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Orígenes de la novela, Tomo II

Note 93 — INTRODUCCIÓN

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Muy rápidamente he hablado de ellos. Su estudio más minucioso queda reservado para quien publique el Fabulario ó Novelero español, empresa digna de tentar la ambición de cualquier aficionado lo mismo á los estudios populares que á los de tradición erudita. Apenas hay anécdota del Sobremesa que no pueda dar motivo á una curiosa nota. No quiero omitir que entre ellos figura (1.ª parte, cuento 72) el apólogo clásico del poeta y el menestral que le estropeaba sus versos, aplicado por D. Juan Manuel, en el prólogo general de sus obras, á un trovador de Perpiñán, y por Sacchetti á Dante:

«Filogeno, famosísimo poeta, viendo que unos cantareros cantaban sus versos trastrocando y quebrando de ellos, con un báculo que llevaba dió en los jarros y quebrólos, diciendo: «Pues vosotros dañais mis obras, yo tambien dañaré las vuestras».

Todavía es más curioso el siguiente ejemplo, en que un cuentecillo de Timoneda viene á ilustrar un episodio de una comedia de Lope de Vega, cuyo argumento está tomado de la antigüedad romana.

En el tercer fasciculo de la Zeitschrift für romanische Philologie (1905, t. XXIX) se ha publicado una nota de Stiefel sobre las fuentes del Episodio de la Capa en el acto 2.º de El Honrado Hermano.

Está en Timoneda, Alivio de caminantes (núm. 29, parte 1.ª) y en el Libro de chistes de Luis de Pinedo (Sales Españolas de Paz y Melia, pp. 310 y 312).

Timoneda: «Venido un embajador de Venecia á la corte del gran turco, dándole audiencia á él, juntamente con otros muchos que habia en su corte, mandó el gran turco que no le diesen silla al embajador de Venecia, por cierto respecto. Entrados los embajadores, cada cual se sentó en su debido lugar. Viendo el veneciano que para él faltaba silla, quitóse una ropa de majestad que traia de brocado hasta el suelo, y asentóse encima della. Acabando todos de relatar sus embajadas, y hecho su debido acatamiento al gran turco, salióse el embajador veneciano, dejando su ropa en el suelo. Á esto dijo el gran turco: «Mira, cristiano, que te dejas tu ropa». Respondió: «Sepa su Majestad que los embajadores de Venecia acostumbran dejarse las sillas en que se asientan».

Pinedo: «Dicen que un Embajador de Venecia, en presencia de la Reina Doña Isabel, y visto que no le daban silla, se desnudó la ropa rozagante que llevaba, y la puso en el suelo doblada, y sentóse; y despues que hubo negociado, se fué en cuerpo. La Reina envió un mozo de cámara que le diese la ropa. El Embajador respondió: «Ya la Señoría no necesita de aquel escabel». Y no quiso tomar la ropa».

Pinedo (p. 312): «D. Juan de Velasco, hijo del Condestable D. Bernardino, entró á visitar al Duque de Alba y á otros grandes. No le dieron luego silla: dobló su capa, y sentóse en el suelo».

Confieso que ambos textos se me pasaron por alto al escribir el prólogo de la comedia de El Honrado Hermano en la colección académica, aunque tanto el libro de Timoneda, como el de Pinedo, me fuesen familiares; el primero desde mi infancia y el segundo desde que el Sr. Paz y Melia le sacó del olvido. Pero también el Sr. Stiefel, que tan agriamente censura los descuidos ajenos, olvidó en el presente caso otro librejo todavía más vulgar en España, la Floresta de Melchor de Santa Cruz, en cuya séptima parte (De dichos graciosos) se lee el mismísimo cuento, siendo verosímil que de allí le tomase Lope, que cita más de una vez aquella colección popular de apotegmas y chascarrillos.

«Un escudero fué á negociar con el Duque de Alba, y como no le diesen silla, quitóse la capa, y asentóse en ella. El Duque le mandó dar silla. Dixo el Escudero: «V. Señoria perdone mi mala crianza, que como estoy acostumbrado en mi casa de asentarme, desvanecióseme la cabeza». Como hubo negociado, salióse en cuerpo, sin cobijarse la capa. Trayéndosela un page, le dixo: «Servíos de ella, que á mí me ha servido de silla, y no quiero llevarla más á cuestas».

Los versos de Lope de Vega que corresponden á esto son los siguientes:

Curiacio 1.º Vuelve, Horacio, fuerte. Horacio. ¿Á qué? Curiacio 1.º Toma el manto. Horacio. ¿Para qué? Curiacio 1.º Pues ¿por qué le has de dejar? Horacio. No me acostumbro llevar La silla en que me asenté.

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