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San Ignacio de Loyola

INTRODUCCIÓN

Reading edition

Promesa cumplida.—Nuestros propósitos. La gran campaña social.—Estado social y filosófico de nuestro siglo.—Influencia benéfica de la Filosofía.—Los «Ejercicios», de San Ignacio, encierran la verdadera filosofía.

Sin duda habrás pensado, lector amigo, que la Biblioteca Filosófica de los Grandes Filósofos Españoles, iniciada en 1914 con el primer tomo dedicado a Francisco de Valles (el Divino), había quedado en promesa, quizá por falta de energías o por falta de decisión en los autores.

No ha sido así, y porque te debo una explicación de esta tardanza de nueve años en reanudar la publicación de los tomos sucesivos al primero, de esta Biblioteca, he de dártela cumplida.

Aparte de las dificultades económicas que se han presentado a mi paso en estos años, impidiéndome dar a la estampa y a la publicidad éste y los sucesivos volúmenes, la guerra europea vino a conturbarnos más aún, pues tal situación se creó a las industrias del papel y del libro, que no permitían otros dispendios y otras atenciones que las más perentorias y las más apremiantes.

Y una desgracia mayor vino a entorpecer mi propósito. Fué ésta la muerte prematura de mi querido e inolvidable amigo y colaborador D. Eusebio Ortega, que, víctima de ese terrible azote que tantas vidas siega en flor, sucumbió cuando le sonreía un porvenir brillante, ganado por su trabajo, por su talento, por su actividad y por sus simpatías.

Alma hermosa, corazón bueno, pasó por este mundo haciendo sólo bien.

Dios Nuestro Señor habrá acogido su alma en el seno de la gloria, pues, al decir de San Agustín: tuvo una muerte tan santa como había sido su vida: sicut vita finis ita.

Creo, pues, un deber no sólo de compañerismo, sino de conciencia, rendirle, con esta ocasión, un tributo de admiración y de cariño.

Colaboró con gran talento, y dispuesto estaba a continuar esta obra; mas el hombre propone y Dios dispone, por lo cual habremos de repetir con el poeta:

Dios lo ha querido así, Bendito sea[2].

Esta pérdida, para mí casi irreparable, ha hecho que mi trabajo fuese más lento, más intenso, y que mi labor se dilatara más, ya que, sin colaboración de nadie, he tenido necesidad de invertir doble tiempo, en la preparación de este tomo, al que empleamos en el anterior.

También, merced a esta pérdida tan por mí llorada, notarás, quizá, algunas deficiencias que sabrás perdonar, así como la tardanza en salir a la luz pública, amén de otras causas de índole puramente económica con que he tropezado.

Subsanadas hoy, gracias a Dios, y esperando obtener el éxito que obtuvo el primer tomo[3], me encomiendo a tu juicio severo, pero imparcial y justo.

* * *

Si, por un espíritu de sutileza o por un deseo de notoriedad, alguien se hubiera atrevido a entrar en las regiones de la ciencia filosófica para estudiar la obra escrita por el cenobita de Manresa, titulada Ejercicios Espirituales, de San Ignacio de Loyola, seguramente se le hubiera tachado, no ya de temerario, sino de iluso o de fantástico.

Y, sin embargo, he aquí nuestro propósito en esta obra.

Fieles cumplidores de la misión que nos hemos impuesto, al comenzar nuestra Biblioteca filosófica, y en el deseo de estudiar a LOS GRANDES FILÓSOFOS ESPAÑOLES, entendemos como un deber moral estudiar a San Ignacio de Loyola COMO FILÓSOFO.

Bien sabemos que se nos objetará diciendo que nada tiene el libro de los Ejercicios como sistema filosófico o como escuela; mas nosotros entendemos que la filosofía es “todo aquello que concierne a Dios, al mundo y al hombre”, pues así la definen algunos autores, y, por tanto, la obra de Ignacio cabe, según más tarde hemos de probar, no sin analizarla, dentro de la Filosofía.

Gran temeridad supone por nuestra parte tal empresa, por la que quizá alguien nos califique de atrevidos; mas entendemos que si la Filosofía, en la época presente, se ciñera, con exclusividad, a explicar los fenómenos intelectuales y morales, valiéndose para ello de un principio exclusivo, fácil sería concretar quiénes son los verdaderos filósofos; mas la experiencia nos demuestra que la Filosofía se extiende a más vastos horizontes y enseña de continuo que se debe mirar con desconfianza el espíritu sistemático, puesto que tan sólo deja ver en los hechos la parte que se relaciona con la doctrina de ellos recibida.

El materialismo que arrastra, en los modernos tiempos, a sus secuaces a la escuela sensualista, de un lado[4], y de otro los que consideran al hombre como si fuese un espíritu puro, han hecho que cuantos al estudio de la Filosofía se dedican procuren huír de los opuestos principios, ya que bien conocido es el axioma: in medio consistit virtus.

Por otra parte, esta falta de convicciones, este vaivén de inteligencias que caracteriza a la generación moderna, esta babel de teorías y de métodos, hace que cuantos amamos la Ciencia, la Religión y la Patria nos aunemos para emprender una cruzada que venza esa ola de materialismo que, al decir de un gran pontífice, todo lo ha invadido[5], teniendo por único fin la gloria de Dios y la grandeza de España, fin que se propusieron siempre nuestros padres contra Mahoma cuando sostuvieron una lucha cruenta durante siete centurias; fin que tuvieron nuestros navegantes, nuestros descubridores, nuestros misioneros; fin que llevaron a cabo siempre los españoles nobles cuyos nombres nadie borrará del libro inmortal de la Historia, escritos con tinta sacada del Corazón abierto de Jesús[6].

* * *

Esta gran campaña social y religiosa es menester llevarla a cabo para entronizar a Dios en España y en el Mundo todo, pues desde que la sociedad ha expulsado a Dios de su seno[7] parece que todo se ha trastrocado, olvidándose los principios de la verdad.

Y España, que es la predilecta, la Nación mimada de Dios, la santificada por la presencia en carne mortal, de su Madre Santísima, la Virgen del Pilar, ha de ser la primera en acudir a este campo y dar la batalla decidida al enemigo común[8].

Cierto que esta gran campaña social se inició en 1921 y tuvo en sus comienzos una vibración estruendosa y una radiante perspectiva para nuestra Patria; mas, a pesar del hermoso y admirable plan trazado y de la entusiasta y fervorosa acogida que tuvo por el pueblo madrileño, y podríamos decir que español, abortó apenas nacida. El rosicler que apareció en nuestro cenit, llegó rápidamente al nadir.

¿A qué obedeció tal fenómeno?

¡Ah! Es que cuando un pueblo tiene por gobernantes hombres que ni prevén las catástrofes, ni pechan con responsabilidades; cuando tiene por gobernados a quienes ni cuidan de echar a esos hombres, ni castigarles, cual merece su dejación, su torpeza, su ignorancia o su debilidad, y aguanta paciente el derrumbamiento de nuestro poderío colonial y hasta marroquí, nada de extraño habrá verle también impávido ante esta otra maniobra política, indigna de hombres, no ya de políticos, que impide por todos los medios llevar a cabo esta magnífica empresa que traía consigo la reforma de las costumbres sociales y morales, vigorizando el corazón, iluminando la mente y obligando a ejercitar la voluntad decidida del pueblo español.

No se realizó, pues, esa campaña, con los augurios que de ella se hizo, con las esperanzas que en ella se habían cifrado; pero, ¿se dejará, por esto, de llevarla a cabo, aunque sea lenta, indirecta, pero enérgica, insistentemente?

Queremos ser nosotros los promotores de ella y deseamos sea, con este nuestro libro, el primer paso a realizarla, esperando ser secundados por cuantos sientan en su pecho amor a España y en su espíritu cariño a la Religión Cristiana[9].

Y ningún arma puede esgrimirse mejor que la Ciencia aunada a la doctrina de Dios, pues que se transforma en el divino verbo, y, así como las tinieblas desaparecen con la luz, así el error desaparecerá con la verdadera ciencia[10].

Y ¿dónde hay más ciencia filosófica, ni más divinidad de palabra que en los Ejercicios de San Ignacio?

Ese libro, sólo comparable, después de la Biblia, con el Kempis y con el Quijote, por su universalidad y por su difusión, fué lo bastante para matar el luteranismo y el protestantismo[11].

¿Por qué, pues, no estudiarle hoy, no ya como causa de esa milagrosa transformación en la vida espiritual y material del hombre, y aun de las sociedades, sino como campo de investigaciones filosóficas, como base para fundamentar un sistema, como principio de creación de una escuela en el sentido filosófico?

* * *

Muchas veces habremos sentido en el fondo de nuestro ser la dolorosa agonía de este hombre interno que vive como emparedado entre nosotros, porque el aire que necesita son las ideas, la sangre que debe animarle son las convicciones razonadas; y las ideas y las convicciones en los modernos tiempos—ha dicho un ilustre pensador—no dejan de ser sino exquisitos manjares, reservados para pocos, y por los que suspira la hambrienta inteligencia de nuestro pueblo.

Pues en el libro de Ignacio se nos pone bien claramente de manifiesto la síntesis de toda esta doctrina, porque él nos muestra ese hombre que llevamos dentro de nosotros mismos, y nos proporciona ideas nuevas, sanas y saludables; convicciones firmes y arraigadas; pensamientos honrados y altos y, con todo esto, sacia esta hambre y esta sed a todo el que se acerca a su mesa.

Claro es que, como toda obra grande, los Ejercicios, de San Ignacio, han dado lugar a grandes controversias y desorientaciones[12]; mas también han producido en muchas inteligencias y en no pocos corazones efectos bien saludables.

* * *

Movidos por esto habremos de presentar el cuadro de dudas, temores e inquietudes que asaltan a la generación contemporánea cuando intenta levantarse a la pura región de las ideas, y que son causa de ese desasosiego, de esa contradicción en que vive Europa, y que hace que presenciemos ese rápido y sangriento panorama de revoluciones y guerras que han venido a confundir y trastrocar imperios, repúblicas y monarquías.

Quizá nunca como en este siglo de vanidad y sutileza, de vacuidad y erotismo, encontremos tendencias más opuestas, doctrinas más subversivas y heterogéneas. Y es que el siglo XX, nacido en un cráter de revolución y alimentado por una guerra, la más grande que registra la Historia en sus anales, ha visto caer imperios de anchas fronteras que sucumbieron al empuje de la Europa entera (¡que tanto fué menester para vencerlos!) y escuchado atrevidas negaciones que han declarado desierto el Cielo, por no decir desaparecido, huérfana o desolada la tierra, levantando altares al Dios Exito y a la Diosa Fortuna.

Pero dejemos hablar sobre estos particulares a quien tiene la suprema autoridad, a quien lo ve todo desde lo alto del Vaticano; cedamos la palabra a quien mejor puede hacer uso de ella, por ser la más exacta y la más fiel de la realidad; dejemos que hable, en fin, nuestro Santísimo Padre Pío XI, pues él nos describirá la situación de Europa tal cual es, con el verismo, con la realidad, con la amarga realidad que tanto apena a su magnánimo corazón y su paternal sentimiento.

“Los hombres—nos dice en su primera encíclica[13]—, las clases sociales y los pueblos no han encontrado la verdadera paz después de tan tremenda guerra.

“Parecen escritas para nuestros días las inspiradas palabras de los grandes profetas: Esperábamos la paz y no había bien; tiempos de curación, y he ahí el temor y la turbación; esperábamos la luz, y he ahí las tinieblas; esperábamos juicio, y no le hay; la salud, y se ha alejado de nosotros.

“Las repetidas tentativas de estadistas y políticos para curar los males de la sociedad, agitada y enferma, no han servido para nada.

“Otro mal mucho más deplorable es la misma trabazón social amenazada y sacudida por hombres y partidos subversivos, principalmente por la lucha de clases, que ya ha llegado a ser la enfermedad más inveterada y mortal de la sociedad, que acecha todas las fuerzas vitales: trabajo, industria, arte, comercio, agricultura, todo, en fin, lo que contribuye al bienestar público y privado. De ahí las revoluciones y motines, las reacciones y represiones, el manifestarse con amenazas y públicos movimientos y aun con cubiertas rebeliones y otros desórdenes.

“Y, como si esto fuera poco, aumenta en el santuario de la familia la corrupción y la licencia de las costumbres; el pudor de las mujeres y de las niñas conculcado en licencia del vestido, de la conversación, del lúbrico solaz de bailes inverecundos; con manifiesto insulto a la miseria de los otros, haciéndose cada vez más provocadoras la ostentación y la impudicia de aquellos que las repentinas ganancias hicieron ricos, pero no mejores.

“Los hombres ya no son hermanos entre sí, como dicta la ley cristiana, sino enemigos y extraños; se ha perdido el sentido de la dignidad nacional y del valor de la persona humana, con el solo fin de gozar más y mejor los bienes de esta vida, olvidando los bienes espirituales y eternos; y para arrancarse esos bienes perecederos chocan rudamente y se destrozan individuos y pueblos.”

¿No es ésta la verdadera visión de la realidad?

La voz del Pontífice ha resonado por todos los ámbitos del mundo y ojalá haga enmudecer a los hombres y a los pueblos.

Y en medio de esta turbación general y de este espanto, de esta confusión científica y de este círculo vicioso, se levanta la ciencia filosófica, la verdad eterna, la voz de un hombre que habla a sus hermanos como podría hacerlo el Redentor a sus hijos, Ignacio de Loyola, y nos revela los derechos y deberes del hombre para con Dios, para con sus prójimos, para consigo mismo.

Esto, claro es, sobrecoge a la humanidad y quizá la detenga en su marcha vertiginosa de vicio y de crápula, abriendo ancha senda por donde camine la civilización y el progreso, recogiendo, además, a cuantos caminan por la vida sin rumbo, sin brújula, sin ideales, sin creencias, sin ciencia ni fe, sin religión y sin Dios, sin timón, en fin, donde aferrarse, porque son juguete del embate de las olas de las pasiones, de los vicios, de una ciencia falsa, de una religión acomodaticia.

Ignacio consigue romper estos diques y valladares, y sacará de las tinieblas a los que estaban cegados por falsas leyes, por principios falaces, por instituciones ficticias, y conseguirá también evitar el que unos, reclinados quizá en el seno del escepticismo, busquen el remedio a sus males morales con el suicidio de la inteligencia; otros, invoquen a la materia y miren con un amor profano a la tierra a la que han de volver, juzgando que su destino limítase a que el cuerpo viva y crezca; éstos, que amordazan la razón y la conciencia; aquéllos, mascullando verdades racionales y destinos que el hombre ha de cumplir en su terrenal existencia, haciendo ver a todos cómo buscando la vida del amor divino y del temor a Dios se encuentra un gran lenitivo al angustioso vivir que les atormenta.

Siguiendo a San Ignacio, cada cuál podrá declarar muy alto y muy orgulloso cuál es el ideal de su vida, cuál la ley moral que acata y con la que relaciona su existencia. Ya no habrá aquello de buscar, como en la mayoría de las gentes se observa hoy en día, en prácticas externas la satisfacción de las necesidades morales y religiosas, o creer indigno de su alteza personal rendir acatamiento a verdades supremas y creerse ligados con deberes externos tan sólo a los demás hombres; ni bastará, tampoco, creer llenar su vida con verdades de sentido y de experiencia, juzgando visión todo lo que se refiere al orden nacional, ni juzgar como ley suprema de la vida acomodar sus actos a las exigencias sociales, sino que hay que hacer el bien por el bien mismo, hacerse comprender de todos por su caridad, por su sumisión, por su amor y por su abnegación.

De ahí que al estudiar esta portentosa vitalidad del espíritu de Ignacio y al leer las páginas de sus Ejercicios nos sintamos animados, alentados, vigorosos y potentes para prestar auxilio a los náufragos de ese inmenso Océano de la ciencia enciclopédica moderna y a animar a los pocos que, con serena frente y ánimo resuelto, se lanzan al fondo de su conciencia y buscan un punto de partida para perseverar, apoyados en él, hasta poseer la verdad primera que sea verbo redentor en el mundo de la inteligencia.

* * *

Cuando consideramos, pues, las diferentes luchas a que se ve condenado el hombre en el curso de su vida, hasta llegar a conseguir la verdad, ninguna nos parece más grande ni más angustiosa que la que libra para vivificar su corazón y para ver con la luz clara el ideal esplendente en que debe desenvolver su existencia.

Por esto, quizá, no sea tanto de extrañar este espíritu general de tolerancia y benevolencia que reina en el examen y definición de las doctrinas, pues bien se ve cumplida la sentencia de aquel poeta inglés, Byron: La ciencia es el dolor; y remedándola, podríamos decir: “La verdad religiosa es el continuo sacrificio del hombre”, pues que para profesar esta doctrina se ha tenido que atravesar un purgatorio, en el que, a veces, muere no sólo la inteligencia, sino también la propia voluntad; y al través de esa predicación se comprende que aquellas palabras son fruto nacido entre tormentas intelectuales, y, por eso, hemos de acatar con respeto al hombre cuando vemos que abarca la sana doctrina tras lucha titánica y prolongada con el error.

Y si descendemos al fondo de nosotros mismos e interrogamos a nuestro espíritu sobre esta confusión, veremos que nos dice que no es otra la causa que la falta de verdad en la Filosofía moderna[14].

He ahí por qué creemos casi imposible una existencia social donde falte la concepción de las verdades eternas, y es imposible que se ande sobre la base sólida en religión cuando se desdeña el culto de la Filosofía.

La Historia nos pone, además, de manifiesto, cómo todos los grandes beneficios que la humanidad ha alcanzado han tenido su origen y han provenido de las verdades filosóficas proclamadas por esta raza divina que comienza en Sócrates y continúa perpetuándose, como gloriosa dinastía, produciendo los hombres más venerandos de la humanidad.

Y esta verdad la vemos corroborada por la simple reflexión de las verdades contenidas en el estudio de la Filosofía, y que son las que más tarde surgen y se levantan como diosas en los distintos templos; y según sea el carácter o sello que la Filosofía imprima en su frente, así será el culto que se las tribute y la veneración en que se las tenga.

El derecho, la humanidad y la naturaleza son ideas y seres que la Filosofía define y revela. De aquí nace, sin duda, que las generaciones modernas busquen siempre en el estudio de la Filosofía la clave de los problemas todos, que, como poderosas esfinges, se presentan ante su vista y a su atención, sin que puedan conocerse de otro modo que por lo esencial, lo eterno, lo necesario, lo racional: por eso la ciencia moderna se consagra con tanto entusiasmo al estudio de la razón o al órgano de las verdades absolutas, por cuyo medio es posible la ciencia, pues sólo la razón, con la fe, puede darnos el conocimiento de Dios, principio y fundamento de todo ser y de todo conocimiento; y por eso, también, la ciencia filosófica y los psicólogos son considerados hoy como forjadores de sueños, y la metafísica, algo así como esa evocación de las vulgares supersticiones.

No ocurre esto con el libro de San Ignacio, tan combatido por el incoherente Castelar, pues que en él forja, no sueños de la vida, sino la realidad de la vida misma; y con esa lógica, con esa metafísica, con esa psicología plasmantes, a través de las cuales presenta al hombre tal y como es, con sus flaquezas, con sus debilidades morales, con sus macas y con sus espirituales laceraciones, nos hace ver cómo en él se encierra todo un cuerpo de doctrina filosófica y toda una escuela.

* * *

Muchas veces la Ciencia sólo nos cautiva en su parte de aplicación, y las más de las veces cuidamos poco de los principios que la determinan; pero inquirimos con solicitud sus aplicaciones a la vida social, y, llevados por esta necesidad de obrar que nos atormenta, preferimos siempre la solución concreta a las largas y laboriosas indagaciones sobre la naturaleza; preferimos siempre la revelación a la demostración; corremos fácilmente tras las brillantes creaciones de la fantasía, y siempre nos encuentra recelosos y suspicaces al raciocinio[15].

Pero el libro de San Ignacio nos enseña la verdad; pues presenta siempre ante nuestros ojos, no sólo al Dios del Diluvio y de Sodoma, sino que también nos ofrece al Dios de la Bondad y de la Misericordia; pone en los labios las terribles maldiciones de los profetas, pero lleva al corazón las promesas gloriosas del Nuevo Testamento y de la Redención de la Humanidad.

La doctrina, pues, que encierra ese admirable libro de San Ignacio es bella, admirable y sublime.

“En pocas partes—dice Menéndez y Pelayo[16]—puede aprenderse tan bien como en el libro de los Ejercicios, de San Ignacio, la diferencia entre el bueno y el mal espíritu; el verdadero y el engañoso; como que el conocimiento que allí se da no es tanto especulativo como práctico, y más que para saber, para obrar.”

Y no es de extrañar; porque, elevado al seno de la Divinidad, fuente de todas las perfecciones, y hablando Dios por él, ¡qué torrentes admirables de verdad, de belleza y de sublimidad no se deslizan de su pluma!

Bien quisiéramos llegar a la entraña de estas doctrinas filosóficas, encerradas en ese libro de oro; mas quizá nuestras fuerzas no alcancen a tanto, porque las obras de Dios sólo Dios puede explicarlas.

Las rayos del sol—dice un ilustre teólogo—, al atravesar un prisma, o ciertos cuerpos, suelen descomponerse y tomar los colores de éstos.

Plegue al cielo que, antes de profanar la santa doctrina que ahí se encierra, enmudezca nuestra lengua y se pare nuestra pluma.

Humildes, como somos, tenemos, sin embargo, el deseo legítimo de permanecer incólumes ante tanta desorientación científica, y anhelamos llevar los rayos de nuestra pequeña inteligencia por doquiera, pues colocada sobre el celemín, de que habla el Evangelio, podrá irradiar, no por la propia fuerza, ni por el impulso propio, que no los tiene, sino por la fuerza y el impulso que la preste la verdad que defiende, la ciencia que la alimenta, la razón que la apoya y la fe que la vivifica.

En esto, fiados, emprendemos nuestra obra y esperamos salir airosos de ella, pues, como dice el castellano adagio: “¡Dios sobre todo!”

Madrid, 19-III-XXII.

Illustration from San Ignacio de Loyola

CASA SOLAR DE LOYOLA.

DONDE NACIÓ SAN IGNACIO

Notes in this chapter

Note 1 · Gabriel y Galán: El Ama.Note 2 · Vide Apéndices I y II.Note 3 · Precisamente porque la Iglesia Católica es única e infalible, depositaria de la verdad, ella sola posee verdadera e inextinguible la capacidNote 4 · Estamos asistiendo de nuevo en estos días a esta lucha gigantesca entre el error y la verdad, entre la vida y la muerte, “mors et vita duellNote 5 · Ese es el deseo más ardiente del Corazón de Jesús; el Corazón de Jesús, que en aquella, me atrevo a decir, descorazonada, divinamente descorNote 6 · .. A todos los males mencionados hay que añadir y poner encima aquellos que más se ocultan al observador superficial; al hombre de los sentiNote 7 · Dichosos de vosotros, que habéis concebido tan grandioso plan y que lleváis dentro del corazón un ideal tan sublime y tan divino. (Pío XI: DNote 8 · Sentimos, además, la voz alentadora del Sumo Pontífice, que nos dice: “Cooperadores de esta gran obra: Contad con mi aprobación, contad con Note 9 · Reina Cristo en la sociedad cuando es reconocida y reverenciada la suprema y universal sabiduría de Dios y el origen divino de los poderes sNote 10 · Cuando salió del abismo Martín Lutero, como monstruo infernal, acompañado de un escuadrón de abominables y diabólicos ministros, para hacer Note 11 · Vide San Ignacio, según Castelar, por Justo Alarcón.Note 12 · 23 de diciembre 1922: Ubi Arcano.Note 13 · Honda pena nos causa entender que no han faltado católicos que han creído poder ir a remolque de una Filosofía que, so pretexto de emanciparNote 14 · De ahí que el inmortal León XIII dijera: “La causa de los males que nos afligen, como de los que nos amenazan, consiste en que las opinionesNote 15 · Heterodoxos, tom. II, lib. V, cap. I, p. 3.
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