COLLOQUIO PASTORIL
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En que un pastor llamado Torcuato cuenta á otros dos pastores llamados Filonio y Grisaldo los amores que tuvo con una pastora llamada Belisia. Va compuesto en estilo apacible y gracioso y contiene en sí avisos provechosos para que las gentes huyan de dexarse vencer del Amor, tomando enxemplo en el fin que tuvieron estos amores y el pago que dan á los que ciegamente los siguen, como se podrá ver en el proceso deste colloquio.
Á LOS LECTORES DICE LAS CAUSAS QUE LE MOVIERON Á PONER ESTE COLLOQUIO CON LOS PASSADOS.
Bien cierto estoy que no faltarán diferentes juicios para juzgar esta obra, como los hay para todas las otras que se escriben, y que aunque haya algunos á quien les parezca bien, habrá otros que tendrán otro parecer diferente y murmurarán diciendo que no fué bien acertado mezclar con los colloquios de veras uno de burlas, como es el que se sigue, y que yo debiera excusarlo assí, y quiero decir los motivos que para ello tuve y me parecieron bastantes, en los cuales pude acertar y también he podido engañarme, que creo que habrá assimesmo en esto diversos pareceres como en lo pasado. Lo primero que me movió, fué que, dirigiendo este libro al Sr. D. Alonso Pimentel, y estando su señoría en edad tan tierna, cuando viniese á leer cosas más pesadas que apacibles, como son las que se tratan en estos colloquios, que por ventura se enfadaría dellas, y convenía hallar en qué mudar el gusto para tomar más sabor en lo que se leyese, y así quise poner por fruta de postre la que también podrá servir en el medio cuando entre manjar y manjar quisiere gustar della; y demás desto, no dexa de tener en sí este colloquio muy buenos enxemplos y dotrina, pues se podrá entender por él el fin que se sigue de los amores que se siguen con vanidad, y cuán poca firmeza se suele hallar en ellos. También en la segunda y tercera parte se hallarán algunas cosas que, considerándolas, se sacará dellas muy gran provecho, pues tienen más sentido en sí del que en la letra parece; y sin estas causas que he dado, parecióme que podría yo hacer lo que otros autores muy graves hicieron sin ser reprehendidos por ello, y que tenía escudo y amparo en su enxemplo contra las lenguas de los que de mí por esta causa murmurar quisiessen.
El primero es el poeta Virgilio, que con los libros de La Eneida, siendo obra tan calificada, no le pareció mal poner las Bucólicas, que tratan cosas de amores, y los Parvos, que son todos de burlas y juegos. El poeta Ovidio también mezcló con sus obras el de Arte amandi y el de Remedio amoris. Eneas Silvio, que después se llamó el papa Pío, escribió cosas muy encarecidas y con ellas los Amores de Eurialo Franco y Lucrecia Senesa. Luciano, autor griego, con los colloquios de veras mezcló algunos de burlas y donaires, y también puso con ellos los libros en que escribe el Mundo nuevo de la luna, fingiendo que hay en ella ciudades y poblaciones de gentes y otras cosas que van pareciendo disparates. Petrarca muchas obras escribió en que se mostró muy gran teólogo y letrado, y no por esto dexó de poner entre ellas la que hizo sobre los amores que tuvo con madona Laura, y así yo pude escribir el colloquio que se sigue con los pasados, teniendo por mi parte tantos autores con quien defenderme de lo que fuere acusado. Y si estas razones y excusas no bastaren, bastará una, y es que á los que les pareciere mal no lo lean y hagan cuenta que aquí se acabaron los colloquios, que para mí basta solamente que á quien van dirigidos se satisfaga de mi intención, la cual ha sido de acertar á servir en esto y en todo lo que más pudiere hacerlo, como soy obligado.
Torquemada.
COLLOQUIO PASTORIL
En que se tratan los amores de un pastor llamado Torcato con una pastora llamada Belisia: el cual da cuenta dellos á otros dos pastores llamados Filonio y Grisaldo, quexándose del agravio que recibió de su amiga. Va partido en tres partes. La primera es del proceso de los amores. La segunda es un sueño. En la tercera se trata la causa que pudo haber para lo que Belisia con Torcato hizo.
INTERLOCUTORES
Grisaldo.—Torcato.—Filonio.
Filonio.—¿Qué te parece, Grisaldo, de las regocijadas y apacibles fiestas que en estos desposorios de Silveida en nuestro lugar hemos tenido, y con cuánto contento de todos se ha regocijado? Que si bien miras en ello, no se han visto en nuestros tiempos bodas que con mayor solemnidad se festejasen, ni en que tantos zagales tan bien adrezados ni tantas zagalas tan hermosas y bien ataviadas y compuestas se hayan en uno juntado.
Grisaldo.—Razón tienes, Filonio, en lo que dices, aunque yo no venga del todo contento, por algunos agravios que en ellas se han recibido, que á mi ver han sido en perjuicio de algunos compañeros nuestros, que con justa causa podrán quedar sentidos de la sinrazón que recibieron. Y porque no eres de tan torpe entendimiento que tu juicio no baste para haber conocido lo que digo, dime, así goces muchos años los amores de Micenia y puedas romper en su servicio el jubón colorado y sayo verde con la caperuza azul y zaragüelles que para los días de fiesta tienes guardados, ¿no fué mal juzgada la lucha entre Palemón y Melibeo dándose la ventaja á quien no la tenía y poniendo la guirnalda á quien no la había merecido; que si tuviste atención no fué pequeña ventaja la que tuvo el que dieron por vencido al que por vencedor señalaron?
Filonio.—Verdaderamente, hermano Grisaldo, bien desengañado estaba yo de que el juicio fué hecho más con afición que no con razón ni justicia; porque puesto caso que Palemón sobrepujase en fuerzas á Melibeo, no por eso se le debía atribuir la victoria, pues nunca le dió caída en que ambos no pareciesen juntamente en el suelo, y demás desto, si bien miraste la destreza de Melibeo en echar los traspiés, el aviso en armar las zancadillas, la buena maña en dar los vaivenes, juzgarás que no había zagal en todas estas aldeas que en esto pudiese sobrepujarlo; y cuando Palemón con sus fuertes brazos en alto lo levantaba, así como dicen que Hércules hizo al poderoso Anteo, al caer estaba Melibeo tan mañoso que, apenas con sus espaldas tocaba la tierra, cuando en un punto tenía á Palemón debaxo de sí, que quien quiera que le viera más dignamente le juzgara por victorioso que por vencido. Pero ¿qué quieres que hiciese el buen pastor Quiral, puesto por juez, que por complacer á su amada Floria le era forzado que, con justicia ó sin ella, diese la sentencia por Palemón su hermano?
Grisaldo.—Si al amor pones de por medio, pocas cosas justas dexarán de tornar injustamente hechas. Y dexando la lucha, no fué menos de ver el juego de la chueca, que tan reñido fué por todas partes, en el cual se mostró bien la desenvoltura y ligereza de los zagales, que en todo un día no pudieron acabar de ganarse el precio que para los vencedores estaba puesto; ni en la corrida del bollo se acabó de determinar cuál de los tres que llegaron á la par lo había tocado más presto que los otros, y en otras dos veces que tomaron á correr, parecía que siempre con igualdad habían llegado.
Filonio.—Bien parece que con faltar Torcato en estos regocijos y fiestas, todos los pastores y mancebos aldeanos pueden tener presunción que cuando él presente se hallaba, ninguno había que con gran parte en fuerzas y maña le igualase; todas las joyas y preseas eran suyas, porque mejor que todos lo merecía y en tirar á mano ó con una honda, en saltar y bailar á todos sobrepujaba, en tañer y cantar con flauta, rabel y cherumbela, otro segundo dios Pan parecía. No había zagala hermosa en toda la comarca que por él no se perdiese; todas deseaban que las amase, y, en fin, de todas las cosas de buen pastor á todos los otros pastores era preferido; mas agora yo no puedo entender qué enfermedad le trae tan fatigado y abatido, tan diferente del que ser solía, que apenas le conozco cuando le veo su gesto, que en color blanca con las mejillas coloradas á la blanca leche cubierta de algunas hojas de olorosos claveles semejaba, agora flaco, amarillo, con ojos sumidos, más figura de la mesma muerte que de hombre que tiene vida me parece; su tañer y cantar todo se ha convertido en lloros y tristezas; sus placeres y regocijos en suspiros y gemidos; su dulce conversación en una soledad tan triste que siempre anda huyendo de aquellos que lo podrían hacer compañía. En verdad te digo, Grisaldo, que las veces que con él me hallo, en verle cual le veo, con gran lástima que le tengo, me pesa de haberle encontrado, viendo el poco remedio que á sus males puedo darle.
Grisaldo.—Mal se puede remediar el mal que no se conoce; pero bien sería procurar de saberlo dél, si como amigo quisiesse manifestarnos lo que siente.
Filonio.—Muchas veces se lo he preguntado, y lo que entiendo es que él no entiende su mal, ó si lo conoce, no ha querido declararse conmigo; pero lo que yo solo no he podido, podría ser que entrambos como amigos podiésemos acabarlo. Y si su dolencia es tal que por alguna manera podiese ser curada, justo será que á cualquiera trabajo nos pongamos para que un zagal de tanta estima y tan amigo y compañero de todos no acabe tan presto sus días, trayendo la vida tan aborrida.
Grisaldo.—¿Pues sabes tú por ventura dónde hallarlo podiésemos? que assí goce yo de mi amada Lidia, no procure con menor cuidado su salud que la mía propia.
Filonio.—No tiene estancia tan cierta que no somos dudosos de encontrarle, porque siempre se aparta por los xarales más espesos y algunas veces en los valles sombríos, y en las cuevas escuras se encierra, donde sus gemidos, sus lamentaciones y querellas no puedan ser oídas; pero lo más cierto será hallarle á la fuente del olivo, que está enmedio de la espesura del bosque de Diana, porque muchas veces arrimado á aquel árbol lo he visto tañer y cantar estando puesto debaxo de la sombra y oteando de allí su ganado, el cual se puede decir que anda sin dueño, según el descuido del que lo apacienta.
Grisaldo.—Pues sigue, Filonio, el camino, que cerca estamos del lugar donde dices. Y para que menos cansancio sintamos, podremos ir cantando una canción que pocos días ha cantaba Lidia á la vuelta que hacia del campo para la aldea trayendo á sestear sus ovejas.
Filonio.—Comienza tú á decirla, que yo te ayudaré lo mejor que supiere.
GRISALDO En el campo nacen flores y en el alma los amores. El alma siente el dolor del zagal enamorado, y en el alma está el amor y el alma siente el cuidado; assí como anda el ganado en este campo de flores, siente el alma los amores.
Filonio.—Calla, Grisaldo, no cantemos: que á Torcato veo adonde te dixe, y tendido en aquella verde yerba, recostado sobre el brazo derecho, la mano puesta en su mexilla, mostrando en el semblante la tristeza de que continuamente anda acompañado, y á lo que parece hablando está entre sí. Por ventura antes que nos vea podremos oir alguna cosa por donde podamos entender la causa de su mal.
Grisaldo.—Muy bien dices; pues no nos ha sentido, acerquémonos más, porque mejor podamos oirle.
Torcato.—¡Oh, claro sol, que con los resplandecientes rayos de la imagen de tu memoria alumbras los ojos de mi entendimiento, para que en ausencia te tenga presente, contemplando la mucha razón que tengo para lo poco que padezco! ¿Por qué permites eclipsar con la crueldad de tu olvido la luz de que mi ánima goza, poniéndola en medio de la escuridad de las tinieblas infernales, pues no tengo por menores ni menos crueles mis penas que las que en el infierno se padecen? ¡Oh, ánima de tantos tormentos rodeada! ¿cómo con ser inmortal los recibes en ti para que el cuerpo con el fuego en que tú te abrasas se acabe de convertir en ceniza? Si el uso de alguna libertad en ti ha quedado, sea para dexar recebir tanta parte de tus fatigas al miserable cuerpo que con ellas pueda acabar la desventurada vida en que se vee. ¡Oh, desventurado Torcato, que tú mesmo no sabes ni entiendes lo que quieres, porque si con la muerte das fin á los trabajos corporales no confiesas que quedarán en tu ánima inmortal perpetuamente! Y si han de quedar en ella, ¿no es mejor que viviendo se los ayude á padecer tu cuerpo en pago de la gloria que con los favores pasados de tu Belisia le fue en algún tiempo comunicada? ¡Oh, cruel Belisia, que ninguna cosa pido, ni desseo, ni quiero, que no sea desatino, sino es solamente quererte con aquel verdadero amor y aficción que tan mal galardonado me ha sido! Ando huyendo de la vida por contentarte y pienso que no te hago servicio con procurar mi muerte, porque mayor contentamiento recibes con hacer de mí sacrificio cada día y cada hora que el que recebirías en verme de una vez sacrificado del todo, porque no te quedaría en quién poder executar tu inhumana crueldad, como agora en el tu sin ventura Torcato lo haces; bien sé que ninguna cosa ha de bastar á moverte tu corazón duro para que él de mí se compadezca; pero no por esso te dexaré de manifestar en mis versos parte de lo que este siervo tuyo, Torcato, en el alma y en el cuerpo padece. Escuchadme, cruel Belisia, que aunque de mí estés ausente, si ante tus ojos me tienes presente, como yo siempre te tengo, no podrás dexar de oir mis dolorosas voces, que enderezadas á ti hendirán con mis sospiros el aire, para que puedan venir á herir en tus oídos sordos mis tristes querellas.
Filonio.—Espantado me tienen las palabras de Torcato, y no puedo ser pequeño el mal que tan sin sentir lo tiene que no nos haya sentido; pero esperemos á ver si con lo que dixere podremos entender más particularmente su dolencia, pues que de lo que ha dicho se conoce ser los amores de alguna zagala llamada Belisia.
Grisaldo.—Lo que yo entiendo es que no he entendido nada, porque van sus razones tan llenas de philosofías que no dexan entenderse; no sé yo cómo Torcato las ha podido aprender andando tras el ganado. Mas escuchemos, porque habiendo templado el rabel, comienza á tañer y cantar con muy dulce armonía.
TORCATO ¡Oh, triste vida de tristezas llena, vida sin esperanza de alegría, vida que no tienes hora buena, vida que morirás con tu porfía, vida que no eres vida, sino pena, tal pena que sin ella moriría quien sin penar algún tiempo se viese, si el bien que está en la pena conociese! Más aceda que el acebo al gusto triste, más amarga que el acíbar desdeñosa, ningún sabor jamás dulce me diste que no tornase en vida trabajosa; aquel bien que en un tiempo me quesiste se ha convertido en pena tan rabiosa, que de mí mismo huyo y de mí he miedo y de mí ando huyendo, aunque no puedo. Sabrosa la memoria que en ausencia te pone ante mis ojos tan presente, que cuando en mí conozco tu presencia, mi alma está en la gloria estando ausente, mas luego mis sentidos dan sentencia contra mi dulce agonía, que consiente tenerte puesta en mi entendimiento con gloria, pues tu gloria es dar tormento. ¡Oh, quién no fuese el que es, porque no siendo no sentiría lo que el alma siente!; mi ánima está triste, y padeciendo; mi voluntad, ques tuya, lo consiente; si alguna vez de mí me estoy doliendo con gran dolor, es tal que se arrepiente; porque el dolor que causa tu memoria no se dexa sentir con tanta gloria. Mis voces lleva el viento, y mis gemidos rompen con mis clamores l'aire tierno, y en el alto cielo son más presto oídos, también en lo profundo del infierno; que tú quieres que se abran tus oídos á oir mi doloroso mal y eterno; si llamo no respondes, y si callo ningún remedio á mis fatigas hallo. También llamo la muerte y no responde, que sorda está á mi llanto doloroso; si la quiero buscar, yo no sé á dónde, y ansí tengo el vivir siempre forzoso; si llamo á la alegría, se me asconde; respóndeme el trabajo sin reposo, y en todo cuanto busco algún contento, dolor, tristeza y llanto es lo que siento.
TORNA Á HABLAR TORCATO
¡Oh, desventurado Torcato! ¿á quién dices tus fatigas? ¿á quién cuentas tus tormentos? ¿á quién publicas tus lástimas y angustias? Mira que estás solo; ninguno te oye en esta soledad; ninguno dará testimonio de tus lágrimas, si no son las ninfas desta clara y cristalina fuente y las hayas y robles altos y las encinas, que no sabrán entender lo que tú entiendes. Das voces al viento, llamas sin que haya quien te responda, si no es sola Eco que, resonando de las concavidades destos montes, de ti se duele, sin poder poner remedio á tu pasión. ¡Ay de mí, que no puedo acabar de morir, porque con la muerte no se acaban mis tormentos; tampoco tengo fuerzas para sustentar la miserable vida, la cual no tiene más del nombre sólo, porque verdaderamente está tan muerta que yo no sé cómo me viva! ¡Ay de mí, que muero y no veo quién pueda valerme!
Grisaldo.—¡Filonio, Filonio; mira que se ha desmayado Torcato! Socorrámosle presto, que, perdiendo la color, su gesto ha quedado con aquel parecer que tienen aquellos que llevan á meter en la sepoltura.
Filonio.—¡Oh, mal afortunado pastor, y qué desventura tan grande! ¿Qué mal puede ser el tuyo que en tal extremo te haya puesto? Trae, Grisaldo, en tus manos del agua de aquella fuente, en tanto que yo sustento su cabeza en mi regazo; ven presto y dale con ella con toda furia en el gesto, para que con la fuerza de la frialdad y del miedo los espiritus vitales que dél van huyendo tornen á revivir y á cobrar las fuerzas que perdidas tenía; tórnale á dar otra vez con ella.
Grisaldo.—¡Ya vuelve, ya vuelve en su acuerdo! Acaba de abrir los ojos, Torcato, y vuelve en ti, que no estás tan solo como piensas.
Torcato.—El cuerpo puede tener compañía; pero el alma, que no está conmigo, no tiene otra sino la de aquella fiera y desapiadada Belisia, que contino della anda huyendo.
Filonio.—Déxate deso, Torcato, agora que ningún provecho traen á tu salud esos pensamientos.
Torcato.—¿Y qué salud puedo yo tener sin ellos, que no fuese mayor emfermedad que la que agora padezco? Pero decidme: ansí Dios os dé aquella alegría que á mí me falta, ¿que ventura os ha traído por aquí á tal tiempo, que no es poco alivio para mí ver que en tan gran necesidad me hayáis socorrido, para poder mejor pasar el trabajo en que me he visto; que bien sé que la muerte, con todas estas amenazas, no tiene tan gran amistad conmigo que quiera tan presto contarme entre los que ya siguen su bandera?
Filonio.—La causa de nuestra venida ha sido la lástima que de ti y de tu dolencia tenemos; y el cuidado nos puso en camino, buscándote donde te hemos hallado, para procurar como amigo que vuelvas al ser primero que tenías, porque según la mudanza que en tus condiciones has hecho, ya no eres aquel Torcato que solías; mudo estás de todo punto, y créeme, como á verdadero amigo que soy tuyo, que los males que no son comunicados no hallan tan presto el remedio necesario, porque el que los padece, con la pasión está ciego para ver ni hallar el camino por donde pueda salir dellos; así que, amigo Torcato, páganos la amistad que tenemos con decirnos la causa de tu dolor más particularmente de lo cual hemos entendido, pues ya no puedes encubrir que no proceda de amores y de pastora que se llame Belisia, á la cual no conocemos, por no haber tal pastora ni zagala en nuestro lugar, ni que de este nombre se llame.
Grisaldo.—No dudes, Torcato, en hacer lo que Filonio te ruega, pues la affición con que te lo pedimos y la voluntad con que, siendo en nuestra mano, lo remediaremos, merecen que no nos niegues ninguna cosa de lo que por ti pasa; que si conviene tenerlo secreto, seguro podrás estar que á ti mesmo lo dices, porque los verdaderos amigos una mesma cosa son para sentir y estimar las cosas de sus amigos, haciéndolas propias suyas, así para saberlas encubrir y callar como para remediarlas si pueden.
Torcato.—Conocido he todo lo que me habéis dicho, y aunque yo estaba determinado de no descubrir mi rabioso dolor á persona del mundo, obligado quedo con vuestras buenas obras y razones á que como amigos entendáis la causa que tengo para la triste vida que padezco. Y no porque piense que ha de aprovecharme, si no fuere para el descanso que recibiré cuando viere que de mis tribulaciones y fatigas os doléis, las cuales moverán á cualquier corazón de piedra dura á que de mí se duela y compadezca. No quiero encomendaros el secreto, pues me lo habéis offrecido, que nunca por mí vaya poco en que todo el mundo lo sepa. Es tanto el amor que tengo á esta pastora Belisia, que no querría que ninguno viniesse á saber el desamor y ingratitud que conmigo ha usado, para ponerme en el extremo que me tiene.
Filonio.—Bien puedes decir, Torcato, todo lo que quisieres, debaxo del seguro que Grisaldo por ambos te ha dado.
Torcato.—Ora, pues, estad atentos, que yo quiero comenzar desde el principio de mis amores y gozar del alivio que reciben los que cuentan sus trabajos á las personas que saben que se han de doler dellos.
COMIENZA TORCATO Á CONTAR EL PROCESO DE SUS AMORES CON LA PASTORA BELISIA
En aquel apacible y sereno tiempo, cuando los campos y prados en medio del frescor de su verdura están adornados con la hermosura de las flores y rosas de diversas colores, que la naturaleza con perfectos y lindos matices produce, brotando los árboles y plantas las hojas y sabrosas frutas, que con gran alegría regocijan los corazones de los que gozarlas después de maduras esperan, estaba yo el año passado con no menor regocijo de ver el fruto que mis ovejas y cabras habían brotado, gozando de ver los mansos corderos mamando la sabrosa leche de las tetas de sus madres y á los ligeros cabritos dando saltos y retozando los unos con los otros; los becerros y terneros apacentándose con la verde y abundante yerba que en todas partes les sobraba, de manera que todo lo que miraba me causaba alegría, con todo lo que veía me regocijaba, todo lo que sentía me daba contento, cantando y tañendo con mi rabel y chirumbela passaba la más sabrosa y alegre vida que contar ni deciros puedo.
Muchas veces, cuando tañer me sentían los zagales y pastores que en los lugares cercanos sus ganados apacentaban, dexándolos con sola la guarda de los mastines, se venían á bailar y danzar con grandes desafíos y apuestas, poniéndome á mí por juez de todo lo que entre ellos passaba; y después que á sus majadas se volvían, gozaba yo solo de quedar tendido sobre la verde yerba, donde vencido del sabroso sueño sin ningún cuidado dormía, y cuando despierto me hallaba, contemplando en la luz y resplandor que la luna de sí daba, en la claridad de los planetas y estrellas, y en la hermosura de los cielos y en otras cosas semejantes passaba el tiempo, y levantándome daba vuelta á la redonda de mi ganado y más cuando los perros ladraban, con temor de los lobos, porque ningún daño les hiciessen.
Y después de esto, pensando entre mí, me reía de los requiebros y de las palabras amorosas que los pastores enamorados á las pastoras decían, gozando yo de aquella libertad con que á todos los escuchaba, y con esta sabrosa y dulce vida, en que con tan gran contentamiento vivía, pasé hasta que la fuerza grande del sol y la sequedad del verano fueron causa que las yerbas de esta tierra llana se marchitassen y pusiesen al ganado en necesidad de subirse á las altas sierras, como en todos los años acostumbraban hacerlo; y ansí, juntos los pastores, llevando un mayoral entre nosotros, que en la sierra nos gobernase, nos fuimos á ella. Y como de muchas partes otros pastores y pastoras también allí sus ganados apacentassen, mi ventura, ó por mejor decir desventura, traxo entre las otras á esa inhumana y cruel pastora, llamada Belisia, cuyas gracias y hermosura así aplacieron á mis ojos, que con atención la miraban, que teniéndolos puestos en ella tan firmes y tan constantes en su obstinado mirar, como si cerrar, ni abrir, ni mudar no los pudiera, dieron lugar con su descuidado embovescimiento que por ellos entrase tan delicada y sabrosamente la dulce ponzoña de Amor, que cuando comencé á sentirla ya mi corazón estaba tan lleno della que, buscando mi libertad, la vi tan lexos de mí ir huyendo, con tan presurosa ligera velocidad, que por mucha diligencia que puse en alcanzarla, sintiendo el daño que esperaba por mi descuido, jamás pude hacerlo, antes quedé del todo sin esperanza de cobrarla, porque volviendo á mirar á quien tan sin sentido robádomela había, vi que sus hermosos ojos, mirándome, contra mí se mostraban algo airados, y parecióme casi conocer en ellos, por las señales que mi mismo deseo interpretaba, decirme: ¿De qué te dueles, Torcato? ¿Por ventura has empleado tan mal tus pensamientos que no estén mejor que merecen? Yo con grande humildad, entre mí respondiendo, le dije: Perdonadme, dulce ánima mía, que yo conozco ser verdad lo que dices, y en pago de ello protesto servirte todos los días que viviere con aquel verdadero amor y affición que á tan gentil y graciosa zagala se debe.
Y ansí, dándole á entender, con mirarla todas las veces que podίa, lo que era vedado á mi lengua, por no poder manifestar en presencia de los que entre nosotros estaban el fuego que en mis entrañas comenzaba á engendrarse, para convertirlas poco á poco en ceniza, encontrándonos con la vista (porque ella, casi conociendo lo que yo sentίa, también me miraba), le daba á conocer que, dexando de ser mía, más verdaderamente estaba cautivo de su beldad y bien parecer. Y mudando el semblante, que siempre solίa estar acompañado de alegrίa, en una dulce tristeza, también comencé á trocar mi condición, de manera que todos conocían la novedad que en mí había.
Y todo mi deseo y cuidado no era otro sino poder hablar á la mi Belisia, y que mi lengua le pudiese manifestar lo que sentía el corazón, para dar con esto algún alivio á mi tormento; y porque mejor se pudiese encubrir mi pensamiento, determiné en lo público mostrar otros amores, con los cuales fengidos encubriese los verdaderos, para que de ninguno fuesen sentidos, y así me mostré aficionado y con voluntad de servir á una pastora llamada Aurelia, que muchas veces andaba en compañía de la mi Belisia, y conversaba con mucha familiaridad y grande amistad con ella. Y andando buscando tiempo y oportunidad para que mi deseo se cumpliese, hallaba tantos embarazos de por medio, que no era pequeña la fatiga que mi ánima con ellos sentía. Y habiéndose juntado un día de fiesta algunos pastores y pastoras en la majada de sus padres de la mi Belisia, después de haber algún rato bailado al son que yo con mi chirumbela les hacía, me rogaron que cantase algunos versos de los que solía decir otras veces, y sin esperar á que más me lo dixesen, puestos los ojos con la mejor disimulación que pude á donde la afición los guiaba, dando primero un pequeño sospiro, al cual la vergüenza de los que presentes estaban detuvo en mi pecho, para que del todo salir no pudiese, comencé á decir:
Extremos que con fuerza así extremada dais pena á mis sentidos tan sin tiento, teniendo al alma triste, fatigada, Causáisme de continuo un tal tormento que mi alma lo quiere y lo asegura, porque viene mezclado con contento. Si acaso vez alguna se figura á mi pena cruel que se fenece, ella misma el penar siempre procura. Cuando el cuidado triste en mí más crece, mayor contento siento y mayor gloria, porque el mismo cuidado la merece. De mal y bien tan llena mi memoria está, que la razón no determina cuál dellos lleva el triunfo de vitoria. Con este extremo tal que desatina, mi esperanza y mi vida van buscando el medio[1274] que tras él siempre camina. Y si grandes peligros van pasando, ninguno les empece ni fatiga; de todos ellos salen escapando. El agua no les daña, porque amiga á mis lágrimas tristes se ha mostrado, pues que ellas dan camino en que las siga. El fuego no las quema, que abrasado de otro fuego mayor siempre me siente, y assí passan por él muy sin cuidado. También mi sospirar nunca consiente que el viento les fatigue ni dé pena, si aquel de mis sospiros no está ausente. Amor con mi ventura así lo ordena, para mostrar en mí su gran potencia, porque á perpetua pena me condena. Dada está contra mí cruel sentencia, que no pueda morir, ni yo matarme ni sanar pueda desta gran dolencia. Sólo Amor puede con fuerza acabarme si me falta el consuelo y esperanza de aquella que el consuelo pueda darme.
Con mucha atención estuvieron escuchándome todos los que allí estaban, y principalmente aquella hermosa Belisia, conociendo que salían mis palabras forzadas de la pasión que mi ánima por ella sentía, y tornando al regocijo primero de los bailes y danzas, oímos muy grandes voces de pastores y ladridos de mastines y perros, que seguían un lobo que de entre el ganado un cordero llevaba, al cual todos los de la compañía, deseosos de aquella provechosa caza, comenzaron á seguir con gran grita y alaridos, acossando los perros para que con mayor voluntad al lobo siguiesen, y como todos con grande atención lo fuesen mirando y siguiendo, sólo yo miraba en lo que más me convenía, que era en la mi querida Belisia, la cual, no sé si por no poder más correr, ó con la lástima que de mí tenía, por darme lugar á que con manifestársela recibiese algún descanso, se quedó harto zaguera; y yo, deteniéndome de la mesma manera, hasta que ambos emparejamos juntos, con la color mudada y la voz temblando, que casi formar las palabras no podía, así le comencé á decir:
DESCUBRE TORCATO SUS AMORES Á BELISIA
«Aquel amor, cuyas fuerzas poderosas á ninguno perdonan, Belisia mía, en mí las ha executado con tan gran fuerza, que forzosamente me ha rendido y hecho poner las armas de mi libertad en tus manos, haciéndome cautivo de tu angélica belleza, porque como del resplandeciente sol la luna y estrellas resciben la claridad que en ellas se muestra, no teniendo de sí mesmas otra ninguna con que manifestársenos puedan, así mis sentidos, que la vida tienen prestada por el tiempo que tú dársela quisieres, recibiéndola de ti, te pagan el tributo del conocimiento que desto te deben, poniéndose en tu presencia con aquella humildad que más piensan aprovecharles, para que de mi atribulado corazón te duelas. ¡Ay de mí, Belisia, que si como siento el trabajo de mi rabioso dolor sentiese no ser de ti conocido, imposible sería sustentar la vida con el bravo y contino tormento que padece! Bien sé que, aunque no te he hasta agora manifestado la crueldad de mi pena, ni la causa de mi tristeza, ni el extremo en que tu hermosura me ha puesto, en mis ojos lo habrás conocido, los cuales, habiendo querido mostrarse amigos de mi lengua, y viéndola hasta agora que estando muda ha callado, como no pueden formar las palabras que la lengua diría, con lágrimas dan señal de la fatiga que el corazón siente; lo que te suplico es que de mi terrible mal hayas lástima, ayudándome con algún remedio que pueda aliviarlo, pues que, faltándome tu favor, del todo sería imposible sustentar la vida, y si esto hacer no quisieres, á lo menos que muestres que recibirás contento con mi muerte; porque no está en más de que tú lo quieras para que yo no pueda vivir más sola una hora en el mundo».
Acabando de decir esto, mis ojos regaban la tierra con tanta abundancia de lágrimas, que yo mesmo me maravillaba, pareciéndome que del todo me había de convertir en ellas, y mis sospiros parecía que rompían mis entrañas con la fuerza que salían para alentar el corazón, que en el golfo de mi pasión se ahogaba, y temblando con el temor que de la respuesta de Belisia esperaba, la vi que, mirando con el gesto algo alegre y risueño, me decía:
«Bien pensé, Torcato, que no llegara á tanto tu atrevimiento que assí tan claramente osases manifestarme lo que sientes, pues que no has conocido de mí ser amiga de oir ni entender cosa que á mi honra y fama en alguna manera dañar pueda; y no tengas en poco haberte escuchado lo que muchos días ha que de ti he conoscido, aunque más quisiera no conocerlo; porque ni tú te vieras en el trabajo que publicas, ni yo lo tuviera en pensar que por mi causa lo padeces; y digo que lo pienso, porque no sé cómo te crea habiendo publicado tus amores con Aurelia, de la cual entiendo que como á su vida te quiere y ama; si lo que dices es para engañarme, confiando en la simplicidad de pastora que en mí sientes, engañado vives, que con dificultad podrás hacerlo, y si no el tiempo descubrirá tu secreto y á mí me dirá lo que hacer debo; por agora te baste que, si me amas como lo muestras, te lo agradezco, y fuera deste agradecimiento en la voluntad, no me pidas otra cosa que no pueda, sin perjuicio mío y de mi honestidad, en ningún tiempo hacerla».
Tal quedé con la respuesta de la mi Belisia como los que en la profundidad de la mar con gran tormenta navegan, inciertos del fin que han de haber en su jornada peligrosa, porque lo que por una parte en sus razones me concedía, que era licencia para quererla, por otra me la negaba para que más la serviesse; y lo que más pena me dió era los celos que de Anrelia me pedía, siendo yo tan verdadero testigo de su engaño; y para desengañarla del mal pensamiento que tenía, le dixe: «Harto bien es para mí, señora mía, que conozcas que la afición que te muestro y el verdadero amor que tengo no es fingido; y así quiero que también me creas que ningún engaño en él está encubierto, sino es el que recibe Aurelia si piensa que yo la quiero, habiendo subjetado mi voluntad á la suya de manera que no quede por esta parte libre del todo para amarte y quererte como te quiero».
«Pues ¿por qué tienes tan engañosas muestras para con ella, me dixo Belisia, que yo la he lástima si es así?».
«Si tú me dices del engaño que recibe, mayor la habrías de tener de mí, le respondí yo, por la causa que tengo para engañarla, que no es otra sino que mi pensamiento no sea entendido, por no poner en peligro el aparejo que pienso hallar algunas veces para hablarte y servirte conforme á mi deseo; que bien sabes, mi Belisia, la sospechosa condición de tu madre, y que si esto no tuviese creído, que con mayor cuidado te guardaría de mí que agora lo hace, de manera que pocas veces ó ninguna pudieses oir en presencia lo que en ausencia por ti mi ánima siente».
«El tiempo dirá lo que en todo se ha de hacer, me dixo Belisia; bástete por agora el favor que de mí has recebido en haberte escuchado, lo que jamás pensé hacer con ninguno; y porque la gente maliciosa no pueda pensar alguna cosa de lo que hablamos, apártate de mí, porque ya vuelven cerca los que solos nos dexaron, y lo mejor será que no te vean».
Yo, viendo la razón que tenía, con un suspiro que mis entrañas llevaba envueltas en medio de sí, le dixe: «Adiós, ánima mía y descanso mío, hasta que yo pueda volver á buscarme á donde agora yo quedo más enteramente que no voy conmigo». «Dios te guíe, respondió Belisia, assí como yo lo deseo.»
Diciendo esto, cada uno de nosotros se fué por su parte, viendo venir á todos los pastores y pastoras que al lobo habían seguido, con tan grande estruendo y alaridos y voces que todos los valles cercanos resonaban con ellas; era la grita y vocería de regocijo por haber muerto el lobo, el cual traían con sus manos arrastrando, y era tan grande que pocos mayores se habían visto en aquella montaña. Y como yo con el mesmo regocijo me llegase á verlo, Aurelia, que con Belisia me había visto hablando, tomando alguna sospecha de lo que podía ser, casi pediéndome celos, me dixo: «Alegre te veo, Torcato, y con mayor contento que estos días passados te vía; mucho ha podido la buena conversación de Belisia, pues tan presto te ha mudado de lo que ser solías».
Yo entendiendo sus palabras y el fin con que las decía, le respondí: «Engañada estás, Aurelia, si de mí ni de Belisia piensas ninguna cosa que en tu perjuicio sea; presto te muestras desconfiada, sabiendo que por ambas partes puedes estar muy segura, pesarmería si pensase que lo sientes así como lo dices». Ella, reyéndose, me dixo: «Estoy burlando contigo, que aunque de ti pudiese pensar mal, no lo pensaría de Belisia, porque está mejor acreditada conmigo».
Y con esto, tornando al regocijo que con el lobo se tenía, llegamos á las majadas, y en un prado que en medio dellas se hacía se comenzó la fiesta de bailes y danzas, que no con poco placer y alegría tuvo hasta la noche, la cual yo pasé más contento que las pasadas, por haber podido manifestar á la mi Belisia la presunción de mis pensamientos, que no me parecía haber hecho poco, según lo mucho que lo deseaba. Y con esto se pasaron algunos días, que el tiempo no dió lugar á que más pudiese á solas hablarla; lo que procuraba con gran diligencia era que por señales conociese lo que mi ánima sentía, y aunque éstas eran tan disimuladas que parecía imposible que ninguna persona entenderlas podiese, había quedado Aurelia con tanta sospecha de lo pasado, que jamás de nosotros los ojos quitaba, y entendiendo algunas veces lo que hacía y diciéndome algunas palabras maliciosas sobre ello, yo lo mejor que podía disimulaba con ello, haciéndola estar dudosa, porque lo que por una parte sospechaba, por otra no lo creía; mas con todo esto vivía tan recatada y celosa, que una sola hora jamás de la compañía de Belisia se apartaba, y así, era el mayor estorbo y embarazo que yo hallaba para mi deseo. Muchas veces estando ambas solas y yo solo con ellas, pasábamos graciosas burlas y donaires envueltos en algunas malicias; pero no por eso dexaba de pasar mi disimulación adelante, por lo mucho que á mi y á Belisia nos importaba. Desta manera andaba esperando tiempo y oportunidad para tornar á hablarla, porque la afición y pasión que en mí sentia crecer cada hora, tan ásperamente me atormentaban, que en ninguna cosa hallaba descanso ni sosiego.
Y andando con esta cuidadosa congoxa, vino un día de fiesta para todos los pastores y zagalas, no poco regocijado, porque queriendo cumplir un voto ó promesa que de correr toros tenían, comenzaron á cercar un corro con muchas talanqueras y palenques á la redonda, con que de la braveza y ferocidad de los toros pudiesen defenderse, y en ellas todas las mujeres y hombres para ver se pusieron, si no eran aquellos que su ligereza y velocidad en el correr mostrar querían, de los cuales los más eran zagales y pastores enamorados, que con garrochas y invenciones puestas en ellas, paseándose por el corro con muchos ademanes y meneos mostraban su gentileza, y en saliendo los toros las emplearon en ellos cada uno lo mejor que supo y pudo hacerlo. Y ansí se comenzó la grita y estruendo de los silbos, las voces, el correr para una parte y para otra, el huir, el asconderse, el saltar y trepar, por excusar el peligro con que se podían ver con una bestia fiera.
Todos los que miraban estaban muy atentos y embebecidos con esto; sólo yo aquí en el amoroso fuego abrasaba, sin tener atención á ninguna cosa destas, como si presente no me hallara; tenía los ojos puestos donde mi corazón los guiaba, de manera que de mirar á Belisia no podía apartarlos, á la cual no hallé tan descuidada que, doliéndose de mí, algunas veces no me mirase, y movida con alguna piedad y lástima que de mí tuvo, hallando cierta ocasión para poderlo hacer sin sospecha, se vino á donde yo estaba y se puso á mi lado, sin que ninguna persona estuviese entre nosotros, y con una graciosa risa me habló diciendo:
«Bien fuera, Torcato, que como los otros zagales salieras al corro para mostrar con ellos el valor de tu persona, y que no estuvieses tú mirando el peligro á que se ponen por servir en ello á sus enamoradas y amigas tan á tu salvo, que á lo menos estarás bien seguro de no venir á caer en los cuernos de los toros».
«¡Ay, dulce ánima mía, le respondí yo, cuánto mayor es el peligro en que cada hora me veo de no caer en tu desgracia, que para mí es harto más temerosa que no la braveza y ferocidad de los toros; y quien tan peligrosa contienda tiene consigo, no es justo meterse en otra, donde tan poco provecho puede sacarse, cuanto más que juzgando el dolor de las heridas de las garrochas por las que yo en el alma siento, tiradas con la hermosa vista de tus ojos con tan poderosa fuerza que las puntas de los clavos tienen llagado el corazón y puesto en el estrecho de la muerte, mal podía tirárselas ni hacer mal ni daño á quien ninguno me hace, antes tan gran bien cuanto pueda encarecerlo, pues son causa de que yo dé algún alivio y descanso á mi tormento, con que tu entiendas que un punto jamás sin él me hallo. Y créeme, mi Belisia, que ya mis fuerzas no bastan para sufrir la pena rabiosa que me está consumiendo la vida; de manera que muy presto dará señales de tu crueldad y de mi muerte, si no es socorrida con aquella paga que mi verdadero amor te merece».
«No tienes razón, Torcato, me respondió, de aquexarte tanto ni de agraviarte de mí, pues hago más de lo que puedo y debo para darte contento, el cual yo te deseo; assí los hados prósperamente me den la ventura que yo querría, que si no desease complacerte no hobiera venido á hablarte, dexando la compañía de las zagalas con quien estaba; y porque no puedan agraviarse de lo que he hecho, á Dios te queda, que yo me vuelvo para ellas».
Con esto se fué la luz de mis ojos, dexándome tal que pocas señas podría dar de los toros que se corrieron; y cuanto mayor contentamiento me quedó con oir sus amorosas razones, tanto crecia en mí más el deseo cada hora de tornarla á hablar si pudiese; y asi anduve algunos días, que el poco aparejo que el tiempo me daba y el estorbo que la presencia de Aurelia me hacia me quitaron que no gozasse de persuadir á Belisia que de mis mortales cuitas se doliese, habiendo lástima de quien las padecía; lo que hacía era dar quexas al viento, echar mis sospiros en el aire, derramar lágrimas sin que ninguno las viese; pintaba con mi cañibete en los árboles que hallaba el nombre de la mi Belisia, y en la cabeza de un cayado que tengo tan buena maña me dí, que contrahice su gesto, casi tan natural como yo en el alma lo tengo pintado. Con esto me consolaba, no queriendo que á nadie fuesse descubierta la causa de mi pena, y algunas veces con mi rabel tañia y cantaba, componiendo versos, entre los cuales hice un día unos que, por parecerme al propósito de lo que os he contado, los quiero decir, para que los oyáis.
Filonio.—Antes, Torcato, si te place, en pago de la atención con que te escuchamos, y de la lástima que de ti tenemos, te ruego que cantados nos los digas, que después podrás acabar de contarnos lo que has comenzado, que no es tan poco el gusto que con ello recibo, que aunque tú quisieses dexarlo yo lo consintiría.
Torcato.—Pues assí lo queréis, soy contento de complaceros, que el rabel tengo templado y luego quiero comenzarlos:
Los árboles y plantas con sus flores se muestran apacibles y olorosos; los campos, matizados con colores que pintan su belleza, están hermosos; los animales brutos con amores andan regocijados y gozosos; yo solo estoy penando y pensativo con ver que Amor se muestra tan esquivo. Los montes y los bosques, que el invierno con las nieves y fríos tiene helados, producen muchas hojas y gobierno á las aves y bestias y ganados; por todas partes sale el gromo tierno, de que se vieron antes despojados, y en mi engendró el Amor nuevo cuidado con ver que del olvido estaba helado. Los páxaros con cantos y armonía regocijan el tiempo del verano, publican con sus voces la alegría que tiene cada uno muy ufano; á mí me tiene tal mi fantasía, que no hallo consejo que sea sano, mi canto son aullidos, temerosos sospiros y gemidos dolorosos. Cuando quiero alegrarme, sin contento, de verme con sabores y esperanzas, combate á mi alegría un gran tormento, diciendo que no tenga confianza, que todos los favores lleva el viento cuando el bien que se espera no se alcanza, y es causa de mayor mal y fatiga sentir que la esperanza es mi enemiga. La esperanza me alegra cuando espero la gloria que mi pena ha merecido; mas luego me fatigo y peno y muero en ver que en balde espero, y afligido con mi dolor rabioso desespero, viendo que la esperanza se ha huido, volviendo alguna vez para engañarme, pues no tiene otro fin sino matarme.
Grisaldo.—Encarescido has tu pena, Torcato, de manera que gran sinrazón te hiciera Belisia en no tener lástima della; y porque estoy con agonía de saber el fin que tus amores tan penados tuvieron, te ruego que prosigas el cuento dellos, que con los muchos pastos que el ganado tiene adonde agora anda, seguros estaremos de que no se irá á meter en los panes ni en los cotos, para que pueda ser prendado por nuestro descuido.
Torcato.—Pues que así lo quieres, escuchadme, para que sepáis en qué pararon y conozcáis la razón que me sobra para el sentimiento que tengo, que con justa causa juzgaréis ser menos del que debería tener de la paga tan cruel con que el Amor y mi Belisia me han pagado. Después que muchos días anduve con la fatiga que me causaba no poder tornar á hablar en mi trabajosa cuita, con la causa della suplicándole por el remedio para poder mejor pasarla, vine á ponerme con el pensamiento y cuidado en tal estrecho de la vida, que ni podía comer tanto que sustentarme pudiese ni cerrar mis ojos de manera que se pudiese decir que dormía; así que la falta del mantenimiento y del sueño pusieron á mi afligida vida en tal estrecho, que contino me parecía ver ante mis ojos la muerte.
Y aunque todos vían claramente mi mal, ninguno lo acababa de entender, si no era la mi Belisia, la cual, doliéndose del, á lo que estonces pareció, con una zagala que consigo tenía y de quien se fiaba, me envió á decir lo mucho que de mi mal le pesaba, y que si yo su contentamiento deseaba y quería, que ella me rogaba que no me afligiese tanto y que me contentase con saber que me quería y tenía tanto amor, que verme á mí tan penado le daba á ella tan gran pena, que si yo bien lo supiese holgaría de hacerle placer en esto que me rogaba. Tan gran fuerza tuvieron para conmigo estas amorosas razones, que no menos que de muerte á vida me resucitaron. Y después de haber dado las gracias lo mejor que supe á la pastora que la embaxada me traía, le rogué que por respuesta della me llevase una carta á Belisia, porque no podría tener memoria para decirle todo lo que yo le respondiese. Y respondiéndome que por amor de mí lo haría, la escribí luego y se la di para que la llevasse; y ansí se volvió con ella, dexándome á mí más contento de lo que me había hallado; y porque quiero que veáis el traslado, el cual tengo en este mi zurrón, lo sacaré y leeré, que dice desta manera:
CARTA DE TORCATO Á BELISIA
«No quiero negar, Belisia mía, que no es mayor la merced y favor que de ti recibo que las mis rabiosas cuitas y crueles tormentos merecer agora ni en ningún tiempo te pueden; no porque de tu parte ni de la mía haya habido falta ninguna, sino porque no pueden igualar, por mayores y más crecidos que sean, al mucho merecimiento tuyo; y todo esto no basta para que en lugar de menguarse no crezcan más cada hora, porque conociendo, por la gloria que con tu consuelo he recibido, la diferencia que hay de la que me has dado á la que darme podrías si como á siervo tuvo me fuese permitido que del todo gozarla pudiese, no siento el gusto de la una contemplando en la otra, con que tan bienaventurado y dichoso sobre todo los del mundo me harías. Conozco ser el más bien afortunado pastor que entre los pastores ha nacido, por tener señales tan manifiestas de estar mi verdadero amor y deseo admitidos en tu gracia; pero también quiero que conozcas que soy el más penado y afligido que entre todos ellos podría hallarse, hasta que gozarla pueda con aquella libertad que desea esta ánima mía, más tuya que mía. Y en tanto que la compasión y lástima que de mí muestras en las palabras no me la certificaras con las obras, en lugar de disminuir mi mal, lo acrecentaras cada hora, porque los consuelos fingidos al corazón afligido son causa de doblar el sentimiento de su pena; créeme, dulce ánima mía, que es tan hondo el piélago de persecuciones en que mi cuidado me trae navegando, que si tú no me socorres con darme la mano de tus verdaderos favores, yo corro peligro de quedar anegado para siempre, porque ya voy perdiendo las fuerzas, y el esfuerzo me falta, el aliento se me acaba, y estoy puesto en el último extremo de la vida, la cual no me pesa que se acabe, sino por no poderte servir con ella, teniendo muchas vidas, para que cada día pudieses hacer sacrificio de una dellas, hasta acabarlas, en pago de la importunidad que con manifestarte mis rabiosas ansias y fatigas tantas veces de mí recibes. Y porque agora no la recibas mayor con oir mis lástimas, acabo con suplicarte que de mí quieras dolerte, poniéndome con tu favor en la mayor gloria que entre todas las del mundo darse puede».
Después de inviada esta carta, Belisia por señas me dió á entender haberla recibido. De que no poco contento estuve algunos días, pareciéndome que siempre se ofrecían cosas que me ponían mayor esperanza, y así con ella andaba entreteniendo y disimulando el dolor que continuamente mi ánimo atormentaba, y no pasó mucho tiempo que Belisia no me envió una breve respuesta de la que le había escrito, que es ésta que aquí trayo y dice desta manera:
CARTA DE BELISIA Á TORCATO
«Ninguna razón, Torcato, tienes de agraviarte de mí, pues que hasta agora ninguna causa hay con que justamente puedas hacerlo. Si me amas, yo te amo; y si me quieres, yo te quiero; si me deseas hacerme placer, yo deseo darte todo el contentamiento que pudiese; y pues que en esto puedes estar satisfecho de mi voluntad, debrías contentarte con ella y no pedirme las obras que sin perjuicio de mi honestidad no pueden hacerse. Lo que con grande affición te ruego es que me ames con el verdadero amor que yo te tengo, y no con amores ilícitos y dañosos, porque mi voluntad nunca se ha podido inclinar á consentirlos; y si con los favores que yo te pudiere dar desta manera te contentare, jamás por mí te serán negados; y los que fuera dellos me pidieres, no pienso darlos en tanto que mi propósito no se mudare, el cual, poniendo á la razón de por medio, no dexará de estar firme en esto que te digo. Aunque no puedo negarte que nunca supe qué cosa era verdadero amor, si no es el que de mí para contigo he conocido; y así querría conocer el tuyo, dando alivio á la pena que en ti sientes, la cual me da á mi poca fatiga, ni me tiene puesta en poco cuidado de verte sin ella, conociendo que á mi causa la recibes.»
Ningún alivio me dieron las razones desta carta, más del que recibí con el favor que Belisia me daba en escribirme, ni tampoco perdí del todo la esperanza por lo que en ella me decía, conociendo la condición de las mujeres y que, haciendo guerra contra el Amor, se ha de combatir procurando ir ganando las entradas y salidas de su fortaleza poco á poco. Y como no pudiese hallar lugar para hablar con ella, si no era en público y delante de mucha gente, le torné á escrebir otras cartas, á las cuales siempre me respondió con unas razones tan dudosas, que ni podía tomar de ellas verdadera esperanza ni tampoco perderla del todo. Así andaba confuso, cargado de pensamientos y cuidados, y el mayor que tenía era procurar que mis ojos pudiessen contemplar en presencia de Belisia la causa de su mal, y esto buscaba todas las ocasiones y achaques que podía; el mayor trabajo, ó uno de los mayores, era la disimulación fingida que traía con Aurelia, en la cual conocía siempre algún recelo sospechoso de lo que verdaderamente pasaba, sin poder averiguar la verdad, porque andaba recatado para que ninguna persona del mundo entenderme pudiese. Desta manera se pasaron algunos días, hasta que la ventura quiso que la mi Belisia de una muy grave enfermedad se hallase fatigada; que como á mi noticia viniese, ninguna adversidad en el mundo pudiera venirme que en tan gran confusión y fatiga me pusiera; y así mayor esfuerzo que el mío era necesario para poder passarla, y desmayando el corazón y las fuerzas, quedé con esta triste nueva hecho un hombre de piedra, sin sentido, de manera que ni oía lo que me hablaban ni respondía á lo que me decían; tenía el juicio alterado y todo lo que hacía y decía desatinaba, porque el Amor mostraba estonces contra mí todo su poder, y como los que andaban embelesados con algún espanto por haber visto visiones ó fantasmas, así anduve yo hasta que, siendo Belisia sabidora dello, con alguna lástima buscó aparejo para que yo pudiese entrar á verla donde estaba, que para mí, después de su salud, ninguna cosa pudiera darme mayor alivio y consuelo; y assí puesto delante su lecho, viendo en su hermoso gesto las señales del mal que tenía, que eran amarillez y flaqueza, le dixe: «No sé cómo pudo tener fuerza el mal donde tan gran bien se encierra; y ten por cierto, dulce ánima y señora mía, que más verdaderamente lo siento yo en el alma que tú lo puedes sentir en el cuerpo; y en tanto que lo tuvieres enfermo, poca salud puedo yo tener, pues toda la que en mí hay, por ti y por tu esperanza la tengo. ¡Ay de mí, Belisia mía, que me sobra el sentimiento y me faltan las palabras para poderte encarecer lo que siento! Pluguiesse á Dios que con todo el mal que la fortuna puede darme pudiese merecer de verte á ti sin el que padeces, que todo se me hacía poco por el menor bien que venirte pudiese, para que por mi causa lo gozases; y si por decir lo que querría y deseo dixese desatinos, no me pongas, señora mía, culpa, que el dolor de verte á ti tal me hace que no pueda atinar en ninguna cosa que diga ni haga; y así te suplico tú mesma guíes mi lengua como eres señora de la voluntad, para que mejor puedas entenderme lo que ella por sí sóla como muda delante de ti manifestar no te puede».
Diciendo esto, mis lágrimas daban señal muy manifiesta de que era más lo que quedaba encubierto en mi corazón que lo que la torpeza de mi lengua publicaba. Y Belisia, viéndome tal, me dixo: «Satisfecha estoy, Torcato, de todo lo que me dices, y cada día me vas obligando más con ver la verdadera fe que conmigo tienes, de la cual no eres tan mal pagado que no halles en mí mucha parte della para agradecerte y pagarte la affición con que conozco que de ti soy amada. Mi mal me ha dado hasta agora fatiga; mas ya se me va aliviando, de manera que tengo esperanza de verme presto buena del todo; y si en tanto que del lecho no me levantare pudieres alguna vez visitarme, no dexes de hacerlo, que aunque no se puede hacer en secreto, como hoy lo has hecho, ocasiones habrá para que públicamente puedas verme y hablarme, que para mí no será pequeño alivio, pues no puedo negarte que no recibo gran consolación con tu vista, y mayor que de ninguno de los que visitarme pueden».
Diciendo esto, tomando mis grosseras manos con las suyas delicadas y hermosas, me las apretó con ellas, dándome á entender que no era fingido lo que me decía, sino que sus palabras procedían de verdadero amor y voluntad que tenía.
Yo, con este favor transportado en una gloria comparada, en mi entendimiento, á la mayor que en la tierra se puede recebir, después de aquella que los bienaventurados reciben en el cielo, cobré un poco de más esfuerzo y osadía, mezclados con un temor que me embarazaba para no saber en qué determinarme; pero al fin, vencido de mi mesmo deseo, junté mi boca con la de mi Belisia, hallándome con tan gran bien subido en un contentamiento tan glorioso, que casi estaba para desconocerme, pensando que era impossible que tan gran gloria se pudiese hallar en el mundo para quien con tantos trabajos y penas infernales contino andaba padeciendo; y no sabiendo si por mi atrevimiento de mí quedaba enojada, le dixe:
«Perdonadme, señora mía, si algún agravio de mí has recebido, el cual no era yo parte para hacerlo si el Amor no me forzara sin poder resistirle, y aunque yo no tengo toda la culpa, aparejado estoy para sufrir toda la pena que por haberte ofendido te merezco».
Belisia, sintiéndome confuso y afligido, me respondió: «La causa de tu yerro, Torcato, trae consigo el perdón que me pides; bien fuera que esperaras mi licencia, pero pues tú la has tomado, yo habré de tenerlo por bueno, que no veo otro remedio para quedar satisfecha de lo que conmigo has hecho». Yo, que tanto miraba lo que me daba á entender en su hermoso gesto como lo que en sus palabras me decía, la vi quedar alegre y sonriéndose, con que cobré mayor ánimo y esfuerzo para tornar á gozar de lo que me había consentido; y estando desta manera, con un gozo y contentamiento incomparable, que yo jamás quisiera que se acabara, fueme forzado, para no ser sentido, que me saliese, y abrazando y besando á la mi Belisia, le dixe: «Aquel consuelo y alegría con que, señora, me envías quede contigo, para que con ella tengas la salud que yo te deseo, la cual plegue á Dios que te dé á ti, pasando en mí la dolencia que te aflige, para que en mí se junte todo el mal que tú tienes y en ti todo el bien que yo tengo y tener puedo».
«Dios vaya contigo, respondió Belisia, que mi mal no es tanto que no piense levantarme muy presto del lecho, y así holgaría dello por el contentamiento tuyo como por la salud que me deseas».
Con esto me salí templando la gloria de lo que por mí había pasado con la pena de verme tan presto sin ella; y con ver á Belisia en poco tiempo fuera de su enfermedad se me alivió la pasión que por esta causa muy congojoso y fatigado me traía. Con estos favores que sustentaban mi esperanza y con el deseo que se contentaba hasta haberla gozado, pasaba la vida en la soledad de los desiertos campos y deshabitados montes, con una alegre tristeza, y tal que yo no la entendía; porque cuando se ponía ante mis ojos la razón que para estar triste se me mostraba, la alegría, muy agraviada, decía que por fuerza y por sola mi voluntad era de mí desechada, pues sentía ser amado con el verdadero amor que yo amaba y pagado de lo que mis mortales ansias y cuitas merecían.
¡Oh, cuántos y cuán diversos pensamientos eran los que combatían mi entendimiento, sin que pudiese quedar de ninguno dellos vencido, por las razones contrarias que por cada parte hallaba! Y, en fin, siempre me parecía inclinar á la tristeza, que con mayores y más sufficientes razones y pruebas me combatía, assí admirando el fin tan áspero, cruel y engañoso con que de la mi Belisia he sido tratado, que al estado y punto de la muerte en que me habéis visto me ha traído.
Andando desta manera, dando sus vueltas acostumbradas el movible tiempo, estando ya Belisia fuera de la enfermedad y vuelta á lo que de antes solía, parecíame ser requestada de algunos zagales polidos, que confiando en su apostura y vencidos de la gracia y hermosura de Belisia, daban señales manifiestas del amor que los aquexaba, serviéndola en lo que podían y festejándola con bailes y danzas; y de día y de noche, tañendo flautas y chirumbelas, con músicas de rabeles muy acordados, procuraban agradarla con alboradas, cantando versos muy bien compuestos y canciones bien ordenadas. Lo cual todo para mí era muy grande aflición y tormento, y mayor lo fuera si la mi Belisia no me confiara diciéndome que todas estas cosas le eran enojosas y que no tenía de qué recelarme ni vivir con cuidado, porque ninguno en el mundo, por mayor valor que tuviese, llevaría della jamás los favores que á mí me había dado; y assí me traxo vacilando de mi ventura algunas veces, con grandes sinsabores y sobresaltos de disfavor, y otras con alguna manera de esperanza, aunque siempre dudosa, porque Belisia me daba á entender que no por affición sino por lástima era lo que conmigo hacía, y que yo no tenía más que esperar de lo passado, y que con ello pensaba haber offendido á lo que á sí mesma se debía.
Y yo, aquexado con la tristeza que estas cosas me causaban, andaba siempre buscando aparejo para persuadirla á que de mis fatigas se doliese, y así un día que mi ventura quiso que en el campo entre unos espesos árboles la hallase sentada, apartada de la compañía de las otras pastoras y mirando cómo su ganado por los verdes y floridos prados se apacentaba, llegándome á ella con la voz temerosa y temblándole, comencé á decir: «Ya, hermosa Belisia mía, mi ánima no puede con mis fatigas ni el cuerpo con el trabajo de mis cuidados, ni todo junto con el tormento que padezco en ver que de mí no te dueles para satisfacer al deseo con la gloria de gozar tan excelentes gracias y hermosura; porque los favores que me das y la merced que con tus palabras me haces, y el amor y voluntad que me muestras, todo es para acrecentar en mí el dolor, poniéndome en mayor agonía, como á los que, estando con gran calentura y rabiosa sed con ella, si les muestran alguna vasija de agua clara y dulce sin poder beber della, muy más sedientos y fatigados los dexa, y pues que conoces que mis palabras no pueden acabar de manifestarte lo que mi corazón siente, en mis ojos podrás conocer cuánto es mayor mi fatiga y congoxa y cuánta ventaja hace el dolor y pasión encerrada en mi pecho al que publica mi lengua, que para poder decirlo delante de ti se me enmudece; por el verdadero amor que te tengo, por la affición y fidelidad con que te amo, te conjuro y requiero que no uses conmigo de crueldad, dexándome acabar la vida, pues con la muerte ningún servicio te hago, que si con ella lo recibieses, en poco tendría que se sacrificasse por tu voluntad, sin dilatarlo por la mía solo una hora».
En medio de estas palabras eran tantos mis sospiros y sollozos, que me impidieron lo que más pudiera decirle. Y Belisia, mirándome con los ojos húmedos de la compasión y lástima que de mí tuvo, me comenzó á decir: «Vencido han, Torcato, tus lágrimas á mi determinación y propósito; mudado has mi voluntad para hacer contigo lo que jamás pensé hacer con ningún hombre del mundo, porque el verdadero amor que en ti conozco me fuerza á que te pague con amarte y quererte, procurando darte el descanso y alivio que fuere en mi mano; y no digo el que desseas, porque, aunque yo quisiese, no sería verdadero amor el que tú me tienes si me quisieres poner en el peligro que de ello podría seguirse. Y si de ti tengo seguridad que en ninguna cosa procurarás offenderme, yo holgaré de que de noche me veas á donde con más libertad puedas hablarme y gozar de aquellos favores que yo sin dañar del todo á mi honestidad y bondad pudiere darte».
Tan gran contentamiento me dió esta nueva de alegría, que para mí ninguna pudiera ser mayor en la vida para resucitar la vida que muerta andaba, que tomándole sus hermosas manos, se las besé muchas veces, bañándolas con otras lágrimas alegres que mi corazón con el nuevo descanso por mis ojos destilaba. Y después lo mejor que supe di las gracias de tan gran merced y beneficio y le supliqué que no dilatase tan gran bien como me hacía; y ella me señaló tercero día, diciéndome que, por quitar la ocasión de alguna sospecha, me fuese, lo cual yo hice luego tan alegre, que á mí mesmo por el bien que esperaba no me conocía; y llegando con muy gran regocijo á donde los otros zagales y pastores estaban, y la mi Belisia por otra parte, comenzamos todos, en tanto que el ganado pacía, á hacer muchos juegos con que nos solazamos, y después, rogándome que con mi flauta les hiciese algunos sones, bailaron hasta que de cansados tornaron á sentarse. Y yo, que la alegría me tenía otro del que solía ser, comencé á cantar estos versos, que agora quiero deciros:
Alegre tiempo, sereno y claro día en que el sol resplandeciente se ha mostrado, no dexes parecer algún nublado que pueda oscurecer nuestra alegría; el campo con sus flores se cubría, las yerbas con verdura se mostraban, las rosas de sí olor suave daban y la fruta estando en flor se descubría, y el zagal enamorado, aunque más ande penado su gran dolor y tormento despedía. Huyendo se va el pesar de este rebaño, donde el placer en tal día se ha sentido; el trabajo y el dolor se han escondido de manera que no pueden hacer daño; el regocijo y contento es ya tamaño en pastores y pastoras de esta sierra que ningún trabajo pueda darles guerra, por ser el día mejor de todo el año; y los zagales polidos que de amor están heridos hoy no pueden recelar algún engaño. Las cabras con sus cabritos retozaban; las ovejas y corderos van saltando; las terneras van corriendo y saltos dando, y este día con placer regocijaban; los páxaros con dulzura voces daban, mostrando en su dulce canto estar contentos; los animales que andan muy hambrientos en los pastos abundosos se hartaban; los zagales con amores hoy no sienten sus dolores contemplando los favores que llevaban.
Acabando de cantar nos partimos los unos de los otros, y yo, esperando la tercera noche por mí tan deseada, unas veces reñía con el tiempo, pareciéndome que contra mi ventura se alegraba, y otras le rogaba que, apresurando su curso, diese lugar para que se cumpliese mi deseo; y pasando en estas consideraciones, Belisia me dió aviso de la manera que había de tener para entrar á donde ella me esperaría, y no siendo yo perezoso, sin faltar un punto y sin ser de ninguno sentido me vine á hablar solo con ella sola, pareciéndome que, dexando de estar en la tierra, gozaba de la gloria del cielo; pero Belisia, antes que yo palabra ninguna pudiese hablarle, más de besar sus hermosas manos, que para mi boca eran el más precioso manjar que gustar en el mundo podía, me dixo: «Mira, Torcato, que, confiando yo en el grande y verdadero amor que me muestras y tengo por cierto que me tienes, me he osado poner en tus manos, no para que de mí pienses aprovecharte de manera que fueses causa de ponerme en fatiga, procurando quitarme el mayor bien de que la naturaleza me ha dotado, porque entonces no sería amistad la tuya para conmigo, antes te juzgaría por el mayor enemigo de todos los que tener puedo, y aunque yo inconsideradamente te diese lugar para cumplir lo que deseas, obligado estás tanto á mi honra como á tu contentamiento. Bien sé que no tengo fuerzas para poder resistir las tuyas si quisieses; pero tú eres el que has de forzarte á ti mismo, contentándote con lo que fuera desto yo pudiere hacer para aliviarte de la pena con que estos días te he visto andar tan fatigado, porque si otra cosa hicieses gozarías breve tiempo de tu voluntad, poniéndome á mí en el peligro de la vida y á ti de perderme para siempre». Con muy gran tristeza estuve escuchando estas razones; pero pensando que el tiempo, que todas las cosas trueca y muda, podría hacer en esto lo mesmo, me hizo recibirlo con paciencia respondiéndole: «Dulce ánima y señora mía, yo no tengo, no puedo tener otra voluntad sino la tuya, y aunque con tan duro freno quieras gobernarme, yo lo pasaré todo en paciencia, gozando de la merced que me haces, y con la condición que tú hacérmela quisieres; no tengas recelo de mis fuerzas para contigo, que la mayor fuerza de todas es tu mandamiento, que por mí en ninguna manera puede dexar de ser obedecido». Hablando en esto y en otras muchas cosas pasamos toda aquella noche, estando yo siempre abrazado con la mi Belisia, y las más veces la una boca con la otra, gozando della y de sus hermosas manos, sin que otra cosa yo intentase ni ella me lo prometiese, y acercándose la mañana harto más presto de lo que yo quisiera, fueme forzado salirme, pasando entre nosotros al despedirnos muchas cosas con que cada uno procuraba dar á entender al otro el amor que le tenía.
Y tornándome yo á mi ganado, anduve muchos días contento y ufano con una sabrosa y agradable vida, aunque no era cumplida mi gloria del todo, porque algunas veces que con importunidad y casi forzada Belisia me hacía la merced pasada de verme y hablarme á solas de noche y de día, era con las condiciones que la primera vez lo había consentido; pero tanto podía el Amor para conmigo, que tenía en más cualquier enojo, por muy pequeño, que Belisia á mi causa recibiese que todo el tormento y trabajo que yo recibía con el buen comedimiento, el cual tengo agora por cierto que fué la causa de todo mi daño. Desta manera anduvimos muchos días, passando el tiempo con entretenimientos aplacibles, buscando siempre lugares oportunos para que unas veces descansasen los ojos y otras las lenguas, publicando lo que los corazones sentían y procurando darnos todo el contento que podíamos, sin passar jamás aquella ley que me estaba puesta, la que para mí no tenía menos fuerza que si con quebrarla hubiera de perder la vida.
Y como las cosas no pueden estar siempre en su ser, passándose este tiempo comenzó á acercarse aquel en que nos era forzado hacer mudanza, porque la aspereza del viento cierzo, acarreando las heladas y nieves, y el viento ábrego hinchiendo el cielo de nubes, que con grandes avenidas de aguas nos amenazaban, nos pusieron á todos en cuidado de baxar los ganados á la tierra llana. Y como esta nueva fatiga tuviese acongoxada mi ánima, comenzándose á mostrar en mi gesto la tristeza grande de que comenzaba á andar acompañado, sintiéndolo Belisia me dixo:
¿Qué nuevo cuidado es éste, Torcato? Jamás te tengo de ver tan alegre que no sea más parte la tristeza para hacer huir de ti la alegría. Flaco andas y amarillo, de que á mí muy de veras me pesa, porque el Amor no consiente que yo pueda ver en ti tal experiencia sin que te haya de consentir lo mesmo que tú sientes; y assí, holgaría de que no te fatigasses, pues nos es forzado passar las cosas como la ventura las ordena, debrías contentarte con haber conocido mi voluntad y obras, sin querer con el fin dellas ponerme en aquella turbación que sólo mi muerte tendría por remedio».
«No es eso, le respondí yo, mi Belisia, lo que agora me atormenta y desatina para andar como me ves, que con la vida que tengo más verdaderamente podría ser contado entre los muertos. Mi nuevo cuidado nace de ver que se allega para mí el día más temeroso que podría haber después de aquel universal juicio; porque assí como los que estonces fueren condenados carecerán de la gloria que los bienaventurados gozan en el cielo, assí me falta á mí la mayor de que gozo ni podría gozar sin tu vista en la tierra. Si alguna cosa me puede dar alivio será verte á ti, ánima mía, con alguna parte del sentimiento que yo tengo, para que conozcas que, ya que me aparto de tu presencia, no me apartaré de tu memoria ni de tu gracia, que son dos cosas que pueden sustentarme la vida que anda por acabarse muy presto».
«Desso puedes estar cierto, respondió Belisia, que no será menos lo que yo sentiré que lo que tú sientas; pero menester es que tengamos paciencia á donde no vemos otro remedio.» Con esto nos apartamos, y todas las veces que después nos podimos ver fueron para tratar esta materia, preveniendo el trabajo y apercibiéndonos contra la fatiga; porque, á tomarnos desapercibidos, ninguna paciencia bastara según lo que de mí conocía y lo que Belisia me mostraba, la cual con sus palabras siempre procuraba consolarme mostrándome una fe tan verdadera, que yo jamás pensé que me faltara; y bien fué menester estonces, porque verdaderamente creo que sin ella en aquella partida también se partiera el ánima de mi cuerpo.
Y venido el día señalado, que á entrambos nos puso casi deffuntos en la sepoltura, no fué poco poder en él sustentar la vida que no se acabase del todo ó no mostrar tan claramente que todo el mundo lo conociera cuán difficultosamente podía sufrirse una prueba tan áspera como el Amor en nosotros ambos hacía. Yo traía mis ojos hinchados por arreventar con las lágrimas; un nudo hecho en mi garganta que apenas hablar me dexaba; tenía las fuerzas tan perdidas, que con difficultad moverme podía, y en fin, andaba tal, que no tenía otro remedio sino mostrarme muy enfermo, para que nadie podiesse conocer mi verdadera dolencia.
Ya cierto en este tiempo lo que Belisia hacía no parecía fingido, que las señales y muestras que daba eran de verdadero amor y agradecimiento.
Y así aquella noche antes que nos partiésemos se dió tan buena maña y la ventura nos favoresció á entrambos de manera, que nos dió lugar para pasar mucha parte della juntos, y puesto yo en su presencia le decía: «No sé, señora mía, cómo podrá este cuerpo vivir ausente de ti, que eres más ánima suya que la que consigo trae; de una cosa podrás estar cierta, que la que yo tengo queda contigo, y que conmigo va sólo mi cuerpo con el deseo de que siempre andará acompañado, no teniendo otra vida sino la esperanza de tornar á verte y servirte, pues yo no puedo emplearme en otra cosa ninguna que fuera desto pueda darme contentamiento».
Diciendo estas palabras, mis lágrimas eran tantas, mis sollozos y sospiros eran tan grandes, que no me dexaron pasar adelante. Y Belisia, viéndome casi sin aliento, ayudándome con la mesma congoxa que yo tenía, mezclaba sus lágrimas con las mías, porque los ojos de entrambos estaban hechos manantiales fuentes, y dando un profundo sospiro me respondió:
«Nunca pensé, Torcato, que á tal extremo me traxera la affición y verdadero amor que para contigo dexé aposentar en mis entrañas, el cual me tiene tal que no sé cuándo podré tener una hora de alegría viéndome ausente de ti, aunque nunca te apartaré de mi pensamiento porque ya no soy parte para hacerlo si quisiese, ni tengo la libertad pasada con que hacerlo en otro tiempo pudiera. Y así el tiempo que no te viere, estaré desamparada y sola, como viuda y triste y desconsolada, sin esperanza de bien ninguno, hasta que mis ojos puedan tornar á ver la luz que agora pierden en perder de poder mirarte para su descanso, como hasta agora hacían».
Con esto, juntando una boca con otra, llorando la cercana partida, pudo tanto el dolor en el tierno corazón de Belisia, que no pudiendo socorrerle con sus flacas fuerzas, le tomó en mis brazos un desmayo que sin sentido ninguno la dexó, y pareciéndome que la muerte le ponía asechanzas, rodeando por todas partes para hallar manera cómo sin vida la dexasse, á mí me tenía casi sin ella, estando con una pasión tan crecida y un dolor tan áspero y fiero, que agora en pensarlo me espanto cómo pude sufrir una experiencia tan fuerte y poderosa, la cual me puso en tal extremo, que por más muerto me contaba que la mi Belisia; y no hallando otro remedio con que socorrerla pudiesse, la abundancia de mis lágrimas socorrieron á la falta de la agua para echarle en su hermoso gesto, las cuales, despidiéndolas mis ojos por mis mejillas y cayendo en él, fueron causa para que más presto en sí volviese diciendo:
«No fuera pequeño descanso, Torcato, si en tus brazos se feneciera la vida que de aquí adelante se pasará con tanta tristeza y tan desventurada muerte; mejor fuera que me dexaras morir que buscarme remedio que tan caro me costará todo el tiempo que viviere».
«No quiera Dios, mi señora, le respondí yo, que tu muerte sea primero que la mía, ni á mí me venga tan gran mal que yo ver ni saberla pueda. No me pesa de que sientas el tormento de nuestra partida, porque por el tuyo conozcas el que yo siento, y acordándote dél hayas lástima de mí, como de tu verdadero siervo, aunque no querría que tu sentimiento fuesse tanto que no pudiesse encubrirlo y pasarlo sin que con señales de tanto dolor lo manifiestes. Y pues ningún otro remedio nos puede valer en esta adversidad sino la paciencia, suplícote, ánima mía, y por el verdadero amor que me tienes y yo te tengo te conjuro que tú la tengas hasta que yo busque y procure cómo los tiempos se muden y truequen, para hallar otro descanso del que agora tenemos, que yo no pienso perder la esperanza estando tan conformes las voluntades».
«Yo lo haré, me respondió, como lo dices, ó á lo menos procuraré hacerlo, y pues la noche se nos acaba y el día se nos muestra en enemigo para apartarnos forzosamente, forzado será que tú te vayas. Y porque no tengo prenda mía que pueda darte para que de mí te acuerdes, con este cordón de mi camisa quiero ligar tu mano derecha, con la cual me diste tu fe, porque no puedas mudarte ni trazarla sin que te venga á la memoria la injuria que haces á quien tan verdadera la tiene y tendrá siempre contigo, que jamás hallarás en ella mudanza».
«Ya poca necesidad hay, le dixe yo, de prendarme con ninguna cosa más que con aquel amor que tan gran fuerza tiene que ninguna prosperidad ni adversidad bastará para quebrar su firmeza. Y pues yo voy tan prendado, queda, señora, segura que yo el mayor consuelo que llevo es pensar que voy seguro de que nuestras voluntades es una mesma voluntad, sin haber entre ellas differencia».
Con estas palabras nos abrazamos, y acompañados el uno y el otro de lágrimas y sospiros nos apartamos, yendo yo tan cargado de cuidados y fatigas, que no me acordaba de otra cosa, y así entre dos luces me torné al ganado, sin que de ninguno de los pastores que cerca estaban fuesse sentido. Y venido el día, puestos todos á punto, nos partimos; pero antes en lo público estando todos juntos, Belisia y yo con los ojos nos dábamos á entender lo que los corazones en esta partida sentían, y no fué poco poderlo encubrir de manera que los que estaban presentes no lo conociessen. Assí nos apartamos, yendo los unos por una parte y los otros por la otra; y si yo quissiese contar ni encarecer el sentimiento que llevaba, imposible sería que mi lengua podiese decirlo, porque yo iba tan fuera de mi juicio, que ni entendía lo que me hablaban ni oía lo que me decían, porque todos mis pensamientos y sentidos llevaba ocupados en la contemplación de mi desventura teniendo el retrato de la mi Belisia en el alma de tal manera que los ojos espirituales, que mirándola estaban siempre, también ocupaban á los corporales para que en otra cosa ocupar no se pudiesen; llegados que fuimos á nuestra aldea, muchos días anduve con esta triste vida buscando la soledad de los desiertos y montes deshabitados, trayendo mis ganados por los riscos y peñascos, huyendo de los otros pastores y de cualquiera otra compañía que apartarme del pensamiento de la mi Belisia pudiese, porque sola esta era mi gloria y en solo esto hallaba descanso y alivio; muchas veces á voces la llamaba, llevándolas en vano el viento sin ser oídas, y otras estaba hablando con ella contándole mis passiones y trabajos, como si presente la tuviera; pero después, hallándome burlado de ver cuán lexos de mí estaba apartada, tornaba á mis principiadas quexas conmigo solo, de las cuales hacía muchos días testigo á esta clara fuente donde agora estamos, porque sola ella las oía. Y andando con este cuidado, determiné de escrebirla una carta dándole cuenta de mi vida y rogándole que me enviase algún consuelo con que sustentarla pudiesse; lo cual ella hizo con muy amorosas razones, de manera que en mi salud y contento se pareció la alegría que con ella había recebido. Passado algún tiempo, la ventura me descubrió cierto negocio y ocasión con que lícitamente pude ir á la aldea donde sus padres habitaban; y llegado sin haber sentido cansancio ninguno en el camino, con la agonía que llevaba, aunque la mi Belisia me recibió con alegre semblante y palabras amorosas, el corazón, que pocas veces suele engañarse, me daba á entender que no hallaba en ella aquella fuerza de affición con que otras veces eran dichas, antes me las representaba con una tibieza que por una parte me espantaba y ponía temor y por otra no la creía. Pero al fin, dándome audiencia en secreto, con alguna importunidad que me puso en mayor sospecha y parecióme hallarla con alguna más libertad que solía, aunque no de manera que pudiese tener razón que por estonces bastase para agraviarme, y habiéndome detenido tanto espacio cuanto el negocio requería, el cual yo dilaté todo lo que pude, fueme forzado volverme, dexando el ánima con ella y llevando conmigo solo el cuerpo y el cuidado que me acompañaba, porque ya yo iba algún tanto sospechoso, adivinando el mal que esperaba de las señales encubiertas, que hacían á mi atribulado corazón adivino, y assí entreteniéndome algún tiempo la esperanza confiando en la fe que había en un tiempo conocido y en las promesas que con tan gran hervor y voluntad se me habían hecho, determiné de tornar á descubrir tierra, y para ello le escribí una carta, la cual le envié con mensajero cierto, y si queréis oirla, decírosla he, porque la tengo en la memoria de la mesma manera que fué escrita.
Grisaldo.—Antes te lo rogamos que lo hagas; pero bien será, si te parece, Torcato, que primero, por ser passada tanta parte del día, comamos algún bocado si en tu hatero traes aparejo para ello, que ya la hambre me acusa y á Filonio creo que le debe tener fatigado.
Filonio.—Antes os hago ciertos que casi de hambre y de sed estoy desmayado; porque ayuno me vine esta mañana, y como no me sustento en amores, de la manera que Torcato lo hace, hasme dado, Grisaldo, la vida con tu buen aviso de acordarlo á tan buen tiempo.
Torcato.—Yo confiesso que no ha sido pequeño mi descuido en no convidaros, y aunque no esté tan bien aparejado como vosotros lo merecéis y como lo estuviera si fuera avisado de vuestra venida, todavía no faltará qué comáis, que aquí tengo un pedazo de cecina de venado que mis mastines este invierno, por estar herido en una pierna, mataron; también hallaréis parte de un buen queso y cebolletas y ajos verdes, y el pan, aunque es de centeno, tan bien sazonado que no habrá ninguno de trigo que mejor sabor tenga.
Filonio.—Yo traigo conmigo la salsa de San Bernardo para que todo me haga buen gusto; pero bien será, Torcato, que también tú nos ayudes, porque sin comer ni beber mal pueden los hombres sustentarse, y, como suelen decir, todos los duelos con pan son buenos.
Torcato.—Quiero hacer lo que me dices, que no es poca mi flaqueza ni la necesidad que tengo de socorrerla.
Grisaldo.—En mi vida no comí cosa que mejor me supiese; ¡oh qué sabroso está todo y qué bueno! que aunque nos esperaras no estuviera más á punto, ni nos pudieras hacer convite que más agradable nos fuera.
Filonio.—Dame, Torcato, el barril, que no es menor mi sed que mi hambre, y quiero que se corra todo junto.
Torcato.—Vedlo aquí; y aunque yo no lo he probado, por muy buen vino me lo dieron.
Grisaldo.—Passo, Filonio, que no lo has de acabar todo, que á dos vaivenes como ese apenas nos dexarías una gota.
Filonio.—No había bebido tres tragos cuando ya te matabas; ¿no miras que tiene el cuello muy angosto y que sale tan destilado que casi no le he tomado el gusto?
Torcato.—Bebe, Grisaldo, que no faltará vino, porque acabado esse barril otro está en aquel zurrón, con que podréis tornar á rehacer la chanza.
Grisaldo.—¡Oh, qué singular vino, mal año para el de San Martín ni Madrigal, que ninguna ventaja le hacen!
Filonio.—Por tu fe, Grisaldo, que ordeñes aquella cabra negra que tan llenas trae las tetas de leche como si el cabrito no hubiera hoy mamado; que pues hay barreños y cuchares en que la comamos, no vendrá á mal tiempo para tomarla por fruta de postre.
Grisaldo.—Bien has dicho; harta tiene para todos, aunque, según tú tienes las migas hechas, no parece que te bastaría toda la que traen las cabras y ovejas del rebaño.
Filonio.—No las hago todas para mí, que muy bien podrán repartirse, y assí haz tu de la leche; bien está, para mí no eches más.
Torcato.—Pues harta tenemos yo y Grisaldo en la que queda.
Grisaldo.—Dios te dé muchos días de vida, Torcato, que así nos has socorrido.
Filonio.—El barril vuelva á visitarnos, que la hambre ya la maté como ella me mataba.
Grisaldo.—Toma y bebe á tu placer; paréceme que no hay sacristán que mejor ponga las campanas en pino.
Filonio.—De ti lo aprendí cuando fueste monacino, que solías hacer de la mesma manera á las vinajeras antes que se desnudase el clérigo que había dicho la misa.
Grisaldo.—Hora sus, pues estamos hartos. ¡Dios loado! recoge, Torcato, lo que queda, que no dexará de aprovechar para otro día.
Torcato.—Bien me parece que seas en tus cosas tan bien proveído; y pues todo está ya guardado, ved qué es lo que más os agrada que hagamos.
Filonio.—¿Qué es lo que hemos de hacer sino que nos digas la carta que á Belisia escribiste, con todo lo demás que sobre tus amores tan penados te hubiere sucedido?
Torcato.—Por dos cosas quisiera dexarlo en el estado que habéis oído: la una era por pensar que con mi largo cuento os tenía enfadados, y la otra porque no podré decir cosa que no os dé sinsabor y enojo, entendiendo cuán contrario fue de aquí adelante el fin de mi porfía á lo que de razón hubiera de serlo, según los buenos prencipios con que el Amor me había favorescido; y para que entendáis cuán poderosamente executó contra mí sus inhumanas fuerzas, escuchadme la carta, que después os diré lo demás:
CARTA DE TORCATO Á BELISIA «Mi mano está temblando, ánima mía; mi lengua se enmudece contemplando lo mucho que el dolor decir podría. Tantas cosas se están representando juntas con gran porfía de escrebirse, que yo las dexo á todas porfiando. Porque en mi alma pueden bien sentirse; mas mostrar cómo están es excusado, pues nunca acabarían de decirse. Su confusión me tiene fatigado, aunque lo que me da mayor fatiga es verme estar de ti tan apartado. Mi poca libertad es mi enemiga, pues quiere que te escriba mis pasiones sin estar yo presente que las diga. No me falta razón; mas las razones con que entiendas mi mal yo no las hallo si tu en mi torpe lengua no las pones. Mis cuitas y trabajos, porque callo, me dan mayor fatiga y más cuidado, y el remedio se alexa en procurallo. No sé qué me hacer, desventurado, que todo me aborresce en no tenerte presente ante mis ojos y á mi lado. En todo cuanto veo hallo la muerte, todo placer me daña y da tormento, todo me da pesar si no es quererte. Los campos que solían dar contento con los montes y bosques á mis ojos, estrechos son agora al pensamiento. Las ovejas y cabras, que despojos de lana y queso y leche dan contino, en lugar de esto me causan mil enojos. No hay monte, valle ó prado, ni camino donde halle holganza ni reposo, que en todos me aborrezco y pierdo el tino. A las fuentes me llego temeroso, por no hallar en ellas mi figura que en verme cuál estoy mirar no me oso. Ell alma tiene en mí la hermosura con tenerte á ti en sí representada, que el cuerpo casi está en la sepoltura. La vida trayo á muerte condenada si tú no revocares la sentencia que mi pena cruel ya tiene dada. Porque no pasarla en tu presencia no es pena, mas es muerte muy rabiosa, ó que me da fatiga con tu ausencia. En esta vida triste y trabajosa paso mis tristes días padeciendo, teniendo á mi esperanza algo dudosa. Las noches, si las paso, es no durmiendo; los días sin comer, gemidos dando, y en verme que estoy vivo no me entiendo. Susténtase mi vida contemplando cuán bien está empleado mi tormento, y por algún favor tuyo esperando con que pasarlo pueda más contento».
Inviada esta carta, Belisia la recibió, según supe, mostrando poca voluntad, y pidiéndole la respuesta de ella, como ya las velas de su voluntad y affición estuviessen puestas en calma, ó por ventura vueltas á otro nuevo viento con que navegaban, no la quiso dar por escrito, sino que con gran desabrimiento de palabras me invió á decir que no curase más de escrebirla ni importunarla, porque su determinación era de despedir de su memoria todas las cosas passadas, las cuales estaban ya fuera de ella, y que si alguna vez se acordaba de ellas era para pesarle, y que estuviesse cierto de que jamás haría conmigo otra cosa de lo que me decía, y que tendría por muy enojosa persecución la que yo le diese si quissiese proseguir en mi porfía más adelante, de la cual no sacaría ningún fruto, si no era ponerla en mayor cuidado, para que de mí y de mis importunidades con gran diligencia se guardasse.
Venido el mensajero, el cual yo esperaba con alegres nuevas para mi descanso, y recibiendo en lugar dellas esta desabrida respuesta, ya podéis sentir lo que mi ánima sentiría, que muchas veces estuve por desamparar la compañía de mi atormentado cuerpo para procurar por su parte algún alivio de sus passiones; pero no habiendo acabado de perder del todo la esperanza, y pensando que este nuevo accidente podría presto hacer otra mudanza, quise sustentar la vida para poder ver con ella la razón que Belisia me daba, mostrando la que tenía para tratarme con tanta crueldad y aspereza.
Y comenzando á mostrar en mi gesto la tristeza que me acompañaba, desechando de mí toda alegría, andaba cargado de cuidados y pensamientos, no sabiendo qué decir ni qué hacer que aprovecharme pudiesse; no dormía ni reposaba; mi comer, era tan poco que difficultosamente podía sustentarme; la flaqueza y la falta del sueño, que me traían casi fuera de mi juicio.
Y lo que mayor pena me daba era que á ninguno osaba descubrirla, ni con nadie la comunicaba para recibir algún alivio. Anduve ansí muchos días, más muerto que vivo, y pensando que Belisia por ventura lo había hecho por probarme para saber de mí si estaba firme con la fe que siempre le había mostrado, determiné de tomar el camino para su aldea, lo cual puse luego por obra; y llegando allá ninguna manera ni diligencia bastó para que Belisia oirme ni escucharme quisiesse, á lo menos en secreto como solía, que en lo público no podía decirle nada que á nuestros amores tocasse, y con tal disimulación me inviaba como si jamás entre mí y ella ninguna cosa hubiera pasado; estaba tan seca de razones y tan estéril de palabras, que, en verlo, mil veces estuve por desesperarme.
Y, en fin, queriendo tornar á probar mi ventura, me determiné de escribirle otra carta, encaresciéndole mi pena y passión todo lo que pude, pensando que aprovecharía para que dello se doliesse, y la carta era ésta, porque aquí tengo el traslado della: