COLLOQUIO PASTORIL (continued 2)
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CARTA DE TORCATO Á BELISIA
«Los golpes de los azadones, Belisia mía, que cavan en mi sepoltura, con su temeroso son ensordecen mis oídos; y el clamor de las campanas, con su estruendo espantoso, no me dexan oir cosa que para mi salud aprovechase. La tristeza de los que con verme tan al cabo de mi vida se duelen de mí, me tiene tan triste, que ni ellos bastan á consolarme ni yo estoy ya para recebir algún consuelo. En tal extremo me tienes puesto, que lo que con mayor verdad puede pronunciar mi lengua es que me han rodeado los dolores de la muerte y los peligros del infierno me han hallado. Desventurado de mí, que vivo para que no se acaben mis tormentos muriendo, y muero por acabar de morir si pudiesse. Mas ha querido mi desventura que mi pena rabiosa tenga mayores fuerzas que la muerte, la cual, viéndome tan muerto en la vida no procura matarme, antes, espantada de verme cual estoy, va huyendo de mí con temor de que no sea yo otra muerte más poderosa que pueda matarla á ella, y cuando la crueldad viene en su compañía con intención de ayudarla, para acabarme, movida á compasión de mí se pone á llorar conmigo mis fatigas; y tú, más cruel que la misma crueldad, te deleitas y recibes contentamiento en verme metido en este piélago de persecuciones. Bien creo que, si alguno se puede llamar infierno, fuera de aquel en que los condenados perpetuamente padecen, que será éste en que agora yo me veo, que según son semejantes mis penas á las suyas, la mayor diferencia que me parece que hay es que ellos sin redención penarán para siempre y tú podrías restituirme y ponerme en la cumbre de la gloria de tu gracia, viéndome yo con algún favor de manera que pensasen ser restituido en ella, y no tan desfavorecido como con respuestas tan desabridas me he hallado. Pero ¿de qué me agravio que, si bien lo miro todo, poca razón tengo de quexarme, pues que todo el amor está en mí para contigo, sin dexar ninguno ni parte dél para que tú lo puedas tener conmigo? Yo tengo la fe tan entera, la amistad tan cumplida, la ley tan verdadera, que todo esto se queda en mí y tú estás tan libre y exenta, que para lo que aprovecharán mis agravios será para que te rías dellos con aquella libertad que has mostrado, teniéndome á mí en una prisión y cautiverio perpetuo; lo que siento que me puede quedar de lo passado es la contemplación de una tristeza dulce, trayendo á mi memoria aquellas palabras de «tiempo bueno, que dicen, fue tiempo y horas ufanas, en que mis días gozaron, aunque en ellas se sembraron las simientes de mis canas; yo me vi ser bien amado, mi deseo en alta cima contemplar en lo passado; la memoria me lastima»; el tiempo, Belisia mía, me da bien el pago de no haber sabido gozarlo, y con verme cual me veo lo tengo por mejor que haber passado un punto de lo que por tu voluntad mostrabas y querías; cuando quiero quexarme de mí mesmo, la razón riñe conmigo, diciendo que no me quexe del buen comedimiento que tuve, pues que consigo tiene el galardón y contigo queda la culpa de la ingratitud y desconocimiento de lo mucho que me debes. Si el tiempo fuera más largo no me maravillara tanto de ver esta mudanza, aunque ninguna cosa había de bastar para hacerla; pero siendo tan breve, paréceme que aquel amor que me mostraste, aquel sentimiento que vi para verme á mí siempre sin libertad ninguna, aquella fe que estonces se me puso delante tan verdadera, aquellas lágrimas con que parecía sellarse la affición y voluntad que se mostraba, que todo estaba colgado de un hilo tan delgado que sólo el viento bastó para quebrarlo. Cuando me acuerdo de algunas cosas que por mí pasaron, paréceme imposible lo que veo, por que no eran prendas de tan poca fuerza que tan presto habían de olvidarse, y assí ando con el juicio desatinado, buscando cuál podría ser la causa; porque en mí no ha habido falta sino de los servicios, y ésta no creo que bastaría, pues no sufre pensarse que tú me habrías de tener amor ni affición por solo interese; por otra parte, combate una sospecha celosa, á la cual no quiero dar crédito, porque siempre cuanto á esto has estado bien acreditada para conmigo. Bien sé que te irás enojada con carta tan larga, pues se leerá ya sin gusto habiéndolo perdido de todas las cosas que tocan á quien la escribe, y si soy porfiado, suplícote, señora mía, me perdones, que lo hago con determinación de no enojarte más con otras, porque en esto quiero que conozcas el deservicio que será, teniendo en menos mi fatiga y tormento que no darte á ti pesadumbre con serte más importuno; viviré los pocos días y tristes que tuviere con aquella fe que de mí se ha conocido y con la voluntad y affición que siempre he mostrado, y con el dolor y trabajo que por galardón de todo esto has querido darme, con el cual quedo, y con aquel verdadero deseo de servirte, que no se acabará en tanto que no se acabare la vida que tú has querido que tan miserablemente muera en el tiempo que viviere».
Y inviada esta carta, supe que había venido á sus manos y no con pequeña diligencia, que para ello se puso, porque yo con gran difficultad quería oir ni ver cosa que á mí me tocasse, y viendo que no quería responder, aunque por otra cosa no esperé algunos días, me vine harto desconsolado y affligido, pero todavía con alguna esperanza, que del todo no me había desamparado, porque pensaba que por ventura Belisia lo hacía por probarme, ó que le habían dicho de mí alguna cosa que, sabiendo después no ser verdadera, le haría arrepentirse de la aspereza y inhumanidad con que me trataba. Y pasados algunos días, no sé si por estorbar que yo no le diese más importunidad con palabras ni cartas, ó si por ventura holgó de desesperarme del todo, me escribió una carta breve, que más verdaderamente se pudiera decir sentencia de mi muerte, la cual decía desta manera:
CARTA DE BELISIA Á TORCATO
«Tus cartas, Torcato, y tus importunidades me son tan enojosas que me fuerzan á escrebirte para que de mí lo entiendas y acabes de conocer mi voluntad, la cual está tan diferente de lo que solía, que lo que estonces me agradaba es la cosa que más agora aborrezco, y de lo passado estoy tan arrepentida que no puedo consolarme en tanto que te viere determinado en tu porfía sin provecho; si en algún tiempo me tuviste verdadero amor, el mío no era fingido, y con él te pagué lo que merecías, y como las cosas no pueden permanecer siempre en un ser, antes se truecan y mudan cada hora, no te maravillarás con mucha razón de ver que en mí haya habido esta mudanza, para lo cual no he tenido otra ocasión sino parecerme que era cosa que me convenía para tornar á cobrar el sosiego que por tu causa he tenido mucho tiempo perdido; lo que te ruego es que si, como siempre mostraste, deseas contentarme, que olvides las cosas passadas, echándolas fuera de tu memoria como si jamás no hubieran sido, y si no pudieres hacerlo será necesario que te hagas fuerza y que procures de ponerte en aquella libertad con que yo quedo, y si todavía te acordares de algunas dellas, podrás hacer cuenta que pasaron en sueños sin ser verdaderas, y assí como á cosa de sueño las olvida, que por lo mucho que te quise y aun agora te quiero, te doy el consejo que para mí he tomado, el cual holgaría que siguieses, pues todo lo demás será acrecentar en la pena que publicas, sin aprovecharte más de para trabajar en vano y darme á mí fatiga para que con justa razón y causa pueda tenerme por agraviada, ¡ay! porque esta será la postrera mía; también estarás cierto de que no recibiré ninguna tuya, y así te aviso que no te pongas en desasosegarme más con ella, pues será perder el tiempo y el trabajo que en ello se pusiere. Y fuera desto, yo te deseo el mesmo bien y alegría que tú me deseas, con el cual plega á Dios que, habiéndome olvidado, tan presto te veas cuanto yo verte, sin ninguna memoria de mí, para mayor bien mío y tuyo, he deseado».
Las palabras desta carta alteraron tanto mi juicio, que á muchas veces me hallé sin él para desesperarme, y deseaba que la tierra dentro de sí vivo me sumiese ó que por otro algún acaecimiento ó desastre se me acabase la vida, y cierto yo me tornara del todo loco, si la razón que conmigo peleaba no me venciera; pero con todo esto no podía acabar de hallarme en ninguna compañía que pudiese apartarme de mi pensamiento, el cual jamás en otra cosa se ocupaba, y andando como habéis visto por los montes é desiertos deshabitados y por las montañas más ásperas, muchas veces era causa de que mi ganado padeciese, y de lástima dél me venía adonde mejores pastos hallaba; y adonde yo más descanso tenía era en este florido bosque, por causa desta hermosa fuente, en el cual dando voces y gemidos, sin ser de ninguno entendido mi mal, un día tendido en el mesmo lugar donde estamos, sobre la verde yerba deste prado, creciendo en mí la pasión por estar considerando el agravio que el Amor y la mi Belisia me hacían, dando un profundo sospiro, que parescía llevar consigo mis entrañas, comencé á decir desta manera:
EXCLAMACIÓN DE TORCATO
¿A quién enderezaré mis clamores y gemidos, que con alguna lástima procure socorrerme? ¿A quién rogaré que escuche mi doloroso llanto, para que, oyéndolo, de mi rabioso mal se compadezca? ¿A quién publicaré mis rabiosas cuitas y fatigas, para que, con entenderlas, me procure dar algún consuelo? Hienda mis dolorosas voces el aire, rompiendo las embarazosas nubes, y pasando aquella región del fuego, menor que el que á mí me abrasa, preséntense en los soberanos cielos pidiendo la ayuda y socorro que en la tierra me ha faltado, en la cual no hay cosa que contra mí no se muestre enemiga. Todas me son contrarias. Todas me amenazan con la muerte. Todas me la procuran, sin que ninguna dellas pueda dármela, por no me dar el descanso que con ella recibiría.
¡Oh, Fortuna cruel, mudable, ciega, mentirosa, traidora, engañosa, sin ninguna fe, inconstante, perversa, maliciosa y sobre todo la mayor enemiga del bien que los mortales tener pueden! Porque tú mesma, que se lo das forzada y por no poder hacer otra cosa, después con todas tus fuerzas procuras quitárselo, pareciéndote que cuanto mayor mal hicieres á los que con algún bien tienes en parte satisfechos, quitándoselo muestras ser mayor poder el tuyo, el cual jamás conocen las gentes en la prosperidad hasta que con mayor adversidad y tribulaciones no están amenazados, para que no puedan gozarla, teniendo siempre temor de tu inconstancia y condición sin ninguna firmeza. Dime, tirana, perversa, perseguidora de aquellos á quien sientes tener algún contento, arrepintiéndote de habérselo dado, ¿para qué me pusiste en la cumbre del mi deseo? ¿para qué me favoreciste? ¿para qué me quesiste poner ante mis ojos la gloria que podías darme en la vida, si con quitármela tan presto me habías de dexar en tantas y tan escuras tinieblas, negándome la esperanza de poderla gozar en ningún tiempo?
¡Oh, baxa tierra fementida, que jamás das cosa que prometes, jamás cumples cosa que digas, siempre son al revés tus obras de las señales que muestras! ¿con qué palabras podré encarecer el agravio que de ti recibo, pues al tiempo que pensaba llegar á la cumbre de tu rueda con tantas angustias y trabajos me has derrocado della, poniéndome en el centro de los abismos?
¡Oh, cruel enemiga de todo mi bien, ocasión de todo mi mal! ¿qué te han merecido las obras y deseos de un pobre pastor para que contra él tan poderosamente quisieses mostrarte airada, executando tu dañosa condición, llena de mortal ponzoña contra mí, persiguiéndome hasta ponerme en el más mísero estado de todos los nacidos? ¡Oh, verdugo cruel de aquellos á quien, cumpliendo sus deseos, has hecho dichosos, porque siempre en la mayor prosperidad les armas los lazos de las mayores adversidades! No quiero maravillarme de que conmigo hayas hecho lo mesmo, pues que, con ser propio officio tuyo, heciste lo que hacer sueles con todos los mortales, y assí, dexándote para quien eres, será bien dexarte hacer y cumplir tu voluntad buscando algunas fuerzas más poderosas que las tuyas para que de tu falso poder puedan librarme.
A la Muerte.
¡Oh, Muerte, dichosa para mí si, oyendo mis llantos, mis sospiros y gemidos dolorosos, quisieses socorrerme, para hacer dichoso con tu acelerada venida al más desdichado y sin ventura pastor de todos los pastores! Tú que sola eres socorro de los afflegidos cuerpos, tú que sueles consolar á los que más han menester tu consuelo, y tú que das alivio á los que con necesidad te lo piden, ayúdame, socórreme, no me niegues tu favor en tiempo que la muerte que me darías sería más verdadera vida que la que agora, muriendo con ella, sostiene este miserable cuerpo cercado de tantas angustias y tribulaciones; usa agora conmigo de aquella piedad que sueles tener de los que con necesidad te llaman; respóndeme, pues que te llamo; recíbeme en tu compañía, pues que te busco; no me niegues lo que te pido, ni dexes de executar en mí tu officio, pues yo tan de veras lo quiero y lo desseo; no seas contra mí tan cruel como la Fortuna lo ha sido, porque la herida de la flecha de tu arco poderoso no me dará dolor, ni yo huiré mi cuerpo para recibirla, antes con muy gran contentamiento estaré esperándola, conosciendo el bien que con ella rescibo. Más agradable me será la sepoltura que me dieres que los verdes campos y prados y las deleitosas florestas en que la Fortuna tan contra mi voluntad me trae; tú sola serás mi descanso y mi reposo, y contigo fenecerán todas mis penas, mis ansias y mis trabajos. ¿Para qué tardas tanto? ¿cómo no vienes? ¿cómo no me socorres? ¡También me quexaré de ti! ¡También publicaré que me haces agravio! Mira que es crueldad la que conmigo usas, y tanto será mayor cuanto más te detuvieres en hacer lo que te ruego, que ya el cuerpo querría verse sin la compañía de mi alma y el alma anda huyendo de la de mi cuerpo y no espera sino tu voluntad y tu mandamiento. No dilates más tu venida, para quien con tanto desseo y con tan gran agonía la está esperando para alivio de sus rabiosos tormentos y passiones.
Al Tiempo.
Y tú, Tiempo, que con tu ligero movimiento se hacen y deshacen todas las cosas, poniendo las alas que en ti tienen principio, ¿por qué me haces agravio en no poner fin á la terrible pasión y á las rabiosas cuitas que contigo me cercaron? ¿por qué te muestras tan largo con ellas? Abrevia tu veloz corrida, haciendo conmigo la mudanza que sueles, pues el más verdadero officio que tienes es no dexar cosa ninguna estar mucho tiempo en un ser, y assí como para mi mal tan presto te mudaste, haciéndote de bueno malo, de alegre triste, de dichoso desaventurado, podrías si quisieses convertir al contrario tus obras, para que yo no pudiese con tanta razón mostrar el agravio que de ti tengo por el daño que de ti rescibo, siendo el mayor de todos cuantos hacerme pudieras. ¡Oh, Tiempo, que un tiempo para mí fuiste dulce, alegre, sereno y claro, el más apacible y lleno de deleites de cuantos tiempos por mí, no por otro ninguno, han passado! ¿por qué te has tornado tan presto triste y amargo y tan escuro que mis ojos no pueden ver ni mirar si no son tinieblas más escuras y espantables que las de la mesma muerte? ¡Oh, tiempo bueno, que por mí como sombra pasaste, no dexando más de la memoria para mayor tribulación del que en ti piensa continuamente! ¿cómo te trocaste en malo y tan malo que ninguno para este desventurado pastor á quien has dexado tan sin esperanza puede haber en el mundo que peor sea?
A Belisia.
Y tú, vida de la vida que conmigo contra mi voluntad vive, ¿qué razón podrás dar de ti que pueda excusarte de la más ingrata, inhumana, cruel y despiadada pastora de todas las nacidas? Mira que el amor verdadero con otro amor se paga, y tú con un extraño y fiero desamor quieres que yo quede pagado de lo mucho que te quise y quiero, y de lo que he padecido y padezco por tu causa. ¿Es este el galardón de mi rabiosa pena, la lástima que mostrabas de mis angustias, la affición con que mostrabas dolerte mis lágrimas? ¡Oh, Belisia, Belisia! escucha mis versos y entiende lo que por ellos te digo, para que tú mesma te conozcas y sientas la razón que yo tengo para sentir mi agravio de tu crueldad, que por ello quiero publicar lo que contra mí haces, para que otros se guarden de no caer en el pozo de desventuras en que por tu causa estoy metido. Escucha, Belisia, que mi voz, triste como de cisne que con ella solemniza su muerte, ayudada con las cuerdas de mi rabel, que otras veces en versos que loaban tu beldad, gracias y hermosura se empleaban, dirán agora lo que de ti y tus condiciones he conocido, las cuales has descubierto contra un pobre pastor que, atado de pies y de manos, y, lo que peor es, ciega la voluntad y libertad, flacas fuerzas halla en sí para poderlas resistir.
Las Furias infernales temorosas, que al son de mis querellas han venido, de mi mal espantable muy medrosas al centro del abismo se han huido; las Parcas, que al vivir son enojosas, de acortarme tal vida se han tenido; tú sola me procuras mal eterno, más que rabiosa Furia del infierno. Los ángeles que fueron condenados y en diablos espantables convertidos, de mi rabioso mal muy espantados, escuchan mis clamores y gemidos, paréceles ser poco atormentados mirando mis tormentos tan crecidos, y tú, cruel más que leona fiera, no quieres contentarte sin que muera. Ninguno por justicia condenado que tenga ya la soga á la garganta, con esperar la muerte fatigado, jamás se viera estar con pena tanta; tu ingratitud me tiene en tal estado que cosa más del mundo no me espanta, pues te precias y quieres dar la muerte á quien no quiere vida sin quererte. Los tigres y leones muy furiosos, los osos y las onzas muy ligeras, los lobos muy crueles y rabiosos, las bestias que se cuentan por más fieras, siendo animales brutos muy medrosos de mí se van huyendo muy de veras; tú sola, que mi sangre estás bebiendo, de mi rabioso mal te estás reyendo. ¿Qué víbora ó serpiente ponzoñosa, qué basilisco fiero ó qué dragón, qué áspide cruel muy enconosa, qué bravo cocodrilo y sin razón podrán tener tu condición dañosa ni tu duro y sangriento corazón? ¡Oh, corazón cruel, áspero y fuerte, que lo que más te aplace es dar la muerte! ¿Qué corazón de acero ó de diamante puede ser que no ablande mi fatiga? Y tú, en tu crueldad firme y constante, con más rabia te muestras mi enemiga. No hay nadie que lo sepa á quien no espante, que no conozca y sienta y que no diga que tu desamor fiero assí te agrada como á sangrienta loba encarnizada.
Acabando de cantar estos versos, con la ayuda que mis lágrimas hacían para solemnizarlos y con la fatiga que mi espíritu padecía pensando en las cosas que por mí pasaban, de cansado venció á mis ojos un pesado sueño que sin poder resistirlo dexó todos mis miembros sepultados en el olvido que consigo traer suele; sola mi memoria estaba velando, y de tal manera me representaba durmiendo las cosas pasadas como si presentes las tuviera; pero descuidándose un poco, venció la imaginación, la cual en sueños me puso delante lo que agora contaros quiero, que más verdaderamente me pareció haberlo visto pasando por mí derecho que no haberlo soñado ni que fingidamente se me representasse.
PARTE SEGUNDA
CUENTA TORCATO EL SUEÑO
Parecíame que lo que en la fantasía se me representaba mis ojos lo vían palpablemente, y que sin saber de qué manera ni por quién era llevado, en muy breve tiempo caminaba muy grande espacio y cantidad de tierra, discurriendo por diversas provincias y regiones con una velocidad tan arrebatada que mis pies apenas tocaban la pesada tierra, y habiendo hecho fin á mi tan larga jornada con algún cansancio del trabajoso camino, me hallé en un muy verde y florido prado, con tanta diversidad de hermosas flores y rosas, que con diversos colores al suelo matizaban, dando de sí un olor muy perfecto y suave, del cual mi fatigado cuerpo era recrecido que del todo me sentí vuelto en mis corporales fuerzas, y echando los ojos alrededor de donde estaba, vi cosas que me pusieron tan grande espanto y admiración, que aun agora en volverlas á mi memoria para contarlas me espantan y tienen confuso, pareciéndome que apenas sabré decirlas. Era este hermoso y aplacible prado todo alrededor cercado de unas florestas muy espesas y deleitosas en los ojos que las miraban, porque demás de ser los árboles muy altos, verdes y floridos, y todos puestos con muy gran orden y concierto, estaban cargados de muchas y diversas frutas maduras, y en tan gran perfición, que sólo en verlas ponía gran deleite y contentamiento á mis ojos que las miraban, viendo que las hojas con un manso y amoroso viento se andaban meneando á una parte y á otra, haciendo un sordo ruido agradable á mis oídos, y sus sombras, con que la fuerza de la calor del sol hurtaban, me ponían en agonía de gozarlas cuando con mi ganado á sestear me venía; andaban por ellas muy gran cantidad de diversos animales bravos y mansos, envueltos los unos con los otros, sin hacerse daño ninguno.
Y en las cimas de los árboles estaban sentados grande abundancia de aves y páxaros de diversos colores y raleas, grandes y pequeños, los cuales con sus arpadas y differentes lenguas cantando hacían una música y armonía tan acordada que yo jamás quisiera dexar de oirla si permitido me fuera; y después revolando todos por el aire, trocando sus lugares, tornaban como de principio á proseguir en la suavidad de su canto.
Estaban estas florestas cercadas de una muy alta montaña, que por todas partes igualmente parecía levantarse, llevando por sí tendidos en gran cantidad los montes y florestas, hasta que en el remate della se hacía un muro tan alto, que parecían comunicar con las nubes las almenas que con muy gran orden y concierto estaban edificadas. Era este muro triangulado, y de un ángulo á otro de diferentes colores; porque la una parte estaba hecha de unas piedras coloradas, que en la fineza parecía ser muy verdaderos rubís; en medio desta pared estaba edificado un castillo, assimesmo de las mesmas piedras, entretexidas con otras verdes y azules, enlazadas con unos remates de oro que hacían una tan excelente obra que más divina que humana parecía, porque con los rayos del sol que en él daban, resplandeciendo, apenas de mis ojos mirarse consentía. Estaba tan bien torreado y fortalecido con tantos cubos y barbacanas, que cualquiera que lo viera, demás de su gran riqueza, lo juzgara por un castillo de fortaleza inespugnable. Tenía encima del arco de la puerta principal una letra que decía: «Morada de la Fortuna, á quien por permissión divina muchas de las cosas corporales son subjetas».
La otra pared del otro ángulo que cabe éste estaba era toda hecha de una piedra tan negra y escura, que ninguna lo podía ser más en el mundo; y de la mesma manera en el medio della estaba edeficado un castillo, que en mirarlo ponía gran tristeza y temor. Tenía también unas letras blancas que claramente se dexaban leer, las cuales decían: «Reposo de la Muerte, de adonde executaba sus poderosas fuerzas contra todos los mortales».
La otra pared era de un christalino muro transparente, en que como en un espejo muy claro todas las cosas que había en el mundo, así las pasadas como las presentes, se podían mirar y ver, con una noticia confusa de las venideras. Tenía en el medio otro castillo de tan claro cristal que, con reverberar en él los rayos resplandecientes del sol, quitaban la luz á mis ojos, que contemplando estaban una obra de tan gran perfición; pero no tanto que por ello dexase el ver unas letras que de un muy fino rosicler estaban en la mesma puerta esculpidas, que decían: «Aquí habita el Tiempo, que todas las cosas que se hacen en sí las acaba y consume».
En el medio deste circuito estaba edificado otro castillo, que era en el hermoso y verde prado cerca de adonde yo me hallaba, el cual me puso en mayor admiración y espanto que todo lo que había visto, porque demás de la gran fortaleza de su edificio era cercado de una muy ancha y tan honda cava, que casi parecía llegar á los abismos. Las paredes eran hechas de unas piedras amarillas, y todas pintadas de pincel, y otras de talla con figuras que gran lástima ponían en mi corazón, que contemplándolas estaba, porque allí se vían muchas bestias fieras, que con gran crueldad despedazaban los cuerpos humanos de muchos hombres y mujeres; otras que después de despedazados, satisfaciendo su rabiosa hambre, á bocados los estaban comiendo. Había también muchos hombres que por casos desastrados mataban á otros, y otros que sin ocasión ninguna, por sólo su voluntad, eran causa de muchas muertes; allí se mostraban muchos padres que dieron la muerte á sus hijos y muchos hijos que mataron á sus padres. Había también muchas maneras y invenciones de tormentos con que muchas personas morían, que contarlos particularmente sería para no acabar tan presto de decirlos. Tenía unas letras entretalladas de color leonado que decían: «Aposento de la Crueldad, que toda compasión, amor y lástima aborrece como la mayor enemiga suya».
Tan maravillado me tenía la novedad destas cosas que mirando estaba, que juzgando aquel circuito por otro nuevo mundo, y con voluntad de salirme dél si pudiesse, tendí la vista por todas partes para ver si hallaría alguna salida adonde mi camino enderezase, que sin temer el trabajo á la hora lo comenzara, porque todas las cosas que allí había para dar contentamiento, con la soledad me causaban tristeza, deseando verme con mi ganado en libertad de poderlo menear de unos pastos buenos en otros mejores y volverme con él á la aldea cuando á la voluntad me viniera; y no hallando remedio para que mi deseo se cumpliese, tomando á la paciencia y sufrimiento por escudo y compañía para todo lo que sucederme pudiese, me fuí á una fuente que cerca de mí había visto, la cual estando cubierta de un cielo azul, relevado todo con muy hermosas labores de oro, que cuatro pilares de pórfido, labrados con follajes al romano, sostenían, despedía de sí un gran chorro de agua que, discurriendo por las limpias y blancas piedras y menuda arena, pusieran sed á cualquiera que no la tuviera, convidando para que della bebiesen con hacer compañía á las ninfas que de aquella hermosa fuente debían gozar el mayor tiempo del año; y assí, lavando mis manos y gesto, limpiándolo del polvo y sudor que en el camino tan largo había cogido, echado de bruces y otras veces juntando mis manos y tomando con ellas el agua, por no tener otra vasija, no hacía sino beber; pero cuantas más veces bebía, tanto la sed en mayor grado me fatigaba, creciéndome más cada hora con cuidado de la mi Belisia, que el agua me parecía convertirse en llamas de fuego dentro de mi abrasado y encendido pecho, y maravillado desta novedad me acordaba de la fuente del olivo, donde agora estamos, deseando poder beber desta dulce agua y sabrosa con que el ardor matar pudiese que tanta fatiga me daba; y estando con este deseo muy congojado, comencé á oír un estruendo y ruido tan grande, que atronando mis oídos me tenían casi fuera de mi juicio, y volviendo los ojos para ver lo que podía causarlo, vi que el castillo de la Fortuna se había abierto por medio, dexando un gran trecho descubierto, del que salía un carro tan grande, que mayor que el mesmo castillo parecía; de los pretiles y almenas comenzaron á disparar grandes truenos de artillería, y tras ellos una música tan acordada de menestriles altos con otros muchos y diversos instrumentos, que más parecía cosa del cielo que no que en la tierra pudiese oirse; y aunque no me faltaba atención para escucharla, mis ojos se empleaban en mirar aquel poderoso carro, con las maravillas que en él vía que venían, que no sé si seré bastante para poder contar algunas dellas, pues que todo sería imposible á mi pequeño juicio hacerlo. El carro era todo de muy fino oro, con muchas labores extremadas hechas de piedras preciosas, en las cuales había grande abundancia de diamantes, esmeraldas y rubís y carbunclos, sin otras de más baxa suerte. Las ruedas eran doce, todas de un blanco marfil, asimesmo con muchas labores de oro y piedras preciosas, labradas con una arte tan sutil y delicada que no hubiera pintor en el mundo que así supiera hacerlo. Venían uncidos veinte y cuatro unicornios blancos y muy grandes y poderosos, que lo traían; encima del carro estaba hecho un trono muy alto con doce gradas, que por cada parte lo cercaban, todas cubiertas con un muy rico brocado bandeado con una tela de plata, con unas lazadas de perlas, que lo uno con lo otro entretexía; encima del trono estaba una silla toda de fino diamante, con los remates de unos carbunclos que daban de sí tan gran claridad y resplandor que no hiciera falta la luz con que el día les ayudaba, porque en medio de la noche pudiera todo muy claramente verse. En esta silla venía sentada una mujer, cuya majestad sobrepuja á la de todas las cosas visibles; sus vestidos eran de inestimable valor y de manera que sería imposible poder contar la manera y riqueza dellos; traía en su compañía cuatro doncellas; las dos que de una excelente hermosura eran dotadas venían muy pobremente aderezadas, los vestidos todos rotos, que por muchas partes sus carnes se parecían; estaban echadas en el suelo. Y aquella mujer, á quien ya yo por las señales había conocido ser la Fortuna, tenía sus pies encima de sus cervices, fatigándolas, sin que pudiesen hacer otra cosa sino mostrar con muchas lágrimas y sospiros el agravio que padecían; traían consigo sus nombres escritos, que decían: el de la una, «Razón», y el de la otra, «Justicia». Las otras dos doncellas, vestidas de la mesma librea de la Fortuna, como privadas suyas, tenían los gestos muy feos y aborrecibles para quien bien los entendiesse, conociendo el daño de sus obras; traían en las manos dos estoques desnudos, con que á la Razón y á la Justicia amenazaban, y en medio de sus pechos dos rótulos que decían: el de la una, «Antojo», y el de la otra, «Libre voluntad». Con grande espanto me tenían estas cosas; pero mayor me lo ponía el gesto de la Fortuna, que algunas veces muy risueño y halagüeño se mostraba y otras tan espantable y medroso que apenas mirarse consentía. Estaba en esto con tan poca firmeza, que en una hora mill veces se mudaba; pero lo que en mayor admiración me puso fué ver una rueda que la Fortuna traía, volviendo sin cesar con sus manos el exe della; y comenzando los unicornios á mover el carro hacia adonde yo estaba tendido junto á la fuente, cuanto más á mí se acercaba tanto mayor me iba pareciendo la rueda, en la cual se mostraban tan grandes y admirables misterios, que ningún juicio humano sin haberlos visto es bastante á comprenderlos en su entendimiento; porque en ella se vían subir y baxar tan gran número de gentes, assí hombres como mujeres, con tantos trajes y atavíos diferentes los unos de los otros, que ningún estado grande ni pequeño desde el principio del mundo en él ha habido que allí no se conociese, con las personas que dél próspera ó desdichadamente habían gozado, y como cuerpos fantásticos y incorpóreos los unos baxaban y los otros subían sin hacerse impedimiento ninguno; muchos dellos estaban en la cumbre más alta desta rueda, y por más veloce que el curso della anduviese, jamás se mudaban, aunque éstos eran muy pocos; otros iban subiendo poniendo todas sus fuerzas, pero hallaban la rueda tan deleznable que ninguna cosa le aprovechaba su diligencia, y otros venían cabeza abaxo, agraviándose de la súpita caída, con que vían derrocarse; pero la Fortuna, dándose poco por ello, no dexaba de proseguir en su comenzado officio. Yo que estaba mirando con grande atención lo que en la rueda se me mostraba, vime á mí mesmo que debaxo della estaba tendido, gemiendo por la grande caída con que Fortuna me había derribado; y con dolor de verme tan mal tratado, comencé á mirar la Fortuna con unos ojos piadosos y llenos de lágrimas, queriéndole mover con ellas á que de mis trabajos se compadeciese. Y á este tiempo, cesando la música del castillo y parando los unicornios el carro, la Fortuna, mirándome con el gesto algo airado y con una voz para mí desabrida, por lo que sus palabras mostraron, con una gran majestad me comenzó á decir desta manera:
La Fortuna contra Torcato.
«Mayor razón hubieras, Torcato, de tener para agraviarte de mí, como ha poco hacías, tratándome tan desenfrenadamente con tu descomedida lengua, que fuera mejor darte yo el pago que merecías con mis obras que no satisfacerte con mis palabras; aunque si quisieres quitar de ti la pasión con que has querido juzgarme no será pequeño el castigo tuyo haciéndote venir en conocimiento de que tú solo tienes la culpa que á mí has querido ponerme sin tenerla, pues no podrás decir ni mostrar causa ninguna de tus agravios que no sea testigo contra ti mesmo para condenarte justamente; y si no dime: ¿De qué te quejas, de qué te agravias, por qué das voces, por qué procuras infamarme con denuestos y injurias tan desatinadas? ¿Por ventura has recibido de mí hasta agora, en el estado que estás, sino muy grandes beneficios, muy grandes favores y muy buenas obras, las cuales por no hacer al propósito de la causa de tus quexas quiero excusar de decirlas? Veniendo á lo principal, que es la congoxa y tormento que agora te aflige y tiene tan desatinado que estando fuera de ti quieres culparme del mal que nunca te hice, antes todo el bien que pude hacerte conforme á tu desseo, que era de que Belisia te quisiese y amasse como tú á ella hacías, lo cual viste por experiencia manifiesta, y muchos días estando firme en su propósito, de manera que por ello me loabas y mill bienes de mi decías, dándome gracias por el estado en que te tenía, que para ti era el más dichoso y bienaventurado que poseía ninguno de tus iguales, es verdad que yo volví la rueda, abaxando tu felicidad, trocando tu contentamiento y consentiendo en tu caida; pero no fué tanto por mi voluntad como por tu descuido, pues dexaste de tomar prendas con que tu gozo se conservara y el Amor venciera de la libertad que en la tu Belisia has conoscido.
Bien sabes tú que mi propio officio es no ser constante ni firme en ninguna cosa, como poco ha lo manifestabas. Si lo sabías, ¿por qué no te armabas contra mí? ¿por qué no tomabas defensa contra mi condición? Tenías en las manos el escudo para recibir mis golpes y perdístelo, consentiéndolo tú mesmo en ello; pues quéxate de ti y no de mí, que ninguna culpa te tengo, y quéxate de tu Belisia, que por su voluntad y no forzada se metió en essa fortaleza de la Crueldad, de la cual te hacen ambas la guerra para destruirte, que aunque yo soy parte para tu remedio, menester es su consentimiento, el cual habrías tu de procurar lo mejor que pudiesses, y no estarte haciendo exclamaciones sin provecho ninguno para el alivio de tu pena. No te desesperes, pues sabes que todas las cosas se truecan y mudan, y cuando no hallares piedad en la tu Belisia, por ventura hallarás mudanza en tus deseos, paresciéndote que, aunque los hayas tan bien empleado, te estará mejor verte y hallarte después sin ellos. Y porque lo dicho basta para satisfacerte del engaño que en agraviarte de mí recebías, no quiero decirte más de que no te ensalces con la prosperidad ni con la adversidad dexes abatirte; siempre osadía y esfuerzo, que son las armas con que yo puedo ser vencida, y si usare de mis acostumbradas mañas haciendo mi officio, no te maravilles, ni me culpes, ni me maltrates con palabras tan ásperas y enojosas, que al fin soy mandada y tengo superior á quien obedezco, y por su voluntad me rijo y gobierno. De Belisia te agravia, que si ella quiere bien puede forzarme para que no te falte mi favor, aunque yo no quiera, pues tu ventura está en su voluntad, la cual está al presente más libre que ésta que vees venir en mi compañía».
Acabando de decir esto, los unicornios con la mesma solemnidad y aparato que habían traído el carro comienzan á dar la vuelta con tanta presteza, que aunque á mí no me faltaban palabras y razones para poder responder á lo que la Fortuna me había dicho, no tuve lugar para hacerlo como quisiera, porque antes que yo pudiese abrir mi boca para comenzarlas, ya estaba dentro en su castillo, siendo recebida con aquella dulce armonía de música que al salir la había acompañado; y siendo cerrado el castillo de la manera que antes estaba, el sol comenzó á escurecerse, y el día, con muchos nublados escuros que sobrevenieron, perdía gran parte de su claridad. Comenzaron luego á sonar de las nubes grandes truenos, y á mostrarse muchos y muy espesos relámpagos que en medio de la escuridad con el resplandor de su luz fatigaban á mis temerosos ojos, de manera que en cualquiera corazón es forzado miedo. Y así, estando no poco medroso con lo que se me representaba, vi que el castillo que en el muro negro estaba edificado se abría de la mesma suerte que el de la Fortuna había hecho, quedando en el medio dél muy grande espacio descubierto, en el cual se me mostró una tan fiera y espantable visión, que aun agora en pensarlo los cabellos tengo erizados y el cuerpo respeluzado; y porque sepáis si tengo razón para encarecerlo de esta manera, quiero deciros particularmente la forma de su venida. Estaba un carro tan grande y mayor que aquel en que había venido la Fortuna, aunque en el parecer harto diferentes el uno del otro; porque éste era hecho de una madera muy negra, sin otra pintura ninguna, con doce ruedas grandes de la mesma suerte, á las cuales estaban uncidos veinte y cuatro elefantes, cuya grandeza jamás fué vista en el mundo, estando por su compás dos de ellos entre cada rueda de un lado y de otro, que todo el carro rodeaban, y en el medio dél estaba un trono hecho, cercado de gradas por todas partes, y encima una tumba grande como las que se ponen en las sepolturas; lo uno y lo otro cubierto todo de un paño negro de luto. En la delantera de este carro venían tres mujeres muy desemejadas, flacas y amarillas, los ojos sumidos, los dientes cubiertos de tierra, tanto que más muertas que vivas parecían; traían en sus manos sendas trompas, con que venían haciendo un son tan triste y doloroso, que atronando mis oídos parecía oir aquel de las trompetas con que los muertos serán llamados el día del juicio; y estándolas mirando no con pequeño temor, vi que traían sus nombres escritos, que decían: «Vejez», «Dolor», «Enfermedad». Tras éstas venían otras tres, sentadas junto á la tumba, de las cuales la una tenía una rueca y la otra con un huso estaba hilando, y la tercera con unas tijeras muchas y diversas veces cortaba el hilo, sin cesar jamás ninguna de ellas de proseguir en su officio, por el cual y por lo que ya yo muchas veces había oído conocí ser las tres Parcas: Atropos, Cloto y Lachesis; y después que bien las hube mirado, puse los ojos en una figura que encima de la tumba venía sentada, tan terrible y espantable de mirar que muchas veces se me cerraban los ojos por no verla; porque con muy gran miedo y temor de ver una fantasma tan temerosa y aborrescible, comenzó á temblar todo mi cuerpo y los sentidos á desfallecerme y dexarme casi sin vida. Tomóme un sudor muy frío y congoxoso, como suelen tomar aquellos que están muy cerca de las sepolturas para ser metidos en ellas; pero tomando algún esfuerzo para que el desmayo del todo no me venciese, alzando algunas veces y no con pequeña fuerza la vista, vi que era toda compuesta de huesos sin carne ninguna; por entre todos ellos andaban bullendo muy gran cantidad de gusanos; en lugar de los ojos no traía sino unos hondos agujeros; venía con un arco y una flecha en la una mano y con una arma que llaman guadaña en la otra. Cuando se meneaba, todos los huesos se le descomponían, y cuando los elefantes andando con el carro más hacia mí se acercaban, mayor espanto me ponía; ninguna cosa viva de las que en el campo y en el aire poco antes se mostraban dexó de desaparecer en el miedo de su presencia, y cierto si yo pudiera huir fuera de aquel circuito de buen grado lo hiciera; pero así esperando muy espantado hasta que el carro estuvo cerca de mí y los elefantes se hubieron parado, vi que aquella fiera y temerosa voz me comenzó á decir de esta manera:
La Muerte contra Torcato.
«Si no me conoces, Torcato, yo soy aquella Muerte que poco ha en tus exclamaciones con muy grande afición llamabas y pedías; y no temas que vengo para matarte, sino para que por mis razones conozcas la poca razón que tienes en mostrarte agraviado con la vida, pues que con ella estás en la pena que tu cobardía y descuido merecieron, para ponerte en la desventura y miseria con que agora vives tan penado; y por la culpa que en esto tuviste en la vida estás condenado á que viviendo padezcas la pena que tan justamente has merecido, lo cual es justo que sufras con mayor paciencia de la que muestras. Y si te parece que de mí recibes agravio en no matarte, ¿para qué te quexas de la vida que tienes, llamándola verdadera muerte? Porque hallándote muerto por mi mano habrías de decir que te daba más verdadera vida, y no puedo yo dexarte de confessar que tú viviendo estás muerto, y que es mayor y más cruda la muerte que recibes que la que yo con todo mi poder darte podría; pero la vida desta muerte y la muerte de tu vida están en las manos de tu Belisia, de la cual te quexa y agravia más que de mí, pues que entrando en este circuito de nuestra morada, y dexando la compañía de los que estamos en ella, se ha entrado en el castillo de la Crueldad y hecho en él su aposento, de adonde te persigue y fatiga y te hace tan cruel guerra como ya la Fortuna estando contigo te dixo; y allí se ha hecho tan fuerte y poderosa que, temiendo mi poder, se ha puesto en competencia conmigo para contigo, paresciéndole que es en su mano darte la muerte ó la vida, y que en esto por agora yo tengo obligación forzosa á seguir su voluntad, aunque yo no sigo sino la mía, dexándote vivo para que procures el remedio con vencerla ó con ponerte en la libertad sin que agora vives, que no es pequeño género de muerte para los que sin ella passan la vida; y pues que la razón está por mi parte y tú no tienes causa bastante para poder estar de mí quexoso, no te aflixas ni congoxes pediéndome ayuda y socorro hasta que yo por mi voluntad quiera dártelo, el cual jamás te será tan agradable como te ha parescido, porque si agora con sólo visitarte puse tan gran espanto y temor como en tu descolorido gesto se parece, y si hallaras aparejo para huir no me vieras ni me esperaras, ¿qué hicieras si en mi compañía quisiera luego llevarte? Créeme, Torcato, que ninguno me llama con tan gran voluntad, aunque mayores adversidades y trabajos le persigan, que no se espante y le pese muy de veras cuando siente mi venida, y que no quisiesse huir cien mill leguas de mí si pudiesse. Y pues que con lo que te he dicho quedo contigo desculpada, no quiero decirte más sino que sufras pacientemente el vivir hasta que sea cumplido el curso de la vida que por el soberano Hacedor de todas las cosas te está prometido».
Acabando la Muerte de decir estas cosas, sin esperar la respuesta dellas, de que á mí no me pesó, por verla fuera de mi presencia, se volvieron los elefantes con el carro, yendo aquellas mujeres proseguiendo aquella infernal y temerosa música de las trompetas, que por no oirla puse mis manos encima de mis oídos, y siendo entrado el carro en el castillo, se tornó á cerrar de la manera que de antes estaba, dexándome á mí tal que apenas ninguno de mis sentidos me acompañaba; y huyendo los ñublados y cesando la tempestad, el día tornó tan claro y sereno como de antes había estado; las aves y animales que con espanto y temor estuvieron ascondidos, volviendo á regocijarse, mostraban muy grande alegría por hallarse fuera de aquel temeroso peligro. Y yo, tornando poco á poco á cobrar las fuerzas y aliento que perdido tenía, comencé á oir una música de voces tan dulce y apacible que me paresció ser imposible que fuesse cosa de la tierra, sino que los ángeles hubiessen venido de los altos cielos á mostrarme en ella parte de la gloria que los bienaventurados poseían.
Salían estas voces del castillo del Tiempo, el cual luego se abrió como los passados, y del medio dél salió otro carro bien diferente de los otros que había visto, porque era muy menor que ellos, y hecho todo de una piedra transparente, que como un espejo christalino por todas partes relucía. Estaban uncidos á él seis griffos con unas alas muy grandes, que con muy gran velocidad lo levantaban tan alto, que en un instante paresció sobrepujar á las altas nubes; y batiéndolas con tan gran ímpetu y furor que el aire que con ellas hacían se sentía á donde yo estaba, anduvieron revolando por el aire todo aquel circuito á la redonda, y hecho esto se baxaron, poniendo el carro tan cerca de mí como los otros habían estado. Los griffos eran en las plumas de varias y diferentes colores, haciendo por sí labores tan extrañas como las que los hermosos pavos en sus crecidas colas tener suelen; las ataduras de sus cuellos eran torzales muy gruesos de oro fino. En medio del carro vi que venía un hombre tan viejo y arrugado que parecía ser compuesto de raíces de árboles. La barba y cabellos tenía todos tan blancos como la blanca nieve y tan largos que pasaban de la cintura; su vestido era de una tela blanca que todo le cubría, y en la mano traía un báculo con que sustentaba sus cansados miembros. Estaba temblando, de la manera que un solo punto jamás le vi estar firme, y con unas pequeñas alas que de los hombros le salían se hacía continuo viento, con que ayudaba al movimiento que en sí sin cesar tenía en todo su cuerpo; traía asida con la otra mano una doncella vestida con muy ricos y preciosos atavíos, pero venía destocada y sobre su gesto le caían un manojo de muy rubios y hermosos cabellos, de manera que casi se lo cubrían, y de la media cabeza atrás tresquilada, sin cabello ninguno. Mirábame con los ojos algo airados, como si de mí algún enojo tuviesse; traía su nombre escrito en los pechos que decía: «Occasión», y en baxo una letra, que fue por mí leída, vi que decía desta manera:
«El que pudiere alcanzarme y asirme destos cabellos, procure de no dexarme, porque si me suelta dellos muy tarde podrá hallarme».
Yo que casi atónito todas estas cosas estaba mirando, vi que aquel tan anciano viejo con una voz sonorosa y temblando comenzó á decir:
El Tiempo contra Torcato.
«Ya me debes, Torcato, haber conocido, pues que teniéndome presente con la tristeza que muestras, me tuviste en lo passado con no menor alegría y me tendrás en lo porvenir como la divina Majestad por quien todos somos regidos y gobernados lo ordenare y quisiere. Poco ha que de mí, que soy el Tiempo, te agraviabas con grandes querellas, poniéndome la culpa que tú tienes, y queriendo que contigo tuviesse la firmeza que con ninguno de los mortales he tenido. Mi propio officio es, como en mí puedes ver, no estar jamás un instante firme, y assí como soy mudable, assí en mí se mudan todas las cosas, unas de buenas en malas y otras de malas en buenas, y que lo mesmo passasse por ti no debe espantarte, ni por ello pienses que tienes razón de estar mal conmigo ni decirme las razones agraviadas que con tanto enojo poco ha que de mi decías. De ti mesmo podrás agraviarte más justamente, pues no supiste ayudarte de mí cuando yo puse en tus manos esta doncella que conmigo trayo, que es la ocasión que te di poniéndote en lugares y tiempos que te pudieras aprovechar de la tu Belisia, de la cual no quesiste gozar, antes con tu floxedad temerosa perdiste los cabellos que en tu mano á mi intercesión tenías, dexándola que te volviese las espaldas, poniéndote en trabaxo de seguirla en vano, porque con estar tresquilada por detrás, aunque agora le eches la mano no podrás asirla ni tenerla, y será menester que tengas paciencia ó trayas compañía con que puedas ayudarte para vencerla. Y ésta solamente es la de tu Belisia, la cual está en la fortaleza de la Crueldad, tan armada y tan fuerte contra ti, que no sé qué diligencia podrá bastar para que quiera ayudarte á tornarla á poner en tu favor como ya tú la tuvistes. ¿No has oído aquel común refrán de la gente que dice: Quien tiempo tiene y tiempo atiende, etc.? En ti lo habrás conocido ser muy verdadero, y assí no de mí sino de ti te quexa y agravia, que pocas veces se cobra el bien perdido si no es con el affán y trabajo que basta á comprarlo muy caro, y tanto está en ti y en tu buena diligencia que yo vuelva á parecerte el que solía, como en mí, que sin tener respeto á ninguna cosa no hago sino passar mi jornada disponiendo de las cosas según el aparejo que en ellas hallo, y pues ya has conocido mi condición y tienes experiencia de lo passado, aparéjate para lo porvenir, que harta parte serás para vencerme y mudarme si te dieres tan buena maña que puedas volver á la tu Belisia de tu bando, sacándola del castillo de la Crueldad, donde muy esforzada con su fortaleza está metida agora».
Acabando el Tiempo de decir esto, los griffos comenzaron á menear con gran fuerza y velocidad sus alas levantado el carro con gran ligereza, y en muy breve espacio volvieron á ponerlo en el castillo, el cual se cerró como los otros, cesando la música de voces que hasta allí se habían oído, y en lugar dellas comencé á oir otras muy tristes y dolorosas, unos clamores y gemidos como de gente apasionada y que algunos tormentos grandes padescían; sus suspiros, rompiendo el aire, parecían llegar al cielo y oirse en él con quexas de tan gran lástima, que en cualquiera corazón la pusieran. Todo esto sonaba en el castillo de la Crueldad, el cual se abrió luego como los otros, y del medio dél vi que salía otro carro pequeño de color leonado, sin otra pintura ninguna; las ruedas, que seis eran, venían historiadas de la manera que el castillo estaba; traía uncidos este carro doce dragones muy espantables, que por sus crueles bocas echaban llamas de fuego; las alas, levantadas y temerosas, eran enroscadas y vueltas para arriba; su vista era muy fiera y temerosa; entre cada rueda de una parte y de otra venían dos dellos, guiando desta manera el carro, encima del cual venía asentada en una silla, que al parecer era hecha de muy ardientes brasas, una mujer con un semblante y gesto tan fiero y espantable, que me puso harto mayor temor que los dragones me lo habían puesto; sus vestidos estaban todos ensangrentados, y en la una mano tenía una espada desnuda y con la otra á la mi Belisia, la cual venía con todo el regocijo y contentamiento del mundo, mostrándose muy alegre y ufana por estar en compañía para ella tan apacible. Venían en la delantera del carro tres mujeres vestidas de la mesma manera que la Crueldad, pero con los ojos tristes y dolorosos, vertiendo lágrimas en abundancia, sus manos puestas en la mexilla, mostrando en su tristeza venir forzadas y contra su voluntad; sus nombres, que escritos traían, eran: «Tribulación», «Angustia» y «Desesperación». Delante destas estaba un hombre sentado, amarillo y flaco y tan pensativo que yo le juzgué más por muerto que vivo; su nombre era «Cuidado». Con esta compañía llegó á mí la mi Belisia, reyéndose de verme cuál estaba, y saliendo ella y la Crueldad del carro saltando con el placer que mostraban, se acercaron á mí, que atónito de lo que vía, ninguna palabra podía formar mi lengua, antes hecho mudo estaba sin poderlos hablar ni menearme de adonde estaba, y llegándose más cerca la Crueldad, me comenzó á decir:
La Crueldad contra Torcato.
«Poco te aprovecha, Torcato, llamar en tu defensa á la Fortuna y á la Muerte y al Tiempo, pues ninguno dellos te ha podido socorrer ni valer de mis poderosas fuerzas ayudándome de las de tu Belisia, la cual tiene por bien que contra ti las execute, para mostrarte cuán caro cuesta el amor que no se sabe conservar con prendas tan verdaderas que basten para forzar la libertad y voluntad, dexándolas subjetas de manera que no hallen camino ninguno que pueda guiarlas para meterse en mi castillo, como Belisia agora con ellas ha hecho. Y pues de mi nombre podrás conocer qué tales pueden ser mis obras, no te espantarás que con ellas quiera complacer á Belisia, á quien tan obligada estoy por no tener piedad ninguna para contigo, que es la mayor enemiga que yo en este mundo tenga».
Diciendo esto, Belisia se llegó á mí y con sus manos me comenzó á rasgar el capisayo y jubón y camisa que sobre mis pechos tenía, dexándolos descubiertos; y aunque yo conocía que todo esto era para daño mío, no podía dexar de holgarme en gran manera que Belisia me tocase con sus manos en mis carnes, recebiendo con ello algún descanso; pero luego la Crueldad, abriendo con su espada mi lado siniestro, comenzó con Belisia á beber la sangre que por la herida salía, y metiendo por ella sus manos, sacaron mi corazón, dándome tan áspero y terrible dolor, que aun agora en pensarlo me desmayo, y ambas con muy gran ferocidad y agonía daban en él con sus dientes muy grandes bocados, como si de rabiosa hambre estuvieran atormentadas, y después que desta manera lo estuvieron despedazando, Belisia, holgándosse y reyéndose de verme cuál estaba, comenzó á decirme:
Belisia contra Torcato.
«Porque no digas, Torcato, que en pago del amor que me has tenido y tienes no te dexo compañía que en la soledad con que quedas te acompañen, contigo quedarán estas cuatro personas, que jamás se apartarán de ti, y son las que en este carro has visto que con nosotras vinieron».
Y diciendo esto, me vi rodeado de la Tribulación, Angustia, Desesperación y Cuidado; y Belisia y la Crueldad, tornando á subir en el carro, se metieron en el castillo con gran contentamiento de lo que contra mí habían hecho.
A esta hora, con los cuatro compañeros que cercado sin desamparar me tenían, sentí alzarme de tierra, y de la mesma manera que había sido traído en aquel lugar tan extraño fui llevado en el aire, passando por mucha tierra deshabitada y por grandes ciudades y poblaciones de extrañas provincias y gentes, por muy espessos montes y muy altas montañas, hasta venir á hallarme donde tendido estaba con el pesado sueño que todas estas cosas en sí me había mostrado, y recordando y abriendo mis ojos, pareciéndome que verdaderamente y no en sueños por mí hubiese pasado todo lo que he dicho, echeles alrededor, mirando por la compañía que conmigo había traído, á la cual no pude ver pero sentíla que había aposentado en mis entrañas y en mi ánima, á donde aun agora la siento y sentiré en tanto que la vida me durare.
Este fué, Filonio y Grisaldo, el fin de mi sueño, y este ha sido el fin que han tenido los amores de la mi cruel Belisia. Este ha sido el pago que por el amor que le he tenido y tengo me ha dado. Si me sobra la razón para estar triste y con el trabajo que me habéis visto; si con justa causa me ando quexando á vosotros pongo por jueces, pues no podéis dexar de confessarme que mi mal es sin remedio, faltándome la esperanza, y que hago agravio á la vida en sustentarla y tenerla, pues que con acabarse acabaría de verme cual me veo; y cierto para mí el menor mal de todos sería la muerte, que en sueños y despierto huye de mí para no darme la vida que con ella recibiría. Como á verdaderos amigos os he descubierto el secreto de mis entrañas y os he dicho la verdad de todo lo que por mí ha pasado; si como tales me podéis dar algún consejo para aliviar mi tormento, pues quitarlo del todo es impossible, yo os ruego, y por la amistad que entre nosotros hay os conjuro que lo hagáis, porque teniendo el juicio más libre estará con mayor claridad que no el mío para mirar y ver lo que más me conviene hacer y de qué manera, para alivio de mis trabajos, pueda recibir algún descanso.
Fin de la segunda parte.
COMIENZA LA TERCERA PARTE
En que se cuentan las razones que podría haber para que Belisia olvidase los amores de Torcato; hay en ella algunos avisos provechosos.
Filonio.—Grandes son las cosas, Torcato, que por ti en estos tus amores han passado. No puedo dexar de haberte muy gran lástima, aunque tú mesmo has tenido la culpa de todo tu daño, según de tus razones se puede haber atendido; pero muy bien has hecho en no encubrir ninguna cosa, porque los enfermos que á los médicos no dan particular cuenta de sus enfermedades, mal pueden ser curados dellas; y assí, para que yo y Grisaldo con nuestros pobres juicios podamos decirte lo que te conviene y darte el consejo que mejor nos parezca para que tu trabajo y passión reciban algún alivio, convenía que tan enteramente nos hubiesses informado como con tu larga relación lo heciste. Y lo primero que quiero decir es que las mujeres de su naturaleza son movibles y insconstantes y sin ninguna firmeza en sus hechos, tanto que cuando con mayor affición y voluntad las vieres puestas en alguna cosa, has de pensar y tener por averiguado que se mudarán más presto que las hojas suelen menearse en los árboles, y que poco viento basta para llevarlas á donde quisiere; y assí todos los auctores que escriben dellas lo dicen, y Salomón las compara al mesmo viento en sus mudanzas. Belisia era mujer, y en naturaleza y condición no diferente de las otras, y assí no me maravillo que haya hecho lo que las otras hacen, que hacen mudanza, pues esta es la más principal condición que tiene la ausencia, y de aquí nace aquel común proverbio que dixe: Cuan lexos de ojos, tan lexos de corazón. Si tú estuvieras presente, el amor se conservara, porque la continua conversación es causa de acrescentarlo, y la ausencia de disminuirlo, como por experiencia lo has conocido.
Torcato.—Antes en mí he visto al contrario, porque ninguna cosa por estar ausente ha mudado mi voluntad, que si juntamente con la de Belisia se mudara no tuviera de qué agraviarme.
Filonio.—Yo fiador, si no se ha mudado, que ella se mude, si no tomas tú por punto de honra estar tan firme en ella que procures permanecer en tu desatino.
Torcato.—¿Qué llamas desatino? que yo por muy atinado me tengo en lo que hago, pues una voluntad tan bien empleada no debe tan presto mudarse.
Filonio.—Bien digo yo que tú mesmo no quieres dar lugar á tu propia salud. ¿Por ventura puedes estar más desatinado que en querer á quien no te quiere, y en amar á quien no te ama, y en llamar á quien no te responde y seguir á quien anda huyendo de ti, y en tener tan verdadera fe con quien ninguna tiene contigo? Esto digo que son desatinos y locuras, que los hombres debrían desechar de sus pensamientos y fantasías, sacudiéndose dellos para ponerse en libertad y conocer con ella lo que les conviene; porque á los que están aficionados, el Amor los tiene ciegos y sin juicio, ni entienden, ni ven, ni conocen lo que les está bien ni mal, como agora tú haces en parecerte que es bien perseverar en los amores de Belisia, conociendo della que ninguna fe, ni ley, ni amor tiene contigo, y que si alguna te mostró en algún tiempo no era verdadera sino fengida para engañarte, y si lo fué, que era tan poca que cualquiera causa por pequeña que fuese bastó para que te olvidase, no se acordando del amor tan verdadero que tenía y mostraba.
Torcato.—Lo que mayor pena me da es no saber essa causa, para juzgar si tuvo razón en lo que conmigo ha usado.
Grisaldo.—Ninguna habría que á ti te pareciese bastante porque no te pudiese condenar por ella á ti mesmo.
Torcato.—No estoy tan fuera de razón que me quitase el buen juicio, aunque fuesse contra mí, pues no es menos el amor que tengo á la mi Belisia; pero no veo cosa que bastase para el desamor que muestra tenerme, que por mi parte no ha habido falta ninguna para la mudanza que ha hecho.
Filonio.—Si por tu parte no la ha habido, por la suya había tantas que basten para quitarla de culpa cuanto á ti te parecerá tener la mayor por ellas.
Torcato.—Por tu fe, Filonio, que tú me las digas, pues yo no las alcanzo ni entiendo.
Filonio.—Ya yo te dixe que la primera de todas es ser mujer, á quien es propio y natural no permanecer en un ser mucho tiempo, y si alguna cosa las detiene más de lo que por su voluntad lo harían, es el interese de los servicios, los cuales tú no heciste, según has confessado, y assímesmo tú me has confessado que conociste ser servida y secuestrada de otros pastores y zagales, que con grande agonía procuraban ganarle su voluntad, y estando tú presente tuvieras mucho que hacer en entretenerla para no ser vencida, mira cómo podrás hacerlo estando ausente tanto tiempo, que por ventura tendrá ya perdida de ti la memoria como si nunca te hubiera conocido.
Torcato.—Propiedad es de las mujeres la que me has dicho; pero no confesaré yo de Belisia esse pecado, que porque en mí conociese el grande y verdadero amor que le tenía y por él me diese los favores que os he contado, los cuales casi fueron sin perjuicio de su honestidad, no por esso podré pensar que me dexasse de querer á mí por poner el amor en otro ninguno, pues sería difficultoso hallar otro que tanto la quisiese para forzarla á que se mudasse con ponerme á mí en olvido.
Filonio.—Esso todo es á tu parecer; pero otros hallarás muy diferentes, porque estando sin pasión conocen mejor que tú la condición y calidad de las mujeres, no haciendo á ninguna dellas tan casta como tu quieres que lo sea tu Belisia.
Torcato.—Yo por casta la tengo á ella y á todas las mujeres, si las lenguas malas y testimonieras de los hombres dexasen de morderlas con testimonios falsos y levantados, como si las tuviésemos por mortales enemigas.
Filonio.—Bien puede ser assí como tu dices; pero escúchame lo que acaesció en el reino de Egipto, por donde conocerás el engaño que te tiene ciego para tener por tan cierto lo que has dicho.
Torcato.—Alguna fábula ó hablilla querrás contarme de las que suelen contar las viejas tras el fuego.
Filonio.—Antes te digo que es cosa muy cierta y verdadera, porque la escriben y cuentan notables varones y auctores á quien se da muy gran crédito: Diódoro, Herodoto (Libro II). «Y fué que uno llamado Ferón, hijo de un rey de Egipto que llamaron Sofis, tuvo una recia y muy grande enfermedad, de la cual vino á quedar del todo ciego, que fué para él la mayor persecución y trabajo que le podía venir en el mundo, tanto que no la tenía en menos que la muerte, y haciendo por su parte todas las diligencias possibles para saber si podría tornar á cobrar la vista que tenía perdida, y no hallando en los médicos consejo que le aprovechasse, acordó de consultar con grandes sacrificios los oráculos de sus dioses, los cuales le dieron por respuesta que después que hubiesse sacrificado con gran devoción á un dios que estonces era reverenciado y servido en la ciudad de Eliópoli, porque decían ellos que hacía grandes milagros en aquel tiempo, que pussiese los ojos en una mujer tan casta que no hubiese tenido pendencia sino con solo su marido, y que luego sería sano del mal que en ellos tenía. Ferón cumplió luego lo que los dioses le dixeron sin faltar nada, y teniendo confianza en su propia mujer, trayéndola delante de sí para cobrar por ella la salud que le faltaba, quedó como de antes sin ver ninguna cosa, y luego hizo traer todas las principales mujeres del reino de Egipto, las cuales no le aprovecharon más de lo que su mujer había hecho, y viéndose por esto affligido y fatigado, perdiendo del todo la esperanza de cobrar la vista, comenzó á probar de poner los ojos en todas las mujeres comunes, sin que le aprovechase, hasta que le traxeron una mujer de un hortelano, y poniéndolos en ella, tornó luego á ver de la manera que antes, como si no hubiera tenido mal ninguno, y haciendo quemar por esto á su mujer con otras muchas de las más principales, se casó con ésta, aunque no faltaron maliciosos que dixeron que en aquel mesmo día que la habían traído se había casado con el hortelano, y que si esperaban á otro día, por ventura Ferón no viera ni tuviera la salud tan deseada, porque no turara en ella la castidad tanto tiempo».
Torcato.—Si en Egipto había en este tiempo falta de buenas mujeres, ¿por ventura no la hubiera en otras partes donde hay tanta abundancia dellas que para cada hombre que haya bueno se hallarán mil que le hagan ventaja?
Filonio.—Esas que tú dices yo no las veo, porque si hablan en algunas partes de mujeres que tuvieron en mucho su castidad, luego veréis que traen por exemplo y dechado de todas ellas á Lucrecia y Virginea, romanas, y á Penélope, griega, y á otras semejantes, y si todas son tales como éstas fueron, poco tienen que loarse de su bondad para que las tengan por castas.
Torcato.—¿Y qué defeto hallas tú que hubo en la bondad desas?
Filonio.—De Lucrecia yo te lo diré: si cuando Tarquino la quiso forzar, poniéndole el puñal á los pechos, ella consintiera que le diera con él y la matara antes que su castidad fuera violada, yo la tuviera verdaderamente por casta; pero después que consentió en que compliesse con ella su voluntad, aunque fuesse forzada, para cumplir con su marido Collatino y aun para cumplir con el mundo y alcanzar aquella fama después de su muerte que todos los gentiles procuraban, se mató públicamente, así mesmo preveniendo á la muerte que por ventura Collatino le diera cuando tuviera noticia de lo que había pasado, cuanto más que no hay nadie que sepa si ella consentió en el adulterio por su voluntad, y arrepentida de haberlo hecho, ó temiendo las causas que he dicho, quiso remediarlo todo con la muerte; y no pienses que yo por solo mi parecer la condeno, que muchos hay que dicen lo mesmo, y un flaire en nuestra aldea me dixo que Sant Agustín trataba della como de mujer que no había dado de sí tan buen exemplo que se hubiesse de tener en mucho la castidad que había mostrado.
Torcato.—Paréceme que, según la enemistad que muestras con la bondad de las mujeres, que no corres menos peligro con ellas que aquel su grande enemigo Torrella; pero, ¿de Penélope qué tienes que decir; que, según yo he oído, todos los libros griegos y latinos están llenos de sus alabanzas, loándola de casta y recogida, assí en el tiempo que su marido Ulises estuvo en la guerra de Troya y anduvo peregrinando por el mundo como en todo lo demás de su vida?
Filonio.—Assí es como tú dices; pero entre estos autores que escribieron della algunos hubo que dixeron muy al revés, porque no faltó quien ha escrito que, estando Ulises ausente, Penélope usaba de su cuerpo como pública ramera, y otro autor que dixo que Pan, dios de los pastores, fué hijo suyo y de Mercurio, y que por saber esto Ulises hizo divorcio con ella y se fué á vivir á la ínsola Cortina; y otros muchos que hablando de su vida trataron della como de mujer que había vivido deshonestamente y que no solamente tuvo por hijo al dios Pan, sino á otros muchos de diferentes padres, hechos en adulterio; y si Virginea fué muerta por no consentir en la desenfrenada voluntad de aquel varón de los diez que entonces gobernaban á Roma, que por tan exquisitas y desvergonzadas formas y maneras procuraba gozar el amor ilícito y deshonesto que con ella tenía, fué porque su padre hizo sacrificio de la hija por no recebir la afrenta que viviendo le estaba aparejada, que si á la voluntad de Virginea lo dexaran, por ventura excusara la muerte con dexarse corromper su honestidad antes que recebir las puñaladas que le fueron dadas por su padre; así que no estés, Torcato, tan confiado de la tu Belisia que no puedas presumir que por haber puesto sus amores y voluntad en otra persona haya dexado los que contigo tenía, porque esto es lo que yo por más cierto tengo.
Torcato.—Y yo por más incierto, porque no me podrás inducir con tus enxemplos que pueda creerlo; porque ya que fuese verdad lo que has dicho, ¿cuántas mujeres ha habido y hay en el mundo tan castas que ninguna mancilla se puede poner en su bondad? Y si no mira lo que hizo la reina Dido por no querer consentir en los amores del rey Yarvas, ni que después de la muerte de su marido Sicheo hubiese quien pudiesse triunfar de su honestidad, y así escogió por mejor dexar hacer ceniza su cuerpo en el ardiente fuego que no dar lugar á que otro ninguno pudiese gozar de lo que él había gozado; aunque el poeta Virgilio, no sé por qué causa ó razón inducido, quiso poner en su bondad y buena fama la mancilla que puso, diciendo que había tenido amores con Eneas, siendo falsedad averiguada, porque Dido fué mucho tiempo antes que Eneas, saliendo de Troya, anduviesse peregrinando por el mundo; y sin tratar de las mujeres antiguas, ¿cuántas en nuestros tiempos se sojuzgan al incomparable trabajo de las religiones, haciendo sacrificio de la vida hasta la muerte, y otras que han tenido por mejor que sus cuerpos fueran despedazados que no consentir en que por su voluntad la castidad fuesse en ellas violada? Sola Susana bastaba para quitar las lenguas de los maldicientes, viendo con cuánta firmeza procuró guardarla de aquellos viejos que procuraban aprovecharse della, teniendo por mejor ser por su falso testimonio condenada á la muerte que consentir en sus torpes desseos. Y sin ésta, te podría decir otras muchas que bastan en nuestros tiempos á defenderse de la importunidad de los hombres, sin dexarse jamás vencer para que su castidad corra peligro, ni ellas se puedan dexar de llamar mujeres castas; y para que mejor entiendas la ventaja que en esto hacen las mujeres á los hombres, mira lo que se usa en muchas partes y entre muchas naciones de gentes idólatras, que en muriendo los maridos se matan y se entierran, ó se queman con ellos, por su propia voluntad, y mostrando muy gran contentamiento en huir de los peligros en que quedaría su honestidad siendo viudas, y no verás hombre ninguno que haga lo mesmo aunque se le mueran cien mujeres; y ten por cierto que muchas habría en la christiandad que seguirían esta mesma orden si el temor de la perdición de sus ánimas no se lo vedase.
Filonio.—En cargo te son las mujeres, que assí quieres defender contra la común opinión de todo el mundo ser hechas de otra differente condición y costumbres de las que tienen y en ellas se conocen; continuamente todos cuantos han escrito, cuando vienen á hablar en ellas, no hallan palabras que basten á contar sus vicios y torpezas; los libros están llenos dello, y no solamente los proffanos, pero también los de la Sagrada Escriptura, y si no pregúntalo á Salomón y verás con cuán encarescidas palabras las pone muchas veces del lodo, tratándolas como ellas lo merecen. Y en un libro que yo oí una vez leer decía que la mujer nunca era buena sino una vez en la vida, y que ésta era la hora que se moría, y que era mejor cuando más presto se muriese; y con estas palabras consolaba un amigo á otro porque su mujer se le había muerto.
Torcato.—Bastaría que alguna mujer te hubiesse á ti tratado como á mí me ha hecho Belisia para que tanto mal me dixeses della y de todas las otras mujeres; pero no quiera Dios que yo con pasión me ciegue para decirlo, ni para consentir que tú pienses que tienes razón en lo que dices. Y lo primero que quiero preguntarte es quiénes son esos que escribieron los libros que has dicho.
Filonio.—¿Quiénes han de ser sino hombres muy sabios y avisados que las tienen bien conocidas?
Torcato.—Bien se parece que son hombres, que si fueran mujeres harto más tuvieran que poder decir y escribir y con mayor verdad de los hombres que no los hombres dellas, porque verdaderamente muy mayores y más torpes y más comunes son los vicios en los hombres que en las mujeres, y nosotros, que las notamos y acusamos de parleras y desenfrenadas en sus lenguas, somos los que las infamamos diciendo tantos males dellas, que debríamos de tener vergüenza de que nuestras palabras saliessen por nuestras bocas tan perjudiciales contra personas de quien tantos bienes recebimos; y aunque haya algunas malas entre ellas, yo fiador que no sean tantas como los hombres, y nosotros mesmos somos la principal causa de sus males, importunándolas y fatigándolas con promesas, con engaños, con lisonjas y con persuasiones que bastarían á mover las piedras, cuanto más á mujeres, para que algunas veces vengan á dar en algunos yerros; y ellas jamás nos importunan ni fatigan requiriéndonos, y molestándonos con desvergüenza, antes tienen por mejor callando passar sus trabajos, que no dar á entender lo que por ventura con su flaqueza les piden sus apetitos. Y los que escribieron contra ellas no fué contra las buenas, sino contra las malas, y lo que dixeron de las unas, siendo pocas, no se ha de entender de las otras, que son muchas; así que sería mejor que todos nosotros nos empleásemos en decir bien de quien tantos bienes habemos recebido y recebimos cada día, y no mal de quien ninguno nos merece; y si alguna nos diere causa, con algunos desatinos, á que podamos decir mal della, sea particularmente para reñirla y castigarla con palabras y obras, siendo necessario, y no queramos que paguen las justas por las peccadoras y las que no tienen culpa por las que merecen el castigo; que lo que fuera desto se hiciere ó dixere, será mal dicho y mal hecho, y los vituperios y infamias y deshonras quedarán en aquellos que las dixeren, queriendo por una mujer mala hacer á todo el género de las mujeres malas, siendo por la mayor parte buenas y tan buenas que plugiesse á Dios que no fuéssemos nosotros peores que ellas; y concluyendo digo que yo no tengo la sospecha que dices de que Belisia por haber tomado amores con otro haya dexado los míos, y primero lo habré visto por los ojos que lo confirme en el pensamiento.
Filonio.—Paréceme, Torcato, que hablar alguna cosa en perjuicio de Belisia es tocarte á ti en el alma, y pues que con tanta afición y tan apassionadamente defiendes lo que le toca, yo no te veo otro remedio para salir deste piélago en que estás metido sino esperar á que el tiempo vaya consumiendo el agua poco á poco hasta que te halles en seco, y entonces juzgarás las cosas muy diferentemente de lo que agora lo haces.
Grisaldo.—Con estas pláticas se nos ha pasado el día, y pues que ya, Torcato, has descansado con decirnos tu fatiga y nosotros quedamos obligados á procurar tu remedio y consuelo en todo lo que pudiéremos hacerlo, aunque sea contra tu parecer y voluntad, procura de dexar la compañía de la soledad con que andas, porque con la conversación no tiene tanto lugar la tristeza que sin sentirlo te consumirá la vida, y agora todos nos vamos al lugar, donde los regocijos de las bodas de Silveyda no serán aún acabados, y podremos llegar á tiempo que gocemos alguna parte dellos.
Torcato.—Haced lo que os pareciere, que determinado estoy á forzarme y seguir vuestro consejo.
Filonio.—Pues ¡alto! ¡sus! caminemos, y para que menos sintamos el camino, vamos cantando alguna cosa con que tomemos placer, que, según veo, bien será menester para que Torcato deseche parte de la tristeza con que anda.
Torcato.—Yo quiero comenzar unos versos que hice en este desierto, al propósito de lo que mi corazón siente; vosotros me ayudad, para que mejor pueda cantarlos.
Grisaldo.—Comienza á decirlos, que así lo haremos.
TODOS TRES PASTORES Montes, sierras y collados, que entendido habéis mi pena rabiosa y mis dolores, escuchando mis fatigas y querellas que al alto cielo han subido, rompiendo con mis clamores las estrellas, Doleos de mis trabajos y fatiga; llorad conmigo mis ansias y mis males; moveos á compasión de mi tormento, pues la dulce mi enemiga quiere sean mortales los que siento. Los ríos desta montaña, con las fuentes, testigos de mis fatigas y cuidados, cansados ya de me ver con mis enojos, detengan hoy sus corrientes, dando lágrimas parados á mis ojos. Tú, Eco, que estás contino resonando, de mis llantos grande amiga y compañera, llevando mis tristes voces por los vientos, no dexes de ir publicando cómo me acusan, que muera mis tormentos. Y tú, mi ganado triste y afligido, con pastor tan sin ventura y desdichado, que alredor deste acebo andas paciendo, aquí te estarás tendido tomando en ti mi cuidado, y padesciendo. Soledad muy agradable, y compañía á mis tristes pensamientos y memoria, con la cual siempre descansa mi tristeza, no dexes de ser mi guía, porque sienta en ti su gloria mi firmeza. Belisia, si mis clamores han herido tus oídos, yo te ruego que escucharlos quieras con lástima alguna y compasión de verme tan afligido, y no quieras ataparlos sin razón. Porque si no remediares mi dolor, á mí me basta que sepas que padezco, con entera libertad, y así lo quiero, con muy verdadero amor, pues á la muerte me ofrezco y por ti muero.
Fin.
Á LOOR Y HONRA DE SEÑOR JESUCHRISTO Y DE SU BENDITA MADRE SANTA MARÍA, NUESTRO AMPARO Y GUÍA, FUERON IMPRESSOS LOS SIETE COLLOQUIOS EN LA CIUDAD DE MONDOÑEDO EN CASA DE AGUSTÍN DE PAZ, IMPRESSOR ACABÓSE Á XXV DÍAS DEL MES DE OCTUBRE DEL AÑO DE MDLIII
NOTAS:
Tetuán de Chamartín.—Imp. de Bailly-Baillière é hijos.