CAPÍTULO III
Reading edition
De la Filosofía escolástica en los «Ejercicios Espirituales».—Errores de otros filósofos que se refutan.—Las facultades en las operaciones humanas.—San Ignacio frente a los filósofos materialistas.—La fe y la razón, antorchas de la verdad cristiana.
Al referirnos, en este capítulo, a la Filosofía escolástica de los Ejercicios, no es para estudiar concretamente aquel sistema que dominó a Europa durante cuatro siglos, y que tuvo varias ramificaciones, sino las distintas escuelas filosóficas; porque sin tener ideas claras y exactas de ellas, no es fácil entender a muchos de nuestros escritores, ni compenetrarnos con ellos.
Sabido es que nuestro Santo, como varios ilustres doctores de la Iglesia, aun distinguiéndose por su saber en materias filosóficas, puede decirse que no fundó ninguna escuela, puesto que tampoco lo había intentado, como no intentó crear un sistema filosófico.
La tesis filosófica de sus Ejercicios se desprende per se, espontáneamente, en virtud de los razonamientos que aduce y de las consecuencias lógicas que deduce; así es que podría llamarse a su Filosofía: natural, científica.
Porque él, al igual que todos los Padres de la Iglesia, resuelve idénticamente las grandes cuestiones de la Filosofía, cuales son: Dios, el hombre y el mundo, esto es, siguiendo, única y exclusivamente, la doctrina de la Iglesia, ayudado de la fe y de la razón e impulsado por la inspiración superior.
Por eso, al hablar nosotros de la Filosofía escolástica, de San Ignacio, queremos referirnos más a la forma que al fondo, más al método que a la doctrina, puesto que la doctrina fundamental acerca de los tres puntos capitales antes citados, trinidad única de esta Ciencia augusta, es una sola e igual para todos: la que enseñó Jesucristo, y ha perpetuado su Iglesia con la fe, columna y único firme sostén de la verdad católica.
Ahora bien; como en el libro de San Ignacio encontramos muchos puntos de contacto con otros grandes filósofos, he aquí por qué hemos dado en llamar su Filosofía escolástica.
Desde luego nos encontramos con que, al reconocer la pequeñez del hombre, remeda la frase socrática: Sólo sé que no sé nada, con aquella otra del Apóstol: Hazte ignorante, para ser sabio[148]; porque si el único fin del hombre es salvar su alma, y no sabe hacerlo, ¿qué sabe?
Además, los que se burlan de Dios[149], de la Religión y de la Moral, encuentran un freno y una gran lección en los Ejercicios, como la encontraban en la doctrina de Sócrates los sofistas.
Este, dejando a un lado la consideración de los demás, ponía la perfección de la Filisofia en el conocimiento y culto de la Divinidad[150], en el arreglo de la conducta y en prepararse para recibir, en otra vida, el premio de las buenas acciones.
Nuestro Santo, también aparta la Filosofía; es decir, no habla con énfasis filosófico, pero enseña que la perfección de todos estriba en el conocimiento de Dios y de sí mismo, haciendo ver la diferencia que existe entre Dios y la criatura[151], poniendo de manifiesto cómo se debe dar culto[152] y amar a la Divinidad[153], arreglando nuestra conducta por medio de una confesión general, previa la práctica de los Santos Ejercicios, o de una confesión general, y ateniéndose después a las reglas de discreción del espíritu, para llegar, por medio de la penitencia, arrepentimiento y devoción, a recibir, en la otra vida, el premio de las buenas acciones[154].
Se dice de Sócrates que, de tal modo se concentraba en la meditación de las verdades morales, de la suerte del alma en la vida futura y sus relaciones con la divinidad, que algunas veces caía en la ilusión de creer que eran inspiraciones de un genio los productos de su viva fantasía y reflexión profunda.
San Ignacio, en cambio, para escribir sobre las verdades eternas en su libro de los Ejercicios, era asistido por el Divino numen, pues ya hemos dicho en otro lugar[155] cómo le inspiraba la Santísima Virgen, no siendo aquel fruto de una inteligencia cultivada, ni siquiera de una viva fantasía, porque carecía de estas cualidades; y si acaso la reflexión era profunda, no hubiera alcanzado, sin embargo, el grado de perfección, ni la altura en sus concepciones y razonamientos que se demuestran en él y en los puntos que se refieren a todas las verdades eternas, a los misterios de nuestra religión augusta, a los tesoros de bondad[156], sabiduría y amor que Dios guarda para los hombres, así como a lo fácil que puede ser la virtud[157], a pesar de lo flaco de nuestra naturaleza[158] y lo odioso que debe ser el pecado, aun pareciéndonos más deleitable, siendo más fácil cometerle, y lo pernicioso que es para nuestra alma[159].
San Ignacio aparécesenos cual otro Moisés, que, descendiendo del Monte Santo, trae entre las manos la Ley de Dios, y envuelto en resplandores asombró al pueblo hebreo.
Porque, ¿qué son los Ejercicios sino la explicación clara, sintética y filosófica de ese admirable Decálogo por el que han de regirse los hombres, si quieren vivir en santa calma?[160].
¿Y no irradian los resplandores de esta obra por todo el mundo y alumbra a los pueblos todos, como el candelabro sobre el celemín, de que nos hablan los sagrados libros?
El método de Sócrates era enemigo de cavilaciones, dirigiéndose tan sólo al buen sentido de los oyentes, empleando la forma de diálogo, casi siempre, que aproxima la discusión filosófica al trato común de la vida.
Bien palpablemente vemos cómo nuestro Santo Fundador escribe para que todos entiendan y sientan lo que dice, y, muchas veces, también, predomina el diálogo en sus meditaciones, pues de este modo parece que llega más pronto al convencimiento del lector u oyente.
Así como en tiempo de Sócrates no faltaban filósofos que, enorgullecidos de su ciencia, despreciaban el sentido común, y el Maestro les enseñaba con su ejemplo, que no es buena la filosofía que se pone en contradicción con las ideas y los sentimientos humanos, así, también, en tiempos del Santo (como en los nuestros) había muchos hombres que, hinchados por la ciencia, no sólo desprecian la fe y el buen sentido, sino que se burlan de ellos[161] teniendo como norma su propia razón y sus propias pasiones[162].
Pero, San Ignacio enseña también poniendo por delante aquella frase del Maestro Supremo: opéribus crédite, que tan sólo en el bien obrar y en dejarse guiar de la fe santa está la verdadera sabiduría[163] y la suprema virtud[164]; pues, si nos creó[165], nos dió un alma espiritual[166] para su gloria[167], entregándonos el señorío de todas las cosas creadas[168], poniéndolas bajo nuestros pies[169].
“De donde procede que el que quiere morir sin penitencia de sus pecados, virtualmente quiere permanecer en ellos para siempre y ser castigado para siempre[170]; mas si hiciere penitencia, ¡cuan dulces son las palabras de nuestro Divino Salvador: Yo os aseguro que en el Cielo habrá gozo por cualquier pecador que haga penitencia[171]. Porque, además, ¿qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?[172]. Y los que así no obran, yerran, equivocan el camino”[173].
El Maestro de la Escuela socrática, sin consignar principios generales, sin establecer teorías, se dirigía a sus oyentes haciéndoles algunas preguntas. Según la respuesta, preguntaba, de nuevo, excitando y dirigiendo la reflexión del discípulo, hasta que le conducía a la verdad deseada; con lo cual conseguía que el amor propio no se sintiese humillado teniendo que recibir doctrinas ajenas, antes experimentase una complacencia al ver cómo salían de su propio seno las verdades que aprendía.
San Ignacio, en cambio, consigna los principios generales[174]; no establece teorías, pero sí aconseja reglas[175] generales; emplea la pregunta y la respuesta[176] porque, de esta manera, persuade más y raciocina.
Excita y dirige la reflexión del ejercitante hasta conducirle a la verdad deseada y procura herir el amor propio, para que, conociendo su pequeñez y su maldad, reciba el don de la gracia, que es la verdadera doctrina y experimente la complacencia de ver cómo se ilumina su mente y su corazón con la luz de la sabiduría increada.
—¿Quién podrá conocer tu malicia? Para eso sería necesario saber lo que Dios es. Dios es Dios[177].
Párate un poco a considerarlo y temblarás sólo de ponerlo en boca su santo nombre y de acordarte que le has ofendido[178].
Ahora lo conozco y, con toda el alma, deseo volver a Vos[179].
Y así como la Filosofía griega recibió en la escuela de Sócrates un impulso tan grande que la levantó a una altura a la que no había podido llegar ningún país; así San Ignacio, con sus Ejercicios, da al mundo católico un impulso, como casi lo había dado ningún Santo Padre, puesto que ningún libro (fuera de la Biblia y el Kempis) se han leído ni meditado tanto como éste, y, por consiguiente, ninguno ha producido tan grandes beneficios a la Iglesia, ni tanto provecho a las almas, ni tanta gloria a Dios.
Y si de la escuela del Maestro pasamos a su discípulo predilecto Platón, llamado (el Divino), veremos que San Ignacio tiene también puntos de contacto con aquél, quien sostenía la inmortalidad del alma, con calor y elocuencia[180], la sanción de la conciencia y de su origen divino, señalando premios y castigos en la vida futura, haciendo constar que nada existiría, nada sería ininteligible, nada posible, si no existiera Dios[181].
Porque si buscamos plenitud de ser, allí le encontraremos; si buscamos una inteligencia infinita. Él es; si buscamos unidad donde se halle el principio, origen y vínculo de todas las verdades, allí están.
La virtud no consiste en otra cosa que en imitar a Dios.
¿Y no encontramos en los Ejercicios todos estos temas desarrollados con una admirable claridad de exposición, con una expresión bien sencilla y con unos razonamientos inconfundibles e irrebatibles?
He aquí cómo se expresa al tratar de la sanción de la conciencia:
“¿Cómo Dios me ha sufrido hasta ahora? ¿Cómo los ángeles, ministros de su justicia, no me han exterminado?... El sol, ¿cómo no me abrasa con sus rayos? ¿Por qué me alumbra? ¿Cómo los cielos me han conservado con sus influencias? ¿Cómo el aire me ha dado respiración? ¿Cómo el agua me ha refrigerado? ¿Cómo el fuego no me consumió? ¿Cómo la tierra no se abrió para tragarme? ¿Cómo los demonios no han arrebatado mil veces al infierno mi alma?”[182].
Repetidas veces hemos aludido a las meditaciones del infierno y de la gloria, en que trata de los castigos y premios de la vida futura, así como de las que se refieren a la existencia de Dios, y en las que prueba que en Él están la sabiduría[183], la plenitud del ser, la Unidad y en quien se encierran el origen, el principio y el vínculo de todas las cosas.
Y que la virtud no consiste en otra cosa que en imitar a Dios, nos lo demuestra en todos los Ejercicios, y especialmente en el lema que le sirve de escudo, a saber: “El hombre ha sido creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios, y, mediante esto, SALVAR SU ALMA”.
Y, si por acaso, continuáramos analizando otras escuelas, nos encontraríamos con que el Santo tiene muchas y grandes concomitancias con San Agustín, con Séneca, con Aristóteles, con Cicerón, con Santo Tomás y otros muchos filósofos que crearon escuelas e hicieron sistemas.
* * *
Mas no sólo entra en nuestro ánimo presentar al Santo Escritor asentando verdades filosóficas tan básicas y tan importantes, para rebatir doctrinas iconoclastas, sino que nos proponemos demostrar cómo dió la batalla para rechazar aquellas ideas que no están en armonía ni en consonancia con la fe y la razón, en cuanto afecta a las cuestiones de Moral y de Religión.
Así vemos cómo refuta las ideas de Anaxímenes, que sostenía como principio de las cosas al aire y al infinito[184]; de Anaxágoras, que defiende, como principio de las cosas, las partículas semejantes[185], pues así como el número—razonaba—se compone de partes tenuísimas, así el mundo fué compuesto de corpúsculos semejantes entre sí. Preguntado para qué había nacido, respondió que para contemplar el sol, la luna y el cielo; a Aristipo, que ponía como último fin del hombre el deleite y decía que nada hay bueno o malo por naturaleza, sino por ley y por costumbre; a Pitágoras, que enseñó como principio de todas las cosas la Unidad, y de ella procede la dualidad; que el alma es una partícula del éter; a Heráclito, quien defendía que todo procede del fuego y en él se resuelve todo; a Lemipo, que decía: “Todas las cosas son infinitas y se transmutan entre sí. Los átomos son el principio de las cosas”. Demócrito enseñaba que el átomo y el vacío son el principio de todas las cosas; todo sucede por necesidad, que es el principio en el cual se engendra todo[186].
Esto en cuanto a los filósofos de la antigüedad.
Si pasamos a épocas subsiguientes, nos encontramos a los pitagóricos, que si admitían una gran unidad de la cual dimana el mundo, sin embargo, consideraban éste como un conjunto de otras unidades subalternas y afirmaban que nuestra alma es un número; a los sexófanes, quienes reducían su doctrina a la idea grosera y poco científica de considerar al mundo como un todo, vivificado por un alma, negando, por ende, la creación y hasta la producción[187].
También encontramos en el transcurso de esta investigación científica a Parménides, discípulo del anterior, quien consideraba al mundo como un todo, y afirmaba que el fuego era el que había formado la tierra y lo que lo movía; a Zenón de Elena, que desenvolvió la doctrina de Parménides, pero valiéndose de la dialéctica, instrumento bien poderoso en el terreno de las cavilaciones.
Negaba la existencia de la materia, del movimiento y del espacio y cayó en un círculo vicioso, cual era el decir que no hay variedad porque todo es uno; todo es uno porque no hay variedad.
Como vemos, hasta lo que dejamos analizado, el nervio de todas las escuelas filosóficas ha sido el estudio de la creación del mundo y de su formación, dándose definiciones bien extrañas y faltas de razón.
Todas ellas las refuta nuestro Santo con estas sencillas frases: “Dios sacó todas las cosas de la nada y creó al hombre; compaginó este cuerpo, prodigio en su composición y estructura y me dió esta alma espiritual a imagen y semejanza suya, y con su aliento la infundió en este cuerpo de barro”[188], y como ab æterno es infinitamente felis, el alma también es eterna.
Como refuta el ex nihilo nihil fit de la nada, nada se hace de los epicúreos[189].
Y, si continuamos el análisis de escuelas, teorías y métodos, aunque los hallemos bien distintos, no nos sorprenderá verlos refutados por nuestro filósofo.
Porque, si miramos a la escuela cirenaica, que proclama como único fin del hombre la felicidad, que consiste, según aquélla, en los goces del placer, varémosle que, indignado, condena esta teoría, diciendo: “La misma razón prueba que ni fué, ni pudo ser creado el hombre sino para Dios, prueba que las demás cosas se han de referir a Dios”[190].
Y en otro lugar dice: “El alma del condenado tendrá presente los bienes y delicias, los goces y los placeres de su vida pasada, y su recuerdo le afligirá... Todo pasó para mí, exclamará...[191]. ¿De qué me han aprovechado? ¿Quid nobis profuerunt? Me he condenado por cosas que nunca satisficieron la sed de mi alma, ni llenaron cumplidamente los deseos de mi corazón. Ergo errávimus. Me he equivocado.”
Y más adelante: “De todas las acciones, de todas las palabras, de todos los pensamientos se ha de dar muy estrecha cuenta sin exclusión de un solo momento, desde que empezó el uso de razón hasta la última hora de la vida... ¡Cuántos motivos de acusación en cada vicio, contra cada virtud!... ¡Cuántos delitos, cuántos placeres recordados!... Pasó la vida en cometer maldades, y de sus obras depende la muerte que le ha de caber”[192].
Por último: “¡Qué reproches y denuestos se dirigirán el cuerpo y el alma de los malos! ¡Cómo se volverán contra sí! Maldecirán, el cuerpo la condescendencia del alma, y el alma los apetitos del cuerpo: éste porque el alma no le rigió según su deber, y ésta porque el cuerpo quiso vivir como las bestias, sin sujetarse a ley ni freno[193]. Mas ya no hay remedio, el Juez omnipotente pronunciará, con ceño severísimo, la terrible sentencia: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno”. ¿Qué pensaré entonces de las cosas de este mundo? ¿En qué concepto tendré entonces las riquezas, los honores y los placeres? Desaparecieron como humo no dejando mas que rubor y pesar de haberlas amado”[194].
¿Hay argumentos más irrefutables, razones más poderosas, teoría más fundamental que ésta para rebatir a estos partidarios de la escuela cirenaica?
Pues lo mismo se puede aplicar a los pirrónicos, que defienden, igualmente, la teoría del placer.
¿Y qué decir de la doctrina de los epicúreos, que reducen la vida futura a la nada, siendo la muerte el fin de todo?; ¿qué de los estoicos, cuyo Dios es el fuego, cuya alma es una centella de ese fuego, sin libertad ni vida futura?; ¿qué de los eclécticos, quienes confunden todas las doctrinas, sin encontrar la verdad?; ¿qué de los neoplatónicos, quienes afirmaban que de los dogmas cristianos nada había que les hiciera dignos de ser considerados como religiosos, sino como temas de estudios filosóficos?
Los protestantes mantenían, también, la doctrina de la justificación por los solos méritos de Cristo y sin la eficacia de las obras.
Los alumbrados y quietistas defendían la idea de la contemplación pura en que, perdiendo el alma su individualidad, abismándose en la infinita esencia, aniquilándose, por decirlo así, llega a tal estado de perfección e irresponsabilidad, que el pecado cometido entonces, no es pecado, herejías éstas que son como el resumen de las mantenidas desde los tiempos de los bracmanes o gimnosofistas de la India, pasando por los budhistas, por la escuela neoplatónica, hasta los Nicolaítas, Cainitas y Adamitas.
Y como nota saliente habremos de hacer mención de una congregación secreta que, en 1529 se descubrió en Toledo, llamada de alumbrados y dexados, cuyos miembros eran, casi todos, ignorantes, analfabetos e idiotas.
El cronista Alonso de Santa Cruz nos dice[195] que su doctrina era una mezcla de luteranismo, quietismo y de iluminismo fantástico.
He aquí sus errores principales:
Afirmaban que no había infierno.
Que el Padre había encarnado con el Hijo y que en la bienaventuranza había fe, y los que lloraban sus pecados eran propietarios de sí mismos.
Decían que no eran necesarios los actos exteriores de la adoración, pues era una imperfección... Las obras que se hacen con fe, esperanza y caridad no son por amor a Dios, sino por propio interés. Vedaban la meditación de Cristo. Sostenían que Dios viene más directamente al alma humana que a la hostia consagrada; que la suma perfección no estaba en servir a Dios, ni en guardar sus mandamientos, ni en hacer penitencia, y, entre otros muchísimos errores más, sostenían que aunque no hubiera pecado Adán, no habría entrado nadie en el Cielo, si no hubiese nacido el Hijo de Dios.
Para todas tuvo argumentos, a todas combatió y de todas salió victorioso, pues que su doctrina ha irradiado por doquier iluminando al mundo, a las inteligencias y moviendo a los corazones todos.
San Ignacio, más que con su ciencia, con su inspiración; más que con razonamientos, con su vida ejemplar y santa; más que con su pluma misma, con escribir al dictado de lo alto[196] nos presenta este gran monumento literario, religioso y filosófico, esta gran obra llamada Ejercicios Espirituales, con la que rebate valiente y certeramente el sensualismo de Hobbes y Locke, la moral independiente de Gassendo; el ateísmo de Condillac, Voltaire, de la Maitre, Diderot, Darwin y otros; el socialismo y panteísmo de Zola, Tolstoy y Gorki, así como el enciclopedismo y la indiferencia religiosa de nuestros tiempos.
Dijérase que, cual otro Elías, empuña su espada de fuego y con ella defiende la causa de Dios y arremete contra sus enemigos, o bien toma la de Saulo para, convertido en otro Apóstol, erigirse en capitán y mandar esa Compañía de Jesús que tanto se afana y trabaja para conseguir la mayor gloria de Dios[197].
* * *
Como prueba inequívoca de su omnipotencia, de su sabiduría y de su amor, quiso Dios dotar al alma humana de otras tres potencias: memoria, entendimiento y voluntad, que, filosóficamente hablando, se denominan la sensibilidad externa, la imaginación; la sensibilidad interna o facultad del sentimiento y la inteligencia.
Aunque bien conocido de todos el alcance de estas facultades, creemos, sin embargo, conveniente dar una ligera idea de ellas para conocimiento de todos.
La sensibilidad externa es aquella que ejercitamos por medio de los cinco sentidos, es decir, que se extiende a todos nuestros actos externos.
Con la imaginación reproducimos en nuestro interior las impresiones de los sentidos, sin que éstos tengan dependencia alguna de aquéllos.
Por sensibilidad interna entendemos aquella delicadísima facultad que nos pone en relación directa con los objetos, bien que independientemente de la naturaleza particular de la sensación externa, de la imaginación y del conocimiento, es lo que llamamos vulgarmente sentimiento.
La inteligencia es la facultad de conocer las cosas[198].
Ahora bien; para ejercer el entendimiento se precisa tener un conocimiento perfecto y un juicio exacto de la verdad; porque si es cierto que las demás facultades auxilian al entendimiento, ofreciéndole objetos exteriores o afectos de la misma alma, sin embargo, ellas, por sí solas, no conocen. La naturaleza nos las ha dado para ponernos en comunicación con los objetos, para presentárnoslo bajo ciertas formas y afectarnos de diversos modos, sin perjuicio de reservarse siempre y necesariamente a la facultad superior, que debe presidir todos los actos, internos o externos, del hombre, el entendimiento, con el verdadero conocimiento de todo.
Claro es que tal es y tan continua la necesidad que el entendimiento tiene de todas las facultades[199] que, de no saberlas dirigir bien, incurriremos en frecuentes y gravísimos errores.
Por eso ha dicho Condillac: “Ya nos elevemos a las alturas del cielo, ya descendamos hasta las profundidades del abismo, no podremos salir nunca de nosotros mismos, pues siempre percibiremos a nuestra propia mente”.
Y tan evidente es esto, que no encontramos concebible ninguno de nuestros conocimientos sin la intervención inmediata de alguna de nuestras facultades. De ahí que el ejercicio de éstas haya sido anterior a su propio conocimiento por los que intentaron descubrirlo y definirlo, esto es, por los filósofos.
Por todo esto no cabe dudar que la Filosofía ha sido un título de gloria para la mente humana, y podría considerarse como una blasfemia contra el Creador si se le quisiera atribuír, sin fundamento alguno, el haber infundido un deseo que le extraviase en el vasto campo de los devaneos, dice García Luna.
Y no podemos caer en un concepto tan erróneo cuando contemplamos ese orden tan admirable que reina en todo el Universo. Porque si la Providencia formó hasta los órganos del más vil insecto y les infundió vida y movimiento, ¿cómo había de proceder de distinta manera con la criatura en que más resplandece su sabiduría?
De ningún modo; y así se ve que, por medio de tales facultades, llegamos a conocer las ideas del bien y de la belleza que, a la manera que se hayan desarrollado en nuestra alma, así acertaremos o no a pintar la naturaleza, bien como la triste realidad nos la presenta, bien como el entendimiento la concibe, teniendo siempre en cuenta el objeto que nos propongamos o el fin a que aspiremos.
Tales disquisiciones nos traen como de la mano la figura de nuestro Santo filósofo, quien, dotado de todas estas facultades que enumeradas quedan, pero en un grado superlativo de perfección, supo plasmarlas en su libro admirable, haciéndonos ver cómo la belleza infinita de Dios es la perfección del Bien Supremo; y como todos los hombres desean conseguir ese Bien, nos describe los instintos generosos y de nobleza inherentes a nuestro corazón, contribuyendo eficazmente a buscar la belleza como perfección del bien.
Él nos pone delante de los ojos el modelo de Jesucristo[200], al cual el alma no sólo cree y conoce que es deber suyo acercarse, sino que le hace sentir que, de lograrlo, llega al término de sus deseos, le manifiesta la parte celestial que en sí tiene, el soplo divino que la anima, y, de este modo, la obliga a desprenderse de la tierra y contemplar en la porción más noble de su misma naturaleza una parte que su mente atribuye al Todopoderoso.
Y no creáis que pierde nada de su valor real este efecto sublime de las meditaciones de los Ejercicios porque no sean tan palpables; sino, por el contrario, excitan las facultades del alma y hacen recapacitar más, ejercitarlas con más intensidad.
Porque los que sólo ven con los ojos corporales, habrán de parecerles visiones las cosas que no son capaces de comprender; mas los que ya reflexionan, penetran en lo íntimo de su alma y se sienten profundamente conmovidos cuando consideran a la grandeza, sabiduría y omnipotencia de Dios en la creación[201]; o su amor inmenso a los hombres en su Vida, Pasión y Muerte, así como en la Eucaristía[202]; o su bondad al dar participación en la gloria a las almas virtuosas[203]; o su justicia al infligir un castigo eterno para los pecadores[204]; o su misericordia cuando éstos, arrepentidos, les acoge en su seno y les perdona[205]; o su magnanimidad cuando les exhorta a servir en sus banderas para conquistar el Reino de Cristo[206]; o su generosidad cuando sale en busca del hijo pródigo para perdonarle y celebrar, con festín, su vuelta, arrepentido de su pasado[207].
O bien comprenden la pequeñez del hombre, su soberbia y su maldad, para llegar a los afectos de confusión, por haber ofendido a Dios[208]; de arrepentimiento de sus pecados[209]; de temor al castigo eterno[210]; de gratitud por sentirse perdonados[211]; de admiración por verse tan amados de Dios[212]; de gozo por sentirse fortalecidos con la virtud para luchar contra nuestros tres enemigos y por llegar a merecer el premio eterno reservado a los virtuosos[213]; de reconocimiento por haberse dignado Cristo Jesús bajar del Cielo a la Tierra para ofrecerse en holocausto de nuestros pecados y redimirnos de ellos[214], dejándonos en prenda la Sagrada Eucaristía[215], y su corazón sacratísimo[216], así como por habernos dado como madre nuestra, refugio de pecadores y consuelo de los afligidos, a su propia y Santísima Madre María[217].
Con todas estas meditaciones y con todas estas sensaciones, ritmos constantes de estas facultades que integran nuestra alma, hacen latir los corazones, y las emociones que en aquellos instantes se experimentan nos hacen salir fuera del mundo positivo, pues nuestra alma suspira por conseguir esa belleza increada, que es el Sumo Bien, Dios mismo, a quien ve descrito en las meditaciones.
“El entusiasmo—ha dicho una escritora—es para la conciencia un estímulo, como lo es el honor respecto del deber; hay en el alma una parte de energía que debe consagrarse a la belleza; por tanto, las creaciones del ingenio tienen un carácter moral, que les atribuye una importancia que, al primer aspecto, no se descubría en ellos.”[218].
Mas para que se pueda experimentar ese entusiasmo, ha de preceder una función de nuestras facultades, un afecto, un amor, que en las cosas espirituales ha de ser el amor de Dios, base de todos los deberes que el hombre tiene para con Él[219].
Éste engendra la veneración, la gratitud, el reconocimiento por todo lo que hemos recibido de su bondadosa mano, y, por tanto, la adoración interior con que nos humillamos en su presencia. Obligación que se funda en la propia naturaleza del hombre.
Mas todo esto obra, además, por medio de la conciencia, pues ella nos hace también sentir y conocer. Por ella amamos, por ella nos dolemos, por ella nos alegramos, pues, según la definición más exacta, la conciencia es la facultad por la cual nuestra alma percibe las afecciones propias[220].
Pero es que, además, nuestro Filósofo sabe producir esa concatenación en el actuar de las potencias de nuestra alma, y, al efecto, para excitar la memoria, le hace recordar las eternas verdades[221] y cuánta es la gravedad de la ofensa a Dios[222], para que no incurra en el pecado, según aquello de memorare novissima tua et in æternum non peccabis; excita, igualmente, el entendimiento, por medio del cual el ejercitante ha de comprender los daños del pecado y los bienes de la virtud, según el castigo o la recompensa que para éstos hay, moviéndose al dolor y al arrepentimiento o a la gratitud y alegría, por medio de ejercicios de humildad y satisfacción, con lo cual se cumple aquel axioma filosófico: nada hay en el entendimiento, que no haya sido antes objeto del sentimiento: nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu.
Excita, por último, a la voluntad, para que, recordando nuestro abolengo divino y comprendiendo y conociendo dónde está nuestro fin[223] y nuestro Reino[224], lo deseemos, lo amemos y queramos poseerle con toda la intensidad y con todo entusiasmo; porque nada se quiere si no se conoce: nihil volitum quim præcognitum.
Es decir, que, según el Aguila de Hipoa: el alma, primero, ha de conocer a su Dios, para quererle; amarle después y poseerle, como último fin[225].
Así el autor de los Ejercicios ha sabido llenar este importante punto filosófico, demostrando cómo las facultades del alma influyen en las operaciones humanas.
* * *
Estos razonamientos nos hacen comprender las miras elevadas de nuestro Escritor filósofo. Las concepciones que, si bien ocasionadas por los hechos exteriores, aspiran a lo infinito, muestran, a su vez, que el hombre participa, en algún modo, de la naturaleza divina de su Creador, puesto que las especulaciones más sublimes de la Filosofía coinciden en este punto con las verdades reveladas: hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza: fatiamus hominein ad imaginem et similitudinem nostram; y la razón humana, después de divagar en el vasto campo de las suposiciones, después de querer rebajarse a la condición de los brutos, viene, al cabo, a reconocer la verdad más importante de todas las verdades, encerrada en esas sencillas palabras del Génesis.
Por eso Bacon llegó a decir que “era menester atender las facultades del entendimiento y hacerse apto para penetrar en las

TRES ÉPOCAS DE SAN IGNACIO
JOVEN GUERRERO; HERIDO EN LAS MURALLAS DE PAMPLONA Y GENERAL DE LA COMPAÑÍA
obscuridades de la naturaleza y caminar por sus más escarpadas sendas... Porque, si las ideas son vagas y mal concebidas, todo el edificio de nuestra inteligencia se desmorona”[226], y el célebre lord Verulamio sostenía que “la especie de culto idolátrico que suelen los hombres tributar a su inteligencia, hace que abandonen la contemplación y el estudio de la Naturaleza, para envolverse de algún modo en sus propias meditaciones y en las ficciones de su espíritu[227]; mas, para adquirir los conocimientos humanos, es preciso “separarse totalmente de la vida seguida hasta ahora... abandonar las teorías, opiniones e ideas recibidas, y que la inteligencia, libre y como una tabla rasa, comience el estudio de los hechos particulares”[228].
Con tales teorías se llegó al materialismo de Condillac, quien sostenía que el yo era una colección de sensaciones, y como éstas se verifican por medio de los nervios y del cerebro, bien claro está que desaparece todo raciocinio espiritual.
En iguales errores incurrieron Cabanis y Destutt-Tracy. El primero sostenía que las “Ciencias morales no deben ser más que un ramo de la historia natural del hombre”[229].
El segundo dice: “Todas nuestras operaciones intelectuales son efecto de los movimientos que suceden en nuestros órganos...; nuestras percepciones de relación son, como todas las demás, efectos de los movimientos sucedidos en nuestros órganos...; la acción de sentir es un efecto particular de la de movernos: pensar, es sentir”[230].
Así que estos errores del materialismo vinieron a dar aquellos otros frutos que se llamaron la doctrina sensualista, en la que cayeron Berkeley y Hume.
Coudillac, Cabanis, Destutt, Tracy, y Broussais sostenía como principio único de todas las operaciones del alma el elemento exterior del pensamiento, ocultando en su análisis la parte esencial que la energía propia de la mente tiene en la formación de éstas.
Así se ve que cuando pretenden determinar la parte que las impresiones de los objetos tienen, en la formación de nuestras ideas, no advirtieron nunca que, sin la concurrencia activa del alma, todas esas impresiones habían de ser completamente estériles y que su entendimiento era el verdadero cadáver de su inteligencia.
Mas no es sólo que incurrieran, por este razonamiento, en el materialismo más abstruso y en el escepticismo más grosero, sino que produce aun mayores estragos, especialmente en el mundo moral.
¿Por qué? Pues muy sencillo: porque a la noción universal y necesaria de la justicia, substitúyenla con la utilidad; es decir: que los derechos y los deberes, la autoridad de la conciencia y la idea de orden son arrollados por los incentivos del interés individual. ¿Pueden darse mayores absurdos? Rotos, así, los vínculos sociales, conviértese la sociedad en un campo de Agramante, en el que la lucha de las pasiones humanas ha de ser porfiada e indefinida, y el individuo según esto, será tan sólo un factor para producir toda clase de fechorías y maldades, ya que sólo su voluntad, sus apetitos y su libre albedrío han de ser los únicos guías, los consejeros áuricos de sus actos.
Aun a trueque de repetir conceptos que ya hemos emitido, no dejaremos de exponer cómo rebate estas teorías San Ignacio, por medio de la doctrina simplicísima de la reflexión moral.
Parte nuestro Santo de la base que el alma es el centro de las facultades cognoscitivas, el eje de todas nuestras emotividades[231], la unidad en la triple función de sus potencias; y, siendo esto así, natural parece que el hombre, dotado de esta alma, de esta inteligencia, de todas estas facultades cognoscitivas y emotivas, tiene que obrar con arreglo a las leyes eternas dictadas por el Creador de toda causa eficiente, de toda obra existente[232].
Por eso coloca al ejercitante en el estado de ánimo capaz de conocer y de sentir, de amar y aborrecer, y procede, filosóficamente hablando, con tal correlación, que, psicológicamente, le coloca en situación de ente sensitivo, activo, intelectivo y capaz de obrar libre, espontáneamente, pero rectamente y en armonía con los impulsos de su corazón, con las reflexiones de su mente, con la eficacia de su voluntad[233].
Él presenta ante la consideración, si no los objetos materiales, sí las ideas que nos impresionan, porque nos causan agrado o desagrado, alegría o tristeza, dolor o consuelo, admiración o desprecio, amor u odio[234].
Además, experimentamos que cuando nuestra alma siente el dolor, por ejemplo, de haber pecado, y por esto haber ofendido a Dios, y, en su consecuencia, habernos separado de Él y haber incurrido en Su enojo[235], se concentra, hasta el punto de aborrecer todo lo que le hace sufrir; mientras que, cuando, efecto del arrepentimiento, sentimos el consuelo de la gracia divina y vemos la promesa de una vida dichosa como término a una vida de virtud y amor a Dios, nuestra alma se alegra, y con la alegría se dilata, se esparce y ama eso que la atrae, que la subyuga, que la enamora.
De este modo, el alma pónese en relación con estas ideas, ejerce su propia energía y, sin ésta, su acción sería estéril e ineficaz, porque a nada sería accesible.
La Providencia nos ha hecho sensibles para que podamos llenar los designios que nos señaló y se propuso al crearnos, y de ahí que sintamos, porque obra en nosotros su poder, y esta propia sensibilidad nos hace llenar plenamente una vida de seres conscientes y perfectos, pues, al hacernos conocer y sentir, nos impulsa a obrar con perfecta libertad y nos convierte en verdaderos hombres, haciéndonos trabajar en nuestro propio perfeccionamiento.
Damirón ha dicho que “esa maravillosa facultad de recibir las impresiones de lo exterior, con que la Providencia nos ha dotado, sirve para llegar hasta nosotros, comunicarnos sus dones y enseñarnos a vivir. Si el alma ni las tuviese, ni las recibiese, sería de todo punto imposible no sólo nuestra educación, sino hasta nuestra existencia racional y menos moral”[236].
Así, las funciones de actividad y pasividad del alma quedan probadas y refutados los errores de los sensualistas y materialistas, quienes sostienen, en este punto concreto, que el alma es pura y completamente pasiva.
“La vida del hombre—ha dicho el Santo Job—es una constante lucha consigo mismo: militia est vita hominis super terram; y, como el Cielo le formó para esta lucha, le dotó también de los medios para actuar en ella, ofensiva o defensivamente. ¿Cómo? Por medio de esas potencias del alma, por medio de esas facultades intelectuales, por medio de esos sentimientos y afectos.”
La propia experiencia nos enseña, como también nos lo enseña nuestro Santo en sus meditaciones, que podemos sujetar nuestros afectos, sin que, por eso, se diga que está en nosotros el poder evitar el sentirlos.
Él nos enseña y aconseja también cómo debemos ejercitar o refrenar el dolor, cuándo debemos sentir el miedo a lo eterno, cómo y cuándo debemos refrenar los ímpetus de venganza[237]. Él nos muestra cómo nos hemos de dar cuenta de lo que pasa en lo íntimo de nuestra conciencia, cuando experimentamos estas impresiones y sentimos estos afectos y cómo debemos hacer uso del imperio que nuestro Criador nos concedió sobre nuestro propios sentimientos y afectos; en lo que consiste la dignidad, la superioridad del hombre, diferenciándole de los demás brutos, que obedecen ciegamente a sus instintos, siguen sus pasiones y apetitos propios.
A propósito de esto, discurre un sabio jesuíta, el Padre Roothaan, de la siguiente manera: “Todas las cosas criadas de suyo son indiferentes, puesto que todas pueden igualmente o desayudar o ayudar a la consecución del fin del hombre. La misma Filosofía humana conoció con lumbre natural esta verdad, cuando enseñó que todas estas cosas no son, propiamente, ni buenas ni malas, sino adiáfora, indiferentes. Y, siendo esto así, nada, ciertamente, más puesto en razón y más oportuno en orden a nuestra salvación eterna, nada más conforme con la verdadera sabiduría, que el mostrarnos del todo indiferentes con todas las cosas del mundo. En todo lo que es concedido a nuestro libre albedrío y no le está prohibido. Añádase, con razón, esta cláusula, porque, si bien todas las cosas per se son indiferentes, sin embargo, con relación a nosotros, y tomadas en particular, hay muchas que la ley divina, el propio deber, la justicia, la caridad, nos mandan, o precaver o rechazar con todas nuestras fuerzas, y muchas que nos mandan procurar o conservar, las cuales, por tanto, con relación a nosotros, son verdaderamente o buenas o malas, y, por lo mismo, no es concedido a nuestro libre albedrío que, acerca de ellas, estemos indiferentes.”
Pues dondequiera que interviene la voluntad de Dios, que prohibe o manda hacer algo, irremisiblemente debemos nosotros querer o no querer lo que quiere o no quiere Dios.
* * *
Cuando repasamos la historia de la Filosofía y, a través de sus páginas, nos encontramos con tantos grandes pensadores, con teorías tan desemejantes, con sistemas tan diversos, con escuelas tan opuestas y con tesis tan varias, no podemos menos de reconocer que todo esto obedece a una sola causa; a saber: a que, a pesar de sus trabajos, sus desvelos, sus afanes y su ciencia, no han llegado a penetrar en ese santuario augusto que se llama la verdad cristiana.
Y esto, ¿por qué? La razón es obvia: para llegar a una meta, es preciso conocer el verdadero camino y seguirle recto; y si, por acaso, ha de recorrerse en noche obscura, precisa ir provisto de luminarias, de antorchas que, con su luz esplendente, vea por dónde camina y pueda ir con paso firme y seguro. Pues bien: para llegar a la meta de la verdad cristiana, ya lo hemos visto, muchos han querido ir a ciegas o con la sola luz de la razón o con la única antorcha de la fe, y, claro es, que como la una ha de completarse con la otra, pues la primera es reflejo de la segunda, no han podido llegar a esa meta, a ese santuario, para postrarse, rendidos, ante la verdad cristiana.
Porque la fe, según el Apóstol, es el argumento de las cosas no aparentes: argumentum non aparentum; es decir, que no son susceptibles de evidencia o certidumbre intuitiva.
“Ahora bien—argumenta Proudhon—; las cosas que no aparecen constituyen la mayor parte de los objetos que ocupan el espíritu y la conciencia del hombre; de donde resulta que, como no sea por la fe, según dice San Pablo, no podemos saber nada, o casi nada, de las cosas del Universo, ni de la humanidad. Por ahí ha venido a ser la fe un criterio para el espíritu”[238].
En las cuestiones dudosas, la mayor parte de los hombres no conocen mas que la fe. Y, si siguen la razón, o es sin saberlo o es para prescindir de aquélla; pocos utilizan ambas, porque no conciben la razón sin un decreto, ni la Filosofía sin su criterio.
El cristiano, pues, armado con esta fe, puede poseer muchas de las cuestiones filosófico-morales, pues todas ellas están bien expresamente manifiestas ya en palabras de Cristo, consignadas en las Sagradas Escrituras, ya en las interpretaciones que de tales cuestiones da la Iglesia, única autoridad docente.
De donde se deducen estas tres proposiciones; a saber:
Toda proposición confirmada por el Evangelio o aprobada por la Iglesia, es verdadera.
Toda proposición desmentida por el Evangelio o condenada por la Iglesia, es falsa.
Toda proposición sobre la cual nada haya dicho ni el Evangelio ni la Iglesia, es indiferente.
Así vemos, pues, que los filósofos se pierden en disputas y disquisiciones sobre el origen y el fin de las cosas; pero muchos de los sabios cuyos nombres resuenan por todo el mundo no encuentran ni un rayo de luz para alumbrar el caos de sus doctrinas, ni una palabra de consuelo para saciar la sed de verdad de sus discípulos y secuaces, ni aciertan a encontrar una fórmula que, por lo menos, cubra, como con un manto protector, su impudicia o su ignorancia. Y es que caminan sin esa antorcha de la fe que sabe y puede inundar de luz las mentes y las inteligencias que a ella se acogen.
¿Hay Dios? ¿Hay uno o muchos? ¿Cuál es su naturaleza, cuáles sus atributos? Leed a Platón, a Cicerón, a Aristóteles, a los más grandes hombres de la antigüedad, y ¿qué encontráis? Errores, incertidumbres, tinieblas[239]. Leed, en cambio, la Sagrada Escritura; leed el libro de los Ejercicios Espirituales, de San Ignacio, y os encontraréis con que la fe os habla de este modo: Hay un Dios, eterno, infinito, inmutable, inmenso, criador, conservador, ordenador de todas las cosas, cuya providencia se extiende a todo lo criado; a cuyos ojos, tanto lo pasado como el porvenir, está patente; para quien el corazón del hombre no tiene secretos, porque todo lo conoce, todo lo ve, abarca todos los extremos, todo lo dispone con suavidad, vela sobre el justo y aun sobre el pecador, reservando para otra vida la sanción de sus actos.
Además, encontraréis también que por la fe se halla explicación a la existencia del alma y su inmortalidad; el libre albedrío para escoger el camino del bien o la senda del mal; el origen de los distintos y aun contrarios pensamientos que el hombre suele tener; la causa de sus males, sus remedios, sus compensaciones; todo, en fin, lo vemos explicado con sabiduría, tan digna de admirarse, que cuando paramos mientes en examinar todos los sistemas, teorías, escuelas filosóficas, parécenos asistir a una babel científica o a juegos infantiles, en los que nunca se entienden.
¿Y qué decir de esa otra luminaria que llamamos razón?
El mismo Proudhon[240] dice que “La razón, bajo el nombre de ciencia, conocimiento, episteme, gnosis, o bajo el más moderno de filosofía, aspiración a la ciencia, se ha puesto en oposición con la fe y ha aspirado a la posesión de la verdad; no ya sobre aquella sentencia fides ex auditu, sino por medio de una contemplación directa, sicuti e facie ad faciem; es decir, cara a cara. Ver la verdad en sí, con la sola garantía de sus ojos y de su razón, es, evidentemente, descartar la suposición de la existencia de un criterio”.
Mas, ¡ah!, que estas frases, más que encomiásticas, son un verdadero insulto y un denuesto a la razón, porque ésta viene a ser como una parte integrante de la Filosofía, y, de tal manera, que bien pudiera decirse que es una cualidad sine qua non que puede estar en la Filosofía.
Y quien desprecia la razón, o la toma como única base de argumentación, suele ocurrir que se convierte en un ególatra.
Lutero despreciaba la razón, y tuvo aquel rasgo de soberbia luzbélica de erigirse en legislador supremo de una Iglesia que él fundara, para que cubriera sus impudicias y sus sacrilegios. Lamennais escribió páginas inimitables y llenas de elocuencia contra la razón, y, sin embargo, intentó también regenerar el mundo tomando por única base su razón sola.
Y es que no se puede prescindir de ninguna de esas dos ruedas con que ha de caminar el carro de la inteligencia, para llevar, digna y decorosamente, en su trono, la Verdad cristiana, que es la única Verdad.
Claro está que para llegar a ésta se sienten flaquezas, abatimientos, dificultades; mas, ¿qué empresa no lleva consigo anexas todas éstas?
De aquí que deduzcamos, como consecuencia lógica, que la Filosofía no muere, ni se debilita, por estar a la sombra de la Religión, sino que, por el contrario, se fortalece, se vivifica y se hace más clara y más asequible a las inteligencias; y, si a esto unimos que se supedita a la razón, tendremos completo ese cuerpo de doctrina, esa ciencia, mater omnium scientiarum, y por ella, y con ella, encontraremos la Verdad única, incontrovertible y eterna, cual es la Verdad cristiana.
No hay que decir cómo nuestro Santo fué guiado de esa antorcha de la fe y de esa luminaria de la razón, para encontrar la Verdad increada, y en ella pudo posarse.
Bien lo demuestra en su libro de oro, que analizado queda desde el punto de vista filosófico, y bien puede incluírsele entre las obras de los más esclarecidos, de los más grandes filósofos españoles.
Ya lo dió a entender el insigne Menéndez y Pelayo, cuando, hablando de él, expresó este acertadísimo juicio:
“Aquel hidalgo vascongado, herido por Dios, como Israel, a quien Dios suscitó para que levantara un ejército más poderoso que todos los ejércitos de Carlos V, contra la Reforma, San Ignacio es la personificación más viva del espíritu español en una edad de oro. Ningún caudillo, ningún sabio influyó tan portentosamente en el mundo. Si media Europa no es protestante, débelo, en gran manera, a la Compañía de Jesús[241] y al libro admirable de su fundador, los Ejercicios espirituales, lleno de luz y de ciencia para las almas todas y para todos los corazones”.