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Orígenes de la novela, Tomo II

INTRODUCCIÓN (continued 3)

Reading edition

Á semejanza de Boccaccio, á quien la peste de Florencia dió ocasión y cuadro para enfilar las historias del Decameron, Trancoso fué movido á buscar algún solaz en la composición de las suyas con el terrible motivo de la llamada peste grande de Lisboa en 1569, á la cual hay varias referencias en su libro. En el cuento 9.º de la 2.ª parte, dice: «Assi a exemplo deste Marquez, todos os que este anuo de mil e quinhentos e sessenta e nove, nesta peste perdemos mulheres, filhos e fazenda, nos esfoçaremos e nāo nos entristeçamos tanto, que caiamos em caso de desesperação sem comer e sem paciencia, dando occasião a nossa morte». Trancoso hizo la descripción de esta peste, no en un proemio como el novelista florentino, sino en una Carta que dirigió á la Reina Doña Catalina, viuda de D. Juan III y Regente del Reino. En esta carta, que sólo se halla en la primera y rarísima edición de los Contos de 1575 y fué omitida malamente en las posteriores, refiere Trancoso haber perdido en aquella calamidad á su mujer, á su hija, de veinticuatro años, y á dos hijos, uno estudiante y otro niño de coro. Agobiado por el peso de tantas desdichas, ni siquiera llegó á completar el número de cuentos que se había propuesto escribir. De ellos publicó dos partes, que en junto contienen veintiocho capítulos. Una tercera parte póstuma, dada á luz por su hijo Antonio Fernandes, añade otros diez.

Con el deseo de exagerar la antigüedad de los Contos e historias de proveito e exemplo, supone Teófilo Braga que Trancoso había comenzado á escribirlos en 1544[197]. Pero el texto que alega no confirma esta conjetura, puesto que en él habla Trancoso de dicho año como de tiempo pasado: «e elle levaba consigo duzentos e vinte reales de prata, que era isto o anno de 1544, que havia quasi tudo reales». Me parece evidente que Trancoso no se refiere aquí al año en que él escribía, sino al año en que pasa la acción de su novela. Tampoco hay el menor indicio de que la Primera Parte se imprimiese suelta antes de 1575, en que apareció juntamente con la Segunda, reimprimiéndose ambas en 1585 y 1589. La tercera es de 1596[198]. No cabe duda, pues, de la prioridad de Timoneda, cuyas Patrañas estaban impresas desde 1566, tres años antes de la peste de Lisboa. No creo, sin embargo, que Trancoso las utilizase mucho. Las grandes semejanzas que el libro valenciano y el portugués tienen en la narración de Griselda quizá puedan explicarse por una lección italiana común, algo distinta de las de Boccaccio y Petrarca.

Trancoso adaptó al portugués varios cuentos italianos de Boccaccio, Bandello, Straparola y Giraldi Cinthio, pero lo que caracteriza su colección y la da más valor folklórico que á la de Timoneda es el haber acudido con frecuencia á la fuente de la tradición oral. La intención didáctica y moralizadora predomina en estos cuentos, y algunos pueden calificarse de ejemplos piadosos, como el «del ermitaño y el salteador de caminos», que inculca la necesidad del concurso de las buenas obras para la justificación, aunque sin el profundo sentido teológico que admiramos en la parábola dramática de El Condenado por desconfiado, ni la variedad y riqueza de su acción, cuyas raíces se esconden en antiquísimos temas populares. Otros enuncian sencillas lecciones de economía doméstica y de buenas costumbres, recomendando con especial encarecimiento la honestidad y recato en las doncellas y la fidelidad conyugal, lo cual no deja de contrastar con la ligereza de los novellieri italianos, y aun de Timoneda, su imitador. El tono de la coleccioncita portuguesa es constantemente grave y decoroso, y aun en esto revela sus afinidades con la genuina poesía popular, que nunca es inmoral de caso pensado, aunque sea muchas veces libre y desnuda en la dicción.

El origen popular de algunos de estos relatos se comprueba también por los refranes y estribillos, que les sirven de motivo ó conclusión, v. gr.: «A moça virtuosa—Deus a esposa» (cont. III); «minha mãe, calçotes» (cont. X), y otros dichos que son tradicionales todavía en Oporto y en la región del Miño.

Algunas de las anécdotas recogidas por Trancoso son meramente dichos agudos y sentenciosos que corrían de boca en boca, y no todos pueden ser calificados de portugueses. Así el conocido rasgo clásico de la vajilla mandada romper por Cotys, rey de Tracia, que aquí se encuentra aplicado á un rey de España. La fuente remota pero indisputable de esta anécdota, que pasó á tantos centones, es Plutarco en sus Apotegmas, que andaban traducidos al castellano desde 1533. Es verosímil, además, que Trancoso manejase la Floresta Española de Melchor de Santa Cruz, impresa un año antes que los Contos, pues sólo así se explica la identidad casi literal de ambos textos en algunas anécdotas y dichos de personajes castellanos. Puede compararse, por ejemplo, el cuento 8.º de la Parte Primeira del portugués con éste, que figura en el capítulo III de la colección del toledano:

«Un contador de este Arzobispo (D. Alonso Carrillo) le dixo que era tan grande el gasto de su casa, que ningún término hallaba cómo se pudiese sustentar con la renta que tenia. Dixo el Arzobispo: «¿Pues qué medio te parece que se tenga?» Respondió el Contador: «Que despida Vuestra Señoria aquellos de quien no tiene necesidad». Mandóle el Arzobispo que diese un memorial de los que le sobraban, y de los que se habian de quedar. El Contador puso primero aquellos que le parecian á él más necesarios y en otra memoria los que no eran menester. El Arzobispo tuvo manera como le diese el memorial delante de los más de sus criados, y leyéndole, dixo: «Estos queden, que yo los he menester; esotros ellos me han menester á mí»[199].

También pertenece á la historia castellana este dicho del Marqués de Priego, viendo asolada una de sus fortalezas por mandado del Rey Católico: «Bendito y alabado sea Dios que me dió paredes en que descargase la ira del Rey». (Cont. IX, parte 1.ª de Trancoso.)

Llegando á los cuentos propiamente dichos, á las narraciones algo más extensas, que pueden calificarse de novelas cortas, es patente que el autor portugués las recibió casi siempre de la tradición oral, y no de los textos literarios. Por eso y por su relativa antigüedad merecen singular aprecio sus versiones, aun tratándose de temas muy conocidos, como el «del Rey Juan y el abad de Cantorbery» (que aquí es un comendador llamado D. Simón), ó el de «la prueba de las naranjas», ó el de «los tres consejos», parábola de indiscutible origen oriental, que difiere profundamente de todas las demás variantes conocidas y ofrece una peripecia análoga á la leyenda del paje de la Reina Santa Isabel[200].

Todavía tienen más hondas raíces en el subsuelo misterioso de la tradición primitiva, común á los pueblos y razas más diversas, otros cuentos de Trancoso, por ejemplo, el de la reina virtuosa y la envidia de sus hermanas, que la acusan de parir diversos monstruos, con los cuales ellas suplantan las criaturas que la inocente heroína va dando á luz. Innumerables son los paradigmas de esta conseja en la literatura oral de todos los países, como puede verse en los eruditísimos trabajos de Reinhold Köhler y de Estanislao Prato[201], que recopilan á este propósito cuentos italianos, franceses, alemanes, irlandeses, escandinavos, húngaros, eslavos, griegos modernos, en número enorme. Sin salir de nuestra Península, la encontramos en Andalucía, en Portugal, en Cataluña, y ni siquiera falta una versión vasca recogida por Webster[202]. La novelística literaria ofrece este tema con igual profusión en Las Mil y una noches, en Straparola (n. 4, fáb. III); en la Posilecheata del obispo Pompeyo Sarnelli, publicada por Imbriani (cuento tercero); en Mad. D'Aulnoy, La Princesse Belle-Etoile et le prince Chévi. Carlos Gozzi le transportó al teatro en su célebre fiaba filosofica «L'Augellino belverde», y D. Juan Valera le rejuveneció para el gusto español con la suave y cándida malicia de su deleitable prosa. Un nexo misterioso pero indudable, ya reconocido por Grimm, enlaza este cuento con el del caballero del Cisne y con las poéticas tradiciones relativas á Lohengrin. Tan extraordinaria y persistente difusión indica un simbolismo primitivo, no fácil de rastrear, sin embargo, aun por la comparación de las versiones más antiguas. La de Trancoso conserva cierta sencillez relativa, y no está muy alejada de las que Leite de Vasconcellos y Teófilo Braga han recogido de boca del pueblo portugués en nuestros días.

Persisten del mismo modo en la viva voz del vulgo el cuento del real bien ganado que conduce á un piadoso labriego al hallazgo de una piedra preciosa, y el de «quien todo lo quiere, todo lo pierde», fundado en una estratagema jurídica que altera el valor de las palabras. Y aunque todavía no se hayan registrado versiones populares de otras consejas, puede traslucirse el mismo origen en la de «la buena suegra», que tanto contrasta con el odioso papel que generalmente se atribuye á las suegras en cuentos y romances, y que en su desarrollo ofrece una situación análoga á la astucia empleada en la comedia de Shakespeare All's well that ends well, cuyo argumento está tomado, como se sabe, del cuento decameroniano de Giletta de Narbona (n. 9, giorn. III). Obsérvese que Trancoso conocía también á Boccaccio, pero en este caso no le imita, sino que coincide con él.

De El Conde Lucanor no creemos que tuviese conocimiento, puesto que la edición de Argote es del mismo año que la primera de los Contos; pero en ambas colecciones es casi idéntico el ejemplo moral que sirve para probar la piadosa máxima: «Bendito sea Dios, ca pues él lo fizo, esto es lo mejor»; salvo que en Trancoso queda reducido á la condición de médico el resignado protagonista de la pierna quebrada, que en la anécdota recogida por D. Juan Manuel tiene un nombre ilustre: D. Rodrigo Meléndez de Valdés, «caballero mucho honrado del reino de Leon». Los nombres y circunstancias históricas es lo primero que se borra en la tradición y en el canto popular.

El cuento «del hallazgo de la bolsa» se halla con circunstancias diversas en Sercambi, en Giraldi Cinthio y en Timoneda[203]; pero la versión de Trancoso parece independiente y popular, como lo es también el cuento de «los dos hermanos», que en alguna de sus peripecias (el pleito sobre la cola de la bestia, transportado por Timoneda á la patraña sexta y no olvidado por Cervantes en La Ilustre Fregona), pertenece al vastísimo ciclo de ficciones del «justo juez», que Benfey y Köhler han estudiado minuciosamente comparando versiones rusas, tibetanas, indias y germánicas.

La parte de invención personal en los cuentos de Trancoso debe de ser muy exigua, aun en los casos en que no puede señalarse derivación directa. Nadie le creerá capaz de haber inventado un cuento tan genuinamente popular como el «del falso príncipe y el verdadero», puesto que son folklóricos todos sus elementos: la fuerza de la sangre, que se revela por la valentía y arrojo en el verdadero príncipe, y por la cobardía en el falso é intruso, y el casamiento del héroe con una princesa, que permanece encantada durante cierto tiempo, en forma de vieja decrépita. Cuando Trancoso intenta novelar de propia minerva, lo cual raras veces le acontece, cae en lugares comunes y se arrastra lánguidamente. Tal le sucede en el cuento del hijo de un mercader, que en recompensa de su piedad llegó á ser rey de Inglaterra (cuento II de la 2.ª parte). Trancoso parece haberle compaginado con reminiscencias de libros caballerescos, especialmente del Oliveros de Castilla. Es una nueva versión del tema del muerto agradecido. Los agradecidos son aquí dos santos, cuyas reliquias había rescatado en Berbería el héroe de la novela, y que con cuerpos fantásticos le acompañan en su viaje y le hacen salir vencedor de las justas en que conquista la mano de la princesa de Inglaterra.

Los cuentos de Trancoso en que debe admitirse imitación literaria son los menos. De Boccaccio trasladó, no sólo la Griselda, sino también la historia de los fieles amigos Tito y Gisipo (Decameron, giorn. X, n. 8), transportando la acción á Lisboa y Coimbra. De Bandello, la novela XV de la Parte 2.ª, en que se relata aquel acto de justicia del Duque Alejandro de Médicis, que sirve de argumento á la comedia de Lope de Vega La Quinta de Florencia[204]. De las Noches de Straparola tomó, recortándola mucho, la primera novela, que persuade la conveniencia de guardar secreto, especialmente con las mujeres, y de ser obediente á los consejos de los padres. El cuento está muy abreviado, pero no empeorado, por Trancoso, y el artificio de simular muerto un neblí ó halcón predilecto del Marqués de Monferrato, para dar ocasión á que la mujer imprudente y ofendida delate á su marido y ponga en grave riesgo su vida, es nota característica de ambas versiones, y las separa de otras muchas[205], comenzando por la del Gesta Romanorum[206].

Giraldi Cinthio suministró á la colección portuguesa dos novelas, es á saber, la quinta de la primera década, en que el homicida, cuya cabeza ha sido pregonada, viene á ponerse en manos de la justicia para salvar de la miseria á su mujer é hijos con el precio ofrecido á quien le entregue muerto ó vivo[207]; y la primera de la década segunda, cuyo argumento en Trancoso, que sólo ha cambiado los nombres, es el siguiente: Aurelia, princesa de Castilla, promete su mano al que le traiga la cabeza del que asesinó á su novio Pompeyo. El incógnito matador Felicio, que había cometido su crimen por amor á Aurelia, vuelve del destierro con nombre supuesto, y después de prestar á la Princesa grandes servicios en la guerra contra el Rey de Aragón su despechado pretendiente, pone su vida en manos de la dama, la cual, no sólo le perdona, sino que se casa con él, cumpliendo lo prometido[208]. En la primera de estas leyendas fundó Lope de Vega su comedia El Piadoso Veneciano.

Si á esta media docena de novelas añadimos el conocido apólogo del codicioso y el envidioso, que puede leerse en muchos libros de ejemplos, pero que Trancoso, como maestro de latinidad que era, tomó probablemente de la fábula 22 de Aviano, que es el texto más antiguo en que se encuentra[209], tendremos apurado casi todo lo que en su libro tiene visos de erudición y es fruto de sus lecturas, no muchas ni variadas, á juzgar por la muestra. Ni estas imitaciones ocasionales, ni el fárrago de moralidades impertinentes y frías que abruman los cuentos, bastan para borrar el sello hondamente popular de este libro, que no sólo por la calidad de sus materiales, sino por su estilo fácil, expresivo y gracioso, es singular en la literatura portuguesa del siglo XVI, donde aparece sin precedentes ni imitadores. Los eruditos pudieron desdeñarle; pero el pueblo siguió leyéndole con devoción hasta fines del siglo XVIII, en que todavía le cita un poeta tan culto y clásico como Filinto Elysio: «os Contos de Trancoso, do tempo de nossos avoengos». Filinto se complacía en recordarlos y no desdeñaba tampoco (caso raro en su tiempo) los de tradición oral, «contos que ouvi contar ha mais de setenta e dois annos», como las Tres Cidras do Amor, João Ratão y la Princesa Doninha. «Com o titulo da Gata Borralheira, contava minha mãe a historia de Cendrillon. E nunca minha mãe soube francez»[210].

El cuento literario medró muy poco en Portugal después de Trancoso. Si alguno se halla es meramente á título de ejemplo moral en libros ascéticos ó de materia predicable, como el Baculo pastoral de Flores de Exemplos de Francisco Saraiva de Sousa (1657), el Estimulo pratico, la Nova floresta de varios Apophtegmas y otras obras del P. Manuel Bernardes, ó en ciertas misceláneas eruditas del siglo XVIII, como la Academia Universal de varia erudição del P. Manuel Consciencia, y las Horas de Recreio nas ferias de maiores estudos del P. Juan Bautista de Castro (1770). Sólo los estudios folklóricos de nuestros días han hecho reverdecer esta frondosa rama de la tradición galaico-lusitana, cuya importancia, literaria por lo menos, ya sospechaba un preclaro ingenio de principios del siglo XVII, que intentó antes que otro alguno reducir á reglas y preceptos el arte infantil de los contadores, dándonos de paso una teoría del género y una indicación de sus principales temas. Me refiero al curioso libro de Francisco Rodríguez Lobo Corte na aldea e noites de inverno, de que más detenidamente he de tratar en otra parte de los presentes estudios, puesto que por la fecha de su primera edición (1619) es ya posterior á las Novelas de Cervantes. Pero no quiero omitir aquí la mención de los dos curiosísimos diálogos décimo y undécimo, en que presenta dos tipos contrapuestos de narración, una al modo italiano (Historia de los amores de Aleramo y Adelasia—Historia de los amores de Manfredo y Eurice), otro al modo popular «con más bordones y muletas que tiene una casa de romería, sin que falten términos de viejas y remedios de los que usan los descuidados». Con este motivo establece una distinción Rodríguez Lobo entre los cuentos y las historias (sinónimo aquí de las novelle toscanas), donde puede campear mejor «la buena descripción de las personas, relación de los acontecimientos, razón de los tiempos y lugares, y una plática por parte de algunas de las figuras que mueva más á compasión y piedad, que esto hace doblar después la alegría del buen suceso», en suma todos los recursos patéticos y toda la elegancia retórica de Boccaccio y sus discípulos. «Esta diferencia me parece que se debe hacer de los cuentos y de las historias, que aquéllas piden más palabras que éstos, y dan mayor lugar al ornato y concierto de las razones, llevándolas de manera que vayan aficionando el deseo de los oyentes, y los cuentos no quieren tanta retórica, porque lo principal en que consisten está en la gracia del que habla y en la que tiene de suyo la cosa que se cuenta».

«Son estos cuentos de tres maneras: unos fundados en descuidos y desatientos, otros en mera ignorancia, otros en engaño y sutileza. Los primeros y segundos tienen más gracia y provocan más á risa y constan de menos razones, porque solamente se cuenta el caso, diciendo el cortesano con gracia propia los yerros ajenos. Los terceros sufren más palabras, porque debe el que cuenta referir cómo se hubo el discreto con otro que lo era menos ó que en la ocasión quedó más engañado...».

De todos ellos pone Rodríguez Lobo multiplicados ejemplos y continúa enumerando otras variedades: «Demás destos tres órdenes de cuentos de que tengo hablado hay otros muy graciosos y galanos, que por ser de descuidos de personas en quien había en todas las cosas de haber mayor cuidado, no son dignos de entrar en regla ni de ser traídos por ejemplo. Lo general es que el desatiento ó la ignorancia, donde menos se espera, tiene mayor gracia. Después de los cuentos graciosos se siguen otros de sutileza, como son hurtos, engaños de guerra, otros de miedos, fantasmas, esfuerzo, libertad, desprecio, largueza y otros semejantes, que obligan más á espanto que á alegría, y puesto que se deben todos contar con el mismo término y lenguaje, se deben en ellos usar palabras más graves que risueñas».

Trata finalmente de los dichos sentenciosos, agudos y picantes, dando discretas reglas sobre la oportunidad y sazón en que han de ser empleados: «Los cuentos y dichos galanes deben ser en la conversación como los pasamanos y guarniciones en los vestidos, que no parezca que cortaron la seda para ellos, sino que cayeron bien, y salieron con el color de la seda ó del paño sobre que los pusieron; porque hay algunos que quieren traer su cuento á fuerza de remos, cuando no les dan viento los oyentes, y aunque con otras cosas les corten el hilo, vuelven á la tela, y lo hacen comer recalentado, quitándole el gusto y gracia que pudiera tener si cayera á caso y á propósito, que es cuando se habla en la materia de que se trata ó cuando se contó otro semejante. Y si conviene mucha advertencia y decoro para decirlos, otra mayor se requiere para oirlos, porque hay muchos tan presurosos del cuento ó dicho que saben, que en oyéndolo comenzar á otro, se le adelantan ó le van ayudando á versos como si fuera salmo; lo cual me parece notable yerro, porque puesto que le parezca á uno que contará aquello mismo que oye con más gracia y mejor término, no se ha de fiar de sí, ni sobre esa certeza querer mejorarse del que lo cuenta, antes oirle y festejarle con el mismo aplauso como si fuera la primera vez que lo oyese, porque muchas veces es prudencia fingir en algunas cosas ignorancia... Tampoco soy de opinión que si un hombre supiese muchos cuentos ó dichos de la materia en que se habla, que los saque todos á plaza, como jugador que sacó la runfla de algún metal, sino que deje lugar á los demás, y no quiera ganar el de todos ni hacer la conversación consigo solo»[211].

De estos «cuentos galantes, dichos graciosos y apodos risueños» proponía Rodríguez Lobo que se formase «un nuevo Alivio de caminantes, con mejor traza que el primero». Es la única colección que cita de las anteriores á su tiempo, aunque no debía de serle ignorada la Floresta Española, que es más copiosa y de «mejor traza». Aunque Rodríguez Lobo imita en cierto modo el plan de El Cortesano de Castiglione, donde también hay preceptos y modelos de cuentos y chistes, sus advertencias recaen, como se ve, sobre el cuento popular é indígena de su país, y prueban el mucho lugar que en nuestras costumbres peninsulares tenía este ingenioso deporte, aunque rara vez pasase á los libros.

Algunos seguían componiéndose, sin embargo, en lengua castellana.

El más curioso salió de las prensas de Valencia, lo mismo que el Patrañuelo, y su autor pertenecía á una familia de ilustres tipógrafos y editores, de origen flamenco, que constituyen al mismo tiempo una dinastía de humanistas[212]. Aunque Sebastián Mey no alcanzó tanta fama como otros de su sangre, especialmente su doctísimo padre Felipe Mey, poeta y traductor de Ovidio, filólogo y profesor de Griego en la Universidad de Valencia, y hombre, en fin, que mereció tener por mecenas al grande arzobispo de Tarragona Antonio Agustín, es indudable, por el único libro suyo que conocemos, que tenía condiciones de prosista muy superiores á las de Timoneda, y que nadie, entre los escasos cuentistas de aquella Edad, le supera en garbo y soltura narrativa. La extraordinaria rareza de su Fabulario[213], del cual sólo conocemos dos ejemplares, uno en la Biblioteca Nacional de Madrid y otro en la de París, ha podido hacer creer que era meramente un libro de fábulas esópicas. Es cierto que las contiene en bastante número, pero hay, entre los cincuenta y siete capítulos de que se compone, otros cuentos y anécdotas de procedencia muy diversa y algunos ensayos de novela corta á la manera italiana, por lo cual ofrece interés la indagación de sus fuentes, sobre las cuales acaba de publicar un interesante trabajo el joven erudito norteamericano Milton A. Buchanan, de las Universidades de Toronto y Chicago[214].

Exacto es al pie de la letra lo que dice Sebastián Mey en el prólogo de su Fabulario: «Tiene muchas fábulas y cuentos nuevos que no están en los otros (libros), y los que hay viejos están aquí por diferente estilo». Aun los mismos apólogos clásicos, que toma casi siempre de la antigua colección esópica[215], están remozados por él con estilo original y con la libertad propia de los verdaderos fabulistas. Hubiera podido escribir sus apólogos en verso, y no sin elegancia, como lo prueban los dísticos endecasílabos con que expresa la moralidad de la fábula, á ejemplo, sin duda, de D. Juan Manuel, puesto que la compilación de Exemplos de Clemente Sánchez de Vercial debía de serle desconocida. Con buen acuerdo prefirió la prosa. Interrumpida como estaba después del Arcipreste de Hita la tradición de la fábula en verso, hubiera tenido que forjarse un molde nuevo de estilo y dicción, como felizmente lo intentó Bartolomé Leonardo de Argensola en las pocas fábulas que á imitación de Horacio intercala en sus epístolas, y como lo lograron, cultivando el género más de propósito, Samaniego é Iriarte en el siglo XVIII, y creemos que la pericia técnica de Sebastián Mey no alcanzaba á tanto. Pero en la sabrosísima prosa de su tiempo, y con puntas de intención satírica á veces, desarrolla, de un modo vivo y pintoresco, aun los temas más gastados. Sirva de ejemplo la fábula de El lobo, la raposa y el asno:

«Teniendo hambre la raposa y el lobo, se llegaron hazia los arrabales de una aldea, por ver si hallarian alguna cosa a mal recado, y toparon con un asno bien gordo y lucido, que estava paciendo en un prado; pero temiendose que por estar tan cerca de poblado corrian peligro si alli esecutavan en él su designio, acordaron de ver si con buenas razones podrian apartarle de alli, por donde acercando a él la raposa, le habló de esta suerte: «Borriquillo, borriquillo, que norabuena esteys, y os haga buen provecho la yervecica; bien pensays vos que no os conozco, sabed pues que no he tenido yo en esta vida mayor amiga que vuestra madre. Oh, qué honradaza era: no havia entre las dos pan partido. Agora venimos de parte de un tio vuestro, que detras de aquel monte tiene su morada, en unas praderias que no las hay en el mundo tales: alli podreys dezir que hay buena yerba, que aqui todo es miseria. El nos ha embiado para que os notifiquemos cómo casa una hija, y quiere que os halleys vos en las bodas. Por esta cuesta arriba podemos ir juntos; que yo sé un atajo por donde acortaremos gran rato de camino». El asno, aunque tosco y boçal, era por estremo malicioso; y en viéndolos imaginó hazerles alguna burla; por esto no huyó, sino que se estuvo quedo y sosegado, sin mostrar tenerles miedo. Pero quando huvo oido a la raposa, aunque tuvo todo lo que dezia por mentira, mostró mucho contento, y començó a quexarse de su amo, diziendo cómo dias havia le huviera dexado, si no que le devia su soldada; y para no pagarle, de dia en dia le traia en palabras, y que finalmente solo havia podido alcançar dél que le hiziese una obligacion de pagarle dentro de cierto tiempo, que pues no podia por entonces cobrar, a lo menos queria informarse de un letrado, si era bastante aquella escritura, la qual tenia en la uña del pie, para tener segura su deuda. Bolviose la raposa entonces al lobo (que ya ella se temió de algun temporal) y le preguntó si sus letras podian suplir en semejante menester. Pero él no entendiéndola de grosero, muerto porque le tuviesen por letrado, respondió muy hinchado que havia estudiado Leyes en Salamanca, y rebuelto muchas vezes a Bartulo y Bartuloto y aun á Galeno, y se preciava de ser muy buen jurista y sofistico, y estava tan platico en los negocios, y tan al cabo de todo, que no daria ventaja en la plaça a otro ninguno que mejores sangrias hiziese; por el tanto amostrase la escritura, y se pusiese en sus manos, que le ofrecia ser su avogado para quando huviese de cobrar el dinero, y hazer que le pagasen tambien las costas, y que le empeñava sobre ello su palabra; que tuviese buena esperança. Levantó el asno entonces el pie, diziendole que leyese. Y quando el lobo estava mas divertido en buscar la escritura, le asentó con entrambos piés un par de coces en el caxco, que por poco le hiziera saltar los sesos. En fin, el golpe fue tal, que perdido del todo el sentido, cayó el triste lobo en el suelo como muerto. La raposa entonces dándose una palmada en la frente, dixo assi: «Oh! cómo es verdadero aquel refran antiguo, que tan grandes asnos hay con letras como sin letras». Y en diziendo esto, echó a huir cada qual por su cabo, ella para la montaña y el asno para el aldea».

Compárese esta linda adaptación con el texto castellano del siglo XV, mandado traducir por el Infante de Aragón D. Enrique (Fábula 1.ª entre las extravagantes del «Isopo»), y se comprenderá lo que habían adelantado la lengua y el arte de la narración durante un siglo. Con no menos originalidad de detalle, picante y donosa, están tratadas otras fábulas de la misma colección, donde ya estaban interpoladas, además de las esópicas, algunas de las que Mey sacó de Aviano, v. gr.: la de fure et parvo: «del mozo llorante y del ladrón». Un muchacho engaña á un ladrón, haciéndole creer que se le ha caído una jarra de plata en un pozo. El ladrón, vencido de la codicia, se arroja al pozo, despojándose antes de sus vestidos, que el muchacho le roba, dejándole burlado. En la colección de Mey tiene el número 5.º y esta moraleja:

Al que engañado á todo el mundo ofende, Quien menos piensa, alguna vez le vende.

De las fábulas de animales es fácil el tránsito á otros apólogos no menos sencillos, y por lo general de la misma procedencia clásica, en que intervienen, principal ó exclusivamente, personajes racionales, por ejemplo: «La Enferma de los ojos y el Médico»,[216] El avariento[217], «El padre y los hijos», todas ellas de origen esópico. Baste como muestra el último:

«Un labrador, estando ya para morir, hizo llamar delante sí a sus hijos; a los quales habló desta suerte: «Pues se sirve Dios de que en esta dolencia tenga mi vida fin, quiero, hijos mios, revelaros lo que hasta aora os he tenido encubierto, y es que tengo enterrado en la viña un tesoro de grandissimo valor. Es menester que pongays diligencia en cavarla, si quereys hallarle», y sin declararles más partió desta vida. Los hijos, despues de haver concluido con el entierro del padre, fueron a la viña, y por espacio de muchos dias nunca entendieron sino en cavarla, quando en una, quando en otra parte, pero jamás hallaron lo que no havia en ella: bien es verdad que por haberla cavado tanto, dió sin comparacion más fruto aquel año que solia dar antes en muchos. Viendo entonces el hermano mayor quánto se habian aprovechado, dixo a los otros: «Verdaderamente aora entiendo por la esperiencia, hermanos, que el tesoro de la viña de nuestro padre es nuestro trabajo.

En esta vida la mejor herencia Es aplicar trabajo y diligencia»[218].

Las relaciones novelísticas de Sebastián Mey con las colecciones de la Edad Media no son tan fáciles de establecer como las que tiene con Esopo y Aviano. De D. Juan Manuel no parece haber imitado más que un cuento, el del molinero, su hijo y el asno. Con Calila y Dimna tiene comunes dos: El Amigo Desleal, que es el apólogo «de los mures que comieron fierro»[219], y El Mentiroso burlado; pero ni uno ni otro proceden de la primitiva versión castellana derivada del árabe, ni del Exemplario contra los engaños y peligros del mundo, traducido del Directorium vitae humanae de Juan de Capua, sino de alguna de las imitaciones italianas, probablemente de la de Firenzuola: Discorsi degli animali, de quien toma literalmente alguna frase[220]. Por ser tan raro el texto de Mey le reproduzco aquí, para que se compare con el italiano, que puede consultarse fácilmente en ediciones modernas:

Fábula XXVIII. El hombre verdadero y el mentiroso:

«Ivan caminando dos compañeros, entrambos de una tierra y conocidos: el uno de ellos hombre amigo de verdad y sin doblez alguna, y el otro mentiroso y fingido. Acaeció, pues, que a un mismo tiempo viendo en el suelo un talegoncico, fueron entrambos a echarle mano, y hallaron que estava lleno de doblones y de reales de a ocho. Quando estuvieron cerca de la ciudad donde bivian, dixo el hombre de bien: “Partamos este dinero, para que pueda cada uno hazer de su parte lo que le diere gusto”. El otro, que era bellaco, le respondio: “Por ventura si nos viesen con tanto dinero, seria dar alguna sospecha, y aun quiça nos porniamos en peligro de que nos le robasen, porque no falta en la ciudad quien tiene cuenta con las bolsas agenas. Pareceme que seria lo mejor tomar alguna pequeña quantia por agora, y enterrar lo demas en lugar secreto, y quando se nos ofreciere despues haver menester dineros, vernemos entramos juntos a sacarlos, y con esto nos quitaremos por aora de inconvenientes”. El hombre bueno, o si se sufre llamarle bovo, pues no cayó en la malicia ni engaño del otro, pretendiendo que su intencion era buena, facilmente vino en ello, y tomando entonces alguna quantidad cada uno dellos, enterraron lo demas a la raiz de un arbol que alli juntico estava, habiendo tenido mucha cuenta con que ninguno los mirase; y muy contentos y alegres se bolvieron de alli a sus casas. Pero el engañoso compañero venido el siguiente dia, puso en ejecucion su pensamiento, y bolviendo secretamente al sobredicho lugar, sin que persona del mundo tuviese aliento dello, quando el otro estava más descuydado, se llevó el talegoncico con todo el dinero a su casa. Pocos dias despues el buen hombre y simple con el vellaco y malicioso, le dixo: “Paréceme que ya será hora que saquemos de alli y repartamos aquellos dineros, porque yo he comprado una viña, y tengo de pagarla, y tambien he de acudir a otros menesteres que se me ofrecen». El otro le respondio: «Yo ando tambien en compra de una heredad, y havia salido con intento de buscaros por esta ocasion”. “No ha sido poca ventura toparnos (replicó el compañero), para poder luego, ir juntos”, como tenian concertado. “Que vamos en buen hora” (dixo el otro), y sin gastar más razones se pusieron en camino. Llegados al arbol donde le avian enterrado, por bien que cavaron alrededor, como no tuvo remedio de hallarle, no haviendo señal de dinero; el mal hombre que le havia robado, començó a hazer ademanes y gestos de loco, y grandes estremos y quexas diciendo: “No hay el dia de hoy fe ni verdad en los hombres: el que pensays que os es mas amigo, esse os venderá mejor. De quién podremos fiar hoy en el mundo? ah traydor, vellaco, esto me teniades guardado? quién ha podido robar este dinero sino tu? ninguno havia que supiese dél”. Aquel simplezillo que tenia más razon de poderse quexar y de dolerse, por verse despedido en un punto de toda su esperanza, por el contrario se vio necesitado a dar satisfacion y desculparse, y con grandes juramentos protestava que no sabia en el robo arte ni parte, aunque le aprovechaba poco, porque mostrandose más indignado el otro y dando mayores bozes dezia: “No pienses que te saldras sin pagarlo: la justicia, la justicia lo ha de saber, y darte el castigo que merece tu maldad”. Replicando el otro que estava inocente de semejante delito, se fueron gritando y riñendo delante el juez, el qual tras haver los dos altercado en su presencia grande rato, preguntó si estava presente alguno quando escondian el dinero? Aquel tacaño, mostrando más confiança que si fuera un santo, al momento respondio: “Señor, sí, un testigo havia que no sabe mentir, el qual es el mismo arbol entre cuyas raizes el dinero estava enterrado. Este por voluntad de Dios dirá toda la verdad como ha pasado, para que se vea la falsedad deste hombre, y sea la justicia ensalçada”. El juez entonces (que quiera que lo moviese) ordenó de hallarse las partes en el dicho lugar el siguiente dia, para determinar alli la causa, y asi por un ministro les hizo mandato so graves penas, que hirviesen de comparecer y presentarse, dando primero, como lo hicieron, buena seguridad. Pareciole muy a su proposito esta deliberacion del juez al malhechor, pretendiendo que cierto embuste que iva tramando, ternia por semejante via efeto. Por donde bolviendose a su casa, y llamando a su padre, le dixo assi: “Padre muy amado, un secreto quiero descubriros, que os he tenido hasta agora encubierto, por parecerme que assi con venia hazerse... Haveys de saber que yo propio he robado el tesoro que demando a mi compañero por justicia, para poder sustentaros a vos y a mi familia con más comodidad. Dense a Dios las gracias y a mi buena industria, que ya está el negocio en punto que solo con ayudar vos un poquito, será sin réplica ninguna nuestro». Y contóles todo lo que havia passado, y lo que havia provehido el juez, a lo qual añadió: «Lo que al presente os ruego, es que vays esta noche a esconderos en el hueco de aquel arbol: porque facilmente podreys entrar por la parte de arriba, y estar dentro muy a placer, sin que puedan veros, porque el arbol es grueso y lo tengo yo muy bien notado. Y quando el juez interrogare, disimulando entonces vos la boz que parezca de algun espiritu, respondereys de la manera que conviene”. El mal viejo que havia criado a su hijo tal qual era él, se convencio de presto de sus razones, y sin temerse de peligro alguno, aquella noche se escondio dentro el árbol. Vino alli el juez el dia siguiente con los dos litigantes, y otros muchos que le acompañavan, y habiendo debatido buen rato sobre el negocio, al cabo preguntó en alta voz quién habia robado el tesoro. El ruin viejo, en tono extraordinario y con boz horrible, dixo que aquel buen hombre. Fue cosa esta que causó al juez y a los presentes increible admiracion, y estuvieron suspensos un rato sin hablar, al cabo del qual dixo el juez: “Bendito sea el Señor, que con milagro tan manifiesto ha querido mostrar quanta fuerça tiene la verdad. Para que desto quede perpetua memoria, como es razon, quiero de todo punto apurarlo. Porque me acuerdo que antiguamente havia Nimfas en los arboles, verdad sea que nunca yo habia dado credito a cosas semejantes, sino que lo tenia todo por patrañas y fabulas de poetas. Mas agora no sé qué dezirme, haviendo aqui en presencia de tantos testigos oido hablar a este arbol. En estremo me holgaria saber si es Nimfa o espiritu, y ver qué talle tiene, y si es de aquella hermosura encarecida por los poetas. Pues caso que fuese una cosa destas, poco mal podriamos nosotros hazerle por ninguna via”. Dicho esto mandó amontonar al pie del arbol leños secos que havia por alli hartos, y ponerles fuego. ¿Quién podrá declarar quál se paró el pobre viejo, quando començó el tronco a calentarse, y el humo a ahogarle? Sólo sé dezir que se puso entonces con bozes muy altas a gritar: “Misericordia, misericordia; que me abraso, que me ahogo, que me quemo”. Lo qual visto por el juez, y que no havia sido el milagro por virtud Divina, ni por haber Nimfa en el arbol, haziendole sacar de alli medio ahogado, y castigandole a él y a su hijo, segun merecian, mandó que le truxesssen alli todo el dinero, y entregósele al buen hombre, que tan injustamente havian ellos infamado. Assi quedó premiada la verdad y la mentira castigada.

La verdad finalmente prevalece, Y la mentira con su autor perece».

Aunque el cuento en Calila y Dimna[221] no sea tan seco y esquemático como otros muchos, lo es bastante para que no lamentemos el aliño con que Firenzuola y Mey remediaron su aridez, haciendo correr por él la savia de un fácil y gracioso diálogo. Y no me parece que la versión del segundo, aunque inspirada por la del primero, sea inferior á ella, á pesar de la amena y exquisita elegancia del monje de Vallumbrosa.

Sebastián Mey, aun en los raros casos en que traduce fielmente algún original conocido, procura darle color local, introduciendo nombres españoles de personas y lugares. Tal acontece en el cuento 53, «La Prueba de bien querer», que es una paráfrasis amplificada de la facecia 116 de Poggio «De viro quae suae uxori mortuum se ostendit»[222]. En el cuento latino la escena pasa en Montevarchio, y el protagonista es un cierto hortelano, «hortulanus quidam». Mey castellaniza la anécdota en estos graciosos términos:

«Anton Gonçalez Gallego era hombre que se bivia muy a plazer en la villa de Torrejon; tenia una mujeraça de mediano talle, y de una condicionaça muy buena, de manera que aunque él era un poquito reñidor, ella siempre le abonançava, porque no le entrava a ella el enojo de los dientes adentro; y assi eran presto apaziguados. Acaeció que bolviendo él un dia de labrar, halló que la mujer havia ido al rio a lavar los paños, por donde se recostó sobre un poyo, esperando a que viniese, y como ella tardase, començó a divertir en pensamientos, y entre otros le acudió en quanta paz bivia con su muger, y dezia en su imaginativa: «La causa está en ella, y en el amor que me tiene, porque hartas ocasiones le doy yo con mi reñir, pero quiéreme tanto que todo lo disimula con muy gran cordura a trueco de tenerme contento. Pues si yo me muriese, qué haria ella? Creo que se moriria de tristeza. ¡O quién se hallase alli para ver los estremos que haria, y las palabras lastimeras que echaria de aquella su boca! pues en verdad que lo he de provar, y asegurarme dello por la vista». Sintiendo en esto que la muger venia, se tendia en el suelo como un muerto. Ella entró, y mirandole de cerca, y provando a levantarle, como él no hazia movimiento, y le vio sin resuello, creyó verdaderamente que era muerto, pero venia con hambre y no sabia resolverse en si comeria primero o lloraria la muerte del marido. En fin, constreñida de la mucha gana que traia, determinó comer primero. Y poniendo sobre las brasas parte de un recuesto de tocino que tenia alli colgado, se le comió en dos palabras sin bever por no se detener tanto. Despues tomó un jarro, y comenzó a baxar por la escalera, con intencion de ir a la bodega por vino; mas he aqui donde llega de improviso una vezina a buscar lumbre. Ella que la sintio, dexa de presto el jarro, y como que huviese espirado entonces el marido, comienza a mover gran llanto y a lamentar su muerte. Todo el barrio acudió a los gritos, hombres y mugeres; y espantados de muerte tan repentina (porque estava él tendido con los ojos cerrados, y sin resollar de manera que parecia verdaderamente muerto), consolavanla lo mejor que podian. Finalmente quando a él le parecio que se havia ya satisfecho de lo que tanto deseava ver, y que huvo tomado un poco de gusto con aquel alboroto; quando más la muger lamentava diciendo: «Ay marido mio de mi coraçon, desdichado ha sido el dia y la hora en que pierdo yo todo mi bien, pero yo soy la desdichada, faltandome quien solia ser mi amparo; ya no terné quien se duela de mí, y me consuele en mis trabajos y fatigas; qué haré yo sin vos agora, desventurada de mí?» El entonces, abriendo supitamente los ojos, respondio: «Ay muger mia de mis entrañas, qué haveys de hazer? sino que pues haveys comido, baxeys a bever a la bodega». Entonces todos los que estavan presentes, trocando la tristeza en regocijo, dispararon en reir: y más despues quando el marido les contó el intento de la burla, y como le havia salido.

Tal se penso de veras ser amado, Y burlando quedó desengañado».

En las Facecias de Poggio se halla también (con el número 60 «De eo qui uxorem in flumine peremptam quaerebat») la sabida anécdota que Mey volvió á contar con el título de La mujer ahogada y su marido (fábula XVIII). Pero no es seguro que la tomase de allí, siendo tantos los libros que la contienen. Aun sin salir de nuestra literatura, podía encontrarla en el Arcipreste de Talavera, en el Sobremesa de Timoneda y en otros varios autores. Tanto la versión de Timoneda, como la de Poggio, son secas y esquemáticas; no así la de Mey, que amplificando galanamente, según su costumbre, traslada el cuento «á la orilla de Henares» y con cuatro rasgos de vida española saca de la abstracción del apólogo las figurillas vivas de Marina Gil, «lavandera de los estudiantes y muy hábil en su oficio»; del buen Pero Alonso, su marido, y de su compadre Anton Royz.

El mismo procedimiento usa en otros cuentos, que parecerían indígenas, por el sabor del terruño que tienen, si no supiésemos que son adaptaciones de otros italianos. Así el de «El Dotor y el Capitan» (fáb. X), que según ha descubierto el Sr. Milton A. Buchanan, es la misma historia de «Il capitano Piero da Nepi» y «M. Paolo dell'Ottanaio», inserta en el Diporto de' viandanti de Cristoforo Zabata[223], obrilla análoga, aun en el título, al Alivio de Caminantes de Timoneda; pero que no le sirvió de modelo, sino al revés, puesto que es posterior en bastantes años. Es, en cambio, anterior á Mey, y no puede dudarse de la imitación, aunque muy disimulada.

«Llegaron juntos a comer a una venta el Dotor Calderon, famoso en Medicina, y el Capitan Olmedo. Tuvieron a la mesa perdizes, y comian en un plato. Pero el Capitan en columbrando las pechugas y los mejores bocados, torciendo a su proposito la platica, y tomando lo mejor, dezia: «Con este bocado me ahogue, señor Dotor, si no le digo verdad». Disimuló el Dotor dos o tres vezes, pero a la quarta, pareciendole algo pesada la burla, al tiempo que alargava el Capitan la mano, diziendo «con este bocado me ahogue», sin dexarle acabar de dezir, cogió con la una mano el plato y con la otra el bocado a que tirava el Capitan, diziendole: «No jure, señor Capitan, no jure, que sin jurar le creo. Y si de aqui adelante quisiere jurar, sea que le derribe el primer arcabuzazo que los enemigos tiraren, porque es juramento más conveniente a un capitan y soldado viejo como vuesamerced». Desta manera le enseñó al Capitan a tener el término debido.

Alguna vez suele quedar burlado El que con otros es desvergonzado».

Un ejemplo de adaptación italiana mucho más directa, en algunos puntos casi literal y donde no se cambian ni el lugar de la escena ni el nombre de los personajes, tenemos en la fábula LV El médico y su mujer, cuya fuente inmediata, descubierta igualmente por el Sr. Buchanan, es la novela 2.ª de la cuarta jornada de Sansovino[224], la cual á su vez procede de las Cento novelle antiche (núm. 46), y debe de ser de origen provenzal, puesto que parece encontrarse una alusión á ella en estos versos del trovador Pedro Cardenal:

Tals cuja aver filh de s' esposa Que no i a re plus que cel de Tolosa[225].

El cuento es algo libre y de picante sabor, pero precisamente por ser el único de su género en el Fabulario, creo que no debo omitirle, persuadido de que el donaire con que está contado le hará pasar sin ceño de los eruditos, únicos para quienes se imprimen libros como éste.

«Huvo en Tolosa un medico de mucha fama llamado Antonio de Gervas, hombre rico y poderoso en aquellos tiempos. Este deseando mucho tener hijos, casó con una sobrina del Governador de aquella ciudad[226], y celebradas las bodas con grande fiesta y aparato, segun convenia a personas de tanta honrra, se llevó la novia a su casa con mucho regocijo, y no pasaron dos meses que la señora su muger parió una hija. Visto esto por el Medico, no hizo sentimiento, ni mostró darse por ello pena; antes viendo a la muger afligida, la consolava, trabajando por persuadirle con muchos argumentos fundados en la ciencia de su arte, que aquella mochacha segun razon podia ser suya, y con amoroso semblante y buenas palabras hizo de manera que la muger se sosegó, honrrandola él mucho en todo el tiempo del parto y proveyendola en abundancia de todo quanto era necesario para su salud. Pero despues que la muger convaleció, y se levantó de la cama, le dixo el Medico un dia: «Señora, yo os he honrrado y servido desde que estays conmigo quanto me ha sido posible. Por amor de mí os suplico que os bolvays a casa de vuestro padre, y os esteys alli de aqui adelante, que yo miraré por vuestra hija y la haré criar con mucha honrra». Oido esto por la muger, quedó como fuera de sí; pero tomando esfuerço, començó a dolerse de su desventura, y a dezir que no era honesto, ni parecia bien que la echase de aquella manera fuera de casa. Mas no queriendo el Medico, por bien que ella hizo y dixo, mudar de parecer, vinieron a terminos las cosas que huvo de mezclarse el Governador entendiendo que el Medico en todo caso queria divorcio con la sobrina, y assi embió por él. Venido el Medico, y hecho el devido acatamiento, el governador (que era hombre de mucha autoridad) le habló largamente sobre el negocio, diciendole que en los casos que tocan a la honrra, conviene mirar mucho a los inconvenientes que se pueden seguir, y es menester que se tenga mucha cuenta con que no tenga que dezir la gente, porque la honrra es cosa muy delicada y la mancha que cae una vez sobre ella por maravilla despues hay remedio de poder quitarla. Tentó juntamente de amedrentarle con algunas amenazas. Pero quando huvo hablado a su plazer, le respondió el Medico: «Señor, yo me casé con vuestra sobrina creyendo que mi hacienda bastaria para sustentar a mi familia, y mi presupuesto era que cada año havia de tener un hijo no más, pero haviendo parido mi muger a cabo de dos meses, no estoy yo tan abastado, si cada dos meses ha de tener el suyo, que pueda criarlos, ni darles de comer; y para vos no seria honrra ninguna que viniese a pobreza vuestro linage. Y assi os pido por merced, que la deys a hombre que sea más rico que yo, para que pariendo tan amenudo, pueda criar y dexar ricos todos sus hijos, y a vos no os venga desonrra por ello». El Governador, que era discreto y sagaz, oyendo esto, quedó confuso, y replicóle que tenia razon en lo que dezia, y con esto le despidió.

La hazienda que entre pocos es riqueza, Repartida entre muchos es pobreza».

No en todos los casos parece tan obvio el origen literario del cuento, por ser muy vulgar la anécdota y no presentar en el texto de Mey ningún rasgo que arguya parentesco directo con otras versiones. Tal sucede con la fábula LVI El convidado acudido, que figura, aunque con distintos accesorios, en el cuadernillo manuscrito de los Cuentos de Garibay y en la Floresta Española[227]. Cotejando la versión de Mey que pongo á continuación con la de Santa Cruz, que va por nota, se palpará la diferencia entre el estilo conciso y agudo del toledano y la manera más pintoresca, verbosa y festiva del impresor de Valencia.

«Francisco Quintañon vezino de Bilbao, combidó, segun acostumbrava cada año, el dia del Santo de su nombre, en el qual havia nacido, a algunos amigos. Los quales truxeron al combite a Luis Loçano, estudiante, hombre gracioso, bien entrañado, y que si le llamavan a un combite, no dezia de no, y por caer aquel año en Viernes el combite, hubo de ser de pescado. A lo qual proveyó el Quintañon en abundancia y muy bueno. Sentados a la mesa, dieron a cada uno su porcion de vesugos, congrios y otros pescados tales. Sólo a Loçano le dieron sardinas, y no sé qué pescadillos menudos, por ventura por no haver sido de los llamados, sino que le havian traido. Como él vio aquella menudencia en su plato, en lugar de comer como hazian los otros, tomava cada pescadillo, y llegavasele al oido, y bolviale despues al plato. Reparando en aquello los combidados, y preguntandole por qué hazia aquéllo? respondio: «Havrá seys años, que pasando un hermano mio a Flandes, y muriendo en el viaje, echaron su cuerpo en el mar; y nunca he podido saber dónde vino a parar, y si tuvo su cuerpo sepultura o no, y por eso se lo preguntava a estos pececillos, si por dicha lo sabian. Todos me responden en conformidad que no saben tal, porque en ese tiempo no havian ellos aun nacido: que se lo pregunte a esos otros pescados mayores que hay en la mesa, porque sin duda me daran relacion». Los combidados lo echaron en risa, entendiendo la causa porque lo dezia; y Quintañon, echando a los moços la culpa que lo havrian hecho por descuydo, mandó traerle un plato de lo mejor que havia.

Si en un combite fueres encogido, Serás tambien sin duda mal servido».

Otra anécdota mucho más conocida que la anterior es la de El truhan y el asno. En el estudio del Sr. Buchanan pueden verse útiles indicaciones bibliográficas sobre las transmigraciones de esta facecia, que se repite en el Esopo de Waldis, en el libro alemán Til Eulenspiegel, en los Cuentos de Buenaventura Des Periers y en otras muchas partes. Entre nosotros anda en la tradición oral, pero no conozco texto literario anterior al de Mey, que es muy donoso por cierto.

«Delante del Duque de Bayona tomava el ayo un dia licion a los pages, entre los quales havia uno de tan duro ingenio, que no podian entrarle las letras en la cabeça. De lo qual se quexava el ayo, diziendo que havia seys meses que le enseñava y no sabia aun deletrear. Hallandose un truhan presente dixo: «Pues a un asno enseñaré yo en seys meses a leer». Oyendolo el Duque, le dixo: «Pues yo te apostaré que no lo enseñas ni en doze». Porfiando él que sí, dixo el Duque: «Pues sabes cómo te va? que me has de dar en un año un asno que sepa leer, so pena que si no lo hazes, has de recebir quatrocientos açotes publicamente del verdugo, y si lo hazes y ganas, te haya yo de dar quatro mil ducados; por eso mira en lo que te has puesto por parlar». Pesole al truhan de haber hablado; pero en fin vista la deliberacion del Duque, procuró despavilar el ingenio, y ver si tenia remedio de librarse del castigo. Mercó primeramente un asnillo pequeño muy luzio y bien tratado, y pusole delante un librazo; mas por bien que le bramava a las orejas A. b. c. no havia remedio más que si lo dixera a una piedra, por donde viendo que esto era por demas, imaginó de hazer otra cosa. Puesto sobre una mesa el dicho libro delante del asno, echavale unos quantos granos de cevada sobre una de las hojas y otros tantos sobre la otra hoja siguiente, y sobre la tercera tambien. Despues de haverse comido el asno los granos de la hoja primera, tenia el truhan con la mano la hoja buen rato, y despues dexavale que con el hozico se bolviese; y a la otra hoja hazia lo mismo. Poco a poco habituó al asno a que sin echarle cevada hiziese tambien aquello. Y quando le tuvo bien impuesto (que fue antes del año) avisó al Duque cómo ya su asno sabia leer: que le señalase dia en que por sus ojos viese la prueva. Aunque lo tuvo el Duque por imposible, y que saldria con algun donayre, con todo eso le señaló dia, venido el qual, fue traido el asno a palacio, y en medio de una quadra muy entoldada, haviendo acudido muchisima gente, pusieron sobre una mesa un grandisimo libro: el qual començó el asno a cartear de la manera que havia acostumbrado, estando un rato de la una hoja a la otra mirando el libro. Y desta manera se entretuvo un grande rato. El Duque dixo entonces al truhan: «Cómo lee tu asno? tú has perdido». «Antes he ganado (respondio el truhan) porque todo el mundo vee como lee. Y yo emprendí de enseñarle a leer solamente y no de hablar. Yo he cumplido ya con mi obligacion, y lo protesto assi, requiriendo y llamando por testigos a todos los que estan presentes, para que me hagan fe de aquesto. Si hallare vuestra Excelencia quien le enseñe a hablar, entonces podrá oirle claramente leer, y si acaso huviere quien tal emprenda, seguramente puede ofrecerle vuestra Excelencia doze mil ducados, porque si sale con ello, los merecerá muy bien por su trabajo y habilidad». A todos les pareció que dezia bien el truhan, y el mismo Duque teniendose por convencido, mandó darle los quatro mil ducados que le havian ofrecido.

Como tengas paciencia y perseveres, Saldras con cualquier cosa que emprendieres».

Algunos cuentecillos de Mey, como otros de Timoneda, son explicación ó comentario de algún dicho proverbial. Esta frase, por ejemplo, Parece á lo del raton que no sabe sino un agujero, se comprueba con los dos ejemplos del pintor de retablos que no sabía hacer más efigie que la de San Antonio, y con ella, ó con dos del mismo Santo, pensaba satisfacer á quien le pedía la de San Cristóbal; y el del músico que no sabía cantar más letrilla que la de «La mañana de San Juan—al punto que alboreaba»[228].

El color local da frescura é interés á las más triviales anécdotas del Fabulario. Mey huye siempre de lo abstracto y de lo impersonal. Así, el pintor de retablos no es un pintor cualquiera, sino «Mase Rodrigo pintor que vivia en Toledo cabe la puerta de Visagra», y el cantor es «Juan Pie de Palo, privado de la vista corporal». Una curiosa alusión al héroe del libro de Cervantes realza la fábula XX, cuadrito muy agradable, en que la vanidad del hidalgo y la torpeza de su criado producen el mismo efecto cómico que las astucias de Caleb, el viejo servidor del hidalgo arruinado, en la novela de Walter-Scott The Bride of Lammermoor.

«Luis Campuzo, de tierra de la Mancha, y pariente de D. Quijote, aunque blasonara de hidalgo de secutoria, no acompañavan el poder y hazienda a la magnanima grandeça que en su coraçon reynava; mas si con las obras no podia, con las palabras procurava de abultar las cosas, de manera que fuesen al mundo manifiestas y tuviesen que hablar dél. Era amigo de comer de bueno, aunque no de combidar a nadie; y para que dello tambien se tuviesse noticia, hijos y mujer ayudavan a pregonarlo, diziendole quando estava en conversacion con otros hidalgos que las gallinas o perdices estaban ya asadas, que entrase a cenar. Quando hijos y mujer se olvidavan, él tenia cuidado de preguntarlo en presencia de ellos a un criado: que como de ordinario los mudava, no podia tenerlos habituados a su condicion y humor. Haviendo pues asentado Arguixo con él, segun acostumbraba con otros, le preguntó á vozes en presencia de sus amigos: “Qué tenemos para cenar, hermano Arguixo?” El otro sin malicia ninguna respondio: “Señor, una perdiz”, y bolviendo el otro dia con semejante demanda, quando le dixo: “Qué hay esta noche de cenar?” el otro respondio: “Señor, un palomino”. Por donde haviendole reñido el amo y dado una manezica sobre que no se sabia honrar ni hazer tener, concluyó con enseñarle de qué manera havia de responderle de alli adelante, diziendole: “Mirad, quando de aqui adelante os interrogare yo sobre el cenar, haveys de responder por el numero plural, aunque no haya sino una cosa; como si hay una perdiz, direys: perdizes, perdizes; si un pollo: pollos, pollos; si un palomino: palominos, palominos, y assi de todo lo demás”. Ni al criado se le olvidó la licion, ni dexó él passar la ocasion de executarla, porque venida la tarde, antes que la junta de los hidalgos se deshiziese, queriendose honrrar como solia, en presencia dellos, a bozes preguntó: “¿Qué hay que cenar esta noche, Arguixo?” “Vacas, señor, vacas”, respondio él: de que rieron los hidalgos; pero el amo indignado, bolviendose al moço, dixo: “Este vellaco es tan grosero, que no entiende aun que no hay regla sin excepcion”. “¿Qué culpa tengo yo, replicó él, si vos no me enseñastes más Gramatica?” Y haviendole despedido el amo sobre el caso, fue causa que se vino a divulgar el chiste de sus grandezas.

Quien más se entera de lo que conviene, Sin pensarlo a quedar burlado viene».

Con la misma candorosa malicia están sazonados otros cuentos, en que ya no puedo detenerme, como el de El mentiroso burlado[229], el de Los labradores codiciosos[230], el de El cura de Torrejon[231] y sobre todo el de La porfía de los recien casados[232], que con gusto reimprimiría á no habérseme adelantado Mr. Buchanan. Es el mejor specimen que puede darse del gracejo picaresco y de la viveza expresiva y familiar de su prosa, dotes que hubieran hecho de Mey un excelente novelista satírico de la escuela del autor de El Lazarillo, si no hubiese encerrado constantemente su actividad en un cauce tan estrecho como el de la fábula y el proverbio moral. Su intención pedagógica no podía ser más honrada y cristiana, y bien lo prueba el piadoso ejemplo[233] con que su libro termina; pero es lástima que no hubiese tenido más ambición en cuanto á la extensión y forma de sus narraciones y al desarrollo de la psicología de sus personajes.

Dos veces ensayó, sin embargo, la novela italiana; pero en el género de amores y aventuras, que era el menos adecuado á las condiciones de su ingenio observador y festivo. La primera de estas dos narraciones relativamente largas, El Emperador y su hijo[234], tiene alguna remota analogía con la anécdota clásica de Antíoco y Selenco, y en ciertos detalles recuerda también la novela de Bandello que dió argumento para el asombroso drama de Lope El castigo sin venganza, pero va por distinto rumbo y es mucho más complicada. El anciano Emperador de Trapisonda concierta casarse con Florisena, hija del rey de Natolia, enamorado de su beldad por un retrato que había visto de ella. El rey de Natolia, á trueco de tener yerno tan poderoso, no repara en la desproporción de edad, puesto que él pasaba de los sesenta y ella no llegaba á los veinte. El Emperador envía á desposarse en nombre suyo y á traer la novia á su hijo Arminto, gentil mozo en la flor de su edad, del cual se enamora locamente la princesa, llegando á declararle su pasión por señas inequívocas y finalmente requiriéndole de amores. Él, aunque prendado de su hermosura, rechaza con horror la idea de hacer tal ofensa á su padre, y huye desde entonces cuanto puede del trato y conversación con la princesa. Frenética ella escribe al Emperador, quejándose del desvío y rustiqueza de su hijo, y el Emperador le ordena ser obediente y respetuoso con su madrastra; pero los deseos de la mala mujer siguen estrellándose en la virtuosa resistencia del joven. Emprenden finalmente su viaje á la corte, y en el camino la princesa logra, mediante una estratagema, atraer al joven una noche á su aposento, y rechazada otra vez por él, sale diciendo á voces que la había deshonrado. Conducidos á la presencia del Emperador, el príncipe nada quiere decir en defensa propia, y cuando estaba á punto de ser condenado á muerte, la Emperatriz reclama el privilegio de dar la sentencia, haciendo jurar solemnemente al Emperador que pasará por lo que ella ordene. «Felisena entonces dixo: «La verdad es que mi padre no me dió deste casamiento más razon de que me casava con el Emperador de Trapisonda, sin dezirme de qué edad era, ni otras circunstancias; y en viendo yo al Principe crei que él era mi marido, y le cobré voluntad y amor de muger y no de madre: ni mi edad ni la suya lo requieren, y desde aquella hora nunca he parado hasta que al cabo le forzé a cumplir mi voluntad, de manera que yo le hice a él fuerça y no él a mí: yo me desposé con él, y siempre con intencion de que era verdadero esposo y no prestado. Siendo pues ya muger del hijo, no puedo en manera ninguna serlo del padre, pero quando no huviera nada desto, supuesto que ha de ser el casamiento voluntario y libre, y no forçoso, digo que a mi señor el Emperador le serviré yo de rodillas como hija y nuera, pero no como muger. Si es otra su voluntad, yo me bolveré a casa del Rey mi padre, y biuda esperaré á lo que Dios querrá disponer de mí». Los sabios del Consejo y todos los que estaban presentes interceden con el Emperador para que cumpla su juramento y renuncie á la mano de la princesa en favor de su hijo. Hay en este cuento, como queda dicho y de su simple exposición se infiere, algunos detalles comunes con el de Parisina, tal como le trataron Bandello y Lope; pero el desenlace no es trágico, sino alegre y placentero, aunque no lo fuese para el burlado Emperador de Trapisonda. Esto sin contar con la inocencia del príncipe y otros rasgos que hacen enteramente diversas ambas historias. También la de Mey es de corte italiano, aunque no puedo determinar ahora de cuál de los novellieri está tomada ni Mr. Buchanan lo ha averiguado tampoco.

En cambio, se debe á este erudito investigador el haber determinado con toda precisión la fuente de otra historia de Mey, El caballero leal a su señor (fáb. XLIX), que es un arreglo ó adaptación de la quincuagésima y última de Masuccio Salernitano[235], con ligeras variantes, entre ellas el nombre de Pero López de Ayala cambiado en Rodrigo y el de su hijo Aries ó Arias en Fadrique. El cuento parece de origen español, como otros de Masuccio, el cual lo da por caso auténtico, aprendido de un noble ultramontano[236]; los afectos de honra y lealtad que en él dominan son idénticos á los que campean en nuestras comedias heroicas, aunque fuera del título ninguna semejanza se encuentra entre la comedia de Lope El Leal Criado y este cuento de Mey, que pongo aquí por última muestra de su estilo en un género enteramente diverso de los anteriores:

«Muchos años ha que en la ciudad de Toledo huvo un cavallero llamado Rodrigo Lopez, tenido por hombre de mucha honrra y de buena hazienda. Tenia éste dos hijas, y un hijo sólo llamado Fadrique, moço virtuoso y muy gentil hombre; pero preciavase de valiente, y pegavasele de aqui algun resabio de altivez. Platicando éste y haziendo camarada con otros cavalleros de su edad, acaeció que una noche se halló en una quistion con otros a causa de uno de sus compañeros: en la qual como los contrarios fuesen mayor número, y esto fuese para él causa de indignacion, y con ella le creciese el denuedo, tuvose de manera que mató a uno dellos. Y porque el muerto era de muy principal linage, temiendo de la justicia, determinó de ausentarse y buscar por el mundo su ventura. Lo qual comunicó con su padre, y le pidió licencia, y su bendicion. El padre se la dio con lagrimas, y le aconsejó cómo se havia de regir, y juntamente le proveyó de dineros y de criados, y le dio dos cavallos. En aquel tiempo tenia el rey de Francia guerra contra Inglaterra, por lo cual determinado de servirle, fue al campo del Rey, y como su ventura quiso, asentó por hombre de armas con el Conde de Armiñac, que era general del exército y pariente del Rey. Viniendo despues las ocasiones, se començó a señalar, y a dar muestras de su valor, haziendo maravillosas proezas assi en las batallas de campaña como en las baterias de castillos y ciudades, de manera que assi entre los Franceses como entre los enemigos no se hablava sino de sus hazañas y valentia. Esto fue causa de ganarse la voluntad y gracia del General, y de que le hiziese grandisimos favores; y como siempre le alabava, y encarecia sus hechos en presencia del Rey, pagado el Rey de su valor le quiso para su servicio; y le hizo su Gentilhombre, y cavallero mejor del Campo, señalandole plaça de grandisima ventaja, y era el primero del Consejo de Guerra; y en fin hazia tanto caso dél, que le parecia que sin su Fadrique no se podia dar efeto a cosa de importancia. Pero venido el ivierno retiró el Rey su Campo, y con la flor de sus cavalleros, llevando entre ellos a Fadrique, se bolvió a Paris. Llegado alli, por dar plazer al pueblo y por las Vitorias alcançadas quiso hazer una fiesta: a la qual mandó que combidasen a los varones más señalados, y a las mas principales damas del reyno. Entre las damas que acudieron a esta fiesta, que fueron en gran número, vino una hija del Conde de Armiñac, a maravilla hermosa. Dado pues principio a la fiesta con general contento de todos, y señalandose mucho en ella Fadrique en los torneos, y en los otros exercicios de Cavalleria, la hija del Conde puso los ojos en él, y por lo que habia oido de sus proezas, como por lo que con sus ojos vio, vino a quedar dél muy enamorada; y con mirarle muy a menudo, y con otros ademanes le manifestó su amor, de manera que Fadrique se dio acato dello; pero siendo de su inclinacion virtuoso, y acordandose de los beneficios que havia recevido del Conde su padre, hizo como quien no lo entendia, y passavalo en disimulacion. Pero la donzella que le ama va de coraçón, estava por esto medio desesperada, y hazia estremos de loca. Y con esta turbacion le pasó por el pensamiento escrivirle una carta; y poniendolo en efeto, le pintó en ella su aficion y pena con tanto encarecimiento y con tan lastimeras razones, que bastara a ablandar el coraçón de una fiera; y llamando un criado de quien fiava, y encargandole el secreto, le mandó que llevase a Fadrique aquella carta. El criado receloso de que no fuese alguna cosa que perjudicase a la honrra della, y temiendo del daño que a él se le podia seguir, en lugar de llevar a Fadrique la carta, se la llevó al Conde su señor. El qual leida la carta, y visto el intento de su hija, pensó de poder dar con la cabeça por las paredes; imaginava si la mataria, o si la cerraria en una prision para toda su vida; pero reportado un poco, hizo deliberacion de provar a Fadrique, y ver cómo lo tomava. Y con este presupuesto bolvió a cerrar la carta, y mandó al criado que muy cautelosamente se la diese a Fadrique de parte de su hija, y cobrase respuesta dél. El criado se la llevó, y Fadrique entendido cúya era, la recibió algo mustiamente; su respuesta era en suma, que le suplicava se quitase aquella locura de la cabeça; que la desigualdad era entre los dos tanta, que no podian juntarse por via legitima, siendo él un pobre cavallero; ella hija de señor tan principal, y que a qualquier desgracia y trabajo, aunque fuese perder la vida, se sugetaria él primero que ni en obra ni en pensamiento imaginase de ofender al Conde su señor, de quien tantas mercedes havia recebido; que si no podia vencer del todo su deseo, le moderase alomenos, y no diese de sí qué dezir; que la fortuna con el tiempo lo podia remediar, entibiandosele a ella o mudandosele como convenia la voluntad; o dandole a él tanta ventura, que por sus servicios haziendole nuevas mercedes el Rey le subiese a mayor grado: que entonces podria ser que viniese bien su padre, y en tal caso seria para él merced grandisima; pero que sin su consentimiento ni por el presente ni jamas tuviese esperança de lo que pretendia dél. Esto contenia su respuesta. Y despues de haver cerrado muy bien la carta, se la dio al criado para que la llevase a su señora. Él se la llevó al Conde, como él propio se lo havia ordenado. El Conde la leyó; y fue parte aquella carta no solo para que se le mitigasse el enojo contra la hija, pero para que con nueva deliberacion se fuese luego al Rey, y le contase todo quanto havia pasado, hasta mostrarle las cartas, y le manifestase lo que havia determinado de hazer. Oido el Rey todo esto, no se maravilló de la donzella, antes la desculpó, sabiendo quanta fuerça tiene naturaleza en semejantes casos: pero quedó atonito de la modestia y constancia del cavallero, y de aqui se le dobló la voluntad y aficion que le tenia. Y discurriendo con el Conde sobre la orden que se havia de tener, le mandó que pusiese por obra, y diese cumplimiento a lo que havia deliberado: que en lo que a su parte tocava, él le ofrecia de hazerlo como pertenecia a su Real persona, y assi lo cumplió. Con esto mandaron llamar a Fadrique, y el Conde muy alegre en presencia del Rey le dio a su hija por mujer. Y el dia siguiente haviendo el Rey llamado a su palacio a los Grandes que havia en Corte, los hizo desposar. Quién podria contar el contento que la dama recibió, viendo que le davan por marido aquel por quien havia estado tan apasionada, y sin esperanza de alcançarle? Fadrique quedó tambien muy contento. Las fiestas que se hizieron a sus bodas fueron muy grandes, y ellos bivieron con mucha paz y quietud acompañados sus largos años.

Si a tu señor guardares lealtad, Confia que ternás prosperidad».

La extraordinaria rareza del libro y la variedad é importancia de su contenido nos han hecho dilatar tanto en las noticias y extractos del Fabularlo, del cual dió una idea harto inexacta Puibusque, uno de los pocos escritores que le mencionan; puesto que ni las fábulas están «literalmente traducidas de Fedro» (cuyos apólogos, no impresos hasta 1596 y de uso poco frecuente en las escuelas de España antes del siglo XVIII, no es seguro que Sebastián Mey conociese), sino que están libremente imitadas de Esopo y Aviano; ni mucho menos constan «de versos fáciles y puros», pues no hay más versos en toda la obra que los dísticos con que termina cada uno de los capítulos. De los cuentos, sí, juzgó rectamente Puibusque: «son ingeniosos y entretenidos (dice), exhalan un fuerte olor del terruño y no carecen de intención filosófica»[237].

Notable contraste ofrece con la tendencia moral y didáctica del Fabulario otro libro muy popular á principios del siglo XVII, y tejido de cuentos en su mayor parte. Su autor, Gaspar Lucas Hidalgo, vecino de la villa de Madrid, de quien no tenemos más noticia que su nombre, le tituló Diálogos de apacible entretenimiento, y no llevaba otro propósito que hacer una obra de puro pasatiempo, tan amena y regocijada y de tan descompuesta y franca alegría como un sarao de Carnestolendas, que por contraste picante colocó en la más grave y austera de las ciudades castellanas, en Burgos. Dos honrados matrimonios y un truhán de oficio llamado Castañeda son los únicos interlocutores de estos tres diálogos, que se desarrollan en las tres noches de Antruejo, y que serían sabrosísimos por la gracia y ligereza de su estilo si la sal fuese menos espesa y el chiste un poco más culto. Pero las opiniones sobre el decoro del lenguaje y la calidad de las sales cómicas cambian tanto según los tiempos, que el censor Tomás Gracián Dantisco, al aprobar este libro en 1603, no temió decir que «emendado como va el original, no tiene cosa que ofenda; antes por su buen estilo, curiosidades y donayres permitidos para pasatiempo y recreacion, se podrá dar al autor el privilegio y licencia que suplica». No sabemos lo que se enmendaría, pero en el texto impreso quedaron verdaderas enormidades, que indican la manga ancha del censor. No porque haya ningún cuento positivamente torpe y obsceno, como sucede á menudo en las colecciones italianas, sino por lo desvergonzadísimo de la expresión en muchos de ellos, y sobre todo por las inmundicias escatológicas en que el autor se complace con especial fruición. Su libro es de los más sucios y groseros que existen en castellano; pero lo es con gracia, con verdadera gracia, que recuerda el Buscón, de Quevedo, siquiera sea en los peores capítulos, más bien que la sistemática y desaliñada procacidad del Quijote de Avellaneda. Á un paladar delicado no puede menos de repugnar semejante literatura, que en grandes ingenios, como el de nuestro D. Francisco ó el de Rabelais, sólo se tolera episódicamente, y al cual no dejó de pagar tributo Molière en sus farsas satíricas contra los médicos. Si por el tono de los coloquios de Gaspar Lucas Hidalgo hubiéramos de juzgar de lo que era la conversación de la clase media de su tiempo, á la cual pertenecen los personajes que pone en escena, formaríamos singular idea de la cultura de aquellas damas, calificadas de honestísimas, que en su casa autorizaban tales saraos y recitaban en ellos tales cuentos y chascarrillos. Y sin embargo, la conclusión sería precipitada, porque aquella sociedad de tan libres formas era en el fondo más morigerada que la nuestra, y reservando la gravedad para las cosas graves, no temía llegar hasta los últimos límites de la expansión en materia de burlas y donaires.

Por de pronto, los Diálogos de apacible entretenimiento no escandalizaron á nadie. Desde 1605 á 1618 se hicieron á lo menos ocho ediciones[238], y si más tarde los llevó la Inquisición á su Índice, fue de seguro por la irreverencia, verdaderamente intolerable aun suponiéndola exenta de mfuecia, con que en ellos se trata de cosas y personas eclesiásticas, por los cuentos de predicadores, por la parodia del rezo de las viejas, por las aplicaciones bajas y profanas de algunos textos de la Sagrada Escritura, por las indecentes burlas del sacristán y el cura de Ribilla y otros pasajes análogos. Aunque Gaspar Lucas Hidalgo escribía en los primeros años del siglo XVII, se ve que su gusto se había formado con los escritores más libres y desenfadados del tiempo del Emperador, tales como el médico Villalobos y el humanista autor del «Crótalon».

En cambio no creo que hubiese frecuentado mucho la lectura de las novelas italianas, como da á entender Ticknor. El cuadro de sus Diálogos, es decir, la reunión de algunas personas en día de fiesta para divertirse juntas y contar historias, es ciertamente italiano, pero las costumbres que describe son de todo punto castizas y el libro no contiene verdaderas novelas, sino cuentecillos muy breves, ocurrencias chistosas y varios papeles de donaire y curiosidad, intercalados más ó menos oportunamente.

Son, pues, los Diálogos de apacible entretenimiento una especie de miscelánea ó floresta cómica; pero como predominan extraordinariamente los cuentos, aquí y no en otra parte debe hacerse mención de ella. Escribiendo con el único fin de hacer reir, ni siquiera aspiró Gaspar Lucas Hidalgo al lauro de la originalidad. Algunos de los capítulos más extensos de su obrita estaban escritos ya, aunque no exactamente en la misma forma. «La invención y letras» con que los roperos de Salamanca recibieron á los Reyes D. Felipe III y Doña Margarita cuando visitaron aquella ciudad en junio de 1600 pertenece al género de las relaciones que solían imprimirse sueltas. El papel de los gallos, ó sea vejamen universitario en el grado de un Padre Maestro Cornejo, de la Orden Carmelitana, celebrado en aquellas insignes escuelas con asistencia de dichos Reyes, es seguramente auténtico y puede darse como tipo de estos desenfados claustrales que solían ser pesadísimas bromas para el graduando, obligado á soportar á pie firme los vituperios y burlas de sus compañeros, como aguantaba el triunfador romano los cánticos insolentes de los soldados que rodeaban su carro[239]. De otro vejamen ó actus gallicus que todavía se conserva[240] está arrancado este chistoso cuento (Diálogo 1.º, cap. I): «Yo me acuerdo que estando en un grado de maestro en Teología de la Universidad de Salamanca, uno de aquellos maestros, como es costumbre, iba galleando á cierto personaje, algo tosco en su talle y aun en sus razones, y hablando con los circunstantes dijo desta suerte: «Sepan vuesas mercedes que el señor Fulano tenía, siendo mozo, una imagen de cuando Cristo entraba en Jerusalem sobre el jumento, y cada día, de rodillas delante desta imagen, decía esta oración:

¡Oh, asno que á Dios lleváis, Ojalá yo fuera vos! Suplícoos, Señor, me hagáis Como ese asno en que vais. Y dicen que le oyó Dios».

La «Historia fantástica» (Diálogo 3.º, cap. IV) es imitación de la Carta Monstruo Satírico, publicada por Mussafia conforme á un manuscrito de la Biblioteca Imperial de Viena[241], y se reduce á una insulsa combinación de palabras de doble sentido. El monstruo tenía alma de cántaro, cabeza de proceso, un ojo de puente y otro de aguja; la una mano de papel y la otra de almirez, etc. Este juguete de mal gusto tuvo varias imitaciones, entre ellas la novela de El caballero invisible, compuesta en equívocos burlescos, que suele andar con las cinco novelas de las vocales y es digna de alternar con ellas.

El capítulo tan libre como donoso que trata «de las excelencias de las bubas» (discurso 3.º), es en el fondo la misma cosa que cierta «Paradoja en loor de las bubas, y que es razon que todos las procuren y estimen», escrita en 1569 por autor anónimo, que algunos creen ser Cristóbal Mosquera de Figueroa[242]. Es cierto que Gaspar Lucas Hidalgo la mejoró mucho, suprimiendo digresiones que sólo interesan á la historia de la medicina, y dando más viveza y animación al conjunto, pero el plan y los argumentos de ambas obrillas son casi los mismos.

Á esta literatura médico-humorística y al gran maestro de ella, Francisco de Villalobos, debía de ser muy aficionado el maleante autor de los Diálogos de apacible entretenimiento, puesto que le imita á menudo; y el cuento desvergonzadísimo de las ayudas administradas al comendador Rute, de Ecija, por la dueña Benavides (Diálogo 2.º, capítulo III), viene á ser una repetición, por todo extremo inferior, de la grotesca escena que pasó entre el doctor Villalobos y el Conde de Benavente, y que aquel físico entreverado de juglar perpetuó, para solaz del Duque de Alba, en el libro de sus Problemas. Aquel diálogo bufonesco, que puede considerarse como una especie de entremés ó farsa, agradó tanto á los contemporáneos, á pesar de lo poco limpio del asunto, en que entonces se reparaba menos, que los varones más graves se hicieron lenguas en su alabanza. El arzobispo de Santiago, D. Alonso de Fonseca, escribía al autor: «Pocos dias ha que el señor don Gomez me mostró un diálogo vuestro, en que muy claramente vi que nuestra lengua castellana excede á todas las otras en la gracia y dulzura de la buena conversacion de los hombres, porque en pocas palabras comprehendistes tantas diferencias de donaires, tan sabrosos motes, tantas delicias, tantas flores, tan agradables demandas y respuestas, tan sabias locuras, tantas locas veras, que son para dar alegría al más triste hombre del mundo». La popularidad del diálogo de Villalobos continuaba en el siglo XVII, y si hemos de creer lo que se dice en un antiguo inventario, el mismo Velázquez empleó sus pinceles en representar tan sucia historia[243].

Entre los innumerables cuentecillos, no todos de ayudas y purgas afortunadamente, que Gaspar Lucas Hidalgo recogió en su librejo, hay algunos que se encuentran también en otros autores, como el que sirve de tema al conocido soneto:

Dentro de un santo templo un hombre honrado...

que Sedano atribuyó á D. Diego de Mendoza, y que en alguna copia antigua he visto á nombre de Fr. Melchor de la Serna, monje benedictino de San Vicente de Salamanca, autor de las obras de burlas más desvergonzadas que se conocen en nuestro Parnaso. Uno se encuentra también en El Buscón, de Quevedo (capítulo segundo), no impreso hasta 1626, pero que, á juzgar por sus alusiones, debía de estar escrito muchos años antes, en 1607 lo más tarde. No creo, sin embargo, que Hidalgo le tomase de Quevedo ni Quevedo de Hidalgo. El cuento de éste es como sigue: «Otro efeto de palabras mal entendidas me acuerdo que sucedió á unos muchachos de este barrio que dieron en perseguir á un hombre llamado Ponce Manrique, llamándole Poncio Pilato por las calles; el cual, como se fuera á quejar al maestro en cuya escuela andaban los muchachos, el maestro los azotó muy bien, mandándoles que no dijesen más desde ahí adelante Poncio Pilato, sino Ponce Manrique. Á tiempo que ya los querían soltar de la escuela, comenzaron á decir en voz alta la dotrina christiana, y cuando llegaban á decir: Y padeció so el poder de Poncio Pilato, dijeron: «Y padeció so el poder de Ponce Manrique» (Diálogo 3.º, cap. IV).

Fácil sería, si la materia lo mereciese, registrar las florestas españolas y las colecciones de facecias italianas, para investigar los paradigmas que seguramente tendrán algunos de los cuentecillos de Hidalgo. Pero me parece que casi todos proceden, no de los libros, sino de la tradición oral, recogida por él principalmente en Burgos, donde acaso habría nacido, y donde es verosímil que escribiese su libro, puesto que todas las alusiones son á la capital de Castilla la Vieja y ninguna á Madrid, de la cual se dice vecino. Suelen todos los autores de cuentos citar con especial predilección á un personaje real ó ficticio, pero de seguro tradicional, á quien atribuyen los dichos más picantes y felices. El famoso decidor á quien continuamente alega Gaspar Lucas Hidalgo es «Colmenares, un tabernero muy rico que hubo en esta ciudad, de lindo humor y dichos agudos».

De una y otra cosa era rico el autor de los diálogos, y aun tenía ciertas puntas de poeta. El romance en que el truhán Castañeda describe la algazara y bullicio de las Carnestolendas recuerda aquella viveza como de azogue que tiene el baile de la chacona cantado por Cervantes en un romance análogo.

Los que con tanta ligereza suelen notar de pesados nuestros antiguos libros de entretenimiento, no pondrán semejante tacha á estos Diálogos, que si de algo pecan es de ligeros en demasía. El autor, creyendo sin duda que el frío de tres noches de febrero en Burgos no podía combatirse sino con estimulantes enérgicos, abusó del vino añejo de la taberna de Colmenares, y espolvoreó sus platos de Antruejo con acre mostaza. Pero el recio paladar de los lectores de entonces no hizo melindre alguno á tal banquete, y la idea del libro gustó tanto, que á imitación suya se escribieron otros con más decoro y mejor traza, pero con menos llaneza y con gracia más rebuscada, como Tiempo de Regocijo y Carnestolendas de Madrid, de D. Alonso del Castillo Solórzano (1627); Carnestolendas de Zaragoza en sus tres días, por el Maestro Antolínez de Piedrabuena (1661), y Carnestolendas de Cádiz, por D. Alonso Chirino Bermúdez (1639).

Así como en Gaspar Lucas Hidalgo comienza el género de los Saraos de Carnestolendas, así en el libro del navarro Antonio de Eslava, natural de Sangüesa, aparece por primera vez el cuadro novelesco de las Noches de Invierno, que iba á ser no menos abundante en la literatura del siglo XVII[244]. Por lo demás, á esto se reduce la semejanza entre ambos autores, no menos lejanos entre sí por el estilo que por la materia de sus relatos. Hidalgo es un modelo en la narración festiva, aunque sea trivial, baladí y no pocas veces inmundo lo que cuenta. Eslava, cuyos argumentos suelen ser interesantes, es uno de los autores más toscos y desaliñados que pueden encontrarse en una época en que casi todo el mundo escribía bien, unos por estudio, otros por instinto. Tienen, sin embargo, las Noches de invierno gran curiosidad bibliográfica, ya por el remoto origen de algunas de sus fábulas, ya por la extraordinaria fortuna que alguna de ellas, original al parecer, ha tenido en el orbe literario, prestando elementos á una de las creaciones de Shakespeare.

Todo en el libro de Eslava anuncia su filiación italiana; nadie diría que fue compuesto en Navarra. La escena se abre en el muelle de Venecia: háblase ante todo de la pérdida de un navío procedente de la isla de Candía y del incendio de un galeón de Pompeyo Colonna en Messina. Los cuatro ancianos que entretienen las noches de invierno asando castañas, bebiendo vino de malvasía y contando aventuras portentosas, se llaman Silvio, Albanio, Torcato y Fabricio. Ninguna de las historias es de asunto español, y las dos que trae pertenecientes al ciclo carolingio tampoco están tomadas de textos franceses, sino de una compilación italiana bien conocida y popular, I Reali di Francia.

El capítulo X, «do se cuenta el nacimiento de Carlo Magno, Rey de Francia», es una curiosa versión del tema novelesco de Berta de los grandes pies, es decir, de la sustitución fraudulenta de una esposa á otra, cuento de folk-lore universal, puesto que se ha recogido una variante de él hasta entre los zulús del África Meridional[245]. Como todas las leyendas de su clase, ésta ha sido objeto de interpretaciones míticas. Gaston París quiere ver en ella un símbolo de la esposa del sol, cautiva ó desconocida durante el invierno, pero que recobra sus derechos y majestad en la primavera[246]. Sea de esto lo que fuere, la Edad Media convirtió el mito en leyenda épica y le enlazó, aunque tardíamente, con el gran ciclo de Carlo Magno, suponiendo que Berta, madre del Emperador, suplantada durante cierto tiempo por una sierva que fue madre de dos bastardos, había sido reconocida al fin por su esposo Pipino, á consecuencia de un defecto de conformación que tenía en los dedos de los pies. Esta leyenda no tiene de histórico más que el nombre de la heroína, y sin recurrir al ya desacreditado mito solar, nos inclinamos á creer con León Gautier[247] que es una de las muchas variedades del tipo de la esposa inocente, calumniada y por fin rehabilitada, que tanto abunda en los cuentos populares, y al cual pertenecen las aventuras de la reina Sibila y de santa Genoveva de Brabante.

En una memoria admirable, á pesar del tiempo que ha transcurrido desde 1833, estudió comparativamente Fernando Wolf[248] las leyendas relativas á la madre de Carlomagno, sin olvidar el texto de Eslava. Los eruditos posteriores han acrecentado el catálogo de las versiones, haciéndolas llegar al número de trece, pero sustancialmente no modifican las conclusiones de aquel excelente trabajo. No hay texto en prosa anterior al de la Crónica de Saintonge, que es de principios del siglo XIII. Los poemas más antiguos que la consignan son uno franco-itálico de principios del mismo siglo (Berta de li gran pié), que forma parte de una compilación manuscrita de la biblioteca de San Marcos de Venecia, adaptación ó refundición de otro poema francés perdido, y el mucho más célebre de Adenet li Roi, Roman de Berte aus grans piés, compuesto por los años de 1275 y que tuvo la suerte no muy merecida de ser la primera canción de gesta francesa que lograse los honores de la imprenta[249].

Con este relato del trovero Adenet ó Adenès se conforma en sustancia el de nuestra Gran Conquista de Ultramar, mandada traducir por D. Sancho IV el Bravo sobre un texto francés que seguramente estaba en prosa, pero que reproducía el argumento de varios poemas y narraciones caballerescas de diversos ciclos. Las variantes de detalle indican que esta narración era distinta de la de Adenet, y acaso más antigua y distinta asimismo de la versión italiana. No es del caso transcribir tan prolija historia, pero conviene dar alguna idea para que se compare esta versión todavía tan poética con la infelicísima rapsodia de Eslava.

La leyenda de Berta, como todas las restantes, ha penetrado en la Gran Conquista de Ultramar por vía genealógica. En el capítulo XLIII del libro II se dice, hablando de uno de los cruzados: «Aquel hombre era muy hidalgo é venía del linaje de Mayugot, de París, el que asó el pavon con Carlos Maynete, e dio en el rostro a uno de sus hermanos de aquellos que eran hijos de la sierva que fuera hija del ama de Berta, que tomara por mujer Pipino, el rey de Francia».

Suponen los textos franceses que los padres de Berta, Flores y Blancaflor, eran reyes de Hungría. La Conquista de Ultramar los trae á España y los hace reyes de Almería. La narración está muy abreviada en lo que toca al casamiento del rey Pipino y á las astucias de la sierva, que era hija del ama de Berta. «Por ende el ama, su madre, hizo prender á Berta en lugar de su hija, diciendo que quisiera matar a su señora, e hizola condenar a muerte; asi que el ama mesma la dio a dos escuderos que la fuesen a matar a una floresta do el rey cazaba; e mandóles que trajiesen el corazon della; e ellos, con gran lástima que della hobieron, non la quisieron matar; mas ataronla a un arbol en camisa, e en cabello, e dejaronla estar asi, e sacaron el corazon á un can que traian e levaronlo al ama traidora en lugar de su fija; e desta manera creyo el ama que era muerta su señora, e que quedaba su hija por reina de la tierra».

Después de este seco resumen, la narración se anima, y la influencia, aunque remota, del texto poético se siente al referir las aventuras de Berta en el bosque.

«Mas nuestro Señor Dios non quiso que tan gran traicion como esta fuese mucho adelante, é como son sus juicios fuertes ó maravillosos de conoscer á los hombres, buscó manera extraña porque este mal se desficiese; é quiso así, que aquella noche mesma que los escuderos levaron á Berta al monte é la ataron al árbol, así como de suso vistes, que el montanero del rey Pepino, que guardaba aquel monte, posaba cerca de aquel lugar do la infanta Berta estaba atada, é cuando oyó las grandes voces que daba, como aquella que estaba en punto de muerte, que era en el mes de enero, ó que no tenia otra cosa vestida sino la camisa, é sin esto, que estaba atada muy fuertemente al árbol, fué corriendo hácia aquella parte; é cuando la vió espantóse, creyendo que era fantasma ó otra cosa mala; pero cuando la oyó nombrar á nuestro Señor é á Santa María, entendió que era mujer cuitada, é llegóse á ella é preguntóle qué cosa era ó qué había. É ella respúsole que era mujer mezquina, é que estaba en aquel martirio por sus pecados; é él díxole que no la desataría fasta que le contase todo su fecho por que estaba así; é ella contógelo todo; é él entonce hobo muy gran piedad della, é desatóla luego, é levóla á aquellas casas del Rey en que él moraba, que eran en aquella montaña, é mandó á su mujer é á dos hijas muy hermosas, que eran de la edad della, que le hiciesen mucha honra ó mucho placer, ó mandóles que dixesen que era su hija, é vestióla como á ellas, é castigó á las mozas que nunca la llamasen sino hermana. É aconteció así, que después bien de tres años fué el rey Pepino á cazar aquella montaña. É después que hobo corrido monte, fué á aquellas sus casas, é dióle aquel su hombre muy bien de comer de muchos manjares. É ante que quitasen los manteles, hizo á su mujer é aquellas tres doncellas, que él llamaba hijas, que le levasen fruta; é ellas supiéronlo hacer tan apuestamente, que el Rey fué muy contento. É paróles mientes, é violas muy hermosas á todas tres, mas parescióle mejor Berta que las otras; ca en aquella sazon la más hermosa mujer era que hobiese en ninguna parte del mundo. É cuando la hobo así parado mientes un gran rato, hizo llamar al montanero, é preguntóle si eran todas tres sus hijas, é él dixo que sí. É cuando fué la noche, él fué á dormir á vna cámara apartada de sus caballeros, é mandó á aquel montanero que le trajese aquella su hija, é él hízolo así. É Pepino hóbola esa noche é empreñóla de un hijo, é aquel fué Cárlos Maynete el Bueno. É el rey Pepino, cuando se hobo de ir, dióle de sus dones, é hizo mucha mesura á aquella dueña, que creía que era hija del montanero, é mandó á su padre que gela guardase muy bien, pero en manera que fuese muy secreto».

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Note 1 · Contos tradicionaes do povo portuguez, II, 19.Note 2 · Sobre la fe de Teófilo Braga cito la edición de 1575, que no he visto ni encuentro descrita en ninguna parte. Brunet dio por primera la de 1Note 3 · Página 11 de la edición de Francisco Asensio.Note 4 · Vid. E. Cosquin, La Légende du Page de Sainte Elisabeth de Portugal et le conte indien des «Bons Conseils», en la Revue de Questions HistoriNote 5 · Á las comparaciones hechas por el primero en sus notas á los Awarische Texte de A. Schiefner (n. 12) hay que añadir la monografía del segundNote 6 · Basque Legends: collected, chiefly in the Labourd, by Rev. Wentworth Webster... Londres, 1879, pág. 176.Note 7 · Recuérdese lo que hemos dicho en la página LVII, nota 2.ª.Note 8 · Part. 1.ª, nov. XIV. «Alessandro duca di Firenze fa che Pietro sposa una mugnaja che aveva rapita, e le fa far molto ricca dote». En el cuenNote 9 · En las notas de Valentin Schmidt á su traducción alemana de algunas novelas de Straparola puede verse, una indicación de ellas. Märchen-SaalNote 10 · Cap. 124. «Quod mulieribus non est credendum, neque archana committendum, quoniam tempore iracundiae celare non possunt». Ed. Oesterley, p. Note 11 · «Pisti è dannato per micidiale, e gli è levato tutto l' hauere, e son promessi premii a chi l' uccide, o vivo il dà nelle mani della giustitNote 12 · «Caritea ama Pompeo, Diego innamorato della giouane, l' uccide; Ella promette di darsi per moglie a chi le da il capo di Diego. Le moue guerNote 13 · Jupiter ambiguas hominum praediscere mentes, Ad terras Phoebum misit ab arce poli. Tunc duo diversis poscebant numina votis; Namque alter cNote 14 · Vid. T. Braga, II, 27.Note 15 · Sigo, con algún ligero cambio, la antigua traducción castellana de Juan Bautista de Morales, impresa por primera vez en 1622. Corte en aldeaNote 16 · Vid. Serrano y Morales, La Imprenta en Valencia, pp. 285-327. En la pág. 323 de este precioso libro está publicado el testamento de Felipe MNote 17 · Fabulario en que se contienen fabulas y cuentos diferentes, algunos nueuos y parte sacados de otros autores; por Sebastian Mey. En Valencia.Note 18 · Modern Language Notes, Baltimore, junio y noviembre de 1906.Note 19 · Para que nada falte á la descripción de tan raro libro, pondremos los títulos de estas fábulas, con sus moralidades respectivas: Fábula I. ENote 20 · Es la fábula XLI de Mey y termina con estos versos: Harta ceguera tiene la cuytada Que tuvo hazienda y no ve suyo nada.Note 21 · Fábula XXIII: Si no he de aprovecharme del dinero, Una piedra enterrada tanto quiero.Note 22 · Fábula XXVI de Mey. Corresponde á la XVII del «Isopo de la traslacion nueva de Remigio», en la del infante D. Enrique.Note 23 · Calila é Dymna, p. 33 en la edición de Gayangos (Escritores en prosa anteriores al siglo XV).Note 24 · Así en Firenzuola: «il buon uomo, o pur come dicemmo, lo sciocco». En Mey: «el hombre bueno, o si se sufre llamarle bovo». También pudo consNote 25 · Del falso e del torpe. Dixo Calila: «Dos homes eran en una compaña, et el uno dellos era torpe, e el otro falso, e ficieron aparceria en unaNote 26 · The Facetiae or jocose tales of Poggio..., París, 1879, I, 187.Note 27 · Diporto de' Vindanti, nel quale si leggono Facetie, Motti e Burle, raccolte da diversi e gravi autori. Pavia, Bartoli, 1589, 8.º. Ésta es laNote 28 · Cento Novelle de' più nobili scrittori della lingua volgare scelte da Francesco Sansovino... Venezia, appresso Francesco Sansovino, 1561. HáNote 29 · Ancona, Le fonti del Novellino, p. 319.Note 30 · En Sansovino no es el Gobernador sino el Arzobispo.Note 31 · «En un gran banquete, que hizo un señor á muchos caballeros, despues de haber servido muy diversos manjares, sacaron barbos enteros, y pusieNote 32 · Fáb. XVI. De ser cantor no tenga presuncion El que no sabe más de una cancion.Note 33 · Fáb. XIII. Es cuento de mentiras de cazadores. No disimules con quien mucho miente, Porque delante de otros no te afrente.Note 34 · Fáb. XXXII. Hablale de ganancia al codicioso, Si estás de hazerle burla deseoso.Note 35 · Fáb. XLVI. Si hizieres al ingrato algun servicio, Publicará que le hazes maleficio.Note 36 · Fáb. LI. Harás que tu muger de ti se ria, Si la dexas salir con su porfia.Note 37 · Fáb. LVII. El Maestro de escuela Encomiendate a Christo y a Maria, A tu Angel y a tu Santo cada dia.Note 38 · Fáb. XXXIV. No cases con mochacha si eres viejo; Pesarte ha si no tomas mi consejo.Note 39 · Il Novellino di Masuccio Salernitano, ed. de Settembrini, Nápoles, 1874. Págs. 519 y ss.Note 40 · Cercando ultimamente tra virtuosi gesti, de prossimo me è già stato da uno nobile oltramontano per autentico recontato, che è ben tempo passNote 41 · Le Comte Lucanor... París, 1854, pág. 149.Note 42 · Dialogos de apacible entretenimiento, que contiene vnas Carnestolendas de Castilla, Diuidido en las tres noches del Domingo, Lunes, y MartesNote 43 · Tiene este vejamen una curiosa alusión al Brocense: «el maestro Sánchez, el retórico, el griego, el hebreo, el músico, el médico y el filósoNote 44 · Actus gallicus ad magistrum Franciscum Sanctium, «en el grado de Aguayo», per fratrem Ildephonsum de Mendoza Augustinum. Está en el famoso cNote 45 · Über eine spanische Handschrift der Wiener Hofbibliothek (1867), pág. 89. Mussafia formó un pequeño glosario para inteligencia de esta compoNote 46 · Hállase en el códice antes citado de la Biblioteca Colombina.Note 47 · El Sr. Paz y Melia (Sales Españolas, I, pág. VIII) cita un inventario manuscrito de los cuadros propios de D. Luis Méndez de Haro y Guzmán qNote 48 · Parte primera del libro intitulado Noches de Inuierno. Compuesto por Antonio de Eslaua, natural de la villa de Sangüessa. Dedicado a don MigNote 49 · Fue publicada por el misionero inglés Henry Callaway, con otros cuentos de la misma procedencia, en la colonia de Natal, en 1868. Véase H. HNote 50 · Histoire poétique de Charlemagne, p. 432.Note 51 · Les Epopées Françaises, t. III, p. 11.Note 52 · Ueber die altfranzösischen Heldengedichte aus dem Karolingischen Sagenkreise, Viena, 1883.Note 53 · Li Romans de Berte aus grans piés, précedé d'une Dissertation sur les Romans des douze pairs, par M. Paulin Paris, de la Bibliothèque du Roi
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