INTRODUCCIÓN
Reading edition
IX
Cuentos y novelas cortas.—Traducciones de Boccaccio, Bandello, Giraldi Cinthio, Straparola, Doni, Luis Guicciardini, Belleforest, etc.—«Silva de varia lección», de Pero Mexía, considerada bajo el aspecto novelístico.—«Miscelánea», de don Luis Zapata.—«Philosophia Vulgar», de Juan de Mal Lara: relaciones entre la paremiología y la novelística.—«Sobremesa y alivio de caminantes», de Juan de Timoneda.—«El Patrañuelo»: estudio de sus fuentes.—Otras colecciones de cuentos: Alonso de Villegas, Sebastián de Horozco, Luis de Pinedo, Garibay.—«Glosas del sermón de Aljubarrota», atribuidas á D. Diego Hurtado de Mendoza.—«Floresta Española», de Melchor de Santa Cruz.—Libros de apotegmas: Juan Rufo.—El cuento español en Francia.—«Silva Curiosa», de Julián de Medrano.—«Clavellinas de recreación», de Ambrosio de Salazar.—«Rodomuntadas españolas».—Cuentos portugueses, de Gonzalo Fernández Trancoso.—El «Fabulario», de Sebastián Mey.—«Diálogos de apacible entretenimiento», de Gaspar Lucas Hidalgo.—«Noches de invierno», de Antonio de Eslava.
Los orígenes más remotos del cuento ó novela corta en la literatura española hay que buscarlos en la Disciplina Clericalis, de Pedro Alfonso, y en los libros de apólogos y narraciones orientales traducidos é imitados en los siglos XIII y XIV. Más independiente el género, con grande y verdadera originalidad en el estilo y en la intención moral, se muestra en El Conde Lucanor, y episódicamente en algunos libros de Ramón Lull y en la Disputa del asno, de Fr. Anselmo de Turmeda. Pero cortada esta tradición después del Arcipreste de Talavera, la novelística oriental y la española rudimentaria que se había criado á sus pechos cede el puesto por más de una centuria á la italiana. Este período de reposo y nueva preparación es el que rompió triunfalmente Miguel de Cervantes en 1613 con la publicación de sus Novelas Ejemplares, que sirvieron de pauta á todas las innumerables que se escribieron en el siglo XVII. Entendida como debe entenderse, es de rigurosa exactitud esta afirmación del príncipe de nuestros ingenios: «Yo soy el primero que he novelado en lengua castellana; que las muchas novelas que en ella andan impresas todas son traducidas de lenguas estrangeras, y estas son mias propias, no imitadas ni hurtadas; mi ingenio las engendró y las parió mi pluma, y van creciendo en los brazos de la estampa».
Estas lenguas extranjeras se reducen, puede decirse, al italiano. Pero no se crea que todos, ni siquiera la mayor parte de los novellieri, fuesen traducidos íntegros ó en parte á nuestra lengua. Sólo alcanzaron esta honra Boccaccio, Bandello, Giraldi Cinthio, Straparola y algún otro de menos cuenta. Por el número de estas versiones, que además fueron poco reimpresas, no puede juzgarse del grado de la influencia italiana. Era tan familiar á los españoles, que la mayor parte de los aficionados á la lectura amena gozaba de estos libros en su lengua original, desdeñando con razón las traducciones, que solían ser tan incorrectas y adocenadas como las que ahora se hacen de novelas francesas. Pero al lado de estos intérpretes, que á veces ocultaban modestamente su nombre, había imitadores y refundidores, como los valencianos Timoneda y Mey y el portugués Trancoso, que, tomando por base las colecciones toscanas, manejaban más libremente los argumentos y aun solían interpolarlos con anécdotas españolas y rasgos de nuestro folk-lore. Abundan éstos, sobre todo, en las colecciones de cuentos brevísimos y de forma casi esquemática, tales como el Sobremesa, del mismo Timoneda; la Floresta Española, de Melchor de Santa Cruz, y los apotegmas y dichos agudos ó chistosos que recopilaron Luis de Pinedo, D. Juan de Arguijo y otros ingenios, con quienes ya iremos trabando conocimiento. Son varias también las obras misceláneas que ofrecen ocasionalmente materiales para el estudio de este género embrionario, que por su enlace con la novelística popular despierta en gran manera la curiosidad de los doctos. Este aspecto muy interesante tenemos que relegarle á segundo término, porque no escribimos de la novela como folkloristas, sino como literatos, ni poseemos el caudal de erudición suficiente para comparar entre sí las narraciones orales de los diversos pueblos. Ateniéndonos, pues, á los textos escritos, daremos razón ante todo de las traducciones de novelas italianas hechas en España durante los siglos XV y XVI.
Ningunas más antiguas é interesantes que las de Boccaccio, aunque por ventura el Decameron fue menos leído y citado que ninguna otra de sus obras latinas y vulgares; menos seguramente que la Caída de Príncipes, traducida en parte por el canciller Ayala antes de 1407 y completada en 1422 por D. Alonso de Cartagena; menos que la Fiammetta y el Corbaccio, cuya profunda influencia en nuestra novela, ya sentimental, ya satírica, hemos procurado determinar en capítulos anteriores; menos que el libro De claris mulieribus, imitado por D. Álvaro de Luna y por tantos otros; menos que sus repertorios de mitología y geografía antigua (De Genealogiis Deorum, De montibus, silvis, lacubas, fluminibus, stagnis et paludibus et de nominibus maris). De todas estas y otras obras de Boccaccio existen traducciones castellanas ó catalanas en varios códices y ediciones, y su difusión está atestiguada además por el uso constante que de ellas hacen nuestros autores del siglo XV, citándolas con el mismo encarecimiento que las de los clásicos antiguos, ó aprovechándolas muy gentilmente sin citarlas, como hizo Bernat Metge en su Sompni[1].
El Decameron, libro reprobado por su propio autor[2] y que contiene tantas historias deshonestas, tuvo que ser leído más en secreto y alegado con menos frecuencia. No se encuentra imitación de ninguno de los cuentos hasta la mitad del siglo XVI, pero todos ellos habían sido trasladados al catalán y al castellano en la centuria anterior.
La primera novela de Boccaccio que penetró en España, pero no en su forma original, sino en la refundición latina que había hecho el Petrarca con el título De obedientia ac fide uxoria[3], fue la última del Decameron, es decir, la historia de la humilde y paciente Griselda, tan recomendable por su intención moral. Bernat Metge, secretario del rey D. Martín de Aragón y uno de los más elegantes y pulidos prosistas catalanes, puso en lengua vulgar aquel sabroso aunque algo inverosímil cuento, para obsequiar con él á Madona Isabel de Guimerá[4]. No se conoce exactamente la fecha de esta versión, que en uno de los dos manuscritos que la contienen lleva el título de Historia de las bellas virtuts, pero de seguro es anterior á 1403, en que el mismo autor compuso su célebre Sueño, donde atestigua la gran popularidad que la novela de la marquesa de Saluzzo había adquirido ya, hasta el punto de entretener las veladas del invierno, mientras hilaban las mujeres en torno del fuego[5].
Un arreglo ó traducción abreviada de la misma historia, tomada también del Petrarca, y no de Boccaccio, se encuentra en un libro castellano anónimo, Castigos y dotrinas que un sabio dava a sus hijas[6]. Es breve esta versión y tan apacible y graciosa de lengua, que me parece bien ponerla aquí, para amenizar la aridez de estos prolegómenos bibliográficos:
«Leese en un libro de las cosas viejas que en una parte de Italia en una tierra que se llama de los Salucios ovo un marqués sennor de aquella tierra, el qual era muy virtuoso y muy discreto, pero no curava de se casar, y commo ya fuese en tal hedat que devia tomar muger, sus vasallos y cavalleros le suplicaron que se quisiese casar, porque dél quedase fruto que heredase aquella tierra. Y tanto gelo amonestaron que dixo que le plazía, pero que él quería escoger la muger que avia de tomar, y que ellos le prometiesen de ser contentos con ella, los quales dixeron que les plazía. Y dende á poco tiempo él tomó por su muger á una donzella hija de un vasallo suyo bien pobre, pero de buen gesto y onestas y virtuosas costumbres. Y al tiempo que la ovo de tomar él se fué á casa de su padre, al qual preguntó si le quería dar á su hija por muger. Y el cavallero pobre, commo se maravillase de aquello, le rrespondió: «Sennor eres de mí y de mi hija. Faz á tu voluntad». Y luego el marqués preguntó á la donzella si queria ser su muger, la qual con grant vergüença le rrespondió: «Sennor, veo que soy yndigna para me casar contigo, pero si la voluntat de Dios es aquesta y mi ventura es tal, faz lo que te pluguiere, que yo contenta soy de lo que mandares». El marqués le dixo que, si con él avia de casar, que parase mientes que jamas avia de contradizir lo que él quisiese, ni mostrar pesar por cosa que á él pluguiese ni mandase, mas que de todo ello avia de ser plazentera, la qual le dixo que así lo faria. Y luégo el marqués en presencia de todos los cavalleros y vasallos suyos dixo que él queria á aquella por muger, y que todos fuesen contentos con ella y la onrasen y sirviesen commo á su muger. Y ellos rrespondieron que les plazía. Y luégo la mandó vestir y aderesçar commo á novia. Y en aquel dia hizo sus bodas y sus fiestas grandes. Y bivieron despues en uno muy alegremente. La qual sallió y se mostró tanto buena y discreta y de tanta virtud que todos se maravillavan. Y haziendo assy su vida el marqués y su muger, y teniendo una hija pequenna muy hermosa, el marqués quiso provar á su muger hasta do podria llegar su obediencia y bondat. Y dixo á su muger que sus vasallos estavan muy despagados dél, diziendo que en ninguna manera no quedarían por sus sennores fijos de muger de tan baxo linaje, que por esto le conplia que no toviese más aquella hija, porque sus vasallos no se le rrevelasen, y que gelo hazia saber porque á ella pluguiese dello; la qual le respondió que pues era su sennor, que hiziese á su voluntad. Y el marqués dende á poco enbió un escudero suyo á su muger á demandarle la hija, la qual, aunque pensó que la avian de matar, pero por ser obediente no mostró tristeza ninguna, y miróla un poco y santiguóla y besóla y dióla al mensajero del marqués, al qual rrogó que tal manera toviesse commo no la comiesen bestias fieras, salvo si el sennor otra cosa le mandase. Y el marqués embió luego secretamente á su hija á Bolonna á una su hermana que era casada con un conde dende, á la qual enbió rogar que la criase y acostunbrase commo á su hija, sin que persona lo supiese que lo era. Y la hermana hízolo assi. Y la muger commo quier que pensava que su hija era muerta, jamas le dió á entender cosa ni le mostró su cara ménos alegre que primero por no enojar á su marido. Y despues parió un hijo muy hermoso. Y á cabo de dos annos el marqués dixo á su muger lo que primero por la hija, y en aquella misma manera lo enbió á su hermana que lo criase. Ni nunca por esto esta noble muger mostró tristeza alguna ni de ál curava sino de plazer hazer á su marido. Y commo quier que harto bastava esta espiriencia para provar el marqués la bondat de su muger, pero á cabo de algunos annos, pensó de la provar más y enbió por sus hijos. Y dió á entender á la muger que él se queria casar con otra porque sus vasallos no querian que heredasen sus hijos aquel sennorio, lo qual por cierto era por el contrario, ántes eran muy contentos y alegres con su sennora, y se maravillavan qué se avian hecho los hijos. Y el marqués dixo á su muger que le era tratado casamiento con una hija de un conde, y que le era forçado de se fazer, por ende que toviesse fuerte coraçon para lo sofrir, y que se tornase á su casa con su dote, y diese logar á la otra que venia cerca por el camino ya, á lo qual ella rrespondió: «Mi sennor, yo siempre tove que entre tu grandeza y mi humildat no avia ninguna proporcion, ni jamás me sentí digna para tu servicio, y tú me feziste digna desta tu casa, aunque á Dios hago testigo que en mi voluntad siempre quedé sierva. Y deste tiempo que en tanta honrra contigo estove sin mis merescimientos do gracias á Dios y á ti. El tienpo por venir aparejada estoy con buena voluntad de pasar por lo que me viniese y tú mandares. Y tornarme he á la casa de mi padre á hazer mi vejez y muerte donde me crié y hize mi ninnez, pero siempre seré honrrada biuda, pues fuy muger de tal varon. A lo que dizes que lleve comigo mi dote, ya sabes, sennor, que no traxe ál sino la fe, y desnuda salli de casa de mi padre y vestida de tus pannos los quales me plaze desnudar ante ti; pero pídote por mercet siquiera, porque el vientre en que andovieron tus hijos no paresca desnudo al pueblo, la camisa sola me dexes llevar». Y commo quier que al marqués le vinieron las lágrimas á los ojos mirando tanta bondat, pero bolvió la cara. Y yda su muger á casa de su padre vistióse las rropas que avia dexado en su casa, las quales el padre todavia guardó rrecelando lo mismo que veya. Las duennas todas de aquella cibdat de grant compasion acompannavanla en su casa. Y commo y allegasen cerca de la cibdat los fijos del marqués, embió por su muger y díxole: «Ya sabes commo viene esta doncella con quien tengo de casar, y viene con ella un su hermano donzel pequenno y asimismo el conde mi cunnado que los trae y otra mucha gente, y yo querria les fazer mucha onrra, y porque tú sabes de mis costumbres y de mi voluntad, querria que tú hizieses aparejar las cosas que son menester, y aunque no estés así bien vestida, las otras duennas estarán al rrecibimiento dellos y tú aderesçarás las cosas nescessarias». La qual le rrespondió: «Sennor, de buena voluntad y con grant desseo de te conplazer faré lo que mandares». Y luégo puso en obra lo que era nescesario. Y commo llegó el conde con el donzel y con la donzella, luégo la virtuosa duenna la saludó y dixo: «En ora buena venga mi sennora». Y el marqués despues que vido á su muger andar tan solícita y tan alegre en lo que avia mandado, le dixo ante todas: «Duenna, ¿qué vos paresce de aquesta donzella?» Y ella rrespondió: «Por cierto, sennor, yo creo que más hermosa que ésta no la podrías hallar, y si con ésta no te contentas, yo creo que jamás podrás ser contento con otra. Y espero en Dios que farás vida pacífica con ella, mas rruégote que no des á ésta las tentaciones que á la otra, ca segun su hedat pienso que no las podrá comportar». Y commo esto oyó el marqués, movido con grant piedad y considerando á la grande ofensa que avia hecho á su muger y commo ella lo avia conportado dixo: «O muy noble muger, conocida es á mí tu fé y obediencia, y no creo que so el cielo ovo otra que tanta esperiencia de sí mostrase. Yo no tengo ni terné otra muger sino á ti, y aquesta que pensavas que era mi esposa, tu hija es, y lo que pensavas que avias perdido, juntamente lo has fallado». Y commo ella esto oyó con el grand gozo pareció sallir de seso y con lágrimas de grant plazer fué abraçar á sus hijos. A la qual luégo fueron traydas sus rropas, y en gran plazer y alegría pasaron algunos dias. Y despues siempre bivieron contentos y bienaventurados. Y la grant fama y obediencia desta sennora oy en dia tura en aquellas tierras».
La indicación del «libro de las cosas viejas» nos hace pensar que el Sabio anónimo autor de los Castigos pudo valerse de alguna compilación en que el cuento de Griselda estaba extractado. Pero, como prueba con toda evidencia miss Bourland en su magistral monografía[7], este texto, cualquiera que fuese, estaba tomado de la versión de Petrarca y no de la de Boccaccio, puesto que conviene con la primera en todos los puntos de detalle en que el imitador latino altera el original. Por su parte, el imitador castellano no hace más que suprimir los nombres de los personajes, omitir ó abreviar considerablemente algunos razonamientos y convertir al padre de Griselda, que en el original es un pobre labrador, en un caballero pobre.
Es cosa digna de notarse que en las primitivas traducciones catalana y castellana del Decameron, que citaremos inmediatamente, la Griselda de Boccaccio está sustituida con la del Petrarca, que sin duda se estimaba más por estar en latín. Y del Petrarca proceden también por vía directa ó indirecta la Patraña 2.ª, de Timoneda; la Comedia muy ejemplar de la Marquesa de Saluzia, del representante Navarro[8], que sigue al mismo Timoneda y al Suplemento de todas las crónicas del mundo[9], y hasta los romances vulgares de Griselda y Gualtero, que andan en pliegos de cordel todavía[10]. Sólo puede dudarse en cuanto á la comedia de Lope de Vega El exemplo de casadas y prueba de la paciencia, porque trató con mayor libertad este argumento, que según dice él mismo andaba figurado hasta en los naipes de Francia y Castilla. De este raro género de popularidad disfrutaron también otros cuentos de Boccaccio. Fernando de la Torre, poeta del siglo XV, dice en una cierta invención suya sobre el juego de los naipes: «Ha de ser la figura del cavallero la ystoria de Guysmonda como le envia su padre un gentil onbre en un cavallo e le trae el coraçon de su enemigo Rriscardo (Guiscardo), el qual con ciertas yerbas toma en una copa de oro e muere»[11].
Todas las novelas de Boccaccio (excepto la última, que fué sustituida con la Historia de las bellas virtuts, de Bernat Metge) fueron traducidas al catalán en 1429 por autor anónimo, que residía en San Cugat del Vallés, monje quizá de aquella célebre casa benedictina. El precioso y solitario códice que nos ha conservado esta obra perteneció á D. Miguel Victoriano Amer y pertenece hoy á D. Isidro Bonsoms y Sicart, que le guarda con tantas otras joyas literarias en su rica biblioteca de Barcelona[12]. Pronto será del dominio público esta interesante versión, que está imprimiendo para la Biblioteca Hispánica el joven y docto catalanista D. J. Massó y Torrents. Á su generosidad literaria debo algunas páginas de esta obra, que es no sólo un monumento de lengua, sino una traducción verdaderamente literaria, cosa rarísima en la Edad Media, en que las versiones solían ser calcos groseros. Contiene no sólo las novelas, sino todas las introducciones á las giornate y á cada una de las novelas en particular, y todos los epílogos. Omite la ballata de la jornada décima, y en general todos los versos; pero en las jornadas primera, quinta, sexta y octava las sustituye con poesías catalanas originales, que no carecen de mérito. Muy linda es, por ejemplo, ésta, con que termina la jornada octava:
Pus que vuyt jorns stich, Senyora, Que no us mir, Ara es hora que me'n tolga Lo desir. E quant eu pas per la posada Eu dich, Amor, qui us ha lunyada Que no us mir? Ara es hora que me'n tolga Lo desir. Yo dich, Amor, qui us ha lunyada Lo falç marit qui m' ha reptada Que no us mir? Ara es hora que me'n tolga Lo desir. E quant eu pas per la pertida Eu dich, Amor, qui us ha trahida Que no us mir? Ara es hora que me'n tolga Lo desir. Yo dich, Amor, qui us ha trahida Lo falç gelos qui m' ha ferida Que no us mir? Ara es hora que me'n tolga Lo desir.
Todavía es más primorosa, aunque algo liviana, la canción final de la jornada sexta:
No puch dormir soleta no, ¿Que m' fare lassa Si no mi spassa? Tant mi turmenta l' amor. Ay amich, mon dolç amich, Somiat vos he esta nit, ¿Que m' fare lassa? Somiat vos he esta nit Que us tenia en mon lit, ¿Que m' fare lassa? Ay amat, mon dolç amat, Anit vos he somiat ¿Que m' fare lassa? Anit vos he somiat Que us tenia en mon braç, ¿Que m' fare lassa?
Así, por coincidencia de sentimiento ó de sensación, se repiten, á través de los siglos, las quejas de la enamorada Safo: «ἔγω δὲ μόνα καθεὐδω».
Es verosímil que estas composiciones sean anteriores á la traducción, y de autor ó autores diversos, porque una de ellas, la de la jornada primera, no es más que la primera estancia de una canción más provenzal que catalana, que Milá ha publicado como de la Reina de Mallorca Doña Constanza, hija de Alfonso IV de Aragón, casada en 1325[13].
Todavía es más curiosa la sustitución de los títulos ó primeras palabras de los cantos populares que cita el desvergonzadísimo Dioneo por otros catalanes, que á juzgar por tan pequeña muestra no debían de ser menos picantes ni deshonestos. Por lo demás, el anónimo intérprete no parece haber sentido escrúpulo alguno durante su tarea, y es muy raro el caso en que cambia ó suprime algo, por ejemplo, las impías palabras con que termina el cuento de Masetto de Lamporechio (primero de la tercera jornada). Alguna vez intercala proverbios, entre ellos uno aragonés (giorn. 7, nov. 2): «E per ço diu en Arago sobre cuernos cinco soeldos».
Contemporánea y quizá anterior á esta traducción catalana, aunque muy inferior á ella por todos respectos, fué la primitiva castellana, de la cual hoy sólo existe un códice fragmentario en la Biblioteca del Escorial. Pero hay memoria do otros dos por lo menos. En el inventario de los libros de la Reina Católica, que estaban en el alcázar de Segovia á cargo de Rodrigo de Tordesillas en 1503, figura con el número 150 «otro libro en romance de mano, que son las novelas de Juan Bocacio, con unas tablas de papel forradas en cuero colorado»[14]. Y en el inventario, mucho más antiguo (1440), de la biblioteca del conde de Benavente D. Rodrigo Alfonso Pimentel, publicado por Fr. Liciniano Sáez[15], se mencionan «unos cuadernos de las cien novelas en papel cebtí menor». No se dice expresamente que estuviesen en castellano, pero la forma de cuadernos, que parecería impropia de un códice traído de Italia, y la calidad del papel tan frecuente en España durante el siglo XIV y principios del XV, y enteramente desusado después, hacen muy verosímil que las novelas estuviesen en castellano[16]. Quizá la circunstancia de andar en cuadernos sueltos fué causa de que se hiciesen copias parciales como la del Escorial, y que tanto en estas copias como en la edición completa del Decameron castellano de 1496 y en todas las restantes se colocasen las novelas por un orden enteramente caprichoso, que nada tiene que ver con el del texto italiano.
El manuscrito del Escorial, cuya letra es de mediados del siglo XV, tiene el siguiente encabezamiento:
«Este libro es de las ciento novelas que conpuso Juan Bocaçio de Cercaldo, un grant poeta de Florencia, el qual libro, segun en el prologo siguiente paresce, él fizo y enbió en especial a las nobles dueñas de Florencia y en general a todas las señoras y dueñas de qualquier nascion y Reyno que sea; pero en este presente libro non estan más de la cinquenta e nueve novelas».
En realidad sólo contiene cincuenta, la mitad exacta; pero el prólogo general está partido en diez capítulos. Desaparece la división en jornadas y casi todo lo que no es puramente narrativo. No es fácil adivinar el criterio con que la selección fue hecha, pero seguramente no se detuvo el traductor por escrúpulos religiosos, puesto que incluye la novela de Ser Ciappelleto, la del judío Abraham, la de Frate Cipolla y otras tales, ni por razones de moralidad, puesto que admite la de Peronella, la de Tofano, la del ruiseñor y alguna otra que no es preciso mencionar más expresamente. Sólo el gusto personal del refundidor, ó acaso la circunstancia de no disponer de un códice completo, sino de algunos cuadernos como los que tenía el conde de Benavente, pueden explicar esto, lo mismo que la rara disposición en que colocó las historias. La traducción es servilmente literal, y á veces confusa é ininteligible por torpeza del intérprete ó por haberse valido de un códice incorrecto y estropeado. Miss Bourland publicó la tabla de los capítulos, pero no sé que ninguna de las novelas se haya impreso todavía. Por mi parte, atendiendo á la antigüedad, no al mérito de la versión, pongo en nota la 9.ª de la quinta giornata, de donde tomó Lope de Vega el argumento de su comedia El halcón de Federico[17].
Sabido es que la imprenta madrugó mucho en Italia para difundir la peligrosa lectura del Decameron. Á una edición sin año, que se estima como la primera, sucedieron la de Venecia, 1471; la de Mantua, 1472, y luego otras trece por lo menos dentro del siglo XV, rarísimas todas, no sólo á título de incunables, sino por haber ardido muchos ejemplares de ellas en la grande hoguera que el pueblo florentino, excitado por las predicaciones de Fr. Jerónimo Savonarola y de su compañero Fr. Domingo da Pescia, encendió en la plaza el último día de Carnaval de 1497, arrojando á ella todo género de pinturas y libros deshonestos.
Por extraño que parezca, ninguna de estas primitivas ediciones de las Cien Novelas sirvió de texto á la española, publicada en Sevilla en 1496 y reimpresa cuatro veces hasta mediar el siglo XVI (Toledo, 1524; Valladolid, 1539; Medina del Campo, 1543; Valladolid, 1550)[18]. Miss Bourland prueba, mediante una escrupulosa confrontación, que el texto de la edición sevillana está muy estrechamente emparentado en el del códice del Escorial para las cincuenta novelas que éste contiene. En muchos casos son literalmente idénticos; convienen en la sustitución de algunos nombres propios á otros del original italiano; tienen en algunos pasajes los mismos errores de traducción, los mismos cambios y adiciones. Coinciden también en dividir la introducción en capítulos, aunque no exactamente los mismos. Finalmente, se asemejan en la inaudita confusión y barullo en que presentan los cuentos, perdida del todo la división en jornadas, y en suprimir la mayor parte de los prólogos y epílogos que las separan, y por de contado, todos los versos, á excepción de la ballata de la décima jornada, que está en el impreso, pero no en el manuscrito[19].
Las otras cincuenta novelas están traducidas en el mismo estilo, no de fines, sino de principios del siglo XV, y casi de seguro por el mismo traductor. De todo esto se infiere con mucha verosimilitud que el Decameron de Sevilla, cuyo texto es un poco menos incorrecto que el del manuscrito escurialense, ya porque el editor lo cotejase y enmendase con el italiano, lo cual no puedo creer, ya porque se valiese de un códice mejor, representa aquella vieja traducción en cuadernos, los cuales, trastrocados y revueltos de uno en otro poseedor ó copista, llegaron á la extravagante mezcolanza actual, en que hasta los nombres de los narradores aparecen cambiados en muchos casos, y se altera el texto para justificar el nuevo enlace de las historias. Pero es imposible que la primitiva versión estuviese dispuesta así; lo que tenemos es un rifacimento, una corruptela, que tampoco puedo atribuir al editor de 1496, porque más fácil le hubiera sido restablecer el orden italiano de las historias que armar tan extraño embolismo. Se limitó, sin duda, á reproducir el manuscrito que tenía, y este manuscrito era un centón de algún lector antiguo que, perdido en el laberinto de sus cuadernos, los zurció y remendó como pudo, sin tener presente el original, que le hubiese salvado de tal extravío.
Dos cosas más hay que notar en esta versión, aparte de otras muchas de que da minuciosa cuenta miss Bourland. Contiene todas las novelas del Decameron, incluso las más licenciosas; únicamente suprime, sin que pueda atinarse la causa, la novela 5.ª de la jornada 9.ª (Calandrino), y la sustituye con otra novela de origen desconocido, aunque probablemente italiano. La Griselda, como ya indicamos, no está traducida de Boccaccio, sino de la paráfrasis latina del Petrarca.
Á pesar de sus cinco ediciones, el Decameron castellano es uno de los libros más peregrinos de cualquier literatura. Nuestra Biblioteca Nacional no posee, y eso por reciente entrada de la librería de D. Pascual Gayangos, más que la penúltima edición, la de Medina del Campo, y es también la única que se conserva en el Museo Británico. En París sólo tienen la última de 1550. Mucho más afortunada la Biblioteca Nacional de Bruselas, posee, no sólo el único ejemplar conocido de la edición incunable, sino también la primera de Valladolid. El precioso volumen de Toledo no existe más que en la Biblioteca Magliabecchiana de Florencia.
Vino á cortar el vuelo á estas ediciones la prohibición fulminada por el Concilio de Trento contra las Cien Novelas, consignada en el Índice de Paulo IV (Enero de 1559), y trasladada por nuestro inquisidor general Valdés al suyo del mismo año. Más de cincuenta ediciones iban publicadas hasta entonces en Italia. Sabido es que la prohibición fue transitoria, puesto que San Pío V, á ruegos del Gran Duque Cosme de Médicis, permitió á los académicos florentinos (llamados después de la Crusca) que corrigiesen el Decameron de modo que pudiese correr sin escándalo en manos de los amantes de la lengua toscana. Esta edición corregida no apareció hasta el año 1573, bajo el pontificado de Gregorio XIII; refundición bien extraña, por cierto, en que quedaron intactas novelas indecentísimas sólo con cambiar las abadesas y monjas en matronas y doncellas, los frailes en nigromantes y los clérigos en soldados. Respetamos los altos motivos que para ello hubo y nos hacemos cargo de la diferencia de los tiempos. Esta edición, llamada de los Deputati, fue considerada desde luego como texto de lengua, y á ella se ajustan todas las de aquel siglo y los dos siguientes, salvo alguna impresa en Holanda y las que con falso pie de imprenta se estamparon en varias ciudades de Italia en el siglo XVIII.
La Inquisición Española, por su parte, autorizó el uso de esta edición en el Índice de Quiroga (1583), donde sólo se prohiben las Cien Novelas siendo de las impresas antes del Concilio: «Boccacii Decades sive Decameron aut novellæ centum, nisi fuerint ex purgatis et impressis ab anno 1572», fórmula que se repite en todos los índices posteriores[20]. Á la traducción castellana, como completa que era, le alcanzaba de lleno la prohibición, y nadie pensó en expurgarla, ni hacía mucha falta, porque el Decameron italiano corría con tal profusión[21] y era tan fácilmente entendido, que no se echaba muy de menos aquella vieja traslación tan ruda y destartalada[22].
Precisamente la influencia de Boccaccio como cuentista y como mina de asuntos dramáticos corresponde al siglo XVII más que al XVI. Antes de la mitad de esta centuria apenas se encuentra imitación formal de ninguna de las novelas. No es seguro que el cuento de la piedra en el pozo, tal como se lee en el Corvacho del Arcipreste de Talavera, proceda de la novela de Tofano (4.ª de la jornada VII); una y otra pueden tener por fuente común á Pedro Alfonso[23]. Todavía es más incierto, á pesar de la opinión de Landau[24], que el romance del Conde Dirlos, que debe de ser de origen francés como todos los carolingios, tenga con la novela de Messer Torello (giorn. X, n. 9) más relación que el tema general de la vuelta del esposo, á quien se suponía perdido ó muerto, y que llega á tiempo para impedir las segundas bodas de su mujer. El romance carece enteramente de la parte mágica que hay en la novela de Boccaccio y no hay nada que recuerde la intervención de Saladino. En una versión juglaresca y muy tardía del romance de El Conde Claros añadió el refundidor Antonio de Pansac una catástrofe trágica (el corazón del amante presentado en un plato), tomada, según creo, del Decameron, ya en la novela de Ghismonda y Guiscardo (giorn. IV, 1), ya en la de Guiglielmo Rossiglione (Guillem de Cabestanh), que es la 9.ª de la misma jornada[25].
Escasas son también las reminiscencias en los libros de caballerías, salvo en Tirant lo Blanch, que tanto difiere de los demás, no sólo por la lengua, sino por el espíritu. Además de varias frases y sentencias literalmente traducidas, Martorell reproduce una novela entera (giorn. II, n. 4), la del mercader Landolfo Ruffolo, que después de haber perdido todos sus haberes en un naufragio, encuentra como tabla de salvamento una cajita llena de piedras preciosas. Hay otras evidentes imitaciones de pormenor, que recoge con admirable diligencia Arturo Farinelli, el primero que se ha fijado en ellas[26].
Otro libro de caballerías, excepcional también en algunas cosas, el Palmerín de Inglaterra, de Francisco Moraes, contiene una imitación de la novela de Ghismonda: «Tomó la copa en las manos, y diziendo al corazón de Artibel palabras de mucho dolor, y diziendo muchas lástimas, la hinchió de lágrimas»[27].
El ejemplo más singular de la influencia de Boccaccio en España es la adaptación completa de una novela, localizándose en ciudad determinada, enlazándose con apellidos históricos, complicándose con el hallazgo de unos restos humanos é imponiéndose como creencia popular, viva todavía en la mente de los españoles. Tal es el caso de la leyenda aragonesa de los Amantes de Teruel, cuya derivación de la novela de Girolamo y Salvestra (giorn. IV, 8) es incuestionable y está hoy plenamente demostrada[28], sin que valga en contra la tradición local, de la que no se encuentra vestigio antes de la segunda mitad del siglo XVI, tradición que ya en 1619 impugnaba el cronista Blasco de Lanuza[29] y que intentó reforzar con documentos apócrifos el escribano poeta Juan Yagüe de Salas. El «papel de letra muy antigua» que él certifica haber copiado y lleva por título Historia de los amores de Diego Juan Martinez de Marcilla é Isabel de Segura, año 1217, es ficción suya, poniendo en prosa, que ni siquiera tiene barniz de antigua excepto al principio, lo mismo que antes había contado en su fastidiosísimo poema publicado en 1616[30]. No por eso negamos la existencia de los Amantes, ni siquiera es metafísicamente imposible que la realidad haya coincidido con la poesía, pero sería preciso algún fundamento más serio que los que Antillón deshizo con crítica inexorable, aun sin conocer la fuente literaria de la leyenda.
Antonio de Torquemada, en sus Coloquios Satíricos (1553), y Juan de Timoneda, en su Patrañuelo (1566), son los primeros cuentistas del siglo XVI que empiezan á explotar la mina de Boccaccio. Después de ellos, y sobre todo después del triunfo de Cervantes, que nunca imita á Boccaccio directamente, pero que recibió de él una influencia formal y estilística muy honda y fué apellidado por Tirso «el Boccaccio español», los imitadores son legión. El cuadro general de las novelas, tan apacible ó ingenioso, y al mismo tiempo tan cómodo, se repite hasta la saciedad en Los Cigarrales de Toledo, del mismo Tirso; en el Para todos, de Montalbán; en la Casa del placer honesto, de Salas Barbadillo; en las Tardes entretenidas, Jornadas alegres, Noches de placer, Huerta de Valencia, Alivios de Casandra y Quinta de Laura, de Castillo Solórzano; en las Novelas amorosas, de Doña María de Zayas; en las Navidades de Madrid, de Doña Mariana de Carvajal; en las Navidades de Zaragoza, de D. Matías de Aguirre; en las Auroras de Diana, de D. Pedro de Castro y Anaya; en las Meriendas del ingenio, de Andrés de Prado; en los Gustos y digustos del Lentiscar de Cartagena, de Ginés Campillo, y en otras muchas colecciones de novelas, y hasta de graves disertaciones, como los Días de jardín, del Dr. Alonso Cano.
Hubo también, aunque en menor número de lo que pudiera creerse, imitaciones de novelas sueltas, escogiendo por de contado las más honestas y ejemplares. Matías de los Reyes, autor de pobre inventiva y buen estilo, llevó la imitación hasta el plagio en El Curial del Parnaso y en El Menandro. Alguna imitación ocasional se encuentra también en el Teatro Popular, de Lugo Dávila; en El Pasajero, de Cristóbal Suárez de Figueroa, y en El Criticón, de Gracián. Puntualizar todo esto y seguir el rastro de Boccaccio hasta en nuestros cuentistas más oscuros es tarea ya brillantemente emprendida por miss Bourland y que procuraremos completar cuando tratemos de cada uno de los autores en la presente historia de la novela. Pero desde luego afirmaremos que las historias de Boccaccio, aisladamente consideradas, dieron mayor contingente al teatro que á la novela. De un pasaje de Ricardo del Turia se infiere que solían aprovecharse para loas[31]. Pero también servían para argumentos de comedias. Ocho, por lo menos, de Lope de Vega tienen este origen, entre ellas dos verdaderamente deliciosas: El anzuelo de Fenisa y El ruiseñor de Sevilla[32]. Pero en esta parte no puede decirse que su influencia fuese mayor que la de Bandello. De todos modos, lo que Boccaccio debía á España por medio de Pedro Alfonso, quedó ampliamente compensado con lo que le debieron nuestros mayores ingenios.
Hasta la mitad del siglo XVI no volvemos á encontrar traducciones de novelas italianas. Apenas me atrevo á incluir entre ellas La Zuca del Doni en español, publicada en Venecia, 1551, el mismo año y por el mismo impresor que el texto original[33]. Porque propiamente la Zucca ó calabaza no es una colección de novelas, sino de anécdotas, chistes, burlas, donaires y dichos agudos, repartidos en las varias secciones de cicalamenti, baie, chiacchiere, foglie, fiori, frutti[34]. El anónimo traductor, que dedicó su versión al abad de Bibbiena y de San Juan in Venere en un ingenioso y bien parlado prólogo, que pongo íntegro por nota, era amigo del Doni y debía de tener algún parentesco de humor con él, porque le tradujo con verdadera gracia, sin ceñirse demasiado á la letra. Razón tenía para desatarse en su prólogo contra los malos traductores, haciendo especial mención del de Boccaccio. Curiosísimo tipo literario era el Doni, escritor de los que hoy llamaríamos excéntricos ó humoristas y que entonces se llamaban heteroclitos ó extravagantes, lleno de raras fantasías, tan desordenado en sus escritos como en su vida, improvisador perpetuo, cuyas obras, como él mismo dice, «se leían antes de ser escritas y se estampaban antes de ser compuestas»; libelista cínico, digno rival del Aretino; desalmado sicofanta, capaz de delatar como reos de Estado á sus enemigos literarios; traficante perpetuo en dedicatorias; aventurero con vena de loco; mediano poeta cómico, cuentista agudo en el dialecto de Florencia y uno de los pocos que se salvaron de la afectada imitación de Boccaccio[35]. En medio de sus caprichos y bufonadas tiene rasgos de verdadero talento. Sus dos Librerías ó catálogos de impresos y manuscritos con observaciones críticas se cuentan entre los más antiguos ensayos de bibliografía é historia literaria. Y para los españoles, sus Mundos celestes, terrestres é infernales[36], en que parodió la Divina Comedia, son curiosos, porque presentan alguna remota analogía con los Sueños inmortales de Quevedo, aunque no puede llevarse muy lejos la comparación.
Menos importancia literaria que la Zucca tienen las Horas de recreación, de Luis Guicciardini, sobrino del grande historiador Francisco. Á Luis se le conoce y estima principalmente por su descripción de los Países Bajos, que tuvo por intérprete nada menos que á nuestro rey Felipe IV. Á las Horas de recreación, que es una de tantas colecciones de anécdotas y facecias, cupo traductor más humilde, el impresor Vicente de Millis Godínez, que las publicó en Bilbao en 1580[37].
De todos los novelistas italianos Mateo Bandello fué el más leído y estimado por los españoles después de Boccaccio y el que mayor número de argumentos proporcionó á nuestros dramáticos. Lope de Vega hacía profesión de admirarle, y en el prólogo de su novela Las fortunas de Diana parece que quiere contraponerle maliciosamente á Cervantes: «Tambien hay libros de novelas, dellas traducidas de italianos y dellas propias, en que no faltó gracia y estilo á Miguel Cervantes. Confieso que son libros de grande entretenimiento, y que podrían ser ejemplares, como algunas de las historias trágicas del Bandelo; pero habían de escribirlos hombres científicos, ó por lo menos grandes cortesanos, gente que halla en los desengaños notables sentencias y aforismos». Aparte de estas palabras, cuya injusticia y mala fe es notoria, puesto que Cervantes, aunque no fuese hombre científico ni gran cortesano, está á cien codos sobre Bandello y á muy razonable altura sobre todos los novelistas del mundo, el estudio de las historias trágicas y cómicas del ingenioso dominico lombardo, superior á todos sus coetáneos en la invención y en la variedad de situaciones, ya que no en el estilo, fué tan provechoso para Lope como lo era simultáneamente para Shakespeare. Uno y otro encontraron allí á Julieta y Romeo (Castelvines y Monteses), y Lope de Vega, además, el prodigioso Castigo sin venganza, sin contar otras obras maestras, como El villano en su rincón, La viuda valenciana y Si no vieran las mujeres...[38]. Ya mucho antes de Lope el teatro español explotaba esta rica mina. La Duquesa de la Rosa, de Alonso de la Vega, basta para probarlo[39].
Aunque la voluminosa colección del obispo de Agen, que comprende nada menos que doscientas catorce novelas, fuese continuamente manejada por nuestros dramaturgos y novelistas, sólo una pequeña parte de ella pasó á nuestra lengua, por diligencia del impresor Vicente de Millis Godínez, antes citado, que ni siquiera se valió del original italiano, sino de la paráfrasis francesa de Pedro Boaystau (por sobrenombre Launay) y Francisco de Belleforest, que habían estropeado el texto con fastidiosas é impertinentes adiciones. De estas novelas escogió Millis catorce, las que le parecieron de mejor ejemplo, y con ellas formó un tomo, impreso en Salamanca en 1589[40].
Los Hecatommithi, de Giraldi Cinthio, otra mina de asuntos trágicos en que Shakespeare descubrió su Otelo y Lope de Vega El piadoso veneciano[41], tenían para nuestra censura, más rígida que la de Italia, y aun para el gusto general de nuestra gente, la ventaja de no ser licenciosos, sino patéticos y dramáticos, con un género de interés que compensaba en parte su inverosimilitud y falta de gracia en la narrativa. En 1590 imprimió en Toledo Juan Gaitán de Vozmediano la primera parte de las dos en que se dividen estas historias, y en el prólogo dijo: «Ya que hasta ahora se ha usado poco en España este género de libros, por no haber comenzado á traducir los de Italia y Francia, no sólo habrá de aquí adelante quien por su gusto los traduzca, pero será por ventura parte el ver que se estima esto tanto en los estrangeros, para que los naturales hagan lo que nunca han hecho, que es componer novela. Lo cual entendido, harán mejor que todos ellos, y más en tan venturosa edad cual la presente»[42]. Palabras que concuerdan admirablemente con las del prólogo de Cervantes y prueban cuánto tardaba en abrirse camino el nuevo género, tan asiduamente cultivado después.
Las Piacevoli Notti, de Juan Francisco de Caravaggio, conocido por Straparola, mucho más variadas, amenas y divertidas que los cien cuentos de Giraldi, aunque no siempre honestas ni siempre originales (puesto que el autor saqueó á manos llenas á los novelistas anteriores, especialmente á Morlini), hablaban poderosamente á la imaginación de toda casta de lectores con el empleo continuo de lo sobrenatural y de los prestigios de la magia, asemejándose no poco á los cuentos orientales de encantamientos y metamorfosis. Francisco Truchado, vecino de Baeza, tradujo en buen estilo estas doce Noches, purgándolas de algunas de las muchas obscenidades que contienen, y esta traducción, impresa en Granada por René Rabut, 1583, fué repetida en Madrid, 1598, y en Madrid, 1612, prueba inequívoca de la aceptación que lograron estos cuentos[43].
Juntamente con los libros italianos había penetrado alguno que otro francés, y ya hemos hecho memoria del rifacimento de las Historias Trágicas, de Bandello, por Boaystuau y Belleforest. No han de confundirse con ellas, á pesar de la semejanza del título, las Historias prodigiosas y maravillosas de diversos successos acaecidos en el mundo, que compilaron los mismos Boaystuau y Belleforest y Claudio Tesserant, y puso en lengua castellana el célebre impresor de Sevilla Andrea Pescioni[44]. Obsérvese que casi siempre eran tipógrafos ó editores versados en el comercio de libros y en relaciones frecuentes con sus colegas (á las veces parientes) de Italia y Francia los que introducían entre nosotros estas novedades de amena literatura, desempeñando á veces, y no mal, el papel de intérpretes, aspecto muy curioso en la actividad intelectual del siglo XVI. Andrea Pescioni, si es suya realmente la traducción que lleva su nombre, demostró en ella condiciones muy superiores á las de Vicente de Millis en lenguaje y estilo. Muy difícil será encontrar galicismos en la pura y tersa locución de las Historias prodigiosas, que salieron enteramente castellanizadas de manos del traductor, imprimiéndoles el sello de su nativa ó adoptiva lengua, como cuadraba al señorío y pujanza de nuestro romance en aquella edad venturosa, hasta cuando le manejaban extranjeros de origen, que no hacían profesión de letras humanas como no fuese para traficar con ellas, y aplicaban su industria á libros forasteros, que tampoco por la dicción eran notables, ni se encaminaban al público más selecto. Libro de mera curiosidad y entretenimiento es el de las Historias, recopilación de casos prodigiosos y extraordinarios, de fenómenos insólitos de la naturaleza, de supersticiones, fábulas y patrañas, escoltadas siempre con algún testimonio clásico: «No escriviré caso fabuloso, ni historia que no compruebe con el autoridad de algun escritor de crédito, ora sea sacro ó profano, griego ó latino» (p. 90 vuelta). Con esta salvedad pasa todo, ya bajo el pabellón de Eliano, Julio Obsequente, Plinio y Solino, ya bajo la de médicos y naturalistas del siglo XVI, como Conrado Gesnero y Jerónimo Cardano, á quien con especial predilección se cita. Hasta la demonología neoplatónica de Miguel Psello, Porfirio, Iámblico y Proclo logra cabida en esta compilación, llena, por lo demás, de disertaciones ortodoxas. Hay capítulos especiales sobre los terremotos, diluvios y grandes avenidas; sobre los cometas y otros «prodigios y señales del cielo»; sobre las erupciones volcánicas; sobre las virtudes y propiedades de las piedras preciosas, de las plantas y de las aguas. Pero el fuerte de los tres autores son los monstruos: su libro, de más de ochocientas páginas, ofrece amplio material para la historia de las tradiciones teratológicas, desde las clásicas de Sirenas, Tritones, Nereidas, Faunos, Sátiros y Centauros, hasta los partos monstruosos, las criaturas dobles ligadas y conjuntas, los animales de figura humana, los hombres que llevan al descubierto las entrañas, los cinocéfalos, los hermafroditas, los terneros y lechones monstruosos y otra infinidad de seres anómalos que Belleforest y sus colaboradores dan por existentes ó nacidos en su tiempo, notando escrupulosamente la fecha y demás circunstancias.
Aparte de estas aberraciones, contiene el libro otras cosas de interés y de más apacible lectura: curiosas anécdotas, narradas con garbo y bizarría. Así, en el capítulo de los amores prodigiosos (XXII de la 1.ª parte) ingiere, entre otras que llamaríamos novelas cortas, la de la cortesana Plangon de Mileto, tomada de Ateneo, historia de refinado y sentimental decadentismo, que presenta una rarísima competencia de generosidad amorosa entre dos meretrices. Así, al tratar de los convites monstruosos, añade Boaistuau á los referidos por los antiguos y á los que consigna Platina en su libro De honesta voluptate, uno de que él fue testigo en Aviñón cuando «oía allí leyes del eruditísimo y docto varon Emilio Ferreto» (p. 96), página curiosa para la historia de la gastronomía en la época del Renacimiento. En el largo capítulo del entendimiento y fidelidad de los perros no olvida ni al de Montargis, cuya historia toma de Julio César Scaligero, ni al famoso Becerril, de que habla tanto Gonzalo Fernández de Oviedo en su Historia de Indias.
No sólo las rarezas naturales y los casos extraños de vicios y virtudes, sino lo sobrenatural propiamente dicho, abunda sobremanera en estas Historias, cuyo único fin es sorprender y pasmar la imaginación por todos los medios posibles. Ninguno tan eficaz como los cuentos de aparecidos, fantasmas, visiones nocturnas, sueños fatídicos, travesuras de malignos espíritus, duendes y trasgos; combates de huestes aéreas, procesiones de almas en pena. De todo esto hay gran profusión, tomada de las fuentes más diversas. Á la antigüedad pertenecen muchas (los mancebos de Arcadia, en Valerio Máximo; la tragedia de Cleonice, en Pausanias; el fantasma que se apareció al filósofo Atenodoro, en Plinio el Joven). Otras son más modernas, entresacadas á veces de los Días Geniales, de Alexandro de Alexandro, como la visión de Cataldo, obispo de Tarento, que anunció las desventuras de la casa aragonesa de Nápoles (p. 103), ó de Jerónimo Cardano, como la historia de Margarita la milanesa y de su espíritu familiar (p. 109). Pero nada hay tan singular en este género como un caso de telepatía que Belleforest relata, no por información ajena, sino por haberle acontecido á él mismo (p. 361), y que no será inútil conocer hoy que este género de creencias, supersticiones ó lo que fueren vuelven á estar en boga y se presentan con vestidura científica:
«Algunos espíritus se han aparecido á hombres con quien en vida han tenido amistad, y esto á manera de despedirse dellos, quando de aqueste mundo partian. Y de aquesto yo doy fe que á mí mismo me ha acaecido, y no fue estando dormido ni soñoliento, mas tan despierto como lo estoy ahora que escrivo aquesto, y el caso que digo aver me acaecido, es que un dia de la Natividad de Nuestra Señora, que es á ocho de Setiembre, unos amigos mios e yo fuymos a holgarnos a un jardin, y siendo ya como las once de la noche, solo me llegué a un peral para coger unas peras, y vi que se me puso delante una figura blanca de un hombre, que excedia la comun proporcion, el qual en el aspecto me pareció que era mi padre, y se me llegó para abraçarme: de que yo me atemorizé, y di un grito, y a él acudieron aquellos mis amigos para ver lo que me avia sucedido, y aviendo me preguntado qué avia avido, les dixe lo que avia visto, aunque ya se avia desaparecido, y que sin duda era mi padre. Mi ayo me dixo que sin duda se devia de aver muerto, y fue assi, que murió en aquella hora misma que se me representó, aunque estavamos lexos en harta distancia. Aquella fue una cosa que me haze creer que la oculta ligadura de amistad que hay en los coraçones de los que verdaderamente se aman puede ser causa de que se representen algunas especies, ó semejanzas de aparecimientos; y aun tambien puede ser que sean las almas mismas de nuestros parientes ó amigos, ó sus Angeles custodes, que yo no me puedo persuadir que sean espíritus malignos».
Son de origen español algunos de los materiales que entraron en esta enorme compilación francesa. Á Fr. Antonio de Guevara siguen y traducen literalmente en la historia del león de Androcles (epístola XXIV de las Familiares); en la de Lamia, Laida y Flora, «tres enamoradas antiquísimas» (ep. LIX), y en el razonamiento celebérrimo del Villano del Danubio, esta vez sin indicar la fuente, que es el Marco Aurelio.
El obispo de Mondoñedo, con toda su retórica, no siempre de buena calidad, tenía excelentes condiciones de narrador y hubiera brillado en la novela corta, á juzgar por las anécdotas que suele intercalar en sus libros, y especialmente en las Epístolas Familiares. Recuérdese, por ejemplo, el precioso relato que pone en boca de un moro viejo de Granada, testigo de la llorosa partida de Boabdil y de las imprecaciones de su madre (ep. VI de la Segunda Parte).
Amplia materia suministró también á las Historias prodigiosas otro prosista español de la era de Carlos V, el magnífico caballero y cronista cesáreo Pero Mexía, compilador histórico y moralista ameno como Guevara, pero nada semejante á él en los procedimientos de su estilo (que es inafectado y aun desaliñado con cierto dejo de candidez sabrosa), ni menos en la puntualidad histórica, que nuestro Fr. Antonio afectaba despreciar, y que, por el contrario, respetó siempre aquel docto y diligente sevillano, digno de buena memoria entre los vulgarizadores del saber. Su Silva de varia leccion, publicada en 1540 y de cuyo éxito asombroso, que se sostuvo hasta mediados del siglo XVII, dan testimonio tantas ediciones castellanas, tantas traducciones en todas las lenguas cultas de Europa, es una de aquellas obras de carácter enciclopédico, de que el Renacimiento gustaba tanto como la Edad Media, y que tenía precedentes clásicos tan famosos como las Noches Aticas, de Aulo Gelio; las Saturnales, de Macrobio; el Banquete de los sofistas, de Ateneo. Los humanistas de Italia habían comenzado á imitar este género de libros, aunque rara vez los componían en lengua vulgar. Pero Mexía, amantísimo de la suya nativa, que procuró engrandecer por todos caminos, siguió este nuevo y holgado sistema de componer con especies sueltas un libro útil y deleitable. Los capítulos se suceden en el más apacible desorden, única cosa en que el libro se asemeja á los Ensayos de Montaigne. Después de una disertación sobre la Biblia de los Setenta, viene un discurso sobre los instintos y propiedades maravillosas de las hormigas: «Hame parecido escribir este libro (dice Mexía) por discursos y capítulos de diversos propósitos sin perseverar ni guardar orden en ellos, y por esto le puse por nombre Silva, porque en las silvas y bosques están las plantas y árboles sin orden ni regla. Y aunque esta manera de escrivir sea nueva en nuestra lengua Castellana, y creo que soy yo el primero que en ella haya tomado esta invencion, en la Griega y Latina muy grandes autores escrivieron, assi como fueron Ateneo... Aulo Gelio, Macrobio, y aun en nuestros tiempos Petro Crinito, Ludovico Celio, Nicolao Leonico y otros algunos. Y pues la lengua castellana no tiene (si bien se considera) por qué reconozca ventaja a otra ninguna, no sé por qué no osaremos en ella tomar las invenciones que en las otras, y tratar materias grandes, como los italianos y otras naciones lo hazen en las suyas, pues no faltan en España agudos y altos ingenios. Por lo qual yo, preciándome tanto de la lengua que aprendi de mis padres como de la que me mostraron preceptores, quise dar estas vigilias a los que no entienden los libros latinos, y ellos principalmente quiero que me agradezcan este trabajo: pues son los más y los que más necesidad y desseo suelen tener de saber estas cosas. Porque yo cierto he procurado hablar de materias que no fuessen muy comunes, ni anduviessen por el vulgo, que ellas de sí fuessen grandes y provechosas, a lo menos a mi juyzio».
Para convencerse de lo mucho que Boaystuau, Tesserant y Belleforest tomaron de la obra de Mexía, traducida ya al francés en 1552, no hay más que cotejar los respectivos capítulos de las Historias con lo que en la Silva se escribe «de los Tritones y Nereydas», «de algunos hombres muy crueles», «de algunos exemplos de casados que mucho y fielmente se amaron», «de los extraños y admirables vicios del emperador Heliogábalo, y de sus excesos y prodigalidades increibles», «de las propiedades maravillosas y singulares de algunos ríos, lagos y fuentes», «de algunas cosas maravillosas que aparecieron en cielo y tierra» y otros puntos que sería fácil señalar. Los testimonios alegados son los mismos, suele serlo hasta el orden y las palabras con que se declaran y los argumentos que se traen para hacer creibles tan desaforados portentos.
Pero la Silva de varia lección es obra de plan mucho más vasto y también más razonable que las Historias prodigiosas. No predomina aquí lo extraño, lo anormal, lo increíble, ni se rinde tanto culto á la superstición, ya popular, ya científica. En relación con su época, Pero Mexía parece un espíritu culto y avisado, que procura guardarse de la nimia credulidad y muestra hasta vislumbres de espíritu crítico[45]. Siempre que tiene que contar hechos muy extraordinarios se resguarda con la autoridad ajena, y aun así osa contradecir algunas cosas de las que escriben los antiguos. No quiere admitir, por ejemplo, aunque lo afirmen contestes nada menos que Plinio, Eliano, Plutarco, Apuleyo y San Isidoro, que la víbora muera en el momento en que da á luz sus viboreznos[46]. No parece muy persuadido de la existencia de hombres marinos y tiene por cuento de viejas la historia del pece Nicolao, mostrando en esto mejor crítica que el P. Feijoo, que todavía en el siglo XVIII admitía la fábula del hombre-pez de Liérganes[47]. Claro es que no se emancipa, ni mucho menos, de la mala física de su tiempo. Cree todavía en las propiedades ocultas y secretas de los cuerpos naturales y adolece, sobre todo, de la superstición astrológica, que le dió cierta extravagante fama entre sus conciudadanos, tan zumbones y despiertos de ingenio entonces como ahora. «El astrífero Mexía» le llama, pienso que en burlas, Juan de la Cueva. Y es sabida aquella anécdota que recogió Rodrigo Caro en sus Claros varones en letras, naturales de Sevilla: «Había adivinado Pero Mexía, por la posición de los astros de su nacimiento, que había de morir de un sereno, y andaba siempre abrigado con uno ó dos bonetes en la cabeza debajo de la gorra que entonces se usaba, por lo cual le llamaban Siete bonetes; sed non auguriis potuit depellere pestem; porque estando una noche en su aposento, sucedió á deshora un ruido grande en una casa vecina, y saliendo sin prevención al sereno, se le ocasionó su muerte, siendo de no muy madura edad».
Tan revuelta andaba en el siglo XVI la ciencia positiva con la quimérica, la astrología judiciaria con la astronomía y las matemáticas, que no es de admirar que Mexía, como Agripa y Cardano y tantos insignes varones del Renacimiento, cayese en esta confusión deplorable, escribiendo algunos capítulos sobre la influencia de los siete planetas en las siete edades y partes de la vida del hombre, sobre los días aciagos y años climatéricos, sobre el punto y signo del Zodíaco en que estaban el sol y la luna cuando fueron creados[48] y otras vanidades semejantes. Mexía, que era cosmógrafo de profesión en un tiempo y en una ciudad en que no faltaban buenos cosmógrafos prácticos, trata con mucho más tino las cuestiones hidrográficas y meteorológicas, y en vez de aquellas ridículas historias de monstruos que ocupan la mitad del libro de Belleforest, aquí se leen disertaciones elementales, pero sensatas, sobre los vientos; sobre los artificios útiles para comparar la densidad de las aguas y discernir su pureza; sobre la redondez y ámbito de la tierra; sobre la medida de los grados terrestres y el modo de trazar la línea meridiana, y sobre la indispensable reforma del calendario, que tardó bastantes años en realizarse[49]. No era Mexía un sabio, no era un investigador original; pero tenía linda manera para exponer las curiosidades de historia científica, por ejemplo, el problema de la corona del rey Hierón y otros descubrimientos de Arquímedes[50] basta libertad de espíritu para considerar como juegos y pasatiempos de la naturaleza los que otros estimaban misteriosas señales grabadas en las piedras[51].
Pero lo que predomina en la Silva de varia lección, como podía esperarse de las aficiones y estudios de su autor, es la erudición histórica, que se manifiesta de muy varios modos, bien calculados para picar y entretener el apetito de quien lee: ya en monografías de famosas ciudades, como Roma, Constantinopla, Jerusalén; ya en sucintas historias de los godos, de los turcos, de los templarios, de los güelos; ya en biografías de personajes sobresalientes en maldad ó en heroísmo, pero que ofrecen siempre algo de pintoresco y original, como Timón el Misántropo, Diógenes el Cínico, los siete Sabios de Grecia, Heráclito y Demócrito, el emperador Heliogábalo, el falso profeta Mahoma y el gran Tamorlán[52]; ya en anécdotas de toda procedencia, como la tragedia de Alboino y Rosimunda, que toma de Paulo Diácono[53], y la absurda pero entonces muy creída fábula de la Papisa Juana, que procura corroborar muy cándidamente con el testimonio de Martín Polono, Sabellico, Platina y San Antonino de Florencia[54].
El libro de Pedro Mexía interesa á la novelística, no sólo por estas cortas narraciones, que son las más veces verdaderas leyendas, sino por ser un copioso repertorio de ejemplos de vicios y virtudes, que el autor compila á diestro y siniestro, de todos los autores clásicos, especialmente de Plutarco, Valerio Máximo y Aulo Gelio[55], sin olvidar á Plinio, de quien entresaca las anécdotas de pintores[56]. Alguno que otro episodio de la historia patria refiere también, como la muerte súbita de los dos infantes D. Pedro y D. Juan en la entrada que hicieron por la vega de Granada, ó el de Ruy Páez de Viedma y Payo Rodríguez de Ávila en tiempo do Alfonso XI[57], ó las extrañas circunstancias que, según Muntaner, intervinieron en la concepción y nacimiento de D. Jaime el Conquistador, asunto de una novela de Bandello y de una comedia de Lope de Vega[58].
Otros capítulos de la Silva tienen carácter de arqueología recreativa, á imitación de Polidoro Virgilio en su libro De inventoribus rerum, tan explotado por todos los compiladores del siglo XVI[59]. Pero aunque tomase mucho de Polidoro y de todos los que le precedieron en la tarea de escribir misceláneas, Mexía se remontaba á las fuentes casi siempre y las indica con puntualidad en todos los puntos que he comprobado. La Tabla que pone al fin no es, como en tantos otros libros, una pedantesca añagaza. Había leído mucho y bien, y tiene el mérito de traducir en buen castellano todas las autoridades que alega. El círculo de sus lecturas se extendía desde el Quadripartito, de Tolomeo, y los cánones astronómicos de Aben Ragel, hasta las Historias florentinas y los tratados políticos de Maquiavelo, á quien cita y extracta en la vida de Castruccio Castracani[60] y á quien parece haber seguido también en el relato de la conjuración de los Pazzi[61]. Aunque el secretario de Florencia pasaba ya por autor de sospechosa doctrina y sus obras iban á ser muy pronto rigurosamente vedadas por el Concilio de Trento, se ve que Mexía las manejaba sin grande escrúpulo, lo cual no es indicio del ánimo apocado y supersticioso que le atribuyeron algunos luteranos españoles, enojados con él por haber sido uno de los primeros que descubrieron en Sevilla la herética pravedad envuelta en las dulces pláticas de los doctores Egidio y Constantino[62].
Con todas sus faltas y sobras, la Silva de varia lección, que hoy nos parece tan llena de vulgaridades y errores científicos[63], representaba de tal modo el nivel medio de la cultura de la época y ofrecía lectura tan sabrosa á toda casta de gentes, que apenas hubo libro más afortunado que él en sus días y hasta medio siglo después. Veintiséis ediciones castellanas (y acaso hubo más), estampadas, no sólo en la Península, sino en Venecia, Amberes y Lyón, apenas bastaron á satisfacer la demanda de este libro candoroso y patriarcal, que fue adicionado desde 1555 con una quinta y sexta parte de autor anónimo[64]. No menos éxito tuvo la Silva en Francia, donde fue traducida por Claudio Gruget en 1552 y adicionada sucesivamente por Antonio Du Verdier y Luis Guyon, señor de la Nauche. Hasta diez y seis ediciones de Les divers leçons de Messie enumeran los bibliógrafos y en las más de ellas figuran también sus Diálogos[65]. Todavía en 1675 un médico llamado Girardet se apropió descaradamente el libro de Pero Mexía, sin citarle una sola vez ni tomarse más trabajo que cambiar las palabras anticuadas de la traducción de Gruget[66]. En Italia las cuatro partes de la Silva fueron traducidas en 1556 por Mambrino Roseo da Fabbriano y adicionadas después por Francisco Sansovino y Bartolomé Dionigi.
Por medio de las traducciones latinas y francesas empezaron á ser conocidos en Inglaterra los libros de Mexía antes de que penetrasen en su texto original, y algunos célebres compiladores de novelas empezaron á explotarlos. Fué uno de ellos William Painter, que en su Palace of pleasure (1566) intercaló el extraño cuento del viudo de veinte mujeres que casó con una viuda de veintidós maridos[67]. Pero es mucho más importante la Forest or collection of historyes, de Thomas Fortescue (1571), porque en esta versión inglesa de la Silva, tomada de la francesa de Gruget, encontró el terrible dramaturgo Cristóbal Marlowe, precursor de Shakespeare, los elementos históricos que le sirvieron para su primera tragedia Tamburlaine[68]. No fue ésta la única vez que el libro del cronista sevillano hizo brotar en grandes ingenios la chispa dramática. Lope de Vega le tenía muy estudiado, y de él procede (para no citar otros casos) toda la erudición clásica de que hace alarde en su comedia Las mujeres sin hombres (Las Amazonas)[69].
En Inglaterra prestó también buenos subsidios á los novelistas. De una traducción italiana de la Silva está enteramente sacada la colección de once novelas de Lodge, publicada con este título: The life and death of William Longbeard[70]. No sólo los cuatro libros de Mexía, sino todo el enorme fárrago de las adiciones italianas de Sansovino y de las francesas de Du Verdier y Guyon, encontraron cachazudo intérprete en Thomas Milles, que las sacó á luz desde 1613 hasta 1619 (The treasurie of ancient and moderne times). La traducción alemana de Lucas Boleckhofer y Juan Andrés Math es la más moderna de todas (1668-1669) y procede del italiano[71].
Con el éxito europeo del libro de Mexía contrasta la oscuridad en que ha yacido hasta tiempos muy modernos otra Miscelánea mucho más interesante para nosotros, por haber sido compilada con materiales enteramente españoles y anécdotas de la vida de su propio autor, que á cada momento entra en escena con un desenfado familiar y soldadesco que hace sobremanera interesante su persona.
El caballero extremeño D. Luis Zapata, á quien me refiero, autor de un perverso poema ó más bien crónica rimada del emperador Carlos V (Carlo famoso), curiosa, sin embargo, ó instructiva, por los pormenores anecdóticos que contiene y que ojalá estuviesen en prosa[72], retrájose en su vejez, después de haber corrido mucho mundo, á su casa de Llerena, «la mejor casa de caballero de toda España (al decir suyo), y aun mejor que las de muchos grandes», y entretuvo sus ocios poniendo por escrito, sin orden alguno, en prosa inculta y desaliñada, pero muy expresiva y sabrosa, por lo mismo que está limpia de todo amaneramiento retórico, cuanto había visto, oído ó leído en su larga vida pasada en los campamentos y en las cortes, filosofando sobre todo ello con buena y limpia moral, como cuadraba á un caballero tan cuerdo y tan cristiano y tan versado en trances de honra, por lo cual era consultor y oráculo de valientes. Resultó de aquí uno de los libros más varios y entretenidos que darse pueden, repertorio inagotable de dichos y anécdotas de españoles famosos del siglo XVI, mina de curiosidades que la historia oficial no ha recogido, y que es tanto más apreciable cuanto que no tenemos sobre los dos grandes reinados de aquella centuria la copiosa fuente de Relaciones y Avisos que suplen el silencio ó la escasez de crónicas para los tiempos de decadencia del poderío español y de la casa de Austria. Para todo género de estudios literarios y de costumbres; para la biografía de célebres ingenios, más conocidos en sus obras que en su vida íntima[73]; para empresas y hazañas de justadores, torneadores y alanceadores de toros; para estupendos casos de fuerza, destreza y maña; para alardes y bizarrías de altivez y fortaleza en prósperos y adversos casos, fieros encuentros de lanza, heroicos martirios militares, conflictos de honra y gloria mundana, bandos y desafíos, sutilezas corteses, donosas burlas, chistes, apodos, motes y gracejos, proezas de grandes soldados y atildamiento nimio de galanes palacianos; para todo lo que constituía la vida rica y expansiva de nuestra gente en los días del Emperador y de su hijo, sin excluir el sobrenatural cortejo de visiones, apariciones y milagros, alimento de la piedad sencilla, ni el légamo de supersticiones diversas, mal avenidas con el Cristianismo[74], ofrece la Miscelánea de Zapata mies abundantísima y que todavía no ha sido enteramente recogida en las trojes, á pesar de la frecuencia con que la han citado los eruditos, desde que Pellicer comenzó á utilizarla en sus notas al Quijote, y sobre todo después que la sacó íntegramente del olvido D. Pascual Gayangos[75]. Detallar todo lo que en los apuntes de Zapata importa á la novelística exigiría un volumen no menor que la misma Miscelánea, puesto que apenas hay capítulo que no contenga varias historietas, no inventadas á capricho, sino fundadas en hechos reales que el autor presenció ó de que tuvo noticia por personas dignas de crédito; lo cual no quita que muchas veces sean inverosímiles y aun imposibles, pues no hay duda que el bueno de D. Luis era nimiamente crédulo en sus referencias. Son, pues, verdaderos cuentos muchos de los casos maravillosos que narra, y su libro cae en esta parte bajo la jurisdicción de la novela elemental é inconsciente. No sucede otro tanto con sus relatos personales, escritos con tanta sinceridad y llaneza, y que sembrados de trecho en trecho en su libro, le dan aspecto y carácter de verdaderas memorias, á las cuales sólo falta el hilo cronológico, y por cuyas páginas atraviesan los más preclaros varones de su tiempo. Era Zapata lector apasionado de libros de caballerías[76] y algo se contagió su espíritu de tal lección, puesto que en todas las cosas tiende á la hipérbole; pero juntaba con esto un buen sentido muy castellano, que le hacía mirar con especial aborrecimiento los embelecos de la santidad fingida[77] y juzgar con raro tino algunos fenómenos sociales de su tiempo. Dice, por ejemplo, hablando de la decadencia de la clase nobiliaria, á la cual pertenecía: «El crescimiento de los reyes ha sido descrecimiento de los grandes, digo en poder soberbio y desordenado, que cuanto á lo demás antes han crecido en rentas y en estados, como pelándoles las alas á los gallos dicen que engordan más, y así teniéndolos los reyes en suma tranquilidad y paz, quitadas las alas de la soberbia, crecen en más renta y tranquilidad... Pues demos gracias á Dios que en estos reinos nadie puede hacer agravio ni demasía á nadie, y si la hiciese, en manos está el cetro que hará á todos justicia igual»[78].
Era, como hoy diríamos, ardiente partidario de la ley del progreso, lo mismo que Cristóbal de Villalón, y de ningún modo quería admitir la superioridad de los antiguos sobre los modernos. Es curiosísimo sobre esto su capítulo De invenciones nuevas: «Cuán enfadosa es la gala que tienen algunos de quejarse del tiempo y decir que los hombres de agora no son tan inventivos ni tan señalados, y que cada hora en esto va empeorando! Yo quiero, pues, volver por la honra de esta nuestra edad, y mostrar cuanto en invenciones y sotilezas al mundo de agora somos en cargo... En las ciencias y artes hace el tiempo de agora al antiguo grandísima ventaja... Cuanto á la pintura, dejen los antiguos de blasonar de sus milagros, que yo pienso que como cosas nuevas las admiraron, y creo que aquellos tan celebrados Apeles y Protógenes y otros, a las estampas de agora de Miguel Angel, de Alberto Durero, de Rafael de Urbino y de otros famosos modernos no pueden igualarse... Ni en la música se aventajaron los antiguos, que en ella en nuestra edad ha habido monstruos y milagros, que si Anfion y Orfeo traían tras sí las fieras y árboles, háse de entender con esta alegoría que eran fieras y plantas los que de la música de entonces, porque era cosa nueva, se espantaban; que agora de las maravillas de este arte, más consumada que nunca, los hombres no se admiran ni espantan. Pues ¿cuándo igualaron á las comedias y farsas de agora las frialdades de Terencio y de Plauto?» Y aquí comienza un largo capítulo de invenciones del Renacimiento, unas grandiosas y otras mínimas, entusiasmándose por igual con el descubrimiento de las Indias, con la circunnavegación del globo terráqueo, con la Imprenta y la Artillería, que con el aceite de Aparicio, el guayaco y la zarzaparrilla, las recetas para hacer tinta, el arte de hacer bailar los osos y el de criar gatos de Algalia. Termina este curiosísimo trozo con la enumeración de las obras públicas llevadas á cabo en tiempo de Felipe II, á quien da el dictado de «príncipe republicano», que tan extraño sonará en los oídos de muchos: «Los príncipes piadosos y republicanos como el nuestro, avivan los ingenios de los suyos, y les hacen hacer cosas admirables, y se les debe la gloria como al capitan general de cuanto sus soldados hacen, aderezan y liman»[79].
Alguna vez se contradice Zapata, como todos los escritores llamados ensayistas (y él lo era sin duda, aunque no fuese ningún Montaigne). No se compadece, por ejemplo, tanto entusiasmo por las novedades de su siglo, entre las cuales pone la introducción del verso toscano por Boscán y Garcilaso, con otro pasaje, curiosísimo también, en que, tratando de poesía y de poemas, dice sin ambages: «Los mejores de todos son los romances viejos; de novedades Dios nos libre, y de leyes y sectas nuevas y de jueces nuevos»[80]. Como casi todos los españoles de su tiempo, vivía alta y gloriosamente satisfecho de la edad en que le había tocado nacer, y era acérrimo enemigo de las sectas nuevas, á lo menos en religión y en política. Ponderando el heroísmo de los ligueros en el sitio de París de 1590, que hizo levantar el príncipe de Parma, llega hasta la elocuencia[81]. Profesa abiertamente la doctrina del tiranicidio, y hace, como pudiera el fanático más feroz, la apología de Jacobo Clemente: «Salió un fraile dominico de París á matar por el servicio de Dios al tirano favorecedor de herejes; y llegando á hablarle, le dió tres puñaladas, de que murió el rey, no de la guerra que suele matar á hierro, á fuego, violenta y furiosamente, mas de la mansedumbre y santidad de un religioso de Dios y su siervo, al cual bienaventurado ataron á las colas de cuatro caballos»[82].
Para conocer ideas, costumbres, sentimientos y preocupaciones de una época ya remota, y que, sin embargo, nos interesa más que otras muy cercanas, libros como el de Zapata, escritos sin plan ni método, como gárrula conversación de un viejo, son documentos inapreciables, mayormente en nuestra literatura, donde este género de misceláneas familiares son de hallazgo poco frecuente. La de Zapata ofrece materia de entretenimiento por donde quiera que se la abra y es recurso infalible para las horas de tedio, que no toleran otras lecturas más graves. De aquel abigarrado conjunto brota una visión histórica bastante clara de un período sorprendente. Baste lo dicho en recomendación de este libro, que merecía una nueva edición, convenientemente anotada, así en la parte histórica como en el material novelístico ó novelable que contiene, y que generalmente no se encuentra en otras compilaciones, por haber quedado inédita la de Zapata.
Antes de llegar á las colecciones de cuentos propiamente dichas, todavía debemos consagrar un recuerdo á la Philosophia vulgar (1568), obra por tantos títulos memorable del humanista sevillano Juan de Mal Lara, que, á imitación de los Adagios de Erasmo, en cuyas ideas críticas estaba imbuido, emprendió comentar con rica erudición, agudo ingenio y buen caudal de sabiduría práctica los refranes castellanos, llegando á glosar hasta mil en la primera parte, única publicada, de su vasta obra[83]. En ella derramó los tesoros de su cultura grecolatina, trayendo á su propósito innumerables autoridades de poetas antiguos puestos por él en verso castellano, de filósofos, moralistas é historiadores; pero gustó más todavía de exornar la declaración de cada proverbio con apólogos, cuentecillos, facecias, dichos agudos y todo género de narraciones brevísimas, pero tan abundantes, que con entresacarlas del tomo en folio de la Philosophia Vulgar podría formarse una floresta que alternase con el Sobremesa y el Porta-cuentos de Timoneda. Algunas de estas consejas son fábulas esópicas; pero la mayor parte parecen tomadas de la tradición oral ó inventadas adrede por el glosador para explicar el origen del refrán, poniéndole, digámoslo así, en acción. Tres cuentos, un poco más libres y también más extensos que los otros, están en verso y no carecen de intención y gracejo. No son de Mal Lara, sino de un amigo suyo, que no quiso revelar su nombre: acaso el licenciado Tamariz, de quien se conservan inéditos otros del mismo estilo y picante sabor[84]. Pero de los cuentos en verso prescindimos ahora, por no hacer interminable nuestra tarea, ya tan prolija de suyo.
Mal Lara había pasado su vida enseñando las letras clásicas. ¿Quién se atreverá á decir que le apartasen de la comprensión y estimación de la ciencia popular, en que tanto se adelantó á su tiempo? Al contrario, de los antiguos aprendió el valor moral é histórico de los proverbios ó paremías. El mismo fenómeno observamos en otros grandes humanistas, en Erasmo ante todo, que abrió por primera vez esta riquísima vena y con ella renovó el estudio de la antigüedad; en el Comendador Hernán Núñez, infatigable colector de nuestros refranes, y en Rodrigo Caro, ilustrador de los juegos de los muchachos. Creía Mal Lara, y todo su inestimable libro se encamina á probarlo, que
No hay arte ó ciencia en letras apartada, Que el vulgo no la tenga decorada.
No se ha escrito programa más elocuente de folk-lore que aquel Preámbulo de la Philosophia Vulgar, en que con tanta claridad se discierne el carácter espontáneo y precientífico del saber del vulgo, y se da por infalible su certeza, y se marcan las principales condiciones de esta primera y rápida intuición del espíritu humano.
«En los primeros hombres... (dice) al fresco se pintaban las imágenes de aquella divina sabiduría heredada de aquel retrato de Dios en el hombre, no sin gran merced dibuxado... Se puede llamar esta sciencia, no libro esculpido, ni trasladado, sino natural y estampado en memorias y en ingenios humanos; y, segun dize Aristóteles, parescen los Proverbios o Refranes ciertas reliquias de la antigua Philosophia, que se perdió por las diversas suertes de los hombres, y quedaron aquellas como antiguallas... No hay refrán que no sea verdadero, porque lo que dize todo el pueblo no es de burla, como dize Hesiodo». Libro natural llama en otra parte á los refranes, que él pretende emparentar nada menos que con la antigua sabiduría de los turdetanos. «Antes que hubiese filósofos en Grecia tenía España fundada la antigüedad de sus refranes... ¿Qué más probable razon habrá que lo que todos dizen y aprueban? ¿Qué más verisimil argumento que el que por tan largos años han aprobado tantas naciones, tantos pueblos, tantas ciudades y villas, y lo que todos en comun, hasta los que en los campos apacientan ovejas, saben y dan por bueno?... Es grande maravilla que se acaben los superbos edificios, las populosas ciudades, las bárbaras Pyrámides, los más poderosos reynos, y que la Philosophia Vulgar siempre tenga su reino dividido en todas las provincias del mundo... En fin, el refrán corre por todo el mundo de boca en boca, segun moneda que va de mano en mano gran distancia de leguas, y de allá vuelve con la misma ligereza por la circunferencia del mundo, dejando impresa la señal de su doctrina... Son como piedras preciosas salteadas por ropas de gran precio, que arrebatan los ojos con sus lumbres».
Coincidió con Mal Lara, no ciertamente en lo elevado de los propósitos, ni en lo gallardo del estilo, pero sí en el procedimiento de explicar frases y dichos proverbiales por anécdotas y chascarrillos a posteriori, el célebre librero de Valencia Juan de Timoneda, que en 1563, y quizá antes, había publicado el Sobremesa y alivio de caminantes[85], colección minúscula, que, ampliada en unas ediciones y expurgada en otras, tiene en la más completa (Valencia, 1569) dos partes: la primera con noventa y tres cuentos, la segunda con setenta y dos, de los cuales cincuenta pertenecen al dominio de la paremiología. Tanto éstos como los demás están narrados con brevedad esquemática, sin duda para que «el discreto relatador» pudiese amplificarlos y exornarlos á su guisa. Pero esta misma concisión y simplicidad no carece de gracia. Véase algún ejemplo:
Cuento XL (2.ª parte). «Por qué se dijo: perdices me manda mi padre que coma».
«Un padre envió su hijo á Salamanca á estudiar; mandóle que comiese de las cosas más baratas. Y el mozo en llegando, preguntó cuánto valía una vaca: dijéronle que diez ducados, y que una perdiz valía un real. Dijo él entonces: segun eso, perdices me manda mi padre que coma».
Cap. XLII. «Por qué se dijo: no hará sino cenar y partirse».
«Concertó con un pintor un gentil-hombre que le pintase en un comedor la cena de Cristo, y por descuido que tuvo en la pintura pintó trece apóstoles, y para disimular su yerro, añadió al treceno insignias de correo. Pidiendo, pues, la paga de su trabajo, y el señor rehusando de dársela por la falta que había hecho en hacer trece apóstoles, respondió el pintor: no reciba pena vuestra merced, que ese que está como correo no hará sino cenar y partirse».
Cap. LXVIII. «Por qué se dijo: sin esto no sabrás guisallas».
«Un caballero dió á un mozo suyo vizcaino unas turmas de carnero para que se las guisase; y á causa de ser muy ignorante, dióle un papel por escripto cómo las habia de guisar. El vizcaino púsolas sobre un poyo, vino un gato y llevóse las turmas; al fin, no pudiendo habellas, teniendo el papel en las manos, dijo: ¡ah gato! poco te aprovecha llevallas, que sin esto no sabrás guisallas».
Con ser tan microscópicos estos que Timoneda llama «apacibles y graciosos cuentos, dichos muy facetos y exemplos acutísimos para saberlos contar en esta buena vida», encontró manera de resumir en algunos de ellos el argumento de novelas enteras de otros autores. Tres del Decamerone (VI, 4; VII, 7; X, 1) han sido reconocidas por miss Bourland en El Sobremesa[86]. Todas están en esqueleto: la facecia del cocinero que pretendía que las grullas no tienen más que una pata pierde su gracia y hasta su sentido en Timoneda. Melchor de Santa Cruz, en su Floresta Española, conserva mejor los rasgos esenciales del cuento, aun abreviándole mucho[87]. El de cornudo y apaleado es por todo extremo inferior á una novela en redondillas que hay sobre el mismo asunto en el Romancero General de 1600[88]. El que salió menos mal parado de los tres cuentos decameronianos es el de la mala estrella del caballero Rugero; pero, así y todo, es imposible acordarse de él después de la lindísima adaptación que hizo Antonio de Torquemada en sus Coloquios Satíricos[89].
El mismo procedimiento aplica Timoneda á otros novellieri italianos, dejándolos materialmente en los huesos. Como en su tiempo no estaban impresas las novelas de Sacchetti, ni lo fueron hasta el siglo XVIII, es claro que no procede de la novela 67 de aquel célebre narrador florentino el gracioso dicho siguiente, que indudablemente está tomado de las Facecias de Poggio[90]:
«Fue convidado un nescio capitan, que venia de Italia, por un señor de Castilla á comer, y despues de comido, alabóle el señor al capitan un pajecillo que traia, muy agudo y gran decidor de presto. Visto por el capitan, y maravillado de la agudeza del pajecillo, dijo: «¿Vé vuestra merced estos rapaces cuán agudos son en la mocedad? Pues sepa que cuando grandes no hay mayores asnos en el mundo». Respondió el pajecillo al capitan: «Mas que agudo debia de ser vuestra merced cuando mochacho»[91].
Tampoco se deriva de la novela 198 de Sacchetti, pero sí de la 43 de Girolamo Morlini «De caeco qui amissos aureos suo astu recuperavit», el cuento 59 de la segunda parte del Alivio de Caminantes:
«Escondió un ciego cierta cantidad de dineros al pie de un árbol en un campo, el cual era de un labrador riquísimo. Un dia yendo á visitallos, hallólos menos. Imaginando que el labrador los hubiese tomado, fuése á él mesmo, y díjole: «Señor, como me paresceis hombre de bien querria que me diésedes un consejo, y es: que yo tengo cierta cantidad de dinero escondida en un lugar bien seguro; agora tengo otra tanta, no sé si la esconda donde tengo los otros ó en otra parte». Respondió el labrador: «En verdad que yo no mudaria lugar, si tan seguro es ese como vos decís». «Así lo pienso de hacer», dijo el ciego; y despedidos, el labrador tornó la cantidad que le habia tomado en el mesmo lugar, por coger los otros. Vueltos, el ciego cogió sus dineros que ya perdidos tenía, muy alegre, diciendo: «Nunca más perro al molino». De aquesta manera quedó escarmentado»[92].
En suma (y para no hacerme pesado en el examen de tan ligeras y fugaces producciones), el Sobremesa y alivio de caminantes, según uso inmemorial de los autores de florestas y misceláneas, está compilado de todas partes. En Bandello (parte 3.ª, nov. 41) salteó el cuento del caballero de los muchos apellidos, que no encuentra posada libre para tanta gente: en las Epístolas familiares, de Fr. Antonio de Guevara, varios ejemplos de filósofos antiguos y las consabidas historietas de Lamia, Laida y Flora, que eran la quintaesencia del gusto mundano para los lindos y galancetes de entonces.
Preceden á los cuentos de Timoneda[93] en las ediciones de Medina del Campo, 1563, y Alcalá, 1576, doce «de otro autor llamado Juan Aragonés, que sancta gloria haya», persona de quien no tenemos más noticia. Es lástima que estos cuentecillos sean tan pocos, porque tienen carácter más nacional que los de Timoneda. Dos de ellos son dichos agudos del célebre poeta Garci Sánchez de Badajoz, natural de Écija; tres se refieren á cierto juglar ó truhán del Rey Católico, llamado Velasquillo, digno predecesor de D. Francesillo de Zúñiga. Pero otros están tomados del fondo común de la novelística, como el cuento del codicioso burlado, que tiene mucha analogía con la novela 195 de Sacchetti[94], con la fábula 3.ª de la Séptima Noche de Straparola, con la balada inglesa Sir Cleges y otros textos que enumera el doctísimo Félix Liebrecht[95], uno de los fundadores de la novelística comparada.
«Solía un villano muy gracioso llevar á un rey muchos presentes de poco valor, y el rey holgábase mucho, por cuanto le decía muchos donaires. Acaesció que una vez que el villano tomó unas truchas, y llevólas (como solía) á presentar al rey, el portero de la sala real, pensando que el rey haría mercedes al villano, por haber parte le dijo: «No te tengo de dejar entrar si no me das la mitad de lo que el rey te mandare dar». El villano le dijo que le placia de muy buena voluntad, y así entró y presentó las truchas al rey. Holgóse con el presente, y más con las gracias que el villano le dijo; y muy contento, le dijo que le demandase mercedes. Entonces el villano dijo que no quería otras mercedes sino que su alteza le mandase dar quinientos azotes. Espantado el rey de lo que le pedía, le dijo que cuál era la causa por que aquello le demandaba. Respondió el villano: «Señor, el portero de vuestra alteza me ha demandado la mitad de las mercedes, y no hallo otra mejor para que á él le quepan doscientos azotes». Cayóle tanto en gracia al rey que luego le hizo mercedes, y al portero mandó castigar»[96].
Dos ó tres de los cuentos del Sobremesa están en catalán, ó si se quiere en dialecto vulgar de Valencia. Acaso hubiera algunos más en otra colección rarísima de Timoneda, El Buen aviso y portacuentos (1564), que Salvá poseyó[97], pero de la cual no hemos logrado hasta ahora más noticias que las contenidas en el Catálogo de su biblioteca: «El libro primero, intitulado Buen Aviso, contiene setenta y un cuentos del mismo género que los del Sobremesa, con la diferencia de que la sentencia ó dicho agudo y gracioso, y á veces una especie de moraleja de la historieta, van puestas en cinco ó seis versos. El libro segundo, ó sea el Porta cuentos, comprende ciento cuatro de éstos, de igual clase, pero no tienen nada metrificado». Algunos han confundido esta colección con el Sobremesa, pero el mismo Timoneda las distinguió perfectamente en la Epístola al benigno lector que va al principio de la edición de 1564 de El Buen Aviso: «En dias pasados imprimí primera y segunda parte del Sobremesa y alivio de caminantes, y como este tratado haya sido muy acepto á muchos amigos y señores mios, me convencieron que imprimiese el libro presente llamado Buen aviso y Porta cuentos, á donde van encerrados y puestos extraños y muy facetos dichos». Parece, sin embargo, que ambas colecciones fueron refundidas en una sola (Recreación y pasatiempo de caminantes), de la cual tuvo el mismo Salvá un ejemplar sin principio ni fin, y por tanto sin señas de impresión. La segunda y tercera parte de este librillo comprendían las anécdotas del Buen Aviso, con numerosas variantes y muchas supresiones[98].
Timoneda, cuyo nombre va unido á todos los géneros de nuestra literatura popular ó popularizada, á los romances, al teatro sagrado y profano, á la poesía lírica en hojas volantes, no se contentó con ensayar el cuento en la forma infantil y ruda del Sobremesa y del Buen Aviso. Á mayores alturas quiso elevarse en su famoso Patrañuelo (¿1566?), formando la primera colección española de novelas escritas á imitación de las de Italia, tomando de ellas el argumento y los principales pormenores, pero volviendo á contarlas en una prosa familiar, sencilla, animada y no desagradable. En lo que no hizo bien fue en darse por autor original de historias que ciertamente no había inventado, diciendo en la Epístola al amantísimo lector: «No te des á entender que lo que en el presente libro se contiene sea todo verdad, que lo más es fingido y compuesto de nuestro poco saber y bajo entendimiento; y por más aviso, el nombre dél te manifiesta clara y distintamente lo que puede ser; porque Patrañuelo se deriva de patraña, y patraña no es otra cosa sino una fingida traza tan lindamente amplificada y compuesta que paresce que trae alguna apariencia de verdad».
Infiérese del mismo prólogo qué todavía el nombre de novelas no había prevalecido en España, á pesar del ejemplo del traductor de Boccaccio y algún otro rarísimo: «Y así, semejantes marañas las intitula mi lengua natural valenciana Rondalles, y la toscana Novelas, que quiere decir: Tú, trabajador, pues no velas, yo te desvelaré con algunos graciosos y asesados cuentos, con tal que los sepas contar como aquí van relatados, para que no pierdan aquel asiento y lustre y gracia con que fueron compuestos»[99].
No pasan de veintidós las patrañas de Timoneda, y á excepción de una sola, que puede ser original[100] y vale muy poco, todas tienen fuente conocida, que descubrió antes que nadie Liebrecht en sus adiciones á la traducción alemana de la History of fiction de Dunlop[101]. Estas fuentes son tan varias, que recorriendo una por una las patrañas puede hacerse en tan corto espacio un curso completo de novelística.
El padre de la historia entre los griegos, padre también de la narración novelesca en prosa, por tantas y tan encantadoras leyendas como recogió en sus libros, pudo suministrar á la patraña diez y seis el relato de la fabulosa infancia de Ciro (Clio, 107-123). Pero es seguro que Timoneda no le tomó de Herodoto, sino de Justino, que trae la misma narración, aunque abreviada y con variantes, en el libro I de su epítome de Trogo Pompeyo, traducido al castellano en 1540 por Jorge de Bustamante. Algún detalle, que no está en Herodoto y sí en aquel compendiador[102], y la falta de muchos otros que se leen en el historiador griego, pero no en Justino, prueban con toda evidencia esta derivación. Por el contrario, Lope de Vega, en su notable comedia Contra valor no hay desdicha, tomó la historia de Herodoto por base principal de su poema, sin excluir alguna circunstancia sacada de Justino[103].
Del gran repertorio del siglo XIV, Gesta Romanorum, cuyo rastro se encuentra en todas las literaturas de Europa, proceden mediata ó inmediatamente las patrañas 5.ª y 11.ª, que corresponden á los capítulos 81 y 153 del Gesta. Trátase en el primero cierta repugnante y fabulosa historia del nacimiento é infancia del Papa San Gregorio Magno, á quien se suponía hijo incestuoso de dos hermanos[104], arrojado al mar, donde le encontró un pescador, y criado y adoctrinado por un abad. Esta bárbara leyenda, que, como otras muchas de su clase, tenía el sano propósito de mostrar patente la misericordia divina, aun con los más desaforados pecadores (puesto que Gregorio viene á ser providencial instrumento de la salvación de su madre), parece ser de origen alemán: á lo menos un poeta de aquella nación, Hartmann von der Aue, que vivía en el siglo XIII, fue el primero que la consignó por escrito en un poema de 3.752 versos, que sirvió de base á un libro de cordel muy difundido en los países teutónicos, San Gregorio sobre la piedra. Los antiguos poemas ingleses Sir Degore y Sir Eglamour of Artois tienen análogo argumento y en ellos fundó Horacio Walpole su tragedia The mysterious mother. En francés existe una antigua vida de San Gregorio en verso, publicada por Lazarche (Tours, 1857), que repite la misma fábula[105]; y no debía de ser ignorada en España, puesto que encontramos una reminiscencia de ella al principio de la leyenda del abad Juan de Montemayor, que ha llegado hasta nuestros días en la forma de libro de cordel[106]. Para suavizar el cuento de San Gregorio, que ya comenzaba á ser intolerable en el siglo XVI, borró Timoneda en el protagonista la aureola de santidad y la dignidad de Papa, dejándole reducido á un Gregorio cualquiera.
La Patraña oncena, que es la más larga de todas y quizá la mejor escrita, contiene la novela de Apolonio de Tiro en redacción análoga á la del Gesta, pero acaso independiente de este libro[107]. Son tantos y tan varios los que contienen aquella famosa historia bizantina de aventuras y naufragios, cuyo original griego se ha perdido, pero del cual resta una traducción latina muy difundida en los tiempos medios, que no es fácil atinar con la fuente directa de Timoneda. La suponemos italiana, puesto que de Italia proceden casi todos sus cuentos. De fijo no tenía la menor noticia del Libre d'Apollonio, una de las más antiguas muestras de nuestra poesía narrativa en el género erudito del mester de clerecía. Las semejanzas que pueden encontrarse nacen de la comunidad del argumento, y no de la lectura del vetusto poema, que yacía tan olvidado como todos los de su clase en un solitario códice, no desenterrado hasta el siglo XIX[108]. No puede negarse que el primitivo y rudo poeta castellano entendió mejor que Timoneda el verdadero carácter de aquel libro de caballerías del mundo clásico decadente, en que no es el esfuerzo bélico, sino el ingenio, la prudencia y la retórica las cualidades que principalmente dominan en sus héroes, menos emprendedores y hazañosos que pacientes, discretos y sufridos. En la escena capital del reconocimiento de Apolonio y su hija llega á una poesía de sentimiento que no alcanza jamás el compilador del Patrañuelo; y el tipo de la hija de Apolonio, transformada en la juglaresa Tarsiana, tiene más vida y más colorido español que la Politania de Timoneda. Prescindiendo de esta comparación (que no toda resultaría en ventaja del poeta más antiguo), la novela del librero valenciano es muy agradable, con mejor plan y traza que las otras suyas, con un grado de elaboración artística superior. Para amenizarla intercala varias poesías, un soneto y una octava al modo italiano, una canción octosilábica y un romance, en que la truhanilla, para darse á conocer á su padre Apolonio, hace el resumen de su triste historia: