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Orígenes de la novela, Tomo II

INTRODUCCIÓN (continued 2)

Reading edition

En tierra fuí engendrada,—de dentro la mar nascida, Y en mi triste nacimiento—mi madre fué fallescida. Echáronla en la mar—en un ataud metida, Con ricas ropas, corona,—como reina esclarecida...

Versos que recuerdan otros de Jorge de Montemayor (Diana, libro V), imitados á su vez de Bernaldim Ribeiro:

Cuando yo triste nací,—luego nací desdichada, Luego los hados mostraron—mi suerte desventurada. El sol escondió sus rayos,—la luna quedó eclipsada, Murió mi madre en pariendo,—moza, hermosa y mal lograda...

Nada hay que añadir á lo que con minuciosa y sagaz crítica expone miss Bourland[109] sobre las tres patrañas imitadas de tres novelas de Boccaccio. En la historia de Griselda, que es la patraña 2.ª, prefiere Timoneda, como casi todos los imitadores, la refundición latina del Petrarca, traduciéndola á veces á la letra, pero introduciendo algunas modificaciones para hacer menos brutal la conducta del protagonista. La patraña 15.ª corresponde, aunque con variantes caprichosas, á la novela 9.ª de la segunda jornada del Decameron, célebre por haber servido de base al Cymbelino de Shakespeare. Timoneda dice al acabar su relato: «Deste cuento pasado hay hecha comedia, que se llama Eufemia». Si se refiere á la comedia de Lope de Rueda (y no conocemos ninguna otra con el mismo título), la indicación no es enteramente exacta, porque la comedia y la novela sólo tienen de común la estratagema usada por el calumniador para ganar la apuesta, fingiendo haber logrado los favores de la inocente mujer de su amigo.

Timoneda había recorrido en toda su extensión la varia y rica galería de los novellieri italianos, comenzando por los más antiguos. Ya dijimos que no conocía á Franco Sacchetti, pero puso á contribución á otro cuentista de la segunda mitad del siglo XIV, Ser Giovanni Florentino. Las dos últimas patrañas de la colección valenciana corresponden á la novela 2.ª de la jornada 23 y á la 1.ª de la jornada 10 del Pecorone[110]. Ni una ni otra eran tampoco originales del autor italiano, si es que existe verdadera originalidad en esta clase de libros. El primero de esos cuentos reproduce el antiquísimo tema folklórico de la madrastra que requiere de amores á su entenado y viendo rechazada su incestuosa pasión le calumnia y procura envenenarle[111]. La patraña 21 tiene por fuente remotísima la narración poética francesa Florence de Rome, que ya á fines del siglo XIV ó principios del XV había recibido vestidura castellana en el Cuento muy fermoso del emperador Ottas et de la infanta Florencia su hija et del buen caballero Esmere[112]. Pero la fuente inmediata para Timoneda no fue otra que el Pecorone, alterando los nombres, según su costumbre[113].

Dos novellieri del siglo XV, ambos extraordinariamente licenciosos, Masuccio Salernitano y Sabadino degli Arienti, suministran á la compilación que vamos examinando dos anécdotas insignificantes, pero que á lo menos están limpias de aquel defecto[114].

No puede decirse lo mismo de la patraña octava, que es el escandalosísimo episodio de Jocondo y el rey Astolfo (tan semejante al cuento proemial de Las Mil y Una Noches) que Timoneda tomó del canto 28 del Orlando Furioso, sin mitigar en nada la crudeza con que lo había presentado el Ariosto.

Mateo Bandello, el mayor de los novelistas de la península itálica después de Boccaccio, no podía quedar olvidado en el ameno mosaico que iba labrando con piedrecillas italianas nuestro ingenioso mercader de libros. Dos patrañas tienen su origen en la vasta colección del obispo de Agen. En la 19 encontramos una imitación libre y muy abreviada de la novela 22 de la Primera Parte[115] (Amores de Felicia, Lionata y Timbreo de Cardona), sugerida en parte por el episodio de Ariodante y Ginebra, en el canto V del Orlando Furioso, como éste lo fué por un episodio análogo de Tirante el Blanco[116]. Á su vez la novela de Bandello es fuente común de otra de Giraldi Cintillo, del cuento de Timoneda y de la comedia de Shakespeare Much ado about nothing[117].

No tiene menos curiosidad para la historia de la poesía romántica la Patraña sétima. «De este cuento pasado hay hecha comedia, llamada de la Duquesa de la Rosa». Esta comedia existe y es la más notable de las tres que nos quedan del famoso representante Alonso de la Vega. Pero ni la novela está tomada de la comedia ni la comedia de la novela. Alonso de la Vega y Juan de Timoneda tuvieron un mismo modelo, que es la novela 44, parte 2.ª de las de Bandello, titulada Amore di Don Giovanni di Mendoza e della Duchessa di Savoja, con varii e mirabili accidenti che v' intervengono. Bandello pone esta narración en boca de su amigo el noble milanés Filipo Baldo, que decía habérsela oído á un caballero español cuando anduvo por estos reinos[118], y en efecto, tiene semejanza con otras leyendas caballerescas españolas de origen ó aclimatadas muy de antiguo en nuestra literatura[119]. El relato de Bandello es muy largo y recargado de peripecias, las cuales en parte suprimen y en parte abrevian sus imitadores. Uno y otro cambian el nombre de Don Juan de Mendoza, acaso porque no les pareció conveniente hacer intervenir un apellido español de los más históricos en un asunto de pura invención. Timoneda le llamó el Conde de Astre y Alonso de la Vega el infante Dulcelirio de Castilla. Para borrar todas las huellas históricas, llamaron entrambos duquesa de la Rosa á la de Saboya. Uno y otro convienen en suponerla hija del rey de Dinamarca, y no hermana del rey de Inglaterra, como en Bandello. De los nombres de la novela de éste Timoneda conservó únicamente el de Apiano y Alonso de la Vega ninguno.

Timoneda hizo un pobrísimo extracto de la rica novela de Bandello: omitiendo el viaje de la hermana de Don Juan de Mendoza á Italia, la fingida enfermedad de la duquesa y la intervención del médico, dejó casi sin explicación el viaje á Santiago; suprimió en el desenlace el reconocimiento por medio del anillo y en cuatro líneas secas despachó el incidente tan dramático de la confesión. En cambio, añade de su cosecha una impertinente carta de los embajadores de la duquesa de la Rosa al rey de Dinamarca.

Alonso de la Vega, que dió en esta obra pruebas de verdadero talento, dispuso la acción mucho mejor que Timoneda y que el mismo Bandello[120]. No cae en el absurdo, apenas tolerable en los cuentos orientales, de hacer que la duquesa se enamore locamente de un caballero á quien no había visto en la vida y sólo conocía por fama, y emprenda la más desatinada peregrinación para buscarle. Su pasión no es ni una insensata veleidad romántica, como en Timoneda, ni un brutal capricho fisiológico, como en Bandello, que la hace adúltera de intención, estropeando el tipo con su habitual cinismo. Es el casto recuerdo de un inocente amor juvenil que no empaña la intachable pureza de la esposa fiel á sus deberes. Si emprende el viaje á Santiago es para implorar del Apóstol la curación de sus dolencias. Su romería es un acto de piedad, el cumplimiento de un voto; no es una farsa torpe y liviana como en Bandello, preparada de concierto con el médico, valiéndose de sacrílegas supercherías. Cuando la heroína de Alonso de la Vega encuentra en Burgos al infante Dulcelirio, ni él ni ella se dan á conocer; sus almas se comunican en silencio cuando el infante deja caer en la copa que ofrece á la duquesa el anillo que había recibido de ella al despedirse de la corte de su padre en días ya lejanos. La nobleza, la elevación moral de esta escena, honra mucho á quien fué capaz de concebirla en la infancia del arte.

Como Timoneda y Alonso de la Vega, aunque con méritos desiguales, coinciden en varias alteraciones del relato de Bandello, hay lugar para la suposición, apuntada recientemente por D. Ramón Menéndez Pidal[121], de un texto intermedio entre Bandello y los dos autores españoles.

Otras dos patrañas, la 1.ª y la 13.ª, reproducen también argumentos de comedias, según expresa declaración del autor; pero estas comedias, una de las cuales existe todavía, eran seguramente de origen novelesco é italiano. De la Feliciana no queda más noticia que la que da Timoneda. La Tolomea es la primera de las tres que se conocen de Alonso de la Vega, y sin duda una de las farsas más groseras y desatinadas que en tiempo alguno se han visto sobre las tablas. Su autor se dió toda la maña posible para estropear un cuento que ya en su origen era vulgar y repugnante. No pudo sacarle del Patrañuelo, obra impresa después de su muerte y donde está citada su comedia, de la cual se toman literalmente varias frases. Hay que suponer, por tanto, un modelo italiano, que no ha sido descubierto hasta ahora. Los dos resortes principales de la comedia, el trueque de niños en la cuna y el incesto de hermanos (no lo eran realmente Argentina y Tolomeo, pero por tales se tenían), pertenece al fondo común de los cuentos populares[122].

La patraña cuarta, aunque de antiquísimo origen oriental, fué localizada en Roma por la fantasía de la Edad Media y forma parte de la arqueología fabulosa de aquella ciudad. «Para entendimiento de la presente patraña es de saber que hay en Roma, dentro de los muros della, al pie del monte Aventino, una piedra á modo de molino grande que en medio della tiene una cara casi la media de león y la media de hombre, con una boca abierta, la cual hoy en dia se llama la piedra de la verdad... la cual tenía tal propiedad, que los que iban á jurar para hacer alguna salva ó satisfacción de lo que les inculpaban, metían la mano en la boca, y si no decían verdad de lo que les era interrogado, el ídolo ó piedra cerraba la boca y les apretaba la mano de tal manera, que era imposible poderla sacar hasta que confesaban el delito en que habían caido; y si no tenían culpa, ninguna fuerza les hacía la piedra, y ansí eran salvos y sueltos del crimen que les era impuesto, y con gran triunfo les volvían su fama y libertad».

Esta piedra, que parece haber sido un mascarón de fuente, se ve todavía en el pórtico de la iglesia de Santa María in Cosmedino y conserva el nombre de Bocca della Verità, que se da también á la plaza contigua. Ya en los Mirabilia urbis Romae, primer texto que la menciona, está considerada como la boca de un oráculo. Pero la fantasía avanzó más, haciendo entrar esta antigualla en el ciclo de las leyendas virgilianas. El poeta Virgilio, tenido entonces por encantador y mago, había labrado aquella efigie con el principal objeto de probar la lealtad conyugal y apretar los dedos á las adúlteras que osasen prestar falso juramento. Una de ellas logró esquivar la prueba, haciendo que su oculto amante se fingiese loco y la abrazase en el camino, con lo cual pudo jurar sobre seguro que sólo su marido y aquel loco la habían tenido en los brazos; Virgilio, que lleno de malicia contra el sexo femenino había imaginado aquel artificio mágico para descubrir sus astucias, tuvo que confesar que las mujeres sabían más que él y podían dar lecciones á todos los nigromantes juntos.

Este cuento, como casi todos los que tratan de «engaños de mujeres», fue primitivamente indio; se encuentra en el Çukasaptati ó libro del Papagayo y en una colección tibetana ó mongólica citada por Benfey. El mundo clásico conoció también una anécdota muy semejante, pero sin intervención del elemento amoroso, que es común al relato oriental y á la leyenda virgiliana. Comparetti, que ilustra doctamente esta leyenda en su obra acerca de Virgilio en la Edad Media, cita á este propósito un texto de Macrobio (Sat. I, 6, 30). La atribución á Virgilio se encuentra por primera vez, según el mismo filólogo, en una poesía alemana anónima del siglo XIV; pero hay muchos textos posteriores, en que para nada suena el nombre del poeta latino[123]. Uno de ellos es el cuento de Timoneda, cuyo original verdadero no ha sido determinado hasta ahora, ya que no puede serlo ninguna de las dos novelas italianas que Liebrecht apuntó. La fábula 2.ª de la cuarta Noche de Straparola[124] no pasa en Roma, sino en Atenas, y carece de todos los detalles arqueológicos relativos á la Bocca della Verità, los cuales Timoneda conservó escrupulosamente. Además, y esto prueba la independencia de las dos versiones, no hay en la de Straparola rastro de dos circunstancias capitales en la de Timoneda: la intervención del nigromante Paludio y la herida en un pie que finge la mujer adúltera para que venga su amante á sostenerla, no en traza y ademán de loco, sino en hábito de villano. De la novela 98 de Celio Malespini no hay que hacer cuenta, puesto que la primera edición que se cita de las Ducento Novelle de este autor es de 1609, y por tanto muy posterior al Patrañuelo[125].

Tampoco creo que la patraña 17 venga en línea recta de la 68 de las Cento Novelle Antiche, porque esta novela es una de las diez y ocho que aparecieron por primera vez en la edición de 1572, dirigida por Vincenzo Borghini[126], seis años después de haber sido aprobado para la impresión el librillo de Timoneda. Más verosímil es que éste la tomase del capítulo final (283) del Gesta Romanorum[127]. Pero son tan numerosos los libros profanos y devotos que contienen la ejemplar historia del calumniador que ardió en el horno encendido para el inocente, que es casi superflua esta averiguación, y todavía lo sería más insistir en una leyenda tan famosa y universalmente divulgada, que se remonta al Somadeva y á los cuentos de Los Siete Visires (sin contar otras versiones en árabe, en bengalí y en turco), que tiene en la Edad Media tantos paradigmas, desde el fabliau francés del rey que quiso hacer quemar al hijo de su senescal, hasta nuestra leyenda del paje de Santa Isabel de Portugal, cantada ya por Alfonso el Sabio[128], y que, después de pasar por infinitas transformaciones, todavía prestó argumento á Schiller para su bella balada Fridolin, imitada de una novela de Restif de la Bretonne.

Lo que sí advertiremos es que el cuento de Timoneda, lo mismo que la versión catalana del siglo XV, servilmente traducida del fabliau francés[129], pertenecen á la primitiva forma de la leyenda oriental; que es también la más grosera y menos poética, en que el acusado no lo es de adulterio, como en las posteriores, sino de haber dicho que el rey tenía lepra ó mal aliento[130].

La patraña catorcena es el cuento generalmente conocido en la literatura folklórica con el título de El Rey Juan y el Abad de Cantorbey. No creo, por la razón cronológica ya expuesta, que Timoneda le tomase de la novela 4.ª de Sacchetti[131], que es mucho más complicada por cierto, ni tampoco del canto 8.º del Orlandino de Teófilo Folengo, donde hay un episodio semejante. Este cuento vive en la tradición oral, y de ella hubo de sacarle inmediatamente Timoneda, por lo cual tiene más gracia y frescura y al mismo tiempo más precisión esquemática que otros suyos, zurcidos laboriosamente con imitaciones literarias. Todos hemos oído este cuento en la infancia y en nuestros días le ha vuelto á escribir Trueba con el título de La Gramática parda[132]. En Cataluña la solución de las tres preguntas se atribuye al Rector de Vallfogona, que carga allí con la paternidad de todos los chistes, como Quevedo en Castilla. Quiero transcribir la versión de Timoneda, no sólo por ser la más antigua de las publicadas en España y quizá la más fiel al dato tradicional, sino para dar una muestra de su estilo como cuentista, más sabroso que limado.

«Queriendo cierto rey quitar el abadía á un muy honrado abad y darla á otro por ciertos revolvedores, llamóle y díxole: «Reverendo padre, porque soy informado que no sois tan docto cual conviene y el estado vuestro requiere, por pacificación de mi reino y descargo de mi consciencia, os quiero preguntar tres preguntas, las cuales, si por vos me son declaradas, hareis dos cosas: la una que queden mentirosas las personas que tal os han levantado; la otra que os confirmaré para toda vuestra vida el abadía, y si no, habréis de perdonar». Á lo cual respondió el abad: «Diga vuestra alteza, que yo haré toda mi posibilidad de habellas de declarar». «Pues sus, dijo el rey. La primera que quiero que me declareis es que me digais yo cuánto valgo; y la segunda, que adonde está el medio del mundo, y la tercera, qué es lo que yo pienso. Y porque no penseis que os quiero apremiar que me las declareis de improviso, andad, que un mes os doy de tiempo para pensar en ello».

«Vuelto el abad á su monesterio, por más que miró sus libros y diversos autores, por jamás halló para las tres preguntas respuesta ninguna que suficiente fuese. Con esta imaginación, como fuese por el monesterio argumentando entre sí mismo muy elevado, díjole un dia su cocinero: «¿Qué es lo que tiene su paternidad»? Celándoselo el abad, tomó á replicar el cocinero diciendo: «No dexe de decírmelo, señor, porque á veces debajo de ruin capa yace buen bebedor, y las piedras chicas suelen mover las grandes carretas». Tanto se lo importunó, que se lo hubo de decir. Dicho, dixo el cocinero: «Vuestra paternidad haga una cosa, y es que me preste sus ropas, y raparéme esta barba, y como le parezco algun tanto y vaya de par de noche en la presencia del rey, no se dará á cato del engaño; así que teniéndome por su paternidad, yo le prometo de sacarle deste trabajo, á fe de quien soy».

«Concediéndoselo el abad, vistió el cocinero de sus ropas, y con su criado detrás, con toda aquella cerimonia que convenía, vino en presencia del rey. El rey, como le vido, hízole sentar cabe de sí diciendo: «Pues ¿qué hay de nuevo, abad?» Respondió el cocinero: «Vengo delante de vuestra alteza para satisfacer por mi honra». «¿Así? dijo el rey: veamos qué respuesta traéis á mis tres preguntas». Respondió el cocinero: «Primeramente á lo que me preguntó vuestra alteza que cuánto valía, digo que vale veinte y nueve dineros, porque Cristo valió treinta. Lo segundo, que donde está el medio mundo, es a do tiene su alteza los piés; la causa que como sea redondo como bola, adonde pusieren el pié es el medio dél; y esto no se me puede negar. Lo tercero que dice vuestra alteza, que diga qué es lo que piensa, es que cree hablar con el abad, y está hablando con su cocinero». Admirado el rey desto, dixo: «Qué, ¿éso pasa en verdad»? Respondió: «Sí, señor, que soy su cocinero, que para semejantes preguntas era yo suficiente, y no mi señor el abad». Viendo el rey la osadía y viveza del cocinero, no sólo le confirmó la abadía para todos los dias de su vida, pero hízole infinitas mercedes al cocinero».

Sobre el argumento de la patraña 12.ª versa una de las piezas que Timoneda publicó en su rarísima Turiana: Paso de dos ciegos y un mozo muy gracioso para la noche de Navidad[133]. Timoneda fué editor de estas obras, pero no consta con certeza que todas salieran de su pluma. De cualquier modo, el Paso estaba escrito en 1563, antes que el cuentecillo de El Patrañuelo, al cual aventaja mucho en desenfado y chiste. Con ser tan breves el paso y la patraña, todavía es verosímil que procedan de alguna floresta cómica anterior[134].

Aunque Timoneda no sea precursor inmediato de Cervantes, puesto que entre el Patrañuelo y las Novelas Ejemplares se encuentran, por lo menos, cuatro colecciones de alguna importancia, todas, excepto la portuguesa de Troncoso, pertenecen á los primeros años del siglo XVII, por lo cual, antes de tratar de ellas, debo decir dos palabras de los libros de anécdotas y chistes, análogos al Sobremesa, que escasean menos, si bien no todos llegaron á imprimirse y algunos han perecido sin dejar rastro.

Tal acontece con dos libros de cuentos varios que D. Tomás Tamayo de Vargas cita en su Junta de libros la mayor que España ha visto en su lengua, de donde pasó la noticia á Nicolás Antonio. Fueron sus autores dos clarísimos ingenios toledanos: Alonso de Villegas y Sebastián de Horozco, aventajado el primero en géneros tan distintos como la prosa picaresca de la Comedia Selvagia y la narración hagiográfica del Flos Sanctorum; poeta el segundo de festivo y picante humor en sus versos de burlas, incipiente dramaturgo en representaciones, entremeses y coloquios que tienen más de profano que de sagrado; narrador fácil y ameno de sucesos de su tiempo; colector incansable de memorias históricas y de proverbios; ingenioso moralista con puntas de satírico en sus glosas. Las particulares condiciones de estos autores, dotados uno y otro de la facultad narrativa en grado no vulgar, hace muy sensible la pérdida de sus cuentos, irreparable quizá para Alonso de Villegas, que entregado á graves y religiosos pensamientos en su edad madura, probablemente haría desaparecer estos livianos ensayos de su mocedad, así como pretendió con ahinco, aunque sin fruto, destruir todos los ejemplares de su Selvagia, comedia del género do las Celestinas[135]. Pero no pueden presumirse tales escrúpulos en Sebastián de Horozco, que en su Cancionero tantas veces traspasa la raya del decoro, y que toda su vida cultivó asiduamente la literatura profana. Conservemos la esperanza de que algún día desentierre cualquier afortunado investigador su Libro de cuentos; del modo que han ido apareciendo sus copiosas relaciones históricas, su Recopilación de refranes y adagios comunes y vulgares de España, que no en vano llamó «la mayor y más copiosa que hasta ahora se ha hecho», puesto que, aun incompleta como está, comprende más de ocho mil; y su Teatro universal de proverbios, glosados en verso, donde se encuentran incidentalmente algunos «cuentos graciosos y fábulas moralizadas», siguiendo el camino abierto por Juan de Mal Lara, pero con la novedad de la forma métrica[136].

En su entretenido libro Sales Españolas ha recopilado el docto bibliotecario D. Antonio Paz y Melia, á quien tantos obsequios del mismo género deben nuestras letras, varias pequeñas colecciones de cuentos, inéditas hasta el presente. Una de las más antiguas es la que lleva el título latino de Liber facetiarum et similitudinum Ludovici di Pinedo et amicorum, aunque esté en castellano todo el contexto[137]. Las facecias de Pinedo, como las de Poggio, parecen, en efecto, compuestas, no por una sola persona, sino por una tertulia ó reunión de amigos de buen humor, comensales acaso de D. Diego de Mendoza ó formados en su escuela, según conjetura el editor, citando palabras textuales de una carta de aquel grande hombre, que han pasado á uno de los cuentos[138].

De todos modos, la colección debió de ser formada en los primeros años del reinado de Felipe II, pues no alude á ningún suceso posterior á aquella fecha. El recopilador era, al parecer, castellano viejo ó había hecho, á lo menos, larga residencia en tierra de Campos, porque se muestra particularmente enterado de aquella comarca. El Libro chistes es anterior sin disputa al Sobremesa de Timoneda y tiene la ventaja de no contener más que anécdotas españolas, salvo un pequeño apólogo de la Verdad y unos problemas de aritmética recreativa. Y estas anécdotas se refieren casi siempre á los personajes más famosos del tiempo de los Reyes Católicos y del Emperador, lo cual da verdadero interés histórico á esta floresta. No creo que Melchor de Santa Cruz la aprovechase, porque tienen muy pocos cuentos comunes, y aun éstos referidos con muy diversas palabras. Pero los personajes de uno y otro cuentista suelen ser los mismos, sin duda porque dejaron en Castilla tradicional reputación de sentenciosos y agudos, de burlones ó de extravagantes: el médico Villalobos, el duque de Nájera, el Almirante de Castilla, el poeta Garci Sánchez de Badajoz, que por una amorosa pasión adoleció del seso. Por ser breves, citaré, sin particular elección, algunos de estos cuentecillos, para dar idea de los restantes.

Sobre el saladísimo médico Villalobos hay varios, y en casi todos se alude á su condición de judío converso, que él mismo convertía en materia de chistes, como es de ver á cada momento en sus cartas á los más encopetados personajes, á quienes trataba con tan cruda familiaridad. Los dichos que se le atribuyen están conformes con el humor libre y desgarrado de sus escritos.

«El Dr. Villalobos tenía un acemilero mozo y vano, porque decía ser de la Montaña y hidalgo. El dicho Doctor, por probarle, le dijo un día: «Ven acá, hulano; yo te querría casar con una hija mía, si tú lo tovieses por bien». El acemilero respondió: «En verdad, señor, que yo lo hiciese por haceros placer; mas ¿con qué cara tengo de volver á mi tierra sabiendo mis parientes que soy casado con vuestra hija?» Villalobos le respondió: «Por cierto tú haces bien, como hombre que tiene sangre en el ojo; mas yo te certifico que no entiendo ésta tu honra, ni aun la mía».

«Dijo el Duque de Alba D. Fadrique al doctor Villalobos: «Parésceme, señor doctor, que sois muy gran albeitar». Respondió el doctor: «Tiene V. S.ª razón, pues curo á un tan gran asno».

«El doctor Villalobos, estando la corte en Toledo, entró en una iglesia á oir misa y púsose á rezar en un altar de la Quinta Angustia, y á la sazon que él estaba rezando, pasó por junto á él una señora de Toledo que se llama Doña Ana de Castilla, y como le vió, comienza á decir: «Quitadme de cabo este judío que mató á mi marido», porque le había curado en una enfermedad de la que murió. Un mozo llegóse al Doctor Villalobos muy de prisa, y díjole: «Señor, por amor de Dios, que vays que está mi padre muy malo, á verle». Respondió el doctor Villalobos: «Hermano, ¿vos no veis aquella que va allí vituperándome y llamándome judío porque maté á su marido?» Y señalando al altar: «Y ésta que está aquí llorando y cabizbaja porque dice que le maté su hijo, ¿y queréis vos que vaya ahora á matar á vuestro padre?».

El Duque de Nájera, á quien se refiere la curiosa anécdota que voy á transcribir, no es el primero y más famoso de su título, D. Pedro Manrique de Lara, á quien por excelencia llamaron el Fuerte, sino un nieto suyo que heredó el ingenio más bien que la fortaleza caballeresca de su terrible abuelo. La anécdota es curiosa para la historia literaria, porque prueba el temor que infundía en su tiempo la pluma maldiciente y venal de Pedro Aretino.

«El Duque de Nájera y el Conde de Benavente tienen estrecha amistad entre sí, y el Conde do Benavente, aunque no es hombre sabio ni leído, ha dado, sólo por curiosidad, en hacer librería, y no ha oído decir de libro nuevo cuando lo marca y le pone en su librería. El Duque de Nájera, por hacerle una burla, estando con él en Benavente, acordó de hacerla desta manera: que hace una carta fingida con una memoria de libros nunca oídos ni vistos ni que se verán, los cuales enviaba Pedro Aretino, italiano residente en Venecia, el cual, por ser tan mordaz y satírico, tiene salario del Pontífice, Emperador, Rey de Francia y otros Príncipes y grandes, y en llegando al tiempo de la paga, si no viene luego, hace una sátira ó comedia ó otra obra que sepa á esto contra el tal.

«Esta carta y memoria de libros venía por mano de un mercader de Burgos, en la cual carta decía que en recompensa de tan buena obra como á Su Señoría había hecho Pedro Aretino, que sería bien enviarle algun presente, pues ya sabía quién era y cuán maldiciente. La carta se dió al Conde y la memoria, y como la leyese y no entendiese la facultad de los libros, ni aun el autor, mostróla al Duque como á hombre más leído y visto, el cual comienza á ensalzar la excelencia de las obras, y que luego ponga por obra de gratificar tan buen beneficio á Pedro Aretino, que es muy justo. El Conde le preguntó que qué le parescia se le debía enviar. El Duque respondió que cosa de camisas ricas, lençuelos, toallas, guantes aderezados y cosas de conserva y otras cosas de este jaez. En fin, el Duque señalaba lo que más á su propósito hacía, como quien se había de aprovechar de ello más que Pedro Aretino. El Conde puso luego por la obra el hacer del presente, que tardaron más de un mes la Condesa y sus damas y monasterios y otras partes, y hecho todo, enviólo á hacer saber al Duque, y dase órden que se lleve á Burgos, para que desde allí se encamine á Barcelona y á Venecia, y trayan los libros de la memoria; la cual órden dió después mejor el Duque, que lo hizo encaminar á su casa y recámara. Y andando el tiempo, vínolo á saber el Conde, y estuvo el más congoxado y desabrido del mundo con la burla del Duque, esperando sazón para hacerle otra para satisfaccion de la recibida».

Aun en libros de tan frívola apariencia como éste pueden encontrarse á veces curiosidades históricas. Lo es, por ejemplo, el siguiente cuentecillo, que prueba la persistencia de los bandos de la Edad Media en las provincias septentrionales de España hasta bien entrado el siglo XVI.

«En un lugar de la Montaña que llaman Lluena hay un clérigo que es cura del lugar, que llaman Andrés Diaz, el cual es Gil, y tiene tan gran enemistad con los Negretes como el diablo con la cruz. Estando un dia diciendo misa á unos novios que se velaban, de los principales, y como fuese domingo y se volviese á echar las fiestas, y viese entre los que habían venido á las bodas algunos Negretes, dijo: «Señores, yo querría echar las fiestas; mas vi los diablos y hánseme olvidado». Y sin más, volvióse y acabó la misa; y al echar del agua bendita, no la quiso echar á los Negretes solos, diciendo en lugar de aqua benedicta: «Diablos fuera».

Con los nombres famosos de Suero de Quiñones y D. Enrique de Villena y las tradiciones relativas á la magia de éste se enlaza la siguiente conseja:

«Contaba Velasco de Quiñones que Suero de Quiñones, el que guardó el paso de Orbigo por defender que él era el más esforzado, y Pedro de Quiñones y Diego, sus hermanos, sabio y gentil hombre, rogó á D. Enrique de Villena le mostrase al demonio. Negábase el de Villena; pero al cabo, vencido por sus ruegos, invitó un día á comer á Suero, sirviéndoles de maestresala el demonio. Era tan gentil hombre, y tan bien tractado y puesto lo que traia, que Suero le envidiaba y decia á su hermano que era más gentil hombre que cuantos hasta allí viera. Acabada la comida, preguntó enojado á D. Enrique quién era aquel maestresala. D. Enrique se reía. Entró el maestresala en la cámara donde se habia retraído, y arrimóse á una pared con gran continencia, y preguntó otra vez quién era. Sonrióse D. Enrique y dijo: «El demonio». Volvió Suero á mirarle, y como le vió, puestas las manos sobre los ojos, á grandes voces dijo: «¡Ay Jesús, ay Jesús!» Y dió consigo en tierra por baso de una mesa, de donde le levantaron acontecido. ¡Qué hiciera á verlo en su terrible y abominable figura!».

En un libro de pasatiempo y chistes no podía faltar alguno á costa de los portugueses. Hay varios en la floresta de Pinedo, entre los cuales elijo por menos insulso el siguiente:

«Hacían en un lugar la remembranza del prendimiento de Jesucristo, y como acaso fuesen por una calle y llevase la cruz á cuestas, y le fuesen dando de empujones y de palos y puñadas, pasaba un portugués á caballo, y como lo vió apeóse, y poniendo mano á la espada, comenzó á dar en los sayones de veras, los cuales, viendo la burla mala, huyeron todos. El portugués dijo: «¡Corpo de Deus con esta ruyn gente castellana!» Y vuelto al Cristo con enojo, le dijo: «E vos, home de bien, ¿por qué vos dejais cada año prender?».

Pero la obra maestra de este género de pullas, cultivado recíprocamente por castellanos y portugueses, y que ha contribuido más de lo que parece á fomentar la inquina y mala voluntad entre los pueblos peninsulares[139], son las célebres Glosas al Sermón de Aljubarrota, atribuidas en manuscritos del siglo XVI á D. Diego Hurtado de Mendoza, como otros varios papeles de donaire, algunos evidentemente apócrifos. No responderé yo tampoco de la atribución de estas glosas, puesto que en ellas mismas se dice que el autor era italiano[140], si bien esto pudo ponerse para disimular, siendo por otra parte tan castizo el picante y espeso sabor de este opúsculo. Además, el autor, quien quiera que fuese, supone haber oído el sermón en Lisboa el año de 1545[141] y precisamente durante todo aquel año estuvo D. Diego de embajador en el Concilio de Trento. Todas estas circunstancias hacen muy sospechosa la autenticidad de esta sátira, aunque no menoscaben su indisputable gracejo.

El tal sermón de circunstancias, lleno de hipérboles y fanfarronadas, en conmemoración del triunfo del Maestre de Avís contra D. Juan I de Castilla, sirve de texto ó de pretexto á una copiosa antología de chascarrillos, anécdotas, dicharachos extravagantes, apodos, motes y pesadas zumbas, no todas contra portugueses, aunque éstos lleven la peor parte. El principal objeto del autor es hacer reir, y ciertamente lo consigue, pero ni él ni sus lectores debían de ser muy escrupulosos en cuanto á las fuentes de la risa. Algún cuento hay en estas glosas, el del portugués Ruy de Melo, verbigracia, que por lo cínico y brutal estaría mejor entre las del Cancionero de Burlas; otros, sin llegar á tanto, son nauseabundos y mal olientes; pero hay algunos indisputablemente graciosos, sin mezcla de grosería; los hay hasta delicados, como el del huésped aragonés y el castellano, rivales en cortesía y gentileza[142]; y hay, finalmente (y es lo que da más precio á este género de silvas y florestas), hechos y dichos curiosos de la tradición nacional. Baste citar el ejemplo siguiente, que tiene cierta fiereza épica:

«Sólo quiero decir aquí de un gallego que se decía Alvaro Gonzalez de Ribadeneyra, que estando en la cama para morir, los hijos, con deseo de poner en cobro el alma de su padre, fueron á la cama y preguntáronle si en las diferencias pasadas del obispo de Lugo y las que tuvo con otros señores, si tenía algo mal ganado que lo declarase, que ellos lo restituirían; por tanto, que dijese el título que á la hacienda dejaba y tenía. Lo cual, como oyese el viejo, mandó ensillar un caballo, y levantóse como mejor pudo, y subióse en él, y tomando una lanza, puso las piernas al caballo y envistió á la pared y quebró la lanza en piezas, y volviendo á sus hijos, dijo: «El título con que os dejo ganada la hacienda y honra ha sido éste; si lo supiéredes sustentar, para vosotros será el provecho, y si no, quedad para ruines». Y volvióse á la cama, y murió».

No nos detendremos en el cuaderno de los Cuentos de Garibay que posee la Academia de la Historia[143], porque la mayor parte de estos cuentos pasaron casi literalmente á la Floresta Española de Melchor de Santa Cruz. Si el recopilador de ellos fué, como creemos, el historiador guipuzcoano del mismo apellido, que pasó en Toledo la última parte de su vida, allí mismo pudo disfrutar Santa Cruz su pequeña colección manuscrita é incorporarla en la suya, más rica y metódica que ninguna de las precedentes y de las posteriores.

Poco sabemos de las circunstancias personales de este benemérito escritor, salvo que era natural de la villa de Dueñas en Castilla la Vieja y vecino de la ciudad de Toledo. Su condición debía de ser humilde y cortos sus estudios, puesto que dice en el prólogo de sus Cien Tratados: «Mi principal intento fué solamente escribir para los que no saben leer más de romance, como yo, y no para los doctos». Y dedicando al Rey D. Felipe el Prudente la segunda parte de dicha obra, da á entender otra vez que toda su lectura era de libros en lengua vulgar: «El sosiego tan grande y dichosa paz que en los bienaventurados tiempos de Vuestra Magestad hay, son causa que florezcan en ellos todas las buenas artes y honestos ejercicios; y que no solamente los hombres doctos, mas los ignorantes como yo, se ocupen en cosas ingeniosas y eruditas, cada uno conforme á su posibilidad. Yo, poderosísimo señor, he sido siempre aficionado a gastar el tiempo en leer buenos libros, principal los morales que en nuestra lengua yo he podido haber (que no han sido pocos), de donde he sacado estas sentencias».

Todos sus trabajos pertenecen, en efecto, á la literatura vulgar y paremiológica. Los Cien Tratados[144] son una colección de máximas y sentencias morales en tercetos ó ternarios de versos octosílabos, imitando hasta en el metro los Trezientos Proverbios, Consejos y avisos muy provechosos para discurso de nuestra humana vida del abogado valenciano D. Pedro Luis Sauz[145]. Del mismo modo, la Floresta, cuya primera edición es de 1574[146], fué indudablemente sugerida por el Sobremesa de Timoneda. Pero el plan de Santa Cruz es más vasto y envuelve un conato de clasificación seguido con bastante regularidad, que hace fácil el manejo de su librillo.

Aunque Melchor de Santa Cruz da á entender que no sabía más lengua que la propia, no le creo enteramente forastero en la italiana, de tan fácil inteligencia para todo español, y me parece muy verosímil, aunque no he tenido ocasión de comprobarlo, que conociese y aprovechara las colecciones de Facezie, motti, buffonerie et burle del Piovano Arlotto, del Gonella y del Barlacchia: las Facezie et motti arguti di alcuni eccellentissimi ingegni de Ludovicico Domenichi (1547); las Hore di recreazione de Ludovico Guicciardini, no traducidas en aquella fecha al castellano, y algunas otras ligeras producciones de la misma índole que la Floresta. Y aun suponiendo que no las hubiese visto en su original, las conocía indirectamente á través de Timoneda, sin contar con los chistes que se hubiesen incorporado en la tradición oral. Pero estos cuentos son fáciles de distinguir del fondo indígena de la Floresta, cuyo verdadero carácter señala perfectamente el autor en su dedicatoria á D. Juan de Austria.

«En tanta multitud de libros como cada dia se imprimen y en tan diversas é ingeniosas invenciones, que con la fertilidad de los buenos ingenios de nuestra nacion se inventan, me pareció se habían olvidado de una no ménos agradable que importante para quien es curioso y aficionado á las cosas propias de la patria, y es la recopilacion de sentencias y dichos notables de españoles. Los cuales, como no tengan ménos agudeza, ni ménos peso o gravedad que los que en libros antiguos están escriptos, antes en parte, como luego diré, creo que son mejores, estoy maravillado qué ha sido la causa que no haya habido quien en esto hasta ahora se haya ocupado. Yo, aunque hombre de ningunas letras y de poco ingenio, así por intercesión de algunos amigos, que conocieron que tenia inclinación á esto, como por la naturaleza, que de esta antigua y noble ciudad de Toledo tengo[147], donde todo el primor y elegancia del buen decir florece, me he atrevido á tomar esta empresa. Y la dificultad que en escribir estos dichos hay es la que se tiene en hallar moneda de buen metal y subida de quilates. Porque así como aquella es más estimada que debaxo de menos materia contiene más valor, así aquellos son más excelentes dichos los que en pocas palabras tienen encerradas muchas y notables sentencias. Porque unos han de ser graves y entendidos: otros agudos y maliciosos; otros agradables y apacibles; otros donosos para mover á risa; otros que lo tengan todo, y otros hay metaforizados, y que toda su gracia consiste en la semejanza de las cosas que se apropia, de las quales el que no tiene noticia le parece que es el dicho frio, y que no tiene donayre, siendo muy al contrario para el que entiende. Otros tienen su sal en las diversas significaciones de un mismo vocablo; y para esto es menester que así el que lo escribe, como el que lo lee, tenga ingenio para sentirlo y juicio para considerarlo...

«En lo que toca al estilo y propiedad con que se debe escribir, una cosa no me puede dejar de favorecer; y es el lugar donde lo escribo, cuya autoridad en las cosas que toca al comun hablar es tanta, que las leyes del Reino disponen que cuando en alguna parte se dudare de algun vocablo castellano, lo determine el hombre toledano que alli se hallare[148]. Lo cual por justas causas se mandó juntamente: la primera porque esta ciudad está en el centro de toda España, donde es necesario que, como en el corazon se producen más subtiles espíritus, por la sangre más delicada que allí se envía, así también en el pueblo que es el corazon de alguna region está la habla y la conversacion más aprobada que en otra parte de aquel reino.

«La segunda, por estar lejos del mar, no hay ocasion, por causa del puerto, á que gentes extrangeras hayan de hacer mucha morada en él; de donde se sigue corrupcion de la lengua, y aun tambien de las costumbres.

«La tercera, por la habilidad y buen ingenio de los moradores que en ella hay; los cuales, o porque el aire con que respiran es delgado, o porque el clima y constelacion les ayuda, o porque ha sido lugar donde los Reyes han residido, están tan despiertos para notar cualquiera impropiedad que se hable, que no es menester se descuide el que con ellos quisiere tratar desto...».

Es libro curiosísimo, en efecto, como texto de lengua; pero debe consultarse en las ediciones del siglo XVI, pues en las posteriores, especialmente en las dos del siglo XVIII, se modernizó algo el lenguaje, además de haberse suprimido ó cercenado varios cuentos que parecieron libres ó irreverentes, á pesar de la cuerda prevención que hacía el mismo Santa Cruz en estos versos:

De aquesta Floresta, discreto lector, Donde hay tanta copia de rosas y flores, De mucha virtud, olor y colores, Escoja el que es sabio de aquí lo mejor. Las de linda vista y de buen sabor Sirvan de salsa á las virtuosas, Y no de manjar, si fueren viciosas, Pues para esto las sembró el autor.

Las partes de la Floresta, que fueron diez en la primera edición toledana y once en la de Alcalá, 1576, llegaron definitivamente á doce, distribuidas por el orden siguiente:

«Primera Parte: Capítulo I. De Sumos Pontífices.—Cap. II. De Cardinales.—Capítulo III. De Arzobispos.—Cap. IV. De Obispos.—Cap. V. De Clérigos.—Cap. VI. De Frayles.

«Segunda Parte: Capítulo I. De Reyes.—Cap. II. De caballeros.—Cap. III. De capitanes y soldados.—Cap. IV. De aposentadores.—Cap. V. De truhanes.—Cap. VI. De pajes.

«Tercera Parte: Capítulo I. De responder con la misma palabra.—Cap. II. De responder con la copulativa antigua.—Cap. III. De gracia doblada.—Cap. IV. De dos significaciones.—Cap. V. De responder al nombre propio.—Cap. VI. De enmiendas y declaraciones de letras.

«Cuarta parte: Capítulo I. De jueces.—Cap. II. De letrados.—Cap. III. De escribanos.—Cap. IV. De alguaciles.—Cap. V. De hurtos.—Cap. VI. De justiciados.—Capítulo VII. De médicos y cirujanos.—Cap. VIII. De estudiantes.

«Quinta parte: Capítulo I. De vizcaynos.—Cap. II. De mercaderes.—Cap. III. De oficiales.—Cap. IV. De labradores.—Cap. V. De pobres.—Cap. VI. De moros.

«Sexta parte: Capítulo I. De amores.—Cap. II. De músicos.—Cap. III. De locos.—Cap. IV. De casamientos.—Cap. V. De sobrescriptos.—Cap. VI. De cortesía.—Cap. VII. De juegos.—Cap. VIII. De mesa.

«Séptima parte: Capítulo I. De dichos graciosos.—Cap. II. De apodos.—Cap. III. De motejar de linaje.—Cap. IV. De motejar de loco.—Cap. V. De motejar de necio.—Capítulo VI. De motejar de bestia.—Cap. VII. De motejar de escaso.—Cap. VIII. De motejar de narices.

«Octava parte: Capítulo I. De ciegos.—Cap. II. De chicos.—Cap. III. De largos.—Cap. IV. De gordos.—Cap. V. De flacos.—Cap. VI. De corcobados.—Cap. VII. De cojos.

«Nona parte: Capítulo I. De burlas y dislates.—Cap. II. De fieros.—Cap. III. De camino.—Cap. IV. De mar y agua.—Cap. V. De retos y desafíos.—Cap. VI. De apodos de algunos pueblos de España y de otras naciones.

«Décima parte: De dichos extravagantes.

«Undécima parte: Capítulo I. De dichos avisados de mujeres.—Cap. II. De dichos graciosos de mujeres.—Cap. III. De dichos á mujeres.—Cap. IV. De mujeres feas.—Cap. V. De viudas.

«Duodécima parte: Capítulo I. De niños.—Cap. II. De viejos.—Cap. III. De enfermos».

En una colección tan vasta de apotegmas no puede menos de haber muchos enteramente insulsos, como aquél que tanto hacía reir á Lope de Vega: «Hallé una vez en un librito gracioso que llaman Floresta Española una sentencia que había dicho un cierto conde: «Que Vizcaya era pobre de pan y rica de manzanas», y tenía puesto á la margen algun hombre de buen gusto, cuyo había sido el libro: «Sí diría», que me pareció notable donayre»[149]. Pero no por eso ha de menospreciarse el trabajo del buen Santacruz; del cual pueden sacarse varios géneros de diversión y provecho. Sirve, no sólo para el estudio comparativo y genealógico de los cuentos populares, que allí están presentados con lapidaria concisión, sino para ver en juego, como en un libro de ejercicios gramaticales, muchas agudezas y primores de la lengua castellana en su mejor tiempo, registrados por un hombre no muy culto, pero limpio de toda influencia erudita, y que no á los doctos, sino al vulgo, encaminaba sus tareas. Además de este interés lingüístico y folklórico, que es sin duda el principal, tiene la Floresta el mérito de haber recogido una porción de dichos, más ó menos auténticos, de españoles célebres, que nos dan á conocer muy al vivo su carácter, ó por lo menos la idea que de ellos se formaban sus contemporáneos. Por donde quiera está sembrado el libro de curiosos rasgos de costumbres, tanto más dignos de atención cuanto que fueron recogidos sin ningún propósito grave, y no aderezados ni aliñados en forma novelística. Las anécdotas relativas al doctor Villalobos y al famoso truhán de Carlos V. D. Francesillo de Zúñiga, que tantas y tan sabrosas intimidades de la corte del Emperador consignó en su Crónica burlesca[150], completan la impresión que aquel extraño documento deja. Del arzobispo D. Alonso Carrillo, del canónigo de Toledo Diego López de Avala, del cronista Hernando del Pulgar, y aun del Gran Capitán y de los cardenales Mendoza y Cisneros, hay en este librillo anécdotas interesantes. Aun para tiempos más antiguos puede ser útil consultar á veces la Floresta. Por no haberlo hecho los que hemos tratado de las leyendas relativas al rey Don Pedro, hemos retrasado hasta el siglo XVII la primera noticia del caso del zapatero y el prebendado, que ya Melchor de Santa Cruz refirió en estos términos:

«Un arcediano de la Iglesia de Sevilla mató á un zapatero de la misma ciudad, y un hijo suyo fué á pedir justicia; y condenóle el juez de la Iglesia en que no dixese Misa un año. Dende á pocos dias el Rey D. Pedro vino á Sevilla, y el hijo del muerto se fué al Rey, y le dixo cómo el arcediano de Sevilla había muerto á su padre. El rey le preguntó si habia pedido justicia. El le contó el caso como pasaba. El Rey le dixo: «¿Serás tú hombre para matarle, pues no te hacen justicia?» Respondió: «Sí, señor». «Pues hazlo así», dixo el Rey. Esto era víspera de la fiesta del Córpus Christi. Y el dia siguiente, como el Arcediano iba en la procesion cerca del Rey, dióle dos puñaladas, y cayó muerto. Prendióle la justicia, y mandó el Rey que lo truxesen ante él. Y preguntóle, ¿por qué habia muerto á aquel hombre? El mozo dixo: «Señor, porque mató á mi padre, y aunque pedí justicia, no me la hicieron». El juez de la Iglesia, que cerca estaba, respondió por sí que se la había hecho, y muy cumplida. El Rey quiso saber la justicia que se le habia hecho. El juez respondió que le habia condenado que en un año no dixese Misa. El Rey dixo á su alcalde: «Soltad este hombre, y yo le condeno que en un año no cosa zapatos»[151].

Es también la Floresta el más antiguo libro impreso en que recuerdo haber leído la leyenda heroica de Pedro González de Mendoza, el que dicen que prestó su caballo á D. Juan I para salvarse en la batalla de Aljubarrota[152]. Por cierto que las últimas palabras de este relato sencillo tienen más energía poética que el afectado y contrahecho romance de Hurtado de Velarde Si el caballo vos han muerto. «Le tomó en su caballo y le sacó de la batalla (dice Melchor de Santa Cruz); y de que le hubo puesto en salvo, queriendo volver, el Rey en ninguna manera lo consentia. Mas se volvió diciendo: “No quiera Dios que las mujeres de Guadalaxara digan que saqué á sus maridos de sus casas vivos y los dexo muertos y me vuelvo”».

Entre las muchas anécdotas relativas á Gonzalo Fernández de Córdoba es notable por su delicadeza moral la siguiente:

«El Gran Capitan pasaba muchas veces por la puerta de dos doncellas, hijas de un pobre escudero, de las quales mostraba estaba aficionado, porque en extremo eran hermosas. Entendiéndolo el padre de ellas, pareciéndole que seria buena ocasión para remediar su necesidad, fuése al Gran Capitán, y suplicó le proveyese de algún cargo fuera de la ciudad, en que se ocupase. Entendiendo el Gran Capitán que lo hacia por dexar la casa desocupada, para que si él quisiese pudiese entrar libremente, le preguntó: “¿Qué gente dexais en vuestra casa?※ Respondió: “Señor, dos hijas doncellas ”. Díxole: “Esperad aquí, que os sacaré la provisión”; y entró en una cámara, y sacó dos pañizuelos, y en cada uno de ellos mil ducados, y dióselos, diciendo: “Veis aquí la provision, casad luego con esto que va ahi vuestras hijas; y en lo que toca á vos, yo tendré cuidado de proveeros”».

La Floresta ha prestado abundante material á todo género de obras literarias. Sus chistes y cuentecillos pasaron al teatro y á la conversación, y hoy mismo se repiten muchos de ellos ó se estampan en periódicos y almanaques, sin que nadie se cuide de su procedencia. Su brevedad sentenciosa contribuyó mucho á que se grabasen en la memoria, y grandes ingenios no los desdeñaron. Aquel sabido romance de Quevedo, que termina con los famosos versos:

Arrojar la cara importa, Que el espejo no hay por qué,

tiene su origen en este chascarrillo de la Floresta (Parte 12.ª):

«Una vieja hallóse un espejo en un muladar, y como se miró en él y se vió tal, echando la culpa al espejo, le arrojó diciendo: “Y aun por ser tal, estás en tal parte”».

Y aquel picaño soneto, excelente en su línea, que algunos han atribuido sin fundamento á Góngora y otros al licenciado Porras de la Cámara:

Casó de un Arzobispo el despensero...

no es más que la traducción en forma métrica y lengua libre de este cuentecillo de burlas, que tal como está en la Floresta (Parte undécima, capítulo III), no puede escandalizar á nadie, aunque bien se trasluce la malicia:

«Un criado de un obispo habia mucho tiempo que no habia visto á su mujer, y dióle el obispo licencia que fuesse á su casa. El Maestresala, el Mayordomo y el Veedor, burlándose con él, que eran muy amigos, rogáronle que en su nombre diese á su mujer la primera noche que llegase un abrazo por cada uno. El se lo prometió, y como fué á su casa, cumplió la palabra. Contándole el caso cómo lo habia prometido, preguntó la mujer si tenia más criados el obispo; respondió el marido: Si, señora; mas los otros no me dieron encomiendas».

Abundan en la Floresta los insulsos juegos de palabras, pero hay también cuentos de profunda intención satírica. Mucho antes que el licenciado Luque Fajardo, en su curiosísimo libro Fiel desengaño contra la ociosidad y los juegos, nos refiriese la ejemplar historia de los Beatos de la Cabrilla[153], había contado otra enteramente análoga Melchor de Santa Cruz (cuarta parte, cap. V):

«Un capitan de una quadrilla de ladrones, que andaban á asaltear, disculpábase que no habia guerra y no sabia otro oficio. Tenia costumbre que todo lo que robaba partia por medio con aquel á quien le tomaba. Robando á un pobre hombre, que no trahia mas de siete reales, le dixo: “Hermano, de éstos me pertenecen á mí no más de tres y medio; llevaos vos los otros tres y medio. Mas ¿cómo haremos, que no hay medio real que os volver?” El pobre hombre, que no veía la hora de verse escapado de sus manos, dixo: “Señor, llevaos en buen hora los quatro, pues no hay trueque”. Respondió el capitán:“Hermano, con lo mio me haga Dios merced”».

Con detención hemos tratado de un libro tan vulgar y corriente como la Floresta, no sólo por ser el más rico en contenido de los de su clase, sino también por el éxito persistente que obtuvo, del cual testifican veintidós ediciones por lo menos durante los siglos XVI y XVII. Todavía en el siglo XVIII la remozó, añadiéndola dos volúmenes, Francisco Asensio, uno de aquellos ingenios plebeyos y algo ramplones, pero castizos y simpáticos, que en la poesía festiva, en el entremés y en la farsa, en la pintura satírica de costumbres, conservaban, aunque muy degeneradas, las tradiciones de la centuria anterior, á despecho de la tiesa rigidez de los reformadores del buen gusto. En Francia, la Floresta fué traducida íntegramente por un Mr. de Pissevin en 1600; reimpresa varias veces en ediciones bilingües, desde 1614; abreviada y saqueada por Ambrosio de Salazar y otros maestros de lengua castellana. Hubo, finalmente, una traducción alemana, no completa, publicada en Tubinga en 1630.

Por más que Melchor de Santa Cruz fuese hombre del pueblo y extraño al cultivo de las humanidades, el título mismo de apotegmas que dio á las sentencias por él recogidas prueba que le eran familiares los libros clásicos del mismo género que ya de tiempo atrás hablaban en lengua castellana, especialmente los Apotegmas de Plutarco, traducidos del griego en 1533 por el secretario Diego Gracián[154]; la Vida y excelentes dichos de los más sabios philosophos que hubo en este mundo, de Hernando Díaz[155], y la copiosa colección de Apotegmas de reyes, príncipes, capitanes, filósofos y oradores de la antigüedad que recogió Erasmo de Roterdam y pusieron en nuestro romance Juan de Jarava y el bachiller Francisco Thamara en 1549[156].

Tampoco fué Melchor de Santa Cruz, á pesar de lo que insinúa en su prólogo, el primero que, á imitación de estas colecciones clásicas, recopilase sentencias y dichos de españoles ilustres. Ya en 1527 el bachiller Juan de Molina, que tanto hizo gemir las prensas de Valencia con traducciones de todo género de libros religiosos y profanos, había dado á luz el Libro de los dichos y hechos del Rey Don Alonso, quinto de este nombre en la casa de Aragón, conquistador del reino de Nápoles y gran mecenas de los humanistas de la península itálica que le apellidaron el Magnánimo[157]. No fué ésta la única, aunque sí la más divulgada versión de los cuatro libros de Antonio Panormita, De dictis et factis Alphonsi, regis Aragonum et Neapolis[158], que no es propiamente una historia de Alfonso V, sino una colección de anécdotas que pintan muy al vivo su carácter y su corte. Unido al De dictis factisque del Panormita va casi siempre el Commentarius de Eneas Silvio, obispo de Siena cuando le escribió y luego Papa con el nombre de Pío II[159].

Un solo personaje español del tiempo de los Reyes Católicos logró honores semejantes, aunque otros los mereciesen más que él. Fue el primer duque de Nájera, don Pedro Manrique de Lara, tipo arrogante de gran señor, en su doble condición de bravo guerrero y de moralista sentencioso y algo excéntrico. Un anónimo recopiló sus hazañas valerosas y dichos discretos[160]; y apenas hubo floresta del siglo XVI en que no se consignase algún rasgo, ya de su mal humor, ya de su picante ingenio.

Al siglo XVII muy entrado pertenece el libro, en todos conceptos vulgarísimo, Dichos y hechos del señor rey don Felipe segundo el prudente[161], que recopiló con mejor voluntad que discernimiento el cura de Sacedón, Baltasar Porreño, autor también de otros Dichos y hechos de Felipe III, mucho menos conocidos porque sólo una vez, y muy tardíamente, fueron impresos.

Son casi desconocidos en nuestra literatura aquellos libros comúnmente llamados anas (Menagiana, Scaligerana, Bolaeana, etc.), de que hubo plaga en Francia y Holanda durante el siglo XVII y que, á vueltas de muchas anécdotas apócrifas ó caprichosamente atribuídas al personaje que da nombre al libro, suelen contener mil curiosos detalles de historia política y literaria. El carácter español se presta poco á este género de crónica menuda. Pero no faltaron autores, y entre ellos alguno bien ilustre, que hiciesen colección de sus propios apotegmas. Á este género puede reducirse El Licenciado Vidriera de Cervantes[162], donde la sencillísima fábula novelesca sirve de pretexto para intercalar las sentencias de aquel cuerdo loco, así como Luciano había puesto las suyas en boca del cínico Demonacte.

De Cervantes al jurado cordobés Juan Rufo, infeliz cantor de D. Juan de Austria, es grande la distancia á pesar de la simpática benevolencia con que el primero habló del segundo en el famoso escrutinio de los libros del hidalgo manchego. Pero no le juzguemos por la Austriada, sino por Las seyscientas apotegmas que publicó en 1596[163] y por los versos que las acompañan, entre los cuales están la interesante leyenda de Los Comendadores, el poemita humorístico de la muerte del ratón, la loa ó alabanza de la comedia, precursora de las de Agustín de Rojas, y sobre todo la Carta á su hijo, que tiene pasajes bellísimos de ingenuidad y gracia sentenciosa. Juan Rufo, que tan desacordadamente se empeñó en embocar la trompa épica, era un ingenio fino y discreto, nacido para dar forma elegante y concisa á las máximas morales que le había sugerido la experiencia de la vida más bien que el trato de los libros. Sus apotegmas en prosa testifican esto mismo, y cuando se forme la colección, que todavía no existe, de nuestros moralistas prácticos y lacónicos, merecerán honroso lugar en ella. Sólo incidentalmente tocan á nuestro propósito, puesto que suelen ser breves anécdotas selladas con un dicho agudo. Entre los contemporáneos de Rufo tuvieron mucho aplauso, aun antes de ser impresos, y el agustino Fr. Basilio de León (sobrino de Fr. Luis y heredero de su doctrina) los recomendó en estos encarecidos términos: «Llegó á mis manos, antes que se imprimiesse, el libro de las Apotegmas del Iurado Iuan Rufo; con el qual verdaderamente me juzgué rico, pues lo que enriqueze al entendimiento, es del hombre riqueza verdadera. Y hay tanta, no sólo en todo el libro (que no es poco, segun salen muchos á luz, grandes en las hojas y en las cosas pequeños), sino lo que es más, en qualquiera parte dél, por pequeña que sea, que con razon puede juzgarse por muy grande, porque la pureza de las palabras, la elegancia dellas, junto con la armonía que hazen las unas con las otras, es de tanta estimacion en mis ojos quanto deseada en los que escriven. Allegose a esto la agudeza de los dichos, el sentido y la gravedad que tienen, la philosophia y el particular discurso que descubren. De manera que al que dice bien y tan bien como el autor deste libro, se le puede dar justissimamente un nuevo y admirable nombre de maravillosa eloquencia: pues los que hablan mal son innumerables, y él se aventaja á muchos de los que bien se han esplicado. El aver enxerido en el donayre y dulzura de las palabras, lo que es amargo para las dañadas costumbres, nacio de particular juyzio y de prudencia. Como el otro que á una dama á quien, ó por miedo, ó por melindre, espantava el hierro del barbero, la sangró disfraçandole astutamente con la esponja. En fin, no entiendo que avrá ninguno de buen gusto que no le tenga, y muy grande, con este libro, y Córdova no menor gozo, viendo cifrado en su dueño todo lo que en sus claros hijos luze repartido».

Hemos visto que el título de Apotegmas había sido introducido por los traductores de Plutarco y Erasmo. Creemos que Juan Rufo fue el primero que le aplicó á una colección original, dando la razón de ello: «El nombre de Apotegmas es griego, como lo son muchos vocablos recebidos ya en nuestra lengua; trúxole á ella, con la autoridad de grandes escritores, la necessidad que avia deste término, porque significa breve y aguda sentencia, dicho y respuesta; sentido que con menos palabras no se puede explicar».

Para dar idea del carácter de este curioso librito, citaré sin particular elección unos cuantos apotegmas, procurando que no sean de los que ya copió Gallardo, aunque no siempre podrá evitarse la repetición, porque aquel incomparable bibliógrafo tenía particular talento para extraer la flor de cuanto libro viejo caía en sus manos.

«Oyendo cantar algunos romances de poetas enamorados, con relacion especial de sus desseos y pensamientos, y aun de sus obras, dixo (Rufo): Locos están estos hombres, pues se confiesan a gritos». (Fol. 4.)

«Un año despues que estuvo oleado, le dixo un amigo, viéndole bueno: Harto mejor estays de lo que os vi aora un año. R. Mucha más salud tenía entonces, pues tenia más un año de vida». (Fol. 6 vuelto.)

«Mirando á una fea, martyr de enrubios, afeytes, mudas, y de vestirse y ataviarse costosamente, y con estraña curiosidad, dixo que las feas son como los hongos, que no se pueden comer si no en virtud de estar bien guisados, y con todo son ruyn vianda». (F. 7.)

«Preguntóle un viejo de sesenta años si se teñiria la canas, y R. No borreis en una hora lo que Dios ha escrito en sesenta años». (Fol. 7 vuelto.)

«El agua encañada, quanto baxa sube, y la palabra de Dios entra por los oydos, y penetra hasta el corazon, si sale dél». (Fol. 9.)

«Contava un cavallero una merienda que ciertos frayles tuvieron en un jardin del susodicho; y que tras la abundancia de la vianda, y diferencias de vinos que huvo, fue notable el gusto y alegria de todos aquellos reverendos. Y dezia tambien que uno dellos (devoto y compuesto religioso) se puso de industria á pescar en un estanque, por escusar la behetria de los demas. Oydo lo qual, dixo: no se podra dezir por esse: no sabe lo que se pesca». (Fol. 13.)

«El duque de Osuna, D. Pedro Giron, tenia á la hora de su muerte junto á sí una gran fuente de plata, llena de nieve y engastados en ella algunos vasos de agua, y dixo el Condestable de Castilla, su yerno: Ningun consuelo hay para el Duque igual á tener aquella nieve cerca de sí. R. Quiere morir en Sierra Nevada, porque no le pregunten por D. Alonso de Aguilar»[164]. (Fol. 15.)

«Huvo disciplinas en Madrid por la falta de agua; y como era en el mes de Mayo y hazia calor, no salian hasta que anochezia. De manera que toda la tarde no cabian las calles por donde avian de pasar los disciplinantes, de damas y gente de á cavallo; y andavan los passeos tan en forma, como si algun grande regocijo fuera la causa de aquel concurso. Visto lo qual, al salir los penitentes, dixo que parecia entremes á lo divino en comedia deshonesta». (Fol. 18.)

«Tratándose del Cid, y de sus grandes proezas, dixo, que fue catredatico (sic) de valentia, pues enseñó á ser esforçado á Martin Pelaez»[165]. (Fol. 19.)

«El hombre que más largas narices tuvo en su tiempo, dezia otro amigo suyo, que venia de Burgos á Madrid seis dias avia, y que le esperava dentro de una hora. No puede ser, le respondió Iuan Rufo, pues no han llegado sus narices». (Fol. 22.)

«Estando un carpintero labrando, aunque toscamente, los palos para hazer una horca, y otro vezino suyo murmurando de la obra del artífice, los puso en paz diziendo, que los palos de la horca son puntales de la republica».

«Sentia ásperamente un gentil hombre el hacerse viejo, y corriase de verse algo cano, como si fuera delito vergonzoso. Y como fuesse su amigo, y le viesse que en cierta conversacion dava señales desto, lo dixo para consuelo y reprehension, los versos que se siguen:

Si quando el seso florece Vemos que el hombre encanece: Las canas deven de ser Flores que brota el saber En quien no las aborrece». (Fol. 24 vuelto.)

«Sin duda este tiempo florece de poetas que hacen romances, y músicos que les dan sonadas: lo uno y lo otro con notable gracia y aviso. Pues como es casi ordinario amoldar los músicos los tonos con la primera copla de cada romance, dixo á uno de los poetas que mejor los componen que escusase en el principio afecto ni estrañeza particular, si en todo el romance no pudiesse continualla; porque de no hazello resulta que el primer cuarteto se lleva el mayorazgo de la propiedad de la sonada, y dexa pobres á todos los demas». (Fol. 26 vuelto.)

«Considerados los desasossiegos, escándalos y peligros, gastos de hazienda y menoscabos de salud, que proceden de amorosos devaneos, dixo que los passatiempos del Amor son como el tesoro de los alquimistas, que costándoles mucho tiempo y trabajo, gastan el oro que tienen por el que después no sacan». (Fol. 67.)

«Alabando algunos justissimamente la rara habilidad del doctor Salinas[166], canónigo de Segovia, dixo que era Salinas de gracia y donaire, con ingenio de açucar». (Fol. 74.)

«El (autor) y un amigo suyo, que le solia reprehender porque no componia la segunda parte de la Austriada, passaron por donde estava un paxarillo destos que suben la comida y la bevida con el pico, entre otros que estavan enjaulados. Y como todos cantassen, y aquel no, dixo: Veys aqui un retrato del silencio de mi pluma, porque no soy paxaro enjaulado, sino aquel que está con la cadena al cuello. Preguntado por qué, dixo estos versos:

Para el hombre que no es rico Cadena es el matrimonio, Y tormento del demonio Sustentarse por su pico». (Fol. 94.)

«De quinientos ducados que el Rey le hizo de merced por su libro de la Austriada, fue gastando en el sustento de su casa hasta que no le quedaban sino cincuenta, los quales se puso á jugar[167]. Y preguntado por qué hazia aquel excesso, R. Para que las reliquias de mis soldados vençan, ó mueran peleando, antes que el largo cerco los acabe de consumir». (Fol. 99 vuelto.)

«Como hay mujeres feas, que siendo ricas se dan á entender que á poder de atavios han de suplir con curiosidad los defectos de naturaleza: de la misma manera piensan algunos que por ser estudiosos y leydos, han de salir buenos poetas, siendo cosa, si no del todo agena de sus ingenios, á lo menos cuesta arriba y llena de aspereza. Y para más confirmacion deste engaño, nunca les faltan aficionados que los desvanezcan. Pues como un hombre que era apassionadissimo de un poeta por accidente, defendiesse sus Mussas con dezir que era hombre que sabia, le dixo: No es todo uno ser maestro de capilla y tener buena voz». (Fol. 135.)

«Vivía en la corte un pintor[168] que ganava de comer largamente á hazer retratos, y era el mejor pie de altar para su ganancia una caxa que traya con quarenta ó cincuenta retratos pequeños de las más hermosas señoras de Castilla, cuyos traslados le pagavan muy bien, unos por aficion y otros por sola curiosidad. Este le mostró un dia todo aquel tabaque de rosas, y le confessó los muchos que le pedian copias dellas. R. Soys el rufian más famoso del mundo, pues ganays de comer con cincuenta mujeres». (Fol. 136.)

«Armándose en Flandes D. Lope de Acuña, para un hecho de armas, algo de priessa, dixo á dos criados que le ayudavan á armar que le pussiessen mejor la celada: la qual como fuesse Borgoñona, y al cerralla le huviessen cogido una oreja, le dava mucho fastidio. Los criados le respondieron una, y dos, y más vezes, que no yva sino muy en su lugar. Y como las ocasiones no lo davan para detenerse mucho, entró assi en la refriega, que fué sangrienta. Y desarmándose despues D. Lope, como se le saliesse la una oreja assida á la celada, en vez de enojarse, dixo con mucha mansedumbre á los que le armaron: ¿No os dezia yo que yva mal puesta la celada?» (Fol. 148.)

«Acabando de leer unos papeles suyos, le dixo uno de los oyentes: No sé por qué no os proveen en un corregimiento de los buenos de España; mas a fe que si en algo errárades, y yo fuera presidente, que os avia de echar á galeras, pues no podiades hazello de ignorancia. R. Rigurosissimo andays conmigo, pues antes que acepte el cargo me tomays la residencia»[169]. (Fol. 155.)

«Desde que el señor don Iuan murio, que le hazia mucha merced, nunca tuvo sucesso que fuesse de hombre bien afortunado, y tanto que era ya como proverbio su mala dicha. Estando, pues, un dia con dolor en un pie, diziéndole su doctor que era gota, respondió:

Aunque pobre y en pelota, Mal de ricos me importuna, Porque al mar de mi fortuna No le faltasse una gota». (Fol. 156.)

«Tan fácil y proprio dixo que seria á los prelados gastar todas sus rentas en hazer bien, como al sol el dar luz y calentar». (Fol. 163.)

«Siendo su hijo de once años, le sucedió una noche quedársele dormido en dos ó tres sitios muy desacomodados; por lo qual dixo uno que lo avia notado: Este niño halla cama donde quiera, y deve de ser de bronce ó trae lana en las costillas. R.

Qué más bronce Que años once, Y qué más lana Que no pensar en mañana». (Fol. 189 vuelto)[170].

Los apotegmas no son seiscientos, sino que llegan á setecientos, como expresa el mismo Rufo en una advertencia final. Á ésta como á casi todas las colecciones de sentencias, aforismos y dichos agudos cuadra de lleno la sentencia de Marcial sobre sus propios epigramas sunt bona, sunt quædam mediocria, sunt mala plura. Pero aunque muchos puedan desecharse por ser insulsos juegos de vocablos, queda en los restantes bastante materia curiosa, ya para ilustrar las costumbres de la época, ya para conocer el carácter de su autor, poeta repentista, decidor discreto y que, como todos los ingenios de su clase, tenía que brillar más en la conversación que en los escritos. Él mismo lo reconoce ingenuamente: «Importunándole que repitiesse los dichos de que se acordasse, dixo que no se podia hazer sin perderse por lo menos la hechura, como quien vende oro viejo: pues quando el oro del buen dicho se estuviesse entero, era la hechura la ocasion en que se dixo, el no esperarse entonces la admiracion que causó. Y que en fin, fuera de su primer lugar eran piedras desengastadas, que luzen mucho menos. O como pelota de dos botes, que por bien que se toque no se ganan quinze».

Tuvo Juan Rufo un imitador dentro de su propia casa en su hijo el pintor y poeta cordobés D. Luis Rufo, cuyos quinientos apotegmas (en rigor 455) ha exhumado en nuestros tiempos el erudito Sr. Sbarbi[171]. Pero la fecha de este libro, dedicado al Príncipe D. Baltasar Carlos (n. 1629, m. 1646), le saca fuera de los límites cronológicos del presente estudio, donde por la misma razón tampoco pueden figurar los donosos Cuentos que notó D. Juan de Arguijo, entre los cuales se leen algunas agudezas del Maestro Farfán, agustiniano[172].

Volviendo ahora la vista fuera de las fronteras patrias, debemos hacer mérito de algunas misceláneas de varia recreación impresas en Francia para uso de los estudiosos de la lengua castellana, cuando nadie, «ni varón ni mujer dejaba de aprenderla», según testifica Cervantes en el Persiles (Libro III, cap. XIII). Una porción de aventureros españoles, á veces notables escritores, como el autor de La desordenada codicia de los bienes ajenos y el segundo continuador del Lazarillo de Tormes, vivían de enseñarla ó publicaban allí sus obras de imaginación. Otros, que no llegaban á tanto, se limitaban á los rudimentos de la disciplina gramatical, hacían pequeños vocabularios, manuales de conversación, centones y rapsodias, en que había muy poco de su cosecha. Á este género pertenecen las obras de Julián de Medrano y de Ambrosio de Salazar.

Julián ó Julio Iñiguez de Medrano, puesto que de ambos modos se titula en su libro, era un caballero navarro que, después de haber rodado por muchas tierras de España y de ambas Indias, aprendiendo, según dice, «los más raros y curiosos secretos de natura», vivía «en la ermita del Bois de Vincennes», al servicio de la Reina Margarita de Valois. Á estos viajes suyos aluden en términos muy pomposos los panegiristas que en varias lenguas celebraron su libro, comenzando por el poeta regio Juan Daurat ó Dorat (Ioannes Auratus):

Julius ecce Medrana novus velut alter Ulysses, A variis populis, a varioque mari, Gemmarum omne genus, genus omne reportat et auri: Thesaurus nunquam quantus Ulyssis erit.

La verdad es que de tales tesoros da muy pobre muestra su Silva Curiosa, cuya primera y rarísima edición es de 1587[173]. De los siete libros que la portada anuncia, sólo figura en el volumen el primero, que lleva el título de «dichos sentidos y motes breves de amor». Los otros seis hubieron de quedarse inéditos, ó quizá en la mente de su autor, puesto que parecen meros títulos puestos para excitar la curiosidad. El segundo debía tratar de «las yerbas y sus más raras virtudes»; el tercero, de las piedras preciosas; el cuarto, de los animales; el quinto, de los peces; el sexto, de las «aves celestes y terrestres»; el séptimo «descubre los más ocultos secretos de las muieres, y les ofrece las más delicadas recetas». Ni del tratado de los cosméticos, ni de la historia natural recreativa que aquí se prometen, ha quedado ningún rastro, pues aunque lleva el nombre de Julio Iñiguez de Medrano cierta rarísima Historia del Can, del Caballo, Oso, Lobo, Ciervo y del Elefante, que se dice impresa en París, en 1583, este libro no es más que un ejemplar, con los preliminares reimpresos, del libro Del can y del caballo que había publicado en Valladolid el protonotario Luis Pérez en 1568, sin que para nada se hable del oso ni de los demás animales citados en la portada[174]. La superchería que Medrano usó apropiándose este libro para obsequiar con él, no desinteresadamente sin duda, al Duque de Epernon, da la medida de su probidad literaria, que acaba de confirmarse con la lectura de la Silva, especie de cajón de sastre, con algunos retales buenos, salteados en ajenas vestiduras. No sería difícil perseguir el origen de las «letras y motes», de las preguntas, proverbios y sentencias morales; pero limitándonos á lo que salta á la vista en cuanto se recorren algunas páginas de la Silva, vemos que Medrano estampa su nombre al principio de un trozo conocidísimo de Cristóbal de Castillejo en su Diálogo de las condiciones de las mujeres y da por suyo de igual modo aquel soneto burlesco atribuido á D. Diego de Mendoza y que realmente es de Fray Melchor de la Serna:

Dentro de un santo templo un hombre honrado...

Tales ejemplos hacen sospechar de la legítima paternidad de sus versos. Y lo mismo sucede con la prosa. Casi todos los «dichos sentidos, agudas respuestas, cuentos muy graciosos y recreativos, y epitafios curiosos» que recoge en la segunda parte de la Silva, habían figurado antes en otras florestas, especialmente en el Sobremesa de Timoneda, del cual copia literalmente nada menos que cuarenta cuentos, con otros cinco de Juan Aragonés[175].

Hay, sin embargo, en el libro dos narraciones tan mal forjadas y escritas, que sin gran escrúpulo pueden atribuirse al mismo Julián de Medrano. Una es cierta novela pastoril de Coridón y Silvia; y aun en ella intercaló versos ajenos, como la canción de Francisco de Figueroa:

Sale la aurora, de su fértil manto Rosas suaves esparciendo y flores...

La otra, que tiene algún interés para la historia de las supersticiones populares, es un largo cuento de hechicerías y artes mágicas, que el autor supone haber presenciado yendo en romería á Santiago de Galicia.

No es inverosímil que Lope de Vega, que lo leía todo y de todo sacaba provecho para su teatro, hubiese encontrado entre los ejemplos de la Silva Curiosa el argumento de su comedia Lo que ha de ser, aunque al fin de ella alega «las crónicas africanas».

Dice así el cuentecillo de la Silva, que no tengo por original, aunque hasta ahora no puedo determinar su fuente:

«Un caballero de alta sangre, fué curioso de saber lo que las influencias ó inclinaciones de los cuerpos celestiales prometian á un hijo suyo que él tenia caro como su propia vida, y así hizo sacar el juicio de la vida del mancebo (que era ya hombrecito) á un astrólogo el más famoso de aquella tierra; el cual halló por su sciencia que el mozo era amenazado y corría un grandísimo peligro, en el año siguiente, de recibir muerte por una fiera cruel, la cual él nombró y (pasando los límites de su arte) dijo sería un leon; y que el peligro era tan mortal, que si este caballero no defendia la caza á su hijo por todo aquel año, y no le ponia en algun castillo donde estuviese encerrado y muy bien guardado hasta que el año pasase, que él tenia por cosa imposible que este mancebo escapase al peligro de muerte. El padre, deseando en todo y por todo seguir el consejo del astrólogo (en quien él creia como en un oráculo verísimo), privando á su hijo del ejercicio que él más amaba, que era la caza, lo encerró en una casa de placer que tenia en el campo, y dejándole muy buenas guardas, y otras personas que le diesen todo el pasatiempo posible, los defendió á todos, so pena de la vida, que no dejasen salir á su hijo un solo paso fuera de la puerta del castillo. Pasando esta vida el pobre mancebo en aquella cárcel tristísima, viéndose privado de su libertad, dice la historia que un dia, paseándose dentro de su cámara, la cual estaba ricamente adornada y guarnecida de tapiceria muy hermosa, se puso á contemplar las diversas figuras de hombres y animales que en ella estaban, y viendo entre ellos un leon figurado, principió á enojarse con él como si vivo estuviera, diciendo: «¡Oh fiera cruel y maldita! Por ti me veo aqui privado de los más dulces ejercicios de mi vida; por ti me han encerrado en esta prision enojosa». Y arremetiendo con cólera contra esta figura, le dió con el puño cerrado un golpe con toda la fuerza de su brazo; y su desventura fué tal que detrás de la tapiceria habia un clavo que salia de un madero ó tabla que alli estaba, con el cual dando el golpe se atravesó un dedo; y aunque el mal no parecía muy grave al principio, fué tal todavía, que por haber tocado á un nervio, en un extremo tan sensible como es el dedo, engendró al pobre mancebo un dolor tan grande, acompañado de una calentura continua, que le causó la muerte»[176].

César Oudín, el mejor maestro de lengua castellana que tuvieron los franceses en todo el siglo XVII y el más antiguo de los traductores del Quijote en cualquier lengua, hizo en 1608 una reimpresión de la Silva, añadiendo al fin, sin nombre de autor, la novela de El Curioso Impertinente, que aquel mismo año publicaba en texto español y francés Nicolás Baudouin[177]. Por cierto que esta segunda edición de la Silva dió pretexto á un erudito del siglo XVIII para acusar á Cervantes de haber plagiado ¡á Medrano! Habiendo caído en manos del escolapio D. Pedro Estala un ejemplar de la Silva de 1608, donde está la novela, dedujo con imperdonable ligereza que también estaría en la de 1583, y echó á volar la especie de que Cervantes la había tomado de allí, «no creyendo haber inconveniente ó persuadido á que no se le descubriría el hurto, si así debe llamarse». Á esta calumniosa necedad, divulgada en 1787, se opuso, con la lógica del buen sentido, D. Tomás Antonio Sánchez, aun sin haber visto la primera edición de la Silva, de la cual sólo tuvo conocimiento por un amigo suyo residente en París[178].

Compilaciones del mismo género que la Silva son algunos de los numerosos libros que publicó en Francia Ambrosio de Salazar, aventurero murciano que después de haber militado en las guerras de la Liga, hallándose sin amparo ni fortuna, despedazado y roto, como él dice, se dedicó en Ruán á enseñar la lengua de Castilla, llegando á ser maestro é intérprete de Su Majestad Cristianísima. La vida y las obras de Salazar han sido perfectamente expuestas por A. Morel-Fatio en una monografía tan sólida como agradable, que agrupa en torno de aquel curioso personaje todas las noticias que pueden apetecerse sobre el estudio del español en Francia durante el reinado de Luis XIII y sobre las controversias entre los maestros de gramática indígenas y forasteros. Remitiendo á mis lectores á tan excelente trabajo[179], hablaré sólo de aquellos opúsculos de Salazar que tienen algún derecho para figurar entre las colecciones de cuentos, aunque su fin inmediato fuese ofrecer textos de lengua familiar á los franceses.

Tenemos, en primer lugar, Las Clavellinas de Recreacion, donde se contienen sentencias, avisos, exemplos y Historias muy agradables para todo genero de personas desseosas de leer cosas curiosas, en dos lenguas, Francesa y Castellana; obrita impresa dos veces en Ruán, 1614 y 1622, y reimpresa en Bruselas, 1625[180]. Es un ramillete bastante pobre y sin ningún género de originalidad, utilizando las colecciones anteriores, especialmente la de Santa Cruz, con algunas anécdotas de origen italiano y otras tomadas de los autores clásicos, especialmente de Valerio Máximo. Las Horas de Recreación de Guicciardini, el Galateo Español de Lucas Gracián Dantisco (del cual hablaré más adelante), pueden contarse también entre las fuentes de este libro, poco estimable á pesar de su rareza[181].

Más interés ofrece, y es sin duda el más útil de los libros de Salazar, á lo menos por los datos que consigna sobre la pronunciación de su tiempo y por las frases que recopila, ó interpreta, su Espejo General de la Gramática en diálogos, obra bilingüe publicada en Ruán en 1614 y de cuyo éxito testifican varias reimpresiones en aquella ciudad normanda y en París[182]. Este Espejo, que dió ocasión á una agria y curiosa polémica entre su autor y César Oudín, no es propiamente una gramática ni un vocabulario, aunque de ambas cosas participa, sino un método práctico y ameno para enseñar la lengua castellana en cortísimo tiempo, ya que no en siete lecciones, como pudiera inferirse de la portada. La forma del coloquio escolar, aplicado primeramente á las lenguas clásicas, y que no se desdeñaron de cultivar Erasmo y Luis Vives, degeneró en manos de los maestros de lenguas modernas, hasta convertirse en el pedestre manual de conversación de nuestros días. Y todavía en este género la degradación fue lenta: los Diálogos familiares que llevan el nombre de Juan de Luna, aunque no todos le pertenecen, tienen mucha gracia y picante sabor; son verdaderos diálogos de costumbres que pueden leerse por sí mismos, prescindiendo del fin pedagógico con que fueron trazados. Los de Salazar, escritor muy incorrecto en la lengua propia, y supongo que peor en la francesa, valen mucho menos por su estilo y tienen además la desventaja de mezclar la exposición gramatical directa, aunque en dosis homeopáticas, con el diálogo propiamente dicho. De éste pueden entresacarse (como previene el autor) algunas «historias graciosas y sentencias muy de notar»; por ejemplo, una biografía anecdótica del negro Juan Latino, que Morel-Fatio ha reproducido y comenta agradablemente en su estudio[183].

No importa á nuestro propósito, aunque el título induciría á creerlo, el Libro de flores diversas y curiosas en tres tratados (París, 1619), en que lo único curioso son algunos modelos de estilo epistolar, sobre el cual poseemos otros formularios más antiguos, castizos ó importantes, como el de Gaspar de Texeda. Salazar había pensado llenar con cuentos la tercera parte de su libro; pero viendo que ocupaban muchas hojas y que su librero no podía sufragar tanto gasto, guardó los cuentos para mejor ocasión y los reemplazó con un diálogo entre un caballero y una dama[184].

Podemos suponer que estos cuentos serían los mismos que en número de ochenta y tres publicó en 1632, formando la segunda parte de sus Secretos de la gramática española, que ciertamente no aclaran ningún misterio filológico. La parte teórica es todavía más elemental que en el Espejo, y la parte práctica, los ejercicios de lectura como diríamos hoy, están sacados, casi en su totalidad, de la Floresta Española de Melchor de Santa Cruz, según honrada confesión del propio autor: «Lo que me ha movido á hacer imprimir estos quentos ha sido porque veya que un librito que andava por aqui no so podia hallar, aunque es verdad que primero vino de España. Despues se imprimio en Brucelas (sic) en las dos lenguas, y aun creo que se ha impreso aqui en París, y he visto que lo han siempre estimado del todo. Este librito se llama Floresta española de apoystemas (sic) y dichos graciosos, del qual y de algunos otros he sacado este tratadillo»[185].

Salazar, que multiplicaba en apariencia más que en realidad las que apenas podemos llamar sus obras, con cuyo producto, seguramente mezquino, iba sosteniendo su trabajada vejez, formó con estos mismos cuentos un Libro Curioso, lleno de recreacion y contento, que es uno de los tres Tratados propios para los que dessean saber lengua española (París, 1643), donde también pueden leerse dos diálogos, no sé á punto fijo si suyos ó ajenos, «entre dos comadres amigas familiares, la una se llama Margarita y la otra Luciana».

Mencionaremos, finalmente, el Thesoro de diversa licion (París, 1636), cuyo título parece sugerido por la Silva de varia leccion de Pedro Mejía, que le proporcionó la mayor parte de sus materiales, puesto que no creo que Salazar acudiese personalmente á Eliano, Plinio, Dioscórides y otros antiguos á quien se remite[186]. El Thesoro viene á ser una enciclopedia microscópica de geografía ó historia natural, pero lleva al fin una serie de Historias verdaderas sucedidas por algunos animales, que entran de lleno en la literatura novelística. Algunas son tan vulgares y sabidas como la del león de Androcles, pero hay también cuentos españoles que tienen interés folklórico. Todos deben de encontrarse en otros libros, pero hoy por hoy no puedo determinar cuáles. La historia del prodigioso perro que tenía un maestro de capilla de Palencia en tiempo de Carlos V se lee en el Libro del Can y del Caballo del protonotario Luis Pérez[187], pero con notables variantes. La leyenda genealógica de los Porceles de Murcia, que sirvió á Lope de Vega para su comedia del mismo título[188], se encuentra referida en Salazar á Barcelona, y acaso sea allí más antigua, puesto que en Provenza hallamos la misma leyenda aplicada á los Pourcelet, marqueses de Maiano (Maillane), poderosos señores en la villa de Arlés, cuyo apellido sonó mucho en las Cruzadas, en la guerra de los Albigenses, en las Vísperas Sicilianas y en otros muchos sucesos, y de la cual es verosímil que procediesen el Guarner Porcel, el Porcelín Porcel y el Orrigo Porcel, que asistieron con D. Jaime á la conquista de Murcia, y están inscritos en el libro de repartimiento de aquella ciudad, puesto que el blasón de ambos linajes ostenta nueve lechoncillos[189].

Más curiosa todavía es otra leyenda catalana sobre la casa de Marcús, que Ambrosio de Salazar nos refiere en estos términos:

«En la decendencia de los Marcuses, linage principal de Cataluña, se lee una Historia de una Cabra y un Cabrito, que aunque fué sueño tubo un estraño effecto, que un Hidalgo llamado Marcus, por desgracias y vandos de sus antecessores, vino á una grande pobreza y necessidad, tanto que lo hazia andar muy afligido y cuydadoso pensando cómo podria echar de sí tan pesada carga. Y con tales pensamientos sucedió, que durmiendo soñó un sueño que si dexava su tierra y se yva á Francia, en una Puente que está junto á la Ciudad de Narbona hallaria un gran Thesoro. El qual despertando estubo pensando si aquello era sueño ó fantasía. Por entonces no quiso dar credito al sueño, pero bolviendo otras dos vezes al mesmo sueño determinó yr allá, y provar sueño y ventura. Estando pues en la dicha Puente un dia entre otros muchos acaeció que otro hidalgo de aquella ciudad, por la mañana y a la tarde se salia por aquella Puente passeando; y como notasse y viesse cada dia aquel Estrangero, y que por mucho que él madrugase ya lo hallava ally, y por tarde que bolviesse tambien, determinó preguntarle la causa, como de hecho se lo preguntó, rogándoselo muy encarecidamente.

«El hidalgo catalan después de bien importunado respondió diciendo: «Aveis de saber, señor, que un Sueño me ha traydo aqui, y es éste: que si me venia a esta Puente avia de hallar en ella un muy grande Thesoro, y esto lo soñé muchas vezes». El Francés burlándose del Cathalan y de su sueño respondió riendo: «Bueno estuviera yo que dexara mi patria y casa por un sueño que soñé los dias passados, y era, que si me yva á la Ciudad de Barcelona en casa de uno que se llama Marcus, hallaria debajo una escalera un grandíssimo y famoso Thesoro»; el hidalgo catalan, que era el mesmo Marcus, como oyó el sueño del Francés y su reprehensión, se despidió dél sin dársele á conocer y se bolvió á su casa. Luego que llegó començó en secreto á cavar debajo su escalera considerando que podria aver algun mysterio en aquellos sueños, y á pocos dias ahondó cavando tanto que vino á descubrir un gran cofre de hierro enterrado ally, dentro del qual halló una Cabra muy grande y un cabrito de oro maciço, que se creyó que avian sido idolos del tiempo de los Gentiles. Con las quales dos pieças, aviendo pagado el quinto, salió de miseria, y fué rico toda su vida él y los suyos: y instituyó cinco capellanias con sus rentas, que estan aun oy dia en la ciudad de Barcelona»[190].

No todos los librillos bilingües de anécdotas y chistes publicados en Francia á fines del siglo XVI y principios del XVII tenían el útil é inofensivo objeto de enseñar prácticamente la lengua. Había también verdaderas diatribas, libelos y caricaturas en que se desahogaba el odio engendrado por una guerra ya secular y por la preponderancia de nuestras armas. Á este género pertenecen las colecciones de fanfarronadas y fieros en que alternan los dichos estupendos de soldados y rufianes. Escribían ó compilaban estos libros algunos franceses medianamente conocedores de nuestra lengua, como Nicolás Baudoin, autor de las Rodomuntadas castellanas, recopiladas de diversos autores y mayormente del capitán Escardón Bonbardón, que en sustancia son el mismo libro que las Rodomuntadas castellanas, recopiladas de los commentarios de los muy aspantosos (sic), terribles e invincibles capitanes Metamoros (sic), Crocodrillo y Rajabroqueles[191]. Y en algunos casos también cultivaron este ramo de industria literaria españoles refugiados por causas políticas ó religiosas, como el judío Francisco de Cáceres, autor de los Nuevos fieros españoles[192].

En estos librejos pueden distinguirse dos elementos, el rufianesco y el soldadesco, ambos de auténtica aunque degenerada tradición literaria. Venía el primero de las Celestinas, comenzando por el Centurio y el Traso de la primera, siguiendo por el Pandulfo de la segunda, por el Brumandilón de la tercera, por el Escalión de la Comedia Selvagia, para no mencionar otras. En casi todas aparece el tipo del rufián cobarde y jactancioso, acrecentándose de una en otra los fieros, desgarros, juramentos, porvidas y blasfemias que salen de sus vinosas bocas. Algo mitigado ó adecentado el tipo pasó á las tablas del teatro popular con Lope de Rueda, que sobresalía en representar esta figura cómica, la cual repite tres veces por lo menos en la parte que conocemos de su repertorio. El gusto del siglo XVII no la toleraba ya, y puede decirse que Lope de Vega la enterró definitivamente en El Rufián Castrucho.

No puede confundirse con el rufián, reñidor de fingidas pendencias y valiente de embeleco, el soldado fanfarrón, el miles gloriosus, cuya primera aparición en nuestra escena data de la Comedia Soldadesca de Torres Naharro. Este nuevo personaje, aunque tiene á veces puntas y collares rufianescos y pocos escrúpulos en lo que no toca á su oficio de las armas, suele ser un soldado de verdad, curtido en campañas sangrientas, y que sólo resulta cómico por lo desgarrado y jactancioso de su lenguaje. Así le comprendió mejor que nadie Brantôme en el libro, mucho más admirativo que malicioso, de sus Rodomantades Espaignolles, donde bajo un título común se reúnen dichos de arrogancia heroica, con bravatas pomposas ó hipérboles desaforadas. El libro de Brantôme más que satírico es festivo, y en lo que tiene de serio fué dictado por la más cordial simpatía y la admiración más sincera. El panegírico que hace del soldado español no ha sido superado nunca. Era un españolizante fervoroso; cada infante de nuestros tercios le parecía un príncipe, y á los ingenios de nuestra gente, cuando quieren darse á las letras y no á las armas, los encontraba «raros, excelentes, admirables, profundos y sutiles». Sus escritos están atestados de palabras castellanas, por lo general bien transcritas, y él mismo nos da testimonio de que la mayor parte de los franceses de su tiempo sabían hablar ó por lo menos entendían nuestra lengua. No sólo le encantaba en los españoles la bravura, el garbo, la bizarría, sino esas mismas fierezas y baladronadas que recopila «belles paroles profferées à l'improviste», que satisfacen su gusto gascón y no hacen más que acrecentar su entusiasmo por esta nación «brave bravasche et vallereuse, et fort prompte d'esprit». Síguese de aquí que aunque Brantôme fuese el inventor del género de las Rodomontadas, y el primero que las coleccionó en un libro que no puede llamarse bilingüe, puesto que las conserva en su lengua original sin traducción[193], lo hizo sin la intención aviesa, siniestra y odiosa con que otros las extractaron y acrecentaron en tiempo de Luis XIII.

Hora es de que tornemos los ojos á nuestra Península, y abandonando por el momento los libros de anécdotas y chistes, nos fijemos más particularmente en las colecciones de cuentos y narraciones breves que en escaso número aparecen después de Timoneda y antes de Cervantes. Una de estas colecciones está en lengua portuguesa, y si no es la primera de su género en toda España, como pensó Manuel do Faria[194], es seguramente la primera en Portugal, tierra fertilísima en variantes de cuentos populares que la erudita diligencia de nuestros vecinos va recopilando[195], y no enteramente desprovista de manifestaciones literarias de este género durante los tiempos medios, aunque ninguna de ellas alcance la importancia del Calila y Sendebar castellanos, de las obras de D. Juan Manuel ó de los libros catalanes de Ramón Lull y Turmeda[196].

El primer cuentista portugués con fin y propósito de tal es contemporáneo de Timoneda, pero publicó su colección después del Patrañuelo. Llamábase Gonzalo Fernandes Trancoso, era natural del pueblo de su nombre en la provincia de Beira, maestro de letras humanas en Lisboa, lo cual explica las tendencias retóricas de su estilo, y persona de condición bastante oscura, apenas mencionado por sus contemporáneos. Aparte de los cuentos, no se cita más trabajo suyo que un opúsculo de las «fiestas movibles» (Festas mudaveis), dedicado en 1570 al Arzobispo de Lisboa.

Notes in this chapter

Note 1 · En su tesis tantas veces citada acerca de Boccaccio, pp. 84, 152, 163.Note 2 · Pudo manejarle en la edición de Milán, 1558. La de Venecia, 1565, es posterior al Patrañuelo.Note 3 · «Novella II. Una matrigna fa preparare da un suo schiavo il veleno al figliastro perchè non vuol condescendere alle sue voglie. Per iscambioNote 4 · Véase lo que de ella decimos en el tomo primero de los Orígenes de la novela, pág. CLIX.Note 5 · «Novella I. Il Re d'Inghilterra sposa Dionigia figliuola d'un Re di Francia, che trova in un convento dell'isola. Partorisce due maschi in lNote 6 · Compárese la patraña tercera de Timoneda con la novela primera de Masuccio, cuyo argumento dice así: «Mastro Diego è portato morto da messerNote 7 · «Novella XXII. Narra il sign. Scipione Attellano come il sig. Timbreo di Cardona, essendo col Re Piero d' Aragona in Messina, s' innamora diNote 8 · Vid. Orígenes de la novela, t. I, p. CCLVII.Note 9 · Dunlop-Liebrecht, p. 288.Note 10 · «Vi narrerò una mirabile istoria che già da un cavaliere Spagnuolo, essendo io altre volte in Spagna, mi fu narrata». Vid. Novelle di MatteoNote 11 · La más antigua é importante de estas leyendas es la de la libertad de la emperatriz de Alemania por el Conde de Barcelona, sobre la cual he Note 12 · Vid. Tres comedias de Alonso de la Vega, con un prólogo de D. Marcelino Menéndez y Pelayo. Dresden, 1905 (Gesellschaft für romanische literaNote 13 · Cultura Española, Mayo de 1906, pág. 467.Note 14 · Vid. los paradigmas que apunta Oesterley en sus notas al Gesta Romanorum, p. 730.Note 15 · Virgilio nel Medio Evo (Liorna, 1872), t. II, pp. 120-123.Note 16 · «Argumento. Glauco cavallero de Athenas recibio por adoptiva esposa a Philenia Cēturiona, y por el grande celo que della tenia la acusó por Note 17 · Vid. Gamba (Bartolommeo), Delle Novelle italiane in prosa. Bibliografía. Florencia, 1835. PP. 132-133.Note 18 · Sobre las diferencias de estas primitivas ediciones, véase el precioso estudio de Alejandro de Ancona, Del Novellino e delle sue fonti (StudNote 19 · Gesta Romanorum, ed. Oesterley, p. 300, y una rica serie de referencias en la p. 749.Note 20 · Cantiga 78. Parece haber venido de Provenza. El conde de Tolosa es quien manda quemar á su privado.Note 21 · Publicada por Morel-Fatio en la Romania, t. V, con una noticia muy interesante de Gastón París.Note 22 · Opina Gastón París que los cuentos occidentales de la primera serie (lepra, mal aliento) proceden de una de las dos versiones árabes, y los Note 23 · «Messer Bernabò signore di Melano comanda a uno Abate, che lo chiarisca di quattro cosa impossibili, di che uno mugnajo, vestitosi de' panniNote 24 · En sus Cuentos Populares.Note 25 · Saldrá reimpreso muy pronto por la Sociedad de Bibliófilos de Valencia con las demás piezas dramáticas de Timoneda.Note 26 · La patraña sexta tiene seguramente origen italiano, como casi todas; pero no puede ser la novela cuarta de Sercambi de Luca, citado á este pNote 27 · «Selvagia Comedia ad Celestinæ imitationem olim confecerat, quam tamen supprimere maxime voluit curavitque jam major annis, totusque studio Note 28 · Trata extensamente de ambas colecciones, inéditas aún, D. Antonio Martín Gamero en las eruditas Cartas literarias que preceden al CancioneroNote 29 · Sales españolas ó agudezas del ingenio nacional recogidas por A. Paz y Melia. Madrid, 1890. (En la Colección de Escritores Castellanos, pp. Note 30 · «En las Cortes de Toledo fuisteis de parecer que pechasen los hijodalgo; alli os acuchillasteis con un alguacil, y habeis casado vuestra hijNote 31 · En el mismo tomo de las Sales (p. 331) puede verse una carta burlesca del portugués Thomé Ravelo á su mujer, fecha en el cerco de Badajoz deNote 32 · «Seguiré como texto el proceso y propias palabras que el predicador llevó, y los puntos que encareció, y esto en lengua portuguesa; y en lo Note 33 · «Este es un sermón que un reverendo Padre, portugués de nación, y profesión augustino, predicó en Lisboa en Nuestra Señora de Gracia, vigiliNote 34 · «Lo cual bien experimentó un francés españolado viniendo á Portugal, y fué que partiendo de Narbona para Lisboa, le dijo un amigo suyo: PuesNote 35 · Publicado por el Sr. Paz y Melia en el tomo II de las Sales Españolas (pp. 35-69).Note 36 · Libro primero de los cien tratados. Recopilado por Melchior de Sancta Cruz de Dueñas. De notables sentencias, assi morales como naturales, yNote 37 · Opúsculo gótico, sin lugar ni año, dedicado al Duque de Calabria. Salvá, que poseía un ejemplar, le supone impreso en Valencia, hacia 1535. Note 38 · Floresta Española de apotegmas y sentencias, sabia y graciosamente dichas, de algunos españoles; colegidas por Melchior de Santa Cruz de DueNote 39 · Parece que en estas palabras se declara Melchor de Santa Cruz natural de Toledo, aunque en la portada de sus libros no se llama más que veciNote 40 · Nada puede decirse á ciencia cierta sobre esta fantástica ley tan traída y llevada por nuestros antiguos escritores. Acaso nació de una erraNote 41 · En su novela El desdichado por la honra (tomo VIII de la edición de Sancha, p. 93).Note 42 · No es verosímil, ni aun creíble, que el autor de esta Crónica sea el mismo D. Francesillo, «criado privado, bienquisto y predicador del empeNote 43 · Cf. mi Tratado de los romances viejos, tomo II, pág. 151 y ss.Note 44 · Vid. en el mismo Tratado, II, 165-166.Note 45 · «Los años passados salieron una suerte de salteadores, que con habito reformado despojavan toda quanta gente podian aver a las manos, en estNote 46 · Apothegmas del excelentesimo Philosopho y Orador Plutarcho Cheroneo Maestro del Emperador Trajano: q son los dichos notables, biuos, y breueNote 47 · El autor ó más bien recopilador de este librejo, en que alternan las anécdotas y las sentencias, es el mismo que tradujo la novela sentimentNote 48 · El traductor primitivo fue Thamara. No he visto la primera edición, de Sevilla, 1548; pero en la de Zaragoza, 1552, por Esteban de Nájera, sNote 49 · Libro de los dichos y hechos del Rey don alonso: aora nueuamente traduzido. 1527. Al reverso de la portada principia una Epístola del bachilNote 50 · Abundan las ediciones de este curioso libro: la elzeviriana de 1646 lleva el título de Speculum boni principis. Fue traducido repetidas veceNote 51 · Puede verse también en la colección general de sus obras (Basilea, 1571), en que hay muchas que el historiador de Alfonso V debe tener preseNote 52 · Hazañas valerosas y dichos discretos de D. Pedro Manrique de Lara, primer Duque de Nájera, Conde de Treviño, Señor de las villas y tierras dNote 53 · No conozco la fecha de la primera edición, pero algunas de las posteriores conservan la aprobación de Gil González Dávila de febrero de 1627Note 54 · Notó bien este carácter aforístico de El Licenciado Vidriera el Sr. D. Francisco A. de Icaza en su elegante estudio sobre las Novelas EjemplNote 55 · Las Seyscientas Apotegmas de Iuan Rufo. Y otras obras en verso Dirigidas al Principe nuestro Señor. Con Privilegio. En Toledo por Pedro RodrNote 56 · Alude, con discreta malicia, que no debió de sentar bien á los de la casa de Osuna, á aquel sabido cantarcillo: Decit, buen conde de Ureña, Note 57 · La frase profesor de energía que Sthendhal inventó (según creo) para aplicársela á Napoleón, y se ha repetido tanto después, recuerda bastanNote 58 · Alude al Dr. Juan de Salinas, festivo poeta sevillano, cuyas Obras han sido publicadas por la Sociedad de Bibliófilos Andaluces.Note 59 · Rufo debía de ser un jugador empedernido, y á esto aluden muchos pasajes de sus Apotegmas.Note 60 · ¿Sería Felipe de Liaño, cuya especialidad eran los retratos pequeños, especialmente de mujeres?Note 61 · Este apotegma tiene poco mérito, pero no he querido dejar de citarle, porque acaso nos pone en camino de interpretar uno de los más oscuros Note 62 · Esta fácil y pronta respuesta se atribuye en Cataluña al Rector de Vallfogona, y dicen que ella bastó para que le reconociese Lope de Vega. Note 63 · Las quinientas apotegmas de D. Luis Rufo, hijo de D. Juan Rufo, jurado de Córdoba, dirigidas al Principe Nuestro Señor (Siglo XVII). Ahora pNote 64 · Algunos de estos Cuentos, cuyo borrador se conserva en la Biblioteca Nacional, fueron publicados por D. Juan Eugenio Hartzenbusch, como apénNote 65 · La Silva Curiosa de Iulian de Medrano, cavallero navarro: en que se tratan diversas cosas sotilissimas, y curiosas, mui conuenientes para DaNote 66 · Vid. La Caza, Estudios bibliográficos, por D. Francisco de Uhagón y D. Enrique de Leguina (Madrid, 1888), pág. 39.Note 67 · Cuentos 3.º, 5.º, 8.º, 9.º y 11.º de Juan Aragonés; cuentos 24, 25, 26, 29, 30, 32, 33, 34, 39, 40, 42, 44, 46, 48, 49, 50, 51, 52, 54, 62, Note 68 · P. 168 de la reproducción de Sbarbi.Note 69 · La Silva Curiosa de Ivlian de Medrano, Cavallero Navarro: en que se tratan diversas cosas sotilissimas y curiosas, muy conuenientes para DamNote 70 · Carta publicada en «El Correo de Madrid,» injuriosa á la buena memoria de Miguel de Cervantes. Reimprimese con notas apologéticas. En MadridNote 71 · Ambrosio de Salazar et l'étude de l'espagnol en France sous Louis XIII, por A. Morel-Fatio, París, 1901.Note 72 · Las Clavellinas de Recreacion... Les Oeuillets de Recreation. Où sont contenüees, sentences, advis, exemples, et Histoires tres agreables poNote 73 · El autor mismo confiesa sin rebozo su falta de originalidad: «Amigo lector, quando leyeres este librillo, ó parte dél, no digas mal de las hNote 74 · Espexo General de la Gramatica en Dialogos, para saber la natural y perfecta pronunciacion de la lengua Castellana. Seruira tambien de VocabNote 75 · Pág. 73.Note 76 · Libro de flores diversas y curiosas en tres Tratados... Dirigido al prudentissimo y generoso Señor de Hauquincourt: Mayordomo Mayor de la ChNote 77 · Secretos de la Gramatica Española, con vn Tratado de algunos Quentos honestos y graciosos. Obra tanto para el estudio como para echar de si Note 78 · Thesoro de diversa licion, obra digna de ser vista, por su gran curiosidad; En el qual ay XXII Historias muy verdaderas, y otras cosas tocanNote 79 · Del can, y del cavallo, y de sus calidades: dos animales, de gran instincto y sentido, fidelissimos amigos de los hombres. Por el ProtonotarNote 80 · Véanse las advertencias preliminares que he puesto á esta comedia en el tomo XI de la edición académica de Lope de Vega.Note 81 · Como la versión de Ambrosio de Salazar no ha sido citada (que yo recuerde) en los que han escrito sobre leyendas de partos monstruosos (asunNote 82 · PP. 195-199, con el título de «Historia verdadera de la cabra y cabrón».Note 83 · París, Pierre Chevalier, 1607, 8.º, 80 pp. (Núm. 2144 de Salvá). Brunet cita tres ediciones más: Rodomontades espagnoles, recueillies de divNote 84 · Sin lugar, 12.º, 81 pp.Note 85 · Dice Brantôme en la dedicatoria á la Reina Doña Margarita: «Je les ay toutes mises en leur langage, sans m'amuser à les traduire, autant parNote 86 · «El primer libro de novelas en España fué el que llaman de Trancoso» (Europa Portuguesa, 2.ª ed., 1680, tom. III, pág. 372).Note 87 · No dudo que en las provincias de lengua castellana puedan recogerse tantas ó más, pero hasta ahora los portugueses y también los catalanes hNote 88 · Ya en el primer tomo de estos Orígenes de la novela (p. XXXVI) hemos hecho mérito de la traducción portuguesa del Barlaam y Josafat, conserv
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