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Orígenes de la novela, Tomo II

PRIMERA PARTE DEL PASTOR DE FILIDA

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Cuando de más apuestos y lucidos pastores florecía el Tajo, morada antigua de las sagradas Musas, vino á su celebrada ribera el caudaloso Mendino, nieto del gran rabadán Mendiano, con cuya llegada el claro río ensoberbeció sus corrientes: los altos montes de luz y gloria se vistieron; el fértil campo renovó su casi perdida hermosura, pues los pastores dél, incitados de aquella sobrenatural virtud, de manera siguieron sus pisadas que, envidioso Ebro, confuso Tormes, Pisuerga y Guadalquivir admirados, inclinaron sus cabezas, y las hinchadas urnas manaron con un silencio admirable: sólo el felice Tajo resonaba, y lo mejor de su son era Mendino, cuya ausencia sintió de suerte Henares, su nativo río, que con sus ojos acrecentó tributo á las arenas de oro. Bien le fué menester al gallardo pastor, para no sentir la ausencia de su caríssimo hermano, hallar en esta ribera al gentil Castalio, su primo, al caudaloso Cardenio, al galán Coridón, con otros muchos valerosos pastores y rabadanes, deudos y amigos de los suyos, con quien passaba dulce y agradable vida Mendino, en quien todos hallaban tan cumplida satisfación, que como olvidados de sus propias cabañas, sitios y albergues, los de Mendino estaban siempre acompañados de la mayor nobleza de la pastoría: de allí salían á los continuos juegos, y allí volvían por los debidos premios; allí se componían las perdidas amistades y por allí pasaban los bienes y males de Amor, cuáles pesada y cuáles ligeramente: sólo Mendino entre todos era tan señor de sí en sus tratos, que si todos no le amaran, todos le fueran envidiosos; mas ¿quién gozará perseverancia en tanto bien contra las fuerzas del tiempo, si donde unas no bastan otras sobran? Curiosamente Mendino, guiado de los pastores de la nueva ribera, vido las más hermosas pastoras y ninfas de ella: la gracia y gallardía de Filena y Nise, la gran hermosura de Pradelia y Clori, la sin igual discreción de Nerea, acostumbrada á vencer en versos á los más celebrados poetas del Tajo; el dulcíssimo canto de Belisa, acompañado de igual valor, y otras muchas, que no quedaban atrás, no bastaron á que la libertad de Mendino no passase por muchos días adelante, hasta llegar el plazo de su deuda, que fué en un día del florido Abril, entre los salces del río, donde, retirados de los silvestres juegos los más validos pastores y las pastoras de más beldad, Elisa entre ellas fué señalada para venganza de Amor, á quien Mendino rindió las fuerzas y la voluntad á un punto. Era Elisa de antigua y clara generación, de hermosura y gracia sin igual, de edad tierna y de maduro juicio, amada de muchos, mas de ninguno pagada, y aun el saber esto fué causa en Mendino de detenerse en descubrir su fuego, que, como las plantas con los años, iba con las horas creciendo, hasta que el sufrimiento rompió, y las secretas llamas resplandecieron por mil diversas partes, ora en placer, ora en tristeza; cuándo concertando fiestas públicas, donde á todos los pastores se aventajaba, y cuándo en profundas melancolías retirándose, aunque lo más ordinario era, olvidado del hato y los amigos, buscar los lugares donde Elisa estaba, no inocente, aunque dissimulada, de la afición de Mendino, el cual, entre temor y esperanza, determinó decirle su mal, y faltándole aliento en la presencia, tomó por medio escribirle, no en versos propios ni ajenos, ni con palabras de artificio y cuidado, sino con pura llaneza del corazón, en razones humildes como éstas:

MENDINO

«Elisa: Si el conoceros ha sido causa para desconocerme, podrálo ser también de mi disculpa en esta osadía, que os certifico que no lo es decir mis males, sino un dolor, de que debéis doleros como causa dél, y no le tuviera por tal si le mereciera; pero verme indigno del daño me quita la esperanza del remedio y me acobarda de suerte al descubrirle, que holgaría que este papel perdiesse el camino, por que no nos perdamos los dos: que esto es muy cierto, si vos, como sola señora mía, no volvéis en todo por mí, revolviendo á vuestro valor y hermosura, de cuya fuerza fuera impossible resistirme, cuanto más librarme. En fin; peno, y no hay para mí lugar de alivio, sino vuestra voluntad, que, como yo la sepa, será la medida de mi deseo, del cual, pues antes que á vos he hecho testigos á las piedras y á las plantas, no es razón que también antes que vos se duelan de quien ama la muerte por amaros».

Este papel llegó á las manos de Elisa por las de un zagal de Mendino, que en la cabaña de la hermosa pastora tenía entrada. No fué Sirio (que assí el zagal se llamaba) mal recibido, antes, passando Elisa muchas veces los ojos por la carta, passaron por su pecho mil consideraciones tiernas, que con cada una iba perdiendo de la entereza de su corazón, que siempre fué desdeñoso y grave, y vuelta á Sirio, le dixo: Dile, zagal, á Mendino, que si éstas son verdades, el tiempo lo dirá por él. Con esto el zagalejo volvió á Mendino, y Mendino tan en sí, como de muerte á vida. Primero alabó su pensamiento y la hora de su determinación, y ofreció de nuevo la libertad á Elisa, y luego estudió los passos de su jornada con más cuidado y menos demostraciones, que es muy de buen enamorado, más recatado á más favor. No dejó la compañía de los amigos y deudos, ni se apartó de los ratos de exercicio público, aunque todos eran pesados para él, pero con una templada dissimulación buscaba los de su contento, y acompañaba al viejo Sileno, venerable padre de la hermosa pastora; y muchas veces en su compañía, y en la de Galafrón y Barcino, Mireno y Liardo, los tres deudos y el uno apasionado de Elisa, passaban los días por la espessura del monte ó por las sombras del llano, á gran placer de todos, que sin más industria de su natural condición, de buenos y malos era amado, y en cualquier lugar se le daba el primero; mas en el pecho de Elisa no había segundo, ni el pastor quería otro bien sino éste, ni ya ella podía detenerse en allanarse, ni Amor en favorecer sus intentos, y assí todo era verdad, todo amor y todo llaneza sin estorbo, que los mismos deudos y aficionados de Elisa entretenían á Mendino y le llevaban á las cabañas de Sileno; y el mismo Sileno, sin esquivarse de que acompañasse á la cara hija por la soledad de los campos y las fuentes; y todo se podía fiar de la bondad de Mendino y del valor de Elisa, aunque no en la opinión de Filis, hermosa ninfa del Tajo, que, amando secretamente á Mendino, sin osar descubrirle su intención, combatida de amor y celos, muchas veces los buscaba, y con fingida amistad acompañándolos, escudriñaba sus pechos, sin entender el pastor que Filis le amaba ni Elisa que le aborrecía. Pues como un dia, entre otros, Elisa, Filis y Clori, Mendino, Galafrón y Castalio, se hallasen juntos á la sombra y frescura de un manso arroyo, habiendo passado gran rato en dulces pláticas y razones, ya que el sol iba igualando los campos y los sotos, Galafrón, incitado de los demás pastores, sacó la lira y la acompañó cantando:

GALAFRÓN Pastora, tus ojos bellos, mi cielo puedo llamallos, pues en llegando á mirallos se me passa el alma á ellos. Ojos cuya perfección desprecia humanos despojos, los ojos los llamen ojos, que el alma sabe quién son. Pastora, la fuerza dellos por espejo hace estimallos, pues viene junto el mirallos y el passarse el alma á ellos. Muchas cosas dan señal desta verdad sin recelo, que tus ojos son del cielo y su poder celestial. Pastora, pues sólo vellos fuerza el corazón á amallos, y la gloria de mirallos á passarse el alma á ellos.

Elisa fué en quien menos Galafrón puso los ojos mientras duró su canto, y aun ella la que menos estuvo en él: pero todos conocieron el recato del pastor y el desdén de la pastora, y no osando alabarle á él por ella ni hablarle á ella en él, todos callaban, hasta que Mendino, al son de un rabel, con esta canción rompió el silencio:

MENDINO Si tanto gana, pastora, quien mira tus ojos bellos, ¿qué hará el mirado dellos? Entre mirarse y mirar, la ventaja es conocida, como de buscar la vida á venir ella á buscar. No le queda qué hallar á aquel que merece vellos, sino ser mirado dellos. Aunque en su luz sin igual no puede haber competencia, por oficio hay diferencia de más y menos caudal; que si el medio principal del deseo es conocellos, el fin ser mirado dellos.

Este breve cantar, dilatado con dulce son y agradable harmonía, escuchó Elisa con rostro alegre y grave, y los demás con mucha atención y gusto: y ya que el gentil Castalio, las manos en el rabel y los ojos en la bella Clori, acrecentarle quería, vieron venir al arroyo los dos apuestos pastores Bruno y Turino, éste nuevamente cautivo y aquél escapado del Amor, siendo verdad que poco antes fué Bruno el amante y Turino el descuidado; pero á todo bastó la hermosura y aspereza de Filis, esta misma Filis que á Mendino secretamente amaba. Pues como agora los dos pastores llegaron, y vieron la causa, uno de su presente y otro de su passado daño, ambos destos pastores admitidos, y ambos dellos mismos rogados, ambos las manos en las liras, desta arte Bruno y assí Turino cantaron:

BRUNO Id, mis cuidados, de rigor vestidos por los peñascos de dureza llenos, que allí aun seréis por ásperos tenidos.

TURINO Veníos á mí, llenad entrambos senos de cuerpo y alma, que el que os busca y llama, cuando sois más, os tiene por más buenos.

BRUNO Bien gana gloria, bien consigue fama, quien por amar á solo su enemigo de sí se olvida y su salud desama.

TURINO Al cielo, Filis, quiero por testigo, Filis hermosa, que me importa amarte cuando procuro no estar mal conmigo.

BRUNO Miedos á una, celos á otra parte; vayan y vengan fáciles antojos, en cuyo gusto el alma tenga parte.

TURINO Si para mí nacieron los enojos, ¿cómo podré no sujetar el cuello al yugo amado sobre entrambos ojos?

BRUNO Ya que te ves colgado de un cabello y tu esperanza encomendada al viento, ¿qué piensas ver en recompensa dello?

TURINO Cuando no vea más de mi tormento y aquel valor que es ocasión del daño, es paga justa de mi perdimiento.

BRUNO Mira y verás tu engaño, que tu garganta con placer desnuda; y el presto desengaño el duro lazo al tierno cuello añuda, la leña pone luego, y tu fe misma está soplando el fuego.

TURINO Los claros ojos miro de quien el alma, vida ó muerte quiere; que allí sólo respiro, donde el dolor con más rigor me hiere, y aquella hermosura es el Abril de mi mayor frescura.

BRUNO ¡Oh desdén de perfeción, hágate el mundo un soberano templo, y el fiel corazón se ponga allí en mi muerte por ejemplo; y con él sean colgadas estas cadenas, rotas de apretadas!

TURINO A ti va mi destino, Amor; por tuyas todas mis prisiones, que en el agro camino, en que á tu gusto mis pisadas pones, más aliviado ando cuando las llevo por tu honor rastrando.

BRUNO Vive penando entre cuidados tristes.

TURINO Cuenta tus chistes entre los pastores.

BRUNO Bebe dolores, sudarás fatigas.

TURINO Come tus migas, vivirás contento.

BRUNO Haz en el viento muros y castillos.

TURINO Haz tú á los grillos jaulas de la avena.

BRUNO Siembra en la arena, perderás cuidado.

TURINO Y sin perderle quedaré pagado.

Si la hermosa Filis no fuera tan graciosa y tan discreta, no pudiérase cansar destas canciones, porque igualmente el cautivo y el exento la enfadaban; mas viendo que los demás con tanto deleite los oían, la pastora hizo lo mismo hasta el fin, que como los pastores se metieron en cuestión de firmezas y mudanzas, ella se volvió á Elisa, y á poco rato, despedidas de los pastores, se entraron por la espessura de los árboles con poco gusto de todos, y menos de Mendino, que las quisiera seguir, pero no pudo, que Galafrón por diversa parte le llevó hablando, y cuando le vido en soledad favorable á su intención, primero alabó la hermosura y discreción de Filis, el caudal y suerte, y sobre todo el trato tan lleno de bondad y llaneza; después le aconsejó que pussiesse en ella el pensamiento, pues en otra ninguna estaría tan bien ocupado. Ni le pareció al cortés Mendino despreciar alguna destas cosas, pero menos le salió al empleo, y como no era esto lo que Galafrón buscaba, declaróse más, y dijo que él sabía que le amaba Filis. Mendino hizo la estimación debida, y tras largas razones, á más ver se despidieron los dos y guiaron á sus ganados, que en el amparo de nobles mayorales y pastores los tenían. Graciosa cosa que Filis hizo el mismo oficio con Elisa, pidiéndole que amasse á Galafrón, pues su valor y su fe lo merecían; de dó se deja entender que Galafrón y Filis estaban de concierto, y aunque Galafrón á Mendino y Filis á Elisa se encargaron el secreto, no por esso Mendino y Elisa le guardaron; y bueno fuera que los dos se celaran ningun propio acaecimiento, ésta fuera la falta, que si en essotro la hubo quedóse en quien entendió que entre Mendino y Elisa podía, habiendo sola una alma, haber más de un corazón. Discreta era Elisa, y viendo que Filis, enamorada y celosa, los podría dañar, aconsejó á Mendino que con aparencias la entretuviesse, y serviría de más seguridad y secreto en sus veras. Lo mismo quiso Mendino que Elisa hiciesse con Galafrón, y el ponerse assí por obra fué causa en ellos de mayor deleite, porque las horas que los dos verdaderos amantes se hurtaban de todos para solos verse y conversarse, con toda aquella bondad que dos almas desnudas lo pudieran hacer, no era la peor parte el contarse lo que á él con Filis y á ella con Galafrón les sucedía. Ved si Mendino y Elisa vivirían contentos: pues Galafrón y Filis también lo estaban, hasta que no faltó quien lo viniesse á turbar en todos. Murió Padelio, noble y próspero rabadán, y vino al Tajo á heredar sus rebaños Palideo, su hermano, mancebo sabio y galán, y quitando los ojos de la herencia, los puso en la belleza de Elisa, con tanta solicitud y ardimiento, que de día en sus cabañas, con el viejo Sileno, que su grande amigo era, y de noche cercándolas con sus propios pastores, jamás faltaba: esto á gran costa y pesar de Mendino, y no menos de Elisa, porque, estorbadas las horas de su contento, los dos andaban tan sin él, que fácilmente se les echaba de ver, y lo peor fué que Sileno, con sospecha ó aviso, se receló de entrambos. Creció el cuidado en Mendino, y perdiendo el respeto á su recato, los días velaba y las noches no dormía. Y no es possible menos á quien ama en competencia, aunque verdaderamente se vea triunfando de su enemigo. Desta diligencia, Padileo, celoso, acrecentó la suya, y Galafrón y Filis vieron su perdición: que en los tiempos adversos nadie sabe fingir. Nublados fueron éstos que en Padileo tronaron, en Mendino y Elisa turbaron la luz, y en los ojos de Galafrón y Filis llovieron, y no por esso cesaron: pues viéndose Elisa en tanto dolor y á su querido amante, confusa y triste y imposibilitada de poderle consolar, quiso hacerlo por escrito, y con el zagal Sirio le envió una letra que decía:

ELISA Es el papel en que escribo el corazón que os he dado; y el estilo mal limado, el mismo mal en que vivo; el agotado licor de mis entrañas la tinta; y la pluma que le pinta, es con la que vuela Amor. Recebid esta embajada, á vos sola dirigida, de una libertad perdida y una voluntad ganada, aunque por aqueste modo pagados vamos los dos, pues que hallo en solo vos todo lo que pierdo en todo. Viviendo sola y ausente de mi propia compañía, agravio al alma sería preguntarle lo que siente. Si á descubrirlo me ofrezco, en vano me cansaré, pues se ha de entender por fe ó por mí que lo padezco. Estas montañas á una testigos firmes me son que lo es más mi corazón á los golpes de Fortuna. Y este noble humilde techo, que de albergaros fué dino, sabe que sólo Mendino puede caber en mi pecho. Moradas de hombres y fieras conocen esta verdad, que mi mucha voluntad no se extiende á menos veras. Y si vos de aqueste intento lo cierto queréis sentir, sin alma podré vivir con vuestro conocimiento. Si no escucháis el dolor, tenelde de verme así, con tal que me deis á mí el vuestro todo, pastor; mas no me contenta, no, haceros tal demasía, más á cuento nos vendría pagar por entrambos yo. Si por ventura estimáis más mi fe que vuestro gusto, á tiempo estamos, que es justo que mostréis lo que me amáis: pues puedo y quiero juraros, así me vala el quereros, que cuanto pierdo de veros lo voy cobrando en amaros. El que dañarnos pretende, aqueste cargo nos echa, si en estorbar se aprovecha, que en aprovechar se ofende: y no me juzguéis culpada en su vana pretensión, pues sola vuestra opinión me hace á mí deseada. El vela noches y días, con enojo suyo y nuestro, mas yo os ofrezco por vuestro el fruto de sus porfías: él verá, por más que haga, el poco rastro que deja, y siendo suya la queja, veréis vos vuestra la paga. Imposible me es quererle, y aun no dexar él de amarme, que cansarále el cansarme más que á mí el aborrecerle. Su bien y su mal igualo, y por ponerle más freno, ni le encenderé con bueno, ni le indignaré con malo. Si estos medios no son tales, dadme vos otros mejores, que aunque me los deis peores, me serán los más cabales. Esto es lo que Amor me enseña, y lo que compro barato, siendo de cera en el trato y en la firmeza de peña. Ausencias, muertes, debates, adversidades y antojos, son el toque en que á los ojos muestra la fe sus quilates. Los suyos os mostrará la mía con tal excesso, que la tomaréis sin peso y después no os pesará. Y pues tan claro veréis que es mi fe tan viva y cierta, porque no parezca muerta, mandadla obrar y veréis cómo atropella al momento honra y vida sin temor, porque no hay vida ni honor fuera de vuestro contento. Andando á solas un poco ayer, sin vos y sin mí, en un álamo leí: nunca mucho costó poco; mas yo, que sé cómo lucho, con deseo y con trabajo borrélo y puse debajo: nunca mucho costó mucho. En el mar seguro y manso se anega el desconfiado; y al que espera ser premiado cualquier trabajo es descanso; con la esperanza de gloria no puede haber mucha pena, que el que vence en la cadena, mayor hace la victoria. Hay un muro en mi vergel, á la parte de la fuente, y un resquicio suficiente, para hablarnos por él, dó podrás venir seguro, entre el norte y el lucero, que allí, pastor, os espero, y en Dios, de veros sin muro.

Aunque no fuera deseado, fuera de mucho contento en Mendino el papel de Elisa, pues viniendo á tan buen tiempo, fácil es de entender cómo sería recebido y cómo celebrado. Quisiera el pastor poder mostrar su alegría sin que fuera tan á costa suya; pero cerrándola dentro de su corazón, se dispuso á la siguiente noche que apenas vido el silencio della, cuando mudado el vestido, con un grueso bastón de encina con que acostumbrado estaba Mendino á despartir los toros en la pelea y á derribar los ossos en los montes, se salió de su cabaña, y rodeando la de Elisa, con atento oído y pies sordos llegó al muro señalado, donde ya la pastora le esperaba y le avisó que aun no era tiempo para hablarle de espacio, que entretanto se fuese y tornase acompañado, porque Padileo no pudiese como á solo ofenderle ni como á ocupado hallarle. A esto Mendino obedeció, y aunque pudiera buscar á su buen primo Castalio, ó al galán Coridón, su leal amigo, que con mucho gusto de Elisa era consabidor deste caso, no quiso más compañía que á Siralvo, uno de sus mayorales, de quien fiaba mucho y más podía. Juntos se fueron á aquel secreto lugar, y quedando Siralvo á la entrada dél, de donde todas las del campo descubría, Mendiano por entre el muro y las peñas, lugar estrecho y sombrío, llegó al resquicio, y sentado sobre la húmida hierba esperó, y no mucho, que presto vino la hermosa Elisa, que con su luz esclareció la noche y con su habla puso el día en el alma de Mendino. Allí hubo razones tiernas y turbadas; allí lágrimas y risas, ruegos y promesas, y sobre todo Amor que lo sazonaba. No fué sola esta vez la que Mendino y Elisa por aquella parte se hablaron; pero no todas Mendino llevó á Siralvo que le acompañasse, porque sabía que el humilde pastor no lo era en pensamientos. Andaba furiosamente herido de los amores de Filida, Filida que por lo menos en hermosura era llamada sin par y en suerte no la tenía; y como los días con la ocupación del ganado y el recelo de Vandalio y sus pastores (á donde Filida estaba) no le daban lugar á procurar verla ni oirla, iba las noches y descansaba á vista de sus cabañas, y algunas veces veía á la misma Filida, que en compañía de sus pastoras salía á buscar la frescura de las fuentes, y entre los árboles cantaba, y haciéndose encontrado con ellas, no se esquivaba Filida de oirle ni de entender que le amaba, que bien sabía de Florela, pastora suya, con quien Siralvo comunicaba su mal, y de cuantos más al pastor conocían, que cabía en su virtud su deseo. Esto entendía Mendino, y lastimoso de estorbarle, muchas noches se iba solo á hablar á la hermosa Elisa, entre las cuales una el sospechoso Padileo le acechó y le vido, y fué por mejor que, celoso y desconfiado, sin decir la causa de su movimiento, pidió luego por mujer á la hermosa y discreta Albanisa, viuda del próspero Mendineo, hija del generoso rabadán Coriano, que en la ribera del Henares vivía, y allí desde las antiguas cabañas de su padre apacentaba en la fértil ribera 1.000 vacas, 10.000 ovejas criaderas y otras tantas cabras en el monte al gobierno de su mayoral Montano, padre de Siralvo, pastor de Mendino. Esta famosa empresa consiguió Padileo, y en conformidad de los deudos de una y otra parte, partió del Tajo, acompañado de los mejores rabadanes dél, y el mismo Mendino, que muy deudo y amigo era de la gentil Albanisa, y desposado y contento, con el mayor gassajo y fiesta que jamás se vido entre pastores, volvió del Henares con la cara esposa, enriqueciendo de beldad y valor el Tajo y su ribera; desta suerte quedó contento Mendino y pagado Padileo, y Elisa, pagada y contenta; y como de nuevo comenzó Mendino en sus amores, y forzosamente á fingir con Filis y Elisa con Galafrón, que no les importaba menos que el sossiego, y sin más industria dellos, el viejo Sileno asseguró su pecho, y el trato como primero y con más deleite tornó en todos y los placeres y fiestas lo mismo, porque para cualquier género de ejercicio había en la ribera bastantíssima compañía: en fuerza y maña, Mendino, Castalio, Cardenio y Coridón; en la divina alteza de la poesía, Arciolo, Tirsi, Campiano y Siralvo; en la música y canto, con la hermosa Belisa, Salio, Matunto, Filardo y Arsiano, aunque á la sazón Filardo, enamorado de la pastora Filena y celoso de Pradelio, andaba retirado, con mucho disgusto de todos, que nadie probaba su amistad que no le amasse por su nobleza y trato; pero de muchas bellas pastoras favorecido, amaba á sola Filena y sola ella le aborrecía, siendo verdad que otro tiempo le estimaba; pero cansóse el Amor, como otras veces suele, y con todo esso Filardo, tan cortés y leal que se escondía á aquejarse, y en la mayor soledad encubría sus celos; solos estaban Coridon y Mendino junto á una fuente, que al pie de una vieja noguera manaba, cubierta por la parte del Oriente de una alta roca, que alargando la mañana gozaban de más frescura y secreto, cuando por un estrecho sendero vieron venir á Filardo, buscando la soledad para sus quejas, y al mismo tiempo fueron dél sentidos; y viendo ocupado el lugar que él buscaba, quiso volverse, pero los dos no lo consintieron, antes Mendino le rogó que llegasse, y llegado, Coridón le pidió que tañesse, y tañendo ambos le incitaron al canto, que, comedido y afable, no se pudo excusar, ni aquí su canción, que fué ésta:

FILARDO Vuestra beldad, vuestro valor, pastora, contrarios son al que su fuerza trata, que si la hermosura le enamora, la gravedad de la ocasión le mata; los contentos del alma que os adora, el temor los persigue y desbarata, lucha mi amor y mi desconfianza, crece el deseo y mengua la esperanza. Los venturosos ojos del que os mira, os juzgan por regalo del tormento, y el alma triste que por vos suspira, por rabia y perdición del pensamiento; essa beldad que al corazón admira, esse rigor que atierra el sufrimiento, poniéndonos el seso en su balanza, sube el deseo y baja la esperanza. Aunque me vi llegado al fin de amaros, ningún medio hallé de enterneceros, que como fué forzoso el desearos, lo fué el desconfiar de mereceros; el que goza la gloria de miraros y padece el dolor de conoceros, conocerá cuán poco bien se alcanza, rey el deseo, esclava la esperanza. Si propia obligación de hermosura es mansedumbre al alma que la estima, y al fuerte do razón más assegura, tantos peligros voluntad arrima, vaya para menguada mi ventura, pues lo más sano della me lastima; mas si holgáis de ver mi mala andanza, viva el deseo y muera la esperanza. Bien muestra Amor su mano poderosa, pero no justiciera en mi cuidado, atando una esperanza tan medrosa al yugo de un deseo tan osado, que en cuanto aquél pretende, puede y osa, ella desmedra, teme y cae al lado, que mal podrán hacer buena alianza fuerte el deseo y débil la esperanza. La tierna planta que, de flores llena, el bravo viento coge sin abrigo, bate sus ramas y en su seno suena, llévala y torna, y vuélvela consigo, siembra la flor ó al hielo la condena, piérdese el fruto, triunfa el enemigo; sin más reparo y con mayor pujanza persigue mi deseo á mi esperanza.

Cantó Filardo, y Mendino quedó de su canción muy lastimoso. Coridón no, que estaba ausente de su bien, y cuantos males no eran de ausencia le parecían fáciles de sufrir. Cada uno siente su dolor, y el de Filardo no era de olvidar que era de olvido, y ahora, después de haber alabado su cantar tan igual en la voz y el arte, los tres pastores se metieron en largas pláticas de diversas cosas, y la última fué la ciencia de la Astrología, que grandes maestros della había en el Tajo; allí estaba el grave Erión, de quien después trataremos; el antiguo Salcino, el templado Micanio, con otros muchos de igual prueba; mas entre todos, Filardo alabó el gran saber de Sincero, y la llaneza y claridad con que oía y daba sus respuestas: por esto le dió gran gana á Mendino de verse con Sincero, que muchos días había deseado saber á dónde llegaba el arte destos magos; y como Filardo dijo que sabía su morada, los tres se concertaron de buscarle el día siguiente, antes que el Sol estorbasse su camino, con lo cual tomaron el de sus cabañas, donde cada uno á su modo passó el día y la noche, y ya que el alba y el cuidado del concierto desterraron el sueño, Coridón y Filardo buscaron á Mendino, cuando él salía de sus cabañas á buscarlos, y escogiendo la vía más breve y menos agra passaron el monte, y á dos millas que por selvas y valles anduvieron, en lo más secreto de un espesso soto hallaron un edificio de natura, á manera de roca, en una peña viva, cercado de dos brazas de fosso de agua clara hasta la mitad de la hondura; aquí quiso Filardo merecer la entrada, y sentado sobre la hierba sacó la lira, á cuyo son con este soneto despertó á Sincero:

FILARDO Si me hallasse en Indias de contento, y descubriesse su mayor tesoro en el lugar donde tristeza ó lloro jamás hubiessen destemplado el viento; Donde la voluntad y el pensamiento guardassen siempre al gusto su decoro, sin ti estaría, sin ti que sola adoro, pobre, encogido, amargo y descontento. ¿Pues qué haré donde contino suenan agüeros tristes de presente daño, propio lugar de miserable suerte; Y adonde mis amigos me condenan, y es el cuchillo falsedad y engaño, y tú el verdugo que me das la muerte?

Con el postrero acento de Filardo abrió el mago una pequeña puerta, y con aspecto grave y afables razones los saludó y convidó á su cueva. Pues como fuesse aquello á lo que venían, fácilmente acetaron, y por una tabla que el mago tenía en el fosso, que sería de quince pies en largo, hecha á la propia medida, passaron allá y entraron en aquel lugar inculto, donde lo que hay menos que ver es el dueño. Aquí en estas peñas cavadas solo vivo y solo valgo, y aunque no á todos comunico mi pecho, bien sé, nobles pastores, que sois dignos de amor y reverencia; mas vos, Coridón ausente, y vos, Filardo olvidado, perdonaréis por ahora, y vos, Mendino, oid quién sois y lo que de vos ha sido y será, que dichoso es el hombre que sabe sus daños para hacerles reparo y sus bienes para alegrarse en ellos; y viendo que Mendino le prestaba atención, en estas palabras soltó su voz el mago:

SINCERO Cuando natura con atenta mano, viendo el Sér soberano de do viene, el ser que el hombre tiene y es dechado, dó está representado, y junto todo, quiso con nuevo modo hacer prueba maravillosa y nueva, no del pecho, cuyo poder y hecho á todo excede, pero de cuánto puede y cuánto es buena capacidad terrena en fortaleza, en gracia, en gentileza, en cortesía, en gala, en gallardía, en arte, en ciencia, en ingenio, en prudencia y en conceto, en virtud y respeto, y finalmente, en cuanto propiamente acá en el suelo una muestra del cielo sea possible, con la voz apacible, el rostro grave, como aquella que sabe cuanto muestra su poderosa diestra y sola abarca, invocando á la Parca cuidadosa, «Obra tan generosa se te ofrece, le dice, que parece menosprecio hacer caudal y precio de otra alguna de cuantas con la luna se renuevan, ó con el sol se ceban y fatigan, ó á la sombra mitigan su trabajo; tus hombros pon debajo de mi manto, obrador sacrosanto de tu ciencia, y con tal diligencia luego busca aquel copo que ofusca lo más dino, que después del Austrino al mundo es solo; de los rayos de Apolo está vestido de beldad, guarnecido de limpieza, allí acaba y empieza lo infinito, es Ave el sobrescrito sin segundo, á cuyo nombre el mundo se alboroza, de Mendoza, y Mendoza sólo suena donde la luz serena nos alegra, y á do la sombra negra nos espanta; agora te adelanta en el estilo, y del copo tal hilo saca y tuerce, que por más que se esfuerce en obra y pueda, mi mano nunca exceda en otra á ésta». Dijo Natura, y presta al mandamiento, Lachesis, con contento y regocijo, sacó del escondrijo de Natura aquella estambre pura, aquel tesoro, ciñó la rueca de oro, de oro el huso, y como se dispuso al exercicio, la mano en el oficio, assí á la hora la voz clara sonora á los loores: «Oid los moradores de la tierra cuánta gloria se encierra en esta vida, que hilo por medida más que humana; aquí se cobra y gana el bien passado, que del siglo dorado fué perdido este bien, escogido por amparo de bondad y reparo de los daños que el tiempo en sus engaños nos ofrezca; porque aquí resplandezca la luz muerta, la verdad halla puerta y la mentira cuchillo que la admira y nos consuela, y la virtud espuela, el vicio freno, en quien lo menos bueno al mundo espante: crece, gentil Infante, Enrique crece, que Fortuna te ofrece tanta parte, no que pueda pagarte con sus dones, pero con ocasiones, de tal suerte, que el que quiera ofenderte ó lo intentare, si á tu ojo apuntare el suyo saque y su cólera aplaque con su daño; del propio y del extraño serás visto, y de todos bien quisto, Infante mío; mas ¡ay! que el desvarío del tirano mundo cruel, temprano te amenaza, tan áspero fin traza á tus contentos, que tendrás los tormentos por consuelo; cuando el Amor del suelo lo más raro te diere menos caro, hará trato que tendrás por barato desta fiesta lo que la vida cuesta; mas entiende que si el Hado pretende darte asalto, y que te halles falto de la gloria, do estará tu memoria, el cielo mismo te infundirá un abismo de cordura, con que la desventura se mitigue, que aunque muerte te obligue, cuando á hecho rompa el ínclito pecho de tu padre, de claro aguelo y madre á sentimiento, y el duro acaecimiento que te espera de que á tus ojos muera la luz bella, de aquella, digo, aquella que nacida será tu misma vida muertos ellos, serás la Fénix dellos; crece ahora, que ya la tierra llora por tenerte, por tratarte y por verte y será presto». Dijo Lachesis esto, y yo te digo, que tú eres buen testigo en lo que ha sido, y si en lo no venido no reposas, esfuérzate en las cosas que te ofenden, que en el tiempo se entienden las verdades y el franco pecho en las adversidades.

Ganoso anduvo Mendino de oir á Sincero, y valiérale más no haberlo hecho, porque una vez le oyó y mil se arrepintió de haberle oído. Imprimióse una imagen de muerte en su corazón, que si juntamente en él no estuviera la de Elisa, cayera sin duda en el postrer desmayo. Cruel fué Sincero con Mendino en afirmarle lo que fuera possible ser tan falso como verdadero, mas pocos hay que encubran su saber, aunque el mostrarlo sea á costa del amigo. Tal quedó el pastor, que no fué poco poderse despedir del mago, que con ofertas y abrazos salió con ellos hasta passar el soto, donde se quedó, y ellos volvieron á la ribera, que al parecer de Mendino ya no era lugar de contento, sino de profundo dolor, con quien anduvo luchando muchos días por no poderle excusar y por hacerlo de que Elisa lo sintiesse. ¡Oh cuántas veces el leal amador mostró placer en el rostro, que en el alma era rabia y ponzoña, y cuántas veces su risa fué rayo, que penetraba su pecho y aun los mismos ratos de la presencia de Elisa, que en muerte y afrenta le fueran consuelo, le eran allí desesperación, y así no tenía gusto sin acibar ni trabajo con alivio! «¿Es possible, decía, que la celestial belleza de Elisa ha de faltar á mis ojos, y que muerta Elisa yo podré vivir, y mis esperanzas juntas con Elisa se harán polvo que lleve el viento? Primero ruego á la deidad donde todo se termina que mude en mí la sentencia, y si no, yo me la doy, Elisa, que ya que no sea poderoso para que no mueras, serélo á lo monos para no vivir». Estas y tales razones decía Mendino á solas con la boca, y acompañado con el corazón, y Elisa, inocente destos daños, siempre se ocupaba en agradarle y engañar á Galafrón, como Mendino á Filis. Tres veces se vistió el Tajo de verdura, y otras tantas se despojó della, en tanto que Elisa sin sobresalto, y Mendino siempre con él, gozaron de la mayor fe y amor que jamás cupo en dos corazones humanos, y al principio del tercero invierno, cuando el fresno de hoja y el campo de hermosura, juntamente se despojó de vida el corazón de Mendino no olvidado, no celoso ni ausente menos que del alma, porque adoleció Elisa de grave enfermedad é inútiles los remedios de la tierra, aquella alma pura, buscando los celestiales, desamparó aquel velo de tan soberana natural belleza, dejando un dolor universal sobre la haz del mundo y una ventaja de todo en el pecho del sin ventura pastor, que aun para quejarse no le quedó licencia, solo por la soledad de los montes buscaba á Elisa, y en lágrimas sacaba su corazón por los ojos; allí, con aquellas peñas endurecidas, comunicaba su terneza, y en ellas mismas ponía sentimiento. Con él lloraron Siralvo, Castalio y Coridón. Con él lloraron los montes y los ríos; con él las ninfas y pastoras, mas nadie sentía que él lloraba. Gran pérdida fué aquélla, y grande el dolor de ser perdida, y muchos los que perdieron. Esto se pudo ver por las majadas de Sileno, donde no quedó pastor que no llorasse y gimiese, y desamparando las cubiertas cabañas, passaban la nieve y el granizo por los montes las noches, y por los yermos los días, mayormente en el lugar do fué Elisa sepultada, en una gran piedra coronada de una alta pirámide, á la sombra de algunos árboles, y á la frescura de algunas fuentes, todos los rabadanes, pastoras y ninfas de más estima cubrieron sus frentes con dolor y bañaron con lágrimas sus mejillas en compañía del anciano padre, donde Mendino, que más sentía, era quien menos lo mostraba, por el decoro de Elisa y el estorbo de Filis, y así apartado, donde de nadie podía ser visto ni oído, satisfacía á su voluntad en lágrimas sin medida y en quexas sin consuelo; y cuando el bravo dolor le daba alguna licencia, cantaba en vez de llorar, y peor era su canto que si llorara, que cuando el triste canta, más llora, y más Mendino, que desta suerte cantaba:

MENDINO Yéndote, señora mía, queda en tu lugar la muerte, que mal vivirá sin verte el que por verte vivía; pero viendo que renaciste muriendo, muero yo con alegría. En la temprana partida vieja Fénix pareciste, pues tu vida escarneciste por escoger nueva vida: sentiste la mejoría, y en sintiéndola volaste, mas ay de aquel que dejaste triste, perdido y sin guía; y entendiendo que te cobraste muriendo, se pierde con alegría. El árbol fértil y bueno no da su fruto con brío hasta que es de su natío mudado en mejor terreno; por esto, señora mía, en el jardín soberano te traspuso aquella mano que acá sembrado te había; y entendiendo que allí se goza viviendo, muero aquí con alegría. Bien sé, Elisa, que convino, y te fué forzoso y llano quitarte el vestido humano para ponerte el divino; mas quien contigo vestía su alma, di, ¿qué hará, ó qué consuelo tendrá quien sólo en ti le tenía, si no es viendo que tú te vistes muriendo de celestial alegría? En esta ausencia mortal tiene el consuelo desdén, no porque te fuiste al bien, mas porque quedé en el mal; y es tan fiera la osadía de mi rabiosa memoria, que con el bien de tu gloria el mal de ausencia porfía; pero viendo que el mal venciste muriendo, al fin vence el alegría. Es la gloria de tu suerte la fuerza de mi cadena, porque no cesse mi pena con la presurosa muerte, que ésta no me convenía; mas entonces lo hiciera cuando mil vidas tuviera que derramar cada día; pues sabiendo la que ganaste muriendo, las diera con alegría. Vi tu muerte tan perdido, que no sentí pena della, porque de sólo temella quedé fuera de sentido; ya mi mal, pastora mía, da la rienda al sentimiento; siempre crece tu contento y el rigor de mi agonía; pero viendo que estás gozosa viviendo, mi tristeza es alegría.

Así pasaba Mendino su congojosa vida, huyendo de los lugares donde de Elisa se trataba, honrándola ó llorándola, porque para ella y para él era este recato de grande importancia, y así se entretenía en sus cabañas con el vaquero Coridón ó con Castalio su primo lo más del tiempo, y esto porque en amor no falte su costumbre, que es haber siempre quien de nuevo llore; Cardenio, enamorado de Clori, perdió el respeto á Castalio, que más que á sí la quería, y la pidió en casamiento, y el generoso padre de ella, viendo la igualdad de los dos ricos pastores en edad y suerte, y que ambos le pedían y ambos eran dignos, y á Castalio heredero y á Cardenio heredado, dió la palabra á Cardenio y dejó á Castalio, de manera que estuvo mil veces por darse la muerte. En estos trances tan dolorosos se pasó lo restante del invierno. No os he dicho nada de Galafrón, siendo mucho lo que hay que decir; mas presto celebraremos el sepulcro de Elisa, donde serán sus lágrimas las mejores, porque allí faltarán las de Mendino; y ahora veréis que llega á la ribera un galán cortesano en hábito de pastor; Alfeo se llama, y con dolor viene: tratemos dél, en tanto que de Mendino y Castalio sus recientes daños no nos dan lugar: que tal vendrá, que los hallemos más tratables, pues

El mal que el tiempo hace, el tiempo le suele curar.

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