LIBRO CUARTO DE LA DIANA DE GEORGE DE MONTEMAYOR
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Ya la estrella del alua començaua a dar su acostumbrado resplandor, y con su luz los dulçes ruyseñores embiauan a las nuues el suaue canto, quando las tres Nimphas con su enamorada compañia, se partieron de la isleta, donde Belisa su triste uida passaua. La qual aunque fuese más consolada en conuersaçion de las pastoras y pastores enamorados, todauia le apremiaba el mal de manera que no hallaua remedio, para dexar de sentillo. Cada pastor le contaua su mal, las pastoras le dauan cuenta de sus amores, por uer si seria parte para ablandar su pena. Mas todo consuelo es escusado, quando los males son sin remedio. La dama disimulada yua tan contenta de la hermosura y buena graçia de Belisa, que no se hartaua de preguntalle cosas, aunque Belisa se hartaua de responderle a ellas. Y era tanta la conuersaçion de las dos, que casi ponia embidia a los pastores y pastoras. Mas no uuieron andado mucho, quando llegaron a un espesso bosque tan lleno de syluestres y espessos arboles, que a no ser de las tres Nimphas guiadas, no pudieran dexar de perderse en él. Ellas yuan delante por una muy angosta[1254] senda, por donde no podian yr dos personas juntas. Y auiendo ydo quanto media legua por la espessura del bosque, salieron a un muy grande, y espaçioso llano en medio de dos caudalosos rios, ambos çercados de muy alta y uerde arboleda. En medio dél paresçia una gran casa de tan altos y soberuios edifiçios, que ponian gran contentamiento a los que los mirauan, porque los chapiteles que por ençima de los arboles sobrepujauan, dauan de si tan gran resplandor, que pareçian hechos de un finissimo cristal. Antes que al gran palaçio llegassen, uieron salir dél muchas Nimphas de tan gran hermosura, que sería impossible podello dezir. Todas uenian[1255] uestidas de telillas blancas delicadas, texidas con plata y oro sotilissimamente, sus guirnaldas de flores sobre los dorados cabellos que sueltos trayan. Detras dellas uenia una dueña, que segun la grauedad y arte de su persona, parescia muger de grandissimo respecto, uestida de raso negro, arrimada a una Nimpha muy más hermosa que todas. Quando nuestras Nhimpas llegaron, fueron de las otras reçebidas, con muchos abraços, y con gran contentamiento. Como la dueña llegasse, las tres Nimphas le besaron con grandissima humildad las manos, y ella las reçibio, mostrando muy gran contento de su uenida. Y antes que las Nimphas le dixessen cosa de las que auian passado, la sábia Felicia (que asi se llamaua la dueña) dixo contra Felismena: hermosa pastora, lo que por estas tres Nimphas aueys hecho no se puede pagar con menos que con tenerme obligada siempre a ser en vuestro fauor: que no será poco, segun menester lo aueys, y pues yo sin estar informada de nadie, sé quien soys, y adonde os lleuan uuestros pensamientos, contodo lo que hasta agora os ha sucçedido, ya entendereys si os puedo aprouechar en algo. Pues tened animo firme, que si yo biuo vos uereys lo que desseays, y aunque ayays passado algunos trabajos, no ay cosa que sin ellos alcançar se pueda. La hermosa Felismena se marauilló de las palabras de Feliçia, y queriendo dalle las graçias que a tan gran promesa se deuian, respondio: Dyscreta señora mía (pues en fin lo aueys de ser de mi remedio) quando de mi parte no haya mereçimiento donde pueda caber la merçed que pensays hazerme, poned los ojos en lo que a vos misma deueys, y yo quedaré sin deuda, y uos muy bien pagada. Para tan grande mereçimiento como el vuestro (dixo Feliçia), y tan extremada hermosura, como naturaleza os ha conçedido, todo lo que por uos se puede hazer es poco. La dama se abaxó entonçes por besalle las manos, y Feliçia la abraçó con grandissimo amor, y boluiendose a los pastores y pastoras, les dixo: animosos pastores y discretas pastoras, no tengays miedo a la perseuerençia de nuestros males, pues yo tengo cuenta con el remedio dellos. Las pastoras y pastores le besaron las manos, y todos juntos se fueron al sumptuoso palaçio, delante del qual estaua una gran plaça çercada de altos açipreses todos puestos muy por orden, y toda la plaça era enlosada con losas de alabastro y marmol negro, a manera de axedrez. En medio della auia una fuente de marmol jaspeado, sobre quatro muy grandes leones de bronçe. En medio de la fuente estaua una columna de jaspe, sobre la qual quatro Nimphas de marmol blanco tenian sus assientos. Los braços tenian alçados en alto, y en las manos sendos uasos hechos a la romana. De los quales por vnas bocas de leones que en ellos auia, echauan agua. La portada del Palacio era de marmol serrado con todas las basas, y chapiteles de las columnas dorados. Y ansi mismo las vestiduras de las imagenes que en ellos auia. Toda la casa paresçia hecha de reluziente jaspe con muchas almenas, y en ellas esculpidas algunas figuras de Emperadores, y matronas Romanas, y otras untiguallas semejantes. Eran todas las ventanas cada vna de dos arcos, las çerraduras y clavazon de plata, todas las puertas de cedro. La casa era quadrada, y a cada canto auia una muy alta, y artifiçiosa torre. En llegando la aportada, se pararon a mirar su estraña hechura, y las imagenes que en ella auia, que más parescia obra de naturaleza que de arte, ni aun industria humana, entre las quales auia dos Nimphas de plata, que ençima de los chapiteles de las columnas estauan, y cada una de su parte tenian una tabla de alambre, con unas letras de oro, que dezian desta manera:
Qvien entra, mire bien como ha biuido y el don de castidad, si le ha guardado, y la que quiere bien, o le ha querido, mire si a causa de otro se ha mudado, y si la fe primera no ha perdido, y aquel primer amor ha conseruado, entrar puede en el templo de Diana, cuya virtud y graçia es sobrehumana.
Qvando esto vuo oydo la hermosa Felismena dixo contra las pastoras Beliza y Selvagia. Bien seguras me paresçe que podemos entrar en este sumptuoso palaçio de yr contra las leyes que aquel letrero nos pone. Sireno se atrauessó, diziendo: esso no pudiera hazer la hermosa Diana según ha ydo contra ellas, y aun contra todas las que el buen amor manda guardar. Feliçia dixo: no te congoxes, pastor, que antes de muchos dias te espantarás de auerte congoxado tanto por essa causa. Y trauados de las manos, se entraron en el aposento de la sábia Feliçia que muy ricamente estaua adereçado de paños de oro y seda de grandissimo ualor. Y luego que fueron entradas, la çena se aparejó, las mesas fueron puestas, y cada uno por su orden se sentaron junto a la gran sábia pastora. Felismena y las Nimphas tomaron entre sí a los pastores y pastoras: cuya conuersaçion les era en extremo agradable. Alli las ricas mesas eran de fino çedro, y los assientos de marfil, con paños de brocado; muchas taças y copas hechas de diuersas formas y todas de grandissimo preçio, las unas de uidrio artifiçiosamente labrado, otras de fino cristal, con los pies y asas de oro: otras de plata, y entre ellas engastadas piedras preçiosas de grandissimo ualor. Fueron seruidos de tanta diuersidad y abundançia de manjares, que es impossible podello dezir. Despues de alçadas las mesas entraron tres Nhimphas por la sala, una de las quales tañia un laud, otra una harpa, y la otra un salterio. Venian todas tocando sus instrumentos, con tan grande conçierto y melodia, que los presentes estauan como fuera de sí. Pusieronse a una parte de la sala, y los pastores y pastoras, importunados de las tres Nimphas, y rogados de la sábia Feliçia, se pusieron a la otra parte con sus rabeles y una çampoña, que Seluagia muy dulçemente tañia, y las Nimphas comenzaron a cantar esta cançion, y los pastores a respondelles de la manera que oyreys.
Nimphas. Amor y fortuna, autores de trabajo y sin razones, más altas que la luna, pornan las affiçiones, y en esse mismo extremo la passiones.
Pastores. No es menos desdichado aquel que jamas tuuo mal de amores, que el más enamorado, faltandole favores, pues los que sufren más, son los mejores.
Nimphas. Si el mal de amor no fuera, contrario a la razon, como lo uemos, quiça que os lo creyera; mas uiendo sus extremos dichosa las que dél huyr podemos.
Pastores. Lo más dificultoso cometen las personas animosas, y lo que está dudoso, las fuerças generosas, que no es honra acabar pequeñas cosas.
Nimphas. Bien uee el enamorado, que el crudo amor no está en cometimientos, no en animo esforçado; está en unos tormentos, do los que penan más son más contentos.
Pastores. Si algun contentamiento del graue mal de amor se nos recresçe, no es malo el pensamiento que a su passion se ofresce, mas antes es mejor quien más padesce.
Nimphas. El más feliçe estado, en que pone el amor al que bien ama, en fin trae vn cuydado, que al seruidor, o dama ençiende allá en secreto uiua llama. Y el más fauoreçido, en un momento no es el que solia; que el disfauor, y oluido, el qual ya no temia silençio ponen luego en su alegria.
Pastores. Caer de un buen estado, es una graue pena y importuna, mas no es amor culpado, la culpa es de fortuna, que no sabe exçeptar persona alguna. Si amor promete uida, injusta es esta muerte en que nos mete: si muerte conosçida, ningun yerro comete, que en fin nos uiene a dar lo que promete.
Nimphas. Al fiero amor disculpan los que se hallan dél más sojuzgados, y a los esentos culpan, mas destos dos estados qualquiera escogera al de los culpados.
Pastores. El libre y el captiuo hablar solo un lenguaje es escusado, uereys que el muerto, el biuo, amado, o desamado, cada uno habla (en fin) segun su estado.
La sábia Feliçia, y la pastora Felismena, estuuieron muy atentas a la musica de las Nimphas y pastores, y ansi mismo a las opiniones que cada uno mostraua tener, y riendose Feliçia contra Felismena, le dixo al oydo. ¿Quién creera, hermosa pastora, que las más destas palabras no os an tocado en el alma? Y ella con mucha le respondió: han sido las palabras tales, que al alma a quien no tocaren, no deue estar tan tocada de amor, como la mia. Feliçia entonçes (alçando un poco la boz) le dixo: En estos cassos de amor tengo yo una regla, que siempre la he hallado muy uerdadera, y es, que el animo generoso, el entendimiento delicado, en esto del querer bien lleua grandissima uentaja, al que no lo es. Porque como el amor sea uirtud, y la uirtud siempre haga assiento en el mejor lugar, está claro, que las personas de suerte serán muy mejor enamoradas, que aquellas a quien esta falte. Los pastores y pastoras, se sintieron de lo que Feliçia dixo, y a Syluano le paresçio no dexalla sin respuesta y assi le dixo: ¿En qué consiste, señora, ser el animo generosa y el entendimiento delicado? Feliçia (que entendio a donde tiraua la pregunta del pastor) por no descontentarle respondio: no está en otra cosa sino en la propria uirtud del hombre, como es en tener el juyzio viuo, el pensamiento inclinado a cosas altas, y otras uirtudes que nasçen con ellos mismos. Satisfecho estoy (dixo Syluano) y tambien lo deuen estar estos pastores, porque imaginauamos que tomauas (o discreta Feliçia) el ualor y uirtud de más atras de la persona misma, digolo porque asaz desfauorescido de los bienes de naturaleza está el que los va a buscar en sus passados. Todas las pastoras y pastores mostraron gran contentamiento de lo que Syluano auia respondido: y las Nymphas se rieron mucho, de cómo los pastores se yuan corriendo de la proposiçion de la sábia Feliçia, la qual tomando a Felismena por la mano, la metio en vna camara sola, adonde era su aposento. Y despues de hauer passado con ella muchas cosas, le dio grandissima esperança de conseguir su desseo, y el virtuoso fin de sus amores, con alcançar por marido a don Felis. Aunque tambien le dixo, que esto no podia ser sin primero passar por algunos trabajos, los quales la dama tenia muy en poco, viendo el galardon que dellos esperaua. Feliçia le dixo que los vestidos de pastora se quitasse por entonçes, hasta que fuesse tiempo deboluer a ellos; y llamando a las tres Nimphas que en su compañia auian venido, hizo que la vistiessen en su trage natural. No fueron las Nimphas perezosas en hazello, ni Felismena desobediente a lo que Feliçia le mandó. Y tomandose de las manos, se entraron en vna recamara, a vna parte de la qual estaua vna puerta, y abriendo la hermosa Dorida, baxaron por vna escalera de alabastro, a vna hermosa sala, que en medio della auia vn estanque de vna clarissima agua, adonde todas aquellas Nimphas se bañauan. Y desnudandose assi ellas como Felismena se bañaron; y peinaron despues sus hermosos cabellos, y se subieron a la recamara de la sábia Feliçia, adonde despues de auerse vestido las Nimphas, vistieron ellas mismas a Felismena, vna ropa, y basquiña de fina grana: recamada de oro de cañutillo y aljofar, y vna cuera, y mangas de tela de plata emprensada: en la basquiña y ropa, auia sembrados a trechos vnos plumages de oro, en las puntas de los quales auia muy gruessas perlas. Y tomandole los cabellos con vna çinta encarnada, se los reboluieron a la cabeça, poniendole un escofion de redezilla de oro muy subtil y en cada lazo de la red assentado con gran artifiçio vn finissimo rubí, en dos guedellas de cabellos, que los lados de la cristalina frente adornauan, le fueron puestos dos joyeles, engastados en ellos muy hermosas esmeraldas y zafires de grandissimo preçio. Y de cada vno colgauan tres perlas orientales, hechas a manera de vellotas. Las arracadas eran dos nauezillas de esmeraldas, con todas las xarçias de cristal. Al cuello le pusieron un collar de oro fino, hecho a manera de culebra enroscada, que de la boca tenía colgada una aguila, que entre las vñas tenía un rubí grande de infinito preçio. Quando las tres Nimphas de aquella suerte la uieron, quedaron admiradas de su hermosura, luego salieron con ella a la sala, donde las otras Nimphas y pastores estauan, y como hasta entonçes fuesse tenida por pastora, quedaron tan admirados, que no sabian qué dezir. La sábia Feliçia mandó luego a sus Nimphas, que lleuasen a la hermosa Felismena y a su compañia, a uer la casa y templo adonde estauan, lo qual fue luego puesto por obra, y la sábia Feliçia se quedó en su aposento. Pues tomando Polidora y Cinthia, en medio a Felismena, y las otras Nimphas a los pastores y pastoras, que por su discreçion eran dellas muy estimados se salieron en un gran patio: cuyos arcos y columnas eran de marmol jaspeado, y las basas y chapiteles de alabastro, con muchos follages a la romana dorados en algunas partes, todas las paredes eran labradas de obra mosayca: las columnas estaban assentadas sobre Leones, Orças, Tigres de arambre, y tan al biuo, que parescia, que querian arremeter a los que alli entrauan: En medio del patio auia un padron ochauado de bronzo, tan alto como diez codos, ençima del qual estaua armado de todas armas a la manera antigua, el fiero Marte, a quien los gentiles llamauan el dios de las batallas. En este padron con gran artifiçio estauan figurados los superbos esquadrones romanos a una parte y a otra los Cartagineses, delante el vno estaua el brauo Hanibal, y del otro el valeroso Sçipion Africano, que primero que la edad y los años le acompañassen, naturaleza mostró en él gran exemplo de uirtud, y esfuerço. A la otra parte, estaua el gran Marco Furio Camillo conbatiendo en el alto Capitolio por poner en libertad a la patria, de donde él hauia sido desterrado. Alli estaua Horaçio, Muçio Sceuola, el venturoso Consul Marco Varron, César, Pompeyo, con el magno Alexandro, y todos aquellos que por las armas acabaron grandes hechos, con letreros en que se declarauan sus nombres, y las cosas en que cada vno más se auia señalado. Un poco más arriba destos estaua vn cauallero armado de todas armas, con vna espada desnuda en la mano, muchas cabeças de moros debaxo de sus pies, con vn letrero que dezia:
Soy el Cid honra de España, si alguno pudo ser más, en mis obras lo veras.
Al otra parte, estaua otro cauallero Español, armado de la misma manera, alçada la sobre vista y con este letrero:
El conde fuy primero de Castilla, Fernan Gonzalez, alto y señalado, soy honra y prez de la española silla pues con mis hechos tanto la he ensalçado. Mi gran virtud sabra muy bien dezilla la fama que la vio, pues ha juzgado mis altos hechos, dignos de memoria, como os dira la Castellana historia.
Junto á este estaua otro cauallero de gran disposiçion y esfuerços, segun en su aspecto lo mostraua, armado en blanco, y por las armas sembrados muchos Leones y Castillos, en el rostro mostraua una çierta braueza, que casi ponia pauor en los que lo mirauan, y el letrero dezia ansi:
Bernardo del Carpio soy, espanto de los paganos, honra y prez de los christianos, pues que de mi esfuerço doy tal exemplo con mis manos: fama, no es bien que las calles mis hazañas singulares, y si acaso las callares, pregunten a Ronçesualles, qué fue de los doze pares.
A la otra parte estava vn valeroso capitan, armado de vnas armas doradas, con seys vandas sangrientas por en medio del escudo, y por otra parte muchas vanderas, y vn rey preso con vna cadena, cuyo letrero dezia desta manera:
Mis grandes hechos veran los que no los han sabido en que solo he meresçido, nombre de gran capitan, y tuue tan gran renombre en nuestras tierras y extrañas, que se tienen mis hazañas por mayores que mi nombre.
Iunto a este valeroso capitan, estaua vn cauallero armado en blanco, y por las armas sembradas muchas estrellas, y de la otra parte vn Rey con tres flordelises en su escudo, delante del qual él rasgaua ciertos papeles y vn letrero que dezia:
Soy Fonseca cuya historia en Europa es tan sabida, que aunque se acabó la uida, no se acaba la memoria. Fuy seruidor de my Rey, a mi patria tuue amor, jamas dexé por temor de guardar aquella ley, que el sieruo deue al señor.
En otro quadro del padron, estaua vn cauallero armado, y por las armas sembrados mucho escudos pequeños de oro, el qual en el ualor de su persona daua bien a entender el alta sangre de a do proçedia: los ojos puestos en otros muchos caualleros de su antiguo linaje, el letrero que a sus pies tenía dezia desta manera:
Don Luys de Vilanoua soy llamado del gran marques de Trans he proçedido, mi antiguedad, valor muy señalado, en Françia, Italia, España es conosçido, Bicorbe antigua casa es el estado, que la fortuna aora ha conçedido a un corazon tan alto, y sin segundo, que poco es para él mandar el mundo.
Despues de auer particularmente mirado el padron, estos y otros muchos caualleros, que en él estauan esculpidos, entraron en vna rica sala, lo alto de la qual era todo de marfil, marauillosamente labrado: las paredes de alabastro, y en ellas esculpidas muchas historias antiguas, tan al natural, que verdaderamente paresçia que Lucreçia acabaua alli de darse la muerte, y que la cautelosa Medea deshazia su tela en la isla de Ithaca, y que la ilustre Romana se entregaua a la parca, por no ofender su honestidad, con la vista del horrible monstruo, y que la muger de Mauseolo estaua con grandissima agonia, entendiendo en que el sepulchro de su marido fuesse contado por vna de las siete marauillas del mundo. Y otras muchas historias y exemplos de mugeres castissimas, y dignas de ser su fama por todo el mundo esparzida, porque no tan solamente a alguna dellas paresçia auer con su uida dado muy claro exemplo de castidad, mas otras que con la muerte dieron muy grande testimonio de su limpieza: entre las quales estaua la grande española Coronel, que quiso mas entregarse al fuego, que dexarse vençer de un deshonesto apetito. Después de auer visto cada vna las figuras, y uarias historias, que por las paredes de la sala estauan, entraron en otra quadra más adentro, que segun su riqueza les paresçio que todo lo que auian visto era ayre en su comparaçion: porque todas las paredes eran cubiertas de oro fino, y el pauimiento de piedras preçiosas, entorno de la rica quadra estauan muchas figuras de damas españolas, y de otras naçiones, y en lo muy alto la diosa Diana, de la misma estatura que ella era, hecha de metal Corinthio, con ropas de caçadora, engastadas por ellas muchas piedras y perlas de grandissimo valor, con su arco en la mano, e su aljaua al cuello, rodeada de Nimphas más hermosas que el sol. En tan grande admiraçion puso a los pastores y pastoras, las cosas que alli veyan, que no sabian qué dezir: porque la riqueza de la casa era tan grande, las figuras que alli estauan tan naturales, el artifiçio de la quadra, y la orden que las damas que alli auia retratadas tenian, que no les paresçia poderse imaginar en el mundo cosa más perfecta. A una parte de la quadra estauan quatro laureles de oro esmaltados de uerde, tan naturales que los del campo no lo eran mas: y junto a ellos una pequeña fuente toda de fina plata: en medio de la qual estaua una Nimpha de oro, que por los hermosos pechos, vna agua muy clara echaua, y junto a la fuente sentado el çelebrado Orpheo, encantado de la edad que era al tiempo que su Euridiçe fué del importuno Aristeo requerida: tenía vestida vna cuera de tela de plata guarnesçida de perlas, las mangas le llegauan a medio braço solamente, y de alli adelante desnudos; tenia vnas calças hechas a la antigua, cortadas en la rodilla de tela de plata, sembradas en ellas vnas çitharas de oro, los cabellos eran largos y muy dorados sobre los quales tenía una muy hermosa guirnalda de laurel. En llegando a él las hermosas Nimphas, comenzó a tañer en una harpa que en las manos tenía, muy dulçemente, de manera que los que lo oyan, estauan tan agenos de si, que a nadie se le acordaua de cosa que por el uuiesse passado. Felismena se sento en un estrado, que en la hermosa quadra estaua todo cubierto de paños de brocado, y las Nimphas y pastoras entorno della, los pastores se arrimaron a la clara fuente. De la misma manera estauan todos oyendo al çelebrado Orpheo, que al tiempo que en la tierra de los Ciconios cantaua, quando Cipariso fue conuertido en Cipres y Atis en Pino. Luego començo el enamorado Orpheo al son de su harpa a cantar dulçemente, que no hay sabello dezir. Y boluiendo el rostro a la hermosa Felismena, dio prinçipio a los uersos siguientes:
CANTO DE ORPHEO Escucha, o Felismena, el dulçe canto de Orpheo, cuyo amor tan alto ha sido: suspende tu dolor, Seluagia, en tanto que canta tu amador de amor vençido; oluida ya, Belisa, el triste llanto, oyd a un triste (o Nimphas) que ha perdido sus ojos por mirar, y vos pastores dexad un poco estar el mal de amores. No quiero yo cantar, ni Dios lo quiera, aquel proçesso largo de mis males, ni quando yo cantaua de manera, que a mi traya las plantas y animales: ni quando a Pluton ui, que no deuiera, y suspendi las penas infernales, ni como bolui el rostro á mi señora, cuyo tormento aun biue hasta agora. Mas cantaré con boz suaue y pura, la grande perfeçion, la graçia estraña, el ser, valor, beldad sobre natura, de las que oy dan valor illustre a España: mirad pues, Nimphas, ya la hermosura de nuestra gran Diana y su compaña; que alli está el fin, alli vereys la suma de lo que contar puede lengua y pluma. Los ojos leuantad, mirando aquella que en la suprema silla está sentada, el sçeptro, y la corona junto a ella, y de otra parte la fortuna ayrada: esta es la luz de España, y clara estrella, con cuya absençia está tan eclipsada: su nombre (o Nimphas) es doña Maria gran Reyna, de Bohemia, de Austria Vngria. La otra junta a ella es doña Ioana, de Portugal Prinçesa, y de Castilla infanta, a quien quitó fortuna insana, el seçptro, la corona, y alta silla, y a quien la muerte fue tan inhumana, que aun ella assi se espanta y marauilla, de ver quan presto ensagrento sus manos en quien fue espejo y luz de Lusitanos. Mirad, Nimphas, la gran doña Maria, de Portugal infanta soberana, cuya hermosura y graçia sube oy dia a do llegar no puede vista humana: mirad que aunque fortuna alli porfia la vence el gran valor que della mana, y no son parte el hado, tiempo, y muerte, para vençer su grand bondad y suerte. Aquellas dos que tiene alli a su lado, y el resplandor del sol han suspendido, las mangas de oro, sayas de brocado, de perlas y esmeraldas guarnesçido: cabellos de oro fino, crespo ondado, sobre los hombros suelto y esparzido, son hijas del infante Lusitano, Duarte valeroso y gran Christiano. Aquellas dos Duquesas señaladas por luz de hermosura en nuestra España, que alli veys tan al biuo debuxadas con vna perfeçion, y graçia estraña, de Najara y de Sessa son llamadas, de quien la gran Diana se acompaña, por su bondad, valor y hermosura, saber, y discreçion sobre natura. ¿Ueys vn valor, no vista en otra alguna, ueys vna perfeçion jamas oyda, ueys una discreçion, qual fue ninguna, de hermosura y graçia guarnescida? ¿ueys la que está domando a la fortuna y a su pesar la tiene alli rendida? la gran doña Leonor Manuel se llama, de Lusitania luz que al orbe inflama. Doña Luisa Carrillo, que en España la sangre de Mendoça ha esclareçido: de cuya hermosura y graçia extraña, el mismo amor, de amor está uençido, es la que a nuestra Dea ansi acompaña que de la uista nunca la ha perdido: de honestas y hermosas claro exemplo, espejo y clara luz de nuestro templo. ¿Ueys una perfeçion tan acabada de quien la misma fama está embidiosa? ¿ueys una hermosura más fundada en graçia y discreçion que en otra cosa, que con razon obliga a ser amada porque es lo menos de ella el ser hermosa? es doña Eufrasia de Guzman su nombre, digna de inmortal fama y gran renombre. Aquella hermosura peregrina no uista en otra alguna sino en ella, que a qualquier seso apremia y desatina, y no hay poder de amor que apremie el della, de carmesí uestida y muy más fina de su rostro el color que no el de aquella, doña Maria de Aragon se llama, en quien se ocupará de oy más la fama. ¿Sabeys quién es aquella que señala Diana, y nos la muestra con la mano, que en graçia y discreçion a ella yguala, y sobrepuja a todo ingenio humano, y aun ygualarla en arte, en ser y en gala, sería (segun es) trabajo en uano? doña Ysabel Manrique y de Padilla, que al fiero Marte uenze y marauilla. Doña Maria Manuel y doña Ioana Osorio, son las dos que estays mirando cuya hermosura y graçia sobre humana, al mismo Amor de amor está matando: y esta nuestra gran Dea muy vfana, de ueer a tales dos de nuestro uando, loallas, segun son es escusado: la fama y la razon ternan cuydado. Aquellas dos hermanas tan nombradas cada una es una sola y sin segundo, su hermosura y graçias extremadas, son oy en dia un sol que alumbra el mundo, al biuo me paresçen trasladadas, de la que a buscar fuy hasta el profundo: doña Beatriz Sarmiento y Castro es una con la hermosa hermana qual ninguna. El claro sol que ueys resplandeçiendo y acá, y allá sus rayos ya mostrando, la que del mal de amor se está riendo, del arco, aljaua y flechas no curando, cuyo diurno rostro está diziendo, muy más que yo sabré dezir loando, doña Ioana es de Çarate, en quien vemos de hermosura y graçia los extremos. Doña Anna Osorio y Castro está cabe ella de gran valor y graçia acompañada, ni dexa entre las bellas de ser bella, ni en toda perfeçion muy señalada, mas su infelize hado vsó con ella de una crueldad no vista ni pensada, porque al ualor, linaje y hermosura no fuesse ygual la suerte, y la uentura. Aquella hermosura guarnecida de honestidad, y graçia sobre humana, que con razon y causa fue escogida por honra y prez del templo de Diana, contino uençedora, y no uençida su nombre (o Nimphas) es doña Iuliana, de aquel gran Duque nieta y Condestable, de quien yo callaré, la fama hable[1256]. Mirad de la otra parte la hermosura de las illustres damas de Valençia, a quien mi pluma ya de oy mas procura perpetuar su fama y su excelençia: aqui, fuente Helicona, el agua pura otorga, y tú, Minerua, enpresta sçiençia, para saber dezir quién son aquellas que no hay cosa que ver despues de vellas. Las cuatro estrellas ved resplandesçientes de quien la fama tal ualor pregona de tres insignes reynos desçendientes, y de la antigua casa de Cardona, de la vna parte Duques exçelentes, de otra el trono, el sçeptro, y la corona, del de Segorbe hijas, cuya fama del Borea al Austro, al Euro se derrama. La luz del orbe con la flor de España, el fin de la beldad y hermosura, el coraçon real que le acompaña, el ser, valor, bondad sobre natura, aquel mirar que en verlo desengaña, de no poder llegar alli criatura: doña Anna de Aragon se nombra y llama, a do por el amor, cansó la fama. Doña Beatrix su hermana junto della vereys, si tanta luz podeys miralla: quien no podré alabar, es sola ella, pues no ay podello hazer, sin agrauialla: a aquel pintor que tanto hizo en ella, le queda el cargo de poder loalla, que a do no llega entendimiento humano llegar mi flaco ingenio, es muy en vano. Doña Françisca d'Aragon quisiera mostraros, pero siempre está escondida: su vista soberana es de manera, que a nadie que la vee dexa con vida: por esso no paresçe. ¡Oh quién pudiera mostraros esta luz, que al mundo oluida, porque el pintor que tanto hizo en ella, los passos le atajó de meresçella. A doña Madalena estays mirando hermana de las tres que os he mostrado, miralda bien, uereys que está robando a quien la mira, y biue descuydado: su grande hermosura amenazando está, y el fiero amor el arco armado, porque no pueda nadie, ni aun miralla, que no le rinda o mate sin batalla. Aquellos dos luzeros que a porfia acá, y allá sus rayos uan mostrando, y a la exçelente casa de Gandia, por tan insigne y alta señalando, su hermosura y suerte sube oy dia muy más que nadie sube imaginando: ¿quién uee tal Margareta y Madalena, que tema del amor la horrible pena? Quereys, hermosas Nimphas, uer la cosa, que el seso más admira y desatina? mirá una Nimplia más que el sol hermosa, pues quién es ella, o él jamas se atina: el nombre desta fenix tán famosa, es en Valençia doña Cathalina Milan, y en todo el mundo es oy llamada la más discreta, hermosa y señalada. Alçad los ojos, y vereis de frente del caudaloso rio y su ribera, peynando sus cabellos, la exçelente doña Maria Pexon y Çanoguera cuya hermosura y gracia es euidente, y en discreçion la prima y la primera: mirad los ojos, rostro cristallino, y aquí puede hazer fin uuestro camino. Las dos mirad que están sobrepujando, a toda discreçion y entendimiento, y entre las más hermosas señalando se uan, por solo vn par, sin par ni cuento, los ojos que las miran sojuzgando: pues nadie las miró que biua essento: ¡ued qué dira quien alabar promete las dos Beatrizes, Vique y Fenollete! Al tiempo que se puso alli Diana, con su diuino rostro y excelente salió un luzero, luego una mañana de Mayo muy serena y refulgente: sus ojos matan y su uista sana, despunta alli el amor su flecha ardiente, su hermosura hable, y testifique ser sola y sin ygual doña Anna Vique. Bolued, Nimphas, uereys doña Teodora Carroz, que del valor y hermosura la haze el tiempo reyna y gran señora de toda discreçion y graçia pura: qualquiera cosa suya os enamora, ninguna cosa nuestra os assegura, para tomar tan grande atreuimiento, como es poner en ella el pensamiento. Doña Angela de Borja contemplando uereys que está (pastores) en Diana, y en ella la gran dea está mirando la graçia y hermosura soberana: Cupido alli a sus pies está llorando, y la hermosa Nimpha muy ufana, en uer delante della estar rendido aquel tyrano fuerte y tan temido. De aquella illustre cepa Çanoguera, salio una flor tan extremada y pura, que siendo de su edad la primauera, ninguna se le yguala en hermosura: de su excelente madre es heredera, en todo quanto pudo dar natura, y assi doña Hieronyma ha llegado en graçia y disceçion al sumo grado. ¿Quereys quedar (o Nimphas) admiradas, y uer lo que a ninguna dió uentura: quereys al puro extremo uer llegados ualor, saber, bondad y hermosura? mirad doña Veronica Marradas, pues solo uerla os dize y assegura que todo sobra, y nada falta en ella, sino es quien pueda (o piense) meresçella. Doña Luysa Penarroja uemos en hermosura y graçia más que humana, en toda cosa llega los estremos, y a toda hermosura uençe y gana: no quiere el crudo amor que la miremos y quien la uió, si no la uee, no sana: aunque despues de uista el crudo fuego en su vigor y fuerça buelue luego. Ya ueo, Nimphas, que mirays aquella en quien estoy continuo contemplando, los ojos se os yran por fuerça a ella, que aun los del mismo amor está robando: mirad la hermosura que ay en ella, mas ued que no çegueys quiçá mirando a doña Ioana de Cardona, estrella que el mismo amor está rendido a ella. Aquella hermosura no pensada que ueys, si uerla cabe en nuestro uaso: aquella cuya suerte fue estremada pues no teme fortuna, tiempo o caso, aquella discreçion tan leuantada, aquella que es mi musa y mi parnaso: Ioanna Anna, es Catalana, fin y cabo de lo que en todas por estremo alabo. Cabe ella está un estremo no uicioso, mas en uirtud muy alto y estremado, disposiçion gentil, rostro hermoso, cabellos de oro, y cuello delicado, mirar que alegra, mouimiento ayroso, juyzio claro y nombre señalado, doña Angela Fernando, aquien natura conforme al nombre dio la hermosura. Vereys cabe ella doña Mariana, que de ygualalle nadie está segura; miralda junto a la exçelente hermana, uereys en poca edad gran hermosura, uereys con ella nuestra edad ufana, uereys en pocos años gran cordura, uereys que son las dos el cabo y summa de quanto dezir puede lengua y pluma. Las dos hermanas Borjas escogidas, Hippolita, Ysabel, que estays mirando, de graçia y perfeçion tan guarnesçidas, que al sol su resplandor está çegando, miraldas y uereys de quantas uidas su hermosura siempre ua triumphando: mirá los ojos, rostro, y los cabellos, que el oro queda atras y passan ellos. Mirad doña Maria Çanoguera, la qual de Catarroja es oy señora, cuya hermosura y graçia es de manera, que a toda cosa uençe y la enamora: su fama resplandeçe por do quiera y su uirtud la ensalça cada hora, pues no ay qué dessear despues de uella, ¿quién la podrá loar sin offendella? Doña Ysabel de Borja está defrente y al fin y perfeçion de toda cosa, mira la graçia, el ser, y la exçelente color más biua que purpurea rosa, mirad que es de uirtud y graçia fuente, y nuestro siglo illustre en toda cosa: al cabo está de todas su figura, por cabo y fin de graçia y hermosura. La que esparzidos tiene sus cabellos con hilo de oro fino atras tomados, y aquel diuino rostro, que él y ellos a tantos coraçones trae domados, el cuello de marfil, los ojos bellos, honestos, baxos, uerdes, y rasgados, doña Ioana Milan por nombre tiene, en quien la uista pára y se mantiene, Aquella que alli ueys, en quien natura mostró su sçiençia ser marauillosa, pues no ay pasar de alli en hermosura, no ay más que dessear a una hermosa: cuyo ualor, saber, y gran cordura leuantarán su fama en toda cosa, doña Mençia se nombra Fenollete, a quien se rinde amor y se somete.
La cançion del çelebrado Orpheo, fue tan agradable a los oydos de Felismena, y de todos los que la oyan, que assi los tenia suspensos, como si por ninguno de ellos uuiera passado más de lo que presente tenian. Pues auiendo muy particularmente mirado el rico aposento, con todas las cosas que en él auia que uer, salieron las Nymphas por una puerta de la gran sala, y por otra de la sala a un hermoso jardin, cuya uista no menos admiraçion les causó que lo que hasta alli auian uisto, entre cuyos arboles y hermosas flores auia muchos sepulchros de nimphas y damas, las quales auian con gran limpieça conseruado la castidad deuida a la castissima diosa. Estauan todos los sepulchros coronados de enredosa yedra, otros de olorosos arrayhanes, otros de uerde laurel. De más desto auia en el hermoso jardin muchas fuentes de alabastro, otras de marmol jaspeado, y de metal, debaxo de parrales, que por ençima de artifiçiosos arcos estendian todas sus ramas, los myrthos hazian cuatro paredes almenadas, y por ençima de las almenas, paresçian muchas flores de jazmin, madreselua, y otras muy apazibles a la uista. En medio del jardin estaua una piedra negra, sobre quatro pilares de metal, y en medio de ella un sepulchro de jaspe, que quatro Nimphas de alabastro en las manos sostenian, entorno dél estauan muchos blandones, y candeleros de fina plata, muy bien labrados, y en ellos hachas blancas ardiendo. En torno de la capilla auia algunos bultos de caualleros, otros de marmol jaspeado, y de otras diferentes materias. Mostrauan estas figuras tan gran tristeza en el rostro, que la pusieron en el coraçon de la hermosa Felismena, y de todos los que el sepulchro veyan. Pues mirandolo muy particularmente, vieron que a los pies dél, en una tabla de metal que una muerte tenía en las manos, estaua este letrero:
Aqui reposa doña Catalina de Aragon y Sarmiento cuya fama, al alto çielo llega, y se auezina, y desde el Borea al Austro se derrama: matéla, siendo muerte, tan ayna, por muchos que ella ha muerto, siendo dama, acá está el cuerpo, el alma allá en el çielo, que no la meresçio gozar el suelo.
Despues de leydo el Epigramma, vieron cómo en lo alto del sepulchro estaua vna aguda de marmol negro, con vna tabla de oro en las vñas, y en ella estos uersos.
Qual quedaria (o muerte) el alto çielo sin el dorado Apollo y su Diana sin hombre, ni animal el baxo suelo, sin norte el marinero en mar insana, sin flor, ni yerua el campo y sin consuelo, sin el roçio d'aljofar la mañana, assi quedó el ualor, la hermosura, sin la que yaze en esta sepultura.
Quando estos dos letreros vuieron leydo, y Belisa entendido por ellos quién era la hermosa Nimpha que alli estaua sepultada, y lo mucho que nuestra España auia perdido en perdella, acordandosele de la temprana muerte del su Arsileo, no pudo dexar de dezir con muchas lagrimas: Ay muerte, quán fuera estoy de pensar, que me as de consolar con males agenos! Dueleme en estremo lo poco que se gozó tan gran ualor y hermosura como esta Nimpha me dizien que tenía, porque ni estaua presa de amor, ni nadie meresçio que ella lo estuuiesse. Que si otra cossa entendiera, por tan dichosa la tuuiera yo en morirse, como a mí por desdichada en uer, o cruda muerte, quan poco caso hazes de mi: pues lleuandome todo mi bien, me dexas, no para más, que para sentir esta falta. O mi Arsileo, o disçreçion jamás oyda, o el más claro ingenio que naturaleza pudo dar. ¿Qué ojos pudieron uerte, qué animo pudo suffrir tu desastrado fin? O Arsenio, Arsenio, Arsenio quan poco pudiste suffrir la muerte del desastrado hijo, teniendo más ocasion de suffrirla que yo? ¿Por qué (cruel Arsenio) no quesiste que yo partiçipasse de dos muertes, que por estoruar la que menos me dolia, diera yo çien mil vidas, si tantas tuuiera? A Dios, bienauenturada Nimpha, lustre y honrra de la real casa de Aragon, Dios dé gloria a tu anima, y saque la mia de entre tantas desuenturas. Despues Belisa vuo dicho estas palabras, y despues de auer uisto otras muchas sepulturas, muy riquissimamente labradas, salieron por una puerta falsa que en el jardin estaua, al verde prado: adonde hallaron a la sabia Feliçia, que sola se andaua recreando: la qual los reçibio con muy buen semblante. Y en quanto se hazia hora de çenar, se fueron a vna gran alameda, que çerca de alli estaua, lugar donde las Nimphas del sumptuoso templo, algunos dias salian a recrearse. Y sentados en un pradezillo, çercado de uerdes salzes, començaron a hablar vnos con otros: cada vno en la cosa que más contento le daua. La sábia Feliçia llamó junto a si al pastor Sireno, y a Felismena. La Nimpha Dorida, se puso con Syluano hazia vna parte del verde prado, y las dos pastoras, Seluagia, y Belisa, con las más[1257] hermosas Nimphas, Cinthia y Polydora, se apartaron haçia otra parte: de manera que aunque no estauan vnos muy lexos de los otros, podian muy bien hablar, sin que estoruasse vno lo que el otro dezia. Pues queriendo Sireno, que la platica, y conuersaçion se conformasse con el tiempo y lugar, y tambien con la persona a quien hablaua, començo a hablar desta manera: No me paresçe fuera de proposito, señora Feliçia, preguntar yo una cosa que jamás pude llegar al cabo del conosçimiento della: y es esta: Affirman todos los que algo entienden, que el uerdadero amor nasçe de la razon: y si esto es ansi, quál es la causa porque no hay cosa mas desenfrenada en el mundo, ni que menos se dexe gouernar por ella? Feliçia le respondió: Assi como essa pregunta es más que de pastor: assi era neçessario que fuesse más que muger la que a ella respondiesse, mas con lo poco que yo alcanço, no me paresçe que porque el amor tenga por madre a la razon, se ha de pensar que él se limite, ni gouierne por ella. Antes has de presuponer, que despues que la razon del conosçimiento lo ha engendrado las menos uezes quiere que lo[1258] gouierne. Y es de tal manera desenfrenado, que las más de las ueces uiene en daño y perjuyzio del amante, pues por la mayor parte, los que bien aman, se uienen a desamar a si mismos, que es contra razon, y derecho de naturaleza. Y esta es la causa, porque le pintan çiego, y falto de toda razon. Y como su madre Venus tiene los ojos hermosos, ansi él dessea siempre lo más hermoso. Pintanlo desnudo, porque el buen amor, ni puede dissimularse con la razon, ni encubrirse con la prudençia. Pintanle con alas, porque ueloçissimamente entra en el anima del amante: y quanto más perfecto es, con tanto mayor ueloçidad y enagenamiento de si mismo, va a buscar la persona amada: por lo qual dezia Euripides, que el amante biuia en el cuerpo del amado. Pintanlo ansi mismo flechando su arco, porque tira derecho al coraçon, como a proprio blanco, y tambien porque la llaga de amor, es como la que haze la saeta, o flecha en la entrada, y profunda en lo intrinseco del que ama. Es esta llaga difficil de uer, mala de curar, y muy tardia en el sanar. De manera, Sireno, que no deue admirarte, aunque el perfecto amor sea hijo de razon, que no se gouierne por ella, porque no hay cosa que despues de nasçida menos corresponda al origen de adonde nasçio. Algunos dizen, que no es otra la differençia entre el amor uiçioso, y el que no lo es, sino que el uno se gouierna por razon, y el otro no se dexa gouernar por ella, y engañanse: porque aquel exçesso, y impetu no es más propio del amor deshonesto, que del honesto: antes es vna propriedad de qualquier genero de amor: saluo que el uno haze la uirtud mayor y en el otro acresçienta mas el uiçio. Quién puede negar que en el amor que uerdaderamente se honesta, no se hallen marauillosos y exçessiuos effectos? Preguntenlo a muchos que por solo el amor de Dios no hizieron cuenta de sus personas, ni estimaron por él perder la uida (aunque sabido el premio que por ello se esperaua, no dauan mucho) pues quántos han procurado consumir sus personas, y acabar sus uidas, inflamados del amor de la uirtud, de alcançar fama gloriosa? Cosa que la razon ordinaria no permite, antes guia qualquiera effecto, de manera que la uida pueda honestamente conseruarse. Pues quántos exemplos te podria yo traer de muchos que por solo el amor de sus amigos, perdieron la uida, y todo lo más que con ella se pierde: Dexemos este amor, boluamos al amor del hombre con la muger. Has de saber, que si el amor que el amador tiene a su dama (aunque inflamado en desenfrenada affiçion) nasçe de la razon, y del uerdadero conosçimiento y juyzio: que por solas sus uirtudes la juyzgue digna de ser amada: que este tal amor (a mi paresçer, y no me engaño) no es illiçito, ni deshonesto, porque todo el amor desta manera, no tira a otro fin, sino a querer la persona por ella misma, sin esperar otro interesse ni galardon de sus amores. Ansi que esto es lo que me paresçe que se puede responder a lo que en este caso me has preguntado. Sireno entonces le respondio: Yo estoy, discreta señora, satisfecho de lo que desseaua entender, y ansi creo que lo estare (segun tu claro juyzio) de todo lo que quisiera saber de ti: aunque otro entendimiento era menester más abundante que el mio, para alcançar lo mucho que tus palabras comprehenden. Syluano, que con Polidora estaua hablando, dezia: Marauillosa cosa es (hermosa Nimpha) ver lo que sufre vn triste coraçon, que a los trançes de amor está subjecto, porque el menor mal que haze, es quitarnos el juyzio, perder la memoria de toda cosa, y henchir la de solo él: buelue ageno de si todo hombre, y proprio de la persona amada. Pues qué hará el desuenturado, que se vee enemigo de plazer, amigo de soledad, lleno de passiones, çercado de temores, turbado de spiritu, martyrizado del seso, sustentado de esperança, fatigado de pensamientos, affligido de molestias, traspassado de çelos, lleno perpetuamente de sospiros, enojos, y agrauios que jamás le faltan? Y lo que más me marauillo es que siendo este amor tan intolerable y estremado en crueldad, no quiera el spiritu apartarse dél ni lo procure: mas antes tenga por enemigo a quien se lo aconseja. Bien está todo (dixo Polidora) pero yo sé muy bien que por la mayor parte los que aman, tienen más de palabras que de passiones. Señal es essa (dixo Syluano) que no las sabes sentir, pues no las puedes creer, y bien paresçe que no has sido tocado deste mal, ni plega a Dios que lo seas: el qual ninguno lo puede creer, ni la calidad, y multitud de los males que dél proçeden, sino el que partiçipa dellos. ¿Cómo que piensas tú (hermosa Nimpha) que hallandose continuamente el amante confusa la razon, occupada la memoria, enagenada la fantasia y el sentido del exçessiuo amor fatigado, quedará la lengua tan libre que pueda fingir pasiones, ni mostrar otra cosa de lo que siente? Pues no te engañes en esso, que yo te digo que es muy al reues de lo que tú lo imaginas. Vesme aqui donde estoy que verdaderamente ninguna cosa ay en mi, que se pueda gouernar por razon, ni aun la podrá auer en quien tan ageno estuuiere de su libertad como yo: porque todas las subiectiones corporales dexan libre (a lo menos) la voluntad, mas la subjection de amor es tal, que la primera cosa que haze, es tomaros possesion della, y quieres tú, pastora, que forme quexas, y finja sospiros, el que desta manera se vee tratado? Bien paresçe en fin que estás libre de amor, como yo poco ha te dezia. Polidora le respondio: yo conozco, Syluano, que los que aman, reçiben muchos trabajos, y affliçiones, todo el tiempo que no alcançan lo que dessean: pero despues de conseguida la cosa desseada, se les buelue en descanso y contentamiento. De manera que todos los males que passan, más proceden del desseo, que de amor que tengan a lo que dessean. Bien paresçe que hablas en mal que no tienes experimentado (dixo Syluano) porque el amor de aquellos amantes cuyas penas çessan despues de auer alcançado lo que dessean, no proçede su amor de la razon, sino de un apetito baxo y deshonesto. Seluagia, Belisa y la hermosa Ciuthia, estauan tratando, quál era la razon, porque en absencia las más de las uezes se resfriaua el amor. Belisa no podia creer que por nadie passasse tan gran deslealtad, diziendo: que pues siendo muerto el su Arsileo, y estando bien segura de no uerle más, le tenía el mismo amor que quando biuia, que ¿cómo era possible, ni se podia suffrir, que nadie oluidasse en absençia los amores, que algun tiempo esperasse ver? La Nimpha Ciuthia le respondio: no podré, Belisa, responderte con tanta sufiçiençia como por uentura la materia lo requeria, por ser cosa que no se puede esperar del ingenio de vna Nimpha como yo. Mas lo que a mi me paresçe es que quando uno se parte de la presençia de quien quiere bien la memoria le queda por ojos: pues solamente con ella uee lo que dessea. Esta memoria tiene cargo de representar al entendimiento lo que contiene en sí, y del entenderse la persona que ama, uiene la uoluntad, que es la terçera potentia del ánima, a engendrar el desseo mediante el qual tiene el ausente pena por uer aquel que quiere bien. De manera que todos estos effectos se deriuan de la memoria, como de una fuente, donde nasçe el prinçipio del desseo. Pues aueys de saber aora, hermosas pastoras, que como la memoria sea una cosa, que cuanto más va, más pierde su fuerça y uigor oluidandose de lo que le entregaron los ojos: ansi tanbien lo pierden las otras potençias, cuyas obras en ella tenian su prinçipio, de la misma manera que a los rios se les acabaria su corriente, si dexassen de manar las fuentes adonde nasçen. Y si como esto se entiende en el que parte se entendiera tambien en el que queda. Y pensar tú, hermosa pastora, que el tiempo no curaria tu mal, si dexasses el remedio dél en manos de la sábia Feliçia, será muy gran engaño: porque ninguno ay, a quien ella no dé remedio, y en el de amores más que en todos los otros. La sábia Feliçia, que aunque estaua algo apartada, oyó lo que Cinthia dixo, le respondio: No seria pequeña crueldad poner yo el remedio, de quien tanto lo ha menester, en manos de medio tan espacioso, como es el tiempo. Que puesto caso que algunas uezes no lo sea, en fin, las enfermedades grandes, si otro remedio no tienen sino el suyo, se an de gastar tan despaçio que primero que se acaben, se acabe la uida de quien las tiene. Y porque mañana pienso entender en lo que toca al remedio de la hermosa Felismena, y de toda su compañia, y los rayos del dorado Apollo paresce que uan ya dando fin a su jornada, será bien que nosotros lo demos a nuestra platica, y nos uamos a mi aposento, que ya la çena pienso que nos está aguardando. Y ansi se fueron en casa de la gran sábia Feliçia, donde hallaron ya las mesas puestas, debaxo de unos uerdes parrales que estauan en un jardin que en la casa auia.[1259] Y acabando de çenar, la sábia Feliçia rogo a Felismena que contasse alguna cosa, ora fuesse hystoria, o algun acresçimiento, que en la prouinçia de Vandalia uuiesse sucçedido. Lo qual Felismena hizo, y con muy gentil graçia començo a contar lo presente:
En tiempo del ualeroso infante don Fernando, que despues fue Rey de Aragon, uuo un cauallero en España llamado Rodrigo de Naruaez: cuya uirtud y esfuerço fue tan grande, que ansi en la guerra, como en la paz alcançó nonbre muy prinçipal entre todos los de su tienpo, y señaladamente se mostró quando el dicho señor infante ganó de poder de los moros la çiudad de Antequera: dando a entender en muchas empresas y hechos de armas que en esta guerra sucçedieron, un animo muy entero, vn coraçon inuençible, y una liberalidad, mediante la qual el buen capitan no solo es estimado de su gente: mas aun la agena haze suya. A cuya causa meresçio que despues de ganada aquella tierra en recompensa (aunque desygual a sus exçelentes hechos) se le dio la alcaydia y defensa della. Y junto a esto, se le dió tambien la de Alora, donde estuuo lo más del tiempo, con çinquenta hidalgos escogidos a sueldo del rey, para defensa y seguridad de la fuerça. Los quales con el buen gouierno de su capitan emprendian muy ualerosas empresas en defençion de la fe christiana, saliendo con mucha honra dellas, y perpetuando su fama con los señalados hechos que en ellos hazian. Pues como sus animos fuessen tan enemigos de la oçiosidad, y el exerçiçio de las armas fuese tan acçepto al coraçon del ualeroso Alcayde, vna noche del uerano, cuya claridad y frescura de un blando viento combidaua a no dexar de gozalla, el Alcayde con nueue de sus caualleros, porque los demas quedassen en guarda de la fuerça armados a punto de guerra, se salieron de Alora, por uer si los moros sus fronteros se descuydauan, y confiados en ser de noche, passauan por algun camino, de los que çerca de la villa estauan. Pues yendo los nueue caualleros y su capitan ualeroso con todo el secreto possible, y con muy gran cuydado de no ser sentidos, llegaron a donde el camino por do yua se repartia en dos, y despues de tener su consejo, acordaron de repartirse çinco por cada uno, con tal orden que si los unos se uiessen en algun aprieto, tocando una corneta, serian socorridos de los otros. Y desta manera el Alcayde, y los quatro dellos echaron a la vna mano, y los otros çinco a la otra, los quales yendo por el camino, hablando en diuersas cosas y desseando cada vno dellos hallar en qué emplear su persona, y señalarse, como cada dia acostunbrauan hazer, oyeron no muy lexos de si vna boz de hombre que suauissimamente cantaua, y de quando en quando daua vn suspiro, que del alma le salia, en el qual daua muy bien a entender que alguna passion enamorada le occupaua el pensamiento. Los caualleros que esto oyeron, se meten entre un arboleda que cerca del camino auia, y como la luna fuesse tan clara que el dia no lo era más, uieron uenir por el camino donde ellos yuan un moro tan gentil hombre y bien tallado, que su persona daua bien a entender que deuia ser de gran linaje y esfuerço: uenia en un gran cauallo ruoçio rodado, uestida una marlota y albornoz de damasco carmesi, con rapaçejos de oro, y las labores dél çercadas de cordonçillos de plata. Traya en la cinta un hermoso alfanje con muchas borlas de seda y oro, en la cabeça una toca Tunezi de seda y algodon listada de oro y rapaçejos de lo mismo, la qual dandole muchas bueltas por la cabeça le seruia de ornamento y defensa de su persona. Traya una adarga en el braço yzquierdo muy grande, y en la derecha mano vna lança de dos hierros. Con tan gentil ayre, y continente uenia el enamorado moro, que no se podia más dessear, y aduertiendo a la cançion que dezia, oyeron que el romançe (aunque en arabigo le dixesse) era este:
En Cartama me he criado, nasçi en Granada primero, mas fuy de Alora frontero, y en Coyn enamorado. Aunque en Granada nasçi, y en Cartama me crié, en Coyn tengo mi fe, con la libertad que di, alli biuo adonde muero, y estoy do está mi cuydado, y de Alora soy frontero, y en Coyn enamorado.
Los cinco caualleros que quiça de las passiones enamoradas tenian poca experiençia, o ya que la tuuiessen, tenian más ojo al interesse que tan buena presa les prometia, que a la enamorada cançion del moro, saliendo de la emboscada, dieron con gran impetu sobre él; mas el valiente moro que en semejantes cosas era esperimentado (aunque entonces el amor fuesse señor de sus pensamientos) no dexó de boluer sobre sí con mucho animo, y con la lança en la mano, comiença a escaramuçar con todos los çinco christianos, a los quales muy en breue dió a conosçer que no era menos ualiente que enamorado. Algunos dizen que uinieron a él uno a uno, pero los que han llegado al cabo con la uerdad desta historia, no dizen sino que fueron todos juntos, y es razonable cosa de creer que para prendelle yrian todos, y que quando uiessen que se defendia, se apartarian los quatro. Como quiera que sea, él los puso en tanta neçessidad que derribando los tres, los otros dos cometian con grandissimo animo, y no era menester poco segun el ualiente aduersario que tenían, porque puesto caso que anduuiesse herido en un muslo, aunque no de herida peligrosa, no era su esfuerço de manera que aun las heridas mortales le pudiessen espantar, pues auiendo perdido su lança, puso las piernas al cauallo, haziendo muestra de huyr: los dos caualleros lo seguian, y él buelue a passar entrellos como un rayo, y en llegando a donde estaua uno de los tres quél auia derribado, se dexó colgar del cauallo, y tomando la lança se boluio a endereçar con gran ligereza en la silla. A esta hora, vno de los dos escuderos tocó el cuerno, y él se vino a ellos, y los traya de manera que si aquella hora el ualeroso Alcayde no llegara, lleuaran el camino de los tres compañeros que en el campo estauan tendidos. Pues como el Alcayde llegó, y vido que ualerosamente el moro se combatia tuuolo en mucho, y desseó en extremo prouarse con él, y muy cortesemente le dixo: Por çierto, cauallero, no es vuestra valentia y esfuerço de manera que no se gane mucha honra en uenceros, y si esta la fortuna me otorgasse no ternia mas que pedille: mas aunque sé el peligro a que me pongo con quien tan bien se sabe defender, no dexaré de hazello, pues que ya en el acometello no puede dexar de ganarse mucho. Y diziendo esto, hizo apartar los suyos, poniendose el vençido por premio del uencedor. Apartados que fueron, la escaramuça entre los dos ualientes caualleros se començo. El ualeroso Naruaez desseaua la victoria, porque la valentia del Moro le acresçentaua la gloria que con ella esperaua. El esforçado Moro, no menos que el Alcayde la desseaua, y no con otro fin, sino de conseguir el de su esperança. Y ansi andauan los dos tan ligeros en el herirse y tan osados en acometerse, que si el cansancio passado y la herida que el Moro tenía no se lo estoruara, con dificultad uuiera el Alcayde victoria de aquel hecho. Mas esto, y el no poder menearse su cauallo, muy claramente se la prometian, y no porque en el Moro se conosçiesse punto de couardia, mas como uio que sola esta batalla le yua la vida, la qual él trocara por el contentamiento que la fortuna entonçes le negaua, se esforço quanto pudo, y poniendose sobre los estriuos, dió al Alcayde vna gran lançada por ençima del adarga. El qual reçebido aquel golpe, le respondio con otro en el braço derecho, y atreuiendose en sus fuerças si a braços uiniessen, arremetió con él, y con tanta fuerça le abraçó que sacandolo de la silla, dió con él en tierra diziendo: Cauallero, date por mí uençido, si más no estimas serlo, que la vida en mis manos tienes. Matarme (respondio el Moro) está en tu mano como dizes, pero no me hará tanto mal la fortuna que pueda ser vençido, sino de quien mucho ha que me he dexado vençer, y este solo contento me queda de la prision a que mi desdicha me ha traydo. No miró el Alcayde, tanto en las palabras del moro, que por entonçes le preguntasse a qué fin las dezia, mas vsando de aquella clemençia que el uençedor ualeroso suele usar con el desamparado de la fortuna, lo ayudó a leuantar, y el mismo le apretó las llagas, las quales no eran tan grandes que le estoruassen a subir en su cauallo, y assi todos juntos con la presa tomaron el camino de Alora. El Alcayde lleuaua siempre en el moro puestos los ojos, paresçiendole de gentil talle y disposiçion, acordauase de lo que le auia uisto hazer, paresçiale demasiada tristeza la que lleuaua para un animo tan grande, y porque tambien se iuntauan a esto algunos sospiros, que dauan a entender más pena de la que se podia pensar que cupiera en honbre tan ualiente, y queriendose informar mejor de la causa desto le dixo: Cauallero, mira que el prisionero que en la prision pierde el animo, auentura el derecho de la libertad, y que en las cosas de la guerra, se an de reçebir las aduersas con tan buen rostro, que se merezca por esta grandeza de animo gozar de las prosperas, y no me paresçe que estos sospiros corresponden al ualor y esfuerço que tu persona ha mostrado, ni las heridas son tan grandes, que se auentura la uida, la qual no has mostrado tener en tanto, que por la honra no dexasses de oluidalla. Pues si otra ocasion te da tristeza, dimela, que por la fe de cauallero te juro, que use contigo de tanta amistad que jamas te puedas quexar de auermelo dixo. El moro oyendo las palabras del Alcayde, las quales arguyan un animo grande y magnanimo, y la offerta que le auia hecho de ayudallo, paresciole discreçion muy grande no encubrille la causa de su mal, pues sus palabras le dauan tan grande esperança de remedio, y alçando el rostro que con el peso de la tristeza lo lleuaua inclinado, le dixo: ¿Cómo te llamas cauallero, que tanto esfuerço me pones y sentimiento muestras tener de mi mal? Esto no te negaré yo, dixo el Alcayde, a mi me llaman Rodrigo de Naruaez, soy Alcayde de Alora y Antequera: tengo aquellas dos fuerças por el Rey de Castilla mi señor. Quando el moro le oyó esto, con un semblante algo más alegre que hasta alli, le dixo: En extremo me huelgo, que mi mala fortuna traya un descuento tan bueno, como es auerme puesto en tus manos, de cuyo esfuerço y uirtud muchos dias ha que soy informado, y aunque más cara me costasse la experiençia, no me puedo agrauiar, pues como digo, me desagrauia uerme en poder de una persona tan prinçipal. Y porque ser uençido de ti me obliga a tenerme en mucho, y que de mí no se entienda flaqueza sin tan gran occasion que no sea en mi mano dexar de tenella, suplicote por quien eres que mandes apartar tus caualleros, para que entiendas que no el dolor de las heridas, ni la pena de uerme preso, es causa de mi tristeza. El Alcayde oyendo estas razones al moro tuuolo en mucho, y porque en extremo desseaua informarse de su sospecha, mandó a sus caualleros que fuessen algo delante, y quedando solos los dos, el moro sacando del alma un profundo sospiro, dixo desta manera: Valeroso Alcayde, si la experiençia de tu gran uirtud no me la uuiese el tienpo puesto delante los ojos, muy escusadas serian las palabras que tu uoluntad me fuerça a dezir, ni la cuenta que te pienso dar de mi uida, que cada hora es çercada de mil desassosiegos y sospechas; la menor de las quales te paresçera peor que mil muertes. Mas como de una parte me assegure lo que digo, y de la otra que eres cauallero y que o auras oydo, ó avrá passado por ti semeiante passion que la mia, quiero que sepas que a mi me llaman Abindarraez el moço, a differençia de un tio mio, hermano de mi padre, que tiene el mesmo apellido. Soy de los abençerrajes de Granada, en cuya desuentura aprendi a ser desdichado, y porque sepas quál fue la suya, y de ay uengas a entender lo que se puede esperar de la mia: sabras que uuo en Granada un linaje de caualleros llamados abençerrajes; sus hechos y sus personas ansi en esfuerço para la guerra, como en prudençia para la paz, y gouierno de nuestra republica eran el espejo de aquel reyno. Los uiejos eran del consejo del Rey, los moços exerçitauan sus personas en actos de caualleria siruiendo a las damas y mostrando en sí la gentileza y ualor de sus personas. Eran muy amados de la gente popular, y no mal quistos entre la prinçipal, aunque en todas las buenas partes que un cauallero deue tener se auentajassen a todos los otros. Eran muy estimados del Rey, nunca cometieron cosa en la guerra ni el consejo, que la experiençia no correspondiesse a lo que dellos se esperaua, en tanto grado era loada su ualentia, libertad y gentileza, que se trajo por exemplo, uo auer abençerraje couarde, escasso, ni de mala disposiçion. Eran maestros de los trajes, de las inuençiones, la cortesia y seruiçio de las damas andaua en ellos en su uerdadero punto, nunca abençerraje siruio dama de quien no fuesse fauoresçido, ni dama se tuuo por digna deste nombre que no tuuiesse abençerraje por seruidor. Pues estando ellos en esta prosperidad y honra y en la reputaçion que se puede dessear, uino la fortuna embidiosa del descanso y contentamiento de los hombres, a deriballos de aquel estado, en el más triste y desdichado que se puede imaginar, cuyo prinçipio fue auer el Rey hecho çierto agrauio a dos abençerrajes, por donde les leuantaron que ellos con otros diez caualleros de su linaje se auian conjurado de matar al Rey y diuidir el reyno entre si, por uengarse de la injuria alli reçibida. Esta conjuraçion, ora fuesse uerdadera, o que ya fuesse falsa, fue descubierta antes que se pusiesse en execuçion, y fueron presos y cortadas las cabeças a todos, antes que uiniesse a notiçia del pueblo, el qual sin duda se alçara, no consintiendo en esta justiçia. Lleuandolos pues a iustiçiar, era cosa estrañissima uer los llantos de los unos, las endechas de los otros, que de conpassion de estos caualleros por toda la çiudad se hazian. Todos corrian al Rey, comprauanle la misericordia con grandes summas de oro y plata, mas la seueridad fue tanta, que no dio lugar a la clemençia. Y como esto el pueblo uio, los començo a llorar de nueuo; llorauan los caualleros con quien solian acompañarse, llorauan las damas, a quien seruian; lloraua toda la çiudad la honra y autoridad que tales çiudadadanos le dauan. Las bozes y alaridos eran tantos que paresçian hundirse. El Rey que a todas estas lagrimas y sentimiento çerraua los oydos, mandó que se executasse la sentençia, y de todo aquel linaje no quedó hombre que no fuesse degollado aquel dia, saluo mi padre y un tio mio, los quales se halló que no auian sido en esta conjuraçion. Resultó más deste miserable caso, derriballes las casas, apregonallos el Rey por traydores, confiscalles sus heredades y tierras, y que ningun abençerraje más pudiesse biuir en Granada, saluo mi padre y mi tio, con condiçion que si tuuiessen hijos, a los uarones embiassen luego en nasçiendo a criar fuera de la çiudad, para que nunca boluiessen a ella; y que si fuessen henbras, que siendo de edad, las casassen fuera del reyno. Quando el Alcayde oyo el estraño cuento de Abindarraez y las palabras con que se quexaua de su desdicha, no pudo tener sus lagrimas, que con ellas no mostrasse el sentimiento que de tan desastrado caso deuia sentirse. Y boluiendose al moro, le dixo: Por çierto, Abindarraez, tú tienes grandissima occasion de sentir la gran cayda de tu linaje, del qual yo no puedo creer que se pusiesseen hazer tan grande trayçion, y quando otra prueua no tuuiesse, sino proçeder della un honbre tan señalado como tú, bastaria para yo creer que no podria caber en ellos maldad. Esta opinion que tienes de mí, respondio el moro, Alá te la pague, y él es testigo que la que generalmente se tiene de la bondad de mis passados, es essa misma. Pues como yo nasçiesse al mundo con la misma uentura de los mios, me embiaron (por no quebrar el edicto del Rey) a criar a una fortaleza que fue de christianos, llamada Cartama, encomendandome al Alcayde della, con quien mi padre tenía antigua amistad, hombre de gran calidad en el reyno, y de grandissima uerdad y riqueza: y la mayor que tenia era una hija, la qual es el mayor bien que yo en esta uida tengo. Y Alá me la quite si yo en algun tiempo tuuiere sin ella otra cosa que me dé contento. Con esta me crié desde niño, porque tambien ella lo era, debaxo de un engaño, el qual era pensar que eramos ambos hermanos, porque como tales nos tratauamos y por tales nos teniamos, y su padre como a sus hijos nos criaua. El amor que yo tenia a la hermosa Xarifa (que assi se llama esta señora que lo es de mi libertad) no sería muy grande si yo supiesse dezillo; basta auerme traydo a tienpo que mil uidas diera por gozar de su uista solo vn momento. Yua cresçiendo la edad, pero mucho más cresçia el amor, y tanto que ya paresçia de otro metal que no de parentesco. Acuerdome que un dia estando Xarifa en la huerta de los jazmines conponiendo su hermosa cabeça, mirela espantado de su gran hermosura, no sé cómo me peso de que fuesse mi hermana. Y no aguardando más, fueme a ella, y con los braços abiertos, ansi como me uio, me salió a reçebir, y sentandome en la fuente iunto a ella, me dixo: Hermano, ¿cómo me dexaste tanto tienpo sola? Yo le respondia: Señora mia, gran rato ha que os busco: y nunca hallé quien me dixesse do estauades hasta que mi coraçon me lo dixo: mas dezidme agora, ¿qué çertedad teneys uos de que somos hermanos? Yo no otra (dixo ella) más del grande amor que os tengo, y uer que hermanos nos llaman todos y que mi padre nos trata a los dos como a hijos. Y si no fueramos hermanos (dixe yo) quisierades me tanto? ¿No ueys (dixo ella) que a no lo ser, no nos dexarian andar siempre juntos y solos, como nos dexan? Pues si este bien nos auian de quitar (dixe yo) más uale el que me tengo. Entonces encendiosele el hermoso rostro, y me dixo: ¿Qué pierdes tu en que seamos hermanos? Pierdo a mi y a uos (dixe yo). No te entiendo (dixo ella), mas a mí paresçeme que ser hermanos nos obliga a amarnos naturalmente. A mí (dixe yo) sola uuestra hermosura me obliga á quereros, que esta hermandad antes me resfria algunas uezes; y con esto abaxando mis ojos de empacho de lo que dixe, uila en las aguas de la fuente tan al proprio como ella era, de suerte que a do quiera que boluia la cabeça, hallaua su ymagen y trasunto, y la uia uerdadera transladada en mis entrañas. Dezia yo entonçes entre mí: Si me ahogassen aora en esta fuente a do ueo a mi señora, quánto más desculpado moriria yo que Narciso; y si ella me amasse como yo la amo, qué dichoso sería yo. Y si la fortuna permitiesse biuir siempre juntos, qué sabrosa uida sería la mia! Estas palabras dezia yo a mi mesmo, y pesárame que otro me las oyera. Y diziendo esto lebanteme, y boluiendo las manos hazia vnos jazmines, de que aquella fuente estaua rodeada, mezclandolos con arrayanes hize vna hermosa guirnalda, y poniendomela sobre mi cabeça, me bolui coronado y vençido; entonçes ella puso los ojos en mí más dulçemente al pareçer, y quitandome la guirnalda la puso sobre su cabeça, pareçiendo en aquel punto más hermosa que Venus, y boluiendo el rostro hazia mí, me dixo: ¿Qué te pareçe de mí, Abindarraez? Yo la dixe: Pareçeme que acabays de vençer a todo el mundo, y que os coronan por reyna y señora dél. Leuantandose me tomó de la mano, diciendome: Si esso fuera, hermano, no perdierades uos nada. Yo sin la responder la segui hasta que salimos de la huerta. De ahi algunos dias, ya que al crudo amor le pareçio que tardaua mucho en acabar de darme el desengaño de lo que pensaua que auia de ser de mí, y el tiempo queriendo descubrir la çelada, venimos a saber que el parentesco entre nosotros era ninguno, y asi quedó la afiçion en su verdadero punto. Todo mi contentamiento estaua en ella: mi alma tan cortada a medida de la suya, que todo lo que en su rostro no auia, me pareçia feo, escusado y sin prouecho en el mundo. Ya a este tiempo, nuestros pasatiempos eran muy diferentes de los pasados: ya la mirava con reçelo de ser sentido: ya tenia zelo del sol que la tocaba, y aun mirandome con el mismo contento que hasta alli me auia mirado, a mí no me lo pareçia, porque la desconfianza propia es la cosa más çierta en vn coraçon enamorado. Suçedio que estando ella vn dia junto a la clara fuente de los jazmines, yo llegué, y comenzando a hablar con ella no me pareçio que su habla y contenencia se conformaua con lo pasado. Rogome que cantasse, porque era vna cosa que ella muchas vezes holgaua de oyr: y estaua yo aquella ora tan desconfiado de mí que no creí que me mandaua cantar porque holgase de oyrme, sino por entretenerme en aquello, de manera que me faltase tiempo para deçille mi mal. Yo que no estudiaua en otra cosa, sino en hazer lo que mi señora Xarifa mandaua, comenze en lengua arabiga a cantar esta cançion, en la qual la di a entender toda la crueldad que della sospechaua:
Si hebras de oro son vuestros cabellos, a cuia sombra estan los claros ojos, dos soles cuyo çielo es vuestra frente; faltó rubí para hazer la boca, faltó el christal para el hermoso cuello, faltó diamante para el blanco pecho. Bien es el coraçon qual es el pecho, pues flecha de metal de los cabellos, iamas os haze que boluays el cuello, ni que deis contento con los ojos: pues esperad vn sí de aquella boca de quien miró jamas con leda frente. ¿Hay más hermosa y desabrida frente para tan duro y tan hermoso pecho? ¿Hay tan diuina y tan airada boca? ¿tan ricos y auarientos ay cabellos? ¿quién vio crueles tan serenos ojos y tan sin mouimiento el dulce cuello? El crudo amor me tiene el lazo al cuello, mudada y sin color la triste frente, muy cerca de cerrarse estan mis ojos: el coraçon se mueue acá en el pecho, medroso y erizado está el cabello, y nunca oyó palabra desa boca. O más hermosa y más perfecta boca que yo sabré dezir: o liso cuello, o rayos de aquel sol que no cabellos, o christalina cara, o bella frente, o blanco ygual y diamantino pecho, ¿quando he de uer clemencia en esos ojos? Ya siento el nó en el boluer los ojos, oid si afirma pues la dulce boca, mirad si está en su ser el duro pecho, y cómo acá y allá menea el cuello, sentid el ceño en la hermosa frente; pues ¿qué podre esperar de los cabellos? Si saben dezir no el cuello y pecho, si niega ya la frente y los cabellos, ¿los ojos qué haran y hermosa boca?
Pudieron tanto estas palabras que siendo ayudadas del amor de aquella a quien se dezian, yo ui derramar vnas lagrimas que me enternecieron el alma, de manera que no sabre dezir si fue maior el contento de uer tan uerdadero testimonio del amor de mi señora o la pena que reçibi de la ocasion de derramallas. Y llamandome me hizo sentar junto a si, y me comenzo a hablar desta manera: Abindarraez, si el amor a que estoy obligada (despues que me satisfize de tu pensamiento) es pequeño o de manera que no pueda acauarse con la uida, yo espero que antes que dejemos solo el lugar donde estamos, mis palabras te lo den a entender. No te quiero poner culpa de lo que las desconfianzas te hazen sentir, porque sé que es tan çierta cosa tenellas que no ay en amor cosa que más lo sea. Mas para remedio de esto y de la tristeza, que yo tenía en uerme en algun tiempo apartada de tí; de oy más te puedes tener por tan Señor de mi libertad, como lo serás no queriendo rehusar el vinculo de matrimonio, lo qual ante todas cosas impide mi honestidad y el grande amor que tengo. Yo que estas palabras oi, haçiendomelas esperar amor muy de otra manera, fue tanta mi alegria que sino fue hincar los hinojos en tierra besandole sus hermosas manos, no supe hazer otra cosa. Debajo de esta palabra viví algunos dias con maior contentamiento del que yo aora sabre dezir: quiso la ventura envidiosa de nuestra alegre vida quitarnos este dulce y alegre contentamiento, y fue desta manera: que el Rey de Granada por mejorar en cargo al Alcayde de Cartama, embiole a mandar que luego dexasse la fortaleza, y se fuesse en Coyn, que es aquel lugar frontero del uuestro, y me dexasse a mí en Cartama en poder del Alcayde que alli viniesse. Sabida esta tan desastrada nueua por mi señora y por mí, juzgad vos si en algun tiempo fuesses enamorado, lo que podriamos sentir. Juntamonos en un lugar secreto a llorar nuestra perdida y apartamiento. Yo la llamaua señora mia, mi bien solo, y otros diuersos nombres quel amor me mostraua. Deziale llorando: apartandose nuestra hermosura de mi, ¿tendreys alguna uez memoria deste uuestro captiuo? Aqui las lagrimas y sospiros atajauan las palabras, y yo esforçandome para dezir más, dezia algunas razones turbadas, de que no me acuerdo: porque mi señora lleuó mi memoria tras si. ¿Pues quién podra dezir lo que mi señora sentía deste apartamiento, y lo que a mi hazian sentir las lagrimas que por esta causa derramaua? Palabras me dixo ella entonçes que la menor dellas bastaua para dar en qué entender al sentimiento toda la uida. Y no te las quiero dezir (ualeroso Alcayde), porque si tu pecho no ha sido tocado de amor, te paresçerían impossibles; y si lo ha sido, ueriades que quien las oyesse, no podra quedar con la uida. Baste que el fin dellas fue dezirme que en auiendo occasion, o por enfermedad de su padre, o ausençia, ella me embiaria a llamar para que vuiesse effecto lo que entre nos dos fue conçertado. Con esta promessa mi coraçon se assossego algo, y besé las manos por la merçed que me prometia. Ellos se partieron luego otro dia, yo me quedé como quien camina por vnas asperas y fragosas montañas, y passandosele el sol, queda en muy escuras tinieblas: començe a sentir su ausençia asperamente, buscando todos los falsos remedios contra ella. Miraua las uentanas donde se solia poner, la camara en que dormia, el jardin donde reposaua y tenía la siesta, las aguas donde se bañaua, andaua todas sus estancias, y en todas ellas hallaua vna cierta representaçion de mis fatigas. Verdad es que la esperança que ma dio de llamarme me sostenia, y con ella engañaua parte de mis trabajos. Y aunque algunas uezes de uer tanto dilatar mi desseo, me causaua más pena, y holgara de que me dexaran del todo desesperado, porque la desesperacion fatiga hasta que se tiene por cierta, mas la esperança hasta que se cumple, el desseo. Quiso mi buena suerte que oy por la mañana mi señora me cumplio su palabra, embiandome, a llamar, con vna criada suya, de quien como de sí fiaua, porque su padre era partido para Granada, llamado del Rey, para dar buelta luego. Yo resusçitado con esta improuisa y dichosa nueua, aperçibime luego para caminar. Y dexando venir la noche por salir más secreto y encubierto, puseme en el habito que me encontraste el más gallardo que pude, por mejor mostrar a mi señora la vfania y alegria de mi coraçon. Por çierto no creyera yo que bastaran dos caualleros juntos a tenerme campo, porque traya a mi señora comigo, y si tú me vençiste no fue por esfuerço, que no fue possible, sino que mi suerte tan corta o la determinaçion del çielo, quiso atajarme tan supremo bien. Pues considera agora en el fin de mis palabras el bien que perdi y el mal que posseo. Yo yua de Cartama a Coyn breue jornada, aunque el desseo la alargaua mucho, el más vfano abencerraje que nunca se uio, yua llamado de mi señora, a uer a mi señora, a gozar de mi señora. Veo me agora herido, captiuo y en poder de aquel que no sé lo que hará de mí: y lo que más siento es que el término y coyuntura de mi bien se acabó esta noche. Dexame pues, christiano, consolar entre mis sospiros. Dexame desahogar mi lastimado pecho, regando mis ojos con lagrimas, y no juzgues esto a flaqueza, que fuera harto mayor tener animo para poder suffrir (sin hazer lo que hago) en tan desastrado y riguroso trançe. Al alma le llegaron al ualeroso Naruaez las palabras del moro, y no poco espanto reçibio del estraño sucçesso de sus amores. Y paresçiendole que para su negoçio, ninguna cosa podia dañar más que la dilaçion, le dixo a Abindarraez: quiero que ueas que puede más mi uirtud que tu mala fortuna, y si me prometes de boluer a mi prision dentro del terçero dia, yo te dare libertad para que sigas tu començado camino, porque me pesaria atajarte tan buena empresa. El abençerraje que aquesto oyó quiso echarse a sus pies, y dixole: Alcayde de Alora, si vos hazeys esso, a mi dareys la vida, y uos aureys hecho la mayor gentileza de coraçon que nunca nadie hizo: de mí tomad la seguridad que quisieredes por lo que me pedis, que yo cumplire con uos lo que assentare. Entonces Rodrigo de Naruaez llamó a sus compañeros, y dixoles: Señores, fiad de mí este prisionero, que yo salgo por fiador de su rescate. Ellos dixeron que ordenasse a su noluntad de todo, que de lo que él hiziesse serian muy contentos. Luego el Alcayde tomando la mano derecha a Abençerraje, le dixo: Vos prometeys como cauallero de uenir a mi castillo de Alora, a ser mi prisionero dentro del terçero dia? El le dixo: sí prometo: pues yd con la buena uentura; y si para nuestro camino teneys neçessidad de mi persona, o de otra cosa alguna, tambien se hará. El moro se lo agradesçio mucho, y tomó vn cauallo quel Alcayde le dió, porque el suyo quedó de la refriega passada herido, y ya yua muy cansado y fatigado de la mucha sangre que con el trabajo del camino le salia. Y buelta la rienda se fue camino de Coyn a mucha priessa. Rodrigo de Naruaez y sus compañeros se boluieron a Alora, hablando en la valentia y buenas maneras del abençerraje. No tardó mucho el moro, segun la priessa que lleuaua, en llegar a la fortaleza de Coyn, donde yendose derecho como le era mandado, la rodeó toda, hasta que halló una puerta falsa que en ella auia: y con toda su priessa y gana de entrar por ella, se detuuo un poco alli hasta reconosçer todo el campo por uer si auia de qué guardarse: y ya que uio todo sossegado tocó con el cuento de la lança a la puerta, porque aquella era la señal que le auia dado la dueña que le fue a llamar; luego ella misma le abrio, y le dixo: Señor mio, uuestra tardança nos ha puesto en gran sobresalto, mi señora ha gran rato que os espera, apeaos y subid a donde ella está. El se apeó de su cauallo, y le puso en un lugar secreto que allí halló, y arrimando la lança a una pared con su adarga y çimitarra, lleuandole la dueña por la mano, lo mas passo que pudieron, por no ser conosçidos de la gente del castillo, se subieron por una escalera hasta el aposento de la hermosa Xarifa. Ella que auia sentido ya su uenida, con la mayor alegria del mundo lo salió a reçebir, y ambos con mucho regozijo y sobresalto se abraçaron sin hablarse palabra del sobrado contentamiento, hasta que ya tornaron en si. Y ella le dixo: ¿En qué os aueys detenido, señor mio, tanto que uuestra mucha tardança me ha puesto en grande fatiga y confusion? Señora mia (dixo él) uos sabeys bien que por mi negligencia no aurá sido, mas no siempre sucçeden las cosas como hombre dessea, assi que si me he tardado, bien podeys creer que no ha sido más en mi mano. Ella atajandole su platica, le tomó por la mano, y metiendole en un rico aposento se sentaron sobre una cama que en él auia, y le dixo: He querido, Abindarraez, que ueays en qué manera cumplen las captiuas de amor sus palabras, porque desde el dia que uos la di por prenda de mi coraçon, he buscado aparejos para quitarosla. Yo os mandé uenir a este castillo para que seays mi prisionero como yo lo soy uuestra. He os traydo aqui para hazeros señor de mi y de la hazienda de mi padre, debaxo de nombre de esposo, que de otra manera ni mi estado, ni uuestra lealtad lo consentiria. Bien sé yo que esto será contra la uoluntad de mi padre, que como no tiene conosçimiento de uuestro ualor tanto como yo, quisiera darme marido más rico, más yo uuestra persona y el conosçimiento que tendreys con ella tengo por la mayor riqueza del mundo. Y diziendo esto baxó la cabeça, mostrando vn çierto y nueuo empacho de auerse descubierto y declarado tanto. El moro la tomó en sus braços, y besandole muchas uezes las manos, por la merçed que le hazia, dixole: Señora de mi alma, en pago de tanto bien como me offreçeys no tengo qué daros de nueuo, porque todo soy uuestro, solo os doy esta prenda en señal, que os reçibo por mi señora y esposa: y con esto podeys perder el empacho y verguença que cobrastes quando uos me reçebistes a mi. Ella hizo lo mismo, y con esto se acostaron en su cama, donde con la nueua experiençia ençendieron el fuego de sus coraçones. En aquella empresa passaron muy amorosas palabras y obras que son más para contemplaçion que no para escriptura. Al moro estando en tan gran alegria, subitamente vino vn muy profundo pensamiento, y dexando lleuarse del, parose muy triste, tanto que la hermosa Xarifa lo sentio, y de uer tan subita nouedad, quedó muy turbada. Y estando attenta, sintiole dar vn muy profundo y aquexado sospiro, reboluiendo el cuerpo a todas partes. No podiendo la dama suffrir tan grande offensa de su hermosura y lealtad, paresçiendo que en aquello se offendia grandemente, leuantandose un poco sobre la cama, con voz alegre y sossegada, aunque algo turbada, le dixo: ¿Qué es esto, Abindarraez? paresçe que te has entristeçido con mi alegria, y yo te oy sospirar, y dar solloços reboluiendo el coraçon y cuerpo a muchas partes. Pues si yo soy todo tu bien y contentamiento, cómo no me has dicho por quién sospiras, y si no lo soy, porqué me engañaste? si as hallado en mi persona alguna falta de menor gusto que imaginauas, pon los ojos en mi uoluntad que basta encubrir muchas. Si sirues otra dama dime quien es para que yo la sirua, y si tienes otra fatiga de que yo no soy offendida, dimela, que yo morire o te sacaré della. Y trauando dél con un impetu y fuerça de amor le boluio. El entonces confuso y auergonçado de lo que auia hecho, paresçiendole que no declararse sería darle occasion de gran sospecha, con un apassionado sospiro le dixo: Esperança mía, si yo no os quisiera más que a mí, no uniera hecho semejante sentimiento, porque el pensar, que comigo traya, suffriera con buen animo, quando yua por mi solo, más aora que me obliga a apartarme de uos, no tengo fuerças para sufrillo, y porque no esteys más suspensa sin auer porqué, quiero deziros lo que passa. Y luego le conto todo su hecho, sin que la faltasse nada, y en fin de sus razones le dixo con hartas lagrimas: De suerte, señora, que uuestro captiuo lo es tambien del Alcayde de Alora; yo no siento la pena de la prision, que uos enseñastes a mi coraçon a suffrir, mas biuir sin uos tendria por la misma muerte. Y ansi uereys que mis sospiros se causan más de sobra de lealtad, que de falta della. Y con esto, se tornó a poner tan pensatiuo y triste, como ante que començasse a dezirlo. Ella entonçes con un semblante alegre le dixo: No os congoxeys, Abindarraez, que yo tomo a mi cargo el remedio de vuestra fatiga porque esto a mí me toca, quanto mas que pues es uerdad que qualquier prisionero que aya dado la palabra de boluer a la prision cumplira con embiar el rescate que se le puede pedir, ponelde uos mismo el nombre que quisieredes, que yo tengo las llaues de todos los cofres y riquezas que mi padre tiene, y yo las pondre todas en uuestro poder, embiad de todo ello lo que os paresçiere. Rodrigo de Naruaez es buen cavallero y os dió vna vez libertad, y le fiastes el presente negoçio, por lo qual le obliga aora a usar de mayor uirtud. Yo creo se contentará con esto, pues teniendoos en su poder ha de hazer por fuerça lo mismo de rescataros por lo que él pidiere. El abençerraje le respondio: Bien paresçe, señora, que el amor que me teneys no da lugar que me aconsejeys bien, que çierto no caere yo en tan gran yerro como éste, porque si quando me uenia a uerme solo con uos estaua obligado a cumplir mi palabra, agora que soy uuestro se entiende más obligaçion. Yo mismo boluere a Alora y me pondre en las manos del Alcayde della, y tras hazer yo lo que deuo, haga la fortuna lo que quisiere. Pues nunca Dios quiera, dixo Xarifa, que yendo uos a ser preso, yo quede libre, pues no lo soy: yo quiero acompañaros en esta jornada; que ni el amor que os tengo, ni el miedo que he cobrado a mi padre de auelle offendido, me consentiran hazer otra cosa. El moro llorando de contentamiento la abraço y le dixo: Siempre vays, alma mia, acresçentandome las merçedes, hagase lo que uos quereys, que assi lo quiero yo. Con este acuerdo antes que fuesse de dia se leuantaron, y proueydas algunas cosas al viaje neçessarias, partieron muy secretamente para Alora. Ya amenesçia, y por no ser conosçida, lleuaua el rostro cubierto. Con la gran priessa que lleuauan llegaron en muy breue tiempo a Alora, y yendose derechos al castillo, como a la puerta tocaron, fue luego abierta por las guardas, que ya tenian notiçia de lo passado. El ualeroso Alcayde los reçibio con mucha cortesia, y saliendo a la puerta Abindarraez, tomando a su esposa por la mano, se fue a él y le dixo: Mira, Rodrigo, de Naruaez, si te cumplo bien mi palabra, pues te prometi de boluer un preso, y te traygo dos, que uno bastaua para uençer muchos. Ves aqui mi señora: juzga si he padesçido con justa causa, reçibenos por tuyos, que yo fio mi persona y su honra de tus manos. El Alcayde holgo mucho, y dixo a la dama: Señora, yo no sé de uosotros quál uençio al otro: mas yo deuo mucho a entrambos. Venid y reposareys en nuestra casa, y tenedla de aqui adelante por tal, pues lo es su dueño. Con esto se fueron a su aposento, y de ay a poco comieron, porque uenian cansados. El Alcayde preguntó al moro qué tal uenia de sus llagas. Paresçe (dixo el) que con el camino las tengo harto enconadas y con dolor. La hermosa Xarifa muy alterada desto, dixo: ¿Qué es esto, señor, llagas teneys uos que yo no sepa? Dixo el: Quien escapó de las uuestras en poco tendra todas las otras. Verdad es que de la escaramuça de la noche saqué dos pequeñas heridas, y el trabajo del camino y el no auerme curado me ha hecho algun daño, pero todo es poco. Bueno sera que os acosteys (dixo el Alcayde) y vendra un cyrujano que yo tengo aqui en el castillo y curaros ha. Luego la hermosa Xarifa le hizo desnudar, todauia alterada, pero con harto sossiego y reposo en su rostro, por no le dar pena mostrando que la tenía. El cyrujano uino, y mirandole las heridas dixo: Que como auian sido en soslayo no eran peligrosas, ni tardarian en sanar mucho, y con çierto remedio que luego le hizo, le mitigó el dolor, y de ay a quatro dias como le curaua con tanto cuydado estuuo sano. Acabando un dia de comer, el abençerraje dixo al Alcayde estas palabras: Rodrigo de Naruaez (segun eres discreto) por la manera de nuestra uenida aurás entendido lo demas, yo tengo esperança que este negoçio que aora tan dañado está se ha de remediar por tus manos. Esta es la hermosa Xarifa de quien te dixe es mi señora y esposa, no quiso quedar en Coyn de miedo de su padre, porque aunque él no sabe lo que ha passado, todauia se temio que este caso auia de ser descubierto. Su padre está aora con el Rey de Granada, y yo sé que el Rey te ama por tu esfuerço y uirtud aunque eres christiano. Suplicote alcançes dél que nos perdone auerse hecho esto sin su liçençia y sin que él lo supiesse: pues ya la fortuna lo rodeó y traxo por este camino. El Alcayde le dixo: Consolaos, señores, que yo os prometo como hijo dalgo, de hazer quanto pudiere sobre este negoçio, y con esto mandó traer papel y tinta, y determinó de escreuir una carta al Rey de Granada, que en uerdaderas y pocas palabras le dixesse el caso, la qual dezia assi: