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Orígenes de la novela, Tomo II

INTRODUCCIÓN (continued 4)

Reading edition

Prosigue narrando la Crónica de Ultramar cómo Blancaflor, madre de la verdadera Berta, descubrió la superchería del ama y de su hija, sirviendo de último signo de reconocimiento el pequeño defecto de los pies, que en La Gran Conquista está más especificado que en el poema de Adenet. «É Berta no habia otra fealdad sino los dos dedos que había en los piés de medio, que eran cerrados[250]. É por ende, cuando Blancaflor trabó dellos, vió ciertamente que no era aquella su hija, é con gran pesar que hobo, tornóse así como mujer fuera de seso, é tomóla por los cabellos, é sacóla de la cama fuera, é comenzóla de herir muy de recio á azotes é á puñadas, diciendo á grandes voces: «¡Ay Flores, mi señor, qué buena hija habernos perdido, é qué gran traicion nos ha hecho el rey Pepino é la su corte, que teníamos por las más leales cosas del mundo; así que á la su verdad enviamos nuestra hija, é agora hánnosla muerta, é la sierva, hija de su ama, metieron en su lugar!».

Confesada por el ama la traición, y querellándose acerbamente Blancaflor de la muerte de su hija, el Rey hace buscar á los escuderos que habían sido encargados del crimen, y por ellos y por el montanero viene á descubrirse la verdad del caso y la existencia de la verdadera Berta, que de su ayuntamiento con el Rey tenía ya un hijo de seis años, el futuro Carlo Magno. En el poema de Adenès, la aventura amorosa de Pipino es posterior al descubrimiento del fraude, y efecto de este mismo descubrimiento, siendo ésta la principal diferencia entre ambos textos. El traductor castellano sólo puso de su cosecha la donación que Blancaflor hizo á su nieto Carlos «del reino de Córdoba é de Almería é toda la otra tierra que había nombre España». Pero esta donación no llegó á tener cumplimiento porque «luego hobo desacuerdo entre los de la tierra, de manera que non la pudieron defender; é con este desacuerdo que hobo entre ellos, ganáronla los reyes moros, que eran del linaje de Abenhumaya».[251]

La historia de Berta se presenta muy ampliada y enriquecida con accesorios novelescos en la gran compilación italiana I Reali di Francia, cuyo autor Andrea da Barberino, nacido en 1370, vivía aún en 1431[252]. El sexto libro de esta obra tan popular todavía en Italia como lo es entre nosotros la traducción del Fierabrás (vulgarmente llamada Historia de Carlomagno), trata en diez y siete capítulos de las aventuras de Berta y del nacimiento de Carlos. Pío Rajna supone que el autor conocía el poema de Adenet, pero las diferencias son de bastante bulto y Gastón París se inclinaba á negarlo. Los nombres no son ni los de Adenet ni los del compilador franco-itálico del manuscrito de Venecia. Los motivos de las aventuras son diferentes también, y algunos rasgos parecen de grande antigüedad, como el de la concepción de Carlos Magno en un carro, lo cual antes de él se había dicho de Carlos Martel (Iste fuit in carro natus) y es acaso expresión simbólica de un nacimiento ilegítimo[253]. En lo que convienen I Reali y el manuscrito de Venecia es en la idea genealógica de emparentar á la pérfida sierva con los traidores de la casa de Maganza. Estas invenciones cíclicas sirvieron á los compiladores de decadencia para establecer cierto lazo ficticio entre sus interminables fábulas. La de Berta, en tiempo de Adenet, corría todavía aislada, pues no hay rastro en él de semejante parentesco.

La versión de I Reali fué la que adoptó, echándola á perder en su maldita prosa, Antonio de Eslava, é introduciendo en ella algunas variantes arbitrarias é infelices, que desfiguran y envilecen el carácter de la heroína, y complican inútilmente el relato de sus aventuras con circunstancias ociosas y ridículas. Pipino se casa en terceras nupcias con Berta, siendo ya muy viejo y «casi impotente para el acto de la generación.[254] Para buscar novia entre las doncellas de cualquier linaje ó estado, abre en París una especie de certamen de hermosura, señalando á cada dama mil escudos de oro «para el excesivo gasto que hiciesen en venir á las fiestas y juntas reales que con este motivo se celebran. «Allí tuviera harto que hazer el juyzio de Paris si avia de juzgar quál era más hermosa... Y entre éstas vino la hija del Conde de Melgaria, llamada Verta, la del gran pie, hermana de Dudon Rey de Aquitania: llamávase assi, por respecto que tenía el un pie mayor que el otro, en mucho estremo; mas dexada esta desproporcion aparte, era la más hermosa y dispuesta criatura de todas las Damas».

Eslava describe prolijamente su traje y atavío, cometiendo los más chistosos anacronismos é incongruencias. Baste decir que, entre otras cosas, llevaba «por ayron y garzota un cupidillo misturado de olorosas pastillas, de tal suerte que despedía de sí un olor suavísimo». El viejo Emperador, como era natural, se enamora de ella en cuanto la vé, mas «ella estava algo picada de Dudon de Lis, Almirante de Francia, mozo galan y dispuesto, que en las fiestas se avia mostrado como valiente cavallero». Este mismo Dudon de Lis es el que va en nombre del Emperador á pedir la novia, á desposarse con ella por poderes y acompañarla á Francia. «En este camino se urdió y tramó una de las más fraudulentas marañas que jamás habrán oydo, y fué que la nueva Emperatriz traya consigo una donzella secretaria suya, hija de la casa de Maganza, la qual en la edad y en el talle y hermosura le parecía tanto que los Cortesanos de su Corte se engañaran muchas veces, si no fuera el desengaño la diferencia de los costosísimos vestidos que llevaba la Emperatriz; y esta se llamaba Fiameta, y era tan querida y amada de la hermosa Verta, que con ella y con otra no comunicava sus íntimos secretos».

Y aquí comienza la más absurda perversión que Eslava hizo en la leyenda, pues es la misma Berta la que, enamorada de Dudon de Lis y poco satisfecha con «el decrépito viejo» que la espera, sugiere á su doncella la estratagema de que la suplante en el lecho nupcial, haciéndose ella pasar por secretaria, para poder de este modo casarse con el almirante[255]. Préstase á todo la falsa Fiameta (nombre de Boccaccio muy inoportunamente sustituido al de Elisetta que tiene en I Reali y Aliste en el poema de Adenès); pero temerosa de que el engaño llegue á descubrirse y ella deje de ser Emperatriz, se decide á trabajar por cuenta propia y á deshacerse de Berta, después de consumada la superchería. La orden de matarla, el abandono en el bosque, la acogida que encuentra en la cabaña del montero del rey, el descubrimiento de la falsa Berta por la madre de la verdadera, la cacería del Rey y su aventura, amorosa, no difieren mucho de los datos de la leyenda antigua, pero están torpemente viciados con la grosera inverosimilitud de prestarse tan de buen grado la liviana Berta á los deseos de aquel mismo viejo decrépito que tanto la repugnaba antes[256]. El final de la historia concuerda enteramente con el texto de I Reali, incluso la disparatadísima etimología que da al nombre de Carlo Magno: «Y assi mandó á Lipulo el Emperador que antes que los monteros cazadores llegasen á aquel asignado lugar, le hiziessen una cama en el campo orillas del rio Magno, en un carro que allí estava, por el excessivo calor que hazia, y por estar algo lexos del estruendo y vozes de tanto tumulto de gente, ...y assi fué cubierto el carro de muchas y frescas ramas, aviendo servido de acarrear piedra y leña. En él se acostó el cansado Emperador, con su legítima mujer aunque no conocida... Desta hermosa Berta nació Carlo Magno, sucesor del Emperador Pipino su padre: llamóse assi porque fué engendrado (como dicho tengo) en un carro, orillas del rio Magno, y assi se llamó Carro Magno, aunque agora se llama Carlo Magno».

Esta rapsodia, que aun prescindiendo de lo adocenado de su estilo es claro testimonio de la degeneración del sentido épico en los que ya sin comprenderlas repetían las leyendas de la Edad Media, tuvo tan escandalosa fortuna, que volviendo en el siglo XVIII á Francia, donde estas narraciones estaban completamente olvidadas con haber tenido allí su cuna, ocupó en 1777 las páginas de la Bibliothèque Universelle des Romans, y á favor de esta célebre compilación, se difundió por toda Europa, que entonces volvió á enterarse (¡y de qué manera!) de los infortunios de la pobre Berta, tan calumniada por el refundidor español. Pero como no hay mal que por bien no venga, acaso esta caricatura sirvió para despertar la curiosidad de los investigadores, y hacer que se remontasen á las fuentes primitivas de esta narración poética.

Otro tanto aconteció con la historia «del nacimiento de Roldán y sus niñerías», que llena el capítulo octavo de la «Segunda noche» de Eslava, y cuya fuente indudable es también el libro de I Reali.

Los personajes de esta leyenda son carolingios, pero los primeros textos en que aparece consignada no son franceses, sino franco-itálicos y de época bastante tardía. Los italianos la reclaman por suya, y quizá nosotros podamos alegar algún derecho preferente. Ante todo, se ha de advertir que la más antigua poesía épica nada supo de estas mocedades de Roldán. Siempre se le tuvo por hijo de una hermana de Carlomagno, á quien unos llaman Gisela ó Gisla y otros Berta, pero no había conformidad en cuanto al nombre del padre, que en unos textos es el duque Milón de Angers y en otros el mismo Carlomagno, á quien la bárbara y grosera fantasía de algunos juglares atribuyó trato incestuoso con su propia hermana. Pero en ninguno de los poemas franceses conocidos hasta ahora hay nada que se parezca á la narración italiana de los amores de Milón y Berta y de la infancia de Orlandino. Además la acción pasa en Italia y se enlaza con recuerdos de localidades italianas.

Pero es el caso que esta historia de ilegitimidad de Roldán, nacido de los amores del conde Milón de Angers ó de Anglante con Berta, hermana de Carlomagno, es idéntica en el fondo á nuestra leyenda épica de Bernardo del Carpio, nacido del furtivo enlace del conde de Saldaña y de la infanta doña Jimena. La analogía se extiende también á las empresas juveniles atribuidas á Roldán y á Bernardo. La relación entre ambas ficciones poéticas es tan grande que no se le ocultó á Lope de Vega, el cual trató dramáticamente ambos asuntos, repitiéndose en algunas situaciones y estableciendo en su comedia La Mocedad de Roldán un paralelo en forma entre ambos héroes.

Reconocido el parentesco entre las dos historias, lo primero que se ocurre (y así opinó Gastón París) es que la de Roldán habrá servido de modelo á la de Bernardo. Pero es el caso que los datos cronológicos no favorecen esta conjetura. El más antiguo texto de las Enfances Roland no se remonta más allá del siglo XIII, y para entonces nuestra fábula de Bernardo, no sólo estaba enteramente formada, sino que se había incorporado en la historia, admitiéndola los más severos cronistas latinos, como don Lucas de Tuy y el arzobispo don Rodrigo; andaba revuelta con hechos y nombres realmente históricos, y había adquirido un carácter épico y nacional que nunca parece haber logrado el tardío cuento italiano. Tres caminos pueden tomarse para explicar la coincidencia. O se admite la hipótesis de un poema francés perdido que contase los amores de Milón y Berta, hipótesis muy poco plausible, no sólo por falta de pruebas, sino por la contradicción que este relato envuelve con todos los poemas conocidos. O se supone la transmisión de nuestra leyenda de Bernardo á Francia, y de Francia á Italia; caso improbable, pero no imposible, puesto que también puede suponerse en el Maynete y hay que admitirla en el Anseis de Cartago y acaso en el Hernaut de Belaunde. O preferimos creer que estas mocedades no fueron al principio las de Bernardo ni las de Roldán, sino un lugar común de novelística popular, un cuento que se aplicó á varios héroes en diversos tiempos y países. La misma infancia de Ciro, tal como la cuenta Herodoto, pertenece al mismo ciclo de ficciones, que no faltará quien explique por el socorrido mito solar ú otro procedimiento análogo.

Todos los textos de las mocedades de Roldán fueron escritos en Italia, como queda dicho. El más antiguo es el poema en decasílabos épicos, compuesto en un francés italianizado, es decir, en la jerga mixta que usaban los juglares bilingües del Norte de Italia. Forma parte del mismo manuscrito de la biblioteca de San Marcos de Venecia en que figuran Berta y el Karleto. En este relato Milón es un senescal de Carlomagno, y los perseguidos amantes se refugian en Lombardía, pasando por los caminos todo género de penalidades: hambre, sed, asalto de bandidos; hasta que Berta, desfallecida y con los pies ensangrentados, se deja caer á la margen de una fuente, cerca de Imola, donde da á luz á Roldán que, por su nacimiento, queda convertido en héroe italiano. Milón, para sustentar á Berta y á su hijo, se hace leñador. Roldán se cría en los bosques de Sutri y adquiere fuerzas hercúleas. Su madre tiene en sueños la visión de su gloria futura. Pasa por Sutri Carlomagno, volviendo triunfante de Roma, y entre los que acuden en tropel á recibir al Emperador y su hueste llama la atención de Carlos un niño muy robusto y hermoso, que venía por capitán de otros treinta. El Emperador le acaricia, le da de comer, y el niño reserva una parte de ración para sus padres. Esta ternura filial, unida al noble y fiero aspecto del muchacho, que «tenía ojos de león, de dragón marino ó de halcón», conmueve al viejo Namo, prudente consejero del Emperador, y al Emperador mismo, quien manda seguir los pasos de Roldán hasta la cueva en que vivían sus padres. El primer movimiento, al reconocer á su hija y al seductor, es de terrible indignación, hasta el punto de sacar el cuchillo contra ellos; pero Roldán, cachorro de león, se precipita sobre su abuelo y le desarma, apretándole tan fuertemente la mano que le hace saltar sangre de las uñas. Esta brutalidad encantadora reconcilia á Carlos con su nieto, y le hace prorrumpir en estas palabras: «será el halcón de la cristiandad». Todo se arregla del mejor modo posible, y el juglar termina su narración con este gracioso rasgo: «Mientras estas cosas pasaban, volvía los ojos el niño Roldán á una y otra parte de la sala á ver si la mesa estaba ya puesta»[257].

En I Reali di Francia encontramos más complicación de elementos novelescos. Para seducir á Berta, Milón entra en palacio disfrazado de mujer. El embarazo de Berta se descubre pronto, y Carlos la encierra en una prisión, de donde su marido la saca, protegiendo la fuga el consejero Namo. La aventura de los ladrones está suprimida en I Reali. El itinerario no es enteramente el mismo. Falta el sueño profético de la madre. En cambio, pertenecen á la novela en prosa, y pueden creerse inventadas por su autor (si es que no las tomó de otro poema desconocido), las peleas de los mozuelos de Sutri, en que Roldán ensaya sus primeras armas, y la infeliz idea de hacer desaparecer á Milón en busca de aventuras, desamparando á la seducida princesa con el fruto de sus amores. Esta variante, imaginada, según parece, para enlazar este asunto con el de la Canción de Aspramonte y atribuir á Milón grandes empresas en Oriente, persistió por desgracia en todos los textos sucesivos, viciando por completo el relato y estropeando el desenlace.

La prosa de los Reali di Francia fué puesta en octavas reales por un anónimo poeta florentino del siglo XV y por otro del XVI, que apenas hizo más que refundir al anterior. Las juveniles hazañas de Roldán dieron asunto á Ludovico Dolce para uno de los varios poemas caballerescos que compuso á imitación del Ariosto: Le prime imprese del conte Orlando (1572); pero de los 25 cantos de que este poema consta, sólo los cuatro primeros tienen que ver con la leyenda antigua, siguiendo con bastante fidelidad el texto de I Reali[258]. El poema de Dolce fué traducido en prosa castellana[259] por el regidor de Valladolid Pero López Henriquez de Calatayud (1594). Y de este mismo poema ó del texto en prosa tomó argumento Lope de Vega para La Mocedad de Roldán[260], interesante y ameno poema dramático, que sería la mejor de las obras compuestas sobre este argumento si no le arrebatase la palma la noble y gentil balada de Luis Uhland Der Klein Roland.

Posteriores á la comedia de Lope, que ya estaba escrita en 1604, son las Noches de

Eslava, cuyo relato, comparado con el de los Reali, ofrece bastantes amplificaciones y detalles, debidos sin duda al capricho del imitador y á su retórica perversa.

Enamorado Milón de Berta «con mucho secreto se vistió de hábito de viuda, y lo pudo bien hazer, por ser muy mozo y sin barba, y con cierta ocasión de unas guarniciones de oro, fué á palacio, al cuarto donde ella estaba, y las guardias entendiendo ser muger, le dieron entrada... y no solamente fué esto una vez, mas muchas, con el disfrazado hábito de viuda, entraba á gozar de la belleza de Berta, engañando á los vigilantes guardias, de tal suerte que la hermosa Berta de la desenvuelta viuda quedó preñada». Indignación de Carlomagno; largo y empalagoso discurso de Berta, solicitando perdón y misericordia «pues se modera la culpa con no haber hecho cosa con Milón de Anglante que no fuese consumación de matrimonio, y debaxo juramento y palabra de esposo». La acongojada dama se acuerda muy oportunamente de la clemencia de Nerva y Teodosio y de la crueldad de Calígula; pero su hermano, que parece más dispuesto á imitar al último que á los primeros, la contesta con otro razonamiento no menos erudito, en que salen á relucir Agripina y el Emperador Claudio, la cortesana Tais y el incendio de Persépolis, Lais de Corinto, Pasiphae, Semíramis y el tirano Hermias, á quien cambia el sexo, convirtiéndole en amiga de Aristóteles. En vista de todo lo cual la condena á muerte, encerrándola por de pronto en «el más alto alcázar de Palacio». Pero al tiempo que «el dios Morfeo esparcía su vaporoso licor entre las gentes», fué Milón de Anglante con ocultos amigos, y con largas y gruesas cuerdas apearon del alto alcázar á Berta, y fueron huyendo solos los dos verdaderos amantes... y en este ínterin, ya el claro lucero daba señales del alba, y en la espaciosa plaza de París andaban solícitos los obreros «haziendo el funesto cadahalso, adonde se habia de poner en execucion la rigurosa sentencia».

Carlomagno envía pregones á todas las ciudades, villas y lugares de su reino, ofreciendo 100.000 escudos de oro á quien entregue á los fugitivos. «Y como llegase á oídos del desdichado Milón de Anglante, andaba con su amada Berta silvestre, incógnito y temeroso; caminando por ásperos montes y profundos valles, pedregosos caminos y abrojosos senderos; vadeando rápidos y presurosos ríos; durmiendo sobre duras rayces de los toscos y silvestres árboles, teniendo por lecho sus frondosas ramas; los que estaban acostumbrados á pasear y á dormir en entoldados palacios, arropados de cebellinas ropas, comiendo costosísimos y delicados manjares, ignorantes de la inclemencia de los elementos... y assi padeciendo infinitos trabajos, salieron de todo el Reyno de Francia y entraron en el de Italia... Mas sintiéndose ella agravada de su preñez y con dolores del parto, se quedaron en el campo, en una oscura cueva, lexos una milla de la ciudad de Sena en la Toscana... Y á la mañana, al tiempo que el hijo de Latona restauraba la robada color al mustio campo, salió de la cueva Milón de Anglante á buscar por las campestres granjas algun mantenimiento, ropas y pañales para poder cubrir la criatura». Durante esta ausencia de su marido, Berta «parió con mucha facilidad un niño muy proporcionado y hermoso, el cual, así como nació del vientre de su madre, fué rodando con el cuerpo por la cueva, por estar algo cuesta abaxo». Por eso su padre, que llegó dos horas después, le llamó Rodando (sic), y «de allí fué corrompido el nombre y lo llaman Orlando».

Hasta aquí las variantes son pocas, pero luego se lanza la fantasía del autor con desenfrenado vuelo. Milón perece ahogado al cruzar un río, y Eslava no nos perdona la lamentación de Berta, que se compara sucesivamente con Dido abandonada por Eneas, con Cleopatra después de la muerte de Marco Antonio, con Olimpia engañada por el infiel Vireno. Hay que leer este trozo para comprender hasta qué punto la mala retórica puede estropear las más bellas invenciones del genio popular. Lo que sigue es todavía peor: el sueño profético de Berta pareció, sin duda, al novelista, muy tímida cosa, y le sustituye con la aparición de una espantable sierpe, que resulta ser una princesa encantada hacía dos mil años por las malas artes del mágico Malagis, el cual la había enseñado «el curso de los cielos móviles, y la influencia y constelacion de todas las estrellas, y por ellas los futuros sucesos y la intrínseca virtud de las hierbas, y otra infinidad de secretos naturales».

Contrastan estas ridículas invenciones con el fondo de la narración, que en sustancia es la de los Reali, sin omitir los pormenores más característicos, por ejemplo, la confección del vestido de Orlando con paño de cuatro colores: «Y así un dia los mochachos de Sena, viéndolo casi desnudo, incitados del mucho amor que le tenían, se concertaron de vestirle entre todos, y para eso los de una parroquia ó quartel le compraron un pedazo de paño negro, y los de las otras tres parroquias ó quarteles otros tres pedazos de diferentes colores, y así le hizieron un vestido largo de los cuatro colores, y en memoria desto se llamaba Orlando del Quartel; y no se contentaba con sólo esto, antes más se hacía dar cierta cantidad de moneda cada dia, que bastase á sustentar á su madre, pues era tanto el amor y temor que le tenían, que hurtaban los dineros los mochachos á sus padres para dárselos á trueque de tenerlo de su bando».

La narración prosigue limpia é interesante en el lance capital de la mesa de Carlomagno. «Estando, pues, en Sena, en su real palacio, acudian á él á su tiempo muchos pobres por la limosna ordinaria de los Reyes, y entre ellos el niño Orlando... el qual como un dia llegase tarde... se subió á palacio, y con mucha disimulacion y atrevimiento entró en el aposento donde el Emperador estaba comiendo, y con lento paso se allegó á la mesa y asió de un plato de cierta vianda, y se salió muy disimulado, como si nadie lo hubiera visto, y así el Emperador gustó tanto de la osadía del mochacho, que mandó á sus caballeros le dexasen ir y no se lo quitasen; y así fué con él á su madre muy contento y pensando hacerla rica... El segundo dia, engolosinado del primero, apenas se soltó de los brazos de su madre, cuando fué luego á Sena y al palacio del Emperador y llegó á tiempo que el Emperador estaba comiendo, y entrando en su aposento, nadie le estorbó la entrada habiendo visto que el Emperador gustó dél la primera vez, y fuese allegando poco á poco á su mesa, y el Emperador, disimulando, quiso ver el ánimo del mochacho, y al tiempo que el mochacho quiso asir de una rica fuente de oro, el Emperador echó una grande voz, entendiéndole atemorizar con ella; mas el travieso de Orlando, con ánimo increible le asió con una mano de la cana barba y con la otra tomó la fuente, y dixo al Emperador con semblante airado: «No bastan voces de Reyes á espantarme», y fuese, con la fuente, de palacio; mandando el Emperador le siguiesen cuatro caballeros, sin hacerle daño, hasta do parase, y supiesen quién era».

La escena del reconocimiento está dilatada con largas y pedantescas oraciones, donde se cita á Tucídides y otros clásicos; todo lo cual hace singular contraste con la brutalidad de Carlomagno, que da á su hermana un puntillazo y la derriba por el suelo, provocando así la justa cólera de Orlando. Al fin de la novela vuelve el autor á extraviarse, regalándonos la estrafalaria descripción de un encantado palacio del Piamonte, donde residía cada seis meses, recobrando su forma natural, la hermosísima doncella condenada por maligno nigromante á pasar en forma de sierpe la otra mitad del año. ¿Quién no ve aquí una reminiscencia de la Melusina de Juan de Arras, traducida ya al castellano en el siglo XV?[261].

Si las dos novelas de Antonio de Eslava que hasta ahora llevamos examinadas despiertan la curiosidad del crítico como degenerada expresión del ideal caballeresco ya fenecido, un género de interés muy distinto se liga al capítulo 4.º de la Primera noche, en que el doctor Garnett y otros eruditos ingleses modernos han creído ver el germen del drama fantástico de Shakespeare La Tempestad, que es como el testamento poético del gran dramaturgo[262]. Ya antiguos comentadores, como Malone, habían insinuado la especie de una novela española utilizada por Shakespeare en esta ocasión, pero seguramente habían errado la pista fijándose en Aurelio é Isabela, ó sea en la Historia de Grisel y Mirabella de Juan de Flores, que ninguna relación tiene con tal argumento. Más razonable ha sido buscarle en la historia que Antonio de Eslava escribió de «la soberbia del Rey Niciphoro y incendio de sus naves, y la Arte Magica del Rey Dardano». Como esta fábula no ha entrado todavía en la común noticia, por ser tan raro el libro que la contiene, procede dar aquí alguna idea de ella.

El Emperador de Grecia Nicéforo, hombre altivo, soberbio y arrogante, exigió del Rey Dárdano de Bulgaria su vecino que le hiciese donación de sus estados para uno de sus hijos. Dárdano, que sólo tenía una hija llamada Serafina, se resistió á tal pretensión, á menos que Nicéforo consintiese en la boda de su primogénito con esta princesa. El arrogante Nicéforo no quiso avenirse á ello, é hizo cruda guerra al de Bulgaria, despojándole de su reino por fuerza de armas. «Bien pudiera el sabio Rey Dardano vencer á Niciphoro si quisiera usar del Arte Magica, porque en aquella era no avia mayor nigromántico que él, sino que tenía ofrecido al Altissimo de no aprovecharse della para ofensa de Dios ni daño de tercero... Y assi viéndose fuera de su patria y reynos, desamparado de sus exercitos, y de los cavalleros y nobles dél, y ageno de sus inestimables riquezas, desterrado de los lisonjeros amigos, sin auxilio ni favor de nadie, se ausentó con su amada hija...».

Retírase, pues, con ella á un espeso bosque, y después de hacer un largo y filosófico razonamiento sobre la inconstancia y vanidad de las cosas del mundo, la declara su propósito de apartarse del trato y compañía de los hombres, fabricando con su arte mágica «un sumptuoso y rico palacio, debaxo del hondo abismo del mar, adonde acabemos y demos fin á esta caduca y corta vida, y adonde estemos con mayor quietud y regalo que en la fertil tierra». Préstase de mejor ó peor grado Serafina, con ser tan bella y moza, á lo que de ella exige su padre, el cual confirma con tremendos juramentos «al eterno Caos» su resolución de huir «de la humana contratacion de este mundo».

«Y andando en estas razones, llegaron á la orilla del mar, adonde halló una bien compuesta barca, en la qual entraron, asiendo el viejo rey los anchos remos, y rompiendo con ellos la violencia de sus olas, se metió dentro del Adriático golfo, y estando en él, pasó la ligera barca, sacudiendo á las aguas con una pequeña vara, por la qual virtud abrió el mar sus senos á una parte y otra, haziendo con sus aguas dos fuertes muros, por donde baxó la barca á los hondos suelos del mar, tomando puerto en un admirable palacio, fabricado en aquellos hondos abismos, tan excelente y sumptuoso quanto Rey ni Principe ha tenido en este mundo». Hago gracia á mis lectores de la absurda descripción de este palacio, pero lo que no puede ni debe omitirse es que la hermosa Serafina era «con arte mágica servida de muchas Sirenas, Nereydes, Driadas y Ninfas marinas, que con suaves y divinas musicas suspendian á los oyentes».

Así pasaron dos años, pero, á pesar de tantos cánticos, músicas y regalos, algo echaba de menos la bella Serafina, y un día se atrevió á confesárselo al rey Dárdano: «Si en todas las cosas hay, amado padre, un efecto del amor natural, no es mucho, ni de admirar, que en esta vuestra solitaria hija obre los mismos efectos el mismo amor. Por algo deshonesta me tendreys con estas agudas razones, mas fuerçame a dezirlas el verme sin esperança alguna de humana conversacion, metida y encarcelada en estos hondos abismos; y assi os pido y suplico, ya que permitís que muera y fenezca mi joventud en estos vuestros Magicos Palacios, que me deys conforme a mi estado y edad un varon illustre por marido». El viejo rey Dárdano, vencido de las eficaces razones de su hija, promete casarla conforme á su dignidad y estado.

Entretanto había partido de esta vida el altivo emperador Nicéforo, conquistador del reino de Bulgaria, dejando por sucesor á su hijo menor Juliano, muy semejante á él en la aspereza y soberbia de su condición, y desheredando al mayor, llamado Valentiniano, mozo de benigno carácter y mansas costumbres. El cual, viéndose desposeído de los estados paternos, fue á pedir auxilio al emperador de Constantinopla. «Y para más disimular su intento, se partió solo, y arribó á un canal del mar Adriático, á buscar embarcacion para proseguir su intento, y solamente halló una ligera barca, que de un pesado viejo era regida y governada, que le ofreció le pondria con mucha brevedad do pretendia».

«Y sabreys, señores, que el dicho barquero era el viejo Rey Dardano, que quando tuvo al Principe Valentiniano dentro en el ancho golfo, hirió con su pequeña vara las saladas aguas, y luego se dividieron, haziendo dos fuertes murallas, y descendió el espantado Principe al Magico Palacio, el qual admirado de ver tan excelente fábrica quedó muy contento de verse allí; y el Rey Dárdano le informó quién era, y el respecto porque alli habitava, y luego que vido á la Infanta Serafina, quedó tan preso de su amor, que tuvo á mucha dicha el aver baxado aquellos hondos abismos del mar, y pidiola con muchos ruegos al Rey su padre por su legítima esposa y mujer, que del viejo padre luego le fue concedida su justa demanda, y con grande regocijo y alboroço, se hicieron las Reales bodas por arte Mágica: pues vinieron á ellas mágicamente muchos Principes y Reyes, con hermosissimas Damas, que residian en todas las islas del mar Occeano».

Celebrándose estaban las mágicas bodas cuando estalló de pronto una furiosa tempestad. «Començaron las olas del mar á ensoberbecerse, incitadas de un furioso Nordueste: túrbase el cielo en un punto de muy obscuras y gruesas nubes; pelean contrarios vientos, de tal suerte que arranca y rompe los gruessos masteles, las carruchas y gruessas gumenas rechinan, los governalles se pierden, al cielo suben las proas, las popas baxan al centro, las jarcias todas se rompen, las nubes disparan piedras, fuego, rayos y relampagos. Tragava las hambrientas olas la mayor parte de los navios; la infinidad de rayos que cayeron abrasaron los que restaron, excepto cuatro en los quales yva el nuevo Emperador Juliano y su nueva esposa, y algunos Príncipes Griegos y Romanos, que con éstos quiso el cielo mostrarse piadoso. Davan los navios sumergidos del agua, y abrasados del fuego, en los hondos abismos del mar, inquietando con su estruendo á los que estavan en el mágico palacio».

Entonces el rey Dárdano subió sobre las aguas «descubriéndose hasta la cinta, mostrando una antigua y venerable persona, con sus canas y largos cabellos, assi en la cabeça como en la barba, y vuelto á las naves que avian quedado, adonde yvan el Emperador y Príncipes, encendidos los ojos en rabiosa cólera», les increpó por su ambición y soberbia que les llevaba á inquietar los senos del mar después de haber fatigado y estragado la tierra, y anunció á Juliano que no sería muy duradero su tiránico y usurpado imperio. «Y acabado que huvo el rey Dardano de hazer su parlamento, se zambulló, sin aguardar respuesta, en las amargas aguas del mar, quedando el Emperador Juliano de pechos en la dorada popa de su nave, acompañado de la nueva Emperatriz su mujer, y de algunos Príncipes que con él se avian embarcado».

Cumplióse á poco tiempo el vaticinio, muriendo el emperador apenas había llegado á la ciudad de Delcia donde tenía su corte. El rey Dárdano, sabedor de la catástrofe por sus artes mágicas, deshace su encantado palacio, se embarca con su yerno y su hija y los pone en quieta y pacífica posesión del imperio de Constantinopla. Pero para no quebrantar su juramento de no habitar nunca en tierra, manda labrar en el puerto un palacio de madera flotante sobre cinco navios, y en él pasa sus últimos años.

Las semejanzas de este argumento con el de The Tempest son tan obvias que parece difícil dejar de admitir una imitación directa. El rey Dárdano es Próspero, su hija Serafina es Miranda, Valentiniano es Fernando. Lo mismo el rey de Bulgaria que el duque de Milán han sido desposeídos de sus estados por la deslealtad y la ambición. Uno y otro son doctos en las artes mágicas, y disponen de los elementos á su albedrío. El encantado y submarino palacio del uno difiere poco de la isla también encantada del otro, poblada de espíritus aéreos y resonante de música divina. La vara es el símbolo del mágico poder con que Dárdano lo mismo que Próspero obra sus maravillas. Valentiniano es el esposo que Dárdano destina para su hija y que atrae á su palacio á bordo del mágico esquife, como Próspero atrae á su isla á Fernando por medio de la tempestad para someterle á las duras pruebas que le hacen digno de la mano de Miranda.

Éste es sin duda el esquema de la obra shakespiriana, pero ¡cuán lejos está de la obra misma! Todo lo que tiene de profundo y simbólico, todo lo que tiene de musical y etéreo, es creación propia del genio de Shakespeare, que nunca se mostró tan admirablemente lírico como en esta prodigiosa fantasía, la cual, por su misma vaguedad, sumerge el espíritu en inefable arrobamiento. Ninguna de las sutiles interpretaciones que de ella se han dado puede agotar su riquísimo contenido poético. Ariel, el genio de la poesía, sonoro y luminoso, emancipado por fin de la servidumbre utilitaria; Caliban, el monstruo terrible y grotesco, ya se le considere como símbolo de la plebe, ya de la bestia humana en estado salvaje, que no es humanidad primitiva sino humanidad degenerada; Gonzalo, el dulce utopista; Miranda, graciosa encarnación del más ingenuo y virginal amor; Próspero, el gran educador de sí propio y de los demás, el nigromante sereno y benévolo, irónico y dulce, artífice de su destino y de los ajenos, harto conocedor de la vida para no estimarla en más de lo que vale, harto generoso para derramar el bien sobre amigos y enemigos, antes de romper la vara de sus prestigios y consagrarse á la meditación de la muerte: toda esta galería de criaturas inmortales, que no dejan de parecer muy vivas aunque estén como veladas entre los vapores de un sueño, claro es que no las encontró Shakespeare ni en la pobre rapsodia de Eslava, ni en la relación del descubrimiento de las islas Bermudas, ni en el pasaje de Montaigne sobre la vida salvaje, ni en las demás fuentes que se han indicado, entre las cuales no debemos omitir el Espejo de Príncipes y Caballeros, más comúnmente llamado El Caballero del Febo, en que recientemente se ha fijado un erudito norteamericano[263].

Pero de todos estos orígenes, el más probable hasta ahora, y también el más importante, son las Noches de Invierno, puesto que contienen, aunque sólo en germen, datos que son fundamentales en la acción de la pieza. Á los eruditos ingleses toca explicar cómo un libro no de mucha fama publicado en España en 1609 pudo llegar tan pronto á conocimiento de Shakespeare, puesto que La Tempestad fué representada lo más tarde en 1613. Traducción inglesa no se conoce que yo sepa, pero cada día va pareciendo más verosímil que Shakespeare tenía conocimiento de nuestra lengua. Ni la Diana de Jorge de Montemayor estaba publicada en inglés cuando se representaron Los dos hidalgos de Verona, ni lo estaban los libros de Feliciano de Silva cuando apareció el disfrazado pastor D. Florisel en el Cuento de Invierno[264].

No creo necesario detenerme en las restantes novelas de Eslava, que son por todo extremo inferiores á las citadas. Muy ingeniosa sería, si estuviese mejor contada, la de la Fuente del desengaño, cuyas aguas tenían la virtud de retratar la persona ó cosa más amada de quien en ellas se miraba. Y no son únicamente los interesantes enamorados de la fábula los que se ven sujetos á tal percance, sino el mismo Rey, á cuyo lado se ve una hechicera feísima, que con sus artes diabólicas le tenía sorbido el seso, y los mismos jueces que allí ven descubiertas sus secretas imperfecciones. «Al lado de uno que viudo era, una rolliza moza de cántaro, que parecía que con él quería agotar la fuente, en venganza de su afrenta; y al lado de otros muchíssimos libros abiertos en quienes tenia puesta toda su afición; y al lado de otros tres talegos abiertos, llenos de doblones, como aquel que tenia puesto su amor y pensamiento en ellos, y que muchas vezes juzgava por el dinero injustamente: de suerte que hallándose cada uno culpado, se rieron unos de otros, dándose entre ellos muchos y discretos motes y vexámenes».

Esta fuente nada tiene que ver con el ingenioso pero no sobrenatural modo de que se vale el pastor Charino de la Arcadia de Sannazaro para hacer la declaración amorosa á su zagala; tema de novelística popular que también encontramos en el Heptameron de la reina de Navarra, donde la declaración se hace por medio de un espejo. En cambio el cuento de Eslava está enlazado con otra serie de ficciones, en que ya por una copa, ya por un espejo mágico, ya por un manto encantado, se prueba la virtud femenina ó se descubren ocultos deslices.

Los demás capítulos de las Noches de invierno apenas merecen citarse. Un esclavo cristiano, que «con doce trompas de fuego sulphureo y de alquitrán» hace volar todas las galeras turcas; una nuera que para vengarse de su suegro le da á comer en una empanada los restos de su nieto; dos hermanos que sin conocerse lidian en público palenque; una princesa falsamente acusada, víctima de los mismos ardides que la reina Sevilla, son los héroes de estas mal concertadas rapsodias que apenas pueden calificarse de originales, puesto que están compaginadas con reminiscencias de todas partes. La historia del rey Clodomiro, por ejemplo, no es más que una variante, echada á perder, de la hermosa leyenda del Emperador Joviniano (cap. LIX del Gesta Romanorum), sustituido por su ángel custodio, que toma su figura y sus vestiduras regias mientras él anda por el mundo haciendo penitencia de su soberbia y tiranía. En Eslava, toda la poesía mística de la leyenda desaparece, pues no es un ángel quien hace la transformación, sino un viejo y ridículo nigromante.

Además de las novelas contiene el libro, de todas suertes curiosísimo, del poeta de Sangüesa varias digresiones históricas y morales, una apología del sexo femenino y una fábula alegórica del nacimiento de la reina Telus de Tartaria, que dice traducida de lengua flamenca, citando como autor de ella á Juan de Vespure, de quien no tengo la menor noticia.

Tal es, salvo omisión involuntaria[265], el pobre caudal de la novela corta durante más de una centuria; y ciertamente que maravilla tal esterilidad si se compara con la pujanza y lozanía que iba á mostrar este género durante todo el siglo XVII, llegando á ser uno de los más ricos del arte nacional. No faltan elementos indígenas en las colecciones que quedan reseñadas, pero lo que en ellas predomina es el gusto italiano. Y aun pudieran multiplicarse las pruebas de esta imitación, mostrando cómo se infiltra y penetra hasta en las obras de temple más castizo y que son sin duda emanación genuina del ingenio peninsular. Así, el capítulo del buldero, uno de los más atrevidos del Lazarillo de Tormes, tiene su germen en un cuento de Masuccio Salernitano[266]. Así, las novelas románticas intercaladas en el Guzmán de Alfarache, la de Dorido y Clorinia, la de Bonifacio y Dorotea, la de Don Luis de Castro y Don Rodrigo de Montalvo, están enteramente en la manera de los novellieri italianos, y la última de ellas procede también de Masuccio[267]. Así, la Diana de Jorge de Montemayor, que en su fondo debe más al bucolismo galaico-portugués que á la Arcadia de Sannazaro, se engalana con la historia de los amores de D. Félix y Felismena, imitada de Bandello[268].

Novelas del mismo corte y origen se encuentran por incidencia en otros libros, cuya materia principal no es novelesca, especialmente en los manuales de cortesía y buena crianza, imitados ó traducidos del italiano. Prescindiendo por ahora del Cortesano de Boscán, que es pura traducción, aunque admirable, y que tendrá más adecuado lugar en otro capítulo de la presente historia, donde estudiaremos los diálogos que pintan aspectos varios de la vida social, no podemos omitir la ingeniosa refundición que del Galateo de Messer Giovanni Della Casa hizo Lucas Gracián Dantisco en su Galateo Español (1599), libro de los más populares, como lo acreditan sus numerosas ediciones[269]. El autor nos ofrece á un tiempo la teoría y la práctica de las novelas y cuentos, dándonos curioso specimen de la conversación de su época.

«Allende de las cosas dichas, procure el gentil hombre que se pone á contar algun cuento ó fábula, que sea tal que no tenga palabras desonestas, ni cosas suzias, ni tan puercas que puedan causar asco á quien le oye, pues se pueden dezir por rodeos y términos limpios y honestos, sin nombrar claramente cosas semejantes; especialmente si en el auditorio hubiesse mugeres, porque alli se deve tener más tiento, y ser la maraña del tal cuento clara, y con tal artificio que vaya cevando el gusto hasta que con el remate y paradero de la novela queden satisfechos sin duda. Y tales pueden ser las novelas y cuentos que allende del entretenimiento y gusto, saquen dellas buenos exemplos y moralidades; como hazian los antiguos fabuladores, que tan artificiosamente hablaron (como leemos en sus obras), y á su imitacion deve procurar el que cuenta las fábulas y consejas, o otro cualquier razonamiento, de yr hablando sin repetir muchas vezes una misma palabra sin necesidad (que es lo que llaman bordon) y mientras pudiere no confundir los oyentes, ni trabajalles la memoria, excusando toda escuridad, especialmente de muchos nombres»[270].

Como muestra del modo de contar que tenía por más apacible, trae la ingeniosa Novela del gran Soldán con los amores de la linda Axa y el Príncipe de Nápoles. Esta novela es seguramente de origen italiano, y en Castilla había pasado ya al teatro, según nos informa Gracián Dantisco. «Y pues en todas los cosas deste tratado procuramos traer comparaciones y exemplos al proposito, en este que se nos ofrece pondremos un cuento del cual, por aver parecido bien á unos discretos cómicos, se hizo una hermosa tragicomedia»[271].

Lucas Gracián Dantisco, que no es un mero traductor, sino que procura acomodar el Galateo toscano á las costumbres españolas, nos da suficiente testimonio de que el ejercicio de novelar alternativamente varias personas en saraos y tertulias era ya cosa corriente en su tiempo. «Deve tambien el que acaba de contar qualquiera cuento o novela como ésta, aunque sepa muchas, y le oygan de buena gana, dar lugar á que cada qual diga la suya, y no enviciarse tanto en esto que le tengan por pesado o importuno; no combidando siempre a dezillas, pues principalmente sirven para henchir con ellas el tiempo ocioso»[272].

Hemos seguido paso á paso esta incipiente literatura, sin desdeñar lo más menudo de ella, aun exponiéndonos al dictado de micrófilo, para que se comprenda qué prodigio fueron las Novelas Ejemplares de Cervantes, surgiendo de improviso como sol de verdad y de poesía entre tanta confusión y tanta niebla. La novela caballeresca, la novela pastoril, la novela dramática, la novela picaresca, habían nacido perfectas y adultas en el Amadís, en la Diana, en la Celestina, en el Lazarillo de Tormes, sus primeros y nunca superados tipos. Pero la novela corta, el género de que simultáneamente fueron precursores D. Juan Manuel y Boccaccio, no había producido en nuestra literatura del siglo XVI narración alguna que pueda entrar en competencia con la más endeble de las novelas de Cervantes: con el embrollo romántico de Las dos doncellas, ó con el empalagoso Amante Liberal, que no deja de llevar, sin embargo, la garra del león, no tanto en el apóstrofe retórico á las ruinas de la desdichada Nicosia como en la primorosa miniatura de aquel «mancebo galan, atildado, de blancas manos y rizos cabellos, de voz meliflua y amorosas palabras, y finalmente todo hecho de ámbar y de alfeñique, guarnecido de telas y adornado de brocados. ¡Y qué abismos hay que salvar desde estas imperfectas obras hasta el encanto de La Gitanilla, poética idealización de la vida nómada, ó la sentenciosa agudeza de El Licenciado Vidriera, ó el brío picaresco de La Ilustre Fregona, ó el interés dramático de La Señora Cornelia y de La Fuerza de la Sangre, ó la picante malicia de El Casamiento Engañoso, ó la profunda ironía y la sal lucianesca del Coloquio de los Perros, ó la plenitud ardiente de vida que redime y ennoblece para el arte las truhanescas escenas de Rinconete y Cortadillo! Obras de regia estirpe son las novelas de Cervantes, y con razón dijo Federico Schlegel que quien no gustase de ellas y no las encontrase divinas jamás podría entender ni apreciar debidamente el Quijote. Una autoridad literaria más grande que la suya y que ninguna otra de los tiempos modernos, Goëthe, escribiendo á Schiller en 17 de diciembre de 1795, precisamente cuando más ocupado andaba en la composición de Wilhelm Meister, las había ensalzado como un verdadero tesoro de deleite y de enseñanza, regocijándose de encontrar practicados en el autor español los mismos principios de arte que á él le guiaban en sus propias creaciones, con ser éstas tan laboriosas y aquéllas tan espontáneas. ¡Divina espontaneidad la del genio que al forjarse su propia estética adivina y columbra la estética del porvenir![273].

M. Menéndez y Pelayo. Santander, enero de 1907.

NOTAS:

Notes in this chapter

Note 1 · Tanto en el poema de Adenès, como en el texto franco-itálico, lo que distingue á Berta es únicamente el tener los pies demasiado grandes. EnNote 2 · La Gran Conquista de Ultramar, ed. de Gayangos, pp. 175-178.Note 3 · Sobre las fuentes de este famoso libro, cuya primera edición se remonta á 1491, es magistral y definitivo el trabajo de Rajna, Ricerche intoNote 4 · Romania, julio de 1873, p. 363.Note 5 · No viejo ni caduco, pero sí pequeño y deforme era ya Pipino en el poema franco-itálico: «Por que eo sui petit e desformé». «Petit homo est, Note 6 · Aunque el desatino de hacer enamorada á Berta pertenece, con todas sus consecuencias, á Antonio de Eslava, debe advertirse que ya en el poemNote 7 · ¡Cuán lejano está esto de la delicadeza y elevación moral del texto de Adenès! en que Berta, que había hecho voto de no revelar su nombre máNote 8 · Vid. G. París, Histoire poètique de Charlemagne, pp. 170-409; Guessard, en la Bibliothèque de l'École des Chartes, 1856, pág. 393 y siguientNote 9 · Le prime imprese del conte Orlando di Messer Lodovico Dolce, da lui composte in ottava rima, con argomenti ed allegorie. All'Illustriss. et Note 10 · El nascimiento y primeras Empressas del conde Orlando. Tradvzidas por Pero López Enriquez de Calatayud, Regidor de Valladolid. Valladolid, pNote 11 · Impresa en la Parte 19.ª de sus Comedias y en el tomo XIII de la edición académica.Note 12 · Historia de la linda Melosina de Juan de Arras. Colofón: Fenesce la ystoria de Melosina empremida en Tholosa por los honorables e discretos Note 13 · No conozco más que por referencias estos trabajos de Garnett, ni aun puedo recordar á punto fijo dónde los he visto citados. Pero como no guNote 14 · Vid. Perott (Joseph de), The probable source of the plot of Shakespeare's «Tempest». (En las Publications of the Clark University Library WoNote 15 · No ha faltado quien sospechase, pero esto parece ya demasiada sutileza, que este mismo título de una de las últimas comedias de Shakespeare Note 16 · No he podido encontrar un rarísimo pliego suelto gótico que describe Salvá (n. 1.179 de su Catálogo) y contenía un cuento en prosa, Como vn Note 17 · Es el 4.º del Novellino. Notó antes que nadie esta semejanza Morel-Fatio. «Fra Girolamo da Spoleto con un osso di corpo morto fa credere al Note 18 · Esta imitación fué ya indicada en la History of fiction de Dunlop (trad. alemana de Liebrecht, p. 268). Es la novela 41 de Masuccio (p. 425)Note 19 · Véase el primer tomo de la presente obra, pág, CCCCLVIII.Note 20 · Las ediciones más antiguas del Galateo que citan los bibliógrafos son: la de Zaragoza, 1593; la de Barcelona 1595, y la de Madrid, 1599; perNote 21 · Pág. 151 de la ed. de Valencia, 1601.Note 22 · PP. 154-179. Esta novelita llegó á ser tan popular, que todavía se hizo de ella una edición de cordel á mediados del siglo XVIII. Historia dNote 23 · PP. 179-180.Note 24 · La extensión que ha tomado el presente capítulo me obliga á diferir para el volumen siguiente, que será el tercero de estos Orígenes de la n
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