenderle?
—Se le acusa de haber dado muerte al duque viudo de la Jarilla.
—¡De haber dado muerte al duque de la Jarilla! exclamó palideciendo profundamente Angiolina, y dejando su acento y su aspecto ligero y galante; pero eso es imposible, don Luis; imposible de todo punto; puedo probar que mi esposo está ahora mismo en Venecia, á no ser que haya venido corriendo postas como esta carta. Deben haberse equivocado; alguien debe haber tomado el nombre de mi esposo para cometer ese asesinato.
—¿Es el príncipe un caballero como de cincuenta años?
—Sí.
—¿Un tanto encorbado?
—Sí.
—¿Con los cabellos entrecanos, largos y rizados?
—Exactamente, exclamó con asombro Angiolina.
—¿Usa anteojos verdes?
—Sí, si señor, porque tiene débil la vista.
—¿Ademas la nariz un tanto gruesa y encarnada?
—No hay duda, esas son las señales de mi esposo.
—Señales que ha dado uno de los criados del duque al alcalde de casa y córte que me acompañaba, y que escritas traigo conmigo. Mirad, princesa, mirad.
El marqués sacó de su limosnera un papel doblado que desplegó y entregó á Angiolina.
—Si, si, dijo esta cada vez mas turbada, con sus señas; pero os juro, don Luis, por mi honor, que no he visto al príncipe, que no le esperaba, y por lo tanto que no está en mi casa.
—Os creo señora, os creo, dijo el marqués guardando de nuevo el papel que le devolvió Angiolina: vuestras palabras rebosan ingenuidad, pero me veo en el doloroso compromiso...


Felipe II.
—¡De prenderme...! exclamó trémula y conmovida la princesa.
—¡Oh! ¿quien piensa en eso? dijo el marqués: ¿quien podrá haceros cargo de un delito que no habeis cometido? solo he querido decir al hablar de compromiso, que no puedo escusarme de registrar vuestra casa, para asegurarme y asegurar al rey con testimonio de escribano que no se encuentra en ella el príncipe.
—¡Ah! eso es distinto: podeis registrar cuanto gusteis, don Luis, pero antes de que registreis tengo que haceros una advertencia.
—Advertidme cuanto gusteis.
—En estos momentos hay en mi casa un hombre herido.
—¡Un hombre herido...!
—Si por cierto: el comediante Andrés Cisneros, á quien encontré muy tarde abandonado en la calle cuando volvia de casa de una amiga: pero ya he dado parte de ello al alcalde del barrio, el herido ha declarado, y sino ha sido trasladado ya á su casa, es porque el estado de su herida no lo permite.
—¡Ah! en ese caso nada temais, señora; por el contrario, esta bella accion añadirá nuevo brillo á vuestra ardiente caridad, que tanto conoce la córte. Ahora bien, como hace ya algun tiempo que estamos solos, y espera fuera la justicia, permitidme que para evitar enterpretaciones...
—Si, si, don Luis, registrad cuanto gusteis, voy á mandar que os abran mis criados todas las puertas.
Procedióse al registro, revolvióse la casa de alto á abajo desde los desvanes hasta los sótanos; abriéronse los muebles huecos, se tentaron las paredes y el príncipe no pareció: no podia haberse escapado porque el marqués de los Velez habia mandado cercar la casa antes de entrar en ella. Solo se encontró á Cisneros herido; pero Angiolina lo habia previsto todo, habia dado parte á la justicia, Cisneros, que habia declarado de una manera que apartaba toda responsabilidad de la jóven, prestó nueva declaracion ante el alcalde de casa y córte que acompañaba al marqués de los Velez, y cuando se le pidió el nombre de quien le habia herido, respondió que no le conocia, lo que era verdad, porque no habia tenido ni tiempo, ni luz la noche antes, para reconocer al marqués de la Guardia en su adversario.
Don Luis Fajardo salió con la justicia: apenas se vió sola Angiolina, tocó un silvato; entonces, como una aparicion, se la presentó el bandido Laurenti, bajo la figura de Andrea Bempo, y con el mismo trage que la noche anterior.
—Has puesto la carta de la duquesita en la antecámara de la audiencia, le preguntó.
—Si, contestó Laurenti; en la misma mampara.
—¿Has puesto el pliego que te dí en lugar á propósito para que pueda llegar á las manos del rey?
—Si.
—Gracias Bempo, gracias, dijo Angiolina estrechando entre sus blancas manos una membruda mano de Laurenti.
El bandido se extremeció como si hubiese recibido un choque galvánico y retiró su mano de las de Angiolina.
—Sucede una cosa muy singular, dijo esta, y es necesario averiguar lo que en ello hay de cierto. La justicia acaba de salir de casa.
—Lo sé.
—¿Y sabes por qué ha venido á casa la justicia?
—Buscando á tu esposo.
—¿Sabes de qué le acusan?
—Si: de haber herido ó matado al duque viudo de la Jarilla, al emir de los monfíes.
—¿Pero es eso cierto?
—¿Quién sabe? El príncipe Lorenzini es un hombre extraño. Siempre he desconfiado en él. ¿Y luego quién es ese hombre?
—Lleva un ilustre nombre italiano.
—¿Pero sabeis quién es ese hombre?
—Acuérdate, Bempo, de que tu fuiste quien me aconsejaste...
—Si te aconsejé que te casarás con el príncipe, te lo aconsejé porque debia aconsejartelo; cuando te libre de mi capitan el infame Laurenti, el hombre que en medio de un misterio tenebroso te esclavizaba, te hacia sufrir su odiosa brutalidad, pudimos sostenernos durante algun tiempo con el dinero que logré sacar de las canteras que nos servian de asilo. Despues la caberna fue descubierta: me ví privado de los recursos que me proporcionaban algunos compañeros que conspiraban conmigo contra el capitan, y sobrevino la miseria, una miseria horrible: yo no sabia ningun oficio, no sabia mas que robar, y esto, encontrándome solo era dificil: nos vimos obligados á buscar un medio de vivir; entonces tú, con ese corazon fuerte que Dios te ha dado me dijiste: yo soy hermosa, se tocar el laud y cantar; viviremos como vivian los trovadores en otros tiempos: yo ganaré nuestro pan, tú me acompañaras y me defenderas. Asi recorrimos la Italia. Un dia en Nápoles, un autor de cómicos españoles te vió, y te dijo si querias formar parte de su compañía; aquello era mas cómodo y mas decente que andar por calles y plazas como mendígos sufriendo soeces injurias. Fuiste cómica, yo fuí cómico: antes de mucho teniamos fama, nos aplaudian, ganábamos dinero abundante. Otro dia en Pésaro, te vió el príncipe representar en una farsa y se enamoró de tí. Aquel hombre no te buscó como se busca á una mujer perdida: aquel hombre te dijo redondamente que si querias ser su esposa. Yo te amaba lo bastante para anteponer tu felicidad á la mia, te amaba, aunque no tenia esperanzas de ser correspondido, aunque me tratabas como un esclavo, porque conocias mi amor y abusabas de él.
—¡Ah! no, no, Bempo: es verdad que Dios no ha querido que yo te ame, que he abusado acaso de tí... pero...
—Dejemos eso, la interrumpió Laurenti; dejemos eso, porque me mortifica y no quiero pensar en ello. El príncipe, antes de casarse contigo, quiso que estuvieses algun tiempo en un convento de Nápoles, para cubrir las apariencias. A los dos meses eras su esposa, y te enviaba á España, para evitar que alguien te conociera en Italia, por donde habias andado vagando como cantora y como cómica. Yo te seguí como sigue la sombra al cuerpo, y en seis años que llevas de casada, he visto muy pocas veces al príncipe.
—¡Oh! ¡nunca he podido comprender á ese hombre! exclamó Angiolina.
—¿Y estás segura de que ese hombre tan misterioso, no sea el bandido Laurenti?
—¡El bandido Laurenti! exclamó estremeciéndose Angiolina; yo no le conozco, nunca le he visto: si sé que fue él el bandido que me robó, que me deshonró, que me obligaba á satisfacer sus deseos en medio de una eterna oscuridad, es porque tú me lo has dicho: en el aposento subterráneo en que yo estaba, no entraba otra persona que el capitan Laurenti. A mí, á pesar de la oscuridad, me parecia jóven y hermoso... muy diferente del príncipe...
—¿Y no has tenido nunca un recuerdo de amor para Laurenti? dijo él mismo con voz insegura, que Angiolina atribuyó á zelos.
—¡Yo! ¡amar yo al miserable que me robó, que me deshonró, que mató mi porvenir, que asesinó á mi padre! ¡Amarle yo! si le conociese... si le conociese, le sonreiria, sí, le colmaria de caricias, seria una vez mas suya, y... le mataria cuando estuviese dormido entre mis brazos.
—¡Ah! exclamó Laurenti...
—Y si supiera que el príncipe era él... si lo supiera, si el príncipe volviera á verme... ¡Oh! le daría ese amor que tanto desea... para matarle, Bempo, para matarle, para vengar mi deshonra, para vengar á mi padre.
—¡Ah! exclamó de nuevo y mas profundamente Laurenti.
—Pero tú, que conoces al príncipe, tú que has sido bandido de Laurenti, descubre si el príncipe es Laurenti.
—Nadie, ni el mas valiente, ni el mas allegado de sus bandidos, ha visto nunca el rostro del capitan Laurenti, eternamente cubierto con una máscara de hierro.
—¿De modo que nada sabemos?
—Nada.
En aquel momento un criado entró con una carta para la princesa.
Esta notó que la letra del sobre era del príncipe.
—¿Quién ha traido esta carta? dijo preocupada por aquel inesperado accidente.
—Un hombre encubierto, que no se ha detenido, señora; contestó el criado.
—Vete.
El criado salió.
Angiolina rompió la nema de la carta, y la leyó rápidamente.
—¡Ah! exclamó con un acento emanado del fondo de su alma; ¡abandonada! ¡abandonada otra vez á mí misma!
—¡Abandonada! ¿y de quién? exclamó Laurenti.
—¡De quién! ¡del príncipe! toma y lee.
Laurenti tomó la carta que conocia demasiado, y la leyó en voz alta.
Aquella carta decia:
«Mi adorada Angiolina: me veo en la triste necesidad de deciros, que á contar desde el dia de hoy, no puedo serviros de nada. Estoy arruinado. He muerto ademas á un hombre poderoso, al duque de la Jarilla, y me veo obligado á huir, á ocultarme, porque ese hombre tiene parientes poderosos. Volved, pues, reina mia, á vuestro oficio de cómica, y buscad otro príncipe que se case con vos...
—¡Ah! ¡yo no he leido eso! exclamó Angiolina.
—Pues aun queda mucho de la carta, que por lo visto no has leido.
—¡Ah! sigue Bempo, sigue.
Laurenti siguió.
»Buscad otro príncipe que se case con vos, lo que podeis hacer sin escrúpulo de conciencia, porque no estais casada, ni yo soy príncipe. Por lo demás, aunque vos os habeis jactado de que yo no habia obtenido la felicidad de poseeros, estais en un error. Os he poseido tanto, como que me llamo Laurenti...
—¡Ah! exclamó Angiolina.
—¡Ya lo sospechaba yo! exclamó con la mayor formalidad Laurenti.
—¡Oh! ¡sigue Bempo, sigue! exclamó irritada Angiolina.
»Como ya no tengo mis buenos bandidos, como se me han acabado las riquezas que pude salvar de mi antigua guarida, no solo no puedo daros, sino que, mientras vos cuidabais al hermoso comediante Cisneros, os he tomado los diamantes y las perlas que os habia regalado, valiéndome para ello de la llave de vuestro postigo, que siempre me acompaña. Sin embargo, os quedan las alhajas con que estabais prendida, mientras yo hacia mi último robo, con las cuales podeis vivir algunos meses.—Vuestro enamorado.—Giussepo Laurenti.»
Angiolina miró pálida y convulsa á Laurenti.
—¡Y qué hacer! ¡qué hacer Dios mio! exclamó llorando.
—Aun queda un recurso, dijo Laurenti, si sigues mis consejos.
—Por ellos me casé con ese infame.
—Ya te he dicho que yo no conocia al capitan, me ha engañado como á tí. Los consejos que te daré ahora son mas juiciosos.
—Te escucho.
—Yo te amo Angiolina, te amo con toda mi alma. En España no me conoce nadie, y seré capaz por tí de ser un hombre honrado.
—Y bien, dijo con impaciencia Angiolina.
—Sé mi esposa.
—¡Tu esposa!.... ¿y qué hemos de hacer pobres, sin apoyo..? tú no sirves para nada mas que para bandido... esto sería expuesto... yo no sé mas que representar y cantar... tú tenias zelos cuando era cómica. ¿Si no adoptamos ninguno de esos dos partidos, cómo podremos vivir?
—Te quedan bastantes alhajas de valor, y ricos trajes. Los muebles de tu casa ascienden á una buena suma...
—Pero viene un dia y otro dia, y el dinero se acaba.
—Sí... cuando el dinero no se emplea... pero podriamos vender esas alhajas, esas ropas, esos muebles; comprar unas tierras en un rincon de Asturias ó de Galicia, y vivir felices.
—¡Déjame que me vengue, y soy tuya! dijo Angiolina, levantando hácia Laurenti sus ojos cubiertos de lágrimas.
—¡Qué te vengues! ¿y de quién?
—De la duquesita de la Jarilla.
—¡Ah! ¡tú amas al marqués de la Guardia!
—Pues bien, sí, dijo Angiolina levantando la frente radiante de amor: no quiero engañarte Bempo; le amo, le amo con toda mi alma, le he entregado mi corazon vírgen, y mi cuerpo... ¡vírgen! ¡vírgen tambien! ¿Qué importa? la violencia y la fatalidad no mancillan; yo he salido pura de las manos de Laurenti, como habia caido en ellas; yo he dado á don Juan toda mi alma, todo mi amor, toda mi felicidad... y don Juan no me ama, don Juan ama á esa sultana, como que es mas noble, mas hermosa, mas rica, mas jóven, mas feliz que yo, ¡necesito completar mi venganza contra esa mujer, y despues morir! No quiero engañarte Bempo, te debo mucho; te lastima mi trato acaso duro, esa es la corteza Bempo, debajo está el corazon; yo no puedo ser tu amante, seré tu hermana: si esto no te satisface, si te he hecho desgraciado sin quererlo, déjame que me vengue, y mátame despues.
Laurenti miró de una manera profunda, severa, terrible, desesperada, á Angiolina: sus ojos se tiñeron de sangre, y puso mano á su puñal: Angiolina se creyó sentenciada, dió un grito y cayó de rodillas: Laurenti la contemplo un momento en silencio; en su semblante se pintó una lucha horrible, y luego la volvió la espalda y salió de la estancia.
Angiolina se dobló sobre sus rodillas, se cubrió el rostro con las manos, y rompió á llorar de una manera desolada.
CAPITULO XIX.
De cómo se vieron obligados á salir de la córte algunos de nuestros personajes.
Algunos dias despues, el rey supo que Yaye ebn-Al-Hhamar, el terrible emir de los monfíes, preso en los calabozos del Santo Oficio, estaba bueno, y que antes de mucho podria empezarse el proceso contra él.
El príncipe don Cárlos supo tambien, que Cisneros estaba á punto de curar de su estocada.
Angiolina Visconti, no pudo tener duda de que estaba abandonada y sola en el mundo, sin mas caudal que su hermosura, su talento de cómica, su habilidad de bailarina, y mas desgraciada que jamás lo habia sido, puesto que estaba, como nunca lo habia estado, enamorada y zelosa.
El hidalgo don César de Arévalo, supo al fin de su sobrino por una carta de este, que le escribía desde las Alpujarras; pero la alegría del buen tío se aguó, como suele decirse, porque en aquella carta, su sobrino, le pedía dinero y Peralbillo.
El tio envió al lacayo con una bolsa demasiado ligera, y esta carta demasiado pesada.
«Amado sobrino don Juan: de lo que me pedis, os envío lo que puedo enviaros; vuestro lacayo y cincuenta doblones que es todo lo que he podido reunir: y no me pidais mas en mucho tiempo, porque en este último año nos hemos dado tal maña los dos para gastar vuestras rentas, que estan empeñadas hasta el cuello, sin que haya fuerzas humanas que puedan sacarlas de poder de los prestamistas. Si vuestros bienes no fueran vinculados, podriamos vender alguna hacienda y salir de apuros. Pero como esto no puede ser, y es menester vivir, yo me marcho á Flándes con una provision de capitan que he podido sacar al príncipe Ruy Gomez. Para que veais que no me he olvidado de vos, dentro de poco recibireis una provision de capitan para vos, de una de las compañías de arcabuceros del reino y costa de Granada. Si Dios quiere que entremos á saco algun burgo flamenco, os acudiré con lo que hubiere. Es cuanto tiene que deciros vuestro tio, que tiene ya puesto el pié en el estribo para ir á buscar á sus soldados.—Don César de Arévalo.»
En efecto, don César marchó dejando desesperadas á una porcion de doncellas que vivian de sus buenas obras.
En cuanto á Angiolina, habia recibido tambien una carta harto pesada, y mas que pesada, terrible. Esta carta era de Laurenti.
«Adorada Angiolina: El príncipe Lorenzini Maffei, Andrea Bempo y Giussepo Laurenti, son una misma persona: debes haberlo adivinado despues de la última y acalorada entrevista que tuvimos. Como hace diez años que andamos juntos, me ha parecido descortés salir de la córte de las Españas, de donde me alejo por muchas razones, sin despedirme de tí. Ademas, mi conciencia me manda que cuando busques tus últimas joyas y tu último dinero y no lo encuentres, no culpes á tus criados, porque esas joyas y ese dinero me los llevo yo para la costa del viaje que será largo. No te desconsueles por eso. Aun te quedan esperanzas. He sabido por boca de don César de Arévalo, que es muy amigo mio, que el marqués de la Guardia, tu adorado, el único hombre que ha sabido conmover tu corazon, está en la villa de Cádiar, en las Alpujarras. Aunque no tienes dinero puedes valerte, engañándole, del señor Andrés Cisneros, que, segun creo, se verá muy pronto obligado á dejar la córte.—Tuyo, siempre tuyo.—Giussepo Laurenti.»
Es indecible la desesperacion de Angiolina, porque aquella carta no mentia; sus joyas y su dinero habian desaparecido. Solo la quedaban sus ricos trages y sus muebles; pero para vender los primeros, necesitaba renunciar á presentarse en la córte; para vender los segundos, cerrar la casa; nada de esto podia ser: Angiolina, pues, se vió obligada á adoptar un partido decisivo.
Anunció, pues, que su esposo el príncipe Lorenzini, la llamaba á su lado á Italia, noticia que causó gran sensacion en la córte, porque mataba las esperanzas tenaces de muchos enamorados, y curaba el rabioso despecho de muchas damas envidiosas de Angiolina, y esta puso en almoneda, sus muebles, sus tapices, sus literas, su carroza y sus caballos.
Una vez hecha aquella almoneda, y convertido en oro aquel mobiliario, era preciso salir de la córte: ¿pero cómo? ¿adónde ir? ¿qué hacer?
Despues de pensar mucho y en vano, de haber adoptado cien veces, y rechazado otras tantas, la idea de encerrarse en un convento, tropezó al fin en su imaginacion, como un recurso extremo, con el comediante Cisneros. Aquel hombre estaba locamente enamorado de ella, y seria capaz de todo por ella; pero Angiolina temia que no se prestase tan fácilmente á dejar la córte; Angiolina, que habia pensado usar de Cisneros, como de un instrumento de venganza, se vió obligada á asirse á él como á un áncora de salvacion.
En ocho dias que habian trascurrido desde que fue herido Cisneros, Angiolina le habia rodeado de cuidados, de esos cuidados afectuosos que con tan exquisita dulzura sabe prodigar la mujer á los seres que sufren; habia velado junto á su lecho, habia sostenido con él largos debates amorosos; habia sido indulgente con las no siempre respetuosas manos del comediante; le habia empeñado, en fin, en un deseo voraz, en uno de esos deseos que el mas experimentado confunde con el amor. Unas veces habia alentado sus esperanzas, otras las habia contenido, y se habia guardado muy bien de explorar á Cisneros, en cuanto á las rebeldías del príncipe, de quien le creia, y no sin causa confidente, para no alarmarle y hacerle sospechar acaso, que solo le queria para instrumento.
Cisneros, pues, era una masa preparada á todo entre las manos de Angiolina.
Decidida al fin esta, á apoyarse por último recurso en el comediante, bajó á la habitacion donde este se encontraba, sencilla, pero voluptuosamente vestida de blanco, y vaporosa y leve como una nubecilla de la mañana. Cisneros, cansado del lecho, se habia atrevido á levantarse y á probar sus fuerzas: el éxito excedió á su deseo, se encontró vigoroso, ágil, como si nada le hubiese acontecido; solo sentia un ligero picor en la herida.
Cuando Angiolina fué á entrar en la estancia, encontró á Cisneros á la puerta.
Iluminóse el semblante de Cisneros con una alegría infinita, sensual, ardiente, al ver junto á sí y tan hermosa á Angiolina.
Y aquella mujer que estaba desesperada, abandonada á sí misma, herida en el corazon y en el orgullo, excitadas cuantas pasiones violentas encierra el alma de la mujer, sonrió á Cisneros, con la alegría, con amor, con un amor ardiente y casi sensual.
Angiolina estaba segura, y podia estarlo, de que de todos sus secretos solo conocia uno Cisneros: el amor ó el galanteo que habia tenido con el marqués de la Guardia, y este, hemos dicho mal cuando le hemos calificado de secreto, no lo era, lo sabia todo el mundo, porque Angiolina habia necesitado hacer gala de aquellos amores para dar zelos á Anima.
Angiolina era, pues, para el comediante una gran señora, una princesa, una de las hermosuras mas codiciadas, y tenida por inconquistable antes de que hubiera dado el escándalo de sus amores con el marquesito de la Guardia.
Aun la circunstancia de haber sido el marqués el único que habia triunfado de la severidad de Angiolina, mantenia el prestigio de esta, porque ya se sabia por todo el mundo que el marquesito tenia tantos elementos de seduccion, que era irresistible.
Cuando una mujer domina á un hombre, puede decirse, sin temor de equivocacion, que hará de aquel hombre lo que quiera.
Angiolina dominaba al comediante por muchos conceptos, lo sabia y se aprovechaba de su influencia.
—¡Oh! ¡qué grata sorpresa, amigo mio! exclamó; os encuentro enteramente distinto de como estabais ayer. De lo vivo á lo pintado.
Y tendió su hermosa mano á Cisneros, que la besó de una manera demasiado ardiente, sin que por esto diese muestras Angiolina de incomodarse.
—Tan bueno me encuentro, señora, dijo Cisneros, que me parece lo de la estocada un sueño, pero un sueño delicioso, porque he tenido un ángel á mi lado.
—¿En que comedia habeis aprendido eso de ángeles y de sueños, Cisneros?
—¡Ah!¡señora! ¿será posible que desconfieis todavía de mi amor?
—Las mujeres deben ser muy desconfiadas, muy cautas, antes de dar un paso que puede decidir de su suerte.
—¡Ah! ¡señora! ¡señora! ¡habeis meditado lo que habeis dicho! exclamó Cisneros, pálido de emocion, absorviendo en su alma la sonrisa envenenada con que Angiolina habia acompañado sus palabras, ó por mejor decir con que las habia ilustrado.
—¡Oh! sí: he meditado mucho antes de decirlas, y conozco su valor.
Angiolina desasió indolentemente su mano de entre las de Cisneros, y fué á sentarse en un estrado que habia en la cámara: el comediante fue ansioso á sentarse junto á ella, y de tal modo se sentó, que Angiolina se vió obligada á retirarse, obedeciendo á las prescripciones del decoro, que nunca olvida una mujer que vale algo, y mucho menos cuando se trata de un hombre de quien se quiere sacar partido, que tiene ingenio, y, como se dice, mundo.
—¡Habeis meditado vuestras palabras! dijo con intencion Cisneros.
—Si; ya os he dicho que sí.
—¿Las habeis pronunciado con intencion de ser comprendida?
—Nunca pregunteis, Cisneros, á una mujer acerca de sus intenciones; contentaos con adivinarlas.
—¿Me permitireis que os diga lo que yo he entendido en esas palabras divinas?
—Puesto que os parecen divinas habreis comprendido algo que os halague.
—¡Algo que me halague! ¡una vida de felicidad suprema! ¡todo un cielo, señora! exclamó con entusiasmo Cisneros.
—Pues si habeis comprendido que yo os guardo un cielo, dijo Angiolina con una expresion y una sonrisa terriblemente seductoras, haceos digno de ese cielo.
—¡Oh! es que nadie, nadie sobre la tierra es digno de poseeros, señora.
—Teneis atrevida la lengua como las manos, Cisneros, dijo severamente Angiolina.
—¡Ah! señora es que me habeis vuelto loco.
—En ese caso será necesario que os alejeis de mí, dijo riendo la jóven: no quiero á mi lado un hombre que pueda disculparse de todo á pretexto de locura. Ademas, añadió con mas severidad, si habeis podido permanecer en mi casa sin escándalo mientras los médicos han afirmado que trasladándoos peligraba vuestra vida, ahora es distinto: afortunadamente os encontrais curado y fuerte.....
—¡Ah! no, no señora, dijo suspirando Cisneros: me encuentro mas enfermo y mas débil que nunca: enfermo del corazon, que es todo vuestro; débil de la cabeza, que llenais con sueños y con visiones insensatas. No, no señora; no saldré de vuestra casa...
—Si, si, saldreis por el momento, Cisneros, pero después volvereis á entrar.
—¿Cuando?
—¡Oid y oidme con las manos cruzadas y de rodillas!
Habia tal intensidad, tal calor, una expresion tan dulce, tan apasionada en los ojos de Angiolina, que Cisneros cayó de rodillas.
—¡Yo os amo! exclamó la jóven inclinando su rostro sobre el de Cisneros casi hasta tocarle.
Angiolina se retiró un tanto y miró al comediante: aquella mirada le convenció de que aquel hombre era suyo.
Cisneros estaba pálido, temblaba, asomaban á sus ojos las lágrimas, y su hermosura, porque Cisneros era un hombre hermoso, se habia transfigurado; se encontraba sujeto, esclavo por aquella mujer.
—¡Oh! pensó Angiolina, ¡será el de este hombre amor, ó deseo, uno de esos deseos frenéticos que he inspirado á tantos!
Luego le alzó, le sentó á su lado y le dijo.
—Os amo como nunca he amado: creí amar una sola vez, me sentí deslumbrada, pero el hombre á quien creí amar no merecia mi amor; fue un error, pero error en el que solo perdí momentaneamente algo de mi orgullo: despues... despues me curé enteramente: ese hombre era el marqués de la Guardia.
—¡Ah, señora!
—Ya os dije que me engañé... y ahora os digo que estoy segura de no engañarme respecto á vos. Me amais y os amo. Os amo porque sois grande, porque teneis un alma sublime, porque antes de hablarme á solas, habeis hablado á mi alma delante de todo el mundo, la habeis hecho estremecerse, comprimirse, espaciarse, alegrarse, entristecerse: yo he corrido ansiosa á admiraros, siempre que os habeis dejado admirar del vulgo, y despues, cuando os he tratado de cerca, he visto que sois sublime, grande como comediante, porque como hombre sois grande y sublime. Os amo, Cisneros, con toda mi alma, hasta el punto de despreciarlo todo por vos.
Cisneros estaba trastornado, doblegado, bajo el peso de tanta felicidad, sufriendo no un dolor, sino un placer: hubo un momento en que, avaro de mas placer, quiso llevar su felicidad basta el último punto, pero Angiolina le adivinó y le dijo:
—Respetad en mí las costumbres de una mujer honrada: seré vuestra, os lo juro, pero no lo seré sino completamente.
—¿Que quereis decir?
—Quiero decir que no seré vuestra sino fuera de la casa de mi esposo; fuera de la córte, cuando ya no hayamos de separarnos jamás.
—¡Cómo! ¿y abandonais por mí...?
—Lo abandono todo.
—Pero si os venis conmigo...
—Dirán lo que quieran, pero no haré ese doble y vergonzoso papel que hacen tantas mujeres sonriendo á un tiempo á dos hombres, partiendo con dos lo que solo debe ser de uno: seré adúltera..... en buen hora..... seré adúltera porque os he conocido tarde: pero no mentiré.., una mujer puede deshonrarse, pero en la deshonra, como en todo, hay dignidad ó bajeza: yo no seré jamás baja ni cobarde: yo no engañaré nunca á dos hombres á un tiempo.
—Pero meditad...
—¿Es que no quereis partir vuestra vida con la mia? ¿vuestro peligro con el mio?
—¡Oh! si, si... pero yo no puedo daros lo que dejais... una posicion envidiable...
—¿Quien os pide mas que amor?
—¡Oh, Dios mio!
—Oid: ahora vais á salir de esta casa: no volvais á ella: pero estad todas las noches en la vuestra despues de media noche. Cuando menos lo espereis yo iré á llamar á vuestra puerta vestida de viaje... yo iré á arrojarme en vuestros brazos y á partir despues.
—¡Ah, señora! aseguradme que no sueño, que estoy despierto: que sois vos la que eso me decis...
—Si, si, soy vuestra, enteramente vuestra... pero fuera de la córte, donde nadie nos conozca. Adios.
Angiolina se levantó, atravesó ligera y gentil la cámara y antes de atravesar la puerta volvió el rostro á Cisneros y le sonrió.
—¡Ah! ¡ah! exclamó Cisneros: es hermosa, hermosísima, divina: pero se ha vuelto loca... ¡dejar la altura en que se encuentra colocada..! ¡obligarme á mí, á Cisneros, á dejar la córte! ¡oh! ¡esto es imposible! ¡imposible! pues bien: procuraremos que esta mujer sea racionalmente nuestra querida ó de lo contrario abandonemos la empresa: bien sé que la posesion de esa mujer aumentará mi renombre.... ¡pero el príncipe don Carlos! ¡mis proyectos! ¡proyectos que un dia deben hacerme grande..! ¡bah! ¡bah! es necesario que nos dominemos y que pueda mas la cabeza que el corazon.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Cisneros salió aquel mismo dia de la casa de Angiolina, donde, por decirlo asi, habia estado incomunicado: cuando supo lo que pasaba en la córte se aterró: el príncipe don Carlos estaba confinado en su cuarto en el alcázar, bajo pretexto de enfermedad: acerca de la hermosa duquesita se decian cosas horribles, y no se la llamaba entre las cortesanas mas que la sultana enamorada.
El emir de los monfíes estaba herido y preso en el Santo Oficio; la princesa Angiolina no se presentaba en la córte, y su esposo estaba procesado en rebeldía por asesinato intentado contra el duque viudo de la Jarilla.
Pero el prestigio de la princesa se mantenia en pié; á nadie se le habia ocurrido que ella hubiese sido ni remotamente la causa de la herida del duque moro, como se le llamaba, ni se creia tampoco que el príncipe, á quien nadie conocia, hubiese realmente cometido aquel crímen.
Cisneros se encontró perplejo sin saber que partido tomar, y de su inaccion, de su perplejidad, sacó en claro que estaba realmente enamorado de Angiolina.
En cuanto á lo que debia hacer, el cardenal arzobispo de Toledo, se tomó la molestia de prescribirselo. El licenciado Pelegrin, secretario privado de su señoría[11] habia intimado de órden de su señor á Cisneros que en el término de tercero dia saliese de la diócesis de Toledo (en la cual estaba como ahora comprendido Madrid) porque con su mala conducta, irreverencia y trato peligroso con el príncipe de Asturias, estaba dando escándalo á todos los hombres de lealtad y religion.
Hubo de resignarse Cisneros á esto y aun lo atribuyó á una intriga de la princesa, lo que, como le alhagaba se consoló en parte. Pero queria disculparse al menos con su señoría el cardenal arzobispo de Toledo y escribió á su secretario la carta siguiente;
«Señor licenciado Pelegrin: he recibido primero con gusto, y he leido despues con sumo dolor de mi alma, la órden que vuesamerced me ha enviado con un papel en que su señoría el cardenal arzobispo de Toledo me manda que en término de tercero dia salga de su diócesis. Siéntolo por muchas razones, y la principal de ellas, porque haciéndose público este mandamiento, pueden creer las gentes, no solo que soy mal cristiano, lo que es ya mucho, sino que soy mal hombre. Dícese en la órden que yo traigo á su alteza en vicios y malas costumbres y bien sabe Dios, señor, que si yo sirvo al príncipe es como criado; que le sirvo lealmente y que estoy á los reparos de todo. Buena muestra es de ello la estocada que recibí y que me ha tenido muy al cabo, causada, no por imprudencias mias, sino por la tenacidad de su alteza en servir á cierta dama de quien se habla mucho estos dias en la córte. Por mi parte, aunque me ha dejado muy débil esta herida, que ha sido tal como recibida de mano airada, saldré antes de tres dias á buscar mejores venturas por esos mundos, obedeciendo como esclavo lo que me ordena su señoría el arzobispo.—Dios guarde á vuesamerced, señor licenciado. De esta su casa á los veinte dias del mes de julio de 1567.—Andrés Cisneros.»
Al dia siguiente recibió Cisneros esta otra carta.
«Mi buen amigo: haced vuestra maleta y venid á buscarme: por razones que podeis adivinar no he querido ir á vuestra casa. Os espera en la venta de los Angeles con un coche de camino, quien tanto os ama que todo por vos lo deja.—Angiolina.»
El señor Andrés Cisneros, pues, metió en su maleta sus joyas y sus dineros; en sus cofres sus ropas de comediante, las cargó en un carro y salió de Madrid con su amor y sus aventuras, no sin cuidarse de decir antes á sus conocidos, para que lo divulgasen, que se iba acompañado por la princesa Angiolina.
Cisneros, que indudablemente se hubiera hecho interesante entre las damas durante ocho dias, solo por haber sido desterrado por el arzobispo de Toledo, lo estuvo siendo durante quince por la circunstancia de haberse llevado consigo á la hermosísima princesa Angiolina Visconti.
CAPITULO XX.
De cómo el rey don Felipe y la Inquisicion se convencieron de que no podian todo lo que querian.
Menudeaban las cartas. Poco despues de haber salido de la córte Cisneros, y de haber desaparecido de ella Angiolina, recibió el cardenal inquisidor general don Fernando Valdés, la siguiente irreverentísima epístola;
«Verdugo con sotana: te aviso de que se me va acabando la tinta con que te he escrito varias veces, advirtiéndote de que te abstengas de atormentar al emir de los monfíes, mi señor, que si se encuentra en tu poder es porque aun no puede movérsele por el estado de su peligrosa herida. Vuelvo, pues, á advertirtelo, y que, como la tinta se me acaba, la renovaré con tu sangre, que como alimentada de sangre humana, es de la mejor calidad posible.
»Y no desprecies este mi último aviso como los anteriores, porque sino te haces mas humano, tomaré tu sangre, aunque te rodees de familiares, y te escondas en las entrañas de la tierra.—Un moro tan moro como Mahoma, vasallo del poderoso emir de los monfíes, que vive en Madrid, que te ve todos los dias y todos los dias habla contigo; que se llama entre los cristianos como quiere, y entre los moros, sus hermanos, Harum-el-Geniz.
Entróle cierto miedo al bueno de don Fernando Valdés, con la lectura de esta carta, que se habia encontrado sobre su mesa, sin que nadie la hubiese llevado á no ser un duende ó un espíritu. Y tenia razon para intimidarse el inquisidor general, porque asi, de la misma manera invisible, habia recibido otras misivas amenazadoras, en las cuales se le habia hecho ver que habia quien conocia lo que pasaba dentro de la cárcel del Santo Oficio, como si fuera lo mas público, á pesar de que se creia muy reservado. Supuso, y no sin razon el cardenal, que quien tenia poder natural ó sobrenatural para sorprender los tenebrosos secretos de la Inquisicion, lo tendria tambien para cumplir lo que amenazaba. Aguijado, pues, por el miedo, llamó á un tremendo inquisidor llamado Molina de Medrano, calificador de la Suprema y fiscal de la general Inquisicion, y por no permitirle sus achaques ir en persona á ver al rey, encargó á Medrano que llevase aquella insolente carta á su majestad, y que le dijese, que estando ya el preso en estado de prestar declaracion, podia pedirsele la indagatoria para abreviar de este modo, y salir de una vez con un ejemplar castigo del cuidado de aquel preso, que segun muchas y repetidas pruebas era peligroso.
Partió el licenciado Medrano con la carta y el mensaje, orgulloso y contento porque se le presentaba una ocasión de hablar al severo Felipe II, dificilísimo de ver para ciertas gentes en razon de la rígida etiqueta de la casa de Austria; llegó á las antecámaras y se hizo anunciar para un asunto que atañia á la religion y á nombre del inquisidor general, merced á lo cual fue introducido, no sin que tuviese que esperar dos horas largas en la antecámara de audiencias.